Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta Advocaciones de la Virgen. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Advocaciones de la Virgen. Mostrar todas las entradas

viernes, 8 de noviembre de 2013

Fiesta del Patrocinio de la Virgen

8 DE NOVIEMBRE
INTRODUCCION 

     Génesis y significación de esta festividad. 
     Un decreto de Alejandro VII, de 28 de julio de 1656, instituyó para España la fiesta del Patrocinio de la Virgen, en memoria de todas las victorias y triunfos alcanzados por los Reyes de España sobre los moros, los herejes y demás enemigos, desde el siglo VIII hasta el reinado de Felipe IV. Después, otras regiones de la cristiandad obtuvieron también autorización para celebrar el Patrocinio del cual se glorían así las naciones como los Institutos religiosos. Una festividad semejante se celebró durante muchos siglos entre los griegos, y aun hoy la celebran los rusos, los rutenos y los servios, el 1.° de octubre (Précis histeriques, 1858, pág. 337-38., julio, y Cathol Encycl. S. Patronage of our Lady). 

Plan de la meditación. 
     El Patrocinio sugiere a la la idea de debilidad y de peligro, y la de fuerza y de garantía. La fiesta de un Patrocinio indica una protección tan eficaz y tan manifiesta, que atrae la mirada y el corazón: la mirada para maravillarse; el corazón para celebrarla con el entusiasmo propio de la gratitud. Dispondremos, pues, la meditación conforme a estas ideas. La necesidad e indigencia, la fuerza caritativa y la fiesta serán el objeto de los tres puntos.

MEDITACIÓN
«Beatus vir cujus est auxilum abs te» 
Dichoso el que tiene tu auxilio. 
(Ps. LXXX11I, 6)

     1°. Preludio. Representémonos a la Madre de Dios en la gloria del cielo, junto al trono de su divino Hijo, resplandeciente de dicha y de bondad.
     2°. Preludio. Pidamos la gracia de tener en María una confianza siempre creciente.

I. LA INDIGENCIA
     I. Convenzámonos bien de nuestra indigencia. Físicamente, por todas partes estamos rodeados de peligros que de ningún modo podemos conjurar. ¿Conocemos los enemigos cuyos golpes nos amenazan? Pueden ser casos fortuitos, malévolas intenciones. ¿Qué digo? Hasta una voluntad enteramente adicta causa, a las veces, inmensos daños; los bienhechores se engañan, y se recibe el golpe fatal de una mano que se nos tiende como protectora. El pobre pescador, expuesto en su débil barquilla a todos los caprichos y furores del Océano, nos pinta a todos muy al vivo la realidad de nuestra situación. Y en el orden moral no ocurre otra cosa. Dentro de nosotros ¡qué debilidades y qué tentaciones! Fuera de nosotros ¡qué ejemplos y qué seducciones! La carrera es breve, pero es larga para nuestra perseverancia. Y si la dificultad o el peligro nos desalentasen, este desaliento sería, de suyo, una grave derrota. ¡Con cuánta razón el gran San Agustín confesaba que debía dar gracias a Dios así por el mal que había evitado como por el bien que había hecho! (Confesiones, 1, 2, s. 7, n. 15) Perversión de una inteligencia que fácilmente se ciega; perversión de un corazón fácilmente seducido; audacia y abatimiento: todo es de temer.
     II. ¡Cuántas razones de humildad y de completa desconfianza de nosotros misinos!

II. PATROCINIO DE MARIA
     I. Hemos de resolver aquí dos cuestiones muy importantes: ¿Puede María y quiere protegernos con un patrocino especial? ¡Cuán fácil es dar la respuesta!
     1. Puede. ¿Hay, en efecto, debilidad alguna que Ella no pueda fortalecer, pobreza que no pueda enriquecer, peligro que no pueda alejar, cuerpo que no pueda curar, alma que no pueda transformar? Esta sencilla razón basta para demostrar el poder sin límites de María: todo mal, todo peligro presente proceden históricamente del pecado; todo socorro, toda salvación deben emanar de la sangre de Cristo, de esta gracia que el Apóstol ensalza como infinitamente superior al pecado (
Rom. V, 15-21, y XI, 32-36). Ahora bien, María dispone de toda la gracia de Jesucristo. A los méritos, a la dignidad de su Madre concede Jesucristo un inagotable poder de intercesión.
     2. Quiere. Para persuadirnos de ello ¿no será bastante recordar que es nuestra Madre? ¿Qué hijo puede dudar de una buena madre? Y no vamos a reducir este lenguaje al simple valor de una figura vulgar a fuerza de ser repetida. Dios mismo ha provisto a la completa indigencia del niño, derramando en el corazón de las madres inagotable ternura. He aquí cómo ha cuidado del bien físico y exterior del hombre. ¿Sería posible que este mismo Dios permita en el orden moral una desdicha tan grande cual sería la de proporcionarnos una Madre, pero negándole las cualidades del corazón?
    II. ¡Cuánto nos importa fortalecer en nosotros la persuasión del poder y de la bondad de nuestra Madre, a fin de que nos dé confianza y nos inspire el recurso a ella, el cual nos valdrá el ser escuchados!
     No creamos, en efecto, que baste el poder y la bondad de María para que sintamos la influencia de su socorro. Dios, en su sabiduría, no quiere salvarnos sin nosotros. Hay, es cierto, en el orden sobrenatural, causas de una energía verdaderamente admirable; pero a nosotros toca cumplir las condiciones que nos coloquen bajo la acción de su virtud. La condición de que depende la protección de María, es el recurso humilde y confiado a Ella.

III. LA FIESTA DEL PATROCINIO 
     La fiesta del Patrocinio de la Santísima Virgen es la fiesta de la admiración agradecida, provocada por las maravillas de la bondad de María. Y a la verdad:
     I. Ved cuántos corren a refugiarse bajo su tutela. Aldeas, ciudades, reinos están dedicados a María. El Nuevo Mundo no cede en manera alguna al antiguo en piedad para con la Madre de Dios. Los Institutos religiosos se confiesan a porfia hijos suyos: ¡cuántos entre ellos han introducido en su titulo el nombre de su celestial Patrona! ¡Cuántas piadosas leyendas reflejan la especial confianza que en Ella ponen los religiosos! ¿Qué fundador ha dejado de poner a sus hijos bajo el manto de la Reina del cielo y no ha dejado consigna da esta devoción en su espiritual testamento? Grandes nombres de santos brillan en la historia eclesiástica. ¿Hay alguno que no recuerde el culto de María? La devoción a María es de todas las edades. «Extendida ya en los primeros siglos (
Revllout, Revue biblique, art. cit., p. 349), permanece como una nota constante de la Iglesia católica». La liturgia oriental, como la de occidente, está llena de invocaciones a María y no duda en llamarla con los dulces nombres de vida, de dulzura y de esperanza. ¡Qué brillantes testimonios no se hallan también en las Encíclicas, en los escritos, en las actas de muchísimos Papas!
     II. Añadid a esta unanimidad de plegarias las acciones de gracias de que son testigos los edificios sagrados, las inscripciones que en ellos se leen, las ofrendas que allí se hacen, tantas fiestas instituidas en memoria de los beneneficios de la Virgen Santísima, tantos contemporáneos nuestros que deben a María la salud de sus almas o de sus cuerpos.
     Estos hombres de todo estado y condición, que se felicitan de haber recurrido a María, demuestran que la Iglesia ha obedecido a un sentimiento irresistible al festejar, no sólo a la Virgen, sino también su Patrocinio.

COLOQUIO
     En este día, nosotros, hijos de la Iglesia, confesemos nuestras múltiples necesidades y recurramos confiadamente a María. Digamos, penetrándonos de la verdad de cada palabra:
     Sub tuum praesidium. Baja tu Patrocinio: Consideremos cuánto vale esta salvaguardia,
     Confugimus. Nos acogemos, impulsados por nuestra inmensa desdicha,
     Sancta Dei Genitrix. Santa Madre de Dios: título que nos recuerda y explica tu poder.
     Nostras deprecationes. Nuestras súplicas, confiadas, ardientes y perseverantes,
     Ne despicias. No las desprecies: humildemente reconocemos nuestra indignidad,
     In necessitatibus nostris. En nuestras necesidades, que piadosa y particularmente te recomendamos.
     Sed a periculis cunctis. Mas de todos los peligros, tan graves y numerosos,
     Libera nos semper. Líbranos siempre, por una continua isistencia (
Refiriendo el adverbio semper a las palabras siguientes, tal ver diríamos mejor: «Tú que, siempre Virgen, eres gloriosa y liendita.»),
     Virgo gloriosa. Oh Virgen gloriosa, acuérdate de la fama de tus beneficios,
     Et benedicta. Y bendita: los favores que de ti llevamos ya recibidos exigen nuestra gratitud.
     Al pedirte nuevas gracias, no olvidamos lo que te debemos.

     Según el decreto de la S. G. de Ritos, de 28 de octubre de 1913, las fiestas fijadas anteriormente en domingo, se celebran ahora el primer día del mes en que dicho domingo puede recaer. Como que el domingo escogido para la fiesta del Patrocinio variaba en el decurso del mes de noviembre, la fecha actual puede diferir según las localidades. Hemos indicado la fecha que nos ha parecido la principal. La fiesta del Corazón de María es una excepción de la regla. Por un decreto especial se celebra el sábado que sigue a la fiesta del Sagrado Corazón.

 A. Vermeersch
MEDITACIONES SOBRE LA VIRGEN MARÍA

miércoles, 16 de octubre de 2013

FIESTA DE LA PUREZA DE MARIA


16 DE OCTUBRE
INTRODUCCIÓN
     Génesis y significado de la fiesta. 
     Mientras por la fiesta del purísimo Corazón de María ("¡Quam pulchra es, amica mea!« Cant. IV, 1), honramos sobre todo la santidad de los afectos de la Virgen, tomando así la virginidad en su raíz, la fiesta de este día es la exaltación de esta virginidad en sí misma y en sus privilegios. Débese dicha fiesta a las mismas reales instancias que obtuvieron la fiesta de la maternidad divina, y fue concedida por el mismo decreto de 1751. La fecha de su celebración está bien escogida. La fiesta de la pureza de María sigue a la de su maternidad. A la incomparable dignidad junta la incomparable hermosura, que, según expresión de los Padres, atrajo con sus encantos al Hijo de Dios al seno de una humana criatura, y completa, en cierto modo, la figura de María: María es la Virgen Madre (¡Cuán hermosa eres, amada mía!).
Plan de la meditación.
     Deseosos de admirar, alabar e invocar a María, consideraremos la perfección de su virginidad, la hermosura y la realeza con que esta virginidad la adorna.

MEDITACIÓN 
     1 Preludio.- Imaginemos la santa casa de Nazaret en el momento en que María hace profesión de su virginidad ante el ángel San Gabriel.
     2.° Preludio- Pidamos instantemente la gracia de un verdadero entusiasmo por nuestra Madre y por su virginal hermosura.

I. PERFECCIÓN DE LA VIRGINIDAD DE MARIA 
     I. 1. La virginidad se extiende al alma y al cuerpo. Supone ante todo un propósito, una resolución inconmovible, o prácticamente, un voto, que es como el alma de la virginidad y da a su victoria sobre los sentidos un carácter triunfal. Supone, además, la integridad corporal, objeto o materia de este voto o propósito. Es verdaderamente Virgen la persona que ofrece a Dios el perpetuo sacrificio del supremo goce de los sentidos.
     2. ¡Oh, cómo bajo todos estos aspectos llegó esta virginidad a su colmo en María!
     a) El voto en primer lugar. Por su duración, abarcó la vida entera de la Santísima Virgen. Databa ya desde mucho tiempo cuando el ángel San Gabriel recibió su santa confidencia. Según piadosa tradición, María consagróse a Dios desde su más tierna infancia.
     Por su fuerza, la resolución de María ni por un instante vaciló ante la perspectiva de renunciar a la divina maternidad.
     ¿Y quién dirá el alcance de este voto? Comprendía evidentemente la exclusión de todo afecto inferior, de todo placer carnal, de toda satisfacción sensual.
     La intención de la Santísima Virgen, al hacer su voto, no nos ha sido directamente revelada; pero ¿sería engañarnos el asignarle el fin más levantado, el creerlo dictado por el más puro amor de Dios?
     b) Luego la integridad corporal. Una acción milagrosa de Dios aseguró a esta integridad toda su plenitud. La Virgen Santísima estuvo exenta de estos involuntarios ardores de la concupiscencia, que, en los hijos de Adán, son consecuencia del pecado original; en María, los sentidos, dócilmente sumisos al espíritu, no se atrevían ni a la menor rebelión. Y cuando llegó a ser madre, los goces de la maternidad consagraron los de la virginidad.

     II. La castidad correspondiente a nuestro estado, cualquiera que sea, se compone también de un alma, es decir, de una firme y noble intención que la inspira, y de una materia que ella preserva de la corrupción y la guarda pura para Dios.
     1. ¿Es la castidad perfecta? Este vuelo de nuestra alma a Dios será tanto más sublime cuanto tienda a mayor altura, nos eleve más sobre los sentidos y sea más definitivo Sin añadir temerariamente nada a la obligación esencial, propongámonos en ella un motivo muy alto y aceptemos todas las consecuencias lógicas del deber que hemos sumido. En la amplia comprensión y en la práctica perfecta de nuestro voto encontraremos la nobleza, la seguridad, el mérito, la felicidad.
     ¿Es la castidad conyugal? También está realzada por la nobleza del motivo y la delicadeza de la fidelidad.
     2. Sin que poseamos una milagrosa virtud en el cuerpo, no es menos cierto, que aun sobre esta parte material de la virtud ejercen nuestra vigilancia y circunspección una dichosa influencia. El cuidado de la sobriedad y la modestia previenen muy tristes rebeliones.
     No olvidemos tampoco que el asalto dado contra la virtud es una prueba de la cual sale ésta mejor y más fuerte. ¿Cómo debemos portarnos en semejantes ocasiones? Procuremos no descorazonarnos ni abatirnos, a fin de asegurarnos una completa victoria.

II. BELLEZA DE LA VIRGEN MARIA 
     I. «Eres toda hermosa», exclama el divino esposo de los Cantares (IV, 7), como arrebatado por los inmaculados encantos de su espiritual esposa. María es por excelencia esta esposa. Nada falta a su ornato. El orden más perfecto reina en su interior: en su espíritu todas las aspiraciones son puras, santos los afectos todos de su corazón; manifiestas a todas las miradas sus más íntimas intenciones, lo mismo que sus menores acciones que nada tienen de vil, de bajo, de sospechoso; nada, en una palabra, indigno de ella. Nada de qué avergonzarse ante Dios, ni ante los ángeles, ni ante los hombres.
     II. La perfecta belleza moral induce a evitar con los objetos todo contacto que pudiera mancharla. ¡Cuán lejos estamos tal vez de esta perfección! ¡Cómo nos ruborizaríamos si se revelasen nuestros secretos pensamientos! ¿Pero no están, a la verdad, patentes a Dios y a sus ángeles mientras aguardan estarlo ante el mundo entero?
     Declaremos, pues, resueltamente la guerra a esta vil doblez. Este combate es uno de los mejores ejercicios de la vida espiritual. Rechacemos enérgicamente cuanto pudiera haber de vergonzoso en nuestras intenciones y en nuestras reflexiones. Tal vez nos costará algún esfuerzo; la lucha no será de un día; mas ¡cuánto sobrepujarán a los sacrificios, el honor y el regocijo que coronarán nuestra victoria!

III. REALEZA DE LA VIRGEN MARIA 
     I. Coloca el salmo XLIV junto a un Rey de varonil y deslumbradora belleza una Reina magnífica en la variedad de sus múltiples adornos, y esta Reina va acompañada de vírgenes atraídas hacia el Rey con gozo y alegría. Desde los tiempos primitivos han formado las vírgenes cristianas el espléndido cortejo de la Madre de Dios. Ya las pinturas de las Catacumbas parecen murmurar aquella invocación de la letanía: Reina de las vírgenes, ruega por. nosotros.
     II. Dirijamos una mirada a ese cortejo. ¡Cuán brillante es en el cielo! Acá, en la tieira, el ejército de las vírgenes comprende aquellas almas que, en el silencio y obscuridad del claustro, se consumen lentamente por Dios: estos ángeles que, enamorados del sacrificio, se lanzan al socorro de todos los infortunios y de todas las necesidades; los sacerdotes dedicados al espiritual ministerio de los escogidos por Cristo. Estos campeones de la virginidad han sido, desde su origen, el orgullo de la Iglesia y siguen siendo su falange escogida. Mas no olvidemos: el mundo en que deben señalarse, repudia la pureza, desconoce su sublimidad, y ellos son débiles. Sería tanto más lamentable su caída cuanto es más glorioso su triunfo. ¡Ay, que en lugar de ser el ornamento y el gozo de la Iglesia, se exponen a ser su tristeza y su Vergüenza!

COLOQUIO 
     Conviértase aquí nuestra meditación en una ardiente súplica, y recorriendo lentamente los diferentes grupos de vírgenes, pidamos a su Reina que las conduzca hasta la morada del Rey, asegurando la perfección de su virginidad. Y dirigiéndonos a este mismo Rey, conjurémosle, con el Salmista, que ciña la guerrera espada y dispare sus flechas, no para destruir a los enemigos, sino para tocar el corazón de los que han jurado no amar sino a Él o por Él. Ave María.

R.P. Arturo Vermeersch S.I.
MEDITACIONES SOBRE LA SANTÍSIMA VIRGEN

viernes, 11 de octubre de 2013

FIESTA DE LA DIVINA MATERNIDAD DE MARÍA

(11 de Octubre)
Génesis y significado de esta fiesta
     El infortunado JOSÉ MANUEL (Su reinado recuerda, con el ministerio de Pombal, un terremoto, represiones injustas, la expulsión de los Jesuítas, la guerra con España) obtuvo para su reino de Portugal la concesión de esta fiesta, que el decreto de institución emanado de la S. C. de Ritos, el 22 de enero de 1751, fijó para el primer domingo de mayo. Desde entonces acá muchas otras regiones han logrado igual favor.
     La maternidad de María, que hoy celebramos, es la divina; la maternidad que el concilio de Éfeso, entre los aplausos de todo un pueblo, propuso definitivamente a la piedad de los fieles como dogma de fe. Esperamos la hora fijada por la Providencia para que se dé culto solemne y definitivo a aquella otra maternidad que nos da por madre a la Madre de Dios.
     Plan de la meditación. — La tercera parte de esta obra contiene varias meditaciones sobre la incomparable dignidad de la Madre de Dios. Proponiéndonos ahora celebrar esta festividad según el espíritu de la Iglesia, tomaremos los puntos de este ejercicio de las antífonas propias que en el Oficio de este día se rezan en Laudes y Horas menores, las cuales llaman sucesivamente nuestra atención sobre la excelencia de la dignidad; las cualidades requeridas en la elegida, las prerrogativas que para ella se siguen y la universalidad de los homenajes tributados a María.

MEDITACIÓN
"Fecit mihi magna qui potens est" (Luc. I, 49).
 El Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas. 

     1° Preludio. — Figurémonos todo el esplendor del cielo, y, en este reino incomparable, un trono más cercano que todos los demás al de Dios, y en este trono María.
     2.° Preludio. — Pidamos instantemente la gracia de ver acrecentada por medio de esta meditación, nuestra veneración a la augusta Madre de Dios y aumentada nuestra confianza en ella.

I. EXCELENCIA DE LA DIGNIDAD
     Bienaventurada eres, oh Virgen María, que llevaste en tu seno al Creador de todas las cosas (1.a antífona).
     I. Después de haber hecho, de todo corazón, un acto de fe en la maternidad divina de la Santísima Virgen, esforcémonos en penetrar algo mejor la inefable exaltación de María como Madre de Dios. Pero tales grandezas escapan a nuestra consideración directa; hasta tal punto sobrepujan a nuestras concepciones. Hay que recurrir, pues, a ciertas comparaciones. Tratemos de fundar nuestra estima en las relaciones de esta maternidad con el poder de Dios, al que toca, en cierto sentido, y con la grandeza de Jesucristo, de la cual participa.
     1. Recordemos, en primer lugar, toda la extensión del poder divino. Es sin límites. ¡Cuán grandes son las obras del Creador en el orden físico, moral y sobrenatural! Todo eso nada le costó a Dios. Y realizar en este triple dominio maravillas cien veces más estupendas, sería como un juego de su voluntad. Agotad la mente en concebir cosas grandes, bellas, buenas; Dios ni siquiera necesita de un ademán para hacer obras más hermosas y mejores. Y sin embargo este Dios cuyo poder es sin medida, no podría investir a una pura criatura de más alta dignidad que la de Madre de Dios. Oigamos al oráculo de las Escuelas: «La bienaventurada Virgen, como Madre de Dios, saca del bien infinito, que es Dios, una dignidad en cierto modo infinita, y en este sentido, no puede hacerse nada mejor que ella, como nada hay mejor que Dios mismo» (S
to. Tomás, 1° p., q. 25, art. 6, ad 4). Juntad la gloria de las vírgenes, de los confesores, de los mártires con la de los apóstoles y la de los espíritus celestiales; imaginad cuánto de bello, de fuerte, de sublime, encierra este conjunto; añadid a todos estos dones creados cuantos otros podáis imaginar: María, Madre de Jesucristo, aventaja a todo esto, cuanto el mismo Cristo está por encima de su Iglesia; María, Madre de Dios, aventaja a todo esto, cuanto Dios está por encima de su creación.
     2. ¡Cuán grande es la gloria y la grandeza de Cristo! Sobre nadie se refleja tanto como sobre aquella que, por su consentimiento, atrajo al Verbo de Dios a su seno y le suministró toda la materia del cuerpo, de que se dignó vestirse. Seguid a Cristo en su vida oculta o en su vida pública, en sus sufrimientos o en su gloria, brillando en el cielo u oculto en la Eucaristía, en todo estado y en todo lugar y siempre es y permanece Hijo de María. Siempre, inclinando la cabeza, podemos dirigirle este homenaje: «¡Honor a ti, cuerpo verdadero, nacido de María Virgen!» Ave verum corpus natum ex Maria Virgine.

     II. —1. Entreguémonos ante todo a un vivo sentimiento de admiración. Multipliquemos nuestros homenajes y nuestras felicitaciones; digamos con la Iglesia: Quibus te laudibus efferam nescio (Oficio de la Virgen. Respons. de la primera lección del primer Nocturno). «No sé cómo alabarte».
     2. Veamos, al mismo tiempo si nuestros respetos son de alguna manera proporcionados a tal grandeza.

II. CUALIDADES REQUERIDAS EN LA ELEGIDA
     Eternamente permaneces virgen... Miró el Señor a la humilde virgen (2.a y 3.a antífonas).
     I. Dos cualidades debían hallarse eminentemente -en María para ser elevada a tan inmensa dignidad: una pureza virginal y una insondable humildad. Ni mancha ni orgullo, aun en su menor grado, eran compatibles con el título de Madre de Dios. Nada debía haber en ella de que pudiese su Hijo ruborizarse, nada tampoco contrario a la menor voluntad divina.
     II. Guardada la debida proporción, también en nosotros las gracias e insignes favores de Dios están sometidos a las mismas exigencias. La impureza y la soberbia son los dos grandes obstáculos a la elección de Dios. Procuremos borrar en nosotros aun sus menores vestigios y entendamos cuán caras cuestan nuestras concesiones al amor sensual o al amor propio.

III.    PRERROGATIVAS DE LA MADRE DE DIOS
     Engendraste al que te crió y eternamente permaneces virgen... Ha obrado grandes cosas en mí el que es Todopoderoso (2.a y 4.a antífonas).
     I. A DIVINA MATERNIDAD DE MARÍA
     I.1. La divina maternidad pone el sello a la virginidad de María.
   a) La hace inviolable. María, al llegar a ser Madre de Dios, conservando al mismo tiempo la frescura de su carne virginal, se convirtió en un santuario que debía Dios defender de todo humano contacto. ¡Ah, cuán odiosa blasfemia es suponer otros hijos a María! Protestemos contra esta moderna impiedad, que parece haber sacado del infierno mismo sus vergonzosas inspiraciones.
   b) Gracias a esta maternidad, junta María en sí dos géneros de gloria, que parecen excluirse mutuamente. Aunque más pura que todas las vírgenes, eclipsa a todas las madres por la más sublime fecundidad.
     2. Dios quiere cue la virginidad cristiana abunde en frutos espirituales. Lejos de nosotros una pureza egoísta, orgullosa, perezosamente inactiva. La virginidad debe ser fecunda espiritualmente por la oración y la acción abnegada. Las grandes y hermosas obras son los hijos de las vírgenes. «Si los monjes que habitan en las cumbres de las montañas y enteramente crucificados al mundo no se esfuerzan en ayudar, en cuanto puedan, a los que están al frente de las Iglesias; si no les consuelan con sus oraciones, su concordia y su caridad; si no socorren por todos los medios a los que, entre tantos peligros, aceptan por Dios la carga de los negocios, vano es su retiro, vano su desprendimiento, trabajo perdido toda su sabiduría» (
San Juan Crisóstomo, Sermón de San Filógono).
     II. — 1. Dios hizo en María grandes cosas. La divina maternidad es el principio de todas sus grandezas.
   a) En vista de esta maternidad, estuvo María exenta del pecado original; 
   b) Recibió una gracia santificante mucho mayor que la de cualquier otra criatura; 
   c) Reunió en sí todos los dones sobrenaturales (Cfr. S. Th. 3 p., p. 27, art. 9.—Suárez, h. 1, d. 4, s. 2) repartidos por las demás criaturas, aun aquellos de que no usó; 
   d) Por todos estos títulos es la reina gloriosa de los cielos.
     2. Sin que nos sea posible acercarnos a la sublimidad de una Madre de Dios, podemos con todo, amando a Dios, asegurarnos el efecto de estas magníficas palabras: «El ojo no vió, ni el oído oyó, ni puede el corazón del hombre concebir lo que Dios tiene preparado para los que le aman» (
I Cor. II, 9, donde San Pablo fusiona Isaías, LXIV, 4, y LXV, 17). 

IV. UNIVERSALIDAD DE LOS HOMENAJES TRIBUTADOS A MARIA
     La vieron las hijas de Sión y la llamaron bienaventurada y las reinas celebraron Sus alabanzas (antífona 5.a),.
     María, honrada en el cielo por los ángeles y santos, glorificada en la tierra por todos los hijos verdaderos de la Iglesia, recibirá en el gran día de las celestes justicias los homenajes de toda la creación, mientras doblará la rodilla ante su divino Hijo. Tal es la real universalidad de los homenajes destinados a la Madre de Dios.
     Mas, fijémonos hoy en los honores que le rinden las hijas de Sión.
     Lo más hermoso de esas honras es el gozo que todas sienten por su causa y con que todas le tributan vasallaje. Los ángeles contemplan en María a la más bella entre las puras criaturas; en las gracias de que se ven colmados, reconocen los santos los efectos de los ruegos de María; la humanidad se goza en aquella que le devolvió su honra, y los habitantes de la tierra hallan motivo para entregarse a las dulzuras del gozo y de la esperanza.

COLOQUIO 
     Fomentemos en nosotros este último sentimiento, nosotros que somos los hijos de María. Manifestémosle, en un ardiente coloquio, un filial a la vez que profundo respeto.

R.P. Arturo Vermeersch S.I.
MEDITACIONES SOBRE LA SANTÍSIMA VIRGEN

lunes, 7 de octubre de 2013

Fiesta de Nuestra Señora del Rosario


     Génesis y significado de la fiesta. — La fiesta del Santísimo Rosario fue instituida en acción de gracias por la famosa victoria naval reportada sobre los turcos en Lepanto, el domingo 7 de octubre de 1571, el mismo día en que tenían lugar las procesiones de las cofradías del Rosario (La existencia de estas cofradías se remonta a la segunda mitad del siglo XV. Véase Th. Esser, O. P., citado por Beringer, Die Ablasse, 1900, p. 650). San Pío V había decretado que este acontecimiento se conmemorase el 7 de octubre, con el título de Conmemoración de Nuestra Señora de la Victoria; pero Gregorio XIII, por decreto de 1.° de abril de 1573, reemplazó esta conmemoración por la fiesta de Nuestra Señora del Santísimo Rosario, que se celebra el primer domingo de octubre. Después de una nueva victoria de los cristianos sobre los turcos, alcanzada el 5 de agosto de 1716, en Hungría, junto a Peterwardein, y de la liberación de la isla de Corfú, Clemente IX extendió esta festividad a toda la Iglesia. León XIII (breve Salutaris Ille, 24 de diciembre de 1883) añadió a la letanía de la Virgen la invocación Regina Sacratissimi Rosarii, y elevó (1887) la fiesta a rito doble de segunda clase. El rezo público y cotidiano del Rosario durante el mes de octubre débese también a este Pontífice, cuya insigne devoción se echa también de ver en una serie de Encíclicas y Letras pontificias.     
     La primera de esas Encíclicas sobre el Rosario data de 1.° de septiembre de 1883. Sucédense regularmente de año en año, desde 1891 hasta 1897, formando con las de 1.° de septiembre de 1883 y de 30 de agosto de 1884 un total de diez Letras pontificias, invitando al mundo a la práctica del Rosario y a la devoción a la Santísima Virgen. Añadamos aún a estos monumentos de la piedad de León XIII, el decreto Inter densissimas, del 11 de septiembre de 1887, consagrando el mes de octubre a la Virgen del Rosario, la carta del 20 de septiembre de 1887 a los Obispos de Italia y la C. Ubi primum, 2 de octubre de 1898, reorganizando las cofradías del Rosario.
     Sabido es con cuánto celo los hijos de Santo Domingo se ocupan en fomentar y desarrollar esta grande y hermosa devoción.

Plan de la meditación
     Procuraremos, por medio de esta meditación, acrecentar nuestra estima a una devoción tan apreciada en la Santa Iglesia, y comprender bien cómo debemos rezar el Rosario. A este fin veremos sucesivamente el poder del Santo Rosario, los consuelos que nos reserva su rezo y, finalmente, el espíritu que, al rezarlo, debe animarnos.

MEDITACIÓN
«Per te ad nihilum redegit inimicos nostros". 
(Judith XIII, 22). 
     Por ti el Señor redujo a la nada a nuestros enemigos.
     1er. Preludio. — Recordemos brevemente las circunstancias que dieron lugar a la institución de la fiesta del Santísimo Rosario.
     2.° Preludio. — Imaginémonos a la Virgen tal cual se apareció en Lourdes, pasando las cuentas del Rosario e invitándonos a rezarlo.
     3er. Preludio. — Pidamos instantemente a la Virgen que nos enseñe también a manejar con éxito el arma del Santo Rosario.
nuestra señora del rosario.

1. PODER DEL ROSARIO
     I. Hay que recordar que toda nuestra fuerza sobrenatural dimana, en el orden presente, de los méritos adquiridos por el Salvador durante su vida mortal y de la intercesión de la Virgen Santísima, que nos alcanza la aplicación de estos méritos. Consideraremos ahora la devoción del Rosario, en la cual la meditación de los misterios de nuestra salvación (En el notable estudio citado más arriba, demuestra el dominico R. P.. Esser, que dos Cartujos de principios del siglo XV, Domingo de Prusia y Adolfo de Essen, tuvieron el mérito de introducir en el Rosario la meditación de los misterios de la vida, pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo) va unida a la invocación, incesante de la Madre de Dios. Solicitamos, pues, con ella formalmente la aplicación de los méritos de Jesucristo por medio de la Santísima Virgen. En cuanto está de nuestra parte ponemos en acción toda la mediación de justicia juntamente con toda la mediación de gracia. Presentamos a los ojos de Dios este victorioso cuadro que Él mismo propuso a nuestra esperanza ya desde un principio: el de la mujer por excelencia, aplastando con su hijo y por medio de Él la cabeza del dragón infernal. Nada hay más capaz de disponernos para todos los divinos favores.
     II. Esforcémonos, después de bien penetrados de esta verdad, en sacar de ella la consecuencia práctica de rezar bien el Rosario. Procuremos ofrecer a Dios los méritos de Jesucristo y la intercesión de la Santísima Virgen, y a este fin, fijemos nuestra atención, ya en el misterio, ya en las palabras dirigidas a María.

II. CONSUELOS QUE NOS RESERVA EL REZO DEL SANTO ROSARIO
     I. Ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Ruega por nosotros tú, que siempre eres oída; que tienes más que nadie participación en los misterios de tu divino Hijo. Mientras nosotros presentamos a Dios los méritos de este Hijo. Hermano nuestro por adopción, une a ellos la eficacia de tu poderoso socorro.
     Ahora, es decir, en todas las necesidades presentes.
     Y en la hora de nuestra muerte, en aquel momento que va a decidir la victoria.
     He aquí lo que, al rezar el Rosario, repetimos cincuenta veces a la excelsa Madre de Dios.
     ¿Qué cosa puede haber más consoladora en la necesidad y en la desdicha, que la conciencia de un auxilio triunfador ? ¿Qué cosa más dulce, en el momento supremo, que la certidumbre de una asistencia siempre victoriosa? El Rosario cotidiano nos procura esta fuerza y asistencia.
     II. Mas, para producir en nosotros esta certidumbre se ha de rezar con piedad y convicción. ¡Ah! si la fe nos hiciese recordar el valor de esta oración, comprenderíamos por qué hacía las delicias de un San Francisco de Sales y de un San Alfonso de Ligorio; seríamos del número de aquellos que por nada del mundo quieren omitirla, y esta fidelidad nos llenaría de fortaleza en nuestros apuros y dificultades. En la hora de la muerte, si la enfermedad no ha extinguido en nosotros la vida intelectual y moral, el recuerdo del Rosario rezado con fervor vendrá espontáneamente a consolarnos (Citemos, a propósito de la palabra que subrayamos, una leyenda sencilla muy en boga en la Edad Media y cuya enseñanza merece recordarse. Cierta mujer piadosa llamada Eulalia, rezaba cada día tantas Avemarias como salmos había oído decir que había en el Salterio. Mas para llegar exactamente a este número rezaba con precipitación. La Virgen la advirtió que rezase más despacio y la dócil sierva de María resolvió desde entonces no rezar sino 50 Avemarias diarias en vez de 150, pero con mayor atención. Véase Thurston o Boudinhon, art. cit.). ¿Por qué no recordar una idea tan consoladora durante nuestra vida? Nuestra confianza acá abajo es la medida de todas las misericordias de lo alto.

III. ESPIRITU CON QUE DEBEMOS REZAR EL ROSARIO
     1. Debemos rezar el Rosario con el espíritu de un soldado valeroso que maneja un arma, instrumento de victoria. ¿No es continuo el combate? ¿Y la historia del Santo Rosario no nos muestra en él un arma invencible?
     2. Debemos también rezarlo como cristianos que se interesan por la suerte de todo el ejército de Cristo. Meditemos estas palabras de León XIII en el Oficio de la fiesta: «No dejemos de venerar a la Madre Santísima de Dios con un homenaje que le es tan agradable, a fin de que, después de haber alcanzado tantas veces a los fieles de Cristo por la invocación del Santísimo Rosario la completa victoria y la destrucción de sus terrenales enemigos, les conceda asimismo triunfar de los enemigos infernales». Estas solemnes palabras nos revelan la persuasión del Papa: estamos ahora más directamente en lucha con las fuerzas del infierno, y el Rosario ha de ser el arma de salvación para la Iglesia. Recemos, pues, frecuentemente el Rosario por las necesidades de la Iglesia y por las intenciones del Sumo Pontífice.


COLOQUIO
     En un fervoroso coloquio, ofrezcámonos a Cristo por medio de su Madre, decididos a combatir valerosamente por su causa; pero pidámosle, en cambio, la gracia de saber aprovecharnos de las fuentes de gracia que El nos ha abierto y la de rezar con devoción y con fruto unas preces tan recomendadas por la Iglesia. Ave María.
R.P. Arturo Vermeersch S.I.
MEDITACIONES SOBRE LA SANTÍSIMA VIRGEN

jueves, 24 de mayo de 2012

Fiesta de María Auxiliadora

Génesis y significado de la fiesta. 
El 24 de mayo de 1814, después de seis años de destierro y cautividad, y contra toda esperanza, volvía triunfante a su ciudad de Roma el Papa Pío VII. Un todopoderoso emperador le había arrancado de ella para pasearle insolentemente a través de Europa y relegarle después a Savona. Creía, tal vez, en su orgullo de invencible conquistador, que su espada iba a dar el golpe decisivo a la fortaleza de la verdadera fe, que una filosofía incrédula se gloriaba de haber socavado. Pues bien, he aquí que su ambicioso poder es destruido y que los sufragios de los reyes, a la vez que los aplausos del pueblo, preparan al Pontífice un inolvidable regreso. Pío VII ve en esta gracia insigne la mano protectora de María; y quiere, por gratitud, que el aniversario de su regreso sea la fiesta de María Auxiliadora. Este título le había sido sugerido por una invocación de la letanía lauretana. Después de la batalla de Lepanto (7 de octubre de 1571), San Pío V, satisfecho y agradecido por la victoria que libraba a la cristiandad del terror musulmán, decidió dar a María, en sus letanías, el hermoso título de Axilio de los cristianos.
Esta festividad fué instituida para los Estados romanos por un decreto de la Congregación de Ritos de 16 de septiembre de 1815, y no tardó en solicitarla casi todo el mundo católico. Como la del Rosario, va vinculada esta fiesta a las luchas de la cristiandad. Mas el Rosario recuerda felices victorias, y María Auxiliadora, una desdicha socorrida, una calamidad alejada.   

I. LAS PENAS DEL CRISTIANO EN 
LAS PRUEBAS DE LA IGLESIA 
I. ¿Se requiere, acaso, una prolongada mirada sobre la historia de la Iglesia para comprobar que los celosos Pastores y los fieles han tenido, en todo tiempo, motivo para lamentar las desdichas de su época? A las edades de las violentas persecuciones, turbadas también por la temeridad de los innovadores y las cobardías de los tibios, sucede un primer período de grandes y peligrosas herejías. La prosperidad acarrea en lo interior ambiciones y corrupción, mientras que la consolidación del poder real da origen a celosas rivalidades y a múltiples tentativas de sujeción. De estos abusos nace la grán herejía protestante que lleva en su seno la total incredulidad, con el odio a toda autoridad religiosa.
II. El buen cristiano no puede menos de afligirse profundamente ante esas públicas tribulaciones.
1. ¡Cuánta felicidad impedida o destruida! ¡Ah! ¡Qué paz, qué dicha no se derivaría sobre los particulares y sobre las naciones, de la ley de Cristo santamente observada! El cristiano tiene conciencia de esta salvación, y la ve desacreditada por la conducta de hermanos indignos, rechazada por los impíos, los ciegos y los obstinados.
 2.¡Si a lo menos, la lucha del mal contra el bien fuese leal y sincera! Pero las armas empleadas contra la Iglesia son un nuevo manantial de aflicciones. Imprudentes y pérfidas calumnias arrastran hacia las filas enemigas a las víctimas de la más irreflexiva ligereza. El vicio, lleno de insolencia, se adorna con las apariencias de la virtud, y logra, bajo esta máscara, captarse el público favor, mientras la verdadera virtud se ve burlada y desconocida.
3. Pero, sobre todo, la ruina espiritual de que tantas almas, muchas de ellas todavía inocentes, se ven amenazadas, engendra en el corazón cristiano punzante dolor. ¿Quise hace con el pueblo y con los pobres? ¿Qué, con los moribundos? ¿Qué, sobre todo, con tantos niños entregados a las escuelas de la impiedad o del indiferentismo?
III. Tomemos parte en los infortunios de la Iglesia, para sacar de ellos motivo de fervor, de celo, de generosidad.

II. LOS CONSUELOS DEL CRISTIANO 
EN MEDIO DE ESTAS PRUEBAS
I. Estos consuelos nos los procura, sobre todo, la fe. Ella muestra al cristiano:
1. Por encima de él, a Dios, a Cristo, a su Madre, en una gloria inalterable y perfecta bienaventuranza. Gózase el cristiano al ver el mal reducido a una impotencia tal, que ni siquiera puede turbar esa serenidad.
2. En el pasado, a este mismo Cristo entrando en su gloria por el camino ignominioso del Calvario; preludiando, por los sufrimientos de su humanidad, los destinos de su cuerpo místico; prediciendo claramente el odio y la mentira de que este cuerpo debía ser blanco. «Seréis odiados de todos, víctimas de las mentiras que se proferirán por mi causa. Cuando se os odie, pensad que yo fui el primero en verme blanco del odio» (San Mateo, V, 11; X, 22; XXIV,1).
3. En el porvenir el triunfo final y completo reservado a Cristo y a su causa. Ni aun el silencio de la muerte envolviendo a los enemigos en un olvido que les convenza de su vanidad y su nada, bastará para el desquite divino; todos iiAti confesar su error, todos doblarán sus rodillas ante Cristo (Filip. II, 10).
4. Entretanto el cumplimiento de los planes de Dios: «El hombre se agita, pero Dios le guía» (Fenelón, sermón para la Epifanía, primer punto); la utilidad que los buenos sacan de todas esas tribulaciones y para el cristiano, perfecta seguridad. Bien pueden los hombres coadunarse; no pueden ni perderle, ni quebrantarle, ni impedirle que crea y ame.
II. Examinemos nuestra conducta en las pruebas de la Iglesia. ¿Se ha inspirado hasta ahora en él espíritu de fe? ¿Hemos tenido la suficiente confianza? ¿Nos hemos tal vez abandonado a la duda y al desaliento? Modicae fidei, diría Señor, quare dubitasti? Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado? (Matth. XIV, 31)

III. EL RECURSO A MARIA
I. Deber de recurrir.—Los consuelos del cristiano dejarían de ser verdaderos, si produjesen una egoísta indiferencia; y la seguridad personal se vería comprometida, si los consuelos acarreasen consigo la confianza en sí mismo. Tanto, pues, por caridad, como por prudencia, nos conviene, en la desdicha, recurrir a quien puede auxiliarnos
II. El recurso a María. — Al buscar este socorro, ¿cómo dejar de dirigirnos a María? Pensad, en efecto, en la solicitud con que esta Madre veló por su Hijo perseguido. Las tribulaciones exteriores son la librea de Cristo. El no fué interiormente tentado; pero sufrió el odio y la persecución. Un medio de las tribulaciones es el cristiano como otro Cristo Niño. ¿Cómo, pues, la Madre de Cristo dejará de mirar por los discípulos con el amor y vigilante ternura con que miró por el mismo Cristo, cuyos continuadores son ellos acá en la tierra?

COLOQUIO
Después de exponer a María nuestros peligros y los que la Iglesia corre, terminemos nuestra sencilla conversación con la gloriosa protectora de los fieles, dirigiéndole aquella hermosa plegaria:
María, mater gratiae, 
Mater misericordiae, 
Tu nos ab hoste protege 
Et mortis hora suscipe.
María, Madre de gracia, 
Madre de misericordia, 
defiéndenos del enemigo, 
Y recíbenos en la hora de la muerte.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Nuestra Señora de las Mercedes


24 de septiembre
Nuestra Señora de las Mercedes
Estaba todavía gran parte de España oprimida bajo el yugo de los sarracenos, y gran número de cristianos gemían en la más dura y cruel esclavitud con grave peligro de abandonar la santa fe que de sus padres habían recibido; cuando algunos piadosos varones, compadeciéndose de la miserable suerte de sus hermanos, se reunieron para tratar de socorrerlos y procurarles el alivio de sus penas. Desde el año 1190 se ocupaban en tan benéfica obra unos caballeros catalanes; mas no se instituyó la orden religiosa para la redención de cautivos, hasta principios del siglo siguiente. Esta obra heroica de auxiliar a los cristianos puestos en cautiverio traía muy pensativo a san Pedro Nolasco: cuando he aquí que una noche se le apareció la serenísima Reina de los cielos, consoladora de los afligidos, y le manifestó ser voluntad suya y de su benditísimo Hijo que en su honra se instituyese una religión que tuviera por fin principal redimir a los cristianos cautivos, y cuyos religiosos estuviesen prontos a perder su libertad y aun la vida en bien de sus prójimos y para conservación de su fe. El santo, corrió a su confesor, san Raymundo de Peñafort, a darle cuenta de lo que le había sucedido. Quedó sorprendido Raymundo al oír a su penitente, y al entender que había recibido del cielo el mismo favor que él; pues también a Raymundo se le había aparecido la santísima Virgen y descubiértole su voluntad y la de su bendito Hijo. Pero mucho mayor fue por una parte el asombro, y por otra el gozo y alegría de uno y otro, al referirles el rey de Aragón Jaime I, que aquella misma noche había tenido igual revelación, hecha por la misma misericordiosísima Señora. Asegurados, pues, los tres de la verdad de lo sucedido, trataron desde luego de poner por obra la voluntad del cielo, y el día 10 de agosto del año 1218 instituyeron una orden religiosa que, en honor de nuestra Señora, llamaron de santa María de las Mercedes, y del fin que al fundarla se proponían, le añadieron el nombre de «Redención de Cautivos». A los tres votos esenciales de pobreza, castidad y obediencia, añadieron los religiosos de esta orden un cuarto voto, por el cual se obligaban a quedarse en rehenes en poder de los sarracenos siempre que esto fuese preciso para alcanzar la libertad de los cristianos. Concedióles el rey que pudiesen llevar al pecho sus reales armas, y el soberano pontífice aprobó y confirmó tan pío y santo instituto. En conmemoración de tan insigne beneficio hecho por la santísima Virgen a los hombres, se estableció esta festividad de María con el título de las Mercedes.

Reflexión: ¡Cuántos miles y miles de cristianos, tratados en Argel y Berbería con grande crueldad, miserables, hambrientos, desnudos, cargados de cadenas o azotados y heridos bárbaramente por los látigos de los sobrestantes moros, se vieron libres del cautiverio y restituidos alegremente al hogar de sus familias por la generosa caridad de los religiosos de la Merced! Echáronse estos muchas veces al cuello las cadenas a trueque de libertar a los pobres cautivos, y en el primer capítulo general de la Orden, halláronse ya presentes muchos venerables religiosos a quienes los moros habían sacado un ojo, o mutilado la nariz o las orejas, y otros que estaban cubiertos de heridas, recibidas por haberse quedado en rehenes para librar a los pobres cautivos de aquella durísima esclavitud.

Oración: Oh Dios, que por medio de la gloriosísima Madre de tu unigénito Hijo te dignaste enriquecer a tu Iglesia con una nueva religión destinada a rescatar a los fieles del poder de los paganos; rogámoste que por los méritos y por la intercesión de la que veneramos como a iniciadora de tan pía obra, nos veamos libres de todos nuestros pecados y del cautiverio del demonio. Por el mismo Hijo tuyo y Señor nuestro. Amén.