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jueves, 20 de octubre de 2011

Reglas de prudencia y política racional, para componer el hombre discretamente su vida.

En la prudente composición y discreta regulación de tu persona, ninguno es mas interesado que tú mismo; porque según dice el gran padre de la Iglesia san Agustín, no hay cosa mas propia tuya, que tú mismo: Nihil et magis tuum, quam tu.
Si tú errares, poco te irá en que todos acierten; y si tú te perdieres, no te servirá de provecho que todos se salven, como se dice en el santo evangelio (Matth., XVI, 26).
Tu primer cuidado despertándote por la mañana, sea el entregar tu corazón a tu Dios y Señor, y alabarle con el Gloria Patri, etc., porque pidiendo el Altísimo las primicias de los frutos de la tierra, no hay duda que estimará mas las primicias de las operaciones de tu alma (Exod XXXV, 6).
El vestido, aunque sea pobre y viejo, procura llevarle limpio y aseado; porque el ornato exterior da testimonio de la persona (Eccl., XIX, 27).
A todos has de tratar honrosamente, según su calidad; y procura tener paz con todos, así dentro como fuera de casa, sin ofender a ninguno; porque es honor del hombre vivir en paz, sin ofensa de su prójimo (Prov., XX, 3).
Sea tu trato familiar con los que son de tu igual; mas por no esto niegues la política atención y caridad a los que son tus inferiores, sin rozarte con ellos. El semejante busca su semejante (Eccl., XIII, 20).
A todos tus inferiores puedes con afabilidad llamarlos tus amigos; pues el Señor aun a Judas le dio benigno este honroso título; pero nunca te digas ni te llames amigo de tu superior, aunque él a ti te llame amigo.
Siempre que tu firmares en alguna carta o papel, considera que das testimonio público de tu persona, y no sabes adonde puede llegar la firma de tu mano. El necio no sabe dónde tendrá su ruina.
Nunca pongas tu firma en blanco, dejando a libertad ajena que pueda escribir sobre tu firma lo que quisiere; porque las confianzas humanas tienen término limitado, y cada uno ha de guardarse de su prójimo, amándole con caridad; pero recelándose con astucia no le engañe. El necio en nada repara (Prov., XIV, 16).
El sabio político es comedido para dar gusto a todos, pero atiende mucho a no hacer mal a su alma, por hacer bien a su prójimo; y mide sus obsequios con la ley santa de Dios, de tal manera, que no obra contra conciencia, por atención de ninguna criatura (II Mac., VI, 12).
En el modo de andar del hombre se conoce su talento, dice el Sabio (Eccl., XIX, 27). Procura que tus pasos sean bien regulados, y tu cuerpo y cabeza con la debida composición y modestia; el rostro, ni muy derecho ni muy bajo, y no andes arrastrando los pies.
No vayas mirando a las ventanas, ni deteniéndote a hablar con todos los que encuentras, ni digas excesivas ponderaciones de lo que te enseñaren de mucha curiosidad o preciosidad. Pon modo discreto a todas tus palabras.
Si alguno se te juntare para andar contigo, y es tu igual o mas digno, llévale a la mano derecha, porque esta se le debe al mas autorizado (Gal., XI, 9).
A nadie escasees los honores, porque el proverbio común dice, que la honra y el honor es del honrante, y en él se queda para crédito de su persona: Honor est in honorante.
Unos a otros nos debemos adelantar en la política racional y cristiana, previniéndonos el honor unos a otros, como dice el apóstol san Pablo: Honore invicem praevenientes.
No esperes que te hagan cortesía primero, para hacerla tú a cualquier persona, porque en esto, quien se adelanta se honra; y mejor es dar, que recibir, como lo dijo el Señor (Act., XX, 35).
Cuando por un mismo lado de calle uno va y otro viene, el menos digno, ó el mas político da el paso arrimado a la pared al mas digno. En caso de empeño, el que se vence, vence; y el que se humilla, será ensalzado. Insta mas esta política racional en tiempo de lodos.
La silla mas digna para las visitas, es la que mira a la puerta; y la menos digna es la que tiene la espalda hacia la misma puerta. El que recibe la visita dé la entrada y la puerta al que le viene a visitar, y le ofrece dicha silla; Y al tiempo de salir, sale el primero, y va delante el que recibe la visita. En nada seas nimio, ni muy porfiado.
Este punto y otros semejantes tienen muchas circunstancias, que de palabra las han de explicar los padres de familia a todos los de su casa, porque es crédito suyo, que se conozcan en la buena crianza todos los que comen el pan de su mesa. Vean el Catón cristiano.
Nunca mires el rostro de ninguna persona de hito en hito: esto es de tontos y necios (Prov., XXII,5). Sea tu vista grave, afable y modesta, y no mires a los techos, ni travesees con tus ojos.
No lleves contigo olores buenos ni malos, ni digas a otro que huele bien ni mal, sino disimula con modestia. Cuida del olor precioso de la buena fama (II Cor., I,14).
Cuando oyeres decir mal de otro, estórbarlo si pudieres, introduciendo otra plática, y mudando de conversación; pero si no pudieres, muestra disgusto de oír murmurar, y excusa del modo que puedas a tu prójimo. Excusa a lo menos su intención.
No hables por superlativos, ni con encarecimientos, sino raras veces (Colos., IV, 6). No uses de estribillos en tus razones, ni repitas lo que ya tienes dicho, ni remedes a otros. No saques a nadie nombre ridículo; ni por decir una gracia, piques a ninguna persona. Vayan todas tus palabras con la sal de la prudencia.
Nunca juegues de manos, que es de villanos, ni estés jugando con los pies, ni cuando estás sentado con personas, pongas un pié sobre otro, ni en presencia de los príncipes y prelados grandes tomes tabaco: cuanto menos en el templo santo del Señor de los señores.
En presencia de los superiores no has de dar el título de señor a ningún inferior suyo.
Si bostezares, hazte la señal de la cruz en la boca, y no apartes la mano hasta pasado el bostezo. (V. P. Mur. in Seal. Nob.)
Delante de ninguna persona te espereceres; porque es acción torpe, y de mala crianza.
Cuando andes, no arrastres los pies, que es vicio grosero en quien no tiene muchos años.
No andes soplando, que es vicio de hombres presuntuosos y soberbios.
No uses de términos sexílabos, como son sustancialidad, formidabilidad, indomitacion, y otros semejantes, que disuenan a los hombres de sano juicio. Virgilio los notó en los pobres arrogantes Pelefo y Telefo, diciendo:
Pelephus et Telephus, cur pauper et exul uterque?
Projicit ampullas, et sexquipedalia verba.

Al que preside en la visita política le pertenece elegir la conversación, y no es cortesía mudársela. También es contra política el estar secreteando los que asisten a la visita unos con otros, y embarazarse unos a otros, atrepellándose en hablar muchos juntos a un mismo tiempo, debiendo hablar a veces, como racionales, y hacer el obsequio a quien cortejan.
El que responde antes que oiga lo que le dicen, da testimonio claro de ser un grande necio: Qui prius respondet quam audiat, stultum se esse demonstrat (Prov., XVIII, 13). Aunque sepas lo que te quieren decir, calla, hasta que te acaben de informar.
No es cortesía despedir al que te visita, hasta que él se quiera levantar; pero si tú eres el que haces la visita, será digna prudencia no ser molesto ni prolijo. Las palabras del varón prudente son tan estimables, como bien pesadas.
Si has de referir alguna cosa graciosa, no te rias antes de contarla; porque del sabio se dice, que apenas en silencio se rie (Eccl., XXI, 23).
El necio levanta la voz cuando se rie: Fatuus in risu exaltat vocem suam. El sabio se rie a su tiempo, y con modestia.
Si no sabes responder a lo que se te pregunta, calla, y teme no digas algún desconcierto. Lo mismo harás, si conoces que no será de gusto ni de provecho tu respuesta: Habeat caput responsum tuum (Eccl., XXXIII, 11).
No te fatigues en dar documentos a los que no los quieren oir: Ubi auditus non est, non effundas sermonem (Eccl., XXII, 6). Perderás el tiempo y el trabajo, y no sacarás sino desprecio.
El necio multiplica sus palabras, y todo lo confunde; el sabio habla en su tiempo oportuno, y con pocas palabras dice mucho. En esto se distingue del insipiente.
El que enseña al necio que no quiere oír, es como el que despierta al que duerme del letargo, que le da molestia, y nada aprovecha; porque al instante se vuelve a quedar dormido.
No recibirá el necio las doctrinas de prudencia, ni entenderá lo que dices, si no le dijeres la insipiencia que lleva en su corazón (Prov., XVIII, 2). No te fatigues con él.
Al hombre necio no le reveles tu secreto; porque siempre andará con inquietud hasta que le manifieste. Es como vaso rompido, que luego derrama el licor que depositan en él (Eccl., XIX, 12).
El necio mira por las ventanas y por los resquicios a las casas ajenas; mas el prudente se está a la parte de afuera, y no cuida de lo que no le pertenece.
Es necedad del insipiente el escuchar por los resquicios lo que se dice en oculto; y muchas veces se oye el desengaño que no quiere. El sabio aborrece semejantes curiosidades.
No te acompañes con el hombre audaz y temerario; porque no le das gusto, se volverá contra ti, y atropellará con tu vida y tu reputación.
No te quieras igualar con los de mayor jerarquía; porque los de sano juicio despreciarán tu arrogante soberbia, y perderás la estimación que en tu grado tuvieres (IV Reg., XIV, 6). Consérvate en el grado en que Dios te puso, y no harás poco.
No te acompañes con el hombre envidioso, ni desees sus comidas y regalos, porque se inquietará con tu felicidad, y con ánimo disimulado te buscará muchas pesadumbres.
Con el hombre murmurador anda cuidadoso y desvelado, porque no te escaparás de su maldita lengua sino es con la prudente fuga.
Serás prudente y político, si sabes dudar y preguntar lo que dudares, para no errar; porque el sabio en todo teme, como dice el Espíritu Santo: Homo sapiens in ómnibus metuet (Eccl., XVIII, 27). El necio en nada repara, y por eso yerra.
No digas que los tiempos pasados eran mejores que los presentes, porque esta es necedad de los insipientes, dice Salomon; y lo cierto es, que las costumbres buenas o malas de los hombres hacen buenos o malos a los tiempos, y el altísimo Dios siempre es uno.
No murmures de los gobiernos de los reinos y monarquías, porque esto es en cierto modo murmurar de Dios, que gobierna a los reyes y príncipes, y por la divina sabiduría establecen las leyes justas los potentados de la tierra: Per me reges regnant, etc. (Prov. VIII, 15).
El corazón del rey está en la mano de Dios, y por justicia, o por misericordia le inclinará a la parte que el Señor quisiere. La boca del rey no errará en el juicio, y en sus labios está la adivinación, como dice el sagrado texto (Prov., XVI, 10). Los estultos y necios no atienden a estas católicas verdades.
Pídele al Señor que te dé corazón dócil, y que en las ocasiones desprevenidas te inspire el acierto; porque la discreción y prudencia ejecutiva y discretiva de lo que mas importa (como son tantas y tan varias las operaciones humanas), no se puede aprender en los libros, si el Señor no envía su divina luz de lo alto para el acierto en todas las cosas.
No desprecies al hombre pecador, si le vieres enmendado; porque todos faltamos y pecamos, y deseamos que Dios nos perdone, y nos mire con misericordia (Eccl VIII, 6).
Excúsate con prudencia de convites profanos, porque en ellos se cometen muchos desórdenes; y apenas halla camino el hombre, sabio para no salir de ellos con amargo desabrimiento.
Si te vieres compelido para asistir a semejantes convites, acuérdate de la sagrada doctrina de Cristo Señor nuestro, la cual dice, que te sientes en el último lugar, no sea que habiéndose convidado a otro mas digno, te hagan bajar con rubor y vergüenza, y dejar el honrado puesto que tenias (Luc., XIV, 9).
En la mesa guardarás las reglas de política racional, y prudencia cristiana que se siguen.
Donde tuvieren agua prevenida para lavarse las manos antes de sentarse a la mesa, lávese el hombre prudente, y no omita esta buena política de limpieza. Pero si no tienen prevenida el agua, no la pida, porque ya cesó el escándalo de los fariseos en omitir esta ceremonia.
La bendición breve de la mesa en el principio dice así: Benedic, Domine, nos et haec tua dona, quae de tua largitate sumus sumpturi. Per Christum Dominum nostrum. Amen. Si no saben esta bendición latina, digan un Padre nuestro y una Ave María, como se dispone en la regla de la Tercera Orden seráfica.
En el desdoblar la servilleta, y en comenzar a comer no seas el primero, ni en dejar de comer seas el último: Nec primus in incipiendo, nec ultimus in sinendo, dice la cartilla de san Buenaventura.
Atiende no comas con ansia demasiada, ni graves tu vientre con exceso notable; porque no te será de provecho, ni para tu alma, ni para tu salud corporal, y no sabes cuándo se llegará para ti el día tremendo de la ira del Señor (Luc., XXI, 34).
No destroces las viandas con las manos, sino parte de ellas con el cuchillo lo que hubieres de comer, y no mas; como se te previene en el Catón cristiano.
La sal, y cualquiera cosa de común no lo tomes con la mano inmediatamente, sino con la punta del cuchillo, y con él la echarás en la comida, o en un lado de tu plato.
La fruta que tiene corteza, la mondarás primero, y la dividirás con el mismo cuchillo en partes proporcionadas para comerla con política y limpieza.
El hueso de la carne no lo roas como perro, ni con él des golpes en la mesa, ni en el plato, para sacar la medula; porque esto es de golosos indisciplinados.
Si te tocare algún plato muy gustoso, no comas de él demasiado, como te lo avisa el Sabio en uno de sus proverbios: Mel invenisti? Comede quod sufficit tibi, ne forte satiatus evomas illud.
No atiendas a lo que los otros comen, ni derrames tus ojos y tu corazón sobre toda la comida de la mesa; porque será notado de los otros convidados prudentes con poca estimación tuya.
Miéntras alimentas tu cuerpo con manjares materiales, procura también alimentar tu espíritu con alguna consideración celestial; porque el hombre no vive con solo el pan, que es alimento del cuerpo, sí también con el manjar del alma, como dice el Señor (Matth., IV, 4).
El que es abstinente y templado en el comer aumentará su vida y su estimación, dice el Espíritu Santo: Qui abstinentest, adjiciet vitam et gloriam (Eccl., XXXVII, 34).
Si por fuerza te hicieren comer con mucho exceso, procura vomitar lo que has excedido, y te servirá de refrigerio, y te librarás de una enfermedad. Así se dice en la divina Escritura (Eccl., XXXI, 2o).
Cuando dieres a otro el cuchillo, límpiale primero, y no se le des por la punta.
No tomes la vianda con la mano para echarla de un plato a otro, ni para darla a otro, sino cógela con el tenedor o punta del cuchillo.
Lo que has de comer no lo toques mas que con tres dedos, ni comas con la mano izquierda, ni con ella hagas acción alguna de comedimiento.
No te recuestes, ni pongas los codos sobre la mesa; porque esto es falta de política, y mala crianza.
No comas a un mismo tiempo con ambos carrillos; porque esta es propiedad de lobos hambrientos.
No resuelles recio cuando comes; porque esta es mala crianza, y propiedad de incultos cavadores.
Si comiere otro en tu plato, toma solamente de la parte que te toca por tu lado, y no comas con ansia (Eccl., XXXI, 2).
El pan una vez mordido, o cosa que haya llegado á tu boca, no la vuelvas al plato en que otro come contigo.
No mires lo que a los otros les dan, ni de qué manera comen o beben.
Cuando comieres en mesa ajena, no saques a ella cosa alguna particular tuya; porque esto seria reprender la cortedad de quien te convidó.
Deja siempre algo sobrado en el plato que comes, no parezca que te ha sabido a poco lo que te dieron.
No te enjuagues la boca, ni te chupes los dedos, ni lamas los labios, ni huelas lo que has de comer, ni enfríes a soplos lo que está muy caliente, sino moviéndolo con la cuchara, o con un fragmento de pan.
No hagas mucho ruido, saboreando la lengua con los paladares y labios, porque esta es propiedad de puercos, y mala crianza. Si al que tienes a tu lado le faltare alguna cosa, avísalo al que sirve a la mesa, que a ti te pertenece hacer esta diligencia por él.
Cuando se sacan a la mesa muchas viandas, es cortesía el probarlas y gustarlas todas, y es grosería el acabarlas.
Procura no ensuciar mucho la servilleta, ni con ella te limpies los labios a cada bocado, ni los dedos a cada punto, sino procura diestramente limpiarlos con el mismo pan que comes, y así también limpiarás el cuchillo con que partes la comida.
No te eches de una vez en la boca bocados muy grandes, ni antes de tragar un bocado tomes otro.
No descorteces el pan, ni le desmigajes, ni dejes en la mesa cosa señalada con la boca, que se conozca la has mordido.
No arrojes debajo de la mesa las cáscaras, ó huesos, o mondaduras, sino ponlas a un lado de tu plato, salvo cuando comiere otro contigo en el mismo plato.
No limpies los dientes con la servilleta, ni con la uña, ni con el cuchillo, sino con algún mondadiéntes, que llevarás contigo, y esto en acabando de comer; y no te dejes el limpiadientes en la boca, ni en la oreja.
Comiendo con persona de respeto, no tomes el plato hasta que el otro le tenga, ni le apartes hasta que el otro aparte el suyo.
La comida que te dan en plato distinto, no la eches en el plato que tienes de otro manjar.
No llenes mucho la escudilla, ni en ella pongas pan demasiado, y cómelo con cuchara.
No te inclines mucho sobre el plato; porque la mano ha de buscar a la boca, y no la boca a la mano, ni saques la lengua para recibir la comida.
No seas el primero que pidas de beber; porque esta es prevención mencionada en la divina Escritura (Eccli., XXXI, 21).
En la mesa profana del rey Asnero, siendo gentil, se tenia por ley, que a ninguno se le instase para beber contra su voluntad.
En el grande convite del rey Baltasar, que también era gentil, cada uno bebia según su edad, como dice el sagrado texto.
Guando has de deber, límpiate primero los labios con la servilleta, y también despues de haber bebido.
No enjuagues la boca con la bebida; porque esto es grosería entre personas. Teniendo el bocado en la boca, no bebas hasta que le hubieres tragado.
Si bebieres vino, témplalo con el agua, que esto te será de salud para tu cuerpo, y de estimación para tu persona (Prov., XII, 12).
Si otro está bebiendo a tu lado, aguárdate que acabe de beber ántes que tú comiences.
No te dejes arrebatar de la pasión del buen vino; porque mejor es elegir la mortificación, que padecer confusion. Los hombres bárbaros y mundanos, haciendo la razón, pierden la razón.
Excusa cuanto pudieres el hablar en la mesa, el quitarte el sombrero, el vaguear con la vista, y el estar inquieto, especialmente con los pies (Job, VI, 16).
En la mesa no te muestres muy triste, ni muy alegre; porque estos extremos en tal función son demasiado notables.
Cuando comieres con religiosos, acomódate a su modestia y silencio; porque cualquiera desórden les ofenderá su virtud.
No seas el último que acabes de comer, como ni el primero que comiences, y ten cuidado de no ser nimio en cosa alguna.
Antes de levantar la mesa darás gracias, diciendo: Agímus tibí gratias, omnipotens Deus, pro universis beneficiis tuis, qui vivís, et regnas in saecula saeculorum. Amen.
Los que no saben esta oracion, digan un Padre nuestro, y un Ave María, conforme a la regla de la T. O. S.
Antes de levantar la mesa es el tiempo oportuno para que los niños de casa digan las oraciones, y den la bendición, diciendo: Gracias a Dios, que nos da de comer, sin lo merecer; la bendición del Padre, el amor del Hijo, y la gracia del Espíritu Santo sean con ustedes y conmigo. Amen Jesús.

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