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miércoles, 27 de julio de 2011

QUIEN QUIERE DE VERDAD, Y QUIEN NO QUIERE, O SEA: EXCUSAS Y PRETEXTOS


Discípulo.—En cnanto a mí estoy bien persuadido de todas cuantas cosas, lindísimas por cierto, se ha dignado usted referirme hasta aquí; de las excelentes ventajas de la confesión bien hecha y de la confesión frecuente; mas hay muchos que, para no confesarse con frecuencia o para no confesarse nunca, tejen mil excusas o pretextos. ¿Tendría a bien sugerirme el modo de combatirlos y convencerlos ?
Maestro.—Con mucho gusto te voy a complacer; exponme sencillamente las excusas y pretextos de los primeros y asimismo las excusas y pretextos de los segundos.
D.—Yo no tengo pecados que confesar, dicen algunos.
M.—¿Será posible? El Espíritu Santo dice que aun el justo cae siete veces al día, y San Juan Evangelista escribe: "Si dijéramos que no tenemos culpa, nos engañamos a nosotros mismos, y no hay verdad en nosotros". Los que dicen no tener pecados que confesar son ciegos miserables, que no conocen la propia miseria, precisamente porque no se confiesan con la debida frecuencia. Las personas pulcras no permiten ni toleran la más mínima mancha en sus vestidos ni en sus personas; más las menos pulcras, no se cuidan de eso, ni les dan fastidio las mayores manchas e inmundicias.
# # #
Un oficialote muy elegante, preguntó a un sacerdote:
Diga, por favor, Reverendo: quien no peca ¿está obligado a confesarse?... Yo no me confieso nunca, por la sencilla razón de que nunca peco.
Contéstale al punto el sacerdote: —Señor oficial, yo no conozco más que dos suertes de personas que no pecan: los niños que todavía no han llegado al uso de razón y los... locos que desgraciadamente le han perdido.
El oficialote elegante no tuvo ya más ganas de repetir la suerte.

D.—Yo no sé qué decir al confesor.
M.—Poco decir es: aunque no hubieseis robado, ni muerto a nadie, ni odiado, ni dado escándalo, etc.. y en vuestra conciencia, algún tanto ruda, no encontraseis ni siquiera leves mentiras, murmuracioncitas, pequeñas maledicencias, pensamientos inútiles, afecciones desordenadas de poca monta, distracciones, omisiones, negligencias y otras cosas semejantes; presentaos, no obstante, al confesor y declaradle sencillamente que no sabéis qué decirle; estad seguros de que con su caridad y prudencia, sabrá haceros notar cuanto no supisteis vos mismo descubrir. Además, tendrá que deciros muchas cosas, consejos que daros, y alguna pequeña penitencia: de tal manera que saldréis de allí mejorado, enfervorizado, contento y feliz por el contacto que tendréis con Jesús, del cual el confesor es su Ministro.
D.—No tengo cabeza para eso.

M.—¿Tenéis desazones, preocupaciones, fastidios? Pues bien, id igualmente. El confesor sabrá compadeceros, trataros con dulce caridad, os ayudará. Dios no exige más de lo que podéis darle. Los sacramentos están ordenados para los hombres, no por el contrario, los hombres para los sacramentos.
Animo y buena voluntad, y sobre todo, confianza en el confesor y en Dios.
D.—No tengo tiempo ni comodidad para confesarme con frecuencia.
M.—Tampoco esta excusa se puede admitir como buena. Querer es poder. ¡Cuántas cosas se hacen aún a costa de sacrificios, por el bien corporal, por la salud, por los intereses! Y por nuestra alma ¿no queremos hacer nada ? Tratémosla, por lo menos, como tratamos el tiempo empleado en favor de nuestra alma. Dios lo recompensa generosamente aun aquí abajo.
* * *
Un día fué a confesarse con un Padre Jesuíta, un aldeano bastante descuidado, y el confesor, antes que nada le preguntó:
—¿Cuánto tiempo hace que no os habéis confesado?
—Diez años.
—¿Y ahora queréis de veras confesaros bien?
—Sí. Padre.
Dadme, pues, diez liras.
—¿Como diez liras?. . . Y siempre he oído decir que por confesarse no se paga nada.
—No se paga nada, replicó el sacerdote.
¿Y no venís a confesaros sino después de diez años?
Comprendió el campesino el justo reproche, pidió humildemente disculpa y prometió frecuentar más la confesión.

D.—No saco ningún provecho, siempre yo soy el mismo.
M.—De eso no debéis ser vos el juez, sino el confesor. Además ése es un razonamiento falso. ¿Acaso porque siempre se llenan de polvo y se os ensucian los vestidos, no debéis cepillarlos ni lavarlos nunca? No confesándoos o confesándoos rara vez no seréis siempre el mismo, sino que os volveréis peor cada vez aun sin daros cuenta de ello.
D.—No quiero ir a confesarme con un confesor que me conoce.

M.—¿Quién os obliga a confesaros con un confesor que os conozca? La confesión es libre. Hay tantos confesores que ni siquiera saben que vos estáis en el mundo. Id a uno de ésos y confesaos con toda sinceridad y sin miedo.
D.—¿Pero, qué le diré a mi confesor después de haberme confesado con otro?

M.—Le diréis lo que le habéis dicho otras veces, sin mentarle para nada los pecados absueltos por el otro confesor. Lo mejor sería escoger un confesor de vuestra completa confianza y con él confesaros siempre con la mayor sinceridad.
D.—¿Y cuando no se puede elegir olro, porque no hay?

M.—Si tuvieseis una herida que os hubiera de acarrear la muerte, si por equivocación os hubieseis tragado un veneno, ¿no correríais en seguida en busca de un médico o de un cirujano, fuera quien fuera, a costa de cualquier sacrificio, con tal de salvar el pellejo? Pues bien, haced otro tanto para sacaros inmediatamente del alma el veneno del pecado, recurriendo aun con todos los inconvenientes que podáis tener, al confesor ordinario.
D.—¿Qué dirá de mí?

M.—Dirá que estáis todavía en este mundo como todos los demás, admitirá vuestra valentía, vuestra humildad, vuestra sinceridad; se gozará en su corazón pensando que ha merecido toda vuestra confianza y os tendrá en mayor estima y aprecio. Además, diga lo que quiera, con tal que consigáis la paz en vuestro corazón.
D.—
Otros, y son aquellos que no quisieran confesarse nunca, dicen: ¿por qué confesarse?
M.—Porque Dios lo quiere... porque tenéis necesidad... porque sólo mediante la confesión se obtiene el perdón de los pecados y la verdadera paz del corazón. . . porque los pecados nos hacen reos de penas eternas.
Reíos y negad si queréis, pero ni vuestras risas, ni vuestras negaciones serán capaces de destruir el infierno, ni la eternidad, ni a Dios, ni su justicia, ni el alma, ni la sentencia de condenación que le espera.
¿Por qué confesarse? Porque tenéis necesidad de oír una palabra amiga que os manifieste la verdad sin embozos, sin engaños... Porque si os alejáis de la confesión vendréis a morir de muerte desgraciada y a caer en una eternidad de tormentos.
D.—Yo no creo en la confesión.
M.—Confesaos y creréis, como han creído tantos, que antes eran incrédulos como vos, como han creído y creen los hombres más célebres, los sabios más insignes, los más grandes personajes.
# * #
Un día se presentó al Santo Cura de Ars un señor deseoso de verle y de hablarle.
El Santo Cura, a las primeras palabras de aquel señor, le dijo:
—Venga al confesionario y confiésese.
—Pero, respuso aquel señor, yo no creo en nada.
—No importa, creo yo por usted, si se confiesa.
—Crea, Padre, que no hay cosa para mí más tonta y aburrida que la confesión.
Fué inútil toda excusa y todo subterfugio; el Santo Cura, con dulce insistencia, le hizo arrodillarse y le ayudó a confesarse.
Apenas acabó la confesión, levantándose aquel señor, lleno de júbilo exclamó:
—Gracias, Padre, yo creo... Estoy sobradamente contento... No me podía haber hecho mayor bien.

D.—No sé confesarme.
M.—Nada más fácil. Como referís al médico el dolor de cabeza y los desarreglos del estómago, así referid al confesor los males del alma. De todos modos, presentaos al confesor y él os desvanecerá todas vuestras dificultades.
D.—No me confieso porque se reirán y me llamarían beato, clerical y qué sé yo cuántas otras cosas. . .
M.—¡Oh soldado de cartón! ¿en dónde está vuestro valor? Si el mundo estuviera lleno de beatos y de clericales, habría menos mentiras, menos fraudes, menos escándalos, menos cárceles, menos galeras. Si todos se confesasen habría más honestidad, más decoro, mayor seguridad individual y colectiva y, digámoslo francamente, mayor bienestar y civilización. Además, si os falta el valor, ¿quién os obliga a confesaros paladinamente? Id a confesaros donde no os vea nadie.
D.—No me confieso porque no tengo confianza en los sacerdotes de mi parroquia.
M.—Sea como decís, mas ¿por qué no vais a otros? ¿cuántos hacen así con ocasión de fiestas, ferias, mercados y vuelven a casa contentos y felices? Por haceros extraer una muela haríais mucho más; haced otro tanto porque se os extraigan los pecados. Y si os amenazara una grave desgracia, una enfermedad de peligro o imprevista, ¿qué harías? ¿Querríais morir así, sin sacramentos, o lo que es peor, con sacramentos recibidos indignamente ?. . .
Fuera, pues, esos temores, pueriles: la salvación del alma antes que todo.
D.—No puedo dejar el pecado.
M.—¿Queréis, pues, ir al infierno y estar allí por toda la eternidad? ¿Queréis, por miserables satisfacciones, continuar injuriando a Dios, y hacer llorar a Jesús?.
D.—No puedo dejar aquella persona.
M.—Maldita la persona que es ocasión de pecado. Pero ¿pensáis ni dejarla con la muerte, llevárosla a la tumba, al juicio, a la eternidad? ¿No veis que aquélla es causa de vuestro deshonor, de vuestra vergüenza, de vuestra ruina? Decid inmediatamente: ¡no quiero! Recordar el hecho de aquel a quien convenció el palo y de quien hemos hablado en otra parte.
D.—La confesión es invención de los curas
M.—¡Ah, sí! ¿Lo decís formalmente?. . ¿Estáis seguro de ello? Bien, decid quién fué. Se conocen los nombres de los inventores de los más famosos descubrimientos, ha de saberse también el nombre de quién inventó la confesión. Decid, pues, quién fué.
Mas calláis. Decidme a lo menos el año, la época, el lugar de tal invención. No decís nada tampoco, no lo sabéis, y no lo sabréis nunca, porque no existe. ¡Mentira, pues, mentira! ¿Y os dejáis engañar de unos cuantos bribones, que por no querer creer, niegan, desprecian, mienten a sabiendas?
D.—Los que se confiesan son peores que los otros.
M.—¡Tremenda objeción!... Pues bien, concediendo algo, digo: Algunos sí, son peores que los que no se confiesan, porque se confiesan mal, y esto para baldón suyo; pero la mayor parte, la inmensa mayoría se confiesa bien, y de éstos no puede decirse de ninguna manera que sean peores que los que no se confiesan. Si Dios se dignara descubrir a vista de todos, el estado real de las almas, ¡qué enorme diferencia se notaría entre las que se confiesan y las que rara vez o nunca se confiesan! La misma que la que existe entre dos telas de igual uso, de las cuales una ha sido lavada con frecuencia y la otra nunca.
Ciertamente, si tomáis los peores de entre aquellos que se confiesan y los comparáis con los mejores de aquellos que no se confiesan, el resultado no será satisfactorio, mas confrontad los buenos con los buenos y los malos con los malos, y veréis que la cosa cambia de aspecto. Es necesario mirar el conjunto y no los individuos en particular. Entre cien individuos que se confiesan encontrareis dos, diez, quizás, que son malos; mas de cien que no se confiesan encontraréis más de noventa malos, precisamente porque no se confiesan.
"Si damos una ojeada por todos los paises y ciudades, veremos con nuestros propios ojos, dice Gallerani, que los ladrones, los sicarios, los pistoleros, los asesinos, las mujeres infieles, las libertinas y de vida airada y toda la caterva que llena, que apesta las cárceles y los ergástulos, sale de muy diversos lados que de las filas de aquellos que se confiesan".
-Un ilustre contemporáneo escribía: "Hijos, blasfemad, si queréis, de la confesión, pero ella fué la que hizo amar a vuestra madre las penas que le costó vuestra niñez. ¡Blasfemad, oh maridos! de la confesión; pero la confesión es la que en vuestra ausencia mantiene honradas e inmaculadas a vuestras esposas. Blasfemad de la confesión ¡oh pobres! mas ella es la que hace descender sobre vosotros, con mayor delicadeza y abundancia, la caridad de los ricos. Blasfemad de la confesión ¡oh ricos! pero la confesión, mejor que toda ley humana, es la que garantiza y salva vuestros bienes y derechos, tan amenazados hoy día".

Reflexionad, además, sobre tres hechos generales que estáit a la vista de todos:
1. ¿Es o no es verdad que aquel que se confiesa, por el mismo hecho de confesarse, muestra intención de mantenerse morigerado y que, si bien es cierto que ha pecado, muestra intención de levantarse?
2. ¿Es o no verdad que todo aquel que se propone abandonarse al vicio, inmediatamente cesa de confesarse y entra a engrosar las filas de los que no se confiesan nunca?
3. ¿Es o no verdad que cualquiera que desea de verdad volver al buen camino, empieza por recurrir al ministerio del sacerdote, a la confesión ?
"Ahora bien, si eso es cierto, dice el sobredicho Padre Gallerani, nos asiste el derecho de concluir que en la ciudad de Dios, en donde se practica la confesión, hay más virtud que en la ciudad del mundo, en la cual no se practica; y que, por el contrario, en la ciudad del mundo, en la cual no se practica la confesión, existe un cúmulo de vicios mucho mayor que en la ciudad de Dios, precisamente porque en ésta se practica y en aquéllo no".
¡Oh, cuan fácilmente se comprende que todas esas dificultades acerca de la confesión, provienen del corazón y de la pasión, mas no de la razón ! Alejad los vicios del corazón, haced callar las pasiones y no tardeis en caer a los pies del sacerdote! para confesar vuestras culpas.
D.—Muy bien, Padre, también estas preciosas respuestas las guardaré muy bien en la memoria, y en adelante, siempre que oyere errores o despropósitos contra la confesión, sabré servirme de ellas y responder como conviene.
M.—Por tu parte, graba bien en la mente aquellas palabras de S. Pablo: "Si bajan un ángel del ciclo y os predicare algo contrario al Evangelio, y de consiguiente, a la confesión, ni siquiera al ángel habéis dé creer".
Así serás siempre un buen cristiano, lo que te auguro muy de corazón, pues la confesión es vida y es luz.
Un profesor, convertido poco hacia, encontró por casualidad a un sacerdote, le miró fijamente y luego saludándolo gentilmente le dijo:
—Usted es mi confesor.
—Así será... aunque no recuerdo en este momento, repuso el sacerdote algo incierto.
—Sí, usted es mi confesor, lo reconozco perfectamente... A usted debo mi felicidad, pues la confesión es vida y es luz... Quien no se confiesa no puede ser creyente, ni jactarse de profesar la fe verdadera.
Un abogado, que desde muchos años atras no cumplía con Pascua, y que presenciaba esta escena conmovedora, tocando en lo íntiomo del alma, decidió probarlo por sí mismo y acabó por persuadir a sus amigos a imitarlo y a experimentar por sí mismos que la confesión es verdaderamente vida y luz.
Pbro. Luis J. Chiavarino
CONFESAOS BIEN

miércoles, 22 de junio de 2011

CONFESIÓN GENERAL

Discípulo.- Padre, la última cosa. ¿Qué es la confesión general?
Maestro.- Se llama confesión genral a la acusación de todas las culpas cometidas en toda la vida o en parte notable de ella.
D.—¿Es necesaria la confesión general?
M.—Para muchos puede ser necesaria para otros solamente útil y para algunos nociva.
D.—¿ Cuándo es necesaria?
M.—Es necesaria cuando las confesiones precedentes fueron sacrilegas o nulas.
D.— ¿Y cuándo son sacrilegas y cuándo nulas?
M.—Las confesiones son sacrilegas cuando, a sabiendas, se callan pecados graves, sabiendo que hay obligación de confesarlos, o bien, cuando falta el dolor o, propósito necesarios; son nulas cuando la falta de dolor o de propósito de no pecar, no la advertía el penitente en el acto de la confesión.
D.—¿ Quién, pues, se encuentra en la necesidad de hacer confesión general ?
M.—Encuéntrase en la absoluta necesidad de hacer una confesión general, aquellos que, sea por malicia, sea por vergüenza, callaron o negaron algún pecado mortal en las confesiones pasadas, o bien, alguna circunstancia que cambiase la especie del pecado o no se acusaron con precisión del número de los pecados mortales, de que tenían conciencia, o también declararon los pecados al confesor en forma tal, que no entendiese, o bien, si le engañaron con mentiras graves al responder a sus preguntas.
D.—Tenga la bondad de explicarme con ejemplos todas estas cosas.
M.—Supongamos que un pobrecito pecador desde la primera vez que se confesó, calló ciertos pecados por vergüenza de confesarlos; aun cuando hubiera declarado bien todos los demás, sin embargo, por no haber corregido la primera confesión mal hecha, ninguna de las confesiones fue buena, y por lo mismo se encuentra en la absoluta necesidad de subsanarlas todas, con una confesión general en la que, además debe acusarse de los sacrilegios cometidos.
Supongamos otro que desgraciadamente, habiendo cometido en otros tiempos ciertos pecados de obra, al acusarse de ellos siempre hubiera dicho que tuvo malos pensamientos; también éste se confesó mal y tiene necesidad de confesarse generalmente.
Supongamos todavía otro que tuvo la desgracia de cometer pecados, pero con otra persona; si al confesarlos calló esta circunstancia y lo hizo a caso hecho, cómo la condición particular de haber pecado con aquella persona debía haberla manifestado y culpablemente la calló, se confesó mal y dabe confesarse también generalmente.
Supongamos, por último, oue otro tuviese la costumbre de cometer cuatro o cinco pecados graves cada semana o cada mes y que al confesarse, en vez de cuatro o cinco pecados declaro sólo dos o tres, o bien tres o cuatro, sabiendo con seguridad qne mentía, éste si confesaba, Confesaba mal, y se halla en el caso de los anteriores, es decir, que debe hacer confesión general.
D.—¡Por Dios!
M.—Aún más. La confesión general es, en segundo lugar de absoluta necesidad para quien siempre se ha confesado sin dolor y propositó de no cometer más pecados, según se ha dicho anteriormente, o también para quien no ha cumplido fielmente las obligaciones impuestas por el confesor, como por ejemplo de abandonar la ocasión próxima y voluntaria de los pecados o destruir algún libro prohibido o entregarlo a quien tenga licencia para leerlo o retenerlo, de romper con ciertas relaciones, y así de otros casos semejantes. Todos éstos habiendo faltado a las cualidades sustanciales de la confesión, deben por lo mismo poner en orden y tranquilidad su conciencia mediante una buena confesión general.
D.—Padre, ¿estos tales son pocos o son muchos?
M.—¡Plugue a Dios que sean pocos los que se encuentran en estas circunstancias! Mas la experiencia diaria demuestra que el número de ellos es, mucho mayor de lo que se cree, aun entre personas aparentemente buenas.
* * *
En la vida de Santa Inés de Monte Pulciano se lee, que un señor rico, estimado por todos como buen cristiano, siendo como era muy devoto de aquella santa y de su monasterio, la socorría con muchas y generosas limosnas; y la santa, en cambio, rogaba mucho por su bienhechor.
Cierto día, estando la santa en oración, fue arrebatada en éxtasis, durante el cual vio en medio del infierno un palacio todo de fuego, y oyó una voz que le dijo: "Inés, este palacio es de tu bienhechor, y cuanto antes vendrá a habitarlo". Vuelta en sí Inés muy asombrada mandó llamar a aquel señor que viniese a verla. Vino, en efecto, contóle la santa la espantosa visión que había tenido. Aquel señor tembló, palideció y como desvanecido, declaró sinceramente que hacía como treinta años que se confesaba mal, a causa de haber permanecido siempre voluntariamente en ocasión próxima de pecado. Entonces la santa lo animó a hacer una buena confesión general. Obedeció aquel señor y he aquí, que Inés, tuvo luego otra visión en la que vio aquel palacio en el Paraíso, y oyó la misma voz que le decía : "bien pronto vendrá tu bienhechor a habitarlo".

Ahora bien, todo aquel que, a causa de sus malas confesiones, tema tener preparado su palacio o su casa en el infierno, ya sabe lo que debe hacer para librarse: confesarse bien.
D.—Padre, cuando uno se dejó algunos pecados en las eonfesionse pasadas por ignorancia o por olvido y después lleva a conocerlos o a recordarlos, ¿está obligado a repetir las confesiones pasadas o confesarse generalmente?
M.—No, cuando los pecados se dejaron por ignorancia o por olvido, entonces sólo hay Obligación de reparar aquellas omisiones parciales. Para que haya obligación de la confesión general, es preciso que se trate de haber recibido mal el sacramento a sabiendas y queriendo cometer sacrilegio.
D.—Y cuando dudamos de si tenemos obligación o no, de hacer confesión general, ¿cómo debemos comportarnos?
M.—En este caso expónganse al confesor las dudas que se tengan, y sígase su resolución.
D.—Gracias, Padre; y ahora dígame: ¿para quiénes será útil la confesión general?
M.—1. Es útil a quien duda acerca del valor de las confesiones pasadas, y tiene necesidad de poner en paz su conciencia.
2. Es útil a todos aquellos que nunca la han hecho, pues suele producir en sus corazones mayor contrición de los pecados y consolidar la firmeza y la eficacia del propósito de no volver a cometer más.
3. Es también muy útil a aquellos que se encuentran en un punto decisivo de su vida o deben escoger o abrazar un estado del cual depende su porvenir espiritual. Estos podrán así recibir del confesor, que hace las veces de Dios, mayor luz y mejor consejo y conseguir mayor seguridad en su elección.
D.—¿Por ejemplo, los esposos, al aproximarse las bodas?
M.—Así es. También a éstos les es muy útil la confesión general, ya para disponerse mejor para recibir el sacramento que los ha de unir hasta la muerte de uno de ellos, ya para obtener aquella luz y consejo indispensable para gobernarse debidamente en tal estado. El matrimonio es un sacramento grande ¡ay de quien lo recibe indignamente! Dios no bendecirá nunca un matrimonio en el que interviene el pecado.
D.—¿Cuándo, Padre, puede intervenir el pecado en el matrimonio?
M.—1. Cuando se prolonga mucho el noviazgo.
2. Cuando se permiten los novios ciertas libertades en sus conversaciones y en sus tratos.
3. Cuando, estando en pecado los novios, o no se confiesan, o, lo que es peor, se confiesan mal, para casarse.
D.—¿Es, pues, necesario en tal confesión manifestar que se va a contraer matrimonio, y pedir consejo al confesor en tales circunstancias ?
M.—Sin duda. No manifestándolo, ¿cómo puede el confesor ilustrarles en lo concerniente al nuevo estado que pretenden abrazar?
D.—Padre ¿cuál es el tiempo más propicio para hacer una confesión general?
M.—Si se trata solamente de pura utilidad o devoción, el tiempo más indicado es el de los Ejercicois Espirituales, y mejor al fin de los mismos; mas si se trata de ponerse en gracia de Dios, debe hacerse cuanto antes se pueda.
Quien piensa disponer de tiempo (para su conversión), no se demore, dice el proverbio.
D.—¿Y se deben escribir los pecados para mejor recordarlos?
M.—Generalmente no. El que tuviere necesidad de recurrir a la escritura, hágalo con la debida cautela, y apenas terminada la confesión, destruya aquel escrito, de modo que nadie pueda ya leerlo, ni siquiera el mismo penitente.
* * *
Entre los muchos episodios chistosos que se leen en la vida de San Juan Bosco, se encuentra el siguiente: Un buen muchacho, deseoso de hacer con la mayor precisión posible su confesión general, había escrito sus pecados, llenando con ellos un cuadernillo. Mas sin saber cómo, perdió el pequeño volumen de sus infaustas gestas. Mete una y más veces sus mayos en los bolsillos, busca y vuelve a buscar por todas partes. El manuscrito no aparece. Entonces el pobre muchacho se desconsuela, siente oprimírsele el corazón y rompe a llorar. Por buena suerte, el cuadernito se lo había encontrado Don Bosco. Cuando los compañeros del muchacho lo llevaron llorando ante el Santo, sin haberle podido arrancar la causa de su llanto, Don Bosco le preguntó:
—¿Qué te pasa, Jaimito? ¿estás enfermo? ¿tienes algún disgusto? ¿te han pegado?
El buen muchacho enjugándose un poco las lágrimas y animándose un poco, le responde, ¡He perdido los pecados! A estas palabras los compañeros prorrumpieron en regocijadas risas, y Don Bosco, que en seguida lo había comprendido todo, le dice discretamente:
—Feliz de ti si has perdido los pecados, y mucho más feliz, si ya no los vuelves a encontrar, porque sin pecados, irás ciertamente al cielo.
Mas Jaimitos pensando que no había sido comprendido, se explicó diciendo:
—¡He perdido el cuaderno en que los tenía escritos!
Entonces, D. Bosco, sacando del bolsillo el gran secreto, le dice:
—Está tranquilo, querido, que tus pecados han caído en buenas manos; ¡ élos aquí!
Al verlos el pobrecito se sosegó y sonriendo añadió:
—Si hubiese sabido que era Ud. quien los había encontrado, en vez de llorar me hubiera echado a reír. Esta noche al irme a confesar lo hubiera dicho: Padre, me acuso de todos los pecados que usted se ha encontrado y que tiene en el bolsillo.
D.—Muy chistoso, en verdad, es el caso, y como todos los episodios y escenas de este gran educador y humildísimo santo, lleno de dulzura. Y finalmente, Padre, ¿para quiénes podrá ser nociva la confesión general?
M.—Puede ser nociva especialmente para las personas escrupulosas o llenas de ansiedades y de vanos temores: para aquellos que, habiéndola hecho varias veces, no se aquietan nunca y quisieran cada momento decir, desde el principio, lo que tienen dicho ya cien veces. A todos éstos, la confesión general les servirá sólo para suscitarles un avispero de mayores ansiedades y escrúpulos. Estos deben obedecer al confesor, y cuando él les asegura que pueden estar tranquilos... que él responde ante Dios del estado de su alma, ¿por qué dudar? El confesor ve y juzga mejor que ellos. Deben, pues, quedar bien persuadidos de que obedeciendo al confesor, obedecen a Dios mismo.
D.—Entonces, pues, cuando el confesor no permite la confesión general, ¿debe ser obedecido ?
M.—Sin duda, cuando el confesor no permite la confesión general está en uso de sus plenos derechos y el penitente tiene el deber de obedecer. Solamente a este precio se consigue poco a poco llegar a gozar de aquella tranquilidad tan suspirada. Querer encontrar la paz por otros caminos, es como pedir peras al olmo.
Ya ves, en resumen, de cuánta importancia es la confesión general. Después de esto no hay por qué maravillarnos que haya sido tan recomendada de los santos, como de un San Ignacio, de un San Carlos Borromeo, de un San Francisco de Sales, de un San Buenaventura, de un Santo Tomás de Aquino, que son los más célebres por su práctica espiritual y por su doctrina.
Animo, pues. Ninguno se deje engañar del demonio; y teniendo necesidad, dispóngase a hacer una confesión general. Anímenos el pensamiento de que, por su remedio, podemos en cierto modo reconquistar la inocencia bautismal.
En la vida de los santos monjes del desierto se lee que un joven, gran pecador, se presentó al monasterio con el fin de hacerse religioso, al cual el Superior le mandó que hiciera confesión general el domingo siguiente en la iglesia del monasterio. El joven con este intento se preparó y escribió todos sus pecados para mejor recordarlos y confesarlos. Ahora bien, mientras se confesaba leyendo sus culpas, un monje de los más ancianos y virtuosos vio al mismo tiempo un ángel que iba tachándolos del catálogo que tenía en la mano el joven, hasta dejarlo por fin completamente blanco; como significando la blancura inmaculada con que había quedado adornada el alma de aquel joven.
* * *
Un hecho semejante lo refiere Cesáreo, Obispo de Arles. Era cierto estudiante de París, el cual, habiendo sido gran pecador, pero queriéndose convertir de veras y a toda costa, fue a hacer confesión general con un buen confesor de la Orden Cisterciense. Mas no pudiendo declarar sus pecados, por la abundancia de lágrimas y suspiros, el confesor le exhortó a que los escribiese en un papel, lo que el joven hizo de muy buena gana. Púsose luego el confesor a leerlos y encontró allí casos tan enormes, y complicados que no se atrevió a resolverlos por sí mismo, por lo que pidió y obtuvo del penitente la licencia necesaria para consultar acerca de ellos con el Superior. Mas cuando el Abad tomó aquel papel para leerlo, al punto exclamó: "Pero, ¿qué cosa he de leer si no hay nada escrito?" —En efecto, Dios milagrosamente había borrado del papel todos los pecados de aquel joven, así como los había también borrado de su alma.

Mas, ¿a qué ir aduciendo ejemplos de los santos, cuando el mismo Jesucristo nos declara que la confesión general nos devuelve verdaderamente la inocencia bautismal? En confirmación de esto, ademas del hecho de Santa Margarita de Cortona, referido antes al tratar de los admirables efectos de la confesión, tenemos el de Sta. Margarita María Alacoque.
* * *
Estaba la Santa practicando los Santos Ejercicios Espirituales, cuando se le apareció Jesucristo, y le dijo:- "Margarita, deseo que renueves la confesión general de los pecados de toda tu vida, y yo te regalaré un candido vestido".
Margarita, para complacer a Jesús, puso mano a la obra, y después de un diligente examen, verificó su confesión general. Inmediatamente después se le apareció de nuevo Jesús, quien llevando en sus manos un blanquísimo vestido se lo vistió diciéndole: "Este es, Margarita, el vestido que te había prometido". Aquella candida vestidura era la imagen de la inocencia bautismal.
¡Oh, mil veces bendita sea la confesión general, que produce en nuestras almas, tan maravillosos efectos, que la purifica más y más y la deja de nuevo tan bella como si entonces acabara de salir de la pila del Santo Bautismo!
D.—Gracias, Padre, lo he entendido todo muy bien, y le agradezco cordialmente su doctrina; la estamparé en mi corazón.

Pbro. Luis José Chiavarino
CONFESAOS BIEN

lunes, 6 de junio de 2011

DE LA ACUSACIÓN DE LOS PECADOS, DE LA ABSOLUCION Y DE LA PENITENCIA

Discípulo.—Padre, ¿en qué consiste la confesión?
Maestro.—La confesión, dice el catecismo, consiste en la acusación distinta de los pecados, hecha al confesor, con el fin de obtener la absolución y la penitencia.
D.—¿Qué quiere decir la palabra distinta?
M.—Quiere decir que los pecados no basta confesarlos en general, como por ejemplo: he pecado contra la Ley de Dios y de la Iglesia, he dicho blasfemias, he cometido impurezas, etc., sino que se han de acusar distintamente, según que violen más o menos gravemente éste o aquel mandamiento, manifestando también el número y las circunstancias que hacen cambiar de especie el pecado.
D.—Padre, ¿se ha de manifestar el nombre de la persona con quien se pecó?
M.—No, la confesión debe ser prudente, es decir, hay que guardarse de no descubrir los pecados de los otros y no manifestar el nombre del cómplice, porque nunca es lícito deshonrar a nadie.
D.—Y dígame, Padre, ¿cómo hay que manifestar ciertos pecados o ciertas circunstancias que mudan la especie del pecado?
M.—En el caso de que no fuera posible decir el pecado, sin descubrir de alguna manera al cómplice, se debe manifestar no el nombre, sino la casualidad o grado de parentesco que se tiene con dicho cómplice, diciendo por ejemplo; hermano, hermana, primo, pariente próximo, persona religiosa, etc. Cuando interroga el confesor, el penitente debe contestar con toda sinceridad, pues si interroga es precisamente para suplir los defectos de la confesión del penitente, para averiguar la especie, el número o las circunstancias de los pecados, para conocer si el penitente se halla en ocasión próxima de pecado, si está habituado a cometerlos; mas siempre debe guardarse la regla de no descubrir el nombre de la persona que le fue cómplice en el pecado.
D.— ¿Qué me dice de las mujeres que confiesen los pecados del marido o de los hijos?
M.—Digo que hacen mal.
D.—Pues bien, en cierta ocasión oí decir lo siguiente:
* * *
Un hombre se fue a confesar inmediatamente después de su mujer; recitó al Confíteor, y luego se calló. Como el confesor le invitase a decir los pecados, respondió:
—Ya los sabe usted, Padre; se los acaba de decir todos ahora mismo mi mujer, los he oido distintamente.
M.- Esa mujer merecía la lección que recibió otra.
* * *
Se presentó un día al confesonario una de esas mujerzuelas, que son la cruz de su marido, y sin más ni más, dícele al confesor:
—Padre, yo soy muy desgraciada: tengo un marido bestial; él grita, profiere imprecaciones, blasfema, profana los días de fiesta, frecuenta las tabernas, busca la compañía de otras mujeres...
¿Y vos, vos? —añade el confesor.
Yo soy una pobre mártir; mas él, mi marido, disfruta a sus anchas, come, bebe, se pasea, y si alguna vez hablo, amenaza pegarme.
—Pero vos ¿cómo os comportáis con él?
—¿Yo? Yo no cometo ninguna falta, es él quien da mal ejemplo a la familia, quien arruina la casa, y causa mi desesperación...
—Basta. Ya entiendo continuad el purgatorio que sufrís mientras tanto, por penitencia, diréis tres Avemarias por vuestros pecados, y tres rosarios enteros, o sea tres veces los quince misterios, por los pecados de vuestro marido.
—¿ Por los pecados de mi marido?... Sí, los ha cometido él, él que cumpla la penitencia...
—El los ha cometido, mas los habéis confesado vos, y la penitencia se le da al que se confiesa.
Así dijo; cerró la puertecita y se fue, dejándola pensativa. No conviene confesar los pecados de otros, debió sacar ella en consecuencia.

D.—¿Qué quiere decir confesión entera?
M.—Quiere decir que se deben confesar todos los pecados mortales que se recuerden después de un diligente examen y también aquellos que no se hubieren confesado, o se hubieren confesado mal en confesiones pasadas.
D.—¿Qué orden se debe observar en la acusación de los pecados?
M.—Es conveniente primero acusarse de lus pecados, después exponer las dudas, las penas, los temores, todo aquello que turba la conciencia. Y también es conveniente confesarse en primer lugar de los pecados más graves, los que se cometen con más frecuencia y que constituyen la pasión dominante. El empeño que se tenga en la lucha contra la pasión dominante, al mismo tiempo que será el índice de nuestro aprovechamiento, servirá también al confesor para mejor curarnos, defendernos y dirigirnos en el camino de la perfección.
D.—¿En qué consiste la sinceridad?
M.—La sinceridad consiste en manifestar candidamente todas aquellas cosas que interesan al alma, sin ocultar nada, ni por temor, ni por vergüenza; sin disminuir el número, sin callar ninguna de aquellas circunstancias que revelan toda nuestra miseria, aun tratándose de culpas veniales e imperfecciones.
* * *
No es necesario, sin embargo caer en la exageración, ni hacer como ciertos hombres y mocetones que al presentarse al confesonario espitan una sarta de blasfemias y de palabrotas soeces, y aun cuando el confesor trate de frenarles, ellos continúan impertéritos hasta que las dicen todas, sin dejarse una.
* * *
O como ciertas mujerzuelas que profieren una letanía de las imprecaciones que ellas suelen dirigir a sus maridos, a sus hijos o a los animales.
* * *
O también como aquella niña, tan sencilla que habiéndose acusado de haber cantado una canción, y preguntándole el confesor qué canción era ella se puso a cantarla en alta voz en el confesionario, estando la iglesia llena de gente.
D.—¡ Qué simplona!... Pero siempre es mejor decir de más que de menos, ¿ no es verdad, Padre?
M.—Tampoco. No debemos agravar, de propósito, nuestra culpabilidad, ni acusando culpas que no hemos cometido, ni confesando como ciertas las cosas que sólo son dudosas.
D.—No me importa a mí parecer más reo de lo que realmente soy, con tal de hacer una buena confesión.
M.—Celo exagerado es éste, amigo mío, que de ningún modo se puede aprobar. ¿Obras acaso así con el médico cuando se trata de medicamentos o de sujetarse a una operación?... Tengamos siempre presente sinceridad tan recomendada por Jesucristo.
D.—Finalmente, Padre, ¿qué quiere decir que la confesión debe ser humilde?
M.—Quiere decir que a la integridad y a la sinceridad en la acusación, debe unirse la humildad; más aún, nuestro principal empeño debe ser humillarnos sinceramente cuanto más podamos, porque cuanto más uno se acusa, más Dios le excusa; por lo que la confesión es llamada muy adecuadamente el sacramento de la humildad, el patíbulo del amor propio.
D.—¿Qué debemos hacer para más humillarnos?
M.—No debemos limitarnos en nuestra acusación a lo que es pecado, sino que además debemos especificar, subrayando si fuera necesario, las causas secretas de las faltas ordinarias, los sutiles deseos o intenciones que cruzan por nuestra mente y la morosidad en desecharlos, aquellas afecciones y apegos a los que, si bien no damos verdadero ascenso, sin embargo, experimentamos cierta rebeldía en desecharlos.
En suma, digamos bien claro aquello que más cuesta a nuestra soberbia y nos causa mayor humillación, aunque se nos enciendan los labios de vergüenza o tengamos que pasar escalofríos o sudores ardorosos. Al mismo paso que vomitemos el veneno, sentiremos un gran alivio, y la Sangre de Jesucristo derramada sobre nuestras llagas así descubiertas, podrá muy pronto y perfectamente curarlas.
* * *
Un ejemplo de confesión profundamente hmnilde la tenemos en uno de los más célebres oradores franceses del siglo pasado; Juan Bautista, Enrique Domingo Lacordaire, de la orden de Santo Domingo. Este elocuente predicador, al final del otoño de 1852, pasando por Digione hacia Tolosa, para fundar una nueva casa de la orden, entró en la sacristía de la Iglesia de la Visitación, de la cual era capellán el joven abad Bougaud. Este venía del altar, pues acababa de celebrar la Santa Misa, y apenas se quitó los ornamentos se le acerca el Padre Lacordaire y le dice: "¿Tendrá la bondad de oírme en confesión?"
"Yo, refiere Bougaud, reconocí inmediatamente al célebre predicador, mas antes de que el pudiese ofrecer un reclinatorio, ya él se había arrodillado en tierra a mis pies, y me dijor "Le ruego tenga a bien oír no sólo mi confesión semanal, sino la de toda mi vida, comenzando por mi infancia". Empezó luego, y yo no creo falta al secreto de la confesión, si digo que me refirió la historia de toda su vida, al acusarse de todas las culpas que cometió cuando niño, cuando joven, cuando sacerdote, cuando religioso, con una humildad, arrepentimiento y fervor de espíritu singularísimos. Al terminar la confesión, y apenas recibida la absolución, me besó los pies varias veces y luego me dijo:
—Ahora le pido otra gracia, que espero no me negará.
¿Qué cosa os puedo negar? le respondí.
Y mientras esperaba a que se explicase, él sacó del hábito unas disciplinas hechas de fuertes tiras de cuero y me dijo:
—La gracia que ahora os pido es de que me deis cien azotes con esta disciplina.
¡No, jamás! —le dije yo espantado.
—¿Rehusáis, pues, hacer conmigo esta obra de caridad?
La mirada de Lacordaire, el acento de aquellas palabras no se me olvidarán nunca. Tomé, pues, con harta repugnancia la disciplina.
El Padre Lacordaire era muy sensible; a los quince o veinte golpes comenzó a exhalar un gemido profundo, aunque dulce, que duró hasta el fin. Yo quería parar, mas él no quiso de ninguna manera y tuve que continuar así mi sanguinario oficio.
Cuando se terminaron los azotes, se levantó, me abrazó desligándome de la obligación del sigilo de la confesión, me dio permiso de recordarle todos sus pecados y de comunicarlos a cualquier persona que yo quisiera. No puedo explicar el estado de ánimo en que me encontraba en aquel acto. No es digno de asistir a escenas como éstas, quien no es capaz de sentirse conmovido en lo más profundo de sus entrañas".
* * *
M.—Así, mi amigo, saben confesarse y humillarse los grandes hombres; sepamos aprovecharnos de tales ejemplos.
D.—¡ Oh, Padre, qué cosas tan hermosas son éstas! Si todos los que se confiesan obraran así, muy pronto se harían santos.
M.—Si no se hicieran santos, por lo menos se evitaría esa rutina estereotipada, que suele ser causa de que se pierda miserablemente el tiempo y que jamás opera aquella transformación que debería efectuar este sacramento en las almas.
D.—Padre, he oído decir que es conveniente acusarse también de los pecados de la vida pasada, ¿cómo debe hacerse?
M.—Esta acusación no debe ser muy general, como muchos suelen hacerla. Se deben procurar especificarlos de algún modo, a fin de asegurar lo más posible la materia de la confesión, y el dolor de los pecados, diciendo, por ejemplo de mi vida pasada, especialmente de los que he cometido contra la obediencia, la caridad, la pureza, los deberes de mi estado; o también, de todos los malos ejemplos y escándalos que he dado en toda mi vida.
D.—¿Y aquellos que tienen pecados que no se atreven a confesarlos?
M.—Estos digan inmediatamente al confesor: Padre, tengo pecados que no me atrevo a confesarlos, y remítanse a la caridad y prudencia del confesor contestando con toda sinceridad y confianza a las interrogaciones que les haga.
D.—¿Y los que tienen embrollada la conciencia por malas confesiones hechas anteriormente ?
M.—Estos digan: Padre, tengo mil embrollos en la conciencia, necesito que su caridad me ayude, porque ya hace tiempo que me confieso mal. Ya procurará el confesor desenredarle la conciencia y libertarle de la esclavitud del demonio. La paz y la consolación inundarán aquella alma, que a tan poca costa conseguirá la felicidad, que por sí sola pensaría no haber podido nunca conseguir.
D.—Gracias, Padre. Dígame ahora qué es la absolución.
M.—La absolución es la sentencia, por la cual el sacerdote, en nombre de Jesucristo, remite los pecados. Este es el punto culminante del Sacramento de la Penitencia, es la panacea infalible, la eficaz medicina que penetra en el alma, cicatriza las heridas, cura hasta las raíces de las más graves enfermedades espirituales, hace resucitar el alma, si estaba muerta por el pecado, y da vigor para vivir robustamente y le abre las puertas del Paraíso.
Al recibir la absolución imagínemenos estar a los pies de Jesús que nos lava con su sangre. ¡ Oh, cuántos prodigios ha obrado siempre y obra continuamente esta sagrada fórmula que Jesús pronuncia por boca del sacerdote sobre nosotros! ¡Cuántas inmundicias ha sacado de las almas y cuánta belleza y fuerza les ha comunicado! ¡Cuántas almas envejecidas en los vicios, fueron al fin restablecidas y salvas! Recibámosla, pues, con confianza ilimitada, como medicina inteligente de infalible efecto y llenémonos de consolación cada vez que la recibamos.
* * *
Un condenado a muerte tuvo la fortuna de haber sido preparado para aquel terrible paso por un celoso y muy caritativo religioso. Junto al patíbulo y cuando, poco antes de que el lazo fatal le destrozara la garganta y el confesor que le asistía le renovase la absolución de todas sus culpas, él prorrumpió en un conmovedor llanto. Preguntando por qué lloraba tanto, dijo: "No lloro por la suerte me toca; nunca en mi vida me apresó la justicia, ni cuando me fue leída la sentencia de muerte; lloro ahora, porque pienso que Dios me ha perdonado". La conmoción fue general y a gran parte de los espectadores, eran muchos miles, les saltaron las lágrimas.
Así debemos llorar nosotros después de la absolución, pensando que Dios nos ha perdonado.
D.—¿Y si en el momento de la absolución uno no piensa en ello o no se siente conmovido?
M.—Esto no nos debe turbar. Los sacramentos obran ex opere opérate-, o sea por sí mismos. Aun cuando no se percibieran las palabras de la absolución, ésta obra igualmente su efecto.
D.—Padre, ¿la absolución cancela siempre los pecados?
M.—Sí, siempre y todos los pecados; cuando la confesión se ha hecho bien, es decir, cuando se han dicho todos los pecados y se tiene el dolor y el propósito de evitar hasta las ocasiones de pecado; de lo contrario no cancela nada, aunque se repitiera cien veces.
D.—¿Hacen, pues, bien aquellos que no estando bien dispuestos buscan un confesor indulgente de quien le arranquen la absolución?
M.—Hacen muy mal. ¡Pobrecitos! Se cavan por sí mismo la fosa, obligando a Dios a condenarlos.
D.—Aunque pretendan engañar al confesor, no engañan a Dios, ¿no es verdad, Padre?
M.—Certísimo. A éstos les pasará como a aquel litigante que arruinado por los pleitos, reducido a extrema miseria, macilento, flaco; vestido de harapos, dejó a sus herederos su retrato con esta inscripción:
Fui litigante,
siempre gané;
ved, sin embargo,
cómo quedé.


Los tales tendrán que exclamar algún día en el infierno:
Miles de veces
se me absolvió;
Dios, sin embargo,
me condenó.


D.—¿Cuándo y cómo debe cumplirse la penitencia qné impone el confesor?
M.—La penitencia es conveniente cumplirla cuanto antes; si puede ser inmediatamente después de la confesión, con puntualidad y exactitud.
Cuando todavía se imponían penitencias rigurosas, sucedió una vez que dos buenos hombres, reos quizás de la misma culpa, debian hacer a pie una peregrinación a un lejano santuario.
Caminaron esforzadamente durante varias horas, mas luego uno de ellos díjole al otro:
-Despacio, amigo, que no puedo más; o los pies que me duelen sobremanera. Has de saber que el confesor me ha dado por penitencia meter garbanzos en los zapatos.
—¡ Oh! También a mí.
—¿Y no los has puesto?
—Sí, los he puesto.
—¿Y no te duelen los pies?
—No, absolutamente nada, antes siento alivio.
—¿Cómo puede ser esto?
—¡Es que los he puesto cocidos!
D.—Picaro fué.
M—Picaro hubiera sido si no fuera tonto... Pues ya se comprende que no cumplía la penitencia con exactitud, porque aquélla no era la intención del confesor.

Pbro. Luis José Chiavarino
CONFESAOS BIEN

jueves, 26 de mayo de 2011

DOLOR Y PROPOSITO


Discípulo.—Padre, ¿es cosa importante tener dolor de los pecados?
Maestro.—El dolor de los pecados es cosa no sólo importantísima, sino absolutamente indispensable para toda buena confesión. Sin él es imposible que exista el sacramento. Como no puede existir el sacramento del bautismo sin el atina, así tampoco es posible que exista el sacramento de la Penitencia sin el dolor.
D.—Entonces, ¿todos aquéllos que ponen su preocupación en examinar los pecados, y se cuidan poco en excitarse al dolor, hacen buena confesión?
M.—Todos esos hacen confesión sacrilega o nula : sacrilega si advierten la propia falta de dolor; nula si no atienden a ello. Sin embargo, la buena voluntad que tiene de confesarse bien y la diligencia con que hacen el examen incluyen por lo general el dolor, por lo que no hay que inquietarse.
D.— ¿Qué hay que hacer para excitarse al dolor de los pecados?
M.—Debemos dar una mirada al infierno que hemos merecido con nuestros pecados, al Paraíso que por ellos hemos perdido. Miremos al Crucifijo, consideremos cómo Jesucristo agoniza y muere por nuestros pecados.
Pensemos que Dios es todo y nosotros nada; que podría abandonarnos de un momento a otro; que muchos otros más jóvenes que nosotros. Muchos que tal vez han cometido menos pecados que nosotros, están en el infierno y que si nosotros estamos aún aquí, es porque El nos ama y porque ha querido usar de su misericordia con nosotros.
* * *
Era un jueves santo, he aquí que, un oficialillo muy elegante se presento al confesionario, y sin mas ni más, díjole al Padre :
— Perdone si le hablo con franqueza; soy militar, no vengo a confesarme: es que deseo satisfacer a mi madre y hermanas que desde el banco me espían. Quieren que cumpla con Pascua, mas yo no creo, que me río de todo eso.
- ¿Luego usted se ríe de la Religión y de los Sacramentos?
— ¿Se ríe de la verdad eterna, del Infierno y del Paraíso?
—Sí, Padre, también de eso me río.
—Siendo así, ya comprende que no le puedo absolver ni mandarle a comulgar.
—Sin embargo, debo ir a comulgar para contentar a mi madre y a mis hermanas.
—Bien, vamos a hacer lo siguiente:
Contemporice con su madre y hermanas.
Dígales que el confesor le ha impuesto cumplir la penitencia antes de comulgar, usted, mientras tanto hará la siguiente penitencia y después volverá :
—¿Qué penitencia? si no me he confesado.
—No importa, usted presentándose aquí finge que se confiesa y yo pierdo el tiempo en oírle: no está bien que se burle usted de mí. Así, a fuer de buen militar, me va a prometer que cumplirá la penitencia que le voy a imponer.
—Como quiera, la cumpliré, y ¿qué penitencia?
—En estas tres noches se abstendrá de ir al casino y de toda otra diversión, y en cuanto se acuerde dirá: "Dios mío, yo creo en Vos, pero me río de vuestra Religión y de los Sacramentos; creo en Vos, pero me río de la muerte y del juicio; creo en Vos, pero me río del infierno y de la eternidad" después puede dormirse tranquilamente. ¿Lo hará?
—Padre, lo haré; palabra de militar, palabra formal.
Se levanta y se va. El sábado por la noche hételo de nuevo en el confesionario, se arródilla y le dice al Padre:
—Yo soy el oficial de la penitencia, la he cumplido y vengo a decirle que, pensando seriamente en las cosas que usted me mandó que dijera, siento grandes remordimientos y lejos de reírme, las temo grandemente. Así que tenga la bondad de ayudarme a hacer una buena confesión.
Se había obtenido el efecto. El pensamiento de los novísimos había convertido a aquel militar, que en el fondo todavía tenía fe, aunque amortiguada, a causa de la mala vida a que se había entregado y de la cual en presencia de Dios, de la muerte y de la eternidad, se sentía avergonzado.

D.—Padre, ¿de cuántas clases puede ser el dolor?
M.—Puede ser de dos clases: dolor perfecto, llamado también de contrición, y dolor imperfecto, por otro nombre de atrición. Quien se arrepiente de los pecados por solo temor de los castigos que pueden sobrevenir en ésta o en la otra vida, o sea movido por un amor interesado, ése tiene sólo atrición: ese dolor es moneda legal, más sólo de cobre. Por el contrario, quien se arrepiente por haber ofendido a Dios, nuestro Padre, o sea, movido de verdadero temor filial, ése tiene contrición perfecta, que es moneda de oro.
D.—¿Es importante tener contrición perfecta ?
M.—Importantísimo, porque ella, unida al propósito de no pecar más y de confesarse cuando le sea posible, obtiene inmediatamente, aun antes de confesarse, la remisión de los pecados y si uno muriese en ese estado se salvaría.
D.—¿Y se puede comulgar sin confesarse, con sólo la contrición?
M.—Para comulgar se necesita confesarse antes.
D.—Padre, ¿y si uno después cambia de propósito y no se confiesa, reviven aquellos pecados?
M.—No, el pecado perdonado no revive más, pero ese tal se haría reo de una grave omisión, de la que siempre se haría responsable. De consiguiente, siempre que por desgracia te ocurra haber cometido un pecado mortal, haz inmediatamente un acto de contrición perfecta, con el propósito de confesarte lo más pronto posible, a fin de tranquilizar tu conciencia.
D.—Padre ¿es necesario sentir el dolor de los pecados?
M.—No, no es necesario sentir ese dolor, como se siente el dolor de cabeza, el dolor de muelas; basta tenerlo en el corazón.
* * *
— ¿Qué haces ahí, hijito?... decíale el confesor a un niñito que mientras esperaba para confesarse, se estaba dando golpes en la cabeza contra la pared.
—¡Oh, Padre! me aporreo para que me venga el dolor de los pecados.
D.—¡Pobrecito !. . . ; Cuánta inocencia!... ¿Y qué cosa es el propósito?
M.—Es la voluntad resuelta de no pecar mas y de evitar las ocasiones. Es una consecuencia del dolor; pues es imposible concebir un verdadero dolor de los pecados sin que al mismo tiempo se tenga la resolución de no cometerlos más.
D.—¿Cómo debe ser el propósito?
M.—bebe ser eficaz, es decir de apartarse absolutamente, cueste lo que costare del pecado, dispuesto a perderlo todo antes que volverlos a cometer, y esto sin pretextos, sin equívocas o poco honestas intenciones.
* * *
Uno se confesaba de haber robado haces de leña.
—¿Cuántos? —le pregunto el confesor.
—Padre, he tomado cinco, pero cuente siete,
—¿Cómo? o son cinco o son siete.
Me explicaré, Padre. De los siete haces que he encontrado, he tomado cinco, pero esta noche iré por los otros dos, me lo confieso anticipadamente, por eso calcule usted siete.
* * *
Del mismo modo una joven se estaba confesando y cuando recibió la absolución, antes de marcharse pregunta al confesor:
—Padre, ¿puedo comulgar esta mañana?
—Sí, puede comulgar, y no sólo hoy sino mañana y en adelante, todos los días...
— ¡Ah, mañana no podré, porque esta noche estoy invitada al baile y no puedo faltar!
— ¿Al baile ha dicho? Pero si acaba de prometer a Jesús no volver a ofender más y evitar las ocasiones de ofenderle. . .
—Padre, yo lo he prometido, pero con respecto a lo pasado, mas no para lo venidero.
Eso es: muchas veces se promete por el pasado, o sea, no se promete nada; y así siempre se está al principio: confesiones y pecados, pecados y confesiones; pero confesarse y no enmendarse es el camino más seguro para condenarse.
D.—¿De que manera podremos perseverar en el propósito ?
M.—1° Con no fiarnos mucho de nuestras fuerzas, sino pedir constantemente a Dios el auxilio de su gracia.
Imponiéndose alguna penitencia cada vez que se cae en el pecado, la cual, al mismo tiempo que servirá para expiar en parte el pecado cometido, servirá también para hacernos más vigilantes en lo sucesivo.
Volviendo a confesarse cuanto antes se pueda, a fin de quebrantar los cuernos al demonio y conseguir más fácilmente victoria del mismo en adelante.
* * *
Los misioneros de África refieren que en aquellos lejanos países vive un animal algo más grande que nuestro gato, llamado por eso gato montes. Este animal es con frecuencia atacado por las serpientes que abundan en aquellas regiones; con mucha frecuencia lucha con ellas; mas casi siempre sale victorioso, porque conoce una yerba que tiene virtud extraordinaria contra las mordeduras venenosas de las serpientes. Cuando es asaltado por ellas, apenas se siente mordido, corre a revolcarse sobre esa yerba y a mascarla; luego vuelve en seguida a la lucha. Herido por segunda, por tercera vez siempre recurre a la misma yerba, y siempre queda curado. En esa forma, signe luchando hasta que consigue arrancar la cabeza a su enemiga.
También nosotros estamos en continua lucha con el enemigo infernal, que siempre, de mil maneras y con todo género de pecados, nos tienta e inclina al mal. ¿Queremos salir siempre victoriosos? El remedio es infalible. Ahí está la panacea infalible y maravillosa: la confesión bien hecha y frecuente. Con ella no tendrá el demonio ningún poder sobre nosotros.
D.—Padre, ¿y aquéllos que siempre andan prometiendo y nunca cumplen lo prometido?
M.—Esos sou pobres desgraciados que ciertamente acabarán mal, porque de Dios nadie se burla.
* * *
De mucho tiempo atrás una madre amorosa y muy temerosa de Dios, exhorta a su hijo, díscolo y vicioso, a mudar de vida. Este le prometía siempre, pero eran promesas de viento. Una víspera de Carnaval, la madre, más con lágrimas que con palabras, le conjuraba a que se convirtiera; él le dijo: "Bueno, estoy resuelto a seguir tus consejos, también estoy avergonzado y cansado de mi mala vida; ten paciencia por estos tres días de Carnaval, y después haré penitencia". El desgraciado joven pensaba en esta forma pactar con Dios, preparándose con nuevos pecados a convertirse y confesarse. Mas de Dios no se burla nadie. Pasó, los tres días en desarreglos y extravíos. El martes a las altas horas de la noche volvía a casa agotado por el prolongado baile, y pocos instantes después se sintió un estrépito en su cuarto; entranron apresuradamente los familiares y lo encontraron extendido sobre el pavimento, sofocado por un derrame de sangre. Así acabaron sus proyectos de conversión y sus falaces propósitos.
De los que dicen que quieren enmendarse y no se enmiendan, está lleno el infierno.
D.— ¿Y aquéllos que dicen: no puedo, no puedo?
M.—Esos son todavía más desgraciados, es signo cierto de que son ya esclavos de las Blas vergonzosas pasiones.
D.—Me parece que si de veras se quiere, siempre se puede, ¿no es verdad, Padre?
M.—Sí, porque Dios nunca niega su gracia a quien la busca de corazón, y porque es muy grande el poder de nuestra voluntad.
Te lo pruebo con el siguiente hecho histórico :
El general Cambronne, muerto en el 1842, combatiendo como héroe en Waterloo, cuando aun era simple soldado, tomado del vino le dio un bofetón a su capitán. Juzgado por el Consejo de Guerra, fue condenado a muerte. El coronel, que sabía que era bravo soldado, se interpuso en su favor y le obtuvo la gracia; mas haciéndole venir ante él, quiso que le prometiera no emborracharse más. Cambronne le dijo: "Coronel a vos debo la vida, es muy poco lo que me pedís; así, para que mi propósito sea eficaz, juro que jamás probaré ni vino ni licor". Pasaron veintidós años, había llegado a general, habiendo acompañado a Napoleón desde Canes hasta París, fue invitado a comer por su coronel, entonces, ya retirado. Aceptó, más durante toda la comida no probó el vino. El coronel, que todo había olvidado ya, le preguntó el por qué de no tomar vino, Cambronne entonces le recordó el hecho de hacía veintidós años y le manifestó la entera fidelidad con que había mantenido su juramento.
¡Oh, si en el propósito de la confesión se imitase la fidelidad de Cambronne! Y si se cumplen los juramentos hechos a los hombres, ¿por qué no se han de cumplir los que se hacen con Dios?
D.—Así, pues, Padre, ¿de nada sirven las confesiones y las absoluciones sin el propósito firme y eficaz de evitar el pecado y las ocasiones de pecar?
M.—De nada sirven, porque aun cuando el confesor dijere cien veces: yo te absuelvo, Jesucristo, que lee en el corazón, diría otras cien: y yo te condeno.....
D.—Es, pues, muy cierto, el proverbio, que dice:
Confesarse, ¿a que conduce si la enmienda no produce?

Pbro. Luis José Chiavarino
CONFESAOS BIEN

miércoles, 18 de mayo de 2011

MODO PRACTICO DE CONFESARSE. EXAMEN

Discípulo.—Padre, ya que me ha dicho hasta aquí cosas tan buenas sobre la confesión, tenga la bondad de añadir algunas pocas palabras, acerca del modo de confesarse. Siempre temo no saberme confesar y hasta recelo que me confieso mal.
Maestro.—¿A qué viene ese miedo? La confesión, como la definió el suavísimo Pontífice Pío X, es el invento más oportuno con que Jesús haya podido proveer a la humana enfermedad.
Lo que quiere decir, que es el sacramento más fácil de recibir, al alcance de todos y que no requiere condiciones difíciles. De modo que todo aquel que tenga simplemente la buena voluntad de confesarse bien, siempre conseguirá su objeto. Aquéllos, pues, que tienen gran temor de confesarse mal, por este mismo temor, son los que mejor se confiesan.
D.— ¿Debemos rogar antes de confesarnos?
M.—Siendo de fe que sin la ayuda de la gracia no podemos confesarnos bien, esta ayuda la debemos pedir con la oración, y así debemos:
1. Reavivar la fe en este sacramento, que es el medio más principal de santificación.
2. Dar rendidas gracias a Jesús, que ha querido hacernos tan gran regalo, a costa de su pasión y muerte.
3. Encomendarnos a nuestra buena madre María Santísima, refugio de pecadores, a nuestra Ángel Custodio, a las almas del Purgatorio; luego se hace el examen de conciencia.
D.—¡Ah! Padre, aquí empiezan mis inquietudes! Yo no soy capaz de hacer el examen de conciencia... No recuerdo los pecados, o bien se me olvidan a los pies del confesor.
M.—Despacio, amigo, despacio, no enturbiemos el agua con el desmedido afán. Con miedo nunca se conseguirá hacer nada de bueno; si, por el contrario, procuramos obrar con calma y confianza en Dios, ciertamente conseguiremos lo que deseamos. Hagamos nosotros lo que está de nuestra parte, qué lo demás lo suplirá el Señor. Ordinariamente. El queda más satisfecho, cuanto menos satisfechos quedamos nosotros.
D.— ¿Están todos obligados a examinar su conciencia ?
M.—En seguida te contesto. El examen de conciencia para algunos es obligatorio, para otros útil, para ciertas personas nocivo.
D.—¿Para quiénes es obligatorio?
M.—Es obligatorio un examen serio y diligente:
1. Para aquellos que cometen pecados mortales.
2. Para los que se confiesan raras veces.
3. Para los que desde algún tiempo no se han confesado bien.
Todos esos deben acusarse de los pecados, graves, de las circunstancias que cambian la especie del pecado, y también el número de los pecados, y claro está que deben anticipadamente examinar con seriedad y cuidado su conciencia.
D.— ¿Como debe procederse para hacer bien el examen?
M.—Para hacer bien el examen, hay que ir considerando uno por uno los mandamientos de Dios y de la Iglesia, juntamente con las obligaciones del propio estado; examinándonos sobre cada uno si hemos faltado contra y cuántas veces, en pensamientos, palabras, obras y omisiones, teniendo muy en cuenta la pasión dominante y la causa generadora de nuestras faltas más ordinarias.
Se deberá notar en el primer mandamiento, si se ha faltado contra la fe en cualquiera de las verdades de nuestra religión sacrosanta; si se han proferido palabras o escuchado; leído libros, diarios o periódicos contrarios a la religión; si se han cometido sacrilegios, ya confesándose mal o haciendo malas comuniones, ya despreciando las cosas o personas sagradas; si se ha dado a prácticas supersticiosas o participando en actos espiritistas.
En, el segundo mandamiento, si se han blasfemado los santos nombres de Dios, de la Virgen Santísima, de los Santos o cosas sagradas, si se han hecho juramentos falsos o ilícitos.
En el tercer mandamiento, si no se ha oído debidamente la Santa Misa los Domingos y días de guardar; si de propósito no se ha ido al catecismo o al sermón: si se ha trabajado en obras serviles, o si se han profanado los días festivos en diversiones ilícitas o peligrosas, frecuentando la crápula, o pasando el día en tabernas, hosterías o sitios peligrosos.
En el cuarto mandamiento, si se ha faltado al respeto a los padres o superiores, de palabra o de obra, si se les ha insultado; si se ha atrevido a levantar la mano contra ellos; si por la mala conducta se les ha hecho llorar.
En el quinto mandamiento, si se ha herido gravemente a alguno; si se tiene odio a alguna persona: si se ha jurado vengarse; si se han lanzado imprecaciones o maldiciones; si se ha dado escándalo, es decir, si con palabras o acciones se ha inducido a otros a pecar.
En el sexto y noveno mandamiento, si se han tenido pensamientos o deseos contrarios a la castidad y si se han consentido o sido negligente en desecharlos, si se han tenido u oído conversaciones escandalosas o leído libros obscenos; si se han cometido actos torpes o impuros, y si fue sólo o bien con otros y de qué naturaleza, de qué género y de qué condición eran los compañeros de tales actos; ya que estas circunstancias cambian la malicia del pecado, y si se es reincidente o bien habituado a ellos; si se han frecuentado bailes o espectáculos deshonestos.
En el séptimo y décimo mandamiento, si se ha robado dinero u otra cosa de valor más o menos considerable, ya sea de su casa o de otras personas; si se han perjudicado a otros en su hacienda o intereses; si se ha tenido pensamientos o deseos de apropiarse injustamente las cosas ajenas.
En el octavo mandamiento, si se han dicho mentiras graves o perjudiciales al prójimo; si se ha murmurado o calumniado gravemente: si se ha quitado a otro la buena fama o el honor.
Pasando ahora a los mandamientos de la Santa Madre iglesia, bastará observar si se ha violado la abstinencia de carnes en los días preceptuados o el ayuno, cuando se está obligado a observarlos, o si se ha omitido la confesión o la comunión anual bien hechas, durante el tiempo prescrito.
A este examen sobre los mandamientos de Dios y de la Iglesia, se ha de añadir también algo sobre los vicios o pecados capitales, considerando si se han cometido pecados graves de soberbia, de gula, de ira, de envidia, y finalmente dése una mirada a las obligaciones del propio estado.
D.—¿También sobre las obligaciones del propio estado?
M.—¡Claro! Un padre o una madre, un esposo o una esposa, un maestro, un superior o un dependiente pueden cada uno observar muy bien todos los mandamientos de Dios y de la Iglesia, y no obstante, faltar gravemente a los deberes de su propio estado; de consiguiente, es de suma iinportancia examinarse sobre ello, si se quiere hacer una buena confesión. Es histórica la anécdota siguiente:
* * *
El emperador Carlos V, yendo de viaje, se hospedó en un convento y quiso confesarse. Un venerable religioso muy amable, escuchó con alma la confesión del emperador, y cuando terminó, le dijo: "Confessus es pecenta Caroli, nunc confitere peccata Caesarin". Me has confesado los pecados de Carlos, es decir, como si no fueses emperador, ahora confiésate de los pecados q'ue has cometido en el cargo que desempeñas. Y con mucha destreza y sagacidad le fué interrogando acerca de cómo gobernaba a su pueblo. El emperador se conmovió tanto que hubo de decir al referir el hecho: "Por fin he encontrado un Padre que me ha aclarado ciertos asuntos y ha puesto en plena paz mi conciencia".
D.—Padre, ¿podremos todos llegar a hacer un perfecto y diligente examen?
M.—Si no lográramos hacerlo, bastará que nos presentemos al confesor, dispuestos a declarar lo que recordamos, y a responder con sinceridad a las preguntas que nos dirigiere, y con ello basta.
D.— ¿Y si el confesor no preguntase y se nos olvidasen los pecados mortales?
M.—Los pecados, aun los mortales olvidados involuntariamente, se perdonan junto con los otros que se confiesan, quedando tan sólo la obligación de declararlos, si se recuerdan, en la primera confesión que se haga luego.
D.—Padre, ¿ha dicho usted que debemos examinarnos sobre los pensamientos y los deseos?
M.—Claro que sí, porque también los pensamientos y los deseos, si son malos, son pecados.
* * *
Decíale un candoroso niño a su madre: "Si es verdad, como me han enseñado, que nada se pierde en el mundo, ¿a dónde van a parar los pensamientos y los deseos?
—Hijo, contéstale gravemente la madre, esos van a depositarse en la memoria de Dios y estarán allí para siempre.
—¡Para siempre!... exclamó el muchacho asombrado.
Quedó un poco de tiempo cabizbajo y pensativo, y luego abrazando estrechamente a su madre murmuró entre dientes:
—¡Tengo miedo!...
Si son buenos nuestros pensamientos, ¿a que asustarse, por qué decir "¿tengo miedo?" y si ciertos pensamientos nos dan miedo, ¿no es señal de fine debemos examinarlos y detestarlos?
D.—¿Los malos pensamientos son siempre pecados?
M.—No, amigo, algunas veces no son pecados absolutamente, otras son pecados veniales; pero pueden ser también pecados mortales. El siguiente ejemplo aclarará lo que vamos diciendo.
* * *
Una chispa de fuego que cae sobre un blanco y se sacude inmediatamente no deja ninguna mancha. Si se deja breves instantes quedará una manchita ahumada.
Bi se la deja allí para ver lo que hace, 11'rasará la ropa. áksS pasa con los malos pensamientos, i liando se los desecha en seguida, no cau-iii mal ninguno, no son pecados; si se les detiene algo, ya son pecados veniales, y si se les da entrada con plena advertencia y consentimiento, son pecados mortales.
D.— ¿Quiénes no están obligados a verificar un prolijo examen?
M.—Las almas timoratas que se confiesan con frecuencia no están en manera alguna, obligadas a un minucioso examen, pues como dice el célebre Frassinetti, o no cometen pecados mortales o bien, aun cometido alguno, no lo olvidan fácilmente.
D.—Ahora, Padre, dígame, ¿obran mal los que se angustian y se conturban porque no encuentran pecados?
M.— Seguramente. ¿Qué maravilla es, dice el referido Frassinetti, que no cometiendo pecados no los encontréis? Dad gracias al Señor y seguid permaneciendo muy apártados de cometerlos con el poderoso auxilio de los Sacramentos.
* * *
Recuerdo de un niñito que al presentarse al confesionario lloraba como una Magdalena.
—¿Por qué, hijito mío, le pregunté, ¿por qué lloras tanto?
—Porque no encuentro los pecados.
—¿ Pero tú has cometido alguno ?
—¡Nunca, jamás, Padre; pecados no he cometido ninguno!
* * *
Recuerdo de un buen compañero, el cual, encontrándose una noche en conversación con buen número de personas del vecindario, encendió un fósforo, después otro y otro, siempre buscando cuidadosamente con su luz algo por tierra.
—¿Qué haces, Bernardo, decíanle los amigos, qué buscas?
—Busco un napoleón de oro.
—¿Un napoleón de oro?... ¿Cómo?
Todos se levantaron y se dieron a la búsqueda de la moneda. Se encendieron varios fósforos, fuese por luz, se trajeron varias candelas... Estará aquí, estará ahí, estará... Ninguno la encontraba. Todos se maravillaban de que, tantos buscándola, no la encontrasen.
Por fin, ya cansados de buscar e impacientados por no encontrarla, dícenle:
Pero, dinos, Bernardo, ¿estás completamente seguro de que lo has perdido aquí?
—Yo no lo he perdido ni aquí ni en ninguna parte; busco por si acaso encuentro alguno.
Te puedes imaginar la bulla general y el enojo y despecho de aquella gente en tal forma burlada.
Así pasa con los pecados; si no se han cometido no se pueden encontrar.
D.—Dígame, Padre, para quiénes puede ser nocivo el examen?
M.—Puede ser nocivo el examen para aquellas almas confusas, turbadas, obtusas, escrupulosas, las cuales, por suponer que las cuentas de la conciencia son como las de la aritmética, no acabarían nunca de examinarse, para venir a quedar cero, siempre con mayor despecho y desaliento.
En tal caso, el confesor les prohibe que hagan examen, y deben obedecerle.
D.—Gracias de todo, Padre, guardaré como tesoro su doctrina.

Pbro. Luis José Chiavarino
CONFESAOS BIEN