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lunes, 16 de marzo de 2015

PLEGARIA AL SANTÍSIMO SACRAMENTO


Tabernáculo augusto, excelso trono
Que sostienes al Todopoderoso
En ese sol luciente y misterioso
Que adoro con ferviente devoción.

     Manjar del alma, prenda inestimable
Del indecible amor de un Dios tan bueno,
Pan consagrado, que de gozo lleno
Recibe agradecido el corazón.

     Hostia pura, que allá en la última cena
En expiación perpetua te ofreciste;
Delicioso Maná, que descendiste
Del cielo para el hombre alimentar.

     Arca preciosa, que cerrada guardas
El tesoro más rico y más preciado
Como es Jesús, Jesús Sacramentado,
     A quien rendido adoro en el altar.

     Si, mi Dios, mi Señor, mi único dueño,
En pos yo vengo de tu amor prolijo;
Deja que llegue a tu presencia tu hijo,
No lo deseches, oye su oración.

     Indigno soy, es cierto, de acercarme
Ante tu trono, porque te he ofendido;
Pero vengo contrito, arrepentido,
     A implorar de mis culpas el perdón.

     Son horrendos y muchos mis delitos
Por los cuales me hiciera tu enemigo,
     Y por eso al venir traigo conmigo
De la Virgen la Santa protección.

De esa Señora, tan amante y tierna,
Tengo mercedes y licencia tengo
Para verte, Señor; por eso vengo
A ofrecerte mi pobre corazón.

¿Te negarás, Señor, a recibirme,
Cuando traigo a María por mi abogada;
Cuando sé que la estimas, que es tu Amada
Porque es la fuente del divino Amor?

Yo no creo que me arrojes de tu lado
Siendo, como es, tan grande tu clemencia;
Al contrario; Señor, tengo la creencia
De aplacar con mi llanto tu rigor.

Espero con mis lágrimas y ruegos
Mitigar tus enojos, Padre mío;
Y lo espero yo así, porque confío
En tu palabra, que jamás faltó.

Tú dijiste al bajar del alto cielo,
Que venías a buscar con tus amores
No a los justos, y sí a los pecadores
Miserables y pobres como yo.

Tu Sangre derramada en el Calvario,
Fue en abundancia por tu amor vertida;
Mas yo comprendo que sería invertida
Para lograr mi eterna salvación.

"Venid a mí dijiste bondadoso,
"Los que sufrís trabajos y aflicciones;
 "Conmigo no tendréis tribulaciones
"Y a todos os tendré en mi corazón".

¿Y habrá quien sufra como yo he sufrido
Las consecuencias del fatal pecado?
¿Quién en el mundo más necesitado?
¿Quién más infame como yo, Señor?

Por eso vengo a confesarte ahora
Mis incontables faltas y malicia;
No me juzgues cual juez recto en justicia
Sino cual Padre dame tu perdón.

Perdón, Señor, perdón; yo te lo pido
Por tantos como han sido mis errores;
Perdón, Señor, y vuelve tus favores
Al que llora contrito su maldad.

No me alzaré dé aquí si Tú, mi Padre,
No me concedes lo que anhelo tanto;
Ten compasión de mí, mira mi llanto,
Vuelve tu Rostro, ten de mí piedad.

Siquiera porque nunca te he negado,
Olvida mis pecados, mis delitos;
Oye, Señor, de un pecador los gritos,
La voz de un dolorido corazón.

Confieso que he faltado a tus preceptos,
Que pequé contra Tí, mi Dueño amado;
Por eso lloro ante tu altar, postrado,
Y he de llorar hasta alcanzar perdón.

Soy cristiano y anhelo que me salves.
Y que la honra adquirida en el Bautismo
No se pierda en el ancho y hondo abismo
En donde esconde tantas la impiedad.

Soy pecador y mucho te he ofendido;
Puedo decir que soy muy delincuente;
Pero tu Sangre que cayó en mi frente
Es superior a toda mi maldad.

Ultimamente, cuando allá en la cumbre
Del Gólgota, tremendo agonizabas,
Con palabras de amor me encomendabas
De tu Madre a la santa protección.

Tus moribundos labios pronunciaron
Las palabras "Mujer he ahí tu hijo",
Pues héme aquí que en tus encargos fijo
Con Ella vengo a darte el corazón.

Ya ves Señor, que no he venido solo,
Viene conmigo la que Tú amas tanto...
Por sus dolores y su amargo llanto
Tenme piedad, perdóname, Señor,

Piedad, piedad; misericordia pido
Con lágrimas que corren de mis ojos;
Piedad, Mi Dios, y acaben tus enojos
Con el perdón de un pobre pecador.

SILVERIO CASTILLO.
Con licencia Eclesiástica.
Una Ave María por el autor.

jueves, 15 de enero de 2015

LOS SIETE DOLORES


DEVOCIÓN ADMIRABLE
Los Siete Dolores que María Santísima sintió, en la Vida y Muerte de su Amado Hijo

Primero
     SEÑOR mío Jesucristo, yo te saludo en honra y reverencia del dolor que padeció mi Señora la Virgen María, cuando le profetizó Simeón que te habían de quitar la vida; por este dolor te pido conocimiento y contrición de mis culpas.
Padrenuestro, Avemaria.

Segundo
     SEÑOR mío Jesucristo, yo te saludo en honra y reverencia del dolor que padeció mi Señora la Virgen María, al saber la crueldad con que Herodes intentaba quitarte la vida, y por los trabajos que padecisteis en el camino y destierro a Egipto; por este dolor te pido una santa resignación en todas las tribulaciones que te dignes enviarme.
Padrenuestro, Avemaria.

Tercero
     SEÑOR mío Jesucristo, yo te saludo en honra y reverencia del dolor que padeció mi Señora la Virgen María, cuando te perdió tres días; por este dolor te pido remisión de mis pecados.
Padrenuestro, Avemaria.

Cuarto
     SEÑOR mío Jesucristo, yo te saludo en honra y reverencia del dolor que padeció mi Señora la Virgen María, cuando te vio cargado con el infame madero de la cruz, yendo dócil al suplicio; por este dolor te pido las virtudes que por el pecado perdí.
Padrenuestro, Avemaria.

Quinto
     SEÑOR mío Jesucristo, yo te saludo en honra y reverencia del dolor que padeció mi Señora la Virgen María, cuando te vio crucificado; por este dolor te pido el don de gracia, y antes de mi muerte tu Cuerpo en comida.
Padrenuestro, Avemaria.

Sexto
     SEÑOR mío Jesucristo, yo te saludo en honra y reverencia del dolor que padeció mi Señora la Virgen María, al tenerte en sus brazos y contemplar tus mortales heridas; por este dolor te pido una verdadera devoción a tu Pasión y muerte.
Padrenuestro, Avemaria.

Séptimo
     SEÑOR mío Jesucristo, yo te saludo en honra y reverencia del dolor que padeció mi Señora la Virgen María, con la amarga soledad en que quedó al ser sepultado tu sacratísimo cadáver; por este dolor te pido verte en mi muerte asistiéndome con los auxilios necesarios de tu gracia, para que así me recibas en los goces de la vida eterna.
Padrenuestro, Avemaria.

Oración
     MIRADME, ¡oh mi amado y buen Jesús!, postrado en vuestra santísima presencia: os ruego con el mayor fervor imprimáis en mi corazón los sentimientos de fe, esperanza y caridad, dolor de mis pecados y propósito de jamás ofenderos, mientras que yo, con todo el amor y con toda la compasión de que soy capaz, voy considerando vuestras cinco llagas, comenzando por aquello que dijo de Vos, ¡oh mi Dios!, el santo profeta David: “Han taladrado mis manos y mis pies, y se pueden contar todos mis huesos.”

Ofrecimiento
     JESÚS mío crucificado, Salvador de los hombres, que por redimirnos de la culpa quisiste derramar tu sangre preciosa: te ruego, amado Jesús de mi corazón, te compadezcas de mí, y olvidando mi ingratitud, oigas las súplicas que te hago: yo te propongo por mi intercesora a tu amante y dolorosa Madre, ofreciéndote sus siete dolores y te pido por ellos me alcances favorable despacho de mi petición, y la gracia especial de imitar su heroica paciencia en los trabajos de esta vida y en los dolores que te dignares enviarme para acrisolar mi virtud y hacerme digno de su compañía gloriosa en los cielos. Amén.
Una Salve a la Santísima Virgen de los Dolores.

viernes, 31 de octubre de 2014

Tres Credos a la Santísima Trinidad

     Pidiendo una buena muerte y nos libre de los males que se expresan en los ofrecimientos.
Dios y supremo Señor, 
Rey de los cielos y tierra: 
del hambre, la peste y guerra 
líbranos por tu amor.

A Dios Padre
     Creo en Dios Padre, etc.
     Suplico, Dios Padre, me libres de muerte súbita y desapercibida y de pecado mortal; haz que sea auxiliado con los Santos Sacramentos y buena disposición.

A Dios Hijo
     Creo en Dios Padre, etc.
     Suplicóte, Dios Hijo, Criador y Juez, ordenes mi vida de manera que te dé buena cuenta de ella cuando me la pidas.

A Dios Espíritu Santo
     Creo en Dios Padre, etc.
     Suplicóte, Dios Espíritu Santo, me des gracia santificante hasta la muerte, y me libres de las penas del infierno. Amén.
     Dios Padre, yo te ofrezco mis pensamientos buenos: haz que todos lo sean. Dios Hijo, yo te ofrezco mis palabras buenas: haz que todas los sean. Dios Espíritu Santo, yo te ofrezco mis obras buenas: haz que todas lo sean. Bendita y alabada sea la Santísima Trinidad, que crió a María Santísima para tanto bien y remedio nuestro. Amén.

Ofrecimiento
     Altísima Trinidad, Dios y Señor mío: conozco que nada soy, que nada tengo ni me es posible tener: sólo lo que tu divina Majestad me ha dado y quiera concederme. De todo te doy infinitas gracias y alabanzas, y me ofrezco todo tuyo por tu esclavo ahora y siempre prometiendo estar a tu voluntad santísima en esta vida, hasta ir a cantar tus misericordias en la gloria. Amén.

Acto de Sumisión
     Dios mio, venerando profundamente los designios de tu Providencia, dejo a tu disposición mis bienes, mis esperanzas, mi honra, mi salud, mi vida: cuanto poseo, cuanto amo, cuanto necesito y cuanto soy, humildemente resignado en todo a su voluntad santísima; sólo te pido y espero de tu infinito amor, como mi Dios, mi Criador, mi Bienhechor y mi Padre, que te dignes concederme los auxilios de tu divina gracia para que lleve con modestia la prosperidad, con paciencia las adversidades, con fortaleza las tribulaciones, y que, cumpliendo puntualmente en cualesquier estado y condición tus preceptos en la tierra, merezca acompañarte y bendecirte por toda la eternidad entre los bienaventurados en el cielo. Amén.

Jesús en el Santísimo Sacramento
     ¡OH divino Jesús, solitario por las noches en tantos tabernáculos, sin quien te visite ni adore! Yo te ofrezco mi solitario corazón, y deseo que cada una de sus pulsaciones sean otros tantos actos de amor tuyo. Tú estás siempre vigilando bajo los velos sacramentales; tu amor nunca duerme, y jamás te cansas de cuidar a los pecadores.
     ¡Oh amante Jesús, oh solitario Jesús! ¡Ojalá mi corazón fuese una lámpara cuya luz brillara y despidiera rayos de amor para Ti solo! Vela sacramental Centinela; vela por el dormido mundo, por las almas extraviadas y por tu pobre y solitaria hija.
     “Yo conozco que los sufrimientos presentes no pueden ser comparados con la gloria venidera que nos será revelada.” (San Pablo)
     Paciencia por hoy, alma mía. El día de mañana será como Dios quiera; entretanto, hagamos su santa voluntad. El día de ayer pasó ya, y todo lo que he sufrido pasó también; nada quedó sino el mérito ganado, si he sufrido mis sufrimientos con mérito. Después de todo, los días son muy cortos.
     Mi Dios, yo no puedo menos que ofrecerte los afectos, los sufrimientos y las fatigas de un corto día.
      ¡Ojalá, mi divino Maestro, que lo que yo tengo que padecer en él sea por tu amor! Amén.

Oración a la Preciosa Sangre de Cristo
     Santísimo Padre Eterno, yo te ofrezco la preciosísima Sangre, vida Pasión y muerte de tu santísimo Hijo, en satisfacción de todos los pecados y penas que por ellos temo y he merecido; lo mismo te ofrezco por cada uno de mis hermanos los pecadores por Él redimidos, y ofrezco también las virtudes, penas y amarguras de María Santísima y de todos los Santos por cada una de las almas del Purgatorio, Señor, por todo esto danos el perdón y la paz, y líbranos de los enemigos de tu Iglesia. Amén.

ORACION
A la Preciosa Sangre de Cristo por la Conversión de los Pecadores
     SANTISIMO Padre Eterno, yo te presento la Sangre preciosa de Nuestro Señor Jesucristo, su tierno y amante Corazón, su santísima vida, Pasión y muerte, los méritos de María Santísima y su purísimo Corazón, y hago intención de hacerte este ofrecimiento tantas veces cuantas gotas de agua tiene el mar, arenas la tierra, hojas las plantas, estrellas el firmamento, criaturas el universo, átomos el sol, y otras tantas cuantas te la han ofrecido las almas justas en la tierra y los bienaventurados en el cielo, y te ofrezco y presento estos infinitos méritos por todas las necesidades presentes, enfermos, caminantes, navegantes y cautivos; por nuestro Santísimo Padre el Papa, por los que nos gobiernan, por todos los príncipes cristianos, por los que están en pecado mortal, y en alivio y descanso de las benditas almas del Purgatorio. Amén.

ORACIÓN Y ACTO DE CONSAGRACIÓN
     RENDIDO a vuestros pies, ¡oh Jesús mío!, considerando las inefables muestras de amor que me habéis dado y las sublimes lecciones que me enseña de continuo vuestro adorabilísimo Corazón, os pido humildemente la gracia de conoceros, amaros y serviros como fiel discípulo vuestro, para hacerme digno de las mercedes y bendiciones que, generoso, concedéis a los que de veras os conocen, aman y sirven. ¡Mirad que soy muy pobre, dulcísimo Jesús, y necesito de Vos como el mendigo de la limosna que el rico le ha de dar! ¡Mirad que soy muy rudo, oh soberano Maestro, y necesito de vuestras divinas enseñanzas para luz yagonizantes, guía de mi ignorancia! ¡Mirad que soy muy débil, oh poderosísimo amparo de los flacos, y caigo a cada paso, y necesito apoyarme en Vos para no desfallecer! Sedlo todo para mí, Sagrado Corazón: socorro en mi miseria, lumbre de mis ojos, báculo de mis pasos, remedio de mis males; auxilio en toda necesidad. De Vos lo espera todo mi pobre corazón; Vos lo alentasteis y convidasteis cuando con tan tiernos acentos dijisteis repetidas veces en vuestro Evangelio: “Venid a Mí... Aprended de Mí... Pedid... Llamad.” A las puertas de vuestro Corazón vengo, pues, hoy, y llamo, y pido, y espero. Del mío os hago, ¡oh Señor!, firme, formal y decidida entrega. Tomadlo Vos, y dadme en cambio lo que sabéis me ha de hacer bueno en la tierra y dichoso en la eternidad. Amén.
     Aquí rezará tres veces el Padrenuestro, Avemaría y Gloria, en recuerdo de las tres insignias, Cruz, Corona y Herida de la lanza, con que se apareció el Sagrado Corazón a la beata Margarita de Alacoque.

jueves, 2 de octubre de 2014

Devoción a la Divina Providencia

     Invocándola por medio de los Sagrados Corazones de Jesús y de María para alcanzar el remedio de toda especie de necesidades y para implorar su protección todos los días.

Récese un Padrenuestro y Avemaria, y luego la siguiente:

ORACIÓN
     PROVIDENCIA divina, que elegiste al Sagrado Corazón de Jesús para fuente perenne de todos los bienes que concedes a los hombres, y a su Madre Santísima para dispensadora universal de ellos: a Ti recurro, animado de la confianza que me inspira la bondad paternal con que me has criado y me conservas, el amor con que ese mismo Corazón se ofreció a los tormentos y a la muerte por mí, y a la bondad con que esa Madre de misericordia me ha concedido tantos beneficios sin pretenderlos no aun conocerlos yo; concédeme, pues, lo que te pido si es para tu mayor gloria, honra y provecho de mi alma. Amén.

Díganse tres Avemarias, en reverencia del tránsito de la Santísima Virgen.

Oración a María Santísima
PARA LA HORA DE LA MUERTE
    OH dulcísima Madre de misericordia! ¡Oh única esperanza de los pecadores! ¡Oh eficaz atractivo de nuestras voluntades! ¡Oh María, oh Reina, oh Señora! Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, recibe esas tres Avemarías que con afecto de mi corazón he rezado en honor de tu felicísimo tránsito, y por él te pido que en el trance y agonía de mi muerte, cuando, ya trastornados los sentidos, turbadas las potencias, quebrantada la vista, perdida el habla, levantado el pecho, postradas las fuerzas y cubierto el rostro con el sudor de la muerte, esté luchando con el terrible final del paroxismo, cercado de enemigos innumerables que procurarán mi condenación, y que estarán esperando que salga mi alma para acusarla de todas sus culpas ante el tremendo tribunal de Dios, allí, querida de nuestras almas; allí, única esperanza de nuestros corazones; allí, amorosísima Madre; allí, vigilantísima Pastora; allí, María, ¡oh dulce nombre!, allí, ampárame; allí, María, defiéndeme; allí asísteme como pastora a sus ovejas, como madre a sus hijos, como reina a sus vasallos; aquél es el punto de donde depende la salvación o la condenación eterna; aquél es el oriente que divide el tiempo de la eternidad; aquél es el instante en que se pronuncia la final sentencia que ha de durar para siempre, pues si me faltas entonces, ¿qué será de mi alma, cuando tantas culpas he cometido? No me dejes en aquel riesgo, no te retires en aquel horrible trance. Acuérdate, amabilísima Señora, que si Dios te eligió para Madre suya, fue para que fueses medianera entre Dios y los hombres; por tanto, debes ampararme en aquella hora, ¡oh María!, ¡oh segurísimo sagrado refugio mío!, pues puede ser que entonces no tenga fuerzas ni sentido para llamarte; desde ahora, como si ya estuviera en la última agonía, te llamo, desde ahora te invoco, desde ahora me acojo para librarme de los merecidos rigores del Sol de Justicia, Cristo, y desde ahora, como si ya agonizara, invoco tu dulcísimo nombre; y esto que ahora te digo, lo guardo para aquella hora; María, misericordia; María, piedad; María, clemencia; María, en tus manos santísimas encomiendo mi espíritu, para que por ellas pase al tribunal de Dios, donde intercedas por esta alma pecadora; en Ti confío, en Ti espero. Ya, yo voy a expirar; misericordia, Madre de mi corazón; misericordia, misericordia, María, misericordia. Amén.

Oración a Nuestra Señora de las Angustias
     ¡OH María, sin pecado concebida!
     Por los dolores que tu santísimo Hijo sufrió en la cruz por redimir nuestras culpas, vuelve a mí tus piadosos ojos, y escucha mis súplicas. Confiado en tu infinita bondad. Madre Santísima; me atrevo a dirigirte mis plegarias; no las desoigas, y consuela mis aflicciones en este valle de lágrimas y amarguras; te ofrezco un propósito firme de enmienda, Madre y Señora mía, porque a Ti te debo mucho, y soy tan pecador, que nada merezco. Estoy confiado en tu inefable bondad; y ¿cómo no reconocer tu grande misericordia y dedicarte los días que me restan de vida para amarte? Sí, Madre Santísima, no me abandones; dirige mis pasos, dame tu amparo y protección, líbrame de mis enemigos visibles e invisibles, de la maledicencia y la calumnia, e ilumina mi entendimiento para alabarte y bendecirte por tantos sacrificios como te debo. Amén.
EL DEVOTO DEL PURGATORIO

jueves, 11 de septiembre de 2014

Devoción a Jesús, María y José

PARA EL DÍA PRIMERO DE CADA MES


Acto de Contrición
     PADRE Eterno, Padre clementísimo, Señor Dios de las misericordias, Dios piadoso, Dios benigno, Dios de todo consuelo, Dios único refugio de los grandes pecadores: yo, el mayor de todos, vengo a Ti, me postro en tu divina presencia, y con todo el vigor de mi espíritu, confieso delante de tu Majestad mis ingratitudes, mis iniquidades y mis abominaciones.
     Señor mío y Dios mío, no soy digno de llamarme ni aun criatura tuya. Tú, Dios omnipotente, me sacaste de la nada, y me escogiste entre infinitas criaturas que te hubieran servido mejor que yo. Tú, gran Dios, has multiplicado esta bondad conservándome la vida en todos los instantes en que me he atrevido a pecar delante del cielo y de la tierra. Tú, Dios misericordioso, me has sufrido, me has tolerado en este último mes, sin embargo de que, ingrato, he demarcado quizá todos mis días con algún crimen; confieso. Dios benignísimo, que en todas sus horas y en todos sus instantes he sido acaso infiel a mis promesas, he quebrantado mis propósitos, y que, lejos de llorar y hacer penitencia de mis antiguas iniquidades, he añadido un pecado a otro pecado, y he puesto delito sobre delito. ¿Qué penitencia será bastante para lavar y purificar tantos y tan monstruosos crímenes? Ninguna, Dios y Señor mío. Para satisfacerte y evitar mi perdición, no tengo otro refugio ni otra esperanza que la de postrarme ante el trono de tu misericordia, suplicarte que me concedas la gracia de un verdadero dolor de mis culpas, y protestarte delante de tus ángeles y de los hombres que me pesa y que me arrepiento de haberte ofendido, que les tengo y les tendré un odio implacable a mis pecados, y que quisiera deshacerlos, sacrificando en tu honor mil vidas que tuviera. Padre Eterno, escucha mis clamores: no me arrojes de tu presencia, no retires de mí tu divino Espíritu, aparta tu santo rostro de mis iniquidades, vuelve a mí tus ojos de piedad, no veas al hombre pecador, mira el rostro ensangrentado de tu Hijo Jesús, mira todo el mérito de su Madre María, atiende a los servicios de su esposo José, y por su piadosa intercesión, vivifícame, restituyeme a tu gracia, y pon a tus espaldas todas mis iniquidades; fortalece mi fragilidad, sofoca mis pasiones, arranca mis vicios, concédeme la paz del corazón, el gusto de la observancia de tu ley santa, el sufrimiento en los trabajos, la conformidad con tu divina voluntad, la abnegación de mí mismo, y la perseverancia final, para gozarte por los siglos de los siglos. Amén.

ORACIÓN
     SAGRADAS personas de Jesús, María y José, nombres dulcísimos sin cuya intercesión no se puede conseguir la salud: rogad por mí, suplicadle al Padre de las misericordias que me perdone todos los pecados que he cometido en este último mes. Jesús amorosísimo, manifiesta al Eterno Padre tus cinco llagas, y pídele que no se pierda en mí el fruto de la perfecta satisfacción que con ellas le diste. Virgen Santísima, por las entrañas sagradas que encerraron al mismo Hijo de Dios, y por los pechos virginales que alimentaron a tu Hijo Jesús, te suplico que ruegues por mí y que me alcances el perdón de mis culpas. Gloriosísimo señor San José, que fuiste exaltado a la dignidad de ejercer en la tierra las funciones del Padre Eterno respecto de Jesús, y las del Espíritu Santo respecto de María: intercede por mí, ruega por mí, y dispénsame tu poderosa protección. Jesús, María y José, nunca se ha oído que quede desamparado quien implora vuestra clemencia; abrid, pues, para mí las entrañas de vuestra misericordia; no permitáis que sea yo confundido; interceded para que se borren mis iniquidades, y alcanzadme un perfecto dolor de ellas, para que en el presente mes no os diguste con mis infidelidades y reincidencias, sino que os ame, os sirva, os adore, os bendiga y os alabe por los siglos de los siglos. Amén.
     Jesús, José y María, yo os doy mi corazón y el alma mía.

     Aquí la petición.

ORACIÓN 
     ¡OH Jesús! ¡Oh María! ¡Oh José! ¡Oh Madre amabilísima de Dios Hombre! ¡Oh José, padre de Jesús y esposo de María! ¿A qué poder más grande que el vuestro podré recurrir para alcanzar las gracias espirituales y temporales que necesito en este mes? Vosotros estáis interesados en el bien de los hombres, los amáis con un amor sumo y perfecto, y deseáis su completa felicidad. Jesús, María y José: según los decretos del Altísimo, estáis constituidos para ser los protectores, los abogados, los defensores, los ministros, los únicos y seguros conductos por donde se nos dispensan sus bondades. El Dios grande e infinito no quiere franquearlas por otras manos, y se complace y tiene verdadera satisfacción en que todos las impetremos por la mediación vuestra. ¿Qué otro patrocinio, pues, debo ni puedo buscar sino el vuestro? No, no queda en mí libertad para solicitar otros abogados. Jesús, María y José: con todo gusto me veo necesitado a recurrir a vuestra protección. Si volvéis a mí vuestro piadoso rostro, con sólo esta gracia vendrán a mí todas las que necesito en este mes; con vuestro auxilio dominaré mis pasiones, triunfaré de mí mismo, me apartaré de lo malo y practicaré lo bueno, buscaré la paz, y la hallaré, y entonces mi alma, mi corazón, mis potencias y sentidos, serán dignos de vuestras bondades. ¡Oh Jesús! ¡Oh María! ¡Oh José! Deseo transformarme en Vos, deseo no tener más corazón que para amaros, y no deseo otro espíritu sino el mayor para serviros. ¡Oh Dios todopoderoso! Usad conmigo de misericordia; haced que muera, que se aniquile en mí todo el amor propio, toda la inclinación a los vicios y todo el afecto a las criaturas, para que no haya en mí otro amor que el de Jesús, María y José, y para que en todas las horas del presente mes, mis palabras, mis obras y hasta mis últimos pensamientos, sean en Jesús, por Jesús y para Jesús. ¡Oh sagrada e incomparable Familia! ¿Qué cosa podréis pedir al Altísimo, que no se os conceda? Vosotros sois los plenipotenciarios del cielo. Una súplica vuestra impele al Padre Eterno, como que le obliga y pone en necesidad de otorgar vuestras peticiones. Jesús divino, Tú eres el primer Pontífice constituido para ser abogado de todos los hombres. Tú, María Santísima, fuiste creada para ser Madre de Dios y de los pecadores. A ti, glorioso señor San José, encomendándosete el cuidado de Jesús y de María, se te encargó en esto mismo la protección del género humano. Desempeñad estos honrosos y amorosos oficios protegiendo a toda la congregación de la Iglesia santa; atended a sus necesidades actuales, escuchad sus clamores, defendedla de sus enemigos, y conservad pura y sin mancha nuestra santa Religión. Proteged también e iluminad y fortaleced, a todos los jefes de Estado. ¡Oh Jesús! ¡Oh María! ¡Oh José! Amparad a todos los que en este mes imploren vuestros dulcísimos nombres, confortadlos en vuestro servicio, para que os bendigan y os amen en la tierra, y después os gocen y alaben por toda la eternidad en el cielo. Amén.

JACULATORIAS
     Jesús amorosísimo, bendito seas, alabado, ensalzado y glorificado, porque te quedaste en el Santísimo Sacramento del Altar por nuestro amor. Virgen purísima, en Ti sea bendito, alabado, ensalzado y glorificado el Santísimo Sacramento del Altar, porque aquel Cuerpo y aquella Sangre los formó el Espíritu Santo en tus virginales estrañas.
     José gloriosísimo, en ti sea bendito, alabado, ensalzado y glorificado el Santísimo Sacramento del Altar, porque cargaste en tus brazos y alimentaste con el sudor de tu rostro aquel Cuerpo y aquella Sangre que nos sustenta y fortalece.

ORACIÓN
Al Dulce Nombre del Señor San José, la cual se repetirá todos los días.
     PATRIARCA fidelísimo José, abogado fidelísimo de los mortales, José santo, José justo, José inocente, José bienaventurado: ¡quién pudiera tener siempre en la boca tu santo nombre y no despedir un solo aliento, una respiración, sino acompañada de tu nombre santísimo! ¡Quién pudiera nombrar siempre a José con aquel respeto, con aquel puro amor y con aquella gracia con que lo pronunciaba María Santísima, su esposa! Acuérdate José mío, de aquella prontitud con que acudías a ver a tu esposa cuando te llamaba, y date prisa a acudir a mi mayor necesidad en la hora de la muerte para que, ahuyentando al demonio, despida yo el último aliento envuelto en tu nombre y en el nombre de Jesús y de María.

Oración a la Divina Providencia
     O soy, oh Dios mío, tuyo soy!. Yo me arrojo a tus brazos; dispón de mí según tu voluntad. Haz de mí todo aquello que quieras; los sucesos y lances de mi vida quiero que todos corran por tu cuenta. Si es de tu agrado enviarme prosperidades, yo los recibiré agradecido, y usaré de ellas como de unos dones venidos de tus manos; si prefieres que pase mis días y mis noches en la amargura de la adversidad, enhorabuena, yo te bendeciré porque así me visitas. Si me concedes ser estimado de los hombres, yo te daré gracias porque has conservado mi honor,cubriendo mis flaquezas; si, por el contrario, dispones que ellos me aborrezcan, yo te ensalzaré por la dicha que me otorgas de parecerme a tu santísimo Hijo, a quien profesó el mundo un odio cruel. ¿Qué temeré yo por nada ni de nadie si Tú eres mi ayuda? ¿Ni cómo podrá asustarme la presencia del mal, estando mi corazón lleno de Ti, que eres el sumo bien? Mas no sólo deseo conformarme con lo que quieras, sino acostumbrarme también a no considerar a las criaturas sino como unos instrumentos de tus disposiciones, Así, yo, lejos de pretender algún mal a los que me dañan, los recomiendo a tu piedad y los perdono. No quiero que haya en mi alma un solo afecto que pueda disgustarte, ni un solo pensamiento que desdiga de la dichosa convicción en que estoy de que debo descansar con toda confianza en tu divina Providencia. Amén.
Tu divina Providencia 
se extiende a cada momento, 
para que nunca nos falte 
casa, vestido y sustento.
EL DEVOTO DEL PURGATORIO

martes, 1 de julio de 2014

PRÁCTICA PARA ANDAR EL VÍA CRUCIS

     Para ganar las muchas indulgencias que la Iglesia concede a la devoción del Vía Crucis, no se requiere oración vocal alguna. Pero es necesario meditar en la Pasión de nuestro Salvador delante de cada estación. Trata de hacer actos de compasión, de acción de gracias o de dolor de los pecados, o más generalmente emplear el pensamiento en meditar algo en la Pasión de nuestro Salvador. Aunque uno se entretenga en un solo pensamiento de alguna estación durante todo el Vía Crucis, se puede ganar la indulgencia. Es bueno acompañar la meditación con alguna oración vocal saludando al Salvador al comenzar cada estación, haciendo genuflexión o inclinación de cabeza, dando gracias, y diciendo: “Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos; porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo." Al fin se dice “Ten piedad de nosotros, Señor, ten piedad de nosotros y de las almas del purgatorio."
     Congregados los que hubiesen de practicar este piadosísimo ejercicio en el lugar de la primera estación, hincados de rodillas, y hecha la señal de la cruz, dirán el siguiente:
Acto de Contrición
     SEÑOR mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Criador, Padre y Redentor mío: por ser Vos quien sois y porque os amo sobre todas las cosas, pésame en el alma y con todo mi corazón de haberos ofendido; propongo firmemente, con vuestra gracia, nunca más pecar y apartarme de toda ocasión de ofenderos, de confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta; ofrézco mi vida, obras y trabajos, en satisfacción de todos mis pecados, y confío en vuestra divina bondad y misericordia infinita me los perdonaréis por los méritos de vuestra preciosísima Sangre, Pasión y Muerte, y me daréis gracia para enmendarme y perseverar en vuestro santo servicio hasta el fin de mi vida. Amén,
     Luego el que ofreciere dirá en voz alta (acompañándole los demás con el corazón) el siguiente:
Ofrecimiento
     Amantisimo Jesús, Redentor, salud y vida de nuestras almas: en unión de aquella divina intención con que en la tierra orasteis a vuestro Eterno Padre, os ofrezco y presento (por mí y por todos mis prójimos) este espiritual ejercicio, en memoria, honor, reverencia y culto de vuestra sagrada Pasión y muerte, y de cuantos pasos disteis, ¡oh amantísimo Dios!, por nuestro remedio y rescate. Y pretendo ganar todas las indulgencias que han concedido tus Vicarios en la tierra, y te lo ofrezco todo en remisión de mis pecados y de las penas merecidas por ellos, o por las almas de mis mayores obligaciones, según el orden de caridad o justicia que debo y puedo hacer. Finalmente, os suplico, dueño y Señor mío, por el remedio de todas las necesidades comunes y particulares de la santa Iglesia, por la exaltación de nuestra santa fe católica, paz y concordia entre los príncipes cristianos, extirpación de las herejías, conversión de los infieles y pecadores, y cuanto sea conforme a vuestro divino beneplácito y espiritual aprovechamiento nuestro, para que, empleados en serviros, imitando vuestros divinos pasos, sea nuestro fin en vuestra amistad y gracia para alabaros en eternidad de gloria.
Padrenuestro, Avemaria y Gloria Patri.

PRIMERA ESTACIÓN
JESÚS ES CONDENADO A MUERTE
     Hincados, dicen todos:
     Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
     Luego, enderezándose, atenderán a lo siguiente, que en alta voz leerá el que ofrece:
     Contempla, alma, en esta primera estación, qué es la casa de Pilatos, donde fue rigurosamente azotado el Redentor del mundo, coronado de espinas y sentenciado a muerte.
     Meditan algún tanto, y luego prosigue el que ofrece:
ORACIÓN 
     ¡OH suavísimo Jesús, que quisiste padecer como vil esclavo delante del sacrílego pueblo, esperando la sentencia de muerte que contra Ti daba el tirano juez! Te suplico, Señor mío, que por esta mansedumbre tuya mortifique yo mi soberbia, para que, sufriendo con humildad las afrentas de esta vida, te goce en la eterna. Amén.
     Dicen todos (se repetirá en cada estación):
     Señor, pequé; tened misericordia de mí. Pecamos, Señor, y nos pesa; tened misericordia de nosotros.
     Luego dicen:
     Bendita y alabada sea la sagrada Pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo, y los dolores y angustias de su purísima Madre María santísima, Señora nuestra, concebida sin mancha de pecado original en el primer instante de su ser natural. Amén.

martes, 25 de marzo de 2014

CAMINATA DE LA VIRGEN DE LA ENCARNACIÓN

(Del 25 de marzo al 25 de diciembre)
Para casos extremadamente difíciles
*Se reza la primera Salve. 
Oración:
Oh Virgen de la Encarnación, mil veces te saludamos, mil parabienes te damos por el gusto que tuviste cuando Dios en Ti encarnó, pues eres tan poderosa oh Virgen y Madre de Dios, concédeme lo que te pido por amor de Dios, por amor de Dios.
SE MEDITA Y SE PIDE LA PRIMERA GRACIA
*Se reza la segunda Salve
Se repite la Oración: oh Virgen de la Encarnación...
SE MEDITA Y SE PIDE LA SEGUNDA GRACIA
*Se reza la tercera Salve
Se repite la Oración: oh Virgen de la Encarnación...
SE MEDITA Y SE PIDE LA TERCERA GRACIA
Oración Final:
Acordaos oh piadosísima Virgen María que jamás se ha oído decir en el mundo que los que acudiendo a vuestra protección, implorado vuestra asistencia y reclamado vuestro socorro haya sido abandonado de Vos, animado con una confianza tal a Vos también acudo, oh Virgen de la Encarnación. Y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a aparecer ante vuestra presencia soberana, oh Madre del Verbo no desechéis mis humildes súplicas, antes bien, por el misterio de tu Santísima Encarnación, inclinad a ellas vuestros oídos y dignaos atenderlas favorablemente por amor de Dios. Amén
Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar en los cielos, en la tierra y en todo lugar.
SE REZA UN AVE MARIA POR LA PERSONA PROPAGADORA DE ESTA CAMINATA.
NOTA:
No se debe hablar cuando se está rezando.
Se comienza el día 25 de marzo y se termina el 25 de diciembre.
Se está caminando mientras se reza.
Con licencia eclesiástica

viernes, 8 de noviembre de 2013

Fiesta del Patrocinio de la Virgen

8 DE NOVIEMBRE
INTRODUCCION 

     Génesis y significación de esta festividad. 
     Un decreto de Alejandro VII, de 28 de julio de 1656, instituyó para España la fiesta del Patrocinio de la Virgen, en memoria de todas las victorias y triunfos alcanzados por los Reyes de España sobre los moros, los herejes y demás enemigos, desde el siglo VIII hasta el reinado de Felipe IV. Después, otras regiones de la cristiandad obtuvieron también autorización para celebrar el Patrocinio del cual se glorían así las naciones como los Institutos religiosos. Una festividad semejante se celebró durante muchos siglos entre los griegos, y aun hoy la celebran los rusos, los rutenos y los servios, el 1.° de octubre (Précis histeriques, 1858, pág. 337-38., julio, y Cathol Encycl. S. Patronage of our Lady). 

Plan de la meditación. 
     El Patrocinio sugiere a la la idea de debilidad y de peligro, y la de fuerza y de garantía. La fiesta de un Patrocinio indica una protección tan eficaz y tan manifiesta, que atrae la mirada y el corazón: la mirada para maravillarse; el corazón para celebrarla con el entusiasmo propio de la gratitud. Dispondremos, pues, la meditación conforme a estas ideas. La necesidad e indigencia, la fuerza caritativa y la fiesta serán el objeto de los tres puntos.

MEDITACIÓN
«Beatus vir cujus est auxilum abs te» 
Dichoso el que tiene tu auxilio. 
(Ps. LXXX11I, 6)

     1°. Preludio. Representémonos a la Madre de Dios en la gloria del cielo, junto al trono de su divino Hijo, resplandeciente de dicha y de bondad.
     2°. Preludio. Pidamos la gracia de tener en María una confianza siempre creciente.

I. LA INDIGENCIA
     I. Convenzámonos bien de nuestra indigencia. Físicamente, por todas partes estamos rodeados de peligros que de ningún modo podemos conjurar. ¿Conocemos los enemigos cuyos golpes nos amenazan? Pueden ser casos fortuitos, malévolas intenciones. ¿Qué digo? Hasta una voluntad enteramente adicta causa, a las veces, inmensos daños; los bienhechores se engañan, y se recibe el golpe fatal de una mano que se nos tiende como protectora. El pobre pescador, expuesto en su débil barquilla a todos los caprichos y furores del Océano, nos pinta a todos muy al vivo la realidad de nuestra situación. Y en el orden moral no ocurre otra cosa. Dentro de nosotros ¡qué debilidades y qué tentaciones! Fuera de nosotros ¡qué ejemplos y qué seducciones! La carrera es breve, pero es larga para nuestra perseverancia. Y si la dificultad o el peligro nos desalentasen, este desaliento sería, de suyo, una grave derrota. ¡Con cuánta razón el gran San Agustín confesaba que debía dar gracias a Dios así por el mal que había evitado como por el bien que había hecho! (Confesiones, 1, 2, s. 7, n. 15) Perversión de una inteligencia que fácilmente se ciega; perversión de un corazón fácilmente seducido; audacia y abatimiento: todo es de temer.
     II. ¡Cuántas razones de humildad y de completa desconfianza de nosotros misinos!

II. PATROCINIO DE MARIA
     I. Hemos de resolver aquí dos cuestiones muy importantes: ¿Puede María y quiere protegernos con un patrocino especial? ¡Cuán fácil es dar la respuesta!
     1. Puede. ¿Hay, en efecto, debilidad alguna que Ella no pueda fortalecer, pobreza que no pueda enriquecer, peligro que no pueda alejar, cuerpo que no pueda curar, alma que no pueda transformar? Esta sencilla razón basta para demostrar el poder sin límites de María: todo mal, todo peligro presente proceden históricamente del pecado; todo socorro, toda salvación deben emanar de la sangre de Cristo, de esta gracia que el Apóstol ensalza como infinitamente superior al pecado (
Rom. V, 15-21, y XI, 32-36). Ahora bien, María dispone de toda la gracia de Jesucristo. A los méritos, a la dignidad de su Madre concede Jesucristo un inagotable poder de intercesión.
     2. Quiere. Para persuadirnos de ello ¿no será bastante recordar que es nuestra Madre? ¿Qué hijo puede dudar de una buena madre? Y no vamos a reducir este lenguaje al simple valor de una figura vulgar a fuerza de ser repetida. Dios mismo ha provisto a la completa indigencia del niño, derramando en el corazón de las madres inagotable ternura. He aquí cómo ha cuidado del bien físico y exterior del hombre. ¿Sería posible que este mismo Dios permita en el orden moral una desdicha tan grande cual sería la de proporcionarnos una Madre, pero negándole las cualidades del corazón?
    II. ¡Cuánto nos importa fortalecer en nosotros la persuasión del poder y de la bondad de nuestra Madre, a fin de que nos dé confianza y nos inspire el recurso a ella, el cual nos valdrá el ser escuchados!
     No creamos, en efecto, que baste el poder y la bondad de María para que sintamos la influencia de su socorro. Dios, en su sabiduría, no quiere salvarnos sin nosotros. Hay, es cierto, en el orden sobrenatural, causas de una energía verdaderamente admirable; pero a nosotros toca cumplir las condiciones que nos coloquen bajo la acción de su virtud. La condición de que depende la protección de María, es el recurso humilde y confiado a Ella.

III. LA FIESTA DEL PATROCINIO 
     La fiesta del Patrocinio de la Santísima Virgen es la fiesta de la admiración agradecida, provocada por las maravillas de la bondad de María. Y a la verdad:
     I. Ved cuántos corren a refugiarse bajo su tutela. Aldeas, ciudades, reinos están dedicados a María. El Nuevo Mundo no cede en manera alguna al antiguo en piedad para con la Madre de Dios. Los Institutos religiosos se confiesan a porfia hijos suyos: ¡cuántos entre ellos han introducido en su titulo el nombre de su celestial Patrona! ¡Cuántas piadosas leyendas reflejan la especial confianza que en Ella ponen los religiosos! ¿Qué fundador ha dejado de poner a sus hijos bajo el manto de la Reina del cielo y no ha dejado consigna da esta devoción en su espiritual testamento? Grandes nombres de santos brillan en la historia eclesiástica. ¿Hay alguno que no recuerde el culto de María? La devoción a María es de todas las edades. «Extendida ya en los primeros siglos (
Revllout, Revue biblique, art. cit., p. 349), permanece como una nota constante de la Iglesia católica». La liturgia oriental, como la de occidente, está llena de invocaciones a María y no duda en llamarla con los dulces nombres de vida, de dulzura y de esperanza. ¡Qué brillantes testimonios no se hallan también en las Encíclicas, en los escritos, en las actas de muchísimos Papas!
     II. Añadid a esta unanimidad de plegarias las acciones de gracias de que son testigos los edificios sagrados, las inscripciones que en ellos se leen, las ofrendas que allí se hacen, tantas fiestas instituidas en memoria de los beneneficios de la Virgen Santísima, tantos contemporáneos nuestros que deben a María la salud de sus almas o de sus cuerpos.
     Estos hombres de todo estado y condición, que se felicitan de haber recurrido a María, demuestran que la Iglesia ha obedecido a un sentimiento irresistible al festejar, no sólo a la Virgen, sino también su Patrocinio.

COLOQUIO
     En este día, nosotros, hijos de la Iglesia, confesemos nuestras múltiples necesidades y recurramos confiadamente a María. Digamos, penetrándonos de la verdad de cada palabra:
     Sub tuum praesidium. Baja tu Patrocinio: Consideremos cuánto vale esta salvaguardia,
     Confugimus. Nos acogemos, impulsados por nuestra inmensa desdicha,
     Sancta Dei Genitrix. Santa Madre de Dios: título que nos recuerda y explica tu poder.
     Nostras deprecationes. Nuestras súplicas, confiadas, ardientes y perseverantes,
     Ne despicias. No las desprecies: humildemente reconocemos nuestra indignidad,
     In necessitatibus nostris. En nuestras necesidades, que piadosa y particularmente te recomendamos.
     Sed a periculis cunctis. Mas de todos los peligros, tan graves y numerosos,
     Libera nos semper. Líbranos siempre, por una continua isistencia (
Refiriendo el adverbio semper a las palabras siguientes, tal ver diríamos mejor: «Tú que, siempre Virgen, eres gloriosa y liendita.»),
     Virgo gloriosa. Oh Virgen gloriosa, acuérdate de la fama de tus beneficios,
     Et benedicta. Y bendita: los favores que de ti llevamos ya recibidos exigen nuestra gratitud.
     Al pedirte nuevas gracias, no olvidamos lo que te debemos.

     Según el decreto de la S. G. de Ritos, de 28 de octubre de 1913, las fiestas fijadas anteriormente en domingo, se celebran ahora el primer día del mes en que dicho domingo puede recaer. Como que el domingo escogido para la fiesta del Patrocinio variaba en el decurso del mes de noviembre, la fecha actual puede diferir según las localidades. Hemos indicado la fecha que nos ha parecido la principal. La fiesta del Corazón de María es una excepción de la regla. Por un decreto especial se celebra el sábado que sigue a la fiesta del Sagrado Corazón.

 A. Vermeersch
MEDITACIONES SOBRE LA VIRGEN MARÍA

miércoles, 16 de octubre de 2013

FIESTA DE LA PUREZA DE MARIA


16 DE OCTUBRE
INTRODUCCIÓN
     Génesis y significado de la fiesta. 
     Mientras por la fiesta del purísimo Corazón de María ("¡Quam pulchra es, amica mea!« Cant. IV, 1), honramos sobre todo la santidad de los afectos de la Virgen, tomando así la virginidad en su raíz, la fiesta de este día es la exaltación de esta virginidad en sí misma y en sus privilegios. Débese dicha fiesta a las mismas reales instancias que obtuvieron la fiesta de la maternidad divina, y fue concedida por el mismo decreto de 1751. La fecha de su celebración está bien escogida. La fiesta de la pureza de María sigue a la de su maternidad. A la incomparable dignidad junta la incomparable hermosura, que, según expresión de los Padres, atrajo con sus encantos al Hijo de Dios al seno de una humana criatura, y completa, en cierto modo, la figura de María: María es la Virgen Madre (¡Cuán hermosa eres, amada mía!).
Plan de la meditación.
     Deseosos de admirar, alabar e invocar a María, consideraremos la perfección de su virginidad, la hermosura y la realeza con que esta virginidad la adorna.

MEDITACIÓN 
     1 Preludio.- Imaginemos la santa casa de Nazaret en el momento en que María hace profesión de su virginidad ante el ángel San Gabriel.
     2.° Preludio- Pidamos instantemente la gracia de un verdadero entusiasmo por nuestra Madre y por su virginal hermosura.

I. PERFECCIÓN DE LA VIRGINIDAD DE MARIA 
     I. 1. La virginidad se extiende al alma y al cuerpo. Supone ante todo un propósito, una resolución inconmovible, o prácticamente, un voto, que es como el alma de la virginidad y da a su victoria sobre los sentidos un carácter triunfal. Supone, además, la integridad corporal, objeto o materia de este voto o propósito. Es verdaderamente Virgen la persona que ofrece a Dios el perpetuo sacrificio del supremo goce de los sentidos.
     2. ¡Oh, cómo bajo todos estos aspectos llegó esta virginidad a su colmo en María!
     a) El voto en primer lugar. Por su duración, abarcó la vida entera de la Santísima Virgen. Databa ya desde mucho tiempo cuando el ángel San Gabriel recibió su santa confidencia. Según piadosa tradición, María consagróse a Dios desde su más tierna infancia.
     Por su fuerza, la resolución de María ni por un instante vaciló ante la perspectiva de renunciar a la divina maternidad.
     ¿Y quién dirá el alcance de este voto? Comprendía evidentemente la exclusión de todo afecto inferior, de todo placer carnal, de toda satisfacción sensual.
     La intención de la Santísima Virgen, al hacer su voto, no nos ha sido directamente revelada; pero ¿sería engañarnos el asignarle el fin más levantado, el creerlo dictado por el más puro amor de Dios?
     b) Luego la integridad corporal. Una acción milagrosa de Dios aseguró a esta integridad toda su plenitud. La Virgen Santísima estuvo exenta de estos involuntarios ardores de la concupiscencia, que, en los hijos de Adán, son consecuencia del pecado original; en María, los sentidos, dócilmente sumisos al espíritu, no se atrevían ni a la menor rebelión. Y cuando llegó a ser madre, los goces de la maternidad consagraron los de la virginidad.

     II. La castidad correspondiente a nuestro estado, cualquiera que sea, se compone también de un alma, es decir, de una firme y noble intención que la inspira, y de una materia que ella preserva de la corrupción y la guarda pura para Dios.
     1. ¿Es la castidad perfecta? Este vuelo de nuestra alma a Dios será tanto más sublime cuanto tienda a mayor altura, nos eleve más sobre los sentidos y sea más definitivo Sin añadir temerariamente nada a la obligación esencial, propongámonos en ella un motivo muy alto y aceptemos todas las consecuencias lógicas del deber que hemos sumido. En la amplia comprensión y en la práctica perfecta de nuestro voto encontraremos la nobleza, la seguridad, el mérito, la felicidad.
     ¿Es la castidad conyugal? También está realzada por la nobleza del motivo y la delicadeza de la fidelidad.
     2. Sin que poseamos una milagrosa virtud en el cuerpo, no es menos cierto, que aun sobre esta parte material de la virtud ejercen nuestra vigilancia y circunspección una dichosa influencia. El cuidado de la sobriedad y la modestia previenen muy tristes rebeliones.
     No olvidemos tampoco que el asalto dado contra la virtud es una prueba de la cual sale ésta mejor y más fuerte. ¿Cómo debemos portarnos en semejantes ocasiones? Procuremos no descorazonarnos ni abatirnos, a fin de asegurarnos una completa victoria.

II. BELLEZA DE LA VIRGEN MARIA 
     I. «Eres toda hermosa», exclama el divino esposo de los Cantares (IV, 7), como arrebatado por los inmaculados encantos de su espiritual esposa. María es por excelencia esta esposa. Nada falta a su ornato. El orden más perfecto reina en su interior: en su espíritu todas las aspiraciones son puras, santos los afectos todos de su corazón; manifiestas a todas las miradas sus más íntimas intenciones, lo mismo que sus menores acciones que nada tienen de vil, de bajo, de sospechoso; nada, en una palabra, indigno de ella. Nada de qué avergonzarse ante Dios, ni ante los ángeles, ni ante los hombres.
     II. La perfecta belleza moral induce a evitar con los objetos todo contacto que pudiera mancharla. ¡Cuán lejos estamos tal vez de esta perfección! ¡Cómo nos ruborizaríamos si se revelasen nuestros secretos pensamientos! ¿Pero no están, a la verdad, patentes a Dios y a sus ángeles mientras aguardan estarlo ante el mundo entero?
     Declaremos, pues, resueltamente la guerra a esta vil doblez. Este combate es uno de los mejores ejercicios de la vida espiritual. Rechacemos enérgicamente cuanto pudiera haber de vergonzoso en nuestras intenciones y en nuestras reflexiones. Tal vez nos costará algún esfuerzo; la lucha no será de un día; mas ¡cuánto sobrepujarán a los sacrificios, el honor y el regocijo que coronarán nuestra victoria!

III. REALEZA DE LA VIRGEN MARIA 
     I. Coloca el salmo XLIV junto a un Rey de varonil y deslumbradora belleza una Reina magnífica en la variedad de sus múltiples adornos, y esta Reina va acompañada de vírgenes atraídas hacia el Rey con gozo y alegría. Desde los tiempos primitivos han formado las vírgenes cristianas el espléndido cortejo de la Madre de Dios. Ya las pinturas de las Catacumbas parecen murmurar aquella invocación de la letanía: Reina de las vírgenes, ruega por. nosotros.
     II. Dirijamos una mirada a ese cortejo. ¡Cuán brillante es en el cielo! Acá, en la tieira, el ejército de las vírgenes comprende aquellas almas que, en el silencio y obscuridad del claustro, se consumen lentamente por Dios: estos ángeles que, enamorados del sacrificio, se lanzan al socorro de todos los infortunios y de todas las necesidades; los sacerdotes dedicados al espiritual ministerio de los escogidos por Cristo. Estos campeones de la virginidad han sido, desde su origen, el orgullo de la Iglesia y siguen siendo su falange escogida. Mas no olvidemos: el mundo en que deben señalarse, repudia la pureza, desconoce su sublimidad, y ellos son débiles. Sería tanto más lamentable su caída cuanto es más glorioso su triunfo. ¡Ay, que en lugar de ser el ornamento y el gozo de la Iglesia, se exponen a ser su tristeza y su Vergüenza!

COLOQUIO 
     Conviértase aquí nuestra meditación en una ardiente súplica, y recorriendo lentamente los diferentes grupos de vírgenes, pidamos a su Reina que las conduzca hasta la morada del Rey, asegurando la perfección de su virginidad. Y dirigiéndonos a este mismo Rey, conjurémosle, con el Salmista, que ciña la guerrera espada y dispare sus flechas, no para destruir a los enemigos, sino para tocar el corazón de los que han jurado no amar sino a Él o por Él. Ave María.

R.P. Arturo Vermeersch S.I.
MEDITACIONES SOBRE LA SANTÍSIMA VIRGEN