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miércoles, 12 de octubre de 2011

EL FACTOR MORAL DE LAS ENFERMEDADES. IV. LAS RESURRECCIONES

IV. - LAS RESURRECCIONES
El retorno de un cuerpo a la vida es un milagro raro y que no depende más que de Dios. Los Angeles no pueden intervenir, como en ciertas mejorías de salud o curaciones. Dios solo es el Señor de la vida y de la muerte.
Uno de los fundamentos de nuestra religión es la Resurrección de Cristo, como lo escribe San Pablo a los Corintios:
"Os recuerdo el Evangelio que os prediqué. Este Evangelio lo habéis recibido y le permaneceréis fieles. Por él estaréis salvados, si lo conserváis como os lo prediqué. ¡A menos que no hayáis creído en vano! Porque yo os enseñé en primer lugar, lo que recibí, es decir: Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras. Fue sepultado y resucitó el tercer día, conforme a las Escrituras. Apareció a Cefas, luego a los Doce. Y en seguida apareció a más de quinientos hermanos, la mayor parte de los cuales viven aún, pero de los cuales algunos han muerto. En seguida apareció a Santiago y, luego, a todos los Apóstoles. Finalmente, como al abortivo, me apareció a mí..." (I. a los Cor., XV, 1-8).
"...Si Cristo no hubiera resucitado, nuestra predicación no tendría objeto. Vuestra fe también carecería de objeto. Más aún, resultaría que somos falsos testigos frente a Dios. Habríamos atestiguado contra Dios, que Él resucitó a Cristo, si no lo hubiera hecho, porque, como decís vosotros, los muertos no resucitan. Porque, finalmente, si los muertos no resucitan, Cristo tampoco habría resucitado. Y si Cristo no hubiera resucitado, nuestra fe es inútil..." (Id. XV, 14-17).

El rev. Padre Braun observa con mucho acierto, acerca de este pasaje:
"Este trozo, cuya autenticidad es cierta y, puede decirse, indiscutida, se remonta al año 58, aproximadamente. Mas reproduce (como lo indica el mismo San Pablo) una enseñanza más antigua, impartida oralmente a los Corintios, durante la prolongada permanencia del Apóstol en Corinto, antes de septiembre del año 52. Esta enseñanza está certificada como conforme a la doctrina que Pablo recibió al entrar en la Iglesia, ya inmediatamente después de su conversión, a más tardar en el año 36, tres años después de la Pasión, ya en ocasión de sus coloquios con los Apóstoles, durante sus tres viajes a Jerusalén, en los años 39, 44 y 49-50. Se puede decir sin temor a desmentido, que reproduce uno de los elementos mejor establecidos de la catequesis apostólica en su estadio más antiguo..".

Durante el curso de su vida sobre la tierra, Nuestro Señor demostró su divinidad resucitando difuntos. Y cita a los enviados de Juan el Bautista, la resurrección de los muertos entre los hechos que atestiguan su misión.
Cuando Lázaro muere, dijo a sus discípulos: "Lázaro ha muerto. Y yo me alegro, por vosotros, de no haber estado allí, para que creáis" (Juan, XI, 14-15).
"Jesús dijo: Quitad la piedra. Mas Marta, la hermana del difunto, le dijo: Señor, ya hiede, porque hace cuatro días que ha muerto.
"Jesús le contestó: ¿No os dije que si creéis, veréis la gloria del Señor?
"Ellos quitaron entonces la piedra. Y Jesús, elevando los ojos al cielo, dijo: Padre, os doy gracias porque me habéis escuchado.
"Por mí, yo sé que me escucháis siempre, mas a causa de la gente que me rodea, he hablado para que crean que me habéis enviado.
"Después de estas palabras, gritó con voz fuerte: ¡Lázaro, sal afuera!
"Y en el acto, aquel que había muerto, salió con las manos y los pies atados por vendas y el rostro envuelto en el sudario. Jesús les dijo: Desatadlo y dejadlo ir.
"Entonces, muchos entre los judíos que habían venido con María y Marta, y que habían visto lo que Jesús había hecho, creyeron en El" (Juan, XI, 39-45).

Los Evangelios citan por otra parte la resurrección del hijo de la viuda de Naím y la de la hija de Jairo.
Por eso, no asombra que Dios, a veces, haya realizado resurrecciones, para confirmar la misión de sus profetas y santos, o por responder a una fe ardiente, sobre todo cuando la misma desea el bien espiritual del bautismo para seres que no lo han recibido, o el de la penitencia para pecadores.
El Antiguo Testamento nos relata la resurrección del hijo de la viuda de Sarepta, por el profeta Elias:
"El niño había muerto. Elias dijo a la madre que se quejaba: Dadme a vuestro hijo. Y lo llevó a su habitación, y lo colocó en su lecho.
"Luego invocó al Señor y le dijo: Mi Dios y Señor, ¿habéis afligido de este modo a esta buena viuda que trata de alimentarme como ella puede, hasta dejar morir a su hijo?
"Entonces se colocó tres veces sobre el niño, midiéndose con su pequeño cuerpo, y llamó a Dios y le dijo: Mi Dios y Señor, os lo pido, haced que el alma de este niño vuelva al cuerpo.
"Y el Señor escuchó la voz de Elias; el alma del niño volvió en él, que recobró la vida.
"Elias, tomando al niño, descendió de su habitación al piso bajo de la casa, lo puso en manos de su madre y le dijo: He aquí a vuestro hijo con vida.
"La mujer contestó a Elias: Yo reconozco ahora, después de esto, que sois un hombre de Dios y que la palabra del Señor es verdadera en vuestros labios" (Reyes, VII, 19-24).

El profeta Eliseo resucitó también al hijo de la Sulamita, que algunos años antes había tenido fe en sus oraciones para darle un hijo, y que, muerto ese hijo, acudió en seguida para pedirle ayuda.
La hagiografía relata muchas resurrecciones. Citamos al azar las atribuidas a San Claudio. San Pedro de Tarentesia relata haber llevado él mismo a la tumba del Santo el cuerpo
de un niñito asfixiado por una muchedumbre y haberlo visto volver a la vida. Un niño ahogado en un arroyo en Ambronay, resucitó gracias a las oraciones dirigidas a San Claudio; igualmente en 1339, el hijo de un gentilhombre de Bresse, Enrique de Plantain, caído en los fosos del castillo. Los autores de la Vie des Saints de Franche-Comté (Vida de los Santos del Franco Condado) estiman rodeada de toda autenticidad la resurrección de Claudio Valois, en 1516, en La Rochelle; el niño de un año y medio de edad, había caído en un pozo y había sido retirado recién dos días más tarde.
San Vicente Ferrer resucitó, en 1412, a una mujer muerta en Salamanca, resurrección que fue tanto más notada en cuanto ocurrió a confirmación de las palabras del Santo, en las que él se identificaba con los ángeles del juicio, lo que provocó ciertas controversias teológicas.
En la vida de Santa Nicolina, hallamos tres resurrecciones. Una se refiere a una religiosa del convento de Poligny, muerta durante una ausencia de la Santa, que tuvo la revelación de que la hermana había muerto en estado de pecado: ella escribió para que se postergara el funeral y volvió a Poligny. Después de haber rezado, se acercó al ataúd y ordenó a la religiosa volver en sí. La hermana resucitó, se confesó y se acostó de nuevo para siempre en su ataúd. Una investigación del hecho fue impuesta en seguida por la duquesa de Borgoña.
San Francisco de Sales, en Thonon, obtuvo la resurrección de un niño fallecido sin bautismo, poco después de su nacimiento. La madre, calvinista, había prometido convertirse a la religión católica si el obispo obtenía que el niño reviviera para ser bautizado. El niño resucitó, recibió el Sacramento y vivió todavía dos días. Sus padres y muchos otros protestantes se convirtieron.
Este milagro nos recuerda una piadosa tradición: la de los Santuarios de espera. Padres afligidos por la muerte de un niño sin bautismo, especialmente en el caso de nacidos muertos, llevaban el pequeño cadáver a un santuario de la Virgen o de determinados santos, y oraban para que el niño diera alguna señal de vida, para que se le pudiera bautizar. El milagro a veces se producía; así un registro del siglo XVI, en los archivos de la Alta Saona, menciona con el nombre y la dirección de los padres, a 489 niños nacidos muertos, que llevados al Santuario de Nuestra Señora Blanca de Faverney, fueron bautizados en esas condiciones; pero la costumbre dió lugar a muchos abusos: exposición de cadáveres, explotación de familiares por intermediarios, bautismos administrados por signos que no comprobaban la vida, prácticas supersticiosas, etc. Diversos sínodos la condenaron. Resumiendo todas las resoluciones precedentes y varias veces dictadas por la Congregación del Santo Oficio, Benedicto XIV (De Synodo diocesano, Liber VII, cap. VI), condenó formalmente ese hábito por los abusos citados.
Entretanto ocurrió todavía que padres ignaros de esa condena, siguieron, en plena simplicidad y buena fe, solicitando la gracia de un compás de vida que les permitiera bautizar a sus hijos, y a menudo, Dios oyó su ruego. El párroco de Romay, en 1865, certificó un hecho en el Santuario de Nuestra Señora de Romay. El 24 de febrero de 1850, el párroco de Cuiseaux, bautizó condicionalmente a un niño nacido muerto, llevado ante el altar de Nuestra Señora de Cuiseaux, y que había recobrado los colores de un niño lleno de vida y sacado la lengua varias veces fuera de los labios. El abate Brenot resumió de los registros parroquiales de Cuiseaux, sesenta y tres actas de bautismo condicional en tales condiciones, desde el 12 de octubre de 1702 hasta el 19 de noviembre de 1867.
Recordemos que el proceso de Juana de Arco contiene una declaración de la Santa acerca de un milagro de esa naturaleza y de la parte que ella tuvo en él. He aquí su respuesta:
"El niño tenía tres días y fue llevado a Lagny (sur Marne) a la iglesia de Nuestra Señora, y se le dijo que las vírgenes de la ciudad se hallaban ante la Virgen y que ella iría a rogar a Dios y a Nuestra Señora, que le devolvieran la vida, y ella fue y rogó con las demás. Finalmente el niño revivió y bostezó tres veces, y luego fue bautizado y murió en seguida y fué sepultado en tierra sagrada. Y eran ya tres días que el niño, como se decía, no daba señales de vida y estaba negro como el traje; pero cuando bostezó, el color volvió como de sano. Y ella estuvo con las doncellas de rodillas delante de Nuestra Señora, rezando.
"Interrogada si se dijo en la ciudad que ella lo había hecho hacer y que había ocurrido a su ruego, contestó: Yo no me informé de ello".

Los movimientos milagrosos de los muertos
Estos movimientos más o menos marcados de los cuerpos de niños que parecen manifestar una resurrección temporaria, deben compararse con los movimientos que los cuerpos de los santos hicieron de manera milagrosa. La hagiografía relata numerosos casos; recordemos simplemente a San Francisco de Sales, después de su muerte, que coloca su mano sobre la cabeza de Santa Juana de Chantal, hecho certificado por numerosos testigos oculares. Citemos a Santa Juana de Chantal misma, después de su muerte, que retira su pie al acercarse un libertino que iba a besarlo, como hacían las otras personas desfilando delante de su cuerpo expuesto. Se dice también que algunos santos han pronunciado algunas palabras.
Desde el punto de vista teológico, hay que preguntarse si los movimientos del cuerpo se deben al alma del muerto reencarnada, es decir, si son una verdadera resurrección, o si hay solamente una apariencia de resurrección, debiéndose el movimiento al alma separada, que actúa en alguna forma exteriormente sobre el cuerpo, o a la acción de los ángeles buenos o malos, o, finalmente, a la acción de Dios mismo.
Al discutir la metempsicosis, el cardenal Lépicier escribe: "La única cosa posible para el alma humana es la de animar y de dar forma al mismo cuerpo que le perteneció durante la vida, y con el cual, aunque se encuentre entretanto en la tumba, ella no ha dejado nunca de conservar una relación de inclinación radical. Esta posibilidad, sin embargo, excede la esfera de las fuerzas de la naturaleza. No puede realizarse más que por la voluntad y la potencia de Dios". Una resurrección verdadera es por lo tanto, siempre, un milagro, pero, podría decirse, un milagro normal.
Pero también el movimiento del cuerpo o de los miembros, por Angeles buenos o malos, o por Dios mismo, es cosa perfectamente admisible. Por Dios, se explica; por los Angeles, ocurre con el permiso de Dios, y siguiendo el mecanismo que el cardenal Lépicier explica así: "A la idea de la metempsicosis se relaciona la ficción poética según la cual el demonio tomaría en el cuerpo de un hombre el lugar del alma humana, de modo que le diera forma y lo gobernara como haría el alma misma de ese hombre. Pero esto es igualmente imposible, porque ningún cuerpo puede recibir forma (de vida) por ninguna otra alma que la suya. Entretanto se puede admitir que el demonio pueda, hablando absolutamente, habitar un cuerpo humano privado de su alma, no ya como su forma substancial, sino solamente como principio de moción local". Y recuerda la fantasia de Dante acerca del castigo de los traidores: "...has de saber, que apenas un alma traiciona, como yo lo hice, un demonio se apodera de su cuerpo y en seguida le rige, hasta que se haya cumplido su tiempo". De cualquier manera, esta acción motora posible para los demonios, lo es también para los ángeles fieles, y puede intervenir en ciertos fenómenos estudiados.
Desde el punto de vista médico, las resurrecciones y los movimientos de los muertos se prestan a diversas consideraciones. Si el médico es llamado a redactar un informe en vista de un proceso de Canonización, debe cuidar de establecer la realidad de la defunción y de discutir las posibilidades de una muerte aparente. Por otra parte, en un caso de resurrección, el médico que ha certificado la muerte, puede encontrarse expuesto a críticas muy vivaces de parte de escépticos o malintencionados. Así, la resurrección temporaria de un niño en un santuario de espera, podría llevar a decir que la muerte no es real y que el niño ha fallecido realmente por el desplazamiento y por la falta de precauciones durante el desplazamiento. Las comprobaciones del fallecimiento deben ser realizadas minuciosamente, como deben serlo siempre, pero aquí, por un lado, para evitar toda crítica, por el otro, para que el médico pueda ser verdaderamente el testigo de Dios.
El hecho de la resurrección y de los movimientos del cuerpo está también sujeto a contralor. Si se trata de resurrecciones totales con sobrevivencia, aun de algunos instantes, acompañadas de marcha y palabra, el problema es simple: depende solamente de la comprobación del deceso. Pero cuando se trata solamente de movimientos, el problema es mucho más complejo. Los movimientos intencionales, como los de San Francisco de Sales y de Santa Juana de Chantal, indican la presencia de una inteligencia y de una voluntad, y parecen difícilmente debidos a un simple fenómeno cadavérico. Mas en los cadáveres de niños, esta última hipótesis debe sospecharse, por lo menos: el desarrollo del gas de la putrefacción en el interior del cuerpo, la desaparición de la rigidez cadavérica, tal vez retracciones debidas a la desecación (aunque este proceso parezca demasiado lento como para poder ser confundido), pueden dar alguna apariencia de movimiento. Los prelados de la Edad Media estaban en guardia, severamente, contra las modificaciones del cadáver, que podían ser causadas por el calor del Santuario. Mas el bostezo del niño de Lagny, su color, los movimientos de la lengua del niño de Cuiseaux, al parecer, no pueden atribuirse a una acción semejante.
Finalmente, esas resurrecciones muestran el papel del alma en el cuerpo y sobre él, e indican que alteraciones orgánicas, aun pronunciadas, pueden ser, ya corregidas evidentemente por Dios, ya reparadas por la acción del alma que ha retornado, si pensamos en la citada economía del milagro. De todos modos, en las muertes recientes, lo que sabemos de los cultivos de tejidos, de la circulación artificial, de la contractilidad de los músculos fuera del organismo, de las propiedades de la sangre del cadáver, etc., nos demuestran que los tejidos no pierden nunca inmediatamente sus propiedades y que una "animación" es cosa fácil, desde el punto de vista fisiológico.
Esas resurrecciones, unidas a tales comprobaciones fisiológicas, llevan a pensar que la enfermedad a menudo puede ser más la ocasión para la partida del alma, que su causa verdadera, a menos que no sea el inminente alejamiento del alma el autor de la enfermedad aparente. De cualquier manera las resurrecciones milagrosas, por raras que sean, no son imposibles de comprobar para un médico. Recordemos que el santo médico Pantaleón se convirtió por la resurrección de un niño muerto a raíz de la picadura de un serpiente y por quien él invocó a Cristo; y que un médico menos antiguo, el bienaventurado Antonio de Aquileya, después de su muerte, obtuvo la resurrección de dos niños. Otro médico, el bienaventurado Bartolomé, elegido ábate de Santa María de Poblet, se dice, resucitó a uno de sus monjes.
Dr. Henri Bon
MEDICINA CATOLICA

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