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domingo, 13 de febrero de 2011

El fundamento de las grandezas de la Madre de Dios (A)


Sus relaciones con el Hijo único de Dios:
relación de madre, de ama y señora y de esposa.

Dios, grandeza infinita por esencia, es por esto mismo fuente y medida de todas las grandezas. De lo cual se deduce esta conclusión manifiesta: una criatura es tanto mayor, tanto más elevada en la escala de los seres, cuando está en relación más íntima y más estrecha con Dios. Por consiguiente, si queremos tener alguna idea de la maternidad divina, hemos de considerarla ante todo en sus relaciones con la Divina Majestad. No es difícil entender que estas relaciones aventajan a todas las demás, porque son de naturaleza supereminente y de un orden absolutamente aparte. Dios nos libre de pretender explicar lo que es perfección inexplicable; pero de aquello que la fe nos enseña y nosotros creemos, apoyados en el testimonio de Dios, no nos está prohibido buscar cierta inteligencia. Porque si está permitido buscarla por lo que toca a los misterios del Hijo, ¿por qué se nos prohibirá el buscarla por lo que toca a la Madre, puesto que semejante estudio ha de tener como resultado el aumentar en nosotros el culto de respeto y amor hacia la Virgen por siempre benditísima?

I.—La primera de estas relaciones, la más excelente de todas, porque sirve de fundamento a las demás, es la que liga a Jesús con María, al Hijo con la Madre, en el sentido más estricto de esta palabra, porque todo lo que constituye la maternidad en las otras mujeres se halla en María. Como las otras madres, formó de su substancia el fruto bendito de sus entrañas. Jesús es carne de su carne, hueso de su hueso. La sangre que corre por sus venas es arroyuelo cuyo manantial es María, y la llama de su vida, en el hogar de la vida de María se alimenta. Por tanto, la trabazón íntima en virtud de la cual hay como unidad de naturaleza entre un hijo y su madre existe entre María y Dios hecho hombre. En efecto, aunque la naturaleza del Hijo sea individualmente, numéricamente, distinta de la naturaleza de la Madre, sin embargo, es su fruto, su derivación, es su imagen viviente. Y en este sentido pudo decir San Pedro Damiano que Dios, que está de tres maneras en las criaturas, a saber: por esencia, por su operación y por iluminación, "está de una cuarta manera en una sola criatura, que es la Virgen María, esto es, por identidad, pues es una misma cosa con ella; identitate, quia idem est quod illa"". (San Pedro Damian, serm. 41, In Nativ. B. V. M. P. L. CXLIV, 738. Este sermón parece que debe ser atribuido a Nicolás, monje de Claraval y secretario de San Bernardo. Las mismas ideas se hallan formuladas en idénticos términos en las misceláneas de las obras de Hugo de San Víctor (P. L. CLXXVII). Claro está que seria abusar de este pasaje y de otros parecidos querer utilizarlos, como se ha hecho, para apuntalar una opinión muy peregrina, según la cual en la Santa Eucaristía recibimos una partícula de la carne de la Virgen, comunicada por ella a su Hijo, en el momento de la concepción, y conservada siempre intacta, a pesar de la renovación del organismo. Acerca de lo cual bastará preguntar estas tres cosas: ¿con qué milagro se ejecuta esta conservación? ¿cómo elementos materiales pertenecientes al cuerpo del Señor son parte al mismo tiempo de la carne de la Virgen? por último, ¿cómo todo esto puede alimentar la piedad de los fieles?).
Si hay alguna diferencia entre la Virgen María y las otras madres respecto de esta unión, la ventaja está de parte de María. Y es que ella concibió doblemente el fruto de sus entrañas, con el cuerpo y con el espíritu. Con el cuerpo: aquí la paridad es perfecta. Con el espíritu: en esto es en lo que María aventaja a las demás mujeres, porque, como después demostraremos, fue necesario, previa una larga preparación de sublimes virtudes, su consentimiento expreso para que el Verbo de Dios se uniese en ella a nuestra naturaleza y se formase de su carne un cuerpo a imagen del nuestro.
Recordemos que esta trabazón tan estrecha, este parentesco, el más perfecto de todos, esta afinidad natural con Dios, a la que superan solamente la unión de la naturaleza humana y de la divinidad en la persona de Cristo y la Unidad de las tres personas divinas en una misma naturaleza, tienen por término al Hijo eterno de Dios, al Rey de la Gloria, al Creador y Señor de todas las cosas. ¿Será, pues, exageración decir que la maternidad en que se fundan es en su manera una dignidad infinita?
Grande y gloriosa es cualquiera maternidad, pues ninguna otra causa creada produce un efecto que sea comparable a su fruto. Pero más grande y más gloriosa, sin comparación, es la maternidad de María, porque su fruto no es solamente un ser que lleva en su frente la imagen creada de Dios, sino Dios mismo. María, como cualquiera otra mujer, puede justamente gloriarse de haber dado a luz a un hombre, Rey de la Creación, y tanto más puede ufanarse cuanto que este hombre engendrado por María es el más hermoso de los hijos de los hombres y es más suyo que los otros hijos de sus madres, en fuerza del doble privilegio de su consentimiento libre en la encarnación y de su concepción virginal. La dignidad de la madre en cuanto madre tiene su causa y su medida en la dignidad del hijo. "El hijo —dice uno de los príncipes de la Teología hablando de la Virgen— lleva al infinito (injinitat) la excelencia de la Madre, porque la bondad infinita del fruto revela una bondad como infinita en el árbol que lo ha producido" (San Alberto Magno, Marial., super Missus est, q. 197, XX, p. 1392)
Los demás teólogos están de acuerdo con él, y basta para convencerse de ello leer, ya las respuestas que dan a esta cuestión: ¿Puede Dios hacer una cosa mejor que las que ha hecho?, ya los pasajes de sus obras relacionados con la grandeza de la maternidad divina. "De la misma manera que puede darse un bien más perfecto que cualquier bien creado, porque éste es un bien infinito, así nada hay que pueda sobrepujar al bien creado, porque éste es infinito. Y por esto la bondad de la criatura puede ser considerada de dos maneras. O bien absolutamente en sí misma, y en este orden cualquier criatura puede ser superada por otra más perfecta, o bien en su relación con el bien increado, y así considerada la dignidad de la criatura, puede recibir cierta infinitud del ser infinito al que se refiere. Tal es la infinitud de la naturaleza humana unida personalmente a Cristo, la de la bieaventurada Virgen en cuanto es Madre de Dios, la de la gracia en cuanto nos hace templos del Espíritu Santo... Mas hay un orden en estas relaciones, porque cuanto más estrecha es la relación entre la criatura y Dios, tanlo más es ennoblecida la criatura. Por esto el grado supremo de grandeza corresponde a la humanidad de Jesucristo... y el segundo a la bienaventurada Virgen, en la que el Verbo se ha unido a nuestra carne" (44, q. I, a. 3). Así se expresa Santo Tomás en su primer libro sobre las Sentencias.
Esto mismo repite, pero más brevemente, en la Suma Teológica: "La humanidad de Cristo, por el caso mismo de estar unida personalmente a Dios; la bienaventuranza creada, porque es el disfrute de Dios; la bienaventurada Virgen, por lo mismo que es la Madre de Dios, tienen todas tres una cierta dignidad infinita, y en este respecto Dios no puede hacer cosa mejor, como no puede haber cosa mejor que Dios" (I p., q. 25, a. 6, ad 4.).
Y, por una razón semejante, todo pecado mortal es, en cierto sentido, una ofensa infinita de la majestad divina, porque la grandeza del agravio crece con la excelencia de la persona a quien la injuria va dirigida. ¿Queréis formaros alguna idea de la enormidad de una de esas culpas que llamamos mortales? Medid, si podéis, la grandeza de Dios y la extensión de los derechos que tiene sobre nosotros, como Creador y Señor soberano nuestro que es. Pues bien; en forma semejante: "Si preguntáis quiés es la Madre, antes preguntad quién es el Hijo" ("Quaeritis qualis mater? Quaerite prius rrualis filius." El Padre Crassel (La Dévot. envers la Ste. Viege) atribuye este texto a San Euquerio en un sermón de Natura Virginis), porque la dignidad de aquélla crece en proporción de la excelencia de éste. Otra sentencia parecida se atribuye a San Gregorio el Grande: "¿Deseáis saber cuan excelente es la Virgen? Volved primero los ojos hacia el Hijo: la excelencia del uno os dirá la excelencia de la otra". Y en esto, si bien lo pensamos, se compendian los magníficos encarecimientos de la maternidad divina, expuestos en el capítulo precedente; por esto María ve todas las cosas por debajo de ella, excepto Dios; por esto la distancia entre ella y los servidores de Dios es, digámoslo así, infinita; por esto "todas las criaturas de Dios, aunque fuesen mil veces más nobles que lo son, si compareciesen todas juntas en presencia de la Madre de Dios, habrían de inclinarse respetuosamente delante de ella" (S. Bonav., in I. d. 44, dub. 3, in exposit. text), después de haberse prosternado delante de la majesta de Dios.

"Sólo decir de María que es Madre de Dios, es afirmar de ella una grandeza que sobrepuja todo lo que no es Dios. Ved por qué el bienaventurado Tomás de Aquino, no vacila en atribuirle una dignidad en cierto modo infinita. Y es de justicia, porque si la dignidad de la Madre crece en proporción de la excelencia del hijo, ¿quién puede dudar que, siendo el hijo infinito, el honor de la madre y su dignidad son también en su manera infinitas? Es honroso el ser madre de un simple ciudadano; lo es más haber dado a luz a un caballero, a un rey; si los espíritus angélicos tuviesen madre, aún sería mayor la honra de tener por hijo a un ángel, a un arcángel, a un serafín. Por consiguiente, ser la Madre de Dios es gloria que excede a todas estas glorias maternales tanto cuanto la altura de Dios se eleva sobre todas las criaturas. ¡Oh Virgen admirable. Madre de su Creador! ¡Oh dignidad que debería llenarnos de estupor! ¡Una mujer que tiene juntamente con Dios Padre un Hijo, el mismo Hijo, y al cual los dos dicen al mismo tiempo y con igual verdad: Tú eres mi hijo: una mujer, una Virgen, Madre de aquel mismo cuyo Padre es Dios! El Hijo, a la derecha del Padre; la Madre, a la derecha del Hijo, y este Padre y esta Madre, fijando una mirada de inefable complacencia sobre este Unigénito. El Padre diciendo al Hijo: Yo te he engendrado de mi seno antes de la estrella de la mañana (ante Luciferum), y la Madre diciendo a su vez al mismo Hijo: Tú has sido formado en mi seno virginal; tú eres el fruto bendito de mis entrañas. Ella misma se espanta de tanta gloria y es impotente para concebir este inefable exceso de elevación, porque por esto mismo que ella es la Madre del Creador, ha venido a ser también justamente la Reina y Señora de todas las criaturas. Verdaderamente, oh María, aquel que es poderoso ha obrado en ti grandes cosas, haciéndote su Madre.
Santo Tomás de Villanueva, In fest. Nativ. B. V. M.. n. 9. Concion. II, 292 (Mediolani, 1760).

Aquí es de prever una dificultad que naturalmente se ofrece al lector. ¿Es cierto que la dignidad de una madre ha de medirse con la grandeza del hijo? ¿Cuántos hombres ha habido, ilustres, renombrados por su poder, por sus hazañas, por sus obras geniales, cuya madre ha quedado en la obscuridad de la sombra? A esta dificultad no daremos más respuesta que la siguiente: Esos hombres no nacieron de sus madres tal como hoy aparecen ante la admiración del mundo; llegaron a ser ilustres con su trabajo por el concurso feliz de las circunstancias o por otra causa ajena a su nacimiento. Para todos, esclavos o hijos de reyes, hay la misma puerta para entrar en la vida (Sap. VII, 5, 6). Pero otra es la condición del Hijo nacido de María. Él no ha llegado a ser Hijo de Dios, Dios como su Padre, después de no haberlo sido. Lo fué desde el primer instante de su existencia en el seno maternal que lo concibió, como lo fue durante todo el curso de su vida mortal y como lo fue en las alturas de los cielos. Es verdad que no recibió de María la naturaleza divina; pero no es menos verdad que el fruto de sus entrañas, si bien es hombre, siempre fue el Verbo de Dios, y no es menos verdad que el nacimiento que nos dio Dios hecho hombre no dependió solamente del concurso físico y maternal de la Virgen, sino también de su libre voluntad y de su libre consentimiento, y, además, de las admirables virtudes por las que María, concibiendo al Verbo en su corazón antes de concebirlo en sus entrañas, mereció el honor y la dicha de ser su madre. Lo cual basta para reducir a la nada la objeción sacada de la semejanza con las otras mujeres.
Si deseáis un ejemplo que os sirva para entender cuan grande es y cuan noble la maternidad divina, comparadla con la paternidad de Dios y no con la maternidad de las otras mujeres, y cuando leáis que el Hijo del Padre es "el esplendor de su gloria y la imagen de su substancia" (Hebr., I. 3.), juzgad si la paternidad divina puede ser glorificada por modo tan excelente en este Unigénito sin que la maternidad reciba un resplandor, no igual a éste, pero sí superior a toda gloria. La madre libremente revistió a este Hijo de su humanidad; en retorno, ¿de qué la revestirá él sino de sí mismo? Y como él es la luz increada, ¿qué veremos en María sino a aquella mujer del Apocalipsis "toda resplandeciente del sol que la envuelve como un vestido?" (Apoc, XII, 1).

II.—Tal es la relación fundamental de la Virgen con su Hijo y tal la grandeza inconmensurable que de aquella relación recibe. Con esta relación fundamental se entrelaza otra que se deriva inmediatamente de la primera. La llamaríamos, a falta de otra palabra, la relación de ama y señora, porque, en efecto, la bienaventurda Virgen María tenía y ejercía sobre Jesús la autoridad de una madre sobre su hijo. ¿Quién no entiende la sublimidad encerrada en la potestad de tal Madre y cuan admirable sea la obediencia de tal Hijo? Aquel a quien pertenece todo poder y de quien procede toda autoridad en la tierra y en los cielos, el Verbo de Dios en quien todas las cosas descansan y cuya voluntad es la regla de todas las voluntades, depende de una mujer, y esta mujer recibe de él el homenaje de la obediencia. "Él les estaba sometido", dice el Evangelio: misterio que sumía a San Bernardo en extático arrobamiento. "Les estaba sometido —repite el Santo—. ¿Quién estaba sometido y a quién? Dios estaba sometido a hombres; Dios, en cuyo acatamiento se postran los ángeles, a quien los principados y las potestades obedecen, estaba sometido a María, y no solamente a María, sino a José por razón de María. ¿Qué admiráis más aquí: la bondad y la condescendencia del Hijo o la sobreeminente dignidad de la Madre? Por ambos lados hay un prodigio que llena de estupor. Dios obedecer a una mujer, humildad sin ejemplo; una mujer mandar en Dios, elevación sin igual. En elogio de las vírgenes cantamos que su privilegio es seguir al Cordero por doquiera; pues ¿qué alabanza merecerá aquella que lo precede? (San Bernardo, hom. I Super Missue est, n. 7. P. L. CLXXXIII, 60).
Entre los teólogos se ha disputado vivamente si Jesucristo recibió de su Padre verdadero mandato de aceptar la muerte por nuestra salvación; también se propusieron los teólogos la cuestión si puede darse a Jesucristo, en sentido propio, el nombre de siervo del Padre con que en las Sagradas Escrituras es designado muchas veces. Algunos pensaron que, siendo Jesucristo persona divina, no podía ser ligado con un mandato propiamente dicho. No es éste el lugar de discutir largamente estas dos cuestiones; así que nos limitaremos a examinar el aspecto en que se relacionan con el punto que tratamos.
¿Es verdad cierto que el Hijo de Dios, por ser persona divina, no podía obedecer con toda propiedad? Como preámbulo de la solución notaremos que los derechos y los deberes pertenecen a las personas, pero por razón de su naturaleza, ya considerada en general, ya en sus caracteres individuales. De esto se deduce que las tres personas divinas, como tienen las tres las misma e idéntica naturaleza, tienen también las tres el mismo idéntico derecho, y como quiera que esta naturaleza, la misma e idéntica, es el Ser por esencia, sigúese manifiestamente que las tres divinas personas tienen como atributo esencial la independencia absolutísima con relación a todos los seres fuera de Dios. Otra consecuencia es que los hombres, por razón de la unidad de su naturaleza específica, viven en igualdad perfecta de derechos los unos con relación a los otros, mientras las condiciones individuales no modifiquen y determinen en ellos la naturaleza común, dándoles nuevos derechos y nuevos deberes. Así, por ejemplo, el padre y el hijo, considerados únicamente en cuanto a su naturaleza específica, es decir, en cuanto son hombres, tienen absolutamente los mismos derechos y los mismos deberes esenciales. Pero si tomamos en consideración las condiciones individuales con que en ellos se reviste la naturaleza humana, condiciones que hacen de ella en el uno la naturaleza de Padre y en el otro la naturaleza de Hijo, la igualdad desaparece, dejando lugar en el padre a derechos y en el hijo a deberes, fundados los unos y los otros en relación que la cualidad respectiva de padre y de hijo establece entre ellos. Por tanto, se ha de concluir que derechos y deberes pertenecen a la persona, pero dependientemente de su naturaleza.
Mirad ahora a Jesucristo en su doble condición de hombre y de Hijo de María. Es igual al Padre como persona divina; pero le debe sumisión de la voluntad en su naturaleza humana, porque la naturaleza humana toda entera está bajo el dominio de la naturaleza divina. Con esta misma naturaleza, en cuanto tuvo origen en el seno de la Virgen, es decir, en cuanto está como individualizada en el Hijo de esta Madre incomparable, Jesucristo se somete a María en todas aquellas cosas en las que el niño está sometido al régimen materno. Mas quizá digáis: a Dios corresponde la independencia soberana, la cual no puede abdicar sin negarse a sí mismo. De acuerdo, si no es más que Dios; pero aunque no pueda someter su voluntad divina a una voluntad humana, hay en él, por razón de su naturaleza humana, otra voluntad a la que es posible la dependencia; conviene a saber, su voluntad humana, su voluntad de Hijo del hombre. De la misma manera Jesucristo es inmortal por razón de su naturaleza divina, y, eso no obstante, pudo padecer y morir por razón de su naturaleza humana. Porque la inmortalidad de una naturaleza y la mortalidad de la otra pertenecen igualmente a la persona que subsiste en las dos naturalezas Ved, pues, cómo Jesucristo, por ser verdaderamente hombre e hijo del hombre, podía obedecer a María, su Madre.
"Oh Virgen —decía a María Dionisio Cartujano—, en virtud del derecho y del privilegio de tu divina maternidad, tienes poder de mandar en el cielo y en la tierra sobre todas las criaturas. ¿Qué digo sobre todas las criaturas? ¿No estáis investida de autoridad sobre el mismo Dios, no ciertamente en cuanto es Dios, sino por razón de naturaleza humana que de ti recibió al nacer de ti; por razón, digo, de aquella naturaleza según la cual te estaba sometido en Nazaret? Y aun ahora, si no te obedece ya, todavía te respeta como la más noble, la más fiel y la más digna de honor de todas las madres" (De Laudibus vitae solit. L. un., a. 29.).
Reconocemos que no hay igualdad absoluta entre la sumisión de Jesucristo y la obediencia de los otros niños para con sus madres, antes hay grandes diferencias. En primer lugar, podríamos decir que no hay comparación posible entre la obediencia de Jesucristo a su Madre y la sumisión de los otros niños a sus madres, en cuanto a la perfección: tan pronta era la obediencia de Jesucristo, tan dulce, tan entera, tan amorosa; tan claramente veía la voluntad del Padre en las menores órdenes y aun en los deseos de María. Pero no es de esto de lo que principalmente se trata. Hablamos de las diferencias que nacían de las mismas personas. El niño ordinario no se ha puesto él mismo bajo la dependencia de su madre. El hecho que le obliga a la sumisión es un hecho natural anterior a todo ejercicio de su libertad. Tampoco cae bajo su poder electivo el substraerse a la obediencia con que está ligado hacia el autor de su naturaleza. La condición del Hijo de Dios es muy diferente con relación a su Madre. Si le está sometido con su relación de hombre, es porque con su voluntad de Dios quiso abajarse libremente, no sólo hasta revestirse de nuestra naturaleza, sino hasta recibirla como nosotros mismos la recibimos; fue, como nosotros, niño; como nosotros, necesitado de cuidados, del gobierno maternal del amor, de la abnegación de una madre, y todo esto, elegido por él ubérrimamente para asemejarse a nosotros en todo, menos en el pecado.
Con esta diferencia esencial se une otra, que no es menos digna de consideración. Jesucristo, aun en los tiempos de su infancia y primera adolescencia, no se sometía a María en todo aquello en que los otros niños deben a sus madres entera dependencia. En los actos que se referían directamente y de manera inmediata a su misión, ea quae Patris erant, obraba, digámoslo así, por su propia cuenta, substrayéndose por su propia autoridad del gobierno de María, así como del de San José. En esta parte se conducía solamente por el Espíritu del Padre, que lo es también suyo. Conforme a lo cual, a la edad de doce años se quedó solo en el Templo después de la fiesta de la Pascua, sin haber obtenido ni pedido el consentimiento de sus padres. Su voluntad divina prevalecía sobre todo mandato humano, cuando se trataba de la obra que su Padre le había encomendado. Y ésta es la razón por la que en algunas circunstancias le vemos hacer, en apariencia al menos, tan poco caso de los deseos de su Madre. En las bodas de Cana pide ella un milagro, no directamente, sino por vía de insinuación, y le dice: "No tienen vino". El le responde: "Mujer, y ¿qué nos va en ello a ti y a mí?" (Joan., II. 4. Después volveremos a tratar de este texto y de toda la escena evangélica de las bodas de Cana. Por ahora contentémonos con trascribir un fragmento de las notas insertas por M. F. Vigouroux en la traducción del Evangelio de San Juan, del abate J.-B. Glaire: ''Mujer. Este nombre no encerraba entre los hebreos una idea de menosprecio, como en francés. Jesucristo, clavado en la cruz, se sirve de esta palabra para recomendar de la manera más tierna a su Madre al discípulo amado. Los romanos y los griegos daban el título de mujer a princesas y a reinas, cuando les dirigían la palabra. Varios traducen, siguiendo el texto latino: ¿Qué nos importa ni a ti ni a mí? Pero la mayor parte entienden estas palabras de otro modo: ¿Qué tenemos que hacer o concertar juntos? Déjame la libertad que pide mi ministerio. Este segundo sentido parece que se armoniza mejor con el significado de estas palabras (Quid mihi et tibí est?) en la Biblia y con el espíritu del cuarto Evangelio... Un milagro, parece decir Jesús a su Madre, es una obra del todo divina. La carne y la sangre no deben tener parte en ella. Hijo tuyo soy en cuanto hombre; más en este momento debo obrar en cuanto a Dios... Por lo demás, en estas palabras no hay el menor reproche ni censura para María, que comparte los sentimientos de su Hijo y penetra en su pensamiento juzgando como él. Para los que oían y principalmente para los apóstoles, hubo una instrucción muy importante: que el Salvador no tiene con su Madre las mismas relaciones que los demás hijos con sus madres y que los ministros de Dios, en el ejercicio de su ministerio, no deben proceder por motivos humanos de carne y sangre" (L. Bacuez). Si tradujéramos con un exégeta protestante. M. Reus : "Déjame hacer, madre mía", se significaría que Nuestro Señor, comenzada ya la misión oficial, debía obrar, más que como hijo de María, como hijo de Dios, y que, en cuanto a sus obras mesiánicas, era independiente de su Madre. De hecho, así lo entendió la Virgen, pues sintió que su petición había sido escuchada, como en efecto lo fue). Como si Nuestro Señor hubiese querido dar a entender, no tanto por su madre como por los demás, que en este orden de hechos relacionado con su oficio de Dios Salvador su voluntad humana no miraba sino al querer divino.
Tampoco se ha de creer que Jesucristo rinde todavía y rendirá por siempre en lo sucesivo a María la misma obediencia. Un rey que no está bajo tutela gobierna según su arbitrio y voluntad, aunque le viva la madre. Los padres no pierden nunca el derecho al respeto y amor de sus hijos; mas los vínculos de la autoridad en los unos y de la sumisión en los otros se afloja a medida que los hijos van dejando de ser niños y van haciéndose hombres, porque la razón de ser de estos vínculos estriba en la obra de la formación física y moral de los hijos. Jesucristo ya no está en la infancia ni en período de formación; es ya hombre perfecto, hombre en la plenitud del desarrollo de todas las facultades humanas, la Cabeza de la Humanidad regenerada, el Rey universal en el ejercicio actual y jamás interrumpido de su eterna soberanía. Pero si ya no obedece a su Madre, no deja de ser verdad que hubo un tiempo en que María mandaba en Dios, como las otras madres mandan en sus hijos (Deo obediente voci hominis. Jos., X, 14. Lo que no era más que una metáfora hablando de Josué, es verdad ciertísima entendido de la Madre de Dios, Jesús la obedecía, pues sometía la dirección de su voluntad a la voluntad de su Madre); y no menos cierto es que lo deseos de María son aún para Jesucristo como órdenes y que él, en el cielo, cumple siempre la voluntad de su madre.

III.—Tercera relación de Jesús con la Santísima Virgen. Cristo Salvador es el esposo y María la esposa, la más amante y la más amada de todas. Como quiera que no es cosa ordinaria presentar a Jesús y María de este punto de vista, es conveniente recurrir a los testimonios. Tomaremos solamente algunos, ya de los escritos de los antiguos doctores, ya de los monumentos de la Sagrada Liturgia. Ved primeramente en qué términos hace San Efrén que hable la Virgen a su Hijo recién nacido: "Sí; yo soy tu hermana, porque los dos tenemos a David por abuelo; soy también tu Madre, porque yo te he concebido; soy, por fin, tu esposa, por el don que me has concedido de la santidad" (Opp. 2, (syriace lat.), 429. Serm. In Nativ. D.). Juan el Geómetra, teólogo y poeta de la Iglesia griega, invoca a María con el mismo título: "Salve, oh tú, que penetras en los misterios más escondidos; salve, tú, a quien el privilegio de esposa introduce en el santuario más secreto del esposo" (Hymn. 2 in B. Virg. P. G. CVI, 858). Una expresión singular usada por Modesto de Jerusalén nos lleva a unir su testimonio al de los otros orientales. Hablando de la dichosísima Asunción de la Virgen, dice: "Entró en la cámara nupcial de los cielos, ella, que es la gloriosísima esposa de la unión hipostática de las dos naturalezas de Cristo, es decir, del verdadero esposo celestial cuya hermosura es en el cielo la admiración de las Virtudes y de las Potestades" (Encom. in Dormit. Deip., n. 3. P. G. XCVI, 3288. Creemos que la razón por la que este autor emplea semejante manera de hablar es para afirmar con más energía su fe en la unidad de persona y en la dualidad de naturaleza de Jesucristo).
Si pasamos de la Iglesia griega a la Iglesia latina, veremos que por doquiera se da el mismo título a la Madre de Dios.
"Siendo, como somos, miserables y pequeños —exclama San Fulberto de Chartres, ¿cómo podremos alabar a aquélla a quien nadie, aunque todos sus miembros se convirtieran en lenguas, alabará dignamente? Ella es más alta que el cielo, más profunda que el abismo. Ella sola mereció ser a la vez esposa y madre. Por ella comenzó la reparación de la primera madre; por ella nos ha venido la Redención" (Orat. In Deip. Assumpt. Biblioth. Conc. Combefis. VII, p. 660). El mismo título fue cantado por nuestros Padres en los antiguos himnos en honor de María: "Te suplicamos, oh Santa Madre de Dios, esposa del Rey eterno, que nos protejas en todas partes y siempre. Tú eres la brillante esposa de Cristo, la Reina ilustre del cielo..., la Madre inmaculada de Dios" (Adalb. Daniel, Thesaur. Hymnol., I, p. 246. Lipsiae, 1846). Añadamos el último testimonio: "Veamos quién es esta Virgen tan santa que el Espíritu Santo se dignó descender sobre ella, tan hermosa que el Señor la escogió por esposa suya" (Serm. 12 in apéndice Ad Opp. S. Maximi Taurin. P. L. LVII, 887).
Dios Salvador es el esposo y María la esposa; más aún: la esposa única. ¿Cómo el Salvador es el esposo siendo el Hijo y cómo María, esposa de su Hijo, es la única esposa? He aquí dos cuestiones a las que vamos a responder con las mismas explicaciones; la una y la otra contribuirán a la glorificación de la maternidad divina.
¿No se excluyen mutuamente en un mismo sujeto con referencia a la misma persona las relaciones de Hijo y de esposo, de Madre y de esposa? Sí, ciertamente; cuando los términos de esposa, Madre e Hijo, se toman en un significado propio y riguroso. Mas ha de tenerse en cuenta que los dos primeros, esposo y esposa, se aplican en el caso presente sólo por analogía. Ahora bien; para dar el título de esposa a la Santísima Virgen con relación a su Hijo, el Verbo encarnado, se descubren tres razones, y las tres, por cierto, están indicadas más o menos claramente en los textos que acabamos de citar.
María es la esposa del Verbo encarnado propter sanctitatem por razón de su admirable santidad, como nos lo enseña San Efrén. En la dulce y sublime alegoría del Cantar de los Cantares, el título de esposa no se atribuye sólo a la Iglesia. En la legión de intérpretes eminentes y de santos místicos que desde Orígenes hasta nuestros tiempos han comentado este libro, quizá no hay uno que no haya visto a la Esposa, además de la Iglesia, en todas y a cada una de las almas santas (La esposa es el alma que ama. Sponsae nomine cesetur anima qude amat. S. Bernard., In Cantic, serm. VII, n. 2. P. L. CLXXXVIII, 807). Y nada más natural que este consorcio entre la Iglesia y las almas santas en la unidad del mismo simbolismo, porque estas almas son la mejor parte de la Iglesia y porque, además, reunidas en la unidad de una misma fe, de un mismo deseo, de una misma intención y de un mismo corazón, forman la paloma única, una sola Reina, como dice San Agustín (Enarrat, in psalm. 44, n. 23 P. L. XXXVI, 509), hablando de las iglesias particulares.
Aunque todas las almas justas sean esposas del Rey Jesucristo, la Sagrada Liturgia nos enseña que las vírgenes consagradas a Dios mediante la profesión religiosa tienen derecho, con un título especial, al hermoso nombre de esposas.
"Yo te desposo con Jesucristo, el Hijo del Padre supremo", dice el Pontífice cuando les da el anillo, arra y símbolo de la fidelidad que deben guardar "a aquél que es a la vez el esposo y el hijo de la perpetua virginidad" (Pontif. Roman, De consecrat. Vírg.). Por cima de esta unión de las vírgenes, la Teología mística nos muestra en la vida de los santos otros desposorios, otro matrimonio espiritual, todavía más íntimo, entre Cristo y ciertas almas privilegiadas, como fueron Santa Teresa de Jesús, Santa Catalina de Sena y otras más. Esta unión es todavía la unión común, basada en la gracia y en la santidad, pero con manifestaciones más sensibles y en grado más elevado. ¿Será necesario entrar en largas explicaciones para entender cómo la Santísima Virgen es por todos estos títulos, más que todas las demás criaturas, esposa de Nuestro Señor Jesucristo? ¿Quién, en efecto, ha poseío como ella todos los privilegios de gracia sobre los que se funda esta divina unión?
De ahí que la Iglesia se goza en reconocer en la esposa del Cantar de los Cantares no sólo a sí misma y a las almas de sus hijos, sino muy singularmente a la bienaventurada Virgen María. No hay capítulo del poema donde la Iglesia no lea, de un lado, las infinitas ternezas de Cristo, el esposo regio, hacia su paloma, su amiga, su toda hermosa, su hermana, su esposa, y del otro, la correspondencia amorosísima de la Sulamítis amadísima hacia aquél que juntamente quiere su esposo y su hijo. En todas las fiestas que celebramos en memoria de María, al Cantar de los Cantares va la Iglesia a buscar su inspiración, y allí coge las flores para coronarla y los perfumes con que rocía sus altares. De ello dan testimonio todos los Oficios de la Iglesia oriental y de la Iglesia occidental, desde el oficio de la Inmaculada Concepción, en el que se nos presenta "como la toda hermosa en la que no se ve la menor mancha" (Cant., IV, 7), hasta el oficio de la gloriosa Asunción, que nos representa "a la Amada subiendo a los cielos apoyada en su Amado" (Cant., VII, 5).
Aun suponiendo que la Iglesia aplique a la Virgen Santísima estos textos, no en sentido literal, sino por acumulación, todavía será cierto que la Iglesia, iluminada por Dios, canta y predica de María lo que el Cantar de los Cantares dice de la Esposa. María, pues, es esposa de Jesucristo, y no podemos dudar que este título le conviene.

El Cantar de los Cantares es una alegoría cuyo sentido literal y primario se refiere a la santa unión de Cristo y de su Iglesia. Pero como los fieles y particularmente las almas de los justos, pertenecen a la Iglesia, se deduce que, en sentido "secundario y consiguiente", como dicen muchos sabios intérpretes y teólogos, o en sentido "integrante", como dicen otros, y acaso con más exactitud, están también comprendidos en la letra del inspirado canto. Por consiguiente, en el mismo sentido la bienaventurada Virgen tiene gran parte en el Cantar, parte que es proporcional a la santidad que la coloca en el primer puesto entre los miembros vivos de la Iglesia de Cristo. Luego estudiaremos otros títulos por los cuales corresponde a Maria el nombre de esposa, y ese estudio será nueva y más sensible prueba de que la Virgen Santísima es la esposa de los Cantares, no sólo en sentido acomodaticio, sino en sentido literal, con mayor razón que las almas unidas a Jesucristo con los vínculos del amor divino.
Los antiguos Padres, San Gregorio de Nisa, San Epifanio, San Ambrosio, San Ildefonso y muchos otros interpretaron frecuentemente de María pasajes aislados del Cantar de los Cantares. La ven figurada en el jardín cerrado, en la fuente sellada, etc. Pero es necesario llegar al siglo XII para hallar obras en las que el libro entero sea interpretado de María, Madre de Dios. Desde entonces las interpretaciones de este género son frecuentes. Se las llalla aún entre los escritores de la Iglesia griega, por ejemplo, la de Mateo Cantacuzeno, en el siglo XIV (P. G. CLV, 997, sq.). He aquí el pensamiento de Dionisio el Cartujano (siglo XV) : "Communiter fertur quod triplex sit sponsa Christi: videlicet, tota universalis Ecclesia militans quae vocatur sponsa D.N.J.C. generalis; et quaelibet anima fidelis et amorosa quae dicitur sponsa Christi particularis; itemque Beatissima Virgo María Christifera quae Christi sponsa singulariter dicítur." Dionys. Carth., In Prooem. Cant. Cantic.

Mas no es bastante lo dicho: María es la esposa única. ¿Pero cómo es posible que sea la única, siendo así que la gracia de Dios da esta dignidad a tantas almas? Es que María lo es en un orden superior que responde a su maternidad; es que su santidad, su virginidad, la intimidad de su unión con el esposo celestial de las almas no tienen igual.
"Dios —dice Santo Tomástiene siempre consigo los ángeles y las almas santas. Sin embargo, si no se diese en Dios pluralidad de personas, estaría solo y solitario. Porque la soledad es compatible con la presentación de otros seres de diversa naturaleza. Un hombre está solo en un desierto, aunque allí hay gran número de plantas y de animales alrededor de él" (1 p., q. 81, a 3, ad 1). Pues bien; en un sentido análogo, la Santísima Virgen es la esposa única: única, porque solamente a María compete el estar en pie a la derecha del Esposo con su vestido de gloria; única, porque las otras vírgenes esposas no se acercan al Rey sino después de María, detrás de María y por mediación de María: Astitit regina a dextris tuis in vestitu deaurato... Adducentur regi virgines post cam (Ps. XLIV, 10, 15.); única, en una palabra, porque su gracia excede a toda virginidad, y las santas caricias y confidencias que hay entre ella y su esposo dejan atrás a todos los favores concedidos a los santos, aun a aquellos que fueron más queridos del corazón de Dios. Los nombres de esposo y de esposa, empleados para caracterizar las relaciones de las almas santas con Dios, expresan más especialmente el amor recíproco, la donación mutua de los bienes, la conformidad de juicios, de voluntades, de gustos, de intereses, la unidad de los corazones. Después de lo cual, ¿puede dudar alguno que María es esposa y que su maternidad no sólo no es obstáculo, antes bien ha de considerarse como la razón primera de aquel inefable privilegio?
Además, es esposa por un título que de ella sola es propio, en cuanto por ella y en ella se obró la unión de la naturaleza humana con el Verbo de Dios. Y esto es, si no nos engañamos, lo que quiso significar Modesto de Jerusalén cuando llamaba a María "gloriosísima esposa de la unión hipostática". María, en esta unión, hizo oficio de esposa al mismo tiempo que el de Madre. Entonces fue cuando se concluyó y consumó el desposorio por siempre bendito que había de levantarnos de la caída original y elevarnos hasta Dios. El Verbo, al tomar nuestra carne, se desposó con toda la naturaleza humana en la naturaleza individual con la que se unió personalmente. Mas es ley de la conducta de Dios, en sus relaciones con el hombre, respetar su libertad. Era, pues, necesario que el linaje humano diese su consentimiento para la unión que había de salvarlo. Ahora bien; Dios no podía pedir este consentimiento a la naturaleza particular que él hizo suya, porque no preexistía antes de la unión. ¿Quién, pues, prestaría el consentimiento sino la Virgen María, puesto que en su carne y de su carne el Verbo recibiría a su desposada, y puesto que en María la naturaleza humana sería pura y digna de entrar en sociedad con el Verbo?
Entendámoslo bien: se requiere un consentimiento, y María lo da; hay una esposa, y esta esposa en quien se recapitula todo el género humano fue la substancia de María. ¿No es esto bastante para que María, viniendo a ser Madre, adquiera también el carácter de esposa? En vano objetaréis que no hubo matrimonio, porque podrían aducirse millares de textos en los que los Santos Padres presentan la Encarnación bajo esta figura. No digáis tampoco que María hace sólo oficio de intermediaria. San Pedro Crisólogo os responderá: "He aquí que Dios envía un mensajero alado a la Virgen y le confía las arras, es decir, la gracia como dote... El divino intérprete parte con vuelo rápido y va, no a quitarle a José su prometida, sino a reivindicar para Cristo la esposa que le fue prometida en el seno de su madre en el momento mismo en que fue formada. Así Cristo toma de nuevo a su esposa y no se la quita a otro; no se divorcia de ninguna manera ni de nada cuando une a sí mismo toda su criatura en la unidad de su cuerpo", Así, la prometida viene a ser esposa el día de la Anunciación, y el Verbo, al tomar su carne en ella y por ella, se desposa con todo el linaje humano. ¿No hay, pues, motivo para repetir que María es la esposa única del Verbo humanado? ¿Hay algún alma con la que el Verbo haya pactado alianza semejante? Aquello que decía Adán al salir de su misterioso sueño: "Esta es carne de mi carne y hueso de mi hueso", ¿no puede María repetirlo refiriéndose a Jesucristo, su adorable esposo? Y si el esposo debe amar a la esposa como a su carne, ¿no es así como conviene que el Hijo de Dios ame a aquella de quien tomó su substancia corporal y visible? (Ephes., V, 28, sq.)
Quédanos por decir la tercera razón, no menos propia y personal, por la que la Virgen Madre es esposa. La indicaremos con muy pocas palabras, pues constituirá la materia de la segunda parte de esta obra, en su casi totalidad: María es la nueva Eva del nuevo Adán; es una ayuda semejante a él (Gen., II, 18) para la generación de los hijos adoptivos de Dios, como la primera Eva fue la ayuda del primer hombre para la producción natural de la estirpe humana. Jesucristo dará la vida a los hijos de la Nueva Alianza entre inefables dolores el día de su Pasión, y María, en pie junto a la cruz en que su Hijo agoniza, participará doblemente, como Madre, en este nacimiento misterioso con su compasión.
A estas tres razones pudiera quizá añadirse otra: siendo quizá la Iglesia esposa, debe convenir este título también a María, pues María es, como unánimemente lo enseñan los Santos Padres, tipo de la Iglesia; en otras palabras, porque la Iglesia fue hecha a imagen de María. Mas, por una parte, debemos dejar la exposición de esta idea de María tipo de la Iglesia para la segunda Parte de esta obra, en la que la desarrollaremos plenamente al hablar de María como Madre de los hombres; por otra parte, esta razón está implícitamente contenida en los precedentes, y, sobre todo, en las dos últimas. Baste, pues, haberla indicado sólo de paso.
Y ahora, ¿quién podrá comprender hasta qué punto levanta la grandeza y el nombre de María esta cualidad de esposa del Rey Jesucristo, que María posee con tan altos títulos? Y al mismo tiempo, ¿quién no ve en esta grandeza un prodigioso acrecentamiento de gloria para su divina maternidad? Porque es cosa manifiesta que si la Virgen es, por todos los títulos expuestos, la esposa por excelencia, la esposa única en su orden, es que es Madre de Dios.

J.B. Terrien S.J.
LA MADRE DE DIOS...

1 comentario:

NN dijo...

Un texto muy bueno. Ojalá todo el Conciliabulo Vaticano, Juan XXIII y sus sucesores fueran un mal sueño del que pudieramos despertar.
Dios los guarde y en serio, como le dije una vez Padre Martinez, deberían activar una cuenta en PayPal para recibir donaciones on-line.
Suyo en Cristo,
Raúl