miércoles, 1 de septiembre de 2010

Existencia y naturaleza de Dios. Necesidad que te­nemos de creer en Dios.

¿Puede el hombre con sólo la razón probar la existencia de Dios? Si puede, ¿por qué hay tantos que se obstinan en negarla? ¿Por qué creéis los católicos en un Dios personal? ¿No os imagináis a Dios en figura humana? La idea que tenéis de Dios, ¿no es una mera abstracción? ¿No son Dios y el universo una misma cosa?

     El sentir de los católicos en este punto está condensado en el siguiente párrafo del Concilio Vaticano:
«La Iglesia católica cree y confiesa que hay un Dios verdadero y vivo, Creador y Señor del cielo y de la tie­rra, omnipotente, eterno, inmenso, incomprensible, de entendimiento y voluntad infinitos e infinito en todas sus perfecciones; el cual, siendo una sustancia espiri­tual singular, simplicísima e inmutable, debe ser con­siderado como real y esencialmente distinto del mundo, felicísimo en Sí y por Sí mismo, e inefablemente le­vantado sobre todo lo que existe o puede concebirse» (Sess 3).
     La Iglesia católica enseña que la luz natu­ral de la razón nos lleva por las cosas creadas al cono­cimiento de Dios, principio y fin de todas las cosas; «porque las perfecciones invisibles de Dios se han hecho visibles después de la creación del mundo por el conoci­miento que de ella nos dan sus creatura» (Rom 1, 20).
     Ya en los albores de la razón adquirimos espontá­neamente la idea de Dios. Y aunque la certeza que tene­mos de su existencia no es necesariamente producto de un razonamiento científico; pero nuestra mente, como dice la Escritura, se levanta de las creaturas al Crea­dor. De las cosas contingentes elevamos nuestra mente a aquella Causa necesaria de la que todas las demás dependen. El universo nos habla a voces de un Dios verdadero y vivo, del cual proviene la vida y sin el cual ni la vida ni nada sería posible. ¿Quién no ve lo limi­tado que es el hombre en su ciencia, actividad, pensa­miento, todo? ¿Quién no siente dentro de sí aspiracio­nes y ansias a las que no puede satisfacer en esta vida? Es que estamos hechos para Dios, y entonces sólo des­cansaremos cuando estemos en Dios.
Todas las pruebas excogitadas por los sabios para demostrar la existencia de Dios no son más que una confirmación del convencimiento que ya teníamos de su existencia. Esas pruebas nos dicen que Dios es la Causa de las Causas, el Ser necesario, el primer Motor, etcé­tera, etc., y todas esas pruebas unidas tienen un valor y una fuerza irresistible. Examinemos solamente dos pruebas para abreviar:
      1ª Es evidente que cuando muchos medios concurren unidos y dan por resultado un fin ordenado, esos me­dios están manejados por la Causa inteligente. La ma­quinaria de un reloj que marca el tiempo con regula­ridad es un ejemplo casero que lo confirma. Sin relojero no hay reloj. Ahora bien: la Naturaleza nos ofrece ejemplos sin número de medios que, convenientemente adaptados, conspiran o concurren a un fin ordenado.
     Luego la Naturaleza es el resultado de una Causa inte­ligente: Dios.
     Porque es absurdo pensar que las plu­mas del ala de un pájaro, por ejemplo, nacieron allí al acaso. Y dígase lo mismo del ojo humano y de tan­tas otras maravillas como vemos en la creación.
Y lo que decimos del orden, dígase de la belleza y hermosura que reinan doquiera volvamos los ojos, en el cielo, en la tierra y en los abismos del mar. Belleza sin par nos salen al paso en las puestas del sol y en el plumaje de un jilguero; en la elegancia del helecho diminuto y en la robustez y grandor de la haya gigan­tesca; en la ligereza del antílope y en la flexibilidad del tigre; en las creaciones de un poeta y en las obras maestras de los artistas en general. Pues ¿qué decir del hombre, llamado con propiedad «un mundo en pe­queño»? Dotado de una razón potentísima, discute y analiza las últimas causas, y a puro raciocinio descu­bre que el orden y la hermosura de este mundo son obra de una inteligencia divina, de una hermosura divina, de un arquitecto divino: de Dios.
      2ª El segundo argumento es la conciencia. Concien­cia es nuestro entendimiento en cuanto juzga prácticamente de la moralidad de nuestros pensamientos, pala­bras y obras. La conciencia nos dice con imperio: «Esto es bueno, hazlo; esto es malo, no lo hagas», e instinti­vamente nos sentimos impelidos a obedecer. He aquí un hecho concreto que nos sale al paso cada día. Hay den­tro de nosotros una fuerza maravillosa que constante­mente regula nuestras acciones con la norma absoluta "bueno-malo", condenándonos implacablemente siempre que desobedecemos. La conciencia nos habla de deberes y obligaciones y nos promulga una ley cuyos dictados son obligatorios, últimos, inapelables.
     Ahora bien: ¿cómo se va a dar una ley sin legislador? Decimos, pues, que ese Legislador supremo no es otro que Dios, fuente y origen de toda moralidad, àrbitro único de lo malo y de lo bueno. La conciencia no es más que el pregonero de Dios.
     Oigamos al cardenal Newman: «Conciencia dice re­conocimiento de un objeto vivo al que ella se dirige. Las cosas inanimadas no pueden robarnos el afecto; éste va sólo tras las personas. El hecho, pues, de que al des­obedecer a la voz de la conciencia nos sentimos res­ponsables y nos avergonzamos y tememos, se debe a que hay Uno ante el cual somos responsables, ante el cual nos avergonzamos y cuyas iras tememos. Cuando obramos mal, sentimos en el alma el mismo dolor que nos toma cuando disgustamos seriamente a nuestra ma­dre. Al contrario, cuando obramos bien disfrutamos de aquella paz y sonrisa que nos viene cuando nuestro padre nos alaba. ¿Por qué es todo esto sino porque lle­vamos dentro la imagen de Alguien a quien veneramos y en cuya sonrisa nos complacemos; Alguien por quien suspiramos, a quien suplicamos y cuyo furor tratamos de esquivar? Jamás nos sobrevendrían tales sentimien­tos si no hubiera un Ser inteligente que los excitara. De donde se sigue que los fenómenos de la conciencia nos ponen ante los ojos la imagen de un supremo Gober­nador, que todo lo ve, juez, santo, justo, poderoso, remunerador.»     ¿Por qué, pues, hay hombres que niegan la existen­cia de Dios, siendo así que lo que sobran son pruebas contundentes que la confirman? La respuesta no es di­fícil. ¿No hay hombres que roban y matan con el mayor descaro, aunque saben que el robar y el matar es malo? Pues esto acaece a muchos entendimientos, que se atreven a negar lo que es más claro que la luz del día. El Salmista los llama «necios», y San Pablo, «inexcusa­bles». La razón de por qué muchos niegan la existencia de Dios hay que buscarla en sus vicios y pecados. Lo dice San Pablo: «El hombre animal no entiende las cosas que son del Espíritu de Dios, pues para él todas son una necedad y no puede entenderlas, ya que se han de discernir con una luz espiritual que él no tiene» (1 Cor 2, 14).
     Sabemos con certeza que Dios existe, pero el conoci­miento que de El tenemos es inadecuado y un tanto ne­buloso. Nada tan irracional, sin embargo, como la con­clusión de los agnósticos, que, aunque se ven forzados a admitir una causa primera, intentan deshacerse de Dios, sólo porque no le conocen como es en Sí. Conoce­mos a Dios por sus obras, y este conocimiento, aunque imperfecto, es verdadero. Nuestro entendimiento, limi­tadísimo como es, no puede conocer a fondo a Dios in­finito. De lo contrario, Dios no sería Dios. La Escri­tura está llena de textos que nos hablan de la «incom­prensibilidad de Dios» (Sab 9, 33, 16; Rom 11, 33, 34).
     Los católicos creemos que Dios es el único Ser nece­sario, es decir, el único que no puede menos de existir. Dios mismo se lo dijo a Moisés en la zarza que ardía sin quemarse: «Yo soy el que soy.» Muchos incrédulos modernos confunden «ser», término universal, y «Ser», con que designamos a Dios. Aquél sólo significa algo que puede existir; éste, aplicado a Dios, significa la pleni­tud de toda realidad y la unidad infinita de todas las perfecciones. Esto respondemos a los que nos acusan de hacer de Dios una mera abstracción.
     También se nos acusa de hacer de Dios una especie de hombre superior. Cuando decimos, con la Escritura, que Dios ve, oye, agradece, se enoja, etc., claro está que hablamos metafóricamente. En modo alguno adoramos a un dios hecho a nuestra imagen y semejanza. Y si al­guno replica: «Las perfecciones que aplicáis a Dios están tomadas de las que acá veis en los hombres, luego os imagináis a Dios en figura de hombre», respondemos que no hay consecuencia, porque las perfecciones hu­manas que acá vemos: bondad, sabiduría, belleza, etc., se las aplicamos a Dios por analogía. Dios posee esas perfecciones en un grado infinitamente superior al nues­tro. Si el hombre es bueno, Dios es la Bondad misma. La diferencia es infinita. Esto podría aclararse con una comparación. Cuando al ver un retrato de Menéndez y Pelayo, decimos: ¡Qué crítico tan excepcional!, no nos referimos al retrato, sino a la persona que éste representa, y en quien de hecho brillaron aquellas dotes admiradles de crítica literaria. Y, ciertamente, la proporción analógica que existe entre Dios y las criaturas es la mejor fuente de información para estudiar y conocer a Dios infinito.
No se pierda de vista que en Dios los atributos se identifican con la esencia divina, y que cada uno de ellos contiene a todos los otros. Por la limitación lamentable de nuestro entendimiento vemos separadamente en Dios diversas perfecciones: verdad, sabiduría, omnipotencia, etc., que en sí no son más que la naturaleza de Dios. Así que el Dios que adoramos no es una mera abstracción, ni tampoco un hombre superior, sino Dios personal, Creador y conservador de todo lo que iste, eterno, inmutable, santo.
     Nada tan consolador como pensar que Dios, felicísimo en Sí mismo, se dignase crear los cielos y la tierra, no solo para su gloria, sino también para nuestro bienestar eterno. A la luz de la creación, la religión brota espontánea. Yo no soy mío, sino de Dios, que perennemente me está conservando para que no vuelva a la nada, de donde vine. En la misma creación hay que buscar también la diferencia total que media entre Dios y la materia y fuerza del universo. Dios no es una de tantas cosas ni está identificado con ellas. Dios es el Ser absoluto y trascendente, infinitamente superior a todas las cosas creadas o por crear, pero al mismo tiempo inmanente dentro del universo que El sacó de la nada. "En El vivimos y nos movemos y somos» (Hech 17, 28). La presencia, poder y actividad de Dios son necesarias siempre y en todo lugar, no sólo para conservar las cosas, sino también para hacerles posible su actividad. No se puede dar un creador que no sea al mismo tiempo conservador.
     Esta misma creación nos habla de una Persona divina que nos ama infinitamente y nos pide nuestro amor. La causa primera debe ser un Dios personal, porque una causa primera impersonal es un concepto contradictorio. Lo más sublime que conocemos de tejas abajo es la personalidad humana: entender, querer, darse cuenta. La causa primera, por ser la creadora de la personalidad humana, tiene que entender, querer y darse cuenta, porque nadie da lo que no tiene. Todo lo infinito existe en Dios como en su fuente, y como la Fuente de todas las cosas es infinita, sigúese que en Dios la inteligencia y la voluntad se hallan en grado infinito, sin las limitaciones con que se encuentran en las criaturas. Siendo Dios nuestro principio, es necesa­riamente nuestro Señor, con derecho a mandarnos, y es también nuestro fin, la meta final de nuestras aspira­ciones. El mismo nos lo dijo por San Juan en el Apo­calipsis: «Yo soy Alfa y Omega, el Principio y el Fin» (Apoc 1, 8). 

     ¿No dicen algunos turistas que han encontrado tribus enteramente ateas?      Los turistas que tal digan hablan sin conocimiento de causa. En primer lugar, des­conocen por completo la lengua de los indígenas, a lo que hay que añadir el estudio por demás superficial que hacen de la religión de aquellos bárbaros. Estos se muestran siempre muy reservados en presencia de los blancos, y se avergüenzan de practicar delante de ellos sus ritos supersticiosos. De aquí infieren falsamente nuestros turistas que en aquella tribu no hay ni noción de un Ser supremo. Como confirmación ríe esto, nos pueden servir los indios de la Tierra del Fuego, a quie­nes se había creído ateos, hasta que dos sacerdotes ca­tólicos que allí misionaban lo negaron rotundamente.

     ¿No puede el ateo ser moral? ¿No es la virtud pre­mio de sí misma?
     No. Dios, Legislador infinitamente santo y justo, que ha escrito su ley en nuestros cora­zones y nos ha dado la luz de la razón para llegar al conocimiento de la ley moral por El revelada, Ese es la única base de la moralidad. «Una moralidad que no esté basada en motivos religiosos —ha escrito Liddon— es lo que una rama cortada del árbol. Tal vez, debido a cau­sas accidentales, perdure en ella el verdor durante al­gún tiempo, pero sus esperanzas de vida pujante y vi­gorosa están truncadas para siempre. Una moralidad basada únicamente en una ley abstracta no predomina­rá jamás, porque el hombre tiene que habérselas con hechos concretos y motivos que convenzan, y una ley abstracta es demasiado impersonal para obligar".
     Los incrédulos de nuestros días han intentado en vano va­rias teorías de moralidad, descartando siempre la reli­gión. Una de las más celebradas es la utilidad. No ne­gamos que estamos obligados a amar al prójimo, antes lo defendemos y alabamos la caridad. Pero concluir de ahí que el único fin del hombre es promover el bien común, es un absurdo contra el que se subleva la razón. El hombre no depende únicamente de la sociedad. De ese utilitarismo nos ha venido este paganismo moderno que se propone mejorar la raza privando a los defectuo­sos y endebles de la facultad de engendrar; que invita a las masas a gustar la fruta prohibida y juzgar por sí mismas qué es lo que les conviene, sin reparar en que al hacerlo así convierten el crimen en condición indis­pensable para la virtud.
     ¿Es la virtud premio de sí misma? ¡Ca! No es raro que el justo vista harapos y el vicioso se pasee en auto­móvil. ¿Se aquietará ese justo por sola la voz de la conciencia, que le dice que obra bien? ¡Pero si no es raro que la misma conciencia se embote a fuerza de re­chazar el bien y practicar el mal, llegando a llamar bien al mal, y viceversa! Pues... ¿las sanciones de la ley? Para la mayoría de los ciudadanos, las leyes civi­les hoy son puramente penales. ¿Acaso la opinión públi­ca? Tampoco. Hay periódicos que atacan a instituciones santísimas; y en nuestros días estamos viendo a corpo­raciones meritísimas vituperadas soezmente por las tur­bas y atropelladas por los Gobiernos.
     En resumen: Dios es el único que lee los secretos de nuestro corazón, el único que sabe los motivos porque nos movemos, el único que nos premiará o castiga­rá conforme a nuestras buenas o malas obras. «Sin recurrir a Dios—dice el cardenal Mercier—es inútil esperar que se guarde la ley moral. Porque, ¿cómo va el hombre a guardarla si no sabe que hay un Dios justo y poderoso, autor de aquella armonía en virtud de la cual a la virtud seguirá eterna bienaventuranza y al vicio castigo eterno?» 

     Supongamos que uno no cree en Dios; ¿no le bastaría la conciencia como guía y norma de sus actos?     La conciencia sola no, porque no es infalible; y, así como puede errar, cuando le dice cómo debe gastar el dinero, así también puede errar cuando se trata de la moralidad de los actos. Cuando se separa la moralidad de la religión, la razón se convierte en guía ciego, versátil y sujeto a los vientos de la opinión pública, al ca­pricho, a la pasión y a los prejuicios; y la autoridad de la conciencia viene a tierra y se desvanece. En cambio, al reconocer a Dios —creador, Señor y fin supremo— se reconoce a un poder superior con derecho absoluto para mandar a la criatura inferior y dependiente, que está obligada en justicia a obedecer a su Señor y a cumplir el fin para que fue creada.
     La ley presupone un superior. Por eso es ridícula la teoría de los agnósticos, que pretenden convertir a la razón individual en ley absoluta y norma infalible de los actos humanos. Ningún hombre es ni puede mirarse como superior de sí mismo. ¿Cómo, pues, se va a man­dar a sí mismo con autoridad? «Cuando el agnóstico —dice Sharpe— afirma que tiene conciencia y atribuye muchos de sus actos a la influencia del sentido del de­ber, ya admite el principio de causalidad, así como el principio de estabilidad y consistencia. Asimismo, en sus acciones se guía por ciertos ideales de perfección, como la bondad, la hermosura y la verdad, que él procura ha­cer suyos en sus actos. Ahora bien: estos principios di­rectivos constituyen precisamente los elementos de la idea de Dios.»

Bertrand L. Conway, CSP.

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