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lunes, 3 de septiembre de 2012

Los que viven juntos en una casa han de procurar vivir en paz, sin emulaciones ni envidias.

El apóstol san Pablo dice, que la verdadera paz del Señor prevalece sobre todo sentido y sentimiento humano: Exsuperat omnem sensum (Philip., IV, 7): preserva los corazones de muchos vicios, y también las inteligencias de las criaturas, en lo cual misteriosamente se dice muchos bienes; porque en obsequio de la quietud y paz del corazón se debe renunciar todo lo que es despique y satisfacción terrena.
Cuanto mas numerosas son las familias, hay en ella mayor motivo de envidias y emulaciones diabólicas; y en entrando en una casa esta semilla infernal, es muy dificultoso de arrancarla y exterminarla; porque tiene sus raíces en el corazón humano; y antes le arrancarán la entrañas a una persona envidiosa, que la arranquen la envidia.
Este maldito vicio, a distinción de otros, se ceba principalmente entre los iguales y de una misma jerarquía, como lo dice el sabio Salomón en el libro de sus prácticos Desengaños; por lo cual es vicio de domésticos, que una vez introducido, tiene dificultoso remedio (Eccl., IV, 4).
En el libro primero de los Reyes se dice de la virtuosa Ana, que no la dejaba sosegar su envidiosa compañera Fenena, improperándola mas de día en día, y redoblando las aflicciones de su angustiado corazón.
En la casa y familia del santo patriarca Jacob entró también esta dolorosa pestilencia, y se cebó tanto en los corazones de los hermanos, que no paró de conturbarlos, hasta que ejecutaron el exterminio y destierro del mejor de todos ellos.
Considerando los efectos horrorosos que tiene este vicio tirano de la envidia, lloraba el sabio, y casi entraba en aborrecimiento de propia vida, viendo que las industrias ingeniosas de los hombres de capacidad y entendimiento estaban expuestas a la envidia de su prójimo: Industrias animadverti patere invidice proximi. Y así es, que comúnmente todas las personas que tienen alguna especial habilidad, son envidiadas de sus compañeros; y cuanto mayor es el lucimiento de sus buenas habilidades, tanto mas padecen la persecución de la envidia, que cuando sube de punto, excede a la crueldad de las fieras.
Por esto notan los sagrados expositores, que el haber llegado el rey de Babilonia al lago profundo de los leones, donde puso al santo profeta Daniel, no fue para defenderle de las fieras, sino para guardarle de sus enemigos envidiosos, juzgándolos por mas inhumanos y crueles que los mismos leones.
El apóstol de Italia san Bernardino de Sena dice de la envidia, que tiene muchas malas hijas, que son, mala voluntad contra el envidiado, displicencia de su bien, complacencia de su mal, aflicción en sus prosperidades, murmuración frecuente, susurración continua contra sus buenas obras, y rencor en el corazón contra su persona.
En otra parte dice el mismo santo, que las personas envidiosas son inmediatamente contrarias a la nobilísima condición de Dios; porque su divina Majestad saca bienes de los males, y las criaturas envidiosas sacan males de los bienes; y así como a los buenos hasta los males cooperan a su bien, a los envidiosos les sucede lo contrario, que hasta los bienes cooperan a su mayor mal.
San Alberto Magno expone de los envidiosos el sagrado texto de Amos profeta, el cual, en nombre del Altísimo, dice, que arrojará fuego en Theman, y abrasará las casas de ciertos envidiosos, en los cuales pone cuatro pecados principales, que son, malicia depravada, que juzga mal del bien ajeno; tristeza de la prosperidad de su prójimo, maquinación continua de su daño, y obstinada pertinacia de su mal concepto.
Siempre anda con inquietud de corazón la criatura envidiosa, y sin provecho alguno se atormenta, apresurando su salud, y haciendo breves los días infelices de su vida; porque la envidia se la come las entrañas, y la acaba su salud, como dice el Espíritu Santo (Eccli., XXXI, 30).
Es la envidia una enfermedad tan grave y peligrosa, que no puede esconderse en la desventurada criatura donde se halla; porque luego se la conoce en la cara, en palabras, en los ojos, y muchas veces en las manos, porque arrebatándose con delirio, no sosiega hasta que se explica con malas obras. Toda esta doctrina es de san Cipriano, y prácticamente comprobamos su verdad en las infelices personas envidiosas.
San Lorenzo Justiniano dice, que la maldita envidia es una enfermedad insanable: lnsanibilis libor; porque no bastan para su perfecta curación las pacíficas satisfacciones del envidiado, ni los obsequios ni los beneficios, antes crece su rabiosa pasión con las heroicas virtudes de la criatura envidiada, y se hace el envidioso verdugo cruel de sí mismo, en castigo digno de su propio pecado.
El gran padre san Agustín, hablando de este diabólico vicio, dice, que el envidioso no puede huir de su mayor enemigo, que es su misma envidia, porque la lleva consigo en su pecho; y cuanto mas le atormenta, menos le deja, haciéndole mas cruel de día en día.
San Antonino de Florencia dice horrores de la envidia, y después de haber dicho dignas ponderaciones de este feísimo vicio, concluye persuadiendo, que el envidioso frenético escogerá para sí un grande mal, porque a la persona a quien tiene la envidia la venga otro mayor.
Para la prueba legítima de este asunto alega el glorioso santo una historia, que dice ser verdadera: es de un sabio rey, que tenia en su palacio a un criado muy envidioso de otro; y para conocer hasta donde llegaría la crueldad de su envidia, hizo llamar a los dos criados, y le dijo al envidioso, que pidiese cuanto quisiese; pero con la prevención de que a su compañero le había de dar doblado en la misma especie que él señalase. Confundióse mucho el infeliz envidioso; y considerando que si pedía una gala, le darían dos a su compañero (y lo mismo si pidiese otro cualquiera género de bienes), le dictó su envidia el pedir, que a el le sacasen uno de los ojos, para que a su compañero le sacasen los dos.
Esta es la maldita propiedad de las criaturas envidiosas, que por hacer mal a su prójimo envidiado, recibirán ellas el daño contra sí mismas. De esta calificada historia tiene principio el proverbio común, el cual dice, que los envidiosos se sacarán un ojo porque pierda los dos la inocente criatura a quien tienen la envidia.
De estas doctrinas de los santos padres conocerán los domésticos de las casas lo mucho que les importa no dar lugar a tan desaforada pasión; y cuando ellos no pongan el conveniente remedio para librarse de semejante vicio, pertenecerá a los discretos padres de familia el aplicar su mano poderosa para que se ataje tan grave daño en su casa. Tengan presente lo que dice el Espíritu Santo, que el ánimo airado no está capaz de conocer la verdad, ni en la pasión se halla razón (Eccli., XXVIII, 21).
El angélico doctor santo Tomas distingue tres especies de ira, que resultan de la envidia consumada. La primera es, turbación del ánimo, con la hiel difundida en el corazón del hombre. La segunda es, manía de la imaginación desconcertada; porque el envidioso iracundo siempre está maquinando desconveniencias y despiques contra la persona que aborrece. La tercera es, furor intrépido; porque turbado el ánimo con la manía, dispara en desconciertos de malas palabras y peores obras.
Consideren los prudentes padres de familia cuál se pondrá su pobre casa con los domésticos envidiosos, y pongan remedio en tiempo oportuno; porque no será justo ver conturbada la familia con una pasión tan diabólica, que irrita los ánimos, como dice el Espíritu Santo.
El insigne padre de la Iglesia san Gregorio declara tres especies de ira con la metáfora del fuego. La primera, dice, es la que presto se enciende, y presto se apaga, como fuego de paja. La segunda es, la que tarda en encenderse, pero mas en apagarse, como fuego de encina verde. La tercera es, la que presto se enciende, y tarde se apaga, como el fuego de encina seca. Esta tercera propiedad tiene la ira, que causa la maldita envidia, que presto se ceba en el corazón de la miserable criatura, y tarde ó nunca se apaga.
El angélico maestro declara cinco actos principales de esta ira venenosa. El primero es, indignación de la voluntad. El segundo es, temor y soberbia del ánimo. El tercero, clamor impaciente y furioso. El cuarto, maldiciones, injurias y contumelia. El quinto, venganzas injustas y desaforadas.
Todo esto se experimenta en los envidiosos, y de ellos hay muchos que pierden el juicio con su rabiosa pasión. El Altísimo dice, que cada uno purifique su casa, y la libre de feos vicios. Abran los ojos los virtuosos padres de familia; y si por su mismo bien no quieren enmendarse sus domésticos, pongan como discretos el mas conveniente remedio de la separación, que insinúa Cristo Señor nuestro en su santo evangelio, como ya lo dejamos enseñado.

R.P. Fray Antonio Arbiol
LA FAMILIA REGULADA

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