miércoles, 9 de septiembre de 2015

De la encíclica «Humani generis», sobre los errores de la llamada «teología nueva»

12 de agosto de 1950

     La encíclica Humani generis sistematiza y condena los principales errores latentes en el movimiento que el propio Pío XII había denominado «teología nueva». No es propio de este lugar el estudio de dicha tendencia ni de la encíclica entera que la analiza y refuta. Nos limitamos a transcribir los párrafos que dicen relación a cuestiones bíblicas. Estos se centran en torno a cinco puntos principales:
     1.° La necesidad y competencia del magisterio de la Iglesia (n. 6978), a la luz de cuyas explicaciones debe interpretarse la Escritura, y no viceversa, como preconiza la teología nueva.
     2.° Inerrancia absoluta de la Biblia e imposibilidad de admitir en ella, como pretenden los partidarios de la teología nueva, un sentido humano, distinto del divino y sujeto a error (n. 699).
     3.° Inmoderado recurso a la exegesis que llaman pneumática o espiritual (n. 700), con menos-precio del sentido literal.
     4.° La postura de la Iglesia ante el evolucionismo y el poligenismo (n. 701-703).
     5.° La historicidad de los once primeros capítulos del Génesis (n. 704).

697
     Entre tanta confusión de opiniones, nos es de algún consuelo ver a los que hoy no rara vez, abandonando las doctrinas del “racionalismo” en que habían sido educados, desean volver a los manantiales de la verdad revelada y reconocer y profesar la palabra de Dios, conservada en la Sagrada Escritura, como fundamento de la ciencia sagrada. Pero al mismo tiempo lamentamos que no pocos de ésos, cuanto más firmemente se adhieren a la palabra de Dios, tanto más rebajan el valor de la razón humana, y cuanto con más entusiasmo enaltecen la autoridad de Dios revelador, tanto más ásperamente desprecian el magisterio de la Iglesia, instituido por Nuestro Señor Jesucristo para defender e interpretar las verdades reveladas. Este modo de proceder no sólo está en abierta contradicción con la Sagrada Escritura, sino que, aun por experiencia, se muestra ser equivocado. Pues los mismos “disidentes” con frecuencia se lamentan públicamente de la discordia que reina entre ellos en las cuestiones dogmáticas, tanto que se ven obligados a confesar la necesidad de un magisterio vivo.
698
     Es también verdad que los teólogos deben siempre volver a las fuentes de la revelación, pues a ellos toca indicar de qué manera “se encuentre explícita o implícitamente" (Pío IX, Inter gravissxmas, 28 octubre 1870: Acta, vol. 1 p. 260) en la Sagrada Escritura y en la divina tradición lo que enseña el magisterio vivo. Además, las dos fuentes de la doctrina revelada contienen tantos y tan sublimes tesoros de verdad, que nunca realmente se agotan. Por eso, con el estudio de las fuentes sagradas se rejuvenecen continuamente las sagradas ciencias, mientras que, por el contrario, una especulación que deje ya de investigar el depósito de la fe se hace estéril, como vemos por experiencia. Pero esto no autoriza a hacer de la teología, aun de la positiva, una ciencia meramente histórica. Porque, junto con esas sagradas fuentes, Dios ha dado a su Iglesia el magisterio vivo para ilustrar también y declarar lo que en el depósito de la fe no se contiene más que oscura y como implícitamente. Y el divino Redentor no ha confiado la interpretación auténtica de este depósito a cada uno de los fieles, ni aun a los teólogos, sino sólo al magisterio de la Iglesia. Y si la Iglesia ejerce este su oficio (como con frecuencia lo ha hecho en el curso de los siglos con el ejercicio, ya ordinario, ya extraordinario, del mismo oficio), es evidentemente falso el método que trata de explicar lo claro con lo oscuro; antes es menester que todos sigan el orden inverso. Por lo cual, nuestro predecesor, de inmortal memoria, Pío IX, al enseñar que es deber nobilísimo de la teología el mostrar cómo una doctrina definida por la Iglesia se contiene en las fuentes, no sin grave motivo añadió aquellas palabras: “Con el mismo sentido con que ha sido definida por la Iglesia”.
699
     Volviendo a las nuevas teorías de que tratamos antes,  algunos proponen o insinúan en los ánimos muchas opiniones que disminuyen la autoridad divina de la Sagrada Escritura, pues se atreven a adulterar el sentido de las palabras con que el concilio Vaticano define que Dios es el autor de la Sagrada Escritura y renuevan una teoría, ya muchas veces condenada, según la cual la inerrancia de la Sagrada Escritura se extiende sólo a los textos que tratan de Dios mismo, o de la religión, o de la moral. Más aún: sin razón hablan de un sentido humano de la Biblia, bajo el cual se oculta el sentido divino, que es, según ellos, el solo infalible. En la interpretación de la Sagrada Escritura no quieren tener en cuenta la analogía de la fe ni la tradición de la Iglesia, de manera que la doctrina de los Santos Padres y del sagrado magisterio debe ser conmensurada con la de las Sagradas Escrituras, explicadas por los exegetas de modo meramente humano, más bien que exponer la Sagrada Escritura según la mente de la Iglesia, que ha sido constituida por Nuestro Señor Jesucristo custodio e intérprete de todo el depósito de las verdades reveladas.
700
     Además, el sentido literal de la Sagrada Escritura y su exposición, que tantos y tan eximios exegetas, bajo la vigilancia de la Iglesia, han elaborado, deben ceder el puesto, según las falsas opiniones de éstas, a una nueva exegesis que llaman simbólica o espiritual; con la cual los libros del Antiguo Testamento, que actualmente en la Iglesia son una fuente cerrada y oculta, se abrirían, finalmente, para todos. De esta manera, afirman, desaparecen todas las dificultades, que solamente encuentran los que se atienen al sentido literal de las Escrituras.
     Todos ven cuánto se apartan estas opiniones de los principios y normas hermenéuticas justamente establecidos por nuestros predecesores, de feliz memoria. León XIII, en la encíclica Providentissimus, y Benedicto XV, en la encíclica Spiritus Paraclitus, y también por Nos mismo en la encíclica Divino afflante Spiritu.
     701
     Réstanos ahora decir algo acerca de algunas cuestiones  que, aunque pertenezcan a las disciplinas que suelen llamarse “positivas”, sin embargo se entrelazan más o menos con las verdades de la fe cristiana. No pocos ruegan instantemente que la religión católica atienda lo más posible a tales disciplinas, lo cual es ciertamente digno de alabanza cuando se trata de hechos realmente demostrados; empero, se ha de admitir con cautela cuando más bien se trate de hipótesis, aunque de algún modo apoyadas en la ciencia humana, que rozan con la doctrina contenida en la Sagrada Escritura o en la tradición. Si tales conjeturas opinables se oponen directa o indirectamente a la doctrina que Dios ha revelado, entonces tal postulado no puede admitirse en modo alguno.
702
     Por eso el magisterio de la Iglesia no prohíbe que en  investigaciones y disputas entre los hombres doctos de entrambos campos se trate de la doctrina del evolucionismo, la cual busca el origen del cuerpo humano en una materia viva preexistente (pues la fe católica nos obliga a retener que las almas son creadas inmediatamente por Dios), según el estado actual de las ciencias humanas y de la sagrada teología, de modo que las razones de una y otra opinión, es decir, de los que defienden o impugnan tal doctrina, sean sopesadas y juzgadas con la debida gravedad, moderación y templanza, con tal que todos estén dispuestos a obedecer al dictamen de la Iglesia, a quien Cristo confirió el encargo de interpretar auténticamente las Sagradas Escrituras y de defender los dogmas de la fe (cf. Aloc. pont. a los miembros de la Academia de Ciencias, 30 noviembre 1941: AAS 33 p.506). Empero, algunos, con temeraria audacia, traspasan esta libertad de discusión, obrando como si el origen mismo del cuerpo humano de una materia viva preexistente fuese ya absolutamente cierto y demostrado por los indicios hasta el presente hallados y por los raciocinios en ellos fundados y cual si nada hubiese en las fuentes de la revelación que exija una máxima moderación y cautela en esta materia.
703
     Mas, tratándose de otra hipótesis, es a saber, del poligenismo, los hijos de la Iglesia no gozan de la misma libertad, pues los fieles cristianos no pueden abrazar la teoría de que después de Adán hubo en la tierra verdaderos hombres no procedentes del mismo protoparente por natural generación o bien de que Adán significa el conjunto de los primeros padres, ya que no se ve claro cómo tal sentencia pueda compaginarse con lo que las fuentes de la verdad revelada y los documentos del magisterio de la Iglesia enseñan acerca del pecado original, que procede del pecado verdaderamente cometido por un solo Adán y que, difundiéndose a todos los hombres por la generación, es propio de cada uno de ellos (cf. Rom. 5,12-19; conc. Trid., ses.5 cán.1-4).
704 
     Del mismo modo que en las ciencias biológicas y antropológicas, hay algunos que también en las históricas traspasan audazmente los límites y las cautelas establecidas por la Iglesia. Y de un modo particular es deplorable el modo extraordinariamente libre de interpretar los libros históricos del Antiguo Testamento. Los fautores de esa tendencia, para defender su causa, invocan indebidamente la carta que no hace mucho tiempo la Comisión Pontificia para los Estudios Bíblicos envió al arzobispo de París (16 de enero de 1948: AAS 40 p.45-48). Esta carta advierte claramente que los once primeras capítulos del Génesis, aunque propiamente no concuerden con el método histórico usado por los eximios historiadores grecolatinos y modernos, no obstante pertenecen al género histórico en un sentido verdadero, que los exegetas han de investigar y precisar, y que los mismos capítulos, con estilo sencillo y figurado, acomodado a la mente del pueblo poco culto, contienen las verdades principales y fundamentales en que se apoya nuestra propia salvación, y también una descripción popular del origen del género humano y del pueblo escogido. Mas, si los antiguos hagiógrafos tomaron algo de las tradiciones populares -lo cual puede ciertamente concederse—, nunca hay que olvidar que ellos obraron así ayudados por el soplo de la divina inspiración, la cual los hacía inmunes de todo error al elegir y juzgar aquellos documentos.
     Empero, lo que se insertó en la Sagrada Escritura sacándolo de las narraciones populares, en modo alguno debe compararse con las mitologías u otras narraciones de tal género, las cuales más proceden de una ilimitada imaginación que de aquel amor a la simplicidad y a la verdad que tanto resplandece aun en los libros del Antiguo Testamento, hasta el punto que nuestro hagiógrafos deben ser tenidos en este punto como claramente superiores a los antiguos escritores profanos.
DOCTRINA PONTIFICIA
Documentos Bíblicos
B. A. C.

martes, 8 de septiembre de 2015

Jansenismo

     Sistema erróneo con respecto a la gracia, al libre albedrío, al mérito de las buenas obras, al beneficio de la redención, etc., contenido en las obras de Cornelio Jansenio, obispo de Ipres, que intituló Augustinus, y en el que ha pretendido exponer la doctrina de San Agustín sobre estos puntos.
     Este teólogo había nacido de padres católicos, cerca de Laerdam, en Holanda, el año 1585. Hizo sus estudios en Utrecht, en Lovaina y en París. Adquirió conocimiento en esta última ciudad con el famoso Juan de Hauranne, abad de S. Cyran, que le llevó consigo a Bayona, donde permaneció doce años en calidad de principal del colegio. Allí fue donde produjo la obra de que hablamos; la compuso con la idea de resucitar la doctrina de Bayo, condenada por la santa sede en 1567 y 1579. La había tomado de las lecciones de Santiago Janson, discípulo y sucesor de Bayo, y este último había abrazado en muchas cosas los sentimientos de Lutero y de Calvino. El abad de S. Cyran era de las mismas opiniones.
     De vuelta a Lovaina, tomó Jansenio el grado de doctor, obtuvo una cátedra de profesor de Sagrada Escritura, y fue nombrado obispo de Ipres por el rey de España; pero no lo poseyó mucho tiempo: murió de la peste en 1638, algunos años después de su nombramiento. Había trabajado durante veinte años en su obra, le dio la última mano antes de su muerte, y dejó a algunos amigos el cuidado de publicarla; se hallan en ella varias protestas de sumisión a la santa sede; pero no podía ignorar el autor que la doctrina que establecía había sido ya condenada en Bayo.
     El Augustinus de Jansenio apareció por primera vez en Lovaina en 1640, y el papa Urbano VIII en 1642 la condenó, como que renovaba los errores del bayanismo. Cornet, síndico de la facultad de teología de París, sacó de él algunas proposiciones que presentó a la Sorbona, y la facultad las condenó. El doctor Saint-Amour y otros setenta apelaron de esta censura al parlamento, y la facultad llevo ante el clero el asunto. Los prelados, dice M. Godeau, viendo los ánimos muy exaltados, temieron el pronunciar, y enviaron la decisión al papa Inocencio X. Cinco cardenales y trece consultores tuvieron en el espacio de dos años y algunos meses treinta y seis congregaciones, y el papa presidió en persona las diez últimas. Se discutieron en ellas las proposiciones sacadas del libro de Jansenio; se oyó al doctor Saint-Amour, al abad Bourzeys y a algunos otros que defendían la causa de este autor, y apareció en 1653 el juicio de Roma que censura y califica las cinco proposiciones siguientes:
      «Algunos mandamientos de Dios son imposibles a los hombres justos que quieren cumplirlos, y que hacen con este objeto esfuerzos según las fuerzas que tienen, faltándoles la gracia que los haría posibles». Esta proposición, que se halla literalmente en Jansenio, fue declarada temeraria, impía, blasfema, anatematizada como herética. (En efecto, ya había sido proscrita por el concilio de Trento. Ses. vi, i I, y can. 18).
      «En el estado de naturaleza caída, no se resiste nunca a la gracia interior». Esta preposición no está literalmente en la obra de Jansenio; pero la doctrina que contiene se halla en veinte lugares, fue calificada de herejía, y es contraría a muchos textos expresos del nuevo Testamento.
      «En el estado de naturaleza caída, para merecer o desmerecer, no se necesita una libertad exenta de necesidad, basta tener una libertad exenta de coacción o de violencia». Se leen estas mismas palabras en Jansenio: «Una obra es meritoria o demeritoria cuando se hace sin violencia, aunque no se haga sin necesidad». (L. 6, de Grat. Christi). Esta proposición fue declarada herética; en efecto lo es, puesto que el concilio de Trento ha establecido que el movimiento de la gracia, aun eficaz, no impone necesidad a la voluntad humana.
      «Los semipelagíanos admitían la necesidad de una gracia preveniente para todas las buenas obras, aun para el principio de la fe; mas eran herejes, porque pensaban que la voluntad del hombre podía someterse o resistir a ella». La primera parte de esta proposición está condenada como falsa, y la segunda como herética; es una consecuencia de la segunda proposición.
      «Es un error semipelagíano el decir que Jesucristo ha muerto y derramado su sangre por todos los hombres». Jansenio, (de Grat. Christi, l. 3, c. 2), dice que los P.P. lejos de pensar que Jesucristo haya muerto por la salud de todos los hombres, han mirado esta opinión como un error contrario a la fe católica; que el parecer de San Agustín es que Jesucristo no ha muerto mas que por los predestinados, y que no rogó mas a su Padre por la salvación de los reprobados que por la de los demonios. Esta proposición fue condenada como impía, blasfema y herética.
     * He aquí el texto de la bula de Inocencio X: 
     «Primam praedictarum propositionum: Aliqua Dei precepta hominibus justis volentibus el conantibus, secundum praesentes quas habent vires, sunt impossibilia, deest quoque illis gratia qua possibilia fiant. Temerariam, impiam, blasphemam, anathemate damnatam, et hiereticam declaramus, et uti talem damnamus».
     «Secundam Interiori gratiae in statu nanurae lapsae, numquam resistitur». Haereti cam declaramus, et uti talem damnamus.
     «Tertiam: Ad merendum et demerendum, in statu naturae lapsae, non requiritur in homine Libertas a necessitate, sed sufficit libertas a coactione». Haereticam declaramus, et uti talem damnamus.
     «Quartam: Semipelagiani admittebant praevenientis gratiae interioris necessitatem ad singulos actus, etiam ad initium fidei, et in hoc erant haeretici, quod vellent eam gratiam talem esse, cui posset humana voluntas resistere vel obtemperare». Falsam et hiereticam declaramus, et uti talem damnamus.
     Quintam: Semipelagianum est dicere, Christum pro ómnibus omnino hominibus mortuum esse aut sanguinem fudisse. Falsam, temerariam, scandalosam et intellectam eo sensu, ut Christus pro salute duntáxat praedestinatorum mortuus sit, impiam, blasphemam, contumeliosam, divina; pietati derogantem, et haereticam declaramus, et uti talem damnamus.
     Mandamus igitur ómnibus Christi fidelibus utriusque sexus, ne dedictis propositíonibus sentire, docere, predicare alíter praesumant, quam in hac priesenti nostra declaratione et definitione continetur, subcensuris et poenís contra híereticos et eorum fautores in jure expressis»

     No se necesita ser un profundo teólogo para conocer la justicia de la censura pronunciada por Inocencio X. Nadie, dice Bossuet en su Carta a las religiosas de Port-Royal, nadie duda que la condenación de estas proposiciones sea canónica. Puede añadirse que aun basta oírlas a un cristiano no prevenido para horrorizarlas.
     También puede verse que la segunda es el principio del que emanan todas las demás, como otras tantas consecuencias inevitables. Si es cierto que en el estado de naturaleza caída no se resiste nunca a la gracia interior, se sigue de esto que un justo que ha quebrantado un mandamiento de Dios, ha carecido de gracia en aquel momento, que lo ha violado por necesidad y por impotencia de cumplirlo. Si no obstante ha pecado y desmerecido entonces, se sigue que para pecar no se necesita tener una libertad exenta de necesidad. Por otro lado, si muchas veces falta la gracia a los justos, puesto que pecan, con mucha mas razón falta a los pecadores: no se puede, pues, decir que Jesucristo ha muerto para merecer y alcanzar para todos los hombres las gracias que necesitan para conseguir su salvación. En este caso los semipelagianos, que han creído que se resiste a la gracia, y que Jesucristo la ha obtenido para todos los hombres, estaban en error.
     Luego si es falsa y herética la segunda proposición de Jansenio, todo su sistema cae por tierra. Así, en el artículo Gracia, § 2 y 3, hemos probado con muchos pasajes de la Sagrada Escritura, con el sentimiento de los PP. de la Iglesia, y sobre todo de San Agustín, con el testimonio de nuestra propia conciencia, que el hombre resiste muchas veces a la gracia interior, y que Dios da gracia a todos los hombres sin excepción, pero con desigualdad.
     En efecto, todo el sistema de Jansenio se reduce a este punto capital, a saber: que después de la caída de Adán el placer es el único resorte que mueve al corazón humano; que este placer es inevitable cuando llega, e invencible cuando ha llegado. Si este placer viene del cielo o de la gracia, conduce el hombre a la virtud; si viene de la naturaleza o de la concupiscencia, determina al hombre al vicio, y la voluntad se halla necesariamente arrastrada por el que actualmente es mas fuerte. Estas dos delectaciones, dice Jansenio, son como los dos platillos de la balanza, no puede subir el uno sin que baje el otro. Así el hombre hace invencible, aunque voluntariamente, el bien o el mal, según que está dominado por la gracia o por la concupiscencia nunca resiste ni a una ni a otra.
     Este sistema ni es filosófico, ni consolador; hace del hombre una máquina y de Dios un tirano; repugna al sentimiento interior de todos los hombres; no está fundado mas que en un mal sentido dado a la palabra delectación, y en un axioma de San Agustítorcidamente interpretado. Ya se había anatematizado por el concilio de Trento, sess. 6, de Justif., can. 5 y 6.
     Mas el deseo de formar un partido, o de destruir otro, la inquietud natural a ciertos espíritus, y la ambición de brillar por la disputa, suscitaron defensores de Jansenio contra la censura de Roma. El Dr. Arnaldo y otros que habían abrazado las opiniones de este teólogo, y que habían hecho los mayores elogios de su libro antes de la condenación, sostuvieron que las proposiciones censuradas no estaban en el Augustinus, que no eran condenadas en el sentido de Jansenio, sino en un falso sentido que malamente se había dado a sus palabras, que en este hecho se había podido engañar el soberano pontífice.
     Esto es a lo que se llamó distinción de derecho y de hecho. Los que se agarraban a ella decían que se estaba obligado a someterse a la bula del papa en cuanto al derecho, es decir en cuanto a creer que las proposiciones, tales como estaban en la bula, eran condenables, mas que no se estaba obligado a condescender en cuanto al hecho, es decir, en cuanto a creer que estas proposiciones estaban en el libro de Jansenio, y que las había sostenido en el sentido en que el papa las había condenado.
     Es claro que si esta distinción era admisible, inútilmente la Iglesia condenaría los libros y querría quitarlos de las manos de los fieles; podrían obstinarse en leerlos, bajo el pretexto de que los errores que se creía contenían, no estaban allí, y que el autor había sido mal entendido. Pero se quería un subterfugio, y adoptóse este. En vano se probó contra los partidarios de Jansenio que la Iglesia es infalible cuando trata de pronunciar sobre un hecho dogmático; perseveraron en sostener su absurda distinción, prodigaron la erudición, embrollaron todos los hechos de la Historia eclesiástica, renovaron todos los sofismas de los herejes antiguos y modernos para hacerle prevalecer. 
     Todavía hizo mas Arnaldo; enseñó terminantemente la 1ra proposición condenada; pretendió que falta al justo la gracia en ocasiones en que no puede decirse que no peca, que había faltado a San Pedro en semejante caso, y que esta doctrina era la de la Escritura y la de la tradición.
     La facultad de teología de París censuró en 1656 estas dos proposiciones; y como Arnaldo rehusó someterse a esta decisión, fue excluido del número de los doctores; firman aun esta censura los candidatos.
     No obstante continuaban las disputas; para acallarlas, los obispos de Francia se dirigieron a Roma. En 1665, Alejandro VII prescribió la firma de un formulario, por el que se protesta que se condenan las cinco proposiciones sacadas del libro de Jansenio, en el sentido del autor, como las ha condenado la santa sede. 
     He aquí el texto: "Ego N. constitutioni apostolicae Innocentii X datae die 31 maii 1653, et constitutioni Alexandri VII datae 16 octobris 1656 summorum pontificum me subjicio, et quinqué propositiones ex Cornelii Jansenii libro, cui nomen Augustinus, excerptas, et in sensu ab eodem auctore intento, prout illas per dictas constitutiones sedes apostólica, damnavi, sincero animo rejicio ac damno, et ita juro: sic me Deus adjuvet, et haec sancta Dei Evangelia». 
     Luis XIV dio en este mismo año una declaración que fue registrada en el parlamento, y que mandó bajo graves penas suscribir al formulario. Este llegó a ser de esta manera una ley de la Iglesia y del Estado: algunos de los que rehusaban suscribirlo fueron castigados.
     A pesar de la ley, los señores Pavillon, obispo de Aleth; Choart de liuzenval, obispo de Ainiens; Caulet, obispo de Pamiers; y Arnaldo, obispo de Angers, dieron en sus diócesis pastorales, en las que hacían aun la distinción de hecho y de derecho, y autorizaron así a los refractarios.
     El papa irritado quiso formarles causa, y nombró comisarios; se suscitó una disputa sobre el número de jueces.
     En tiempo de Clemente IX, propusieron tres prelados un acomodo, cuyos términos eran, que los cuatro obispos dieran o hicieran dar en sus diócesis una nueva forma de formulario, por la que se condenasen las proposiciones de Jansenio sin ninguna restricción, habiendo sido insuficiente la primera. Consintieron en ello los cuatro obispos, pero faltaron a su palabra; conservaron la distinción de hecho y de derecho. No se hizo caso de esta infidelidad, y fue lo que se llamó la paz de Clemente IX.
     En 1702 so vio aparecer el famoso caso de conciencia, he aquí en qué consistía. Se suponía un eclesiástico que condonaba las cinco proposiciones en todos los sentidos en que la Iglesia las había condenado, aun en el de Jansenio, del modo que Inocencio XII lo había entendido en sus breves a los obispos de Flándes, al que sin embargo se le había negado la absolución, porque en cuanto a la cuestión de hecho, es decir, a atribuir las proposiciones al libro de Jansenio, creia que bastaba el silencio respetuoso. Se preguntó a la Sorbona, qué pensaba de esta negativa de la absolución.
     Apareció una decisión firmada de cuarenta doctores, cuyo dictamen era que el parecer del eclesiástico ni era nuevo, ni singular; que nunca había sido condenado por la Iglesia, y que no se debía por esto negarle la absolución.
     Esto era justificar evidentemente un engaño, porque cuando un hombre está persuadido que el papa y la Iglesia han podido engañarse, suponiendo que verdaderamente Jansenio ha enseñado tal doctrina en su libro, ¿cómo puede protestar con juramento que condena las proposiciones de Jansenio, en el sentido que había tenido presente el autor y en el que el mismo papa las ha condenado? Si esto no es un perjurio, ¿cómo lo llamaremos? Si semejante decisión no ha sido censurada nunca por lo Iglesia, es porque todavía no ha habido un hereje tan astuto para inventar tal subterfugio.
     De modo que este documento avivó el incendio. El caso de conciencia dio lugar a muchas pastorales de los obispos: el cardenal de Noailles, arzobispo de París, exigió y obtuvo de los doctores que habían firmado una retractación. Solo uno se resistió, y fue excluido de la Sorbona.
     Como no concluían las disputas, Clemente XI, que ocupaba entonces la santa sede, después de muchos breves, dio la bula Vineam Domini Sabaoth el 15 de julio de 1705, en la que declara que el silencio respetuoso sobre el hecho de Jansenio no basta para dar a la Iglesia la plena y entera obediencia que tiene derecho a exigir de sus fieles.
     * [El silencio respetuoso está expresamente condenado en estas palabras:
     «Primo quidem preinsertas Innocentii X et Alexandri VII praedecessorum constitutiones, omniaque et singula in eis contenta, auctoritate apostolica, tenore praesentium, confirmamus, approbamus, et innovamus.
     Ac insuper, ut quaevis in posterum erroris occasio penitus praecidatur, atque omnes catholicae Ecclesiae filii Eeclesiam ipsam
audire, non tacendo solúm (nam et impii in tenebris conticescunt) sed et interius obsequendo, quae vera est orthodoxi hominis obedientia, condiscant hac nostra perpetuó valiturá constitutione: obedientiae, quae praeinsertis constitutionibus apostolicis debetur, obsequioso illo silentio minimé satisfieri: se damnatum in quinqué praefatis propositionibus Janseniani libri sensum quem íllarum verba prae se ferunt, ut praefertur, ab ómnibus Christi fidelibus ut haereticum, non ore solum, sed et corde rejici ac damnari debere; nec alia mente, animo aut credulitate supradictae formulae subscribí licite posse; ita ut quí secus aut contra, quoad haec omnia et singula, senserint, tenuerint, praedicaverint, verbo vel scripto docuerint aut asseruerin tanquam praefatarum apostolicarum constítutionum transgressores, ómnibus et singulis illarum censuris et poenis omninó subjaceant, eadem auctoritate apostolicé decernimus, declaramus, statuimus et ordinamus.] »

     El señor obispo de Mompeller, que la había aceptado al principio, se retractó después.
     Entonces fue cuando se hizo la distinción del doble sentido de las proposiciones de Jansenio: el uno que es el sentido verdadero, natural y propio de Jansenio, el otro que es un sentido falso, putativo, malamente atribuido a este autor. Convienen en que las proposiciones eran heréticas en este último sentido, inventado por el soberano pontífice, pero en no su sentido verdadero, propio y natural: esto era volver al primer subterfugio inventado por el doctor Arnaldo y sus adeptos.
     Aquí había llegado la cuestión del jansenismo y de su condenación, cuando el P. Quesnel del Oratorio publicó sus Reflexiones morales sobre el nuevo Testamento, en las que diluyó todo el veneno de la doctrina de Jansenio. Entonces se vio, con mas evidencia que nunca, que sus partidarios no habían dejado de estar adheridos a ella y sostenerla, en el mismo sentido condenado por la Iglesia, a pesar de todas las protestas que habían hecho en contra; que nunca habían tratado mas que de engañar y seducir a las almas sencillas y rectas. La condenación del libro de Quesnel, que dio Clemente XI por la bula Unigenitus en 1713, ha dado lugar a nuevos excesos por parte de los secuaces obstinados de esta doctrina.
     De todas las herejías que se han visto nacer en la Iglesia, no ha habido una que haya tenido mas diestros y sutiles defensores, para cuyo sostén se hayan empleado mas erudición, artificios y tenacidad que para la de Jansenio. A pesar de veinte condenaciones pronunciadas contra ella hace mas de dos siglos, todavía hay un gran número de personas instruidas que la defienden, ora por los principios, ora por las consecuencias, suponiendo siempre que es la doctrina de San Agustín. Algunos teólogos, sin caer en el mismo exceso, se han aproximado a las rigorosas opiniones de los jansenistas, para no dar lugar a sus acusaciones de pelagianismo, de relajación y de falsa moral, etc.
     Seria menos sorprendente este fenómeno, si el sistema de Jansenio fuese sabio y consolador, capaz de conducir a los fieles a la virtud y a las buenas obras; mas no hay doctrina mas a propósito para introducir la desesperación en un alma cristiana, para ahogar la confianza, el amor de Dios, el valor en la práctica de la virtud, para disminuir nuestro reconocimiento hacia Jesucristo. Si a pesar de la redención del mundo, efectuada por este divino Salvador, está Dios todavía irritado por el pecado del primer hombre; si niega todavía su gracia no solo a los pecadores, sino a los justos; si les hace pecaminosas las culpas que les era imposible evitar sin la gracia, ¿qué confianza podemos tener en los méritos de nuestro Redentor, en las promesas de Dios y en su misericordia infinita? Si para decidir de la suerte eterna de las criaturas, prefiere Dios ejercitar su justicia mas bien que su bondad, si obra como un señor irritado y no como un padre complaciente, sin duda que debemos temerle; mas ¿podremos amarle? Los jansenistas han condenado el temor de Dios como un sentimiento servil, y es el único que nos han inspirado; afectaron predicar el amor de Dios, y han trabajado con todas sus fuerzas para sofocarlo.
     Han tomado el ostentoso título de defensores de la gracia, y en realidad han sido destructores, declamaban contra los pelagianos y enseñan una doctrina mas odiosa. Dios decían los pelagianos, no da la gracia, porque no es necesaria para hacer buenas obras; le bastan al hombre las fuerzas naturales. Según los semípelagianos, la gracia es necesaria para hacer bien; pero Dios no la da mas que a los que la merecen por sus buenos deseos. Jansenio dice: La gracia es absolutamente necesaria; pero Dios la niega, porque muchas veces no podemos merecerla. Todos erráis, le responde un católico, la gracia es absolutamente necesaria; así Dios la da a todos, no porque la merezcamos, sino porque Jesucristo la ha merecido y alcanzado para todos; la da porque es justo, porque es bueno, y porque nos ha amado hasta entregar a su Hijo a la muerte por la redención de todos. Tal es el lenguaje de la Sagrada Escritura, de los PP. de todos los siglos, de la Iglesia en todas sus oraciones, de todo cristiano que cree sinceramente en Jesucristo Salvador del Mundo. ¿Cuál de estos diversos sentimientos es mas a propósito para inspirarnos el reconocimiento, la confianza, el amor de Dios, el valor para renunciar al pecado y perseverar en la virtud?
     En vano los jansenistas citan siempre la autoridad de San Agustín: otro tanto ha hecho Calvino para sostener sus errores. Mas es falso que San Agustín haya tenido los sentimientos que Calvíno, Jansenio y sus secuaces le atribuyen; nadie ha presentado con mas energía que él la misericordia infinita de Dios, su bondad para con todos los hombres, la caridad universal de Jesucristo, su compasión para los pecadores, la inmensidad de los tesoros de gracia divina, la liberalidad con que Dios los derrama.
     Apenas había condenado Inocencio X el sistema de Jansenio, cuando fue victoriosamente refutada esta doctrina, particularmente por el P. Deschamps, jesuíta, en una obra titulada: De Haeresi Janseniana ab apostolica Sede mérito proscripta, que apareció en l654 y de la que hay muchas ediciones. Esta obra está dividida en tres libros. En el 1° demuestra el autor que Jansenio ha copiado de los herejes, sobre todo de Lutero y de Calvíno, todo lo que ha enseñado con respecto al libre albedrío, a la gracia eficaz, a la necesidad de pecar, a la ignorancia invencible, a la imposibilidad de cumplir los mandamientos de Dios, a la muerte de Jesucristo, a la voluntad de Dios para salvar a todos los hombres, y a la distribución de la gracia suficiente. En el 2° prueba que los errores de Jansenio sobre todos estos puntos han sido ya condenados por la Iglesia, sobre todo en el concilio de Trento. En el 3° demuestra que, a ejemplo de todos los sectarios, Jansenio ha atribuido falsamente a San Agustín opiniones que nunca tuvo; y que este santo doctor ha enseñado expresamente lo contrario. Ninguno de los partidarios de Jansenio ha osado intentar la refutación de esta obra, casi nunca han hablado de ella, porque han conocido que era inexpugnable.
     Bien convencidos los protestantes de la semejanza que hay entre el sistema de Jansenio sobre la gracia y el de los fundadores de la reforma, no han dejado de sostener que es realmente el sentimiento de San Agustín; pero mil veces se les ha demostrado lo contrario. Han visto con mucha satisfacción el ruido que el libro de Jansenio ha hecho en la Iglesia católica, las disputas y la clase de cisma que ha causado, la terquedad con que sus defensores han resistido a la censura de Roma, han hecho pomposos elogios de los talentos, del saber, de la piedad, del valor de estos pretendidos discípulos de San Agustín; pero no se han atrevido a justificar los medios de que estos contumaces se han valido para sostener lo que llamaban la buena causa. Mosheim, que reconocía la conformidad de la doctrina de los jansenistas con la de Lutero, de Auctor. Concilii Dordrac., § 7, confiesa, en su Hist. ecclés., siglo XVIII, sección 2°, 1° parte, c. 4, § 40, que han empleado aplicaciones capciosas, distinciones sutiles, los mismos sofismas y las mismas invectivas que echaban en cara a sus adversarios; que han recurrido a la superstición, a la impostura, a los milagros falsos para robustecer su partido; que sin duda han considerado estos fraudes piadosos como permitidos cuando se trata de establecer una doctrina que se cree verdadera. Esto es lo que hacía falta para justificar el rigor con que han sido tratados algunos de los mas fogosos jansenistas. Mosheim quería persuadir que se ha ejercido contra ellos una persecución cruel y sangrienta, y sin embargo es muy cierto que todas estas penas se han reducido al destierro, o a algunos años de prisión, y que se castigaba en ellos, no sus opiniones, sino su conducta insolente y sediciosa.
     Independientemente de consecuencias perniciosas que se han podido deducir de la doctrina de Jansenio, el modo con que se ha defendido ha producido los mas funestos resultados, ha alterado en los ánimos el fondo mismo de la religión, y ha preparado el camino a la incredulidad. Las declamaciones y las sátiras de los jansenistas contra los soberanos pontífices, contra los obispos, y contra todos los órdenes de la jerarquía, han envilecido la potestad eclesiástica; su desprecio para con los PP. que precedieron a San Agustín ha confirmado las prevenciones de los protestantes y de los socinianos contra la tradición de los primeros siglos; según ellos, parece que San Agustín cambió absolutamente esta tradición en el siglo V: hasta entonces los PP. habían sido por lo menos semipelagianos. Los falsos milagros que forjaron para seducir a los hombres sencillos, y que los han sostenido con frente de bronce, han hecho sospechosos a los deistas todos los testimonios dados en materia de milagros; la audacia con que muchos fanáticos han despreciado las leyes, las amenazas, los castigos, y que parecían dispuestos a sufrir la muerte antes que desprenderse de sus opiniones, ha echado un borrón sobre el valor de los antiguos mártires. El arte con que algunos escritores del partido han sabido disfrazar los hechos o inventarlos al gusto de sus intereses, ha autorizado el pirronismo histórico de los literatos modernos. Por último, la máscara de piedad con la que han cubierto mil imposturas, y muchas veces crímenes, ha hecho considerar a los devotos en general como hipócritas y hombres peligrosos.
     Seria de desear que se pudiese borrar hasta el menor recuerdo de los errores de Jansenio, y de las escenas escandalosas a que han dado lugar. Este es un ejemplo que enseña a los teólogos a estar alerta contra el rigorismo en materia de opiniones y de moral, a limitarse a los dogmas de la fe, y a desprenderse de todo sistema particular. Sí se hubiese empleado en aclarar cuestiones útiles todo el tiempo y el trabajo que se ha consumido en escribir en pro y en contra del jansenismo, en vez de tantas obras como yacen en el olvido tendríamos otras que mercerian conservarse para la posteridad.

sábado, 5 de septiembre de 2015

Nonne duodecim sunt horae diei?

¿No son, acaso, doce las horas del día?
     ¿Puedo, por ventura, sacar alguna lección provechosa para mi adelantamiento espiritual de estas palabras?
     Pero ¿acaso Nuestro Señor no las dijo para mi enseñanza? Son palabras divinas, y en ellas, como en todas las palabras de Cristo, hay espíritu y vida.
     Los Apóstoles habían visto a Jesús resuelto a ir a Betania..., y el temor les sobrecogía. Pero, Señor, ¿volverás a Judea sabiendo que te buscan para darte la muerte?
     Y ¿qué responde el divino Maestro?
     «¿No son, acaso, doce las horas del día?»
     Quiere tranquilizar la inquietud de sus discípulos: «Antes de la hora que mi Padre ha señalado, no hay nada que temer; las horas de mi vida no podrán ser acortadas por mis enemigos.»

     ¡Oh! Si esta lección entrara bien hasta el fondo de mi alma y se grabara en ella de modo que nunca se borrase, ¡qué fuente de paz y de tranquilidad para mi vida!
     Son también doce las horas de mi día, ni una más ni una menos; las horas señaladas por Dios para mí desde la eternidad; son las horas de que puedo disponer de luz, en que para mí es de día. «Y el que anda de día — dice el Señor— no tropieza, porque ve la luz de este mundo.»
     Horas que me han sido dadas para andar, para caminar hacia mi patria, que es el cielo.
     Horas que me han sido dadas para negociar el único negocio, que es la salvación eterna de mi alma y mi propia santificación.
     Pasadas ellas, vendrá la noche... In qua nemo potest operari.

     ¡Cuántas veces me sorprendo lleno de preocupaciones inútiles, como si pudiera hacer que las horas de mi día fueran más de doce!
     Esa preocupación absurda hace que no aproveche el tiempo como debo: me roba energías preciosas, me quita la paz, me impide consagrarme con intensidad al trabajo del momento presente.
     Si la persuasión íntima de que Él mismo, que señaló las horas de mi día, las va disponiendo una a una y que a mí sólo me toca aprovechar esa disposición, se hiciera la norma de mi vida, viviría confiado en esa Providencia amorosa que me rige, y me ahorraría mil preocupaciones dañosas a mi espíritu.
     ¡Mas olvido tan fácilmente esta verdad!

     El divino Maestro iba tranquilo a Judea, a meterse en medio de sus enemigos. Y no era temeridad. Era, sencillamente, la confianza segura en la Providencia del Padre celestial: todavía no había llegado su hora, y todavía no había sonado en el reloj de la Providencia la hora de los enemigos...
     Jesús lo sabía, e iba tranquilo y sereno..., y los enemigos, que lo ignoraban, se movían inútilmente, porque no habían de lograr el intento de prenderle antes de que esa hora llegara.
     Así es mi vida. Y yo lo sé. Pero lo olvido a cada momento.
     Y porque lo olvido, me dejo embargar por la intranquilidad y por la preocupación.
     Mis horas son doce.
     Están contadas.
     En ellas tengo que trabajar. Pasadas ellas ya no tendré que hacer sino disfrutar del fruto de mi trabajo o llorar sin esperanzas el no haber sabido aprovecharlas.
     Por eso el consejo del Maestro: «Caminad mientras tenéis luz.»
     Son doce mis horas de luz.
     Tengo que repetírmelo una y otra vez.
     ¿Cuántas de esas doce horas han pasado ya?... No lo sé.
     Mas sí sé que lo Único que verdaderamente me importa es que sean muchas o pocas las que me restan, me es necesario aprovecharlas, si no quiero tropezar en las tinieblas.
Alberto Moreno S.I.
ENTRE EL Y YO

viernes, 4 de septiembre de 2015

APENDICE 2 DR. BERMEJILLO El Racismo

SAGRADA CONGREGACIÓN, SEMINARIOS Y UNIVERSIDADES 
(13 de abril de 1938.)

El racismo

     El año último, en víspera de la Natividad del Señor, el Augusto Pontífice, felizmente reinante, en su alocución a los eminentísimos cardenales y a los prelados de la Curia Romana, habló con tristeza de la dura persecución que, como todo el mundo sabe, se ensaña contra la Iglesia Católica en Alemania.
     Pero la principal aflicción del Santo Padre proviene de que, para excusar una tan grande injusticia, se hacen intervenir calumnias desvergonzadas, y por doquiera se difunden las más perniciosas doctrinas, falsamente coloradas con nombre de ciencia, al objeto de pervertir los espíritus y arrancarles la verdadera religión.
     Ante tal situación, la Sagrada Congregación de Estudios ordena a las Universidades y Facultades católicas que apliquen todos sus esfuerzos y su actividad para defender la verdad contra la Invasión del error.
     Por tanto, los profesores deberán emplear todos sus medios para tomar de la Biología, de la Historia, de la Filosofía, de la Apologética, de las Ciencias jurídicas y morales, armas con que refutar con solidez y competencia las insostenibles aserciones siguientes:
     1°. Las razas humanas, por sus caracteres naturales e inmutables, de tal modo son diferentes, que la más humilde de entre ellas está más lejos de la más elevada que de la especie animal más alta.
     2°. Es necesario, por todos los medios, conservar y cultivar el vigor de la raza y la pureza de la sangre; todo lo que conduce a este resultado es, por lo mismo, honesto y permitido.
     3°. De la sangre, sede de los caracteres de la raza, como de su fuente principal, se derivan todas las cualidades intelectuales y morales del hombre.
     4°. El fin principal de la educación es envolver los caracteres de la raza e inflamar los espíritus de un amor ardiente a la suya propia, como a bien supremo.
     5°. La religión está sometida y debe adaptarse a la ley de la raza.
     6°. La fuente primera y la regla suprema de todo orden jurídico es el instinto racial.
     7°. Sólo existe el Cosmos, o Universo, como ser viviente; todas las otras cosas, entre ellas el hombre, no son sino formas diversas, que se amplifican en el curso de las edades, del universo viviente.
     8°. El hombre no existe sino por el Estado y para el Estado. Todo lo que él posee, en derecho, se deriva únicamente de una concesión del Estado.

     A estas proposiciones tan detestables, fácilmente podrán añadirse otras.
     Al cumplir el deber de comunicároslo, os manifiesto mis sentimientos...
     El Santo Padre, prefecto de nuestra Congregación, tiene la seguridad, eminentísimo señor, de que nada omitiréis para elevar a su perfecto cumplimiento las prescripciones contenidas en esta carta.
Dr. Luis Alonso Muñoyerro
MORAL MEDICA EN LOS SACRAMENTOS DE LA IGLESIA

jueves, 3 de septiembre de 2015

LA EXCOMUNIÓN DE UN SACERDOTE (IV, final)

Por el Dr. Homero Johas

PARTE II.- SENTENCIAS DE LA CARTA CONTRA LA FE DIVINA (3)

6.- La perdición por la voluntad inconsciente
     “Pio XII enseña esta doctrina en la encíclica Místyci Corporis . Distingue a los que realmente se incorporan como miembros a la Iglesia y los que a ella se adhieren sólo por voto. Como miembros solamente a los que reciben el Bautismo de la regeneración y profesan la verdadera fe.
     Al fin de la encíclica, invita a la unidad de la Iglesia, a los que no pertenecen al Cuerpo de la Iglesia Católica, les recuerda que están ordenados a la Iglesia Católica por cierto voto y deseo inconsciente, a los cuales, de ningún modo, excluye de la salvación eterna”.
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    1. La Carta del Santo Oficio afirma que tiene la doctrina de Pio XII. Después, excomulga a un sacerdote por no someterse a la doctrina de la Carta. Pero la doctrina de la Carta contradice un dogma de fe de la Iglesia. Y quien contradice algún dogma se separa de la unidad de fe y de gobierno de la Iglesia. Esta fe católica es una, universal, divina, necesaria para la salvación eterna. Cada ser debe someter su voluntad y juicio “en obsequio a Cristo” (2 Cor X, 5). Un papa para ser fiel miembro de la Iglesia debe estar subordinado al Derecho divino (D.S. 3114) y al Magisterio universal de la Iglesia existente (D.S. 3116). No puede cambiar el credo ni su sentido (D.S. 3020); ni predicar doctrina nueva (D.S. 3070), bajo pena de separarse de la Iglesia por delito contra la unidad de fe.
     2. Por lo tanto, si el Cuerpo Místico de la Iglesia es un cuerpo “compacto” (Ef. IV, 15) con unidad de fe (Ef. IV, 5), la doctrina sobre dos caminos opuestos de salvación: dentro o fuera del Cuerpo Místico está contra la unidad de la Iglesia, contra la unidad de la fe y contra el único camino de la salvación.
     León XIII enseñó:
     “La Iglesia es una, es única. Quien se separa de ella, se separa del orden y de la voluntad de Cristo; se separa del camino de la salvación; va por el camino de la perdición” (Satis cognitum).
     El concilio de Florencia enseñó:
     “Nadie puede salvarse si no permanece en el gremio y unidad de la Iglesia Católica” (D.S. 1351).
     La Revelación divina enseña:
     “No existe bajo el cielo otro nombre por el cual seamos salvados” (At. 4, 12).
     Y León X, con el V Concilio de Letrán enseña:
     “La verdad no contradice a la verdad. Por lo tanto, definimos ser falsa toda sentencia contraria a la verdad de la fe iluminada” (D.S. 1441).
     Por lo tanto no existe salvación en la doctrina de la Carta, ni por el “voto inconsciente”.
     3. Según la Carta, la encíclica: “No excluye de la salvación eterna”, a quien está fuera de la Iglesia, cosa que el dogma de fe excluye. Esto es: la necesidad del bautismo, por lo menos del deseo del bautismo, según el Concilio de Trento. Pero de un deseo explícito y consciente, profesando de modo explícito y visible las verdades del Símbolo de la Fe que son de necesidad absoluta de medio de salvación de querer ser bautizado y pertenecer a la Iglesia, como miembro.
     La no necesidad del bautismo y de ser miembro de la Iglesia y de no profesar la fe verdadera, de modo explícito y público, contradice el dogma de fe.
     El Vaticano I enseña la necesidad de “creer todo la palabra de Dios escrita o trasmitida oralmente, con fe divina y católica, y que están propuestas por la Iglesia, ya sea por juicio solemne, o por Magisterio ordinario y universal” (D.S. 3011).
     Bonifacio VIII enseña que estamos obligados a creer y a sostener que existe sólo una” Iglesia Católica, “fuera de la cual no existe salvación, ni perdón de los pecados”. “Ella representa un sólo Cuerpo Místico, cuya Cabeza es Cristo”. “En ella existe sólo una fe, un sólo Señor, un sólo Bautismo” (Ef. IV, 5). “Una sola fue la Arca de Noé, en el diluvio, la cual prefiguraba la única Iglesia y tenia sólo un gobernante, Noé. Fuera todo fue destruido cuanto existía sobre la Tierra” (D.S. 870).
     4. El Símbolo de fe es el “fundamento firme y único” de la Iglesia enseña el Concilio de Trento (D.S. 1500).
     Por lo tanto, no se puede dar la salvación dentro y fuera de la Iglesia, con voluntad explícita y consciente de entrar a la Iglesia y sin voluntad explícita y consciente de entrar a la Iglesia. Esto es igualar la fe verdadera a los falsos credos. Es negar la verdad absoluta, divina, universal, necesaria para la salvación eterna. “Quien no escuche a la Iglesia, sea anatema” (Mt. XVIII, 17). “Quien no ame a Cristo, sea anatema” (1 Cor XVI, 22).
     El “voto inconsciente” no es el “obsequio racional” de la fe. No tiene la subordinación debida a la autoridad divina (Rom. XIII, 1-2).
     La subordinación a Dios no es mera “comunión” entre iguales sin Dios. La subordinación a Dios no es la subordinación a la voluntad libre del hombre. No es la mera “adhesión” libre del hombre, por su juicio y arbitrio humano.
     5. Dios invita a los hombres a pertenecer a la Iglesia; y por su autoridad divina exige condiciones para ser miembro de la Iglesia: creer en sus palabras y no en el juicio propio; obedecer la autoridad divina y no al libre arbitrio; tener la fe que practica las obras de Caridad para con Dios y para con el prójimo (D.S. 1570).
     El llamamiento de Dios no es una promesa incondicional de salvación. La fe universal viene del Magisterio universal exterior, y no del “deseo inconsciente” de cada uno (D.S. 3033). Los “derechos de Dios” no están limitados por la voluntad del hombre, y por sus “derechos individuales”. Quien escribió esta Carta no la escribió de modo inconsciente. Quien “distingue” dos modos contradictorios, distingue entre la verdad y el error; no es igual el estar dentro de la Iglesia y el no estar dentro de la Iglesia.
      6. Por lo tanto la “ordenación del hombre a la Iglesia Católica” es determinada por la “ordenación de Dios” (Rom XIII, 2) y no por el juicio y voluntad individual. Por lo tanto es falsa esta “ordenación” de la Carta y del Vaticano II que escribió: “cada uno puede ordenase a si mismo por sentencia de su propio espíritu”.
     Toda ley universal es una “ordenación a la razón” y no es una ordenación por el libre arbitrio individual, o “ley propia” (D.S. 2903). Es el Vaticano II que se ordena “por lo que quieren los hombres del presente”, por los “deseos de los espíritus”; cada uno con “verdades propias”, “normas propias”, “credos propios”, “derechos propios”, independientes de la verdad divina universal, que conviene a todos.
     Esto es negar que: “todo poder viene de Dios” y que los que existen “son ordenados por Dios” (Rom XIII, 1-7). Es pretender que “todo poder viene del hombre”, como lo quieren los ateos, herejes jansenistas, los racionalistas (D.S. 2903).
     Los fieles de Cristo: “creen en el nombre de Jesús; no nacerán (...) de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios” (Jo I, 13).
     7. De esta pluralidad del libre arbitrio nace la negación de la “forma única” de la verdad, y la falsa pluralidad de verdades. El juicio y la voluntad de Dios está subordinado a la opinión y voluntad individual; se elimina la sumisión a Dios; lo que causa la perdición eterna (Rom. XIII, 1-2).

7.- Necesidades libres
     “Es necesario que el voto inconsciente, por el cual es alguien ordenado a la Iglesia, sea informado por la Caridad perfecta; y, a no ser que el hombre tenga la fe sobrenatural, no puede tener efecto el voto implícito”.
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    1. Aquí se coloca, de nuevo, “lo que es necesario”, como igual a lo que “no es necesario”; lo que “puede tener el efecto de la salvación”, como antes fue afirmado (3) y lo que “no puede tener el efecto” de la salvación. El principio de no contradicción dependerá sólo de la voluntad “de cada uno”. Quien niega la necesidad absoluta del medio único de salvación, "por institución divina”, y pone la salvación como dependiente “del voto y deseo humano”, para encubrir el absurdo del Agnosticismo, ahora coloca la necesidad de la “Caridad perfecta”, sólo por “deseo” humano y de “fe sobrenatural” definida “sólo por deseo” humano. Caridad y Fe dependerían sólo del hombre: podrían tener o no tener el efecto de la salvación según el arbitrio del hombre. Lo que es necesario y lo que no es necesario; lo que “puede ser” y lo que “no puede ser”, serian cosas subordinadas a los juicios y voluntades individuales humanas.
    En lugar del imperio de Dios sobre el hombre, solamente existe el imperio del hombre sobre si. “Todo poder viene del hombre”. Muda la voluntad y juicio de Dios por la voluntad y juicio del hombre. La voluntad del hombre será “el único árbitro de lo verdadero y de lo falso, del bien y del mal, ley para si mismo y suficiente para cuidar del bien de los hombres y de los pueblos por sus fuerzas naturales”, dijeron los racionalistas absolutos (D.S. 2903).
     Es el imperio del hombre colocado encima de Dios, en el Templo de Dios (2 Tess. II, 1-11). Se niega el “imperialismo” de Dios, como “dictadura”; pero se quiere el “imperialismo” y la dictadura de los ateos, de los sin Dios.
     2. Tal nueva “necesidad” viene unida a la falsedad del “voto implícito” y del “voto inconsciente”, sin la necesidad de la confesión explícita, pública y consciente de la única verdadera fe, con todos los artículos explícitos del Símbolo de la Fe. Se supone falsamente que “el hombre está ordenado a la Iglesia” por su juicio y voluntad propia (Tit. III, 10-11) y no por la fe verdadera. El hombre estaría “ordenado a la Iglesia” por la “religión cristiana falsa del Ecumenismo (Pio XI; por el Agnosticismo, Liberalismo, Relativismo, nuevo Humanismo, por la “nueva iglesia”, del tiempo nuevo”, de la “nueva Teología”, de la “doctrina nueva” (D.S. 3070), del poder de las tinieblas dentro del Templo de Dios.
     3. No existe “Caridad perfecta” en quien contradice la fe verdadera, divina y quiere una fe individual, humana, relativa a la voluntad de cada uno. La Caridad perfecta, se convierte con la verdad universal en el amor verdadero al único Dios verdadero, a Jesucristo. “Quien no ama a Cristo, sea anatema” (1 Cor XVI, 22). La “operación del error” venia para los que “no aman la verdad, sino que consienten con la iniquidad” (2 Tess. II, 1-11). La Caridad perfecta no existe en el Ecumenismo, en el amor del hombre por el hombre, en cuanto es hombre y no en cuanto es obra de Dios. Los ecuménicos quieren esta unión en la Caridad separada de la unidad de la Iglesia de la fe verdadera (Pio XI).
     4. Por lo tanto, tampoco existe “fe sobrenatural” en quien desprecia la necesidad absoluta de recibir el Bautismo y de profesar la fe verdadera y por ella, entrar en la Iglesia de Cristo, y por querer permanecer fuera de la Iglesia, con “ignorancia invencible” falsa, predicada por el Agnosticismo, y con el “voto inconsciente” predicado por el Modernismo agnóstico.
     La Fe sobrenatural, no viene de la “ignorancia invencible” de la razón: ni del libre arbitrio, sino de la Revelación divina. La fe sobrenatural es divina universal, necesaria, no es humana, individual y libre. Ella está unida a la sumisión al único Dios verdadero y al Vicario visible de Cristo; a quien conoce la fe verdadera sobre Cristo y no a quien quiera ignorarla y no quiera los medios necesarios para conocerla. Así, tal sentencia viene de la malicia para encubrir la libertad para el mal.
     5. Por lo tanto, si “no puede tener efecto” el voto implícito e inconsciente, fuera de la Iglesia y sin el Bautismo, la Carta contradice lo que antes afirmó: “puede obtener los efectos necesarios para la salvación” (3). Lo que no era de “necesidad intrínseca” (3); ahora es de necesidad para la salvación. Afirma y niega dos sentencias contradictorias, cosa propia del Agnosticismo, con “verdades” falsas, individuales. La verdad ya no excluye la falsedad.
     La Iglesia no rinde culto a Cristo y al anti-Cristo; al templo de Dios y a l de los ídolos; a la Justicia y a la iniquidad; a los fieles y a los infieles (2 Cor VI, 14-18). Aquí se niega siempre la verdad absoluta, al único Dios verdadero.

     El Concilio de Florencia enseña: “Es de tanto valor la unidad en el Cuerpo de la Iglesia que solamente los que en él permanecen les aprovechan los Sacramentos y producen premios eternos los ayunos, las limosnas y los demás actos de piedad de los ejercicios de la milicia Cristiana. Y nadie puede salvarse, si no permanecen en el seno y en la unidad de la Iglesia Católica, por mas limosnas que dé y aun cuando, derrame su sangre por el nombre de Cristo” (D.S. 1651).
     Los Mártires derraman su sangre por el nombre de Cristo, sustentando la fe verdadera. Si murieran por las herejías, por los errores, fuera de la unidad de fe y de gobierno de la Iglesia Católica, no podrían salvarse. No es igual ser mártir de la verdad o ser mártir del error, del juicio y voluntad propia. Mártir de Cristo no es mártir del anti-Cristo.
     Por lo tanto, son miembros de la iglesia del anti-Cristo: los anti-intelectualistas, los anti-sacramentalistas; los anti-conclavistas; los anti-Cabeza visible de la Iglesia.
     Dice Nuestro Señor Jesucristo: ‘Si quieres entrar en la vida eterna, observa los mandamiento” (Mt. XIX, 17). Los mandamientos no son libres. No se cambia lo que es de necesidad absoluta en cosa libre (D.S. 1569); ni en el creer en el libre-examen de la Revelación; ni el obrar libremente en contra de los preceptos mandados.

8. La incertidumbre universal y Naturalismo
     “En este estado no se puede estar seguro de la salvación porque en el se carece de tantos y tantos dones, y auxilios celestiales los cuales, sólo en la Iglesia Católica se pueden disfrutar”.
* * * * * * * * * *

      1. Afirma la Carta que la salvación sin el bautismo, sin pertenecer a la Iglesia no es un camino seguro de salvación. Muda el camino cierto de la perdición eterna por el camino inseguro de la salvación eterna. El único camino de la salvación está dentro de la Iglesia, ahora dicen que existe otro camino. La Arca de Noé bastó para ser el único medio de salvación en el diluvio.
     Con la “ignorancia invencible” y con el “voto inconsciente” nadie puede afirmar, de modo absoluto, que un camino es seguro y no seguro.
     2. Antes afirmó que: “los efectos necesarios para la salvación pueden ser obtenidos donde exista el voto y el deseo” (3). Ahora afirma lo contrario: “En este estado no puede ser segura la salvación”. Antes, “sin los auxilios para la salvación, la salvación podía ser obtenida”; ahora, por causa de la carencia de estos auxilios para la salvación, el fin de la salvación “no puede ser seguro”. Por lo tanto afirma la duda universal sobre la existencia del camino de la salvación.
     Antes afirmó que “Dios quiere” la salvación fuera de la Iglesia y que “Dios acepta” el voto implícito e inconsciente. Ahora afirma que esto no es seguro. Por lo tanto, la palabra y voluntad divina no seria cosa cierta y segura; no seria “verdad absoluta”, sino opinión incierta y dudosa.

     Afirma el estado de incertidumbre universal sobre Dios, sobre la salvación eterna. Cosa de la falsa doctrina arbitraria de los agnósticos y ateos.
     3. Antes la salvación era posible sin los auxilios divinos. Ahora, porque existe carencia de los mismos auxilios divinos la salvación es cosa insegura. Antes el Naturalismo podía salvar. Ahora el Agnosticismo afirma que esto es incierto. Todo procede de la negación arbitraria de la verdad absoluta.
     La Iglesia rechaza el Agnosticismo (Pascendi), y el Naturalismo (Trento):
    “Si alguien dice que, por sus obras hechas con las fuerzas de la naturaleza humana, o por la doctrina de la Ley, sin la gracia divina, el hombre puede justificarse delante de Dios, sea anatema” (D.S. 1551).
     La Carta afirmó antes la salvación sin la gracia; y ahora afirma la incertidumbre de esta sentencia. Existiría salvación sin Cristo, el único nombre que la Revelación divina enseña está la salvación (At 2, 38). Es la “iglesia de la humanidad”, sin Dios, sin Cristo (Notre charge apostolique).
     4. Por lo tanto la Carta enseña la duplicidad de sentencias contradictorias; “puede” salvarse, sin los auxilios divinos; pero “no puede” ser seguro. Y tal inseguridad no procede de la inexistencia de los auxilios divinos; sino del uso ilícitos de los auxilios divinos por parte de quien está fuera de la Iglesia. Sólo dentro de la Iglesia “es lícito disfrutar” de los auxilios divinos. Dios tendría prohibido a los hombres que están fuera de la Iglesia “disfrutar” sus auxilios. Por lo tanto, los que se pierden, se pierden no por sus pecados, sino por culpa de Dios. Dios prohibió usar sus auxilios. Entonces quien se pierde no es porque no cooperó con la gracia; no porque cometió pecados; no porque despreció recibir el Bautismo y el pertenecer a la Iglesia; no porque no venció su ignorancia con la Ciencia de la salvación, la ciencia de Dios; no porque no fue obediente a Dios; no por culpa propia, sino por culpa de Dios.
     5. Dios quiere salvar a todos; quiere que todos vengan al conocimiento de la verdad (1 Tim. II, 4); Dios da la gracia a quien la pide (Tg. 1,5). Pero es necesario obedecer a Dios (Rom XIII, 1-2): “Quien quiera entrar a la vida eterna, observe los mandamientos” (Mt. XIX, 17). No basta una fe muerta, sin obras; es necesaria la “fe operante por la Caridad”. No basta una fe con libre-examen; es necesaria la sumisión al Magisterio de la Sede de Pedro (D.S. 3060). Es necesario observar el “deber de creer” (D.S. 3011) y el deber de obrar (D.S. 1569). Los mandamientos no son libres. La Fe sin las obras no salva, y las obras sin la Fe no salvan. (D.S. 1351). La unidad de la Iglesia se realiza en el “obsequio racional” de la Fe y en la Caridad que una en “comunión” a los miembros de la Iglesia entre si y en la subordinación a la Cabeza visible de la Iglesia, que rige a los miembros de la Iglesia en nombre de la Cabeza invisible.
     Esto no existe fuera de la Iglesia, sin ser miembro del Cuerpo Místico de Cristo.
     6. Por lo tanto, la Carta insinúa lo que el Concilio de Trento condenó:
     “Si alguien dice que la gracia divina es dada por Jesucristo solamente para que el hombre pueda vivir fácilmente  de modo justo y merecer la vida eterna como si él, con su libre arbitrio, sin la gracia, pudiese, con mayor dificultad conseguir una cosa y otra, sea anatema” (D.S. 1552).
     El Santo Oficio aquí predicó el Naturalismo, la salvación de los herejes y paganos fuera de la Iglesia; la salvación sin la gracia.
     7. La “inseguridad”, la “ignorancia” y la “inconsciencia” proceden del Agnosticismo, del Anti-intelectualismo. La ignorancia viene del “intelecto obscurecido” (Ef. 4IV, 18-19), de los que “no aman la verdad, pero consienten con la iniquidad” (2 Tess. II, 1-11). “La malicia ciega” (Sab. II, 21); la persona: “no quiere entender para obrar bien” (SI. 35, 4) y, por esto, “no recibe la luz divina” (Jo X, 11).

9.- Siguiendo a Dios y a Lucifer
     “Pio XII reprueba por sus palabras a todos los que excluyen de la salvación eterna aquellos que, sólo por voto implícito, se adhieren a la Iglesia y a los que afirman que los hombres pueden ser salvos, de modo igual, en toda religión”.
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     1. Existen en estas palabras dos reprobaciones y, por consecuencia, también dos aprobaciones a dos doctrinas contrarias: una verdadera y una falsa; una según el Magisterio de la Iglesia y otra contra el Magisterio de la Iglesia.
     Al mismo tiempo se aprueba y se reprueba la verdad y el error.
     No se distingue entre el aprobar y el reprobar: no se distingue entre la verdad y el error. La verdad no depende del arbitrio humano, sino de la conformidad de la mente humana con el objeto conocido. Esto es cosa natural y común en el conocimiento humano.
     2. Un papa católico no puede reprobar una verdad de fe católica, la del obsequio racional de la fe y pretender la salvación humana por “voto inconsciente”
     3. Quien reprueba la salvación por cualquier religión, no puede afirmar la salvación fuera de la Iglesia por voto implícito e inconsciente.
     Nadie puede servir a dos Señores opuestos; a la verdad y a los errores libres; a Dios y a los ídolos: a la voluntad de Dios y a la voluntad de los hombres: “Quien no está con Cristo, está contra Cristo” (Lc. IX, 39). “Nadie se salvó fuera de la Arca de Noé” (D.S. 870). “No existe otro nombre para la salvación”.
     La voluntad propia individual y libre no es la verdad divina, universal.
     El apetito volitivo no es el conocimiento racional de un objeto al cual se adhiere de modo libre.
     Quien afirma que “sólo la voluntad” lleva a la salvación afirma que toda voluntad libremente querida lleva igualmente a la salvación.
     No podemos amar igualmente la verdad y al error, a la luz y a las tinieblas, al Criador y a la criatura, a Cristo y a Lucifer, al conocimiento objetivo y al meramente subjetivo; a la verdad única y a la pluralidad de opiniones; a la verdad universal y a la opinión individual, “de cada uno”.
     El Vaticano II siguió esta perversión.

CONCLUSIÓN
     1. La Carta deja de lado el dogma de las verdades divinas y predica una práctica bajo el imperio de la voluntad humana.
     Aparta la Lógica racional de las verdades absolutas, del orden natural y de la Revelación divina, de Cristo-Dios que dice: “Yo soy la verdad”.
     Por lo tanto, excluye al único Dios verdadero: es atea.
     Es agnóstica: excluye la verdad absoluta; coloca la opinión incierta, relativa al arbitrio de cada uno. Todo queda al arbitrio: pertenecer a la Iglesia; someterse al Vicario de Cristo; pertenecer a la “Iglesia de los malos”; ser subversivo; ser anti-Cristo; anti-intelectualista; anti-conclavista; anti-sacramentalista; anti-dogmático; antí-autoritario; anti-imperialista; anti-teísta; esto es, ser ateo.
     2. Así la verdad será igual a los errores por el arbitrio de cada uno; la fe igual a la herejía. Dos cosas contradictorias, por el arbitrio, serán iguales, no se excluirán. No se distinguirá, por el arbitrio, entre fiel e infiel; entre Dios verdadero y dioses falsos, entre Cristo y Lucifer; entre el bien y el mal; entre lo racional y lo irracional; entre lo arbitrario y lo necesario; entre lo consciente y lo inconsciente. La voluntad propia es la suprema ley. Lo que “Dios quiere” será igual a lo que “Dios no quiere”: o que El aprueba, igual lo que reprueba; la voluntad de Dios será igual a la del hombre; el orden natural será igual al sobrenatural.
     Serán iguales el Realismo y el Agnosticismo; el Dogma y el Liberalismo; el Teísmo y el Ateísmo.
     3. Por lo tanto, todo poder vendrá del hombre y no de Dios; de la voluntad propia individual y no de la voluntad divina universal.
     4. Así, cada uno puede libremente seguir a dos Señores opuestos: a Cristo y al anti-Cristo; a Dios y a Lucifer. Ya no existirá verdad única, Dios único, criterio único de verdad, camino único de salvación. Cada uno tendrá el suyo; existirán multitud de dioses, de religiones, de caminos de salvación. Así pueden libremente mudar la verdad en error y los errores en verdades; el bien en mal y los males en bien.
     Por lo tanto, el Padre de la mentira podrá ser el Dios de la verdad y el Dios de la verdad podrá ser el del error.
     La libertad de acción ya no será limitada por la verdad; cada uno podrá seguir los errores. Ahora el “dios Janus”, con dos “verdades opuestas” ocupará el lugar de Cristo. La Monarquía de Dios será cambiada por la Democracia atea. En lugar de la separación entre fieles e infieles (2 Cor VI, 14-18), deberá existir “unión” de todas las religiones.
     5. Por lo tanto, lo diferente de la verdad ahora será indiferente; será igual a la verdad. Será indiferente la verdad divina y los errores humanos; voluntad de Dios o arbitrio de los hombres; pertenecer a la Iglesia de Cristo o a las iglesias de los ídolos y herejes.
     Así el que alguien es será igual a lo que no es; y lo que existe será igual a lo que no existe.
     La verdad absoluta será rechazada como absolutismo, imperialismo, dictadura. Lo inmoral será igual a lo moral; el pecado será igual a la virtud. Ya no se debe de impedir el mal, ni castigar a los malos. Todo depende de la libertad de “consciencia” individual, agnóstica, sin Dios, unida a su libre arbitrio.
     6. En esta doctrina la negación de la verdad absoluta es el centro de todo. Y, por ella, la negación del único Dios verdadero. Por lo tanto la Carta es atea.
     En ella se supone que el mal existe de modo igual que el bien; que el error existe de modo igual a la verdad y que no es mera privación del bien y y perfección de la verdad.
     Quien debe amar la verdad, amar a Dios, hacen el bien, si no ama y no hace lo que debe hacer, se priva de la perfección que debería tener y que de hecho no tiene por su culpa. Dios quiere salvar a todos; quiere que todos conozcan la verdad; da la gracia necesaria para esto y espera que los hombres cooperen con ella. Pero los que “no aman la verdad” caerán en la “operación del error” (2 Cor. VI, 14-18).
     La forma perfecta de la verdad y del bien debería existir en el hombre. Con la gracia divina es capaz de eso: “Sed perfectos...” pero el sujeto no es perfecto y es privado de la perfección por no cooperar con la gracia; por querer su voluntad y juicio propio, por no querer lo que debería querer. Todos los que se condenan se condenan por su culpa; no por no hacer lo que deberían hacer.
     En los Cielos y en el Infierno existen ángeles y hombres; pero unos con la voluntad y juicio ligados a la verdad y al bien y otros con la voluntad y juicios ligados a los errores y males.
     Y el Vaticano II predica este juicio y voluntad propia libre en la religión.
     El Apocalipsis dice que serán condenados los que “sirven a los ídolos y que aman y practican la mentira” (Ap. XXII, 15). “Todos los mentirosos irán al lago ardiente del fuego” (Ap. XXI, 8).
     7. Por lo tanto la Carta se aparta de la verdad absoluta, de la razón y de la Fe; se aparta del Dios verdadero, único y coloca al hombre en su lugar.
     Es atea.
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     P.S.— Sometemos nuestros juicios a la autoridad canónica de un papa fiel canónicamente entrante.
COETUS FIDELIUM N° 10
Marzo 2014
Traducción
R.P. Manuel Martinez Hernandez