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sábado, 5 de septiembre de 2015

Nonne duodecim sunt horae diei?

¿No son, acaso, doce las horas del día?
     ¿Puedo, por ventura, sacar alguna lección provechosa para mi adelantamiento espiritual de estas palabras?
     Pero ¿acaso Nuestro Señor no las dijo para mi enseñanza? Son palabras divinas, y en ellas, como en todas las palabras de Cristo, hay espíritu y vida.
     Los Apóstoles habían visto a Jesús resuelto a ir a Betania..., y el temor les sobrecogía. Pero, Señor, ¿volverás a Judea sabiendo que te buscan para darte la muerte?
     Y ¿qué responde el divino Maestro?
     «¿No son, acaso, doce las horas del día?»
     Quiere tranquilizar la inquietud de sus discípulos: «Antes de la hora que mi Padre ha señalado, no hay nada que temer; las horas de mi vida no podrán ser acortadas por mis enemigos.»

     ¡Oh! Si esta lección entrara bien hasta el fondo de mi alma y se grabara en ella de modo que nunca se borrase, ¡qué fuente de paz y de tranquilidad para mi vida!
     Son también doce las horas de mi día, ni una más ni una menos; las horas señaladas por Dios para mí desde la eternidad; son las horas de que puedo disponer de luz, en que para mí es de día. «Y el que anda de día — dice el Señor— no tropieza, porque ve la luz de este mundo.»
     Horas que me han sido dadas para andar, para caminar hacia mi patria, que es el cielo.
     Horas que me han sido dadas para negociar el único negocio, que es la salvación eterna de mi alma y mi propia santificación.
     Pasadas ellas, vendrá la noche... In qua nemo potest operari.

     ¡Cuántas veces me sorprendo lleno de preocupaciones inútiles, como si pudiera hacer que las horas de mi día fueran más de doce!
     Esa preocupación absurda hace que no aproveche el tiempo como debo: me roba energías preciosas, me quita la paz, me impide consagrarme con intensidad al trabajo del momento presente.
     Si la persuasión íntima de que Él mismo, que señaló las horas de mi día, las va disponiendo una a una y que a mí sólo me toca aprovechar esa disposición, se hiciera la norma de mi vida, viviría confiado en esa Providencia amorosa que me rige, y me ahorraría mil preocupaciones dañosas a mi espíritu.
     ¡Mas olvido tan fácilmente esta verdad!

     El divino Maestro iba tranquilo a Judea, a meterse en medio de sus enemigos. Y no era temeridad. Era, sencillamente, la confianza segura en la Providencia del Padre celestial: todavía no había llegado su hora, y todavía no había sonado en el reloj de la Providencia la hora de los enemigos...
     Jesús lo sabía, e iba tranquilo y sereno..., y los enemigos, que lo ignoraban, se movían inútilmente, porque no habían de lograr el intento de prenderle antes de que esa hora llegara.
     Así es mi vida. Y yo lo sé. Pero lo olvido a cada momento.
     Y porque lo olvido, me dejo embargar por la intranquilidad y por la preocupación.
     Mis horas son doce.
     Están contadas.
     En ellas tengo que trabajar. Pasadas ellas ya no tendré que hacer sino disfrutar del fruto de mi trabajo o llorar sin esperanzas el no haber sabido aprovecharlas.
     Por eso el consejo del Maestro: «Caminad mientras tenéis luz.»
     Son doce mis horas de luz.
     Tengo que repetírmelo una y otra vez.
     ¿Cuántas de esas doce horas han pasado ya?... No lo sé.
     Mas sí sé que lo Único que verdaderamente me importa es que sean muchas o pocas las que me restan, me es necesario aprovecharlas, si no quiero tropezar en las tinieblas.
Alberto Moreno S.I.
ENTRE EL Y YO

jueves, 20 de agosto de 2015

Ut videam

HAZ QUE YO VEA
     Esa era la petición de Bartimeo, el ciego de Jericó.
     Llena de confianza en el poder de Cristo.
     Nacida del fondo del alma, porque sentía íntimamente la miseria de su ceguera.
     Nada le importaba la multitud que rodeaba al Maestro.
     Nada le importaba que quisieran hacerle callar.
     No; él se haría oír. Y eso bastaría, porque —estaba seguro de ello— Jesús no se haría sordo a su súplica. Había oído decir tantas cosas buenas de Él!...
     Sí, sí, bastaría que Él le oyese.
     Y gritaba más y más alto cada vez.
     Él le curaría. ¡Copio saltaba ya de gozo en su esperanza! Él le curaría, y vería... ¡Ah! ¡Cuántas cosas deseaba ver!
     Jesús le oyó.
     Y Bartimeo, el ciego, abrió los ojos, y vió.

     Maestro, que yo también vea. Esa es también mi petición.
     Yo necesito ver, porque... ¡yo también soy ciego!
     Ciego, no para las cosas de la tierra: ¡ cuántas veces las veo demasiado! Pero sí ciego para las cosas de mi alma, para las cosas del cielo.
     Necesito, Señor, tu luz: esa luz que penetra hasta lo más recóndito del alma, que ilumina las más oscuras tinieblas.
     Que yo vea, Señor:
     mi pasado; para llorar de corazón mis extravíos: ¡son tantas las veces que he transitado por las sendas oscuras de la perdición y del pecado!
     mi presente; para conocerme tal cual soy delante de Ti. Tal vez ese conocimiento me causará temor, porque encontraré tal vez tantas cosas que no sospechaba o que había ya olvidado. Pero ese conocimiento será, al mismo tiempo, el principio de mi salvación;
     mi futuro; para prever, Señor, para defenderme, para encaminar mis pasos por senderos de luz, por esos senderos por donde caminas Tú, Luz verdadera, que ilumina a todos los hombres de buena voluntad.
     Que yo te vea siempre a Ti, Señor; que te vea en todas partes y en todos los momentos.
     Y que viéndote, te siga, como te siguió Bartimeo, cantando tus alabanzas.
     ¡Siguiéndote a Ti nunca caminaré en las tinieblas!
Alberto Moreno S.I.
ENTRE EL Y YO

martes, 11 de agosto de 2015

Ad quem ibimus?

¿A quién iremos?
     ¿También vosotros queréis abandonarme?
     Así preguntaba el divino Maestro a sus Apóstoles.
     Pedro, en nombre de todos, le responde:
     ¿Y a quién iremos? ¡Tú tienes palabras de vida eterna!
     ¿A quién iremos? Si te abandonamos a Ti, que eres el CAMINO, ¿a quién iremos que no nos conduzca a la perdición y a la muerte?
     Si te dejamos a Ti, que eres la Verdad, ¿a quién iremos que no nos engañe con palabras llenas de seducción y de veneno?
     Sí nos alejamos de Ti, que eres la Vida, ¿a quién iremos que no nos lleve por senderos quizá floridos, pero senderos de muerte eterna?
     Si nos vamos de tu lado, si te abandonamos a Ti, que eres la LUZ, ¿a quién iremos que no nos guíe por caminos de tinieblas?

     ¿A quién iremos?
     También yo busco un amigo, un consejero, alguien que me conduzca, que me guíe, que quiera compartir conmigo mis tristezas y mis alegrías.
     ¿Ya quién he ido a buscar?
     A ése, a quien creí mi amigo, y no era más que un vividor...
     A ése, a quien supuse fiel, y después me traicionó tristemente...
     A ése, a quien pensé que me amaba, y, en realidad, no buscaba otra cosa que sus propios intereses...
     Y olvidé al único verdadero Amigo, al que es CAMINO, VERDAD, VIDA, LUZ.
     Al único que puede conducirme por la única senda que lleva a la felicidad.
     Al único que puede enseñarme la única ciencia que no conoce engaños.
     Al único que puede darme la única vida verdadera, la vida eterna.
     Al único que me ilumina con la única luz que nunca se apaga y que no deja que mis pasos se extravíen por sendas de perdición.
     Debo buscarle a Él.
     Yo sé que le encontraré.
     Él también me busca a mí.
     Y quiere ser Él mi camino.
     Y quiere ser mi luz.
     Él sólo tiene palabras de vida eterna.
     Las palabras que yo necesito.
Alberto Moreno S.I.
ENTRE EL Y YO

jueves, 16 de julio de 2015

Bene omnia fecit

TODO LO HIZO BIEN
     Hacerlo todo bien. ¿No es esa mi aspiración?
     Poder presentarme ante el Juez Supremo en el día de la cuenta y de ofrecerle todas mis obras bien hechas, ¿no es la seguridad plena de escuchar de sus divinos labios aquel Euge, serve bone et fidelis; Regocijate, siervo bueno y fiel..., y entra en el gozo de tu Señor?
     Hacerlo todo bien encierra, por lo menos, tres cosas:
     hacer siempre y en todo momento lo que Dios quiere que yo hagan,
     hacer lo que hago con toda diligencia y empeño,
     hacer lo que hago con intención recta de agradar a Dios.
     Es decir, lo que Dios quiere,
     como Dios quiere, 
     porque Dios quiere.
     Ahí tengo materia para mi meditación y examen.

     Lo que Dios quiere: tengo una obligación que cumplir. Y esa obligación se manifiesta de diversas maneras: por mis superiores, por mis Reglas, por las circunstancias. Es la voluntad de Dios, que se me presenta en cada momento:
     fácil, alegre, agradable, muchas veces;
     difícil, dura a la naturaleza; dolorosa, otras;
     pero siempre amable, cuando veo en ella el querer de mi Padre y de mi Dios.
     Aceptar esa voluntad santa y cumplirla: eso es hacer siempre lo que Dios quiere de mí.

     Como Dios lo quiere: Dios quiere de mi aplicación fiel, constante, seria, a mi trabajo. No puede satisfacerle una voluntad débil, floja, que se contenta con un cumplimiento superficial y formalista del deber de cada momento.
     Age quod agis: dedicar a mi obra, a mi ocupación, todas mis energias, toda mi consagración: no tengo que hacer entonces nada mas que aquello.
     Vivo algunas veces despedazando tristemente mis fuerzas en ocupaciones y preocupaciones que no me permiten hacer nada bien hecho. ¿Por qué ese derroche de preciosas energías? No rendirán nunca lo que deben y lo que pueden, mientras no las consagre integras a lo que traigo entre manos.
     Hacer primero una cosa, después otra; no querer ocuparme de todo al miso tiempo. ¡Cuántas veces me sorprendo en este absurdo de querer hacer mil cosas a la vez, y, mientras tanto, el tiempo, don precioso de Dios, vuela y... me quedo con las manos vacías!.

     Porque Dios lo quiere: ¡Ah, en cuántas obras no se encuentra otra cosa que  mi propia voluntad! ¡Me busco a mí mismo: mi satisfacción, mi comodidad, la estima de mis hermanos, cuántas cosas más!
     Y, sin embargo, lo único que debería interesarme es buscar a Dios, y buscarlo en todas mis obras. "Ahora comáis, ahora bebáis, ahora hagáis cualquier cosa, hacerlo todo a gloria de Dios".
     En mi vida no hay nada indiferente; todo debe de ir enderezado a Dios; aun las cosas mas insignificantes; Dios las acepta si yo se las ofrezco con sinceridad. Son el don de mi amor. Son el testimonio de mi fidelidad, de mi deseo de agradarle, de servirle. Él nada de eso rechaza.
     Esa intención pura, ¡cómo eleva el valor de mis obras!

     Ahora mi examen:
     mi distribución de cada día, señalada o aprobada por la obediencia, es para mi la voluntad de Dios; es lo que Dios quiere de mí;
     ¿la cumplo siempre con constancia, con fidelidad, con puntualidad?
     ¿mi atención se consagra siempre y de lleno a las obras que esa distribución me señala?; ¿puedo darme, sinceramente, el testimonio de que las hago como Dios quiere?;
     ¿mi intención en ellas es recta, es pura?; ¿las hago porque Dios lo quiere?
     ¡Cuánta materia de confusión!

     Tengo que mirar a mi Divino Modelo: Bene omnia fecit. Él lo hizo todo bien, y me dice: "Aprended de mí".

Alberto Moreno S.I.
ENTRE EL Y YO

martes, 7 de julio de 2015

Sicut angeli Dei


COMO LOS ÁNGELES DEL CIELO
     ¡Puro como un ángel de Dios!
     He ahí el ideal que se me señala; al ideal al que debo aspirar sin descanso y con todas las ansias de mi alma. Hasta lograr alcanzarlo.
     Es una aspiración atrevida y generosa, y por eso requiere un corazón ardiente y noble; es una aspiración que exige un animo varonil, valiente, decidido; porque habrá que luchar.
     Pero Dios, que me ha llamado y me inspira ese deseo, será mi fortaleza: "en Él todo lo puedo".

     ¡Puro como un ángel de Dios!
     El ángel no tiene nada que pueda atentar contra esa pureza inmaculada. Mientras que yo...
     Cuanto hay en mí parece que me atrae hacia lo bajo; a mancharme en el barro, a alimentarme con las bellotas que el pródigo hambriento anhelaba...
     ¡Pobre de mí tan expuesto a todas las caídas, 
     tan débil para resistir a los halagos
     tan rodeado de atractivos que seducen,
     tan imprudente para exponerme al fuego que arde y quema!
     Y, sin embargo, a pesar de todo, sursum corda. ¡Arriba el corazón! ¡arriba los pensamientos! ¡arriba los deseos! ¡Puro como un ángel de Dios!
     ¡Tengo que luchar, lucharé! Dios está conmigo.
     En este combate Él es mi testigo. Él es mi auxilio.
     ¡Y con ese auxilio, el triunfo es seguro!

     ¿Y las dificultades?... ¿Y las tentaciones?...
     Otros han vencido antes que yo. Vencieron con la gracia divina.
     Y esa gracia no me falta. Con la misma venceré yo.
     Cur non poteris quod isti et istae? ¿Por qué no he de poder con esa misma ayuda divina lo que ellos, y ellas, tantos y tantas, pudieron?
     Hoy gozan del premio de su victoria.
     Entonan ese himno triunfal que sólo ellos y ellas pueden entonar.
     Llevan sus vestiduras blancas lavadas con Sangre: Sangre del Cordero inmaculado.
     ¿Me he fijado bien en lo que esto significa: vestiduras blancas, lavadas en sangre, en la sangre de Cristo? Pero también en la mía propia, porque la pureza exige también la sangre de mi propio sacrificio.
     Exige la guarda de los sentidos: la mortificación.
     Cerrar las puertas al enemigo y estar siempre alerta. 
     El enemigo atacará. ¡Pero, entonces, a la lucha!
     Habrá sangre... ¡Pero sangre que lava, que blanquea!
     ¡Porque mi sacrificio estará unido al sacrificio del Cordero, que fue sacrificado por mi amor!
     ¡Puro como un ángel de Dios!
Alberto Moreno S.I.
ENTRE EL Y YO

sábado, 4 de julio de 2015

In desertum locum

A UN LUGAR SOLITARIO
     ¿Dónde está hoy, Señor, ese lugar solitario a donde pueda yo recogerme contigo y escapar de este ruido que por todas partes me rodea, me cansa, me asedia, como una pesadilla?
     Me veo obligado, Señor, a vivir en medio de la ciudad.
     El silencio ha desaparecido para mí;
     de día y de noche tengo que sufrir ese rumor confuso y ese ruido desapacible, que es el martirio de las grandes ciudades, de las que ha huido la paz.
     Y en medio de este ruido tengo que atender a mi trabajo, a mi estudio, a los que se acercan a hablar conmigo.
     Y en medio de ese rumor desordenado me veo obligado a recogerme para hacer mi meditación o para examinar mi consciencia.
     Y en medio de ese trafago ensordecedor y descompasado es necesario procurar el descanso nocturno para que los nervios fatigados no me traicionen...
     ¡Pobre de mí, Señor!
     Yo quisiera irme contigo a un lugar solitario y tranquilo, en donde poder hablarte a solas, sin que estos ruidos distrajeran mi atención y me obligaran a volver una y otra vez sobre mis palabras para saber siquiera lo que te estaba diciendo.
     Enséñame a hacer este lugar secreto y solitario en el fondo de mi corazón;
     que no me importe nada el rumor sordo, que atormente ni ese ruido estridente que excita los nervios, ni el grito descompasado que lastima dolorosamente los oídos;
     que sepa prescindir de todo ello, y me encierre contigo en ese centro sagrado en el que Tú te haces oír, aun cuando prosiga el mundo en su tumultuosa barahúnda.
     Solos allí los dos, podré decirte todo lo que me alegra y todo lo que me entristece;
     todo lo que me inquieta y todo lo que me perturba;
     todas mis esperanzas y todas mis desilusiones;
     te contaré mis caídas, que me humillan y me avergüenzan,
     y mis deseos, que me atormentan, porque no llegan a convertirse en realidades,
     y mis pequeños triunfos, obtenidos por tu gracia misericordiosa.
     Tengo tantas cosas que decirte, Señor...
     Y tengo tanta necesidad de que Tú me hables:
     me digas si estás contento de mí;
     si hay algo que me pides y no te quiero dar; si..., tantas cosas, Señor.
     Que podamos recogernos solos en ese rincón apacible y silencioso,
     en el que sólo se oiga el sonido suave y dulcisimo de tu voz,
     en donde yo -pobre fatigado con el ruido multiforme que me rodea- pueda inclinarme contra tu pecho amigo, contra tu Corazón de Padre.
     Y donde sea concedido -perdona tanto atrevimiento en mis peticiones- escuchar una a una tus palabras, que son bálsamo único capaz de aliviar mi cansancio y de curar las heridas que he ido recibiendo en mi camino...
     Llévame, Señor, a esa soledad, dulce y serena, en donde podamos conversar los dos, como conversabas con tus Apóstoles cuando los llevaste in desertum locum para hacerlos descansar de las fatigas de sus excursiones misioneras.
Alberto Moreno S.J.
ENTRE EL Y YO

viernes, 19 de junio de 2015

Ecce ascendimus Hyerosolimam

MIRAD QUE SUBIMOS A JERUSALÉN
     Bien sabia Él lo que allí le esperaba: la traición y la entrega en la manos de sus enemigos, insultos, burlas, escarnios de toda clase, bofetadas, azotes, cruz, muerte.
     Subir a Jerusalén era subir al Calvario.
     Y en el Calvario le esperaba el suplicio mas horroroso, mas cruel e infamante.
     Con todo, sube y sube con tal prisa, que sus discípulos apenas si alcanzan a seguirle.
     Anuncia a sus apóstoles loq ue le aguarda en Jerusalén: Et ipsi nihil horum intellexerunt. ¡No entendieron nada! ¿Qué significaba aquello de que hablaba el Maestro?... ¡Pobre corazón humano, tan corto para penetrar en los misterios de la pasión!.
     En Jerusalen esperaba a Jesús el Calvario.
     Pero tras el Calvario estaba el triunfo de la Resurrección.
     El lo anuncia a los suyos para levantar sus ánimos quebrantados; pero tampoco lo entienden.

     Yo también, Señor voy subiendo a Jerusalén: Pero, ¡Ay!, que no subo como Tú, con paso decidido y apresurado, sino con pasos lentos y perezosos, como si mis pies participaran de la pesadez que embarga mi alma cuando subo al lugar en donde le espera el dolor..., aunque después de ese dolor venga también el gozo de la resurrección.
     Subo a Jerusalén trabajosamente cuando voy cumpliendo tu voluntad, que quiere probarme con el sufrimiento, con la enfermedad, con la contradicción, con las incomprensiones, que tanto me duelen.
     Subo a Jerusalén con paso difícil y por sendas tortuosas cuando el deber de cada día se me hace monótono y duro, cuando me exasperan la rudeza o la desvergüenza de los que encuentro en mi camino.
     Y como los apóstoles, tampoco yo comprendo lo que significan esas palabras tuyas de escarnios y de bofetadas, de traiciones y de azotes y de cruz; en mi desolación, son palabras sin sentido.
     Y cuando, con tu gracia, vislumbro algo de lo que ellas significan, siento que el temor se apodera de mí, y que mi andar se hace más lento y mas pesado. Me atemoriza, me aterra esa cruz...

     Sin embargo, Señor, yo sé que sin esa cruz no habrá resurrección gloriosa.
     Y si quiero resucitar y triunfar contigo, menester es subir a Jerusalen, y subir por el camino áspero y duro por el que Tú subiste, y llegar contigo hasta el calvario, y en el  Calvario subir contigo a la Cruz.
     No hay otro camino.
     Haz, Señor, que comprenda tus palabras.
     Y que ellas me sirvan de estímulo y de esfuerzo en esta subida a Jerusalén.
Alberto Moreno S.I.
ENTRE EL Y YO

martes, 16 de junio de 2015

Et erat mater Jesu ibi


Y ESTABA ALLÍ LA MADRE DE JESÚS
     Y donde Ella está, están la tranquilidad, la alegría, la seguridad.
     Y allí estaba Ella con su mirada vigilante y caritativa, solícita y amorosa.
     Los recién desposados, los invitados, disfrutaban alegres de las fiestas de aquel día de bodas.
     Mientras tanto, Ella se preocupaba de que no faltara nada a la alegría de aquel sencillo regocijo.
     ¡Y con que discreta solicitud, con que amorosa prudencia ejercita su oficio!
     Va a faltar el vino, Ella lo prevé.
     Mas no se contenta con preverlo.
     Su corazón se conmueve, ¿cómo permitir que la alegría de aquellos sencillos esposos se perturbe y que el bochorno de la imprevisión los avergüence? ¡No! Y busca solícita el remedio a aquella necesidad.
     Su Hijo está allí.
     Ella conoce muy bien su corazón.
     Y se acerca, discreta y amorosa: Vinum non habent: No tienen vino.
     La respuesta de Jesús parece a primera vista negativa. Pero no.
     Está María tan cierta de haber sido escuchada, que, sin esperar, da la orden a los sirvientes: "Haced cuanto Él os dijere".
     Y el milagro se hace, a petición de María, y el agua se convierte en vino.
     Vino abundante, delicioso, exquisito, el mejor del convite.
     La necesidad se ha remediado y con tanta discreción, que el maestresala mismo no se ha dado cuenta de lo que ha sucedido.
     
     ¡Oh María! Donde estás Tú no puede faltar nada.
     Tú eres la omnipotencia suplicante. Y tu palabra adelanta la hora de los milagros de Jesús.
     Por eso mi confianza en Tí no puede tener límites.
     Basta abrir mi corazón, y que aparezcan los vacíos que hay en él; me falta humildad, y me hace falta caridad para con mis hermanos, y me hace falta sinceridad conmigo mismo, y me falta amor a mi Dios, y me falta... ¿Que un abismo sin fondo, y que la lista de mis deficiencias formara la letanías de la miseria.
     Mas tu ves todas esas deficiencias, todas esas miserias.
     Y tú corazón se conmueve.
     Y pides a tu Hijo por mí.
     Tu oración todo lo alcanza. Por eso mis deficiencias no me desalientan ni ese vacío inmenso de mi corazón me causa vértigo. Tú quieres colmar ese vacío y remediar esas miserias.
     Mas quieres que yo coopere en la medida de mis pobres fuerzas.
     Y a mí como a los servidores de Caná, me dices también: "Haz cuanto Él te dijere".
     En Caná, los servidores llenaron de agua los cántaros.
     Yo pondré el agua de mis lágrimas, que es lo único que tengo.
     Eso basta. Y que llene hasta el borde mi pobre corazón.
     Esas lágrimas se transformarán.
     Y el vino de la alegría, de la paz, de la confianza, llenará mi corazón.
Alberto Moreno S.I.
ENTRE EL Y YO

miércoles, 10 de junio de 2015

PANEM NOSTRUM QUOTIDIANUM

EL PAN NUESTRO DE CADA DÍA
     "Vuestros padres -decía Jesús a los judíos-, vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; pero el que come este PAN vivirá eternamente".
     ¿Y este PAN?
     El PAN de la sagrada Eucaristía: el Cuerpo y la Sangre de Cristo Nuestro Señor.
     "Porque -dice el Señor- mi carne es verdaderamente comida y mi sangre es verdaderamente bebida". Son palabras de quien no puede engañarnos.
     ¡Misterio admirable! ¡Misterio adorable!
     ¡El Pan de los ángeles se hace Pan de los hombres!
     ¡Sagrado convite en el que Cristo mismo se nos da por manjar!
     Memorial sagrado de la Pasión de nuestro Redentor.
     Prenda segura de eterna vida. Porque el PAN que Cristo nos da es su Carne, inmolada por la vida del hombre, y Él mismo, verdad eterna, me asegura:
     "El comiere este PAN vivirá eternamente".
     
     ¿Y yo como de este PAN?... ¿Cuántas veces me acerco a la sagrada mesa?... ¿Y por qué no cada día?... Así lo desea el Vicario de Cristo, así lo desea Cristo mismo.
     El hijo prodigo, en medio de su desgracia, sintiéndose consumir por la miseria y por el hambre, pensaba:
     "¡Cuántos mercenarios en la casa de mi padre tienen pan en abundancia, y yo aquí perezco de hambre!"
     ¿No puedo yo decir algo semejante?...
     En la casa de mi Padre está el PAN  que alimenta, el PAN que fortifica, el PAN  que hace crecer, el PAN que alegra la vida del alma, y yo,... muerto de hambre, y de debilidad, y de tristeza...
     ¡Insensato de mi!Y tengo a la mano el remedio:
     El PAN divino que es el cuerpo sacrosanto de Cristo.
     El convite está preparado.
     La mesa está ya puesta.
     En ella se me da el PAN de los fuertes.
     El vino que engendra vírgenes.
     La prenda de mi inmortalidad gloriosa.

     En esa mesa se me da Jesús, mi Amigo, mi Padre, mi Redentor, mi Dios.
     Allí me espera Él.
     ¡Oh Señor, dame siempre ese PAN!
     Ese PAN que es tu Cuerpo sagrado; ese PAN que es vida, que es alegría, que es cifra de todas tus bondades y de todo tu amor.
     Dame siempre ese PAN,
     Para que no perezca de miseria y de hambre.
Alberto Moreno S.I.
ENTRE EL Y YO

jueves, 28 de mayo de 2015

Hominem non habeo

 No tengo un hombre
¡Cuántas veces se oye repetir esa queja dolorosa del paralítico de la piscina!
     Pero, Señor, yo, en verdad, no la puedo decir, porque Tú te has compadecido bondadosamente de mí. Y yo te tengo no solamente a Ti, el hombre-Dios, sino que tengo, además, a otros hombres que Tú me has dado, que casi podría decir has puesto a mi servicio, porque los has dado el cuidado de velar por mí y ayudarme.
     Ellos están encargados de mí por tu Providencia amorosa.
     Tengo a mis superiores preocupados por mi bien, ansiosos de ayudarme, de dirigirme, de orientarme, de defenderme de los peligros. Son tu representación visible, tus vicarios.
     Tengo a mis hermanos en religión. Tu me los has dado como compañeros de mi cariño, y has puesto en su corazón amor hacía mí, interés por mis cosas, deseos de sacrificarse por mi bien.
     Y luego tantas almas buenas que quieren servir al religioso, que le ayudan, que colaboran con él en sus obras.
     Así, pues, Señor, quejarme sería injusto, sería ingratitud a tus favores para conmigo.
     Pero, Señor, oigo a mi alrededor a tantos que dejan escapar de sus labios y de sus corazones esa queja:
     Pobres, que no tienen quien alivie su miseria...
     Niños, que no tienen quien se compadezca de su orfandad...
     Hombres, mujeres, jóvenes y ancianos, abandonados, enfermos, miserables... Tantos y tantos, Señor, que claman: ¡No tengo quien me ayude! ¡No tengo un hombre!
     Y yo quisiera ser para ellos, para todos ellos, ese hombre.
     Quisiera ser para ellos, para todos ellos, algo siquiera de lo que fuiste Tú para el para el paralítico de la piscina de Siloé.
     Para ello necesito, ante todo, un corazón compasivo, ¡porque hay tantos corazones a los que la miseria no conmueve!
     Un corazón que sepa comprender los dolores, esas miserias, esas soledades, esos abandonos.
     Un corazón que no se ahogue en el egoísmo ni se acobarde ante el sacrificio.
     Un corazón que no se desaliente ante la ingratitud, que no se acongoje con la mala correspondencia de aquellos a quienes favorece, que no espere nada de ellos.
     Un corazón que tenga todas las ternuras de una madre, y todas las energías de un padre, y todo el amor de un hermano, y toda la sencillez de un niño, y toda la abnegación de un santo.
     Un corazón..., un corazón... como el tuyo, Señor.
     Ese es el único Corazón que puede reunir todas esas cualidades. El único que realmente puede ser "ese hombre" que falta para tantos desgraciados, para tantos amargados de la vida.
     Un Corazón como el tuyo, Señor, en los que todos encuentren compasión, bondad, amor, misericordia...
     Un Corazón como el tuyo, Señor, en el que todos puedan derramar sus amarguras y que, sin embargo, permanezca dulce; en el que todos puedan desahogar sus tristezas, y que, sin embargo, permanezca alegre.
     Entonces, y sólo entonces, podrán decir esos pobrecitos: "Tenemos un hombre".
     Y saltarán de gozo con el feliz paralítico, aunque tengan que cargar sobre sus hombros el lecho de sus dolores.
Alberto Moreno S.I.
ENTRE EL Y YO

lunes, 18 de mayo de 2015

Tunc recordatus est

ENTONCES SE ACORDÓ
     Está sencilla frase está preñada de sentido.
     Pedro, el Apóstol privilegiado había entrado en la casa de los pontífice. Una criada le mira: "Tu eres de los discípulos de ese hombre".
     
     "Ese hombre" era el Maestro, su Maestro.
     "No, mujer, no soy; yo no conozco a ese hombre".
     Pedro, Pedro, recuerda quien es ese hombre.
     "No, no lo conozco". Y jura y perjura que no le conoce.
     Y después de tres negaciones, canta el gallo... Y Jesús, el Maestro,., "ese hombre", pasa y mira a Pedro...
     Y entonces, tunc, solo entonces, Pedro, como si despertarse de un profundo sueño, se acuerda...
     ¿De que te acuerdas, Pedro?
     Pero mejor sería preguntarle de qué no se había olvidado.
     ¿Qué no había olvidado el que había olvidado hasta su dignidad de hombre ante la pregunta de una infeliz mujerzuela?
     Recordó Pedro la palabra del Maestro: la predicción hecha pocas horas antes: "Antes de que el gallo cante dos veces, tu me habrás negado tres". ¡Ah!, si, es verdad, el maestro me lo había dicho. Y yo había hecho protestas de fidelidad inquebrantable: "Aunque me fuere necesario ir a la muerte contigo, yo iré..."
     Y recordó... la última Cena... el lavatorio de los pies... y la comunión primera... y la tristeza del Maestro...
     Y recordó lo que había antes de todo esto: el amor con que el Maestro le había distinguido entre todos..., y la intimidad de aquellos tres años..., y tantos favores recibidos.
     Y recordó... Y comenzó a llorar.
     ¡Feliz recuerdo!... ¡Dichosas lágrimas!...
     ¿Y yo?... ¿No he olvidado también en la hora de la tentación, como Pedro?
     Olvido los propósitos tantas veces repetidos...
     Y mis protestas reiteradas de amor y de fidelidad...
     Y los mil favores recibidos...
     Y la bondad y la amabilidad del Maestro...
     Y la grandeza de Dios...
     Y su justicia infinita...
     Todo, todo lo olvido a la voz del placer que me invita.
     Y niego también a mi Dios.
     En aquellos momentos de tentación no le conozco, ni le quiero conocer.
     ¡Oh, si Él entonces me mirara como miró a Pedro!
     Y si yo comenzara también a llorar.
     Dichosas lágrimas.
     ¡Oh Maestro Divino! ¡Mírame como miraste a Pedro, y haz que yo también me acuerde..., y comience a llorar!.
Alberto Moreno S.I.
ENTRE EL Y YO

miércoles, 13 de mayo de 2015

Loquetur victorias

Cantará triunfos
     El triunfar ha sido siempre grato al corazón humano.
     La lucha puede ser larga y dura; pero la suaviza la esperanza de la victoria. ¿Quién no sueña con triunfar?
     Pero, ¡ay!, que muchas veces tenemos que beber las amarguras de la derrota.
     ¡Son tantos los enemigos! ¡Son tan débiles nuestras fuerzas!
     Cualquier sacrificio nos parecería ligero si tuviéramos la seguridad de la victoria.
     Y esa seguridad existe.
     Nos la da la obediencia.
     El obediente triunfa siempre, y triunfa en todas partes; él no conoce las desilusiones de la derrota; para él no se hicieron las amarguras del fracaso.
     Porque ¿a quién se llama triunfador?
     ¿No es aquel que obtiene el fin pretendido, que alcanza la meta anhelada?
     ¡Y ése es el obediente!
     El no quiere otra cosa que cumplir siempre y en todo la voluntad divina; unir su voluntad frágil y débil, caprichosa y voluble, a la voluntad poderosa y estable, adorable y santa, de su Dios. Esa es su ambición, a esa meta aspira. Esa unión de voluntades es una fuerza invencible. Contra ella nada pueden los enemigos.
     Por eso el obediente triunfa siempre y triunfa en todas partes, porque hace siempre la voluntad de Dios.
     
     El mundo no entiende estos triunfos.
     Mas, ¿qué importa que el mundo no los entienda? Los entiende Dios. Y eso me basta.
     El mundo juzga que la obediencia es una esclavitud, y el obediente un esclavo.
     Y el obediente es el único hombre que hace siempre lo que él quiere, el único hombre verdaderamente libre.
     ¿Qué quiere el obediente? Lo que Dios quiere .
     ¿Que hace el obediente? Lo que Dios quiere.
     Querer y hacer lo que se quiere, ¿no es acaso ser verdaderamente libre?
     ¡Cuántas cosas quiere el mundo y no las hace! Y no las hace, porque no puede hacerlas, no porque no tiene ni fuerza ni libertad para hacerlas; porque es esclavo de sus apetitos, de sus caprichos, de sus pasiones.
     
     El obediente no tiene mas que un deseo, un deseo que lo abraza todo: conocer y hacer la voluntad de Dios.
     Y su obediencia es la realización constante de ese deseo.
     Por eso triunfa siempre: triunfa ahora y triunfará eternamente.
     ¡Cantará triunfos! ¡Cantará victoria!
Alberto Moreno S.I.
ENTRE EL Y YO

lunes, 4 de mayo de 2015

Surgam et ibo

ME LEVANTARÉ E IRÉ...

     Había sido rico.
     Había sido feliz.
     Un día pidió a su Padre la parte de la herencia. Y con ella se alejó del hogar paterno.
     En los vicios, rodeado de malos amigos, consumió su tesoro: el de sus riquezas, la herencia de su padre, y el tesoro de su salud y de sus fuerzas, y el tesoro preciosísimo, el de mayor valor, el de su inocencia. ¡Pobre pródigo!
     Y él, que todo lo había tenido en la casa de su padre, no podía ahora ni siquiera saciar su hambre con el alimento inmundo de los inmundos cerdos... No se lo permitían. Era, quizá, demasiado lujo para él...
     Lo había perdido todo: herencia, amigos, salud, alegría, paz...
     Sólo le quedaban su miseria, la carga de sus pecados y el amargo remordimiento.
     
     ¿No es ésa mi historia?
     Fui rico con el tesoro de la gracia que recibí en el día del Bautismo.
     Pero un día..., ¡día desgraciado!, me alejé del hogar de mi Padre por el pecado.
     Derroché el tesoro de la gracia, el tesoro de mi inocencia.
     Y quedé después solo. Con mi pecado, con mi miseria, con mi remordimientos.
     Un día el pródigo reflexionó sobre la felicidad pasada..., sobre su miseria presente..., sobre el amor de su padre...
     Y se decidió a volver al hogar: Surgam et ibo: me levantaré e iré.
     Y se decidió a pedir perdón: Pater, peccavi: padre he pecado.
     Et surgens, venit. Y se levantó y fue. Y se arrojó a los pies de su padre...
     Su padre lo esperaba. Y le recibió con los brazos abiertos.
     Y volvió a ser el hijo en la casa de su padre.

     He imitado al pródigo en su locura. Le imitaré también en su arrepentimiento.
     Me levantaré e iré. Yo sé que mi Padre me espera.
     Él me recibirá con los brazos abiertos.
     Él me perdonará mi ingratitud.
     Él me devolverá la gracia perdida.
     Regocijado con mi regreso, me estrechará contra su Corazón.
     ¡Que ese abrazo sea eterno!
     En el cielo se regocijan con el regreso del hijo que se había perdido y ha aparecido de nuevo; que había muerto y ha resucitado.
Alberto Moreno S. I.
ENTRE EL Y YO

lunes, 27 de abril de 2015

Unde ergo habet zizania?

¿DE DONDE, PUES, LA CIZAÑA?
     ¿Acaso no se había sembrado únicamente semilla bien seleccionada, sana y buena?
     ¿De dónde, pues, esa cizaña que ahora comenzaba a brotar con el trigo y que era una amenaza para la futura cosecha?
     Los sembradores se alarmaban. ¡Mejor sería arrancar de una vez esa cizaña!
     El amo oye sereno y tranquilo aquellas voces de alarma de sus fieles servidores.
     Sí, la semilla sembrada era buena; ¡la había él mismo escogido con tanto cuidado!.. Pero... bien sabia él que su enemigo no dormía, y que, mientras él y sus hombres descansaban, aquel inimicus homo había sembrado la cizaña con intenciones perversas. Y ahora la cizaña comenzaba a brotar...
     Arrancarla en seguida era exponerse a arrancar también el trigo recién nacido.
     Sería mejor esperar.
     Al tiempo de la siega, se haría una selección cuidadosa... Habría ocasión para ello.
     Y por eso tranquiliza a sus servidores: "Esperad; ya llegara la hora para esa cizaña".

     ¡Cuantas enseñanzas para mi vida en esta preciosa parábola!
     Como los fieles servidores, me alarmo yo también de que aun entre los escogidos -entre semilla de selección- brote algunas veces la cizaña:
     enviduelas, respetos humanos, pequeños chismes, murmuraciones...
     En mi celo arrebatado e indiscreto, desearía también arrancar cuanto antes esa cizaña, sin reparar siquiera en el mal que puedo hacer en el trigo que comienza a brotar..., almas que apenas han dado principio a su vida espiritual, débiles todavía...
     Echo la culpa de esa cizaña que brota a mil causas, pero olvido al inimicus homo: al diablo, que anda siempre vigilante y despierto, y que no pierde ocasión de sembrar aun entre religiosos esas pequeñas discordias, esas vergonzosas enviduelas, esas cobardías del respeto humano, esas pequeñeces ridículas que roban la paz, perturban la alegría, amenazan destruir la unión...; cizaña, cizaña venenosa.

     Concédeme, Señor, ese animo grande y generoso que es necesario para no dejarme acongojar en el espíritu y para no perder la paz a la vista de la cizaña.
     No tengo que conformarme con ella, bien lo sé.
Pero tampoco debo pretender arrancarla con mano indiscreta e imprudente.
     Ella tiene su hora.
     Y en esa hora podre arrancar y echar al fuego sin echar a perder el trigo.
     Es mi orgullo el que me hace impaciente y el que quiere arrastrarme a arrancar esa cizaña antes de tiempo.
     Si yo fuera verdaderamente humilde, entonces también seria también mas vigilante, y seria, sobre todo, mas paciente para esperar la ocasión propicia para arrancar la cizaña.
Alberto Moreno S.I.
ENTRE EL Y YO

jueves, 2 de abril de 2015

In nocte hac

En esta noche
     Señor, yo quisiera acompañarte en esta noche de insultos y de escarnios pasada en la casa de Caifás, en manos de la soldadesca cruel y burlona; noche de tristeza y de temor y de tedio, noche de la traición de Judas y de su beso repugnante,
     noche del abandono cobarde de los discípulos, noche de la vergonzosa negación de Pedro, noche de la prisión y del juicio y de la condenación a muerte,
     noche de la bofetada del soldado adulador y desvergonzado,
     noche de burlas y de afrentas, de salivazos y de golpes,
     noche la más negra que el mundo ha conocido.
     Yo quisiera acompañarte en esta noche: estar a tu lado para acompañarte, para consolarte, para reparar.

     Pero, ¡ay, Señor!, que esa noche ignominiosa no ha terminado todavía; porque todavía los enemigos siguen buscando la noche para prenderte y para burlarse de Ti y para crucificarte:
     noche de cines inmundos, de radios y televisiones sin vergüenza, noche de orgías,
     noche de traiciones y de negocios oscuros, noche de teatros y de espectáculos inmorales...;
     esas noches siguen siendo la repetición de aquella noche...
     Las almas fieles aman la quietud de la noche, su silencio recogido y austero, para levantar hasta Ti, Señor, sus plegarias de desagravio;
     y los monjes en sus monasterios interrumpen su sueño nocturno para alabarte en medio de ese silencio sagrado.

     Yo quisiera unirme ahora a todas esas almas fervorosas;
     quisiera con ellas meditar una a una las afrentas que has recibido y que recibes todavía en esta misma noche, y reparar con mi fervor y con mi amor esas afrentas:
     que a los insultos respondieran mis alabanzas, que a las burlas respondieran mis homenajes de adoración,
     que a los golpes respondieran mis sacrificios hechos por tu amor,
     que a las negaciones y a la traición respondiera la confesión sincera de mi fe y de mi confianza en Ti y que a las injurias de toda clase y a los pecados de todo orden y a los sacrilegios y a las profanaciones, respondiera: Señor, mi amor sincero, profundo, inquebrantable, unido al de todas esas almas que te aman.
     Quisiera unirme al Corazón inmaculado de tu Madre Santísima, y ofrecerte con Ella este pobre corazón mío; y con Ella por testigo, renovar en esta noche ante Ti, ultrajado, agraviado, escarnecido por tantos, el juramento de mi fidelidad y de mi amor.
     Así sea.
Alberto Moreno S.I.
ENTRE EL Y YO