martes, 7 de julio de 2015

Sicut angeli Dei


COMO LOS ÁNGELES DEL CIELO
     ¡Puro como un ángel de Dios!
     He ahí el ideal que se me señala; al ideal al que debo aspirar sin descanso y con todas las ansias de mi alma. Hasta lograr alcanzarlo.
     Es una aspiración atrevida y generosa, y por eso requiere un corazón ardiente y noble; es una aspiración que exige un animo varonil, valiente, decidido; porque habrá que luchar.
     Pero Dios, que me ha llamado y me inspira ese deseo, será mi fortaleza: "en Él todo lo puedo".

     ¡Puro como un ángel de Dios!
     El ángel no tiene nada que pueda atentar contra esa pureza inmaculada. Mientras que yo...
     Cuanto hay en mí parece que me atrae hacia lo bajo; a mancharme en el barro, a alimentarme con las bellotas que el pródigo hambriento anhelaba...
     ¡Pobre de mí tan expuesto a todas las caídas, 
     tan débil para resistir a los halagos
     tan rodeado de atractivos que seducen,
     tan imprudente para exponerme al fuego que arde y quema!
     Y, sin embargo, a pesar de todo, sursum corda. ¡Arriba el corazón! ¡arriba los pensamientos! ¡arriba los deseos! ¡Puro como un ángel de Dios!
     ¡Tengo que luchar, lucharé! Dios está conmigo.
     En este combate Él es mi testigo. Él es mi auxilio.
     ¡Y con ese auxilio, el triunfo es seguro!

     ¿Y las dificultades?... ¿Y las tentaciones?...
     Otros han vencido antes que yo. Vencieron con la gracia divina.
     Y esa gracia no me falta. Con la misma venceré yo.
     Cur non poteris quod isti et istae? ¿Por qué no he de poder con esa misma ayuda divina lo que ellos, y ellas, tantos y tantas, pudieron?
     Hoy gozan del premio de su victoria.
     Entonan ese himno triunfal que sólo ellos y ellas pueden entonar.
     Llevan sus vestiduras blancas lavadas con Sangre: Sangre del Cordero inmaculado.
     ¿Me he fijado bien en lo que esto significa: vestiduras blancas, lavadas en sangre, en la sangre de Cristo? Pero también en la mía propia, porque la pureza exige también la sangre de mi propio sacrificio.
     Exige la guarda de los sentidos: la mortificación.
     Cerrar las puertas al enemigo y estar siempre alerta. 
     El enemigo atacará. ¡Pero, entonces, a la lucha!
     Habrá sangre... ¡Pero sangre que lava, que blanquea!
     ¡Porque mi sacrificio estará unido al sacrificio del Cordero, que fue sacrificado por mi amor!
     ¡Puro como un ángel de Dios!
Alberto Moreno S.I.
ENTRE EL Y YO

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