Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta documentos biblicos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta documentos biblicos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 28 de enero de 2015

DOCUMENTOS PONTIFICIOS BÍBLICOS, PIO XI

PIO XI (1922-1939)
Carta «Decessor noster»
Carta «Iam pluribus ab annis»
De la epístola «Suprema Sacra Congregatio»
Motu proprio «Bibliorum scientiam»
Aclaración de la Pontificia Comisión Bíblica sobre el doctorado en teología
Motu proprio «Inde ab initio»
constitución apostólica «Deus scientiarum Dominus»
Constitución apostólica «Inter praecipuas»
Motu proprio «Monasterium Sancti Hieronymi»
Decreto de la Pontificia Comisión Bíblica sobre la obra de Federico Schmidtke «Die Einwanderung Israels in Kanaan»

     Carta «Decessor noster», al R. P. Vladimiro Ledochowski, prepósito general de la Compañía de Jesús, uniendo el Pontificio Instituto Oriental con el Pontificio Instituto Bíblico, 14 de septiembre de 1922
     Su Santidad Pío XI encomienda a la Compañía de Jesús el Pontificio Instituto Oriental, que había fundado en Roma su predecesor Benedicto XV, y lo une en un mismo edificio con el Pontificio Instituto Bíblico.
548 
     Querido hijo: Salud y bendición apostólica.
     Nuestro predecesor, de feliz memoria, Benedicto XV, como tú bien sabes, fundó en Roma un Instituto Pontificio para las cosas de Oriente, no sólo para que los sacerdotes latinos pudieran adquirir en estos estudios una formación conveniente y completa, sino también para que los orientales tuvieran como un propio domicilio de estudios superiores donde instruirse en las cuestiones que más de cerca atañen a la Iglesia oriental y poder seguir un curso ordinario en dichas materias. Plácenos aquí expresar los debidos elogios tanto a nuestro querido hijo el cardenal Nicolao Marini como al abad Ildefonso Schuster, O. S. B., beneméritos ambos de esta obra. Las dificultades de los tiempos obligaron en un principio a poner la sede del Instituto en el “Ospizio dei Convertendi”, edificio que, situado cerca del Vaticano, distaba demasiado de los distintos colegios de la ciudad y resultó poco apto para el fin que se perseguía. Viendo esto, ya el augusto fundador pensaba en trasladar el Instituto a otro lugar. Deseamos, pues, que sea llevado cuanto antes a efecto este propósito de nuestro predecesor, y, considerando que el Instituo Oriental y el Bíblico pueden muy bien ayudarse y completarse mutuamente, tanto más cuanto que algunas disciplinas les son comunes, queremos y decretamos que la sede de aquél sea trasladada a éste, que, afortunadamente, posee una casa muy a propósito en el centro de la ciudad; de tal manera, sin embargo, que ambos Institutos permanezcan distintos según sus propios fines. Deseamos, además, una ordenación tal de los estudios en este nuestro Ateneo, que todos los estudiosos de cualquier región tengan oportunidad de conocer profundamente las disciplinas que se relacionan con el Oriente.
549 
     Y así, para realizar este propósito, por estas letras te elegimos, querido hijo, y te encomendamos el Instituto Oriental, de igual manera que nuestro predecesor Pío X, de feliz memoria, confió a los cuidados de la Compañía de Jesús el Instituto Bíblico. Habida cuenta de la devoción de vuestra familia religiosa hacia la Sede Apostólica, estamos seguro de que habéis de responder generosamente a nuestro deseo, y que lo habéis de realizar cuidadosamente, como acostumbráis. Cierto que este nuestro mandato os impone una nueva y pesada carga; pero confiamos plenamente que no han de faltar nunca los tesoros de la ciencia y de la fortaleza del Sacratísimo Corazón de Jesús a esos buenos religiosos que, como fuertes remeros a las órdenes del supremo piloto de la Iglesia y para la mayor gloria de Dios, aplican alegres el hombro al ímprobo peso.
     En prenda de los dones celestiales y como testimonio de nuestra paternal benevolencia, impartimos de todo corazón la bendición apostólica a ti, querido hijo; a los profesores y alumnos y a todos los que de uno u otro modo favorecen a nuestro Instituto Bíblico y Oriental.
     Dado en Roma, junto a San Pedro, el 14 de septiembre del año 1922, primero de nuestro pontificado.

     Carta «Iam pluribus ab annis», de la Sagrada Congregación del Santo Oficio, dando razón al superior de los sulpicianos de la condenación del «Manuel biblique», 22 de diciembre de 1923
     El Santo Oficio condenó, por decreto de 12 de diciembre de 1923, las ediciones 12-15 del Nuevo Testamento y la 14 del Antiguo Testamento del Manuel biblique, publicado por Vigouroux et Bacuez y corregido últimamente por Brassac
     El superior general de los sulpicianos había pedido a la Santa Sede en 1920 que examinara la obra entera y advirtiera lo que en ella debía corregirse antes de proceder a la nueva edición. A esta petición, totalmente desacostumbrada, accedió Benedicto XV, encomendando la tarea al Santo Oficio, el cual contesta con la presente carta. En ella se señalan los motivos que justifican la anterior condenación e inhabilitan el libro para servir de manual en los seminarios.
550
     Reverendísimo señor: Ya hace varios años que muchos  se venían quejando de la obra que se titula Manuel biblique ou Cours d’Ecriture Sainte á l’usage des séminaires, compuesta por Vigouroux y Bacuez, sacerdotes de la Sociedad de San Sulpicio, pero después profundamente revisado por Brassac, miembro de la misma Sociedad. La misma Santa Sede ya había prestado atención al asunto cuando V. R. el año 1920 pidió humildemente al Sumo Pontífice que se examinara en Roma la obra entera y que se indicaran todas las cosas que acaso en ella hubiera que corregir para hacerlo en la nueva edición. A esta petición, aunque completamente desacostumbrada, el Sumo Pontífice Benedicto XV, de feliz memoria, accedió benignamente y encargó a esta Suprema Congregación el examen de los volúmenes.
551
     Del estudio hecho con la deliberación y diligencia suma  que la gravedad del asunto requería, ha resultado claro que la obra adolece de muchos y graves defectos, que la invaden e inficionan, hasta el extremo de hacer imposible toda corrección. Porque, dejando aparte otros muchos errores, Brassac sostiene tales cosas acerca de la inspiración e inerrancia de la Sagrada Escritura, especialmente en las cosas históricas, donde distingue entre la substancia de la narración y sus detalles, y mantiene algunos principios sobre la autenticidad y la verdad histórica de muchos libros inspirados, que evidentemente contradicen a los decretos dogmáticos de los sagrados concilios Tridentino y Vaticano y a los demás documentos del magisterio eclesiástico, v. gr., las encíclicas de León XIII y Pío X, los decretos del Santo Oficio y de la Pontificia Comisión Bíblica, así como a toda la tradición católica.
552
     Por lo que se refiere especialmente a la inerrancia absoluta de la Sagrada Escritura, bastará recordar la doctrina de León XIII en la encíclica Providentissimus: De ninguna manera “se puede tolerar el método de aquellos... que piensan equivocadamente que, cuando se trata de la verdad de las sentencias, no es preciso buscar principalmente lo que ha dicho Dios, sino examinar más bien el motivo por el cual lo ha dicho. Porque todos e íntegros los libros que la Iglesia recibe como sagrados y canónicos, con todas sus partes, han sido escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo; y está tan lejos de la divina inspiración la posibilidad de cualquier error, que ella por sí misma no sólo excluye todo error, sino que lo excluye y rechaza con la misma necesidad con que es necesario que Dios, Verdad Suma, no sea autor de ningún error. Esta es la antigua y constante creencia de la Iglesia, definida solemnemente por los concilios de Florencia y de Trento, confirmada por fin y más expresamente expuesta en el concilio Vaticano... Por lo cual nada importa que el Espíritu Santo se haya servido de hombres como de instrumentos para escribir, cual si a estos escritores inspirados, ya que no al autor principal, se les pudiera haber deslizado algún error. Porque El de tal manera los excitó y movió con su influjo sobrenatural para que escribieran, de tal manera los asistió mientras escribían, que ellos concibieron rectamente todo y sólo lo que El quería, y lo quisieron fielmente escribir y lo expresaron aptamente con verdad infalible; de otra manera El no sería el autor de toda la Sagrada Escritura... Síguese que quienes piensen que en los lugares auténticos de los libros sagrados puede haber algo de falso, o destruyen el concepto católico de la inspiración divina o hacen al mismo Dios autor del error”.
     La misma doctrina defendió contra los modernistas el Santo Oficio, condenando en el decreto Lamentabili la proposición 11: “La divina inspiración no se extiende a toda la Sagrada Escritura de manera que preserve de todo error a todas y cada una de sus partes”.
     Por último, en el decreto de la Pontificia Comisión Bíblica de 18 de junio de 1915 se dice que del dogma católico de la inspiración e inerrancia de la Sagrada Escritura se sigue que "todo lo que el hagiógrafo afirma, enuncia o insinúa deba ser tenido por afirmado, enunciado o insinuado por el Espíritu Santo”.

viernes, 4 de julio de 2014

DOCUMENTOS BIBLICOS DE LEON XIII (1897-1903)

Decreto de la Suprema Congregación de la Santa Romana 
y Universal Inquisición sobre la autenticidad de 
I lo. V, 7, de 13 de enero de 1897

     Este decreto de la Inquisición se refiere a la autenticidad del versículo 7 del capítulo V de la primera Carta de San Juan (Tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son una misma cosa), que se conoce con el nombre de Comma Ioanneo. El texto en cuestión falta en los mejores y más antiguos códices del Nuevo Testamento, tanto griegos como latinos. No obstante, la edición Sixto-Clementina de la Vulgata lo recogió.
     Se discutió mucho su autenticidad por estas razones críticas. Intervino la Inquisición Romana con fecha 13 de enero de 1897. Esto no obstante, muchos autores siguieron defendiendo la opinión contraria a la autenticidad, amparados en interpretaciones benignas del decreto que se decían proceder de Roma. Y, efectivamente, al publicarse en 1927 el Enchiridion Biblicum por la Pontificia Comisión Bíblica, el Santo Oficio aprovechó la ocasión para hacer pública la declaración que podrá verse en el texto.
     Hoy la mayoría de los autores, aun católicos, están en contra de la autenticidad del Comma.
131
     El miércoles 13 de enero de 1897, en reunión general de la Santa Romana y Universal Inquisición, tenida ante los Emmos. y Revdmos. Sres. Cardenales inquisidores generales contra la herejía, propuesta la duda:
     “Si se puede negar con seguridad o, por lo menos, poner en duda la autenticidad del texto de San Juan, en su primera Carta, V, 7, que dice así: Porque tres son los que dan testimonio en él cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno”;
     Examinadas diligentemente todas las cosas y previo el parecer de los señores consultores, dichos Emmos. Cardenales mandaron responder: “Negativamente”.
     Y el viernes 15 del mismo mes y año, en la acostumbrada audiencia concedida al R. P. Asesor del Santo Oficio, hecha relación detallada de lo arriba transcrito a Nuestro Santísimo Padre León Papa XIII, Su Santidad aprobó y confirmó la resolución de los Emmos. Padres. (I. Can. Mancini, notario de la S. R. y U. Inquisición).
132
     Declaración dada en privado desde el principio por la  misma Suprema Sagrada Congregación y repetida después muchas veces, que ahora con su autorización se hace pública:
     “Este decreto se dio para reprimir la audacia de los autores privados que se atribuían el derecho de rechazar en absoluto la autenticidad del Comma Ioanneo o, por lo menos, de ponerlo en duda en última instancia. Pero no quiso impedir que los escritores católicos investigaran más profundamente el asunto y, pesados cuidadosamente los argumentos de una y otra parte, con la moderación y templanza que la gravedad de la cosa requiere, se inclinaran incluso hacia la sentencia contraria a la autenticidad, con tal que se profesaran dispuestos a acatar el juicio de la Iglesia, a la cual Jesucristo encomendó el oficio no sólo de interpretar las Sagradas Letras, sino también el de custodiarlas fielmente”.
     Jueves 2 de junio de 1927. Luis Castellano, notario de la Sagrada Congregación del Santo Oficio.

Constitución «Officiorum ac munerum»
sobre prohibición y censura de libros, 25 de enero de 1897

     En la última edición del Enchiridium Biblicum (Roma 1954), este documento, que se contenía en la primera edición (Roma. 1927), ha sido suprimido por considerarse derogado por el Código de Derecho Canónico.
     Preferimos conservarlo por razones históricas. Comparando la presente constitución con el Código, y más aún con los documentos posteriores en que se hace mención de las versiones católicas de la Biblia en lengua vulgar, se observa un sensible cambio en la actitud de la autoridad eclesiástica. cpda día más favorable a la lectura de la Sagrada Biblia por parte del pueblo fiel.

miércoles, 18 de junio de 2014

DOCUMENTOS BIBLICOS LEON XIII (1878-1903) (1)

     Carta encíclica «Etsi Nos», a los obispos de Italia, 15 de febrero de 1882
     León XIII sienta ya en esta encíclica a los obispos de Italia el principio apologético de que se deben emplear para refutar a los adversarios de la fe las mismas armas de que ellos se sirven, e impone, consiguientemente, la sabia norma pedagógica de procurar a los futuros sacerdotes en los seminarios una formación al día en las ciencias positivas relacionadas con la Sagrada Escritura.
     En la encíclica Providentissimus insistirá repetidamente sobre este punto b. 

75
     Por esta causa, venerables hermanos, con razón los seminarios clericales exigen las más asiduas y máximas atenciones de vuestro ánimo, consejo y vigilancia. Por lo que afecta a las virtudes y costumbres, no se ocultan a vuestra sabiduría los preceptos y normas que necesita la edad juvenil de los clérigos. Y en las disciplinas más importantes, ya nuestras letras encíclicas Aeterni Patris indicaron el camino y el método mejor de los estudios. Mas, como en este gran movimiento intelectual se han descubierto sabia y útilmente muchas cosas que no conviene pasar por alto, visto sobre todo que los impíos acostumbran emplear como armas nuevas contra las verdades divinas todos los adelantos de nuestros días en estas materias, procurad, venerables hermanos, en la medida de vuestras fuerzas, que la juventud que se prepara para el sacerdocio no sólo esté cada día mejor instruida en ia investigación de la naturaleza, sino también perfectamente preparada en aquellas materias que guarden relación con la interpretación y autoridad de las Sagradas Letras.

miércoles, 19 de febrero de 2014

Pío XII y la Biblia

CAPÍTULO V
Pío XII y la Biblia
(Primera parte)

I. Defensa del estudio científico de la Biblia
     En los últimos años del pontificado de Pío XI apareció y se divulgó por Italia y el extranjero una obra voluminosa —13 tomos, del Génesis al Eclesiástico— titulada La Sacra Scrittura. Psicología, commento, meditazione, bajo el seudónimo de Dain Cohenel, que en realidad ocultaba el nombre del sacerdote napolitano Dolindu Ruotolo. Como indica su título, se trata de una explicación subjetiva de la Biblia, que además ataca violentamente el estudio científico de la Sagrada Escritura.
     Varios prelados a quienes Dolindo envió su obra, le contestaron pro forma, antes de leerla, agradeciéndole el obsequio y felicitándole por su trabajo (Se ha hecho notar que Dolindo jamás pudo alegar ninguna carta de la Secretaría de Estado de Su Santidad ni de la Sagrada Congregación de Seminarios. Cf. A. Vaccari, S. T., El estudio de la Sagrada Escritura. Versión de P. Tenues Ros (Barcelona, Seminario Conciliar, 1944) p.86, nota 3). Quizá por esto algunas prestigiosas revistas se abstuvieron de enjuiciar la obra (Así, por ejemplo, Bíblica, La Civiltá Cattolica y Revue Biblique, las cuales ciertamente recibieron el libro para recensión). Otras, en cambio, le opusieron serios reparos (Véase La Scuola Cattolica (1932) I 470-473; Verbum Domini (1933) 160; L'Osservatore Romano, 1 de octubre de 1939; G. M. Roschini, Introductio bíblica Scholarum theologicarum usui acommodata (Vicenza 1940) p. 9 nota).
     El Santo Oficio, por decreto publicado el 20 de noviembre de 1940, incluía en el Indice de libros prohibidos, mientras no se corrija, "la obra que se titula: Dain Cohenel (seudónimo del sacerdote Dolindo Ruotolo), La Sacra Scrittura. Psicología, commento, meditazione" (La condenación apareció en L'Osservatore Romano del 24 de noviembre de 1940, con una explicación que declaraba «comprendidos en el decreto todos los volúmenes y todas las ediciones». Cf. AAS 32 (1940) 553). Pocos días después se hacía pública la humilde sumisión del autor (Cf. L'Osservatore Romano del 7 de diciembre de 1940 y AAS 32 (1940) 554).
     Pero a fines de mayo de 1941 era enviado al Papa con la firma Sac. Dolindo Ruotolo (Sac. Dain Cohenel), y al mismo tiempo por correo ordinario, en sobres abiertos, a los señores cardenales, obispos de Italia y superiores de Ordenes religiosas un opúsculo anónimo encabezado con la inscripción "Reservadísimo de conciencia" y titulado: Un gravísimo peligro para la Iglesia y para las almas. El sistema crítico-científico en el estudio y en la interpretación de la Sagrada Escritura, sus desviaciones funestas y sus aberraciones.
     El autor se reafirmaba en los errores de la obra condenada y embestía con mayor dureza aún contra el estudio científico de la Sagrada Biblia. Tal vez podía pensarse que representaba un sector, siquiera fuera reducidísimo, de la opinión católica. La Pontificia Comisión Bíblica se creyó en la obligación de intervenir, "por temor de que ciertas acusaciones e insinuaciones puedan turbar a algún pastor y apartarlo del propósito de procurar a sus futuros sacerdotes aquella sana y justa enseñanza de la Sagrada Escritura que lleva muy en su corazón el Sumo Pontífice". Y el 29 de agosto de 1941 dirigió una extensa carta a los Excmos. y Revdmos. Arzobispos y Obispos de Italia. En ella se describen sumariamente los principales errores del anónimo:
     "El opúsculo quiere ser una defensa de una cierta exegesis llamada de meditación; mas, sobre todo, es una virulenta acusación contra el estudio científico de las Sagradas Escrituras: examen filológico, histórico, arqueológico, etc., de la Biblia, no son otra cosa que racionalismo, naturalismo, modernismo, escepticismo, ateísmo, etc.; para entender bien la Biblia, precisa dejar libre curso al espíritu, como si cada uno estuviese en comunión personal con la Sabiduría divina y recibiese del Espíritu Santo especiales luces individuales, como pretendieron los primitivos protestantes. Por eso el anónimo ataca con extremada violencia personas e institutos científicos pontificios; denigra el espíritu de los estudios bíblicos científicos: "espíritu maldito de orgullo, de presunción, de superficialidad, paliada con investigación ceñuda y con hipócrita escrupulosidad de la letra" (p.40); desprecia la erudición, el estudio de las lenguas orientales y de las otras ciencias auxiliares, y se desliza en graves errores acerca de los principios fundamentales de la hermenéutica católica, conformes con la noción teológica de la inspiración bíblica, desconociendo la doctrina de los sentidos de las Sagradas Escrituras y tratando con suma ligereza el sentido literal y su cuidadosa investigación; por último, como si ignorase la historia de los textos originales y de las versiones antiguas, así como la naturaleza y la importancia de la crítica textual, propugna una falsa teoría sobre la autenticidad de la Vulgata".
     La Comisión hace luego una ferviente apología de los principales puntos combatidos en el opúsculo: del sentido literal, contra el desmedido recurso a las acomodaciones subjetivas preconizado por el anónimo; de la critica textual, terriblemente denigrada por Cohenel; del estudio de las lenguas orientales y de las ciencias auxiliares, que el autor considera inútil y hasta nocivo; y, por último, del Pontificio Instituto Bíblico, que es presentado como el principal culpable de la corriente científica en los estudios bíblicos. A los dicterios del opúsculo sobre cada uno de estos puntos, la Comisión opone la doctrina y la práctica constante del magisterio eclesiástico, especialmente en los últimos tiempos, y sobre todo bajo el pontificado de San Pío X, en cuyas palabras pretende apoyarse el autor del anónimo.
     Quizá lo más interesante de la carta sea la interpretación oficial que da del "sentido y la extensión del decreto tridentino sobre el uso de la Vulgata latina".
     Sostenía el anónimo "que, en virtud del decreto tridentino, se posee en la versión latina un texto declarado superior a todos los demás", y reprochaba "a los exegetas querer interpretar la Vulgata con la ayuda de los originales y de las otras versiones antiguas".
     "Pues bien -continúa la Pontificia Comisión Bíblica-, tal pretensión no es solamente contra el sentido común, el cual no aceptará jamás que una versión pueda ser superior al texto original, sino que va también contra la mente de los Padres del concilio, cual aparece de las actas; es más, el concilio se dio cuenta de la necesidad de una revisión y corrección de la misma Vulgata, cuya ejecución encomendó a los Sumos Pontífices, los cuales la hicieron, como hicieron, según la mente de los más autorizados colaboradores del concilio mismo, una edición corregida de los LXX (bajo Sixto V), y después la del Antiguo Testamento griego, encargando de ello a comisiones a propósito. Y es abiertamente contra el precepto de la encíclica Providentissimus: "Sin embargo, no habrán de dejarse de tener en cuenta las antiguas versiones, que la antigüedad cristiana alabó y empleó, principalmente los códices primitivos". En suma, el concilio Tridentino declaró auténtica la Vulgata en sentido jurídico, esto es, en cuanto se refiere a la fuerza probativa en cosas de fe y moral, mas sin excluir de ningún modo posibles divergencias del texto original y de las antiguas versiones, como todo buen libro de introducción bíblica expone claramente según las actas del concilio mismo".
     En efecto: esta interpretación del concilio Tridentino era común en las escuelas católicas; pero faltaba el refrendo del magisterio eclesiástico (Ya en el siglo XVI, Fr. Luis de León había comprendido el alcance de este discutido decreto. Cf. Muñoz Iglesias, El decreto tridentino sobre la Vulgata y su interpretación por los teólogos del siglo XVI: Estudios Bíblicos, 5 (1946) 137-169). Dos años más tarde volvería sobre el tema Su Santidad Pío XII en la encíclica Divino afilante Spiritu.

II. La encíclica "Divino afflante Spiritu"
     El 30 de noviembre de 1943, Su Santidad Pío XII publicaba la encíclica Divino afflante Spiritu para "conmemorar el término del año cincuentenario desde que fueron publicadas aquellas letras encíclicas -Providentissimus Deus, de León XIII- que se tienen como ley principal de los estudios bíblicos".
     Cree Levie (Art. cit. en Nouvelle Revue Théologique, 68 (1946) 651,) que la ocasión inmediata fue el incidente provocado por Dain Cohenel, del cual hemos hablado. Realmente, el Papa toca ex professo los principales puntos de aquella controversia; pero el contenido de la encíclica rebasa con mucho esta finalidad. Su centro de gravedad es la Providentissimus, desde la cual han pasado cincuenta años con tales progresos en las ciencias relacionadas con la Biblia, que entrañan graves exigencias de renovación en el método de los estudios bíblicos.

1. Resumen histórico de la actuación de los últimos Pontífices
     La nueva encíclica tiene dos partes bien definidas y distintas. La primera, de carácter histórico, enumera las enseñanzas y actividades bíblicas de León XIII, Pío X y Pío XI. El Papa menciona la creación por León XIII de la Pontificia Comisión Bíblica y la fundación, bajo su pontificado y con su aprobación, de L'Ecole Biblique de Jerusalén; entre los actos de San Pío X, la facultad de conceder grados académicos en Sagrada Escritura otorgada a la Comisión, la ordenación de los estudios bíblicos en los seminarios y la creación del Pontificio Instituto Bíblico de Roma; por último, bajo Pío XI, la obligatoriedad de grados académicos en Sagrada Escritura para poderla enseñar en los seminarios y la erección del monasterio de San Jerónimo para la revisión de la Vulgata.
     Observa Levie que Pío XII sólo recoge de las intervenciones de sus predecesores las que tienen carácter positivo de aliento para la investigación bíblica, pasando por alto la lucha antimodernística, la condenación de Loisy, la encíclica Pascendi, el decreto Lamentabili, las diversas respuestas de la Comisión Bíblica, etc. (También pasa aquí por alto a Benedicto XV, pero cita más adelante su encíclica).
     Frutos de esta acción múltiple.—Como resultado de las anteriores providencias pontificias, Pío XII hace notar que "ha adelantado no poco entre los católicos la ciencia y uso de las Sagradas Escrituras. Porque son ya muchísimos los cultivadores de la Escritura Santa que salieron ya -y cada día salen- de las aulas en las que se enseñan las más elevadas disciplinas en materia teológica y biblica, y principalmente de nuestro Pontificio Instituto Bíblico, los cuales, animados de ardiente afición a los sagrados volúmenes, imbuyen en este mismo espíritu al clero adolescente y constantemente le comunican la doctrina que ellos bebieron. No pocos de ellos han promovido y promueven todavía con sus escritos los estudios bíblicos, o bien editando los sagrados textos redactados conforme a las normas del arte crítica y explicándolos, ilustrándolos, traduciéndolos para su pía lección y meditación, o bien, por fin, cultivando y adquiriendo las disciplinas profanas útiles para la explanación de la Escritura. Así, pues, por estas y otras empresas que cada día se propagan y cobran fuerza, como, por ejemplo, las asociaciones en pro de la Biblia, los congresos, las semanas de asambleas, las bibliotecas, las sociedades para meditar el Evangelio, concebimos la esperanza nada dudosa de que en adelante crezcan doquiera más y más, para bien de las almas, la reverencia, el uso y el conocimiento de las Sagradas Letras".
     Efectivamente, el panorama desolador que en la vigilia de la Providentissimus ofrecían las publicaciones bíblicas católicas era muy otro en 1943.
     A los casi solitarios Comentarios católicos de 1893 -Cursus Scripturae Sacrae (1890) y La Sainte Bible de Filión (1886)- siguieron bien pronto, entre otros, Kurzgefasstes wissenschaftliches Kommentar zum A. T., de Viena (1901-1911); Etudes Bibliques, de l'Ecole Biblique de Jerusalén, a partir de 1903; Exegestisches Handbuch zum A. T., de Münster, a partir de 1911; La Sacra Bibbia, comenzada en 1911 por Marco Sales y continuada después por Girotti; Die Heilige Schrift des N. T., de Bonn, iniciada en 1914, y Die Heilige Schrift des A. T., en 1923; La Sainte Bible, de Pirot-Clamer; la colección "Verbum Salutis"; Collectanea Bíblica y La Biblia de Montserrat, en España, etc. (A estos comentarios habría que añadir otros que, como la Sacra Bibbia de Garófalo, en Italia, y la Sainte Bible de Jérusalem, en Francia, se está publicando con posterioridad a la encíclica).
     Y junto a los Comentarios, las grandes colecciones de estudios monográficos: Etudes Bibliques y Etudes palestinniennes, de l'Ecole Biblique; Biblische Studien, de Friburgo en Brisgovia, desde 1896; Biblische Zeitsfragen, Alttestamentlische Abhandlungen y Neutestamentlische Abhandlungen, de Münster, desde 1908; Orientalia y Analecta Orientalia, del Pontificio Instituto Bíblico de Roma, de 1920 a 1931 y desde 1934, respectivamente; Bybelsche Monographieen, de Holanda, desde 1939; Analecta lovaniensia bíblica et orientalia, etc.
     Asimismo vieron la luz, entre una y otra encíclica, numerosas revistas bíblicas católicas: Revue Biblique, que acababa de nacer en 1892; Biblische Zeitschrift, que se publicó en 1903 a 1939; el Pontificio Instituto Bíblico publica desde 1920 Bíblica; desde 1921, Verbum Domini, y desde 1932, Orientalia. Nova series; en España se publicaron de 1926 a 1929 Revista Española de Estudios Bíblicos, y de 1929 a 1936, Estudios Bíblicos, 1ra. serie, continuada desde 1941 por cuenta de la Sección Bíblica del Instituto Francisco Suárez, de Teología, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, que desde 1941 saca también Sefarad, a cargo del Instituto Arias Montano; la Asociación para el Fomento de los Estudios Bíblicos en España (AFEBE) publica desde 1944 Cultura Bíblica; en Polonia aparece Inzeglad Biblyny desde 1937; en Buenos Aires, Revista Bíblica, desde 1939, y en Estados Unidos, The Catholic Biblical Quarterly, también en 1939.
     También en el campo de la critica textual han trabajado provechosamente los católicos durante ese período de cincuenta años. Se han hecho numerosas ediciones críticas del Nuevo Testamento. Junto a Hetzenauer (1904) y Brandschid (1906), que prefieren las lecciones de la Vulgata, Bodin reproducía en 1910-1911 el Codex Vaticanus; siguen las ediciones manuales de Vogels (1920), Merk (1933; 5.* ed. 1944) y José M. Bover (1943; 3." ed. 1953). Por lo que se refiere a la Vulgata, aparte de la edición crítica y de los textos y estudios monográficos editados por los benedictinos de San Jerónimo de Roma, conviene destacar los numerosos trabajos publicados en diversas revistas católicas, concretamente los de Ayuso y Bover, entre nosotros. Sobre la Vetus Latina, aparte de estudios parciales, merecen destacarse los pacientes trabajos de Pedro Sabatier, que recientemente está completando y publicando la abadía benedictina de Beuron, y los de Mons. Teófilo Ayuso Marazuela, que ha comenzado estos días la publicación de la que él considera Vetus Latina Hispana.
     Ayuso Marazuela, Teófilo, La Vetus Latina Hispana (Madrid, Instituto Francisco Suárez) (hasta el presente, sólo el primer volumen, Prolegomena, 1953). Con posterioridad a la encíclica Divino afilante Spiritu, nuestro Consejo Superior de Investigaciones Científicas, en colaboración con la Biblioteca de Autores Cristianos, ha emprendido la gigantesca labor de preparar una Poliglota crítica, cuyos trabajos nos consta que van muy avanzados y con toda seriedad.
     En cuanto a léxicos, gramáticas de lenguas bíblicas y diccionarios, mencionaremos solamente, para abreviar, el gran Dictionnaire de la Bible, iniciado por Fulcrano Vigouroux en 1891 y terminado en 1912 (Cf' LÉVESQUE, en Revue Biblique 1915) con el magnífico Supplement, comenzado bajo la dirección de Pirot en 1927 y continuado después por Robert; el Bybelsch Woordenboit, que se publica en Holanda desde 1941; el doble Lexicón de Zorell (Novi Testamenti Lexicón Graecum, 1911, y Lexicón hebraicum et aramaicum V. T. desde 1940); la doble Gramática de Abel (Grammaire de l'hébreu. biblique, 1923, y Grammaire du grec biblique, 1927); la Grammaire de l'hébreu biblique de Joüon, 1923, etc.
     Pero donde más se nota el progreso de los estudiosos católicos de la Biblia desde la encíclica Providentissimus hasta los días de Pío XII es en el campo de la geografía, arqueología y etnografía bíblicas. En esto van a la cabeza los ilustres profesores de I'Ecole Biblique F. M. Abel y L. H. Vincent, O. P. El primero publicó: Un croisiére autour de la mer Morte (1911); Itinéraire aux Lieux Saints du P. Ivés de Lílle (1932-33); Géographie de la Palestine, en dos vols. (1933 y 1938); A travers les listes hiéroglyphiques des villes palestiniennes (1934). Del segundo tenemos diferentes estudios sobre Canaan (1907), Jérusalem (1912), Betlehem (1914), Emmaus (1932). Ambos en colaboración escribieron: Jérusalem. Redherches de topographxe, d'archéologie et d'histoire. Tomo I: Jérusalem antique (1912) Tomo II: Jérusalem nouvelle (1914-1926); y Hebron, le Haram el-Kalil (1923). Junto a ellos deben figurar Jaussen (Coutumes des Arabes au pays de Moab (1908); Coutumes des Fugara, 1920; Coutumes Palestiniennes. I. Napluose et son district, 1927); Jaussen y Savignac (Mission archeologique en Arabie, I [1909]; H [2 tomos 1914]; III [2 fascículos 1922]); Fernández Andrés, S. I. (Problemas de topografía palestinense, Barcelona 1936).
     Además han hecho excavaciones en diversos lugares relacionados con la Biblia los católicos alemanes, los franciscanos de Tierra Santa, el Pontificio Instituto Bíblico y l'Ecole Biblique et Archéologique francaise.
     También en la investigación del Antiguo Oriente pueden ya los católicos presentar nombres de fama. El P. Vincent Scheil, O. P., pasó a la posteridad con la gloria de haber descifrado la estela de Hammurabi. Junto a él se han hecho célebres en asiriología los PP. Deimel, S. I., y Wit-zel, O. F. M. Para no hacer interminable la lista de nombres y de trabajos, remitimos al lector a las publicaciones periódicas de esta especialidad: Le Musséon, del Instituto Orientalista de Lovaina; Mélanges, de la Facultad Orientalística de la Universidad de San José de Beyruth; Orientalia, de la Facultad homónima del Pontificio Instituto Bíblico de Roma; Aegyptus, de la Universidad del Sacro Cuore de Milán, etc.
     Entre los signos del potente resurgimiento bíblico católico señala Pío XII la creación y actuación científica y divulgadora de asociaciones bíblicas en los diversos países. En Italia existían la Societá di San Girolamo y los Serví dell'Eterna Sapienza (Bolonia); en Francia, la Ligue de l'Evangile; en España, desde 1923, la Asociación para el Fomento de los Estudios Bíblicos en España (AFEBE) (Cf. Bover, JOSÉ Marta, S. I., La AFEBE en el XXV aniversarío de su fundación: Estudios Bíblicos, 8 (1949) 135-168); en Estados Unidos, The Catholic Biblical Association; en Canadá, una rama independiente de la anterior (La jerarquía encomendó el trabajo a la Societé Catholique de la Bible, que desde 1940 refundió la Propagande Catholique Romaine de la Bible, fundada en 1935 en Montreal. Paralela funciona la Association Catholique des Etudes Bibliques au Canada); en Holanda, la Apologetische Vereeniging: Petrus Canisius; en Alemania, el Catholische Bibelbewegung de Stuttgart; en Suiza, la misma obra de Alemania, etc. Con posterioridad a la encíclica Divino afflante se han creado asociaciones nuevas en Italia (La Associazione Bíblica Italiana (ABI) ha comenzado a actuar con la publicación del comentario a toda la Biblia dirigido por Mons. Garófalo), Inglaterra, Brasil, Argentina, etc.
     Organizadas casi siempre por las asociaciones antes mencionadas, se han celebrado congresos y semanas bíblicas en distintos países: Italia, España, Inglaterra, Estados Unidos, Polonia, Francia. Por su asiduidad e importancia merecen destacanse las semanas bíblicas de Italia (Se celebran desde 1930 cada dos años, bajo la dirección del Pontificio Instituto Bíblico. Pueden verse en Verbum Domini las referencias por extenso de lo que en ellas se ha tratado) y de España (Desde 1940 tienen lugar todos los años. Las organiza la Sección Bíblica del Instituto Francisco Suárez, de Teología, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, en colaboración con la AFEBE. A partir de la duodécima (1951), los trabajos se publican en un tomo anual. Para los temas tratados en las primeras once semanas véase XII Semana Bíblica Española (Madrid, Instituto Francisco Suárez, 1952) p.624-641). En los últimos años se han iniciado nuevas reuniones de estudiosos bíblicos católicos en Francia, Bélgica y Brasil.
     Finalmente, como fruto de las sabias directrices pontificias y de los múltiples esfuerzos de los estudiosos bíblicos católicos, apreciaba Pío XII un mayor acercamiento del pueblo fiel a la Biblia. Se han multiplicado notablemente las ediciones bíblicas en lengua vulgar. Y se han hecho versiones directamente de los textos originales a casi todas las lenguas europeas: al francés, por Crampón, en 1904; al neerlandés (Evangelios y Hechos, en 1907; Biblia completa, en 1937-38); al alemán (el Nuevo Testamento, por K. Rosch, en 1921; y el Antiguo, por E. Henne, en 1934); al italiano (parcialmente por Vaccari, en 1923 y 1925, y la Biblia completa a partir de 1942); al español, por Nácar-Colunga, en 1944, y poco después por Cantera-Bover; al inglés, por un grupo de colaboradores a partir de 1913.
     Las asociaciones bíblicas antes mencionadas han procurado -con escritos y revistas de divulgación, conferencias, días bíblicos, horas bíblicas, lecciones sacras radiadas, etcétera- instruir a los fieles sobre las riquezas de la Biblia y sobre la manera de leerla y meditarla con provecho para la vida espiritual.

2.- Parte doctrinal de la encíclica
     Después de la breve reseña histórica sobre la labor de los Pontífices en favor de la Biblia y sobre los frutos obtenidos, tiene la encíclica una segunda parte, doctrinal, en la que el Pontífice pasa revista al estado actual de los estudios bíblicos, propugna el recurso a los textos originales, da normas sobre la verdadera interpretación de la Escritura, señala los puntos a los que especialmente deben atender los exegetas de nuestro tiempo y propone la manera como deben tratar las cuestiones más difíciles.
     El carácter constructivo de esta segunda parte de la encíclica salta a la vista. El avance sobre León XIII, sin dejar de ser homogéneo, es evidente.
     Estado actual de los estudios bíblicos.—El Papa reconoce los notables adelantos que se han hecho durante estos cincuenta años en las excavaciones de lugares bíblicos, que han dado a luz interesantes documentos escritos y han ilustrado la vida y costumbres de los tiempos de la Biblia; en el descubrimiento de numerosos papiros y códices y en un mayor conocimiento de la exegesis de los Padres de la Iglesia.
     Sobre estos adelantos versaron las principales comunicaciones leídas en la IX Semana Bíblica Española de 1948. Pueden verse los títulos y eveiitualmente el lugar de su publicación en XII Semana Bíblica Española, p. 635s.
     Por lo que se refiere a las excavaciones, cuando escribía León XIII la Providentissimus no se habían hecho en Palestina más que las realizadas por la Palestina Exploration Fund en Tell-el-Hesi (1890-92). A partir de entonces se han explorado más de ochenta lugares, y siguen explorándose otros después de la encíclica Divino afflante. Destacaremos por su especial importancia las excavaciones de la Sefela por la Palestine Exploration Fund de 1900 a 1902; la del Tel Djezer (Gézer), por la misma Asociación, de 1902 a 1905 y de 1907 a 1909; la de Jericó (1908-1909, por Sellin y Watzinger; a partir de 1930, por Garstang); la de Samaria por los americanos e ingleses (1908-1910, por Reisner, Fisher, Lyon; 1931-1933, por Crowfoot); la de Megiddo, por los alemanes de 1903 a 1905 y por los americanos desde 1925; la de Tell-el-Duweir (¿Lakisch?), por Starkey desde 1933; la de Balata (Sichem), por Welter desde 1928; la de Teleilat-Ghassul, por el Pontificio Instituto Bíblico, etc.
     Fuera de Palestina destacan por su importancia las excavaciones de Mesopotamia. Ya en tiempo de León XIII se había descubierto el relato babilónico del diluvio (1872) y las cartas de Tell-el-Amanna (1887). Pero después en 1900 se completa el descubrimiento de las 100.000 tablillas cuneiformes encontradas en las excavaciones americanas de Nippur; en 1901 aparece el código de Hammurabi, que ilustra el Código de la Alianza del Exodo; Woolley inicia en 1922 las excavaciones de Tell-el-Mugheir (Ur), que nos han hecho conocer la vida civil, política y religiosa de la patria de Abrahán con el detalle con que conocemos la vida de Herculano y de Pompeya; y en 1933 comienzan las llevadas a cabo por Parrot en Mari. Igualmente se han explorado numerosos lugares en Siria. Recordemos por su trascendencia las excavaciones de Byblos, a 41 kilómetros al norte de Beyrut, dirigidas por Pierre Montet desde 1919 y luego por Maurice Dunand, que culminan con el hallazgo de la famosa inscripción del sarcófago de Ahiram, de tanta importancia para la historia de la escritura alfabética; y las de Ras-Shamra (Ugarit), llevadas desde 1929 por Scháffer, y que tanto han ilustrado la lengua, instituciones y religión del antiguo reino de Ugarit.
     Pío XII señala, entre los frutos de las modernas excavaciones, "los frecuentes descubrimientos de monumentos escritos, que contribuyen notablemente al conocimiento de las lenguas, literaturas, acontecimientos, costumbres y cultos de los más antiguos pueblos".
     "Es evidente comenta el P. Levie (Art cit. Nouvelle Revue Théologique, 68 (1946) 665S)— que la literatura de Israel no puede ser interpretada, no puede ser históricamente comprendida, prescindiendo de tantos documentos escritos del Oriente que o bien le son paralelos o han influido sobre ella: Primeros capítulos del Génesis y relatos sumerios y asiro-babilónicos sobre la creación y el diluvio; legislación mosaica y códigos orientales: de Hammurabi, hitita, antiguas leyes sumerias; proverbios o máximas de Israel y aforismos de la sabiduría egipcia; cronología israelita de vagas indicaciones generales y documentos asirios datados por hechos astronómicos o por la sucesión de magistrados epónimos; instituciones religiosas y creencias de Israel y paralelos en las otras religiones orientales: por ejemplo, angelología judía y angelologia persa; doctrinas del Eclesiastés o del libro griego de la Sabiduría y sistemas filosóficos del helenismo contemporáneo, etc."
     De ahí los dos frutos positivos de los documentos descubiertos. Gracias a ellos, hemos logrado, por una parte, precisar mejor, por comparación y analogía, los distintos géneros literarios históricos de la Biblia; y por otra, podemos seguir, en el cuadro real y concreto del movimiento contemporáneo, la evolución de las ideas y de las creencias de Israel. Como ejemplo de la utilidad de dichos descubrimientos para reconstruir la vida y costumbres de los pueblos antiguos de Oriente, citaremos el caso de los hititas. De este pueblo no teníamos más noticia que la que nos da Génesis 22 al decir que Abrahán negoció con los hijos de Heth la compra del sepulcro de Sara. Las excavaciones de Boghaz-Kói, dirigidas por Winckler en 1906-1907, con el hallazgo de unas 20.000 tablillas, nos han descubierto la historia de este gran imperio que floreció en Oriente desde el año 2000 antes de Cristo hasta la destrucción de su capital, Karkemisch, el 717. En la época de su máximo apogeo, entre los siglos XIV al XII, se extendía su dominio desde el norte de Asia Menor hasta el centro de Siria. Hemos logrado obtener un segundo ejemplar del tratado de 1271 entre ellos y los egipcios, que ya conocíamos por otra copia egipcia.
     "Ni es de menor momento continúa Pío XII— el hallazgo y la búsqueda, tan frecuentes en esta edad nuestra, de papiros, que han tenido tanto valor para el conocimiento de las letras e instituciones públicas y privadas, principalmente del tiempo de nuestro Salvador": Fue Mommsen quien dijo que, "si el siglo XIX había sido el siglo de la epigrafía, el XX pertenecería a la papirología". Prescindiendo de los papiros jeroglíficos y demóticos, que tanto nos enseñan sobre la época de los faraones antiguos, y dejando aparte los papiros arameos de Elefantina, que nos dan una imagen exacta de lo que era la religión judía en la diáspora, los papiros griegos o coptos encontrados en Egipto abarcan casi un mileniodesde la conquista de Alejandro hasta la dominación árabey nos permiten reconstruir hasta en sus mínimos detalles la vida pública y privada de los paganos indígenas, de los judíos allí establecidos y de las primitivas comunidades cristianas. Por otra parte, los descubrimientos papiráceos han contribuido poderosamente a una mejor inteligencia del griego del Nuevo Testamento y han ayudado a reconstruir la historia del texto bíblico neotestamentario. Recuérdese, a este respecto, la resonancia de la publicación hecha por Kenyon en 1931 de los famosos papiros Chester Beatty. Pocos años después, en 1935, publicaban Idris Bell y Skeat los que ellos llamaron "fragmentos de un Evangelio desconocido", y Robert el famoso papiro Ryland, de la primera mitad del siglo II, con un pasaje del Evangelio de San Juan.
     Por último, el Papa menciona, entre los progresos bíblicos de los últimos cincuenta años, el que se haya "investigado con mayor extensión y plenitud la exegesis de los Padres de la Iglesia". Y, en efecto, se han hecho ediciones críticas de sus obras, se han descubierto nuevos comentarios bíblicos y se han estudiado monográficamente las ideas exegéticas de muchos de ellos.
     Normas sobre fijación del texto bíblico.—Recurso a los textos originales.Viniendo ya a las directrices positivas para los exegetas bíblicos, Pío XII recomienda en primer lugar el estudio de las antiguas lenguas orientales, y sobre todo de las bíblicas, para mejor entender "el texto original, que, escrito por el sagrado autor, tiene mayor peso que cualquiera versión, por buena que sea, ya antigua, ya moderna".
     Aquí la encíclica Divino afflante presenta una considerable innovación. Por primera vez en un documento público del Magisterio se prescribe el uso del texto original en la exposición de la Sagrada Escritura en clase. León XIII había ordenado en la Providentissimus que se explicara el texto de la Vulgata, que el concilio Tridentino declaró auténtico y el uso cotidiano de la Iglesia recomienda, aun reconociendo la utilidad del recurso a los textos originales en los pasajes dudosos. Pío XII está convencido de que el texto original es mejor que cualquier versión. Y así, en 1945, recomendará para el rezo del Oficio divino una versión nueva de los Salmos hecha, por encargo suyo, directamente de los textos originales. Días antes de la publicación de esta encíclica, a través de la Pontificia Comisión Bíblica, había manifestado su complacencia con las versiones de la Biblia hechas sobre la Vulgata o sobre el texto original, y había aclarado el anterior decreto restrictivo sobre la misma materia, en el sentido de autorizar el recurso al texto original o a otras versiones más claras que la Vulgata para explicar la traducción de ésta, que debe emplearse en la lectura al pueblo de los pasajes bíblicos de la misa. Más adelante, en la misma encíclica, volverá a insistir en la utilidad de las versiones hechas sobre el original: "Y ni aun siquiera prohibe el decreto del concilio Tridentino que, para uso y provecho de los fieles de Cristo y para más fácil inteligencia de la divina palabra, se hagan versiones en las lenguas vulgares, y eso aun tomándolas de los textos originales, como ya en muchas regiones vemos que loablemente se ha hecho, aprobándolo la autoridad de la Iglesia" (Nótese la diferencia de tono entre esta recomendación y el carácter negativo de la constitución Officiorum et munerum y del mismo Código de Derecho Canónico). Observa el P. Vosté, O. P., que personalmente Pío XII jamás cita en sus escritos un texto bíblico que no sea conforme al original hebreo o griego.
     Importancia de la crítica textual.—Las razones que abonan el recurso a los textos originales, recomiendan a fortiori la crítica textual, como requisito indispensable que es para la fijación del texto inspirado. Ya León XIII advertía en la Providentissimus que sólo "después de establecida por todos los medios, cuando sea preciso, la verdadera lección, habrá llegado el momento de escudriñar y explicar su sentido". Pero entonces la crítica textual racionalista procedía muy caprichosamente. Pío XII reconoce que "desde hace algunos decenios no pocos la han empleado absolutamente a su capricho, y no pocas veces de tal manera que pudiera decirse haberla los mismos usado para introducir en el sagrado texto sus opiniones prejuzgadas". Por ello. León XIII encargaba a los recién creados consultores de la Pontificia Comisión Bíblica en sus letras apostólicas Vigilantiae, de 30 de octubre de 1902: "Cuiden, no obstante, que esta familiaridad (con las obras de los críticos) no les ocasione intemperancia en el juicio, ya que en ella suele venir a caer el artificio de la crítica llamada sublime, cuyas peligrosas temeridades más de una vez hemos denunciado". Pio XII, sin embargo, ha podido escribir: "Hoy este arte, que lleva el nombre de crítica textual y que se emplea con gran loa y fruto en la edición de los escritos profanos, con justísimo derecho se ejercita también, por la reverencia debida a la divina palabra, en los libros sagrados". Y ello porque "hoy ha llegado a adquirir tal estabilidad y seguridad de leyes, que se ha convertido en un insigne instrumento para editar con más pureza y esmero la divina palabra, y fácilmente puede descubrirse cualquier abuso". Por todo lo cual, el Papa manifiesta su deseo de que se hagan por los católicos ediciones críticas de los textos originales y de las antiguas versiones; advirtiendo "que este largo trabajo no solamente es, necesario para penetrar bien los escritos dados por divina inspiración, sino que, además, es reclamado por la misma piedad, por la que debemos estar sumamente agradecidos a aquel Dios providentísimo que desde el trono de su majestad nos envió estos libros a manera de cartas paternales como a propios hijos".
     Con esta ocasión, el Papa repite solemnemente la declaración del decreto tridentino sobre la autenticidad de la Vulgata, que dos años antes había dado la Pontificia Comisión Bíblica en su carta a los obispos de Italia a raíz del incidente Dain Cohenel.
     Normas de interpretación.Este pasaje de la encíclica, como el anterior relativo a la fijación científica de los textos originales, ha de entenderse a la luz de la controversia suscitada por la obra de Dain Cohenel. El Papa mantiene una serena postura de prudencia y ponderación. Se ha de buscar, con la ayuda de todos los recursos científicos, el sentido literal de la palabra inspirada, sin olvidar el magisterio de la Iglesia y de los Santos Padres y sin sobrecargar demasiado el comentario con explicaciones de erudición marginal que oscurezcan o dejen a un lado la enseñanza teológica. Búsquese enhorabuena también el sentido espiritual de la Biblia cuando conste ciertamente su existencia; pero no en todas partes, ni por menosprecio o con menoscabo del sentido literal, ni abusando de acomodaciones caprichosas. Ténganse en cuenta asimismo las exposiciones de los Santos Padres, los cuales, si bien poseían menos bagaje científico que nosotros hoy, tenían, en virtud de su oficio, una especial gracia de estado para penetrar las profundidades de la divina palabra.

DOCTRINA PONTIFICIA
DOCUMENTOS BIBLICOS
B.A.C.

jueves, 23 de enero de 2014

Controversias bíblicas que han dado lugar a las intervenciones del magisterio eclesiástico (4)

CAPITULO IV 
De la encíclica "Providentissimus» a la "Spiritus Paraclitus»
(Primera Parte)

     Entramos en un período sumamente delicado y difícil La condenación por parte de León XIII de toda limitación en la inspiración y en la inerrancia bíblicas fue generalmente bien recibida en los ambientes católicos. No solamente los conservadores, sino muchos partidarios de l'école large, aceptaron sumisamente la enseñanza pontificia. Más arriba hemos dejado constancia de la ejemplar retractación del ilustre rector del Instituto Católico de París. Mons. D'Hulst. Si no todos se sometieron con la misma prontitud, como lo demuestra la ulterior insistencia del Pontífice en subrayar el contenido de la encíclica, es que se estaba gestando ya la herejía modernista que pronto había de deslindar los campos, dejando, no obstante, de la parte de acá, sinceramente adheridos a las enseñanzas de la Iglesia, a buen número de exegetas progresistas.
     La dificultad de discriminar los sentimientos internos de adhesión o rebeldía, al principio, y el temor justificado a posibles peligrosas connivencias con la herejía, después, hicieron al Magisterio de la Iglesia prudentemente receloso frente a algunas posturas avanzadas, y dieron pie a los conservadores a ultranza para englobar en sus condenaciones precipitadas a tirios y troyanos.
     De otra parte, como vimos más arriba, León XIII se abstuvo de señalar positivamente principios de solución para los problemas que los modernos descubrimientos planteaban a la inerrancia bíblica en materia histórica. Hombres de indudable buena fe habían creído poder resolverlos con anterioridad a la encíclica Providentissimus, limitando la inspiración e inerrancia para dejar campo libre a posibles errores del autor humano, que no comprometieran al elemento divino de la Biblia. Cerrada autoritativamente, y con razón, esa puerta, que nunca debió intentar abrirse, se hacía necesario buscar por otra parte una salida honrosa.
     En esta búsqueda sincera y leal, conservadores y progresistas, partiendo de supuestos distintos, siguieron distintos caminos. El Magisterio de la Iglesia, por un principio de elemental prudencia, que humanamente en ocasiones pudiera parecer exagerado, pero que humanamente también se explica por el peligro presente del modernismo, optó por mantener en lo posible las posiciones tradicionales, y recibió con reservas los intentos de solución ideados por los progresistas. Si a esto añadimos las pasiones y defectos humanos que Dios permite en el seno de su Iglesia por sus altísimos e inescrutables fines, estaremos en condiciones de enjuiciar serenamente este agitado período de la historia de las ideas sobre la Biblia y de sacar de él las enseñanzas en las que siempre suele ser tan rica y generosa la historia.
     Ni todo fue agonía y lucha durante estos treinta años que separan las dos grandes encíclicas bíblicas. Antes bien son los años de las grandes realizaciones en el campo de estos estudios. La Escuela Bíblica de Jerusalén, la Pontificia Comisión para los Estudios Bíblicos, la revisión de la Vulgata y el Pontificio Instituto Bíblico, con todo lo que estos epígrafes encierran de realidades y de promesas, son otros tantos monumentos de la preocupación de los Pontífices por el progreso de las ciencias bíblicas.
     El desarrollo, pues, de la amplia y delicada materia que comprende el presente capítulo, puede cómodamente dividirse en tres apartados: el movimiento herético del modernismo; los intentos católicos para solucionar los problemas planteados a la inerrancia bíblica en materia histórica, y las grandes realizaciones en el campo de los estudios bíblicos emprendidas y alentadas por los Sumos Pontífices.

I. La crisis modernista

Contenido y raíces del modernismo
     El modernismo no es tanto una herejía bíblica cuanto -según la expresión de San Pío X- "el resumen y extracto venenoso de todas las herejías". Si nosotros le dedicamos un capítulo en este recuento histórico de errores contra la Biblia, es porque sus principales corifeos fueron hombres dedicados preferentemente al estudio positivo de los libros santos y se presentaron en un principio como fervientes defensores de un nuevo método en los estudios bíblicos.
     En realidad, el contenido disolvente de la nueva herejía es amplísimo. Recoge las aguas turbias de innumerables errores anteriores, fundiéndolos en imponente catarata que amenaza el edificio entero del dogma católico y hasta los fundamentos mismos de toda religión. Riviére, en maravillosa síntesis, enumeraba las siguientes tendencias como englobadas en el movimiento modernista: "La independencia del trabajo científico, especialmente en exegesis bíblica, con relación a la autoridad de la Iglesia; el naturalismo, que reduce la inspiración de las Escrituras a un fenómeno totalmente humano y niega la inerrancia de los libros santos; el criticismo, que quita a estos escritos su valor histórico; el subjetivismo, que hace de la revelación una simple percepción de nuestra conciencia; el pragmatismo religioso, que no quiere ver en el dogma sino una regla de conducta; el evolucionismo, que, después de haber negado el origen evangélico de los dogmas católicos, explica su origen por la elaboración sucesiva de la conciencia cristiana: principio ampliamente aplicado después a la cristología, a la redención, a los sacramentos en general y a cada uno de ellos en particular, así como a la constitución de la Iglesia y a los poderes del Papado; el relativismo, en fin, que niega el valor absoluto de la revelación cristiana para someterla a una ley de perpetua evolución".
    Fundamentalmente, el modernismo tiene sus raíces en el idealismo de la moderna filosofía postkantiana. Kant había proclamado el agnosticismo de la razón pura ante lo transcendente. La religión, según él, sólo encuentra justificación en los imperativos categóricos de la razón práctica. Después de él Schleiermacher había sustituido la razón práctica por el sentimiento: la religión no es racional; la fe radica en el sentimiento religioso. El inmanentismo dará un paso más afirmando que el sujeto crea el objeto de su creencia para satisfacer una necesidad vital.
     La proyección de este idealismo subjetivista sobre la historia en general, y de una manera especial sobre la historia de los orígenes del cristianismo, terminaría negando, por una parte, la autoridad divina de la Biblia y considerando, por otra, la religión cristiana como un proceso más de evolución del sentimiento religioso de la humanidad.
     El modernismo -que en un principio es un intento apologético de armonizar la fe católica con las exigencias del pensamiento moderno- recoge estos postulados filosóficos y pretende explicar con ellos el hecho cristiano. Su conclusión había de ser forzosamente la negación del valor absoluto de los dogmas católicos y la destrucción de toda religión positiva o revelada.
     Más que una doctrina, el modernismo es una tendencia que se manifiesta en todos los órdenes de la vida, y por supuesto afecta a todas las enseñanzas y prácticas de la Iglesia. Se difunde ampliamente por Inglaterra, Francia, Alemania e Italia, y presenta facetas distintas en el relativismo evolucionista de Loisy, en el inmanentismo de G. Tyrrell y en el pragmatismo de Ed. Le Roy.

Derivaciones bíblicas.
     No nos corresponde a nosotros en este lugar tejer la historia del movimiento en general, ni siquiera reseñar los errores teológicos a que dio ocasión. Ciñéndonos al campo bíblico, destacaremos sus principales afirmaciones. Se niega en absoluto la inspiración divina y la inerrancia de la Sagrada Escritura tal como son enseñadas por la Iglesia. Los libros sagrados, y en concreto los escritos del Nuevo Testamento, son obras meramente humanos, sujetas a error, simple expresión de las vivencias religiosas de sus autores, que reflejan no lo que Cristo fue, enseñó o hizo, sino lo que de El pensó la primitiva comunidad cristiana. Deben ser, por lo tanto, interpretados no como fuentes históricas de la revelación, sino como testimonios de la evolución del pensamiento humano. Y esto sin sujeción al magisterio de la Iglesia. Esta no fué fundada por Cristo; surgió de la necesidad de acomodar el mensaje cristiano a las exigencias de los tiempos. Los dogmas son intentos de traducir en fórmulas intelectuales las experiencias vitales del sentimiento religioso, y están, por lo mismo, sujetos a los vaivenes de las corrientes del pensamiento.
     El representante más genuino del movimiento modernista, sobre todo en lo que afecta a la Sagrada Escritura, es el antiguo profesor del Instituto Católico de París Alfredo Loisy. Su proceso ideológico personifica el itinerario y la vida del modernismo bíblico.

La trayectoria de Alfredo Lois
     Cuando monseñor D'Hulst presentaba la question biblique, haciéndose el portavoz simpatizante de la tesis progresista, estaba autorizando la postura de su flamante profesor de exégesis bíblica en el Instituto Católico de París, Alfredo Loisy. D'Hulst veía en las teorías del joven sacerdote -y como tal las presentaba- un afán sincero por defender la verdad católica de manera más conforme con las exigencias de los tiempos El creía comprender la inocencia inofensiva de sus juveniles audacias, cuando cariñosamente se complacía en llamarle su "pequeño Renán".
     Nacido en 1857, Alfredo Loisy cursó deficientemente, según confesión propia, los estudios de filosofía escolástica en el Seminario de Chálons. A los veintiún años, el 30 de junio de 1878, se ordena de subdiácono bajo los efectos de una terrible crisis de fe (Loisy, A., Choses passées (París 1913) p. 45s), que se había de agudizar al estudiar el problema sinóptico y al ver la, según él, defectuosa apologética de Vigouroux. En 1881 había perdido la noción tradicional de inspiración bíblica, y en 1883 tenía en crisis toda la doctrina de la Iglesia. Desconocedor de este estado de ánimo, Mons. D'Hulst pedía en julio de 1882 al Consejo Superior de los Obispos, encargado de moderar el Instituto Católico de París, autorización para "ocupar en los estudios a un joven sacerdote de Chálons, lector en teología, el abate Loisy, con el fin de preparar en él un profesor de Sagrada Escritura".
     Comenzó, efectivamente, por enseñar hebreo en el Instituto como auxiliar del abate Martin. De 1882 a 1885 frecuentó las clases de Renán sobre crítica textual de los Salmos en el Collége de France. Aquí germinó su relativismo de las ideas, que es la base del modernismo junto con el viejo panteísmo: "II n'y a qu'une substance éternelle... Luí seul est tout, et le reste n'est ríen, puisque tout est luí, et que lui-méme n'est plus qu'une abstraction, si on le sépare de ses manifestations contingentes et finies" (Loisy, A., Mémoirei pour servir á l'histoire religiente de notre, temps).
     Con vistas al doctorado, se puso a trabajar en la tesis, cuyo título, aprobado por Mons. D'Hulst, rezaba: De divina Scripturarum inspiratione quid senserint auctores sacri et scriptores christiani antiquissimi. Paralelamente, conforme al plan del Instituto, preparaba otra tesis en francés sobre la versión griega de los Salmos. La tesis latina fue revisada privadamente por D'Hulst, quien temió presentarla y le aconsejó guardarla entre sus papeles. El diario de Loisy anotaba el 19 de mayo de 1884: Ruit thesis (la tesis se vino abajo). Si es exacta la referencia que él mismo nos da en Choses passées ("¿Qué había, pues, de tan temerario en mi latín? Una idea muy sencilla, casi elemental, de la que yo sacaba una conclusión eminentemente católica, pero desde el punto de vista de un catolicismo ideal, a la vez que destructora del catolicismo real, escolástico y romano. En pocas frases muy claras del prólogo y del epílogo decía yo que, relacionándose la inspiración de las Escrituras con libros todavía existentes y susceptibles de análisis, era una creencia que debía controlarse mediante el estudio de esos mismos libros: que la psicología de los autores inspirados era visiblemente idéntica a la de todos los demás escritores; que el concurso divino de la inspiración no alteraba la naturaleza de esos escritos; que si la revelación estaba contenida, y eso sin error, según la afirmación del concilio Vaticano, en la Biblia, era sólo bajo una forma relativa, acomodada al tiempo y al medio en que se escribieron los libros, así como a su ciencia y a sus conocimientos generales; que la insuficiencia de las Escrituras como regla de fe provenía de su misma naturaleza, y que el magisterio de la Iglesia tenía por objeto adaptar la doctrina antigua a las necesidades siempre nuevas de los tiempos, libertando la verdad sustancial de sus formas ya pasadas» (Choses passées, p. 71s.). Sobre las relaciones de monseñor D'Hulst con Loisy, puede verse el interesante estudio de V. Larrañaga La crisis bíblica en el Instituto Católico de París: Estudios Bíblicos, 3 (1944) 173-188; 383-396). los temores de Mons. D'Hulst eran fundados. Si en la letra respetaba el magisterio, en su espíritu consideraba relativistas sus decisiones, como creía relativa la verdad de la Biblia.
     "A decir verdad, el principal defecto de mi tesis era su claridad: en el primer capítulo, sobre la doctrina de la inspiración en las Escrituras, resultaba demasiado evidente que la exégesis practicada por los autores del Nuevo Testamento sobre los textos del Antiguo era puramente arbitraria, justificable por las contingencias de la historia, pero incapaz de ser sostenida como explicación verdadera; lo mismo habría que decir de la exégesis de los antiguos Padres, no menos descabellada, si es lícito hablar así; y de ahí surgía la idea de la verdad relativa, incluso para el contenido de la Biblia» (Mémoires... I 131).
     El curso 1884-1885 fue nombrado profesor auxiliar de Sagrada Escritura, y ya entonces llamó la atención su ligereza al tratar el texto de Isaías VII, 14. Esto no obstante, el curso 1889-1890 pasó a ocupar esta cátedra como titular, aunque a las órdenes todavía de Vigouroux, y se doctoró en teología, presentando una tesis sobre historia del canon.
     Así estaban las cosas, cuando el artículo de monseñor D'Hulst en Le Correspondant, de que hablamos más arriba, aceleró la intervención de León XIII con la encíclica Providentissimus, poniendo al rector del Instituto Católico en el trance de desposeer de su cátedra al futuro corifeo del modernismo.
     Retirado de la enseñanza, Loisy parece eclipsarse por unos años. En 1899 y 1900 escribe varios artículos sobre la evolución dogmática, los orígenes de la religión de Israel y las nociones de religión y de revelación, aparecidos, bajo el seudónimo de A. Firmin, en Revue du Clergé Francais. El mismo año de 1900 da un ciclo de lecciones sobre el problema bíblico en L'Ecole pratique des Hautes Etudes.
     La primera obra importante en la que definitivamente se destapa es L'Evangile et l'Eglise, publicada En París en 1902 y presentada como una reacción contra las conferencias de Harnack, Das Wesen des Christentums (Berlín 1900), que acababan de ser traducidas al francés (París 1902). Para Harnack, la esencia del cristianismo había sido deformada por la Iglesia. Consistía sencillamente en la predicación del reino, que no era sino la concreción de la esperanza escatológica que animaba al judaísmo contemporáneo. Mal pudo pensar Jesús en una organización eclesiástica, cuando creía inminente la catástrofe final. Su única preocupación era invitar a la penitencia. La Iglesia es una superestructura que no entraba en la mente del Fundador del cristianismo ni pertenece, por lo tanto, a la esencia de éste.
     Loisy pretende defender a la Iglesia. Y la justifica haciendo ver que históricamente era necesaria para salvar el mensaje de Cristo adaptándolo a los tiempos. El error de Harnack está, según Loisy, en considerar la esencia del cristianismo perfecta e inmutable. No. La esencia del cristianismo es un devenir. La Iglesia hizo bien en surgir. E hizo bien en adaptar con fórmulas dogmáticas el mensaje de Cristo a todos los tiempos. Eso mismo ha de seguir haciendo si no quiere perecer. Estando los dogmas "en relación con el estado general de los conocimientos humanos en el tiempo y en el medio en que surgieron", es natural "que un cambio considerable en el estado de la ciencia haga necesaria una nueva interpretación de las viejas fórmulas" (Loisy, L'Evangile et l'Eglise).
     L'Evangile et l'Eglise levantó una tremenda polvareda. Al radicalismo histórico de Harnack respondía Loisy con un mayor radicalismo filosófico. Partidarios y contradictores lo asediaron con preguntas y objeciones. Para responder a unos y a otros escribe en octubre de 1903 Autour d'un petit livre. Insiste en subrayar el carácter apologético de su obra anterior y en protestar de su catolicismo leal, presentando su postura como la mejor manera de armonizar la Iglesia con los resultados de la ciencia en los tiempos presentes.
     Está escrito este segundo libro en forma de cartas. Las dos primeras, dirigidas al cardenal Perraud, obispo de Autún, y a Mons. Le Camus, obispo de La Rochelle, tratan del estado actual de la cuestión bíblica, sobre todo en orden a la autoridad de los Evangelios para justificar su concepción exclusivamente escatológica del mensaje de Cristo. En la tercera carta, dirigida a Mons. Mignot, arzobispo de Albi, concluía que la divinidad de Cristo era la versión en términos griegos de la fe judía en el mesianismo de Cristo. Cristo es Dios para la fe. En la cuarta carta afirmaba lo mismo de la Iglesia. "La institución divina de la Iglesia es un objeto de fe". Finalmente, la quinta carta define la revelación como "la conciencia adquirida por el hombre de su relación con Dios", y se asegura que su posterior formulación, los dogmas, no son sino símbolos imperfectos, sujetos a los cambiantes de la condición humana.
     El 17 de enero de 1903, el cardenal Richard, seguido por otros ocho obispos franceses, condenaba L'Evangile et l'Eglise, y en diciembre del mismo año el Santo Oficio la incluía en el Indice junto con Autour d'un petit livre, Etudes évangéliques y Le quatriéme Evangile.
     En Autour d'un petit livre aparecía todavía más claro y desenmascarado el relativismo evolucionista que en 1884 había movido a Mons. D'Hulst a desaconsejarle la presentación de su tesis latina. Más aún: la aplicación de esos principios a la divinidad de Cristo y al origen de la Iglesia y de los sacramentos hacía patente su peligrosidad y la urgencia de una intervención enérgica del Magisterio.

Condenación del modernismo
     A partir de 1906 se suceden las condenaciones contra los diversos focos y tendencias del modernismo. El 5 de abril de 1906 se incluye en el Indice la obra inmanentista de Laberthonniére; el 28 de noviembre, el cardenal Richard y los obispos de la región de París condenan la revista Demain, y el 11 de diciembre del mismo año va igualmente al Indice La question biblique au XIX siécle, de A. Houtin; el 29 de abril de 1907, el arzobispo de Milán condena la revista Rinnovamento; el 28 de mayo hace lo mismo con Revue d'Histoire et de Littérature religieuse el cardenal Richard, y el 26 de julio queda incluida en el Indice Dogme et Critique de Ed. Le Roy.
     Pero la condenación solemne del movimiento en su totalidad es obra del Santo Oficio con su decreto Lamentabili y de San Pío X con su encíclica Pascendi, fechados, respectivamente, el 4 de julio y el 8 de septiembre de 1907.
     El decreto "Lamentabili sane exitu".—Ya en octubre de 1903, a raíz de la publicación de L'Evangile et l'Eglise, los teólogos parisienses G. Letourneau y P. Bouvier habían presentado al cardenal Richard una lista de 33 proposiciones malsonantes sacadas de los escritos de Loisy. El cardenal las envió al Santo Oficio. Este nombró una comisión, de la que formaban parte los cardenales Rampolla, Steinhuber y Vives y Tutó, para redactar contra el modernismo una especie de Syllabus. Se encargó la redacción al franciscano David Fleming. De la lista francesa sólo quedan unas 20 proposiciones. El documento consta de 65.
     En la Introducción se advierte que numerosos católicos, "bajo el pretexto de una inteligencia más profunda y de la investigación histórica, buscan un progreso de los dogmas que es en realidad su corrupción". La Sagrada Congregación tiene el encargo del Romano Pontífice de señalar y reprobar sus principales errores.
     Las 65 proposiciones se distribuyeron en siete grupos: autoridad del magisterio de la Iglesia, especialmente en materias bíblicas (1-8); inspiración e historicidad de los libros santos, especialmente de los Evangelios (9-19); nociones fundamentales de revelación, dogma y fe (20-26); origen y desarrollo del dogma cristológico (27-38); origen y desarrollo del dogma de los sacramentos en general y de cada uno en particular (39-51); institución y constitución de la Iglesia (52-57); caracteres generales y valor de la doctrina cristiana en su conjunto (58-65). La mayoría de las proposiciones están sacadas de las obras de Loisy; algunas reflejan el inmanentismo de G. Tyrrell, y otras el pragmatismo de Ed. Le Roy.
     Los modernistas se quejaron de que había sido mal interpretado su pensamiento. Ciertamente no fue así. Pero, de todos modos, lo condenado son esas proposiciones tal como suenan, y la enseñanza positiva de la Iglesia se contiene en el enunciado de sus contradictorias. Dicha enseñanza, en gran parte, repite y sanciona lo establecido en anteriores documentos eclesiásticos y sigue teniendo la misma certeza teológica que allí tenía. Es enseñanza nueva —porque antes no había habido necesidad de proponerla—cuanto se refiere al origen evangélico y al desarrollo histórico del dogma cristiano.


La encíclica "Pascendi"
     El decreto Lamentabili era un extracto de los principales errores modernistas, simplemente yuxtapuestos. No se veía en él la trabazón lógica de unas proposiciones con otras dentro de un orden sistemático. Ni se estudiaban las causas del error ni se indicaban sus remedios. Esto fue lo que hizo el papa San Pío X en su inmortal encíclica Pascendi Dominici gregis, de 8 de septiembre de 1907.
     Ya en su alocución consistorial de 17 de abril de 1907 el Papa había hablado de un "asalto que no constituye una herejía, sino el resumen y extracto venenoso de todas las herejías".
     El Papa subrayaba a continuación que este movimiento tendía a socavar los fundamentos de la fe y a aniquilar el cristianismo. «Sí, aniquilar el cristianismo, porque la Sagrada Escritura para estos herejes modernos no es ya la fuente segura de todas las verdades que pertenecen a la fe, sino un libro común; la inspiración para ellos queda restringida a las enseñanzas dogmáticas, si bien entendidas a su manera, y apenas se diferencia de la inspiración poética de Esquilo u Homero. Legítima intérprete de la Biblia es la Iglesia, pero sometida a las reglas de la llamada ciencia crítica que se impone a la teología y la hace esclava. Para la Tradición, filialmente, todo es relativo y sujeto a mutaciones, con lo cual queda reducida a la nada la autoridad de los Santos Padres»...). 
     En este nuevo documento solemne, San Pío X aborda, en tres partes claramente destacadas, la exposición y refutación del modernismo, sus causas y sus remedios:
     1. La primera parte de la encíclica tiene el gran mérito de haber hecho ver el carácter de sistema lógicamente trabado que presentaba la nueva herejía. El Papa analiza sucesivamente los varios papeles que el modernista se arroga:
     a) Como filósofo, el modernista parte del agnosticismo, que niega la posibilidad racional de conocer la existencia y el ser de Dios, y del inmanentismo vital, que hace surgir la religión de las necesidades vitales subjetivas. La noción de Dios es una intuición del corazón. Las fórmulas racionales con que lo piensa son meros símbolos.
     b) Como teólogo, el modernista sostiene que la fe es la percepción de Dios presente en lo más íntimo de su alma. El dogma es la expresión conceptual de esa experiencia vital. Las necesidades vitales del sentimiento religioso dieron origen a los sacramentos y a la institución de la Iglesia. Los libros sagrados no son más que una colección de experiencias hechas por los creyentes de Israel o por los apóstoles del cristianismo.
     c) Como historiador, el modernista aplica a la historia las categorías del idealismo filosófico. Por agnosticismo rechaza en la historia de los orígenes cristianos el elemento sobrenatural. El mismo elemento humano que queda se considera falsificado por un doble proceso de transfiguración y de deformación. Los libros sagrados no nos dicen lo que sucedió, sino lo que la fe creyó. Hay en ellos una evolución vital paralela y consecuente a la evolución de la fe.
     d) Como apologeta, el modernista preconiza un nuevo método basado en la inmanencia. Hay que llevar al incrédulo a la experiencia de la fe católica. Históricamente, debe presentársele la permanencia divina en la Iglesia adaptando vitalmente el germen evangélico a las mentalidades de los diversos tiempos. Subjetivamente, muéstrese —dicen— cómo el catolicismo es absolutamente postulado por las exigencias de un pleno desarrollo vital.
     e) Como reformador, en fin, el modernista exige la reforma de la enseñanza en los seminarios; la expurgación de las devociones populares; la adaptación del gobierno despótico de la Iglesia, especialmente del Santo Oficio y del Index, a las formas democráticas modernas; la rehabilitación de la primacía concedida por el americanismo a las virtudes activas, y la supresión del fausto eclesiástico y del celibato de los clérigos.
     2. La segunda parte de la encíclica examina las causas y tácticas del modernismo. El Pontífice ve la raíz próxima de la desviación modernista en una profunda perversión del espíritu originada remotamente por causas de orden moral e intelectual. Entre las primeras enumera la curiosidad y el orgullo, y entre las segundas, la ignorancia de la sana filosofía. Su táctica es insidiosa: denigran al adversario y se ayudan mutuamente, se infiltran en seminarios y universidades, escriben con seudónimos, se unen contra las censuras.
     3. Por último, la tercera parte señala los remedios en siete artículos. En orden a los estudios, se recomienda la filosofía y teología escolásticas, aunque reforzando el estudio de la teología positiva; se manda a los obispos privar de la cátedra o negar las órdenes a los profesores o seminaristas que se muestren imbuidos de modernismo. En cuanto a los escritos modernistas, se impone la más rigurosa censura, estableciendo que en cada diócesis se forme un especial Consejo de Vigilancia, limitando los congresos sacerdotales, imponiendo censores para cada revista o periódico y exigiendo a los prelados relación de las medidas adoptadas antes del año después de la publicación de la encíclica y cada tres años en lo sucesivo.
     A lo largo de la exposición, el Pontífice pondera la gravedad de los errores modernistas y refuta sus principales afirmaciones. Así, contra el inmanentismo, que presenta la religión cristiana como una exigencia vital de la naturaleza humana y producto de ésta, recuerda la condenación del canon 3.° de Revelatione, del concilio Vaticano. Rechaza el principio de la mutua sujeción entre la ciencia y la fe, confirmando la superioridad de la teología sobre la filosofía con las palabras de Gregorio IX en su Epistula ad Magistros Theol. Paris., de 7 de julio de 1223, y con las de Pío IX, en su Breve ad Episcopos Vratislaviae, de 15 de junio de 1857. Condena la verdad relativa en la Biblia y en las definiciones dogmáticas de la Iglesia. Contrapone a los errores modernistas sobre los sacramentos el dogma del Tridentino. En una palabra: declara estar fuera de la enseñanza de la Iglesia la doctrina global del modernismo.
     La condenación es solemne y expresa. La encíclica es sólo un documento del Magisterio supremo ordinario. Las siguientes intervenciones de que hablaremos en seguida, a través de los "motu proprio" Praestantia Scripturae Sacrae, de 18 de noviembre de 1907, y Sacrorum antistitum, de 1 de septiembre de 1910, no parecen haber modificado, aunque lo confirman amenazando a los contradictores con graves censuras, el carácter jurídico de este documento.
El modernismo después de su condenación
     La intervención del Magisterio supremo desenmascaró definitivamente el movimiento modernista, que había logrado arrastrar a muchos hombres de buena fe tras el señuelo de una proposición del dogma y de una apologética más en conformidad con las necesidades de los tiempos y con el progreso de las ciencias. La aparición de la encíclica hizo saltar a Loisy. En enero de 1908 publicó su libro Simples reflexions sur le décret du Saint-Office "Lamentabili" et sur l'encyclique "Pascendi". Acusaba a los teólogos de la Santa Sede de haber falseado el pensamiento de los modernistas, y concretamente el de él: No habían captado el sentido profundo de la reforma de la Iglesia defendida por el modernismo y de raíces más hondas que lo que habían llegado a descubrir los documentos pontificios. Esto le enajenó los apoyos que todavía le pudieran quedar en el seno de la Iglesia.
     El 7 de marzo de 1908 caía sobre él la excomunión mayor.
     El mismo año de 1908, como para justificar esta suprema y enérgica decisión de Roma, escribió Quelques lettres sur des questions actuelles, donde confiesa, adelantando lo que dirá más tarde en Choses passées, que hacía muchos años —desde su ordenación de subdiácono— tenía perdida la fe. A partir de este momento, sus escritos serán los de un racionalista absoluto.
     Igualmente fueron excomulgados en años sucesivos los principales modernistas italianos, y sus obras incluidas en el Indice.
     No es de este momento ni de este lugar seguir el desarrollo histórico de los acontecimientos que siguieron a la condenación del modernismo hasta su desaparición. Puede verse esta historia detallada en el interesante artículo de J. Riviere en DTC (t. II col. 2009-2047, especialmente 2035-2045).
     La resistencia, abierta unas veces y sorda otras, de los modernistas más destacados, así como el deseo de conjurar definitivamente el peligro que se cernía sobre la Iglesia, motivaron todavía otras dos intervenciones de la suprema autoridad.

El motu proprio "Praestantia Scripturae Sacrae"
     El documento trata en general del valor de las decisiones del Magisterio en materia bíblica. La primera parte sanciona el valor de las respuestas de la Pontificia Comisión Bíblica. A continuación, saliendo al paso de los modernistas, que sofísticamente trataban de desvirtuar la condenación del decreto Lamentabili y de la encíclica Pascendi, fulmina sentencia de excomunión contra sus contradictores, y declara incurso en excomunión latae sententiae Summo Pontifici simpliciter reservatae al que defienda alguna de las proposiciones en ella condenadas, sin perjuicio de las censuras en que pueda incurrir como propagador de herejía, ya que a menudo resultan tales los adversarios de dichos documentos.
     El motu proprio termina recordando las recomendaciones hechas a los pastores de la Iglesia en la mencionada encíclica sobre la prohibición de enseñar o de recibir las sagradas órdenes a los profesores o seminaristas imbuidos de modernismo y sobre la vigilancia de las publicaciones de este género.

El motu proprio "Sacrorum Antistitum"
     El modernismo, desde sus comienzos, pero sobre todo a partir de su condenación en 1907, trabajaba en el anónimo y en el seudónimo. Sus publicaciones aparecían sin censura y sin nombre o con nombres ficticios. El peligro se hacía sentir de manera especial en los seminarios. El Papa, después de señalar el mal, recordaba una vez más las recomendaciones de la encíclica Pascendi sobre el particular, y añadía que en adelante los profesores de los seminarios debían presentar al ordinario el texto de sus lecciones a principio de curso, e imponía a éstos la más estrecha y rigurosa vigilancia sobre la manera de enseñar.
     Pero el núcleo del motu proprio era el establecimiento de un especial juramento antimodernista, que deberían prestar en aquella ocasión todos los sacerdotes con cura de almas y en adelante todos los clérigos antes de ser ordenados, los profesores al comenzar su docencia y todos los designados para cualquier cargo eclesiástico al entrar en funciones.
     El texto del juramento obliga a "aceptar la demostración racional de la existencia de Dios, el valor probativo de los motivos de credibilidad, la institución de la Iglesia por Cristo durante su carrera mortal, la inmutabilidad de los dogmas y el carácter intelectual de la fe. Los principios enunciados en el concilio Vaticano eran reasumidos y aplicados a los errores del día. En la segunda parte, el juramento se refiere especialmente a los actos de Pío X contra el modernismo. Contra los que querrían poner el dogma en oposición con la historia y desdoblar, por consiguiente, el católico instruido en dos personajes: el creyente y el crítico, el juramento impone la obligación de interpretar la Escritura y los Padres a la luz de la enseñanza de la Iglesia y de respetar el carácter divino de la tradición".

II. Intentos católicos para resolver los problemas planteados a la inerrancia bíblica en materia histórica

     Frente a esta corriente desviada, que terminó en la heterodoxia, hubo por este tiempo dentro de la Iglesia otro movimiento que dio en llamarse progresista, y cuyos nombres más representativos son los de Lagrange, Prat y Hummelauer. Ya no se trata en estos autores de limitar la inspiración ni la inerrancia bíblicas, que se reconocen absolutamente y se extienden a toda la Biblia. Se trata más bien de una limitación en el campo de la historicidad de la Biblia. Limitación que, según ellos, para nada afecta a la total inspiración y absoluta inerrancia de la Escritura.
     La verdad que se debe exigir a la Sagrada Escritura, en virtud de la inspiración, no consiste —porque la verdad no es siempre eso— en la correspondencia exacta entre la letra, tal como suena, y la realidad, sino entre lo que el autor ha querido decir o enseñar y la misma realidad.
     Para nadie es un secreto que hay o puede haber diversas clases de verdad, según el diverso género literario empleado por el autor. No es que la verdad pueda mezclarse con el error ni que en la verdad puedan darse grados, sino que existen diversas maneras de proponer la verdad.
     La verdad de la frase "Pedro mató a Juan" no es la misma si se escribe como ejemplo de una gramática, como episodio de una novela o como noticia en un periódico o en una historia. Ahora bien, Dios pudo inspirar una gramática, una novela y una historia. En los tres casos, por razón de la inspiración, la frase citada tiene que ser verdad. Pero no quiere esto decir que en los tres casos haya de ser igual la relación entre el significado de la frase y la realidad histórica. La inspiración, aun exigiendo, como hemos visto, verdad absoluta en el escrito inspirado, no cambia la naturaleza del género literario elegido por el autor —gramática, novela, historia—, y de esto depende la clase de verdad que se debe buscar.
    En otros términos: la verdad de un escrito no está siempre en la correspondencia exacta entre la frase escrita y la realidad histórica. Esto se requiere absolutamente en la historia si el autor quiere hacer historia, pero no de igual manera en los demás géneros literarios. Si un gramático dice: "Abel mató a Caín", como ejemplo de una oración primera de activa, dice verdad, aunque históricamente no sea verdad que Abel mató a Caín.
     Por eso se dice que la verdad no es la correspondencia exacta entre lo que un escritor materialmente dice y la realidad histórica, sino entre lo que quiere decir o enseñar y la misma realidad.
     Dirá alguno: Luego en último término tenía razón Mons. D'Hulst: la medida de la inerrancia es lo que Dios y el hagiógrafo nos quisieron enseñar, o sea, puramente las cosas de fe y costumbres.
     Si lograra probar alguien que Dios y el hagiógrafo sólo nos quisieron enseñar eso, eso sería la medida de la verdad que hay que buscar en las Sagradas Escrituras. Pero aun entonces no cabría decir que en lo demás hay lugar a error, sino que en lo demás no se podría hablar ni de verdad ni de error formal, porque el autor, ex supposito, no quiso enseñar nada.
     Quede, pues, bien clara la diferencia entre esta manera de hablar y la de los autores de l'école large. Decir que la verdad absoluta que compete a toda la Escritura en cuanto inspirada se ha de buscar en lo que el hagiógrafo quiso enseñar (Empleamos el término enseñar de manera universal, por todo lo que el hagiógrafo quiso decir —asertos, enunciados, insinuaciones—, y no en sentido restringido, por oposición a lo que simplemente afirma o insinúa), no es lo mismo que decir que la inerrancia se mida por o se coarte a lo que el hagiógrafo quiso enseñar. En este último caso se coloca la razón formal de la inerrancia en lo que el autor quiso enseñar, o sea, en el fin de la inspiración, y, consiguientemente, se admite error en lo demás.
     Por el contrario, en el primer caso no se admite la posibilidad de error alguno. Lo que el autor inspirado quiso enseñar no es el criterio para definir el ámbito de la inerrancia, sino para definir en qué está toda la verdad de un escrito en el que no cabe error.
     Puesta esta esencial relación que la inerrancia dice a la mente del autor, los exegetas católicos que nos vienen ocupando pensaron que acaso el autor sagrado no intentó escribir historia cuando nosotros creemos que lo hizo. Tal vez el campo de sus afirmaciones históricas sea más restringido de lo que nosotros pensamos. Y aquí vienen los intentos de estos hombres de indudable buena fe, que acaso no fueron juzgados en el fragor de la polémica con la debida caridad cristiana. La prudente actitud de reserva adoptada por el Magisterio fue, sin duda, desorbitada por algunos hijos de la Iglesia, que sinceramente creyeron prestarle así mejores servicios. Ha faltado la debida comprensión hacia "los conatos de estos esforzados operarios de la viña del Señor" —como los ha llamado el Pontífice reinante—, que, llevados por una indudable buena fe, pero deslumbrados por la proximidad y urgencia del peligro, perdida por eso mismo la perspectiva de sus verdaderas proporciones, se dejaron llevar en las aplicaciones de sus principios exegéticos por esa impaciencia, entonces explicable, contra la que nos advierte Pío XII en su encíclica Divino affiante Spiritu.
     Nosotros, por caridad y justicia hacia ellos y porque sinceramente creemos que tienen sus soluciones mucho de aprovechable, vamos a estudiar sus principios serenamente.

1° La verdad relativa.
     Uno de los principios más traídos y llevados en las discusiones de la cuestión bíblica ea el de la llamada "verdad relativa" de la Biblia. Convengamos en que la expresión es desafortunada, por la ambigüedad en que de suyo queda el segundo término de la relación. De aquí que no todos los autores que la emplearon la entendieran en el mismo sentido.
     Si el término de la relación es la verdad infinita de Dios, indudablemente la verdad de la Escritura es relativa. Como decía muy bien el P. Pesch, S. I., "en la Sagrada Escritura habla Dios; los dichos de la Escritura son palabras de Dios; luego son absolutamente verdaderos. Pero la Escritura no es el mismo Dios; luego su verdad, comparada con la infinita verdad de Dios, es solamente verdad relativa" (Ch. Pesch, De inspiratione Sacrae Scripturae. Supplementum continens disputationes recentiores et decreta de inspiratione Sacrae Scripturae (Friburgi Brisgoviae, Herder, 1926) n.13).
     Esto es tan cierto, que nadie —que sepamos— lo ha puesto en duda. No obstante, el término "verdad relativa" nunca se barajó en este sentido.
     Tampoco se empleó para designar la necesaria relatividad de ciertas expresiones temporales: que Cristo había de nacer en Belén era verdad en el Antiguo Testamento; hoy, ya nacido, no es verdad. Lo mismo se diga de la relatividad de ciertas formas de hablar, propias de la especial idiosincrasia de cada lengua y de cada pueblo.
     Para Loisy, el término "verdad relativa" dice relación a las concepciones vulgares de la época, de las cuales es tributario el hagiógrafo. No hay para el fundador del modernismo ninguna verdad objetiva estable: lo que ayer era verdad no lo es hoy, y lo que hoy es verdad no lo será mañana. Y así, lo que hoy son errores en la Biblia no lo eran en tiempos del hagiógrafo que escribía. No hay, por lo tanto, en la Biblia ninguna verdad absoluta, porque ésta no se da en lo humano (Loisy llamó también en un principio a esta clase de verdad «verdad económica», por cuanto, según él, la Providencia divina la había destinado a ser administrada en cada época por la Iglesia como intérprete infalible). Pero todo en ella es verdad relativa, es decir, con relación al tiempo en que se escribió. Este absoluto relativismo de la verdad que, aplicado a las verdades religiosas, terminaría por destruir el Dogma y la Revelación, no podía ser admitido por ningún autor católico, y fue condenado en la proposición 58 del decreto Lamentabili.
     Para Zanecchia (Scriptor Sacer, P. 84SS.), el término de la relación es la intención del hagiógrafo, que puede ser distinta de lo que suena materialmente la letra, pero que tiene que ser, en virtud de la inspiración, absolutamente verdadera. Oigamos sus palabras :
     "Todo lo que el hagiógrafo enseña es divinamente inspirado y verdadero, pero no absolutamente, es decir, de todos modos, sino de aquella peculiar manera bajo la cual es intentado y enseñado por el hagiógrafo. Y así, no basta la simple presencia de un aserto en la Sagrada Escritura para que dicho aserto, tal como suena a la letra, sea tenido por divinamente inspirado y verdadero, sino que se debe investigar si el aserto aquel es verdaderamente enseñado por el hagiógrafo o si solamente lo emplea para enseñar una verdad que por divina inspiración ha concebido e intenta y quiere escribir. En la primera hipótesis, aquel aserto, tal como suena a la letra, es absoluta e intrínsecamente inspirado y verdadero; en la segunda hipótesis, es sólo relativamente inspirado y verdadero, es decir, en orden a la verdad que el hagiógrafo intenta y quiere enseñar por medio de él". Esto, que es evidente en las metáforas y parábolas claras, vale, según Zanecchia, con la debida proporción y salvo siempre el juicio de la Iglesia, aplicado a los pasajes aparentemente históricos, donde acaso el hagiógrafo "usaba de noticias históricas, como corrían entre el vulgo, para enseñar verdades religiosas y morales". Como se ve, es cuestión de metodología y de hipótesis. Zanecchia admite la inspiración e inerrancia de toda la Biblia sin limitaciones. Pero relacionadas una y otra con la intención del hagiógrafo. Es digno de meditación el siguiente párrafo del ilustre teólogo romano:
     "El que en la llamada historia sagrada presume encontrar por doquier una historia estricta y verdadera, se expone al peligro cierto de encontrar, en lugar de verdadera historia, verdaderos errores históricos, que no son imputables a Dios inspirador ni al hagiógrafo escritor, sino al que busca verdad histórica donde ni Dios ni el hagiógrafo pretendieron enseñarla" (Loisy decía: «Si alguno se empeña en encontrar en la Escritura demasiada verdad, se expone al peligro de encontrar en ella muchos errores»).
     La postura de Zanecchia no contradice, como algunos han creído, a la observación de León XIII, que condenaba a los que limitaban la inerrancia a las cosas de fe y costumbres atendiendo más a la causa por la cual Dios decía las cosas que al mismo hecho de que Dios las dijera. Efectivamente, Zanecchia distingue entre lo que se dice en la Escritura y la intención con que se dice. Pero esta distinción no se introduce para discriminar lo inspirado de lo no inspirado, ni para distinguir de los posibles errores de la Biblia lo que en ella es inerrante, sino para determinar cuál es toda la verdad de un libro en el que no hay más que verdad.
     Las consecuencias lamentables a que condujo la "verdad relativa" de Loisy y de los modernistas hicieron que poco a poco desapareciera del léxico de los católicos un término de suyo tan ambiguo (Lagrange opinaba ya en 1896 que se debía prescindir de él. Revue Biblique, 5, 1896); pero la doctrina de estos católicos avanzados nada tiene que ver con el modernismo, y ofrece puntos de estudio, como el de los géneros literarios, que con tanto calor recomienda Pío XII en su encíclica Divino afflante.
     Cuando Benedicto XV vuelve a condenar a los defensores de la sola "verdad relativa" de la Biblia, no se refiere ya a los modernistas, sino a aquellos que, extendiendo a la historia lo que León XIII había dicho de la legítima descripción vulgar de los fenómenos naturales según las apariencias, hablaban de una manera de historia bíblica que sólo hubiera intentado transcribir las fuentes, sin pronunciarse sobre la realidad de los hechos narrados. Este concepto de "historia según las apariencias" pudo legítimamente ser rechazado, ya que por su carácter apriorístico y por la ligereza con que a veces era aplicado parecía no salvar la inerrancia bíblica. Otra cosa sería y otro juicio merecería si el estudio comparado de los géneros literarios llegara a probar a posteriori la existencia de tal concepto especial de historia entre los antiguos, como insinúa la Pontificia Comisión Bíblica en su carta de 16 de enero de 1948 al cardenal Suhard.
     Pero no adelantemos acontecimientos.
     Otro principio introducido para resolver las dificultades de orden histórico es el de las

2° Narraciones sólo en apariencia históricas
     Bien pudiera ser —pensaron algunos— que, cuando nosotros creemos ver contradicciones entre la Biblia y la Historia, estemos atribuyendo al escritor sagrado una intención que no tuvo. Existe esa contradicción realmente si el hagiógrafo quiso escribir verdadera historia. Pero tal vez él no intentó eso, y, bajo la forma aparente de una historia, lo que pretendió escribir fue una novela, una alegoría o una parábola.
     ¿Quién se atreverá a negar que en algún caso pudo suceder así? La misma Pontificia Comisión Bíblica, que se vio obligada a restringir la exagerada aplicación de este principio, admite la posibilidad "si con sólidos argumentos se llega a probar que el hagiógrafo no quiso hacer historia, verdadera y propiamente dicha, sino, bajo la forma y apariencia de historia, proponer una parábola, una alegoría o algún sentido distinto de la significación propiamente literal o histórica de las palabras".
     El pecado de los primeros defensores de este principio estuvo en la excesiva facilidad, como dijo Benedicto XV, con que lo aplicaron y en el fundamento peligroso que establecieron para afirmar a cada paso la existencia de tales narraciones sólo en apariencia históricas. Hay que distinguir —decían— en la Escritura un doble elemento: el primario o religioso, formado por las verdades que se escribieron para nuestra salvación, y el secundario o profano, constituido por las cosas de orden puramente natural que en ella se contienen, y que sólo como adorno y ropaje literario acompañan a las primeras. Según ellos, a este segundo elemento pertenecen las narraciones históricas, que son, con las descripciones de las cosas naturales, simple ropaje en que se envuelve el elemento religioso, único que Dios se propuso enseñarnos; nadie piense, por lo tanto, cuando encuentre en la Biblia una narración aparentemente histórica, que Dios haya pretendido enseñarnos historia; se tratará simplemente de parábolas o, a lo más, de ejemplos —hechos sucedidos, pero elaborados literariamente— que solamente se insertan para ilustrar una verdad de orden religioso. No es que se restrinja la inspiración o la inerrancia o sólo el elemento religioso. Todo está inspirado e inmune de todo error. Pero no hay que buscar ninguna verdad histórica, porque Dios no la intentó.
     Tiene de bueno esta teoría exegética que, salvando el dogma de la total inspiración e inerrancia, considera a la Biblia como un libro en la mente de Dios eminentemente religioso por la finalidad del contenido. Pero olvida que muchos hechos históricos narrados en ella no son simple ropaje del elemento religioso, sino parte constitutiva esencial del mismo. Tal, por ejemplo, la preparación histórica de la venida del Mesías; la vida, pasión y muerte redentora de Cristo, etc.
     Resumiendo: el principio es ciertamente recto, como dice Benedicto XV, aunque habrá que restringir su aplicación a los casos previstos por la Comisión Bíblica, que tal vez serán más de los que a primera vista pudiera parecer, si bien no tantos como los primeros defensores de la teoría creyeron encontrar. Los argumentos sólidos exigidos por la Comisión y por el sentido común hay que buscarlos por camino distinto del que ellos emplearon. No es suficiente argumento la arbitraria distinción entre elemento primario y secundario de la Biblia.

3° Historia según las apariencias
     Tratando de la inerrancia en las descripciones de fenómenos naturales, hemos oído a León XIII decir que los hagiógrafos se acomodaron a la manera común de hablar en su tiempo conforme a las apariencias sensibles.
     El mismo principio —pensaron algunos— es aplicable a las narraciones históricas. El autor no intenta referir los hechos tal como realmente sucedieron, sino como aparecen de las fuentes que empleó. Lo que son en los fenómenos naturales las apariencias sensibles, eso mismo son, respecto a los hechos históricos, los documentos que los refieren. Si no culpamos a los escritores sagrados por habernos referido los fenómenos físicos según las apariencias externas, sin pronunciarse sobre su íntima naturaleza, ¿por qué hemos de vituperarlos si nos narran los hechos históricos según los documentos orales o escritos en que los encontraron referidos, sin comprometer su juicio en ello?
     Los defensores de esta teoría creyeron ver un fundamento para ella en las mencionadas palabras de León XIII, quien a continuación de ellas añadía: "Esto debe extenderse a las dificultades provenientes de otras disciplinas similares, principalmente de la historia". Y les pareció verla confirmada en algunas expresiones de San Jerónimo y San Agustín. En los años siguientes a 1894, la frase de León XIII dio lugar a múltiples discusiones. Ya el P. Brucker, que en su artículo de Etudes (t.62 p.619-641) se mostraba sensato, rechazaba la opinión de un seglar defensor de la encíclica que en la Gazette de France de 2 de diciembre de 1893 había ido demasiado lejos afirmando que, según León XIII, "los autores sagrados, al hablar de hechos históricos, han podido hablar como hablaron de los hechos científicos, sensibiliter, según las apariencias más bien que según las realidades verdaderas"; es decir, que los hagiógrafos habrían referido "lo que se contaba alrededor de ellos, lo que sus contemporáneos y ellos mismos tenían por verdadero, sin que esto estuviera siempre de acuerdo con la realidad objetiva". El P. Lagrange dedicó a esta asimilación entre las ciencias y la historia varias páginas de la tercera conferencia de su libro La méthode historique (p.104-109), aunque salvando la inerrancia del autor sagrado, el cual, según él, no se habría pronunciado sobre la realidad histórica.
     El fallo de este principio proviene de haber pasado por alto la profunda diferencia que existe entre la descripción de fenómenos físicos y la narración histórica. En el primer caso, la manera vulgar de hablar se basa en lo que externamente aparece a los sentidos y no pretende afirmar más que eso; en la intención del que habla y en la mente del que escucha, responde a la expresión una verdad: la realidad experimental de la apariencia externa. La historia, por el contrario, pretende narrar las cosas no como aparecen en las fuentes, sino como sucedieron realmente. Esa intención anima siempre aun al hombre vulgar en la manera corriente de relatar un hecho. Sólo en el caso de que explícita o implícitamente el autor declare que su propósito no es escribir historia, sino sólo referir lo que ha oído o leído (relata referre), puede el lector contentarse con la simple relación de testimonios o fuentes. ¿Sucede así alguna vez? La posibilidad no se puede negar; el hecho debe probarse.
     Las palabras de León XIII que servían de fundamento a los defensores de esta teoría, han sido auténticamente interpretadas por Benedicto XV, según el cual se referían, no a la frase citada anteriormente, sino a todo el contexto anterior. León XIII quiso decir con ellas, como ya en 1919 insinuaba el P. Lagrange (Revue Biblique, 28 (1919) 593-600), que de igual modo se ha de proceder prudentemente en buscar soluciones apropiadas a las dificultades procedentes de las disciplinas similares, y en concreto de la historia; o que igualmente se debe proceder con reserva al aceptar las conclusiones que se dicen ciertas de las ciencias profanas (lo mismo históricas que naturales).
     Cf Asensio, Félix, S. I., Los principios establecidos en la encíclica "Providentissimus Deus» acerca de la descripción de los fenómenos naturales ¿autorizan su extensión al relato de los hechos históricos según la doctrina de León XIII y Benedicto XV?: Estudios Bíblicos, ,s (1946) 245-270.
     Igualmente carece de base sólida la confirmación que se pretende encontrar en las expresiones de San Jerónimo y de San Agustín. San Jerónimo solamente dice que Jeremías 28,15-17, al dar el nombre de profeta a Ananías, y los evangelistas, al llamar a San José padre de Jesús, hablaron "no según lo que era, sino conforme a lo que en aquel tiempo se creía" "según la opinión de aquel tiempo en que se refiere haber sucedido, y no conforme a la verdadera realidad", "de tal manera que hasta los evangelistas, refiriendo la opinión del vulgo, como exige realmente la historia, le llamaron padre del Salvador".

4.° Citas implícitas
     Acabamos de conceder la posibilidad de que, en algún caso, el historiador o el hombre vulgar, al referir un hecho, confiese explícitamente que sólo intenta contar lo que le han dicho a él o él lo ha leído en otros documentos que lo refieren. Claro está que en ese caso no se hace responsable de la versión que ofrece de los hechos, y, aunque ésta sea falsa, con tal que él haya referido fielmente los testimonios, nadie le culpará de error o engaño.
     Pocas veces sucederá esto en las narraciones bíblicas; y si en algún caso se diera, no habría posible conflicto con la inerrancia.
     Pero ¿no podríamos decir —han sugerido algunos— que muchas veces el autor sagrado hace implícitamente esa confesión al transcribir documentos que acaso no menciona expresamente, pero que inserta en su obra sin intención de hacerlos suyos? No nos lo dice, pero en rigor está sencillamente refiriendo lo que sobre ese hecho ha llegado hasta él, sin pronunciarse ni en favor ni en contra de lo que dicen los testimonios aducidos.
     Mientras los conceptos de inspiración y de revelación no se distinguieron netamente en la Escritura, y cuando no se conocían todavía documentos anteriores a la Biblia y paralelos con ella, la cuestión de las fuentes empleadas por los hagiógrafos, sin ser absolutamente desconocida, no se planteó nunca en serio. Pero estos dos adelantos inclinaron a admitir la presencia de fuentes escritas u orales en pasajes de la Biblia donde no aparecen referencias explícitas. Y, admitido el hecho de las citas implícitas, se planteó la hipótesis de su introducción en la Biblia sin aprobación de su contenido por parte del hagiógrafo. El patrono principal de esta idea, alumbrada ya por el P. Lagrange, fue el P. Fernando Prat, S. I., que la defendió en varios artículos de Etudes a partir de 1901 y especialmente en su obra La Bible et l'Histoire (París 1904) p.46ss.
     La hipótesis es absolutamente posible. Pero no basta esa posibilidad para afirmar que realmente se dé. Y probado que se diera en algún caso, sería aventurado extenderlo ligeramente a otros. El P. Prat da por cierto el hecho, en general, de la existencia de las citas implícitas. Y considera verosímil que el autor no las apruebe, ya que, según él, no hay historia en la que el escritor se muestre menos juez que en la historia bíblica; a menudo se refieren dichos y hechos malísimos, sin que el autor deje traslucir una palabra de condenación moral. Y si en las cosas morales —continúa Prat— el silencio del autor no puede interpretarse como aprobación, mucho menos en las cosas puramente históricas, dado que la Escritura tiene más de código moral que de manual de historia.
     La Pontificia Comisión Bíblica, preguntada sobre el valor de este principio, exige que se prueben con sólidos argumentos estas dos cosas: 1) que el hagiógrafo realmente cita dichos o documentos de otro, y 2) que ni los aprueba ni los hace suyos. Si se cumplen estos dos requisitos, estamos en el caso anterior: el hagiógrafo no se hace responsable de lo que refiere con testimonios de otros, y desaparece por esta parte toda dificultad contra la inerrancia.
     Lo difícil será probar esos dos extremos. Y así, de hecho, prácticamente, el principio tendrá aplicación segura en pocos casos. La dificultad radica en que, de ley ordinaria, el que narra un hecho, aunque lo haga refiriendo testimonios de otros, intenta decirnos lo que él cree, a menos que expresamente afirme lo contrario. Tal es hoy día la mentalidad de todo historiador y aun la del hombre de la calle en el lenguaje corriente. Mucho más si, aun empleando testimonios extraños, ni siquiera los cita expresamente como dichos por otro. ¿Tendrían acaso en esto los antiguos distinta mentalidad? ¿Concebían quizá la historia de diversa manera que nosotros hoy?
     A esto responde afirmativamente la quinta solución presentada por muchos autores católicos para resolver las aparentes antinomias entre la historia profana y la Biblia.

LOS GÉNEROS LITERARIOS DE LA ANTIGÜEDAD
     Todos admiten fácilmente que a cada género literario distinto corresponde una distinta manera de proponer la verdad.
     En todas las literaturas existen los tres grandes tipos de géneros literarios: didáctico, parenético y poético, que responden a las tres categorías trascendentales de verdad, bondad y belleza. Todo el que escribe intenta enseñar una verdad, inculcar un bien o expresar algo bello. Las preceptivas clásicas introducen después innumerables subdivisiones. Lo que especifica el género literario de un libro es principalmente la intención del autor, y secundariamente la forma literaria que escoge. Atendiendo sólo a esta última podríamos equivocarnos. Apariencia histórica tiene una novela, y, sin embargo, en la mente del autor no es una historia. Apariencia histórica tiene una fábula, una parábola, un diálogo, y en la mente de su autor no son historia. Este era el fundamento de los autores católicos que sospecharon la existencia en la Biblia de narraciones sólo en apariencia históricas.
     Absolutamente hablando, en la Escritura caben todos los géneros literarios "con los cuales pueda compaginarse la íntegra y perfecta verdad de la palabra divina". Existen variadísimos géneros poéticos y didácticos, y bajo la apariencia de historia, fábulas, alegorías, parábolas, etc.
     Los autores que introdujeron este quinto principio —Lagrange, Prat y, sobre todo, Hummelauer (Exegetisches zur Inspirationfrage), que lo redujo a sistema—, aun reconociendo en el autor humano cierta intención de escribir historia, distinguían en la Biblia varios géneros infrahistóricos o medio históricos, a los cuales asignaban distinta —mayor o menor e incluso nula— intención y, por lo tanto, verdad histórica.
     Por criterios puramente internos, observando las distintas maneras de narrar que se advierten en la Biblia, establecieron, aparte de los géneros ya conocidos como sólo en apariencia históricos (fábula, parábola, etc.), otros de carácter mixto en cuanto a la historicidad.
     Para los antiguos —dicen—, la historia, más que una ciencia, era un arte: "Próxima poetis et quodammodo carmen solutum", al decir de Quintiliano. Su finalidad era, sí, referir hechos sucedidos, pero con libertad artística en la exposición; libertad que los llevaba a fingir discursos y ponerlos en boca de personajes históricos, a emplear esquemas y recursos mnemotécnicos, números sagrados, etimologías ad sensum, etc. Por otra parte, se limitaban a transcribir las fuentes sin hacer crítica científica de las mismas. Es, por lo tanto, la historia antigua un género literario distinto de los que hoy empleamos, y su verdad propia en la mente del autor es una conformidad general con los hechos mezclada con una libertad casi épica en los detalles.
     A esto se debe añadir que la historia bíblica, aparte de ser historia antigua con todas sus peculiaridades, tiene una finalidad eminente y exclusivamente religiosa. Esto constituye, para los autores de esta teoría, un nuevo género literario: la historia religiosa, a la cual compete una libertad mayor en la selección de la materia, en la exposición de los hechos y, sobre todo, en la redacción de los discursos, ordenada por el autor más a la edificación de los lectores que a la instrucción histórica.
     Un género especial dentro de la historia antigua y de la religiosa constituyen las tradiciones populares, que, por haber sido recogidas con fin artístico o religioso de la tradición oral, revisten en torno a personajes y hechos fundamentalmente históricos un carácter legendario de epopeya por obra del estro poético popular y sin intervención refleja del escritor. Es histórico el núcleo nada más.
     Por ser obra del redactor y no simple fruto del genio popular, se distingue del anterior otro género literario que los autores de esta teoría dicen existir en la Biblia y llaman narración libre. Viene a ser lo que modernamente conocemos bajo la denominación de novela histórica. En torno a hechos o personajes reales se construye una ficción encaminada a deleitar artísticamente o a inculcar una tesis religioso-moral. Tales serían para estos autores los libros de Ruth, Tobías, Judit y Ester.
     Una forma particular de narración libre es entre los hebreos el Midrash Haggádico, que consiste en una elaboración libre y arbitraria de los hechos narrados en la Biblia. Se trata de simples cuentos morales en los que Caperucita Roja o Blancanieves son Abrahán o Rebeca, y las aventuras que les suceden son hechos completamente fingidos acaecidos a David o a Betsabé.
     Hemos enumerado sólo los principales géneros infrahistóricos o medio-históricos que los autores de esta teoría propusieron a fines del siglo pasado o principios del presente.
     Tres defectos principales se les ha echado en cara: la desmedida preocupación apologética, que los hizo atender sólo a los géneros relacionados con la historia para establecer diversos grados de historicidad; el método puramente interno que emplearon para discernirlos, y la ligereza en descubrirlos.
     Creemos, no obstante, que la reacción fue demasiado dura e injusta, con perjuicio de la luz. Hay mucho de aprovechable en sus afirmaciones. Si su campo, por la sensación de peligro entonces inminente para la historicidad, fue restringido, amplíese enhorabuena. Si los criterios puramente internos son insuficientes, habrá que ayudarse del estudio comparativo de los géneros literarios usados en el antiguo Oriente. Si en las aplicaciones fueron demasiado lejos, se impone una revisión de las mismas con mayor ponderación y prudencia. Pero el principio es bueno y útilísimo, con perspectivas mucho más amplias de lo que acaso pensaron sus mismos introductores. Hoy es el mismo Romano Pontífice quien en su encíclica Divino afflante Spiritu nos autoriza, exhorta y hasta impulsa a la utilización de este importante instrumento para la refutación de las impugnaciones racionalistas y para la más recta inteligencia del sagrado texto.
     Pero sobre esto volveremos más adelante.
DOCTRINA PONTIFICIA
TOMO I
B.A.C.