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martes, 11 de octubre de 2011

ALELUYA DE AGONIA


Si no fuera por que miro que un patibulo es tu trono.
Rey del Cielo hecho pecado, pararrayos del encono
De las iras inmortales del tremendo Vengador!...
Si no viera que naufragas en el mar del abandono;
Si no viera que tu angustia, la que exhalas por mil bocas
De mil llagas es tan grande, pesa tanto que a las rocas
Hizo trizas las entrañas y de pavor. . .;

Si no viera que tus hijos, tus creaturas, tus esclavos.
Te pagaron tus caricias con las puntas de tres clavos.
Con el hierro de un lanza, con el potro de una Cruz;

Y te embisten moribundo con furor de toros bravos;
Y que encargan a los látigos el pagar todos tus besos;
Y que el sol despavorido al contar todos tus huesos
Desmayose como un niño y perdió toda su luz. . .

Si mi alma no supiera, porque Tú se lo dijiste
Que anhelaste tus angustias; que del Cielo descendiste
— Cual se baja a buscar perlas en el fondo de la mar—
Por la dicha de ser pobre, por el gozo de estar triste,
Por afán de ser esclavo; por llevar en las divinas
Refulgencias de tu frente el fulgor de unas espinas;
Por sentirte moribundo, y morir, y así reinar. . .;

Si no viera que tuviste a tu lado en tu Calvario,
—Las dos almas consumiéndose en idéntico incensario—
Al amor de los amores de tu santo corazón;
Si no viera que, en la escala que tocando a tu Santuario
En el sueño misterioso vio Jacob, no van ni vienen
Sino aquellos que transida de dolor el alma tienen
y. . . Los ángeles que bajan con las copas de aflicción. . .

Si no fueras Tú mi Cristo, el gran Rey crucificado
Que no cuenta en los millones de sus filas ni un soldado
Sin la clámide con sangre reteñida, del dolor. . .;
Si no fuera de tu ejército el feliz abanderado
Aquel pueblo o aquella alma que agonice, que se muera.
Sin amparo, ni consuelo en las llamas de la hoguera
Donde canta sonriente sus estrofas al amor. ..;

Si no fuera asi mi Cristo, no salieran de mi boca
Las palabras misteriosas con que México te evoca
Y te aclama en este día. . .! Yo pensara (¿Cómo no?)
A mi madre, ¡pobrecita! el dolor la ha vuelto loca. . .
Si me ordena que te diga que sus dichas son muy tuyas.
Que te manda el más alegre de sus grandes aleluyas;
Que se siente agradecida como nunca se sintió. . .;

Que es preciso rodearla de manzanas y de flores
Y con ellas sostenerla, que al raudal de tus favores
Siente el alma enajenada, y de amor desfallecer;
Y que teme que los reyes, los magnates y señores
Te murmuren porque, ciego, sin mirar a su vileza.
La vestiste con la púrpura inmortal de tu realeza,
Y la sientas en tu trono, como Asuero sentó a Esther.

Allá está, crucificada con espinas en su frente,
Con su cuerpo hecho pedazos. Es ludibrio de la gente
Que contesta con silbidos a su agónico estertor;
Y su rostro moribundo a Tí vuelve sonriente;
Un fulgor inusitado ilumina su mirada,
Y te dice lentamente, con voz dulce, apasionada:
"Yo quisiera, Jesús mío, sufrir algo por tu amor!"

Ha sufrido muchas veces el dolor de los dolores:
Los más nobles de sus hijos, los más fuertes, los mejores.
Nunca más en este mundo sus caricias le darán. . .;
Fue tu amor quien les dió muerte, no el fusil de los traidores,
Y mi Patria no ha exhalado ni un gemido de querellas:
Volvió al Cielo sus pupilas, y, mirando las estrellas
Entonó cantar de cuna, murmurando: "¡Allí están"!. ..

Ya la mirra que le dieron en la copa de las penas
Los verdugos, es la sangre que circula por sus venas;
Ya sus miembros se estremecen en postrera convulsión;
Ya las olas de la vida, levantar pueden apenas
Aquel pecho que se muere, oh Jesús, porque te ama. . .
Y mi madre agonizante, a Tí vuélvese y exclama:
" ¡Oh mi Rey! ¿No habrá un lanza que me parta el corazón!"

Ya su frente va inclinándose; ya la vida la abandona;
La campana de los siglos va a tocar la hora nona,
Cuyos ecos tristes repercuten !"orfandad"!
Ya no puede repetirnos que nos ama y nos perdona;
Solamente nos bendicen con la luz de sus pupilas,
aunque opacas y nubladas, tan serenas y tranquilas
Que parece que las baña en su sol, la eternidad. . .

Yo comprendo, en la mirada que me dió la Patria mía,
Que me ordena que te cante su ternura, en este día,
Con el canto más sentido de que yo fuera capaz;
Y ensayé todos los tonos; el idilio, la alegría,
la epopeya. . todo en vano. . . yo no puedo, yo no supe;
Y sus labios expirantes murmuraron: "¡Guadalupe!"
Y dos lágrimas ardientes resbalaron por su faz. . .!

GUADALUPE! Nuestra madre, nuestra Reina, nuestro Encanto,
La sonrisa de nuestra alma, el raudal de nuestro llanto,
La epopeya de la raza, la elegía de su dolor;
(Nuestros mártires gloriosos, son estrellas de su manto...)
Y mi Patria te la ofrenda! ¡Porque es suya, toda suya...'
E el himno que te canta, en su célico aleluya;
Es el VIVA CRISTO REY, grito excelso de su amor...!


Mons. Vicente M. Camacho
Los Angeles, Cal. 28 de Octubre de 1928.

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