Tercer interrogatorio, en Mopsuesta.
VII. Fabio Cayo Numeriano Máximo, presidente, dijo:
Llama a esos iniciados en la impía religión de los cristianos.
El tribuno Demetrio dijo: —Aquí están, señor, yo te ruego.
Máximo: Ahora,
suspendidos los tormentos, ¿te decides, en fin, Táraco, a desistir de
tu desvergonzada confesión y a sacrificar a los dioses, por los que
todas las cosas subsisten?
Taraco: Ni
tú ni ellos se ufanarán de que el mundo esté gobernado por quienes
están destinados al fuego y castigo eterno, y no sólo ellos, sino
también todos vosotros que hacéis su voluntad.
Máximo: ¿Cuándo
pararás, infame, de blasfemar? ¿O es que piensas que vas a salir
vencedor a fuerza de desvergüenza? Con quitarte de encima la cabeza,
hemos terminado.
Táraco: Si
tan rápida ha de ser mi muerte, no va a ser muy grande el combate. Sin
embargo, dilata cuanto gustes lo que quieras hacer, pues de esta manera
aumenta el mérito de mi lucha delante del Señor.
Máximo: Lo mismo que tú sufren los otros encarcelados que caen bajo las penas de las leyes.
Taraco: ¿Hasta
tanto llega tu ignorancia y ceguera que no caigas en la cuenta que los
malhechores sufren en justicia el castigo, y, en cambio, los que padecen
por Cristo recibirán su recompensa, oh juez sacrilego y abominable?
Máximo: ¿Qué recompensa, pues, recibís los que termináis infamemente vuestra vida?
Táraco: No
te es lícito a ti ni preguntar sobre esto ni saber el galardón que nos
está reservado. Por él, precisamente, soporto ahora tus amenazas y
locuras.
Máximo: Me estás hablando como si fueras mi igual.
Táraco: No,
yo no soy tu igual, ni permita Dios que jamás lo sea; sin embargo,
tengo libertad para hablar, y nadie me la puede quitar gracias a la
fuerza que de Dios me viene por Cristo.
Máximo: Yo te cortaré de raíz esa libertad de palabra, hombre abominable.
Taraco: Te
repito que nadie me quitará esta libertad, ni tú ni tus emperadores, ni
Satanás tu padre, ni los demonios, a quienes tú, en tu extravío,
sirves.
Máximo: Por dignarme yo hablarte te haces altanero, impiísimo.
Taraco: De
eso tú tendrás la culpa; porque, por mi parte, bien sabe aquel Dios a
quien sirvo que abomino hasta mirarte a la cara, cuanto más tenerte que
responder.
Máximo: Pensando no atormentarte más, acércate y sacrifica.
Táraco: Tanto
en mi primer interrogatorio en Tarso, como en el otro de Mopsuesta,
confesé que soy cristiano; pues el mismo soy también ahora aquí. Créeme,
entérate de la verdad.
Máximo: Una vez que te haya aniquilado a tormentos, ¿de qué te servirá arrepentirte, miserable?
Taraco: Si yo me hubiera de arrepentir, ya hubiera temido a tus primeros
y segundos golpes y hubiera hecho tu gusto; pero la verdad es que,
sintiéndome firme en el Señor, nada se me importa de ti. Haz lo que te
dé la gana, desvergonzadísimo.
Máximo: Sí; te he ganado en desvergüenza por no haberte atormentado más.
Taraco: Ya antes te lo dije y ahora te lo repito: poder tienes sobre mi cuerpo; haz lo que te dé la gana.
Máximo: Atadle y levantadle sobre el potro, a ver si acaba de ser necio.
Táraco: Si yo fuera necio, sería semejante a ti y tendría tu misma religión.
Máximo: Ya que estás colgado, obedéceme y sacrifica, antes de que te sometan a los tormentos convenientes.
Táraco: Aun
cuando no te es lícito atormentarme fuera de ley, por mi condición de
soldado, sin embargo no protesto de tus locuras; haz lo que quieras.
Máximo: Un
soldado que defiende la religión y honra a los dioses y a los augustos,
se le juzga acreedor a recompensas y ascensos; pero tú eres un hombre
absolutamente impío y que deshonrosamente fuiste despedi do del ejército. Por tanto, voy a dar orden de que se te atormente con mayor dureza.
Taraco: Haz lo que quieras, pues muchas veces te he rogado ya sobre esto. ¿A qué tantas dilaciones?
Máximo: No
pienses que voy a ser tan benévolo contigo que te quite rápidamente la
vida. Te iré consumiendo a tormentos lentos y luego echaré tus restos a
las fieras.
Taraco: Lo que has de hacer, hazlo pronto; no te quedes sólo en promesas y palabras.
Máximo: ¿Piensas
que después de tu muerte van a venir mujerzuelas a recoger y embalsamar
con ungüentos tu cuerpo, hombre abominable? No; ya me cuidaré yo
también de que no quede rastro de ti sobre la tierra.
Táraco: Muy bien: ahora atormenta mi cuerpo; luego, una vez muerto, haz lo que te dé la gana con mi cadáver.
Máximo: Acércate, te digo por última vez, y sacrifica a los dioses.
Táraco: Ya te he dicho, de una vez para siempre, que ni a tus dioses ni a tus abominaciones adoraré jamás, estúpido.
Máximo: Cogedle de las mejillas y rompedle los labios.
Taraco: Has maltratado y afeado mi cara; pero con ello no haces sino dar nueva juventud a mi alma.
Máximo: Me estás forzando, desgraciado, a tratarte de otro modo.
Taraco: No pienses que me vas a espantar con palabras. Estoy preparado para todo, pues llevo conmigo las armas de Dios.
Máximo: ¿Qué armas llevas tú, hombre maldito con triple maldición, desnudo como estás y hecho todo una llaga?
Taraco: Tú no lo sabes, pues estando ciego no puedes ver mi armadura.
Máximo: Estoy soportando tu locura, pues no has de conseguir que, irritado por tus respuestas, te quite rápidamente la vida.
Táraco: Pues
qué, ¿he dicho nada malo al afirmar que no puedes ver lo que hay en mí,
pues no eres limpio de corazón, sino hombre impiísimo y enemigo de los
siervos de Dios?
Máximo: Me figuro que tu vida pasada ha sido mala o que estás como un mago ante mi tribunal, según algunos dicen.
Taraco: Ni
he sido jamás lo que dices ni tampoco lo soy ahora; porque yo no sirvo,
como vosotros, a los demonios, sino a Dios, que me da paciencia y me
inspira las respuestas que debo darte.
Máximo: De nada te han de servir todas esas palabras. Sacrifica si quieres verte libre de los tormentos.
Taraco: ¿Te
parece que soy tan necio e insensato que quiera vivir eternamente
separado de Dios, para seguirte a ti, que puedes, sí, por unos momentos,
aliviar mi cuerpo, pero a precio de matar mi alma por toda la
eternidad?
Máximo: Poned rusientes unos punzones y aplicádselos al pecho.Táraco: Aunque
tormentos más crueles que ése me apliques, no lograrás inducir a un
siervo de Dios a ceder a tus instancias y adorar las imágenes de los
demonios.
Máximo: Traed una navaja y cortadle las orejas, y luego raedle la cabeza y echadle encima carbones encendidos.
Taraco: Me has cortado las orejas; pero las de mi corazón, que son mucho más duras, siguen enteras.
Máximo: Con la navaja, idle arrancando la piel de la abominable cabeza y llenádsela de brasas encendidas.
Taraco: Aun
cuando mandes despellejar todo mi cuerpo, no he de apartarme de mi
Dios, que me da fuerzas para resistir las armas de tu maldad.
Máximo: Tomad los punzones de hierro y aplicádselos a las axilas.
Taraco: Que Dios lo vea y te juzgue hoy.
Máximo: ¿A qué Dios estás invocando, hombre tres veces maldito?
Táraco: Al Dios que tú no conoces, a pesar de que está tan cerca de nosotros, y que dará a cada uno conforme a sus obras.
Máximo: No
te quitaré sencillamente la vida, no sea que, como antes dije,
envuelvan tus reliquias entre lienzos y, embalsamándolas unas
mujercillas, las adoren, sino que, tras matarte ignominiosamente,
mandaré que seas quemado y esparciré al viento tus cenizas.
Táraco: Te repito lo que ya antes te he dicho: poder tienes para hacer lo que quieras en este mundo.
Máximo: Vuélvasele a la cárcel y sea guardado para los combates de fieras de mañana. Y que pase el que sigue.
VIII. El tribuno Demetrio dijo:
—Ajquí está, señor; yo te suplico.
Máximo.—¿Habrás
reflexionado, Probo, contigo mismo, para no venir a parar en los mismos
tormentos que tú antes y el desgraciado que te ha precedido
soportasteis? Yo así lo pienso, y doy por seguro que, vuelto a la
sensatez, te has decidido a sacrificar, a fin de que, mostrándote
piadoso para con los dioses, seas honrado por nosotros. Acércate, pues, y
hazlo así.
Probo.—Nuestra reflexión, oh presidente, es una sola, y
es que somos siervos de Dios. No esperes oír otra cosa de mí, sino la
que ya has oído y sabes. De tus halagos ningún provecho has de sacar. Ni
con tus amenazas has de convencerme, ni con las tonterías que hables
has de ablandar mi valor. Hoy vengo a tu presencia con crecida audacia y
desprecio en absoluto toda tu altivez. Así que ¿a qué aguardas,
insensato, y no pones al desnudo tu locura?
Máximo.-—¿Es que. os habéis puesto de acuerdo parp negar a los dioses y ser impíos?
Probo.—Así
es la verdad; por una vez no has mentido, siendo así que mientes
siempre: nos hemos, en efecto, puesto de acuerdo para la piedad, la
lucha y la confesión de la fe. Por eso resistimos en el Señor a tu
maldad.
Máximo.—Antes de que tengas que sufrir los vergonzosos
tormentos que voy a ordenar, reflexiona y déjale de esa locura. Ten
compasión de ti mismo; hazme caso a mí, como si fuera tu padre, y
muéstrate piadoso para con los dioses.
Probo.—En todo veo, oh
presidente, que eres infiel; sin embargo, créeme a mí, que te juro mi
bella confesión en Dios. Porque ni tú ni los demonios, a quienes en tu
extravío sirves, ni los que te han dado poder contra nosotros, serán
capaces de derribar nuestra fe y amor a Dios.
Máximo.—Atadlo, ceñidle los lomos y, cogiéndole de la punta de los pies, colgadle en el potro.
Probo.—¿No dejarás nunca de cometer impiedades, oh tirano sacrilego, que estás luchando por demonios semejantes a ti mismo?
Máximo.—Obedéceme antes de sufrir. Excusa tu cuerpo. ¿No ves qué males te amenazan?
Probo.—Todo lo que tú me hagas se torna provecho de mi alma. Por tanto, haz lo que quieras.
Máximo.—Calentad unos punzones al rojo y aplicádselos a los costados, para que no sea tonto.
Probo.—Cuanto más tonto te parezco ser a ti, más prudente soy para mi Dios.
Máximo.—Calentad otra vez los punzones y abrasadle con ellos la espalda.
Probo.—Mi cuerpo está en tu poder. Que Dios vea desde el cielo mi humildad y paciencia y Él juzgue entre ti y mí.
Máximo.—El Dios a quien invocas, desgraciado, es el que te ha entregado, en justo castigo de tu obstinación, a sufrir todo esto.
Probo.—Mi
Dios, que es benigno, no quiere mal a ningún hombre; sin embargo, cada
uno sabe lo que le conviene, pues tiene libre albedrío y es señor de su
propio pensamiento.
Máximo.—Vertedle vino del altar y metedle en la boca carne del sacrificio.
Probo.—Señor Jesucristo, hijo de Dios vivo, mira desde la altura la violencia que se hace a tu santo y juzga mi causa.
Máximo.—Después de tanto tormento, desgraciado, al fin has gustado del altar; ¿qué te queda ya que hacer?
Probo—Ninguna
hazaña has hecho con ello, pues a la fuerza, contra mi voluntad, me has
echado encima parte de tus inmundos sacrificios; Dios, empero, ve mi
voluntad.
Máximo.—El caso es que has comido y bebido, estúpido. Sin embargo, hazlo de tu propia voluntad y estás libre de esas cadenas.
Probo.—No
te gloriarás de haber vencido mi resolución, hombre inicuo, y manchado
la confesión de mi fe. Porque has de saber que, aunque me metieras por
la boca todas esas impuras carnes, ningún daño me harás, puesto que
Dios, desde el cielo, ve la violencia que sufro.
Máximo.—Encended las barras de hierro y abrasadle las piernas.
Probo.—Ni
tu fuego ni tus torturas ni, como muchas veces he dicho, tu padre
Satanás, podrán inducir a un siervo de Dios a apartarse de-la confesión
del Dios verdadero.
Máximo.—Ya no tienes parte sana en tu cuerpo, ¿y aun sigues en tu insensatez, miserable?
Probo.—Yo te he entregado mi cuerpo, para que mi alma permanezca sana y sin mancha.
Máximo.—Calentad clavos agudos y atravesadle con ellos las manos.
Probo.—Gloria
a ti, Señor Jesucristo, pues te has dignado hacerme también gracia de
que mis manos sean atravesadas de clavos por tu nombre.
Máximo.—Los muchos tormentos, Probo, te vuelven aún más necio.
Probo.—t-Tu
mucho poder y tu inmensa maldad, oh Máximo, te han vuelto en verdad no
sólo necio, sino ciego, pues no te das cuenta de lo que estás haciendo.
Máximo.—¿Impío, con que necio y ciego te atreves a llamar al que está combatiendo por la religión de los dioses?
Probo.—¡Ojalá fueras ciego de los ojos y no de corazón! Mas la Verdad es que, creyendo ver, estás envuelto en tinieblas.
Máximo.—Destrozado en todo tu cuerpo, ¿es que me acusas, miserable, de haberte dejado totalmente sanos los ojos?
Probo.—Aun cuando por tu crueldad me arranques los ojos de la cara, los del corazón no pueden cegarse por mano de hombre.
Máximo.—Pues también me quiero vengar de ti, insensato, arrancándote los ojos.
Probo.—No
te contentes con sólo promesas de palabra, ya que no has de atemorizar
al siervo de Dios. Pon-lo por obra, que ni aun así me has de dar pena
ninguna, pues no puedes hacer daño alguno a mi ojo invisible.
Máximo.—Arrancadle los ojos para que, lo poco que ha de vivir, esté privado de la luz.
Probo.—Los ojos de mi cuerpo me los has podido quitar; pero no te ufanarás, cruelísimo tirano, de privarme del ojo viviente.
Máximo.—Envuelto en puras tinieblas, ¿aun estás hablando, desgraciado?
Probo.—Si supieras las que te rodean a ti, me felicitarías a mí, impiísimo.
Máximo.—Muerto en todo tu cuerpo, ¿ni con eso paras de decir tonterías, infeliz?
Probo.—Mientras haya en mí aliento, no dejaré de hablar por la virtud que de Dios me viene por Cristo.
Máximo.—¿Aun esperas vivir después de estos tormentos? Pues sábete que ni aun morir cuando tú quieres te he de consentir.
Probo.—Contra
ti lucho y combato, maldito, para que mi confesión sea perfecta, sea
cualquiera el modo como me quites la vida, cruel y enemigo del género
humano.
Máximo. — Despacio te iré matando a golpes, como tú lo mereces.
Probo.—Poder tienes, soberbio ministro de tiranos.
Máximo.—Quitádmelo
de delante y guardadle, cargado de cadenas, en la cárcel, y que ninguno
de sus congéneres entre a visitarle y le felicite por lo que han
sufrido de parte mía por su impiedad, y después del día de audiencia los arrojaré a las ñeras. Llama al impiísimo Andrónico.
IX.—Demetrio,
tribuno, dijo: —Aquí está, señor; yo te suplico. Máximo.—Ahora al
menos, Andrónico, teniéndote lástima a ti mismo, habrás tomado la
prudente resolución de ser piadoso para con los dioses; ¿o permaneces
acaso, todavía, en tu antigua locura, de la que ningún provecho puedes
sacar? Pues si no quieres hacerme caso y sacrificar a los dioses y
rendir a los emperadores el honor debido, te voy a tratar sin
misericordia de ninguna clase. Así, pues, acércate y sacrifica.
Andrónico.—En
hora mala sea para ti, oh enemigo y ajeno a toda verdad, tirano más
cruel que las fieras; ya he soportado todas tus amenazas, ¿y ahora
piensas persuadirme en las cosas inicuas que mandas, mientras atormentas
a los siervos de Dios? No, no lograrás destruir mi confesión en Dios.
Aquí estoy para afrontar en el Señor tus más crueles refinamientos y
mostrarte la juventud y vigor de mi alma.
Máximo.—Me das la impresión de un loco y poseso del demonio.
Andrónico.-—Si
yo estuviera poseso del demonio, te obedecería a ti; pero, justamente
porque estoy sin él, no te obedezco. Tú sí que eres un puro demonio y
haces las obras del demonio.
Máximo.—También tus predecesores
hablaban muy arrogantemente antes de someterlos a tormento; pero luego,
la dureza de los azotes los volvió a la piedad para con los dioses, se
han hecho agradecidos a los augustos y, ofreciéndoles la libación del
sacrificio, han logrado salvar su vida.
Andrónico.—Nada dices que
esté fuera de tu modo de ser al mentir, pues aquellos a quienes en tu
extravío das culto, no permanecieron en la verdad; eres, en efecto,
embustero como tu padre. Por eso muy pronto te juzgará Dios, ministro de
Satanás y de todos los demonios.
Máximo. Estoy por tratarte como a un impío y domar esos bríos que muestras.
Andrónico. —No he de temerte ni a ti ni a tus amenazas, en el nombre de Imi Dios.
Máximo.—Traed fuego y, distribuyéndoselo poco a poco, aplicádselo al vientre.
Andkónico.
— Aun cuando me abrases todo entero, mientras respire, 110 me has de
vencer, tirano maldito, pues me asiste y fortalece el Dio's a quien yo
sirvo.
Máximo.—¿Hasta cuándo harás el tonto, no obedeciéndome? Por lo menos, desea para ti la muerte.
Andrónico.—Mientras viva venzo tu maldad, dándome prisa a que me quites la vida, pues esto es mi gloria en Dios.
Máximo. — Metedle entre los dedos los hierros candentes.
Andrónico.—Insensato
y enemigo de Dios, lleno de toda invención de Satanás, viendo todo mi
cuerpo abrasado por tus tormentos, ¿crees todavía que voy a temer tus
refinamientos? Yo tengo en mí al Dios a quien sirvo por Jesucristo y por
ello te desprecio a ti.
Máximo.—Eres tonto y no sabes que ese que tú
invocas fué un malhechor vulgar a quien cierto gobernador llamado
Pilatos hizo colgar en un palo, como consta de sus actas.
Andrónico.—Cierra
tu boca, maldito, pues no te es lícito decir una palabra. Tú no eres
digno de hablar sobre Él, impiísimo; pues si lo fueras, serías
bienhadado y no cometerías las atrocidades que cometes contra sus
siervos. Pero la verdad es que, ajeno a la esperanza en Él, no sólo te
pierdes a ti mismo, sino que tratas de forzar a los suyos, hombre inicuo
sobre toda iniquidad.
Máximo.—Y tú, que eres un desesperado, ¿qué provecho vas a sacar de la fe y esperanza en ese malhechor que llamas Cristo?
Andrónico.—Lo estoy ya sacando y lo sacaré, y por eso soporto tus torturas.
Máximo.—No
quiero despacharte rápidamente, haciéndote sucumbir a los tormentos; te
arrojaré a las fieras y terminarás la vida con todos tus miembros
desgarrados por sus dientes.
Andrónico.—¿Es que no eres tú más feroz
que todas las fieras y más criminal que todos los asesinos, pues a
quienes nada malo han hecho ni se les ha acusado de crimen
alguno tú los castigas como asesinos? Por lo tanto yo, que sirvo a mi
Dios en Cristo, no rechazo tus amenazas. Aplícame el suplicio más duro
que tengas pensado y harás prueba de mi valor.
Máximo.—Empezad por abrirle la boca y metedle carne de los altares y vertedle vino del sacrificio.
Mas el santo dijo:
—Señor Dios mío, mira la violencia que se me hace.
Máximo.—¿Qué
vas a hacer ahora, pobre diablo? No has querido mostrarte piadoso para
con los dioses y he aquí que has gustado de sus altares.
Andrónico.—Tonto,
ciego, insensato tirano, todo ha sido obra de tu violencia. Bien lo
sabe Dios, que mira lo profundo de los pensamientos y es poderoso para
librarme de la ira de Satanás y de sus ministros.
MÁx imo.—¿Hasta cuándo estarás haciendo el insensato y hablando tonterías que de nada han de valerte?
Andrónico.—Por
lo que ha de valerme delante de mi Dios, estoy sufriendo todo lo que
sufro; pero tú ignoras la firmeza que me dan las cosas que en lontananza
contemplo.
Máximo.—¿Hasta
cuándo harás el tonto? Voy a cortarte la lengua, para que termines de
decir necedades. Sin duda me reprochas que, por aguantarte, te he hecho
más necio de lo que eras.
Andrónico.—Sí, córtame, te ruego, los
labios y la lengua, pues en ellos me parece has arrojado sobre mí todas
tus abominaciones. Máximo. Insensato, por ello sigues siendo
castigado hasta este momento. He aquí que, como ya te dije, has gustado
de los sacrificios.
Andrónico.—No te ufanarás tú, tirano abominable,
ni los que te han dado ese poder, de que me haya yo manchado con
vuestros impíos sacrificios; mas ya verás tú lo que has hecho contra el
siervo de Dios.
Máximo.—¿Con que te atreves a insultar a los emperadores, cabeza huera, (pie han procurado al mundo una paz profunda?
Andrúnico.—Sí,
los insulto y los insultaré, porque son pestíferos y bebedores de
sangre humana y han revuelto al mundo. Dios, con mano inmortal, dando
fin a su paciencia, los ha de castigar con tal castigo que conozcan al fin lo que están haciendo contra sus siervos.
Máximo.—Echadle
hierro en la boca y cortadle esa lengua procaz y blasfema, a ver si
aprende a no blasfemar contra los augustos. Y quemad la lengua y los
dientes de esa infame cabeza, y, reducido todo a ceniza, esparcidlo al
viento, no sea que vengan unas cuantas mu-jerzuelas de su misma impía
religión y los recojan y guarden como preciosas y santas reliquias. A él
metedle en la cárcel, para arrojarle a las fieras el día que viene,
juntamente con sus otros compañeros.
Terminación de la carta de los once hermanos a los de Iconio sobre la consumación de los mártires.
X.
Cumplido, pues, el tercer interrogatorio de los santos mártires de
Dios, el impío Máximo llamó al sumo sacerdote de Cilicia, Terenciano, y
le mandó que al día siguiente diera un espectáculo de combates entre
hombres y fieras a toda la ciudad, y sin pérdida de tiempo avisó
Terenciano a los encargados de las fieras que las tuvieran preparadas.
Amanecido, pues, el día, toda la ciudad, hombres, mujeres y hasta niños
pequeños, confluyeron al estadio, situado a poco más de una milla.
Cuando el anfiteatro estaba ya lleno de muchedumbres, llegó Máximo para
dar y contemplar con los demás el espectáculo. Muy avanzado ya el tiempo
del espectáculo, y cubierto ya el suelo de cadáveres de hombres,
muertos unos por la espada de los gladiadores y otros por los dientes de
las fieras, mientras nosotros estábamos cerca y observábamos sin
levantar sospecha junto a la cárcel, de pronto el
abominable Máximo envió un grupo de soldados, quienes, obligando a unos
cuantos, les cargaron sin más a los mártires para llevarlos a combatir
con las fieras, pues a causa de los tormentos sufridos no podían marchar
por su pie. Así que vimos cómo eran llevados por los soldados, nos
retiramos a toda prisa a un monte próximo, y con muchas súplicas,
lágrimas y gemidos nos estuvimos quietos entre las rocas. Entrado que
hubieron los mártires al centro mismo del estadio, levantóse un gran
murmullo entre la muchedumbre, irritándose de la misma sentencia,
negándose otros a contemplar aquel espectáculo, de suerte que no pocos
abandonaron el lugar entre vituperios a Máximo. Este mandó que se los
señalara para hacerles comparecer al día siguiente ante su tribunal y
condenarlos. Soltaron luego no pocas fieras, ninguna de las cuales tocó a
los santos mártires, lo que irritó sobremanera a Máximo, y llamando al
director de las fieras le intimó, bajo grave amenaza de azotarle, que
soltara inmediatamente contra los reos cristianos la fiera más feroz que
tuviera. Temblando por la amenaza, soltó una terrible osa que, según
decían, había ya aquel mismo día matado a tres hombres Suelta la osa,
atravesó por entre los cadáveres y corrió hacia el santo mártir
Andrónico, y luego, sentándose a su lado, le lamía la sangre de las
heridas, conforme a lo que se dice en la Escritura: Las fieras salvajes
serán mansas para ti. Mas el santo mártir Andrónico, ofreciéndole su
cabeza, trataba de azuzarla contra sí mismo, pues deseaba salir cuanto
antes de este mundo. Mas la osa no se movía del lado del santo. Irritado
Máximo, mandó que la mataran. Acuchillada, cayó a los pies mismos de
Andrónico. Llamando Terenciano al encargado de las fieras, pues temía
que irritado Máximo se lo hiciera pagar a él, le mandó que soltara una
leona que le había enviado de Antioquía Herodes, sumo sacerdote de
Siria. Suelta ésta, dió un gran rugido que infundió pavor a todos los
espectadores; mas ella, así que vió los santos a
la cárcel, de pronto el abominable Máximo envió un grupo de soldados,
quienes, obligando a unos cuantos, les cargaron sin más a los mártires
para llevarlos a combatir con las fieras, pues a causa de los tormentos
sufridos no podían marchar por su pie. Asi que vimos cómo eran llevados
por los soldados, nos retiramos a toda prisa a un monte próximo, y con
muchas súplicas, lágrimas y gemidos nos estuvimos quietos entre las
rocas. Entrado que hubieron los mártires al centro mismo del estadio,
levantóse un gran murmullo entre la muchedumbre, irritándose de la misma
sentencia, negándose otros a contemplar aquel espectáculo, de suerte
que no pocos abandonaron el lugar entre vituperios a Máximo. Este mandó
que se los señalara para hacerles comparecer al día siguiente ante su
tribunal y condenarlos. Soltaron luego no pocas fieras, ninguna de las
cuales tocó a los santos mártires, lo que irritó sobremanera a Máximo, y
llamando al director de las fieras le intimó, bajo grave amenaza de
azotarle, que soltara inmediatamente contra los reos cristianos la fiera
más feroz que tuviera. Temblando por la amenaza, soltó una terrible osa
que, según decían, había ya aquel mismo día matado a tres hombres
Suelta la osa, atravesó por entre los cadáveres y corrió hacia el santo
mártir Andrónico, y luego, sentándose a su lado, le lamía la sangre de
las heridas, conforme a lo que se dice en la Escritura: Las fieras
salvajes serán mansas para ti. Mas el santo mártir Andrónico,
ofreciéndole su cabeza, trataba de azuzarla contra sí mismo, pues
deseaba salir cuanto antes de este mundo. Mas la osa no se movía del
lado del santo. Irritado Máximo, mandó que la mataran. Acuchillada, cayó
a los pies mismos de Andrónico. Llamando Terenciano al encargado de las
fieras, pues temía que irritado Máximo se lo hiciera pagar a él, le
mandó que soltara una leona que le había enviado de Antioquía Herodes,
sumo sacerdote de Siria. Suelta ésta, dió un gran rugido que infundió
pavor a todos los espectadores; mas ella, así que vió los santos cuerpos
tendidos por el suelo, corrió hacia el bienaventurado Taraco y,
besándole los pies, pareció adorarle. Mas el santo mártir, tendiendo la
mano y tirándole de la melena y de las orejas, trataba de arrastrarla
hacia sí. Ella parecía una mansa oveja. Por fin, retirándase del mártir,
se dirigió a la puerta de su guarida, pasando también por junto al
santo Imártir Probo. El maldito Máximo ordenó que no se le abriera, y la
leona, cogiendo con sus dientes uno de los batientes de la puerta, se
esforzaba en romperlo. El pueblo, espantado, gritó: "Que se abra la
puerta a la leona."
XI.
En fin, irritado Máximo, mandó a Terenciano que trajera algunos
gladiadores y degollaran a los mártires. Pasados éstos a filo de espada,
salióse Máximo del estadio, dejando un pelotón de diez soldados para
guarda de los cuerpos, que habían sido arrojados en el montón de los
otros impuros y profanos. Era ya tarde cuando se cumplió la orden del
gobernador, y los cuerpos de los mártires quedaron, efectivamente, bajo
la custodia de los soldados en el montón de los
otros. Nosotros, saliendo de la montaña, nos postramos de rodillas,
suplicando a Dios nos hiciera por su misericordia la gracia de poder
salvar las reliquias de sus santos mártires. Terminada nuestra oración,
nos pusimos en marcha y hallamos a los guardias en pleno banquete y una
gran hoguera encendida junto a los cuerpos. Retrocedimos unos pasos y,
postrándonos nuevamente de rodillas, rogamos a Dios y a su Cristo en el
Espíritu Santo nos diera su ayuda desde lo alto para sacar los santos
cuerpos de entre los impuros y abominables cadáveres. Inmediatamente se
produjo un terremoto no pequeño, truenos y relámpagos sacudieron el
aire, y, entre espesas tinieblas, descargó un enorme aguacero. Poco
después, serenado el cielo, después de nueva oración, nos dirigimos
hacia los cuerpos y hallamos la lumbre apagada por la lluvia y que los
guardias se habían retirado. Entonces, bien observado todo, nos
acercamos llenos de resolución. Como no nos era posible distinguir unos
cuerpos de otros, levan-
tamos
las manos al ciclo, suplicando a Dios nos diera a conocer cuáles eran
las reliquias de sus santos mártires. Y al punto el Dios todo
misericordia, por su incomparable benignidad, nos mandó un astro
brillante del cielo, que, posándose sobre cada uno de los cuerpos, nos
señaló cuáles eran los de los siervos de Dios. Nosotros, arrebatando,
llenos de júbilo, las reliquias, nos retiramos al monte próximo, entre
súplicas a Dios que tal gracia nos concediera. Recorrida La mayor parte
del monte, depusimos por unos momentos la carga de los cuerpos y
descansamos. Luego suplicamos a Dios nos mostrara dónde habíamos de
enterrar los cuerpos y completar así la obra que habíamos emprendido. El
Dios misericordioso se dignó oírnos y nuevamente nos envió la estrella
que nos mostrara el camino. Levantando entonces otra vez con gozo los
cuerpos, subimos a otra parte del monte, y, recorrido un breve trecho,
nos dejó la estrella. Allí, viendo una roca hueca, escondimos los
cuerpos, por miedo de las pesquisas que Máximo pudiera ordenar. Hecho
esto con toda diligencia, bajamos a la ciudad para ver lo que ocurría
sobre el caso. Pasados tres días, Máximo marchó de la ciudad, los
guardias fueron castigados por haberse dejado robar los cuerpos de los
santos mártires y nosotros entonamos el más ferviente himno y nos
regocijamos en Dios, para lo que teníamos mucho motivo en Cristo. Yo,
Marción y Félix y Vero permanecimos junto a su santo sepulcro, a fin de
guardar el lugar de las santas reliquias, y juntamente por haber
determinado pasar nuestra vfda allí y merecer así que nuestros cuerpos
reposen junto a los suyos. Los demás, después de dar gracias a IMos por
los beneficios que se había dignado hacernos, marcharon a vosotros, y
por breve espacio los acompañamos. A Él conviene gloria, poder, honor y
adoración por los siglos de los siglos. Amén.