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sábado, 18 de septiembre de 2010

El deber de cada hora

MEDIOS PARA FORTALECER EL CARÁCTER
AGENTES INTERNOS

La vida es el ejercicio del deber


La perfección de la persona humana se manifiesta por las acciones exteriores, y tiene su origen en una convicción interior.
La convicción interior, recibe a su vez una ayuda recíproca y valiosísima de las acciones exteriores. Son una sociedad de socorros mutuos. La convicción interna hace aflorar las acciones, y las acciones afirman la convicción interior. La semilla produce la planta, pero la planta produce también las semillas. El cultivo externo desarrolla la fuerza de la semilla.
La virtud produce el cumplimiento del deber, pero el ejercicio del cumplimiento del deber, termina por hacer fácil y robusta la virtud.
El árbol produce las hojas, pero las hojas abonan también al árbol.
Llena la inteligencia del cumplimiento del deber, y la práctica te lo hará cada vez más expedito.
Deber «es la exigencia a la obligación del momento».
Es el objetivo de una voluntad fortalecida: es la arcilla endurecida que no se resquebraja al chocar con la dureza, o el acero bien templado que resiste el choque con el pedernal.
De saber cumplir con tu deber, depende la suerte de tu vida.
Porque el porvenir no es del que busca el placer, sino del que sabe sufrir y sacrificarse.
«El que pierde su vida la salvará», dice el Señor. Es como decir: el que desprecia su felicidad temporal conseguirá la eterna.
En la tumba de un conquistador se lee: «Se esforzó en cumplir con su deber
«Dormí y soñé que la vida es una belleza, desperté y advertí que era un deber
Un deber que cumplir, y que si se emprende con ánimo resuelto, no es difícil de superar.
Alberto de Inglaterra decía a sus condiscípulos: «Todo lo que debemos hacer, es digno que lo hagamos con exactitud, sea que cultivemos nuestra inteligencia, sea que lustremos nuestros zapatos; hagámoslo acabadamente bien.»
Decía Goethe: «Procura cumplir con tu deber, y no tardarás en saber lo que hay en ti
Sabrás lo que vales, incluso ante Dios, en la medida que cumplas con tu deber. El deber es la deuda que tenemos con Dios. El es quien únicamente nos puede obligar. Su voluntad se manifiesta en el deber que nos prescribe. Cumplir con el deber es acoplarse con su voluntad en cada momento. Nuestro deber es su consigna en cada instante. Es la fuente única del mérito supremo.
El que hace sólo aquello que debe hacer, paga su deuda con Dios.
La obligación de cada momento produce héroes en todas las profesiones.
La gesta de Guzmán el Bueno o del General Moscardó al consentir en el sacrificio de sus hijos, no pasó del cumplimiento del deber en circustancias excepcionales.
Don Juan de Austria ante la batalla de Lepanto corría ante las naves y les decía: «Hijos, a vencer hemos venido o a morir, si así Dios lo dispone para su gloria y su nombre

El deber es nuestra justicia

La moral cristiana no es un catálogo de prohibiciones o limitaciones, sino de prescripciones positivas ordenadas a la adquisición de cualidades que nos hagan semejantes a Dios. Por eso las virtudes nos hacen grandes, y sin ellas los santos hubieran sido muy pequeños.
Ir contra nuestros gustos no es injusticia. Lo injusto es ir contra nuestros deberes.
Es doctrina difícil de comprender, porque es difícil de cumplir.
La verdad no siempre se acopla a nuestros gustos.
La ley del deber no es «esto me gusta» o «aquello no me gusta», sino «esto es bueno», o «aquello no es bueno».
Y cuanto en la edad juvenil más hondos echen sus cimientos estas convicciones, más sólidas serán las columnas de tu carácter. De los niños caprichosos salen los hombres volubles.
Esto es lo digno y modo viril de proceder. Ha pasado el tiempo de los infantil. El hombre incipiente ha de tener cabeza para elegir dejando a un lado los sentimientos. Ya es tiempo de que no duden los demás que en vosotros hay uso de razón.
La ley no es un capricho, sino la forma de conquistar el bien ordenado por Dios.
Cumplir con la ley supone poner el alma en ebullición. Te sucederá entonces como al acero: entra en el agua gimiendo y resoplando, y sale con un temple duro y flexible.
Dijo un canciller alemán: «Si no fuera cristiano no serviría al rey ni un momento más. Los títulos y decoraciones no tienen para mí valor ninguno. Quitadme la fe en Dios, y haría la maleta para escaparme a Varzin, para atender a mis labranzas.»
Le mantenía en el deber la convicción de ser impuesto por Dios.
Esta es también nuestra razón. No es ganarte un premio, porque cuando te falte el aliciente de la paga, te faltarán también los bríos. Cumplir con el deber atraído sólo por el premio, desarrolla el egoísmo, y en aras de tu egoísmo, mañana venderás tu conciencia.
Sobre la ayuda circustancial de los premios, coloca la obligación que nace de la expresa voluntad de Dios. Esto irá produciendo en ti el sentimiento cristiano de cumplir con tus obligaciones.
El convencimiento para llegar hasta el cumplimiento del deber, ha de salir de uno mismo, al ver la ventaja de ser bueno.
No cumplamos con el deber por los halagos de quienes nos mandan, o por las alabanzas que se nos prodigan.
Estos alicientes serán legítimos, pero a la larga no son educativos.
Dice el Señor: «Estas cosas se deben hacer, pero las otras no se deben omitir.»
Cumplir con el deber no siempre es sinónimo de privarse; esto aun en esta vida tiene sus ventajas: la satisfacción que trae siempre el deber cumplido.
Estar en paz con Dios reporta más satisfacciones que ningún otro bien. Rothschlid con todos sus millones, no estaba contento, porque era odiado, y amenazado de muerte. Ahora con su dinero sus nietos coleccionan escarabajos, y subvencionan divorcios.

El deber realza la personalidad

Gentes de menor valor intelectual se colocan por encima de hombres de mayor inteligencia, porque supieron cumplir con sus obligaciones.
El que se esfuerza en llenar su puesto, se hace indispensable y dueño de la situación.
El único fracaso de la vida, es no ser fiel a su deber.
Greely fue el primer explorador del Polo Artico. Su nave fue aprisionada y destrozada por los hielos. Salvado después de largos padecimientos, le preguntaron: ¿Cómo había podido resistir? Y respondió: Con el sentimiento del deber. Sentía que debería morir, pero tenía que salvar un objetivo y a mis hombres. Hubiera preferido morir a sufrir tantos dolores.
La prosperidad del hombre no está en el éxito deslumbrador, aunque así lo crea la mayoría, sobre todo si estos éxitos se consiguieron con medios turbios. El valor de la persona está en hacer bien lo que se ha de hacer, aunque los resultados no tengan apariencias.
Esta fue la práctica de Jesucristo. Unas veces las gentes le admiran, otras le odian, y El ni por una cosa ni por otra, se sale del camino del deber. Con frecuencia las gentes no se enteran de sus esfuerzos, ni de sus obras, y sin embargo éstas nunca fueron estériles.
Servirse del prójimo para encaramarse sobre él, como sobre un pedestal para sus fines egoístas, no constituye el verdadero éxito, no es lo que Dios quiere. No es suyo lo que luce, y tarde o temprano llegará a una caída ruidosa, aun humanamente hablando.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Agilidad para ser mejores


MEDIOS PARA FORTALECER EL CARACTER

A) AGENTES INTERNOS
(I)


El habito es cauce

El hábito es una cualidad que radicando en ti mismo, hace hábil una potencia inclinándola a producir un acto propio de ella.
Los hábitos son tan numerosos como las aptitudes humanas. Hábitos son la puntería en el tiro, la paciencia en la adversidad, la reacción ante el peligro.
«Se pueden usar a voluntad, y hacen más pronta v deleitable la operación», tanto si se trata de buenas como de malas acciones. Son cualidades que ponen nuestras potencias a punto de acción.
La educación tanto corporal, social o espiritual, no es otra cosa que la adquisición voluntaria de buenos hábitos interiores o exteriores.
La naturaleza tiende a crearlos: canales por donde se desliza la fuerza motriz del alma. Los surcos del campo son como conductos abiertos por el arado que hiere las entrañas de la tierra: por ellos correrá el agua sin desparramarse inútilmente.
Aprender un oficio es adquirir hábitos, encauzar energías, trabajar la madera, moldear la arcilla, tocar el piano, toda acción repetida engendra una costumbre.
La voluntad imperando sobre el cuerpo, le hace ejecutar una serie de actos que, repetidos, dan a las células, especialmente a las nerviosas, una disposición particular que las orienta en un sentido determinado; actos que canalizan en una dirección concreta la vitalidad de esas células que componen nuestros miembros, partes integrantes de nuestro sér.
Tu cuerpo es la suma de esas células. Y tu carácter es la suma de las direcciones impresas en esas células.
Las tendencias, inclinaciones o facilidad para una determinada acción, están entretejidas en ese enrejado de tu carne, tirando con sus hilos invisibles de tu voluntad, torciéndola hacia el bien o hacia el mal.
Si a esta actividad se suma una conciencia reflexiva, la huella será más profunda. Son dos elementos trabajando en una misma dirección: carne y espíritu.
La facilidad o habilidad para el desempeño de un oficio, se debe a un hábito mecánico; la expedición en los actos de virtud, se debe también a un hábito moral. Los hábitos son para los hombres, como los cauces para los ríos: no salen de madre sino en casos extraordinarios.
De no haber habido pecado original, todas nuestras tendencias se orientarían hacia el bien con deleite. Dejarse llevar de la naturaleza, creada por Dios pura y recta, era lo suficiente para ser bueno. Ahora no. Tenemos inclinaciones y potencias aviesas, que hay que enfilar hacia el bien violentando sus apetencias. Para acercarnos al estado de justicia original, nos hacen falta ejercicios que hagan expeditas esas potencias a contrapelo de nuestros apetitos naturales.
¡Qué tormento los primeros meses de piano!, ¡ qué angustia los primeros cigarros! Pero adquirida la expedición, se arrancan agradables melodías al instrumento, y la náusea del primer cigarro, es reemplazada por el deleite.
¿De qué nos admiramos si para ser buenos sentimos el desaliento ante una cuesta de pronunciado declive? El descanso vendrá en la cima: «Sic itur ad astra: Así se llega a la cumbre

El hábito se conquista

El hábito no es automatismo, sino una costumbre adquirida y ejercitada deliberadamente. Son conquistadas, porque no nacemos con ellas, sino que las añadimos a nuestro carácter. Nos ahorran un desgaste de energías facilitando el ejercicio de nuestras potencias.
El emperador Guillermo II, era tal la costumbre que tenía de cabalgar, que para sentarse en su despacho, poseía un dispositivo especie de Clavileño con su silla de montar. Así despachaba y afirmaba, que de esa manera pensaba de una forma más clara y concisa. Su cuerpo, acostumbrado a esta posición, se encontraba más en su centro, e impedía menos el ejercicio de las potencias espirituales.
Somos un conjunto de alma y cuerpo. Entre estos dos elementos reina no solamente una relación amistosa, sino una identidad que llamamos hombre. Ese «yo» que es cada uno.
El hombre en su infancia se diferencia poco del cachorrillo. Por ello se han de imponer desde fuera, los actos que originan las costumbres: obligarles al deber.
En la adolescencia junto con esa imposición forastera, debe correr paralela la cooperación interna. Si no hay coordinación voluntaria de aspiraciones, todo resbalará. Se ha de aceptar el punto de vista del educador y de la ley, entonces el hábito irá calando nuestras formas y costumbres.
El niño viene al mundo con una serie de vacíos que llenar, que en la edad madura se convertirán en una serie de costumbres. Es la masa informe que moldeada día tras día se convierte en una figura concreta. Cada chico lleva dentro de sí su porvenir, porque lleva la posibilidad de llenar un vacío disponible en su cuerpo, con elementos para el bien o para el mal.

Andando se aprende a andar

No hay otro camino para adquirir la facilidad de superar dificultades, que desarrollar las potencias con el ejercicio.
El general Castellnau preguntó al general norteamericano Passing su opinión para ganar batallas. «Enfrentarse con los alemanes», le contestó.
La mejor regla para saber guerrear es meterse en la guerra total.
Si acostumbramos al galgo a los platos y pucheros de la cocina, no esperemos que husmee la liebre. El lebrel se ha de acostumbrar a coger la presa, y acostumbrado precederá a su amo en la caza.
El buey y el caballo enganchado al carro, intenta sacudir el yugo, pero de tal suerte llega a acostumbrarse, que suelto vuelve espontáneamente al tiro.
Ninguna naturaleza aviesa es invencible. No se puede decir «soy así».
Ni eres así ni serás así. Toda naturaleza por viciada que esté es susceptible de reforma. Mientras aliente en ti la vida, no seas el alma monia (sic) de un faraón. Cada día sufres una experiencia que puede modificar tu carácter.
A San Francisco de Sales, de naturaleza violenta, se le llamó el santo de la amabilidad.
«Todos llevamos la posibilidad de ser un santo o un delincuente.»
Es verdad que lo podrido se extiende, y la mala hierba se desarrolla por sí misma, mientras hay que cultivar lo bueno y arrancar lo malo, pero en manos del agricultor está cultivar y arrancar.
Un hábito tanto será más profundo cuanto más sea el tiempo transcurrido en él. En un árbol tanto más hondas serán sus raíces, cuanto más viejo sea.
Arrancar un hábito es como arrancar un clavo, y esto es tanto más difícil cuanto más hundido esté en la madera, y ésta sea más dura.
Pero un hábito se vence con otro hábito, y un clavo se saca con otro clavo.
Una troupe de focas de circo fueron liberadas en un naufragio, y se reunieron en el mar con un rebaño de focas salvajes. Mucho tiempo después, su domador pasaba casualmente por las rocas donde sus focas dormían, y llamó en alta voz a un amigo. De repente cinco focas se separan del rebaño que tomaba el sol, y con sus aletas comienzan a dirigirse torpemente hacia su antiguo domador. Habían reconocido su voz.
Es difícil olvidar lo que se ha vivido formando parte de nuestras operaciones.
Los hábitos son algo así como las enfermedades crónicas: sólo llegan a ser vencidas después de cuidados constantes. Son como las serpientes, que golpeadas y dejadas por muertas, volviendo en sí muerden.
El mal hábito no se desarraiga sólo por la fuerza, sino con ideas que vayan suplantando los sentimientos que dan origen a las malas obras.

Tiempo de aprendizaje

Ninguna otra época ofrece tantas facilidades para aprender las artes de la habilidad y moralidad. Las imágenes motrices se gravan sin resistencia en nuestro cerebro, y en los órganos de nuestro cuerpo que han de realizarlas. En el aprendizaje de las lenguas, las cuerdas bucales se acoplan mejor a los sonidos, y las voces se gravan mejor en la memoria; en las artes plásticas las manos se adaptan más fácilmente a los movimientos para plasmar la imagen dibujada en la fantasía.
De forma semejante en la adolescencia y juventud, las costumbres y hábitos morales se escriben con facilidad sobre la materia blanda y sin fraguar.
Los animales adquieren hábitos por instinto o mecánicamente por educación. Así se les amaestra para el circo y la caza.
Nosotros los adquirimos por razón: sobre nuestros miembros se gravan los movimientos que señala nuestra inteligencia.
Se cruza un prado y apenas se deja rastro sobre la hierba; se vuelve a pasar una y otra vez, y se abre una senda expedita, por donde antes a causa de los zarzales dejábamos pedazos de nuestra piel.
Los actos repetidos sin pretenderlo, se abren paso en las potencias espirituales y volitivas. Por eso somos nuestros propios artífices, porque la fuerza del hábito se impone: el borracho conoce su mal y sufre su propia degradación, pero no puede dominarla, y llega hasta el suicidio para librarse a sí y a los suyos de una vergüenza.
Las malas inclinaciones son el castigo y la venganza de una naturaleza que no se quiso educar; el desgarrón de la propia persona que se ve arrastrada por la parte inferior.
Estas inclinaciones adheridas a la naturaleza por el hábito, se hacen tan influyentes, que al darse determinadas circustancias, se disparan como pendientes de un dispositivo: Haydin se equivocaba cuando no tenía el anillo con el que se había acostumbrado a tocar. Buffón no podía escribir sino en traje de gala.
El hábito llega a imponer exigencias fisiológicas, que al ser cultivadas, llegarán a constituir una necesidad, que sólo se aquieta momentáneamente con el objeto apetecido.
Las células hepáticas, por ejemplo, acostumbradas a comer a una hora determinada, cuando llega ésta, advierten que es ya el tiempo de funcionar. Esto sucede en todas las células del cuerpo especializadas en un oficio: habituadas a ciertas acciones se hacen exigentes, a veces de forma irresistible, y empujan al licor, a la comida o a la sensualidad, según que se las haya acostumbrado.

Preparan los caminos

A medida que se repite un acto pasional o virtuoso, llega a ser más espontáneo y fácil.
Para la adquisición de las buenas costumbres hay que aprovechar las disposiciones propicias y circustanciales: en momentos de optimismo gravar la adversión al vicio, porque entonces los actos quedan más hondamente impresos en el hombre, que los realizados a contrapelo.
Aprovechar los estados favorables del alma, para cercenar pasiones o fomentar virtudes, es tan estratégico y legítimo, como para un general aprovechar las debilidades del enemigo para combatirlo, o la buena moral de los soldados para presentar batalla. La disminución de energías infligidas anteriormente al adversario, se hará sentir en los combates que cara a cara se han de seguir después.
La célula recuerda la marca de las sensaciones, que le hace cada vez más fácil el acto siguiente de vencimiento. El leucocito devora la triaca con tanta mayor rapidez, cuantas más veces se haya producido el ataque. Al dar rienda suelta a las pasiones, las células se hacen tanto más rebeldes para obedecer al imperativo de la voluntad, cuantas más veces se les haya consentido rebelarse. En lo sucesivo se realizarán los actos sin que apenas exista un aliciente externo. Así nuestros miembros siguen o resisten al imperio de la voluntad, según apetezcan o repugnen un objeto, y estas apetencias o repugnancias dependen de la intensidad de los actos repetidos, que imprimen un sello definitivo hacia el bien o hacia el mal, aunque la voluntad quede libre.

Los hábitos se arropan entre sí

Un hábito se aúna con otro hábito, como se asocian los hombres para un objetivo común. El afán de comodidad despierta la sed del dinero, y ésta no repara en el robo cubierto o encubierto que le proporciona los medios para sostener su tren de vida.
Los hábitos se apoyan entre sí, como los elementos de una fuerza nuclear. Si llegamos a desgarrar uno de los elementos que integran el átamo, viene la desintegración total del mismo. Si consigues arrancar un vicio de los que forman tu núcleo, los demás quedarán al aire, y vulnerables para el ataque. Si has desgranado una de las escamas de la piña, al quedar las otras aristas sin defensa, fácilmente se les hará saltar.
En el momento de ejecutar un propósito, supuestas dos fuerzas de voluntad sicológicamente iguales, aquélla lo llevará más fácilmente a efecto, que encuentre en su cuerpo menos resistencias.

Los hábitos nos hacen más eficaces

Los hábitos son cualidades que perfeccionan al hombre, mejorando posibilidades y potencias, que sin ellos quedarían improductivas. Son las que desentierran nuestro poder oculto.
Los dedos son ciegos, y sin embargo siguen escribiendo sin ayuda de los ojos porque los pequeños músculos adquirieron el hábito de un movimiento medido con exactitud para dibujar las letras.
La retina ejercitada en la observación, se asoció al sentido estético del pintor y produjo el artista.
A los pintores que tienen el hábito de observación, no se les escapa el detalle del panorama: todos miramos lo mismo, pero no todos vemos lo mismo. El ejercicio afirma las facultades de los sentidos.
Un sentido del cuerpo ejercitado en una sensación mala, produce al pecador.
Un sentido ejercitado en las privaciones, produce el hombre virtuoso.
Así los buenos y malos hábitos entran a formar parte de nuestro sér.
Si hay hombres de iguales posibilidades, aquél llevará la ventaja que tenga más entrenadas sus facultades.
En un diario del Duque de Gales se lee: «Es divertido ver la diferencia que existe entre una escuela ordinaria y Dartmouth (escuela naval). En la primera los estudiantes hablan de incomodidades, y en sus dormitorios tienen camas, y están todo el día sentados en la sala de estudios. Su vida no es la mitad dura que en Dartmouth, y sin embargo, nosotros estamos contentos. No puede haber nada mejor que una educación naval
Prepararse para luchar con un mar embravecido, es buen entrenamiento para la vida.
Los hombres se diferencian, no por razón de sus dotes naturales, sino por los hábitos que ponen en actividad estas dotes.
Nuestros defectos son falta de expedición para lo bueno.
Nuestras virtudes presencia de expedición para lo bueno.
Cuando estos hábitos pasan a ser cualidades de nuestro carácter, nos hacemos por su bondad o malicia, aceptables o inaceptables a los demás.

Reflexiona sobre el hábito religioso

Existen hábitos religiosos que han de adquirirse de una forma más personal y reflexiva, por tratarse de actos más invisibles que tienen su actividad en lo más recóndito de la conciencia.
De ellos nadie te exigirá cuenta como de los hábitos y maneras sociales.

Un joven educado para la sociedad, con una serie de hábitos adquiridos, posee una gran ventaja para desenvolverse en ella. Si se separa de ellos sufre un retroceso en su carrera social; si los sigue, adquiere posiciones ventajosas. El interés le acucia.
Pero el mundo no se cuida de lo religioso, ni de la moralidad privada, ni le importa que alguien en su interior se dé al diablo.
Es más, de momento Dios mismo se deja ofender o burlar, cosa que no toleran los hombres.
No hay una fuerza externa que cohiba. El hábito moral y religioso te interesa sólo a ti. Las grandes convicciones son las únicas que te retraen del mal. Si éstas faltan, el edificio se vendrá a tierra; mejor dicho, no será posible edificarlo.
En la consecución de estos hábitos, es necesario tomar la iniciativa personal. En un internado no suele haber opción entre ir o no ir a Misa, decir o no decir las oraciones; incluso en las prácticas religiosas voluntarias, como las visitas particulares a la capilla, se impone e influye la opinión de la mayoría.
Aprovecha estas circustancias favorables, pero hazlo con espíritu espontáneo. Si a todo este ambiente, que indiscutiblemente ayuda, no prestas tu colaboración interna, fácilmente abandonarás dichas prácticas, y el hábito no hará en ti surco profundo.
Funda estos actos no en puros sentimientos, sino en la razón, a fin de que tu fe no sea desvanecida por el vendaval.

El hábito contra lo imprevisto

Quien no posee hábitos para las ocasiones peligrosas, es como el soldado que en la batalla tiene las armas atascadas por la herrumbre; o como el que no hace rostro al impulso del viento, cuando éste sople un poco huracanado, no sólo quedará paralizado, sino que caerá en tierra.
Hay que reaccionar con expedición ante lo imprevisto. El ejercitado en las armas las pone a punto de lucha, para un peligro inopinado. Sus nervios entrenados por el ejercicio, posee una espontaneidad casi ciega para la defensa.
Las células nerviosas reaccionan por un estímulo determinado, como un cañón se dispara por la acción del dispositivo. Son como una línea eléctrica que al llegar al final enciende una bombilla. La sensación se ramifica como por una red telefónica, y pone en comunicación todas las oficinas del cuerpo. Ante un pinchazo en la pierna el impulso corre a través de los nervios y ganglios y llega hasta el cerebro produciendo la conciencia de un pinchazo; entonces los músculos se ponen en movimiento y se restrega.
Amaestrados nuestros sentidos por las sensaciones, ponen al servicio de la virtud la misma fisiología, pero controlada por la voluntad. Cuando el sér humano se encuentra ante el peligro, lo corporal convenientemente educado por el hábito se asocia con lo espiritual, para reaccionar en defensa del todo.
Tan hondo puede ser el buen o mal hábito, que aun dormido se reacciona en pro o en contra de la virtud. San Francisco Javier dormido arrojó sangre por el esfuerzo de vencer la tentación.
El avión fue derribado por una tormenta que se formó rápida, pero ¿no tenía medios para preverla?
Se sale de casa con una alma luminosa, y se vuelve a ella sumergida en tinieblas: un encuentro imprevisto encabrita una mala pasión.
Un bello amanecer trae una noche negra.
Pero eso no es lo ordinario: las caídas tienen una preparación paulatina, que insensiblemente va entrando a formar parte de nuestro natural.
Los caminos de la vida, como los caminos de las trincheras están enfilados por armas automáticas. Hay que ir precavidos para reaccionar ante los primeros disparos.
Si un hombre sabe que con un gran estornudo provocaría una gran explosión de dinamita, se contiene hasta reventar. Así un sér racional puede dominar cualquier impulso capaz de provocar una catástrofe mayor, como sería una grave ofensa a Dios, y la ruina de su propia alma.
Es la única manera de vivir en paz, como la forma única de ir tranquilamente caballero sobre un corcel, es dominarlo por completo.
Controla todo aquello que ha de dejar huella en ti, y evita ahora las consecuencias que luego serán irremediables.
Los que se llaman o se creen incorregibles, es porque no ponen en juego todas las reservas de su querer y sus condiciones para la lucha.
Su obrar es el impulso del apetito; el de la célula animal. Si siente un ímpetu animal lo satisface con la misma naturalidad con que bebe agua al sentirse deshidratado.
No tiene un señor que gobierne su casa, y toda ella será una ruina. Dios no podrá habitar en ella.

Somos responsables de todo

Las malas acciones cometidas sin remordimiento, y virtudes ejercitadas sin necesidad de alabanzas, no dejan de ser culpables o meritorias.
En los comienzos se sentía la satisfacción de los primeros actos virtuosos, luego todo se desliza insensiblemente. La virtud se ha hecho nuestra.
En el pecado que se ha hecho vicio, la repugnancia al mal, quizá grande en sus comienzos, es cada vez más débil y hasta nula. Los grandes principios religiosos y morales ya no cuentan. El pecado se ha metido en nuestra carne.
Pero nunca te podrás escudar con la excusa del temperamento: Todo fue voluntario. Si no te puedes contener, es porque no te quisiste prevenir.
El almendro amargo se transforma en dulce y el dulce en amargo. Los buenos se hacen malos y los malos buenos, con el ejercicio de las buenas y malas acciones.
Son muy pocos los que nacen con el temperamento equilibrado: es cuestión de buril y martillo. Dijo Miguel Angel a un admirador suyo: Todas las líneas bellas de la estatua se encuentran en el mármol, pero hay que saber sacarlas.
Los hábitos allanan resistencias. Un músico aprendió a improvisar con el órgano, y llegó a tocar mejor cuando divagaba con la mente, que cuando pensaba en la música; mediante el ejercicio mecánico habituó sus dedos a seguir el sentimiento artístico, e improvisaba sin reflexionar.
Todo aquel que quiere adquirir una cualidad, se ejercita reflexiva y pacientemente en los actos que la imprimen.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Náufragos en mar alegre


ENEMIGOS EN LA FORMACIÓN DEL CARÁCTER

Excusas inadmisibles
Ponte frente a ti mismo, y mira cómo todo cuanto haces, lo haces porque quieres hacerlo.
Para excusarte quizá creas que tus caídas son cosa natural, y que la ley de la naturaleza (llamémosla así) es más imperiosa que la ley de Dios. Si piensas así las pasiones han oscurecido y esclavizado tu inteligencia, han maleado tu corazón.
Es la defensa vergonzosa del esclavo: engañar a su señor para gozar de libertad. Si quieres gozar de li­bertad, conquístala con el dominio de tus pasiones, pero no te engañes creyendo gozar de libertad estan­do sometido a tus apetitos. Gozar de libertad es ir contra lo que se apetece, porque la voluntad habiendo roto los lazos que le encadenaban, se desenvuelve con soltura en el camino del bien.
El asno amarrado junto al pesebre, se harta de ce­bada. A esto le llamas tu libertad.
El hombre que no siente el aguijón de su concien­cia, es como el animal enfermo que no reacciona ante los alimentos.

No te canses de remar
Tu espíritu libre y ligero, lleva una carne pesada, con tendencias embarazosas, que te enredan y desani­man en el camino.
¿Pero hay cosa más ilógica que desanimarse por­que una vez no conseguí el objetivo que me propuse? Lo lógico es desquitarse en la primera ocasión. Cuan­do te propones subir una cima, toda la ascensión te parece una línea recta, pero luego surgen los obstácu­los y altibajos. Entonces es necesario un corazón cons­tante para volver a recuperar la altura perdida.
En la lucha militar cuanto más se combate una fortaleza, tanto más disminuye el índice de resisten­cia, por muy heroicos que sean sus defensores. En el Alcázar toledano a medida que pasaban los días, eran menos las municiones, vituallas y defensores. Con los lienzos de muralla, y las torres que iban desplomán­dose entre polvaredas y humo de dinamita, iba tam­bién desapareciendo la silueta señorial y guerrera del Alcázar, y hubiera terminado por sucumbir cuando todos sus defensores hubieran muerto. Así cayó el re­ducto de Santa María de la Cabeza con el último de sus hombres.
En la lucha espiritual no es así. A cada embate del enemigo se tiene más voluntad de resistencia, la for­taleza se endurece más, surge una silueta más dura y defensiva. La gracia de suyo perenne, ha aumentado su vigor, como la luz su resplandor con el aceite, o la llama con el viento. La voluntad aun humanamente hablando se habitúa al combate, y crece su maestría en la lucha, mirando este guerrear con la tranquilidad del quehacer cuotidiano de un soldado profesional.
En esta lucha del espíritu la prioridad está de tu parte, porque Dios también lo está. El éxito reside en la misma lucha, porque ante Dios perseverar en la lucha es ya la victoria.

El camino de la debilidad
La caída es un deformador del carácter, porque todo pecado es un camino de debilidades. El camino de la debilidad se aprende andándolo.
El vicio enferma el alma, y el enfermo siempre es débil, y el débil cae ante cualquier tropiezo.

«y no será una noche
sublime de huracán, en que las olas
toquen los cielos... tu barquilla leve
naufragará un día, un día claro
en que el mar esté alegre.
Te matarán jugando. Es el destino
terrible de los débiles...
Mientras un sol espléndido
sube al cénit, hermoso como siempre».
(M. Machado).

No serás el cadáver en un destrozado campo de batalla, sino en un jardín florido.
En un día fresco y transparente, cuando sobre tu frente no había negros nubarrones de tormenta, un vientecillo tronchó tus piernas de mendigo flaco. La muerte no te encontrará en el combate, sino en el aburrimiento e inanición.
No te vestirás de la gloria del náufrago que luchó noche y día con las olas gigantescas y embravecidas, y consumido de sed y de cansancio, es recogido a punto de muerte. Tu hundimiento vino lentamente, porque la contextura de tu barquilla era frágil, y no pudo resistir tu propio peso: imagen de tu voluntad quebradiza ante un ligero peligro. Se hundió tu bar­quilla en la profundidad abismal de un mar azul, por­que estaba podrida y se partió.

Defiende tu punto débil
El carácter templado es la defensa del espíritu.
El enemigo que te rodea día y noche tantea las defensas de tu castillo, y al darse cuenta del punto débil de tu carácter, dirige contra él todos los golpes para desmoronarlo.
Es necesario velar, aplicarse a curar esa debilidad, a endurecer esas blanduras, rellenarlas de piedra y hormigón. Pon pie Arme tras la puerta de tu castillo. Ya que la carne es flaca, que el enemigo encuentre un soldado de espíritu fuerte que no se asuste de reñir con él. Que tras la puerta carcomida de la carne, en­cuentre un alma aguerrida como un guerrero vestido de hierro.
Todo enemigo se aburre de luchar con adversarios resistentes. Si comienzas a ceder, esa puerta será to­mada, el boquete ensanchado, la defensa cada vez más difícil, la caída estremecedora, la ruina general, y quizá definitiva.
La condescendencia con el enemigo es falta de acometividad de carácter, de resistencia al sitiador. El enemigo es perseverante, pero su fuerza más débil que la tuya. Te supera sólo en perseverancia.
Te falta cierto militarismo espiritual: ganas de reñir.
Sin este espíritu combativo los héroes no hubieran existido, ni tampoco los grandes santos; esos caracte­res templados se hacen con la dureza del combate, porque la lucha espiritual no es un pasatiempo mís­tico, o un paseo militar, sino brega y contradicción.

Vivir alerta
Las tentaciones nos mantienen en movimientos de maniobra, y con las armas a punto para evitar sor­presas.
El agua en movimiento no se corrompe: el alma agitada con la tentación se mantiene pura y llena de vida.
La lucha es como la sístole y la diástole del cora­zón: recoge la sangre, y purificándola, la envía ca­liente y vivificante a todas las partes del cuerpo.
¿No has visto, al menos en la pantalla, esas ca­rreras de autos con velocidades de vértigo? Llegan a una curva, unos las sortean derrapando, otros vaci­lando se desvían, dan dos o tres vueltas de campana, y envueltos en llamas llegan al final de su camino. Otros como si fueran de goma se rehacen y como desperezándose siguen tragando kilómetros como si nada hubiera ocurrido. Otros, finalmente, siguen renquean­do la competición.
Algo así sucede en el deslizarse de tu vida por la pista de la existencia. Al principio todo va bien; no hay complicaciones. Viene luego la curva de la adoles­cencia o de la juventud, y del pulso o reacción de tu voluntad, depende el éxito de doblar aquel recodo. Unos se pliegan a él con maestría, otros vacilan y se rehacen, y otros se estrellan. Para los más afortuna­dos aquello sólo ha sido un lance más de experien­cias, sin haber recibido en su carne huellas pernicio­sas, otros a pesar del choque siguen adelante con sus abolladuras, y para los últimos la caída ha sido de­finitiva, quedando con el estigma enquistado del pe­cado.
Como una caída llama a otra caída, vienen las alte­raciones del carácter. «Este chico es otro», se dice. Es como un tallo sin savia, que lejos de producir nue­vos brotes languidece y muere. Hasta que llegue el último desenlace, se contenta con vegetar en el loda­zal, despreciando el terreno limpio.
Caer es perder el equilibrio y venir a tierra: no poseer seguridad de carácter, ni serenidad ante los tropiezos de dentro o los empujones de fuera. Se pier­den los bríos ante cualquier obstáculo. Caer es no aguantar el peso del deber. La voluntad dominada por el egoísmo, no respeta derecho alguno por sagrado y legítimo que sea.
Todas nuestras caídas son previsibles. No es un mero accidente de avión, en el que el aparato entra en barrena porque le falla el motor, ni es el percance de un auto al que se le rompieron la dirección o los frenos, ni un lance, en el que el motorista se encuen­tra de repente ante un gran camión, y se estrella por­que la reacción no llegó a tiempo. Los accidentes morales son fácilmente previsibles, y por ello culpa­bles. Las potencias del alma no se rompen como las piezas de una máquina. Dios hizo nuestros resortes para obedecer al primer impulso de la voluntad; no son laces imprevistos, porque todos sabemos que con las condescendencias se van debilitando paulatina­mente las fuerzas de la voluntad; como la luz de la tarde va cediendo poco a poco el paso a la noche. En lo moral nada sucede de repente. Se prevé todo desen­lace.
Nosotros conocemos o tenemos obligación de cono­cer los fallos de nuestro funcionamiento, defectos y fragilidades, contra los que nos es dado vivir alerta.
El pulso de la voluntad está lacio y sin nervio para reaccionar. No hay ideales que refrenen la pasión, y si las energías que existen en ti no producen luz, pro­ducirán llamas.
Con esta voluntad débil por la enfermedad, o maniatada por las dificultades voluntarias, actúan las otras pasiones sin control.
Eres responsable de todo acto, porque tú has crea­do sus circunstancias. Cedes ante cualquier emoción pe­caminosa: a la ira porque no supiste refrenarla a tiempo, y bajo cuyo imperio te desatas en disparates; a la impureza, porque no reprimiendo la curiosidad malsana, se levanta en ti la llamarada de la carne. En las cajas de cerillas hay un aviso: «apágame, que yo sola puedo ocasionar un gran incendio».
Pilato es el hombre que se estrella por falta de vo­luntad; ve claro no sólo la inocencia de Jesús, sino que admira extraordinariamente su santidad y poder. Frente a El ve la abyección de Barrabás, el contrin­cante de Cristo en orden a recibir las preferencias para la libertad. Pero es incapaz de decir «no» a una plebe que odia y desprecia en su corazón, y a la que otras veces ha dominado y castigado duramente. Como tú odias y desprecias tus pasiones, pero no siempre estás dispuesto a dominarlas.
Eres uno de esos seres que no se aviene a doblar su voluntad ante la justicia de Dios que no se acopla con tus caprichos.

Debilidad progresiva
Si cada día fortalecieses tu voluntad con una gim­nasia espiritual, serías fuerte ante los alicientes del placer. Las pequeñas renuncias de cada día son las que militarizan el ánimo del soldado de Cristo.
Cada caída no es sólo un paralizarse, sino una ce­sión del terreno propiedad del alma. Siendo el espacio cada vez más reducido, el alma se desenvuelve con más dificultades en la lucha, hasta quedar sitiada ante la última reivindicación de las pasiones, que ter­minan acorralando a la voluntad como una jauría de perros a un ciervo sin coraje para luchar ni para huir.
Con estos enemigos no se puede contemporizar. Si cedes aun en cosas pequeñas, es porque no conoces que tu fragilidad se va deslizando insensiblemente por lo fácil hasta crear una necesidad; ni aprecias el va­lor del alma que vendes, ni la amistad de Dios que desprecias.

jueves, 26 de agosto de 2010

Un castillo en rebeldía

ENEMIGOS DE LA FORMACION DEL CARACTER
No hay paz en ti
Si una fortaleza ha de cumplir con su oficio, pro­teger un sector, ha de reinar la paz en su interior. Si sus defensores están en división o rebeldía, mal podrán rechazar las acometidas forasteras.
Si en este tiempo el dominio de tu voluntad no llega a encontrar el nivel de equilibrio, el movimiento de flujo y reflujo de esas aguas en torbellino, hará que el timón de tu alma, o en tus manos o en las ajenas, se muestre rebelde a toda dirección salvadora.
Durante el temporal se cambia de horizontes con rapidez: el que hasta ahora se sentía inferior, despereza su alma haciéndose arisco a la autoridad, comienza a tener conciencia de sí mismo, se enorgullece y trata de hacerse igual si no superior a los que hasta ahora le habían superado.
Resultado: todo repercute en el espíritu, y te sientes incómodo con todos: con los de abajo y con los de arriba, con amigos y enemigos, y puerilmente sacudes su tutela.
Tu personalidad va tomando conciencia de sí mismo, te aferras a ella y no permites que sea suplantada. No pides permisos, ni te gusta decir dónde vas, sueñas con escapadas románticas y no te avienes a rendir cuentas de tu proceder. La libertad es tu felicidad y la meta de tus aspiraciones. Por ello rehúyes la compañía de tus padres y educadores. Aburrido e impaciente, sus consejos los calificas de rollo. Cuando te equivocas no reconoces tu error, y sometes todo a la crítica, aun aquello que antes aceptabas sin discusión.
Es el pollo que se hace gallo, y toma como un insulto que se le trate como a un niño.
Ser fuerte para ti, consiste en no dar tu brazo a torcer. Es la actitud del loco que peligrando en el alero de un rascacielos, lucha para no ser auxiliado.
Te crees un ser exótico y singular, como si no fueras social; y esa convicción se refleja en lo arisco de esta conducta. Buscas ayuda porque la necesitas, y luego te rebelas porque nada te satisface. Dejas hoy lo que ayer seguías con entusiasmo loco.
Esas ideas que te hacen cambiar a cada momento, no son lo más a propósito para imprimir dirección a tu vida. Es más ventajosa la sumisión a los que entienden la aguja de marear. Llevas la tormenta y la nebulosidad dentro de ti, y no puedes ser piloto de ti mismo. Sin fundamento en tu formación te abandonarás a lo que salga, sin tener en cuenta su moralidad: miras solo si satisface tus ansias de independencia. Y sin embargo es tiempo de entrenamiento y fortalecimiento de la voluntad, porque nadie se enfrenta de repente con grandes peligros. Una guarnición sin entrenar no estará a punto de lucha cuando la fortaleza sea atacada. Nadie a los principios compite con los campeones.
No se pasa sin peligro de las faldas de mamá a una libertad completa; de un camino llano a uno erizado de dificultades; de unas pequeñas escaramuzas a grandes luchas en campo abierto.
Por eso es de necesidad absoluta la dirección de un piloto experto, que conduzca tu barquilla por ese mar agitado de olas encontradas: actividad, pereza, fatiga, excitabilidad, desenfado, antipatías. Las fuerzas de este castillo no pueden actuar en su propia defensa, si antes no se someten a la autoridad de su propio jefe. A tu voluntad.

No des lugar a la ira
Bajo el dominio de tu cólera fácil, dices palabras que no quisieras haber pronunciado, y te ves envuelto en actos comprometedores y desagradables. Bajo el imperio de la desazón, procedes de forma que luego te sonroja.
Pon en tu alma directivas que aplicar en el tiempo oportuno con decidida voluntad.
Cuando estés excitado guarda silencio, y no te pre­cipites en juzgar con vanas sospechas. No tomes en­tonces decisiones que dañen a un tercero, da tiempo a la reflexión.
Dice una sentencia rusa: «Es mejor volverse atrás que perderse en el camino
Cuando se defiende un objetivo con ira, en lugar de fortalecer a la razón, se compromete su justicia. Al salir fuera de sí, se pierde la autoridad y el derecho que le acompañaban. Bajo el imperio de la pasión, no se obtiene lo que se pretende. Siempre se baja de jerarquía. Dominarse es de interés cristiano y social.
Ten conciencia siempre de lo que debes ser y apa­recer. Amolda tu conducta a esta norma. Si no quie­res aparecer como un jovencillo tozudo, no des mues­tras de ello.
La falta de una clara orientación, ese no saber dónde te llevan tus propios pasos, te hace sumergirte en la melancolía. La incapacidad para conseguir lo que pretendes, produce en ti ese estado de postración. ¿Por qué te empeñas en seguir los pasos del abismo?
En el adolescente consentido la voluntad se rebela puerilmente, y cocea contra el educador que se man­tiene firme en la exigencia de su deber. Escribe en su diario frases de resentimiento contra el que pretende dominar su materia indómita. Se encabrita contra sí mismo, tanto si están como si no están satisfechos sus caprichos. Rehúye aquellas personas que le quie­ren curar preciosamente porque le quieren curar. Tie­ne miedo a la salud.
Entonces aparece también una crisis espiritual.
En el cruce de dos caminos no sabes si echar tras tus pasiones, o tras tus nobles sentimientos.
Lo mismo admiras a un «donjuán» que a un San Francisco de Asís.
Hoy quieres libertad, y mañana disciplina.
Eres mezcla de oro y tierra que hay que separar con el fuego.

Es tiempo de aguantar
Los años de la juventud son envidiables, tanto más cuanto más atrás se vuelve la vista para contemplar­los, por aquello de que «cualquier tiempo pasado fue mejor», pero mientras se viven estos años de juventud, hay que soportarlos sufriendo su desorden, con los ojos puestos en la meta liberadora.
Ves lo mucho que te falta para ser hombre, y de ese querer y no poder nace la pérdida de serenidad, hasta que un día te encuentres a ti mismo, como se encuentra un invento que paulatinamente se ha ido dibujando en la mente; o como los antiguos navegan­tes que tras larga travesía avistaban las márgenes flo­ridas de una tierra nueva.
Dejarás ese panorama ingrato para disfrutar hori­zontes más suaves, ese estar disconforme contigo mis­mo, y aparecerá en tu siquismo un equilibrio tran­quilo, sentirás cómo se va organizando en ti una vida nueva, y cómo van desapareciendo las tendencias anárquicas.
Mientras tanto aguanta, que aún no has resistido hasta la muerte.
La transformación es lenta, y para el niño que la ha de soportar, casi imperceptible.
Vela el paso de estos bajíos para que no se pro­duzcan cambios bruscos y perniciosos de la inocencia al pecado.
El adolescente, en la borrachera de su bullir sin experiencia, quiere asimilarse alegrías y goces, y no repara en nada para conseguirlos.
Los pueblos atribuyen a los ancianos el don de consejo, y a los jóvenes el de combate: no mates esos ímpetus de luchar, pero tampoco desprecies los con­sejos de los prudentes.
«No se creería, dice Pío XI, sobre todo en los paí­ses católicos, que tienen el don de la fe, y de la reve­lación, que los hijos pudiesen llegar a un desprecio tan grande de la autoridad paterna

No seas veleta
Haces de tus gustos la regla de tu conducta, pre­cisamente cuando el desarrollo de tu psicología es tan asimétrico como el desarrollo de tu cuerpo. Ener­gía para lo que te agrada y cuando te agrada. En las competiciones deportivas eres un entusiasta cuando estás de vena, e indolente cuando no te place el jugar. Hoy abrazas con entusiasmo de sangre una idea a la que mañana desengañado abandonas como baladid, aunque tenga la consistencia de un dicho del Hijo de Dios.
Tu norma es el humor. Lo que hoy es alegría ma­ñana es tristeza, hoy eres delicado, quizá demasiado delicado con una persona, por la que mañana sientes fobia y antipatía acentuada.
Tus altos y bajos no son constantes, porque tam­poco lo son los agentes que sobre ti actúan. Como se dilata más o menos el mercurio del termómetro según el calor que le afecte. Si deseamos tener el mercurio con una dilatación constante, es necesario acondicio­nar el ambiente.
La constante del carácter se mantiene vigilando sobre los agentes que lo puedan alterar, agentes de fuera y de dentro, como son las circunstancias que nos rodean, o estados de humor. Esta constante no se adquiere mecánicamente, sino mediante el control moral de la voluntad. El caballo también obedece con­tra sus propias querencias. Es lastimoso que dejen hue­llas factores pasajeros.
Tú mismo llegas a creerte un ser difícil, y no son más que las fuerzas latentes de tu naturaleza de hombre que están a punto de reventar y florecer para adaptarse a la vida. Dominadas darán fruto.
Aparecen tus juicios personales y comienzas a juz­gar las cosas por ti mismo. Antes «un papá o mamá lo dijo», era el argumento decisivo. De ellos, cuando aún no te dabas cuenta que vivías, recibías los ali­mentos y un cariño apasionado. Era natural que su juicio fuese suficiente y aun absoluto. No se discutía.
Ahora te has adentrado ya un poco en la vida, y has intuido sus primeros planos; crees que tus jui­cios son personales, y no pasan de ser un eco de lo que has oído o leído. El que no piensa como tú es un mentecato, y los que coinciden contigo hombres de juicio claro y certero. Disfrutas con llevar la con­taría, con tal de aparecer independiente.
Te crees capaz de revisar toda clase de ideas: religiosas, morales, políticas y científicas, y piensas que hasta ahora no se ha hecho nada bueno.
Ante tanta falta de razón es necesario que la su­plan los educadores, imponiéndolas algunas veces aun por la fuerza.
Junto a este espíritu escéptico y tontamente hipercrítico, eres un cándido en creer y amar, sin exami­nar los fundamentos. Te entregas a cuanto te impre­siona estética o sentimentalmente. Tienes actos de ex­traordinario valor, junto con una invencible timidez.
Tu «yo» es lo únicamente ponderable. Estás orgu­lloso de ti mismo como si fueras un ser insuperable. Ese orgullo te independiza de la dirección y tu bar­quilla quebrada contra los escollos, quedará hecha ta­blas de náufrago.
Piensa que se está más seguro sobre una barca con timón, que sobre un gran transatlántico a merced de las olas.

viernes, 20 de agosto de 2010

Edad en estado de guerra

Abre los ojos

Hay épocas difíciles en las que el poder de la vo­luntad, es tan necesario al alma para vencer una con­trariedad, como las fuerzas físicas al cuerpo para le­vantar un peso. Son los años en los que comienza a surgir el hombre. Aparecen las manifestaciones re­beldes al orden que debe reinar en el alma, ímpetus que hay que moderar para poder rodar hacia la per­fección, sin dar brincos que nos echen fuera del ca­mino.

Esa mar picada, es la edad que llamamos «ingra­ta» o «difícil». Al cruzarla se ha de hacer lo imposible para que estas afirmaciones sean lo más inexactas posibles.

La primera víctima eres tú, que tienes que sufrir la presión de estos estallidos, pero también eres difícil para tus educadores, que tienen que deshacer estas protuberancias duras, y no precisamente con castigos. Mala pedagogía es la de aquel refrán: «a burro duro, bastón más duro». La política de la mano tendida, la acción de buena voluntad la tienes que hacer posible tú.

En esos momentos de alucinación pides la luna o viajes interplanetarios, y no te das cuenta de tu terquedad ni de lo absurdo de tus razones. Tu estado de ánimo es como el tiempo de primavera: bonanza y tempestad, optimismo azul y pesimismo negro, desganas e ímpetus irresistibles, de hastío y de alegrías. Es el efecto del flujo y reflujo de las mareas vivas de tus años de juventud.

Son problemas que nacen de ti mismo, y hay que dominarlos en ti mismo. Aires gélidos que tronchan brotes pujantes, y climas cálidos que hacen crecer los brotes sin consistencia, e incapaces de producir frutos maduros.

Se pasó la edad de los Reyes Magos, en la que ningún ambiente se hace extraño, y la acomodación a todas las circunstancias es fácil.

Ahora se navega en altamar, saltando de ola en ola, y cabalgando sobre ellas. Ante cualquier dificultad te haces agresivo y descontentadizo. La voluntad como una veleta no se fija en el deber, ni casi repara en los momentos de excitación en lo que es bueno o malo.

Se han desarrollado rápidamente los tejidos de tu cuerpo, mientras tu inteligencia ha permanecido en un «statu quo». Un cuerpo de estatura de hombre gobernado por un cerebro de niño. Una nave de gran calado, dirigida por un pequeño timón. Lo natural es que navegue a bandazos.

Si se desconoce la resaca de estos estrechos y brazos de mar picada, es muy difícil pasarlos sin naufragar. Hay que desconfiar de sí y prever los vajíos y remolinos imprevistos para no ser absorbidos. Aun todo buen marino en estos pasos difíciles se entrega confiadamente a un experto de aquellas aguas. Como el que pretende escalar una cima peligrosa, toma un guía que haya recorrido aquellos terrenos y conozca las fallas de aquellas pendientes. Bajo esta dirección se llega a adquirir facilidad y dominio.

A estos estados se llega casi repentinamente: la espiga está sembrada hace mucho tiempo, pero cuando le llega su época, se hace con prontitud.

No eres enfermo, sino desorientado

Salvar esta crisis es cuestión de voluntad y paciencia. El artista que esculpe su escultura, fácilmente la concibe, pero este concepto lo plasma a golpes en la piedra.

Tu estado no es enfermedad, sino una situación que se debe resolver satisfactoriamente si te dejas guiar. Ni nacen esas reacciones violentas de tu maldad, sino de lo accidental de tu temperamento en evolución. Quieres saltar más alto de lo que puedes, y te rompes la cabeza como la codorniz contra el techo de la jaula.

Si quieres seguir a tu paso y a lo loco, no encontrarás quien te guíe. El vértigo de la velocidad agotará tus nervios, y la parada será definitiva.

Esa misma energía bien encadenada a tu voluntad, bien embotellada como se embotella el oxígeno en envases de hierro, hubieran mantenido la llama viva de tus ideales durante toda la vida.

Cuando te des el golpe, vendrá la desilusión, y serás indiferente al ideal, al oxígeno de altura. Y entonces, ¿qué esperas hacer de provecho? No podrás anular tu temperamento, pero sí temperar sus manifestaciones, y esas ansias inefables de vivir en libertad. Es la vorágine de las aguas impetuosas que buscan su nivel para equilibrarse.

El éxito está en no naufragar antes de llegar a la bonanza del remanso, en tener hasta entonces mano firme en el manejo del timón, sin miedos a los fuertes vientos.

Eran los tiempos de las Cruzadas: Un caballero en peligro de las flechas hace un voto: si sale ileso, encendería una vela en el Santo Sepulcro y la llevaría encendida hasta su castillo. Salió indemne y cumplió su promesa, aunque le fue muy difícil conservarla encendida entre los vientos y tempestades. Protegió su llama por todos los medios, y cuando se extinguía una vela prendía otra.

Es la imagen de tu vida adolescente: una llamita pequeña pronta para encender grandes fuegos, pero también continuamente expuesta a extinguirse si no se la protege con sumos desvelos.

Busca tu nivel

Un algo incontenible se agita en tu corazón que pugna por salir, y quizá reviente on ípetu destructor. Para no explotar, tiene necesidad de dar salida a esta presión interna; gases que has de quemar para que no sean nocivos. El deporte, el emplearse en los ideales que te atraigan, son buenas galerías de respiro para que las aguas busquen su nivel. Y no quemas esas energías, cuando como un obrero sin trabajo estás sentado con gesto aburrido, ni cuando a tus pocos años paseas por las calles haciendo el pevo, o jugando a ser hombre tragas humo como un sargento, o hecho un figurín desganado y larguirucho, luces una moda que quizá desdiga del género masculino al que por nacimiento perteneces.

¿Por qué no miras al espejo de la verdad de tu posición ridícula y recoges como el pavo real las alas al ver sus feísimas patas?

Es tiempo para que entre en tu cabeza las ideas de la milicia cristiana: sobriedad y vencimiento. Es también tiempo de audacias. No seas timorato, pero tampoco imprudente en empreas susperiores a tus medios. No saltes sobre los abismos, si no tienes la suficiente elasticidad en los músculos. Aunque veas saltar a otros, no sientas envidia por ello. Busca las cualidades que Dios ha ocultado en ti, para que llenes un puesto en el orden social. Quizá entre tus aficiones útiles encontrarás las huellas del camino que has de elegir.

sábado, 14 de agosto de 2010

UN CORAZÓN TRASPARENTE

LA VERDAD DA CRÉDITO
Para ser franco hay que ser valiente. La franqueza es la voluntad adherida al bien y a la verdad, muchas veces difícil de confesar. Verdad en nuestras palabras y mucho más en nuestras acciones.
Franqueza es la ausencia de fingimiento en nuestra conducta, que nos permita exteriorizar sentimientos tan verdaderos como nobles.
No es por consiguiente expresión de la naturaleza en estado nativo.
Es una de las cualidades más imprescindibles para hacernos estimar en la vida. Es siempre recomendable, incluso en la diplomacia, que es el arte de engañar.
No nos basta para vivir la luz que nos viene de fuera, es necesaria también la que nace de nosotros, para iluminar y hacer respirable el ambiente.
Si la luz viene de un solo punto produce sombras, y muchos objetos quedarían en la penumbra. Si sólo hay franqueza en los que nos rodean, y en nosotros no, los objetos no aparecerán con el debido relieve, ni se apreciarán en su realidad.
Luz de fuera y luz de dentro, para que no queden rincones oscuros, donde se pueda ocultar en engaño; que no queden caras sin iluminar.
"La verdad que daña, es mejor que la mentira que alegra", dice un proverbio árabe.
La hipocresía es una niebla que difumina el perfil de los hechos; y en semejantes circunstancias, no nos aventuramos a entregarnos a ellos. A nadie le gusta entrar en una cueva resbaladiza y nebulosa. El hombre rehuye lo desconocido.
Si quieres que los hombres se alejen de ti, no seas sincero con ellos. Siempre verán en ti un posible enemigo.
Nos hemos de prestar mutua ayuda, y esto es imposible con la hipocresía. Sin el crédito de la franqueza, nuestra palabra no encontrará eco en el corazón del prójimo.
Como toda virtud ha de ir moderada por la prudencia. El exceso de franqueza es tan indecoroso como la desnudez.
El que dice la verdad sin miedo pueril, es un valiente digno de admiración.
El hombre veraz es el mejor amigo, y un guía en las tinieblas.
La franqueza te coloca en terreno firme, y nadie anda en terreno más falso que el hipócrita.
Sinceridad no es desvergüenza, ni gloriarse del mal cometido. Los gangsters de los EE. UU. sobornan a los periódicos para que publiquen sus hazañas con grandes titulares. Quieren levantarse estatuas sobre pedestales indecorosos y sucios.
Dice Santo Tomás que hay hombres que son de la malicia del diablo. Estos son los que mienten, porque el diablo es la mentira y padre de la mentira, y hay hombres que son hijos de Dios, porque dicen la verdad.
El hombre se hace más insociable cuando su mentira no se reduce a un acto, o a una serie de ellos, sino que responde a una forma de ser. Es ese querer aparentar con un comportamiento exterior un interior que está muy lejos de la realidad. Es la cizaña que quiere aparecer trigo, y pretende camuflarse con cara de hombre de bien.
El mero hecho de fingir es ya un reconocimiento de la virtud.
Los cristianos no tenemos dos caras, una para Dios que penetra las entrañas, y otra para los hombres que se guían por las apariencias.
Nuestra voluntad y carácter deben ser tan firmes, que no se dejen arrastrar de cualquier atracción ante la que santifiquen la verdad. Nuestra postura, como la verdad a quien servimos, es única.

lA HIPOCRESÍA NOS CIERRA LAS PUERTAS
No tenemos virtudes puramente exteriores, sino cualidades interiores de un ser creado por Dios, y que rezuman al exterior en todos sus actos. Lo que no nazca del hombre interior es un colorante postizo, que se decolora en breve dejando la verdad al descubierto.
Si Dios no pide esta virtud, necesariamente habrá de producir sus ventajas. En un corazón sin rincones todos ponen su confianza. El hombre echa los cimientos de su edificio sobre la franqueza de otro hombre.
Existía un emperador en Persia vanidoso pero no tonto. Llama un día a sus consejeros para pedirles un parecer. Estos le adulan, y él les regala un anillo. Entre ellos llegó Eloim, hombre sincero, para el que la verdad no se vende, sino que se da de valde.
-Eres mi rey -le dijo-, pero sujeto a errores. Debes procurar el bien de todos, pero ¡ay de ti si no lo haces!
El rey no le regaló anillo alguno. Luego llama a los aduladores.
-¿Qué tal os parecen los anillos?
-Que debes ahorcar a quien te los vendió. Son falsos.
-Sabía que eran falsos -dijo el rey-, pero también eran falsas vuestras alabanzas.
Y tomó a Eloim por consejero.
Ser franco, es lo adecuado, lo que caen bien a la naturaleza.
El Señor a los que fingían, les llama sepulcros blanqueados. Blancos, incluso artísticos por de fuera, podridos por dentro.
Los hipócritas se parecen a las manzanas que maduran a las orillas del mar Muerto donde un día se asentó Sodoma: hermosas y coloreadas al exterior, pero al oprimirlas aparecían pochas, fétidas y de sabor sulfúrico. Tan ingratas al olor y al paladar, como agradables a la vista.
El hipócrita está continuamente expuesto al ridículo. Sus pretensiones se desvanecen como el humo en el aire. Sus dichos no pesan, todo el mundo sabe lo que se puede esperar de él.
Ningún hipócrita ha conseguido de una manera definitiva lo que pretendía. Su "verdad" quedará descubierta, porque "nada hay oculto que no se descubra".
Aristóbulo, historiador griego, escribió las alabanzas de Alejandro Magno. Un día sentado junto al río Hidaspes, un cortesano las leía al rey. Las alabanzas eran tan exageradas, que le dieron asco a aquel caudillo, y cogiendo el libro con violencia lo arrojó al río diciendo: El autor debiera ir con su libro, pero merece mayor castigo que esa tumba húmeda.

EL HIPÓCRITA SE ENGAÑA A SÍ MISMO.
El fingidor llega a ser víctima de sí mismo. Se sumerge en un mundo de fantasías, y con la fantasía no se crea la realidad.
A Jorge Brummel, durante mucho tiempo árbitro de la elegancia, en los círculos aristocráticos de Londres, le volvió las espaldas la Fortuna. Arruinado y vanidoso, fingía dar recepciones en la habitación que tenía alquilada en un hotel: encendía todas las velas y anunciábase a sí mismo las supuestas visitas, y luego, volviendo repentinamente en sí, se dejaba caer en una silla sollozando. Finalmente hubo de ser internado en un hospital.
Vivir en el fingimiento es tan intranquilizador como vivir en el vacío, o como sobre una casa lacustre, cuando los postres que la sostienen están podridos. El día menos esperado, se lo llevará todo el agua.
Edifica tú sobre el terreno sólido de la verdad.
Los que se apropian vestiduras que no son suyas, quedará como el cuervo de la fábula: fue al concurso de las aves adornado con plumas multicolores robadas a los otros pájaros. Allí cada cual reclamó lo suyo, dejando al cuervo en su color auténtico de betún.
Nada irrita más a las personas mayores que tus fingimientos. Si te acostumbras a mentir es posible que ni tú mismo llegues a distinguir la verdad de la mentira. El mal será para ti: "Ca su mal crece quien usa de mentir", dice el Infante D. Juan Manuel.
Un califa aprendió de memoria los versos de un trovador para recitarlos como propios, habiendo prometido un buen precio al autor. El califa no cumplió su promesa, y el poeta se vengó proveyéndole de versos tan enrevesados que eran imposibles de aprender. Para seguir fingiendo, no tuvo más remedio que pagar a peso de oro versos asequibles a su memoria.
La posición del hipócrita ante la vida es como la de aquel niño que llevando una careta de carnaval de risa abierta y bobalicona, golpeado por su hermanito, sollozaba y lloraba a lágrima viva.
En tu boca la verdad se hará sospechosa.

"Que la boca mentirosa,
incurre en tan torpe mengua,
que solamente en su lengua,
es la verdad sospechosa".

(R. de Alarcón)

De Tiberio se cuenta que mentía tanto, que no le daban crédito aun cuando decía la verdad.
La mentira siempre deja un camino abierto para que choque con el buen sentido. Hemos recibido de Dios un espíritu que sólo puede acoplarse a la verdad.
Es un mal al principio imperceptible. Como el cáncer hace su presa solapadamente, y aparece después de haber minado el organismo.
Los pamúes de la Guinea española tienen una leyenda acerca del pájaro "Akalat". Su aparición cerca de las viviendas es considerada como un anuncio de muerte para el habitante de la casa. Su canto tiene dos modalidades diferentes: "cha, cha, cha" y "gno fío". La leyenda cuenta que encontrándose un día este pájaro con el Arco que llevaba un haz de flechas para cazar, el Akalat le suplicó que le respetase, y a cambio le prometía ser su amigo. El Arco se lo prometió, pidiéndole que le enseñase su canto para distinguirlo de los demás pájaros. El Akalat le enseño solamente el "cha, cha, cha". A los pocos días salió el Arco a cazar. Oyó un pájaro que lanzaba su "gno fío". Apuntó y disparó. Al acercarse a la víctima vio que era su mejor amigo. Al reprocharle éste su proceder, díjole el Arco:
-Amigo, tú tuviste la culpa. Si me hubieras dicho la verdad completa, no te verías en el angustiado trance de morir.
Sea nuestro modo de hablar: "sí, sí, no, no".
Del Señor dijeron hasta sus enemigos: "Maestro, sabemos que siempre dices la verdad".

SIMULAR ES MENTIR
Sin "decir" mentira, pero con un silencio culpable, nos coronamos con una aureola usurpada: "andemos en verdad".
Sólo con que el Bautista hubiera eludido una respuesta, le hubieran atribuído una mesianidad que no tenía. Dijo directamente lo que era: la voz del que clama en el desierto. El que prepara el camino de ese Mesías que decís ser yo.
Si sólo somos dorados superficialmente, no digamos ser de oro macizo.
Lo mejor es ser de verdad, lo que queremos ser. Es posible que te cueste menos trabajo ser bueno que aparentarlo.
Un servidor de Enrique VIII de Inglaterra, abandonado al final de su vida, y caído en desgracia del rey, porque no consiguió para el rey cosas imposibles de conseguir, exclamó: De haber servido a Dios con tanto celo como al rey, El no me hubiera abandonado en mi vejez.
Si todo el trabajo que te has tomado para servir a la mentira, esforzándote en aparentar lo que no eres, lo hubieses empleado para conseguir la bondad del alma, incluso humanamente hablando hubieras conseguido más honor, y de Dios a quien se sirve con la verdad, un premio perdurable.

EL TACTO DEL ALMA
Al sentido común podemos llamarle también prudencia. Es ese saber pasar entre dos escollos sin chocar. Aquello que nos hace torcer la nave y estrellarla contra el acantilado, no es sino falta de visión, error que se debe no a la posibilidad de la inteligencia, sino al pernicioso influjo que sobre ella ejercen nuestras pasiones. Es lo que nos hace perder el timón y proceder con falta de sentido.
Es algo así como la luz para la vista, o la sensación para el tacto. Se puede gozar de una potencia visual perfecta, pero si no hay luz, es enteramente inútil. Una inteligencia privilegiada se malogra sin este tacto que la gobierne. Es un regalo de Dios...para los que se esfuerzan en cultivar lo que Dios puso en su naturaleza.
Es el regulador de las virtudes. Sin él las cualidades disminuyen o desaparecen, como disminuye o desaparece el esplendor de las cosas en la oscuridad: la virtud cae en la exageración, y deja de ser virtud; la energía en crueldad, el sentimiento en sentimentalismo; y con el sentido común práctico la virtud es virtud.
Es el conductor de la vida. De nada te valdría tener un gran coche, es mas, te sería perjudicial su velocidad, sin habilidad para manejarlo.
Alza los ojos al cielo, pero no pongas los pies en el vacío.
El que en las debidas proporciones sabe mezclar lo humano con lo divino, es el hombre perfecto.
Esta cualidad se adquiere reflexionando sobre los hechos de cada día. Como esta reflexión es libre, carecer de sentido común es culpable. La práctica se adquiere comparando la experiencia de los acontecimientos.
Son muchos los defectos que tienen origen en esta falta de reflexión. No caemos en la cuenta de lo que puede ofender a los demás, porque olvidamos las cosas que nos ofenden a nosotros. Somos intolerantes porque medimos a los demás con nuestros gustos, y no pensamos en lo que les pueda convenir.
Narra un cuento oriental que tres hermanos sabios y un discreto, se encontraron en el campo un león muerto. Los tres sabios emplearon su sabiduría en resucitar al animal, mientras el discreto se subió a un árbol para contemplar la escena. Resucitado el león los tres hermanos sabihondos mueren devorados por la fiera, mientras el prudente se salvó seguro.
Al discreto, su prudencia le dio a entender lo que a los otros le negó su sabiduría: de lo que es capaz un león vivo.
Los hombres que han pasado por la vida con los ojos abiertos, y han visto las circunstancias en las que ésta se desenvuelve, atan los cabos mejor con vista a un desenlace.
El ejército que conoce palmo a palmo el terreno donde se desarrolla la batalla, es el que tiene más probalidades de victoria.
Por eso la juventud carente de esta experiencia, suele cosechar chascos y desengaños, origen de pesimismos, desalientos y rebeldías, como si los otros tuvieran la culpa de su propia pequeñez.
Ese "hacerse cargo de las cosas" es el sentido común; ese ver lo que hay, y no ver lo que existe; ese sentir el camino bajo sus pies, y no apartarse de él, ni aun en la oscuridad de la noche.

jueves, 15 de julio de 2010

UNOS MODALES SIN RUIDO

Procura agradar
Los buenos modales son la expresión de la bondad de un alma, como el desorden en las maneras siempre es contrario a la virtud. Porque la virtud consiste en el dominio.
Tiene buenos modales el que dominando sus afectos sabe agradar a los demás.
La bondad de corazón, dice Don Bosco, es la base de toda la educación. Es el deseo sincero de evitar toda clase de molestias, y ser útil.
Chersterfiel llama a San Pablo el más perfecto gentleman, por aquello de "hacerse todo a todos".
Con el deseo de agradar se ha logrado ya la mitad del objetivo.
Dice un refrán turco: "El verdadero huérfano es el que no ha recibido la educación del corazón".
De esa educación salen las formas.
Podrás poseer todas las cualidades deseables, si no hay bondad en el corazón, de poco o de nada te servirán.
Es mejor ser amado, que respetado y temido.
Tú sabes muy bien que resistes a todo argumento y razón en tus estados de excitación, pero aun entonces un corazón bondadoso pronto abre brecha en el tuyo.
La atmósfera que crían estos corazones generosos, es la que mejor se respira.
Si tienes un corazón bondadoso, verás las cosas con bondad. Nunca te vencerá la ingratitud.
Un corazón bondadoso sobrenada como el madero en el agua alborotada, porque el buen corazón siempre tiende a subir sobre las miserias.
El corazón duro no participa de la vida social, como el leño seco no absorbe la humedad de la tierra.
Si por el carácter se conoce al que tiene madre, también se echa de ver si estuvo ausente de su educación.
El corazón bondadoso sabe dominarse por respeto a los demás.
Las actividades de la vida acusan la belleza del corazón, como al conductor seguro lo descubre el dominio de su coche a toda velocidad. Con el volante en la mano y los frenos a su alcance, no teme ningún contratiempo.
Los buenos modales no consisten en saber distinguir una tarjeta de pésame de la de un guateque. Se puede saber esto hasta el más refinado detalle, y a ciencia y conciencia pisar los callos del alma al prójimo, y despellejarlo por la espalda.
La cortesía es algo más íntimo y natural. Se puede ser incivil, a fuerza de civilidad, e importuno, a fuerza de cortesía.
Se prodigan cortesías para buscar servicios, no por amor o deferencia a las personas. La cortesía no es la adulación.
Cortesía es no ser indiferente ante las personas, a sus pensamientos, deseos e intereses. Esta deferencia te dará la forma recta y concreta de tus modales. No existen ademanes educados, si estos no van inspirados en el amor y la solidaridad.
En las películas del Oeste los indios se tratan en sus discursos con más cortesía por el silencio respetuoso con que se oyen, que con frases. Los blancos que se llaman educados se quitan la palabra de la boca.

Agrada por caridad.
Para nosotros los cristianos un corolario de la caridad, es hacer fácil la vida a los demás por medio de nuestro trato, poniendo dique a nuestros egoísmos animales que nos impulsan a la eliminación de los otros, y a privarles de su derecho de vivir.
Los buenos modales son la caridad en acción. Están hechos de pequeños sacrificios, de ese saber lo que agrada y desagrada al prójimo.
La bondad se adelanta a la necesidad. No vende favores, los prodiga.
Las groserías son reflejo de las ideas paganas y del orgullo. El orgullo desprecia y estrella a los demás, contra una esquina, y solo se avienen a los demás, cuando esperan conseguir alguna ventaja en provecho propio.
El mismo pecado es una manifestación de mala educación, de egoísmo para con el prójimo, y de rebeldía y descortesía para con Dios.
Los santos fueron las personas mejor educadas aunque no enviasen tarjetas a finales del año; pero consideraban a prójimo sobre sus propios intereses.
La bondad y los buenos modales, son hermanos gemelos, ambos tienen su origen en el amor al prójimo que nos predicó el Señor.
Habrá cortesía mientras haya caridad.
Los modales no son etiqueta, sino algo más intimo; es una erupción afectuosa y cálida del corazón. Como la caridad no son las monedas que se deslizan sobre las manos del necesitado, sino algo más intimo y caliente.
La amabilidad en el trato no es un "modo" es un "ser". No es una forma externa adquirida por acciones repetidas como un movimiento gimnástico, sino una vida interna que produce acciones espontáneas, y que a pesar de ciertas maneras quizá algo ásperas y sencillas, son indicadoras de un afecto sincero. Esto es más cristiano, lo otro es más versallesco.
No esperes que los demás se acomoden a tu manera de ser, cuando tú no te esfuerzas por acomodarse a las suyas.
El desprecio al prójimo se expresa de palabras, pero también con gestos y pretericiones. Vives y te comportas en su presencia, como si no existieran. No vives con ellos.
No te diviertas nunca a costa de los defectos del prójimo. Hay cosas que no se olvidan. Para hacerte agradable a unos, no provoques la carcajada ridiculizando a los otros. Es una habilidad muy triste. El escozor de un alfilerazo permanece largo tiempo.
La verdadera amabilidad, da sin que se le exija. El prócer espiritual lleva siempre un gesto de largueza, no como quien protege, sino como quien cumple con un estricto deber, como un deudor que paga caballerosamente su deuda. Sabiendo que no se le debe nada, es llevado del impulso de hacer bien a los demás.

Sencillo en tu exterior.
Los verdaderos modales no significan preocupación por un vestido acicalado: color del traje, raya en el pantalón, cabello en orden (para algunos el peine es un compañero tan inseparable como la pluma estilográfica). Estos hombres no aparentan, lo son. Cambiando una letra de la fábula diríamos de ellos: "cabeza hermosa, pero sin sexo".
El hombre mundano adquiere o trata de adquirir todas estas cualidades sociales, por respeto así mismo. La carencia de ellas le deshonran, pero no se esfuerzan por motivos más altruístas. No por conciencia moral, sino por gusto estético o por egoísmo. Es una belleza moral postiza, como es la corporal producida por los cosméticos. La verdadera belleza es la física la que Dios ha creado, como la moral, es la que guarda las líneas de conducta trazada por él. Es caballeroso o vicioso lo que agrada o desagrada a Dios y honra o deshonra al prójimo.
Los modales no puede ser herencia o distintivo de una clase social. Son primero que toda carencia de egoísmo.
No seas de esos jóvenes que todo lo saben, y por instinto todo lo contradicen. No buscan la verdad, humillando tercamente a su interlocutor.
No caes en la cuenta del mal que te infliges a ti mismo y terminas siendo, sino abominable, sí despreciable.
No seas como las nueces verdes: no nos ofrecen su fruto, sino después de amargarnos la boca.
Sed como la granada: que se abre espontáneamente para ofrecer sus dulces y rojos granos.
El modal de sincero y limpio afecto es el que ata y llega al corazón. Las maneras afectadas cohiben los verdaderos y hondos sentimientos. Lo ceremonioso es ridículo, infantil y trasnochado, resabios de tiempos de pelucas empolvadas con talco.
La fórmula es sencilla y fecunda: no molestar, y sí agradar. Con este dominio de tu carácter, el trato social no será un código complejo de reglas ficticias.
La amabilidad se conquista sin preceptores de lujo. Basta el consejo de San Pablo a los romanos: "Aplicaos al bien, procurando anticiparos unos a otros con señales de amor y deferencia". Y escribiendo a los de Efeso les dice: "Os conjuro que os portéis de una manera que sea digna del estado al que habéis sido llamados, con toda humildad y mansedumbre, con paciencia soportándoos los unos a los otros con caridad".
La práctica de Jesucristo, y las normas que da a sus apóstoles para saludar, son portadoras de buenos deseos y bendiciones.
San Pablo comienza siempre en sus cartas, henchidas de misterios sobrenaturales, y las termina con sencillos y sentidos saludos de amistad y consideración. Y si la doctrina la dictaba a mano ajena, el saludo "va de propio puño", no desdeñándose de transmitir las salutaciones de los demás hermanos a los destinatarios de sus cartas.
El deseo de un buen corazón, y el sentido cristiano de la vida, nos dará las mejores formas sociales: "ca el amor fac sutil al ome que rudo", dice el Arcipreste de Hita.
El ser humano es social por creación, y nos hemos de ayudar y apoyar unos a otros. Los conductores de esta ayuda y los puntos de apoyo, son las formas sociales que nos amalgaman.
Todo ser humano es un representante de Dios, por lo que merece toda atención y respeto.
Los cristianos debemos de llevar al mundo un mensaje de amor. El vehículo, no puede ser otro que las formas sociales.
Es por lo tanto una virtud de primera necesidad. Tan necesaria como la veracidad; porque nadie puede conectar ni permanecer con una persona mentirosa o de malos modales.

No es servilismo.
Las buenas formas no están reñidas con la firmeza. Son dos cualidades de los santos y de los hombres que tienen sus pasiones subyugadas.
Ni lo comedido es afeminado, ni lo brusco viril.
La hombría es una expresión de una fuerza reprimida; y hay seres poco viriles, de alma cobarde y broncos ademanes.
No se trata tampoco de una adaptación servil a los demás, según aquella fórmula comercial: "el cliente siempre tiene razón"; ni quiere decir identificación con los errores en cualquier plano. Lo inexacto e injusto no dice con la perfección a la que siempre debemos tender.
El arte de acomodarse a los demás sin servilismos, es el arte de ganarse verdaderos amigos.
El que agrada sin rebajarse ha encontrado el arte de vivir en el mundo.
El que cada momento sabe como tiene que tratar a una persona, es la que tiene abiertas las puertas al éxito.
Respetar al inferior como al superior, es una cualidad de Jesús. Un día le dijeron: "Sabemos que a todos tratas bien, y que no hay en ti acepción de personas".
Si respetas al superior, y con tus formas desprecias al inferior, tu respeto no es consideración, sino temor y adulación servil. Porque si el respeto al superior se funda en la frase del Señor: "el que a vosotros oye a mi me oye", también es Él quien dice: "lo que hiciereis con uno de estos pequeños, conmigo lo habéis hecho". Si el Señor con estos dos preceptos buscan los mismos resultados, y en ti sólo se da el respeto al superior, a eso se le llama adulación o miedo; y eso no es virtud.

Medio de conquista
Con una competencia profesional, y unos buenos modales, la vida será tuya. Esto hace arrolladora la influencia de una persona, y desarma a la misma envidia.
"Don Bosco, es usted un ángel, seremos buenos amigos", le dijo un día un ministro que le perseguía.
En la lucha por la vida el talento es algo, el tacto lo es todo.
Por cada punto que saca el talento, el tacto saca diez. El tacto es como los cinco sentidos de un alma alerta para quitar obstáculos.
El talento asombra, el tacto cautiva.
El talento ignotiza, el tacto arrastra.
Las complicaciones de la vida se sortean con el tacto, y una de las ocasiones más aptas para aprender a navegar entre escollos, es hacerlo entre los intereses encontrados de los demás.
La primera impresión que uno causa, si no es decisiva, siempre es eficaz. Y lo primero que dispone a tu favor, no es tu talento, sino tus modales.
Las formas separan más a los hombres que las ideas.
Debemos acomodarnos al ambiente social, como a las influencias atmosféricas.
Homero siempre presenta a la Aurora sonriente. La sonrisa denota que el interlocutor nos causa simpatía y satisfacción.
Nada se resiste a la amabilidad. Cuando Dios, que es amor, se revistió de carne, apareció con "benignidad y comprensión".
Si nosotros debemos asemejarnos a Él, esta será la más importante faceta de imitación.
La igualdad de carácter ante la adversidad, llena de admiración, y se acaba por darles la razón. Son los que poseen la tierra.
Las mejores cualidades se echan a perder por falta de amabilidad. "Cuales palabras te dicen, tal el corazón te ponen", dice el Arcipreste de Hita.
Aprender estas formas, es el tiempo más útilmente empleado.
Isócrates dice: "El hombre bien educado obliga tanto con sus modales, como con los servicios que nos presta".
Y Enrique IV: "La palabra dulce y el saludo nada cuestan, y son de gran utilidad".
El Conde de Nasau se ganaba un súbdito del Rey en España, cada vez que se quitaba el sombrero. Tal era la gracia con que lo hacía.

Sin bondad estarás solo.
En una comedia yanqui que se titulaba El hombre que vino a comer, los espectadores se reían a todo pulmón, ante lo ridículo de ciertos modales. Al salir se decían: Dios nos libre de tales hombres.
Un niño preguntaba a su padre por la malicia de cierto comportamiento: "No es malo, le dice, es peor que malo: vulgar".
La ordinariez es uno de los peores vicios sociales. Es una combinación de pequeños defectos: orgullo, vanidad, egoísmo, presunción.
Los malos modales te impiden rodar bien en el engranaje de la vida. No llegarás donde pretendes.
Cuenta Tolstoi: Un muchacho llegó a un trigal casi ya para segar, donde una ternera se había metido. Los aldeanos le perseguían para que saliera, y cuando acosada estaba a punto de salir, asustada de los hombres se volvía al sembrado, y comenzaba la nueva persecución.
Junto a la vereda una mujer lloraba y decía: Van a agotar a mi ternera.
Entonces dijo el muchacho a los campesinos: Salid todos fuera del trigo, y que la mujer llame a su ternera. Lo hicieron así los aldeanos, y la mujer llamó a su ternera. El animal irguió las orejas, permaneció un rato a la escucha y salió corriendo hacia su ama. Y todos se alegraron mucho.
¿No es esta la imagen de tu proceder? Con ademanes violentos y atolondrados, no conseguirás lo que pretendes. Con un poco de serenidad, y buenas formas, la empresa te saldría mejor.

Comienza por ti.
Sé también cortés contigo mismo. Ello te ayudará a tomar posiciones con los demás.
Por la cohesión que existe entre tu alma y tu cuerpo, el orden exterior es la manifestación de un alma ordenada. Guarda el orden para que el orden te guarde a ti.
El desorden desayuna con la abundancia, come con la pobreza y cena con la miseria, esto se afirma no sólo en el aspecto económico, sino social: porque aquél derrocha su fama, que no guarda el orden con los demás.
Dijo Pío XI de sí mismo: Si he conseguido hacer algo bueno, ha sido por el hábito adquirido de pequeño de hacer las cosas con orden.
"En cada hora su ocupación, y cada ocupación a su tiempo", dice la Sagrada Escritura.
Si no eres ordenado por nacimiento, sedlo por el hábito.