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miércoles, 28 de septiembre de 2011

SEDE VACANTE XXI

APENDICE
Por RENE CAPISTRAN GARZA

En publicación desplegada —única forma en que la libertad doméstica de expresión me permite expresarme con libertad— impugné el Decreto de Excomunión que el señor Cardenal Arzobispo don Miguel Darío Miranda y Gómez, Primado de México, dictó contra el señor Pbro. el doctor don Joaquín Sáenz Arriaga, por una serie de hechos aparentemente gravísimos que enumera, sin probarlos, el propio Decreto Cardenalicio. El desplegado en cuestión se tituló: "La Excomunión del Padre Sáenz es Antijurídica y Anticanónica"; apareció en EL UNIVERSAL, el día 17, y en "El Heraldo de México" el día 18. Llamo libertad doméstica de expresión, no a la libertad consagrada por las leyes y respetada excrupulosamente por el Poder Público, sino a la libertad condicionada y limitativa que priva intramuros de algunos periódicos oscilantes.
En dicho desplegado demostré, en forma contundente —no desmentida, ni aclarada, ni rectificada hasta ahora, ni por la Sagrada Mitra, ni por ningún comentarista de los muchos que disintieron con todo derecho de mi parecer, y transcurridas ya más de dos semanas de su aparición— dos cosas básicas: que el famoso Decreto de Excomunión, posteriormente negado, dándole la vuelta de que el propio Sáenz Arriaga se había autoexcomulgado y que en el Decreto sólo se daba al interesado noticia oficial del susodicho acontecimiento, y que el dignatario excomulgador excomulgó fundándose en un Canon derogado por el Derecho Canónico Postconciliar —aunque no hubiera sido derogado dicho Canon, como lo fue— tampoco hubiera podido excomulgar el excomulgador ni el P. Sáenz ni a nadie, porque a su vez el excomulgador sí había caído en el delito de herejía al conceder el Imprimatur al libro blasfemo "Marx y la Biblia", del P. Porfirio Miranda y de la Parra, S. J., siendo como es doctrina vigente de la Iglesia (Decretal citada de Graciano) que el excomulgado pierde, por el hecho de serlo, la potestad de excomulgar. Estas dos incuestionables cuestiones fueron el objetivo concreto —y concretamente contenido— del desplegado que publiqué libremente, gracias a la libertad de expresión imperante en el periódico donde tuve el inseguro y transitorio honor de escribir durante siete años.
Como era total e indefectiblemente imposible probar la no derogación del Canon que establecía anteriormente la pena de excomunión por publicar un católico obras calificadas de contrarias a la fe, de opuestas a la Iglesia y de impugnadoras de la conducta del Pontífice, como en el caso atribuyó por sí y ante sí el señor Cardenal a "La Nueva Iglesia Montiniana", del P. Sáenz, y como esa derogación clara y patente la apoyé en textos precisos, incontrovertibles e irrecusables del Código Vigente, no ha quedado a los defensores de la actuación cardenalicia otro camino que el inaudito y casi inconcebible de negar, en una o en otra forma, lo antijurídico y anticanónico de la postura del eminente prelado para eludir lo arbitrario e ilegal de la excomunión, aunque sin presentar un solo texto de la ley que la justifique, ni exculparlo a él de la intervención SUYA en el Imprimatur SUYO a "Marx y la Biblia".
Pero más que escurrir el cuerpo a lo improcedente de la excomunión, que de suyo es cosa de máxima gravedad, resulta penosamente notorio el denodado empeño de sus puntales en la curia para negar —pasando sobre toda lógica, sobre el sentido común, sobre el Derecho y sobre la verdad— que del Imprimatur del señor Cardenal a "Marx y la Biblia" no tiene la menor culpa ni la menor responsabilidad el señor Cardenal. Evidentemente que si del Imprimatur del señor Cardenal a "Marx y la Biblia" no es responsable ni de lejos el señor Cardenal, el señor Cardenal no ha incurrido en herejía alguna y conserva incólume la potestad —que usa tan a gusto— de excomulgar a malvados heresiarcas como el marginado Sáenz Arriaga.
De entre todo el fárrago de anhelosas y acezantes defensas que se han publicado en los periódicos de ambas cosas ilícitas —aplicar una ley inexistente para excomulgar a Sáenz Arriaga, y negar un imprimatur existente que aparece impreso y firmado en cada ejemplar de "Marx y la Biblia", para exculpar y rehabilitar al señor Cardenal devolviéndole la potestad excomulgadora, sobresalen dos documentos de excepcional importancia por la inconsistencia, vacuidad y raquitismo de su argumentación y por la calidad también excepcional que por su vasta cultura y personal categoría debe suponerse en sus ilustrados autores: "Sobre una Excomunión", por el P. Antonio Brambila, publicado en "El Sol de México" del 22 de enero, y la Declaración del Provincial de la Compañía de Jesús, sobre el libro "Marx y la Biblia", que apareció en varios diarios del día 26 del propio mes.
El P. Brambila empieza por darnos una conmocionante sorpresa. En tanto que muchedumbre de comentaristas —entre ellos el inefable Moyita, de EL UNIVERSAL— han venido sosteniendo a marchamartillo y a rajatabla, que es inexacto, falso y mentiroso, que el señor Cardenal Arzobispo haya excomulgado al P. Sáenz Arriaga —sino que fue el propio P. Sáenz Arriaga quien al escribir su nefando libróse autoexcomulgó, colocándose, claro, por sí mismo y voluntariamente, fuera de la Iglesia, tanto por el contenido de la obra cuanto por haberla publicado sin el debido Imprimatur— el estimable y reconocidamente veraz P. Brambila empieza su artículo diciendo: "La excomunión del P. Joaquín Sáenz Arriaga, publicada en un Decreto del señor Arzobispo de México fechada el 18 del pasado diciembre, ha provocado, como era de prever, un cierto revuelo..."
¡Ah! ¿Pero entonces hubo acaso un Decreto de excomunión, excomunión que nadie había declarado, contra el P. Sáenz Arriaga, publicado y firmado el 18 de diciembre por el señor Arzobispo de México? Contra el desautorizado parecer de todos los que lo niegan, está el autorizado parecer del P. Brambila que lo afirma. Hubo una excomunión. Nadie la declaró. Esa excomunión se publicó en un Decreto —no en un informe— del señor Arzobispo. Cualquiera de los muchos necios que en el mundo somos, sabe que la excomunión de un sacerdote o de un seglar, sólo puede dictarla el Ordinario —el Ordinario, no se interprete mal— es el Obispo con jurisdicción sobre el excomulgado; no por este o por aquél Obispo cualquiera, por Ordinario que fuere, sino por el Obispo correspondiente. Se exceptúa en estos casos comunes, el caso extraordinario de una excomunión dictada por la Santa Sede. Claro que lo que puede el Obispo lo puede con mucha mayor suma de razón, el Papa.
Pero el P. don Antonio Brambila, además de ser veraz, no es tonto; no es ignorante. Muy por el contrario, es inteligente y es ilustrado. Y para no caer en sus propias redes afirma que el señor Arzobispo NO EXCOMULGO a Sáenz Arriaga, sino que "simplemente lo declaró excomulgado". ¿Por qué? Es muy diferente que un Obispo excomulgue a alguien, a que un Obispo "declare excomulgado" a alguien a quien no se sabe quién excomulgó. De ahí la brillante tesis de que Sáenz Arriaga no fue excomulgado, ni mucho menos, por el señor Arzobispo, sino que tormpemente se autoexcomulgó a sí mismo y por sí mismo, debido a sus nefandos errores, entre ellos el principal, señalar al Papa como responsable de que varios obispos y cardenales esparcidos por todo el Orbe y aún él mismo, acaudillen la desviación de la doctrina, tanto en lo religioso consintiendo confusiones dogmáticas, como en lo político, social y cívico, dirigiendo la proa de la Barca de San Pedro hacia el "casi" victorioso marxismo-leninismo. El señor Arzobispo no excomulgó a Sáenz Arriaga; el señor Arzobispo solamente declaró que Sáenz Arriaga había incurrido en excomunión y él, el Prelado, se limita simplemente a hacerlo constar. Como lo haría un notario con Mitra. Es, dice el P. Brambila para que lo entiendan mejor sus lectores, una pena "a iure" —establecida por el Derecho mismo— y no una pena "Ab homine", que no la impone el Derecho, sino el hombre, es decir, el Obispo. El no sabe nada; él acaba de llegar. Allá Sáenz Arriaga que "a iure" incurrió en su propia excomunión. Pero, ¿quién califica que Sáenz Arriaga incurrió "a iure" en su propia excomunión de la que el Arzobispo sólo dio fe para que la gente buena se enterease y no osara ponerlo en duda? Pues califica el mismo señor Arzobispo —que dio el Imprimatur a "Marx y la Biblia" sin leer la obra blasfema y herética del P. Porfirio Miranda, S. J. Esta atrocidad de autorizar sin leer, no la afirmo yo. La afirma el R. P. Provincial de la Compañía de Jesús, Enrique Gutiérrez, S. J., que textualmente dice ("Novedades", 26 de enero, pág. 12): "Con toda sinceridad sentimos que la censura eclesiástica dada por Buena Prensa al libro del P. Porfirio Miranda, haya provocado desorientación entre algunos lectores, e indignos ataques al Excelentísimo Cardenal Miguel Darío Miranda, QUIEN CIERTAMENTE NO LEYO DICHO LIBRO ANTES DE SU APARICION AL PUBLICO, COMO NI TAMPOCO LOS CENSORES ORDINARIOS DE LA SAGRADA MITRA". Esto, nada menos que esto, lo dice el Padre Provincial de la Compañía de Jesús. ¿Qué había pasado, pues? ¿Por qué un libro que no había leído el señor Cardenal aparece con el Imprimatur del señor Cardenal? Nos lo va a explicar, afortunadamente, el solícito señor presbítero Brambila que está, como el señor Provincial de la Compañía, tan indignado por los indignos ataques de que está siendo objeto Su Eminencia.
El libro del P. Porfirio Miranda, S. J. "Marx y la Biblia" circula con el Imprimatur del señor Cardenal Arzobispo, desde hace más de medio año. ¡Hace más de medio año, pues, que el Imprimatur cardenalicio a un libro herético y blasfemo, sirve de pasaporte, causando escándalo en los fieles, en el supuesto remoto de que todavía los fieles sean capaces de escandalizarse por algo!
¡Ah! ¿Pero ustedes creen que el Imprimatur del señor Cardenal lo puso el señor Cardenal? Pues están sus mercedes completa y totalmente equivocados. El, ciertamente, no había leído el libro, según nos lo informa el Padre Provincial; pero "otros" pusieron el Imprimatur. ¿Y quiénes fueron los temerarios? ¿Quiénes fueron esos otros que pusieron el Imprimatur? Ni tampoco lo pusieron, agrega amablemente el P. Brambila, "ninguna de las autoridades secundarias que en ausencia del Prelado tienen capacidad de darlo". El Vicario General de la Arquidiócesis "se enteró con algún retraso de la salida del libro; de que ostentaba el Imprimatura y de que estaba lleno de graves errores. Y acaso por el retardo y porque el señor Cardenal estaba ausente, no se apresuró a hacer una rectificación". Acaso habrá sido por eso. Era preferible el escándalo inevitable. Pero —agrega Brambila— "regresado el Cardenal, seguramente por el cúmulo de atenciones diversas y por haber pasado un poco la actualidad del asunto, tampoco le pareció prudente volverlo a suscitar". Entretanto, el libro seguía circulando con el airoso Imprimatur. Era preferible que con el Imprimatur del señor Cardenal circularan la blasfemia y la herejía de que el marxismo es la auténtica expresión del cristianismo, a que el señor Cardenal se recargara demasiado de trabajo y "actualizara" errores que ya hacía como medio año circulaban con su aval. Tenemos, pues, que el tiempo, en primer lugar, y las ocupaciones, en segundo, hacen lícito dejar correr la barbaridad de que la herejía se halla dentro del dogma católico, que es a lo que equivale el Imprimatur en una obra.
¿Pero si ni el señor Cardenal, ni las autoridades secundarias que en ausencia suya podían haberlo hecho, pusieron el Imprimatur, quién fue, entonces, el fantasma que lo puso? Porque el P. Brambila declara enfáticamente en el artículo citado: "Me consta que el señor Arzobispo NO concedió dicho Imprimatur". Menos mal que después nos aclara que le consta también que sí lo concedió. Dice Brambila: "Lo que pasó con ese Imprimatur se llama en castellano franco, simplemente abuso". Y aquí la sensacional revelación: "los padres jesuítas que trabajan en la Editorial Buena Prensa, han gozado de tiempo atrás de una autorización para censurar ellos mismos la publicaciones que editan... es asunto de confianza, y hasta aquí los jesuítas se la habían merecido justamente... pero —agrega Brambila— la aprobación del Arzobispo de México no fue ni pedida, ni dada. Y NO FUE LA EDITORIAL BUENA PRENSA la que editó el libro... simplemente se cometió el abuso de poner el Imprimatur diciéndole al impresor que lo pusiera. Lo cierto es que el Arzobispo de México no aprueba de manera alguna el pernicioso libro del marxista Miranda". Hasta aquí el P. Brambila. ¿Pero no es lícito, natural y casi obligatorio preguntar por qué, después de medio año de circular "el pernicioso libro", y de que muchos comentamos con asombro el pequeño abuso del Imprimatur cardenalicio cometido por los jesuítas, el señor Cardenal guardó absoluto silencio dejando correr la herejía, como doctrina conforme en todo a la ortodoxia cristiana, para no "actualizar" una cuestión que ya, en seis meses, se caía de puro vieja?
Resulta, por tanto, de lo dicho, redicho, afirmado, reafirmado y confirmado por el P. Brambila —"El Sol de México", 22 de enero, pág. 4— que la aprobación del Arzobispo de México para "Marx y la Biblia", no fue pedida ni fue dada; que fue un abuso de los reverendos padres jesuítas poner el Imprimatur al pernicioso libro y que "no fue la EDITORIAL BUENA PRENSA la que lo editó".
Debo ilustrar al lector acerca del hecho de que la Editorial Buena Prensa es propiedad de los reverendos padres jesuítas, que según el P. Brambila cometieron el abuso de poner, sin permiso, el Imprimatur del Cardenal al pernicioso libro. Y al P. Brambila le "parece injusto y dañoso que se acuse al Prelado de complacencia con un hereje de izquierda, mientras declara excomulgado a otro hereje que es de derecha". Al mismo nivel el hereje Miranda y el "hereje" Sáenz. Pero para el uno el Decreto declarando que estaba excomulgado y para el otro el Imprimatur, pequeño abuso no rectificado por falta de tiempo y elegante desdén a la "actualización" de un hecho con medio año de antigüedad.
Pero no nos extendamos demasiado e innecesariamente en poner las cosas en su sitio en relación con lo dicho por el buen P. Brambila, que al fin y al cabo defiende lo suyo y a los suyos. Eso si, con mucha cortesía, gran caridad y ejemplar sensatez, como cuando dice que Sáenz Arriaga hace una afirmación "soberanamente tonta" y agrega que el propio P. Sáenz dice —lo que no es cierto— que "la verdadera Iglesia está formada por él y un pequeño grupo de energúmenos", entre los cuales energúmenos se encuentra este energúmeno servidor de ustedes que "firma al calce", como decía un diputado de los de antes, y otras expresiones así de caritativas y evangélicas cuando las emplea él, pero insufriblemente ofensivas cuando las usamos los pobres. Ahora voy a ocuparme —mejor dicho a desocuparme— de algunas fantásticas cosas que dice en su declaración ("novedades", 26 de enero, pág. 12) el Rvdo. P. Enrique Gutiérrez, S. J., Provincial de la Compañía de Jesús en México, en relación con lo afirmado por el cuidadoso P. Brambila.
Este nos informó ya que la Compañía de Jesús —Buena Prensa, o sean los jesuítas— ha gozado de tiempo atrás una autorización para censurar ellos mismos las publicaciones que editan... y que en este caso ABUSARON de esa confianza, porque ni solicitaron ni obtuvieron el Imprimatur cardenalicio con que circula gloriosamente "Marx y la Biblia".
Había fallecido el anterior Primado, Mons. Luís María Martínez y —dice el P. Provincial en el periódico y fecha indicados ("Novedades", 26 de enero)"en 1962 se pidió al señor Arzobispo Miguel Darío Miranda, la renovación de esa facultad. Existen numerosos datos PARA PENSAR que fue otorgada. Desde esa fecha hasta el presente. Buena Prensa ha extendido la censura eclesiástica a nombre del señor Arzobispo, a más de cíen libros entre otros, en 1965, a uno del mismo P. Porfirio Miranda, S. J.: "Hambre y Sed de Justicia", sin que nunca haya habido alguna aclaración en contrarío por parte de la Sagrada Mitra de México".
Como se advierte sin mayor esfuerzo intelectual "existen numerosos datos PARA PENSAR QUE FUE OTORGADA". Pero sólo para pensarlo, no para asegurarlo ni para probarlo, lo que significa que no hay CERTEZA, seguridad documental de que haya sido otorgada nuevamente la dicha facultad. Eso, no obstante, continúa el P. Provincial: "En esta CERTEZA —¿cuál certeza si sólo había numerosos datos para presumir que se la habían otorgado? — Buena Prensa recibió para dar la censura eclesiástica de la Arquidiócesis, el libro "Marx y la Biblia", que ya tenía la aprobación de la Compañía de Jesús". Esto es una declaración, yo diría una confesión formal, clara, ineludible e innegable de que la Editorial Buena Prensa publicó "Marx y la Biblia", desmintiendo categóricamente la afirmación categórica del P. Brambila: "y no fue la Editorial Buena Prensa la que editó el libro..." ("El Sol de México", 22 de enero, pág. cuatro).
Brambila: "No fue la Editorial Buena Prensa la que publicó el libro". El Provincial de la Compañía: "En esta certeza Buena Prensa recibió para dar la censura eclesiástica de la Arquidiócesis el libro "Marx y la Biblia", que ya tenía la aprobación de la Compañía de Jesús... Buena prensa concedió la censura basada en que los censores de la Orden eran competentes para descubrir una falla contra la fe..."
¿En qué quedamos, veraz y sereno padre Brambila? ¿En qué quedamos prudente y sabio Provincial de la Compañía de Jesús? Pues quedamos en dos cosas; a ver quién ata esa mosca por la cola; en que "Marx y la Biblia" no fue editado por Buena Prensa, de los Padres Jesuítas; y en que "Marx y la Biblia" sí fue editado por Buena Prensa de los Padres Jesuítas.
El recurso es altamente filosófico, teológico, cristiano y evangélico, y hasta un poco folclórico, para justificar que "Marx y la Biblia" circule por doble partida con bandera ortodoxa, en tanto que a Sáenz Arriaga, hereje, cismático, energúmeno y rebelde, se le "declaró" excomulgado —no se le excomulgó— por dar la batalla en pro de la Iglesia de siempre contra la Nueva Iglesia acaudillada por Paulo VI y sus Obispos y Cardenales, tipo Méndez Arceo, de Cuernavaca; Helder Cámara, de Recife y Olinda; Suenens, de Bélgica; Alfrink, de Holanda; Willdebrandt, de Alemania; Tarancón, de España, y tantos y tantos Obispos y Cardenales más, a quienes no hicimos cardenales u obispos ni un servidor de ustedes ni los amables lectores. Ni tampoco los sostenemos nosotros en tan altas dignidades así estén demoliendo la Iglesia y demoliendo al Papado, en medio de la honda preocupación que abruma y desgarra a Paulo VI, que nombró a unos y sostiene a todos.
El estimable y decidido adalid pacífico y cordial, comprensivo y condescendiente en todo pleito con todos los que pleitean —porque éste, dígase lo que se diga, es un pleito de mucha altura pero es un pleito al que nos ha conducido el progresismo— señor presbítero Brambila, publicó en "El Sol de México" el viernes 28 de enero otra amable y serena paliza que propina a los reverendos padres jesuítas en la respetable persona de su Provincial en México.
De ese artículo se desprende directamente que en tratándose de cuestiones clericales es aceptable que el poderdante desconozca actos de su apoderado cometidos por éste seis o siete meses antes. No otra cosa ha sido el desconocimiento que del Imprimatur cardenalicio a "Marx y la Biblia" hace —no el señor Cardenal— sino el P. Brambila. ¡Cuidado, P. Brambila, que en este mundo de componendas, transacciones, y valores entendidos, usted está actuando como apoderado y el señor Cardenal como poderdante! Un día de estos resulta —o puede resultar— que el señor Cardenal ignorara lo que está usted haciendo y refrende su confianza a los reverendos padres de la Compañía, tan poco merecedores de ella, según usted, y yo, y muchas personas más.
Porque todas sus explicaciones son muy convincentes, pero la espera de más de medio año para declarar que siempre no está la herejía dentro de la ortodoxia, como que no acabo yo de entenderlo bien, ni usted de explícarlo ni bien ni mal.
En esta especie de recopilación de necedades en que se atrincheran quienes tienen ojos y no ven y tienen oídos y no oyen, quiero señalar el novísimo truco de quienes ponen sus más nobles empeños en desconcertar a esta sociedad al garete, y desconcertarla nada menos que en el nombre de Dios. Los dinamiteros de las bases cristianas de una humanidad en plena crisis han encontrado una posición teórica, aparentemente respetable y equilibrada; una posición de altura, inmune a los corpúsculos infectados de una cultura en decadencia. Es la posición suicida del término medio. Es la posición que estructuran la falsa tesis de los "dos" extremismos: ni progresistas, ni tradicionalistas. ¡Qué buenas personas!
Esta aparente moderación no es más que un vistoso disfraz de sensatez, que encubre la más peligrosa de las insensateces. Son los progresistas conscientes del repudio que empieza a serles universal, los que en un esfuerzo para eludir sus responsabilidades, simulan considerar al progresismo y al tradicionalismo como "dos" extremos iguales de signo contrario. Hay que estar, dicen, contra todos los extremismos. Expresión que suena agradablemente y parece constructiva. Sólo que no existe esa falsa equivalencia en este caso. El progresismo sí es una forma de extremismo. El tradicionalismo, que en rigor debiera llamarse ortodoxia del orden y del pensamiento, tanto en lo religioso como en lo político y lo social, lejos de significar extremismo significa sentido de equilibrio, de responsabilidad, de desarrollo espiritual y físico dentro de un sistema humano homogéneo, compacto y congruente.
Hablar de que progresismo y tradicionalismo representan una posición mental extremista de signos opuestos, equivale a declararlos a ambos igualmente fatales e igualmente destructores. Los dos son, dentro de ese moderno sofisma, igualmente funestos y estériles. Esto apenas es una maniobra primaria para combatir la supervivencia social desde otra forma diferente pero falsa de supervivencia social. Huir de esos "dos" extremismos, es caer a plomo en el único de los dos que es verdaderamente extremista: el progresismo.
En lo social, en lo político, y sobre todo en lo religioso, el progresismo, el extremismo, es la libertad irresponsable, de la destrucción sistemática, la desmoralización ilimitada fuera y dentro de la familia y de la patria. La claudicación de la civilización y la falsificación de la cultura. Es lo que engendra los Tlatelolcos, los Diez de Junios y los Pol¡foros epatantes. Lo que ahora llaman maliciosa y despectivamente tradicionalismo es en lo político y en lo social la reacción salvadora contra toda forma infrahumana de vida, contra toda forma de regresión a la barbarie, la que propugna el desenvolvimiento fecundamente normal de la normalidad en la especia y en el espíritu. Y en lo dogmático y religioso es la fidelidad —no la petrificación— del pasado viviente; la adhesión a un conjunto de verdades trascendentes e indiscutibles que constituyen, en síntesis, la Verdad; Verdad inherente a la naturaleza sobrenatural y eterna del destino humano. Es la ortodoxia y la verticalidad en la Verdad inamovible, inconmovible e irreversible sin la cual retrogradaríamos a un nuevo primitivismo despótico y salvaje: el comunismo materialista y ateo. El hombre escogerá su camino: Hombre o Bestia. Cuando no, y eso sería lo más trágico, el Hombre Bestia, que es la meta feérica de la falsa supercivilización deshumanizada a donde nos lanza como en un torbellino la docta falsificación de la fe y la temeraria creación de un Dios homocéntrico. No podemos admitir y no admitimos la trampa seudosociológica de los "dos" extremos reprobables. Nunca cabe nivelación posible entre el bien y el mal, entre la sombra y la luz. Hay un solo extremismo legítimo en la vida: el extremismo de la Verdad, el extremismo del Orden, el extremismo de la Justicia. Cualquiera otro extremismo es un fraude y una acechanza de la fiera agazapada en cada ser humano. Y sólo Dios es el domador de esa temible fiera. Por eso, atentar contra la justicia inmanente, falsificar los hechos, burlarse de la honradez, equiparar progresismo con autenticidad, es un crimen al que es preciso enfrentar toda la energía del hombre como un muro invulnerable a la falacia, a la mentira y al fraude. Aunque la falacia, la mentira y el fraude recubran sus llagas purulentas con las vestiduras sagradas de una fe de utilería, que no por ser de utilería, o precisamente por ser de utilería, es una fe satánica.
Pero dejando aparte —con indulgencia parecida a la que caracteriza al P. Brambila en sus batallas periodísticas— la mayor o menor responsabilidad de los jesuítas en estas trapisondas que al alimón han expuesto el P. Brambila y el P. Provincial, queda en pie, más sólido y más firme que las pirámides de Egipto, este hecho incontrovertible: que en el año 1962 los jesuítas editaron con el Imprimatur de la Sagrada Mitra más de cien libros sin que el Ordinario, es decir, el Obispo, se tomara el trabajo de leerlos. De entonces acá, agrega el Provincial, han sido muchísimas las obras editadas en las mismas circunstancias, con Imprimatur de quien las ignoraba. ¡Cuántas cosas más, cuántos errores, cuántas herejías andarán por ahí avaladas y amparadas ante la conciencia de los fieles, por una autoridad moral, la autoridad del Pastor custodio de la Fe, sin que éste tenga ni la más remota idea del daño y el estrago que en las almas de los católicos estén produciéndose! ¡Y aún así le parece al P. Brambila "injusto y dañoso" que se acuse al Prelado de complacencia con un hereje de izquierda, mientras declara excomulgado a un hereje que es de derecha! ¡Tanta filosofía para tan poca lógica!.
Y en última instancia ¿por qué no explica estos enigmas el propio Cardenal en vez de delegar su defensa en apoderados expuestos a que los desapoderen? No puedo creer que los ratones hayan cometido la irreverencia de comerle la lengua al dignatario.
Si bien el P. Brambila con sus argumentos se siente satisfecho y cree haber librado de toda mácula al señor Cardenal, la triste realidad es bien distinta, porque suponiendo como supusieron él y el Provincial de los Jesuítas que era válida la supuesta autorización del Cardenal Miranda para estampar su firma en los libros de la Compañía, y al no haber protestado éste después de más de 100 veces en que le jugaron rudo, lógico es y nadie lo puede dudar que la responsabilidad total la tiene Su Eminencia don Miguel Darío Miranda y Gómez al permitir el uso de su firma en las publicaciones jesuítas aunque no se haya enterado de su contenido.
Más aún, es su Eminencia responsable absoluto de la publicación y difusión de las herejías de otro Miranda por no haber condenado e impedido a tiempo la circulación de "Marx y la Biblia". Luego incurrió en herejía. Luego no puede excomulgar.

sábado, 17 de septiembre de 2011

SEDE VACANTE XX


CAPITULO XIV
EL M.R. PEDRO ARRUPE, PREPOSITO GENERAL DE LA COMPAÑIA VISITA A MEXICO PARA INTENSIFICAR LA REVOLUCION LATINOAMERICANA

Estábamos escribiendo estas páginas, cuando tuvimos por la prensa la sensacional noticia de que una vez más había venido a México el M.R. Pedro Arrupe, S. J., con la aureola, esta vez, de la suprema autoridad del Instituto Ignaciano, y acompañado por su equipo mayor del P. Asistente, de los PP. Provinciales, de los escritores y demás incondicionales, que activamente secundan a Su Paternidad, que apostólica y pastoralmente trata de remediar entuertos y errores cometidos, a partir de su fundador y de su fundación, por los ínclitos soldados de Ignacio de Loyola.
Esta visita, para cualquiera que conozca a los jesuítas o que se ponga, al menos a reflexionar sobre viaje tan poco usual y sobre los anuncios que le precedieron, la ostentosa publicidad que se le ha dado, las declaraciones oficiales que, en el aeropuerto primero y en una aula del Centro de Investigación y Acción Social, fueron después hechas a los representantes de la prensa, tiene forzosamente que originar numerosas y trascendentales preguntas, cuya respuesta práctica necesariamente ha de afectar no sólo al porvenir y la paz social del país, sino las estructuras todas de nuestros pueblos latinoamericanos.
¿A qué vino a México el Prepósito General de los Jesuítas? ¿Se trata, por ventura, de atender a la reforma urgente que la Compañía está exigiendo, no para arreglar los asuntos internos y externos de nuestra patria, que no le corresponde ni a él, ni a los suyos, ni a los obispos, ni a los clérigos? Supuestas las experiencias de su viaje y reunión en Río Janeiro y en Bogotá, ¿qué repercusiones tendrá esta venida no sólo en nuestro país, sino en toda la América Latina? ¿Hay sinceridad en sus declaraciones, cuando nos habla de las equivocaciones deplorables, que, en el pasado, cometieron los R.R.PP. de la Compañía de Jesús?
El periódico "EXCELSIOR" compendia, en llamativo encabezado, la Conferencia de Prensa, dada por el P. General, en el Centro de Investigación y Acción Social, que los jesuítas tienen en esta ciudad, al expresar literalmente la médula de las extensas confidencias que el P. Arrupe tuvo con los periodistas que le rodeaban, hechos todos oídos, y grababan en cintas magnetofónicas sus palabras: "Si por revolución se entiende un cambio radical, eso queremos".
Palabras semejantes, en otros tiempos, hubieran levantado ámpulas y hubieran justificado la convocación de una extraordinaria Congregación General de los profesos de la Orden, para pedir con energía la deposición inmediata del Prepósito General, que no tan sólo atentaba contra las cosas substanciales de la Compañía, sino contra la misma ortodoxia de la Iglesia. Pero, ahora el P. Arrupe es invulnerable, protegido y respaldado, como está, por el mismo Papa, ya que no está haciendo otra cosa que cumplir las consignas medulares de Paulo VI. Por eso han sido inútiles las protestas que, en todas partes, han hecho sus hijos, los mejores de sus hijos, los pobres viejos marginados, ignorados, menospreciados, cuya misión actual, como él dijo en Colombia, es la de tender los rieles, para que corran sobre ellos, las impetuosas juventudes, hechas transformación, hechas atentado, actos terroristas; hechas negación y ataque descarado contra la misma doctrina inmutable del Magisterio de la Iglesia.
¿Cuál es la "revolución" que quieren los jesuítas? "Hay que matizar mucho esa palabra", responde el incansable P. General. "No una revolución violenta, sino la transformación de pensamiento, de estructuras, de investigación teológica; todas esas cosas que ciertamente hay que cambiar". Es natural que la astucia del P. General y de sus consejeros y directores no quiera confesar las cosas como son. De sobra sabe el P. Arrupe que en México la Constitución nos prohibe a los clérigos el tomar parte en polítíca, y que hay un artículo de nuestra, leyes, que impone la sanción de expulsar del país a los curas extranjeros, que pretendan inmiscuirse en los asuntos internos de la nación. Por eso, al matizar, evita la palabra "revolución" y prefiere usar la palabra "transformación", "cambio". Pero esto es un ardid. Esas transformaciones son políticas, no religiosas exclusivamente; si se habla de cambios en la "investigación teológica" es para justificar la "teología de la muerte de Dios y la teología de la revolución". ¿Piensa el Prepósito General que tales transformaciones son posibles por una pacífica evolución de pensamiento, de las estructuras, de la investigación teológica, de todas las cosas que ciertamente hoy hay que cambiar? Por mucho "lavado cerebral" que nos hagan, por mucho silencio que quieran imponernos, la reacción tiene que ser violenta, sangrienta, trágica, ante la imposición clerical de los jesuítas, que, en el pasado, quisieron imponer el comunismo en las famosas reducciones del Paraguay y que, instigados, piensan que, con su poderosa influencia, ya deteriorada y desprestigiada, van ahora a impulsar a nuestros gobernantes a lanzarse a una aventura gravemente comprometedora y peligrosa.
Ya lo indiqué antes; y me permito repetirlo de nuevo: el mayor error de nuestros gobernantes sería el asociarse con el clero político; sería el dejarse adormecer por el canto de sirena del P. Arrupe, de los Méndez Arceo y de todos esos improvisados caudillos, que quieren "montarse en el caballo", y que, en su pequeñez pretenden emular las gestas del Ché Guevara y de Camilo Torres. El silencio del gobierno en estos casos, su actitud pasiva, sería complicidad, sería traición a la patria. Y que no teman los jefes de Estado el incurrir en las "excomuniones", ni el dar la impresión al pueblo de que estamos bajo el rigor de una nueva persecución religiosa. El gobierno no persigue a la Iglesia, si, en el cumplimiento de sus más altos deberes, impide la subversión, protege el bien común y defiende los legítimos intereses de los particulares, garantizados por la misma Constitución, cuando, con el pretexto de pastoral, de justicia social y de autenticidad evangélica, son precisamente los clérigos y los jesuítas los que solapadamente están sembrando la desconfianza, la inconformidad, el descontento y la subversión en todo el país.
¡Cambiar la teología! La frase es increíble y atrevida. ¡Piensan estos inquietos y revolucionarios jesuítas que la ciencia portentosa de nuestros grandes teólogos, que ellos ni siquiera conocen, está ya "superada" por una nueva teología que corresponda al nuevo "pensamiento", a la nueva religión, que el Papa Montini y sus aliados quieren imponernos! El problema es, pues, religioso y político. En cuanto religioso, no nos puede ser indiferente, ya que para nosotros la religión no es un adorno, un vestido que cambiamos, según los gustos o conveniencias, sino es el sentido, la proyección de toda nuestra vida. En cuanto político, tampoco nos puede ser indiferente; va de por medio el tesoro de nuestras libertades, de nuestros derechos, de nuestra misma personalidad humana.
Y los jesuítas del P. Arrupe son, ante todo, políticos. "Y cuando digo —son palabras del P. General— que nuestro compromiso político es un compromiso político hasta el fondo, creo que lo podemos probar". Y ¿cuáles son las pruebas? "Tenemos gente expulsada del Paraguay, y tenemos gente en la cárcel en Uruguay, y tenemos gente expulsada de Bolivia, y el obispo Bambarén estuvo en la cárcel en Perú; estuvo otro en la cárcel en Brasil. En Estados Unidos también. . ." "Sería una larga lista de todo lo que tenemos que pasar y sufrir; pero, eso, ¡vamos! cuando se trata de dar la cara por la justicia y nuestro Señor, sufrir nos gusta en cierto sentido. .." El padre Arrupe y sus pobres hijos son unos héroes, unos mártires de la justicia social. No dicen el por qué de esos destierros, ni de esos encarcelamientos. No dicen las enormes convulsiones sociales, que la prédica y la acción de los jesuítas han ocasionado y empujado en esos países hermanos, en los que la entereza y decisión de sus gobernantes, pese a su innegable catolicismo, se han visto obligados a acudir a esas sanciones extremas, cuando todo otro remedio resultó estéril. ¿Quién patrocinó las guerrillas en Bolivia? ¿Quién pretendió introducirlas en el Paraguay? ¿Quién organizó, fomentó y sigue sosteniendo a los tupamaros, sino la Compañía, sus colegios, sus activos propagandistas? En Brasil, en Perú, en Centro América, han sido los jesuítas los promotores de la insurrección armada. Y aquí en México, aunque los ricos no lo crean, aunque sigan pensando que los jesuítas son el non plus ultra de la santidad, de la ciencia, del celo apostólico; son los jesuítas los que de una manera activa, pero eficaz y subversiva, están introduciendo y preparando la nueva revolución, que ha de acabar con la "REVOLUCION MEXICANA", no para mejorar las condiciones nacionales, sino para hundirnos en la esclavitud del comunismo. El viaje del P. Arrupe no busca otra finalidad.
¿Y la posición de la Compañía de Jesús?, le preguntaron al P. Arrupe los periodistas. Y su respuesta fue tajante, clara, inequívoca: "Yo diría, yo la calificaría —dijo abriendo los brazos con las manos también abiertas, el P. Arrupe— de "hasta el último radicalismo evangélico. Queremos defender la justicia y ejercer la caridad, y esto nos lleva a un compromiso serlo, que es un gran apostolado".
En el lenguaje progresista, lenguaje inspirado en el de los comunistas, ya que de ellos lo han aprendido, las palabras son polivalentes. Hay que conocer lo que una misma palabra significa en el lenguaje ordinario de la gente, según el sentido del diccionario, y el sentido deformado, que, con hipocresía, quieren darle estos nuevos redentores.
"Radicalismo evangélico": he aquí' la contradicción disimulada. No podemos asociar esas palabras: o hay Evangelio o hay radicalismo; pero nunca radicalismo evangélico, en el sentido inequívoco, que el General les da a esas palabras. Lo que quiso decir es manifiesto: "estamos dispuestos a llevar esa "revolución matizada" hasta el radicalismo evangélico; es decir, estamos dispuestos a llevar hasta sus últimas consecuencias nuestro programa revolucionario, bajo el velo evangélico. Estos nuevos Quijotes quieren defender la justicia —tal como ellos la entienden— hasta el "compromiso"; pero esto, P. Arrupe, no es un "gran apostolado", sino una gran subversión, como la de Camilo Torres, como la de Fidel Castro, como la del "Che" Guevara, como la de sus nuevos mártires, que justamente están en la cárcel o son expulsados, como enemigos peligrosos del bien común.
Cita el Prepósito General, como una prueba apodictica de los magníficos resultados de este nuevo apostolado, que vino a destruir, el que San Ignacio había instaurado, los frutos abundantes que en los diversos países, por el convencimiento y concientización de sus propios valores, se están ya recogiendo. Antes del P. Arrupe, la Compañía tenía muchas y muy florecientes misiones, en las que los verdaderos apóstoles trabajaban fielmente por la conversión de los infieles, no por la "concientización de sus propios valores", sino por la predicación del mensaje incorrupto de Cristo. El mismo P. Arrupe, se supone, fue o debió ser uno de esos apóstoles. Es cierto que la Compañía tuvo graves problemas por haber pretendido, en tiempos pasados, concientizar en su propia identidad, en los ritos chinos a los chinos y en la mentalidad guaraní a los indígenas del Paraguay. Aquello era una mezcla de los errores más inconcebibles con la verdad del Evangelio de Cristo. No pienso que el actual General pretenda ahora repetir el experimento, que tantos dolores de cabeza dio a sus predecesores, hasta originar la expulsión y la supresión de la misma Compañía de Jesús.
Ese concepto de superioridad, que el P. Arrupe, al unísono con Paulo VI, califica de colonialismo, con el que los misioneros de Europa o de América o de cualquier otra región predicaban el mensaje de Cristo, debe desaparecer, porque no hay que hacer perder su identidad a los neófitos, para que adquieran la identidad cristiana. "Las potencias europeas o americanas van a un país, dice Arrupe, a imponer sus ¡deas, porque creen que, siendo superiores, hacen un favor imponiendo su mentalidad a un país en vías de desarrollo". Estas palabras son una repetición, casi con idénticos términos expresada, de los conceptos de Juan B. Montini, en su POPULORUM PROGRESSIO. La superioridad intelectual, cultural, social, económica y política de esos pueblos desarrollados es un fenómenos inevitable, que ninguna demagogia puede eliminar; el pedir ahora que las potencias superiores, que los misioneros, no pretendan imponer su mentalidad a esos países en vías de desarrollo; es defender su retraso mental, sus prejuicios, sus supersticiones, sus vicios; es impedir, en principio, con el pretexto de defender su propia identidad, el mismo desarrollo y progreso de esos pueblos, que llegarán hasta donde sus potencialidades lo consientan, no hasta donde la demagogia lo proclame. Que lo entienda bien Su Paternidad: la igualdad es uno de los grandes mitos de la historia; que recuerde las palabras de San Pío X: "Es conforme al orden establecido por Dios que en la sociedad humana existan gobernantes y gobernados, patronos y proletarios, ricos y pobres, sabios e ignorantes, nobles y plebeyos". Y completando el pensamiento del Santo Padre, podemos añadir: "Es conforme al orden establecido por Dios que, en el mundo, existan países ricos y países pobres".
Y no cambiamos el pensamiento del P. General, quien literalmente dijo: "Ciertamente el concepto de apostolado de misiones es un concepto evangélico, pero con la mentalidad de los países desarrollados o industrializados —y no hablo de la Iglesia— hay un concepto de superioridad, que se ha calificado con el nombre de colonialismo".
"Lo peor que puede hacer hoy una persona es ir a un país subdesarrollado, o en vías de desarrollo, queriendo imponer una ideología o una mentalidad. Este hombre ya está perdido. En poco tiempo estará fuera de ese país, porque no lo aceptan, y con razón, pues cada quien tiene su idiosincrasia y derecho a desarrollar su propia ideología. Esto repercute en nuestro trabajo apostólico en el sentido de que somos hijos de nuestros hijos y sin darnos cuenta podemos llevar esta manera de pensar". Estas palabras del P. Arrupe, son un programa, detestable programa, que viene a contradecir el mismo programa evangélico. Jesucristo dijo: "Id y Predicad; id y enseñad". Y la predicación y la enseñanza, en su misma esencia, tienden necesariamente a cambiar, a enriquecer la mentalidad y los conocimientos de los discípulos. El misionero necesariamente, por razón de su misma vocación, está comprometido con Dios, no con los hombres, a difundir la buena nueva, a cambiar la mentalidad de los neófitos, a deshacer las tinieblas del error y del pecado en las que, por siglos, han vivido esas gentilidades, cuya identidad es precisamente el impedimento que hay que remover para la transformación radical y salvadora.
El Prepósito General comprende luego su error y quiere componerlo, hundiéndose más en sus propias elucubraciones: "Yo no aplicaría jamás —y que quede bien claro— que la Iglesia ha tenido nunca colonialismo. La Iglesia ha dado a veces esa impresión, por sus métodos educativos, por su modo de ayudar, por sus estudios, hasta por sus edificios..." ¡Qué contradicción más manifiesta! ¡qué desorientación fundamental en los principios! La Iglesia nunca ha tenido colonialismo, aunque la Iglesia ha dado a veces esa impresión, por sus métodos educativos... El P. Arrupe supone las misiones y niega las misiones, al suponer que es colonialismo o algo parecido al colonialismo el pretender modificar, aunque sea para cristianizar, la mentalidad de los pueblos paganos. "Un misionero que vaya a un país del Tercer Mundo tiene que ir a servir a ese país, supeditado a las autoridades de ese país, y de acuerdo con la mentalidad de ese país. Si no lo hace así, mejor que no vaya, porque se convierte en un estorbo". Con este criterio, las misiones católicas salen no digo ya sobrando, sino salen estorbando, ya que forzosamente el misionero, en su labor apostólica, tiene que mejorar y aun, en muchos casos, contradecir los moldes de una vida rudimentaria y aun antagónica a los principios mismos de la religión católica.
Si así habla el General, ¿cómo hablarán los simples soldados? Después de estos breves comentarios, que hemos hecho a los conceptos novedosos del P. Arrupe, ¿habrá todavía ingenuos que sigan creyendo en la apostólica labor de los jesuítas, en estos tiempos de transformación y de aggiornamento? ¡Compañía de Jesús! ¡Ay, Jesús, que Compañía!

TRES ACTITUDES DISTINTAS FRENTE AL NEO-MODERNISMO
San Gregorio Magno escribió una frase memorable, que, en las actuales circunstancias de herejía, de apostasía y de cisma, nos parece de una importancia capital, para esclarecer la conciencia de tantos timoratos o engañados, como hoy, consciente o inconscientemente, están colaborando, en la "SATANICA REVOLUCION", que, desde dentro, llevan a cabo esa "autodemolición" de la Iglesia fundada por Cristo: "Si, para defender la verdad —escribe el gran Pontífice— se corre el riesgo de que sobrevenga un escándalo, es preferible que venga el escándalo, antes que dejar de defender la verdad". Y el melifluo San Bernardo, en frase de idéntico sentido escribe: "El que, por obediencia, se somete al mal, está adherido a la rebelión contra Dios y no a la sumisión debida a El". Citemos unas palabras del divino Maestro, que confirman las dos frases de esos dos santos: "Porque es forzoso que vengan escándalos (dada la fragilidad y malicia de los hombres); pera, ¡ay de aquél por quien el escándalo viniere! Si tu mano o tu pie te hace tropezar, córtalo y arrójalo lejos de tí. Más te vale entrar en la vida manco o cojo, que ser, con tus dos manos o tus dos pies, echado al fuego eterno". (Mat. XVIII, 7 y ss.).
Ante la subversión actual en la Iglesia —guerra satánica, total, a muerte contra la religión— sólo son posibles tres actitudes: la de la claudicación, la de la sumisión y la de la resistencia. La primera actitud es la de aquellos, que ya perdieron la fe. Al asumir esta actitud los católicos (sean simples fieles, sean sacerdotes, sean obispos, o cardenales o sea el papa) no sólo se han pervertido, no sólo han abandonado la fe tradicional, sino que se han convertido en "activistas" incansables, en difundidores y defensores de las herejías modernistas. Conscientemente quieren la "autodemolición" de la Iglesia y a ella consagran todos sus recursos y las torcidas interpretaciones que su soberbia ha dado a la Palabra Revelada. Los "sumisos", que, por desgracia abundan, por incapacidad mental, por conveniencia o por cobardía, insisten en defender que, en el bien o en el mal, en la verdad o en el error, debemos estar con el Papa y con los obispos, de tal manera que es preferible ir al infierno por obediencia que ir al cielo por esa que ellos llaman desobediencia. A muchos de éstos o les falta cabeza o les falta ciencia o les faltan "pantalones", para decidirse a obrar, según su conciencia y el don sobrenatural de la fe que en el Santo Bautismo recibimos. La tercera actitud, la única verdaderamente católica, coherente, provechosa y necesaria para la vida eterna, es la que, ante los evidentes derrumbes en la Iglesia de Dios, ante la "autodemolición", que estamos presenciando y de la cual el mismo Paulo VI ha dado testimonio; ante el hecho innegable de que ahora hay ya dos religiones, dos "economías" del Evangelio, dos distintas "mentalidades", ellos con plena conciencia de su responsabilidad ante Dios y ante los hombres, solemnemente declaran: que entre la religión de veinte siglos, de todos los Papas y de todos los Concilios, y la religión del "aggiornamento", del "ecumenismo", la de Juan XXIII, Paulo VI y su Concilio Pastoral, están o estamos dispuestos, incluso a costa de la vida, de todas las difamaciones, calumnias y afrentas, a conservar la fe de siempre, la fe de nuestro bautismo, la de nuestra eterna salvación.
La primera actitud es, humanamente hablando, muy jugosa: protección y aprecio de los obispos, de los párrocos, de los que están en el poder; buenas entradas de dinero, libertad para hacer y decir lo que se quiera, perspectivas halagüeñas de futuras promociones, de dignidades y puestos de mando. Están haciendo su carrera para llegar a Monseñores, a cancilleres, obispos y cardenales; sobre todo ahora, cuando, para alcanzar esos puestos honoríficos, no se necesita la ortodoxia, la limpieza de costumbres, ni la ciencia suficiente en los promovidos, sino basta tan sólo una fidelidad ejemplarizada a la nueva religión. Este grupo lo forman los traidores; los apóstatas, herejes o cismáticos; los que no creen en nada, porque han perdido el don sobrenatural de la fe. Y los pecados contra la fe son pecados contra el Espíritu Santo, que difícilmente se perdonan, porque la fe, cuando se pierde no se recupera fácilmente.
La segunda actitud es lastimosa, digna de compasión. Están engañados; sospechan, sin embargo, que la cosa no va bien, pero les falta la decisión para investigar, en la verdad y sinceridad de su corazón, dónde está la VERDAD REVELADA, si en el Vaticano II, Juan XXIII y Paulo VI o en los Concilios todos anteriores y en los Papas legítimos de la Iglesia, predecesores de los dos últimos Papas. Porque hay contradicción evidente; hay dos religiones opuestas; hay la Iglesia de las catacumbas y la iglesia triunfalista de Juan B. Montini, que no es la de Cristo. La indecisión, la cobardía no excusan de pecado; ni la ignorancia, a no ser que ésta sea invencible; pero recordemos que, en los bautizados, no puede darse esa ignorancia invencible en las verdades elementales para la salvación, a no ser que se haya perdido voluntariamente el don sobrenatural de la fe, por un pecado contra la fe. Esto es lo que está pasando, trágicamente, la fe se está perdiendo sin que la gente se dé cuenta; la nueva religión se ha aceptado con una increíble docilidad, y, al aceptar la nueva religión, necesariamente se pierde de modo progresivo insensible y rápido, la fe.
Aquí también señalamos la inconmensurable gravedad de los pecados contra la fe de los obispos y de los sacerdotes, aunque sean monseñores o sean cardenales, por cuya culpa —así sea ésta tan sólo de omisión— las almas inmortales se están yendo al infierno, aunque ellos digan que no hay infierno.
No queda, pues, sino la última postura racional, libre, resulta, inconmobible: la de la resistencia. Lucharemos, sí, lucharemos, con la gracia de Dios; lucharemos hasta la muerte; lucharemos, aunque en su furia Su Eminencia o personas arriba de su eminencia quieran echar sobre nosotros otra "excomunión". Si esto es para el P. Antonio Brambila el querer yo excomulgarme; para mi conciencia sacerdotal y católica esto significa querer salvarme, querer morir en la fe de mis antepasados. Que él y los que le siguen busquen realizar el imposible de unir el no ser con el ser.

sábado, 10 de septiembre de 2011

SEDE VACANTE XIX

CAPITULO XIII
EL ECUMENISMO, MEDIO EFICAZ PARA LA AUTO DEMOLICION DE LA IGLESIA

Aunque ya en las páginas anteriores hablamos del "ecumenismo", parece, sin embargo, necesario el insistir en punto tan importante, ya que el movimiento ecuménico ha sido no tan sólo el pasaporte seguro para que los "separados" se inroduzcan libremente en la Iglesia, hagan en ella una intensa labor de proselitismo, sino, sin resistencia alguna, a título de exégesis y teología liberal, eliminen y destruyan nuestra teología y nuestra filosofía perenne.
En septiembre del año pasado (1971), la Comisión Mixta Anglicana-Católica redactó un documento, una especie de primer común acuerdo, que fue publicado el 30 de diciembre y constituye, según ellos, un suceso histórico, porque es el primer acuerdo doctrinal en el anglicanismo y el catolicismo, desde la separación entre Roma y Cantorbery. ¿Fue acaso un triunfo de Roma? ¿fue el reconocimiento de algunos errores, que habían desgajado esa, en otros tiempos, pujante rama del tronco dos veces milenario de la verdadera y única Iglesia de Jesucristo? No; nada de eso. Ni los anglicanos, ni los ortodoxos no católicos, ni ninguna de las sectas protestantes están dispuestas a buscar la "unidad", a costa del reconocimiento de sus propios errores. El dicho documento no compromete más que a los miembros de la comisión mixta; es, como dijo el arzobispo católico Dwyer, "un documento de teólogos". Es, pienso yo, el primer paso para el compromiso y la claudicación. ¿Qué más pruebas podían pedirnos los anglicanos de la sinceridad con que buscamos la unión con ellos? Hemos aceptado y seguido el mismo camino del reformador Thomas Cranmer, para la protestantización de la Iglesia: el Arzobispo de Canterbury, quien gozó de todo poder en la esfera religiosa, de 1547 a 1553.
Crammer fue sincero al declarar sus intenciones y no pretendió nunca ocultar su opinión, según la cual, el poder "de la gran prostituta, esto es, la pestífera Sede de Roma" descansa "en la doctrina papal de la "transubstanciación", de la Real Presencia de la carne y sangre de Cristo, en el sacramento del altar (como ellos lo llaman) y en el sacrificio y la oblación de Cristo, hecha por el sacerdote, para salvación de los vivos y de los muertos". Los medios principales que él usó para llevar adelante su programa destructor fueron tres: la lengua vernácula, la sustitución del altar por la Santa Mesa y los cambios hechos en el Canon de la Misa.
En sus ansias de ecuménico abrazo, Juan B. Montini había aceptado ya seguir, con la implantación de su "Novus Ordo Missae" esos tres substanciales cambios del reformador anglicano: contra lo definido y decretado en Trento, se impuso el uso de las lenguas vernáculas, aboliendo prácticamente el latín; se eliminaron o destruyeron los altares, para poner en su lugar la "mesa" y, finalmente, se adulteró substancialmente el Canon; hasta el nombre de Canon se cambió por el de "Oraciones Eucarísticas".
Parece que en Roma causó gran inquietud la enorme publicidad dada al texto de la Comisión mixta, ya que, apoyándose en ese documento, los fieles podrían pensar que ya se habían dado las condiciones necesarias para la "intercomunión entre las dos Iglesias". En realidad, para una persona bien preparada, el truco es manifiesto: ¿cómo puede haber ¡ntercomunión entre dos Iglesias distintas? No es una intercomunión la que debemos buscar, sino una conversión total de la Iglesia anglicana y de las sectas protestantes a la verdadera y única Iglesia de Jesucristo. Aquí no se trata de ritos, sino de dogmas.
La intención de los doce católicos y de los doce anglicanos, que formaban la comisión era "la búsqueda de un comprensión más profunda de esta realidad que es la Eucaristía, más conforme a la enseñanza de la Escritura y la tradición de nuestra herencia común". Por eso se evita recurrir, tanto a las fórmulas del Concilio de Trento, como a los 39 artículos, en los cuales, la Iglesia Anglicana expresó su fe, cuando se separó de Roma. ¡Actitud y táctica, en verdad incomprensible! ¿Cómo puede un católico, ni a título de estrategia, prescindir en su diálogo, de una doctrina cierta, dogmática, infalible? Esta es, a mi modo de ver, una prueba apodíctica de las desviaciones intrínsecas que en sí encierra el "movimiento ecuménico", que el Vaticano II atribuye a la acción del Espíritu Santo. Veamos ahora, como define la Comisión mixta a la Eucaristía:
"El documento de la comisión mixta define a la Eucaristía como el "memorial" de la vida, de la muerte, de la resurrección de Cristo "efectuada de una vez por todas en la historia". "Dios, dice el texto, ha dado la Eucaristía a su Iglesia como un medio, por el cual se anuncia y se hace eficaz en la Iglesia la obra redentora de Cristo en la Cruz. El término memorial, tal y como se comprendía en la celebración pascual en tiempos de Cristo —es decir, hacer efectivamente presente un suceso del pasado— ha abierto el camino a una mejor inteligencia de la relación entre el sacrificio de Cristo y la Eucaristía. Así pues, el memorial eucarístico no es el simple recordatorio de un suceso pasado o de su significado, sino la proclamación eficaz de la obra poderosa de Dios, hecha por la Iglesia". ¡Presencia de Cristo, pero presencia espiritual, no real!

En esta definición, bien analizada y comprendida, vemos que la doctrina católica de Trento "impresionantemente" se desvanece, se elimina, para dejar el lugar a la doctrina de Cranmer. La esencia de la Eucaristía, según la doctrina Católica, no es el memorial, sino el SACRIFICIO, verdadero y real sacrificio, repetición o continuación incruenta del Sacrificio de la Cruz, para aplicarnos los frutos redentores y para recordar la Pasión y muerte del Señor.
La celebración pascual, en tiempos de Cristo, era un memorial, a un mismo tiempo recordatorio de la liberación de Israel del pueblo egipcio, y representativo de la liberación que en la Cruz iba a hacer Cristo de la humanidad prevaricadora. La celebración pascual, en nuestra Iglesia, no se asimila en nada con la pascua judía. Es, como dijimos antes, la liberación no del pueblo judío, sino de toda la humanidad, por la redención de Cristo en el Calvario; y, la eucaristía, hace efectivamente presente el mismo sacrificio del Calvario, de una manera incruenta y para aplicarnos losfrutos salvíficos de esa Redención, no por una "proclamación", sino, vuelvo de nuevo a decirlo, por una repetición real y verdadera del Sacrificio de la Cruz.
La Comisión mixta creyó establecer el puente entre la doctrina católica y la doctrina de Cranmer, diciendo que la Eucaristía no es un simple recordatorio de un suceso pasado, sino la "proclamación eficaz" de la obra poderosa de Dios hecha en su Iglesia. No; la doctrina católica es totalmente opuesta a esta explicación o definición de marcado tinte protestante. En la Misa no sólo proclamamos el Sacrificio de la Cruz, ni sólo alcanzamos por esta proclamación los frutos redentores, sino se ofrece a Dios Padre un Sacrificio, a saber, el Cuerpo y la Sangre del Señor, en orden a obtener el perdón de los pecados y la salvación de vivos y muertos. "El pueblo debe saber, decía Cranmer, que Cristo no está física, realmente presente en el sacramento, sino sólo en los que dignamente lo reciben. El comer y beber la carne y la sangre de Cristo, no debe entenderse según el sentido ordinario, con la boca y los dientes, para comer una cosa que está presente, sino una fe viva, en el corazón y en la mente, para digerir algo que está ausente". El nuevo rito, que Cranmer inventó para subtanciar esta creencia, "la administración de la Santa Cena" no debía tener nada que se asemejase a la "nunca suficientemente execrada Misa". Y el que en la Misa "se ofreciese a Dios Padre un Sacrificio, a saber, el Cuerpo y la Sangre del Señor, real y verdaderamente, en orden a obtener el perdón de los pecados y la salvación de vivos y muertos" fue declarado por Cranmer como una herejía, merecedora de muerte".
Según el documento de la Comisión mixta anglicana-católica, la Eucaristía (no se acepta el nombre de Misa) es el "memorial de la vida, muerte y resurrección de Cristo; es un medio por el cual se anuncia y se hace eficaz en la vida de la Iglesia la obra redentora de Cristo en la Cruz"; pero, ¿cómo? Veamos lo que nos dice el documento: "La comunión en Cristo, en la Eucaristía, supone su presencia verdadera, eficaz y significada por el pan y el vino, que en este misterio, se tornan en su cuerpo y en su sangre. La presencia real del cuerpo y la sangre de Cristo, sin embargo, no puede ser comprendida más que dentro del contexto de la obra redentora, por la cual se da a sí mismo, y por la cual da a los suyos, en sí mismo, la reconciliación, la paz y la vida". "El cuerpo y la sangre sacramentales del Salvador se encuentran presentes, como una ofrenda al creyente que espera su regreso. Cuando esta ofrenda es recibida con fe, produce un encuentro vivificador..." De nuevo: presencia espiritual, sí, pero no transubstanciación.
Todo es aquí ambigüedad, todo confusión, para negar la doctrina católica y para reafirmar la doctrina anglicana. En la Santa Misa (no la Cena, no el memorial) no sólo se anuncia y se hace eficaz, en ia vida de la Iglesia, la obra redentora de Cristo en la Cruz, el misterio de la REDENCION, sino que se reproduce, real y verdaderamente, de un modo incruento, el Sacrificio del Calvario. El término "memorial" hay que entenderlo, dice la Comisión, como se entendía en la celebración pascual en los tiempos de Cristo. Es decir, como la cena legal, conque el pueblo judío hacía, en cierto modo, presente el suceso pasado de su liberación de Egipto. Así la "Cena", no la "Misa" hace, en cierto modo, presente la vida, muerte y resurrección de Cristo; no porque se repita en el altar el sacrificio de la Cruz, sino porque el pan y el vino, que están presentes sobre la mesa, significan, representan actualmente la vida, muerte y resurrección del Señor, que son sucesos ya pasados. Y no es esta Cena un simple recordatorio de un suceso pasado, sino una proclamación de la obra poderosa de Dios, hecha por la Iglesia. Así se explica la afirmación del sacerdote y la aclamación del pueblo, en el "Novus Ordo", después de haberse dicho la fórmula consecratoria: "ESTE ES EL SACRAMENTO DE NUESTRA FE", dice el sacerdote; y el pueblo contesta: "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!" "Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte. Señor, hasta que vuelvas". "Por tu Cruz y resurrección nos has salvado, Señor! "
"La comunión en Cristo (notemos bien: no de Cristo), en la Eucaristía, supone su presencia verdadera, eficaz y significada por el pan y el vino, que, en este misterio, se tornan en su cuerpo y su sangre. La presencia real del cuerpo y la sangre de Cristo, sin embargo, no puede ser comprendida más que dentro del contexto de la obra redentora". He aquí una evidente contradicción; una concesión hecha por los doce teólogos católicos a los doce teólogos protestantes: "La comunión en Cristo; no el sacrificio en la consagración, en la transubstanciación, supone la presencia verdadera, eficaz, significada por el pan y el vino, (que, por lo visto, están substancialmente en el altar), a pesar de que el documento nos diga, que el pan y el vino "se tornan en el cuerpo y la sangre de Cristo"; porque "esta presencia real no puede ser comprendida más que dentro del contexto de la obra redentora, (no de la obra justificadora, santificadora), por la cual Cristo se da a sí mismo, y por la cual da a los suyos, en sí mismo, la reconciliación, la paz y la vida". Presencia real, pero espiritual: ahí está el truco.
En medio de esta confusión de términos y de conceptos, lo que se ve muy claro es que la Comisión, en su documento, aceptó la negación intransigente de los anglicanos y protestantes todos, acerca de la "transubstanciación" eucarística, por eso leemos, después: "El término transubstanciación, en la Iglesia Católica Romana, es tomado habitualmente para indicar que Dios, actuando en la Eucaristía, efectúa un cambio en la realidad interna de los elementos. Este término ha de ser considerado como una afirmación del hecho de la presencia de Cristo y del cambio misterioso y radical que se lleva a cabo. En la teología católica contemporánea, este término no es comprendido como indicando ta forma en que se lleva a cabo ese cambio". Otra manera de decir que se trata de la presencia real, sí, pero espiritual, no física.
En esas últimas palabras, encontramos ya la negación o disimulación, cuando menos, de la transubstanciación, como la teología dogmática, infalible e inmutable del Concilio de Trento, la entiende. En la Profesión de Fe Tridentina, que, según la Bulla de Pío IV "INIUNCTUM NOBIS" del 13 de noviembre de 1564, debíamos hacer todos los sacerdotes, se encuentra clara la teología católica, que, según esos teólogos progresistas, no es ya la doctrina de la Iglesia: "Profiteor pariter in Misa offerri Deo verum, proprium et propitiatorium sacrificium, pro vivis et defunctis, atque in sanctissimo Eucharistiae sacramento esse vere, realiter et substantialiter corpus et sanguinem, una cum anima et divinitate Domini Nostri lesu Christi, fierique conversionem totius substantiae panis in corpus et totius substantiae vini in sanguinem, quam conversionem catholica Ecclesia transsubustantiationem apellat. Fateoretiam sub altera tantum specie, totum atque integrum Christum verumque sacramentum sumí". (Confieso del mismo modo que en la Misa se ofrece a Dios un verdadero, propio y satisfactorio sacrificio, por los vivos y por los difuntos, y que, en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, está verdadera, real y substancialmente el cuerpo y la sangre con el alma y la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, y que se hace una conversión de toda la substancia del pan en el cuerpo, y de toda la substancia del vino en la sangre, la cual conversión la Iglesia Católica llama transsubstanciación. Y confieso también que bajo una sola de las especies se recibe a todo e íntegro Cristo y al verdadero sacramento").
Después de estas palabras, no sé cómo los así llamados teólogos católicos hayan podido afirmar en ese documento que "en la teología católica contemporánea —la de la Iglesia montiniana— este término (transsubstanciación) no es comprendido como indicando la forma en que se lleva a cabo ese cambio". He aquí la prueba inequívoca del cambio que el neo-modernismo, la iglesia montiniana, ha querido hacer en los dogmas más importantes y sagrados de nuestra fe católica. El "ecumenismo" de Bea, de Willernards, del Vaticano II, de Juan B. Montini, es la más negra traición a nuestra fe católica; es el trasbordo ideológico a las sectas protestantes.

OTRA VEZ LOS JESUITAS

"Del 2 al 12 de agosto se ha tenido en Lovaina, en el escolasticado de los jesuítas flamencos, la reunión de Fe y Constitución, la más importante comisión del Consejo Ecuménico de las Iglesias. Se ocupa de las cuestiones doctrinales, que están en el corazón del ecumenismo. Su oficio propio ha sido confirmado en Lovaina, y es: 'proclamar la unidad esencial de la Iglesia de Cristo y manifestarla como una necesidad para la misión y la evangelización'. Pero se ha hablado de un cambio de perspectiva en cuanto que la unidad de las Iglesias será considerada en su relación con la unidad de la humanidad, de la que sería como el modelo y el fermento. Es como pasar de la teología a la antropología, de Dios al hombre. Esto puede facilitar la colaboración de las Iglesias, en los campos humanitarios, y la colaboración es un factor de unidad".
¡Este sí que es un trasbordo ideológico, que manifiestamente nos está diciendo el fin del "ecumenismo montiniano"!: "es como pasar de la teología a la antropología, de Dios al hombre". Y, en esta actividad están comprometidos los jesuítas, que graciosamente brindan su casa de formación, para celebrar tan increíble reunión. También en su escolasticado de Woodstock, Maryland, U.S.A., como ya vimos, trabajó, en mayo de este año, la Comisión Mixta Anglicana-Católica, en el espinoso asunto de los ministerios.
No siendo, por ahora, factible, llegar a una transacción en el orden teológico con los "separados", había que buscar un acuerdo, en el orden antropológico, humano. Tal vez esta unión antropológica sirva después para llegar a un entendimiento doctrinal, en el que con ciertas reservas, ciertos cambios, cierta "nueva economía del Evangelio, cierta nueva mentalidad" se pueda llegar a un sincretismo religioso, pacífico, amigable, humano; en el que primero está el hombre y después, sólo después, está Dios. ¡Cómo sería la proposición a discutir, que un teólogo ruso Meyendorff, que presidía la reunión, se mostró contrario a este cambio de perspectiva, que ya había sido propuesto y alabado en la asamblea de Upsala en 1968! "Es verdad que las Iglesias se han de ocupar del hombre y de su bienestar. El designio del Creador comprende a todos los hombres y destina a la Iglesia para el bien de los mismos, aun el material. Pero el orden terrestre no es el cometido específico de la Iglesia y su eficiencia, en aquel campo será siempre limitado. En cambio, la unidad eclesial es un ideal superior y digno de ser querido por sí mismo. La dispersión de los esfuerzos no ayuda a la consecución de la unidad, que debe seguir siendo el fin esencial del Consejo Ecuménico. No conviene dar pretexto al que reproche a los ecumenistas que hacen demasiada política".
Esta advertencia, hecha por un ortodoxo ruso, en el escolasticado de los jesuítas de Lovaina, a los miembros católicos, entre los cuales, sin duda, estarían algunos reverendos de la benemérita Compañía, es en verdad penoso. Es un reproche a ese viraje que los progresistas, guiados y apoyados por el Papa Montini, están empeñados en dar de lo sobrenatural a lo natural, del Creador a las creaturas, de lo eterno a lo temporal. Y, como dijo el ortodoxo ruso, eso es salimos de nuestra misión, de lo que Dios y la Iglesia esperan de nosotros.
"También se ha discutido en Lovaina sobre la ¡ntercomunión, o, como prefiere decir Max Thurian de Taizé, sobre "la hospitalidad eucarística". Esta, en suma, consiste en tomar la participación común en la comunión eucarística como un medio para procurar la unidad cristiana y promoverla más allá de los casos en que ya está autorizada. En estos casos, de hecho, no se quiere directamente promover la unidad, sino procurar un auxilio espiritual a quien no lo puede conseguir de otro modo. Un mes antes, en los primeros días de julio, el cardenal Willebrands, comentando las cartas que se enviaron al papa Paulo VI y al Patriarca Atenágoras, observaba que aun entre los ortodoxos y católicos, que están de acuerdo sobre la doctrina eucarística, la participación del mismo cáliz, escribe, será un acto que expresará y sellará la completa reconciliación entre la Iglesia Católica y la Iglesia ortodoxa: será la señal y la realización de la plena comunión. Este será el gran día". (L'Osservatore Romano). Entre tanto, progrese cada Iglesia hacia la unidad, celebrando la Eucaristía, según la propia tradición. En cuanto a los impacientes, jóvenes u otros, es de desear que su deseo de la comunicación eucarística encienda en ellos el deseo de la fe común".
"El Director de la Comisión Fe y Constitución es el Pastor Lukas Vischer, que mantiene, como su predecesor, el Dr. O. Tomkins, obispo de Bristol, la línea de la búsqueda de la unidad espiritual de los cristianos, y no sólo de una simple federación. Para promover esta unidad ha propuesto la idea de un Concilio universal, que habrían de preparar todas las Iglesias (L'Osservatore Romano, 27 de septiembre 1970). No se trata de una Asamblea ordinaria, como las del Consejo Ecuménico, sino de un verdadero Concilio, esto es, de la reunión de los representantes de toda la cristiandad, unidos entre sí hasta el punto de constituir una comunión, de deliberar juntamente y de tomar decisiones aceptables para todos. Para la preparación cuenta con la acción convergente de grupos interconfesionales, que constituirán entre sí, bajo el influjo del Espíritu Santo, comuniones locales, que multiplicándose e nponiéndose darán por resultado una comunión universal. Lo excelente de esta idea consiste en orientar las actividades locales hacia un fin universal, concreto y atrayente. Pero no faltan las dificultades, que, al menos, los ortodoxos y los católicos no pueden menos de oponer. En Lovaina las expresó Meyendorff: "Un Concilio genuino supone la unidad de fe ya realizada o, al menos, como en Florencia, debe ser convocado para completar tal unidad, deseada ya por las dos partes y que se presenta como un fruto sazonado. ¿Cuándo se dará semejante situación para todas las Iglesias cristianas? Luego los grupos locales, si se quiere evitar la anarquía y nuevas divisiones, deberán conformarse con la ortodoxia de sus iglesias y, para esto, recibir su dirección de alguna jerarquía. No pertenece a la base, como se dice, el gobernar. Cuando se procede de una manera contraria a la institución de Cristo, no es el Espíritu Santo el que guía".
No puedo yo entender todo este movimiento ecumenista, en el que todas las sectas o las iglesias cismáticas han manifestado su inequívoco deseo de permanecer firmes en su propio CREDO, dejándose querer por la Iglesia Católica, que parece la única dispuesta a modificar, silenciar o eliminar sus dogmas, su moral su ligurtia y su misma disciplina. Me temo que por ese camino se cumpla lo que anunciaba el Gran Oriente de Francia: "No es el patíbulo lo que le espera al Papa, sino una proliferación de iglesias locales, en donde, en vez de la unidad, encontremos nuevas e insospechadas divisiones.
Y son los jesuítas de la nueva ola los que principalmente están llevando adelante este movimiento ecuménico de la Iglesia, que vino a paralizar su labor apostólica y las conversiones que de día en día se multiplicaban antes de Juan XXIII, ya que los "separados", viendo la inestabilidad, la inconsistencia, la incredulidad de sus iglesias, infiltradas por judíos, masones y comunistas, buscaban la verdad inmutable de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Los jesuítas decididamente, apoyados y conducidos por su General, han dado el paso primero, para arrastrar en pos de sí a innumerables religiosos y sacerdotes, cuya futura actuación es fácil ya, desde ahora, de prever. El gran viraje de la Iglesia se debe principalmente al viraje de los jesuítas, de las fuerzas selectas del catolicismo, como ellos mismos se sentían y decían ser.
"La batalla de Teilhard de Chardín apenas ha empezado", escribía Jacques Madaue, al día siguiente del célebre "MONITUM" del Santo Oficio. Los tres años, que desde entonces transcurrieron, comprobaron ampliamente esa predicción. El "MONITUM" decía que las obras de Teilhard de Chardin "plagadas de ambigüedades y de errores tan graves ofenden la doctrina católica". Los teilhardianos organizaron luego la resistencia; sin embargo, siendo, como parecían ser, unos buenos cristianos, no pensaron por entonces atacar de frente a una decisión tan grave de la Santa Sede; se contentaron, por lo pronto, con hacer ineficaz el "MONITUM".
Libros, artículos, conferencias, charlas en la radio y en la televisión: nada se ahorró para convencer al público de la grandeza del pensamiento teilhardiano y de su fundamental ortodoxia; y, al mismo tiempo, todo lo que se escribía contra Teilhard era cuidadosamente ignorado. El silencio es una de las armas más poderosas, que la subversión maneja; cuando se trata de impedir la luz de la verdad, se baja la cortina de hierro. Pero Jacques Madaule dice otra cosa terrible: para él es ésta una batalla, la tercera gran batalla, que dan los jesuítas contra Roma. Las primeras dos las perdieron: la de los ritos chinos y la de Paraguay. Veremos cuál es el resultado de esta su tercera acometida.
Algunos espíritus selectos no parecían inclinarse por esta hipótesis. "¿Es verdad, preguntaba ITINERAIRES en noviembre de 1962, que esta es una batalla de la Compañía de Jesús, en cuanto tal? ¿Es cierto que la Compañía de Jesús corporativamente tiene el propósito de teilhardizar la Iglesia, para atacar así a fondo a la Santa Sede? A nuestro modo de ver esto no puede sostenerse. Hay simplemente algunas apariencias, a veces muy enfadosas".
Es necesario reconocer que las apariencias de entonces, lejos de disiparse, se han agravado, por lo contrario. No solamente los jesuítas franceses han tomado una actitud cada vez más combatiente por Teilhard e Chardin, sino que, con el tiempo, sin ceder un palmo del terreno conquistado, han obtenido lo que quizá nunca pensaron alcanzar: la aprobación total, solemne, entusiasta de la más alta autoridad de su Orden, el Prepósito General Pedro Arrupe, S. J.
El nuevo General de los jesuítas fue elegido el 22 de mayo de 1965. Días después, el 14 de junio, el M.R.P. PEDRO ARRUPE dio una conferencia de prensa. Interrogado sobre el hecho de que, a pesar del "MONITUM" del Santo Oficio, los publicistas y autores católicos exaltan a Teilhard, sin hacer las reservas que se imponen, el Prepósito General recién electo entregó a la prensa una declaración escrita: "Sí hay autores que íncondícionalmente alaban al P. Teilhard, escribió el P. Arrupe, éstos no están entre los jesuitas", como lo demuestran, según él, las dos obras recientes de los Padres Pierre Smulders y Emíle Rídeau, los cuales, "aunque manifiestan toda su simpatía por sus ideas, no dejan de hacer las reservas necesarias sobre muchos puntos ambiguos o erróneos". Sigue un elogio de Teilhard, que no puede menos de ser calificado como tendencioso, tanto que "esas reservas necesarias" apenas si tienen lugar al lado de esas alabanzas: "es, dice el General, uno de los grandes maestros del pensamiento del mundo moderno", que ofrece a nuestros tiempos un mensaje, cuya riqueza no puede ser desconocida y que, de hecho, ejerce una influencia muy benéfica en los medios científicos, cristianos y no cristianos; además, por su profunda espiritualidad, es un verdadero hijo de San Ignacio, a pesar de las ambigüedades y errores, que en él se encuentran y que "ciertamente él nunca hubiera querido, porque él deseaba permanecer siempre absolutamente fiel a las enseñanzas de la Iglesia". "Sus esfuerzos, continúa el P. Arrupe, se sitúan exactamente en la linea de apostolado de la Compañía de Jesús".
No hay por qué admirarse del grito de triunfo que brotó de todos los teilhardistas con estas declaraciones. Era natural; el nuevo General de los Jesuítas, el papa negro, había tomado la defensa de su ídolo; se había puesto a la cabeza de los seguidores de Teilhard; se había declarado el más importante y destacado exponente del nuevo movimiento. Una pieza importantísima estaba actuando en el tablero. Sin embargo, no era, ni es tan simple, como parece, a pesar de una toma de posición tan claramente declarada. Los juegos de ingenio no son todavía realidades. iEI tiempo lo dirá!
Teilhard fue siempre un jesuíta peligroso y difícil. A su muerte en Nueva York, el día de Pascua de 1955, él era un exiliado, en el sentido literal de la palabra. El año anterior, había obtenido el permiso de pasar el verano en Francia, a donde llegó a principios de junio. Tuvo entonces la idea de contestar al pequeño ensayo de Jean Rostand "Ce que je crois" y para hacerlo pidió la autorización de Roma, exponiendo las líneas principales de su proyecto. Recibió la respuesta el 31 de julio: "Prohibición de publicar y orden de regresar luego a América". El 5 de agosto dejó Francia para no regresar nunca a ella.
El P. Teilhard de Chardin no era un jesuíta fácil para sus superiores, no porque careciese de sumisión aparente, sino porque, en materia de religión, tenía lo que Bossuet llamaba "opiniones particulares", que él a toda costa trataba de difundir. El alejamiento era el único medio, que podía impedir a este jesuíta el hablar y escribir aquellas elucubraciones no tan apropiadas al buen nombre de la Compañía. Lo malo estaba en que la línea de conducta adoptada había tenido resultados exactamente opuestos a los que se pretendían. Después de una nota sobre "el pecado original", que en 1924 había alarmado a Roma, se había enviado a Teilhard de nuevo a China, para que sus desviaciones hiciesen menos escándalo. Teilhard quería permanecer en Francia, porque allí pertenecía él a la sinarquía y a otros grupos esotéricos, y, porque sus relaciones femeninas también se hallaban allí. El sinántropo lo puso de nuevo en plena luz. Regresó a París con bastante frecuencia y aprovechó esas, a veces largas estancias en la Ciudad Luz, para poder asegurar allí sus contactos útiles. Es verdad que, con pocas excepciones no tenía permiso para publicar sino trabajos científicos. Algunos ensayos de filosofía y religión que, no obstante las prohibiciones escribió, las hizo circular profusamente en copias mimiografiadas. Sin embargo, la difusión no parecía haberse extendido lo suficiente para llenar las aspiraciones y el programa del autor. Pero, el secreto mismo ayudaba al prestigio de sus ideas, que se propagaban de boca en boca, sin que nadie puediera refutarlas por falta de textos. Así vino a convertirse en un mártir, doblemente ejemplar, por las audacias dé su pensamiento y por su humildad y aparente sumisión a los rigores de una nueva Inquisición.
Sus superiores creyeron que su muerte pondría un término a los problemas, que sin cesar, durante treinta años se habían originado por el caso Teilhard. Estaban equivocados. Persuadido de que debía aparentar sumisión, para proseguir su labor de proselitismo, Teilhard tuvo cuidado de poner en manos ajenas a la Compañía, en manos femeninas, sus escritos, para su publicación postuma. El problema del teilhardianismo, que tanto había de dañar a las inteligencias superiores, apenas comenzó el día de su muerte. Ahora, apoyando mis puntos de vista en el P. David Núñez, ampliamente conocido en el mundo católico, voy a tratar el último capítulo de este libro.

NUESTRA OBEDIENCIA Y RESPETO RELIGIOSO AL PAPA Y A LOS OBISPOS

Son muchos los católicos sinceros, que ante la carencia del ejercicio de su autoridad en las jerarquías eclesiásticas, incluyendo en ellas al mismo Papa, para reprimir la herejía que cunde, abiertamente o solapadamente, en la Iglesia, fomentando no solamente la confusión, sino la defección de muchísimas almas, sacerdotes y fietes, se preguntan con ansiedad si la autoridad ha claudicado y, unida al enemigo, conspira, consciente o inconscientemente, en la destrucción de la Iglesia. Y, ante esta tangible crisis de la autoridad, todos se preguntan ¿hasta dónde estamos obligados los súbditos a obedecer a los que mandan, cuando ellos se abstienen de mandar, cuando imponen reformas que están mudando totalmente las estructuras de la Iglesia, cuando soslayan la difusión de los más graves y evidentes errores, cuando, abusando de su autoridad, impiden la legítima defensa de la verdad, cuando ponen los divinos misterios en las manos profanas, cuando toleran y respaldan esa obra nefanda de corrupción espiritual y moral de los jóvenes seminaristas, los futuros pastores de las almas?
Porque no nos vengan a decir que todo esto sucede a espaldas de la jerarquía; que el Papa y los obispos y los sacerdotes, que ejercen el cargo de superiores ignoran el mal y son ajenos a su difusión. No; esto es mentira. Bien saben ellos lo que está ocurriendo aquí y en todos los países; bien saben que el famoso "CATECISMO HOLANDES", a pesar de las gravísimas denuncias que sobre él se han hecho en el Santo Oficio y en todas partes del mundo, sigue circulando y sigue envenenando a los seminaristas, a los fieles y a muchísimos sacerdotes. Y, lo más incomprensible es que las ediciones traigan el "imprimatur" de nuestros jerarcas; bien saben las satánicas profanaciones que, a título de experimento, se están haciendo diariamente en nuestros templos, en la celebración de los misterios sagrados. ¿Ignora Su Eminencia el Cardenal Primado que en la iglesia de Loreto, los domingos, después de la "misa de la juventud", llena de novedades, el P. Luis invita a los jóvenes (drogadictos, pandilleros, etc. etc) a que se diviertan bailando en la casa de Dios?
¿Tiene la sumisión y la obediencia —también al Papa— algunos límites, más allá de los cuales no podemos, no debemos obedecer? La pregunta es clara, es categórica; pero, antes de responder, haremos algunas aclaraciones:
1) La obediencia no es la suprema virtud de la vida cristiana; sobre la obediencia están las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad. Dice a este propósito Santo Tomás: "Así como el pecado consiste en que el hombre se apegue a los bienes mutables, con desprecio de Dios; así el mérito de los actos virtuosos consiste en que el hombre, despreciando los bienes creados, se una a Dios como a su fin. Mas, el fin es mejor que los medios a él conducentes. .. aquellas virtudes, por las cuales nos unimos a Dios, es decir, l^s teologales son más excelentes que las virtudes morales (como la obediencia), por las cuales se desprecia algo terrestre para unirse a Dios". (Cuestión CIV a. III).
2) La obediencia, en tanto es virtud, en tanto es meritoria, en tanto es laudable, en cuanto se funda y nace de la fe, se nutre en la fe y termina en la caridad. Una obediencia por temor, por conveniencia, por simple rutina, no es virtud, es cobardía, es entreguismo, es falta de visión y de talento.
3) La obediencia solamente se debe al superior LEGITIMO, porque sólo éste tiene las veces de Dios, la autoridad de Dios, de "quien toda paternidad desciende", como dice San Pablo. A un superior ilegítimo no se debe obedecer.
4) Sobre la obediencia a los hombres debe estar siempre la obediencia a Dios, porque la autoridad de los hombres se funda en Dios, representa a Dios, mientras no se aparte, mientras no contradiga la autoridad de Dios.
5) La autoridad de un superior humano, cualquiera que ésta sea, no es nunca absoluta, ni independiente, ni ilimitada. A este propósito dice Santo Tomás: "el hombre está sometido a Dios en absoluto, en cuanto a todas las cosas, ya interiores, ya exteriores, y, por lo tanto, en todas está obligado a obedecerle; mas los súbditos no están sometidos a sus superiores en todas las cosas, sino determinativamente, acerca de algunas, respecto de las cuales los superiores son intermediarios entre Dios y los súbditos; mas, respecto de las otras cosas, están sometidos inmediatamente a Dios, por quien son instruidos mediante la ley natural o la ley positiva, (la conciencia).
6) Al dar Dios la autoridad al hombre que lo representa, (eclesiásticos o civiles) no los libra, por eso, de su condición humana de ignorantes y pecadores; de donde se sigue que, de buena o de mala fe, los superiores puedan mandar lo que es en sí malo, o porque contradice la ley de Dios, o porque contradice los legítimos derechos que Dios ha dado al hombre y que son inalienables, o porque son esas disposiciones contrarias al bien común, que todo superior debe buscar en su gobierno. De aquí se sigue que la obediencia que debemos a Dios es siempre absoluta, porque El nunca puede mandar el error o el mal; pero la obediencia a los hombres es siempre condicionada al mandato que se da y a la legitimidad de la autoridad humana que la da.
7) La autoridad eclesiástica, que manda, en un caso algo contrario a la voluntad de Dios, a los derechos inalienables que Dios nos ha dado o al bien común, aunque, en ese específico mandato, no tenga autoridad para mandar, no por eso podemos decir que ha perdido toda su autoridad y para siempre. Sería un mal superior, pero no por eso dejaría de ser superior.
8) Es distinto el caso, cuando el superior eclesiástico —siempre en la hipótesis de que haya sido legítimamente elegido— incurre en la herejía o se aparta manifiestamente de la voluntad de Dios, ya que entonces perdería totalmente su autoridad y para siempre, aunque no fuera sino una sola verdad de la fe la que en su mandato ha negado, porque el que niega una verdad de fe, niega toda la fe. La fe es una (Efes. IV, 5), ya que todas nuestras creencias (todas y cada una) se fundan en la misma autoridad de Dios revelante. La fe es, ya lo dijimos, el principio, la raíz, el fundamento, en que se basa toda autoridad, y así como quitando el fundamento cae por tierra el edificio, así sucede con la autoridad religiosa, cuando ella misma ha removido, por su negación a una verdad de fe, el mismo fundamento en que se apoyaba y sostenía su autoridad. El que, con palabras o con hechos niega la fe, es hereje y, por lo tanto, queda fuera de la Iglesia y, por tanto, no puede ser cabeza o autcfidad en la Iglesia el que está fuera de Ella.
9) Así como la ley, la autoridad humana está o debe estar siempre ordenada al bien común, de la sociedad a la que rige. El bien común de la Iglesia, por su universalidad y por sus consecuencias, es, a no dudarlo, la fe y todo lo que a ella conduce, favorece, conserva y alimenta. La fe es el bien supremo, ya que de ella depende esencialmente y como condición "sine que non" la salvación de todas las almas, que forman la comunión de la Iglesia: "EL QUE CREYERE, SE SALVARA; EL QUE NO CREYERE, SE CONDENARA". (Marc. XVI, 16). Hay otros bienes en la Iglesia que no corresponden propiamente a la fe, pero están conexos con ella y deben guardarse en la debida proporción, porque son como los puntales que la sostienen y conservan en toda su pureza e integridad.
10) La primera, pues, la más grave obligación de la jerarquía y especialmente del Papa es la de enseñar esa verdadera y única fe y vigilar para que nadie la corrompa. Descuidar este deber o no poner los medios necesarios para cumplirlo es no sólo perder su autoridad, sino faltar gravemente contra la fe, ya que la autoridad que tienen, instituida por Jesucristo N. S., está ordenada a la conservación y difusión de la Iglesia, que, sin la verdadera fe, no puede darse. En vez de cumplir esas jerarquías su deber, lo contradicen. Ante el error contra la fe, una actitud pasiva de la jerarquía es gravemente pecaminosa y este pecado es contra la virtud de la religión. La autoridad de la Iglesia, como de cualquier otra autoridad, está en función de servicio, el cual consiste no en destruir, sino en administrar el tesoro de la sociedad que les ha sido confiada, en el caso: la fe de la Iglesia.
11) CORRELACION DE DERECHOS ENTRE LOS SUPERIORES Y LOS SUBDITOS. Téngase en cuenta que los derechos y obligaciones, tanto en el superior como en el subdito, son correlativos, de suyo, graves. Lo primero implica que con la misma fuerza que puede el superior "EXIGIR" al súbdito obediencia, cuando le enseña la verdadera fe; puede también el súbdito "EXIGIR" al superior, pues tiene derecho a que le dé esa fe junto con todo lo que la favorezca; y le prevenga o corrija contra todo lo que la empañe, la manche o extinga. Y, cuando, como ahora, el superior conoce casos clarísimos de alguno o de algunos de sus súbditos, que públicamente niegan alguna verdad de fe o la deforman, y no se esfuerza por corregir al delincuente, sobre todo si es sacerdote, como, por desgracia, también estamos viendo ahora, el superior comete un gravísimo pecado de injusticia para con los demás súbditos suyos, porque falta a la más grande obligación que para ello tiene; y peca también contra la caridad para con el mismo delincuente, porque no le procura el bien que debe procurarle. Y si esta tolerancia al error y al pecado es permanente, es habitual en el superior, éste pierde su autoridad, porque su proceder, que es complicidad, es negativo y nocivo a la sociedad que preside. El no ejercer la debida autoridad de una manera sistemática es suprimirla, es abdicar de ella; y sociedad sin autoridad va inevitablemente a la ruina.
12) Aplicando esta sana doctrina a las circunstancias actuales, nos encontramos con muchos obispos, cardenales y el mismo Papa como está acontenciendo ahora en todo el mundo, (por que el mal viene de la cabeza), por una parte reprenden, censuran y aún prohiben que se predique íntegramente la fe antigua, la fe de siempre, la fe recibida por tradición o por el mismo Evangelio de los Apóstoles y de Jesucristo; y, por otra parte, permiten que se multipliquen y se propaguen por escrito o de palabra los errores contra la fe más absurdos, aún en los mismos Seminarios; autorizan las supresiones de imágenes y devociones del pueblo cristiano, (santas y benéficas devociones, aprobadas, recomendadas y aun mandadas por la Iglesia); favorecen la disolución callando, quizá manifiesta u ocultamente alentando o, tal vez, positivamente aprobando a los que la propagan; bendicen a los innovadores y sus novedades, aun cuando la experiencia muestre que son perniciosas para la fe del pueblo; tal vez trafican con la fe, y la falsean o permiten que se falsee tanto la fe, como la Palabra de Dios, la teología y la filosofía católicas, las verdades de derecho natural, etc. etc., en ese caso, ante la evidencia de estas condescendencias y aprobaciones de los errores y de las herejías, cabe preguntarnos: ¿está el pueblo católico obligado a reconocer en esas personas la autoridad legítima de la Iglesia? ¿está obligado a obedecerlos? o, por lo contrario ¿no sólo puede desobedecerles, sino resistirles?
13) En toda sociedad hay un tácito cuasi contrato de rigurosa justicia entre el que manda y los que obedecen, en virtud del cual cada uno se obliga respecto del otro a cumplir su propia obligación: el súbdito a obedecer los justos mandatos del superior, respetando y guardando con eso, prácticamente, su derecho a mandar; pero también el superior se obliga a tutelar sobre todo los derechos esenciales del súbdito, aunque sea arriesgando el propio interés y bienestar, y, si el caso lo pidiere, la misma vida. Y ¿qué bien y qué derecho más esencial en la Iglesia puede darse entre súbditos y superiores que la fe, para que cada uno cumpla con su deber?
14) Pero, aun prescindiendo de esta consideración y de todas las otras razones dadas y por dar, mirando el asunto desde el punto de vista meramente canónico, es también de suma gravedad, por las penas canónicas en que incurrirían los jerarcas de la Iglesia por abandonar la defensa de la fe. Veámoslo, aunque no sea sino de paso.

El Canon 336 dice: "Procurarán también los obispos que se conserve la pureza de la fe y de las costumbres en el clero y en el pueblo". Obligación gravísima, puesto que atañe nada menos que al fin ESENCIAL de la Iglesia, la salvación de las almas.
Y el Canon 1325 añade: "Los fieles cristianos (y a fortiori los obispos) estas obligados a confesar públicamente la fe SIEMPRE QUE SU SILENCIO, tergiversación o MANERA DE OBRAR llevare consigo negación simplemente de la fe, DESPRECIO DE LA RELIGION, OFENSA DE DIOS O ESCANDALO DEL PUEBLO".
Finalmente, el Canon 2316 dice: "Es sospechoso de herejía el que espontáneamente y a sabiendas ayuda DE CUALQUIER MODO A LA PROPAGACION DE LA HEREJIA".
Veamos ahora la aplicación de estos cánones a las circunstancias actuales. ¿Cuántas de esas delincuencias lleva consigo el silencio de las Jerarquías? Porque los obispos tienen obligación gravísima de hablar cuando se ataca pública y descaradamente la religión o sea la fe, la moral, la liturgia (can. 336); están obligados a confesar públicamente la fe siempre que SU SILENCIO O MANERA DE OBRAR ceda en desprecio de la religión, ofensa de Dios o escándalo del prójimo (Can. 1325, 1); son sospechosos de herejía si espontáneamente y a sabiendas AYUDAN DE CUALQUIER MODO A LA PROPAGACION DE LA HEREJIA" (Can. 2316).
Y ahora preguntamos: En casos, como el presente, el silencio de las autoridades religiosas y la manera de obrar de las mismas ¿no lleva consigo DESPRECIO DE LA RELIGION, OFENSA DE DIOS Y ESCANDALO DEL PUEBLO? ¡Evidentísimo! Y, si asi es ¿no es un MODO, y bien eficaz, por cierto, de PROPAGAR LA HEREJIA O DEJAR QUE SE PROPAGUE, a causa del SILENCIO que guardan? ¿No cede ese modo de proceder en DESPRECIO DE LA RELIGION Y ESCANDALO DEL PUEBLO? Por los frutos que ese escandaloso silencio está produciendo lo podemos juzgar.
Por eso audazmente nos atrevemos a decir que el principal culpable (a nuestro parecer; no sabemos a los ojos de Dios), el principal culpable de toda esta marejada existente en la Iglesia es su Cabeza visible, es JUAN B. MONTINI. Porque, con frecuencia habla maravillosamente, sí; pero, a pesar de haber sido más de una vez, extremosa e increíblemente audaz en otras muchas cosas, si no atañentes formalmente a la fe propiamente dicha (de lo cual tenemos razones para dudar), sí al filo con ella, para modificarlas en sentido peroyativo. En el caso de la Misa, yo no veo que haya manera de exonerar a Paulo VI de una claudicación en la fe, para complacer a los herejes y establecer su soñado "ecumenismo".
Abusando increíblemente de su autoridad —que no ejerce como debe y todo el sano pueblo católico reclama a gritos— él deja correr las cosas a la chita callando, como si lo hiciera expresamente para que los herejes se envalentonen cada vez más, las verdades de la fe, incluso las más fundamentales, como la existencia de Dios, la divinidad de Jesucristo, la autenticidad y divina inspiración de las Sagradas Escrituras etc. etc., se nieguen o se pongan públicamente en duda, con gravísimo escándalo de todo el pueblo verdaderamente católico, que se halla confundido, desorientado, perplejo y derrotado y asqueado de tanta lenidad o cobardía o traición o lo que sea, que Dios lo sabe, sin que a esos herejes se les arroje de la Iglesia, fulminando sobre ellos la excomunión, el anatema, sobre todo, sabiendo, como se sabe, por confesión propia, como en el caso de Teilhard, que se quedan dentro de la Iglesia, para demolerla. ¿Quién es, pues, el principal demoledor de la Iglesia, sino el que, pudiendo y DEBIENDO, con obligación suprema, cumplir los cánones 336, 1325 y 2316, dejaque lascosas sigan corriendo, desmoronándose y perdiéndose la fe, juntamente con las almas?
Nos duele en el alma tener que decir estas cosas; pero las hemos tenido tanto tiempo calladas, nada más por el respeto religioso que se debe al legítimo Vicario de Cristo, que ya no podemos silenciar más nuestra conciencia. PARA MI JUAN B. MONTINI NO ES UN LEGITIMO PAPA y esta afirmación quizás signifique la salvación de la Iglesia y de la fe de muchas almas.