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jueves, 21 de febrero de 2013

Intemperancias.

     Cuando la madre de Aparisi y Guijarro, próxima a morir, vió a la cabecera de su cama a su hijo, le cogió la mano y, estrechándola con cariño, le dijo:
     Gracias, hijo mío, por las muchas satisfacciones que me has proporcionado durante la vida (P. Conejos S.J. Conferencias para señoras. Gozad del hogar).
     Muchacha, cuando tu madre se halle en igual trance, ¿podrá decirte a ti lo mismo?
     ¿Te preocupas de proporcionar satisfacciones a esa mujer bendita que tanto se desvela y se sacrifica para proporcionártelas a ti?
     Es lamentable el proceder de muchas chicas en esta materia. Amables y dulces para todos, son como cardos en el trato con su madre. No puede tocarles sin recibir un arañazo. Contestaciones secas, palabras ásperas, gestos hirientes, miradas duras.
     Si su madre quiere asomarse a su interior, o, por lo menos, mantener contacto con ellas, se cierran en bola como el erizo, poniendo por todas partes las agudas púas de su geniecillo intemperante...
     Con los demás sonríen, bromean, dan muestras de ingenio y de amabilidad; en cambio, con ella...
     Es una obligación de la hija iluminar la vida de su madre, y, cuanto se ha dicho respecto al padre, tiene, mutatis mutandis, su aplicación práctica aquí.
     Es una bendición del cielo ver a la hija junto a su madre, en la calle haciendo compras, en casa arreglando una habitación o preparando la comida, o sentadas en animado parloteo mientras cosen, o planeando para el porvenir.
     ¡Qué estupendas resultan estas confidencias en que mutuamente se influyen! Porque, si, como hemos dicho, de aquí se siguen grandes beneficios para la chica, no menores se siguen para la madre que se desahoga de ciertas preocupaciones con quien para ella es como un apéndice suyo, y se siente contagiada de su alegría y optimismo.
     En estas dulces charlas la madre vive a través de su hija tiempos pasados de dulces recuerdos, cuando ella fué también chica, tuvo ilusiones, soñó con amores, se estremeció con la descarga magnética de la alegría saltarina y juguetona, y fué tejiendo, poco a poco, su vida.
     Al revivirlos se siente joven, parece que nuevas energías electrizan su ser ya amagado por el cansancio del vivir; vuelve a tener ilusión, ánimo para luchar; ante sus ojos brilla el atractivo de nuevos éxitos, de mayores triunfos.
     Pero éstos ya no serán meramente personales, ni para ella. Serán para su hija, con quien se siente tan unida, tan identificada, que se estremece con las mismas impresiones y se siente afectada por la ronda de los mismos amores, y complicada en los mismos problemas vocacionales o de elección de partido, y emocionada por los mismos acontecimientos...
     Precisamente los veinte años de la hija llegan cuando la madre ha escalado la cumbre de los cuarenta y comienza a contemplar la vida con luces de atardecer, que, a pesar de ser luces de fecundidad, arrastran añoranzas de pasado, lastre de cansancio y una suave —a veces fuerte— melancolía, tanto mayor cuanto más se acerca la hora del ocaso.
     La hija le trae luces matinales, alegres, audaces, aventureras, desconocedoras de la fatiga.
     ¡Qué inyección de optimismo! ¡Si se diesen cuenta las hijas del bien que pueden hacer a sus madres!
     A mí me indignan las muchachas que, sin razón alguna justificante, se dejan servir de sus madres.
     Mamá —dicen con voz exigente—, para cuando vuelva cóseme estas medias.
—Mamá, prepárame corriendo la merienda.
—Mamá, vete a mi cuarto y tráeme la chaqueta que he dejado encima de la cama.
Tal lenguaje resulta intolerable. Menos aún puede tolerarse el de aquellas que se atreven a decir, enfurecidas:
—Mamá, ¿por qué no me has zurcido las medias?
—Pero ¿qué te has creído?, ¿que yo no tengo más que hacer que esperar a que te dé la gana de servirme la merienda?
—¡Qué calma tienes! Llevo media hora esperando la chaqueta, y aún no me la has traído.

     Este lenguaje, demasiado corriente, por desgracia, aun entre muchachas educadas en colegios selectos, es inaguantable, y está reclamando que una mano cariñosa y al par enérgica cruce de un bofetón la cara en la «chicuela mal educada», y le enseñe que su madre no es su criada, sino que más bien ella ha de servir a su madre.
     Se aprovechan las chicas de la excesiva bondad de sus madres, que, para ahorrarles trabajo, y que a la salida de la oficina puedan ir de paseo o a participar en alguna diversión, les zurcen las medias, les arreglan sus ropas, etcétera; o también el cariño ciego de muchas mamás que constituyen a sus hijas en ídolos y, a fuerza de mimos, les acostumbran a dejarse hacer todo; llegando ellas a creer que esto es lo normal y que Dios les ha dado las madres para que sean unas criadas distinguidas y abnegadas; e insensiblemente se habitúan a tratarlas como inferiores, a mandarles, a exigirles y hacerles objeto de su desconsideración e intemperancia.
     Muchacha, huye de este defecto, que resulta repugnante. Tu ideal debe ser prestar a tu madre la mayor ayuda posible, haciéndole la vida cuanto más fácil y agradable puedas. En general, no te dejes servir por ella, sino, al contrario, sírvele. En vez de encargarle que te zurza las medias, ayúdale a zurcir los calcetines de tu papá y tus hermanos.
     No le dejes que te prepare ella las cosas y que trabaje para que lo tuyo esté a tiempo y a mano. Adelántate tú a hacerlo y, además, procura encargarte de cosas suyas y cuidar que ella las encuentre hechas.
     Cuando, estando las dos juntas, hace falta algo, no te permitas decirle: «Mamá, vete a por ello»; ni esperar a que se levante y lo traiga; adelántate tú, salta inmediatamente de la silla y, sin dar ocasión a que ella se mueva, haz lo que sea necesario.
     Si le quieres, si te das cuenta de lo que es tu madre, si sabes comprender lo que ha hecho por ti y lo que hace y hará, por mucho que busques evitarle trabajos, procura hasta adivinar sus deseos y realizarlos antes de que los manifieste.
     Y si alguna vez te ves precisada, por tu salud o por tus ocupaciones, a aceptar sus servicios, comprende que son obsequios voluntarios; agradéceselos, compénsalos con tu amabilidad y tu dulzura, y vuelca tu corazón filial en el suyo maternal.
     Realiza lo que Delia Agostini escribía a los veintiún años, cuando una intensa labor de oficina y apostolado pesaba sobre ella:
     «En casa trataré de ser la primera en el sacrificio y en la alegría; y ya que sólo puedo llenar los más estrictos deberes de hija, los ejecutaré con solicitud y amor» (Maria Sticco: El ideal vale más que la vida. Propositos).

Emilio Enciso Viana
LA MUCHACHA EN EL HOGAR

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