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sábado, 8 de octubre de 2011

Reglas particulares de prudencia y política cristiana, para que los padres de familia las hagan leer a todos los de su casa.

A cada uno le darás el honor que le pertenece, conforme a la sentencia divina de Cristo Señor nuestra, que dice Dadle al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios (Matth., XXII, 24)
A todos se les ha de pagar lo que se les debe, dice el apóstol san Pablo; a quien se debe honor, dadle honor; a quién se le debe tributo, dadle tributo; a quien se le debe reverencia, dadle reverencia, temor y respeto, dadle, y descansareis en paz; Nemini quidquam debeatis, etc. Cui tributum, tributum, cui honorem, etc. (Rom., XIII, 7)
El primer cuidado ha de ser tener contento a Dios, de quien depende todo el acierto de la criatura racional, por que el hombre dispone su camino, dice Salomón; pero el Altísimo gobierna todos sus pasos (Prov., XIX, 9).
Los bienes y los males, la vida y la muerte, la pobreza y la honestidad, y la decencia de la criatura proceden de nuestro Dios y Señor (Eccl., XI, 14); por lo cual el primer cuidado del hombre sea venerar a su Omnipotente Criador, en cuya mano poderosa se halla cuanto puede apetecer. Con Dios todo se acierta, y sin Dios todo se yerra. Esta es la verdadera sabiduría fundamental del hombre.
A los reyes y príncipes has de tener amor y temor, y no te acompañes con los desafectos a tu rey. porque repentinamente les vendrá su ruina; y si te juntas con ellos, te perderás con ellos. Es de los proverbios (XXIV, 21)
Al que arroja en alto la piedra, le cae sobre la cabeza y así sucede a los que hablan desconciertos contra los reyes. Piensan que sus indecentes murmuraciones están en en oculto; y cuando ménos piensan les viene el golpe de su figno castigo (Eccl., XXVIII, 28).
Aun en tu pensamiento, y en lo mas secreto de tu casa, no murmures contra tu rey, ni ménos le eches ocultas maldiciones, dice Salomon; porque las aves del cielo llevarán tus voces, y donde no sabes, hallarás tu precipicio, y hasta el último cuadrante pagarás tu pecado (Eccl., X, 20).
A todos los jueces y gobernadores de la tierra has de estar muy sujeto, y los has de venerar como enviados de Dios para castigar a los malos, y premiar a los buenos, como dice el príncipe de los apóstoles san Pedro. Y el apostol san Pablo nos avisa, que no hay en el mundo potestad verdadera que no sea de Dios (Rom XIII, 1)
En presencia de los sacerdotes del Altísimo has de humillar no solo tu cabeza, si tambien tu corazón y tu alma porque son los ministros de Dios omnipotente y deben ser venerados sobre todas las criaturas (Eccli., IV, 7).
En presencia de los sacerdotes del Señor no te sientes, dice el Espíritu Santo, sino está en pié con reverencia, oyendo sus palabras, y humillando tu espíritu. Habla poco delante de los ministros del Altísimo Dios, y atiende a sus sanos consejos, que sean para el bien espiritual de tu alma (Eccli., I, 35 ; et VII, 15).
En presencia de tus prelados oye con silencio, y pregunta solo aquello que te conviene para obrar sin macula en todas las cosas; y como no seas preguntado, disimula lo que sabes: ln multis esto quasi inscius; porque asi te importará para la quietud de tu espíritu (Eccli., II, 23).
Si vieres que los que gobiernan obran inicuamente, no te desconsueles, porque a ti no te toca su corrección (Isai., LIII, 5). Firma tu cuidado en Dios, y ruega por ellos, que ya tienen superior para dar estrecha cuenta de sus operaciones, como lo nota el Sabio; y esta te conviene mucho para el sosiego de tu alma (Eccli., V, 7).
Con los poderosos del mundo no entres en altercados, porque en ellos está la fortaleza temporal, y siempre saldrás descalabrado de sus combates; y si eres con ellos inconsiderado en hablar, sentirás muchos males (Eccli., XIII, 3).
No entres en pleito con el hombre poderoso, no sea que des en sus manos y te pierdas. Conservará tus palabras; y cuando le venga la ocasion, atropellará contigo, y hallarás ruina (Eccli., VIII, 1 ; et XIII, 15).
Guárdate de los hombres ricos poderosos, y trata con los sabios y prudentes, y así te irá bien. El rico, riéndose, te preguntará muchas cosas, y descubrirá tu corazón; y si no le dieres gusto, te hallarás despreciado (Eccli., VI, 21; et XIII, 44).
Si te llama el poderoso, excúsate cuanto puedas de ir a su casa, porque lo mismo que parece ser poca estimación de su convite, será estímulo y motivo para que te llame con mayor instancia; y en todo caso, conserva tu santa libertad, y no te olvides de que es maldito el hombre que confía en los hombres (Eccli., XIII, 12).
Atiende a las palabras y sentencias de los ancianos, porque ellos dicen lo que aprendieron de sus padres, y lo que les ha enseñado la experiencia larga de sus muchos años, y el Sabio siempre búscala sabiduría de los antiguos.
Cuando hallares algún hombre de mucho juicio y de muchos años, busca con ansia su conversación; porque en ella aprenderás muchas cosas útiles a poca costa tuya (Eccli., VI, 56).
Honra a los ancianos y atiéndeles mucho, y pregúntales muchas cosas de los años antiguos. Atiende, que en ellos hay un grande y estimable tesoro, que puedes utilizarle para tu mayor bien con poco trabajo; y es de sabios estimar a los viejos, como dice el Espíritu Santo (Eccli., XXV, 8; Levit., XIX, 32).
El necio que desprecia a los ancianos, no conoce que en ellos desprecia a su Dios y Señor, que los ha conservado en el mundo para ejemplo de los jóvenes; y debe entender, que de los jóvenes se hacen los viejos, y que no hay otro remedio para no llegar a tantos años, sino el de la muerte, que teme toda criatura: Etenim ex nobis senescunt.
Para todas tus operaciones procura buscar sano consejo de hombre sabio y temeroso de Dios, con cuyo dictámen defenderás lo mismo que obras; y si en algo faltares, no será culpa tuya (Prov., II, 11).
No aflijas ni conturbes tu corazou con las dificultades ocurrentes, sino busca maestro, que sea mas docto que tú mismo, y obrando con su consejo, aliviarás tu molestia.
No tomes consejo de quien te mira con envidia, no sea que te halles engañado, y se ria de ti a costa de tu simplicidad (Eccli., XVII, 7).
No tomes consejo para tu alma de quien estima mucho tu vida mortal, no sea que por el bien de tu cuerpo halles despreciado tu espíritu con eterno detrimento, como dice el gran padre de la Iglesia san Agustin.
Busca con diligencia el consejo de los hombres justos y temerosos de Dios; porque estos alcanzan muchas veces mas que siete sabios circunspectores, como lo advierte el Espíritu Santo.
No te arrimes demasiado a tu prudencia propia, ni te fies de tu dictamen, sino busca maestro y doctor que te enseñe; y guárdate no halles algún engañoso director.

Has de ser prudente como la serpiente, y sencillo como la paloma; sencillo como la paloma para no engañar a nadie; y astuto como la serpiente para que nadie te engañe (Matth., X, 56).
Procura honrar y venerar a tus maestros, que te enseñan la verdad, y destierran tus ignorancias, y en esto hacen la voluntad del eterno Padre.
Los que te corrigen, verdaderamente te aman; no les correspondas mal, pues te hacen bien (Prov., III,12).
Los que te alaban mucho, esos te engañan y te pierden: no te dejes llevar de sus adulaciones falsas, porque esta es propiedad de hombres ingnominiosos, y no de sabios (Isai., III, 12).
El hombre que se tiene por sabio , y por sí mismo imagina acertar todas las cosas, está engañado; y el insipiente podrá tener mas esperanza de ser sabio, que el tal presuntuoso, como dice un misterioso proverbio de Salomon.
Procura hablar poco y con mucho juicio; porque los hombres veloces en hablar son dificultosos de corregir; y mas bien se puede esperar el aumento de su necedad y estulticia, que su corrección virtuosa.
El necio, si calla parece sabio, dice Salomon: Stultus si tacuerit, sapiens reputabitur. Y por el contrário, el sabio si habla mucho parece necio.
Ama a tu prójimo, y encomiéndale a Dios, y hazle todo el bien que pudieres; pero trátale con astuta prudencia, no seas engañado, y te pese de tu nimia confianza, cuando no puedas remediar tu molestia, sino con la paciencia (Eccli., IX, 12; et XXVIII, 18).
No frecuentes indiscretamente la casa de tu prójimo; no sea que se canse de tus visitas, y enfadado de tu importuno trato comience a aborrecerte, y guardase de ti (Prov., XV, 17).
Acomódate con los genios y condiciones de todos los que tratas, en cuanto no fuere pecado, ni ofensa de Dios, ni de tu prójimo, alegre con los alegres, compasivo con los afligidos, y atento con todos, sin exceder las reglas de discreción y modestia (Rom., XII, 15).
Cuanto es de tu parte procura tener paz con todos, porque sin paz se hace amarga la vida del hombre; y es lástima que la vida breve se pase con molestias evitables, siendo ya muchas las que no se pueden excusar.
Si alguno te hablare con inquietud, haz reflexión sobre ti mismo, y respóndele con mucha suavidad y pacificación; porque escrito está, que la respuesta benigna mitíga la ira del prójimo (Prov., XV, 1).
Por atención a tu amigo no te hagas enemigo de tu prójimo; porque las leyes prudentes de la amistad cristiana no han de pasar los términos de lo justo, ni es bien te hagas enemigo de quien no te hace mal ninguno.
Si oyeres alguna cosa indecente de tu prójimo, a nadie la digas, y observa esto por tu conciencia, y por tu conveniencia; porque si te la oyen a ti, y no hallan quien a ti te la dijo, te harán inventor de ella, y padecerá tu reputación.
No te apasiones por saber novedades, con el tiempo se sabe todo, y se hace viejo lo que fue nuevo; y lo que fue mentira, conveniencia fue no saberlo: Transeunt universa sub sole (Eccli., III, 1).
En muchas cosas hazte como ignorante; oye lo que te dicen, y calla sin darte por entendido de que ya lo sabias, porque asi guardarás tu corazon en paz, y te librarás de muchas pesadumbres (Eccli., XXXII, 12).
No entres en altercados y porfías sobre lo que no importa. Cada uno abunde en su sentir, y de hacerle contradicciones no sacarás sino molestia.
El hombre discreto que se aparta de altercados y porfías, da testimonio público de que tiene sano juicio, y es digno de estimación y honor, como dice el Sabio.
El hombre sabio que porfía con el necio, no hallará quietud; porque, o se ria, o se enfurezca, siempre le dejará con amargura de haberse puesto con él.
No comuniques mucho con el hombre hablador; porque cada palabra tuya será como echar nueva leña en el fuego, y no sabes en qué podrán parar sus argumentos (Eccli., VIII, 4).
Nunca repitas la palabra dura y ofensiva, porque basta haber faltado una vez en decirla, y aun te convendrá hacer penitencia de haberla dicho una vez, sin repetirla segunda (Eccli., XIX, 7).
Huye de aquellos hombres necios, que cuando los cogen en alguna mala palabra, dicen, que se burlaban, y con esto se quedan muy sosegados, habiendo hecho pedazos el corazón, y el buen crédito de su prójimo.
Excusa de salir fianza por créditos ajenos, no sea que pierdas tu casa, lo paguen tus hijos por culpa tuya, y te halles arrepentido cuando no tengas remedio (Prov., XX, 1G).
No seas fácil en prometer lo que no será fácil de cumplir, porque te obligarás con tu palabra, y despues cederá en ignominia tuya tu simple facilidad en la promesa.
Hay hombres inconsiderados y necios, que prometen muchas cosas a su amigo, y faltando despues a su palabra, consiguen el tener un enemigo de barato (Eccli., XX, 2o).
En asuntos que no llevan consecuencia, haz bien, y no mires a quien; pero en lo que puede seguirse algún inconveniente, atiende mucho a quién haces el favor, como lo previene el Espíritu Santo: Si benefeceris, scita cui feceris (Eccli., XXI, 1).
Haz bien al justo, y hallarás copiosa retribución; porque si él no te corresponde agradecido, el altísimo Señor atenderá a lo que hiciste por su amor (Eodem, v, 1).
Cuando te pidieren alguna cosa, y luego la pudieres dar, no digas que se vaya y vuelva, dice el Sabio, porque si has de hacer el favor, hazlo cumplido (Prov., III, 28).
A ninguno le digas en su cara con improperio el bien que le has hecho; porque esta es condicion menguada de insipientes y necios. Aprende de Dios, qui dat ómnibus affluenter, et non improperat (Eccli., XX, 15).
Con tus amigos anda con cuidado, porque se hallan pocos verdaderos, que permanezcan en el tiempo recio de la tribulación, y buscarán mas su conveniencia que la tuya.
Aunque tengas muchos amigos, mira de quién fias tu corazon, y a quién descubres tu secreto, no sea que te halles defraudado cuando no tengas remedio. Para entera confianza apenas hallarás uno de mil (Eccli., VI, 6).
A nadie desprecies por el aspecto exterior, porque asi les hizo quien le crió, y el Señor sabe los dones que ha puesto en aquella hechura de sus divinas y omnipotentes manos (Eccli., XI, 3).
A nadie digas lo que no quieres que se descubra. Lo que deseas que el otro calle, cállalo tú, pues te importa: Secretum meum mihi (Isai., XXIV, 16).
Si descubres el secreto de tu amigo, acabóse tu amistad; no le busques, porque se irá léjos de ti, escarmentado de tu infidelidad.
No te introduzcas en las cosas del pueblo; no sea que ofendas a la multitud, y arruines tu casa por donde la imaginabas autorizar. El pueblo es un monstruo, huye de él (Prov., XX, 18).
Apártate con discreción del que es muy rico y soberbio, porque aun obrando injustamente contra ti, gritará y bramará, y habrás de callar, y por último se burlará de ti (Eccli., XIII, 4).
No alabes al hombre impío y malo, porque los del pueblo, que le conocen y aborrecen, dirán maldiciones contra ti.
No te empeñes en palabras, ni en porfías con los hombres pésimos, que no tienen que perder; no sea que llegues al extremo de buscarte tu mala fortuna.
No te pongas en litigios con el hombre necio, no sea que ofendido de tus palabras, hable mal de tu generación.
En presencia de los hombres insipientes no gastes palabras ni doctrinas, porque despreciarán cuanto dijeres, y no sacarás provecho.
Con los fatuos no tengas consejos ni conferencias; porque no admitirán sino lo que les place, y esto suele ser lo que ménos conviene.
No le respondas al necio conforme su necedad, no sea que te hagas semejante a él, y pierdas tu buena estimación.
Alguna vez respóndele al estulto, y dále a entender su necedad, para que no se tenga por sabio (Prov., XXVI, 4).
La práctica de estas reglas de prudencia sea sin faltar a la perfecta caridad que debes a tu prójimo. (S. Aug. Apud Rod.)
R.P. Fray Antonio Arbiol
LA FAMILIA REGULADA

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