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martes, 31 de enero de 2012

Otras cosas útiles y convenientes que han de enseñar los padres a sus hijos.

El Sabio dice en sus doctrinales proverbios, que las inclinaciones de los hijos se conocen por sus estudios, aplicaciones y cuidados; y sus padres deben atenderlos para conocerles sus genios y sus talentos, y darles el camino proporcionado que les conviene, para prosperarse en esta vida mortal, sin olvido de los bienes eternos.
No han de creer fácilmente los padres la vida laudable de sus hijos, dice el Espíritu Santo (Eccli., XVI, 2), sino atender mucho a sus operaciones; y si las vieren de mal semblante, no esperen que las mejorarán con los años, porque las malas costumbres mas van en aumento, que en disminución; y mas fácilmente pasan las criaturas de buenas a malas, que de malas a virtuosas y santas.
Los jóvenes, según el camino que toman en sus primeros años, así prosiguen regularmente; y cuando se hacen viejos, no saben apartarse de las costumbres buenas ó malas que tuvieron en su adolescencia, dice un proverbio de Salomon (XXII, 6).
No le des libertad a tu hijo en su juventud, dice la divina Escritura (Eccli., XXX, 11); y no desprecies los despuntes de su genio en los primeros años, sino obsérvale cuidadoso cuanto hace y cuanto dice; no le aplaudas sus travesuras naturales, sino cree firmemente, que la puericia está llena de ignorancias, errores, vicios y defectos naturales, que no se han de aplaudir, sino corregirse con prudente diligencia.
La enseñanza en la juventud es de tanto provecho, que con ella se dispone la buena fortuna y felicidad de las criaturas; por lo cual se dice en el sagrado libro del Eclesiástico, que las gloriosas obras del insigne Salomon procedieron y tuvieron dichoso principio de la educación virtuosa y diligente que tuvo desde sus primeros años en la casa de su santo padre David (Eccli., XLVII, 15). Los padres virtuosos comienzan el bien de los hijos, y el Señor le perfecciona.
Mejor es el niño pobre y sabio, que el anciano rico y estulto, dice Salomon en sus Desengaños; por lo cual los padres diligentes se han de desvelar para que sus hijos, ya que sean pobres, no sean necios; y si pudiere ser, dispónganse para darles convenientes estudios, conforme a sus talentos.
Enseña a tu hijo, y te dará refrigerio, dice el Sabio, y en su aprovechamiento hallarás las delicias de tu alma, y tal vez las conveniencias de tu casa; porque con la sabiduría prosperan los hombres, y se emplea en ellos la misericordia divina (Prov. XXIX, 17).
El padre virtuoso que enseña bien a su hijo será alabado en su feliz progreso, y en medio de sus domésticos se llenará de gozo y de gloria, dice el Espíritu Santo; porque es gloria y estimación del padre el hijo sabio; como al contrario, es confusion ignominiosa del hombre la estulticia de su hijo.
El que hace sabio a su hijo, confunde a sus enemigos, dice la divina Escritura, y en medio de sus amigos se le convertirá en gloria y estimación de su persona todo lo que gasta para que su hijo sea sabio (Eccli., XXX, 3).
Lo mismo dice un proverbio de Salomon, para que los padres se animen a darles convenientes estudios a sus hijos; porque resulta imponderable estimación en los padres la sabiduría celebrada de sus hijos, que debe estimarse sobre todas las conveniencias temporales.
Mas debe estimar el padre discreto el dejar sabio a su hijo, que el dejarle rico y opulento; porque mas estimables son las riquezas del alma, que las del cuerpo, y regularmente unas y otras se multiplican con la verdadera sabiduría.
El hijo necio y estulto es ignominia de su padre, y no tendrá gozo estimable con él, dice un sagrado proverbio, sino muchas molestias enfadosas; porque todas las obras y palabras del hijo insipiente son golpes dolorosos del corazon de su padre, que se llena de confusion con la estulticia de su hijo.
En otro misterioso proverbio se dice, que es insanable el íntimo dolor que tiene un pobre padre con la insipiencia de su hijo indisciplinado y necio; porque considera sin remedio su grave daño, y no tiene otra apelación que la de la paciencia y conformidad con la permisión divina.
En el sagrado libro del Eclesiástico se dice, que son infelices los hombres que dejan en su casa por herederos a sus hijos necios; porque se van de esta vida mortal con el desconsuelo irremediable de ser cierta la ruina de su casa.
Un santo profeta dice con misterioso vaticinio, que el hijo necio y estulto hace contumelia a su pobre padre; porque ya se deja en opiniones si su conocida necedad fue natural invencible, ó si fue descuido fatal de quien le engendró para su confusion (Mich. VII, 6). Véase la desventura lamentable que tienen los padres infelices que dejan á sus hijos estultos y necios.
Los hijos sabios son corona de sus ancianos padres, y también serán gloria de sus hijos, porque regularmente los criarán con la erudición estimable con que a ellos los criaron; pero si la generación es prava y perversa, los infieles, en vez de ser corona de gloria de sus padres, se les convierten en corona de penetrantes espinas.
Dichoso el hombre, dice el Espíritu Santo, que se goza con sus hijos prudentes, sabios y justos; y desventurado el que los tiene insipientes y fatuos; que mejor le estaría no tenerlos ni buenos ni malos, que tenerlos para tormento suyo, sin esperanza de remedio (Eccl. XXV, 10).
En el libro del Eclesiástico se dice una misteriosa sentencia, y es, que curarán sus llagas los dichosos padres con la sabiduría de sus hijos; y con todas las palabras discretas y prudentes que les oyeren, se conmoverán sus paternales entrañas; porque es imponderable el gozo que un padre tiene con la sabiduría y prudencia de su hijo, y se le curan muchos dolores con este grande consuelo.
Pero en el caso fuerte de no conseguir el padre diligente el hacer sabio a su hijo, le aconseja la divina Escritura, que no publique su desventura delante de personas extrañas, sino que lo encubra y corrija como verdadero padre; porque la afrenta de su hijo cede en desestimación y poco crédito de quien le tiene en su casa (Lev., XVIII, 10).
Si no es culpa del padre la falta del aprovechamiento del hijo, no se desconsuele ni se conturbe; porque también dice la divina Escritura, que los padres no padecerán por los hijos, cuando no son causa de sus pecados, ni faltó por ellos la educación santa, y la aplicación prudente para su espiritual aprovechamiento (IV Reg., XIV, 6; Ezecn. XVIII, 4).
Muchas veces sucede que el padre es bueno, y el hijo es malo, como le sucedió al patriarca Isaac con su reprobado hijo Esaú. Lo mismo le sucedió al santo profeta Samuel con sus avarientos hijos; y en este caso desesperado no deben desconsolarse los padres, sino venerar los altísimos juicios de Dios, y hacer lo que pudieren de su parte para la restauración de sus hijos, y para no condenarse por ellos.
También era santo Jacob, y su hijo Rubén manchó su reputación, y su hija Dina le dió una afrenta; y de este asunto están llenas las divinas Escrituras, y se hallarán repetidos ejemplares en el Espejo del varón prudente.
Dispónganse los padres temerosos de Dios para educar bien a sus hijos: y sí no consiguieren todo lo que desean, tendrán por lo menos el consuelo de haber cumplido con su obligación. No les disimulen sus desconciertos, ni callen cuando les vieren obrar lo que no deben, ni dejen de castigarlos y corregirlos mientras vivan en este mundo; porque si no consiguen lo que desean, no perderán el merecimiento, y alguna vez querrá Dios que sus malos hijos se acuerden de los buenos documentos de sus padres.
Lo que los virtuosos padres han de enseñar a sus hijos despues de la divina ley y devociones santas que dejámos referidas, es leer, escribir y contar, porque estas son prendas decentes de un hombre racional, y es corrimiento vergonzoso que un hombre, aunque sea pobre, no sepa firmarse, y dar cuenta de su persona por escrito. Estas diligencias cuestan poco y aprovechan mucho, y no es incompatible la pobreza con la sabiduría, como dice la divina Escritura (Eccl., IV, 15).
En la primera diligencia, que es ensenarles a leer, observen los padres cuidadosos que lean bien, y sin vicios; porque ya se ha hecho proloquio común el decir: «Que en quien lee bien muchas faltas no se ven;» el proverbio latino dice así Qui bene legit, multa mala tegit.
En la segunda diligencia de aprender a escribir, observen también los diligentes padres, que es cosa muy distinta el hacer buena letra del escribir bien; porque muchos hacen buena letra, y escriben mal, confundiendo las palabras unas con otras, y haciendo de dos palabras una, y de una dos: defecto grave, que parece muy mal en las personas de juicio. Para esto importa mucho el buscarles a las criaturas buenos maestros, porque regularmente el defecto del maestro pasa como herencia al discípulo; y aun el Señor dijo, que le basta al discípulo ser como su maestro; pero se entiende de los maestros buenos y perfectos.
También importa mucho que los niños aprendan desde luego el ayudar misa con perfección, y el asistir con reverencia al santo sacrificio, enseñándoles, y diciéndoles muchas veces, que los santos ángeles (si fuesen capaces) tendrían envidia a los hombres de que les quitasen este sacrosamento ministerio de ayudar a las misas. En la maravillosa vida del angélico doctor santo Tomas se dice, que siendo ya maestro de su religión, ayudaba personalmente muchas misas; por lo cual se deben confundir los hombres vanos y soberbios, que se avergüenzan de emplearse en tan santo ejercicio.
Y porque también es lícito y honesto que las criaturas tengan algunos divertimientos indiferentes, procuren los padres virtuosos enseñar a sus hijos algunas ingeniosas curiosidades, que sirven de racional y gustoso deporte; porque asi, se pasan algunos ratos del tiempo sin ofensas de Dios ni del prójimo; y también es virtud la solercia y epiqueya, como dejamos dicho en la explicación de la doctrina cristiana.
En estos y otros divertimientos decentes han de notar y advertir los discretos padres el natural, capacidad y talento de sus hijos, porque segun la doctrina preciosa del venerable padre Murillo, en los asuetos y divertimientos se descubren lo naturales y genios de las criaturas inadvertidas; y el observar esto importa mucho para su buena crianza, y para darles después el estado mas conveniente a sus naturales genios.
De las repúblicas bien gobernadas de los antiguos atenienses se escribe, que en un salón tenían todo género de instrumento de las artes mecánicas que componen un pueblo, y varios libros de las artes liberales y nobles ciencias que se enseñan en las escuelas. Entraban en aquel espacioso salón a toda la gente jóven de primera edad; y dejándolos solos, les atendian a lo que cada uno se inclinaba, y según la inclinación le daban el oficio. Asi se llenó el mundo de hombres celebérrimos; porque la naturaleza ayudada del arte hace maravillas.
Si tus hijos se inclinaren á oficios honrados, no les violentes el natural; porque no prosperarán, y vivirán desconsolados. Considera la divina providencia, que para todas las artes de la república hay jóvenes que se apliquen con tan maravillosa disposición, que no hay oficio alguno a quien le falten profesores, y de todos se hace un agregado estimable para el bien común del pueblo, como se dice en el sagrado libro de la Sabiduría; y también se habla de los armoniosos oficiales en el sagrado libro del Eclesiástico.
Si tus hijos se inclinaren a las artes liberales y ciencias mayores, será conveniente consultar con hombres doctos y temerosos de Dios, que reconozcan los talentos y capacidades de tus hijos; y si hallaren la debida proporcion de sus naturales entendimientos para las ciencias a que aspiran, importará fomentarles sus buenos ánimos, porque por ese camino se han labrado los hombres grandes del mundo; y aunen los bienes temporales y estimaciones humanas se han prosperado, verificándose aquella antigua sentencia que dice en un éxámetro:
Dat Galenus opes, dat Justinianus honores.
Sea el que fuere él rumbo determinado, que con aprobación y sano consejo tomaren los hijos, siempre se les ha de encargar mucho, que la conciencia la conserven con pureza y sin pecados, porque el santo temor de Dios es el único principio de toda verdadera sabiduría; y el Sabio dice, que en el alma malévola no entrará la sabiduría del cielo, ni habitará en el cuerpo sujeto a la fealdad de los pecados: In malevolam animam non intrabit sapientia, nec habitabit in corpore subdito peccatis.
Y porque muchas veces sucede perderse los hijos en los estudios, y pasar de licenciados ainsolentes, convendrá que los diligentes padres busquen ocultos informes del proceder de sus hijos; y si hallaren que no aprovechan en la ciencia deseada, apártenlos luego, antes que se acaben de perder; porque la experiencia frecuente nos enseña, que si una vez se habitúan a holgazanes, y no se remedian presto, ni valen para el estudio ni para el trabajo, haciéndose como caballos indómitos, que no hay que esperar de ellos sino un fatal precipicio, como se dice en el sagrado texto (Eccl, XXX, 8; Jerem., XXXI, 18).
Este grande peligro se ha de prevenir con tiempo, para que si el hijo no aprovecha en el estudio liberal, se le aplique a otro empleo decente, y no se le deje ocioso; porque la maldita ociosidad enseña muchos males y feos vicios, según se dicen en la divina Escritura: Multam malitiam docuit otiositas (Eccli., XXXIII, 29).
Y porque son varios los infortunios de los hombres, y ninguno sabe a qué trabajo pueden llegar sus hijos, será conveniente que los padres próvidos y discretos, a todos les hagan aprender algún oficio ó empleo laborioso con que en toda mala fortuna tengan qué comer, y puedan ganar su vida sin dar en alguna bajeza ignominiosa. Muchas veces el padre atesora las riquezas, y no sabe para quién Dios las tiene guardadas, como dice el santo rey David en sus proféticos salmos (Ps. XXXVIII, 7).
Este sano consejo de enseñar los padres a todos sus hijos, aunque sean de grande calidad, un modo de vivir con decencia, no es ménos que de Augusto César, emperador de Roma, el cual considerándo la inconstancia de las buenas fortunas de este mundo, a todos sus hijos les enseñaba buenas artes y oficios honrados, y a las hijas mandaba les enseñaren a hilar, labrar primores, y á todos los ejercicios utiles y honestos eu que puede emplearse una mujer pobre, diciendoles, no sabian en qué trabajos y desamparos humanos se podian ver en esta vida mortal. Lo mismo se escribe de Carlo Magno. ¡Cuántos hombres insignes han dado en un mísero cautiverio! Y si no tienen alguna habilidad para ganar su vida, se hallan más perdidos.
No permitan los virtuosos padres a sus hijos que algan a rondar de noche, ni jamas les dejen a su libertad inconsiderada las armas peligrosas; porque facilmente sucede una desgracia, que después no se remedia con lágrimas, por mucho que se llore, pues nosotros iremos a los difuntos, pero ellos no se volverán a nosotros, como dijo el prudente rey David en la temprana muerte de un hijo suyo (II Reg. XII, 23). Muchos y molestos son los cuidados de los pobres padres. Dios los ilustre. Amen.
R.P. Fray Antonio Arbiol
LA FAMILIA REGULADA
1866

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