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viernes, 8 de marzo de 2013

LO QUE PIERDE UN CATOLICO QUE SE HACE PROTESTANTE

Pierde desde luego los SACRAMENTOS.
     Empecemos por llamar la atención hacia la pérdida más concreta, la más clara, la más fácil de entender, pues basta con tener buena intención y un mínimo conocimiento del cristianismo y de la Biblia, para darse cuenta de cuán grande es lo que pierde un católicó al hacerse protestante y perder LOS SACRAMENTOS ¡los Sacramentos, el ORO de la Religión de Cristo! esos 7 Auxilios Sagrados que el nos dejo para darnos su Santidad, y pudiéramos llevar a la práctica su Santa Doctrina, para que pudiéramos ser buenos no tan sólo con una bondad natural, sino sobrenatural, para que pudiéramos ser no solamente buenos, sino Santos.
     Bien podemos decir que es por no haber entendido lo que son los Sacramentos, su excelencia, la gran necesidad que de ellos tenemos para poder seguir la Moral de Cristo, que hay católicos que de buena fe se hacen protestantes.
     Ellos saben que Nuestro Señor Jesucristo dijo: "Sin Mí, nada podéis hacer" (Juan XV, 5) y que con su ayuda todo lo podemos "todo lo puedo en Aquél que me conforta" (Fil. IV, 13) pero no saben, no se han dado cuenta de que con los Sacramentos el medio de que se valió Nuestro Señor para confortarnos, para que estemos con El, para ayudarnos a ser buenos.

Qué nos dan los Sacramentos.
     Los Sacramentos nos dan la Santidad de Cristo, ellos conservan e incrementan en el Cristiano la gracia, ese Don Divino del que N. S. Jesucristo nos dijo: "es como un manantial de agua viva que mana sin cesar de dentro de quien la posee hasta la Vida Eterna" (Juan IV, 14) y cuya excelencia desconocen los católicos que abandonan su Religión.

Por qué son 7 los Sacramentos.
     Nuestro Señor Jesucristo para auxiliar nuestra alma, instituyó 7 Sacramentos porque nuestra alma, como nuestro cuerpo, tiene 7 diferentes necesidades, a saber: nacer, crecer, alimentarse, medicinas, la vida de familia, autoridades que lo gobiernen y auxilios especiales a la hora de la muerte.
     Y nuestra alma:
1° por el Bautismo nace a la Vida Cristiana, a la Vida de la Gracia (Mat. XXVIII, 19);
2° La Confirmación la fortalece en ella (Hech. VIII, 14-17):
3° La Eucaristía la alimenta (Juan VI, 34-72; Mat. XXVI, 26):
4° La Confesión la sana en caso de enfermedad (Juan XX, 23);
5° El Matrimonio la santifica en la familia (Ef. V, 32):
6° El Orden le proporciona el gobierno espiritual que le es necesario (Juan XXI, 22: Hech. XIV, 22: II Tim. I, 6): y
7° La Extremaunción le proporciona todos los auxilios que necesita en caso de muerte (Sant. V, 14-15).

     Es falso que la Iglesia haya inventado los Sacramentos.
     Los pastores protestantes niegan los Sacramentos porque no tienen el Poder Divino necesario para administrarlos.
     Ellos afirman que han sido "inventados" por la Iglesia Católica, pero ésto es falso, pues todos ellos fueron instituidos por N. S. Jesucristo, como consta en la propia Biblia protestante.
     Cierto es que en la Biblia no consta cuando fueron instituidos 3 de ellos, pero esto no es de extrañar, ya que los Evangelios no son una exposición completa de la Religión de Nuestro Señor Jesucristo, ni su biografía completa, pues hay muchas cosas que El hizo, que no están en la Biblia, como nos los dice San Juan con estas palabras: "Muchas otras cosas hay que hizo Jesús que si se escribiera una por una me parece que no cabrían en el mundo los libros que se habrían de escribir" (Juan XXI, 25).

Pruebas de que los 7 Sacramentos fueron instituidos
por N. S. Jesucristo.
     Nos prueba que los 7 Sacramentos fueron instituidos por N. S. Jesucristo, que todos ellos estaban ya en uso en la Iglesia Apostólica, como lo testifica la misma Biblia.
     En efecto, EL BAUTISMO fue instituido por N. S. Jesucristo cuando después de su Resurrección y antes de ascender a los Cielos, ordenó a sus Apóstoles la forma como debía administrarse diciéndoles: "adoctrinad a los gentiles bautizándolos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mat. XXVIII, 19).
     EL SACRAMENTO DE LA SAGRADA EUCARISTIA fue instituido por N. S. Jesucristo en la Ultima Cena que celebro con sus Apóstoles, la víspera de su Pasión, tomando el pan en sus manos y diciendo: "Tomad y comed ésto es mi cuerpo" y dándoles a beber el Cáliz diciendo: "Bebed todos de él porque ésto es mi sangre del nuevo pacto, la cual es derramada por muchos para remisión de los Pecados" (Mat. XXVI, 26-28). Biblia Católica: "Porque ésta es mi sangre, que será el sello del Nuevo Testamento, la cual será derramada por muchos para remisión de los pecados".
     Instituyó el SACRAMENTO DEL ORDEN cuando ya para ascender a los Cielos dijo a sus Apóstoles: "COMO MI PADRE ME ENVIO, ASI TAMBIEN YO OS ENVIO" y dirigiendo el aliento hacia ellos les dijo: "Recibid el Espíritu Santo, quedan PERDONADOS LOS PECADOS A QUIENES LOS PERDONAREIS; y quedan retenidos a quienes los retuviéreis" (Juan XX, 21-23).
     Y fué también entonces cuando N. S. Jesucristo instituyó el SACRAMENTO DE LA CONFESION, dando a sus Apostoles el poder de perdonar los pecados.
     Los protestantes han cambiado en algunas de sus Biblias, en este pasaje la palabra perdonar por remitir, para hacer creer a las personas ignorantes que no saben que ambas palabras significan lo mismo, que entienden por remitir tan solo enviar una cosa de un lugar a otro, que Nuestro Señor no dió a sus Apóstoles el poder de perdonar los pecados, sino simplemente el de remitirlos al Cielo, para que fuera Dios el que los perdonara o no.
     Y como prueba de ello dicen que el hombre no puede perdonar los pecados, que solo Dios puede perdonarlos. Y eso mismo decían los fariseos, y Nuestro Señor, para confundirlos, hizo el milagro de curar a un paralítico (Luc. V, 21-25) probando que era Dios y que como Dios tenía el poder de perdonar los pecados, así comp el de conferir este poder a otros hombres y tal lo confirió a sus Apóstoles y de ellos lo heredan sus únicos Sucesores legítimos, los Sacerdotes católicos, que adquieren este poder al recibir el Sacramento del Orden.
     No consta en la Biblia, cuándo fueron instituidos los 3 Sacramentos de la Confirmación, el Matrimonio, y la Extremaunción, lo que como ya dijimos, nada tiene de extraño; pero sí consta en ella que ya estaban en uso en la Iglesia Apostólica.
     En efecto: leemos en la Biblia sobre la CONFIRMACION, que tanto San Pedro como San Juan y San Pablo, conferían este Sacramento en Jerusalén, en Samaría, en Efeso, etc. Leemos asi en Hechos VIII, 15, que San Pedro y San Juan, llegados a Samaría, "oraron por ellos (por los Samaritanos) para que recibiesen el Espíritu Santo" "Porque aún no habia descendido sobre ninguno de ellos, mas solamente eran bautizados en el Nombre de Jesús. Entonces les IMPUSIERON LAS MANOS Y RECIBIERON EL ESPIRITU SANTO", (Hech. VIII, 15-17; ver también Hech. XIX, 6 y II Cor. I, 21).
     Y tan el MATRIMONIO era considerado como Sacramento en la Iglesia Apostólica que leemos en Ef. V, 32, que respecto de él San Pablo dice: "Sacramento es este grande, mas yo hablo con respecto a Cristo y a la Iglesia".
     Este misterio del matrimonio no es grande en las uniones humanas, que obedecen a la ley dada por Dios al principio e impresa en el ser humano como en todos los vivientes; pero si lo es en Cristo y en la Iglesia. En el Nuevo Testamento, el matrimonio de Cristo con la Iglesia es el misterio declarado en el matrimonio cristiano, que por esto queda santificado y elevado a la dignidad de Sacramento.
     Y prueba que el Sacramento de la EXTREMAUNCION| estaba ya en uso en la Iglesia Apostólica, que leemos en la Biblia "¿Está alguno enfermo entre vosotros? llame a los ancianos de la Iglesia (los presbíteros) y oren por él, ungiéndole con aceite en el Nombre del Señor. Y la oración de Fe, salvará al enfermo y el Señor lo aliviará y si estuviese en pecados, le serán perdonados". (Sant. V, 14-15).
     
Males que origina no tener los Sacramentos
     Los católicos que se han hecho protestantes, no se han dado cuenta de la pérdida tan grande que para ellos ha significado no tener Sacramentos.
     Es por no tenerlos, que NO ENTIENDEN LA SANTIDAD que en vez de trabajar para alcanzarla, distraen su atención de lo que a este fin tiene verdadera importancia, con puerilidades, con pequeñeces que no tienen ninguna, a semejanza de los fariseos cuya conducta a este respecto reprobó N. S. Jesucristo diciéndoles: "Vosotros coláis el mosquito, mas tragáis el camello" (Mat. XXIII, 34).
     Es asi como ellos no dan importancia a guardar la castidad, la que encuentran imposible y que aceptan el control de la natalidad y el divorcio y que no entienden de restituir lo robado, ni de hacer Buenas Obras, pues el protestantismo ha caído en el absurdo, sobre todos los absurdos, de predicar la inutilidad de las Buenas Obras para la salvación.
     Y en cambio dan máxima importancia a minucias que no tienen ninguna, como a hacer oración gritando y chillando como hacen los interdominacionales, o a no fumar, ni beber vino, lo que no ha dé ser tan malo, cuando Nuestro Señor Jesucristo cambió el agua en vino en las Bodas de Caná y lo dió a beber a sus Apóstoles en la Ultima Cena.

Condenar las imágenes es una puerilidad.
     Y otra puerilidad a la que dan máxima importancia, es a no tener imágenes, pretendiendo que el Decálogo de Moisés (Ex. XX) las prohibe en su segundo mandamiento, cuando dicho Decálogo no indica donde termina un mandamiento y donde comienza el siguiente, de modo que los protestantes los han dividido como han querido, haciendo contra toda razón, de sus versículos 3 a 5 su segundo mandamiento, pues estos versículos son tan sólo una explicación, una ampliación del versículo 2, del mismo modo que los versículos 9 a 11 son una explicación, una ampliación del versículo 8.
     Y para condenar las imágenes caen en mil errores como no querer distinguir las circunstancias en que se encontraba el pueblo israelita, cuando 1500 años antes de Cristo, prohibió Moisés los ídolos, y aquellas en las que se encontraba en tiempo de Jesucristo, y en las que nos encontramos en la actualidad; como no querer distinguir entre lo que es adorar y lo que no venerar; ni entre un ídolo, como un becerro de oro y la Imagen de Nuestro Señor Jesucristo.
     Llega la ceguedad de los protestantes a este respecto, al grado de que cierto pastor de la secta protestante "Israelita" dijo a quien esto escribe que no veia la diferencia entre la imagen del Sagtado Corazón de Jesús y un becerro de oro.
     Nada más absurdo y anti-natural, que ese odio que tienen los protestantes a las imágenes. Moisés en el Decálogo pone en labios del Padre Eterno estas palabras explicando la razón de su prohibición de tener ídolos: "porque Yo soy Jehová tu Dios fuerte, celoso..."
     Es de razón que Dios se sienta celoso no solamente de que se adore, sino de que se venere a un ídolo, como un becerro de oro, del mismo modo que, valga la comparación, es de razón que una esposa se sintiera celosa de que su marido pusiera en la sala de su casa el retrato de su amante, pero ¡cómo pensar pudiera sentirse celosa de que su marido pusiera en su sala al retrato de ella o de alguno de sus hijos! Pues del mismo modo ¡cómo podría Nuestro Señor sentirse celoso de que veneremos su imagen o la de su Santísima Madre o la de quienes "hicieron la voluntad de su Padre que está en los Cielos" (Mat. XII, 50) que es precisamente lo que hicieron aquellos cristianos de vida ejemplar que la Santa Iglesia eleva a la dignidad de sus altares! 

Los Sacramentos de la Concesión y de la Eucaristía.
     Es por no contar con el auxilio que proporcionan los Sacramentos de la Confesión y de la Sagrada Eucaristía, que piensan los protestantes que la castidad es imposible, que no es posible que la guarden ni siquiera los ministros del Señor, los que por eso deben casarse, error que quieren fundar en esta cita: "conviene pues que el Obispo sea irreprensible, marido de UNA SOLA mujer..." (la. Tim. III 2). la que al efecto mal interpretan pretendiendo que ella ordena que sean casados los Ministros de Dios, cuando su finalidad es apartar del Sacerdocio a los que tenían varias mujeres, a los divorciados y a los viudos vueltos a casar y no ponen su atención en tantas palabras y tantas frases con que San Pablo recomienda el celibato a los Sacerdotes como éstas: "el soltero tiene cuidado de las cosas que son del Señor; como ha de agradar al Señor; empero el que se casó tiene cuidado de las cosas del mundo; como ha de agradar a su mujer' (la. Cor. VIL 32-33). ver también I. Cor. VII, 1, 7. 27. Mat. XIX 12.

 El Sacramento del ORDEN. 
     Es por no tener el Sacramento del Orden que los protestantes no tienen verdaderos Ministros de Dios pues sus pastores no heredan de los Apóstoles el poder que confiere dicho Sacramento. No tienen así Sacerdotes que ofrezcan a Dios el Sacrificio del Calvario, como lo ofreció N. S. Jesucristo a su Padre en la Ultima Cena y no obedecen el mandato de Cristo: "HACED ESTO EN MEMORIA MIA" como lo obedecen los Sacerdotes católicos al celebrar la Santa Misa en la que, como Nuestro Señor Jesucristo lo hizo en la Ultima Cena:
—ofrecen al Eterno Padre el pan y el vino, 
—lo cambian en el Cuerpo y Sangre de N. S. Jesucristo, 
—y lo dan a comer a los fieles.

     Y es por no tener este Sacramento, que en vez de rendir al Eterno Padre el culto SOBRENATURAL de adoración que únicamente se rinde a Dios ofreciéndole sacrificios, que Nuestro Señor Jesucristo se lo rindió en la Ultima Cena, ofreciéndole su propio Sacrificio y que la Iglesia se lo ofrece en la Santa Misa, que los protestantes no tienen culto de adoración, sino solamente de veneración, un culto puramente NATURAL, pues natural es rendir culto a Dios haciendo oración, cantándola himnos y leyendo y comentando libros sagrados, como lo hacían los judíos en sus sinagogas en tiempo de N. S. Jesucristo y como lo siguen haciendo y como lo hacen los mahometanos, y los budistas y todas las religiones falsas y como lo hacen los protestantes.
     El culto real de adoración es el sacrificio. Dios mismo lo instituyó como se lee en el Levítico y en la Revelación primitiva a los Patriarcas, substituido en la Nueva Ley por el Sacrificio de la Misa.
    El Sacrificio es así esencial en toda Religión y los protestantes, al no tener sacrificio alguno, no tienen en verdad Religión. 

La protección de los Santos
     Y han perdido los católicos que se han hecho protestantes, la protección de los Santos, esos amigos íntimos de Dios a los que en la misma Biblia vemos conviene recurramos para alcanzar favores de El.
     Vemos así por ejemplo, en Génesis XLVIII, 15-16 que Jacob al bendecir a los hijos de José invoca a Dios y a los Angeles, pues les dice: "El Dios que me sostiene desde mi juventud hasta el día de hoy, el Angel que me ha librado de todos los males, bendiga a estos mozos, etc."
     Vemos en Job V, 1 que Elifas el Temanita. aconseja a Job que recurra a la intercesión de los Santos con estas palabras: "Llama pues si es que hay quien te responda y vuelve tu vista a alguno de los Santos". (Ver también Job XLII, 8).
     Y han perdido el auxilio poderosísimo de la mayor de todos los Santos, de la Virgen Santísima, cuyo poder es tan grande, que bastó una simple indicación suya para que Nuestro Señor hiciera su primer milagro cambiando el agua en vino, a pesar de que no era aún la hora oportuna de hacerlo (Juan II), y a la que Nuestro Señor expirando en la Cruz, nos dejó por Madre (Juan XIX, 26-27) y de la que han renegado los católicos que se han hecho protestantes.

Para concluir
     Y expuesto brevemente lo anterior, cabe preguntar: ¿en cambio de haber perdido tanto, tantísimo, qué es lo que ha ganado un católico que se hace protestante?!.. Cuando se pregunta esto a uno de ellos, suele contestar: —conocer mejor la Biblia —no tener que confesarme, —ser libre.
     Es falso desde luego que los protestantes conozcan bien la Biblia, pues conocen de ella solamente aquellos versículos en que pretenden fundar sus erorres. —Y es tan torpe encontrar ventaja en no tener que confesarse como lo sería encontrarla en no tener que cambiarse de limpio, ni lavarse, ni bañarse.
     Y en cuanto a ser libres ¡cuán lejos están de serlo! ¡a cuantas cosas los invita y compromete su pastor! ¡y ay de quien no vaya al templo el domingo! y estando en él, tienen que cantar los himnos que el pastor quiera y estar sentados o parados como él quiera y en vez de media horita como dura una Misa, tiene que estar qué se yo cuanto tiempo en el templo. Y con cuántos pretextos les sacan los centavos al mismo tiempo que hablan contra los "curas" que "para todo piden dinero".
     Los católicos que se han hecho protestantes no son libre ni a la hora de la muerte pues si en ese momento supremo, solemne, en que los sofismas pierden su fuerza, en que las ilusiones se disipan y la conciencia reivindica sus derechos y en la que tantos protestantes han reconocido sus yerros, pide el protestante un Sacerdote católico para reconciliarse con Dios, sus "hermanos" no lo dejarán libre para que se confiese y lo dejarán libre, sí, muy libre, pero libre para ir al infierno.
Pedro Sembrador
E.V.C. 
Febrero 1958 

lunes, 21 de junio de 2010

Abusos en materia de Religión

En virtud de la constitución moral del hombre, se le ve abusar frecuentemente de la religión como abusa de las leyes, de las costumbres, del lenguaje, de la amistad, del cariño, de los talentos, de las artes, etc. De nada abusaría si estuviera sin pasiones, y si la recta razón siempre fuese la regla de su conducta; mas esta perfección está fuera del alcance de sus fuerzas. Las prácticas del culto primitivo eran puras y sencillas, el hombre hecho politeísta, se sirvió de ellas para honrar a las divinidades imaginarias que se había forjado; esto fue un abuso y una profanación. Estas prácticas estaban destinadas para excitar en él sentimientos interiores de respeto, de sumisión, reconocimiento, penitencia y confianza para con Dios. Se persuadía que bastaban solamente estos signos, que podían ser piadosos, agradar a Dios y merecer sus gracias, sin ser acompañados de los sentimientos del corazón. Dios no había prohibido emplear en su culto los signos de alegría, el cántico, las comidas de fraternidad; el hombre voluptuoso abusó de todo para satisfacer su sensualidad.
Las señales de arrepentimiento son útiles para humillarnos y corregirnos, y sin embargo hay almas tan escrupulosas que pueden llevarlas hasta el exceso y hacerlas dañosas. La religión esta destinada a reprimir el orgullo, el interés, la ambición, la envidia, el odio, y también se encuentran frecuentemente hombres dominados por estas imperiosas pasiones que se han persuadido que obraban por motivo de religión, etc. ; ved aquí la causa de tantos y enormes abusos. Si queremos buscar la primera raíz de todos los abusos, la hallaremos siempre en las pasiones humanas; sin ellas no hubiera podido obrar la estúpida ignorancia, mas las pasiones tumultuosas sugirieron falsos raciocinios y una falsa ciencia, cosas mucho más terribles que la ignorancia.
Así la codicia por los bienes de este mundo y el temor de perderlos hicieron criar una multitud de dioses o genios encargados de distribuirlos, así como también el culto insensato que se les ha dado; la vanidad de los impostores les sugirió inventar las fábulas y las prácticas que pretendían se tuviesen por maravillosas para engañar a los hombres; el amor impúdico, el odio, la envidia, la venganza invocaron a los potestades infernales; la curiosidad desenfrenada quiso penetrar en el porvenir, y forjó el arte de la adivinación; también fue halagada la molicie con la práctica de un culto puramente externo, etc. ¿Qué remedio nos ha dado la filosofía?... Ninguno.
Lejos de atacar de frente todos esos abusos, los confirman con su aprobación, y los sostiene por medios de sus sofismas, haciéndolos de este modo mas incurables. La luz del cristianismo hizo desaparecer un número muy considerable de estos abusos; mas no pudo sofocar todas las pasiones que estaban dispuestas a reproducirlos. Muchas sectas de herejes se obstinaron en conservar una parte de ellos, y los eclécticos del IV siglo emplearon todos sus esfuerzos para acreditar todas las supersticiones del paganismo. En el V siglo, los bárbaros del Norte nos trajeron los abusos que habían nacido en sus montes, y los consagraron muchas veces con sus leyes. La Iglesia no cesó de expedir decretos, y pronunciar anatemas para extirparlos; pero ¿qué podían alcanzar contra unos bárbaros las instrucciones, las leyes, las amenazas y la censura? Mas al presente por el contrario, acusan a la misma Iglesia algunos falaces racionalistas, de haber fomentado las supersticiones, en el mero hecho de darles demasiada importancia. Nos debemos valer, dicen ellos, de la física, y la historia natural, para instruir a los pueblos, y esta revolución estaba reservada a el siglo XIX y al siglo XX, que es el de la filosofía; se reservó la ciencia cibernética para finales del siglo XX y siglo XXI. No son libros de instrucción los que nuestros educadores esparcen entre el pueblo, sino los del ateísmo y de la incredulidad.
Nosotros sabemos por una larga experiencia, que la incredulidad no nos cura ni de las pasiones ni de la superstición que es su efecto, y que se puede muy bien creer en la magia sin creer en Dios. Si el pueblo, una vez roto el yugo de la religión, pudiese dar libre curso a sus vicios, ¿sería la filosofía, la cibernética, capaz de contenerle?
En cualquier tiempo toda pasión puede abusar de la religión:
Así se ha abusado por orgullo, cuando se ensalzan las gracias de Dios, y se manifiesta cierto odio o desprecio a aquellos a quienes el Señor no ha hecho los mismos favores, y este era un defecto de los judíos.
Se abusa por ambición, cuando bajo el pretexto de celo, se cree suficiente para desempeñar todos los empleos y alcanzar todas las dignidades de la Iglesia (v.g. llegar a ser obispo).
Se abusa por avaricia cuando se trafica con las cosas santas, cuando se emplean las imposturas y los fraudes piadosos para arrancar las limosnas de los fieles.
Se abusa por envidia o celo, cuando no se hace justicia a los talentos, a las virtudes, a los trabajos, y a los felices resultados de un operario evangélico.
Se abusa por violencia de carácter, cuando se quisiera hacer caer fuego del cielo sobre los samaritanos, o exterminar a los incrédulos.
Se abusa por pereza, cuando por una falsa humildad se rehusa trabajar para la salvación de las almas, etc.
Más ¿no son estas mismas pasiones la que hacen nacer la incredulidad? Se la abraza con orgullo, porque esta incredulidad da un realce de espíritu fuerte a los ojos de los ignorantes, por lo cual se precian de pensar mejor que los demás hombres; por ambición y codicia cuando se la considera como un medio de agradar a los superiores, de acreditarse y alcanzar los honores universitarios y las recompensas destinadas a los talentos; por la lascivia, como medio de seducir a las mujeres y librarlas del yugo de la religión; por envidia contra el clero a causa del crédito y consideración de que goza; por ira, cuando se declama y se dirigen invectivas contra él, etc.
Mientras existan los hombres habrá vicios; y no es capaz la incredulidad de sanar las imperfecciones de la humanidad.
Solo la práctica de la virtud, que nos enseña la Iglesia, es lo que solucionaría este problema, este abuso en materia de religión; sobre todo la práctica de la humildad.

sábado, 19 de junio de 2010

¿LOS JUDIOS SON DEICIDAS?

Calcando las huellas de las sencillas palabras de Jesucristo, que ya de entrada en su predicación lanza al rostro de los judíos el reto claro y terminante de estas comprometedoras palabras: "¿Por ventura no os dio Moisés la Ley, y sin embargo ninguno de vosotros la guarda? ¿Por qué me queréis matar?". (Juan VII, 19-20).
"A mi, hombre que os he dicho la verdad que oyó de Dios; eso Abraham no hizo". (Juan VIII, 40)
"Por esto los judíos, prosigue San Juan, buscaban con mayor ahinco matarle, porque no solo quebrantaba el sábado, sino que decía a Dios su Padre, HACIÉNDOSE IGUAL A DIOS". (Juan V, 18)
Y en el capítulo 8 ya citado: "Sé que sois linaje de Abraham, pero buscáis matarme, porque mi palabra no ha sido acogida por vosotros". (Juan VIII, 37)
Finalmente, cuando el drama ya llegaba a su fin, dice el sagrado Evangelio: "Y desde aquel día resolvieron matarle". (Juan XI, 53)
Por tanto, de las palabras de Cristo se desprende que, aunque los judíos no pudieran matar LO PRINCIPAL EN CRISTO, lo más íntimo y constitutivo de su ser, que es su PERSONA, el se refería a ello cuando les echaba en cara que lo querían matar, por más que supiera, que aunque los judíos no lo podían hacer, eso era LO QUE QUERÍAN HACER.
Cuando se mata, se mata sólo el cuerpo, no el alma, pero solo esta recibe la injuria de privarla de la vida que tenía en el cuerpo con quien vivía unida. De manera que así como el alma, aunque siga viviendo en sí, ya no vive y ha muerto a la vida que en el cuerpo y con el cuerpo tenía; así, tratándose de Cristo, aunque los judíos sólo matasen su cuerpo, siendo como era ese cuerpo apropiado por el Verbo de Dios y unido substancialmente a El, y viviendo como vivía en él y con él, el Verbo de Dios o Dios mismo, le quitaron a Dios esa vida que vivía en y con el cuerpo de Cristo. Ahora bien. Quitar la vida a otro, es matarlo.
Luego, si los judíos quitaron la vida al cuerpo de Cristo en que vivía Dios, mataron a Dios en el sentido explicado y, por consiguiente, los judíos son en el riguroso sentido de la palabra, verdaderos deicidas.
Hemos sacado esta conclusión considerando las palabras de Cristo, pero también podríamos llegar a lo mismo considerando las palabras de los judíos.
En efecto, no eran estos tan ignorantes que no supieran que siendo Dios inmortal por esencia no podían matarle, de haber reconocido como Dios a Cristo.
Ni ignoraban que, matar a Cristo, querían lo mismo que al querer matar a Lázaro, hacer desaparecer su vida y con ella su persona. Se dirá tal vez que ahí esta precisamente la excusa de los judíos, en que ignoraban que la persona de Cristo era divina: Que no sabían que era Dios. Es cierto, pero también en esa ignorancia está su culpabilidad.
Por de pronto ya hemos probado que, considerada la cosa objetivamente, los judíos mataron a Dios, en el sentido que Dios encarnado podía ser muerto y que es el mismo en que podía nacer o empezar a vivir.
Considerada la cosa subjetivamente, se dicen que no fueron culpables de deicidio, porque no sabían que Jesucristo era Dios.
Más ¿por qué no lo sabían? ¿Por ignorancia inculpable o culpable? Aquí esta la fuerza de toda la cuestión.
Veámoslo acudiendo a las palabras de Jesucristo, que son de más autoridad que todas.
"Si yo no hubiera venido y les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa de su pecado".
Luego como la ignorancia es una excusa de pecado, los judíos no tenían ignorancia. Luego sabían lo que hacían y, por tanto, mataron a Cristo conscientes de que era Dios.
La razón es porque el pecado supone conocimiento, y en este caso conocimiento voluntariamente rechazado, porque en faltando cualquiera de las dos cosas, no hay pecado. Y ese conocimiento, cuyo rechazo voluntario implicaba pecado en aquellos a quienes Cristo se dirigía, no era el de Cristo como hombre, porque eso ellos demasiado lo sabían y reconocían que lo era: "Respondieron los judíos: por ninguna buena obra te apedreamos, sino por la blasfemia, porque tú, siendo hombre (sólo), te haces Dios".
Y que esto de que los judíos tenían conocimiento de que Jesucristo era Dios, se prueba con argumento irrebatible por las mismas palabras de los judíos. Veámoslo.
San Lucas nos narra en el Cap. V, 21:
Mas los escribas y fariseos (al oír las palabras de Cristo) empezaron a pensar en su interior: ¡este hombre blasfema! Pues ¿quién puede perdonar pecados sino solo Dios? Pero viendo Jesús sus pensamientos y respondiendo, les dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué cosa es más fácil: decir perdonados te son tus pecados, o decir levántate y anda? Pues para que veáis (fin apologético) que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados, dice al paralítico: a tí te digo, levantándose a vista de todos ellos, echó su lecho al hombro y partió para su casa glorificando a Dios (Lc. V, 21-26; Mat. II, 7).
La protesta sorda de los escribas y fariseos no se exteriorizó en nada, fue exclusivamente interior, y tachaban a Jesucristo de blasfemo porque se hacía Dios, puesto que realmente, solo Dios puede perdonar pecados en nombre propio, o con potestad propia.
Efectivamente, Natán declara o notifica a David que Dios ya le ha perdonado la culpa (2º Reyes XII, 13), y en el Ant. Test. el perdón de los pecados se considera como una prerrogativa exclusivamente divina (Ex. XXXIX, 6 sgts.; Is. XLIII, 25; XLIV, 22, etc)
Por eso Jesucristo dirigiéndose a todos, pero principalmente a los escribas y fariseos, que eran los que más lo necesitaban porque eran los que menos creían, les pregunta para que caigan bien en la cuenta de que no blasfemaba sino que decía la verdad y, por tanto, que era verdaderamente Dios, por el hecho de perdonar realmente los pecados con su propio poder. Porque no pudiendo Dios confirmar la blasfemia con un milagro, al hacerlo para confirmar sus palabras, aprobaba Dios su verdad. No cabe otra alternativa.
Por eso Cristo apela a este argumento tan convincente y, confirmando la creencia ambiental entre los judíos, de que solo Dios puede perdonar los pecados, se les muestra obrando como verdadero Dios, porque los perdona con autoridad propia, ya que no dice como Natán a David: DIOS TE HA PERDONADO tus pecados, sino: YO TE PERDONO tus pecados.
Cristo, pues, no corrige el escandalo de los fariseos, antes al contrario, lo acepta y los confirma en su creencia de que solo Dios puede perdonar pecados; y diciendo y haciendo les dice: pues he aquí que yo los perdono. Luego soy Dios, según vosotros mismos lo creéis y afirmáis.
En conclusión: por una parte los judíos creen que solo Dios puede perdonar los pecados, y Cristo dice que él los perdona con potestad propia.
Luego, según Jesucristo, los judíos tenían o debían tener ya el conocimiento necesario y suficiente para reconocerle como Mesías enviado de Dios y, por tanto, como verdadero Dios, según las Escrituras, en las que decían ser maestros; de lo contrario no podrían tener la culpa que realmente tenían y que Jesucristo les echaba en cara. Porque nótese que Jesucristo jamás les habló para probarles que era hombre, pues eso hubiera sido enteramente inútil, ya que demasiado lo veían ellos; sino que siempre les habló para probarles que era el Mesías enviado de Dios y, como ya se ha dicho, que era el mismo Dios.
¿Cómo y por qué debían tener ese conocimiento cuya falta los hacia culpable ante Dios? Por sus obras, que fue la principal y más convincente manera como les habló Cristo para tratar de probarles su divinidad.
"Pero yo tengo un testimonio mayor que el de Juan", "porque las OBRAS que mi Padre me ordenó hacer (nótese el fin de esta ordenación de Dios), esas mismas obras que hago dan testimonio acerca de mí que el Padre me ha enviado"... (Juan V, 36)
"¿De aquel a quien el Padre santificó y envió al mundo decís vosotros: Blasfemas, porque dije: Soy hijo de Dios?" (Juan X, 36):
"Si yo no hago las obras de mi Padre, NO ME CREÁIS; más si las hago, ya que no me creéis a mí, CREED A MIS OBRAS, PARA QUE SEPÁIS Y ENTENDÁIS que mi Padre está en mí y yo en mi Padre". (Juan X, 37-38)
"El que me aborrece, aborrece también a mi Padre. Si yo no hubiera hecho entre ellos obras que ningún otro hizo, NO TENDRÍAN PECADO; pero ahora NO SOLO NO HAN VISTO, sino que me aborrecieron a mí y a mi Padre sin motivo", y por eso ahora no tienen excusa de su pecado. (Juan XV, 22-25)
"Habiendo obrado tan grandes milagros en presencia de ellos, no creían en Él". (Juan XII, 37).
Nótese el fondo que late en esas palabras de Cristo: "Pero ahora, no solo no han visto, sino que me aborrecieron a mí y a mí Padre sin motivo".
"Ahora". ¿Cuándo en ese "ahora"? Después de no haber visto tantos milagros como hizo en su presencia. ¿Y por qué no los vieron, o mejor, qué significa ese: no lo vieron? Porque con los ojos del cuerpo sí que los vieron con los ojos del alma. Más, ¿por qué no los vieron? Porque no quisieron verlos. Por eso tuvieron la culpa que les echaba en cara a Jesucristo y en la que al fin, así como voluntariamente cayeron en ella, así también en ella, así también en ella voluntariamente morirían y murieron (Juan VIII, 21, 24).
-Pero ¿por qué no quisieron verlos? Por el odio que le tenían, y por ese odio, no solo su ignorancia de la divinidad de Cristo era AFECTADA Y MAS CULPABLE, como diremos luego, sino que preferían envolver en su odio también al Padre (Juan XV, 24-25), con tal de no reconocer a Cristo su divinidad.
Dejemos el comentario y sigamos. "Oyeron esto algunos fariseos que estaban con El y dijeron: ¿Con que nosotros también somos ciegos? Díjoles Jesús: Sí FUERAIS CIEGOS NO TENDRÍAS PECADO, pero ahora decís: VEMOS y vuestro pecado es permanente". En resumen, según estos testimonios tenemos: Que Jesús enseñó a los judíos la verdad de su mesianidad y divinidad; que confirmó esa verdad con muchos milagros u obras de su Padre Dios; que presenta esas obras como testimonio NECESARIO Y SUFICIENTE de la verdad que les había enseñado: su mesianidad y divinidad, para que los judíos pudieran ver y entender, si quisieran; que los judíos veían esa verdad, porque no eran ciegos, pero no la creían porque no querían creerla, pues tenían pecado, y el pecado supone necesariamente ver la verdad y rechazarla voluntariamente.
En fin, que si no entendían las palabras con que Cristo les enseñaba la verdad de su Padre, era porque en sus almas no había lugar para ella, y no lo había porque la tenían llena de odio gratuito. No pudieron creer, porque como había dicho el profeta Isaías: "El ha cegado sus ojos y endurecido su corazón, no se que con sus ojos vean, con su corazón entiendan y se conviertan y los sane" (Juan XII, 37-40; Mt. XIII, 13-15 y Hechos XXVIII, 26).
De todo lo cual se sigue que los judíos no estaban tan ciegos acerca de la divinidad de Jesucristo como suelen suponerlos quienes lo defienden y quitan toda responsabilidad en el deicido propiamente dicho.
"Nuestro Padre es Abraham", decían los judíos a Jesucristo. Más Jesús les repondió: "Si sois hijos de Abraham, haced las obras de Abraham. Pero ahora buscáis QUITARME LA VIDA a mí, hombre que os ha dicho la verdad que oyó de Dios; eso Abraham no lo hizo. Vosotros hacéis las obras de vuestro padre... Vosotros tenéis por padre al diablo, y queréis hacer los deseos de vuestro Padre. El es el homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad... Pero a mí, porque os digo la verdad, me queréis matar".
"¿Quién de vosotros me arguirá de pecado? Si os digo la verdad ¿por qué no me creéis? El que es de Dios, oye las palabras de Dios; pero vosotros no las oís, porque no sóis de Dios".
¿Cuál era, pues, en fin, esa verdad que, a pesar de serles muy conocida no la querían creer?
Esa verdad era la siguiente.
Estamos ante el tribunal supremo de Israel que condenó a Jesús. El Pontífice se reviste de toda autoridad y pregunta con gran majestad y con toda la solemnidad que exigía la ocasión y causa que se ventilaba, después de tres años de lucha continua y que ahora se iba a resolver definitiva y trágicamente.
Pregunta el Pontífice a Jesús:
"Te conjuro que nos digas de una vez si tú eres el Cristo, hijo de Dios bendito"
Y Jesús confiesa clara y taxativamente que así es, sabiendo que con esa confesión sellaba su propia muerte, pues bien sabía Él que esa era la causa principal por la que querían matarle.
Pero esa verdad tan claramente predicha por los profetas no hacían mella en las cerradas mentes de los judíos porque aunque conocieran bien las Escrituras, las entendían voluntariamente mal. Y si las entendían voluntariamente mal, las practicaban mucho peor. Abandonaban las Escrituras porque no creían en ellas.
En resumen, que si los judíos no creían no era por falta de luz, de moción interna de la gracia y de pruebas para creer; o hablando teológicamente, por falta de gracias prevenientes y concomitantes para comenzar a creer y completar la fe, sino porque no buscaban la gloria de Dios sino su propia gloria y conveniencia; porque no eran de Dios; porque tenían por padre al diablo; porque no tenían amor a Dios; en pocas palabras, porque carecían de la prontitud y buena voluntad necesaria para creer.
Como si todo lo anterior no bastaba, hay un argumento supremo y enteramente apodíctico en las palabras siguientes del Apóstol San Pedro, dirigidas a todo el pueblo de Israel ante el pórtico de Salomón con ocasión de la curación milagrosa del pobre tullido de nacimiento que pedía limosna a la puerta del templo.
Helas aquí:
"El Dios de Abraham, el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob, el Dios de nuestros padres glorificó a su Hijo Jesús, A QUIEN VOSOTROS ENTREGASTEIS Y NEGASTEIS ANTE PILATOS, cuando este juzgaba que debía ser puesto en libertad; negásteis al Santo y al justo y pedisteis que se os entregase a un homicida, PERO MATASTEIS AL AUTOR DE LA VIDA". (Hechos III, 13-15)
San Pablo dice: "Porque si le hubieran conocido, no hubieran crucificado al Señor de la Gloria".
Basta resumir todo lo dicho en estas breves palabras: Jesucristo es el AUTOR de la vida. El AUTOR de la vida es solo Dios. Luego los que mataron al AUTOR de la vida, mataron a Dios y son DEICIDAS en el sentido mas riguroso de la palabra.

Pbro. Dr. David Nuñez
LOS DEICIDAS (1968)

martes, 1 de junio de 2010

El Divorcio

La Iglesia Católica prohibe el divorcio simplemente porque Jesucristo lo prohibió. He aquí como se expresa el Concilio de Trento en este punto: "Sí alguno dijere que el vínculo matrimonial puede ser disuelto por la herejía, o porque la cohabitación es molesta, o por la ausencia afectada de uno de los cónyuges, sea anatema" (Sesión XXIV, canon 5). La doctrina de Jesucristo sobre la indisolubilidad del matrimonio cristiano no puede ser más clara. A los fariseos que le preguntaron sobre la legalidad del divorcio, les respondió: "¿No habéis leído que Aquel que al principio crió el linaje humano, crió un solo hombre y una sola mujer? Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, para unirse con su mujer, y serán dos en una sola carne. Así que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios, pues, ha unido, no lo desuna el hombre". Y como los fariseos le objetasen que Moisés había permitido el divorcio, respondió el Señor: "A causa de la dureza de vuestro corazón, os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres; mas desde el principio no fue así". (San Mateo XIX, 4-8).
Esta doctrina puede verse repetida en los Evangelios de san Marcos y San Lucas. Jesucristo dice que los esposos que se casan de nuevo después de divorciados cometen adulterio; y que el que se case con la mujer repudiada, también comete adulterio. "Cualquiera que desechare a su mujer y tomare otra, comete adulterio contra ella. Y si la mujer se aparta de su marido y se casa con otro, es adúltera" (San Marcos X, 11-12). "Cualquiera que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio; y comételo también el que se casa con la repudiada por su marido" (San Lucas XVI, 18). San Pablo compara el matrimonio cristiano a la unión indisoluble que existe entre Cristo y su Iglesia (Efesios V, 24), y afirma categóricamente que el vínculo matrimonial no se disuelve más que con la muerte. "Así es que una mujer casada está ligada por la ley (del matrimonio) al marido mientras este vive; mas en muriendo su marido queda libre de la ley que la ligaba al marido. Por esta razón, será tenida por adúltera si viviendo su marido se junta con otro hombre; pero si el marido muere queda libre del vínculo, y puede casarse con otro sin ser adúltera". (Romanos VII, 2-3). "Pero a las personas casadas mando, no yo, sino el Señor, que la mujer no se separe del marido; que si se separa (por justa causa) no pase a otras nupcias, o bien reconcíliase con su marido" (I Corintios VII, 10-11). Como se ve, las palabras de Jesucristo, lo mismo que las de San Pablo, no pueden estar más claras. Si los casados se separan y se casan de nuevo con otro, son adúlteros; el que se case con la mujer repudiada vive en adulterio; si por algún motivo razonable se separan los casados, deben vivir solos o reconciliarse, y, finalmente, el vínculo conyugal no puede ser disuelto más que por la muerte de una de las partes.
La Iglesia permite a los esposos separarse y vivir apartados el uno del otro por razones graves (Trento, sesión XXIV, can. 8); pero no les permite a ninguno de los dos casarse con un tercero. La borrachera o el adulterio son motivo suficiente para pedir esa separación.
Traer a cuento la legislación civil, como si ella fuera una autoridad en esta materia, es impertinente. No lo decimos nosotros, lo dijo San Juan Crisóstomo hace más de mil años. "No me citéis, decía el Santo, la ley civil hecha por extraños, que manda que se extienda un libelo y que se conceda el divorcio. No os va a juzgar el Señor el último día estas leyes, sino según las leyes que El mismo nos dio" (De Lib Rep). La Iglesia no niega al Estado el derecho que este tiene de legislar sobre los efectos civiles del matrimonio. Así, el Estado puede con todo derecho fijar la dote, el derecho de sucesión, la inscripción de los registros, etc. Lo que la Iglesia reclama para sí, por encima de todo, es el derecho único y exclusivo que tiene que declarar cuándo un matrimonio es válido y cuándo no lo es.

Algunos dicen ¿no es cierto que Jesucristo permitió el divorcio en casado de adulterio.? (San Mateo V, 32; XIX, 9). No, Jesucristo no admitió excepción alguna. El primer pasaje aducido dice así: "Pero Yo os digo que todo aquel que despida a su mujer, a no ser caso de fornicación, la hace cometer adulterio, y el que tome a esta mujer despedida es adúltero" .
Los judíos estaban en la persuasión de que por la ley de Moisés, las obligaciones del esposo para con la esposa cesaban por completo tan pronto como aquél daba a esta libelo de divorcio. El esposo, según ellos, quedaba entonces libre para casarse de nuevo con otra. Jesucristo les dice: "No, las obligaciones del esposo para con la esposa no quedan terminadas por el mero hecho de haber obtenido el divorcio. Es el responsable del adulterio que ella puede cometer, si la despide por otra causa distinta de la fornicación". Nótese que en este caso la mujer no es adúltera antes de ser despedida; de lo contrario, la frase, "la hace cometer adulterio" carece por completo de sentido. Y para que nadie se llamase a engaño creyendo que con el divorcio quedaba disuelto el vínculo conyugal, agregó Jesús: "Y el que tome a esta mujer despedida es adúltero". El segundo pasaje mencionado en la pregunta dice así: "Pero Yo os digo que cualquiera que despidiere a su mujer, si no es en caso de fornicación, y se casare con otra, es adúltero, y el que se casare con la mujer despedida es adúltero". En este pasaje, Jesucristo no permite un segundo matrimonio en caso de que uno de los esposos cometa adulterio. Lo que quiso el Señor declarar con estas palabras es que si uno comete adulterio, el otro tiene derecho a pedir la separación. La razón de esta interpretación es obvia. Acababa el Señor de restaurar el matrimonio a su perfección primitiva, diciendo: "Lo que Dios ha unido, no lo desuna el hombre". Si, pues, ahora hubiese permitido el divorcio y un segundo matrimonio, se habría contradicho a Sí mismo. Es norma elemental en la interpretación de la Biblia comparar un pasaje dudoso con otros paralelos más claros y precisos. Ahora bien: el que dude de la ilicitud del divorcio por este pasaje, que lea y examine los textos siguientes: San Marcos X, 11-12; San Lucas XVI, 18; I Corintios VII, 39.Por aquí verá que el divorcio no tiene soporte alguno en los textos bíblicos. Dígase lo mismo de los Santos Padres y escritores de los primeros siglos, que convinieron en afirmar que el adulterio no era motivo para pedir el divorcio. "Si la esposa es adúltera, escribía Hermas en el siglo II, el esposo puede despedirla, pero no le es lícito juntarse con otra. Si se casare con otra, comete adulterio" (Mand 4, 4). San Justino, mártir (165): "El que se case con la mujer que ha despedido el esposo comete adulterio" (Apol. i, 15). San Clemente de Alejandría (150-216): "La Biblia declara que el cónyuge que se casa con un tercero mientras vive el otro cónyuge, comete adulterio". (Strom 2, 23). San Jerónimo (340-420): "Mientras viva el esposo, aunque sea un adúltero... y por sus crímenes se vea abandonado de la esposa, los dos son verdaderos esposos; por tanto, ella no debe casarse con otro... Ya sea ella la que se separa, ya sea el esposo el que la despide, cualquiera que se case con ella es adúltero" (Epíst 55). Finalmente, el gran San Agustín (354-430) escribió un tratado De conjugis adulterinis contra Polencio, que defendía que el adulterio justificaba el divorcio. El santo le responde: "De ninguna manera". Y cita en su apoyo los textos (San Marcos X, 11-12; San Lucas XVI, 18).

Y vuelven a preguntar ¿no es verdad que San Pablo permite divorciarse? (I Corintios VII, 12-15). San Pablo en este pasaje se no refiere al matrimonio cristiano, sino al pagano, que es un matrimonio puramente natural. Dice, pues, el Apóstol que si dos esposos no están bautizados, y uno de ellos se convierte y se bautiza, y el otro rehusa vivir en paz con la parte bautizada, el matrimonio puede disolverse. He aquí las palabras de san Pablo: "Si algún hermano tiene por mujer a una infiel, y esta consiente en habitar con él, no la repudie. Y si alguna mujer fiel (cristiana) tiene por marido a un infiel, y este consiente en habitar con ella, no abandone a sus marido... Pero si el infiel se separa, sepárense en hora buena; porque en tal caso, ni nuestro hermano ni nuestra hermana deben sujetarse a servidumbre. Pues Dios nos ha llamado a un estado de paz y tranquilidad. Esto es lo que el Derecho canónico llama privilegio paulino. Antes de poder hacer uso de este privilegio, la parte convertida tiene que averiguar: 1º, si la parte no bautizada está dispuesta a recibir el bautismo, pues en caso afirmativo el matrimonio queda intacto; , si está dispuesta a vivir pacíficamente con ella sin "blasfemar de Creador", es decir, sin intentar pervertir a la parte bautizada y sin tentarla para que cometa pecado mortal. Si después de estas interpelaciones la respuesta de la parte no bautizada es negativa, el matrimonio queda por el mero hecho disuelto en virtud del privilegio paulino, y se pueden casar de nuevo con un tercero (cánones 1,120-1,127). Aunque el matrimonio natural es en sí indisoluble, puede ser disuelto por Dios, que permitió el divorcio en la Ley Antigua y que en la nueva permite el privilegio paulino.

La Iglesia jamás dispensa cuando se trata de una ley natural o divina; dispensa, sí, de las leyes que ella misma ha hecho. El Estado, por ejemplo, no vacila en declarar nulo e inválido un matrimonio que fue contraído válidamente. La Iglesia no hace eso. La Iglesia declara si los que viven como esposos lo son de verdad o no. Si no lo son, anula el matrimonio, que estrictamente no es matrimonio. La diferencia, como se ve, es inmensa. Se le podría comparar a la que existe entre romper un billete de mil pesos (divorcio de estado) y declarar que cierto billete de mil pesos es falso (anulación de la Iglesia). Las dispensas que concede la Iglesia son siempre razonables. Si existen estas razones, la Iglesia permite a uno que se case con su prima carnal, con su cuñada o con una que no esté bautizada; pero jamás ha concedido no concederá dispensa para que se case con otra mientras viva su mujer, o para que se case con su hermana, o con su hija, o con una que sea impotente.

sábado, 15 de mayo de 2010

¿Por qué prohibe la Iglesia la cremación de los cadaveres?

La Iglesia no prohibe la cremación de los cadáveres porque ello sea en sí cosa mala, sino porque va contra la tradición del pueblo escogido, recibida luego por los cristianos, y por que los que la iniciaron eran enemigos de la fe que pretendían destruir la creencia en la inmortalidad y en la resurrección de la carne. Roma ha condenado la cremación en tres decretos: el primero fue expedido el 16 de mayo de 1886, y en él se prohibe a los católicos dar su nombre a sociedades que defienden esa práctica o mandar que sus cadáveres sean entregados a las llamas; el segundo (15 de diciembre de 1886) niega la sepultura eclesiástica a los católicos que tal hagan; el tercero, expedido el 27 de julio de 1892, manda a los sacerdotes que no les den los últimos sacramentos. Estos decretos del Santo Oficio condenan la cremación, no por ser cosa contraria a la ley natural o divina, sino por ser "una práctica pagana detestable, introducida por los hombres de fe dudosa" que pretenden con ella mermar la reverencia que los católicos tienen a los muertos. Los judíos acostumbraban dar sepultura a los muertos ya en la tierra, ya en los sepulcros de piedra (Gen. XV, 15; XXIII, 19). Miraban con horror la cremación (Amós II, 1), que era prescrita como castigo contra ciertos casos de escándalo e inmoralidad (Gen. XXVIII, 24) y contra los que en tiempo de guerra guardaban los despojos de las ciudades devastadas (Josúe VII, 15). La Iglesia adoptó la costumbre judía, y desde los primeros siglos condenó lo que Tertuliano llama "costumbre cruel y atroz de la cremación". Los padres basaban esta manera de sepultura en la doctrina de la resurrección de la carne y en el respeto que se debe al cuerpo, por ser templo del Espíritu Santo, en frase de San Pablo.
En los tiempos modernos, el primer atentado para restaurar la cremación lo dieron los neopaganos del Directorio francés del año quinto de aquella República. El proyecto no tuvo una acogida favorable, aunque era uno de los postulados del programa revolucionario contra la doctrina, ley y costumbre inmemorial de la Iglesia. Abogaba por la cremación "para destruir la superstición de la inmortalidad del alma y de la resurrección de la carne". Los que esto pedían ya habían manchado sus manos con sangre de sacerdotes, habían abolido la Misa y la festividad del domingo y habían inventado el culto peregrino a la diosa razón. Pero el mundo tuvo que esperar cerca de setenta y cinco años hasta que la incredulidad echase más raíces en Europa y se diese un segundo atentado, esta vez con más éxito. En 1872 se comenzaron a quemar los cadáveres en Padua, y en seguida los anticatólicos dieron comienzo a una serie de sociedades de amigos de la cremación, defendiéndola en libros y folletos sin cuento. El masón Ghisleri decía en su Almanaque: "Los católicos hacen muy bien en oponerse a la cremación; esta purificación de los muertos por el fuego tiende a sacudir en sus cimientos la ascendencia católica, que se basa en el terror con que ha rodeado la muerte". Otro masón, Gorini, decía así en su libro Purificación de los muertos: "Nuestra tarea no está terminada al reducir el cadáver a cenizas, nos proponemos también quemar y destruir la superstición". Luego propone vender las cenizas a los labradores, y añade: "El resultado sería que este material común volvería a reencarnarse parcialmente en los cuerpos en los que vivimos en Milán. Esta es la única resurrección de la carne que reconoce la ciencia". Frases como estas, que abundaban demasiado en la prensa italiana, hicieron que la Iglesia tomase cartas en el asunto y condenase en términos inequívocos la cremación.
Si se introdujera la cremación, perderían su significados las cruces y oraciones tan hermosas que la Iglesia reza por los difuntos.

viernes, 23 de abril de 2010

Errores contra la Religión I

BUZÓN DE PREGUNTAS
ASTROLOGÍA, ESPIRITISMO, PSICOANÁLISIS, HIPNOTISMO, ORDALÍAS, SUEÑOS.

1.- ¿Por qué condena la Iglesia Católica la Astrología? ¿Es pecado adivinar los sucesos de la vida de uno por el estado del cielo al tiempo de su nacimiento?
La Iglesia condena la Astrología por ser una superstición pagana que fomenta el fatalismo y lleva directamente a la negación de la Divina Providencia. Las estrellas no ejercen influjo alguno en la vida del hombre, y servirse de horóscopos para adivinar el porvenir del recién nacido es, por no decir otra cosa, ridículo.
San Agustín lo ataca con vehemencia en La ciudad de Dios (8,19) y Santo Tomás, en su Suma, dice: "El que observa las estrellas para predecir futuros acontecimientos o acciones humanas futuras, se basa para ello en una opinión vana y falsa; como anda de por medio la intervención del demonio, la superstición de que tratamos es ilícita" (2, 2, q. 95. a, 5).

2.- ¿Permite la Iglesia a los católicos asistir a sesiones espiritistas o hacer de médium? ¿No es admirable el espiritismo por lo bien que prueba la inmortalidad del alma?
La Iglesia advierte a los católicos que se abstengan por completo del espiritismo, verdadera superstición subversiva de la moralidad y de la religión.
El Santo Oficio ha publicado, que sepamos, cinco decretos (1840, 1847, 1856, 1898, 1917) prohibiendo a los católicos "asistir a sesiones espiritistas de cualquier género, con o sin médium, aunque tengan las apariencias de buenas y honestas; ni preguntar a los espíritus, ni oír sus respuestas, ni mirar siquiera a la escena, aunque se proteste positivamente que uno no tiene arte ni parte en las artes diabólicas" (24-Abril-1917).
El espiritismo no es mas que una modernización de la nigromancia pagana, condenada expresamente por la ley de Moisés: "Ni haya quien consulte a los agoreros..., ni quien se sirva de los muertos para averiguar la verdad" (Deuter XVIII, 10). El espiritismo no es una "revelación nueva", sino una superstición pagana que niega los dogmas cristianos, en nombre de una imaginaria comunicación con los difuntos, parodia infame de nuestra Comunión de los Santos. El dios de los espiritistas es un mundo animado impersonal, o un vago desconocido, a quien no se le debe adorar ni suplicar. Tienen por Cristo a un médium humano, espíritu aventajado, que jamás murió en la Cruz para salvarnos, pues ni el hombre cayó ni existe lo que los cristianos llaman pecado. La muerte no es el fin de nuestra peregrinación en este valle de lágrimas, sino el principio de nuestra educación y desarrollo en una de las esferas del espíritu. En la otra vida nuestra felicidad no está vinculada a la visión eterna de Dios, sino a un estado puramente mental o tal vez a un estado parecido al que ahora tenemos, con botellas de cerveza que n os refresquen y vasos de vino generoso que nos conforten. No hay infierno. Así lo piden "la razón y el bien común".
Como se ve, el espiritismo es una superstición grosera y por demás inmoral, ya que se propone echar por tierra los cimientos de la religión ala atribuir a las criaturas que conocimiento de la vida futura, que sólo Dios puede saber. Las experiencias de más de 130 años nos dicen que las prácticas espiritistas son peligrosas tanto para el cuerpo como para el alma. Muchos de sus adeptos han perdido la salud, se han vuelto maniáticos y, lo que es peor, han perdido la fe. En cuanto a los fenómenos del espiritismo, estos son por lo demás numerosos: objetos inanimados que se mueven, suspensiones en el aire, dar extensión y materia a un espíritu, fotografías, escritura automática en pizarras, golpes en una mesa para responder a preguntas, etc. Decimos que aunque éstos y otros fenómenos extraordinarios son con frecuencia inexplicables, la hipótesis espiritista queda por demostrarse. Que hay fraude, es evidente; pero mucho se debe, sin duda, a los fenómenos de telepatía y a la intervención del demonio, que se sirve del médium para destruir la fe y la moralidad de muchos curiosos poco avisados.
No hay que acudir al espiritismo para probar que el alma es inmortal. Esto lo prueba la razón y nos lo dice la fe. Jamás el espiritismo ha identificado un solo espíritu. La doctrina de la inmortalidad del alma no recibe ningún soporte con esta hipótesis de telepatía o intervención diabólica.

3.- ¿Qué piensan del psicoanálisis los moralistas católicos?
La filosofía católica niega totalmente la creencia pagana de estos psicoanalizadores modernos; decir, niega la omnipotencia del inconsciente. El psicoanálisis destruye la unidad de la personalidad humana y hace imposible la continuidad de nuestra conciencia. Destruye también la libertad, la responsabilidad moral y el pecado. El hombre deja de ser dueño de sí mismo, para convertirse en un campo de batalla donde luchan desesperadamente por la victoria ciertas pasiones e incentivos primitivos y anormales.
Estos devaneos no son mas que una parodia pagana de la doctrina católica sobre el pecado original y la caída del hombre, y un esfuerzo inútil para entender la doctrina de San Pablo sobre la ley de los miembros, que está en lucha continua contra la ley de la mente (Rom. VII, 23). Todo aquí es vago e irracional. La teoría del simbolismo del sueño es antinatural; el oficio de censor inconsciente es cosa anticientífica y pura imaginación; el identificar las ideas religiosas con símbolos sexuales es ateísmo puro; la usurpación que se hace del oficio del confesor destruye con frecuencia la vida moral y religiosa del individuo. Y es cosa digna de ponderar que hombres y mujeres que miran la confesión como una carga insoportable se presten de buen grado a descubrir las intimidades de sus pensamientos en materias sexuales a psicoanalizadores profanos y analfabetos en la vida espiritual. Bien dijo el doctor Bruhel que si esta filosofía prevaleciese, "la vida no merecería vivirse, y perdería el mundo su encanto, la religión su dignidad, la moralidad su majestad y el arte su fascinación".

4.- ¿Permite la Iglesia Católica el uso del hipnotismo para curar enfermedades?
La Iglesia permite el hipnotismo cuando hay razones graves para usarlo, y, por otra parte, no hay peligro de superstición o escándalo. Aunque algunos teólogos y moralistas lo declararon diabólico allá en los principios, ahora la Moral y Teología católicas se atienen a las desiciones del Santo Oficio, que el 2 de junio de 1840 dijo: "El uso del magnetismo, es decir, el mero hecho de emplear medios físicos, no es cosa prohibida, con tal de que esos medios sean permisibles en sí y no se intente un fin ilícito o malo". Y el 26 de julio de 1899, a un médico que preguntó si podía usar la sugestión para curar a los niños, el Santo Oficio respondió: "Puede, con tal que no haya peligro de superstición o escándalo".

5.- ¿Por qué permitían los Papas de la Edad Media las ordalías, aquellos juicios de Dios crueles, injustos y supersticiosos?
Los tribunales romanos jamás permitieron las ordalías o juicios de Dios, y los Papas empezaron desde el siglo IX una campaña de exterminio contra estas pruebas supersticiosas. Los pueblos del norte de Europa las habían heredado de sus antepasados paganos, y, una vez convertidos exigían en sus tribunales la intervención del verdadero Dios, como antes lo habían con su Dios Woden. Para justificar su conducta en este punto, apelaban al pasaje del libro de los Números (V, 12-31), "la ofrenda de celos", y a la intervención directa de Dios en el sacrificio de Abel (Gén. IV, 4), en el diluvio (gén. VII), en la destrucción de Sodoma (Gén. XIX), en castigo de Ananías (Hech. V, 5), etc. En su ignorancia, parecían olvidar que no depende de la voluntad de los hombres, sino de la de Dios, y que aunque Dios escucha nuestras plegarias, no está obligado a intervenir milagrosamente a nuestro capricho. Contra estas pruebas supersticiosas y pecaminosas alzaron su voz los Papas Nicolás I (858-867) y Honorio III (1216-1227). El Papa Esteban V (885-891), en una carta del Arzobispo de Mainz, prohibe las pruebas de hierro candente y agua hirviendo, y agrega: "Debemos juzgar los crímenes por la confesión del reo o por el testimonio de los testigos. Lo que no podemos averiguar por estos medios, quédese al juicio de Aquel que lee los corazones". Alejandro II nos dice que "la Iglesia no aprueba en sus cánones las ordalías". Semejantes testimonios tenemos de los Papas Alejandro III (1159-1181), Celestino III (1191-1198) y otros.
La prueba del combate a muerte fue prohibida por la Iglesia desde los principios.
San Avito de Viene (518) protestó contra ella, lo mismo hicieron San Agobardo (840) y el Concilio de Valencia (855). Fue declarada "contraria a la paz cristiana y destructiva del cuerpo y del alma". El muerto en el combate era suicida, y el matador, un homicida. Por desgracia, la sociedad, en este punto, no es hoy más culta que en los tiempos antiguos. La Iglesia católica prohibió el duelo en el Concilio de Trento , y los Papas Benedicto XIV (1752) y León XIII (1893) declararon que por ningún motivo se podía justificar.

6.- Si es supersticioso creer en los sueños, ¿por qué se ha servido Dios de ellos para dar a conocer su voluntad a los hombres, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento?
Creer en los sueños, hasta el punto de dejarnos regir por ellos, es, sin duda, supersticioso; nuestra guía debe ser la conciencia recta y bien formada. La Escritura divina nos previene a menudo contra los sueños, y nos dice categóricamente que "a muchos han engañado los sueños, y los que se fiaron de ellos cayeron" (Levit XIX, 26; Deut. XVIII, 10); Eccles. XXXIV, 7). Sabemos, por otra parte, que Dios se ha valido de ellos para revelar su voluntad, como en los sueños de Abimelech, Jacob, Salomón, Nabucodonosor, Daniel, San José y San Pablo (Gén XXVIII, 12; XXXI, 10; IIIReyes III, 5-15; Dan II, 19; VII, 1; Mat. I, 20; II, 13; Hech. XXIII, 11; XXVII, 23). Los sueños, de suyo, obedecen a una causa natural. Cuando los envía Dios para algún fin, El tiene cuidado de probar su carácter sobrenatural.