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martes, 17 de junio de 2014

Quanto Conficiamur

Encíclica de PÍO IX
Sobre la Iglesia y las misiones
Del día 10 de agosto de 1863
Amados Hijos y Venerables Hermanos Nuestros, salud y bendición apostólica
1. Introducción: El Papa congratula a los Obispos por su valiente y heroica conducta
Todos fácilmente comprenderéis, Amados Hijos Nuestros y Venerables Hermanos, cómo nos agobia la tristeza a causa de la encarnizada y sacrílega guerra que, en casi todas partes del mundo, se ha desatado contra la Iglesia en estos azarosos tiempos, y ante todo en la infeliz Italia, donde ella desde hace muchos años fue declarada por el gobierno piamontés y estimulada de día en día; pero en medio de Nuestras gravísimas angustias, volviendo la vista a vosotros, Nos llenamos de sumo gozo y consuelo, pues vosotros, a pesar de haber sufrido contumelias, con toda clase de injusticias y de violencias, arrancados de vuestra grey, enviados al destierro, y hasta encerrados en la cárcel, sin embargo, revestidos con la fuerza de lo alto, nunca habéis dejado, ya de palabra, ya por escrito, de defender denodadamente la causa, los derechos y la doctrina de Dios, de su Iglesia y de esta Sede Apostólica, y de proveer a la salud de vuestro rebaño. Por esto, de todo corazón os congratulamos por vuestra alegría de haber sufrido contumelias por el nombre de Jesús y os tributamos las merecidas alabanzas, sirviéndonos de las palabras de Nuestro predecesores San León cuando dijo: Aunque me compadezca con todo mi corazón de los sufrimientos que habéis soportado por la defensa de la fe católica y de lo que vosotros habéis padecido; sin embargo, comprendo que hay más motivo para alegrarse que para entristecerse, al ver que, fortificados por Nuestro Señor Jesucristo, habéis permanecido invencibles en la doctrina evangélica y apostólica... Y mientras los enemigos de la fe cristiana os arrojaban de vuestras sedes, preferisteis sufrir las amargura del exilio a mancillaros con cualquier categoría de impiedad.

martes, 2 de agosto de 2011

Enciclica "QUOD NUMQUAM"

Carta Encíclica sobre la persecución a la Iglesia en el Reino de Prusia
Del 5 de febrero de 1875
Venerables Hermanos, salud y bendición apostólica
1. Motivos de esta carta
Lo que pensamos que podría suceder teniendo presentes las cosas que habían sido establecidas de común acuerdo por esta Santa Sede y la suprema potestad prusiana el año 21 de este siglo para tutelar la incolumidad y el bien de la causa católica, vemos que ha acaecido desgraciadamente en Nuestros tiempos, Venerables Hermanos, en esas regiones vuestras donde se ha desencadenado una fiera e inesperada tempestad turbando la tranquilidad de que gozaba la Iglesia de Dios
Pues a las leyes que no hace mucho fueron sancionadas contrarias a los derechos de la Iglesia, y que destituyeron de sus cargos a muchos clérigos y fieles que los desempeñaban valerosamente, se han añadido otras que echan del todo por tierra la divina constitución de la Iglesia y anulan enteramente los sagrados derechos de los obispos.
2. Leyes injustas contra la Iglesia.
Por estas leyes se da poder a los jueces laicos para que depongan de sus cargos a los obispos y demás encargados de la cura de las almas, presentando muchos y graves pedimentos, a los que en ausencia de los pastores fueron constituidos en los cargos para ejercer la jurisdicción legitima; se ordena asimismo a los capítulos catedralicios que exijan vicarios no estando, según los cánones, vacante la sede episcopal, y en fin, omitiendo otras cosas, se da facultad a los prefectos aunque sean acatólicos, a fin de que, puestos en lugar de los obispos, dirijan con iguales derechos la administración de los bienes temporales destinados ya a las personas sagradas, ya al uso eclesiástico. Bien sabéis, Venerables Hermanos, cuántos daños y sinsabores se siguieron de todas estas leyes y de su estricta ejecución. Deliberadamente lo omitimos para que no se aumente el dolor común recordando estas cosas dolorosas; pero no podemos callar frente a la calamidad de las Diócesis Gnesense y Posnaniense y de la Diócesis Paderbornense.
3. Deposición de Obispos por la autoridad civil.
Encarcelados los Venerables Hermanos Miecislao, obispo Gnesense, y Posnaniense y Conrado, obispo Paderbornense y dictada sentencia contra ellos por la que, con suma injuria, se los declaraba depuestos de sus sedes episcopales y destituidos de su autoridad, y las mencionadas diócesis, privadas de la ayuda de sus egregios pastores, fueron arrastradas miserablemente a un cúmulo de graves dificultades y pesadumbres. No parece, empero, que esos mismos Venerables Hermanos Nuestros, hayan de ser objeto de lágrimas sino más bien de admiración y congratulación, como quiera que, teniendo presente la divina palabra: Bienaventurados seréis cuando os aborrecieren los hombres y cuando os rechazaren y reprobaren y proscribieren vuestro nombre como malo por el Hijo del Hombre [1] no sólo no temieron el peligro que se cernía sobre ellos y la amenaza de las leyes, por custodiar, según la exigencia de su ministerio, los derechos y mandatos de la Iglesia, sino que consideraron honorífico y glorioso, como otros esclarecidos obispos de esas regiones, el soportar una sanción inmerecida, y las penas de los malhechores por causa de la justicia, demostrando una eximia virtud que redunda en edificación de toda la Iglesia.
4. Violación de libertades religiosas.
Pero aunque merezcan más bien el ornamento de las alabanzas que las lágrimas de la compasión, con todo, el desprecio de la dignidad episcopal, la violación de la libertad y de los derechos de la Iglesia, las vejaciones que afligen no sólo a las diócesis arriba mencionadas, sino también a otras diócesis del reino de Prusia, Nos reclaman que, según el cargo apostólico que Nos concedió Dios sin merecerlo, elevemos Nuestras quejas contra esas leyes que originaron tantos males y de las que aun hay que temer otros muchos, y reivindiquemos, de la manera que Nos es posible y con la Santa Autoridad del derecho divino, la libertad de la Iglesia oprimida por una fuerza inicua. A cumplir esta obligación de Nuestro oficio se dirige esta carta que denuncia con abierto testimonio a cuantos corresponde y al universo Orbe católico proclamando que tales leyes son irritas como quiera que se oponen enteramente a la divina constitución de la Iglesia. Pues Dios no dio a los poderosos de este siglo potestad sobre los sagrados obispos en lo que se refiere al sagrado ministerio, sino al bienaventurado Pedro, a quien encomendó "apacentar no sólo sus corderos, sino también sus ovejas [2]; y por tanto "los que el Espíritu Santo puso a regir como obispos a la Iglesia de Dios" [3] no pueden ser privados de su oficio episcopal por ninguna potestad civil, aun la más sublime. A esto se añade algo indigno de gente culta, lo que habrán de reconocer los mismos no católicos, si no están cegados por la parcialidad, que tales leyes, corroboradas con severas sanciones, a las que siguen graves amenazas para quienes las desacaten, con la fuerza militar preparada para ejecutarlas, constituyen a pacíficos e inermes ciudadanos que justificadamente se oponían a ellas por el dictamen de sus conciencias, (lo cual no pueden ignorar ni despreciar los promulgadores de tales leyes) casi en la misma condición en que están los hombres míseros y perseguidos, a los que estrecha y oprime una fuerza mayor que no pueden superar. Por lo cual, tales leyes no parecen promulgadas para ciudadanos libres, pues exigen una obediencia no razonable sino más bien impuesta a siervos para conseguir, mediante el terror, una obediencia forzada.
5. Pena de excomunión.
No queremos que esto se entienda como si juzgáramos justificados con razonable excusa, quienes por miedo prefirieron obedecer antes a los hombres que a Dios y mucho menos como si hubieran de quedar impunes ante el divino juez los hombres inicuos, si los hay, que apoyándose solamente en la protección de la autoridad civil ocuparon temerariamente las iglesias parroquiales, y atrevieron a ejercitar en ellas el sagrado ministerio. Aún más: declaramos que tales hombres perdidos, y cuantos en adelante se entrometieren con igual crimen en el régimen de las iglesias han incurrido según los sagrados cánones e incurren por el mismo derecho y hecho, en mayor excomunión, advirtiendo a los piadosos fieles que no presencien sus misas ni reciban de ellos los sacramentos y se abstengan prudentemente de su trato y compañía, de manera que el mal fermento no corrompa la masa incontaminada.
6. Fortaleza y constancia del clero y fieles.
Entre tales calamidades suavizó Nuestro dolor vuestra fortaleza y constancia, Venerables Hermanos, la que ciertamente emuló en el duro combate el resto del clero y los fieles, cuya firmeza en el cumplimiento de las obligaciones de católicos fue tan grande y tanta la alabanza que mereció cada uno según su grado, que atrajeron los ojos y la admiración de todos, aun de los más extraños. Ni podría ser de otra manera, pues "cuanto es cosa perniciosa la ruina del propósito para la caída de los que le están sometidos, tanto es por el contrario cosa útil y saludable que el obispo se presente a sus hermanos como baluarte de la fe para la imitación" [4].
¡Ojalá pudiéramos proporcionaros alivio en tales aflicciones! Refirmando mientras tanto esta protesta Nuestra contra todas las cosas que se oponen a la digna constitución de la Iglesia y sus leyes, y contra la violencia que injustamente se os hace, no os faltaremos ciertamente con Nuestro consejo y oportunos avisos, según las circunstancias.
Sepan con todo vuestros adversarios negándoos a dar al César lo que es de Dios, no inferís ninguna injuria a la regia autoridad, ni sustraéis nada de ella, pues está escrito: "conviene más bien obedecer a Dios antes que a los hombres" [5]; sepan al mismo tiempo que cada uno de vosotros está dispuesto a rendir su tributo y obediencia al César, no por temor a su ira sino por la vuestra paciencia y con lo que tolerasteis por el nombre de Jesús sin desfatestad de la autoridad civil.
Y así cumpliendo adecuadamente con ambos cargos y obedeciendo la ordenación de Dios, tened un espíritu animoso y proseguid como comenzasteis.

7. Ejemplo de N. S. Jesucristo.
Pues no es poco lo que habéis logrado con vuestra paciencia y con lo que tolerasteis por el nombre de Jesús sin desfallecer [6]. Contemplad a Aquel que os precedió padeciendo mayores males y "sufrió la pena de una muerte ignominiosa para que sus miembros aprendieran a rechazar los favores del mundo, despreciar las amenazas, aceptar por amor a la verdad las adversidades, evitar con recelo la prosperidad" [7]. Quien os puso en el combate os dará fuerzas proporcionadas a su dificultad. En El está Nuestra esperanza; sometámonos e imploremos su misericordia [8]. Ya veis que ha sucedido lo que El predijo; confiad, pues, que indudablemente os proporcionará lo que prometió. "En el mundo, dice, sufriréis persecuciones, pero confiad, yo vencí al mundo" [9].
Confiando pues en esta victoria, pedimos mientras tanto fervorosamente la paz y gracia del Espíritu Santo y con gran afecto os impartimos, como claro testimonio de Nuestro amor, la Bendición Apostólica a vosotros y a todo el clero y fieles confiados a vuestros cuidados.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 5 de febrero del año 1875, de Nuestro Pontificado el año veintinueve. PÍO IX.

[1] Lucas 6, 22.
[2] Juan 21, 16-17; S. Agustín, De fund., cap. 4 (Migne PL. 42, col. 175).
[3] Act, 20, 28.
[4] S. Cipriano, Epist. 4, 1 (Migne PL. 4 Epist. 3, 1 - col 234-B
[5] Act. 5, 29.
[6] Apoc. 2, 3.
[7] S. Gregorio Magno, Reg. Past. p. I. cap. 3 (Miínc PL. 77, col. 16-D)
[8] S. Agustín, Scrmo 55, cap. IV (Migne PL. 38, col. 376)
[9] Act. 16, 33

jueves, 28 de julio de 2011

Enciclica "Etsi multa"



Carta Encíclica de PÍO IX
Sobre los ataques a la Iglesia en los diferentes países
Del 21 de noviembre de 1873
Venerables Hermanos, salud y bendición apostólica
1. Las presentes terribles calamidades vejámenes a la libertad de la Iglesia.
Si bien por diversos motivos hayamos padecido ya desde los comienzos de Nuestro ya largo pontificado tristes y lamentables cosas, las que en las frecuentes cartas encíclicas enviadas a vosotros detallamos, en estos últimos tiempos se ha agigantado de tal manera esta montaña de pesadumbre que indefectiblemente sucumbiéramos si no nos sustentará la divina Bondad. Más aun las cosas han llegado a tal punto, que sea preferible la muerte a una vida zarandeada por tantas tempestades, y con los ojos vueltos a lo alto, nos sintamos obligados a exclamar: Preferible es morir a contemplar las calamidades de los Santos [1].
Desde que Nuestra amada ciudad, permitiéndolo el Señor, sojuzgada por las armas, fue sujeta al régimen de los hombres despreciadores del derecho, hostiles a la religión, que indiferentemente confunde lo divino con lo humano, ni un solo día ha transcurrido en que no se suman una nueva herida a Nuestro corazón sangrante por causas de las injusticias y vejámenes sin cuento. Resuenan aun en nuestros oídos el llanto y los gemidos de varones y mujeres de las familias religiosas violentamente despojados de sus bienes; ellos están empobrecidos, brutalmente arruinados y desbaratados, como suele acontecer, en estas regiones, donde gobiernan las banderías políticas afanadas en convulsionar todo equilibrio social conforme a lo que afirme el gran Antonio citado por Atanasio, el diablo odia a todos los cristianos, pero no sufre de ningún modo a los santos monjes y a las vírgenes de Cristo. Además, lo que nunca hubiésemos imaginado siquiera la Universidad Gregoriana fue suprimida y deshecha, cuya finalidad según el dicho del viejo autor que escribía del colegio romano de los anglosajones, consistió en formar en doctrina y fe católica a los jóvenes provenientes de las más apartadas regiones para que así confortados en un ambiente santo regresaran a sus naciones sin peligro de que en sus diócesis se enseñara nada nocivo o adverso a la unidad católica. De modo que, mientras con criminales estratagemas se nos van retirando todos los auxilios y recursos con los que podíamos regir y guiar con los que podríamos regir y guiar a la Iglesia universal, se patentiza sin ambigüedad alguna, cuán lejos esté de la verdad lo que recientemente se ha afirmado que habiéndosenos quitado el gobierno de la Santa Ciudad no se había disminuido en nada la libertad del Pontífice en el ejercito de su espiritual ministerio y en los asuntos concernientes al orbe católico; y conforme cada día adquiere más relieve lo que en tantas ocasiones y con tanta verdad ha sido declarado e inculcado por Nos; que la usurpación sacrílega de nuestra jurisdicción temporal no llevaba otros miramientos que la de resquebrajar la fuerza y eficacia del Primado Pontífice y destruir radicalmente, si fuera posible, a la misma Religión Católica.
2. Libertades de la Iglesia suiza atacadas por la Confederación suiza.
Pero no es precisamente Nuestro propósito en las presentes letras poner ante vuestros ojos las miserias, por las que no solo Roma, sino también Italia integra se halla asolada: aun estas tribulaciones las encubriríamos con doloroso silencio, si la Providencia nos permitiera aligerar con ella las aflicciones profundísimas por las que en otras regiones pasan tantos venerables hermanos en el apostolado. Obispos con su clero y pueblo. Vosotros venerables Hermanos, no ignoráis tampoco que en los Cantones de la Confederación suiza, impulsados algunos, no ya por los heterodoxos de los cuales no pocos han repudiado tales atentados, sino por los entusiastas adeptos de las modernas sectas, que en todas partes apoderándose de los gobiernos, han revolucionado todo orden, han socavado los fundamentos mismos de la constitución de la Iglesia Propia de Cristo, y esto no solo hallando las más elementales normas de toda justicia, sino en abierta oposición a las promesa publicas que habían dado, cuando por pactos solemnes, respaldados por el sufragio y autoridad de las leyes de la Confederación, debía quedar sin menoscabo alguno la libertad religiosa para los católicos. En nuestra alocución habida el 23 de diciembre del pasado año. Nos lamentamos de la violencia inferida a la Religión por los gobernantes de los pueblos, "ya fuese legislando acerca de los dogmas de la fe católica, ya favoreciendo a las apostasías, ya impidiendo el ejercicio de la potestad episcopal". Pero nuestras justísimas quejas manifestadas al mismo Consejo Federal por Nuestro Delegado, fueron completamente desatendidas; ni cupo mejor suerte a las reclamaciones de los católicos de los diversos órdenes, insistentemente repetidas por el episcopado suizo; y tanto más cuanto que se han renovado nuevas y más afrentosas injusticias a las muchas ya inferidas. Pues, después de desterrar de un modo inicuo a Nuestro Venerable Hermano, Obispo de Hebrón y Vicario Apostólico en Ginebra, lo que redundó en tanta mayor honra y gloria de la víctima, cuanta mayor fue la ignominia y afrenta para quienes lo mandaron y perpetraron, el Gobierno de Ginebra, el 23 de marzo y el 27 de agosto de este mismo año, ha publicado dos leyes en completa conformidad con el Edicto propuesto en el mes de octubre del año pasado, condenado por Nos en la referida alocución. En efecto, el mismo gobierno se arrogó el derecho de reformar la Constitución de la Iglesia Católica en su territorio, amoldándola a las formas democráticas, sometiendo a la ley civil al Obispo, ya en lo que respecta al ejercicio de su jurisdicción y administración, ya en la delegación de su potestad, negándole domicilio en su territorio; circunscribiendo el número y límites de las parroquias; imponiendo la forma y manera de elección de los, párrocos y vicarios, las causas y circunstancias para su revocación o suspensión de su oficio; autorizando a los laicos para nombrar a los mismos, poniendo también en manos de los laicos la administración temporal del culto, y en general, colocando a éstos como censores al frente de las cosas eclesiásticas. Por estas mismas leyes se proveyó que sin autorización del gobierno, -y ésta revocable-, los párrocos y vicarios no pudieran ejercer ministerio alguno; que tampoco aceptaran ninguna otra dignidad extraña a la que el mismo pueblo les confiriera, y que los mismos fueran impelidos por la potestad civil a prestar juramento en fórmulas que contienen verdaderas apostasías
3. Invalidez de todas esas leyes. Condenación de las mismas.
Quién no ve que tales leyes no sólo son nulas y de ningún efecto por falta absoluta de autoridad en los legisladores laicos, las más de las veces heterodoxos; sino sobre todo porque mandan combatir los dogmas de la fe católica y la disciplina eclesiástica decretada por el Ecuménico Concilio Tridentino y por las Constituciones pontificias; por lo que nos vemos precisados a reprobarlas y condenarlas.
De modo que, Nos, en cumplimiento de Nuestro oficio, con Nuestra autoridad apostólica solemnemente las reprobamos y condenamos; declarando al mismo tiempo ser ilícito y en toda forma sacrílego el juramento contenido en las mismas; en consecuencia todos aquellos que en la ciudad de Ginebra o en cualquier otro Estado, que conforme a los decretos de dichas leyes, o lo que es lo mismo, elegidos por sufragio popular con la aprobación de la autoridad civil, se atrevan a desempeñar los oficios del ministerio eclesiástico, ipso facto, incurren en Excomunión Mayor, reservada a esta Sede Apostólica, y en las demás penas canónicas; debiendo los fieles abstenerse de su trato, conforme al aviso divino, como extraños y ladrones que no vienen sino a robar, matar y perder.
4. Dolorosos sucesos en otros cantones suizos.
Son dolorosas y funestas las cosas que acabamos de recordar; pero cosas aún más lamentables han ocurrido en cinco de los siete Cantones de que consta la diócesis de Basilea, a saber, Solothura, Berna, Basilea del campo, Argovia, Turego. En ellos también se han dado leyes sobre las parroquias y revocación de los párrocos y vicarios, destructivas del régimen y constitución divina de la Iglesia, sujetando los ministerios eclesiásticos a una potestad secular y ante todo cismática; a todas por lo tanto, especialmente la que ha sido publicada por el Gobierno de Solothur el 23 de Diciembre de 1872, los reprobamos y condenarnos, y como reprobadas y condenadas decretamos se tengan a perpetuidad.
5. Valerosa actitud del Obispo de Basilea. Protesta por su injusto destierro.
Cuando, en fin, el Venerable Hermano. Obispo de Basilea, con justa indignación y apostólica entereza; rechazase algunos artículos preparados y a el presentados en la reunión o conferencia diocesana como la llamaban a la que asesinaron los delegados de los cinco cantones arriba mencionados diciendo que era del todo punto imprescindible repelerlos por el motivo de que dañarían a la autoridad episcopal, derribarían toda el régimen jerárquico y favorecían abiertamente a la herejía por tal motivo ha sido arrojado del episcopado apartado de sus fieles y violentamente desterrado desde ese momento no se ha omitido ningún género de falsías o vejaciones con el fin de inducir a escisión al clero pueblo de los cinco Cantones prohibición absoluta al clero para cualquier comunicación con el Pastor desterrado, y mandato impuesto al Capítulo catedralicio de Basilea para que se resolviera a la elección de un nuevo Vicario Capitular o Administrador, lo mismo que si realmente hubiera sede vacante; tal atentado fue, con valentía y en pública protesta, rechazado por el Capítulo. Mientras tanto, por decreto y sentencia se los Magistrados civiles de Berna, se comunicó a 69 párrocos de la región del Jura, que se abstuvieran de ejercer los oficios de su ministerio. Después fueron exonerados de sus puestos por la única causa de haber dicho en público que únicamente reconocían como legitimo Pastor al Venerable Hermano Eugenio. en otras palabras, porque no querían separarse torpemente de la unidad católica. Con esto se consiguió que toda esa región que con tanta fidelidad había mantenido la fe católica, y hace tiempo fue unida al Cantón de Berna con la condición y promesa que mantendría libre e incólume el ejercicio de su religión, fuera privada de los sermones parroquiales de los bautismos de los matrimonios y sepelios solemnes ante las quejas inútiles reclamaciones de la muchedumbre de fieles por una serie de injusticias reducida al dilema o de aceptar los pastores cismáticos y herejes designados por la autoridad política o verse privada de todo auxilio y ministerio sacerdotal.
6. Gracias al Señor por la constancia de los fieles católicos suizos.
Nos, ciertamente bendecimos al señor que con la misma gracia con que en otros tiempos alentaba y fortalecía a los mártires mantienen ahora y fortalecen a aquella porción predilecta de la grey católica que virilmente sigue a su obispo levantando vallados en la casa de Israel para que se mantengan de pie en las batallas del Señor y desconocedoras del miedo avanza por las huellas del mismo capitán de los Mártires Cristo Jesús mientras ardientes y tenazmente defiende su fe oponiendo mansedumbre de cordero a la ferocidad de los lobos.
7. Persecuciones en el reino de Prusia.
El clero y pueblo fiel de Alemania con no menor mérito emula la noble constancia de los fieles de Suiza, pues también ellos siguen el preclaro ejemplo de sus Prelados. Estos, en efecto, han atraído las miradas del mundo, de los Ángeles y de los hombres, que los contemplan integralmente revestidos de la coraza de la verdad católica y con vil yelmo de la salud, pelear esforzadamente las batallas del Señor, y tanta más admiran su fortaleza de ánimo e invicta constancia y las celebran con eximios elogios, cuanto que cada día se vuelve más cruel la persecución contra ellos, desatada en el Imperio de Alemania, con particularidad en Prusia.
8. Constitución civil del clero alemán.
Además de las muchas injurias inferidas a la Iglesia católica en el pasado año, el gobierno de Prusia con durísimas e injustas leyes en abierta contradicción con la antigua tradición, ha sometido toda la formación y educación de los clérigos a la potestad civil, examinar y dictaminar en qué forma los clérigos se han de preparar e instruir para la vida sacerdotal y pastoral; pasando aun más adelante, a la misma corresponde el indagar y juzgar sobre la colación de cualquier oficio o beneficio eclesiástico, y aún de apartar de sus puestos y beneficios a los pastores sagrados. Por encima de todo esto, para fuera demolido el régimen eclesiástico y el orden de la sumisión jerárquica instituida por Nuestro Señor Jesucristo, con las mismas leyes se han puesto a los Obispos uno serie de impedimentos canónicas, no puedan velar por la santidad de la doctrina en las escuelas católicas, ni por la salud de las almas ni por el respeto que les corresponde por parte de los clérigos; según las tales leyes no queda a los Obispos otro recurso quite amoldarse a la opinión de la autoridad civil y a los planes por la misma propuestos. En fin, para que no quedara nada por hacer para la plena destrucción de la Iglesia católica, no sido instituido un tribunal real para los asuntos eclesiásticos, ante el cual puedan ser citados los Obispos y Pastores sagrados, ya por los mismos hombres privados que les están sujetos, ya por los magistrados públicos, para afrontar un juicio al igual que los criminales, y ser reprimidos en el ejercicio del cargo espiritual.
9. Causas de la persecución al clero en Alemania.
De modo que la Iglesia santísima de Cristo, a la que se había asegurado la necesaria amplia libertad de religión a sus Príncipes supremos en públicos congresos, gime ahora en estas regiones expoliada de todos sus derechos y oprimida por fuerzas criminosas que la amenazan con su destrucción total; ya que la finalidad de las nuevas leyes es no dejarla subsistir más. No es extraño por lo tanto que la antigua tranquilidad religiosa se haya visto gravemente perturbada en el Imperio por semejantes leyes y demás asambleas y actos del gobierno prusiano tan funestos para la Iglesia. Pero algunos temerariamente han pretendido culpar a los católicos de esta perturbación en el Imperio germánico. Porque si a éstos se les acusa de que no se sujetan a aquellas leyes, a las que no pueden someterse sin menoscabo de sus conciencias, por igual causa y motivo habrían de ser reprochados Jesucristo y los mártires que prefirieron afrontar los más crueles tormentos y la misma muerte, que traicionar a sus obligaciones y quebrar los derechos de su religión, obedeciendo a los mandatos nefandos de los príncipes perseguidores. En efecto, Venerables Hermanos, además de las leyes del gobierno civil. no existieran otras, que colocadas en un plano completamente superior, habría que acatar, siendo punible al no hacerlo; y en limpia consecuencia aquellas leyes civiles constituyeran la suprema norma humana, como algunos absurda y perversamente pretenden, dignos más bien de reproche fueran los primeros mártires, que de encomios y de alabanza, y todos los que después de ellos los imitaron vertiendo su sangre por la fe de Cristo y la libertad de su Iglesia; más aún no sería permitido contra las leyes civiles y contra la voluntad de los príncipes, enseñar la religión cristiana y constituir la Iglesia.
10. Dos poderes: el religioso y el civil.
Pero la fe enseña y lo demuestra la humana razón, que existen dos clases de ordenes, y que se han de distinguir dos jerarquías simultáneas de potestades en la tierra, la una natural que vela por la seguridad de los negocios seculares y la tranquilidad de la sociedad humana, la otra empero que tiene un origen sobrenatural dirige a la ciudad de Dios, esto es, a la Iglesia de Cristo divinamente establecida para la paz y salud eterna de las almas.
Los deberes de estas dos potestades están sabiamente determinados, para que se den a Dios las que son de Dios, y por Dios al Cesar las cosas que son del Cesar; quien por aquello es grande, por lo que es menor que el cielo; pues él pertenece a Aquel de quien es el cielo y todas las criaturas. La Iglesia nunca se ha desviado de este divino mandato, que se ha esmerado siempre y en todas partes por infiltrar en el mínimo de sus fieles este respeto que inviolablemente deben guardar para con los príncipes supremos y para con sus derechos civiles; y con el Apóstol mantiene que los que imperan no son de temer para la buena obra sino para la mala, mandando a sus súbditos fieles que obedezcan no sólo por temor de la ira, porque el príncipe tiene la espada justiciera en ira para el que obra mal sino también por la conciencia. Por que en su oficio es ministro de Dios. Ella disminuye este temor de los príncipes para el mal obrar, excluyéndolo de la observancia de la ley divina, que recuerda lo que San Pedro ordeno a los fieles: "Porque ningún de nosotros ha de padecer como homicida, o ladrón, o malhechor, como entrometido en lo ajeno; pero padece como cristiano, no se avergüence, antes glorifique a Dios con este nombre [2].
11. Falsas e injustas acusaciones de desobediencia a las leyes contra los católicos alemanes.
Siendo esto así, fácilmente comprenderéis, amados Hermanos; que Nos llenara, como era natural, de profunda amargura al leer en la carta que acaba de enviarnos el emperador de Alemania la acusación no menos atroz que inesperada contra los católicos súbditos suyos, como se expresa, especialmente contra el clero católico y los Obispos de Alemania. La causa de tal acusación no es otra, que el haberse negado éstos a obedecer a las predichas leyes, menospreciando las cárceles y las tribulaciones, y estimando en nada sus vidas, con la misma constancia con que antes de que dichas leyes fueran sancionadas, levantaron su voz en protesta contra los abusos de las mismas, expuestos en graves, solidísimas y luminosas reclamaciones, las que todo el orbe católico ha recibido con entusiasmo y no pocos entre los heterodoxos las han presentado a sus príncipes, a sus ministros y a las supremas asambleas del Estado. Por tal motivo son acusados públicamente de criminales, como si en un solo haz se unieran y conspiraran con aquellos que se esfuerzan únicamente en destruir toda jerarquía social, despreciando multitud de argumentos que atestiguan a todas luces su incondicional respeto para con el príncipe y su fogueado amor por la patria. Más aún, a Nosotros mismos se Nos solicita que exhortemos a aquellos católicos a la observancia de aquellas leyes, lo que implicaría el que Nosotros cooperáramos con Nuestra obra a la destrucción y dispersión de la grey de Cristo. Pero esperamos, confiados en Dios, que el serenísimo emperador, mejor informado y meditadas más las cosas, rechace tan fútiles e increíbles sospechas contra sus súbditos fidelísimos, y que no consentirá en adelante que su honor sea destrozado por tan horrible detracción y que perdure acerca de los mismos tan inmerecida calumnia. Por lo demás, no habríamos puesto aquí el comentario a esta carta imperial, si ésta hubiera sido publicada por un órgano oficial berlineses, ignorándolo completamente Nos, y siendo en absoluto fuera de lo acostumbrado, conjuntamente con otra escrita por Nuestra mano, en la que recurramos a la justicia del serenísimo emperador en favor de la Iglesia católica.
12. La justicia protege Nuestra causa.
Todo lo que hasta ahora hemos rechazado es manifiesto al mundo entero, por lo tanto, mientras los religiosos y, las santas vírgenes dedicadas a Dios son despojados de la libertad común a todos los ciudadanos, y desalojados de sus conventos con inaudita crueldad, mientras son cada vez más sustraídas de la vigilancia y saludable magisterio mientras se disuelven las congregaciones instituidas para el fomento de la piedad y los mismos seminarios de los clérigos, mientras se coarta la libertad a la predicación evangélica, mientras en algunas regiones del Imperio se impide que los fundamentos de la instrucción religiosa sean expuestos en lengua patria, mientras son arrancados de sus parroquias los párrocos colocados a su frente por los Obispos, mientras los mismos Obispos son privados de sus rentas, mientras los católicos son vejados con todo género de crueldades, puede concebirse que Nos resolvamos a lo que se Nos insinúa, y que no invoquemos en favor de Nuestra causa la religión de Jesucristo y la verdad?
13. Condenación de la secta de los "Viejos Católicos".
Ni terminan aquí las injurias que se han inferido a la Iglesia católica. Porque se, añade a aquello la protección del gobierno de Prusia y de los demás gobiernos del imperio alemán a aquellas sectas nuevas que por un abuso de nombre se llaman "Los Viejos Católicos", lo cual realmente en sí, no pasaría de lo ridículo, si la multitud de los más groseros errores contra los principales principios de la fe católica, tantos sacrilegios cometidos con las cosas divinas, y en la administración de los sacramentos, tan gravísimos escándalos, tanto mal, en fin ocasionado a las almas redimidas con la sangre de Cristo, no arrancaran más bien lagrimas de Nuestros Ojos.
14. Impíos fines y métodos de esta secta.
Y en efecto, lo que pretenden estos desgraciados hijos de la perdición, se hace patentísimo ya por otros de sus escritos, ya principalísimamente por el que recién se acaba de publicar, impío y desvergonzado escrito por el que ellos han constituido su pseudo obispo. Puesto que corrompen y pervierten la verdadera potestad de jurisdicción en el Romano Pontífice y en los Obispos, sucesores de San Pedro y los Apóstoles, la que así transmiten al pueblo, o como ellos dicen, a la comunidad, obstinadamente rechazan e impugnan el magisterio infalible, ya del Romano Pontífice, ya de toda la Iglesia docente, y contra el mismo Espiritu Santo prometido por Cristo a su Iglesia para que permaneciera con ella hasta el fin de los tiempos, afirman con increíble audacia, que el Romano Pontífice, hasta los Obispos, los sacerdotes, y el pueblo reunido con El en unidad y comunión de fe, cayeron en herejía cuando aprobaron y profesaron las definiciones del Ecuménico Concilio Vaticano; Por lo mismo niegan la indefectibilidad de la Iglesia, y con tremenda blasfemia afirman, que la misma ha perecido en todo el mundo y en consecuencia su cabeza visible y los Obispos han dejado de existir; de donde se impone la obligación de restaurar el legítimo episcopado en su seudo obispo, quien no entrando por la puerta sino por los muros del redil, como ladrón y salteador , se vuelve en contra de la misma cabeza de Cristo.
15. Nada podrá el infierno contra la Iglesia de Cristo.
A pesar de todo, estos infelices, que socavan los fundamentos de la Religión Católica, que confunde todas sus notas y propiedades, que tan múltiples y nefandos errores han cometido, o para mejor decir, sustraído de la vieja despensa de los herejes, revestidos a su modo, los han presentado a la luz pública, no avergonzándose de llamarse católicos. Más aun, "viejos católicos", cuando por su novedad y clase de doctrina se despojan por completo de las notas de antigüedad y catolicidad. Con más derechos ahora que otrora por medio de San Agustín contra los Donacianos, se levanta la Iglesia expandida ya por el mundo universo, a la que Cristo Hijo de Dios vivo edificó sobre piedra: contra la que no podrán las puertas del infierno, y con la cual. El mismo que afirmó de sí poseer toda potestad en el cielo y en la tierra, prometió permanecer todos los días hasta la consumación de los siglos. Clama la Iglesia a su esposo eterno ¿Que acontece, pues no entiendo, que los que se apartan de mí se quejan contra mí? ¿porqué los perversos se esmeran en perderme? Dímelo pues afirman; fue pero ya no es, ellos decantan: se han realizado las Escrituras todos los pueblos se han convertido, pero apostató y pereció la Iglesia de todas las gentes. Pero a la Iglesia fue manifestando que no salió fallida la oración, ¿Cómo se lo reveló? "He aquí que yo estaré todos los días hasta la consumación de los tiempos" [3], Impulsada por vuestra voces y por vuestros erróneos pensamientos, se vuelve a Dios preguntando sobre la brevedad de sus días; y encuentra que el Señor le dice: "He aquí que yo estaré todos los días hasta la consumación de los tiempos" [4]. Pero vosotros decís: de nosotros se dice que estamos y estaremos hasta la consumación de los tiempos. Sea entonces preguntado el mismo Cristo: Y este evangelio, nos dice, será predicado por todo el mundo, como testimonio para todos los pueblos, y entonces vendrá el fin [5]. Por lo tanto hasta el final de los tiempos permanecerá la Iglesia entre todos los pueblos. Mueran pues los herejes, pierdan lo que tienen, y se den cuenta de que son como si no existieran.
16. José Huberto Reinkens falso y apóstata obispo.
Pero estos hombres progresando con mayor audacia por los caminos de la perdición y de la iniquidad, como suele acontecer a los herejes por justo castigo de Dios, como insinuamos, han elegido y constituido como seudo-obispo a un bien conocido apóstata de la fe católica Humberto Reinkens: y para que nada faltara a este descaro, ha acudido para su consagración episcopal a los jansenistas de Utrech, a los que antes de su separación de la Iglesia, tenía, con los demás católicos por herejes cismáticos. A pesar de todo, el mencionado José Huberto se atreve a llamarse obispo y lo que parece increíble, por público decreto es reconocido y nombrado como obispo católico por el serenísimo emperador de Alemania, y propuesto a los fieles todos como a quien han de reconocer y obedecer en lugar del verdadero obispo. Hasta los principios más rudimentarios de la doctrina católica enseñan que ningún obispo puede ser legítimo sino en comunión de fe, caridad con la Piedra, sobre la que ha sido edificada la única Iglesia de Cristo, quien no se une al Supremo Pastor, a quien han sido confiadas para su gobierno todas las ovejas de Cristo; quien no está unido con el sostén de la fraternidad que existe en el mundo. Y en realidad a Pedro habló el Señor: "a uno, para que la unidad fuera cimentada sobre uno"; a Pedro confirió la divina Misericordia, la grande y admirable participación de su potestad, y si dispuso que alguna cosa tuviese en común con los demás Príncipes, lo concedió mediante el mismo, nunca por otro camino. En consecuencia, de esta Sede Apostólica, en la que el bienaventurado San Pedro vive, preside y reparte la fe a todos los que la buscan, brotan para todos, los derechos de la santa Comunión; y está fuera de toda duda que esta misma Sede constituye para todas las demás Iglesias expandidas por el orbe entero lo que es la cabeza para cl resto de los miembros, de la que si alguno se separa o aparta de la Religión cristiana, pues ha roto la trabazón con la misma.
17. El Obispo católico ha de estar en comunión con la Santa Sede.
Por esto, el Santo Mártir Cipriano hablando del seudo-obispo cismático Novaciano, le niega la misma comunión como a un separado y escindido de la Iglesia de Cristo. Quienquiera que sea, y cualquiera que sea, dice, no es Cristiano si no está en la Iglesia de Cristo. Pagado de si mismo, puede vanagloriarse con soberbio tono de su filosofía y elocuencia quien no mantuvo ni la fraterna caridad ni la unidad eclesiástica, perdió aun lo que antes era. Como la Iglesia fundada por Cristo es una, multiplicada en sus miembros por todo el mundo, y el episcopado es uno, difundido por la multitud grande y concorde de los obispos aquél, después de la tradición divina, después de la unidad compacta y todo armónica de la Iglesia católica, esfuerza en construir una iglesia humana. Quien por lo tanto ni guarda la unidad de espíritu ni la vinculación la paz, y se desliga de las ataduras de la Iglesia y del colegio sacerdotal no puede tener la potestad del Obispo ni su honor, quien no ha querido la unidad del episcopado ni la paz.
18. Excomunión del obispo hereje y de todos los que lo eligieron y obedecen.
Nos por lo tanto, que hemos sido constituidos en esta suprema Cátedra de Pedro para custodia de la fe católica y para conservar y defender la unidad de la Iglesia universal, siguiendo los ejemplos y costumbres de Nuestros predecesores y de las sagradas leyes, con Nuestra potestad conferida por el cielo, no sólo declaramos, rechazamos y detestamos la elección del mencionado José Huberto Reinkens llevada a cabo contra los decretos del Derecho Canónico, como ilícita, irrita y completamente nula y su consagración como sacrílega; sino que al mismo José Huberto, y a los que lo pretendieron elegir, y a los que le confirieron sacrílegamente su consagración, y a los que con ellos se le adhirieron, y a quienes se comprometieron a prestarle ayuda, auxilio protección o consentimiento en nombre de Dios omnipotente , los excomulgamos y anatematizamos, y declaramos, ordenamos y mandamos que sean separados de la comunión de la Iglesia y que sean tenidos entre el número de aquellos, cuyo trato y conversación de tal manera prohíbe el Apóstol a todos los fieles cristianos, que ni siquiera les permiten saludarlos.
19. Persecuciones en América.
Por todas estas cosas a las que Nos hemos referido, más bien para lamentarlas que para contarlas, Venerables Hermanos, os es bien conocido, cuán triste y lleno, de peligro es el estado de los católicos en todas aquellas regiones de Europa que hemos mencionado, ni mejor se encuentran estos asuntos ni más tranquilos; los tiempos en América; en algunos son tan molestos para los católicos, que sus gobiernos parecen negar con sus hechos la fe que profesan. Pues, allí se emprendió, hace algunos años, una guerra tenaz contra la Iglesia, y comenzáronse a destruir sus instituciones y los derechos de esta Apostólica Sede. Contaríamos con material abundante, si quisiéramos continuar esta materia; pero como la gravedad de los asuntos no permite el tratarlos ligeramente, volveremos sobre ellos con más detenimiento en mejor oportunidad.
20. Amplitud de esta guerra contra la Iglesia. La masonería.
Admirará tal vez, a alguno de vosotros, Venerables Hermanos, la amplitud que ha tomado esta guerra que en Nuestros tiempos se lleva y cabo contra la iglesia Católica. Pero a la verdad, si alguien con detención, examina la índole, las pretensiones, la finalidad de las sectas ya sea que se llamen masónicas, ya que con cualquier otro nombre se distingan y las compara con la índole, modalidad, y amplitud de esta contienda en la que está empeñada la Iglesia casi en igual forma en todas partes del mundo, no quedará la menor duda de que todas las presentes perturbaciones se deben en gran parte a los engaños y maquinaciones de una misma secta. Entre éstas, se distingue la sinagoga de Satanás que contra la Iglesia de Cristo ejercita sus fuerzas, las lanza a su ataque, y las cierra en combate. Tiempo ha que fueron denunciadas por predecesores, los vigías de Israel, ante reyes y pueblos y con repetidas condenaciones derribadas por tierra. Nos tampoco desfallecimos en este oficio, ¡Ojalá se hubiera prestado mayor fe a los Pastores de la Iglesia, por parte de aquellos que podían haber apartado una peste tan perniciosa! Pero ésta, deslizándose siempre por sinuosos cauces, jamás interrumpiendo su tarea, seduciendo a muchos con sus engaños arteros, ha adquirido al presente tales proporciones, que abandonando ya sus escondrijos, se manifiesta potente y dominadora. Multiplicadas indefinidamente en el número de sus secuaces, piensan estas sectas execrandas, que habiendo conquistado ya la opinión pública, les resta exclusivamente el término de sus aspiraciones; Conseguido el fin, que por tanto tiempo han ansiado, apoderándose del gobierno en muchas regiones, y, conquistadas la fuerza y el favor de la autoridad, se proponen audazmente a reducir a esclavitud durísima a la Iglesia de Dios, socavan los fundamentos sobre que descansa, procuran especialmente despojarla del esplendor de sus notas divinas por las que brilla de un modo especial ¿Qué más? A la Iglesia, herida ya por repetidos golpes, arruinada, destronada, la destruirán por completo, si les fuera posible.
21. Exhortación a luchar contra todos los errores actuales.
Siendo esto así, mis Venerables Hermanos, emplead toda diligencia para protegeros contra las insidias de estas sectas, para librar del contagio a los fieles que han sido encomendados a vuestro cuidado, y para sacar de los lazos de perdición a los que se hayan afiliado a ellas. Manifestad y combatid los errores de quienes tramando y programando artificios en sus reuniones secretas, no tienen reparo en asegurar que la única finalidad que persiguen es el progreso y utilidad social y el ejercicio de la ayuda mutua. Demostradles con frecuencia y grabadles en lo más profundo de su ánimo los enseñanzas pontificias acerca de esta materia, y decidles que no solamente fustigan a las sociedades masónicas de Europa, sino también las que se hallan en América y aun diseminadas por todo el mundo.
22. Tener esperanza en mejores tiempos.
Por lo demás, Venerables Hermanos, ya que Nos ha tocado vivir tiempos en que, si hay mucho que obedecer, también se multiplicaron las ocasiones de merecer, esforcémonos como buenos soldados de Cristo, para no decaer de ánimo; más aun, en las mismas luchas combatamos, con la esperanza cierta de la futura tranquilidad, y de mejores tiempos para la Iglesia alentémonos, a Nosotros mismos al clero y al pueblo, confiados en el divino auxilio y en aquella nobilísima recomendación del impetuoso Crisóstomo: "nos apremian muchos gemidos, y graves tempestades; pero no tenemos hundimiento, porque estamos sobre una piedra. Enfurézcase el mar; no podrá acabar con la piedra; levántense las olas, no podrán cubrir la nave de Jesús; nada más fuerte que la Iglesia; la Iglesia es más fuerte que el mismo cielo. El cielo y la tierra pasarán. ¿Qué palabras? Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas infernales no prevalecerán contra ella. Si no creéis a las palabras, persuadios viendo los hechos ¡Cuantos tiranos ensayaron estrangular a la Iglesia! ¡Cuántas sartenes, cuántas, cuántos hornos, fauces de fieras, espadas relucientes! Y nada se logra ¿Dónde están aquellos enemigos? Yacen en completo olvido y abandono. ¿Dónde está la Iglesia? Refulge como el sol. Las cosas que pertenecían a aquellos se han desvanecido: ¡las de la Iglesia permanecen inmortales! Si no prevalecieron cuando los cristianos no eran más que un puñado de hombres: ahora que todo el mundo está repleto de la religión santa, ¿con que medios la podrán vencer? "El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán" Por lo tanto, sin dejaros intimidar por ninguna clase de peligros, y sin la menor perplejidad, continuemos en la oración, procurando apaciguar las iras del cielo provocada por las maldades de los hombres; hasta tanto que levantándose en su misericordia el Omnipotente mande a las tempestades, y vuelva la bonanza.
Entre tanto, muy afectuosamente os impartimos la Bendición Apostólica como gran testimonio de nuestra benevolencia para con vosotros. Venerables Hermanos, clero y pueblo universo confiado a vuestros cuidados.
Dada en Roma cabe San Pedro. el 21 de noviembre del año del Señor 1873, de Nuestro pontificado el vigésimo octavo. Pío IX

[1] I Macab. 3, 59.
[2] I Pedro 4, 15-16.
[3] Mat. 28, 20.
[4] Mat. 28, 20
[5] Mat. 24, 14; Marc. 13, 10.

viernes, 24 de junio de 2011

ENCICLICA "UBI NOS..."

PÍO IX
Carta Encíclica sobre los Estados Pontificios y nulidad de las garantías
Del 15 de mayo de 1871
Venerables Hermanos, salud y bendición apostólica
1. La persecución y sus frutos
Cuando Nos, por secreto designio de Dios, reducidos bajo una potestad hostil, vimos la triste y acerba suerte de esta Nuestra Urbe y el Principado civil de la Sede Apostólica sojuzgado por la invasión armada, por la carta a vosotros enviada el día primero de noviembre del año próximo pasado, os dedicamos a vosotros y por vuestro medio a todo el orbe católico cuál fuese el estado de Nuestras cosas y de esta urbe y qué impíos y desenfrenados excesos Nos oprimiesen; cuando afirmamos delante de Dios y de los hombres, según lo exigía Nuestro supremo cargo, que queríamos mantener salvos e íntegros los derechos de esta Sede Apostólica, os excitamos a vosotros y a todos los fieles encomendados a Nuestros cuidados a aplacar con fervientes plegarias a la Divina Majestad. Desde entonces los males y calamidades que luctuosos experimentos presagiaban para Nosotros y esta Urbe, redundaron de hecho con exceso, mermándolas, en la dignidad y autoridad apostólicas, en la santidad de la Religión y de las costumbres y en Nuestros dilectísimos súbditos. Ni es esto sólo, venerables Hermanos, puesto que agravándose cada día más la situación, Nos vemos obligados a decir con San Bernardo: principios de los males son éstos, tememos cosas peores [1]. La iniquidad no ceja en sus designios, promueve consejos y ya no se preocupa mucho en ocultar sus pésimas obras, imposibles de encubrir, procurando aprovechar los últimos despojos de la justicia, honestidad y Religión conculcadas. En medio de estas angustias que llenan Nuestros días de amargura, sobre todo cuando pensamos a qué peligros y asechanzas se ven expuestas la fe y la virtud de Nuestro pueblo, no podemos dejar de recordar sin gratísimo gozo Nuestro, vuestros eximios méritos, Venerables Hermanos, y los de los amados hijos que abraza vuestra solicitud. Pues en todas partes los fieles siguiéndoos a vosotros como guía y ejemplo, respondieron con admirable decisión a Nuestras exhortaciones y desde aquel infausto día en que fue tomada esta Urbe insistieron en asiduas y fervorosas plegarias y ya con preces públicas, ya con sagradas peregrinaciones, ya frecuentando sin intermisión las iglesias y recibiendo los sacramentos, o bien ofreciendo las demás principales obras de la virtud cristiana, juzgaron ser de deber suyo acercarse al trono de la clemencia divina. Y no pueden quedar sin abundantísimo fruto estas encendidas plegarias delante de Dios. Pues muchos más bienes de los que ya de esto se han derivado, se nos prometen y con esperanza y fe los esperamos; vemos la firmeza de la fe, el ardor de la caridad acrecentarse cada día, contemplamos una solicitud tal en los ánimos de los fieles cristianos por los trabajos de esta Sede y del Supremo Pastor que sólo Dios pudo producir, y es tanta la unidad de las mentes y voluntades que desde los primeros tiempos de la Iglesia hasta nuestros días nunca pudo decirse con más esplendor y verdad que la muchedumbre de los creyentes era un solo corazón y una sola alma [2]. Al referirnos a este espectáculo de virtud no podemos dejar de hablaros acerca de Nuestros amantísimos hijos ciudadanos de esta alma Urbe pertenecientes a todas las clases y órdenes sociales, aun los más encumbrados, cuyo amor y piedad hacia Nosotros, cuya firmeza no superada por las dificultades y magnanimidad, no ya digna sino émula de sus antepasados, espléndidamente brilló y brilla todavía. Damos pues, a Dios misericordioso, inmortal gloria y acción de gracias por vosotros, Venerables Hermanos, y por Nuestros amados hijos los cristianos, puesto que ha obrado y obra tales maravillas en vosotros y en su Iglesia y ha hecho que sobreabundando la malicia sobreabundase la gracia de la fe, caridad y confesión. "¿Cuál es pues, nuestra esperanza, nuestro gozo y corona de gloria? ¿No lo sois acaso vosotros delante de Dios? El hijo sabio es la gloria de su padre. Favorézcaos pues Dios y acuérdese del fiel servicio y piadosa compasión, consolación y honor que prestasteis y prestáis en los tiempos adversos y en los días de aflicción a la esposa de su Hijo [3].
2. Simulación de los perseguidores
Pero entre tanto, el gobierno del Piamonte mientras por una parte se apresura a ridiculizar la Urbe ante el mundo entero [4], por otra, para engañar a los católicos y calmar su ansiedad, se preocupó por disponer ciertas fútiles inmunidades y privilegios que vulgarmente llaman garantías, con la mira de que las aceptáramos en lugar del Principado civil de que Nos despojó con una larga serie de maquinaciones y con armas parricidas. Nosotros ya declaramos Nuestro juicio acerca de esas inmunidades y cauciones, Venerables Hermanos, señalando su absurdo, la astucia e ironía en la carta escrita el 2 de marzo a Nuestro Venerable hermano Constantino Patrizi, cardenal de la Santa Romana Iglesia, decano del Sacro Colegio, Vicario Nuestro en la Urbe, que no hace mucho fue publicada por la prensa.
3. Dolor por los últimos sucesos
Pero como quiera que es costumbre del gobierno del Piamente unir una perpetua y torpe simulación con un imprudente desprecio contra la pontificia dignidad y autoridad, y con los hechos mostró que nada le importaban Nuestras protestas, postulaciones y censuras; de aquí que no obstante haber expresado Nuestro juicio acerca de las predichas cauciones, no desistió de urgir y promover su discusión ante los Supremos Ordenes del Reino, como si se tratara de un negocio serio. En esa discusión apareció claramente tanto la verdad de Nuestro juicio sobre la naturaleza e índole de aquellas cauciones como el inútil esfuerzo de los enemigos para velar su malicia y fraude. Ciertamente es increíble, Venerables Hermanos, que tantos errores abiertamente repugnantes a la fe católica y aun a los mismos fundamentos del derecho natural y tantas blasfemias como se profirieron en aquella ocasión, hayan podido tener lugar en medio de esta Italia que siempre se glorió y se gloría principalmente del culto de la Religión católica y de la Sede Apostólica del Romano Pontífice, y por cierto que, gracias a la protección de Dios sobre su Iglesia, son enteramente otros los sentimientos que en realidad alimentan a la gran mayoría de los italianos que con Nosotros gime y deplora esta nueva e inaudita forma de sacrilegio y con insignes y cada día mayores manifestaciones de su piedad nos demostró que está unida en el espíritu y en los sentimientos con los demás fíeles del Orbe.
4. Nulidad de las garantías
Por lo cual Nosotros, Venerables Hermanos, os dirigimos nuevamente la palabra y si bien los fieles a vosotros encomendados, ya con sus cartas ya con gravísimos documentos de protesta abiertamente han manifestado con cuanto disgusto sufren la situación que Nos oprime y cuanto disten de ser engañados con las falacias que se encubren bajo el nombre de cauciones, con todo juzgamos ser obligación de Nuestro oficio apostólico declararos solemnemente a vosotros y a todo el Orbe que no sólo las llamadas cauciones y que vanamente han sido dispuestas por el gobierno subalpino, sino cualquier clase de títulos, honores, inmunidades y privilegios y cuanto sobrevenga con el nombre de cauciones o garantías, de ninguna manera pueden servir para asegurar el expedito y libre uso de la potestad a Nosotros divinamente confiada y para proteger la necesaria libertad de la Iglesia.
5. La Iglesia nunca podrá aceptar conciliaciones que menoscaben sus derechos
Siendo así las cosas, como muchas veces declaramos y afirmamos, Nosotros no podemos admitir ninguna conciliación que de alguna manera destruya o menoscabe Nuestros derechos, que son los derechos de Dios y de la Santa Sede, sin incurrir en culpa por violación de la fidelidad prometida bajo juramento; por eso ahora por considerarlo obligación de Nuestro oficio, declaramos que nunca admitiremos o aceptaremos ni podremos admitir o aceptar aquellas cauciones o garantías excogitadas por el gobierno piamontés, cualquiera sea su forma, ni otras cosas similares de cualquier género o de cualquier manera sancionadas nos ofrecieren con el pretexto de proteger a Nuestra sagrada potestad y libertad en lugar y en sustitución del Principado civil, con el que la Divina Providencia quiso proteger y acrecentar la Santa Sede Apostólica que Nos confirman tantos legítimos e inconcursos títulos, como la posesión de más de once siglos.
6. La Iglesia no puede estar sometida a un poder civil.
Necesariamente comprenderá con evidencia cualquiera que, al estar sujeto el Romano Pontífice a la dominación de otro príncipe, ni tendría ya verdaderamente en el orden político la potestad suprema, ni podría —sea que se considere su persona o los actos del ministerio apostólico—, sustraerse al arbitrio de aquel gobierno al que estaría sometido, el cual podría ser herético o perseguidor de la Iglesia y encontrarse en guerra o estado de guerra con otros príncipes. Y en efecto, esta misma concesión de seguridades a que nos referimos ¿no es por sí misma un clarísimo testimonio de que a Nosotros, a quienes ha sido dada por Dios la autoridad de promulgar leyes referentes al orden moral y religioso y que estamos constituidos como intérpretes del derecho natural y divino en todo el orbe, se Nos imponen leyes y tales leyes que se vinculan con el gobierno de toda la Iglesia y sin otro derecho acerca de su conservación y ejecución que lo que prescribe y determina la voluntad del poder civil? Por lo que respecta a las relaciones entre la Iglesia y la sociedad civil, bien sabéis, Venerables Hermanos, que todas las prerrogativas y todos los derechos de autoridad necesarios para regir la Iglesia Universal, los recibimos Nosotros, a través de la persona del Bienaventurado Pedro, directamente del mismo Dios y aún más que todas esas prerrogativas y derechos y la misma libertad de la Iglesia fue lograda por la sangre de Jesucristo y debe ser estimada por el infinito precio de su divina sangre. Nosotros, ciertamente, corresponderíamos muy mal a la Sangre de Nuestro Divino Redentor, lo que Dios no permita, si negociáramos con los príncipes de la tierra estos derechos Nuestros, sobre todo en las condiciones en que ahora se Nos ofrecen tan disminuidos y adulterados. Hijos y no señores de la Iglesia son los príncipes cristianos a los que muy bien hablaba aquella gran lumbrera de santidad y dortrina Anselmo arzobispo de Cantorbery: "No juzguéis que la Iglesia de Dios os ha sido dada para serviros como a señores, sino que os ha sido encomendada como abogados y defensores. Nada ama Dios más en este mundo que la libertad de su Iglesia" [5]. Exhortándolos escribía en otro lugar: "Nunca juzguéis que se disminuye la dignidad de vuestro encumbramiento si amáis y defendéis la libertad de la Iglesia, Esposa de Dios y Madre Nuestra, no juzguéis que os humilláis al fortalecerla. Ved, mirad a vuestro alrededor; los ejemplos abundan; considerad qué aprovechan y en qué paran los príncipes que la impugnan y conculcan. A la vista está, no es necesario decirlo. Ciertamente, los que la glorifiquen, con ella y en ella se glorificarán" [6].
7. La libertad de la Iglesia está ligada al bien universal.
Ahora pues, por las cosas que en otras ocasiones y recientemente os expusimos, Venerables Hermanos, a nadie se oculta que la injuria hecha a la Santa Sede en estos tiempos calamitosos redunda en toda la República Cristiana. Como decía san Bernardo a todos los cristianos de la tierra, atañe la injuria hecha al glorioso Príncipe de los Apóstoles y como quiera que, según expresión del predicho San Anselmo, la Iglesia Romana trabaja para todas las Iglesias, quien le quita lo suyo, se hace reo de sacrilegio, no sólo contra ella sino contra todas las Iglesias [7]. Ni puede para nadie ser motivo de duda que la conservación de los derechos de esta Sede Apostólica está estrechamente ligada con las supremas conveniencias y utilidades de la Iglesia Universal y con la libertad de vuestro ministerio episcopal.
Reflexionando Nosotros sobre Nuestra obligación y considerando todas estas cosas, Nos vemos obligados a confirmar una vez más y a profesar constantemente lo que muchas veces declaramos con unánime consentimiento vuestro, o sea, que el principado civil de la Santa Sede fue por singular decreto de la Divina Providencia dado al Romano Pontífice y que el mismo es necesario para que el Romano Pontífice, no sujeto jamás a ningún príncipe o potestad civil, pueda ejercer con plenísima libertad por la Universal Iglesia Católica la potestad y autoridad divinamente recibida del mismo Cristo Señor Nuestro y mirar por el mayor bien, utilidad y necesidades de la misma Iglesia. Entendiendo esto, vosotros, Venerables Hermanos, y con vosotros los fieles encomendados a vuestro cuidado, con razón os conmovisteis por causa de la religión, justicia y tranquilidad que son los fundamentos de todos los bienes, e ilustrando a la Iglesia de Dios con un digno espectáculo de fe, piedad, constancia y un ejemplo nuevo, admirable en sus anales.
8. Exhortación a rogar por la libertad de la Iglesia
Por cuanto el Dios de las misericordias es autor de estos bienes, elevando a El Nuestros ojos, corazones y esperanzas, sin interrupción le rogamos que confirme, robustezca y aumente vuestros preclaros sentimientos y los de los fieles y la común piedad, amor y celo; a vosotros y a los pueblos encomendados a vuestra vigilancia intensamente exhortamos a que cada día con más firmeza y fervor cuanto más recrudece el combate, claméis con Nosotros al Señor para que se digne adelantar los días de su propiciación. Quiera Dios que los príncipes de la tierra a quienes en gran manera interesa que la usurpación que Nosotros padecemos, no se establezca vigorice, como ejemplo para ruina de toda potestad y orden, se unan todos en concordia de almas y voluntades, y, quitadas las disensiones, tranquilizadas las perturbaciones de los rebeldes, desbaratados los criminales planes de las sectas, junten sus esfuerzos para que sean restituidos a esta Santa Sede sus derechos y con ellos a la cabeza visible de la Iglesia su plena libertad y a la sociedad civil la tranquilidad deseada. Ni debéis pedir con menor intensidad, Venerables Hermanos, a la divina clemencia en vuestras preces y las de vuestros que convierta a la penitencia los corazones de los impíos, y, disipando la ceguedad de sus mentes antes que sobrevenga el día del Señor, grande y terrible, o bien reprimiendo sus malignos planes muestre cuan vanos e insensatos son los que se esfuerzan en derrocar la piedra fundada por Cristo y violar los divinos privilegios [8]. En estas plegarias deben fundamentarse fielmente Nuestras esperanzas en Dios: ¿Creéis que podrá Dios apartar de su queridísima esposa cuando clamare contra aquellos que la angustian? ¿Cómo no reconocerá el hueso de sus huesos, la carne de su carne y aun en cierta manera el espíritu de su espíritu? Es ciertamente esta la hora de la maldad y del poder tinieblas [9]. Por lo demás, es la hora última y ese poder pronto pasa. La virtud de Dios y la sabiduría de Dios, Cristo, está con nosotros e interviene en la causa. Confiad, El venció al mundo [10]. Mientras tanto con magnanimidad y fe cierta sigamos la voz de la eterna Verdad que dice: Lucha a favor de la justicia exponiendo tu vida, y hasta la muerte combate por la justicia, y vencerá Dios por ti a tus enemigos [11].
9. La Bendición Apostólica
Suplicando a Dios de lo profundo de Nuestro ánimo que os conceda a vosotros, Venerables Hermanos, y a todos los clérigos y fieles laicos encomendados al cuidado de cada uno de vosotros, os impartimos amorosamente a vosotros y a los mismos amados hijos, la Bendición Apostólica, prenda de Nuestro singular e íntimo amor hacia vosotros y ellos.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 15 de mayo de 1871, de Nuestro Pontificado el año vigésimo quinto. Pío IX.

[1] S. Bernardo, Epist. 243 n. 4 (Migne PL. 182, col. 439-C)
[2] Act. 4, 32.
[3] S. Bernardo, Epist. 238 y 130 (Migne PL. 182, col. 428-B)
[4] S. Bernardo, Epist. 243 n. 3 (Migne PL. 182, col. 439-A)
[5] S. Anselmo de Cantorb., Carta 8. 1, 4
[6] S. Anselmo de Cantorb., Carta 12. 1, 4
[7] S. Anselmo, Carta 42. 1, 3.
[8] S. Gregorio VII, Carta 6 1, 3
[9] Lucas 22, 53; S. Bernardo, Carta 126 nrs. 6 y 14 (Migne PL. 182, col. 275-B y C; col. 280 D-282 A)
[10] Juan 16, 33
[11] Eclesiástico 4, 33