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sábado, 8 de octubre de 2011

DOMINICA DECIMOSEPTIMA DESPUES DE PENTECOSTES

EL AMOR DE DIOS

"Acercáronse a Jesús los fariseos, y uno de ellos le preguntó para tentarle:
"—Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley?
"El le dijo:
"Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente." Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo, semejante a éste, es: "Amarás al prójimo como a ti mismo." De estos dos preceptos pende toda la Ley y los profetas.
"Reunidos los fariseos, les preguntó Jesús:
"—¿Qué os parece de Cristo? ¿De quién es Hijo?
"Dijéronle ellos:
"—De David.
"Replicóles:
"—Pues ¿cómo David, en espíritu, le llama Señor, diciendo: "Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra mientras pongo a tus enemigos por escabel a tus pies?" Si, pues, David le llama Señor, ¿cómo es hijo suyo?
Y nadie podía responderle palabra ni se atrevió nadie desde entonces a preguntarle más" (Mt., XXII, 34-36).

* * *

¿Pensáis, vosotros, mis queridos niños, en el gran precepto de amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente? Considerad que éste es el punto esencial de la religión. Desgraciadamente son muchos los cristianos —y entre ellos bastantes niños y adolescentes— que no tienen presente este precepto ni saben cómo se ama a Dios.
Estadme atentos, que vamos a tratar: I.° De cuánto nos importa amar al Señor. 2.° De cómo debemos amarlo.

I.—Debemos amar a Dios.
1. Qué es el amor de Dios.—El amor de Dios, o sea la caridad, es una virtud sobrenatural que nos hace amar a Dios por sí mismo sobre todas las cosas, debido a su suma bondad.
La caridad es la más excelente de todas las virtudes, porque nos une a Dios, perfecciona las demás virtudes y las hace meritorias ante el Señor. De este modo, hasta una limosna insignificante, dada por amor de Dios, adquiere un gran mérito; y, en cambio, todo el bien que no se hace por El resulta perdido.
El amor de Dios presupone todas las demás virtudes o las produce. Por eso se ha dicho que "quien tiene el amor de Dios ha cumplido la Ley" y "el que no ama permanece en la muerte" (1 Jn., II, 14).

2. ¿Por qué debemos amar a Dios?—Debemos amar a Dios:
a) Ante todo, porque así nos lo manda El de una manera clara y terminante. Al doctor de la Ley que preguntó a Jesús cuál era el mandamiento más grande, le respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente." Es una obligación que se extiende a los seres humanos de todos los tiempos y lugares. Nadie puede desligarse de esta obligación por ningún motivo.
Dice San Jerónimo que con respecto a otras cosas cabe poner excusas para hacerlas o no; pero nadie puede decir que no le es posible amar a Dios.
El que no guarda este mandamiento incurre en la maldición y castigo de Dios.
b) Porque Dios es digno de ser amado.—Dios es infinitamente bueno, sabio, grande y poderoso. Es el compendio de toda belleza y santidad. Nada del mundo merece ser amado como Dios, porque todo lo más grande, bello, encantador y perfecto que pueda hallarse en las criaturas procede de Dios y es como reflejo de sus infinitas perfecciones.
Los hombres no pueden comprender los atributos de Dios mientras viven en la tierra, puesto que son como los topos, que viven bajo tierra y no conocen el esplendor del sol; pero los comprenderán después de muertos, cuando vean a Dios cara a cara.
c) Porque Dios nos ha amado y nos ama.—Dios nos amaba antes de que naciéramos: desde toda la eternidad pensaba en nosotros y tenía determinado concedernos los bienes y favores que nos otorgaría después en el tiempo. ¿Dejaremos de amar a quien nos ha amado desde toda la eternidad?
Suponed que un escultor pudiese hacer una estatua que hablase. ¿Qué debería ser lo primero que dijese esa hipotética estatua? Indudablemente, unas palabras de agradecimiento y de afecto al autor de su existencia.
Además de habernos creado. Dios nos conserva; y por nuestro amor conserva al mundo, multiplica los animales, hace germinar y desarrollarse las plantas y madura los frutos. El sol que nos alumbra y vivifica, el aire que nos rodea, el fuego que nos calienta, la tierra que nos sostiene, los alimentos que nos nutren, proveen a nuestras necesidades, deleitan nuestros sentidos y nos dicen cuánto nos ama Dios.
"Cuanto a nosotros —nos dice San Juan—, amemos a Dios porque El nos amó primero" (1 Jn., IV, 19).
* Un solitario, yendo por el campo, daba con un bastoncito a las piedras, hierbas y flores que encontraba, diciéndoles: "¡Callad, callad, que ya sé lo que queréis decirme! Me echáis en cara que amo muy poco a Dios y me estimuláis a que lo ame mucho más."
El santo anacoreta veía y oía que aquellas criaturas le invitaban a amar al Señor, que de tantos beneficios nos colma (1).
d) Porque nos ha redimido. — "Tanto amó Dios al mundo —nos dice San Juan en su Evangelio— que le dio su unigénito Hijo para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna" (Jn., III. 16). Así, pues. Dios no es sólo nuestro Creador, Señor y Bienhechor, sino también nuestro amorosísimo Redentor, a cuyo fin no dudó en bajar a la tierra desde el cielo. Eramos esclavos del demonio y El nos libró de su esclavitud; estábamos destinados al infierno y El cerró las puertas del averno y nos abrió las del Paraíso o cielo. Y allí nos espera para hacernos partícipes de su gloria y felicidad. Aunque era más que suficiente una gota de su preciosísima sangre para salvarnos, quiso morir por nosotros en medio de un océano de dolores, demostrándonos así el infinito amor que nos profesa.
Todo el que contempla unos instantes el crucifijo, no puede por menos de oír la voz del Señor, que le dice: "Mira cuánto te he amado."
Incalculables son, por otra parte, los beneficios de santificación con que nos ha obsequiado el Señor: ahí están los sacramentos de la Penitencia y Eucaristía, así como todas las gracias espirituales, mediante las cuales podemos purificarnos y santificarnos. ¿Cabe más amor?
¿No tenemos que amar a un Señor que es tan bueno con nosotros? Un perrito hace fiestas al amo, del que recibe el alimento; le defiende hasta dar su vida por él, y le hace mil zalamerías para demostrarle su cariño. ¿Seremos menos que los irracionales? (2).

II.—Cómo se ama a Dios.
Se ama a Dios:
1. Evitando el pecado.—Si alguno dice que ama a Dios y al mismo tiempo le ofende, es que no le ama en realidad. El que ama a Dios cumple su santa Ley. El mismo Señor lo dijo: "Si me amáis, guardaréis mis mandamientos" (Jn., XIV, 15).
Esta ha de ser la primera demostración del amor.
¿Qué diaríamos de un hijo que dijera a su padre que lo quería mucho, y al mismo tiempo no parase de proporcionarle disgustos? Pues tengamos en cuenta que cada pecado es una ofensa a Dios, y que no puede decir que ama a Dios quien comete pecados, tanto mortales como veniales.
2. Pensando en Dios.— Cuando uno ama tiene presente en todo momento en su imaginación la imagen de la persona amada y piensa constantemente en ella. Por tanto, demostraremos que queremos al Señor si pensamos en El y tratamos por todos los medios de honrarlo y darle gusto.
* El emperador Macedonio iba cierto día de caza y se encontró con un solitario.
¿A dónde vas? —le preguntó el monarca.
¿A dónde vais vos? —respondió a su vez el ermitaño.
Voy cazando —respondió el emperador.
Y yo también—repuso el religioso—; sólo que vos, a lo que veo, vais en busca de animales, y yo voy en busca de Dios.
El que piensa en Dios y tiene el firme propósito de agradarle siente mucbo que se ofenda al Señor; habla con frecuencia de El, escucha la voz de sus ministros, presta buena acogida a sus inspiraciones y reza con fervor.

3) Sacrificándose por Dios.-Esta es la mejor prueba de amor, porque donde no hay sacrificio no hay amor. El que ama de veras se sacrifica por la persona amada, soporta por ella fatigas y trabajos; pero todo le parece llevadero y liviano con tal de procurar algún bien o satisfacción al ser amado. Así, pues, demostraremos a Dios que lo amamos si nos sacrificamos de algún modo por El.
Nada valdrá decir con la boca al Señor que lo queremos si no hacemos nada en su favor. Amar con palabras es muy fácil y todos saben hacerlo; el mérito está en demostrar el amor con obras.
Dice San Juan: "Hijos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de obra y de verdad" (1 San Juan, III, 18). Ahí están expresadas las maneras de amar realmente a Dios nuestro Señor (3) (4).

Conclusión.—¿Queréis así vosotros al Señor, mis amados niños? ¡ Ay! Quizá queráis más las cosas terrenas, los juegos y bagatelas, y ¡quién sabe si hay alguno entre vosotros que llega a ofender deliberadamente al Señor, que es tan bueno y que tanto nos ama! Desgraciadamente, son muchos los que al fin de su vida se ven obligados a decir: "Me voy de este mundo después de haber amado y haberme sacrificado por muchas cosas, pero no por Dios. ¡No he hecho nada por el Señor!"
Que no os ocurra eso a ninguno de los que estáis escuchándome. Amad mucho al Señor, porque El os ha amado y os ama con infinito amor. Haced vuestras las palabras que dirigía a Dios San Leonardo de Porto Mauricio: "Señor mío muy amado: Llevadme de este mundo o concededme la gracia de que os ame mucho." Y repetid con San Ignacio :
Tomad, Señor, mi libertad;
vuestras son mis potencias y mi amor;
todo os lo doy y ofrezco en vuestro honor.
¡Me entrego a vuestra santa voluntad!

(1) El amor de Silvio Pellico.—El gran escritor y poeta italiano Silvio Pellico (+ 1854), que sufrió dura prisión durante largos años a causa de su exaltado amor a la patria, cuya libertad anhelaba, aprendió en la cárcel a amar al Señor muy intensamente, y ese amor lo expresó más con obras que con palabras, a pesar de que su fervor religioso le inspiró sentidísimas poesías que son verdaderas joyas literarias. De él son estos delicados sentimientos :
"Amo, y sobre mi pecho palpita — de mi Amado el corazón. — Era, no me engaño, no, el Señor. — Lo vi y lo conocí: El me ama y yo también."

(2) García Moreno.—García Moreno, presidente que fue de la República del Ecuador, oyó Misa y comulgó en la mañana del día 8 de agosto de 1875, último de su vida. Hacia el oscurecer pasó por la catedral para hacer una visita a Jesús Sacramentado, y cuando se dirigía tranquilamente hacia el Senado salióle al encuentro un asesino, pagado por la masonería, que le hundió un puñal en el pecho, cayendo el gran católico y eximio patrióta exánime al suelo.
Entre lo que llevaba encima se le encontró un escrito, puesto sobre el corazón, en el que se leían estas hermosas palabras: "Señor mío Jesucristo, dadme amor y humildad e iluminadme a fin de conocer qué debo hacer para mejor serviros."

(3) El amor todo lo soporta.Anciano ultrajado.—Cuenta Casiano que un santo anciano de Alejandría era escarnecido, injuriado y maltratado cierto día por un grupo de infieles, los cuales, entre otras cosas, le decían:
—¿Qué milagros hizo Jesucristo?
El anciano replicó con mucha calma:
—Entre otros, el de darme paciencia para aguantaros sin enojos y soportar por amor de Dios los ultrajes que me estáis haciendo.

(4) Respuesta digna.—Un buen muchacho, muy pobre, frecuentaba la escuela nacional de cierta población, y un compañero suyo la tomó con él y un día le dijo, burlándose:
—Poco debes querer al Señor cuando no te da para calzarte y vestirte con decoro.
A esto respondió el pobre:
—Yo estoy muy conforme con mi pobreza. Dios me quiere y lo demuestra dándome resignación. En cambio, a otros les inspira que socorran a los pobres y no lo hacen. ¿Demuestran con eso querer más al Señor?
¡ Qué hermosas palabras! Con ellas daba pruebas de saber en qué consiste el verdadero amor de Dios.

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