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martes, 8 de septiembre de 2015

Jansenismo

     Sistema erróneo con respecto a la gracia, al libre albedrío, al mérito de las buenas obras, al beneficio de la redención, etc., contenido en las obras de Cornelio Jansenio, obispo de Ipres, que intituló Augustinus, y en el que ha pretendido exponer la doctrina de San Agustín sobre estos puntos.
     Este teólogo había nacido de padres católicos, cerca de Laerdam, en Holanda, el año 1585. Hizo sus estudios en Utrecht, en Lovaina y en París. Adquirió conocimiento en esta última ciudad con el famoso Juan de Hauranne, abad de S. Cyran, que le llevó consigo a Bayona, donde permaneció doce años en calidad de principal del colegio. Allí fue donde produjo la obra de que hablamos; la compuso con la idea de resucitar la doctrina de Bayo, condenada por la santa sede en 1567 y 1579. La había tomado de las lecciones de Santiago Janson, discípulo y sucesor de Bayo, y este último había abrazado en muchas cosas los sentimientos de Lutero y de Calvino. El abad de S. Cyran era de las mismas opiniones.
     De vuelta a Lovaina, tomó Jansenio el grado de doctor, obtuvo una cátedra de profesor de Sagrada Escritura, y fue nombrado obispo de Ipres por el rey de España; pero no lo poseyó mucho tiempo: murió de la peste en 1638, algunos años después de su nombramiento. Había trabajado durante veinte años en su obra, le dio la última mano antes de su muerte, y dejó a algunos amigos el cuidado de publicarla; se hallan en ella varias protestas de sumisión a la santa sede; pero no podía ignorar el autor que la doctrina que establecía había sido ya condenada en Bayo.
     El Augustinus de Jansenio apareció por primera vez en Lovaina en 1640, y el papa Urbano VIII en 1642 la condenó, como que renovaba los errores del bayanismo. Cornet, síndico de la facultad de teología de París, sacó de él algunas proposiciones que presentó a la Sorbona, y la facultad las condenó. El doctor Saint-Amour y otros setenta apelaron de esta censura al parlamento, y la facultad llevo ante el clero el asunto. Los prelados, dice M. Godeau, viendo los ánimos muy exaltados, temieron el pronunciar, y enviaron la decisión al papa Inocencio X. Cinco cardenales y trece consultores tuvieron en el espacio de dos años y algunos meses treinta y seis congregaciones, y el papa presidió en persona las diez últimas. Se discutieron en ellas las proposiciones sacadas del libro de Jansenio; se oyó al doctor Saint-Amour, al abad Bourzeys y a algunos otros que defendían la causa de este autor, y apareció en 1653 el juicio de Roma que censura y califica las cinco proposiciones siguientes:
      «Algunos mandamientos de Dios son imposibles a los hombres justos que quieren cumplirlos, y que hacen con este objeto esfuerzos según las fuerzas que tienen, faltándoles la gracia que los haría posibles». Esta proposición, que se halla literalmente en Jansenio, fue declarada temeraria, impía, blasfema, anatematizada como herética. (En efecto, ya había sido proscrita por el concilio de Trento. Ses. vi, i I, y can. 18).
      «En el estado de naturaleza caída, no se resiste nunca a la gracia interior». Esta preposición no está literalmente en la obra de Jansenio; pero la doctrina que contiene se halla en veinte lugares, fue calificada de herejía, y es contraría a muchos textos expresos del nuevo Testamento.
      «En el estado de naturaleza caída, para merecer o desmerecer, no se necesita una libertad exenta de necesidad, basta tener una libertad exenta de coacción o de violencia». Se leen estas mismas palabras en Jansenio: «Una obra es meritoria o demeritoria cuando se hace sin violencia, aunque no se haga sin necesidad». (L. 6, de Grat. Christi). Esta proposición fue declarada herética; en efecto lo es, puesto que el concilio de Trento ha establecido que el movimiento de la gracia, aun eficaz, no impone necesidad a la voluntad humana.
      «Los semipelagíanos admitían la necesidad de una gracia preveniente para todas las buenas obras, aun para el principio de la fe; mas eran herejes, porque pensaban que la voluntad del hombre podía someterse o resistir a ella». La primera parte de esta proposición está condenada como falsa, y la segunda como herética; es una consecuencia de la segunda proposición.
      «Es un error semipelagíano el decir que Jesucristo ha muerto y derramado su sangre por todos los hombres». Jansenio, (de Grat. Christi, l. 3, c. 2), dice que los P.P. lejos de pensar que Jesucristo haya muerto por la salud de todos los hombres, han mirado esta opinión como un error contrario a la fe católica; que el parecer de San Agustín es que Jesucristo no ha muerto mas que por los predestinados, y que no rogó mas a su Padre por la salvación de los reprobados que por la de los demonios. Esta proposición fue condenada como impía, blasfema y herética.
     * He aquí el texto de la bula de Inocencio X: 
     «Primam praedictarum propositionum: Aliqua Dei precepta hominibus justis volentibus el conantibus, secundum praesentes quas habent vires, sunt impossibilia, deest quoque illis gratia qua possibilia fiant. Temerariam, impiam, blasphemam, anathemate damnatam, et hiereticam declaramus, et uti talem damnamus».
     «Secundam Interiori gratiae in statu nanurae lapsae, numquam resistitur». Haereti cam declaramus, et uti talem damnamus.
     «Tertiam: Ad merendum et demerendum, in statu naturae lapsae, non requiritur in homine Libertas a necessitate, sed sufficit libertas a coactione». Haereticam declaramus, et uti talem damnamus.
     «Quartam: Semipelagiani admittebant praevenientis gratiae interioris necessitatem ad singulos actus, etiam ad initium fidei, et in hoc erant haeretici, quod vellent eam gratiam talem esse, cui posset humana voluntas resistere vel obtemperare». Falsam et hiereticam declaramus, et uti talem damnamus.
     Quintam: Semipelagianum est dicere, Christum pro ómnibus omnino hominibus mortuum esse aut sanguinem fudisse. Falsam, temerariam, scandalosam et intellectam eo sensu, ut Christus pro salute duntáxat praedestinatorum mortuus sit, impiam, blasphemam, contumeliosam, divina; pietati derogantem, et haereticam declaramus, et uti talem damnamus.
     Mandamus igitur ómnibus Christi fidelibus utriusque sexus, ne dedictis propositíonibus sentire, docere, predicare alíter praesumant, quam in hac priesenti nostra declaratione et definitione continetur, subcensuris et poenís contra híereticos et eorum fautores in jure expressis»

     No se necesita ser un profundo teólogo para conocer la justicia de la censura pronunciada por Inocencio X. Nadie, dice Bossuet en su Carta a las religiosas de Port-Royal, nadie duda que la condenación de estas proposiciones sea canónica. Puede añadirse que aun basta oírlas a un cristiano no prevenido para horrorizarlas.
     También puede verse que la segunda es el principio del que emanan todas las demás, como otras tantas consecuencias inevitables. Si es cierto que en el estado de naturaleza caída no se resiste nunca a la gracia interior, se sigue de esto que un justo que ha quebrantado un mandamiento de Dios, ha carecido de gracia en aquel momento, que lo ha violado por necesidad y por impotencia de cumplirlo. Si no obstante ha pecado y desmerecido entonces, se sigue que para pecar no se necesita tener una libertad exenta de necesidad. Por otro lado, si muchas veces falta la gracia a los justos, puesto que pecan, con mucha mas razón falta a los pecadores: no se puede, pues, decir que Jesucristo ha muerto para merecer y alcanzar para todos los hombres las gracias que necesitan para conseguir su salvación. En este caso los semipelagianos, que han creído que se resiste a la gracia, y que Jesucristo la ha obtenido para todos los hombres, estaban en error.
     Luego si es falsa y herética la segunda proposición de Jansenio, todo su sistema cae por tierra. Así, en el artículo Gracia, § 2 y 3, hemos probado con muchos pasajes de la Sagrada Escritura, con el sentimiento de los PP. de la Iglesia, y sobre todo de San Agustín, con el testimonio de nuestra propia conciencia, que el hombre resiste muchas veces a la gracia interior, y que Dios da gracia a todos los hombres sin excepción, pero con desigualdad.
     En efecto, todo el sistema de Jansenio se reduce a este punto capital, a saber: que después de la caída de Adán el placer es el único resorte que mueve al corazón humano; que este placer es inevitable cuando llega, e invencible cuando ha llegado. Si este placer viene del cielo o de la gracia, conduce el hombre a la virtud; si viene de la naturaleza o de la concupiscencia, determina al hombre al vicio, y la voluntad se halla necesariamente arrastrada por el que actualmente es mas fuerte. Estas dos delectaciones, dice Jansenio, son como los dos platillos de la balanza, no puede subir el uno sin que baje el otro. Así el hombre hace invencible, aunque voluntariamente, el bien o el mal, según que está dominado por la gracia o por la concupiscencia nunca resiste ni a una ni a otra.
     Este sistema ni es filosófico, ni consolador; hace del hombre una máquina y de Dios un tirano; repugna al sentimiento interior de todos los hombres; no está fundado mas que en un mal sentido dado a la palabra delectación, y en un axioma de San Agustítorcidamente interpretado. Ya se había anatematizado por el concilio de Trento, sess. 6, de Justif., can. 5 y 6.
     Mas el deseo de formar un partido, o de destruir otro, la inquietud natural a ciertos espíritus, y la ambición de brillar por la disputa, suscitaron defensores de Jansenio contra la censura de Roma. El Dr. Arnaldo y otros que habían abrazado las opiniones de este teólogo, y que habían hecho los mayores elogios de su libro antes de la condenación, sostuvieron que las proposiciones censuradas no estaban en el Augustinus, que no eran condenadas en el sentido de Jansenio, sino en un falso sentido que malamente se había dado a sus palabras, que en este hecho se había podido engañar el soberano pontífice.
     Esto es a lo que se llamó distinción de derecho y de hecho. Los que se agarraban a ella decían que se estaba obligado a someterse a la bula del papa en cuanto al derecho, es decir en cuanto a creer que las proposiciones, tales como estaban en la bula, eran condenables, mas que no se estaba obligado a condescender en cuanto al hecho, es decir, en cuanto a creer que estas proposiciones estaban en el libro de Jansenio, y que las había sostenido en el sentido en que el papa las había condenado.
     Es claro que si esta distinción era admisible, inútilmente la Iglesia condenaría los libros y querría quitarlos de las manos de los fieles; podrían obstinarse en leerlos, bajo el pretexto de que los errores que se creía contenían, no estaban allí, y que el autor había sido mal entendido. Pero se quería un subterfugio, y adoptóse este. En vano se probó contra los partidarios de Jansenio que la Iglesia es infalible cuando trata de pronunciar sobre un hecho dogmático; perseveraron en sostener su absurda distinción, prodigaron la erudición, embrollaron todos los hechos de la Historia eclesiástica, renovaron todos los sofismas de los herejes antiguos y modernos para hacerle prevalecer. 
     Todavía hizo mas Arnaldo; enseñó terminantemente la 1ra proposición condenada; pretendió que falta al justo la gracia en ocasiones en que no puede decirse que no peca, que había faltado a San Pedro en semejante caso, y que esta doctrina era la de la Escritura y la de la tradición.
     La facultad de teología de París censuró en 1656 estas dos proposiciones; y como Arnaldo rehusó someterse a esta decisión, fue excluido del número de los doctores; firman aun esta censura los candidatos.
     No obstante continuaban las disputas; para acallarlas, los obispos de Francia se dirigieron a Roma. En 1665, Alejandro VII prescribió la firma de un formulario, por el que se protesta que se condenan las cinco proposiciones sacadas del libro de Jansenio, en el sentido del autor, como las ha condenado la santa sede. 
     He aquí el texto: "Ego N. constitutioni apostolicae Innocentii X datae die 31 maii 1653, et constitutioni Alexandri VII datae 16 octobris 1656 summorum pontificum me subjicio, et quinqué propositiones ex Cornelii Jansenii libro, cui nomen Augustinus, excerptas, et in sensu ab eodem auctore intento, prout illas per dictas constitutiones sedes apostólica, damnavi, sincero animo rejicio ac damno, et ita juro: sic me Deus adjuvet, et haec sancta Dei Evangelia». 
     Luis XIV dio en este mismo año una declaración que fue registrada en el parlamento, y que mandó bajo graves penas suscribir al formulario. Este llegó a ser de esta manera una ley de la Iglesia y del Estado: algunos de los que rehusaban suscribirlo fueron castigados.
     A pesar de la ley, los señores Pavillon, obispo de Aleth; Choart de liuzenval, obispo de Ainiens; Caulet, obispo de Pamiers; y Arnaldo, obispo de Angers, dieron en sus diócesis pastorales, en las que hacían aun la distinción de hecho y de derecho, y autorizaron así a los refractarios.
     El papa irritado quiso formarles causa, y nombró comisarios; se suscitó una disputa sobre el número de jueces.
     En tiempo de Clemente IX, propusieron tres prelados un acomodo, cuyos términos eran, que los cuatro obispos dieran o hicieran dar en sus diócesis una nueva forma de formulario, por la que se condenasen las proposiciones de Jansenio sin ninguna restricción, habiendo sido insuficiente la primera. Consintieron en ello los cuatro obispos, pero faltaron a su palabra; conservaron la distinción de hecho y de derecho. No se hizo caso de esta infidelidad, y fue lo que se llamó la paz de Clemente IX.
     En 1702 so vio aparecer el famoso caso de conciencia, he aquí en qué consistía. Se suponía un eclesiástico que condonaba las cinco proposiciones en todos los sentidos en que la Iglesia las había condenado, aun en el de Jansenio, del modo que Inocencio XII lo había entendido en sus breves a los obispos de Flándes, al que sin embargo se le había negado la absolución, porque en cuanto a la cuestión de hecho, es decir, a atribuir las proposiciones al libro de Jansenio, creia que bastaba el silencio respetuoso. Se preguntó a la Sorbona, qué pensaba de esta negativa de la absolución.
     Apareció una decisión firmada de cuarenta doctores, cuyo dictamen era que el parecer del eclesiástico ni era nuevo, ni singular; que nunca había sido condenado por la Iglesia, y que no se debía por esto negarle la absolución.
     Esto era justificar evidentemente un engaño, porque cuando un hombre está persuadido que el papa y la Iglesia han podido engañarse, suponiendo que verdaderamente Jansenio ha enseñado tal doctrina en su libro, ¿cómo puede protestar con juramento que condena las proposiciones de Jansenio, en el sentido que había tenido presente el autor y en el que el mismo papa las ha condenado? Si esto no es un perjurio, ¿cómo lo llamaremos? Si semejante decisión no ha sido censurada nunca por lo Iglesia, es porque todavía no ha habido un hereje tan astuto para inventar tal subterfugio.
     De modo que este documento avivó el incendio. El caso de conciencia dio lugar a muchas pastorales de los obispos: el cardenal de Noailles, arzobispo de París, exigió y obtuvo de los doctores que habían firmado una retractación. Solo uno se resistió, y fue excluido de la Sorbona.
     Como no concluían las disputas, Clemente XI, que ocupaba entonces la santa sede, después de muchos breves, dio la bula Vineam Domini Sabaoth el 15 de julio de 1705, en la que declara que el silencio respetuoso sobre el hecho de Jansenio no basta para dar a la Iglesia la plena y entera obediencia que tiene derecho a exigir de sus fieles.
     * [El silencio respetuoso está expresamente condenado en estas palabras:
     «Primo quidem preinsertas Innocentii X et Alexandri VII praedecessorum constitutiones, omniaque et singula in eis contenta, auctoritate apostolica, tenore praesentium, confirmamus, approbamus, et innovamus.
     Ac insuper, ut quaevis in posterum erroris occasio penitus praecidatur, atque omnes catholicae Ecclesiae filii Eeclesiam ipsam
audire, non tacendo solúm (nam et impii in tenebris conticescunt) sed et interius obsequendo, quae vera est orthodoxi hominis obedientia, condiscant hac nostra perpetuó valiturá constitutione: obedientiae, quae praeinsertis constitutionibus apostolicis debetur, obsequioso illo silentio minimé satisfieri: se damnatum in quinqué praefatis propositionibus Janseniani libri sensum quem íllarum verba prae se ferunt, ut praefertur, ab ómnibus Christi fidelibus ut haereticum, non ore solum, sed et corde rejici ac damnari debere; nec alia mente, animo aut credulitate supradictae formulae subscribí licite posse; ita ut quí secus aut contra, quoad haec omnia et singula, senserint, tenuerint, praedicaverint, verbo vel scripto docuerint aut asseruerin tanquam praefatarum apostolicarum constítutionum transgressores, ómnibus et singulis illarum censuris et poenis omninó subjaceant, eadem auctoritate apostolicé decernimus, declaramus, statuimus et ordinamus.] »

     El señor obispo de Mompeller, que la había aceptado al principio, se retractó después.
     Entonces fue cuando se hizo la distinción del doble sentido de las proposiciones de Jansenio: el uno que es el sentido verdadero, natural y propio de Jansenio, el otro que es un sentido falso, putativo, malamente atribuido a este autor. Convienen en que las proposiciones eran heréticas en este último sentido, inventado por el soberano pontífice, pero en no su sentido verdadero, propio y natural: esto era volver al primer subterfugio inventado por el doctor Arnaldo y sus adeptos.
     Aquí había llegado la cuestión del jansenismo y de su condenación, cuando el P. Quesnel del Oratorio publicó sus Reflexiones morales sobre el nuevo Testamento, en las que diluyó todo el veneno de la doctrina de Jansenio. Entonces se vio, con mas evidencia que nunca, que sus partidarios no habían dejado de estar adheridos a ella y sostenerla, en el mismo sentido condenado por la Iglesia, a pesar de todas las protestas que habían hecho en contra; que nunca habían tratado mas que de engañar y seducir a las almas sencillas y rectas. La condenación del libro de Quesnel, que dio Clemente XI por la bula Unigenitus en 1713, ha dado lugar a nuevos excesos por parte de los secuaces obstinados de esta doctrina.
     De todas las herejías que se han visto nacer en la Iglesia, no ha habido una que haya tenido mas diestros y sutiles defensores, para cuyo sostén se hayan empleado mas erudición, artificios y tenacidad que para la de Jansenio. A pesar de veinte condenaciones pronunciadas contra ella hace mas de dos siglos, todavía hay un gran número de personas instruidas que la defienden, ora por los principios, ora por las consecuencias, suponiendo siempre que es la doctrina de San Agustín. Algunos teólogos, sin caer en el mismo exceso, se han aproximado a las rigorosas opiniones de los jansenistas, para no dar lugar a sus acusaciones de pelagianismo, de relajación y de falsa moral, etc.
     Seria menos sorprendente este fenómeno, si el sistema de Jansenio fuese sabio y consolador, capaz de conducir a los fieles a la virtud y a las buenas obras; mas no hay doctrina mas a propósito para introducir la desesperación en un alma cristiana, para ahogar la confianza, el amor de Dios, el valor en la práctica de la virtud, para disminuir nuestro reconocimiento hacia Jesucristo. Si a pesar de la redención del mundo, efectuada por este divino Salvador, está Dios todavía irritado por el pecado del primer hombre; si niega todavía su gracia no solo a los pecadores, sino a los justos; si les hace pecaminosas las culpas que les era imposible evitar sin la gracia, ¿qué confianza podemos tener en los méritos de nuestro Redentor, en las promesas de Dios y en su misericordia infinita? Si para decidir de la suerte eterna de las criaturas, prefiere Dios ejercitar su justicia mas bien que su bondad, si obra como un señor irritado y no como un padre complaciente, sin duda que debemos temerle; mas ¿podremos amarle? Los jansenistas han condenado el temor de Dios como un sentimiento servil, y es el único que nos han inspirado; afectaron predicar el amor de Dios, y han trabajado con todas sus fuerzas para sofocarlo.
     Han tomado el ostentoso título de defensores de la gracia, y en realidad han sido destructores, declamaban contra los pelagianos y enseñan una doctrina mas odiosa. Dios decían los pelagianos, no da la gracia, porque no es necesaria para hacer buenas obras; le bastan al hombre las fuerzas naturales. Según los semípelagianos, la gracia es necesaria para hacer bien; pero Dios no la da mas que a los que la merecen por sus buenos deseos. Jansenio dice: La gracia es absolutamente necesaria; pero Dios la niega, porque muchas veces no podemos merecerla. Todos erráis, le responde un católico, la gracia es absolutamente necesaria; así Dios la da a todos, no porque la merezcamos, sino porque Jesucristo la ha merecido y alcanzado para todos; la da porque es justo, porque es bueno, y porque nos ha amado hasta entregar a su Hijo a la muerte por la redención de todos. Tal es el lenguaje de la Sagrada Escritura, de los PP. de todos los siglos, de la Iglesia en todas sus oraciones, de todo cristiano que cree sinceramente en Jesucristo Salvador del Mundo. ¿Cuál de estos diversos sentimientos es mas a propósito para inspirarnos el reconocimiento, la confianza, el amor de Dios, el valor para renunciar al pecado y perseverar en la virtud?
     En vano los jansenistas citan siempre la autoridad de San Agustín: otro tanto ha hecho Calvino para sostener sus errores. Mas es falso que San Agustín haya tenido los sentimientos que Calvíno, Jansenio y sus secuaces le atribuyen; nadie ha presentado con mas energía que él la misericordia infinita de Dios, su bondad para con todos los hombres, la caridad universal de Jesucristo, su compasión para los pecadores, la inmensidad de los tesoros de gracia divina, la liberalidad con que Dios los derrama.
     Apenas había condenado Inocencio X el sistema de Jansenio, cuando fue victoriosamente refutada esta doctrina, particularmente por el P. Deschamps, jesuíta, en una obra titulada: De Haeresi Janseniana ab apostolica Sede mérito proscripta, que apareció en l654 y de la que hay muchas ediciones. Esta obra está dividida en tres libros. En el 1° demuestra el autor que Jansenio ha copiado de los herejes, sobre todo de Lutero y de Calvíno, todo lo que ha enseñado con respecto al libre albedrío, a la gracia eficaz, a la necesidad de pecar, a la ignorancia invencible, a la imposibilidad de cumplir los mandamientos de Dios, a la muerte de Jesucristo, a la voluntad de Dios para salvar a todos los hombres, y a la distribución de la gracia suficiente. En el 2° prueba que los errores de Jansenio sobre todos estos puntos han sido ya condenados por la Iglesia, sobre todo en el concilio de Trento. En el 3° demuestra que, a ejemplo de todos los sectarios, Jansenio ha atribuido falsamente a San Agustín opiniones que nunca tuvo; y que este santo doctor ha enseñado expresamente lo contrario. Ninguno de los partidarios de Jansenio ha osado intentar la refutación de esta obra, casi nunca han hablado de ella, porque han conocido que era inexpugnable.
     Bien convencidos los protestantes de la semejanza que hay entre el sistema de Jansenio sobre la gracia y el de los fundadores de la reforma, no han dejado de sostener que es realmente el sentimiento de San Agustín; pero mil veces se les ha demostrado lo contrario. Han visto con mucha satisfacción el ruido que el libro de Jansenio ha hecho en la Iglesia católica, las disputas y la clase de cisma que ha causado, la terquedad con que sus defensores han resistido a la censura de Roma, han hecho pomposos elogios de los talentos, del saber, de la piedad, del valor de estos pretendidos discípulos de San Agustín; pero no se han atrevido a justificar los medios de que estos contumaces se han valido para sostener lo que llamaban la buena causa. Mosheim, que reconocía la conformidad de la doctrina de los jansenistas con la de Lutero, de Auctor. Concilii Dordrac., § 7, confiesa, en su Hist. ecclés., siglo XVIII, sección 2°, 1° parte, c. 4, § 40, que han empleado aplicaciones capciosas, distinciones sutiles, los mismos sofismas y las mismas invectivas que echaban en cara a sus adversarios; que han recurrido a la superstición, a la impostura, a los milagros falsos para robustecer su partido; que sin duda han considerado estos fraudes piadosos como permitidos cuando se trata de establecer una doctrina que se cree verdadera. Esto es lo que hacía falta para justificar el rigor con que han sido tratados algunos de los mas fogosos jansenistas. Mosheim quería persuadir que se ha ejercido contra ellos una persecución cruel y sangrienta, y sin embargo es muy cierto que todas estas penas se han reducido al destierro, o a algunos años de prisión, y que se castigaba en ellos, no sus opiniones, sino su conducta insolente y sediciosa.
     Independientemente de consecuencias perniciosas que se han podido deducir de la doctrina de Jansenio, el modo con que se ha defendido ha producido los mas funestos resultados, ha alterado en los ánimos el fondo mismo de la religión, y ha preparado el camino a la incredulidad. Las declamaciones y las sátiras de los jansenistas contra los soberanos pontífices, contra los obispos, y contra todos los órdenes de la jerarquía, han envilecido la potestad eclesiástica; su desprecio para con los PP. que precedieron a San Agustín ha confirmado las prevenciones de los protestantes y de los socinianos contra la tradición de los primeros siglos; según ellos, parece que San Agustín cambió absolutamente esta tradición en el siglo V: hasta entonces los PP. habían sido por lo menos semipelagianos. Los falsos milagros que forjaron para seducir a los hombres sencillos, y que los han sostenido con frente de bronce, han hecho sospechosos a los deistas todos los testimonios dados en materia de milagros; la audacia con que muchos fanáticos han despreciado las leyes, las amenazas, los castigos, y que parecían dispuestos a sufrir la muerte antes que desprenderse de sus opiniones, ha echado un borrón sobre el valor de los antiguos mártires. El arte con que algunos escritores del partido han sabido disfrazar los hechos o inventarlos al gusto de sus intereses, ha autorizado el pirronismo histórico de los literatos modernos. Por último, la máscara de piedad con la que han cubierto mil imposturas, y muchas veces crímenes, ha hecho considerar a los devotos en general como hipócritas y hombres peligrosos.
     Seria de desear que se pudiese borrar hasta el menor recuerdo de los errores de Jansenio, y de las escenas escandalosas a que han dado lugar. Este es un ejemplo que enseña a los teólogos a estar alerta contra el rigorismo en materia de opiniones y de moral, a limitarse a los dogmas de la fe, y a desprenderse de todo sistema particular. Sí se hubiese empleado en aclarar cuestiones útiles todo el tiempo y el trabajo que se ha consumido en escribir en pro y en contra del jansenismo, en vez de tantas obras como yacen en el olvido tendríamos otras que mercerian conservarse para la posteridad.

martes, 25 de agosto de 2015

Jacobinos, Jacobitas

JACOBINOS
     Es el nombre que se da en Francia a los dominicos o hermanos predicadores, por motivo de su convento principal que se halla en la calle de Santiago en París. Era un hospital de peregrinos de Santiago, cuando se establecieron en él los dominicos en 1218.

JACOBITAS
     Herejes eutiquianosmonofisitas, que no admitían en Jesucristo mas que una sola naturaleza, compuesta de la divinidad y humanidad. Es común este error a los coptos de Egipto, a los abisinios o etíopes, a los sirios del patriarcado de Antioquía y a los cristianos del Malabar, que se llaman cristianos de santo Tomás. hemos hablado de los jacobitas coptos y de los etíopes en sus artículos: conviene dar a conocer a los sirios. Nadie ha hecho su historia con mas exactitud que el sabio Assemani en su Bibliot. orient., t. 2.
     En la palabra Eutiquianismo, hemos seguido los progresos de esta herejía hasta el momento que sus partidarios tomaron el nombre da jacobitas.
     A fines del siglo V, los secuaces de Eutíques, condenados en el concilio de Calcedonia, estaban divididos en muchas sectas y próximos a destruirse. Severo, patriarca de Antioquia, jefe de la secta de los acéfalos, y los demás obispos eutiquianos, conocieron la necesidad de reunirse. El año 551 eligieron por obispo de Edesa a un tal Santiago Baradea o Zánzalo, fraile ignorante, pero astuto, insinuante y activo, y le dieron el titulo de metropolitano ecuménico. Recorrió el Oriente, reunió las diferentes sectas de eutiquianos, y fue su jefe; por esto se han llamado jacobitas. Estos sectarios, protegidos primero por los persas, enemigos de los emperadores de Constantinopla, después por los sarracenos, entraron; poco a poco en posesión de las iglesias de la Siria, sometidas al patriarcado de Antioquia, donde se han conservado hasta el presente.
     Durante las cruzadas, cuando los príncipes de Occidente conquistaron la Siria, los papas nombraron un patriarca católico de Antioquia, y en esta comarca volvieron a tomar los católicos ascendiente sobre los jacobitas. Entonces estos manifestaron algún deseo de reunirse a la Iglesia romana; pero este designio no tuvo ningún resultado. Desde que los sarracenos o turcos volvieron a entrar en posesión de la Siria, los jacobitas perseveraron en el cisma; los católicos que se hallan en aquel país, sobre todo en el monte Líbano, son llamados maronitas y melquitas.
     Sin embargo, muchos viajeros modernos nos aseguran que el número de jacobitas disminuyó por los progresos que hicieron en Oriente los misioneros católicos. En 1782, M. Miroudot, obispo de Bagdad, consiguió hacer elegir por patriarca de los jacobitas sirios a un obispo católico que se ha reconciliado con la Iglesia romana con cuatro de sus co-hermanos. Las conversiones de estos sectarios serian mucho mas frecuentes, sin las persecuciones que los católicos experimentan todo los días por parte de los turcos.
     En muchas partes, los jacobitas sirios se han reunido a los nestorianos, aunque en el principio sus sentimientos sobre Jesucristo fueron diametralmente opuestos, y se han separado de los coptos egipcios del patriarcado de Alejandría, que originariamente procedían del mismo tronco, porque los jacobitas sirios ponen aceite y sal en el pan de la Eucaristía, uso que los jacobitas egipcios no han querido tolerar jamás. Así estos sectarios están divididos en el día en jacobitas africanos y en jacobitas orientales o sirios.
     Muchos autores han creído que en el fondo los jacobitas en general no estaban ya en los sentimientos de Eutíques, y que desechaban el concilio de Calcedonia por pura prevención. Se han engañado, porque M. Anquetil, que ha visto en Malabar en 1758 obispos sirios jacobitas, y que refiere su profesión de fe, dice que están todavía en el mismo error que Eutíques. Admiten en Jesucristo, Dios y hombre perfecto, una persona y una naturaleza encarnada, sin separación y sin mezcla; así se explican. Verdaderamente que estas últimas palabras parecen contradictorias a su error, y M. Anquetil se lo hizo observar; mas no por eso se obstinaron menos en sostenerla de este modo. (Zend-Avesta, lib. 1, 1° parte, pág. 165 y sig.). Cuando si les pregunta, cómo puede suceder que la divinidad y la humanidad sean en Jesucristo una sola naturaleza, sin estar mezcladas y confundidas, dicen que esto se hace por la omnipotencia de Dios; que verdaderamente esto no se concibe, pero que nada es concebible en un misterio como el de la Encarnación. Algunos han tratado en diversos tiempos de reunirse a los católicos, pretendiendo que no se habían separado de ellos mas que por una disputa de palabras, pero lo cierto es, que están bien aterrados en su error. Profesan condenar a Eutíques, porque dicen que ha confundido las dos naturalezas en Jesucristo, sosteniendo que la divinidad había absorbido la humanidad: nosotros creemos firmemente que ambas subsisten sin mezcla y sin confusión.
     Mas lo que prueba, o que ellos mismos no se entienden, o que disfrazan sus sentimientos, es que sostienen, como los monotelitas, que no hay en Jesucristo mas que una sola voluntad, a saber, la voluntad divina; suponen pues que en él la naturaleza humana no está entera, puesto que se halla privada de una de sus facultades esenciales, que es la voluntad. Hablando del eutiquianismo, hemos manifestado que este aferramiento de los monofisitas no es una pura disputa de palabras, como muchos protestantes han querido persuadirlo.
     Según la relación de Assemani, además de este error principal, algunos jacobitas han dicho que Jesucristo está compuesto de dos personas, este es el error de Nestorio; mas confundían el nombre de persona con el de naturaleza. Otros, como los griegos, han negado que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, no obstante que no es este el sentimiento común de la secta. Pretenden, como los armenios, que los santos no gozarán de la gloria eterna, y que los malos no serán enviados al suplicio eterno, sino después de la resurrección general y el juicio final. Así no admiten el purgatorio, no obstante que en general oran por los difuntos. Se les ha acusado falsamente de negar la creación de las almas.
     Reconocen siete sacramentos, y creen, en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía; mas admiten la empanación, o una unión hipostática del pan y del vino con el Verbo. Sin embargo, no hay ningún vestigio de este error en sus liturgias; aun se halla en ellas el término transmutación hablando de la Eucaristía. (Perpet. de la fe). Creen, como los griegos, que la consagración se hace por la invocación del Espíritu Santo; consagran con pan fermentado contra el antiguo uso de la Iglesia siria, y ponen también sal y aceite. Estos jacobitas sirios no practican la circuncisión, como hacen los abisinos o etíopes, pero dan la confirmación con el bautismo. Administran la extremaunción que llaman la lampara; han conservado el uso de la confesión y de la absolución; creen disoluble al matrimonio en ciertos casos graves.
     Malamente se ha puesto en duda la validez de su ordenación; Morino no ha referido fiel ni enteramente el rito que observan en ella: Assemani detalla muy extensamente las ceremonias de la elección y de la ordenación de su patriarca, lo mismo que Rénaudot ha descrito exactamente las que observan con respecto al patriarca jacobita de Alejandría. No confunden al clero con el pueblo, como hacen los protestantes. Ordenan cantores, lectores, subdiáconos, diáconos, arcedianos, sacerdotes, corepíscopos, perodianos o visitadores, obispos, metropolitanos o arzobispos, un patriarca; pero no distinguen mas que seis ordenes, tres menores y tres mayores. Tienen un oficio divino al que están obligados los clérigos; permiten a los eclesiásticos casados vivir con las mujeres que han tomado antes de ordenarse, pero no casarse después de su ordenación: para hacer obispos, eligen ordinariamente monjes; el patriarca es el que los elige y ordena.
     Han conservado el estado monástico; hay entre ellos monasterios de uno y otro sexo, en los cuales se hacen votos de pobreza, continencia y clausura, en los que se practica una abstinencia perpetua y muchos ayunos. Además de la cuaresma y el ayuno de los miércoles y viernes, tienen los de la Virgen, de los Apóstoles, de Natividad, de los Ninivitas, y cada uno de estos ayunos dura muchas semanas.
     En el oficio divino, según la versión siríaca del antiguo y nuevo Testamento, celebran en siríaco, aunque su lengua vulgar sea el árabe; aun han llevado a las Indias su liturgia siríaca. Para el uso ordinario, tienen una versión árabe de la Sagrada Escritura que han hecho del siríaco.
     La principal liturgia de los jacobitas sirios es la que lleva el nombre de Santiago: también se sirven de ella los católicos sirios llamados maronitas y melquitas. Por consecuencia es mas antigua que el cisma de los jacobitas o eutiquianos, y que el concilio de Calcedonia, puesto que después de esta época han formado una secta absolutamente separada de los católicos. Esta liturgia no es la misma que la que ha sido hecha por Santiago Baradea ó Zánzalo, jefe de los jacobitas. De modo que en ella se hallan los dogmas que han desechado los protestantes, bajo pretexto que eran innovaciones hechas por la Iglesia romana; la intercesión e invocación de la Virgen y de los santos; las oraciones por los difuntos, la creencia de las penas expiatorias después de la muerte, la noción de los sacrificios, etc. Los jacobitas tienen todavía otras muchas bajo diferentes nombres, como de San Pedro, de San Juan Evangelista, de los doce apóstoles, etc. Se les conocen cerca de cuarenta.
     Estos herejes separados de la Iglesia romana hace mil doscientos años, ciertamente que no han tomado de ella, ni su creencia, ni sus ritos, y no se han unido de común consentimiento para corromper su liturgia por agradar a los católicos. Deben pues los dogmas profesados en la liturgia siríaca de Santiago haber sido la creencia común de la Iglesia universal en 451, época del concilio de Calcedonia, que ha dado lugar al cisma de los jacobitas; y por otra parte está probado que esta antigua liturgia era la de la Iglesia de Jerusalen. (Santiago el Menor, y las Liturgias orientales publicadas por el abad Renaudot, t. 2).
     El estudio de la Sagrada Escritura y de la teología ha sido cultivado por los jacobitas sirios hasta el siglo XV. Assemani da el catalogo de cincuenta y dos autores de esta secta y la noticia de sus obras. Los dos mas célebres de estos escritores son Dionisio Bar-Salibi, obispo de Amida, que vivió a fines del siglo XII, y Gregorio Bar-Hebraeus, llamado Abulpharage, patriarca de Oriente, que nació el año 1220. A este último se le ha acusado malamente de haber apostatado. No se debe confundir con Abulpharagius Abdalla Benattibus, sacerdote y monje nestoriano, que murió el año 1043. Mas, después del siglo XIV, los jacobitas sirios han caído en la ignorancia; su secta, esparcida otras veces en la Siria y en la Mesopotamia, se ha disminuido mucho por los trabajos de los misioneros católicos.
     En vano Mosheim y algunos protestantes triunfan de la resistencia que los jacobitas sirios han opuesto a los emisarios de los papas y a los misioneros que han querido traer estos sectarios al seno de la Iglesia romana; estos esfuerzos no han sido tan inútiles como se pretende. Por otro lado, ¿que importa a los protestantes la conversión o la resistencia de los Jacobitas? Estos no piensan como ellos, los anatematizarían si los conociesen. Pero tal es la extravagancia y el aferramiento de los protestantes; alaban el celo y el valor con que los sectarios orientales han propagado sus errores, y vituperan la diligencia de los misioneros católicos en hacer prosélitos. Atribuyen las misiones hechas en el Norte a la ambición de los papas, no dicen nada del ardor con que los patriarcas griegos, coptos, sirios jacobitas y nestorianos han extendido y ejercido su jurisdicción sobre los obispos y las Iglesias que los reconocen por pastores. Disimulan y perdonan a los herejes orientales todos sus errores, porque no se han sometido a los papas, toman en el sentido mas odioso todos los artículos de la creencia de los católicos que les place desechar.

miércoles, 12 de agosto de 2015

Infernales, Infralapsarios

INFERNALES
     Se llamaron así en el siglo XVI los partidarios de Nicolás Galo y de Jacobo Smidelna ó Smidelin, quienes sostenían que en los tres días de sepulcro de Jesucristo, bajó su alma santísima al infierno de los condenados, y sufrió por los tres días los tormentos de estos infelices. (V. á Gauthier, Chron., saec. 16). Se presume que estos insensatos fundaban su error en un pasaje de los Hechos apost., II, 24, en que San Pedro dice: Que Dios resucitó a Jesucristo libertándole de los dolores del infierno, ó después de haberle sacado de los dolores del infierno, en el cual era imposible que le hubiesen detenido: de aquí dedujeron los infernales que Jesucristo había experimentado por lo menos algunas horas los tormentos de los condenados. Pero es evidente que en el salmo XV que cita San Pedro, se trata de los vínculos del sepulcro ó de los lazos de la muerte, y no de los dolores de los condenados: la misma expresión se nota en el salmo XVII, 5 y 6. Este es un ejemplo del enorme abuso que hicieron de la Sagrada Escritura los ministros predicantes del siglo XVI.

INFRALAPSARIOS
     Entre los predestinacianos que sostienen que Dios creó un cierto número de hombres para condenarlos, y sin darles los auxilios necesarios para salvarse, se distinguen los supralapsarios y los infralapsarios.
     Los primeros dicen que antes de toda previsión del pecado de Adan, ante lampsum o supra lapsum, resolvió Dios hacer que resplandeciese su misericordia y su justicia: su misericordia, criando un cierto número de hombres con animo de hacerlos felices
toda la eternidad; su justicia, criando otro número de hombres para castigarlos eternamente en el infierno; que en consecuencia de esta determinación concedió Dios a los primeros gracias para salvarse, y las negó a los segundos. Estos teólogos no dicen en qué consiste la pretendida justicia de Dios en estos dos casos: nosotros no concebimos cómo pudiera combinarse con la bondad de Dios.
     Los infrálapsarios dicen que Dios no formó esta intención sino en consecuencia del pecado original infra lapsum, y después de haber previsto desde la eternidad que Adan cometería este pecado. El hombre, dicen, habiendo perdido por este pecado la justicia original y la gracia, ya no merece mas que castigo, y todo género humano es una masa corrompida y de perdición, que Dios puede castigar con suplicios eternos sin menoscabo de su justicia. Sin embargo, para que brille también su misericordia, resolvió sacar algunos de esta masa para santificarlos y hacerlos eternamente felices.
     No es posible conciliar este plan de la Providencia con la voluntad de Dios de salvar a todos los hombres, que está claramente revelada en la Escritura, 1 Epístola Tim., II, 4, etc., y con el decreto que Dios formó en el mismo momento de la caída de Adán de redimir al género humano por Jesucristo. No podemos alcanzar en qué sentido puede verificarse que una masa redimida por la sangre del Hijo de Dios, sea también una masa corrompida de perdición y de reprobación. ¿Acaso la miró Dios así cuando amó el mundo hasta el extremo de dar su Hijo unigénito por precio de su redención? (San Juan, II, 16)
     Es un absurdo suponer en Dios otro motivo de dar el ser a las criaturas que la voluntad de hacerles bien; y he aquí que pretenden los supralapsarios que ha producido Dios un gran número de criaturas con el designio de hacerles el mayor mal de todos que es la eterna condenación: ¡horroriza esta blasfemia! Dicese en el libro de la Sabiduría que Dios nada sabe de lo que ha hecho, y suponen dichos herejes que Dios tuvo aversión hacia las criaturas antes de darles el ser.

jueves, 11 de junio de 2015

ILUMINISMO

     En la época en que el espíritu de incredulidad se había propagado en la Alemania con el concurso de muchos soberanos que trazaban a sus vasallos la senda del mal, el bávaro Weishaupt, nacido en 1748, y luego profesor de Derecho en la Universidad de Ingolstasdt, fue iniciado en los principios desorganizadores de los antiguos maniqueos por un mercader jutlande llamado Kolmer, que había vivido en Egipto y se había hecho expulsar de Malta. Kolmer tenía por discípulo al charlatán Cagliostro y algunos de sus adeptos, que se distinguieron por su iluminismo en el condado de Aviñon y de Lyon. El estudio del maniqueísmo y de la filosofía del siglo XVIII condujeron a Weishuapt a no reconoce la legitimidad de ninguna ley política o religiosa, y sus lecciones secretas inculcaban las mismas ideas a los discípulos de su curso de derecho. Desde entonces concibió el plan de una sociedad oculta que tendría por objeto la propagación de su sistema, mezcla repugnante de los principios antisociales del antiguo iluminismo y de los principios antirreligiosos del filosofismo moderno.
     He aquí el resumen: "La igualdad y la libertad son los derechos esenciales que el hombre recibió de la naturaleza en su perfección originaria y primitiva; el primer ataque a esta igualdad fue dado por la propiedad; el primer ataque dado a la libertad fue dado por las sociedades políticas o los gobiernos son las leyes religiosas y civiles; por lo tanto, para restablecer al hombre en sus derechos primitivos de igualdad y de libertad, es preciso empezar por destruir toda religión, toda sociedad civil, y acabar con la abolición de toda propiedad".
     Si la verdadera filosofía hubiese sido conocida de Weishuapt, le habría enseñado que los derechos y las leyes del hombre primitivo, solo aun sobre la tierra, o padre de una generación poco numerosa, no fueron ni debían ser los derechos y las leyes del hombre sobre la tierra poblada ya de sus semejantes. Le hubiera enseñado además que Dios, mandando al hombre multiplicarse sobre esta misma tierra y cultivarla, le anunciaba por esto solo que su posteridad estaba destinada un día vivir bajo el imperio de leyes sociales. Le hubiera hecho observar que sin propiedad, esta tierra quedaba inculta y desierta; que sin leyes religiosas y civiles, este inmenso desierto no alimentaría mas que hordas de vagabundos y salvajes, esparcidas aquí y allá.
     Weishaupt hubiera concluido de esto entonces que su igualdad y su libertad, lejos de ser los derechos esenciales del hombre en su perfección, no son mas que un principio de degradación y de embrutecimiento, una vez que no pueden subsistir sino con sus anatemas contra la propiedad, la sociedad y la religión.
   Massenhausen, bajo el nombre de Ajax, y Merz, bajo el de Tiberio, jueces dignos de ser admitidos a sus misterios, recibieron de él el grado de areopagitas, y Weishuapt, su jefe, bajo el nombre de Espartaco, dio así nacimiento a la orden de los Iluminados. Cada clase de eta orden debía ser una escuela de pruebas y ensayos para la siguiente. Había en ella dos principales: la de las preparaciones, a la cual pertenecían los grados intermedios que se pueden llamar de instrucción; y la de los misterios, a la que pertenecían el sacerdocio y la administración de la sociedad.
     Había un papel común a todos los asociados que era el de hermano insinuante o alistador. El baron de Knigge, bajo el nombre de Philon, le desempeño con actividad, porque se ocupó de pervertir al Norte de Alemania, mientras que Weishuapt se reservó el Mediodia. El medio que empleó consistió en ganar a los fracmasones, hombres exentos ya de preocupaciones religiosas, para hacerlos iluminados: de lo que es permitido inferir que la vasta sociedad masonica debía estar bien infectada de sus tenebrosos misterios, puesto que se las juzgaba digna de esta agresión.
     Se celebraba a la sazón en Wilhemstad una asamblea general de fracmasones; y ninguna otra se había aproximado a esta, así por el número de los elegidos como por la variedad de las sectas de que se componia; Knigge se aprovechó de esta circunstancia, y desde el instante en que los diputados masones fueron iluminados, los progresos de la secta de Weishaupt llegaron a ser imponentes.
     Lo mas deplorable es que se alistasen algunos eclesiásticos en una conjuración semejante. Los archivos de la orden contienen los nombres de algunos sacerdotes, de curas y hasta del prelado Hoeleim, vicepresidente del consejo espiritual de Munich, obispo de Kherson para la Iglesia, y hermano Philon de Biblos para Weishuapt, que desde su santuario de Ingolstad presidia a todos los conjurados, y que, a manera de emperador subterráneo, tuvo bien pronto mas ciudades en su conspiración que el jefe del santo imperio romano tenia bajo su dominio. Esta admirable extensión se explica muy bien por la facilidad con que los iluminados se introducían en las logias masonicas, y la preponderancia que los misterios de Weishaupt adquirían en ellas de día en día.
     ¡Cosa increíble! Ademas de los adeptos de todas clases, el iluminismo contó en su seno varios príncipes soberanos. Solo en Alemania hubo cinco que se agregaron a él. Estos tontos ilustres no conocían sin duda la aversión que el fundador tenia a toda clase de independencia; Weishuapt probablemente les había dispensado el juramento que hacía prestar en los últimos grados de detestar a los reyes; no les había revelado mas que lo que podía decir a estos príncipes incrédulos sin ofenderles; a saber, sus proyectos hostiles contra la religión y su horror hacía los sacerdotes. Tal era la ceguedad, que cuando Weishuapt, proscrito de su patria como traidor a su soberano, tuvo que buscar un asilo fuera de la Baviera, fue acogido, colmado de pensiones y distinguido con el título de consejero honorario en la corte de Ernesto Luis, duque de Sajonia-Gota.  

martes, 2 de junio de 2015

ILUMINADOS

     Nombre de unos herejes que aparecieron en España hacia el año 1575, y a quienes los españoles llamaban alumbrados. Sus jefes eran Juan de Villalpando, natural de Tenerife, y una carmelita, llamada Catalina de Jesús. Muchos de sus discípulos entraron en la Inquisición y sufrieron la pena de muerte en Córdoba; otros abjuraron sus errores.
     Los principales que se les atribuyen son, que por la oración sublime a la cual llegaban, entraban en un estado tan perfecto que ya no necesitaban de sacramentos, ni de obras buenas; que podrían entregarse sin pecar  las acciones mas infames. Molinos y sus discípulos siguieron algún tiempo después esta misma doctrina.
     Esta secta fue renovada en Francia en 1634, y los guerinos, discípulos de Pedro Guerin, se agregaron a estos sectarios; pero Luis XIII hizo que los persiguiesen con tanta eficacia, que fueron destruidos al momento. Pretendían que Dios había revelado a uno de ellos llamado Fr. Antonio Bocquet, una practica de fe y de vida supereminente, desconocida hasta entonces en toda la cristiandad; que por este medio se podía llevar en poco tiempo al mismo grado de perfección que los Santos y la Virgen María, quienes en el concepto de estos herejes no habían tenido mas que virtudes comunes. Añadían que por este medio se llegaba a una unión con Dios tan estrecha, que todas las acciones de los hombres quedaban desfiguradas; que llegando a esta unión, era preciso dejar obrar en nosotros a Dios solo, sin hacer nada por nuestra parte. Sostenían que todos los doctores de la Iglesia habían ignorado lo que es la verdadera devoción; que San Pedro, hombre sencillo, no entendió nada de la espiritualidad, igualmente que San Pablo; que toda la Iglesia estaba en las tinieblas y en la mayor ignorancia sobre la verdadera practica del Credo. Decían que no era permitido hacer todo lo que dicta la conciencia; que Dios a nadie ama mas que así mismo; que era preciso que su doctrina se extendiese dentro de diez años por todo el mundo, y que entonces ya no habría necesidad de mas sacerdotes, ni religiosos, ni curas, ni obispos, ni otros superiores eclesiásticos.

ILUMINADOS AVIÑONESES
     Pernety, benedictino, abad de Burkol, bibliotecario del Rey de Prusia; el Conde Grabianka, estaroste polaco; Brumore, hermano del químico Guyton-Morveau; Merinval, que era empleado de hacienda, y algunos otros se habían reunido en Berlin, para ocuparse de ciencias ocultas. Buscando los secretos del porvenir en la combinación de los números, no hacían nada sin consultar la santa cabala; así es como llamaban el arte ilusorio de obtener del Cielo respuestas a las preguntas que le dirigían. Algunos años antes de la revolución creyeron que una voz sobrenatural, emanada del poder divino, les ordenaba el partir para Aviñon. Grabianka y Pernety adquirieron en esta ciudad cierta especie de crédito, y fundaron una secta de iluminados, que tuvo muchos partidarios ahí y en otras partes.
     Bajo el nombre del Padre Pani, dominico, comisario del santo Oficio, se publicó en Roma en 1791 una colección de documentos concernientes a esta sociedad: el Padre Pani dice que Aviñon a visto nacer después de algunos años una secta que pretende estar designada por el Cielo para reformar el mundo, estableciendo un nuevo pueblo de Dios, Sus miembros, sin excepción de edad ni de sexo, se distinguieron no por sus nombres, sino por una cifra. Los jefes, que residen en Aviñon, son consagrados por un rito supersticioso. Ellos se dicen muy apegados a la religión católica, pero pretenden estar asistidos de los ángeles, tener sueños e inspiraciones para interpretar la Biblia. El que preside a las operaciones cabalísticas se llama patriarca pontífice. Hay también un rey destinado para gobernar este nuevo pueblo de Dios. Octavio Cappelli, sucesivamente criado y jardinero, que estaba en correspondencia con estos iluminados, pretendía tener respuestas del Arcángel San Rafael, y haber compuesto un rito para la recepción de los miembros: la inquisición le formó un proceso, y le condenó a siete años de detención. La misma sentencia persigue a esta sociedad, por atribuirse falsamente apariciones angélicas, sospechosas de herejía; prohíbe agregarse a ella, hacer su elogio, y manda denunciar sus adictos a los tribunales eclesiásticos. Pernety, nacido en Ruan en 1716, muerto en Valencia (de Francia) en 1801, tradujo del latín, de Swedenborg, las maravillas del cielo y del infierno. Los swedenborgianos se habían jactado de tener correligionarios en Aviñon; pero esta esperanza se desvaneció al saber que los iluminados aviñoneses adoraban a la Santísima Virgen, de quien hacían una cuarta persona, agregada a la Trinidad. Este error no era nuevo, porque los coliridianos atribuían la divinidad a la Santísima Virgen y le ofrecían sacrificios. Klotzio habla de un tal Borr, que pretendía que la santísima Virgen era Dios, que el Espíritu Santo había encarnado en el cuerpo de Santa Ana, que la Virgen santísima, contenida con Jesucristo en la Eucaristía, debía por consiguiente ser adorada como él: este Borr o Borri fue quemado en efigie en Roma, y sus escritos lo fueron en realidad el 2 de enero de 1661.
     Los iluminados aviñoneses se dice que renovaban también las opiniones de los milenarios; se les ha acusado hasta de admitir la comunidad de mujeres; mas la clandestinidad de sus asambleas ha podido favorecer semejante imputación, sin ser por eso una prueba de que sea fundada.
     Habiendo muerto Pernety, la sociedad que en 1787 se componía de una centena de individuos, se halló reducida, en 1804, a seis o siete. De este número era Beaufort, autor de una traducción con comentarios del Salmo Exsurgat. En ella sostiene que el Arca de la Alianza, el maná, las varas de Aaron, ocultas en un rincón de Judea, reaparecerán un día, cuando los judíos entren en el seno de la Iglesia.

miércoles, 29 de abril de 2015

ICONOCLASTAS

     Herejes del siglo VII, que se levantaron contra el culto de las sagradas imágenes; esta palabra viene del griego, icono que quiere decir imagen, y clasta yo despedazo, porque los iconoclastas despedazaban las imágenes en todos los pueblos.
     Después se dio este nombre a todos los que se declararon contra el culto de las sagradas imágenes, a los que se llaman reformados, y a ciertas sectas del Oriente que no las permiten en sus iglesias.
     Los antiguos iconoclastas abrazaron este error, unos por complacer a los mahometanos, que aborrecían las estatuas, y en todas partes las hacían pedazos, y otros por prevenirse de la murmuración de los judíos, quienes acusaban a los cristianos de idolatras por el culto de las imágenes. Sostenidos al principio por los califas sarracenos, y después por algunos emperadores griegos, como León Isáurico y Constantino Coprónimo, inquietaron el Oriente, llenándolo de turbulencia y de carnicería. En el año 726 hizo Coprónimo que se congregase en Constantinopla un Concilio de más de trescientos obispos, en el cual fue absolutamente condenado el culto de las imágenes, alegando contra él las mismas razones que alegaron los protestantes, Este Concilio no fue recibido en Occidente, ni le siguieron los del Oriente, sino por la violencia de que usó el emperador para obligar a que se ejecutase.
     En el reinado del emperador Constantino Porfirogeneto y de su madre Irene, se restableció el culto de las imágenes; esta princesa de acuerdo con el Papa Adriano, hizo que se convocase un Concilio en Nicea, que se verificó en el año 787, y en él fueron condenadas las actas del citado concilio de Constantinopla, igualmente que el error de los iconoclastas; este concilio niceno es el septimo general. Cuando el Papa Adriano envió las actas del concilio de Nicea a los obispos de las Galias y de Alemania, congregados en Francort el año 794, estos obispos las refutaron, creyendo que este concilio mandaba que se adorase a las imágenes como se adora a la Santísima Trinidad; pero esta prevención pronto fue disipada.
     En tiempo de los emperadores griegos Nicéforo, León Armenio, Miguel el balbuciente y Teófilo, que favorecieron a los iconoclastas, volvió este partido a levantar cabeza. y dichos principes cometieron contra los católicos crueldades inauditas. Su descripción se puede ver en la historia que sobre esta herejía escribió M. Maimbourg.
     Entre los nuevos iconoclastas se pueden mencionar los petrobusianos, los albigenses, los valdenses, los wiclefitas, los husitas, los zuinglianos y los calvinistas. Durante las guerras de religión cometiron estos últimos herejes los mismos excesos contra las imágenes que los antiguos iconoclastas. Mas moderados los luteranos, conservaron en lo general en sus templos algunas pinturas históricas, y la imagen del Crucificado.
     No es idolatría, ni tiene nada de vicioso el culto que nosotros damos a las sagradas imágenes; que si alguna vez se miró como peligroso, fue a causa de circunstancias que ya no existen, y en fin los protestantes no tienen razón para fundar en este culto uno de los motivos de su cisma.

jueves, 2 de abril de 2015

Humillados, Husitas

HUMILLADOS
     Orden de religiosos fundada por algunos caballeros milaneses, cuando volvieron de la prisión en que los tuvo el emperador Conrado, O según otros, Federico I, en el año de 1102. Esta orden principió A afirmarse y a extenderse en este siglo, singularmente en el Mílanesado: los humillados adquirieron tan grandes riquezas, que tenían noventa monasterios, y no llegaban a ciento setenta religiosos. Vivían con cierta relajación y con tal escándalo, que dieron al papa San Pío V justos motivos para extinguirlos.
     San Cárlos Borromeo, arzobispo de Milán, habiendo querido reformar los humillados, cuatro de ellos conspiraron contra su vida, y uno de los cuatro le disparó un tiro de arcabuz en su propio palacio estando en oración. Este santo varón, que recibió una herida muy ligera, pidió al papa el perdón para los delincuentes; pero San Pio V, justamente indignado, castigó sus delitos con el último suplicio en el año de 1570, y extinguió toda la orden, dando sus conventos a los dominicos y franciscanos. Estos ejemplos, bastante comunes de dos siglos a esta parte, deberían inspirar un saludable temor a todos los religiosos que tienen propensión a separarse de su regla.
     Había también religiosas humilladas, y el P. Helyot dice que no fueron comprendidas en la bula de supresión.

HUSITAS
     Sectarios de Juan Hus y de Jerónimo de Praga. Estos dos herejes fueron quemados vivos en el concilio de Constanza, año 1415. El primero, siguiéndolas máximas de Wiclef, enseñaba que la Iglesia es la sociedad de los justos y predestinados, de la cual no son parte los réprobos y pecadores. De aquí infería que un papa vicioso no es vicario de Jesucristo; que un obispo y sacerdotes que viven en pecado, pierden toda su potestad. Extendió también esta doctrina a los príncipes: decía que los que eran viciosos y gobernaban mal, decaían de su autoridad: adquirió un gran número de discípulos en la Bohemia y en la Moravia.
     Desde luego se echan de ver las consecuencias de esta doctrina, y de lo que es capaz un pueblo infatuado con semejantes principios. En el hecho de hacerse juez de la conducta de sus superiores espirituales y temporales, en cuanto esta le parezca mal, nada le resta sino rebelarse y tomarlas armas para exterminarlos.
     Juan Hus no llevó al principio sus errores hasta este exceso; pero, como todos los de imaginación ardiente, después de haber atacado abusos verdaderos o aparentes, combatió también los dogmas a los cuales le parecía que estaban adheridos estos abusos. Así, so color de reprimir los excesos a que daban lugar la autoridad de los papas, las indulgencias y las las excomuniones se declaró contra el fondo de toda potestad eclesiástica. Empezó a enseñar que los fieles no estaban obligados a obedecer a los obispos, sino en cuanto sus órdenes parecieran justas; que los obispos no podían separar a un justo de la comunión de la Iglesia; que su absolución no era mas que declaratoria; que era preciso consultar a la Sagrada Escritura, y atenerse a lo que ella dice, para saber lo que debemos creer o refutar. Después sostuvo la necesidad de comulgar bajo las dos especies, Toda esta doctrina fue renovada por los protestantes.
     Excomulgado por el arzobispo de Praga y por el papa, apeló Juan Hus al concilio de Constanza, que entonces se estaba celebrando: el rey de Bohemia quiso que efectivamente se presentase en el concilio para dar cuenta de su doctrina: pidió para él un salvoconducto al emperador Segismundo, con el objeto de poder atravesar la Alemania con seguridad y presentarse en Constanza: se le concedió, y Juan Hus por su parte protestó públicamente, que si el concilio podía convencerle de algún error, no rehusaba sufrir la pena debida a los herejes; pero hizo ver por su conducta que no era sincera su declaración. Después de haber sido excomulgado, no dejó de dogmatizar por el camino, y celebrar el santo sacrificio de la misa: lo mismo hizo en Constanza, donde trató también de escaparse; pero le detuvieron a la fuerza.
     Convencido de haber enseñado los errores que se le imputaban, persistió en ellos, y se resistió a retractarse: el concilio pronunció su degradación, y le entregó al brazo secular. El emperador le entregó en manos del magistrado de Constanza, quien le condenó a ser quemado vivo, y fue ejecutada la sentencia. Jerónimo de Praga abjuró al pronto los errores de su maestro, y fue puesto en líbertad: pero, avergonzado de su abjuración, volvió a sus errores, y le tocó también la suerte de ser quemado.
     Los husitas, furiosos con el suplicio de sus dos jefes, tomaron las armas en número de cuarenta mil hombres, talaron la Bohemia y las provincias vecinas a fuego y sangre, fueron precisos diez y seis años de guerra continua para someterlos.
     Todos estos hechos están sacados de la Historia del concilio de Constanza compuesta por el ministro Lenfant, apologista decidido de Juan Hus.
     Los protestantes a quienes copian los incrédulos, sostienen: 
      que el emperador y el concilio violaron el salvo conducto concedido a este heresiarca. Este salvoconducto, referido literalmente por Lenfant, expresaba que Juan Hus pudiese llegar a Constanza con seguridad, sin que se le retuviese ni se le maltratase en el camino. Pudiera haber recibido malos tratamientos por venganza, porque hizo revocar los privilegios concedidos a los alemanes en la universidad de Praga. El emperador no daba mas seguridades que las que hemos dicho. Es un desatino suponer que este salvoconducto bastaba para poner a Juan Hus a cubierto de la condenación del concilio, a cuyo tribunal él mismo había apelado, y por quien quería el rey de Bohemia que fuese sentenciado: pretender que el emperador no tenia derecho para castigar las sediciones que había causado este heresiarca es otro desatino: el rey de Bohemia no pensó que este fuese un atentado contra su autoridad.
     Juan Hus abusó de su salvoconducto, predicando y celebrando misa en el camino de Constanza; no alegó su salvoconducto para defenderse de la sentencia de los magistrados; no sostuvo la incompetencia de estos ni la del concilio.
      Sus apologistas dicen que el concilio Constanciense declaró por su conducta y por un decreto formal, que no se obligaba aguardar la fe a los herejes; esto es una falsedad. Este pretendido decreto no se halla en las actas del concilio, y si se presentó o publicó, no hay duda que fue suplantado entonces o con el tiempo.
     ¿Qué razón puede haber para que el concilio expidiese este decreto, si no hay duda de que no violó la fe pública respecto a este heresiarca? El concilio se limitó a juzgar de su doctrina, a degradar un hereje obstinado, y a entregarle al brazo secular; en esto no traspasó los límites de su autoridad.
      Dicen que Juan Hus fue condenado al fuego por sentencia del concilio: tercera impostura. El concilio censuró su doctrina, condenó al fuego sus libros, le degradó del carácter eclesiástico, y le remitió al emperador para que dispusiese de su persona: el emperador le entregó al magistrado de Constanza. Juan Hus enviado por éste al suplicio, no porque su doctrina fuese herética, sino porque era sediciosa porque había causado ya turbulencias y violencias, y se empeñaba en persistir y continuar predicándola. Decir que un soberano pierde su autoridad si gobierna mal y es vicioso, y que este caso no hay obligación de obedecerle, y que es licito resistirle, es una doctrina sediciosa y contraria a la tranquilidad pública, ningún soberano debe tolerarla, y así el emperador como el Rey de Bohemia estaban igualmente interesados en que se castigase al autor de una doctrina tan perniciosa.
      Afectan repetir que la matanza que hicieron los husitas fue una represalia de la crueldad de los pp. de Constanza: nueva calumnia. Aun cuando Juan Hus no hubiera sido quemado, no dejarían sus discípulos de ser tan bárbaros como fueron: habían principiado ya sus depredaciones y sus violencias antes de la condenación de su maestro. Era un fanático audaz, turbulento, feroz con el número de sus prosélitos, e incorregible. Si hubiese podido volver a la Bohemia, hubiera vuelto a predicar con mas vehemencia que nunca, y hubiera continuado sublevando los pueblos y alentando su pillaje: esto es lo que temió el emperador. La furia de los husitas solo prueba la violencia del fanatismo que bebieron en la doctrina de su maestro. ¿No fueron castigados los jefes de los anabaptistas cuando en el siglo siguiente renovaron en Alemania con cuarenta mil hombres las mismas escenas que los husitas representaron antes en la Bohemia?
     Pero los enemigos de la Iglesia católica no respetan la verdad de los hechos, ni tienen miramiento a sus circunstancias, ni a la certidumbre de los monumentos. A pesar de las pruebas mas evidentes, repetirán siempre que los PP. del concilio de Constanza violaron el salvoconducto del emperador; que condenaron al fuego a Juan Hus y a Jerónimo de Praga por sus errores, y que fueron la causa del furor y del fanatismo de los husitas.
     Tal es la idea que de este punto de historia quiso darnos Mosheim en su Historia eclesiástica, siglo XV, part. 2 c. 2, § 3 y sig.; pero afortunadamente confiesa muchas verdades que bastan para desengañar a los lectores :
    Confiesa que Juan Hus emprendió en el año de 1408 separar la universidad de Praga de la jurisdicción de Gregorio XII, y que este proyecto bastó para concitarle el odio del clero: ¿qué derecho tenia para formar esta empresa ?
      Confiesa que este doctor, obstinadamente adicto a la opinión de los realistas, persiguió a todo trance a los nominales, que eran en número muy considerable en la universidad de Praga.
     3° Que alarmó contra sí toda la nación alemana en el hecho de privarla de dos o tres votos que había tenido hasta entonces en esta universidad, y que por haberlo ejecutado fue causa de que desertase el rector con dos mil alemanes y se retirasen a Leipsick.
      Que sostuvo públicamente las opiniones de Wiclef, y declamó violentamente contra el clero.
      Que manifestó el mayor desprecio a la excomunión que fulminó contra él el papa.
      Que su celo fue tal vez demasiado fogoso faltando muchas veces a la prudencia. Sin embargo no deja Mosheim de llamar a este fanático turbulento grande hombre, de una piedad sencilla y fervorosa, ¿bastará declamar contra el papa y contra la Iglesia para ser hombre grande a juicio de los protestantes?

     Por otra parte, Mosheim pasa en silencio muchos hechos indudables. 1° Juan Hus apeló al concilio de la excomunión que contra él pronunció el papa; por consiguiente se sometió por su voluntad al juicio del concilio. 2° Declaró públicamente que si podía este convencerle de herejía, no rehusaba sufrir la pena impuesta contra los herejes. 3° Había abusado de su salvoconducto predicando y celebrando a pesar de la excomunión. 4° En varias disputas que sostuvo en Constanza contra los teólogos católicos, fue convencido de haber enseñado los errores de Wiclef condenados ya por la Iglesia, y fueron refutadas victoriosamente todas sus objeciones; así que puede decirse que él mismo pronunció de antemano el decreto de su condenación.
     ¿Cómo se atreve su apologista a sostener que Juan Hus fue víctima del odio de los alemanes y de los nominales; que su condenación no tiene la mas mínima apariencia de equidad, y que su muerte fue una violación de la fe pública? No lo juzgó así el mismo Juan Hus, porque no recusó la autoridad del concilio, ni reclamó su salvoconducto; pero declaró que quería mas ser quemado vivo, que retractar sus opiniones. El mismo Mosheim confiesa que la profesión que hacia publicamente Juan Hus de no reconocer la autoridad infalible de la Iglesia católica, debía ser suficiente para que se le declarase hereje en consideración al modo de pensar de aquel tiempo. La dificultad está en saber si la Iglesia católica debía cambiar su creencia a fin de autorizarse para absolver a un hereje.
     Conviene también Mosheim en que los husitas de Bohemia se rebelaron contra el emperador Segismundo, su soberano, y tomaron las armas, porque se trató de que se sometiesen a los decretos del concilio de Constanza. Ibid., c. 3, § 3.
     Aunque confesaban que los herejes merecían la muerte. sostenían que Juan Hus no era hereje. y que había sido quemado injustamente. ¿Qué derecho tenia un ejército de ignorantes para juzgar si una doctrina era herética u ortodoxa?
     Después que los husitas aumentaron en número muy considerable, duro poco tiempo su unión y se dividieron en dos partidos: unos fueron llamados calixtinos, porque querían que se diese al pueblo la comunión del cáliz. Exigian también que se predicase la palabra de Dios sin superstición; que el clero imitase la costumbre de los apóstoles, y que los pecados mortales fuesen castigados de una manera proporcionada a su enormidad. Entre ellos un tal Jacobel quería que la comunión se administrase bajo las dos especies aun a los niños. Los otros fueron llamados taboritas, por un monte de las cercanías de Praga, en el que se fortificaron, y le dieron el nombre de Tabor. Eran mas fogosos que los calixtinos, y llevaban mas adelante sus pretensiones; querían que se redujese el cristianismo a su primitiva sencillez, que se aboliese la autoridad de los papas; que se variase la forma del culto divino, y que no hubiese en la Iglesia más jefe que Jesucristo... Fueron tan insensatos que se atrevieron a publicar que Jesucristo vendría en persona con una antorcha en una mano y una espada en la otra para extirpar las herejías y purificar su Iglesia. A esta clase de husitas, dice Mosheim, deben atribuirse todos los actos de crueldad y barbarie que se cometieron en Bohemia en los dieciséis años de guerra; pero es difícil decidir cual de los dos partidos cometió mayores excesos, el de los católicos o el de los husitas.
     Supongámoslo por un momento. Por lo menos es preciso confesar que los husitas fueron agresores, y que no aguardaron el suplicio de Juan Hus para ejercer contra los católicos toda especie de violencias. Aun cuando en la Iglesia hubiera errores y abusos, no tocaría el reformarlos a un tropel de sediciosos y de ignorantes. ¿Qué convenio podía hacerse con ellos, sino se convenían entre sí mismos? Confiesa Mosheim que sus máximas eran abominables; que querían que se emplease el hierro y el fuego contra los enemigos de Jesucristo, y que daban esto nombre a sus propios enemigos: de semejantes hombres no se podía esperar mas que crueldades e injusticias.
     El año de 1433 consiguieron los PP. del concilio de Basilea reconciliar a la Iglesia con los calixtinos, concediéndoles el uso del cáliz en la comunión; pero los taboritas se mantuvieron incorregibles; iniciaron entonces a examinar su religión y darle, según Mosheim, un aire racional. Ya era tiempo después de diez y seis años de sangre y desordenes continuos. Estos taboritas reformados son los mismos que los hermanos de Bohemia, llamados también picardos o más bien begardos, que se unieron a Lutero en tiempo de la reforma.
     Este fue el motivo de la protección que los protestantes dispensaron a los husitas; primero fueron precursores, y después discípulos de Lutero. No nos parece que esta sucesión hace mucho honor a los luteranos.
     1° Resulta de los hechos que ellos mismos convienen, que los husitas se condujeron en este cambio, no por celo de la Religión, sino por un furor ciego, puesto que no iniciaron el arreglo de un plan de religión sino hasta dieciocho años después de la muerte de Juan Hus. 
     2° No nos dice Mosheim en que consistía esta religión que él llama razonable, y que tan fácilmente se amalgamó con el protestantismo. ¡Es un prodigio bastante nuevo una religión razonable formada por unos fanáticos insensatos y furiosos!
     3°. Es evidente que Lutero tomó de las obras de Wiclef y Juan Hus, no solamente los dogmas que predicó, sino también las máximas sanguinarias que se encuentran en sus escritos, e hicieron que los anabaptistas renovasen en Alemania una parte de las escenas sangrientas que representaron en Bohemia los husitas.