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lunes, 25 de febrero de 2013

MARTIRIO DE SAN SERENO, JARDINERO, BAJO GALERIO, HACIA EL 307

     Entra en el blanco coro de los mártires hasta un jardinero, pues de este oficio era San Sereno o Synerotes, que debe de ser su propio nombre, puesto caso que las actas nos le presentan de origen griego, y tal es la forma en que se ha hallado en una inscripción del cementerio de Metrowitza, la antigua Sirmio, descubierto en 1884 u 85. Conservaremos, sin embargo, la forma latina que dan las actas. Éstas, nos cuenta Ruinart, fueron publicadas por los bolandistas el 23 de febrero, pero en forma muy reducida. Él tuvo la fortuna de hallar un excelente manuscrito, perteneciente al ilustrisimo abad de Noailles, y conforme a él da su texto, que es el que aquí se reproduce. Las indicaciones cronológicas de las actas son en extremo vagas; pero "es evidente —nota Tillemont— que este santo no sufrió al comienzo de la persecución; tampoco hay que ponerle más tarde del ano 307, hacia cuyo final Licinio fué hecho emperador de la Panonia".
     A la autenticidad de las actas no parece se le pueda oponer objeción de mayor cuantía. La narración es sencilla y sobria. El proceso parece reproducido de auténticas actas judiciales. Como documento, es interesante notar la involuntaria alabanza que el juez tributa a los cristianos. Sólo en éstos se concebía la delicadeza de conciencia, el cuidado de evitar no sólo el pecado, sino la ocasión de pecar.

Martirio de San Sereno.

     I. En la ciudad de Sirmio, Sereno, peregrino de origen griego, venido de tierras extrañas, se puso a cultivar un huerto, para ganarse así la vida, pues no conocía otro oficio. Habiendo estallado la persecución, por miedo a los tormentos, se escondió durante algún tiempo, unos cuantos meses. Luego volvió a trabajar libremente en su huerto. Estando en ello un día, entró en el huerto una mujer con dos doncellas y empezó a pasearse por allí. Vístola que hubo el sobredicho viejo, le dijo:
     —-¿Qué buscas por aquí, mujer?
     Respondió ella:
     —Me gusta pasear por este jardín.
     Él le replicó:
     —¿Qué matrona es esta que se viene a pasear a hora intempestiva? Porque es justamente la hora de la siesta. Lo que yo me imagino es que no has entrado aquí con ganas de pasear, sino por desorden y lascivia. Así que, largo de aquí y ten un poco de decoro, como dice con las matronas honradas.

     II. Ella, saliendo llena de confusión, rugía dentro de sí, no porque se la hubiera expulsado del huerto, sino porque no había logrado satisfacer su deseo. Sin ambargo, escribió a su marido, que pertenecía a la guardia personal del emperador Maximiano, insinuándole la injuria de que había sido objeto. Él, que recibió la carta, fuése inmediatamente a quejar al emperador, y le dijo:
     —Mientras nosotros estamos a tu lado, nuestras esposas, dejadas lejos, sufren injurias.
     El emperador le autorizó a volver a Sirmio y tomar venganza por medio del gobernador de la provincia, como mejor le pluguiera. Con esta autorización se dió prisa en dar la vuelta a vengar, no por cierto a una matrona,
sino a una mala mujer. Llegado a Sirmio, fuése sin tardanza a ver al presidente; muestra las letras imperiales y le dice:
     —Venga la injuria que en mi ausencia ha sutrido mi esposa.
     Oído que hubo todo esto el presidente, admiróse sobremanera y exclamó:
     - Pero ¿quién ha podido tener la audacia de ultrajar a la esposa de un oficial de la guardia personal del emperador?
     El otro le respondió:
     —Un tal Sereno, hombre de la plebe, de oficio jardinero.
     El presidente, sabido el nombre del sujeto, mandóle comparecer inmediatamente en su presencia, y Sereno compareció, en efecto. Díjole el presidente:
     —¿Cómo te llamas?
     Respondió él:
     —Sereno.
     Presidente:
     —¿Qué arte profesas?
     Sereno:
     —Soy jardinero.
     Presidente:
     —¿Por qué has injuriado a la esposa de hombre de tan alta categoría?
     Sereno:
     —Yo no he injuriado jamás a matrona alguna.
     El presidente, furioso, dijo:
     —Que se le atormente, para que confiese a que matrona ultrajó, cuando ésta se disponía a pasearse por su jardín.
     Sereno, entonces, sin turbación alguna, contesto:
     —Sí; recuerdo que hace unos días entró en mi jardín una matrona a pasear a hora inconveniente. Yo se lo reprendí, indicándole que no estaba bien que una mujer se saliese a tales horas de casa de su marido.
     Oyendo esto, el marido enrojeció de vergüenza por la conducta de su impura mujer, y enmudeció y nada más le dijo al presidente de tomar venganza de injuria ninguna, pues estaba el hombre sobremanera confuso.

     III. Mas el presidente, que oyó la respuesta de aquel santo hombre, se puso a pensar dentro de sí sobre la libertad con que dirigiera la reprensión, y dijo:
     —Este hombre, a quien no pareció bien que una mujer entrara en su huerto a hora inconveniente, tiene que ser un cristiano.
     Y dirigiéndose a Sereno:
     —Tú, ¿a qué religión perteneces?
     Y, sin tardanza alguna, contestó:
     —Yo soy cristiano.
     Presidente:
     —Pues ¿dónde has estado hasta ahora oculto y cómo has eludido sacrificar a los dioses?
     Sereno:
     —Donde y como a Dios ha placido reservarme corporalmente hasta este momento. Yo era como una piedra que se arroja al construir; pero ahora Dios me recoge para su edificio. Ahora, pues, que ha querido me mostrara públicamente, estoy dispuesto a padecer por su nombre, a fin de tener parte con los otros santos en su reino.
     El presidente, irritado al oír esta declaración, dijo:
     —Pues hasta ahora te has escondido y has de ese modo despreciado los edictos imperiales y te has negado a sacrificar a los dioses, mando que sufras la pena capital.
     Y seguidamente, arrebatado y conducido al lugar del suplicio, fué degollado por los ministros del diablo, ocho días antes de las calendas de marzo, reinando nuestro Señor Jesucristo, a quien es honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

lunes, 11 de febrero de 2013

MARTIRIO DE LOS SANTOS CLAUDIO, ASTERIO Y COMPAÑEROS, BAJO GALERIO, AÑO 306 (?)

     También la fecha del martirio de este grupo anda en balanzas. Dom Ruinart, siguiendo la indicación final de las actas: Habita est passio haec Augusto et Aristobulo consulibus, señala el año 285; pero todo el contexto de las actas supone desencadenada la persecución general, que no estalla, como sabemos, hasta el 303. Seguiremos, pues, a Allard (V, p. 68 y ss.), que la pone en 306, cuando, tras la dimisión o abdicación imperial de Diocleciano y Maximiano, Galerio era dueño absoluto de Oriente y aspiraba a serlo de todo el orbe romano. El año 306 debe marcarse como hito de la Historia, pues en él surge el hombre a quien está reservado el porvenir. Constancio, presintiendo sin duda la proximidad de su fin, reclamó de Galerio a su hijo Constantino, que seguía en Nicomedia, poco menos que como rehén del señor del Oriente. Galerio accedió primero y se arrepintió en seguida, si bien ya tarde para alcanzar al fugitivo. "El hijo de Constancio —dice un brillante escritor— acababa de dejar la capital de Galerio, cuando por doquiera resonaban los gemidos de los cristianos llevados al suplicio. A lo largo de toda su ruta, en Tracia, en el Nórico, en el alto Danubio, las cruces estaban alzadas, las hogueras encendidas, todo el apresto de suplicios desplegado. En muchos lugares, los pueblos estaban despoblados, los cristianos se escondían en las montañas o en los valles". Constantino alcanzó a su padre cuando estaba a punto de embarcarse para una expedición militar a Inglaterra; le si~ gue en ella, le ve morir en Eboracum (York) el 25 de julio de 306, y las tropas le proclaman Imperator. La Historia iba a dar sobre sus quicios uno de los giros esenciales. Se columbra el edicto de Milán. Entre tanto, el Oriente seguía tiñéndose en sangre. La Cilicia, donde tiene lugar el martirio de este grupo de cristianos, pertenecía, en verdad, no al Augusto, Galerio, sino a al César, Maximino Daya. Pero allá se las iban en punto a crueldad y odio uno y otro amo de Oriente. Y como los amos supremos, procedían estos tiranuelos menores que eran los gobernadores de provincias. Lisias, protagonista de estas actas, es buen ejemplo de ello.
     A la autenticidad de éstas no se ha puesto por los críticos (Harnack, Franchi, Delehaye) objeción de cuenta. Podemos, pues, repetir las palabras del sensato Tillemont, según el cual, se trata de "actas proconsulares, es decir, sacadas de los documentos notariales, donde se trasladan las palabras del juez y de los acusados tal como fueron pronunciadas. Así, nada hay más auténtico y más cierto que esta clase de actas".

Martirio de los santos Claudio, Asterio y compañeros.

     I. Lisias, presidente de la provincia de Licia, sentado en su tribunal en la ciudad de Egea, dijo:
     Preséntense a recibir mi sentencia los cristianos que han sido entregados a los curiales de esta ciudad por los agentes de la audiencia.
     El secretario, Eutalio, dijo:
     Señor, según tu mando, aquí se presentan tres jóvenes hermanos, dos mujeres y un niño pequeño, que son los que han podido capturar los curiales de esta ciudad. De ellos, uno ya está ante los ojos de tu Excelencia. ¿Qué manda sobre él tu Nobleza?
Lisias: ¿Cómo te llamas?
Respondió: Claudio.
Lisias: No vayas a perder tu juventud por tu locura, sino acércate ahora y sacrifica a los dioses, según el mandato de nuestro señor el Augusto, y de ese modo escaparás a los tormentos que te están aparejados.
Claudio: Mi Dios no tiene necesidad de tales sacrificios lo que le agrada es la limosna y la vida santa. Vuestros dioses, en efecto, son demonios inmundos, y por eso se complacen en sacrificios de esa calaña, perdiendo para siempre a las almas, aunque sólo a las que les dan culto; por eso, jamás has de persuadirme a que yo también los honre.
     Entonces el presidente Lisias le hizo atar para azotarle con varas, pues se decía: "No tengo otro medio de vencer su locura."
Claudio: Aun cuando me apliques más duros tormentos, en nada me dañas; a tu alma, en cambio, le estás preparando tormentos eternos.
Lisias: Nuestros señores los emperadores han mandado que los cristianos sacrifiquéis a los dioses; los que se resistan, deben ser castigados de muerte; a los que obedezcan, se les prometen honores y recompensas.
Claudio: Las recompensas de los emperadores son temporales; la confesión de Cristo es salvación eterna.
     Entonces Lisias dió orden de que se le suspendiera del caballete y se le aplicara una llama a los pies, y hasta le arrancaron pedazos de sus talones y se los presentaban ante su cara.
Claudio: Los que temen a Dios no pueden recibir daño ni del fuego ni de las torturas. Más bien les aprovechará para la salud eterna, pues todo eso lo sufren por Cristo.
   Entonces Lisias mandó que se le desgarrara con garfios de hierro.
Claudio: Mi intento es demostrarte que lo que tú defiendes son demonios. Con tus tormentos ningún daño me podrás hacer; a tu alma, empero, le preparas un fuego que jamás se extingue.
Lisias, a los verdugos:
     Tomad un casco de teja asperísima y raedle con él los costados, y luego aplicad a las heridas teas encendidas.
Cumplida la orden, Claudio dijo:
     Tu fuego y tus tormentos han de salvar mi alma, pues cuanto padezco por Dios lo tengo por grande ganancia, y mi mayor riqueza es la muerte por Cristo.
Lisias, hecho una furia, lo mandó bajar del potro y que lo volvieran a la cárcel.

     II. Eutalio, escribano, dijo:
     Según el mandato de tu Potestad, señor presidente, aquí está Asterio, el segundo de los hermanos.
Lisias: Tú, al menos, hazme caso y sacrifica a los dioses, pues a la vista tienes los tormentos que están aparejados para los que se resisten.
Asterio: No hay sino un solo Dios, el solo que ha de venir, que habita en los cielos y que, en su soberana virtud, no se desdeña de mirar a los humildes. Mis padres me enseñaron a adorar y amar a este Dios; ésos, por lo contrario, que tú adoras y llamas dioses, yo los desconozco. Perdición de cuantos te hacen caso es esa invención, que no verdad.
Lisias, sin más, ordenó que se le suspendiera del potro:
     Decidle: "Por lo menos ahora, cree y sacrifica a los dioses."
Asterio contestó:
     Yo soy hermano del que poco antes ha respondido a tus preguntas. Un solo ánimo tenemos, una sola confesión. Haz lo que está en tu mano. Sobre mi cuerpo tienes poder; sobre mi alma, ninguno.
Lisias: Echad mano de los garfios de hierro, atadle de los pies y atormentadle duramente, a fin de que sienta torturas de alma y cuerpo.
Asterio: Estúpido, loco, ¿por qué motivo me atormentas? ¿Por qué no te pones ante los ojos la cuenta que por ello has de dar al Señor?
Lisias: Extended carbones encendidos bajo sus pies. Azotad su espalda y vientre con varas y nervios durísimos.
     Así se hizo, y tras ello dijo Asterio:
     Estás ciego en todo. Sin embargo, una cosa te pido, y es que no dejes parte de mi cuerpo sin torturar.
Lisias: Que pase a la cárcel con los otros.

     III. Eutalio, secretario, dijo:
     Aquí está el tercer hermano, por nombre Neón.
Lisias: Hijo, por lo menos tú, acércate y sacrifica a los dioses, con lo que escaparás a los tormentos.
Neón: Si tus dioses tienen algún poder, defiéndanse ellos a sí mismos de quienes los niegan y no requieran tu defensa. Mas si tú te haces compañero de su malicia, yo soy mejor que tus dioses y que tú, pues no os obedezco, teniendo por Dios al verdadero Dios que hizo el cielo y la tierra.
Lisias: Rompedle el cuello y decidle: "No blasfemes contra los dioses."
Neón: ¿Blasfemo te parezco por decir la verdad?
Lisias: Extendedle de los pies y echadle carbones encendidos encima, y desgarrad su espalda con nervios.
     Hecho que fué, Neón dijo:
     Yo he de hacer lo que sé es útil para mí y ganancia para mi alma; no puedo mudar mi propósito.
     Lisias concluyó:
     Bajo el cuidado del secretario Eutalio y del verdugo Arquelao, que estos tres hermanos sean cruficados, como merecen, fuera de la ciudad, a fin de que las aves de rapiña despedacen sus cuerpos. 

     IV. Eutalio, secretario, dijo:
Señor, según el mandato de tu Claridad, aquí está Domnina.
Lisias: Ya ves, mujer, qué tormentos y qué fuego se te preparan. Así que, si quieres escapar de ellos, acércate y sacrifica.Domnina: Para no caer en el fuego eterno y en los tonmentos sin fin, yo adoro a Dios y a su Cristo, que hizo el cielo y la tierra y cuanto en ellos hay. Pero vuestros dioses son de piedra y leño, hechos por manos de hombres.
Lisias: Quitadle esos vestidos, extendedla desnuda y desgarrad todos sus miembros a varazos. 
Arquelao, verdugo, dijo:
     Por tu Sublimidad, Domnina ha expirado. 
Lisias: Echad su cuerpo a un lugar profundo del rio. 

     V. El secretario Eutalio dijo: Aquí está Teonila.
Lisias: Ya ves, mujer, qué fuego y qué tormentos esperan a los que tuvieren osadía de resistir. Por lo tanto, acércate y honra a los dioses, para que puedas escapar a tales tormentos.
Teonila: Yo temo el fuego eterno, que puede atacar al cuerpo y al alma y atacará, sobre todo, a los que abandonaron impíamente a Dios y adoraron los ídolos y demonios.
Lisias: Rompedle la cara a bofetones y arrojadla a tierra, atándola los pies, y atormentadla duramente. 
     Habiéndolo hecho así, Teonila dijo:  
Tú verás si está bien que a una mujer noble y forastera la atormentes de este modo. Dios ve lo que estás haciendo.
Lisias: Colgadla de los cabellos y abofeteadle la cara.
Teonila: ¿No te basta haberme dejado desnuda? No me has deshonrado a mí sola, sino a tu madre y a tu mujer  en mí, pues todas tenemos la misma naturaleza de mujeres.
Lisias: ¿Tienes marido o eres viuda?
Teonila: Veintitrés años hace el día de hoy que quedé viuda, y por amor a mi Dios he permanecido en ese estado, entregada al ayuno, a la vigilia y oración, desde que me aparté de los ídolos inmundos y conocí a mi Dios.
Lisias: Raedle la cabeza a navaja, a ver si así, por lo menos, tiene un poco de vergüenza. Ceñidle una corona de zarza campestre, extendedla en cuatro palos y, con una dura correa, desgarradle no sólo las espaldas, sino el cuerpo entero. Echadle brasas encima del vientre, y que así muera.
     El secretario, Eutalio, y el verdugo, Arquelao, dijeron:
     Señor, acaba de expirar.
Lisias: Traed un saco, meted en él el cuerpo, y, fuertemente atado, arrojadlo al mar.
Eutalio, secretario, y Arquelao, verdugo, dijeron:
     Según mandato de tu Eminencia, señor, tal como ordenaste, así se ha hecho con los cuerpos de los cristianos.

     VI. Este martirio sucedió en la ciudad de Egea, bajo el presidente Lisias, el diez de las calendas de septiembre, en el consulado del Augusto y Aristóbulo.
     Por el martirio de estos santos es a Dios honor y gloria.

miércoles, 30 de enero de 2013

MARTIRIO DE SAN JULIO, BAJO DIOCLECIANO, AÑO 302

     Se ignora la fecha en que el veterano San Julio sufrió el martirio, pues el comienzo de sus bellas actas no puede ser más vago: Tempore persecutionis... Lo más probable es —adelantó Ruinart— que haya de ponerse en la magna persecución de Diocleciano, y, concretamente, en la depuración del ejército que precedió, según Eusebio, al desencadenamiento de la persecución general. Dorostoro, donde Julio sufrió el martirio, fué en otro tiempo ciudad episcopal, bajo el arzobispo de Marcianópolis, en la Mesia inferior; se dice haber quedado hoy reducida a una aldea de la actual Bulgaria. La Mesia, como, en general, toda la frontera del Danubio, reunía una de las más grandes concentraciones de tropas de todo el Imperio. Puestas bajo el mando del feroz Galerio, se explica que la persecución se ensañara en los soldados cristianos, que no debían de ser raros en aquellas regiones.
     Como quiera, las actas del martirio de este soldado veterano son bellas y, en su sencillez notarial, las penetra un aliento de patética emoción. Su autenticidad, fuera de algún leve retoque, es segura. El texto publicado en Analecta Bollandiana (1891, p. 50), es juzgado así por los editores:

Martirio de San Julio, veterano.

    I. En tiempo de la persecución, cuando los fieles esperaban recibir los premios eternos prometidos a los vencedores en los combates gloriosos de la fe, fue detenido Julio y presentado al gobernador Máximo por agentes de la audiencia.
El presidente Máximo dijo:      ¿Quién es éste?
Los oficiales respondieron:
    —Es un cristiano que no quiere obedecer los edictos imperiales.
Presidente:      ¿Cómo te llamas?
Respondió:     Julio.
Presidente: ¿Qué dices, Julio? ¿Es verdad lo que de ti me informan?
Julio: Así es, puesto que yo soy cristiano y no puedo negar que soy lo que soy.
Presidente: ¿Es que ignoras los mandatos de los emperadores, que ordenan sacrificar a los dioses?
Julio: No los ignoro, ciertamente; pero yo soy cristiano y no puedo hacer lo que quieres. Porque no conviene que yo me olvide del Dios verdadero y vivo.

     II. Máximo. —Pues ¿qué mal hay en echar unos granos de incienso y marcharse?
Julio: Yo no puedo despreciar los mandamientos divinos y aparecer infiel a mi Dios. Y, efectivamente, cuando yo seguía el error de la vana milicia, jamás, en veintisiete años, hube de comparecer ante tribunal alguno por criminal o pendenciero. Siete veces salí a campaña, y nunca me quedé a la zaga de nadie ni combatí con menos denuedo que el más valiente. Jamás me vió el príncipe cometer una perfidia. ¿Y quieres tú ahora que, después de mostrarme leal en lo Imenos, pueda yo ser un traidor en lo más?
Máximo.—¿Qué milicia has seguido?
Julio. He seguido las armas, y a mi debido tiempo me licencié como veterano. Temiendo siempre a Dios, que hizo el cielo y la tierra, le he tributado culto, y ahora le sigo ofreciendo mi servidumbre.
Máximo.—Julio, veo que eres hombre prudente y grave. Hazme, pues, caso a mí e inmola a los dioses, a fin de alcanzar una grande remuneración.
Julio.—No hago lo que dices por temor a incurrir en pena eterna.Máximo.—Si piensas que ello es un pecado, yo cargo con él. Yo soy quien te hago fuerza, para que no parezca que voluntariamente cedes. Luego te vas tranquilo a tu casa, recibes el dinero de las fiestas decenales, y nadie, en adelante, se ha de meter contigo.
Julio.—Ni ese dinero de Satanás ni tu astuta persuasión podrán privarme de la luz eterna. Da, pues, sentencia contra mí, como contra un cristiano.

     III. Máximo.—Si no acatas los mandatos imperiales y sacrificas, te haré cortar la cabeza.
Julio.—Muy bien lo has pensado. Yo te ruego, pues, piadoso presidente, por la salud de tus emperadores, que lleves a cabo tu pensamiento y pronuncies sentencia contra mi, y se cumplan así mis deseos.
Máximo.—Si no te arrepientes, seguro puedes estar que se cumplirán.
Julio.—Si esto mereciere sufrir, eterna gloria me espera.
Máximo.—Así te lo imaginas. Como alcanzarías gloria eterna sería sufriendo por las leyes de la patria.Julio.—Por las leyes, no hay duda que sufro; pero es por las leyes divinas.
Máximo.—¿Las que os enseñó uno que murió crucificado? Ya ves lo necio que eres, témiendo más a un muerto que a emperadores vivientes.
Julio.—Él murió por nuestros pecados, para darnos vida eterna; pero siendo Dios, el mismo Cristo permanece por los siglos de los siglos. El que le confesare tendrá la vida eterna; el que le negare, sufrirá castigo eterno.
Máximo.—Me inspiras compasión, y por ello te doy consejo que sacrifiques y vivas con nosotros.
Julio.—Si viviere con vosotros, ello sería para mí la muerte; mas si muero en la presencia del Señor, viviré eternamente.
Máximo.—Oyeme y sacrifica, no me vea obligado, como te he prometido, a quitarte la vida.
Julio.—Yo he escogido morir temporalmente, para vivir con los santos para siempre.
Así, el presidente Máximo dió la sentencia, diciendo:
—Julio, cpie se ha negado a obedecer a los edictos imperiales, sufra pena capital.

     IV. Conducido que fue al lugar del suplicio, todos le besaban. Mas el bienaventurado Julio dijo:
     —Que cada uno vea la intención con que me besa.
     Había entre los asistentes un tal Isiquio, soldado cristiano, también preso, que le dijo al santo mártir:  —Yo te ruego
Julio: cumple con gozo tu promesa y recibe la corona que el Señor ha prometido dar a los que le confiesan, y acuérdate de mí, que te he de seguir muy pronto. Saluda también de mi parte, con todo afecto, te ruego, a nuestro hermano Valentión, siervo de Dios, que por su buena confesión nos ha tomado la delantera camino del Señor.
Julio, por su parte, habiendo besado a Isiquio, le dijo:
—Date prisa, hermano, en venir. Tus encargos los recibirá el que tú saludas.
Y tomando el pañizuelo, se ató él mismo los ojos y tendió el cuello, diciendo:
Señor Jesucristo, por cuyo nombre sufro la muerte, yo te suplico que te dignes recibir mi espíritu con tus santos mártires.
Asi, pues, el ministro del diablo, descargando el golpe de la espada, puso fin a la vida del beatísimo mártir en Cristo Jesús, Señor nuestro, a quien es honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

miércoles, 23 de enero de 2013

MARTIRIO DE LOS SANTOS FILEAS Y FILOROMO, BAJO DIOCLECIANO, AÑO 307

Martirio de los santos Fileas y Filoromo.

     I. Puesto Fileas sobre el estrado, el presidente, Culciano, le dijo:
     —¿Puedes, en fin, entrar en razón?
     Fileas respondió:
     —Yo siempre estoy en mi cabal razón y razonablemente vivo.
     Culciano. —Pues sacrifica a los dioses.
     Fileas. —No sacrifico.
     Culciano. —¿Por qué?
    Fileas. —Porque las sagradas y divinas Escrituras dicen: El que inmolare a los dioses, fuera del solo Dios, será exterminado.     Culciano.—Pues sacrifica al dios Sol.
     Fileas.—No sacrifico, pues no son esos los sacrificios que Dios desea. Pues las sagradas y divinas Escrituras dicen efectivamente: ¿A qué me ofrecéis la muchedumbre de vuestros sacrificios?, dice el Señor. Harto estoy de ellos; no quiero los holocaustos de carneros, ni la y rasa de los corderos, ni la sangre de los machos cabríos, ni me vengáis más con flor de harina.
     Uno de los abogados dijo:
     —Con harina nos vienes, cuando te estás jugando la vida.
     Culciano.¿Pues con qué sacrificios se deleita tu Dios?
     Fileas. —Con el corazón puro y los pensamientos sinceros y las palabras verdaderas. Esos son los sacrificios en que Dios se complace.
     Culciano. —¡Ea! ¡A sacrificar!
     Fileas.—Yo no sacrifico, pues ni siquiera lo sé hacer.
     Culciano.—¿No sacrificó Pablo?
     Fileas.—De ninguna manera.
     Culciano.—Y Moisés, ¿no sacrificó?
   Fileas.—Sólo a los judíos se les mandó que ofrecieran sacrificios al Dios único en Jerusalén, y ahora los judíos, al celebrar sus ritos en otras partes, cometen un pecado.
     Culciano.—Basta de palabras inútiles y sacrifica por lo menos ahora.
     Fileas.—Yo no puedo manchar mi alma.
     Culciano.—¿También al alma se le hace daño?
     Fileas.—Al alma y al cuerpo.
     Culciano.—¿A este mismo cuerpo?
     Fileas.—A este mismo.
     Culciano.—¿Es que resucitará esta carne?
     Fileas.—Indudablemente.
     Culciano.—¿No negó Pablo a Cristo?
     Fileas.—No, hombre; ni por semejas.
     Culciano.—Yo he jurado; jura tú también.   Fileas. —A nosotros no nos está permitido jurar, pues la Sagrada Escritura dice: Sea vuestro hablar: sí, sí; no, no.
     Culciano.—¿No era Pablo un hombre inculto? ¿No era sirio? ¿No disputaba en siríaco?
     Fileas.—No; era hebreo y disputaba en griego, y superaba en sabiduría a todo el mundo.
   Culciano.—A ver si vas a decir que también sobrepasaba a Platón.
   Fileas. —No sólo a Platón, sino a todos los filósofos sobrepasaba en prudencia. La prueba es que él persuadió a los sabios, y, si quieres, yo te repetiré sus palabras.
     Culciano.—Lo que has de hacer es sacrificar.     Fileas.—Yo no sacrifico.
     Culciano.—¿Es por escrúpulo de conciencia?
     Fileas.—Así es.
    Culciano.—Pues ¿cómo no te muestras tan escrupuloso en tus deberes para con tu mujer y tus hijos?
    Fileas. Los deberes para con Dios están por encima de todos los demás. Dice, en efecto, la sagrada y divina Escritura: Aimarás a tu Señor que te ha creado.
     Culciano.—¿Qué Dios es ése?
     Fileas, tendiendo sus manos al cielo:
    —El Dios que hizo el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay; el creador y hacedor de todo lo visible e invisible; el inefable, el que es solo y permanece por los siglos de los siglos. Amén.

     II. Los abogados trataban de impedir que Fileas hablara tanto con el presidente, y le dijeron:
     —¿Por qué resistes al presidente?
     Fileas respondió:
     —Yo no hago sino responder a lo que se me pregunta.
     Culciano.—Menos palabras y a sacrificar.
    Fileas.—Yo no sacrifico, pues quiero mirar por mi alma. Y para prueba de que no sólo los cristianos, sino también los gentiles miran por ella, ahí tienes el ejemplo de Sócrates. Al ser conducido a la muerte, ni su mujer ni sus hijos fueron parte para hacerle retroceder, sino que, con ánimo prontísimo, cano ya, recibió la muerte.
     Culciano.—¿Cristo era Dios?
     Fileas.—Indudablemente.
     Culciano.—¿En qué se funda tu certeza de que era Dios?
     Fileas.—En que hizo ver a los ciegos, oír a los sordos, limpió a los leprosos, resucitó a los muertos, restituyó el habla a los mudos y sanó muchas otras enfermedades. Una mujer que sufría flujo de sangre, con solo tocar la orla de su vestido, quedó sana; un muerto resucitó, y por el estilo hizo muchos signos y prodigios.
     Culciano.—¿Luego Dios fué crucificado?
  Fileas.—Por nuestra salvación fué crucificado. Y Él sabía ciertamente que había de serlo y que había de sufrir ultrajes, y se entregó a sí mismo para padecer por nosotros. Todo esto lo habían de Él predicho las Escrituras, las mismas que los judíos creen entender y no entienden. Así, pues, el que quiera, venga y vea si todo esto no es así.
   Culciano.—Recuerda que te he tratado con todo honor, pues pudiera haberte hecho objeto de escarnio en tu propia ciudad. Sin embargo, por deseo de honrarte, no lo he hecho.
   Fileas.—Te doy por ello las gracias, y ahora quisiera que acabaras tu favor.
     Culciano.—¿Qué deseas de mí?
     Fileas.—Que uses de tu poder y hagas lo que se te ha mandado.
     Culciano.—Así, sin motivo alguno, ¿quieres morir?
     Fileas.—Motivo, le hay; yo muero por Dios y por la verdad.
     Culciano.—¿Pablo era Dios?
     Culciano.—Pues ¿qué era?
   Fileas.—Un hombre semejante a nosotros, pero lleno del Espíritu divino; y en ese Espíritu obraba milagros, señales y prodigios.
     Culciano.—Te voy a perdonar en beneficio de tu hermano.
     Fileas.—Hazme a mí un favor completo: usa de tu poder y haz lo que se te ha mandado.
   Culciano.—Si supiera que estabas en la miseria y que ésta te había empujado a semejante demencia, no te perdonaría; pero como tienes tantas riquezas, que pudieras alimentarte no sólo a ti, sino poco menos que a una provincia, por eso te trato con consideración y te exhorto a que sacrifiques.
     Fileas.—No, yo no sacrifico, y en esto miro por mí mismo.
     Los abogados dijeron al presidente:
     —Ya ha sacrificado en la curia o salón de deliberaciones.
     Fileas.—Es falso que haya yo sacrificado.
     Culciano.—Tu desgraciada mujer te está mirando.
    Fileas.—El Señor Jesucristo, a quien yo sirvo entre cadenas, es salvador de todos nuestros espíritus. Él, que me ha llamado a mí a la herencia de su gloria, puede también llamarla a ella.     Intervienen los abogados y dicen: —Fileas pide un plazo.
     Culciano (a Fileas).—Te doy un plazo para que reflexiones.
   Fileas.—Ya lo he reflexionado muchas veces, y he escogido padecer por Cristo.
     En aquel punto, los abogados, la audiencia entera, el procurador de la ciudad y sus parientes todos se arrojaron a sus pies, abrazándolos y suplicándole tuviera consideración a su esposa y mirara por el cuidado de sus hijos. Él, como roca inmóvil azotada por las olas, decía que le era preciso desechar cuanto en aquella algarabía lé gritaban, que su alma se encaminaba ya al cielo, que tenía a Dios ante los ojos y que sus parientes y allegados eran los santos mártires y apóstoles. 

     III. Había allí un hombre que mandaba un escuadrón de soldados romanos, y se llama Filoromo. Éste, que vió cómo los parientes inundaban de lágrimas a Fileas, y el presidente le abrumaba de argucias, y que por nada se doblegaba ni conmovía, exclamó diciendo:
     —¿A qué estáis vana e inútilmente tentando la constancia de este hombre? ¿Por qué, a quien es fiel a Dios, queréis convertirle en infiel? ¿Por qúé le queréis forzar a que niegue a Dios para dar gusto a los hombres? ¿No veis que sus ojos no miran vuestras lágrimas, que sus oídos no escuchan vuestras súplicas? ¿Cómo va a doblegarse por lágrimas terrenas quien con sus ojos contempla la gloria celeste?
     A estas palabras, todos se vuelven iracundos contra Filoromo, y piden al juez le sentencie a muerte junto con Fileas. Y el juez, cediendo con mucho gusto a tal demanda, sentencia que ambos sean pasados a filo de espada. Salían ya camino del lugar acostumbrado, cuando el hermano de Fileas, que era uno de los abogados, dijo a gritos:
     —Fileas pide la abolición. 
Volvióle a llamar Culciano y le dijo:  
     —¿Cómo es que apelas? 
Respondió Fileas:
     —Yo no apelo ni me pasa tal cosa por las mientes. No hagas caso de mi infeliz hermano. Por mi parte, doy gracias a los emperadores y al presidente, que me han hecho coheredero con Cristo.
     Dicho esto, salió Fileas al lugar del suplicio. Llegados que fueron donde tenían que ser degollados, extendió Fileas sus manos hacia Oriente y exclamó:
    —Hijitos míos carísimos, todos los que a Dios buscáis, vigilad sobre vuestros corazones, porque nuestro enemigo, como león rugiente, está dando vueltas a ver a quien arrebata. Todavía no hemos sufrido nada; ahora empezamos a sufrir, ahora empezamos a ser discípulos de nuestro Señor Jesucristo. Carísimos, atended a los mandamientos de nuestro Señor Jesucristo. Invoquemos al sin mancilla, al incomprensible, al que se sienta sobre los querubines, al hacedor de todas las cosas, que es principio y fin, a quien sea gloria por los siglos de los siglos. Amén.
     Dicho esto, los verdugos, cumpliendo las órdenes del juez, atravesaron a filo de espada los cuellos de ambos e hicieron huir de los cuerpos los infatigables espíritus, permitiéndolo nuestro Señor Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina, Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

martes, 15 de enero de 2013

MARTIRIO DE SANTA CRISPINA

Martirio de Santa Crispina.

I. Siendo cónsules Diocleciano por novena vez y Maximiano por octava, el día de las nonas de diciembre (5 de diciembre), en la colonia de Theveste, sentado dentro de su despacho en el tribunal el procónsul Anulino, el secretario de la audiencia dijo:
     —Si das sobre ello orden, Crispina, natural de Tagura, por haber despreciado la ley de nuestros señores los emperadores, pasará a ser oída.
     El procónsul Anulino dijo:
     —Que pase.
     Entrado, pues, que hubo Crispina, Anulino dijo:
     —¿Conoces, Crispina, el tenor del mandato sagrado?
     Crispina. Ignoro de qué mandato se trate.
     Anulino. —Que tienes que sacrificar a todos los dioses por la salud de los príncipes, conforme a ley dada por nuestro señores Diocleciano y Maximiano, píos augustos, y Constancio y Máximo, nobilísimos Césares.
     Crispina. -Yo no he sacrificado jamás ni sacrifico, sino al sólo y verdadero Dios y a nuestro Señor Jesucristo, Hijo suyo, que nació y padeció.
     Anulino. —Corta esa superstición y dobla tu cabeza al culto de los dioses de Roma.
     Crispina. —Todos los días adoro a mi Dios omnipotente; fuera de Él, a ningún otro Dios conozco.
     Anulino. —Eres mujer dura y desdeñosa; pero pronto vas a sentir, bien contra tu gusto, la fuerza de las leyes.  
     Crispina. —Cuanto pudiere sucederme lo he de sufrir con gusto por mantener la fe que profeso.
     Anulino. —Tan grande es tu vanidad, que ya no quieres abandonar tu superstición y venerar a los dioses.
     Crispina. -Diariamente venero, pero al Dios vivo y verdadero, que es mi Señor, fuera del cual ningún otro conozco.
     Anulino. —Mi deber es presentarte el sagrado mandato para que lo observes.
     Crispina. —Un sagrado mandato he de observar, pero es el de mi Señor Jesucristo.
     Anulino. —Voy a dar sentencia de que se te corte la cabeza si no obedeces a los mandatos de los emperadores, nuestros señores, a quienes se te forzará a servir, obligándote a doblar el cuello bajo el yugo de la ley. Toda el Africa ha sacrificado, como de ello no te cabe a ti misma duda.
     Crispina. —Jamás se ufanarán ellos de hacerme sacrificar a los demonios; sino que sacrifico al Señor que hizo el cielo y la tierra, el mar y cuanto hay en ellos.

II. Anulino. —¿Luego no son para ti aceptos estos dioses, a quienes se te obliga que rindas servicio, a fin de llegar sana y salva a la devoción?
     Crispina. —No hay devoción alguna donde interviene fuerza que violenta.
     Anulino. —Mas lo que nosotros buscamos es que tú seas ya voluntariamente devota, y en los sagrados templos, doblada tu cabeza, ofrezcas incienso a los dioses de los romanos.
     Crispina. —Eso yo no lo he hecho jamás desde que nací, ni sé lo que es, ni pienso hacerlo mientras viviere.     Anulino. —Pues tienes que hacerlo, si quieres escapar a la severidad de las leyes.
     Crispina. —No me dan miedo tus palabras; esas leyes nada son. Mas si consintiera en ser sacrilega, el Dios que está en los cielos me perdería, y yo no aparecería en el día venidero.
     Anulino. —Sacrilega no puedes ser cuando, en realidad, vas a obedecer sagradas órdenes.
     Crispina. —¡Perezcan los dioses que no han hecho el cielo y la tierra! Yo sacrifico al Dios eterno que permanece por los siglos de los siglos, que es Dios verdadero y temible, que hizo el mar, la verde hierba y la tierra seca. Mas los hombres que Él mismo hizo ¿qué pueden darme?
     Anulino. —Practica la religión romana, que observan nuestros señores los Césares invictos y nosotros mismos guardamos.
     Crispina. —Ya te he dicho varias veces que estoy dispuesta a sufrir los tormentos a que quieras someterme, antes que manchar mi alma en esos ídolos, que son pura piedra, obras de mano de hombre.
     Anulino. —Estás blasfemando y no haces lo que conviene a tu salud.

III. Y añadió Anulino a los oficiales del tribunal:
     —Hay que dejar a esta mujer totalmente fea, y así empezad por raerle a navaja la cabeza, para que la fealdad comience por la cara.     Crispina. —Que hablen los dioses miamos, y creo. Si yo no buscara mi propia salud, no estaría ahora delante de tu tribunal.
     Anulino. —¿Deseas prolongar tu vida o morir entre tormentos, como tus otras compañeras?
     Crispina. —Si quisiera morir y entregar mi alma a la perdición en el fuego eterno, ya hubiera rendido mi voluntad a tus demonios.
     Anulino. —Mandaré que se te corte la cabeza si te niegas a adorar a los dioses venerables.
     Crispina. —Si tanta dicha lograre, yo daré gracias a mi Dios. Lo que yo deseo es perder mi cabeza por mi Dios, pues a tus vanísimos ídolos, mudos y sordos, yo no sacrifico.
     Anulino. —¿Con que te obstinas de todo punto en ese necio propósito?
     Crispina. —Mi Dios, que es y permanece para siempre, Él me mandó nacer, Él me dió la salud por el agua saludable del bautismo, Él está en mí, ayudándome y confortando a su esclava, a fin de que no cometa yo el sacrilegio de adorar a los ídolos. 

IV. Anulino. —¿A qué aguantar por más tiempo a esta impía cristiana? Léanse las actas del códice con todo el interrogatorio.
     Leídas que fueron, el procónsul Anulino. leyó de la tablilla la sentencia:
     —Crispina, que se obstina en una indigna superstición, que no ha querido sacrificar a nuestros dioses, conforme a los celestiales mandatos de la ley de los augustos, he mandado sea pasada a filo de espada.
     Crispina respondió:
     —Bendigo a Dios que así se ha dignado librarme de tus manos. ¡Gracias a Dios!     Y, signándose la frente, fué degollada por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

martes, 8 de enero de 2013

Martirio de los santos Taraco, Probo y Andrónico. (2)

 Tercer interrogatorio, en Mopsuesta. 
     VII. Fabio Cayo Numeriano Máximo, presidente, dijo:
Llama a esos iniciados en la impía religión de los cristianos.
El tribuno Demetrio dijo: —Aquí están, señor, yo te ruego.
Máximo: Ahora, suspendidos los tormentos, ¿te decides, en fin, Táraco, a desistir de tu desvergonzada confesión y a sacrificar a los dioses, por los que todas las cosas subsisten?
Taraco: Ni tú ni ellos se ufanarán de que el mundo esté gobernado por quienes están destinados al fuego y castigo eterno, y no sólo ellos, sino también todos vosotros que hacéis su voluntad.
Máximo: ¿Cuándo pararás, infame, de blasfemar? ¿O es que piensas que vas a salir vencedor a fuerza de desvergüenza? Con quitarte de encima la cabeza, hemos terminado.
Táraco: Si tan rápida ha de ser mi muerte, no va a ser muy grande el combate. Sin embargo, dilata cuanto gustes lo que quieras hacer, pues de esta manera aumenta el mérito de mi lucha delante del Señor.
Máximo: Lo mismo que tú sufren los otros encarcelados que caen bajo las penas de las leyes.
Taraco: ¿Hasta tanto llega tu ignorancia y ceguera que no caigas en la cuenta que los malhechores sufren en justicia el castigo, y, en cambio, los que padecen por Cristo recibirán su recompensa, oh juez sacrilego y abominable?
Máximo: ¿Qué recompensa, pues, recibís los que termináis infamemente vuestra vida?
Táraco: No te es lícito a ti ni preguntar sobre esto ni saber el galardón que nos está reservado. Por él, precisamente, soporto ahora tus amenazas y locuras.
Máximo: Me estás hablando como si fueras mi igual.
Táraco: No, yo no soy tu igual, ni permita Dios que jamás lo sea; sin embargo, tengo libertad para hablar, y nadie me la puede quitar gracias a la fuerza que de Dios me viene por Cristo.
Máximo: Yo te cortaré de raíz esa libertad de palabra, hombre abominable.
Taraco: Te repito que nadie me quitará esta libertad, ni tú ni tus emperadores, ni Satanás tu padre, ni los demonios, a quienes tú, en tu extravío, sirves.
Máximo: Por dignarme yo hablarte te haces altanero, impiísimo.
Taraco: De eso tú tendrás la culpa; porque, por mi parte, bien sabe aquel Dios a quien sirvo que abomino hasta mirarte a la cara, cuanto más tenerte que responder.
Máximo: Pensando no atormentarte más, acércate y sacrifica.
Táraco: Tanto en mi primer interrogatorio en Tarso, como en el otro de Mopsuesta, confesé que soy cristiano; pues el mismo soy también ahora aquí. Créeme, entérate de la verdad.
Máximo: Una vez que te haya aniquilado a tormentos, ¿de qué te servirá arrepentirte, miserable?
Taraco: Si yo me hubiera de arrepentir, ya hubiera temido a tus primeros y segundos golpes y hubiera hecho tu gusto; pero la verdad es que, sintiéndome firme en el Señor, nada se me importa de ti. Haz lo que te dé la gana, desvergonzadísimo.
Máximo: Sí; te he ganado en desvergüenza por no haberte atormentado más.
Taraco: Ya antes te lo dije y ahora te lo repito: poder tienes sobre mi cuerpo; haz lo que te dé la gana.
Máximo: Atadle y levantadle sobre el potro, a ver si acaba de ser necio.
Táraco: Si yo fuera necio, sería semejante a ti y tendría tu misma religión.
Máximo: Ya que estás colgado, obedéceme y sacrifica, antes de que te sometan a los tormentos convenientes.
Táraco: Aun cuando no te es lícito atormentarme fuera de ley, por mi condición de soldado, sin embargo no protesto de tus locuras; haz lo que quieras.
Máximo: Un soldado que defiende la religión y honra a los dioses y a los augustos, se le juzga acreedor a recompensas y ascensos; pero tú eres un hombre absolutamente impío y que deshonrosamente fuiste despedi do del ejército. Por tanto, voy a dar orden de que se te atormente con mayor dureza.
Taraco: Haz lo que quieras, pues muchas veces te he rogado ya sobre esto. ¿A qué tantas dilaciones?
Máximo: No pienses que voy a ser tan benévolo contigo que te quite rápidamente la vida. Te iré consumiendo a tormentos lentos y luego echaré tus restos a las fieras.
Taraco: Lo que has de hacer, hazlo pronto; no te quedes sólo en promesas y palabras.
Máximo: ¿Piensas que después de tu muerte van a venir mujerzuelas a recoger y embalsamar con ungüentos tu cuerpo, hombre abominable? No; ya me cuidaré yo también de que no quede rastro de ti sobre la tierra.
Táraco: Muy bien: ahora atormenta mi cuerpo; luego, una vez muerto, haz lo que te dé la gana con mi cadáver.
Máximo: Acércate, te digo por última vez, y sacrifica a los dioses.
Táraco: Ya te he dicho, de una vez para siempre, que ni a tus dioses ni a tus abominaciones adoraré jamás, estúpido.
Máximo: Cogedle de las mejillas y rompedle los labios.
Taraco: Has maltratado y afeado mi cara; pero con ello no haces sino dar nueva juventud a mi alma.
Máximo: Me estás forzando, desgraciado, a tratarte de otro modo.
Taraco: No pienses que me vas a espantar con palabras. Estoy preparado para todo, pues llevo conmigo las armas de Dios.
Máximo: ¿Qué armas llevas tú, hombre maldito con triple maldición, desnudo como estás y hecho todo una llaga?
Taraco: Tú no lo sabes, pues estando ciego no puedes ver mi armadura.
Máximo: Estoy soportando tu locura, pues no has de conseguir que, irritado por tus respuestas, te quite rápidamente la vida.
Táraco: Pues qué, ¿he dicho nada malo al afirmar que no puedes ver lo que hay en mí, pues no eres limpio de corazón, sino hombre impiísimo y enemigo de los siervos de Dios?
Máximo: Me figuro que tu vida pasada ha sido mala o que estás como un mago ante mi tribunal, según algunos dicen.
Taraco: Ni he sido jamás lo que dices ni tampoco lo soy ahora; porque yo no sirvo, como vosotros, a los demonios, sino a Dios, que me da paciencia y me inspira las respuestas que debo darte.
Máximo: De nada te han de servir todas esas palabras. Sacrifica si quieres verte libre de los tormentos.
Taraco: ¿Te parece que soy tan necio e insensato que quiera vivir eternamente separado de Dios, para seguirte a ti, que puedes, sí, por unos momentos, aliviar mi cuerpo, pero a precio de matar mi alma por toda la eternidad?
Máximo: Poned rusientes unos punzones y aplicádselos al pecho.Táraco: Aunque tormentos más crueles que ése me apliques, no lograrás inducir a un siervo de Dios a ceder a tus instancias y adorar las imágenes de los demonios.
Máximo: Traed una navaja y cortadle las orejas, y luego raedle la cabeza y echadle encima carbones encendidos.
Taraco: Me has cortado las orejas; pero las de mi corazón, que son mucho más duras, siguen enteras.
Máximo: Con la navaja, idle arrancando la piel de la abominable cabeza y llenádsela de brasas encendidas.
Taraco: Aun cuando mandes despellejar todo mi cuerpo, no he de apartarme de mi Dios, que me da fuerzas para resistir las armas de tu maldad.
Máximo: Tomad los punzones de hierro y aplicádselos a las axilas.
Taraco: Que Dios lo vea y te juzgue hoy.
Máximo: ¿A qué Dios estás invocando, hombre tres veces maldito?
Táraco: Al Dios que tú no conoces, a pesar de que está tan cerca de nosotros, y que dará a cada uno conforme a sus obras.
Máximo: No te quitaré sencillamente la vida, no sea que, como antes dije, envuelvan tus reliquias entre lienzos y, embalsamándolas unas mujercillas, las adoren, sino que, tras matarte ignominiosamente, mandaré que seas quemado y esparciré al viento tus cenizas.
Táraco: Te repito lo que ya antes te he dicho: poder tienes para hacer lo que quieras en este mundo.
Máximo: Vuélvasele a la cárcel y sea guardado para los combates de fieras de mañana. Y que pase el que sigue.

 VIII. El tribuno Demetrio dijo:
—Ajquí está, señor; yo te suplico.
Máximo.—¿Habrás reflexionado, Probo, contigo mismo, para no venir a parar en los mismos tormentos que tú antes y el desgraciado que te ha precedido soportasteis? Yo así lo pienso, y doy por seguro que, vuelto a la sensatez, te has decidido a sacrificar, a fin de que, mostrándote piadoso para con los dioses, seas honrado por nosotros. Acércate, pues, y hazlo así.
Probo.—Nuestra reflexión, oh presidente, es una sola, y es que somos siervos de Dios. No esperes oír otra cosa de mí, sino la que ya has oído y sabes. De tus halagos ningún provecho has de sacar. Ni con tus amenazas has de convencerme, ni con las tonterías que hables has de ablandar mi valor. Hoy vengo a tu presencia con crecida audacia y desprecio en absoluto toda tu altivez. Así que ¿a qué aguardas, insensato, y no pones al desnudo tu locura?
 Máximo.-—¿Es que. os habéis puesto de acuerdo parp negar a los dioses y ser impíos?
Probo.—Así es la verdad; por una vez no has mentido, siendo así que mientes siempre: nos hemos, en efecto, puesto de acuerdo para la piedad, la lucha y la confesión de la fe. Por eso resistimos en el Señor a tu maldad.
Máximo.—Antes de que tengas que sufrir los vergonzosos tormentos que voy a ordenar, reflexiona y déjale de esa locura. Ten compasión de ti mismo; hazme caso a mí, como si fuera tu padre, y muéstrate piadoso para con los dioses.
Probo.—En todo veo, oh presidente, que eres infiel; sin embargo, créeme a mí, que te juro mi bella confesión en Dios. Porque ni tú ni los demonios, a quienes en tu extravío sirves, ni los que te han dado poder contra nosotros, serán capaces de derribar nuestra fe y amor a Dios.
Máximo.—Atadlo, ceñidle los lomos y, cogiéndole de la punta de los pies, colgadle en el potro.
Probo.—¿No dejarás nunca de cometer impiedades, oh tirano sacrilego, que estás luchando por demonios semejantes a ti mismo?
Máximo.—Obedéceme antes de sufrir. Excusa tu cuerpo. ¿No ves qué males te amenazan?
Probo.—Todo lo que tú me hagas se torna provecho de mi alma. Por tanto, haz lo que quieras.
Máximo.—Calentad unos punzones al rojo y aplicádselos a los costados, para que no sea tonto.
Probo.—Cuanto más tonto te parezco ser a ti, más prudente soy para mi Dios.
Máximo.—Calentad otra vez los punzones y abrasadle con ellos la espalda.
Probo.—Mi cuerpo está en tu poder. Que Dios vea desde el cielo mi humildad y paciencia y Él juzgue entre ti y mí.
Máximo.—El Dios a quien invocas, desgraciado, es el que te ha entregado, en justo castigo de tu obstinación, a sufrir todo esto.
Probo.—Mi Dios, que es benigno, no quiere mal a ningún hombre; sin embargo, cada uno sabe lo que le conviene, pues tiene libre albedrío y es señor de su propio pensamiento.

Máximo.—Vertedle vino del altar y metedle en la boca carne del sacrificio.
Probo.—Señor Jesucristo, hijo de Dios vivo, mira desde la altura la violencia que se hace a tu santo y juzga mi causa.
Máximo.—Después de tanto tormento, desgraciado, al fin has gustado del altar; ¿qué te queda ya que hacer?
Probo—Ninguna hazaña has hecho con ello, pues a la fuerza, contra mi voluntad, me has echado encima parte de tus inmundos sacrificios; Dios, empero, ve mi voluntad.
Máximo.—El caso es que has comido y bebido, estúpido. Sin embargo, hazlo de tu propia voluntad y estás libre de esas cadenas.
Probo.—No te gloriarás de haber vencido mi resolución, hombre inicuo, y manchado la confesión de mi fe. Porque has de saber que, aunque me metieras por la boca todas esas impuras carnes, ningún daño me harás, puesto que Dios, desde el cielo, ve la violencia que sufro.
Máximo.—Encended las barras de hierro y abrasadle las piernas.
Probo.—Ni tu fuego ni tus torturas ni, como muchas veces he dicho, tu padre Satanás, podrán inducir a un siervo de Dios a apartarse de-la confesión del Dios verdadero.
Máximo.—Ya no tienes parte sana en tu cuerpo, ¿y aun sigues en tu insensatez, miserable?
Probo.—Yo te he entregado mi cuerpo, para que mi alma permanezca sana y sin mancha.
Máximo.—Calentad clavos agudos y atravesadle con ellos las manos.
Probo.—Gloria a ti, Señor Jesucristo, pues te has dignado hacerme también gracia de que mis manos sean atravesadas de clavos por tu nombre.
Máximo.—Los muchos tormentos, Probo, te vuelven aún más necio.
Probo.—t-Tu mucho poder y tu inmensa maldad, oh Máximo, te han vuelto en verdad no sólo necio, sino ciego, pues no te das cuenta de lo que estás haciendo.
Máximo.—¿Impío, con que necio y ciego te atreves a llamar al que está combatiendo por la religión de los dioses?
Probo.—¡Ojalá fueras ciego de los ojos y no de corazón! Mas la Verdad es que, creyendo ver, estás envuelto en tinieblas.
Máximo.—Destrozado en todo tu cuerpo, ¿es que me acusas, miserable, de haberte dejado totalmente sanos los ojos?
Probo.—Aun cuando por tu crueldad me arranques los ojos de la cara, los del corazón no pueden cegarse por mano de hombre.
Máximo.—Pues también me quiero vengar de ti, insensato, arrancándote los ojos.
Probo.—No te contentes con sólo promesas de palabra, ya que no has de atemorizar al siervo de Dios. Pon-lo por obra, que ni aun así me has de dar pena ninguna, pues no puedes hacer daño alguno a mi ojo invisible.
Máximo.—Arrancadle los ojos para que, lo poco que ha de vivir, esté privado de la luz.
Probo.—Los ojos de mi cuerpo me los has podido quitar; pero no te ufanarás, cruelísimo tirano, de privarme del ojo viviente.
Máximo.—Envuelto en puras tinieblas, ¿aun estás hablando, desgraciado?
 Probo.—Si supieras las que te rodean a ti, me felicitarías a mí, impiísimo.
Máximo.—Muerto en todo tu cuerpo, ¿ni con eso paras de decir tonterías, infeliz?
Probo.—Mientras haya en mí aliento, no dejaré de hablar por la virtud que de Dios me viene por Cristo.
Máximo.—¿Aun esperas vivir después de estos tormentos? Pues sábete que ni aun morir cuando tú quieres te he de consentir.
Probo.—Contra ti lucho y combato, maldito, para que mi confesión sea perfecta, sea cualquiera el modo como me quites la vida, cruel y enemigo del género humano.
Máximo. — Despacio te iré matando a golpes, como tú lo mereces.
Probo.—Poder tienes, soberbio ministro de tiranos.
Máximo.—Quitádmelo de delante y guardadle, cargado de cadenas, en la cárcel, y que ninguno de sus congéneres entre a visitarle y le felicite por lo que han sufrido de parte mía por su impiedad, y después del día de audiencia los arrojaré a las ñeras. Llama al impiísimo Andrónico.

IX.—Demetrio, tribuno, dijo: —Aquí está, señor; yo te suplico. Máximo.—Ahora al menos, Andrónico, teniéndote lástima a ti mismo, habrás tomado la prudente resolución de ser piadoso para con los dioses; ¿o permaneces acaso, todavía, en tu antigua locura, de la que ningún provecho puedes sacar? Pues si no quieres hacerme caso y sacrificar a los dioses y rendir a los emperadores el honor debido, te voy a tratar sin misericordia de ninguna clase. Así, pues, acércate y sacrifica.
Andrónico.—En hora mala sea para ti, oh enemigo y ajeno a toda verdad, tirano más cruel que las fieras; ya he soportado todas tus amenazas, ¿y ahora piensas persuadirme en las cosas inicuas que mandas, mientras atormentas a los siervos de Dios? No, no lograrás destruir mi confesión en Dios. Aquí estoy para afrontar en el Señor tus más crueles refinamientos y mostrarte la juventud y vigor de mi alma.
 Máximo.—Me das la impresión de un loco y poseso del demonio.
Andrónico.-—Si yo estuviera poseso del demonio, te obedecería a ti; pero, justamente porque estoy sin él, no te obedezco. Tú sí que eres un puro demonio y haces las obras del demonio.
Máximo.—También tus predecesores hablaban muy arrogantemente antes de someterlos a tormento; pero luego, la dureza de los azotes los volvió a la piedad para con los dioses, se han hecho agradecidos a los augustos y, ofreciéndoles la libación del sacrificio, han logrado salvar su vida.
Andrónico.—Nada dices que esté fuera de tu modo de ser al mentir, pues aquellos a quienes en tu extravío das culto, no permanecieron en la verdad; eres, en efecto, embustero como tu padre. Por eso muy pronto te juzgará Dios, ministro de Satanás y de todos los demonios.
Máximo. Estoy por tratarte como a un impío y domar esos bríos que muestras.
Andrónico. —No he de temerte ni a ti ni a tus amenazas, en el nombre de Imi Dios.
Máximo.—Traed fuego y, distribuyéndoselo poco a poco, aplicádselo al vientre.
Andkónico. — Aun cuando me abrases todo entero, mientras respire, 110 me has de vencer, tirano maldito, pues me asiste y fortalece el Dio's a quien yo sirvo.
Máximo.—¿Hasta cuándo harás el tonto, no obedeciéndome? Por lo menos, desea para ti la muerte.
Andrónico.—Mientras viva venzo tu maldad, dándome prisa a que me quites la vida, pues esto es mi gloria en Dios.
Máximo. — Metedle entre los dedos los hierros candentes.
Andrónico.—Insensato y enemigo de Dios, lleno de toda invención de Satanás, viendo todo mi cuerpo abrasado por tus tormentos, ¿crees todavía que voy a temer tus refinamientos? Yo tengo en mí al Dios a quien sirvo por Jesucristo y por ello te desprecio a ti.
Máximo.—Eres tonto y no sabes que ese que tú invocas fué un malhechor vulgar a quien cierto gobernador llamado Pilatos hizo colgar en un palo, como consta de sus actas.
Andrónico.—Cierra tu boca, maldito, pues no te es lícito decir una palabra. Tú no eres digno de hablar sobre Él, impiísimo; pues si lo fueras, serías bienhadado y no cometerías las atrocidades que cometes contra sus siervos. Pero la verdad es que, ajeno a la esperanza en Él, no sólo te pierdes a ti mismo, sino que tratas de forzar a los suyos, hombre inicuo sobre toda iniquidad.
Máximo.—Y tú, que eres un desesperado, ¿qué provecho vas a sacar de la fe y esperanza en ese malhechor que llamas Cristo?
Andrónico.—Lo estoy ya sacando y lo sacaré, y por eso soporto tus torturas.
Máximo.—No quiero despacharte rápidamente, haciéndote sucumbir a los tormentos; te arrojaré a las fieras y terminarás la vida con todos tus miembros desgarrados por sus dientes.
Andrónico.—¿Es que no eres tú más feroz que todas las fieras y más criminal que todos los asesinos, pues a quienes nada malo han hecho ni se les ha acusado de  crimen alguno tú los castigas como asesinos? Por lo tanto yo, que sirvo a mi Dios en Cristo, no rechazo tus amenazas. Aplícame el suplicio más duro que tengas pensado y harás prueba de mi valor.
Máximo.—Empezad por abrirle la boca y metedle carne de los altares y vertedle vino del sacrificio.
Mas el santo dijo:
—Señor Dios mío, mira la violencia que se me hace.
Máximo.—¿Qué vas a hacer ahora, pobre diablo? No has querido mostrarte piadoso para con los dioses y he aquí que has gustado de sus altares.
Andrónico.—Tonto, ciego, insensato tirano, todo ha sido obra de tu violencia. Bien lo sabe Dios, que mira lo profundo de los pensamientos y es poderoso para librarme de la ira de Satanás y de sus ministros.
MÁx imo.—¿Hasta cuándo estarás haciendo el insensato y hablando tonterías que de nada han de valerte?
Andrónico.—Por lo que ha de valerme delante de mi Dios, estoy sufriendo todo lo que sufro; pero tú ignoras la firmeza que me dan las cosas que en lontananza contemplo.
 Máximo.—¿Hasta cuándo harás el tonto? Voy a cortarte la lengua, para que termines de decir necedades. Sin duda me reprochas que, por aguantarte, te he hecho más necio de lo que eras.
Andrónico.—Sí, córtame, te ruego, los labios y la lengua, pues en ellos me parece has arrojado sobre mí todas tus abominaciones.    Máximo. Insensato, por ello sigues siendo castigado hasta este momento. He aquí que, como ya te dije, has gustado de los sacrificios.
Andrónico.—No te ufanarás tú, tirano abominable, ni los que te han dado ese poder, de que me haya yo manchado con vuestros impíos sacrificios; mas ya verás tú lo que has hecho contra el siervo de Dios.
Máximo.—¿Con que te atreves a insultar a los emperadores, cabeza huera, (pie han procurado al mundo una paz profunda?
Andrúnico.—Sí, los insulto y los insultaré, porque son pestíferos y bebedores de sangre humana y han revuelto al mundo. Dios, con mano inmortal, dando fin a su paciencia, los ha de castigar con tal castigo que conozcan al fin lo que están haciendo contra sus siervos.
Máximo.—Echadle hierro en la boca y cortadle esa lengua procaz y blasfema, a ver si aprende a no blasfemar contra los augustos. Y quemad la lengua y los dientes de esa infame cabeza, y, reducido todo a ceniza, esparcidlo al viento, no sea que vengan unas cuantas mu-jerzuelas de su misma impía religión y los recojan y guarden como preciosas y santas reliquias. A él metedle en la cárcel, para arrojarle a las fieras el día que viene, juntamente con sus otros compañeros.
 Terminación de la carta de los once hermanos a los de Iconio sobre la consumación de los mártires.

X. Cumplido, pues, el tercer interrogatorio de los santos mártires de Dios, el impío Máximo llamó al sumo sacerdote de Cilicia, Terenciano, y le mandó que al día siguiente diera un espectáculo de combates entre hombres y fieras a toda la ciudad, y sin pérdida de tiempo avisó Terenciano a los encargados de las fieras que las tuvieran preparadas. Amanecido, pues, el día, toda la ciudad, hombres, mujeres y hasta niños pequeños, confluyeron al estadio, situado a poco más de una milla. Cuando el anfiteatro estaba ya lleno de muchedumbres, llegó Máximo para dar y contemplar con los demás el espectáculo. Muy avanzado ya el tiempo del espectáculo, y cubierto ya el suelo de cadáveres de hombres, muertos unos por la espada de los gladiadores y otros por los dientes de las fieras, mientras nosotros estábamos cerca y observábamos sin levantar sospecha junto a la cárcel, de pronto el abominable Máximo envió un grupo de soldados, quienes, obligando a unos cuantos, les cargaron sin más a los mártires para llevarlos a combatir con las fieras, pues a causa de los tormentos sufridos no podían marchar por su pie. Así que vimos cómo eran llevados por los soldados, nos retiramos a toda prisa a un monte próximo, y con muchas súplicas, lágrimas y gemidos nos estuvimos quietos entre las rocas. Entrado que hubieron los mártires al centro mismo del estadio, levantóse un gran murmullo entre la muchedumbre, irritándose de la misma sentencia, negándose otros a contemplar aquel espectáculo, de suerte que no pocos abandonaron el lugar entre vituperios a Máximo. Este mandó que se los señalara para hacerles comparecer al día siguiente ante su tribunal y condenarlos. Soltaron luego no pocas fieras, ninguna de las cuales tocó a los santos mártires, lo que irritó sobremanera a Máximo, y llamando al director de las fieras le intimó, bajo grave amenaza de azotarle, que soltara inmediatamente contra los reos cristianos la fiera más feroz que tuviera. Temblando por la amenaza, soltó una terrible osa que, según decían, había ya aquel mismo día matado a tres hombres Suelta la osa, atravesó por entre los cadáveres y corrió hacia el santo mártir Andrónico, y luego, sentándose a su lado, le lamía la sangre de las heridas, conforme a lo que se dice en la Escritura: Las fieras salvajes serán mansas para ti. Mas el santo mártir Andrónico, ofreciéndole su cabeza, trataba de azuzarla contra sí mismo, pues deseaba salir cuanto antes de este mundo. Mas la osa no se movía del lado del santo. Irritado Máximo, mandó que la mataran. Acuchillada, cayó a los pies mismos de Andrónico. Llamando Terenciano al encargado de las fieras, pues temía que irritado Máximo se lo hiciera pagar a él, le mandó que soltara una leona que le había enviado de Antioquía Herodes, sumo sacerdote de Siria. Suelta ésta, dió un gran rugido que infundió pavor a todos los espectadores; mas ella, así que vió los santos a la cárcel, de pronto el abominable Máximo envió un grupo de soldados, quienes, obligando a unos cuantos, les cargaron sin más a los mártires para llevarlos a combatir con las fieras, pues a causa de los tormentos sufridos no podían marchar por su pie. Asi que vimos cómo eran llevados por los soldados, nos retiramos a toda prisa a un monte próximo, y con muchas súplicas, lágrimas y gemidos nos estuvimos quietos entre las rocas. Entrado que hubieron los mártires al centro mismo del estadio, levantóse un gran murmullo entre la muchedumbre, irritándose de la misma sentencia, negándose otros a contemplar aquel espectáculo, de suerte que no pocos abandonaron el lugar entre vituperios a Máximo. Este mandó que se los señalara para hacerles comparecer al día siguiente ante su tribunal y condenarlos. Soltaron luego no pocas fieras, ninguna de las cuales tocó a los santos mártires, lo que irritó sobremanera a Máximo, y llamando al director de las fieras le intimó, bajo grave amenaza de azotarle, que soltara inmediatamente contra los reos cristianos la fiera más feroz que tuviera. Temblando por la amenaza, soltó una terrible osa que, según decían, había ya aquel mismo día matado a tres hombres Suelta la osa, atravesó por entre los cadáveres y corrió hacia el santo mártir Andrónico, y luego, sentándose a su lado, le lamía la sangre de las heridas, conforme a lo que se dice en la Escritura: Las fieras salvajes serán mansas para ti. Mas el santo mártir Andrónico, ofreciéndole su cabeza, trataba de azuzarla contra sí mismo, pues deseaba salir cuanto antes de este mundo. Mas la osa no se movía del lado del santo. Irritado Máximo, mandó que la mataran. Acuchillada, cayó a los pies mismos de Andrónico. Llamando Terenciano al encargado de las fieras, pues temía que irritado Máximo se lo hiciera pagar a él, le mandó que soltara una leona que le había enviado de Antioquía Herodes, sumo sacerdote de Siria. Suelta ésta, dió un gran rugido que infundió pavor a todos los espectadores; mas ella, así que vió los santos cuerpos tendidos por el suelo, corrió hacia el bienaventurado Taraco y, besándole los pies, pareció adorarle. Mas el santo mártir, tendiendo la mano y tirándole de la melena y de las orejas, trataba de arrastrarla hacia sí. Ella parecía una mansa oveja. Por fin, retirándase del mártir, se dirigió a la puerta de su guarida, pasando también por junto al santo Imártir Probo. El maldito Máximo ordenó que no se le abriera, y la leona, cogiendo con sus dientes uno de los batientes de la puerta, se esforzaba en romperlo. El pueblo, espantado, gritó: "Que se abra la puerta a la leona."

XI. En fin, irritado Máximo, mandó a Terenciano que trajera algunos gladiadores y degollaran a los mártires. Pasados éstos a filo de espada, salióse Máximo del estadio, dejando un pelotón de diez soldados para guarda de los cuerpos, que habían sido arrojados en el montón de los otros impuros y profanos. Era ya tarde cuando se cumplió la orden del gobernador, y los cuerpos de los mártires quedaron, efectivamente, bajo la custodia de los soldados en el montón de los otros. Nosotros, saliendo de la montaña, nos postramos de rodillas, suplicando a Dios nos hiciera por su misericordia la gracia de poder salvar las reliquias de sus santos mártires. Terminada nuestra oración, nos pusimos en marcha y hallamos a los guardias en pleno banquete y una gran hoguera encendida junto a los cuerpos. Retrocedimos unos pasos y, postrándonos nuevamente de rodillas, rogamos a Dios y a su Cristo en el Espíritu Santo nos diera su ayuda desde lo alto para sacar los santos cuerpos de entre los impuros y abominables cadáveres. Inmediatamente se produjo un terremoto no pequeño, truenos y relámpagos sacudieron el aire, y, entre espesas tinieblas, descargó un enorme aguacero. Poco después, serenado el cielo, después de nueva oración, nos dirigimos hacia los cuerpos y hallamos la lumbre apagada por la lluvia y que los guardias se habían retirado. Entonces, bien observado todo, nos acercamos llenos de resolución. Como no nos era posible distinguir unos cuerpos de otros, levan-
 tamos las manos al ciclo, suplicando a Dios nos diera a conocer cuáles eran las reliquias de sus santos mártires. Y al punto el Dios todo misericordia, por su incomparable benignidad, nos mandó un astro brillante del cielo, que, posándose sobre cada uno de los cuerpos, nos señaló cuáles eran los de los siervos de Dios. Nosotros, arrebatando, llenos de júbilo, las reliquias, nos retiramos al monte próximo, entre súplicas a Dios que tal gracia nos concediera. Recorrida La mayor parte del monte, depusimos por unos momentos la carga de los cuerpos y descansamos. Luego suplicamos a Dios nos mostrara dónde habíamos de enterrar los cuerpos y completar así la obra que habíamos emprendido. El Dios misericordioso se dignó oírnos y nuevamente nos envió la estrella que nos mostrara el camino. Levantando entonces otra vez con gozo los cuerpos, subimos a otra parte del monte, y, recorrido un breve trecho, nos dejó la estrella. Allí, viendo una roca hueca, escondimos los cuerpos, por miedo de las pesquisas que Máximo pudiera ordenar. Hecho esto con toda diligencia, bajamos a la ciudad para ver lo que ocurría sobre el caso. Pasados tres días, Máximo marchó de la ciudad, los guardias fueron castigados por haberse dejado robar los cuerpos de los santos mártires y nosotros entonamos el más ferviente himno y nos regocijamos en Dios, para lo que teníamos mucho motivo en Cristo. Yo, Marción y Félix y Vero permanecimos junto a su santo sepulcro, a fin de guardar el lugar de las santas reliquias, y juntamente por haber determinado pasar nuestra vfda allí y merecer así que nuestros cuerpos reposen junto a los suyos. Los demás, después de dar gracias a IMos por los beneficios que se había dignado hacernos, marcharon a vosotros, y por breve espacio los acompañamos. A Él conviene gloria, poder, honor y adoración por los siglos de los siglos. Amén.