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sábado, 9 de marzo de 2013

DOMINICA CUARTA DE CUARESMA

LA DIVINA PROVIDENCIA
     "Después de esto partió Jesús al otro Jado del mar de Galilea, que es el lago de Tiberíades, y le seguía una gran muchedumbre, porque veían los milagros que obraba en los enfermos. Subió Jesús a un monte y se sentó con sus discípulos. Estaba cercana la Pascua, la fiesta de los judíos. Levantando, pues, los ojos Jesús y contemplando la gran muchedumbre que venía a El, dijo a Felipe :
     "—¿Dónde compraremos panes para dar de comer a éstos?
     "Contestó Felipe :
     "—Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno reciba un pedacito.
     "Díjole uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro:
     "—Hay aquí un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero esto ¿qué es para tantos?
     "Díjole Jesús:
     "—Mandad que se acomoden.
     "Había en aquel sitio mucha hierba verde. Se acomodaron, pues, los hombres, en número de cinco mil. Tomó entonces Jesús los panes y, dando gracias, dio a los que estaban recostados, e igualmente de los peces, cuanto quisieron. Así que se saciaron, dijo a los discípulos:
     "—Recoged los fragmentos que han sobrado para que no se pierdan.
     "Los recogieron y llenaron doce cestos de fragmentos que de los cinco panes de cebada sobraron a los que habían comido. Los hombres, viendo el milagro que había hecho, decían :
     "—Verdaderamente, éste es el Profeta que ha de venir al mundo.
     "Y Jesús, conociendo que iban a venir para arrebatarle y hacerle rey, se retiró otra vez al monte El solo."
(lo., VI, 1-15)

* * * * *

     El milagro de la multiplicación de los panes nos demuestra la omnipotencia de Dios y nos da a entender cuán grande es la divina Providencia. Tal vez penséis poco en ella; pero lo cierto es que vela por todos, siendo deber nuestro reconocerlo así, echarnos en sus brazos y aceptar por entero sus disposiciones.

I.—Existe la Providencia.
     1. La divina Providencia es el poder, la sabiduría y la bondad de Dios, que se manifiesta hacia sus criaturas con el fin de conservarlas y dirigirlas a su fin último.
     Dios nos ha creado, nos conserva, nos viste y alimenta, provee a todas nuestras necesidades y quiere que nos salvemos. Quien niegue la Providencia de Dios es un impío o un loco, porque ello equivale a negar la existencia del mismo Dios.
     Si recapacitáis un poco, mis queridos niños, observaréis al punto que estáis recibiendo de continuo la bienhechora acción de la divina Providencia. Cuando os levantáis por las mañanas ya tenéis preparado y dispuesto el desayuno y la ropa que debéis poneros. Si estáis malos, tenéis quien os cuide y dé las medicinas recetadas por el médico... Alguno dirá que todo eso es obra de la mamá, y que el papá es quien le proporciona el dinero necesario para todas las atenciones de la casa. Así es, ciertamente; pero ¿quién sino Dios es el que pone en manos de vuestros padres los medios de los que han de valerse para proveeros de lo necesario?
     Decidme: ¿Quién hace nacer y desarrollarse el trigo y demás plantas útiles en los campos hasta que nos brindan su fruto? ¿Quién pone el zumo en las uvas, para que exprimido y fermentado se convierta en vino? ¿Quién ha creado los animales, que tanta utilidad proporcionan al hombre? ¡Dios! ¡Unicamente Dios! Es la divina Providencia, es decir, Dios omnipotente e infinitamente bueno y sabio, el que en definitiva provee a todo. ¡ Loor y reconocimiento a Dios!
     2. Podéis admirar la Providencia en la armonía del universo. ¿Quién regula las estaciones? ¿Quién envía la lluvia, el sol y los vientos para provecho del hombre? Todo eso es obra de la Providencia de nuestro Padre que está en los cielos. Todo cuanto sucede es por expresa voluntad de Dios, y no cae un solo cabello de nuestra cabeza sin que lo quiera el Señor, es decir, sin que lo disponga su divina Providencia.
     Hasta los mismos paganos admitían y admiraban la divina Providencia, y así, el filósofo Aristóteles decía: "No merece que se le hable quien niega la divina Providencia y pide prueba de su existencia."
     3. La palabra de Jesús. -Oíd lo que dice nuestro Señor a los que dudan de su Providencia: "No os inquietéis por vuestra vida sobre qué comeréis, ni por vuestro cuerpo sobre qué vestiréis. ¿No es la vida más que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Mirad cómo las aves del cielo no siembran, ni siegan, ni encierran en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?" (Mt., VI, 26). "Mirad los lirios del campo cómo crecen: no se fatigan ni hilan... Pues si a la hierba del campo que hoy es y mañana es arrojada al fuego. Dios así la viste, ¿no hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe" (Ib., 28 y 30).
     * ¿Hay o no Providencia?—Un religioso y célebre predicador había pronunciado un sermón sobre la Providencia. En seguida se le presentó un pobre carpintero, que le dijo:
     — ¡Hermoso sermón el suyo, padre! Pero yo no creo en la divina Providencia, y la prueba la tengo en mi misma casa. Vengo sirviendo a Dios lo mejor que puedo y sé desde hace muchos años, y ahora que me veo en un apuro no viene en mi ayuda. Tengo varios vencimientos de letras de cambio y no puedo hacerles frente. Créame: es una cosa desesperante y no sé cómo podré salir del atolladero. Hasta me vienen intenciones de suicidarme.
     El predicador le respondió :
     —Vamos, vamos, no creo que haya para tanto. ¿Qué dinero necesita usted para hacer frente a sus compromisos?
     El carpintero le dijo la suma que precisaba, y el religioso sacóse una cartera que entregó a su interlocutor, diciéndole :
     —Tómela. Me la ha dado una señora condesa con el encargo de que la entregase al primer necesitado con que topara. ¿Cree usted ahora en la divina Providencia?
     El pobre hombre se fue a su casa, dando infinitas gracias al Señor por el señalado favor que le había concedido.

II.—La Providencia vela por los buenos.
     Dijo el santo rey David : "Los ojos de Dios están sobre los justos, y sus oídos están atentos a sus clamores: Oculi Domini super justos, et aures eius in preces eorum'' (Ps. 33, 16).
     Algunas veces ha obrado Dios providencialmente portentosos milagros para proteger a sus fieles servidores que así se lo pedían.
     * Los israelitas.—En tiempos de Moisés los israelitas estaban esclavizados en Egipto, y Dios ordenó al Faraón que los dejara en libertad y les permitiera salir de allí para irse a otro sitio. Los israelitas se pusieron en marcha; pero de pronto se les presentó un obstáculo aparentemente insuperable: el Mar Rojo. Dios dividió las aguas valiéndose de Moisés, y los expedicionarios pudieron pasar el lecho del mar a pie enjuto, quedando, en cambio, ahogados Faraón y todos sus guerreros, que iban en persecución del pueblo de Dios.
     Hallándose los mismos israelitas en el desierto sin tener qué comer, Dios les envió durante cuarenta días el maná del cielo. Al salir del desierto se encontraron en un paraje sin agua para beber, y Dios, accediendo a las súplicas de Moisés, hizo saltar una abundante fuente de agua purísima de una dura roca.
     Estos ejemplos nos dicen que si recurrimos a Dios con confianza en nuestras necesidades, El las remediará ciertamente.
     La divina Providencia vela por los buenos.—Una cueva-guarida de leones.—San Jerónimo narra la siguiente aventura, que se la contó a él su protagonista, un monje de Egipto :
     El citado monje, llamado Malco, salió cierto día del convento para ir a ver a su madre, que se hallaba enferma de gravedad. Por el camino le salieron al encuentro dos beduinos, que lo apresaron y vendieron como esclavo a un árabe. En casa de éste había otro esclavo que era muy bueno. El amo trataba a los dos esclavos con suma crueldad y los empleaba en trabajos muy pesados.
     Hartos de los malos tratos, ambos esclavos lograron un día evadirse, burlando la vigilancia del cruel amo; pero cuando estaban cruzando el desierto vieron que se acercaban a ellos, montando veloces dromedarios, el árabe y un criado de toda su confianza. Los fugitivos se refugiaron en una cueva natural, y hasta su boca acudieron los perseguidores, incitándoles a salir de su escondite so pena de tremendos castigos. Viendo el árabe que no le hacían caso, ordenó a su criado que entrase y le sacase a los esclavos vivos o muertos. El criado le obedeció; pero al entrar en la cueva se abalanzó sobre él una feroz leona, que en unos instantes lo mató y descuartizó.

     Extrañado el árabe de la tardanza de su criado, entró él mismo en la cueva; pero corrió la misma suerte que el infeliz doméstico.
     Los dos esclavos, que presenciaron la horripilante escena, temían que les sucediese lo mismo que a sus perseguidores y se encomendaron a Dios. Mas, con harta extrañeza de su parte, vieron que la leona abandonaba su guarida, llevándose uno a uno los cachorros.
     Salieron los fugitivos de su escondite; montaron en los dromedarios en que habían llegado los perseguidores, y que llevaban buena provisión de alimentos y cosas útiles, y cada cual se dirigió a su casa. dando muchas gracias a Dios.
     Llenos de reconocimiento a la divina Providencia, pudieron exclamar con el salmista: "El Señor ha hecho esto, que es admirable a nuestros ojos: A Domino factum est istud, el est mirabile in oculis nostris" (Ps. CXVII, 22).

     * El barco de San Ignacio.—San Ignacio de Loyola regresaba por mar de Jerusalén, yendo en una barca que rindió viaje en la isla de Chipre. Allí había tres barcos que podían llevarle a Italia: uno turco, en el que no pudo embarcarse porque su capitán no quería llevar a bordo ningún cristiano; otro veneciano, muy cómodo y rápido, en el que tampoco lo admitieron por carecer de dinero con que pagar el viaje, y el tercero, uno pequeño, viejo y en bastantes malas condiciones, que fue en el que únicamente pudo subir para regresar a Roma.
     Salieron los tres rumbo a las costas italianas; pero durante el trayecto se levantó una furiosa tempestad, resultando hundido el barco turco; el veneciano varó en un banco de arena y allí encontró su fin. El único que llegó al puerto de destino fue el barquito viejo y en no muy buenas condiciones en que viajaba San Ignacio.
     La Providencia había velado por su siervo, que siempre confiaba ciegamente en ella.

III.—La Providencia y el infortunio.
     1. Tal vez se os ocurra preguntar: "Si la divina Providencia vela por todos, ¿cómo hay tantos pobres y desgraciados?" A esto os responderé que no debe culparse a Dios del infortunio de los hombres, sino que de una forma u otra cabe achacárselo a ellos, o considerarlo beneficioso para su salvación.
     En el mundo hay, como sabéis, buenos y malos, y tanto unos como otros pueden sufrir calamidades y desgracias.
     a) Los malos.—Hay malos que se ven en la miseria y en la desgracia porque ellos se las buscan con su mala vida, no siendo achacable su infortunio, en modo alguno, a Dios nuestro Señor.
     Ya dice la Sagrada Escritura que es el pecado la causa de la ruina de los pueblos: Miseros facit populos peccatum (Proverbios, XIV, 34). ¿Cabe esperar que Dios proteja y colme de beneficios a quienes le insultan, maldicen y combaten con sus blasfemias, falsedades y depravaciones? Sus pecados les atraen el abandono y castigo de Dios.
     b) Los buenos.—A veces también envía Dios tribulaciones a los buenos, y así vemos a muchos justos que padecen pobreza. ¿Será porque Dios los odia? ¡Todo lo contrario! Les manda esos padecimientos precisamente por lo mucho que los quiere, para purificarlos de sus imperfecciones.
     Tobías era un hombre justo del Antiguo Testamento y que, sin embargo, se veía atribulado, y el arcángel San Gabriel le dijo: "Porque eras grato al Señor fue preciso que te probase la desventura." San Pablo nos advierte que "el Señor, a quien ama, le reprende, y azota a todo el que recibe por hijo" (Hebr., XII, 6).     Pero fijaos en una cosa muy importante: cuando el Señor envía tribulaciones a los buenos les da la fuerza necesaria para soportarlas con paciencia, acrecentando así sus merecimientos para el cielo.
     2. Cuando veáis a gente pecadora que triunfa y no conoce los infortunios ni tribulaciones de ningún género en el mundo, sino que, por el contrario, todo les sale bien, decid para vuestros adentros: "¡Mala señal es ésta!" Porque su prosperidad material indica que Dios quiere recompensarles en esta vida lo poco bueno que hayan hecho. A este propósito decía San Agustín que "no hay desventura mayor que la felicidad de los pecadores".
     * Huyendo de una casa.—San Ambrosio, obispo de Milán (+ 396), durante un viaje a Roma se hospedó en una magnífica villa, perteneciente a un rico y poderoso señor. Habiendo sabido el santo que el dueño de la casa no había sufrido ninguna desgracia y que siempre se había visto distinguido y mimado por la fortuna, dijo a su criado: "Recoge todas nuestras cosas y salgamos de aquí en seguida. No quiero permanecer más tiempo en una mansión donde no existe pena alguna, porque es señal de que en ella no mora Dios."
     Dio las gracias al anfitrión por la hospitalidad que le había prestado, y reanudó la marcha para proseguir su camino.
     Queridos míos, grabad en vuestra mente esta gran verdad: que los padecimientos son una señal de la benevolencia de Dios, y quien no los tiene no figura en el número de sus predilectos.

IV.—Debemos someternos dócilmente a las disposiciones de la divina Providencia.
     Esa es nuestra obligación si queremos pasar por buenos cristianos. Tenemos que creer que todo cuanto Dios nos envía es para nuestro bien. Por otra parte, ¿qué ganaríamos no conformándonos con la voluntad de Dios? Aceptando las disposiciones de la divina Providencia, el Señor nos bendice con especiales gracias y favores.
     Hay que someterse a los designios de la divina Providencia. Las lamentaciones de un enfermo.—Un padre de familia se hallaba enfermo, postrado en la cama, y se quejaba de su suerte, diciendo :
     —Dios descarga sobre mi todos los males. ¡Y aún dirán que es justo!
     Su párroco, que lo asistía paternalmente, le exhortaba a no blasfemar de aquel modo, invitándole, por el contrario, a aceptar con resignación la voluntad de Dios, que sabe mejor que nosotros lo que en verdad nos conviene. Para moverle a esto, el buen hombre habló así al enfermo:
     —Dígame, ¿ha tenido que castigar alguna vez a alguno de sus hijos?
     — ¡Oh, sí!
     —¿Le daba gusto hacerlo?
     —No, por cierto.
     —Pues tampoco le da gusto al Señor castigarnos a nosotros. Pero vamos a ver: ¿le habría parecido a usted bien que al castigar a alguno de sus hijos se le hubiese rebelado?
     El enfermo respondió:
     —¡De ningún modo!
     —Pues mire, lo mismo le pasa al Señor: que se ofende si protestamos y nos airamos contra El cuando nos aflige de alguna manera, y, en tal caso, arrecia sus castigos.
     El hombre reflexionó; quedó persuadido de lo que le decía el señor cura, y se resignó ante la voluntad de Dios.

     * San Francisco de Asís estaba gravemente enfermo y, sin embargo, se mostraba muy alegre, cantaba y daba gracias a Dios de manera tan jubilosa que dejaba admirados a sus frailes.
     * Fray Bernardo, compañero de San Francisco, habiendo sido insultado, escarnecido y vilipendiado por unos facinerosos, se mostró muy contento, pues pensaba que aquellos ultrajes eran señal de una especial predilección del Señor.
     El Señor todo lo hace por nuestro bienLa pierna rota.—Un buen hombre de Normandía acostumbraba a decir cuando le sobrevenía alguna contrariedad e incluso desgracia: "¡Todo sea por Dios! El Señor todo lo hace por nuestro bien."
     Cierto día tenía que embarcarse para Inglaterra; pero se retrasó, y para ganar el tiempo perdido y llegar antes de que saliera el barco, echó a correr; mas dio un tropezón y cayó al suelo, rompiéndose una pierna, cuando ya estaba en las proximidades del puerto.
     Según su costumbre, también repitió el buen normando en esta ocasión: "¡Todo sea por Dios! El Señor todo lo hace por nuestro bien."
     Extrañados los que acudieron a prestarle auxilio de oírle hablar así, le dijeron :
     —¿Puede ser un bien esta desgracia que le ha sucedido?
     Yo no lo sé —respondió el hombre—; pero la divina Providencia sí lo sabe.
     Pasados unos días se supo que el barco en que nuestro hombre pensaba hacer la travesía había naufragado, pereciendo todos los pasajeros.
     He aquí cómo salvó el Señor la vida de aquel buen normando, causándole una pequeña desgracia.

     Conclusión.—¿Tenéis confianza en la divina Providencia, mis queridos hijos? ¿Queréis mucho al Señor, que es tan bueno y vela sin cesar por vosotros? ¿Aceptáis de buen grado sus disposiciones, u os quejáis, por el contrario, de las enfermedades, de la pobreza, de las correcciones y de la fatiga? Debéis recordar en todo tiempo que Dios permite esas y otras cosas semejantes para que os hagáis más fácilmente santos. Rendecid al Señor en lo sucesivo y conformaros con su santa voluntad, tanto en las cosas prósperas como en las adversas, en el trabajo y en el estudio, en la aflicción y en los dolores. Si así lo hacéis ya veréis cómo actúa su Providencia sobre vosotros, a manera de una madre cariñosa que ayuda y consuela a su hijo en todo momento V cualquier circunstancia.
G. Mortarino
MANNA PARVULORUM

domingo, 24 de febrero de 2013

DOMINICA SEGUNDA DE CUARESMA

PENSEMOS EN EL CIELO

     "Seis días después tomó Jesús a Pedro, a Santiago y a Juan, su hermano, y los llevó aparte, a un monte alto, y se transfiguró ante ellos: brilló su rostro como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elias hablando con El. Tomando Pedro la palabra dijo a Jesús:
     "—Señor, ¡ qué bien estamos aquí! Si quieres,haré aquí tres tiendas: una para Ti, una para Moisés y otra para Elias.
     "Aún estaba él hablando cuando los cubrió una nube resplandeciente, y salió de la nube una voz que decía:
     ".—Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia; escuchadle.
     "Al oírla, los discípulos cayeron sobre su rostro, sobrecogidos de gran temor. Jesús se acercó, y, tocándolos, dijo:
     "—Levantaos, no temáis.
     "Alzando ellos los ojos, no vieron a nadie, sino sólo a Jesús. Al bajar del monte les mandó Jesús, diciendo :
     "—No deis a conocer a nadie esta visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos." (Mt., XVII, 1-9.)
* * * 

      Este pasaje del Evangelio nos recuerda la felicidad del Paraíso o cielo.
     San Pedro y sus dos compañeros vieron a Jesús glorificado como en el cielo, resplandeciente como el sol, y, en el colmo de la felicidad, deseaban estar siempre así.
¿Pensáis vosotros en el cielo, mis queridos niños? ¿Lo deseáis? ¿Hacéis lo que está de vuestra parte para ganároslo y poseerlo algún día?
     Nuestras consideraciones de hoy versarán sobre el pensamiento del cielo. Este pensamiento: 1°- nos aparta del mundo; 2° nos estimula a bien obrar.

 I.—El pensamiento del cielo nos despega del mundo

     1. Qué es el mundo y qué vemos en él.
     Es, sencillamente, un valle de lágrimas. En la tierra se padece, se llora y se muere; se dan cita las miserias, enfermedades y dolores de toda especie; se precisa trabajar, fatigarse, sudar, padecer frío y calor, hambre y sed; reinan la injusticia, la envidia, el odio, la guerra, y, por lo mismo, abundan el temor, la zozobra, el infortunio... Nadie se siente feliz y sobre todos pesa la sentencia dictada por Dios a nuestro primer padre, al que dijo:
     Por haber escuchado a tu mujer, comiendo del árbol de que te prohibí comer, diciéndote: "no comas de él", por ti será maldita la tierra; con trabajo comerás de ella todo el tiempo de tu vida; te dará espinas y abrojos, y comerás de las hierbas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella has sido formado; ya que polvo eres y al polvo volverás (Gén., III. 17-19).
     Así, pues, este mundo es el lugar donde todos tienen que padecer, y si alguno conoce algo de felicidad, ésta no es completa y dura muy poco.

     2. Qué es el cielo y qué hay en él.
     El cielo es nuestra verdadera patria, en la que debemos pensar. Los exilados piensan en su patria y anhelan volver a ella; la esperanza de pisar de nuevo su sagrado suelo les hace soportar las penalidades que sufren en el destierro.
     Pues bien: todos los que vivimos en el mundo somos unos pobres exilados que suspiramos por nuestra patria celestial; hacia ella corre nuestro pensamiento y así nos parecen más llevaderos, y hasta placenteros, los padecimientos que nos vemos obligados a soportar en esta vida.
     * El cielo y los mártires.— ¡Qué idea más clara tenían del cielo los mártires cristianos! Cuando se les hacía comparecer ante los tribunales y les preguntaban los magistrados quiénes eran y cuél su patria, respondían :
     Somos cristianos y nuestra patria está allá arriba, sobre los luceros, en donde mora nuestro Señor. Salvador y Dios. Jesucristo nos ha precedido para prepararnos un lugar en su reino, y sólo aspiramos a ocupar nuestro sitial por toda una eternidad bienaventurada.
     Así hablaban aquellos campeones de la fe, y marchaban alegremente a las torturas y a la muerte por la convicción que tenían de que iban derechamente a la patria celestial, por la que tanto habían suspirado.
     * San Buenaventura deseaba ardientemente la felicidad del cielo, y lo mismo quería que hiciesen los demás. Por eso repetía : "Dios, los ángeles y todos los santos del cielo nos esperan en la patria con impaciencia, y piensan con fruición en el momento de estrecharnos entre sus brazos".
     La estimación del cielo."¿Para vosotros el cielo y para mí la tierra?" —Cuando San Bernardo se disponía a abandonar la casa paterna, en unión de otros hermanos suyos, para entrar en religión, fue a despedirse del más pequeño y le dijo:
     ¡Adiós, hermanito! Sé bueno. Ahora serás dueño de toda nuestra hacienda.
—¿A dónde os vais? —le preguntó.
—Nos vamos a ganar el cielo.
El chico reflexionó unos instantes y replicó:
     — ¡Ah!, ¿sí? ¿Para vosotros el cielo y para mí la tierra? Esta partición no es justa. Yo también quiero irme a ganar el cielo.
Y se fue con sus hermanos a ser religioso.
¡Esto sí que era tener el cielo en su debida estimación!
     El deseo del cielo.San Ignacio, obispo de Antioquía, que murió martirizado el año 107, escribía en una carta dirigida a los romanos: "Anhelo estar ante las fieras que han destinado para mí. ¡Ojalá me despedacen en seguida! Yo las azuzaré para que me devoren rápidamente. Nada del mundo me importa: mi único deseo es reunirme con Jesucristo nuestro Señor."
     Al oír los rugidos de los leones y los espantosos aullidos de las panteras, decía: "Dejad que sea pasto de las fieras para ir a gozar de Dios. Yo soy trigo de Jesucristo y seré molido en los dientes de los leones para convertirme en pan del mundo: Frumentum Christi sum, dentibus bestiarum molar ut panis mundus inveniar." 

     Lo que hay en el reino de los bienaventurados es imposible describirlo. San Pablo, que fue arrebatado hasta el tercer cielo, dijo que había visto cosas que la mente humana no podía concebir : "Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman" (1 Cor., II, 9). Allí se gozará de todo bien, sin mezcla de mal alguno. "Los bienaventurados —dice la Sagrada Escritura— ya no tendrán hambre, ni tendrán ya sed, ni caerá sobre ellos el sol ni ardor alguno" (Apoc., VII, 16); "y enjugará las lágrimas de sus ojos, y la muerte no existirá más, ni habrá duelo, ni gritos, ni trabajo, porque todo esto es ya pasado" (Apoc., XXI, 4).
     De forma que en la patria celestial no existe mal alguno; no se llora ni se sufre; no hay temor, duelos o quebrantos.

     3. ¿Qué bienes se disfrutan en ella?
     Cierto día preguntó a Santo Tomás de Aquino su hermana cómo era la bienaventuranza del cielo, y el gran teólogo le respondió:
     Mi querida hermana, eso no puede saberse hasta que no se gane y se obtenga. Es algo tan delicioso, que todo el humano saber es incapaz de descifrarlo.
     Más fácil sería encerrar en una cáscara de nuez toda el agua de los océanos, que figurarnos adecuadamente con la imaginación las bienaventuranzas del cielo.

     Algunos creen que las delicias del Paraíso celestial son similares a las que podrían soñarse en la tierra: ricos palacios, amenos jardines, armoniosos cánticos y melodías, clima ideal, horizonte azulado, eterna primavera. Estas son cosas materiales que no pueden compararse con las del cielo. Todo cuanto de bello y delicioso existe en el mundo, no es más que barro y lodo en comparación de los bienes del Paraíso celestial.
     En la gloria eterna verán los bienaventurados a Dios tal como es, lo amarán y poseerán para siempre jamás. La felicidad perfecta consiste en ver y poseer a Dios, y en eso consistirá precisamente la del cielo.
     Cierto es que en el cielo no todos tendrán la misma felicidad, puesto que habrá grados, y quien más merezca más gloria disfrutará, como nos lo dice San Pablo: "Cada cual recibirá su recompensa conforme a su trabajo" (1 Cor., III, 8); pero todos estarán contentos, por saber que el premio ha de ser proporcional a los merecimientos.
     ¡Qué incontenible alegría inundará nuestra alma si vamos al Paraíso para estar por siempre jamás en compañía de la Santísima Virgen, nuestra Madre amantísima, que nos hará objeto de sus caricias; de los ángeles y de los santos, gozando de la vista y posesión de Dios: Et sic semper cum Domino erimus! (1 Thess., IV, 10).
     ¿Cabe amar al mundo abundando en este pensamiento? ¿Podrán siquiera desearse las míseras cosas de la tierra pensando en la felicidad eterna?
     * San Pedro, que en la transfiguración vio por unos instantes un rayito de luz celestial, quedó tan arrobado que sentía desprecio y hasta horror por las cosas de este mundo.
     * San Ignacio y el cielo.—San Ignacio de Loyola subía de tiempo en tiempo a una elevada terraza para contemplar desde allí más a sus anchas el firmamento estrellado, imaginando la belleza y los goces del cielo. Compenetrado con este pensamiento, se le encendía el semblante, se la inundaban de lágrimas los ojos y exclamaba: "¡Qué fea y sórdida es la tierra en comparación del cielo! : Heu! quam sordet tellus dum coelum adspicio.''
     Y, sin embargo, ¡cuántos se olvidan de las alegrías celestiales y se enamoran de las miserias terrenas!.
     El deseo del barro.—El hijo de Napoleón.  Durante el imperio de Napoleón I se celebraba una gran fiesta en el palacio real de París. Estaban reunidos los grandes del imperio, vestidos con sus mejores galas, y las principales damas de la corte deslumhraban con su atavío y brillantes joyas. En una magnifica estancia, llena de objetos preciosos, entreteníase como podía el principito llamado Rey de Roma, jugando él solo sobre rica alfombra. Pero desde allí veía por la calle a unos cuantos pilletes que chapoteaban en el agua y jugaban alegremente en el barro.
     Viéndole triste y aburrido le preguntó Napoleón:
     —¿Qué te pasa, hijo mío? ¿No te alegra todo este esplendor y el saber que un día serás dueño de toda esta magnificencia?
     El chiquito extendió su bracito hacia la ventana y, señalando con el índice la calle por donde estaban los pilletes, contestó:
     Me gustaría estar jugando con aquéllos en el barro.
     Como este principito hay muchos niños que, estando destinados para reinar en el cielo, prefieren entretenerse y jugar en el lodazal de las cosas mundanas, que no pueden compararse con las magnificencias y sublimidades que pueden gozar en el cielo.
 

II.—El pensamiento del cielo nos estimula al bien.

     1. Nos inclina a bien obrar.
     ¿Quién de vosotros, amados niños, no quiere ir al cielo? Ya sé que todos lo anheláis; pero para ir a él es preciso hacer algo. Ante todo hay que soslayar el pecado, porque en el cielo no entra nada manchado. Mas no basta con eso, sino que además es necesario ganarlo con buenas obras, que son las que en definitiva dan derecho a ir a la gloria.
     Decía el profeta David: "¿Quién subirá al monte de Dios y se estará en lugar santo? El de limpias manos y puro corazón, el que no lleva su alma al fraude y no jura mentira" (Ps., XXITI, 3-4).
     El pensamiento del cielo debe movernos a ser buenos, humildes, puros, mortificados, estudiosos, obedientes. También debe inclinaros a rezar bien y con mucho fervor vuestras oraciones, a ser caritativos con los demás y a dar buen ejemplo a vuestros compañeros. Estas son las buenas obras que debéis cumplir. ¿Habrá quien no las baga sabiendo que con ellas se gana el cielo?.
     Trabajar para el cielo.—San Felipe Neri se encontró cierto día en un bosque con un campesino que hacía leña, y entre ambos se desarrolló el siguiente diálogo :
     —¿Para qué recoges leña y trabajas?
     —Para ganarme el pan.
     —¿Sólo por eso?
     —Y el de toda mi familia —replicó el hombre.
     —¿Y para ganarte el cielo no? Por dos cosas hay que trabajar en esta vida: por el pan y el cielo.
     San Felipe sí que trabajaba para el cielo; y así, cuando el Papa le ofreció el capelo cardenalicio, dijo, sonriéndose, a los representantes pontificios enviados exprofeso para notificarle la augusta decisión:
     —Digan a Su Santidad que le agradezco el honor con que quiere distinguirme; pero que dispense que no lo acepte, porque prefiero otro capelo que me está esperando...
Tiró el bonete al aire y exclamó:
     — ¡En el cielo! ¡En el cielo!
Esta era la única aspiración que tenía.

     2. Nos permite padecer con buen ánimo.
     En este mundo no hay más remedio que padecer y luchar contra los enemigos de nuestra salvación. Soportad, pues, queridos míos, las tribulaciones con resignación y paciencia, ya que ellas son las que han de permitiros merecer la corona de la gloria, pues, como dijo el Señor, sólo será coronado el que hubiese luchado legítimamente: Non coronabitur nisi qui legitime certaverit (2 Tim., II, 5).
     * San Adrián, antes de convertirse al cristianismo, se admiraba de la paciencia, mansedumbre y fortaleza de que daban muestra los mártires en las torturas. Un día preguntó a uno de ellos :
     —¿De dónde sacáis los cristianos fortaleza tan heroica?
     El mártir señaló al cielo y le contestó :
     —El valor y la fortaleza nos vienen de lo alto, en donde se premia y recompensa a los que triunfan.
     Esta respuesta decidió a Adrián a abrazar la fe de Cristo, y también murió mártir él.
     San Francisco de Asís, en medio de las penas y dolores más atroces, pensaba en el cielo y repetía: "Tan grande es el bien que espero, que todo padecer me conforta."
     Así hacían los santos. En las tribulaciones miraban al cielo e inmediatamente se consolaban.
     La alegría ante la proximidad del premioTomás Moro, gran canciller de Inglaterra (+ 1535), condenado a muerte por su fidelidad y firmeza en la religión católica, subió al patíbulo con visibles muestras de contento. Al pedirle perdón el verdugo porque iba a quitarle la cabeza en contra de su voluntad, le abrazó el canciller y le dijo:
     —Amigo mío, me vas a hacer el mayor obsequio que cabe hacer en este mundo a una persona: ¡abrirme las puertas del cielo!
 
     Estando moribundo San Martín, obispo, hallábase tendido en la cama, de supino, con los ojos puestos en el cielo. Le aconsejaron que se volviese de lado para que se le aliviaran los dolores, pero él respondió: "Dejad que mire al cielo y no a la tierra, para que mi alma vaya más derechamente hacia su Salvador."
     Conclusión.—Hijitos míos, pensad mucho en el cielo y procurad ganároslo.
     San Agustín, obispo de Hipona (+ 430), hablando cierto día a sus diocesanos, les decía:
     —¿Qué haríais vosotros si Dios os prometiera todos los bienes y alegrías del mundo por espacio de cien o mil años, a condición de perder el Paraíso?
     Los oyentes contestaron a una: ¡Piérdase todo menos el Paraíso!
     Esta es la reflexión que debéis haceros vosotros, mis queridos niños. Cuando os tiente el demonio, repetid: "Si lucho y salgo victorioso, Dios me concederá la corona de la gloria." En las aflicciones, deciros: "Si sufro por amor de Dios, me ganaré la recompensa del cielo."
     En todo, y para siempre, formulad esta resolución: "¡Debo y quiero salvarme!"

G. Montarino
MANNA PARVULORUM

domingo, 15 de enero de 2012

DOMINICA SEGUNDA DESPUES DE LA EPIFANIA

LA DEVOCION DE MARIA
"Al tercer día hubo una boda en Caná de Galilea, y estaba allí la Madre de Jesús. Fue invitado también Jesús con sus discípulos a la boda. No tenían vino, porque el de la boda se había acabado. En esto, dijo la Madre de Jesús a éste:
"—No tienen vino.
"Díjole Jesús:
—Mujer, ¿qué nos va a mí y a ti? No es aun llegada mi hora.
"Dijo la Madre a los servidores:
"—Haced lo que El os diga.
"Había allí seis tinajas de piedra para las purificaciones de los judíos, en cada una de las cuales cabían dos o tres metretas (La medida o metreta equivalía a unos 40 litros).
"Díjoles Jesús:
"—Llenad las tinajas de agua.
"Las llenaron hasta el borde.
"Y El les dijo:
"—Sacad ahora y llevadlo al maestresala.
"Se lo llevaron, y luego que el maestresala probó el agua convertida en vino —él no sabía de dónde procedía, pero lo sabían los servidores que habían sacado el agua—, llamó al novio y le dijo:
"—Todos sirven primero el vino bueno, y, cuando están ya bebidos, el peor; pero tú te has guardado hasta ahora el vino mejor.
"Este fue el primer milagro que hizo Jesús en Caná de Galilea, manifestando su gloria, y creyeron en El sus discípulos" (lo., II, 1-11).

* * *

Cada vez que en el Evangelio se habla de la Santísima Virgen es para darnos a conocer luminosos ejemplos de las excelsas virtudes de la Madre de Dios y aleccionadoras enseñanzas para nosotros.
El hecho ocurrido en las bodas de Caná nos hace ver : 1.°, la bondad de María, que se interesa por los novios; 2.°, su poder, que inclina a Jesús a hacer lo que desea.
El poder y la bondad nos lo viene demostrando la Santísima Virgen en todo momento, y de ahí que debe ser mucha la devoción que nos inspire nuestra Madre del Cielo.

I.—Bondad de María.
Nadie puede dudar de la bondad de la Santísima Virgen. Bien se aprecia lo que decimos por el Evangelio de este día. Cuando la solícita Madre se dio cuenta de que faltaba el vino en lo mejor del banquete nupcial, se apiadó inmediatamente de los recién casados y de sus invitados, y rogó a su divino Hijo que hiciese un milagro, diciéndole: "No tienen vino", como queriendo significarle: "Dáselo Tú."
San Bernardino de Siena dice a este propósito que el corazón de María se compadece de cualquier necesidad o aflicción. Y si en Caná concedió la gracia que necesitaban aquellos novios, aun sin que ellos se la pidieran, ¿qué no hará por nosotros si nos dirigimos a Ella con confianza? Y añade San Buenaventura: "Si María era tan buena y compasiva en la tierra, ¿cuánto más no lo será ahora que está en el cielo, desde donde conoce todas nuestras necesidades y miserias?"
Y, efectivamente, ¿quién no ha experimentado la protección de tan bondadosa Madre? ¿No veis, mis queridos niños, cuántos santuarios, basílicas, iglesias, ermitas y altares hay esparcidos en su honor por toda la redondez de la tierra? ¿Y qué vienen a decirnos? Sencillamente: que la Santísima Virgen viene concediendo innúmeras gracias y favores de todo orden a los hombres, a quienes ama como hijos suyos. ¿No habéis obtenido todos vosotros algún favor especial de la Reina del Cielo? ¡ Quién sabe de cuántos peligros os habrá librado! ¡Cuántas gracias os habrá concedido sin que os hayáis dado cuenta tan siquiera!
San Pedro Damiani nos dice que la Santísima Virgen nos profesa un amor insuperable, y, que si se reuniera en uno solo el amor de todas las madres del mundo, no sería nada en comparación del de María. Según San Alfonso, la Virgen no rechaza a nadie, porque su maternal cariño alcanza a todos los mortales. Quiere a los justos y los protege para que no se salgan del buen camino; quiere a los pecadores y por eso desea ardientemente su conversión, volverlos a ver en buenas relaciones con Jesús, y que se salven para tenerlos en su compañía en el cielo.
¿Por qué no recurrir, pues, a tan buena Madre en toda circunstancia, necesidad o peligro? "Vayamos a Ella sin temor —nos dice San Bernardo—; es una Madre dulce, clemente, piadosa." Pongamos en Ella toda nuestra confianza, porque, además de ser una Madre sumamente bondadosa, es también poderosa en sumo grado y puede prestarnos valiosa ayuda en todo momento.

II.—Poder de María.
Volvamos al Evangelio. Cuando María dijo a Jesús: "No tienen vino", entendía decirle : "Dáselo Tú." Y Jesús atendió el ruego y deseo de su Madre, haciendo inmediatamente el portentoso milagro que hemos referido. Con ello quedó de manifiesto el poder que ejerce María en el corazón de Jesús. Nuestro Señor Jesucristo no sabe negarle nada y le concede cuanto le pide.
¿De dónde le viene semejante poder sobre el corazón de Cristo? Precisamente del hecho de ser su Madre, como nos lo dice San Bernardo: Quia Mater est Unigeniti Filii. Cuando la Santísima Virgen subió al Paraíso llevada por los ángeles, Dios la coronó de estrellas y la proclamó Reina de cielos y tierra, le dio su poder y la hizo dispensadora de sus tesoros y gracias. Por eso llega a decir San Bernardo, considerando tal poder: "Dios hace lo que quiere la Santísima Virgen : Velis tu, Virgo? et omnia fient.'" Y San Antonino afirmaba que los ruegos que la Virgen dirige a Dios, por ser su Madre, tienen visos de mandatos, resultando prácticamente imposible que no los atienda. La Iglesia se hace eco de esta verdad y llama a María en las letanías Virgo potens: Virgen poderosa.
¿Puede obtener la Santísima Virgen gracias para los pecadores? Indudablemente; siempre que recurran a Ella y tengan voluntad de convertirse. Por eso llama la Iglesia a María: Refugio de los pecadores: Refugium peccatorum.

Santa María Egipcíaca (+ 432) fue en su juventud una gran pecadora que luego experimentó en sí el poder y la piedad de la Santísima Virgen María.
Un día quiso entrar en el templo de la Santa Cruz, de Jerusalén, pero se lo impidió al principio tina fuerza invisible. Alzó sus ojos y vio pintada en el muro una imagen de María. Hincóse entonces de rodillas y pidió a la Santísima Virgen que se apiadara de ella. La Madre de Dios la escuchó y la mísera pecadora quedó convertida. Pudo entonces entrar en la iglesia, se confesó, y al salir del templo abandonó el mundo, retirándose a un desierto para hacer penitencia.
Este caso es uno de los innumerables triunfos del poder y maternal bondad de la Santísima Virgen María.
María protege a todos sus hijos, tanto en vida como en muerte. El demonio no puede nada contra sus protegidos, puesto que huye precipitadamente cuando oye pronunciar con la debida reverencia y confianza los santos nombres de Jesús y María. Por algo pone la Iglesia en nuestros labios la hermosa invocación : "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte" (1) (2).

III.—La verdadera devoción a María.
Ciertamente se echó de ver en la boda de Cana lo que se necesita para obtener la protección de la Santísima Virgen. "Haced lo que El os diga", dijo María a los sirvientes. Eso mismo viene a decirnos a nosotros si de veras queremos su protección y amor de Madre. Para que la Virgen nos conceda las gracias y favores precisos para salvarnos, debemos hacer lo que nos diga Jesús, o sea, cumplir los mandamientos de la Ley de Dios. El que sea pecador ha de hacer lo que desea Jesús, es decir, arrepentirse, confesarse y no pecar más; el que sea bueno tiene que alejarse del pecado y de las ocasiones de pecar, como lo quiere Jesús.
Hijos míos, quien ofende a Jesús ofende también a María, su Madre. Y si por acaso ofendiereis a tan bondadosa Madre, ¿cómo podríais esperar su protección y auxilio?
A cuántos chicos podirta decirles la Santísima Virgen : ¿Cómo queréis que os atienda y alcance lo que me pedís si no dejáis de ofender a mi Jesús? ¿Qué favores puede esperar un hijo de su madre si en vez de quererla y honrarla no hace más que darle disgustos y apenarla de continuo con su conducta y mal proceder? Guardaos de disgustar a la Santísima Virgen con pecados, que son para Ella como agudas espadas clavadas en su corazón. Si pecáis, demostraréis que no sois hijos suyos, sino enemigos, y en tal caso no tendrá más remedio que alejarse de vosotros (3).

Conclusión.—Sed siempre, mis amados hijos, puros, obedientes y caritativos; dad buen ejemplo y alejaos de las malas compañías, y así demostraréis amar a la Virgen. Además, rezadle devotamente, haced frecuentes visitas a sus altares y besad con frecuencia alguna imagen suya. Obrando de esta forma podréis depositar en Ella toda vuestra confianza, y la Santísima Virgen se mostrará espléndida con vosotros dándoos a manos llenas gracias y favores; os ayudará en vida y os consolará en punto de muerte, obteniéndoos al fin la gracia mayor de todas : la de ir al Paraíso para alabarla y bendecirla por toda la eternidad (4) (5).

EJEMPLOS
(1) La protección de María.— Huye Satanás.—Un discípulo de San Juan Gualberto estaba para morir y tenía junto a sí al santo abad, que le sugería los pensamientos más adecuados al gran paso que se disponía a dar. En cierto momento el moribundo dio señales de gran turbación, empezó a temblar y se tapó la cara con el cubrecama. Al preguntarle el santo abad qué le pasaba, sólo respondió: "¡Auxilio, Jesús y María!" "¡En vos confío, Madre mía!" Después de esto se destapó y, sonriendo dulcemente, exclamó: "¡Ha huido Satanás y viene la Santísima Virgen!" Y en compañía de tan buena Madre salió de este mundo el alma del discípulo de San Juan Gualberto .
(2) La beata María Victoria Fornari-Strata asistía en punto de muerte al último de sus hijos, Alejandro, niño de sólo diez años. En cierto momento el pequeño moribundo dijo a su madre, radiante de alegría: "¿No ve a la Reina del cielo? ¡Viene rodeada de ángeles para llevarme con Ella a la gloria!"
(3) La Virgen acaricia a quien se lo merece.— Tomás de Kempis, célebre fraile agustino, autor de La Imitación de Cristo, siendo niño acostumbraba a rezar todos los días algunas oraciones a la Santísima Virgen.
Pero después empezó a descuidarlas y terminó dejándolas del todo. Mas, comoquiera que la Santísima María lo amaba mucho, se le apareció en sueños: Hallándose jugando en un prado con otros muchachos de su edad, se presentó la Virgen, que empezó a acariciar uno a uno a todos los niños menos a él, pues cuando llegó su vez le dijo la celestial Señora: "A ti no te digo nada ni esperes que te acaricie, porque te has olvidado de mí." Cuando Tomás se despertó quedóse como anonadado, reaccionó y volvió a sus devociones marianas, que ya no abandonó en toda su vida.
(4) La verdadera devoción.—San Luis Gonzaga, siendo un niño de nueve años, arrodillado en Florencia ante un altar de la Santísima Virgen, le prometió permanecer puro y casto toda su vida y le hizo ofrenda de su corazón. Esto agradó mucho a la celestial Señora, que protegió extraordinariamente a tan angelical criatura.
San Luis Gonzaga es modelo de los verdaderos devotos de la Santísima Virgen, pues no sólo procuró no disgustarla en toda su vida, sino que la amó entrañablemente, la llamó su Madre e imitó sus virtudes, en especial la pureza.
(5) San Esteban, rey de Hungría, consagró su reino a la Santísima Virgen, y, cada vez que debía tomar alguna determinación de importancia, se postraba de hinojos ante la imagen de María que tenía en su oratorio y le decía: "Mi mayor dicha y honor, Reina y Soberana mía, es serviros de humilde peana. Vos sois la dueña absoluta de Hungría y yo un simple representante y procurador vuestro."
También tenemos que gobernar nosotros la república de nuestros sentidos, que debemos ofrecerlos todos los días a la Virgen; y de este modo será Ella nuestra Reina y Señora en esta vida, y luego, por siempre jamás, en la gloria del cielo.
G. Mortarino
MANNA PARVULORUM

domingo, 8 de enero de 2012

DOMINICA INFRAOCTAVA DE LA EPIFANIA

DEBERES PARA CON LOS PADRES
"María y José acostumbraban ir con el Niño a Jerusalén todos los años en la fiesta de la Pascua. Cuando era ya de doce años, al subir sus padres, según el rito festivo, y volverse ellos, acabados los días, el Niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus padres lo echasen a ver. Pensando que estaba en la caravana, anduvieron camino de un día. Buscáronle entre parientes y conocidos, y, al no hallarle, se volvieron a Jerusalén en busca suya. Y al cabo de tres días le hallaron en el Templo, sentado en medio de los doctores, oyéndolos y preguntándoles. Cuantos le oían se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas.
"Cuando sus padres le vieron se maravillaron, y le dijo su Madre:
"—Hijo, ¿por qué lo has hecho así con nosotros? Mira cómo tu padre y yo, angustiados, te buscábamos.
"Y El les respondió:
"—¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?
"Ellos no entendieron lo que les decía. Bajó con ellos y vino a Nazaret y les estaba sujeto, y su Madre conservaba todo esto en su corazón. Jesús crecía en sabiduría y edad y gracia ante Dios y ante los hombres" (Luc., II, 41-52).

Este pasaje del santo Evangelio parece escrito exclusivamente para vosotros, mis queridos niños. Cabría hacer muchas reflexiones, pero sólo haremos una. El Niño Jesús es el modelo que debéis imitar. De El podéis aprender a cumplir debidamente el cuarto mandamiento, que dice : "Honra a tu padre y a tu madre : Honora patrem tuum et matrern tuam" (Exod., XX, 12). La palabra honra implica cuatro obligaciones: respeto, amor, obediencia y asistencia. Procuraré explicároslas.

I.—Respeto.
Hay que respetar a los padres. Esto quiere decir que se les debe apreciar muchísimo y sentir verdadera veneración hacia ellos, por lo crue será natural el deseo de guardarles todas las posibles atenciones.
Los padres representan a Dios y es el mismo Señor nuestro quien ha impuesto a los hijos la obligación de que respeten a los padres, y caen bajo su maldición los que no cumplen tan sacrosanto deber.
En la Sagrada Escritura dice el Señor: "Maldito quien deshonre a su padre y a su madre : Maledictus qui non honorat patrem-suum et matrern suam" (Deut., XXVII, 16). Y añade: "Al que escarnece a su padre y pisotea el resueto de su madre, cuervos del valle le saquen los ojos y devórenle aguiluchos" (Prov., XXX, 17). En cambio, obtendrá muchas bendiciones del Señor quien respete a sus padres, pues, como dice el Espíritu Santo: "Y atesora el que honra a su madre. El que honra a su padre se regocijará en sus hijos y será escuchado en el día de su oración" (Eccl., III, 5-6).

He aquí ahora dos ejemplos de la Sagrada Escritura, uno de bendición a los hijos respetuosos y otro de maldición a los desnaturalizados :
*El respeto de José a su padre, Jacob.—Cuando José fue elevado a la dignidad de virrey de Egipto, llamó junto a sí a su padre, el patriarca Jacob, a quien siempre había respetado muchísimo. Al saber que se aproximaba a Egipto, salióle al encuentro en un magnífico coche, en compañía de sus dos hijos. Apenas vio a su anciano padre, le echó los brazos al cuello, llorando de emoción y de ternura. Luego le hizo sentarse a su diestra y lo presentó al Faraón, del que consiguió que le diese en señorío la fértil tierra de Gesén, en el delta del Nilo. (Confróntese Génesis, XLVI, 29-34).

* Maldición a Cam y a su descendencia.—Noé, agricultor, comenzó a labrar y plantó una viña. Bebió de su vino y se embriagó, y se desnudó en medio de su tienda. Vio Cam, el padre de Canaón, la desnudez de su padre y fue a decírselo a sus hermanos, que estaban fuera; y tomando Sem y Jafet el manto, se lo pusieron sobre los hombros; y yendo de espaldas, vuelto el rostro, cubrieron, sin verla, la desnudez de su padre. Despierto Noé de su embriaguez, supo lo que con él había hecho el más pequeño de sus hijos, y dijo: "Maldito Cam. Siervo de los siervos de sus hermanos será. Bendito Yavé, Dios de Sem. Y sea Cam siervo suyo. Dilate Dios a Jafet y habite éste en las tiendas de Sem, y sea Cam su siervo" (Gén., IX, 20-27).

Hijos míos, respetad siempre a vuestros padres y procurad que vuestro respeto sea sincero y se manifieste en el exterior. No juzguéis nunca a vuestros padres, aunque no os satisfaga su manera de ser y de obrar. Guardaos mucho de hablar mal de ellos, de publicar sus defectos, de despreciarlos o burlarlos, o, lo que es todavía peor, faltarles de palabra y obra. Vuestro respeto debéis hacerlo extensivo a los superiores y ministros del Señor.

II.—Amor.
Hay que amar a los padres. ¿Por qué? ¿Hace falta siquiera decirlo? ¿Acaso no es un deber que ha fijado la naturaleza en el corazón de todos? Hasta los mismos animales sienten cariño hacia sus padres.
Amor con amor se paga. Ahora bien: ¿hay quien quiera a sus hijos más que los padres? Ciertamente que no. Vuestros padres os han criado y guardado; os han provisto de todo lo necesario sin escatimar fatigas, desazones, privaciones y sacrificios de todo género. Os quieren más que a ellos mismos y sólo se afanan y piensan en vuestro bien. ¿No habrá de ser, por consiguiente, vuestra primordial obligación quererlos con toda vuestra alma? Vuestro amor para con ellos ha de ser sincero, salido del corazón, y debéis manifestárselo con palabras afectuosas y ¿ctos de cariño, como Dios lo desea (4).

III.—Obediencia.
Hay que obedecer a los padres porque así lo quiere también el Señor, que nos dice por medio de San Pablo: "Hijos, obedeced a vuestros padres en todo lo que sea justo" (Ephes., VI, 1). Dios nuestro Señor no sólo nos impuso el precepto, sino que además nos dio en esto luminoso ejemplo. Jesús era Dios, y, como tal, no estaba obligado a obedecer a nadie, debiéndole estar, por el contrario, sometidas todas las criaturas de la tierra, incluso los más poderosos monarcas. Y, sin embargo, como dice el Evangelio, obedeció toda su vida a la Santísima Virgen y a San José, a pesar de que eran criaturas suyas: "Erat subditus illis" (Lc., II, 51).
La misma razón nos dice que donde falta la obediencia faltan necesariamente el orden, la paz y la armonía. En el mundo debe haber quien mande y quien obedezca. "El hijo que no obedezca a sus padres y se muestre indócil con ellos, más que hijo es un verdadero monstruo" (San Pedro Crisólogo).
¡Cuántos hijos hay indóciles, que bacen todo lo contrario de lo que les mandan sus padres! ¡Cuántos hay que responden groseramente a sus padres: "No quiero". "No me da la gana"!... ¿Ignoran esos rebeldes que es el mismo Dios quien les manda por medio de los padres? ¿No saben, por ventura, que desobedeciendo a los padres desobedecen al mismo Dios? (5).
Hay algunos que obedecen; pero a regañadientes, de mala gana, o que lo hacen a fuerza de amenazas y de castigos, después de habérselo mandado tres o cuatro veces... ¡No! No es así como hay que obedecer, sino con prontitud, sin remolonear, generosos y alegremente, como lo quiere el Señor. Además, hay que obedecer a los padres en todo, salvo en lo que vaya abiertamente contra la divina voluntad, pues entre los padres y Dios hay que escoger a Dios.

IV.—Asistencia.
Los hijos deben socorrer también a sus padres en sus necesidades corporales y espirituales, lo cual quiere decir: a) que no deben abandonarlos en la pobreza, ancianidad o enfermedades, sino hacer cuanto esté de su parte por ellos, sin escatimar los sacrificios que fuesen menester, para devolverles así algo de lo mucho que tienen recibido (6) (7); b) que deben soportar sus defectos, disculparlos, ayudarles en el cumplimiento de sus deberes religiosos, rezar por ellos y ofrecer sufragios por su alma cuando fallezcan.

Conclusión.—¿Habéis cumplido hasta ahora esos deberes para con vuestros padres? Dichosos los hijos que respetan, aman, obedecen y socorren a los que les han dado el ser, pues obtendrán un gran premio en esta vida y en la otra. El mismo Señor nuestro dijo: "Honra a tu padre y a tu madre para que vivas largos años en la tierra que Yavé, tu Dios, te da" (Exod., XX, 12). Ya sabéis, pues, que a los buenos hijos les está prometida una larga vida, y cuando mueran cantarán en el cielo el himno de la victoria: Vir obediens loquetur victoriam (Prov., XXI, 28).

Fijaos, hijos míos, en el Niño Jesús, vuestro modelo, y pedidle la gracia de imitarlo.

EJEMPLOS
(1) El respeto a los padres.—Antonio Genovesi (+ 1769) fue un autor de muchos libros, algunos de ellos para niños. Un día que estaba en su cátedra explicando su lección, vio a su padre entre los oyentes, y por respeto a él se descubrió y puso en pie, permaneciendo así durante el resto de la clase mientras su padre estuvo en el aula. Ni que decir tiene que los alumnos quedaron muy edificados con el proceder de su insigne catedrático.

(2) El respeto a los superiores.—El príncipe y el maestro.—Un joven príncipe contradijo cierto día a su profesor, y en el calor de la discusión llegó a decirle: "¡Ya veremos quién de los dos tiene razón!" Mas luego reconoció que había faltado al respeto y estimación que debía a su preceptor y se humilló ante él, diciéndole: "Tendrá usted razón, porque sabe más que yo."
Este hecho es digno de que lo recordéis toda vuestra vida.

(3) El respeto a los ministros de Dios.—Alejandro Magno y el Pontífice. — Alejandro Magno, rey de Macedonia (+ 323 a. C.), se apoderó de Jerusalén. Las gentes huían aterrorizadas ante el invicto caudillo; pero el Sumo Pontífice judío, revestido con los ornamentos sagrados y llevando escrito el nombre de Dios en una ancha cinta que le cubría la frente, salió a su encuentro con aire majestuoso. En viéndole Alejandro, cayó de rodillas en actitud de suma humildad. Todos los presentes se asombraron de cosa semejante, y uno de los generales macedónicos le preguntó:
—¿Qué habéis hecho, majestad?
—No he adorado al sacerdote hebreo, sino a Dios, de quien él es ministro —respondió el gran rey.
Aquí se ve cómo hasta los paganos honraban a los ministros del Señor por la gran reverencia que les inspiraba la divinidad.

(4) El amor filial.Plinio el joven, escritor latino y cónsul de Roma, se hallaba en Cabo Miseno durante una terrible erupción del Vesubio. Huyendo de las cenizas y lava ardiente, los habitantes salieron precipitadamente de la ciudad; Plinio, más que en sí, pensaba en su anciana madre, que no podía salir por su pie, y aunque ella le decía a su hijo que la dejase morir y se pusiese él a salvo, el cónsul romano la tomó en sus brazos y la llevó a través de las calles de la ciudad, entre las abrasadoras cenizas, sofocante liumo y siniestras llamaradas, a lugar seguro.

(5) La obediencia.Cara desobediencia.—Cierto día de riguroso invierno vio un niño a unos chicuelos patinar sobre el hielo y quiso imitarlos. Su madre le hizo serias advertencias y le prohibió que hiciese semejante cosa. Pero el chiquillo, en cuanto pudo, se evadió de su madre y fue a patinar como hacían los otros. Mas el niño desobediente sufrió una aparatosa caída y resultó con una pierna y un brazo rotos.
¡Cuánto más le hubiera convenido obedecer a su madre!

(6) La escudilla rota.— Un padre había trabajado sin descanso toda su vida para proporcionar la mejor vida posible a su único hijo y dejarle una herencia de cierta consideración. Pero el hijo, cuando ya fue hombre, en vez de corresponder como debía a las atenciones y desvelos de su padre, ya anciano, se mostraba sumamente irrespetuoso con él, y hasta lo llamaba viejo chocho y alelado, haciéndole comer aparte en la cocina. Cierto día, al pobre anciano se le escurrió la escudilla de las manos y se partió en varios pedazos. El hijo le riñó y en lo sucesivo le ponia la comida en una pequeña gamella de madera, como a los perros. ¡Qué crueldad!
Pasados unos días, el desnaturalizado hijo vio a un chiquito suyo que estaba componiendo con alambre la escudilla del abuelo y, al preguntarle su padre qué hacía, le contestó:
—Estoy arreglando la escudilla del abuelo para ponerle en ella de comer a usted cuando sea viejo.
Aquel niño dio una buena lección a su padre, que tan descaradamente faltaba al cuarto mandamiento de la Ley de Dios.
Pero la gran lección a los hijos que sean crueles con sus padres se la dará Dios en la otra vida y aun en ésta.

(7) Amor filial heroico.—El siguiente hecho está tomado de los Anales del Japón. Había en el Imperio del Sol Naciente una pobre viuda con tres hijos, que vivía de lo que ellos ganaban porque ella se hallaba enferma. Sin embargo, era tan exiguo lo que les pagaban, que en la casa cenaba la miseria y la pobre mujer carecía de los medicamentos necesarios para recobrar la salud.
Los hijos se enteraron de que las autoridades ofrecían una fuerte suma a quien presentase a un peligroso ladrón. Para conseguirla tomaron una extremada resolución: que uno de ellos se hiciese pasar por el temible salteador de caminos. Echada la suerte, ésta recayó en el más pequeño, que fue llevado por sus dos hermanos a las autoridades judiciales. El juez preguntó al acusado si era él el ladrón que buscaban, y, al responder afirmativamente, ordenó que lo metiesen en la cárcel. Los otros dos, una vez cobrado el premio que habían prometido por la captura del criminal, fueron a despedirse del preso, lo que hicieron con lágrimas en los ojos, y luego se marcharon para entregar lo cobrado a su madre.
Extrañado el director de la cárcel de la tierna escena pasada entre los tres jóvenes, sospechó que el detenido no era ningún criminal, y menos el buscado, por lo que hizo que unos guardianes siguiesen a los jóvenes para espiar todos sus movimientos.
Llegado que hubieron los dos hermanos a su casa, entregaron a su madre lo recibido de las autoridades, y, extrañada la buena mujer de que le llevasen tanto dinero, preguntóles de dónde lo habían sacado. Informada de lo ocurrido, empezó a lamentarse en alta voz y a decir que devolviesen inmediatamente aquella suma y le llevasen a su hijo, pues prefería morir antes que consentir que estuviese preso, siendo, como era, inocente.
Los guardias se informaron de todo lo ocurrido y lo manifestaron al juez encargado del proceso, quien llamo a su presencia al fingido ladrón y, amenazándole, le hizo confesar toda la verdad, poniéndolo inmediatamente en libertad.
El hecho llegó a oídos del emperador, quien señaló una buena pensión al heroico hijo y otras menores a sus hermanos, ordenando asimismo que los médicos de la corte atendiesen debidamente a la enferma y procurasen que no le faltase ningún cuidado.

G. Mortarino
MANNA PARVULORUM

domingo, 6 de noviembre de 2011

DOMINICA VIGESIMA PRIMERA DESPUES DE PENTECOSTES

EL PERDON DE LAS OFENSAS

"Dijo Jesús a sus discípulos :
"—El reino de los cielos viene a ser semejante a un rey que quiso tomar cuentas a sus siervos. Al comenzar a tomarlas se le presentó uno que le debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, mandó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos, y todo cuanto tenía, para saldar la deuda. Entonces el siervo, cayendo de hinojos, dijo :
"—Señor, dame espera y te lo pagaré todo.
"Compadecido el señor del siervo aquel, le despidió, condonándole la deuda.
"En saliendo de allí, aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros que le debía cien denarios, y, agarrándole, le ahogaba, diciéndole:
"—Paga lo que debes.
"De hinojos le suplicaba el compañero, diciendo :
"—Dame espera y te lo pagaré.
"Pero él se negó y le hizo encerrar en la prisión hasta que pagase la deuda.
"Viendo esto sus compañeros, les desagradó mucho y fueron a contar a su señor todo lo que pasaba. Entonces hízole llamar el señor y le dijo:
"—Mal siervo, te condoné yo toda la deuda porque me lo suplicaste; ¿no era, pues, de ley que tuvieses tú piedad de tu compañero como la tuve yo de ti?
"E, irritado, le entregó a los torturadores hasta que pagara toda la deuda.
"Así hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonare cada uno a su hermano de todo corazón" (Mt., XVIII, 23-35).

Con esta parábola nos enseña Jesucristo que, si queremos obtener de Dios el perdón de los pecados, tenemos que empezar por perdonar nosotros. Si no perdonamos de corazón, Dios no nos perdonará.
Consideraremos: 1.° Por qué debemos perdonar. 2.° Cómo debemos perdonar. 3.° Qué nos sucederá si no perdonamos.

I.—Por qué debemos perdonar.
1. Dios nos lo manda (primer motivo).—Oíd lo que dice el Espíritu Santo: "Perdona a tu prójimo la injuria, y tus pecados, a tus ruegos, te serán perdonados" (Ecles., XXVIII, 2). Y Jesucristo nos dice en el Evangelio: "Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen" (Mt., V, 44).
¿Está claro?
Fijaos que Jesucristo no nos dice que amemos sólo a los que nos aman, pues eso ya lo hacían los publícanos y gentiles, sino que nos manda amar a los que nos causan algún mal. Esto está en contradicción con lo que sostiene y predica el mundo; pero nosotros debemos atenernos a lo que nos dice el divino Salvador si queremos ser verdaderamente cristianos. El verdadero cristiano no odia a nadie, no se alegra del mal ajeno, sino que quiere bien a todos, incluso a los que le ofenden, siguiendo las enseñanzas del divino Maestro.
* El duque de Guisa.—El duque de Guisa, jefe de los católicos franceses durante las guerras de religión, supo que un hugonote quería matarlo, y le dijo: "¿Qué mal te he hecho yo?"
"Ninguno —le replicó el hugonote— pero eres enemigo de los míos y eso me basta." "Pues bien —le repuso el de Guisa—: si tus principios te permiten matarme, mi religión me manda perdonarte."

2. El ejemplo de Jesucristo (segundo motivo).—Jesucristo no se vengó nunca de los enemigos que lo perseguían y maltrataban; antes al contrario, siempre devolvió bien por mal.
Cuando Judas le traicionó y se presentó al frente de la chusma de los judíos en el Huerto de los Olivos para prenderle, lo recibió con estas amables palabras: "Amigo, ¿a qué vienes?" (Mt., XXVI, 50). Y cuando estaba clavado en la cruz, sufriendo los espasmos de la muerte y recibiendo los insultos de aquellos deicidas, podía haberlos fulminado con sola su mirada y haberlos enviado inmediatamente al infierno, como Dios que era; pero, en cambio, no les dirigió ningún reproche ni exhaló ningún lamento, sino que dijo a su Eterno Padre: "Perdónalos, porque no saben lo que se hacen" (Lc., XXIII, 34).

3. Quiénes son los que nos ofenden (tercer motivo). Los que nos ofenden son hijos de Dios y hermanos nuestros, redimidos, al igual que nosotros, por la preciosísima Sangre de nuestro Señor Jesucristo. Y Jesús nos asegura que todo lo que hagamos a los demás, tanto lo bueno como lo malo, lo considerará como hecho a El mismo.
Si cuando alguien os ofende se os apareciese nuestro Señor, os mostrase sus llagas y os dijese: "Mirad lo que sufrí por vosotros y lo mucho que os he amado; perdonad a los que os ofenden, como yo perdoné a los que me crucificaban", ¿os atreveríais a decirle que no queríais hacerle caso y que os vengaríais? Pensad que si os vengáis de quienes os ofenden ofendéis al Corazón de Jesús. Yo sé que si pensáis en esto no tendréis valor para vengaros, por mucho que os ofendan.

4. Reconocimiento (cuarto motivo).—Tened presente que el Señor es muy misericordioso y os ha perdonado muchas veces vuestros pecados en vez de castigaros en seguida, como merecíais, y que dice a cada cual: "Te he perdonado tus muchas y graves culpas (que son como los diez mil talentos del siervo del Evangelio) y tú debes perdonar las ofensas que recibes de otros (que son como los cien denarios del otro siervo)". No creo que haciéndoos estas reflexiones no tengáis valor para perdonar a vuestro prójimo.

5. El propio interés (quinto motivo). — ¿Qué gana el que perdona las ofensas recibidas? Gana, nada menos, que el perdón de sus propias culpas. Todos hemos pecado y, por consiguiente, estamos necesitados de que el Señor nos perdone. Ahora bien: sabemos que Dios no nos perdonará si no perdonamos a los demás, pues así nos lo ha dicho Jesucristo: "No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados: absolved y seréis absueltos" (Lc., VI. 37). Y: "Si vosotros perdonáis a otros sus faltas, también os perdonará a vosotros vuestro Padre celestial" (Mt., VI, 14).
De ahí podéis colegir los motivos que tenemos para perdonar las ofensas y el gran negocio que hacemos perdonando al prójimo.
A pesar de todo esto, son muchos, tanto chicos como grandes, los que no saben soportar las ofensas y por cualquier cosa se sublevan y dicen llenos de ira y de rencor: "¡Me las has de pagar!", con lo que demuestran ser peores que los mismos paganos, muchos de los cuales, guiados por la luz de la razón, comprendieron lo grande y noble que es perdonar y olvidar las ofensas recibidas (1) (2).

II.—Cómo se ha de perdonar,

1. Hay que perdonar del todo.—Así nos perdona Dios. Así perdonó el señor de que nos habla el Evangelio al siervo que se lo suplicó, a quien despidió, condonándole toda la deuda. Si sólo se perdona una parte es como si no se perdonase nada.

2. De corazón.—Nuestro perdón no debe ser sólo de palabra, sino que ha de proceder del corazón. El perdón tiene que ser abierto, generoso, veraz, pues de lo contrario no será verdadero perdón. Hay quienes dicen: "Yo perdono a mis enemigos; pero que no se me pongan otra vez por delante, porque no respondo de mí." ¿Es ése perdón verdadero? Evidentemente que no, pues bien claro se ve que queda todavía bastante rescoldo.
Perdonar de corazón quiere decir olvidar del todo las ofensas; seguir apreciando, como si nada hubiese ocurrido, al ofensor; desearle toda clase de bienes y hacerle el que a nuestro alcance esté el otorgarle. Eso sí que es verdadero perdón (3) (4) (5).

III.—Consecuencias de no perdonar.

1. Dios no atiende los ruegos del que no perdona. El Señor nos ha dicho: "Si vas a presentar una ofrenda ante el altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano y luego vuelve a presentar tu ofrenda" (Mateo, V, 23-24).
Dios no atiende los ruegos y súplicas ni acepta las ofrendas del corazón que está impregnado de odio.

2. Dios no perdona al que no perdona.—Dios no perdona los pecados de quien no perdona a su prójimo. Esto nos lo dice nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio: "Si no perdonáis a los hombres las faltas suyas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestros pecados" (Mt., VI, 15). Así, pues, el que vaya a confesarse y mantenga odio en su corazón, hará una mala confesión, y aunque el sacerdote le dé la absolución y le diga: "Yo te absuelvo", Dios le dirá: "Te condeno."

3. Dios lo castigará.-Dice el Espíritu Santo: "El que se venga será víctima de la venganza del Señor, que le pedirá estrecha cuenta de sus pecados" (Eclesiástico, XXVIII. 1).
Recordad lo que le ocurrió al siervo que no perdonó a su compañero los cien denarios que le debía: "Irritado el señor, le entregó a los torturadores hasta que pagase toda la deuda." Así hará el Padre celestial con quien no perdone: lo castigará en el infierno.
¡Qué mal negocio el de quien no perdone las ofensas que reciba!
Lo peor del caso es que el pecador pide ese castigo cuando reza el Padrenuestro, puesto que dice al Señor que le perdone como él perdona a los demás. Por tanto, al no perdonar, es como si dijera al Señor: "No me perdones y castígame."
¿Veis qué desgracia más grande se procura el que no perdona?

Conclusión.—Queridos míos, tened muy presente la obligación en que todos estamos de perdonar. Se trata de un mandato de Dios y de nuestro propio interés. ¡No os venguéis jamás! ¡No guardéis rencor a nadie! "¡Que no se ponga el sol sobre vuestra iracundia!", como a todos nos advierte San Pablo (Ephesios, IV, 26).
Si perdonáis de corazón hallaréis también vosotros gracia y misericordia ante Dios.

EJEMPLOS

(1) El ejemplo de los paganos.—Contestación de Diógenes— Presentóse cierto día a Diógenes un hombre que quería vengarse de un enemigo suyo, y le dijo:
—Tú, que eres tan sabio, dime cómo tengo que vengarme de uno que me ba ofendido mucho.
Conforme —le respondió Diógenes.
—¿Qué me aconsejas, pues, que haga?
—Sé mejor que él.
Magnífico consejo, puesto que la mejor manera de vengarse es mostrar amabilidad y generosidad con quien nos ofende.

(2) Foción, elocuente orador y general ateniense (+ 317 a. C.), tenía un corazón muy generoso y hubiera dado la vida por sus conciudadanos. Sin embargo, también tenía enemigos, y éstos eran precisamente los que más favores habían recibido de él. Al fin, lograron que se le condenara a muerte cuando estaba próximo a cumplir los ochenta años de edad.
Antes de morir le preguntaron si tenía algo que decir a su hijo, Foco.
—replicó Foción—, decidle de mi parte que perdone y olvide las ofensas que he recibido de los atenienses.
Las almas grandes y nobles comprenden lo sublime que es el perdón y lo practican.

(3) El ejemplo de los santos.—San Esteban.—El diácono San Esteban fue el protomártir cristiano. Era este santo un hombre lleno de gracia y de virtud, que hacía muchos milagros. Algunos judíos no le podían ver, y, llevados de su odio, lo sacaron de la ciudad y se dispusieron a apedrearlo. Mientras le arrojaban piedras oraba, diciendo: "Señor Jesús, recibe mi espíritu." Puesto de rodillas, gritó con fuerte voz: "Señor, no les imputes este pecado." Dicho esto entregó su alma a Dios.

Todos los santos, siguiendo el ejemplo de Jesucristo y de su protomártir San Esteban, han perdonado siempre las injurias recibidas y han pedido por sus perseguidores.

(4) Juan Gualberto, noble florentino (+ 1073), tenía un hermano al que quería muchísimo. Un rufián le dio muerte, y Gualberto, bien armado y rugiendo de rabia, fue en busca del malandrín para vengarse de él. El homicida, viéndose perdido, se arrodilló a los pies de Juan y le suplicó que lo perdonase, como Cristo había perdonado a los que le crucificaron. Gualberto se quedó sin saber qué hacer ante aquel ruego. Al fin depuso su odio y, en vez de vengarse de aquel hombre, lo perdonó y le dio un abrazo. Luego fue a una iglesia, se arrodilló ante un crucifijo y pidió al Señor que le perdonase sus pecados como él acababa de perdonar al que había matado a su hermano. Nuestro Señor le perdonó y Juan Gualberto se hizo santo y fundó una Orden religiosa.

(5) San Jerónimo Emiliani (+ 1537), noble veneciano, fue maltratado por un bellaco que descargó sobre él un saco de injurias, diciéndole, entre otras cosas:
—Si no te quitas de delante te voy a arrancar uno a uno todos los pelos de la barba.
Jerónimo soportó heroicamente aquellas villanías y respondió a las amenazas ofreciendo su barba al contrario, diciéndole:
—Arranca los pelos que quieras. Tienes razón de sobra para ello.
El contrincante quedó mortificado ante semejante respuesta, depuso su ira y quedó como manso cordero.