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jueves, 9 de febrero de 2012

De los que el San Vicente Ferrer sanó de enfermedades de brazos y piernas

Ivo Davo, clérigo, atestigua que tuvo más de año y medio las piernas tan hinchadas y malas, que no podía andar ni salir de su cámara, y que prometió a San Vicente de visitar todos los años que viviese su sepulcro, y decir una misa, y pagar allí cierta moneda. Y desde entonces se sintió mejor y así pudo ya andar, aunque no tan sueltamente como él quisiera, porque aún no estaba del todo sano cuando depuso su dicho para la canonización del maestro Vicente.
A una mujer se le hinchó todo el brazo y la espalda y pecho derechos, tan grandemente, que los que la vieron pensaron que no le duraría dos horas la vida, particularmente que aquellos días se habían muerto dos o tres personas en aquel vecindario por el mesmo accidente. Llamaron a un médico que se entendía de semejantes enfermedades, y él, como era devoto de San Vicente, dijo que no la tomaría en cura si ella primero no se encomendaba al Santo. Procuró la mujer de tomar el consejo, y rogó a San Vicente la quisiese favorecer y envió un presente a su sepulcro. Hecho esto, luego el dolor, que era grandísimo, se alivió harto, y después, con una medicina que le aplicó el médico, sanó totalmente.
Juan Frabri, en el año 1453, por una coz que le dió un caballo, padeció gran dolor e hinchazón en la pierna, y fué tan grande que no podía salir de su aposento ni menearse como quería, ni aun dormir, y esperaba ya la muerte; al cabo de tres semanas, hizo un voto al Santo, y luego el dolor amansó. Y de allí a pocos días estuvo sano del todo.
En el año 1449, poco más o menos, Guillermo Langoer enfermó de un muslo y estuvo dos años continuos sin poder pasear ni moverse de aquel pie. En este tiempo se encomendó a muchos santos y no pudo alcanzar salud. Finalmente, hizo un voto a San Vicente y en continente se sintió sano.

De los que el Santo libró de dolor de muelas
Una mujer, del obispado de Vannes, tuvo un grande dolor en tres de sus dientes, y ofreciendo otros tres de cera al sepulcro del Santo, en un momento sanó.
La mujer de Pedro Villchorri, del obispado Dolense, tuvo grandísimo dolor en los dientes o muelas por espacio de siete días, en los cuales se procedía para la canonización del Santo. Encomendóse, pues, a San Vicente y en continente se libró.

De los que el Santo sanó del dolor del estómago y del vientre
Una mujer de un ciudadano de Vannes estuvo ocho días dando voces, como que tuviese el muezo de mujer que quiere parir; tan agudo era el dolor que en su vientre y entrañas sentía. Acordándose después de San Vicente e invocándole con un voto, el mesmo día sanó. Fué esto en el año 1451.
Juan Madec, en el año 1453, por una enfermedad que tuvo en el vientre y ríñones y las otras partes inferiores, no podía dormir, ni comer, ni beber, ni digerir nada, ni aun echar lo poco que debía comer por ninguna parte, ni hacer aguas tampoco. Dice él que estuvo en este trabajo cuatro meses, en los cuales no se esperaba menos que su muerte. A la postre, el y su mujer hicieron ciertos votos a San Vicente, y luego fué de mejoría; y finalmente, dentro de quince días estuvo libre de toda la enfermedad.
Otra mujer de un hombre principal estuvo once meses con el vientre tan hinchado como si tuviera en él dos criaturas; y a la postre, viendo que no era preñez, sino enfermedad grave, que la trajo al punto de la muerte, el marido quiso dar razón del negocio a un pariente suyo; mas, cuando se partía de casa, dijo a la mujer que se encomendase a San Vicente. Al otro día la halló sana, y contaba cómo se había encomendado a San Vicente y echado del cuerpo toda aquella hinchazón.

De los que el Santo sanó de mal de piedra o dificultad de echar la orina
Año de 1453 hizo San Vicente un grande milagro acerca del mal de piedra, el cual contaré a la larga como está en el proceso, por ser muy notable. Juan de Capite Nemoris, de edad de diecinueve años, poco más o menos, vino de Normandía en el año de 1452 a casa de su padre, y en llegando bebió de cierta agua que no le fué poco dañosa. Luego se le hinchó el vientre y le caía hasta las rodillas, y el ombligo la salia grueso como un brazo, y la garganta se le hinchó de tal manera que no podía mirar a tierra. Llevóle el padre a muchos médicos y todos le desahuciaron. Llevóle a las capillas de San Eutropio y San Germán y a otros lugares píos e hizo algunos votos; pero (permitiéndolo Dios) no alcanzó de ellos lo que pretendía; antes se estuvo así el mozo un año y tres meses, en los cuales llegó a tal extremo que no se podía ayudar de miembro alguno. Y finalmente estuvo tres semanas que ni hablaba, ni veía, ni oía, ni se meneaba, ni comía sino cuando le abrían por fuerza con la punta de un cuchillo la boca y por allí en un día o dos apenas le hacían tomar una hostia y un poco de vino. Esperando ya su muerte, le velaron algunas noches y le tuvieron aparejada la mortaja. Mas, un día entre otros, subiendo su padre a visitarle y viéndole ya como muerto, enternecióscle el corazón y no supo más qué decir sino lamentar su desdicha con estas palabras: ¡Ah hijo mío. que así te tengo de perder! ¡Oh, si placiese al maestro Vicente rogar a Dios por tu vida y salud, ciertamente yo te llevaría a su sepulcro! Dichas estas palabras, el mancebo abrió los ojos y miró a su padre. El cual, maravillado de una cosa tan súbita, le dijo: Juan, ¿quieres que roguemos por ti al maestro Vicente? Entonces el mozo habló, y de allí adelante tuvo la lengua tan suelta como antes solía. Hizo que le levantasen en pies y le diesen sus muletas para sostenerse en ellas. Rogaba también a los que estaban allí que rogasen por él a San Vicente. Y haciendo los otros lo que él les pedia, a deshora se le reventó el ombligo y saltaron por él sesenta piedras como unas yemas de huevos duros, juntamente con otros humores. Y, luego, el mancebo estuvo bueno y pidió de comer, y se paseó, como si nunca tal cosa hubiera pasado por él. De allí a pocos días fué diez leguas a pies descalzos y vestido de blanco a visitar el sepulcro del Santo; y él y su padre atestiguaron esto delante de los que tomaron las deposiciones para canonizar al maestro Vicente.
Nicolao Boce, de Vannes, tenía un hijo de dos años y medio, al que se le atravesó en la vía ordinaria de naturaleza una piedra y no podía despedir las aguas, y así vino a la muerte; y daba muy tristes gemidos el padre, que antes de gozar de los placeres de esta vida, ya sentía tan bravas penas como son las de semejante enfermedad. Su padre y madre, después de buscados vanamente y sin ningún efecto otros remedios, le encomendaron al maestro Vicente, prometiendo una imagen de cera y cada semana una candela. Apenas habían acabado de decir esto, cuando se le saltó del cuerpo del niño una piedra mayor que una nuez de avellana.
Tres años después de la muerte del Santo, una mujer recién casada estuvo quince días sin poder hacer aguas, y hecho un voto a San Vicente, dentro de dos días cobró salud.

Fray Justiniano Antist O.P.
VIDA DE SAN VICENTE FERRER

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