jueves, 2 de septiembre de 2010

Náufragos en mar alegre


ENEMIGOS EN LA FORMACIÓN DEL CARÁCTER

Excusas inadmisibles
Ponte frente a ti mismo, y mira cómo todo cuanto haces, lo haces porque quieres hacerlo.
Para excusarte quizá creas que tus caídas son cosa natural, y que la ley de la naturaleza (llamémosla así) es más imperiosa que la ley de Dios. Si piensas así las pasiones han oscurecido y esclavizado tu inteligencia, han maleado tu corazón.
Es la defensa vergonzosa del esclavo: engañar a su señor para gozar de libertad. Si quieres gozar de li­bertad, conquístala con el dominio de tus pasiones, pero no te engañes creyendo gozar de libertad estan­do sometido a tus apetitos. Gozar de libertad es ir contra lo que se apetece, porque la voluntad habiendo roto los lazos que le encadenaban, se desenvuelve con soltura en el camino del bien.
El asno amarrado junto al pesebre, se harta de ce­bada. A esto le llamas tu libertad.
El hombre que no siente el aguijón de su concien­cia, es como el animal enfermo que no reacciona ante los alimentos.

No te canses de remar
Tu espíritu libre y ligero, lleva una carne pesada, con tendencias embarazosas, que te enredan y desani­man en el camino.
¿Pero hay cosa más ilógica que desanimarse por­que una vez no conseguí el objetivo que me propuse? Lo lógico es desquitarse en la primera ocasión. Cuan­do te propones subir una cima, toda la ascensión te parece una línea recta, pero luego surgen los obstácu­los y altibajos. Entonces es necesario un corazón cons­tante para volver a recuperar la altura perdida.
En la lucha militar cuanto más se combate una fortaleza, tanto más disminuye el índice de resisten­cia, por muy heroicos que sean sus defensores. En el Alcázar toledano a medida que pasaban los días, eran menos las municiones, vituallas y defensores. Con los lienzos de muralla, y las torres que iban desplomán­dose entre polvaredas y humo de dinamita, iba tam­bién desapareciendo la silueta señorial y guerrera del Alcázar, y hubiera terminado por sucumbir cuando todos sus defensores hubieran muerto. Así cayó el re­ducto de Santa María de la Cabeza con el último de sus hombres.
En la lucha espiritual no es así. A cada embate del enemigo se tiene más voluntad de resistencia, la for­taleza se endurece más, surge una silueta más dura y defensiva. La gracia de suyo perenne, ha aumentado su vigor, como la luz su resplandor con el aceite, o la llama con el viento. La voluntad aun humanamente hablando se habitúa al combate, y crece su maestría en la lucha, mirando este guerrear con la tranquilidad del quehacer cuotidiano de un soldado profesional.
En esta lucha del espíritu la prioridad está de tu parte, porque Dios también lo está. El éxito reside en la misma lucha, porque ante Dios perseverar en la lucha es ya la victoria.

El camino de la debilidad
La caída es un deformador del carácter, porque todo pecado es un camino de debilidades. El camino de la debilidad se aprende andándolo.
El vicio enferma el alma, y el enfermo siempre es débil, y el débil cae ante cualquier tropiezo.

«y no será una noche
sublime de huracán, en que las olas
toquen los cielos... tu barquilla leve
naufragará un día, un día claro
en que el mar esté alegre.
Te matarán jugando. Es el destino
terrible de los débiles...
Mientras un sol espléndido
sube al cénit, hermoso como siempre».
(M. Machado).

No serás el cadáver en un destrozado campo de batalla, sino en un jardín florido.
En un día fresco y transparente, cuando sobre tu frente no había negros nubarrones de tormenta, un vientecillo tronchó tus piernas de mendigo flaco. La muerte no te encontrará en el combate, sino en el aburrimiento e inanición.
No te vestirás de la gloria del náufrago que luchó noche y día con las olas gigantescas y embravecidas, y consumido de sed y de cansancio, es recogido a punto de muerte. Tu hundimiento vino lentamente, porque la contextura de tu barquilla era frágil, y no pudo resistir tu propio peso: imagen de tu voluntad quebradiza ante un ligero peligro. Se hundió tu bar­quilla en la profundidad abismal de un mar azul, por­que estaba podrida y se partió.

Defiende tu punto débil
El carácter templado es la defensa del espíritu.
El enemigo que te rodea día y noche tantea las defensas de tu castillo, y al darse cuenta del punto débil de tu carácter, dirige contra él todos los golpes para desmoronarlo.
Es necesario velar, aplicarse a curar esa debilidad, a endurecer esas blanduras, rellenarlas de piedra y hormigón. Pon pie Arme tras la puerta de tu castillo. Ya que la carne es flaca, que el enemigo encuentre un soldado de espíritu fuerte que no se asuste de reñir con él. Que tras la puerta carcomida de la carne, en­cuentre un alma aguerrida como un guerrero vestido de hierro.
Todo enemigo se aburre de luchar con adversarios resistentes. Si comienzas a ceder, esa puerta será to­mada, el boquete ensanchado, la defensa cada vez más difícil, la caída estremecedora, la ruina general, y quizá definitiva.
La condescendencia con el enemigo es falta de acometividad de carácter, de resistencia al sitiador. El enemigo es perseverante, pero su fuerza más débil que la tuya. Te supera sólo en perseverancia.
Te falta cierto militarismo espiritual: ganas de reñir.
Sin este espíritu combativo los héroes no hubieran existido, ni tampoco los grandes santos; esos caracte­res templados se hacen con la dureza del combate, porque la lucha espiritual no es un pasatiempo mís­tico, o un paseo militar, sino brega y contradicción.

Vivir alerta
Las tentaciones nos mantienen en movimientos de maniobra, y con las armas a punto para evitar sor­presas.
El agua en movimiento no se corrompe: el alma agitada con la tentación se mantiene pura y llena de vida.
La lucha es como la sístole y la diástole del cora­zón: recoge la sangre, y purificándola, la envía ca­liente y vivificante a todas las partes del cuerpo.
¿No has visto, al menos en la pantalla, esas ca­rreras de autos con velocidades de vértigo? Llegan a una curva, unos las sortean derrapando, otros vaci­lando se desvían, dan dos o tres vueltas de campana, y envueltos en llamas llegan al final de su camino. Otros como si fueran de goma se rehacen y como desperezándose siguen tragando kilómetros como si nada hubiera ocurrido. Otros, finalmente, siguen renquean­do la competición.
Algo así sucede en el deslizarse de tu vida por la pista de la existencia. Al principio todo va bien; no hay complicaciones. Viene luego la curva de la adoles­cencia o de la juventud, y del pulso o reacción de tu voluntad, depende el éxito de doblar aquel recodo. Unos se pliegan a él con maestría, otros vacilan y se rehacen, y otros se estrellan. Para los más afortuna­dos aquello sólo ha sido un lance más de experien­cias, sin haber recibido en su carne huellas pernicio­sas, otros a pesar del choque siguen adelante con sus abolladuras, y para los últimos la caída ha sido de­finitiva, quedando con el estigma enquistado del pe­cado.
Como una caída llama a otra caída, vienen las alte­raciones del carácter. «Este chico es otro», se dice. Es como un tallo sin savia, que lejos de producir nue­vos brotes languidece y muere. Hasta que llegue el último desenlace, se contenta con vegetar en el loda­zal, despreciando el terreno limpio.
Caer es perder el equilibrio y venir a tierra: no poseer seguridad de carácter, ni serenidad ante los tropiezos de dentro o los empujones de fuera. Se pier­den los bríos ante cualquier obstáculo. Caer es no aguantar el peso del deber. La voluntad dominada por el egoísmo, no respeta derecho alguno por sagrado y legítimo que sea.
Todas nuestras caídas son previsibles. No es un mero accidente de avión, en el que el aparato entra en barrena porque le falla el motor, ni es el percance de un auto al que se le rompieron la dirección o los frenos, ni un lance, en el que el motorista se encuen­tra de repente ante un gran camión, y se estrella por­que la reacción no llegó a tiempo. Los accidentes morales son fácilmente previsibles, y por ello culpa­bles. Las potencias del alma no se rompen como las piezas de una máquina. Dios hizo nuestros resortes para obedecer al primer impulso de la voluntad; no son laces imprevistos, porque todos sabemos que con las condescendencias se van debilitando paulatina­mente las fuerzas de la voluntad; como la luz de la tarde va cediendo poco a poco el paso a la noche. En lo moral nada sucede de repente. Se prevé todo desen­lace.
Nosotros conocemos o tenemos obligación de cono­cer los fallos de nuestro funcionamiento, defectos y fragilidades, contra los que nos es dado vivir alerta.
El pulso de la voluntad está lacio y sin nervio para reaccionar. No hay ideales que refrenen la pasión, y si las energías que existen en ti no producen luz, pro­ducirán llamas.
Con esta voluntad débil por la enfermedad, o maniatada por las dificultades voluntarias, actúan las otras pasiones sin control.
Eres responsable de todo acto, porque tú has crea­do sus circunstancias. Cedes ante cualquier emoción pe­caminosa: a la ira porque no supiste refrenarla a tiempo, y bajo cuyo imperio te desatas en disparates; a la impureza, porque no reprimiendo la curiosidad malsana, se levanta en ti la llamarada de la carne. En las cajas de cerillas hay un aviso: «apágame, que yo sola puedo ocasionar un gran incendio».
Pilato es el hombre que se estrella por falta de vo­luntad; ve claro no sólo la inocencia de Jesús, sino que admira extraordinariamente su santidad y poder. Frente a El ve la abyección de Barrabás, el contrin­cante de Cristo en orden a recibir las preferencias para la libertad. Pero es incapaz de decir «no» a una plebe que odia y desprecia en su corazón, y a la que otras veces ha dominado y castigado duramente. Como tú odias y desprecias tus pasiones, pero no siempre estás dispuesto a dominarlas.
Eres uno de esos seres que no se aviene a doblar su voluntad ante la justicia de Dios que no se acopla con tus caprichos.

Debilidad progresiva
Si cada día fortalecieses tu voluntad con una gim­nasia espiritual, serías fuerte ante los alicientes del placer. Las pequeñas renuncias de cada día son las que militarizan el ánimo del soldado de Cristo.
Cada caída no es sólo un paralizarse, sino una ce­sión del terreno propiedad del alma. Siendo el espacio cada vez más reducido, el alma se desenvuelve con más dificultades en la lucha, hasta quedar sitiada ante la última reivindicación de las pasiones, que ter­minan acorralando a la voluntad como una jauría de perros a un ciervo sin coraje para luchar ni para huir.
Con estos enemigos no se puede contemporizar. Si cedes aun en cosas pequeñas, es porque no conoces que tu fragilidad se va deslizando insensiblemente por lo fácil hasta crear una necesidad; ni aprecias el va­lor del alma que vendes, ni la amistad de Dios que desprecias.

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