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lunes, 23 de enero de 2012

Del favor que San Vicente Ferrer hizo a muchos navegantes

Después de la muerte del Santo, viéndose ciertos marineros vecinos de los arrabales de Vannes en tempestad, encomendáronse al maestro Vicente, pero uno de ellos mofando de sus compañeros, se atrevió a decirles algunas palabras injuriosas. Proveyó el Santo en que los que se le habían encomendado, fuesen libres y pudiesen venir a Vannes para hacerle las gracias, y que el indevoto, súbitamente en decir aquellas palabras, volviese paralítico de un lado. Y lo que más espanta, nunca le quiso alcanzar de Dios salud, sino que ansí le dejó morir.
Poco tiempo después que el Santo falleció, se vino a abrir una nave en que iba Pedro Cadier, mercader de tierra de Bretaña, cabe Joselino, el cual viéndose ya sumido bajo las aguas, acordóse de Nuestra Señora y del maestro Vicente, y así le rogó con cierto voto que le fuese buen medianero con Dios para salir del peligro en que estaba. Parecióle a él entonces, que un hombre le sostenía, aunque a nadie veía. Tras esto, súbitamente se subió a lo alto del agua, y halló una tabla aparejada sobre la cual fue navegando como diez horas, hasta que llegó a tierra; de la cual antes estaba apartado más de cuatro leguas. Y es mucho de notar que, como se dice en el proceso, este mercader no sabía nadar poco ni mucho.
Dos pescadores muy cursados en navegar, atestiguan que a 28 de noviembre del año 1453, pescando junto a dos ínsulas que están como ocho leguas de Vannes, les tomó tan gran fortuna y tormenta, cual jamás habían visto en el mar océano. Por donde determinaron de cortar las áncoras para que las olas los echasen en tierra como quiera, pero ni aun esto pudieron hacer, tanta era la fuerza de la tempestad. Uno de ellos se acordó entonces de San Vicente y dijo a un mancebo que traían en su compañía, que él como más inocente y libre de pecados, rogase al maestro Vicente por todos. Rogó este mozo (y los otros en su compañía) arrodillado, con lágrimas y gemidos al Santo, que les favoreciese en tan peligroso caso, prometiéndole de visitar su sepulcro lo más presto que ser pudiese. Maravilloso es, por cierto, Dios en sus santos, pues acabado de hacer el voto, en continente cesó la tempestad y estuvo el mar sosegado, sin preceder alguna señal de las que suelen ver los marineros antes que el mar se aquietase. Pasmóse tanto uno de los pescadores de ver un milagro tan súbito, que después de tomado cuerpo, dijo que no comería ni bebería sin visitar primero el sepulcro del Santo. Demás de esto, cobraron una parte de sus redes, que la tenían por tan perdida como la otra que se les había ido a fondar a su parecer. Y como todos ellos hiciesen gracias a Dios y al maestro Vicente por la merced que habían decíbido de sus manos, la otra parte de las redes se descubrió y así ellos cobraron toda su hacienda enteramente.
Tres otros marineros atestiguan que, saliendo una nave del puerto, dió en manos de españoles y fue tomada por ellos. Mas, antes de ser presos, los bretones rogaron al glorioso padre San Vicente les favoreciese. Había entre ellos un Jaime por sobrenombre Parvo, que quiere decir pequeño, el cual había subido tres o cuatro grados de las escaleras de la nave. Dijo el maestro de la nave a este Jaime que se encomendase él también al maestro Vicente, el cual pocos años antes era muerto. A propósito (dijo el Jaime), ahora nos encomendaremos al maestro Vicente. ¿El no se pudo valer a sí mesmo para escapar de la muerte, y va a ayudarnos a nosotros? Hermanos, no hay más sino que ya somos perdidos. Acabadas estas palabras, la boca se le torció bajo del un oído y cayó de donde estaba, perdida la habla. Estuvo en esta manera más de dos horas, y al cabo, amonestado por el mesmo que antes, se encomendó a San Vicente, y así luego se le volvió la boca a su lugar y pudo hablar, aunque siempre le quedó rastro de la enfermedad, siquiera para que no se fuese alabando de su atrevimiento; este favor hizo a su detractor el bienaventurado padre, y sus devotos, de allí a poco, fueron recobrados por otros bretones que les libraron del cautiverio. Pero pasados dos dias, uno de ellos navegando, fue cautivado por unos escoceses, cuya nave después encontrando con una peña se abrió, y los escoceses metiéndose para salvarse en un batel, se anegaron todos, excepto uno. Visto esto, el bretón se subió en compañía de un mancebo en una parte de la nave que quedaba por anegarse, y allí estuvieron dos horas esperando cuándo se perderían. Al cabo, se encomendaron a San Vicente haciéndole un voto, y dentro de media hora, pasó por allí otra nave, en la cual fueron recibidos y librados de la muerte.
Un ciudadano de Vannes navegaba en el año 1453 de Burdeos a Bretaña, y un domingo, de mañana, se puso tan grande niebla y oscuridad en el aire, que los marineros no sabían a dónde iba la nave; a esta pena se añadió otra: que la nave tocó en una peña. Lo cual visto por el ciudadano, se encomendó a sí y a sus mercadurías (que no eran pocas) al glorioso San Vicente, prometiéndole de visitar su sepulcro y ofrecerle un cirio o candela de cera de su propia largura. Andando en estos ofrecimientos, tocó la nave otras dos veces en otras peñas; mas, después de media hora, súbitamente se esclareció el cielo y vieron que iban a dar al través en la ribera de Bretaña, con peligro de perderse. Y así, desviándose hacia un lugar cómodo, se libraron de dar en algunos bajíos o en cualquier otro daño de los que suelen incurrir los marineros. Para que no creyesen que aquello había sido cosa natural, luego en haber surgido, volvió la mesma oscuridad y les detuvo hasta la noche.
Cerca del año 1429 pasaba de España a Bretaña una nave, y con la fuerza de los vientos y braveza de la mar todos los marineros y pasajeros se tuvieron por perdidos. Y dejando ya la nave en manos de la tormenta, se confesaron unos con otros. Vinieron, pues, a encallar entre dos piedras y parar allí sin esperanza de poder salir. Estuviéronse allí los pobres hombres desde las seis de la mañana hasta que fué hora de vísperas. Entonces, acordándose todos de los milagros del maestro Vicente, de común acuerdo, se arrodillaron, y levantando los ojos al cielo, cogidas devotamente las manos, se encomendaron a sí y a la nave, con todo lo que en ella venía, a San Vicente, prometiéndole que en saltando a tierra y haber llegado a algún lugar donde se viese el campanario de su iglesia, se desnudarían en camisas, y a pies descalzos irían hasta las puertas de la iglesia, y de allí al sepulcro de rodillas. Estando, pues, ellos aún arrodillados e invocando al maestro Vicente, vieron que un hombre vestido de ropas blancas tomó la vela de la nave y la volvió a una parte, de suerte que, dando en ella el viento, salió la nave y tomó puerto en la costa de Bretaña.
En el año 1453, ciertos hombres, navegando en su navecilla, descubrieron a unos corsarios ingleses que les daban caza. Encomendáronse ellos a San Vicente, y ofreciéndole de visitar su sepulcro, fueron libres del peligro, porque los ingleses dejaron de perseguirles. Así se cuenta este milagro en el proceso, secamente, y así lo escribo yo porque no quiero añadir nada de mi cabeza, pues no me hallé en ello. Y según se atestigua en el proceso, cerca del año 1449 había hecho otro milagro semejante a éste.
Una nave pasaba de Santiago de Galicia a la ciudad de Vannes, y, estando ya cerca de ella, la echó el viento sobre una peña que toda estaba debajo del agua. Los que saben de mar bien entendieran cuán grande daño suelen recibir las naves en semejantes casos. Estuvo allí la nave tres horas, con gran tristeza de los pasajeros que se tenían por perdido?. Y así, puestos de rodillas, invocaron el nombre de Jesucristo y se encomendaron en las oraciones del maestro Vicente. A deshora la nave se movió y les trajo a bues puerto, sin que entrase en ella ni una gota de agua. Mas, sacada ya la mercadería, la nave se fué al fondo, y después, con las maneras que para esto tienen los marineros, hallaron que toda ella estaba abierta y hecha pedazos.
Dos mancebos, por su deporte, entraron en una barquecilla en el mar de Vannes, y, cuando menos se cataron, se levantó un viento contrario que los engolfó bien lejos de tierra. Acordáronse, en el peligro que estaban, del maestro Vicente, y arrodillados le prometieron de visitar su sepulcro y hacer decir ciertas misas en su honra. Con esto se alzó el viento y ellos pudieron tomar tierra. Dijo, pues, el uno: Cumplamos ahora nuestro voto. Mas el otro, como mofando del Santo, dijo: Ya estamos en el puerto; no curo yo de San Vicente. Dichas estas palabras, cayó en el suelo como muerto y todos los miembros de su cuerpo se le torcieron. Los que allí se hallaron presentes, aconsejándole que se encomendase a San Vicente y cumpliese su voto, le llevaron a la iglesia donde el Santo estaba enterrado, y allí sanó del todo. De este y de otros milagros semejantes se puede colegir cuán gravemente ofenden a nuestro Señor los que se burlan de algún santo.
Fray Justiniano Antist O.P.
VIDA DE SAN VICENTE FERRER

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