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domingo, 12 de mayo de 2013

TRATADO DE VIDA ESPIRITUAL (Final)

CAPITULO XVII
A QUIÉN PUEDEN APROVECHAR 
LAS RAZONES SOBREDICHAS

     He procurado guardar brevedad en las sobredichas razones, las cuales pudiera explicar más a la larga, porque aprendas de lo poco levantar grandes consideraciones, de tal suerte que cada una de por sí te sirva de materia de alta y copiosa contemplación. Empero has de advertir que si quieres aprovecharte de las tales razones debes, no sólo considerarlas con el entendimiento, sino también (y es muy necesario) mover con determinada afección a la voluntad para poner por obra lo que ellas enseñan. Pues para que mejor lo entiendas, brevemente volveré a hacer mención de dichas razones, mostrando cómo no son de eficacia alguna en el alma, si con afectuosa determinación y calor espiritual no se pusieren por la obra.
     La primera razón no tiene fuerza sino en un sujeto de grande espíritu, que siente y contempla atentamente la nobleza, perfección y grandeza de Dios. Y así trabaja de amarle y honrarle en todo, según que su Majestad merece.
     La segunda no es de eficacia sino en quien siente una verdadera devoción en su espíritu, y considerando la caridad y bondad del Hijo de Dios, que enseñó en la pasión que por nosotros padeció, así el alma procure con todas sus fuerzas recompensar a su Majestad lo que por ella hizo.
     La tercera no aprovecha sino al alma que siente la alteza de la perfección que el Señor pide tenga la creatura que con grande ahinco procura cumplir el mandamiento de su Majestad y alcanzar con mucho deseo semejante perfección.
     La cuarta tan solamente tiene lugar en el alma que con afecto considera la grandeza y nobleza de los beneficios de Dios y su gracia. Y así trabaja con veras acudir a Dios con el debido servicio que por semejantes beneficios merece.
     La quinta vale en el alma que tiene en mucho la prometida gloria del cielo y con fervoroso amor la ama, y juntamente tiene firme fe y grande esperanza de llegar a gozarla, ejercitándose en virtuosas obras; de tal manera que con ellas la procure muy de veras alcanzar.
     La sexta no es eficaz sino en quien los vicios causan horror y abomina de los pecados, y grandemente le place la perfección, y ama mucho las virtudes y gracia de Dios, y esto con grande exceso.
     La séptima totalmente se halla en el que tiene en mucha estima las vidas de los santos, deseando imitarlos. Particularmente entiendo que los desee imitar perfectamente, y a los más perfectos, como a la Virgen María principalmente, a San Juan Bautista, a San Juan Evangelista, y a los sagrados apóstoles, y así a todos los demás santos.
     La octava no es de provecho alguno sino en quien en sí mismo agrava mucho las ofensas que ha hecho contra Dios, de ahí le nace una voluntad determinada de satisfacer a su Majestad con buenas obras por sus pecados.
     La nona no tiene lugar sino en el alma que echa de ver claramente su flaqueza y peligro de dar de ojos en las tentaciones. Por lo cual pone cuidado en huir las ocasiones de caer en tentación, para que así viva seguro en la gracia de Dios.
     La décima asienta muy bien en el sujeto que conoce claramente sus pecados, y con grandísimo temor y temblor de su corazón se recela de la sentencia del juicio final, que se dará en contra de los que no quisieron hacer penitencia de sus pecados.
     La oncena no es de efecto sino en quien teme la muerte, y con eso hace grande preparativa de obras meritorias para, esa hora.
     La docena sólo aprovecha a quien entiende que empezar buena vida sin desear y trabajar de alcanzar la más alta y más perfecta, no es posible sin que en ello se mezclen los vicios arriba dichos y sin muy conocido peligro de grandes males propios, pues no quiere huirlos ni evitarlos.
     La trecena no es de eficacia alguna sino en el alma que lleva notable cuidado de su salud y teme perder la gracia divina.
     La catorcena y última razón conviene al alma que teme las penas del infierno, sintiendo de sí que las merece por sus pecados, y así trabaja por librarse de ellas haciendo rigurosa penitencia.
     Finalmente, has de notar que la conclusión y fin de cada razón consiste en dos cosas. La una en el conocimiento de la imperfección y bajeza propia; y la otra en un entrañable deseo de llegar a vida más perfecta. De tal suerte que no se halle el dicho conocimiento de la propia miseria y fragilidad sin el deseo de mayor perfección, ni al contrario.

CAPITULO XVIII 
De ciertos remedios contra algunas tentaciones 
que vendrán con el anticristo 

     Quien quisiere huir los lazos y tentaciones del anticristo y librarse de las del demonio en los postrimeros días, ha de procurar guardar dos cosas en el conocimiento propio. La primera es que debe sentir de sí como de un cuerpo muerto lleno de gusanos, hediondo y tan asqueroso, que no solamente huyen de poner en él los ojos los circunstantes, mas se tapan las narices por no sentir el mal olor que de sí echa, y vuelven el rostro por no ver tal y tanta abominación. Esto conviene, carísimo, a ti y a mí consideremos siempre. Empero mucho más a mí, porque toda mi vida es hedionda, y yo todo soy asqueroso, mi cuerpo, mi alma, y todo cuanto hay dentro de mí, está lleno de corrupción y podredumbre de los pecados y maldades que en mí hay, y así todo soy abominable. Y lo que peor es: que siento cada día este hedor en mí que va creciendo, y de nuevo aumentándose.
     Debe, pues, el alma fiel sentir de sí tal hedor con grandísima vergüenza de la presencia de Dios, como delante de aquel que lo ve todo; o como si estuviese delante un riguroso juez, y así se ha de doler grandemente de las ofensas hechas a su divina Majestad, y de haber perdido la gracia que le dieron por la sangre preciosísima de Cristo cuando la lavaron con el agua del santo bautismo. Como considera que causa mal olor a sus propias narices y a las de Dios, así también se ha de persuadir que también sienten el hedor no sólo los ángeles y almas santas, sino todos los hombres de la tierra, delante de los cuales es abominable y hediondo. Y todos abominan de ver no sólo sus obras y oír sus palabras, empero que se tapan las narices y vuelven el rostro por no verlo, y como a cuerpo muerto hediondo lo echan de su compañía. Y de esta suerte esté apartado, como el más asqueroso leproso, hasta tanto que vuelva en sí. Y si alguno llegase a hacer justicia de él y de su cuerpo, sienta de sí lo que es justo, y crea de sí lo que queda dicho, aunque le sacasen los ojos y cortasen las manos, quitasen las orejas, quebrasen la boca e hiciesen esto propio de todos sus miembros y partes del cuerpo; porque con todos ellos ha ofendido al Señor que le creó.
     Más adelante debe desear lo desprecien y ultrajen, de tal manera que todos los vituperios, deshonras, infamias, injurias, blasfemias y, finalmente, cuantas cosas adversas le vengan, con sumo gozo y grande alegría las abrace y sufra con paciencia.
     Conviene desconfíes totalmente de ti mismo, de tus buenas obras y de tu vida, y te vuelvas todo a Dios, y te reclines sobre los brazos de Jesucristo pobre, vilísimo, vituperado, menospreciado y muerto por ti, hasta tanto que tú también estés muerto en todas tus pasiones humanas, y sólo Jesucristo crucificado viva en tu corazón y alma. Y así transformado y transfigurado todo en Él, interiormente lo sientas en ti, para que de ahí adelante no veas más ni oigas ni sientas sino sólo a Cristo pendiente de la cruz, muerto por ti y crucificado. Y a ejemplo de la Virgen María, muerto para el mundo, viviendo en la fe. En ella ha de vivir toda tu alma hasta la renovación, con la cual enviará nuestro Señor el gozo espiritual y don del Espíritu Santo a ella y a aquellas personas en las cuales se ha de renovar el estado de los santos apóstoles y de su Iglesia santa; ejercitándote en santas oraciones, o en sagradas meditaciones y afectos para alcanzar los dones de las virtudes y gracia del Señor. 


CAPITULO XIX 
Siete afectos para con Dios

     Para esto principalmente te has de ejercitar en siete maneras de afectos para con el Señor, es a saber: en un amor ardentísimo, temor grande, honra debida y constantísimo celo; a lo cual ha de acompañar hacimiento de gracias y voz de alabanza, juntamente con una prontitud de toda obediencia y gusto de la suavidad divina, diciendo: ¡Oh, buen Jesús! Haced que con todo mi entendimiento y todo mi interior sumamente os tema y reverencie y cele con grande fortaleza vuestra honra. De tal suerte que cualquier afrenta vuestra, como celoso de vuestra gloria, en grande manera la aborrezca, y particularmente si en mí, de mí, o por mí, habéis sido afrentado o injuriado, Dios mío. Dadme también que a Vos, Señor, como creatura vuestra, con humildad os adore y reconozca, y de todos los beneficios que de Vos he recibido perpetuamente os haga gracias con grandísimo agradecimiento de mi corazón; dadme, Señor, que en todas las cosas siempre os bendiga, alabe y magnifique con muy grande júbilo y alegría de mi alma. Y obedeciendo a vuestra divina Majestad en todas las cosas, sea recreado con una dulcísima e inefable suavidad, en compañía de vuestros santos ángeles y sagrados apóstoles, asentado a vuestra mesa, aunque indigno e ingrato. El cual, con el Padre y Espíritu Santo, vivís por todos los siglos. Amén.
     También debe ejercitarse acerca de sí propio con otras siete maneras de afecto. Primeramente se confunda y avergüence a si mismo de sus vicios y defectos. Lo segundo, llore sus pecados, como ofensas hechas a Dios y que han manchado su alma, y con grandísimo dolor se duela de ello. Lo tercero, se humille y tenga en poco con tanto menosprecio, que con todas las veras, como de cosa vilísima y asquerosísima, no haga caso de sí mismo, y desee ser menospreciado, como dicho es. Lo cuarto, que se trate a sí con severísimo rigor, de tal manera que maltrate su cuerpo ásperamente y guste de ser así maltratado, como el que está lleno de hediondez de pecados, y como letrina, albañal y estercolero de toda inmundicia. Lo quinto, tenga ira implacable contra todos sus vicios y contra las raíces de donde ellos nacen y contra sus malas inclinaciones. Lo sexto, procure perpetuamente tener un vigor de ánimo despierto y valiente, para que juntamente estén despiertos y atentos todos sus sentidos, actos y potencias, con un esfuerzo varonil para toda cosa buena. Lo séptimo, debe tener discreción, acompañada de una modestia perfecta y moderación tal, que en todas las cosas estrechamente guarde modo y tasa entre lo no suficiente y demasiado, de tal manera que ni en sus obras se halle demasía, ni defecto o cortedad, y ni sea más de lo que debe, ni menos de lo que conviene.


[De cómo se ha de haber el siervo de DIOS con sus prójimos]

     De otras siete maneras se ha de haber el siervo de Dios acerca de sus prójimos. Lo primero, téngales una pía compasión, de manera que así sienta los males ajenos y trabajos de los demás, como si fueran propios. Lo segundo, háyase con su prójimo con un dulce trato, esto es, que se alegre tanto de su bien como del propio. Lo tercero, procure siempre tener el ánimo sosegado, sufrido y fácil en perdonar, de tal manera que sufra con paciencia las injurias y agravios que le hicieren, y de corazón los perdone. Lo cuarto, trate con una benignidad grande y afabilidad para que sea a todos grato, y tal se muestre en sus obras y palabras, deseándoles todo bien. Lo quinto, tenga humilde reverencia, es a saber, que todos aventaje a sí y a todos respete y se sujete de corazón, como si le fueran señores. Lo sexto, procure guardar una concordia unánime, cuanto en sí y cuanto según Dios puede ser. De tal suerte que una misma cosa sienta con todos, y así piense él: ser todos y todos él, y el acertado parecer de todos juzgue ser mejor que el suyo. Lo séptimo, trabaje, a imitación de Cristo, hacer por sus prójimos sacrificio de sí mismo. Tal, que por la salud espiritual de todos esté muy aparejado para poner su vida al tablero, como hizo Cristo, y orar de día y de noche y trabajar que todos se entrañen en Cristo y Cristo en ellos. Empero no por esto piense no ha de huir los vicios de los hombres con todas sus fuerzas, y apartarse de ellos. Asi se ha de advertir siempre que de la compañía de los malos o imperfectos hubiese peligro alguno y ocasión de apartarle de la perfección, o de impedírsela, o a lo menos del fervor de las sobredichas virtudes, ha de huir de los semejantes muy lejos, como de serpientes y dragones ponzoñosos. No está tan entrañado el fuego en un carbón, que si lo echan en el agua no se entibie y enfríe; así también, por el contrario, no está tan frío que, en compañía de un montón de carbones encendidos, no se encienda. De otra suerte, a donde no corre este peligro, aunque sea de pura simplicidad, no debe notar los defectos ajenos. Y si no pudieres dejar de verlos, compadécete de ellos, como si fueran propios, y llévalos con paciencia.
     Para que te hayas perfectamente acerca de las cosas terrenas y divinas y en ellas te aproveches, advierte que las debes considerar en cuatro maneras. La primera, que así entiendas de todas las cosas como peregrino o extraño, y como si de ti muy ajenas y desviadas estuviesen. Y esto en tal grado, que tu mismo vestido esté tan apartado de tu sentido, como si estuviera en Francia o en las Indias. La segunda, en tu uso y menester huyas la abundancia como al mismo veneno, y como al mar, que zambulle y traga. La tercera, en ese propio uso tuyo procures sentir alguna falta y pobreza. Porque esa es la escalera por la cual se sube a las celestiales y eternas riquezas. La cuarta, huye la compañía, familiaridad y aparato de los ricos y poderosos; no por menosprecio, sino que más te gloríes de la compañía de los pobres y menospreciados del mundo, y del trato, vista y conversación suya y de ella te goces. Porque son expresa imagen de Cristo, y así como si fuesen reyes, con grande gozo, contentamiento y respeto te acompañes de ellos.


CAPITULO XX
Donde se ponen quince perfecciones necesarias al siervo de Dios

     Quince son las perfecciones necesarias que ha de tener cualquier persona que sirve a Dios en la vida espiritual. La primera es una clara y perfecta noticia de sus defectos y flaquezas. La segunda es grande enemistad y fervorosa contradicción contra sus malas inclinaciones y contra su propia voluntad y pasiones naturales que repugnan a la razón. La tercera es un temor grande que debe tener, por cuanto no está cierto si hasta entonces ha satisfecho bastantemente a Dios por las ofensas que le ha hecho, ni menos si tiene asentadas paces con Él. La cuarta es un grande miedo que ha de llevar siempre en sí no vuelva a caer por su flaqueza en semejantes pecados que los pasados, y aun mayores. La quinta es un fuerte rigor y áspera corrección con que ha de gobernar sus sentidos corporales y todo su cuerpo, haciendo esté sujeto y rendido al espíritu, para el servicio de Jesucristo. La sexta es huir varonilmente de cualquier persona que lo puede provocar o serle ocasión, no sólo de pecar, empero de alguna imperfección en la vida espiritual y perfecta que lleva; y esto de la manera que huyera de un demonio infernal. La octava es que conviene tener en sí la cruz de Cristo, que tiene cuatro brazos: el primero es la mortificación de los vicios; el segundo, la renunciación de todos los bienes temporales; el tercero, menosprecio de las carnales aficiones de sus padres; el cuarto, menosprecio y abominación de sí mismo.
     La nona perfección es ordinario y perpetuo acuerdo de los beneficios que hasta entonces de la mano de nuestro Señor Jesucristo ha recibido. La décima, ocuparse de día y de noche en oración. La oncena, gustar y sentir las divinas dulzuras. La docena, grande y fervoroso deseo de levantar nuestra fe santa; esto es, que sea nuestro Señor Jesucristo de todos temido, amado y conocido. La trecena es tener misericordia y piedad de sus prójimos en sus necesidades, como de sí mismo holgaría la tuviesen los demás. La catorcena es dar gracias de corazón a Dios de todo, alabando y glorificando a Jesucristo nuestro Señor. La quincena y última es que, después que haya hecho todo esto, diga: Señor, Dios mío, Jesucristo: nada soy, nada puedo, nada valgo y mal os sirvo, y en todo soy siervo inútil.


CAPITULO XXI 
Cinco ternarios en los que debe ejercitarse el varón espiritual

     Tres son las razones o partes principales de la pobreza evangélica y apostólica: ceder a todo su derecho; tomar con moderación de todas las cosas temporales; usar la pobreza y con afición habituarse en todo esto.
     Tres son las partes de la abstinencia, es a saber: destruir el amor carnal, no cuidar del sustento de su vida, no curar tener abundancia ni aun suficiencia de mantenimiento ni regalos, y usar parcamente de lo que le pusieren delante para comer.
     Tres cosas en particular habernos de huir y temer: la primera es la distracción exterior de los negocios. La segunda es la presunción interior. La tercera es la demasiada y desordenada afición de las cosas temporales y de las amistades carnales, no solamente en orden a sí, sino en orden a sus amigos o a su Orden.
     Tres cosas habernos de abrazar y ejercitarnos en ellas: la primera, el deseo del menosprecio propio y abatimiento exterior. La segunda, compasión entrañable a Jesucristo crucificado. La tercera, sufrimiento en las persecuciones y martirios por el amor de la honra del nombre de Cristo y de la vida evangélica y cristiana. Estas tres cosas se deberían pedir con expresas palabras y encendidos suspiros y sollozos del alma, cada hora del día a Dios.
     Tres cosas habemos de meditar continuamente. La primera, a Cristo encarnado, crucificado, con los demás pasos de su vida y pasión. La segunda, la vida de los apóstoles y de los frailes santos anticipados de nuestra sagrada religión de predicadores, con deseo de parecerles en sus virtudes. La tercera, el estado de los varones evangélicos, que Dios aún ha de traer a su Iglesia.
     Estas cosas has de contemplar día y noche, es a saber, el dichoso estado de los pobrecitos, simplicitos, mansos, humildes, desechados, y que con una caridad ardentísima aman a sus prójimos, y de los que ni piensan, ni hablan, ni se saborean sino de sólo Jesucristo, y éste crucificado. Que ni cuidan del mundo ni de sí mismos se acuerdan, perpetuamente están contemplando la gloria soberana de Dios y de los bienaventurados, y por ella suspiran íntimamente. Y por su amor siempre están deseando la muerte, y a imitación de San Pablo, dicen: "Deseo ser desatado y estar con Cristo". Y juntamente desean los inestimables e innumerables tesoros de las riquezas celestiales; empapándose en aquellos dulces y melifluos arroyos de deleites, suavidades y amenidades, que todos los bienes encierran y abrazan.
     Debes imaginar también a estos mismos, como cantando con alegría un cantar angélico, tañendo en las citaras de su corazón.
     Esta contemplación despertará en ti un deseo grande de ver aquellos tiempos. Causarte ha cierta luz admirable, quitando todo el nublado de duda e ignorancia, y clarísimamente verás, podrás discernir todos los defectos de aquestos tiempos, y el místico orden de las Ordenes eclesiásticas, hechas desde que empezó Cristo y quedan por salir hasta la fin del mundo. Y, finalmente, hasta la gloria del todopoderoso Jesucristo, que crucificado lo has de llevar perpetuamente en tu corazón, para que te lleve a ti a su eterna gloria. Amén.
 fin del "tratado de la vida espiritual"
San Vicente Ferrer

jueves, 2 de mayo de 2013

TRATADO DE VIDA ESPIRITUAL (5)

CAPITULO XII
De los maitines y demás horas

     Levantado a maitines y salido de tu celda al dormitorio a decir el oficio de nuestra Señora, entretanto que se dice no te arrimes a la pared ni a cosa alguna, sino, estando derecho sobre tus pies, procura decirle con toda atención, voz clara y decente y con alegría espiritual. Y, finalmente, de tal suerte como si verdaderamente la vieses con tus ojos corporales delante de ti. Y advierte de paso que el siervo de Dios, saliendo de su celda o volviendo a ella y andando por cualquier lugar, no ha de llevar ocioso y desocupado el pensamiento, antes muy empleado en la consideración de las cosas del cielo, rumiando siempre algunos salmos o contemplando otra cualquier cosa espiritual. Y así podrás antes que se empiece el oficio entrar en el coro y tomar alguna espiritual meditación, con la cual con mayor devoción y atención puedas cantar.
     Hecha ya la señal para empezar los maitines y hechas las inclinaciones, procura estar de pies, derecho y no apoyado. Y con el cuerpo y alma estarás delante la presencia de tu Dios, expeditamente cantando sus alabanzas con mucha alegría, considerando que, sin duda alguna, tienes presentes los ángeles, delante cuyo acatamiento cantas y alabas a Dios. Y así continuamente los debes respetar como a aquellos que siempre ven en los cielos la cara de Dios omnipotente, creador de todas las creaturas, la cual tú en esta vida no puedes ver sino tras cortina y velo, y como retratada en espejo, esto es, en sus creaturas.
     Nunca perdones en el cantar a tu voz, esforzándola cuanto fuere posible, acompañándola siempre con modestia. Y ten cuidado de no dejarte ni una jota, así de salmos como de versos, dicciones y sílabas, ni aun de los puntos que cantas. Y, si con igual voz no pudieres seguir a los demás, a lo menos procúralo con voz más baja, y si te fuere posible canta siempre los salmos e himnos por el libro. Entretanto que llevas el entendimiento ocupado en la consideración de los salmos y de todo lo demás que allí dices y en ello recibes consolación y alegría espiritual, advierte que ni en la apariencia exterior y gestos del cuerpo, ni en el sonido de la voz, des muestras de liviandad o descomposición alguna. Antes bien, en semejante ocasión con más cuidado debes guardar la debida gravedad y cordura. Porque muchas veces la alegría espiritual se convierte en liviandad, si la prudencia no tiene la rienda a los movimientos exteriores. Trabaja cuanto puedas de cantar con mucha atención, recogiendo tu espíritu y entendimiento para la consideración de aquello que allí haces. Lo cual no deja de ser muy trabajoso al principiante en el servicio de Dios y que aún no está habilitado ni fortalecido en semejante ejercicio espiritual.
     Guarda siempre en el coro el lugar que una vez escogiste, y no le mudes, salvo si otro religioso no viniese, a quien le debes dar aquel lugar, por ser mayor que tú. Si advirtieres algún defecto en el coro, procura remediarlo por ti mismo o avisándolo. Para lo cual advierte es muy agradable al Señor, si antes de ir al coro, pasares los ojos por el ordinario y rúbricas de lo que se ha de hacer o rezar en él. Y con esto estarás prevenido para advertir lo que se debe hacer y para suplir los descuidos de los demás con caridad. Si en el coro se moviere alguna contienda y altercación acerca de lo que se ha de rezar o cantar, guárdate no hables en tal ocasión, aunque claramente sepas lo que se ha de decir. Porque muchos, por caso de muy poca importancia están grande rato pleiteando, y es menor inconveniente errar en poco que pleitear en mucho. Mas si con una palabra vieses que puedes remediar la falta, lo debes hacer, particularmente si fueres tú de los más antiguos y respetados. Empero, si conoces en ti algún movimiento de impaciencia y cólera por el tal defecto, no hables palabra. Porque en semejante caso mucho mejor será que remedies el movimiento de tu cólera que no el descuido ajeno. Cuando alguno leyere mal o cantare o hiciere otra cosa semejante torpemente, no murmures de él ni le corrijas, porque es especie de jactancia y soberbia tal corrección. Y lo mismo digo en la lección, si alguno la leyere mal y desgraciadamente, no hagas visajes ni gesto alguno. Porque semejantes movimientos son señales de corazón hinchado de viento de altivez. Si muchos acudieren a suplir algún defecto, no te muevas tú ni te entrometas. Mas si ninguno acude, entonces con mucha modestia llega a remediarlo, y si pudieres mejor será anticiparte, antes que acontezca o que se eche de ver. Guárdate de leer dos lecciones, una tras otra, o cantar dos responsos, especialmente donde hay muchos religiosos que las pueden decir, si ya de ellos no hubiese falta. Y asimismo, si eres mozo, no te entrometas voluntariamente a decir o hacer lo que a los muy ancianos y viejos toca.
     No derrames la vista a una parte y otra, ni mires a nadie lo que hace o de la manera que está. Mas ten los ojos mortificados o levantados al altar, o cerrados, o, finalmente, puestos en el libro. Y advierte cuando dijeres el oficio divino, ahora estés de pies o sentado, no tengas la mano debajo la mejilla, ni debajo la barba, sino debajo la capa (cuando allí la tuvieres), o del escapulario. Ni tengas un pie sobre otro, ni las piernas abiertas y tendidas, sino con toda composición, considerando estás en la presencia de Dios. Guárdate de tener los dedos en las narices, porque hay algunos que en esta y otras miserias semejantes e imperfecciones se ocupan, no sin grande tentación y engaño del demonio, divirtiéndose del oficio divino y dando claras muestras de su poca devoción y mucho distraimiento.
     Muchos otros casos particulares pueden ofrecerse, que no es posible expresarse aquí por menudo. Mas si tuvieres el corazón humilde y lleno de amor del Espíritu Santo, Él te enseñará estos y otros avisos interiormente. Tú que esto lees ten en cuenta que (como aquí se pongan muchos actos diversos, según diferentes circunstancias) no por eso los menosprecies o repruebes, si de necesidad alguna vez se viere de hacer lo contrario. Como aquello de hablar o callar en el coro y otras cosas semejantes, particularmente cuando se ha de remediar algún inconveniente o yerro. Porque al más antiguo le está bien remediarlo.
     Empero, generalmente ten aquesta por verdad conocida, que no conviene al siervo de Dios litigar ni averiguar disputas en el coro. Pues menos inconveniente es sufrir pacientemente la falta que pleitear, especialmente en tal lugar, en donde causa escándalo, estorba la atención y quita la quietud espiritual y tranquilidad del alma. Asimismo, cuando dije que siempre debes cantar o leer en el coro, entiéndelo de la propia suerte: porque tal devoción puedes tener en aquel punto, que la divierta y estorbe el cantar. Entonces mucho mejor será decir el oficio bajito, principalmente cuando hay muchos otros que basten para cantar y tú no haces falta.
     De aquesta suerte has de censurar y pesar otras muchas cosas y diferentes ocasiones, según que el Altísimo mejor te enseñará, si menospreciadas todas las cosas, con corazón sencillo y humilde a Él te llegares. Y nadie debe creer a sí mismo fácilmente cuando se persuade hacer lo contrario de lo dicho, hasta tanto esté muy ejercitado en el servicio de Dios de mucho tiempo, y haya alcanzado de su liberal mano el espíritu y don de la discreción.

CAPITULO XIII 
Del modo que se ha de guardar en el predicar

     En todos los sermones que en público tuvieres y en las pláticas y exhortaciones particulares, usa siempre de lenguaje sencillo, llano y casero, para dar a entender las obras particulares de cada uno, descendiendo a los actos singulares. Y trabaja cuanto pudieres, persuadirles con ejemplos eso que les dijeres, para que el pecador que conociere en sí tener aquel pecado, parezca ser herido con tus eficaces razones, como si a él solo predicaras. Mas esto de tal modo has de hacer que eche de ver salen tus palabras de pecho no soberbio o indignado, sino de entrañas llenas de caridad y amor paternal. De la suerte que un piadoso padre se duele de ver pecar a sus hijos, o derribados en una grave enfermedad, o caídos desgraciadamente en un grande hoyo, y de allí los procura sacar, librar y amparar, cual una madre amorosa. Y como aquel que se goza del aprovechamiento de las almas y de la gloria que en el cielo les aguarda.
     A la verdad, semejante modo de predicar suele ser de provecho a los oyentes. Porque tratar en general y en común de los vicios y virtudes, muy poco o nada les mueve.
     Lo propio debes guardar en las confesiones que oyeres, que de cualquier manera que te hayas con los penitentes, ahora sea halagando a los pusilánimes, ahora aterrando a los obstinados, siempre muestres entrañas de caridad. Para que de una manera y otra conozca el pecador que tus palabras salen de puro amor. Por tanto, debes entrarle con palabras dulces, caritativas y llenas de compunción.
     Así que tú que deseas hacer algún fruto en las almas de tus prójimos, acude primero muy de corazón a Dios y pídele sencillamente se sirva de darte caridad, en la cual consiste la perfección de las virtudes, con la cual puedas acabar perfectamente lo que deseas.

CAPITULO XIV
De los remedios para vencer las tentaciones

     A honra de nuestro Señor Jesucristo, te quiero dar remedios para que te sepas defender de algunas tentaciones espirituales, que en este tiempo cunden mucho en el mundo para mejor perfección y prueba de los escogidos. Las cuales, aunque clara y manifiestamente no son contra algún artículo de fe, empero el que atentamente lo mira conoce que corren mucho riesgo de ser destruidos los más principales de ella, y que edifican cátedra y aderezan silla para el anticristo.
     No quiero expresar las tales tentaciones, por no dar materia y ocasión de escándalo y poner tropiezo para caer en imperfección. Sino tan solamente enseñaré una discreción espiritual, por la cual te puedas regir si no quieres ser vencido de semejantes tentaciones. Y porque las tales suelen acometer por una de dos maneras: la primera por persuasión e ilusión del demonio, el cual engaña al hombre en el regimiento que debe tener para con Dios y en cosas de su servicio. La segunda por la corrompida y sospechosa doctrina de algunos y por el modo de vivir de los que ya se rindieron y sujetaron a las tales tentaciones. Por lo cual te quiero avisar del regimiento y orden que has de guardar para con Dios y cosas de su servicio, si quisieres librarte de semejantes tentaciones. Y luego después, de la suerte que te has de regir con los demás, así en lo que toca a la doctrina que enseñan, como a su modo singular de vivir.
     El primer remedio contra las espirituales tentaciones de este tiempo, que el demonio procura plantar en los corazones de algunos, es: que los que quisieren entregarse a Dios y darse a la oración y contemplación, no deseen sentimientos, visiones o revelaciones, las cuales son sobre la naturaleza y curso común y ordinario de los que aman a Dios y juntamente con ese verdaderísimo y firme amor le temen. Porque semejante deseo no se puede hallar sin una raíz y fundamento de soberbia y presunción, o tentación de alguna vana curiosidad en las cosas de Dios. Y, finalmente, sin alguna vacilación o flaqueza en la fe. En castigo de aqueste defecto e imperfección, la justicia divina deja al alma que semejante deseo tiene, y permite venga a caer en la tal ilusión y tentación del demonio, engañada con falsas visiones y revelaciones y engañosos embustes.
     Por aquí, y con este artificio, siembra nuestro enemigo la mayor parte de las tentaciones espirituales de este tiempo, y hace que echen firmes raíces en los corazones de aquellos que son mensajeros ciertos del anticristo, como verás claramente de lo que se sigue.
     Conviene saber que las verdaderas revelaciones y espirituales sentimientos de los secretos divinos, no te vendrán por tener deseo que te vengan, ni tampoco por fuerza que en ello hagas, y mucho menos por estudio y afición que tu alma en ello ponga. Sino tan solamente acontece venir por sola bondad de Dios y voluntad suya, al alma que está colmada de humildad y llena de deseo de Dios, acompañado de su reverencia y temor. Ni con todo eso, por sólo ese respecto de poder llegar a tener visiones, revelaciones y sentimientos, se ha de ejercitar uno en la humildad y temor de Dios; porque, haciéndolo, en el propio inconveniente y falta daria, en que por el sobredicho deseo.
     Remedio segundo. No consientas en tu alma, estando en oración o contemplación, consolación alguna grande o pequeña, en el punto que vieres se funda en presunción grande y propia estimación, y advirtieres que mueve el alma a ambición de propia honra y reputación, y juntamente anda blandamente persuadiendo a tu entendimiento que eres merecedor de la gloria de esta vida y alabanza mundana. Porque has de saber que el que da consentimiento a semejante consolación, viene a dar de ojos en muchos errores pestilenciales. Y permitiéndolo así el Señor, por su justo juicio, que da poder al demonio para aumentar la sobredicha consolación y apresurarla para imprimir en la tal alma falsísimos y peligrosísimos sentimientos y otras ilusiones que piensa que son consolaciones verdaderas. ¡Ay, ay, Dios mío, y cuántas personas se han dejado engañar de esta suerte! Y ten por cierto que la mayor parte de los raptos o rabias de estos mensajeros del anticristo vienen por ese camino.
     Por tanto, te aviso te guardes con cuidado, y no permitas en tu oración y contemplación consolación alguna, si no fuere la que viniere acompañada de una perfecta noticia y entero conocimiento de tu bajeza e imperfección. Porque cuanto más adelante pasare la tal consolación, más perseverará en ti esta noticia y conocimiento, y te traerá en otro muy claro de la grandeza y alteza de Dios, con profunda reverencia y grande deseo de su honra y gloria, y así echarás de ver que es verdadera esa consolación, con tal que se funde en lo dicho.
     El tercer remedio. Todo y cualquier sentimiento, por alto y encumbrado que sea, y cualquier visión, por muy secreta y escondida que te aparezca, de cualquier género que ella sea, en el mismo punto que mueva tu corazón a tener opinión particular o duda en algún artículo de la fe, o que toque en las buenas costumbres, singularmente si fuere contra la humildad o contra la honestidad, témela grandemente, y cáusete grande horror, porque, sin duda alguna, viene de parte del demonio. Y si te apareciere alguna visión sin este sentimiento y efecto malo, y de ella estás cierto viene de la mano liberal de Dios, y te asegura en tu corazón que a lo que te mueve la tal visión es cosa agradable a Dios, aun con todo eso no hagas caso ni te asegures del todo en dicha visión.
     El cuarto remedio. Ni por grande devoción o perfecta vida, ni por claro y agudo entendimiento, ni por otra cualquier suficiencia o perfección que vieres en alguna persona o personas, no quieras seguir sus consejos ni tratos, de los cuales clara y patentemente echares de ver que sus consejos no van encaminados a Dios, ni con la verdadera discreción, ni por el camino ordinario de la vida de Jesucristo, ni por el trillado y platicado de los santos, ni por el de la sagrada Escritura predicada por su boca y con su ejemplo enseñada. No temas por esto, ni pienses pecar pecado de soberbia o de vana presunción, no haciendo caso de semejantes consejos suyos; pues lo haces tan solamente por el celo y amor de la verdad.
     El quinto remedio es: que te apartes de las conversaciones y amistad de aquellos y aquellas que siembran las dichas tentaciones y las divulgan. Y juntamente huye las personas que las permiten y alaban. De los cuales no escuches aun las palabras, ni a sus conversaciones asistas, ni quieras ver su modo de vivir. Porque el demonio, como astuto, te mostrará y aun hará ver grande señal de perfección en sus muchas palabras y tratos exteriores, que si las admitieres y dieres a ellas crédito, vendrás a dar en grandes peligros y caerás en los despeñaderos de sus errores.

CAPITULO XV 
De cómo se ha de haber con los que siembran 
las sobredichas tentaciones 

     Por lo dicho quiero avisarte de algunos remedios que debes en ti mismo advertir acerca de las personas que siembran las sobredichas tentaciones, así con su vida como con su doctrina.
     Lo primero que has de atender para con semejantes personas es no hacer caso de sus visiones, sentimientos ni arrebatamientos. Antes bien, si a vueltas de eso te dijeren algo contra la fe y contra la Escritura sagrada o contra las buenas costumbres, abomina de sus visiones y sentimientos como de desvanecimientos locos, y de sus raptos, pues no son sino rabias. Empero si sus palabras, juicios y consejos fueren fundados en la fe, y en la Escritura santa y según las santas y buenas costumbres, no los menosprecies ni tengas en poco. Porque en tal caso sería menospreciar lo que es de Dios. Mas no te fíes del todo y a carga cerrada, porque muchas veces, y las más, en semejantes cosas espirituales se mezcla engaño con apariencia de verdad disfrazada, y malicia bajo especie de bondad, para que así el demonio, sin sospecha alguna, mejor pueda derramar su mortal veneno. Y, por tanto, creo que más agrada a Dios que pases por alto (sean lo que fueren) semejantes visiones, sentimientos y raptos que, como he dicho, tuvieren alguna apariencia de verdad y bondad, si ya no se hallasen en personas de santidad y discreción y de humilde bondad; de las cuales se puede estar seguro que no podrán ser engañadas por ilusión ni astucia del demonio. Entonces, aunque sea piedad creer a las visiones y sentimientos de personas tan honradas, con todo es más seguro no darles crédito del todo por lo que ellas son en sí, por la razón dicha, sino tan solamente porque se conforman con la fe católica, con la sagrada Escritura, con las buenas costumbres, palabras santas y doctrinas de los santos.
     El segundo remedio: Si se moviere tu corazón por alguna revelación o sentimiento o de otra manera, a hacer alguna obra, y particularmente si fuere notable y de importancia, que no la solías hacer, de la cual no estás cierto si agrada a Dios, antes bien estás dudoso de ello por algunas razones, dilata el ponerla por obra hasta tanto que hayas muy bien considerado todas las circunstancias, y en particular del fin, para que así eches de ver si agrada a Dios. No quiero decir que lo juzgues tú según tu opinión, sino por algún testimonio de la sagrada Escritura si pudieres, o por algún ejemplo de los santos padres que se pudiera imitar. Llamo que se pueda imitar, porque, según enseña San Gregorio, algunos de los santos hicieron algunas obras que no las debemos imitar, aunque en ellos fuesen buenas, antes nos habernos de admirar de ellas y tenerlas en reverencia. Y si por ventura por ti mismo no alcanzas a saber si agrada a Dios lo que quieres hacer, toma consejo de personas aprobadas en vida y doctrina, para que te le den de la verdad.
     Tercer remedio: Si te hallares libre de lo dicho, de tal manera que jamás lo hayas tenido, o si te ha acontecido te hayas librado de ello, levanta a Dios tu corazón y espíritu, reconociendo con humildad la merced que te ha hecho, por la cual continuamente darás en tu corazón a su Majestad infinitas gracias. Y eso que tienes de Dios por pura gracia y misericordia, guarda no lo atribuyas a tu virtud, sabiduría o merecimiento y costumbres; o a lo menos no imagines que acaso se hizo así. Porque esto (dicen los santos) es principalmente porque Dios quita el beneficio de su gracia a un hombre y permite caiga en las tentaciones e ilusiones del demonio.
     Cuarto remedio: Cuando estuvieres en tal tentación o ilusión espiritual, o la sintieres en tu corazón, de la cual estás dudoso, estando así no comiences de tu propia voluntad y parecer obra alguna de nuevo que sea notable, que antes no acostumbrabas hacer, sino reportando tu voluntad y deteniendo la rienda a tu fervoroso corazón, aguarda con humildad, con temor y reverencia alumbre el Señor tu alma. Porque debes tener por cierto que, si estando en semejante duda, de tu propia voluntad empezases la tal obra heroica, la errarías, y no podría llegar a tener buen fin. Hablo de querer empezar de nuevo cosas notables y no acostumbradas, de las cuales tienes la duda dicha.
     Quinto remedio: Por las tentaciones dichas (si las padecieres) no alces la mano de alguna buena obra que antes que te viniesen las tentaciones empezaste. Y particularmente no dejes de tener oración, de confesarte y comulgar y hacer tus ayunos y las obras de piedad y humildad que antes hacías, aunque en ellas no halles consolación espiritual alguna.
     Sexto remedio: Si tuvieres las dichas tentaciones, levanta tu entendimiento y corazón a Dios, pidiéndole con humildad lo que más fuere dé su servicio y provechoso a la salud de tu alma, sujetando en tal tentación tu voluntad a la de Dios. De tal suerte que, si a su Majestad le place padezcas semejantes tentaciones, gustes tú también de ellas, para que no le ofendas.

CAPITULO XVI 
Por qué medios se ha de subir a mayor perfección

     Porque me da grande contento hayas empezado una cosa tan buena y tan de honra de Dios como es la vida espiritual, y deseo no solamente perseveres, empero que subas a obras virtuosas más perfectas, o a lo menos lo desees; por tanto, te escribo algunas razones con las cuales podrás levantar tu espíritu a mayores perfecciones en toda manera de virtud, que aún no has empezado, ni podrás llevar adelante por tus propias fuerzas tan solamente.
     La primera razón es: Si echares de ver cuán digno es Dios de ser amado y honrado por su bondad y sabiduría y por las demás perfecciones que en su Majestad sin número ni término se hallan, advertirás esa fe que le tienes y amor con que le amas, que te parece grande, para su honra y bondad es todo muy poco o nada, en respecto de lo que debía de ser, conforme a lo que su Majestad merece. Pongo esta razón por primera, porque lo principal que habernos de procurar en todas nuestras obras es la honra, reverencia y amor de Dios, porque por Sí mismo es digno de ser amado de todas las creaturas.
     Segunda razón: Si atentamente consideras los menosprecios, vituperios, pobrezas, dolores y acerbísima pasión que por tu amor padeció el Hijo de Dios, para que de ahí te muevas a lo amar y reverenciar, echarás de ver ser poco lo que haces amándolo y honrándolo, según lo mucho que debes hacer. Esta razón es la más alta y perfecta de las demás que se siguen, y por eso la pongo en segundo lugar.
     Tercera razón: Si adviertes la pureza y perfección que has de tener según la ley de Dios, la cual te obliga a huir todo vicio y estar libre de toda culpa y abrazar toda virtud; como ahora (poniendo por ejemplo) es aquel mandamiento que te muestra estar obligado a amar a nuestro Señor de todo corazón, con todo tu entendimiento y con todas tus fuerzas, verás claramente tu flaqueza y cuán lejos andas de la pureza y perfección sobredicha.
     Cuarta razón: Si te pones a considerar la muchedumbre de beneficios que de la liberal mano de Dios has recibido, las gracias corporales y espirituales, que a ti y a otros, o singularmente a ti te ha dado, conocerás eso que haces y lo que puedes hacer por su Majestad ser nada, en recompensa de tales beneficios y gracias. Particularmente si considerares la bondad y liberalidad con que las ha comunicado.
     Quinta razón: Si pones los ojos en la alteza del premio y nobleza de la prometida gloria que tiene Dios aparejada para aquellos que hicieren obras virtuosas en su servicio (porque tanto mayor será la gloria, cuanto mayores y más virtuosas sean sus obras), echarás de ver evidentemente ser nada tu merecimiento, puesto en parangón con tanta gloria. Y así, al menos con deseos te moverás a hacer obras más virtuosas que antes.
     Sexta razón: Si atendieres a la hermosura y generosidad que en sí tienen las virtudes y la nobleza que por ellas alcanza el alma, y, por consiguiente, echaras de ver la vileza de los vicios y torpeza de los pecados, con mayores veras, si fueres sabio, trabajarás en alcanzar virtudes, y mucho más en huir los vicios y aborrecer los pecados.
     Séptima razón: Si considerares la santidad y perfección de la vida de los santos padres y sus muchas y perfectas virtudes, advertirás la imperfección y flaqueza de tu vida y obras.
     Octava razón: Si conocieses la gravedad de los pecados y la muchedumbre de las ofensas cometidas contra Dios, verías que cuantas obras buenas haces, por buenas que sean, no aprovechan cosa alguna en razón de satisfacer a su divina Majestad de justicia, por las ofensas que cortra su bondad has cometido.

TRATADO DE VIDA ESPIRITUAL
San Vicente Ferrer

lunes, 15 de abril de 2013

TRATADO DE VIDA ESPIRITUAL (4)

CAPITULO VIII
Del modo que se debe guardar en regular 
el cuerpo en el comer y beber

     Si quisieres llevar bien regulado tu cuerpo, lo primero en que te has de ejercitar es en mortificar el apetito de la gula. Porque si de ella no alcanzas victoria, de balde trabajas en adquirir las demás virtudes. Para lo cual debes guardar con cuidado el orden siguiente. Lo primero, no te procures para comer cosa alguna particular, sino que tan solamente estés contento con la comida que comúnmente se sirve a los demás religiosos. Y si acaso algunas personas seglares te enviaren algunos regalos o presentes, de ninguna manera los admitas para tu persona en particular, salvo si los quieren enviar a todo el convento en general, que en tal caso bien podrán. Convites de otros religiosos fuera del refectorio de ninguna suerte aceptes, sino continuamente lleva la secuela del refectorio, guardando con rigor todos los ayunos de la Orden. Y esto has de entender mientras Cristo te diere salud y fuerzas para ello. Cuando no, según las necesidades de la enfermedad, te has de dejar regir, según que lo pidiere tu indisposición. Y no te procures regalo alguno, mas tan solamente te contenta con lo que te diere el convento, con hacimiento de gracias.
     Empero para que no excedas en el comer o beber, con mucha diligencia has de examinar tu complexión y naturaleza, para que eches de ver qué tanto te basta para tu sustento, y asi puedas juzgar lo que te fuere necesario o superfluo y dañoso.
     Item, por regla general aquesta, que a lo menos del pan comas suficientemente, cuanto tu naturaleza pide, especialmente cuando ayunas. Ni jamás te dejes vencer por el demonio, dándole crédito cuando te persuadiere interiormente hagas abstinencia del pan.
     Podrás experimentar qué tanta comida pide tu naturaleza, y cuál sea demasiada y excesiva, de esta manera: en el tiempo que se come dos veces al día, como es en el verano, si después de nona te sintieres algo pesado y torpe, y en el estómago tal ardor y encendimiento, que no puedas tener oración ni escribir, ni leer quietamente, y lo mismo sintieres después de maitines, cuando cenares, o después de completas cuando ayunares, advierte que acontece eso ordinariamente por haber excedido algún tanto en la comida o cena. Asi que comerás suficientemente del pan. Empero de tal suerte que después de comer te halles ágil y dispuesto para leer, escribir o tener oración, si quieres. Mas si acaso alguna vez a tal hora no te hallases tan dispuesto y ágil como a las demás horas (con tal que no sintieses la pesadumbre y torpeza dicha) no hay que pensar es por haber excedido en el comer.
     Toma, pues, el tiento de tu complexión y naturaleza por el orden sobredicho, o con el que el Altísimo te inspirare, al cual lo debes ahincadamente pedir. Lleva muy grande cuenta de guardar el orden dicho. Y sentado a la mesa, considera con atención lo que comes. Y si alguna vez por tu negligencia en algo te excedieres, no lo dejes pasar sin hacer por ello digna penitencia.

Del modo de beber templadamente
     Acerca de la bebida no te puedo dar otra regla mejor que guardes, sino que poco a poco te andes refrenando, bebiendo cada día menos. Mas sea de tal manera que no padezcas demasiada sed, así de día como de noche. Especialmente cuando comieres escudilla de potaje con mayor facilidad te podrás pasar con beber poco, con que baste para ayudar a la digestión de la comida.
     De ninguna manera fuera de la comida bebas, si ya no fuese el día que ayunas, allá por la tarde, o si caminares, por su trabajo, o por ocasión de otro cualquier cansancio, y en semejantes casos bebe muy templadamente.
     De ordinario debes beber el vino tan aguado que pierda su fuerza, y si le quedare alguna, añadirás más o menos agua, como el Señor te inspirare.

CAPITULO IX
De la composición, así interior como exterior, 
que se ha de guardar en la mesa

     Tañido el címbalo y hecha la señal para comer, lavándote primero las manos, te sentarás en el De profundis con toda composición, y aguardarás haga señal el prelado para entrar en el refectorio. El cual hecho y entonada la bendición de la mesa, no perdones a tu voz, antes esforzándola con modestia bendice al Señor. Luego te sentarás según tu antigüedad. Y considera con temeroso corazón que te sientas a comer los pecados del pueblo. Asimismo, prepárate para oír con atención la lección que en la mesa se leyere. Y si no hubiere lección, previénete con una santa meditación, para que no entregues todos tus sentidos a la comida, sino que, dando al cuerpo su mantenimiento corporal, goce también el alma del espiritual.
     Sentado, pues, a la mesa, compon el hábito sobre las rodillas que esté decentemente. Y de ninguna manera y por ninguna causa levantes los ojos a mirar a los demás que comen, mas tan solamente tendrás cuenta en lo que pusieren delante. Cuando te sientes, no luego eches mano al pan para cortarlo; mas detente algún tanto sobre ti, por lo menos cuando reces un Pater noster y una Ave María por las almas del purgatorio,las que más necesidad de socorro tuvieren. Esto guardarás perpetuamente: que cualquier cosa o movimiento del cuerpo que hicieres lo hagas con modestia y gravedad santa.
     Si tuvieres delante de ti diferencia de pan, es a saber, duro y blando, blanco y negro, o cualquier otro, tomarás del que hacia ti estuviere más cerca, sea el que fuere; y más presto eches mano de aquel que más rehusare tu sensualidad y apetito. Jamás en la mesa pidas cosa alguna, sino aguarda la pida otro para ti, y si se descuida de pedirlo, tómalo en paciencia. No asientes los codos sobre la mesa, sino las manos solamente, ni tengas abiertas las piernas, ni pongas un pie sobre otro. No tomes dos escudillas o alguna otra cosa doble, sino conténtate con lo que ordinariamente a todos los demás se da. Cuando aconteciere enviarte el prior, o cualquier otro, alguna ración, no la comas; mas déjala disimuladamente y como mejor pudieres que no se advierta, desmenuzándola en pedacitos y escondiéndolos en la escudilla.
     Advierte es ésta una buena costumbre, muy grata a Dios, dejar siempre algo en la escudilla, para que los pobrecitos de Cristo coman. Y, por consiguiente, algunos pedacitos de pan. No las cortezas, que tú desechas, antes bien, ésas debes tú comer y mortificarte, y el buen pan dejar para Cristo. No hagas caso si de esto sintieres que murmuran los demás, mientras el prelado no te mandare que no lo hagas. Así que generalmente de todo lo que comieres deja una partecita para Cristo pobre, y apártala a una parte diciendo: "Esto para Cristo". Y siempre de los bocados mejores, y no de lo que tú no quieres comer.
     Porque hay algunos tan mal mirados, que lo peor que comen dejan para Cristo, como si lo dejaran para el marranchón.
     Cuando se dieren dos potajes por escudilla, y con el uno puedes comer bastantemente pan, en el segundo potaje echa algunos pedazos de él y déjalo para Cristo. De esta manera, comunicándote el Señor su espíritu, harás estas y otras admirables abstinencias agradables a Dios y ocultas a los ojos de los hombres.
     Si aconteciere estar el manjar desabrido por faltarle sal o por cualquier otra causa, no se la eches tú, ni otra cosa alguna para adobarlo, considerando la hiél y vinagre que Cristo gustó por ti, y así resiste y haz fuerza a la sensualidad. Lo mismo digo de otras cualesquier salsillas, que no valen para otro que para despertar el goloso apetito, déjalas disimuladamente y no las comas. Siempre que al fin de la comida te sirvieren algo que te diere gusto, déjalo por amor de Dios y no lo comas. Asimismo, el queso, fruta y otras cosillas semejantes, las cuales para la salud del cuerpo humano no son necesarias; antes bien, las más veces son dañosas, o a lo menos no son de provecho alguno, aunque sepan bien y deleiten el gusto. Si estas cosas dejares de comer por Cristo, no hay que dudar sino que Él te concederá una comida de consuelo espiritual de inefable dulzura en aquellos pobres manjares con los cuales te contentaste por su amor.
     Y para que mucho mejor te puedas abstener de todo lo que quisieres y con mayor facilidad, cuando vas a comer considera en tu corazón que por tus muchos pecados debieras ayunar a pan y agua. Y así sólo pan sea tu comida, y al potaje o escudilla no tomes por tal, sino tan solamente para que sirva de acompañar el pan y poderlo comer mejor mojándolo en él. Si esto tuvieres delante los ojos, te parecerá muy grande ración tener un poco de potaje en donde mojes el pan Y guárdate no hagas muchas sopas en la escudilla, sino solamente te contentes de mojar el pan, y eso basta. Cuando no te dieren potaje, podrás comer pan y medio en una comida, o poco más: lo que te bastare. Y si dos veces has de comer al dia, come menos, es a saber, aquello que es necesario para satisfacer a la naturaleza, aunque no tuvieses cosas semejantes.
     Si te llegares a Cristo de todo corazón y en Él pusieres toda tu confianza, Él te enseñará otras muchas cosas particulares, que yo aquí no puedo expresar. Porque, ¿quién podrá decir por menudo los innumerables modos y trazas que te revelará Dios?
     Lleva siempre mucha cuenta no seas de los postreros en el acabar de comer. Mas sea con diligencia, acompañada con modestia y honestidad, para que con atención puedas escuchar la lección de la mesa. Cuando te levantares de ella, da gracias de corazón al altísimo Dios, que te ha dado de sus bienes virtud y esfuerzo para que no prevaleciese en ti la sensualidad. Y no perdones a tu voz, sino según pudieres, dalas infinitas al supremo dador de todo el bien. Y considera, carísimo, que innumerables pobrecitos tendrían por muy grande regalo si tan solamente tuviesen el pan que a ti el Señor, por su misericordia, con los demás manjares te ha dado. Y así, a la verdad, lo has de pensar: que Cristo es el que te lo dió; y más, que Él propio te lo ha servido a la mesa por sus manos.
     Mira, pues, con cuánta composición, con cuánta reverencia, con cuánta gravedad y temor, has de estar en la mesa, donde consideras a Dios presente y que por su persona propia te sirve. ¡Oh, cuán dichoso serías si el Señor te hiciese tan señaladas mercedes, que vieses esto con los ojos del alma! Porque si Él te los abriese, echarías de ver grande multitud de santos que, en compañía de Cristo, andan discurriendo por todo el refectorio.

CAPITULO X
Del modo cómo se ha de perseverar en la abstinencia
     Para que perseveres en la abstinencia vive siempre con temor, y reconoce que todo lo que tienes te viene de la piadosa mano de Dios, y así a Él le debes pedir perseverancia. Y si no quisieres caer, no juzgues a los otros ni te indignes contra ellos si vieres que no guardan el orden debido en el comer; antes bien, debes muy de corazón compadecerte de ellos y rogar a Dios por ellos, excusándolos en ti mismo cuanto pudieres. Considerando que tampoco tú eres poderoso, cuanto es de tu parte, para hacer cosa buena alguna, ni ellos tampoco lo son, sino en cuanto Cristo, dándote la mano, te da fuerzas y valor para ello, no llevando cuenta con tus cortos merecimientos, sino con su franca y liberal voluntad. Si esto consideras atentamente, tendrás perseverancia en la virtud. Porque no hallo yo otra causa de empezar algunos muchas abstinencias y otros ejercicios espirituales, en los cuales no perseveran, antes se les hace pesado y perezoso el cuerpo, y entibia la devoción. Y todo les viene de su altivez y presunción, que presumiendo de sí mismos desdeñan a los otros, juzgándoles en sus corazones. Por tanto les quita Dios la merced que les hacía, y se enfrían, o permite su Majestad caigan en el vicio de indiscreción haciendo más penitencia de la que pueden llevar sus sujetos, y así caen en enfermedad. Por donde, para volver a cobrar la salud, se regalan demasiado y se hacen más tragones que los que ellos antes juzgaban y notaban, según que yo he conocido algunos. Y ordinariamente acontece que cuando alguno nota al otro de algún defecto, permite Dios que caiga el tal en aquel propio y muchas veces en otro mayor. Por tanto, sirve al Señor con temor. Y siempre que sintieres en ti alguna presunción o vanagloria acordándote de los beneficios que te hace el Altísimo, echa mano de la disciplina de la reprensión riñéndote a ti mismo, antes que se enoje el Señor contra ti y te derribe del camino perfecto y justo que llevas. Si así lo hicieres, permanecerás firme en el servicio de Dios.
     Hasta aquí te he enseñado el modo agradable al Altísimo, que has de guardar contra el señorío de la gula, a la cual pocos saben sujetar, que en algo no excedan, o pecando por carta de más o por carta de menos, comiendo más de lo necesario o quitándose de lo que han menester; o, finalmente, no guardando las circunstancias debidas así en lo uno como en lo otro.


CAPITULO XI 
Del orden que se ha de tener en el 
dormir, velar, estudio y coro

     Después que te hubieres ejercitado en lo sobredicho, trabaja con mucho cuidado guardar un orden debido en dormir y velar. En lo cual es cosa muy dificultosa tener medida y que no haya ningún exceso. Para lo cual es de notar que hay dos cosas en las cuales especialmente corre riesgo muy grande el cuerpo y, por consiguiente, el alma, traspasando los términos de la discreción. Esto es: en la mucha abstinencia y en el desordenado velar. En los otros santos ejercicios no hay que temer tanto peligro en el exceso. Y por eso el demonio guarda esta astucia, que si ve un alma con espíritu fervoroso la acomete con solapadas razones, persuadiéndola haga muchas abstinencias y largas vigilias, para por áquí traerla a tanta flaqueza y debilitación de cuerpo que haya de enfermar, y venga a debilitarse e imposibilitarse para todo lo bueno en tanta manera, que de ahí adelante no aproveche para cosa, sino como arriba dijimos, para que coma y duerma más que todos los otros. Entonces este tal nunca más se atreve a volver a sus pasados y santos ejercicios de vigilias y abstinencias, escarmentado de que por semejantes cosas enfermó. Con lo cual el demonio le está persuadiendo y diciendo: No hagas eso. ¿No sabes que por ello enfermaste? Y a la verdad, no te vino el mal de velar ni ayunar, sino de no haber guardado el modo debido en semejantes obras. Mas el hombre simple no entiende las astucias y engaños del demonio, por el cual de una manera y otra es engañado. Y así, otras veces, so color y apariencia de bien, le persuade haga excesiva penitencia y le dice: Tú que hiciste tantos y tan grandes pecados, ¿cuándo podrás satisfacer por ellos? Y si no, le trae a la memoria las enormes ofensas que ha hecho contra Dios nuestro Señor, y le dice: ¿No miras cuánto padecieron los santos mártires y el rigor grande de la penitencia de aquellos ermitaños antiguos? Y piensa el hombre simple cómo estas cosas llevan en si rebozo y apariencia de bondad y santa virtud, que no pueden ser sino de Dios.
     Esto suele acontecer, permitiéndolo Dios, especialmente cuando la tal persona no acude luego a Él con cuidado, grande humildad, temor y continuas oraciones, para que merezca del Señor ser alumbrada y encaminada cuando no hallase maestro que la enseñase. Porque quien está debajo de santa obediencia y continuamente es enderezado por el nivel de la discreción, vive muy seguro de semejantes engaños. Que aunque su maestro y padre espiritual alguna vez errare, en tal caso Dios, por la humildad y merecimiento de la obediencia, todo lo encamina para su bien espiritual, como lo pudiera probar con muchas autoridades de la Escritura sagrada y ejemplos de santos.
     De manera que acerca del dormir y velar se ha de guardar aqueste orden, es a saber, que en tiempo de verano, después de comer, tañido a silencio, reposes y duermas un poquito. Porque, a la verdad, aquella hora es muy desacomodada para cualquier ejercicio espiritual. Y de aquesta suerte mejor podrás después a la noche velar algo más. Empero, esto debes guardargeneralmente todas las veces que quisieres dormir: que medites antes alguna cosa de los Salmos, o cualquier otra espiritual, a la cual sobreviniendo el sueño, se te represente durmiendo, y así mismo cuando despiertes.
     A la primera noche, tendrás siempre cuidado de no velar mucho. Porque de no dormir a esa hora lo que es necesario, se pierde la debida atención y devoción que allá a la media noche en los maitines conviene tener, y ordinariamente el tal se halla en ellos cargado de sueño, pesado e indevoto, y acóntécele por haber velado demasiado a prima noche. Y muchas veces le es forzoso quedarse de maitines durmiendo, sin poderse despertar. Pues, por tanto, procurarás tener algunas breves oraciones, o leer un pedazo de un libro bueno, o alguna meditación santa, en que contemples cuando te vas a acostar y antes que cierres los ojos. Y entre las tales meditaciones, si tu devoción te moviere a ello, te puedes ocupar en contemplar de la pasión del Señor lo que particularmente en aquella hora padeció, y asimismo lo puedes hacer en las demás horas del dia y de la noche, según que enseña San Bernardo, o como mejor el Señor inspirare tu alma. Porque no es la devoción de una misma manera en todos, sino en unos más fervorosa que en otros. A otros bástales con su simplicidad morar en los agujeros de la piedra, que son las llagas de Cristo.
     Nadie por buen juicio que tenga y agudo, ha de menospreciar lo que le puede mover a devoción, antes bien, lo que lee y estudia debe enderezar y reducir a Cristo, hablando con Él y pidiéndole la verdadera inteligencia y sentido de ello. Muchas veces, cuando está estudiando, debe apartar los ojos del libro por algún espacio, y cerrados, esconderse en las preciosas llagas de Cristo nuestro bien, y después volverlos otra vez al libro.
     Y cuando de estudiar se levantare, puesto de rodillas delante nuestro Señor, haga alguna breve y muy fervorosa oración.
     Y lo propio cuando entrare en la celda o en la iglesia, anduviere por el claustro o capítulo. Esto hará, según el ímpetu del espíritu que le moviere y la devoción le incitare. Y algunas veces haga aquesto teniendo oración de propósito, entera o breve, con algún suspiro o gemido salido del corazón. Pidiendo el auxilio y favor divinos, presentando al Altísimo sus santos propósitos y buenos deseos, tomando por medianeros a los santos.
     Aqueste modo de oración algunas veces se hace sin rezar salmos, y sin oración vocal, sino solamente mental, aunque al principio de ella se haya tomado ocasión de un verso de un salmo o de un paso de la Escritura sagrada o de algún santo particular o de cualquier otra consideración inspirada de Dios interiormente. Empero, pasado aquel fervor de espíritu, el cual ordinariamente dura poco, puedes volver a hacer memoria de todo lo que antes estudiabas. Y entonces te será dado claro entendimiento y más perfecta inteligencia de todo ello.
     Así que, después de un rato de oración, volverás al estudio otra vez, y así andarás de lo uno a lo otro trocando y variando. Porque con semejantes retrueques hallarás en la oración mayor devoción, y con más facilidad y claridad entenderás lo que estudiares. Este fervor de devoción que viene después de un rato de estudio, aunque acuda en cualquier hora indiferentemente, según la voluntad de Aquel que con grande suavidad dispone todas las cosas, con todo eso, lo más ordinario acostumbra acudir ese fervor más encendido después de maitines. Y así, créeme, toma mi consejo, a prima noche vela poco, para que puedas ocuparte todo después de maitines en estudio y oración y contemplación.
     Oído, pues, a la media noche el reloj de las doce o la señal de maitines, levántate de la cama sin dilación alguna, sacudiendo de ti toda pereza, con la diligencia que te levantaras si vieras arder la cama en llamas de fuego. Y luego, hincadas en tierra las rodillas, harás con devoción alguna breve oración, por lo menos un Ave María, o cualquier otra, con que echas de ver tu espíritu más se inflama. Para que, sin pesadumbre, antes con mucha alegría te levantes, importa mucho duermas vestido y sobre alguna cosa dura. Esto debe de guardar generalmente el siervo de Dios, que huya toda blandura y regalo en su cama, con tal que no exceda los límites de la discreción. Para lo cual, tu cama sea un jergón de pajas, y cuanto más apretadas y duras, más agradable te ha de ser. Una manta tan solamente tendrás para cobijar las pajas, y otra para cubrirte y repararte del frío, o dos, según el tiempo y la necesidad lo pidiere. Por cabecera te sirva un costal también de pajas. Aparta de ti toda cosa blanda, como almohada de pluma y otros semejantes regalos. Ni sudario tengas de lienzo para la cara, cuello o cintura, si ya no fuere que en tiempo del verano lo uses de noche por respecto del sudor y limpieza. Porque de semejantes regalos no necesita la naturaleza, sino tan solamente son costumbres o abusos mal introducidos en el mundo. Duerme también vestido, así como andas de día, quitándose solos los zapatos y aflojando un tanto la correa. En tiempo de verano, si hicere grande calor, podrás quitarte la capa y dormir solo con el escapulario. Si aquesta costumbre guardares en tu dormir, no sentirás dificultad ni pena alguna en levantarte, antes con gran presteza y alegría te levantarás de noche.

BIOGRAFIA Y ESCRITOS DE SAN VICENTE FERRER

jueves, 28 de febrero de 2013

TRATADO DE LA VIDA ESPIRITUAL (1)

DEL GLORIOSO PADRE SAN VICENTE FERRER
DEL ORDEN DE LOS PREDICADORES. 

 ARGUMENTO 

     Sólo pienso traer en el presente tratado documentos provechosos para el alma y reglas saludables de lo que nos enseñaron y dejaron escrito los sagrados doctores. No traeré expresamente sus dichos, ni tampoco autoridades de la divina Escritura, para confirmar lo que dijere, o para persuadirlo: porque mi intento es guardar brevedad, y mi fin se encamina al siervo de Dios, que con grande afecto quiere poner por obra el santo deseo que de servirle tiene. Por lo cual tampoco probaré con razones lo que dijere: porque sólo quiero enseñar al humilde, y no disputar con los arrogantes.
     Cualquiera, pues, que desea aprovechar a sus prójimos con persuasiones y enseñarles con palabras, debe primero poner por la obra lo que a los otros quiere persuadir de palabra. Porque, a la verdad, de otra manera su trabajo será perdido, y sus palabras y consejo de ningún efecto, si primero a él no le vieren los demás obrar lo que enseña, y aun con ventajas mayores. 

CAPITULO I  
De la pobreza verdadera y en qué consiste 

     El que de veras quisiere entregarse al servicio de Dios y emprender la vida espiritual, debe primeramente menospreciar y poner bajo sus pies todas las cosas terrenas y mundanas. De las cuales sólo se ha de servir en lo que de ellas tuviere precisa necesidad, tomando de ellas en muy poca cantidad, aun de lo que no pudiere excusar para su menester, sufriendo en eso con paciencia alguna falta, sólo por amor de la pobreza. Como lo dice un doctor: ya sé que no es alabanza ser pobre, pero esla muy grande y mucha perfección, siéndolo, amar la pobreza; y la falta y miseria que consigo trae, sufrirla con mucho contento y alegría.
     Pero es muy para llorar, que muchos blasonan de la pobreza y se glorían de ser pobres, y esto sólo en el nombre, con tal que no les falte cosa alguna de las que han menester para su regalo. Píntanse los semejantes por muy amigos de la pobreza; empero sonle compañeros de solo nombre. Porque cuanto pueden huyen de los que verdaderamente padecen necesidad y que son pobres a las veras. Gustan de serlo, pero no de padecer sed, hambre, menosprecio y abatimiento, fieles compañeros de la verdadera pobreza. No era pobre de esa manera nuestro padre Santo Domingo, y mucho menos Aquel que, siendo el más rico y poderoso, se hizo el más pobre y mendigo por nosotros. Los sagrados apóstoles esto mismo nos enseñaron con palabras y persuadieron con obras y propios ejemplos. A imitación de los cuales, no debes tú pedir cosa alguna a nadie para tu servicio, si ya a ello no te obligase la mucha necesidad. Y si alguno, de su propia voluntad movido, te quisiere dar algo, no lo recibas ni condesciendas con su gusto, aunque se atraviesen ruegos, y aunque sea so color de darlo a los pobres después de admitido, y de hacer limosna de ello a otro que más necesidad tuviere. Tampoco te mueva a recibirlo pensar que quien te lo envía se entristecerá si no lo recibes. Porque, antes bien, después de caído en la cuenta el tal, le causarás alegría muy grande, no sólo a él, pero a otra cualquier persona que tal oyere. Y con tan buen ejemplo con facilidad traerás a tus hermanos a menosprecio del mundo y los aficionarás a dar limosna y socorrer a los demás pobres y necesitados.
     La necesidad que arriba digo que puedes padecer, entiendo en la escasez de la comida y vileza del vestido y calzado, en lo cual muy de ordinario la puedes padecer.
     No llamo empero necesidad el no tener libros y carecer de ellos, so cuyo título, las más veces se encierra grande avaricia, pues ya en nuestra sagrada religión los hay muchos en la librería común, y acomodados para tus estudios.
     El que quisiere claramente echar de ver los maravillosos efectos de lo dicho, juntamente con los aprovechamientos que de ello se siguen, procure con humildad y sencillez de corazón ponerlo por obra. De otra suerte, si con soberbia e hinchazón quisiere contradecir a lo dicho y siguiendo su propia voluntad echar por otras veredas, se quedará burlado. Que, a la verdad, Cristo que es maestro de humildad, a los humildes descubre sus verdades y secretos divinos, los cuales esconde a los soberbios y entonados. 

CAPITULO II
Que trata de la virtud del silencio 

     Habiendo el siervo de Dios echado firmes fundamentos de pobreza en este edificio espiritual, siguiendo lo que nos enseñó aquel maravilloso arquitecto y maestro de semejantes edificios el Hijo de Dios, que puesto en la cumbre del monte decía: Bienaventurados los pobres de espíritu, prepárese con cuidado a refrenar la lengua, no desplegando sus labios sino en palabras de edificación. Porque hablando de cosas buenas y provechosas para el alma, pierda la mala costumbre de hablar palabras ociosas, vanas y sin provecho alguno. Y para tener más sujeta y a su mano la lengua, procure, cuanto en sí fuere, de no hablar sino interrogado, que es precisamente a lo que la crianza y pulida humana le obliga. Esto entiendo cuando fuere interrogado de cosa necesaria y provechosa, porque cuando no, a pregunta infructuosa callando se ha de responder.
     Si alguna vez aconteciere alguien por conversación decirle palabras de burla, o darle vaya, podrá mostrar alguna alegría de rostro y afabilidad, por no parecer pesado a los demás y enfadoso; mas no hable de ninguna manera, aunque de ello murmuren o se enfaden o finalmente por ello le ultrajen y noten de singular, supersticioso y grave. En tal caso tiene obligación de rogar de corazón a nuestro Señor por los semejantes, que quite su Majestad cualquier turbación e inquietud de sus almas.
     Algunas veces tendrá licencia para hablar, si se ofreciere necesidad o a ello le obligare la caridad del prójimo, o siéndole mandado por obediencia. Y entonces hablará muy de pensado y con mucha consideración pocas palabras, con voz baja y humilde. Esto propio debe guardar en sus respuestas ordinarias, cuando de algo fuere preguntado. Porque a su tiempo es bueno callar para edificación de sus prójimos; para que callando aprenda cómo ha de hablar en su ocasión. Rogando siempre al Señor supla por su parte en los corazones de sus prójimos, enseñándoles interiormente en lo que él de la suya faltare, y callando quede corto, por no dar tanta licencia a la lengua que hable, aun en lo necesario y conveniente. 

CAPITULO III 
De la obediencia y pureza de corazón 

     Después de haber desterrado de ti, con la pobreza voluntaria y silencio, muchos cuidados y desasosiegos que impiden no se fertilicen las virtudes por divina inspiración y gracia, sembradas una y muchas veces en el campo fértil del corazón, resta más adelante trabajes con grande cuidado de ejercitarte en aquellas virtudes que engendran en ti aquella limpieza de corazón que abre los ojos del alma en la contemplación de las cosas del cielo (como dice Crisio nuestro bien) por la cual alcances quietud y paz interior; para que el Señor, que tiene su morada en paz, guste de morar en ti.
     No entiendas hablo tan solamente de la limpieza que limpia al hombre de pensamientos deshonestos y torpes, sino también, y más principalmente, entiendo la limpieza y pureza del corazón que aparta al hombre (en cuanto se permite en esta vida) de todos y cualesquier pensamientos inútiles y vanos. De tal manera que haga en él un trueque tal, que no esté ya en su mano pensar en otra cosa que en Dios o por Dios.
     Para alcanzar esta celestial y en cierta manera divina pureza (porque el que se llega a Dios se hace un mismo espíritu con Él) es muy necesario hacer lo que se sigue. Lo primero y más principal que debes procurar con todas veras es negarte a ti mismo, como lo manda el Salvador del mundo, diciendo: El que me desea seguir, niéguese a sí mismo. Negarte a ti mismo así lo debes de entender: que mortifiques en todas las cosas y huelles tu prepia voluntad, y en todo la contradigas, y repugnes a tu parecer, abrazando con benignidad el ajeno, en caso que no quiebre de lo que fuere licito y honesto.
     Esto guardarás generalmente: que en cualquier cosa temporal que ha de servir a cualesquier necesidades temporales jamás sigas tu propia voluntad cuando vieres que otro contradice a ella, aunque conozcas que el tal anda muy desviado de la razón. Sufriendo en esto cualquier inconveniente y daño temporal por conservar la quietud espiritual y tranquilidad del alma, que con semejantes contradicciones y porfías se pierde; entretanto que el hombre, estando fuerte en su propia voluntad, por salir con la suya y quedarse con su opinión, gusta de estar altercando con los demás, contradiciéndoles con palabras o con imaginaciones.
     No sólo has de guardar esto cuando se atravesaren cosas temporales, sino también espirituales o que a ellas se encaminan: siguiendo antes la voluntad y el parecer ajeno, que no el propio, con tal que sea bueno, aunque el tuyo sea más perfecto. Porque más daño recibirás en lo poco que perdieres de la humildad, quietud y paz interior por contradecir y altercar con los otros, que será el provecho que te pueda venir en cualquiera virtud siguiendo tu propia voluntad y repugnando a la ajena.
     Esto debes entender con los que te son compañeros y familiares en los ejercicios espirituales, y que procuran caminar a la perfección como tú. Mas no entiendas te has de sujetar a los que dicen a lo bueno malo y a lo malo bueno, y tienen por costumbre juzgar todo lo que los otros hacen, y por oficio contradecir las palabras y obras ajenas, sin corregir las propias. Así que no digo yo sigas el parecer de semejante gente en lo que toca a cosas de espíritu; aunque en las temporales será bien pases por lo que ellos dijeren, y hagas su voluntad, antes que condesciendas con la tuya propia. Cuando deseares hacer algo que sirva para más aprovechar en la virtud o para mayor honra de Dios y aprovechamiento del prójimo, y algunos te resistieren o procuraren impedir tus santos intentos —ahora sean tus superiores y prelados, u otros iguales contigo o menores— no andes en rencillas, o a tú por tú con ellos; sino recógete dentro de tu corazón, y tratando tu negocio con Dios dile aquello del santo rey Ezequías: Señor, fuerza se me hace, y acosado me veo: tomad la mano y responded por mí.
     No te entristezcas por ello ni desmayes; porque no permite eso el Señor sino por tu propio bien y provecho de los demás. Mas te osaré decir que, aunque no eches de ver luego este bien, después darás en la cuenta que lo que tú pensabas que te había de ser estorbo para tus intentos, eso propio te servirá de ocasión y ayuda eficaz para salir con ellos. Muchos ejemplos pudiera traer a este propósito, cogidos del jardín fértil de la sagrada Escritura: como es aquello que pasó el San José con sus hermanos, y otros semejantes. Empero déjolo de hacer por no ir contra lo que tengo prometido, de guardar brevedad. Y créeme en esto que te digo (como a bien experimentado) que es así.
     También si en lo que deseas hacer en el servicio de Dios vieres que se te va estorbando por orden del cielo y que a ello pone Dios impedimentos, o de enfermedad, o de otro cualquier achaque, no te entristezcas de ninguna suerte, antes lo sufres todo con buen semblante, encomendándote muy de veras a aquel Señor que sabe muy mejor lo que te conviene, que tú mismo, y que perpetuamente te lleva para Sí, con tal que te resignes de veras en su santa voluntad y te pongas en sus manos tan piadosas como seguras, aunque de esto tu entendimiento no alcance más. Trabaja en esto con cuidado, es a saber, que vivas con paz y tranquilidad de espíritu y no te inquietes ni te entristezcas por cosa alguna que te acontezca, si no fuere por tus pecados propios o de tus prójimos, o por lo que te puede provocar a ofender a Dios. Mira, pues, no te entristezca cualquier acaecimiento impensado, ni te indignes o encolerices contra el defecto, descuido o pecado ajeno; antes bien, ten piadosas y compasibles entrañas para con tus prójimos y hermanos, considerando siempre que por ventura lo harías tu peor, si no te tuviese el Señor de su poderosa mano y te ampare con su divina gracia.
San Vicente Ferrer
TRATADO DE LA VIDA ESPIRITUAL