viernes, 3 de septiembre de 2010

Las comuniones indignas y sacrílegas destruyen a las personas, casas y familias.

Comunión indigna y sacrílega se dice aquella, que temerariamente se hace, conociendo el alma que actualmente se halla en pecado mortal, y no se ha confesado, o no se ha confesado bien. Porque si el alma está en gracia de Dios, habiéndose confesado bien, según todo lo que entiende, aunque actualmente se halle con pecados graves que no ha confesado, la sagrada comunión es digna, y no es sacrílega, como lo explica el santo concilio tridentino (Sess. XXIII, c. 1 et can. 11).

El primero que tuvo sacrílego atrevimiento de comulgar en pecado mortal fue el traidor y alevoso Judas ; de quien dijo el Señor, que mejor le sería no haber nacido en el mundo; y en otra parte le trató de diablo : Unus vestrum diabolus est (Marc., XV, 15).

Este hombre infeliz fue el primer ejemplar de los sacrílegos, que tienen atrevimiento de llegarse a recibir a Cristo sacramentado, sin purificar su conciencia de graves cul­pas. Luego que recibió sacrílegamente las especies consa­gradas, entró el demonio en su corazón, como advierte el sagrado texto : Post bucellam introivit in eum Satanas; y de esta enormísima culpa se le siguieron precipitadamente todas sus ruinas, sin parar hasta ahorcarse de un árbol, re­ventando por las entrañas, para que su alma maldita no saliese por donde había pasado el Santísimo Sacramento, que tan indignamente había recibido. Después del Señor entró el diablo en aquel hombre sacrílego, como entra el verdugo en la cárcel después del rey, para hacer justicia en los delincuentes y malhechores.

El apóstol san Pablo dice, que se come y se bebe el juicio el que atrevidamente se llega a comulgar sin haber pu­rificado primero su conciencia de mortales culpas [I Cor., XI, 29). Y así es, que parece que ha perdido el juicio, o le falta la fe católica, a quien se determina a cometer tan grande sacrilegio.

Si un hombre por sus delitos estuviese condenado a muerte, y sin haber conseguido el perdón se fuese en bus­ca del juez, y le llevase a su casa, ¿no diríamos con razón que estaba fatuo, y que él mismo se buscaba el suplicio? Pues esto mismo hace quien estando en pecado mortal, entra dentro de su pecho al supremo juez de vivos y muer­tos, de quien por sus pecados es capital enemigo.

Huye el impío sin que nadie le persiga, porque su mis­ma conciencia le acusa, como dice el Espíritu Santo en los proverbios: Fugit impius, nemine persequente. ¿Y tú, des­atento, conociendo que estás en desgracia de Cristo, te vas a buscar a Cristo sacramentado? Si primero confesases bien tus pecados, conseguirías el perdón, y hallarías en su di­vina Majestad la misericordia, el remedio y tu consuelo; pero siendo actual enemigo suyo, si primero no te con­viertes de corazón, en vez de misericordia, hallarás rigu­rosa justicia, y en lugar del perdón, debes temer no te se apresure la formidable sentencia de alguna muerte repen­tina, y de tu condenación eterna.

Por esta cosa el mismo apóstol dice, que muchos apresu­ran su muerte por sus comuniones indignas y sacrílegas: Ideo inter vos multi infirmi et imbecilles, et dormiunt mullí. Es notabilísima la causal, que por eso muchos viven sin sa­lud, y acaban luego sus días, porque ciegos y obstinados no reparan en hacer sus comuniones en mala conciencia. Reciben al Juez, que les da la sentencia que merece su desalmada desatención.

Si ellos se juzgasen primero, no serían juzgados con tanto rigor: Quod si nosmetipsos dijudicaremus, non utique judicaremur (/ Cor., XI, 31); pero como si no tuviésemos fe, se llegan á la comunion sagrada sin purificar bien su conciencia de sus graves culpas; y por eso donde habían de hallar salud, hallan la enfermedad; y donde habían de hallar la vida, hallan la muerte; porque hacen veneno de su remedio.

En confirmación de esta católica doctrina refiere un es­pantoso escarmiento el venerable padre Murillo. Había una señora a quien se la hacía muy fuerte el dejar la sagrada comunión de un día solemne. Persuadíala el ministro de Dios se abstuviese de comulgar, porque tenía enredada su conciencia con cierta ocasión próxima, pecaminosa y es­candalosa, que podía y debía quitar, y nunca acababa de quitarla. Terqueó la desventurada mujer en pasar a co­mulgar, y luego que fue a tragar la forma consagrada, se la atravesó en la garganta, y sin poderla librar de la mano de Dios ofendido, á vista de toda la gente que estaba en la misma iglesia, perdió fatalmente la vida, sofocada y ahogada con las especies sacramentales, que sacrílegamente había recibido.

Esto dispuso el Señor que sucediese, como dice el apóstol san Pablo, para nuestro provechoso terror y saludable escarmiento. Lo que una vez sucede, no repugna que suceda otra y otras muchas; y aunque no suceda con tanta publicidad, cada uno debe temer no sea que Dios le abre­vie la vida, si por su desgracia se determina a cometer tan sacrílega culpa: si no has de comulgar en gracia de Dios, mejor te será no comulgar; que siquiera excusarás ese nuevo sacrilegio, y no serán tantos y tan graves tus pecados.

La formidable sentencia de san Pablo siempre insta para que cada uno se pruebe á sí mismo, examine su conciencia, parifique su alma, y así reciba el pan de la vida eterna, que no le servirá para su juicio y condenación, sino para salud de su alma y de su cuerpo, y para universal remedio de todas sus necesidades.

En la santa ciudad de Roma, cabeza suprema de todo el orbe cristiano, sucedían por los días de la pascua de Re­surrección muchas muertes repentinas; y confiriendo con esta desventura la terrible sentencia del apóstol, que dice, que por las comuniones indignas suceden semejantes des­gracias, determinó el sumo pontífice, que en el himno de aquel tiempo se dijese todos los días aquella cláusula:

Quaesumus, Author omnium, Ab omni raorlis Ímpetu

la hoc Paschali gaudio, Tuum defende populum.

En la nueva corrección dice:

Ut sis perenne mentibus, A morte dira criminum

Paschale Jesu gaudium : Vitae renatos libera.

Es aquel tiempo santo cuando todos los fieles cumplen con la Iglesia, y cuando hay más peligro de comuniones indignas; y por eso se repite tantas veces esta humilde sú­plica al Señor, que libre a su pueblo de muertes precipi­tadas y desgraciadas. Todo esto nos debe poner en discreto temor de no cometer una culpa tan execrable y horrorosa, como es el recibir a Cristo sacramentado en mala concien­cia. ¿Si el justo teme, cuánto más el pecador? Es razón del sagrado apóstol san Pedro [I, IV, 18).

El apóstol san Pablo dice en otra cláusula, que la persona que recibe indignamente el santísimo Sacramento del altar, se hace como reo del cuerpo crucificado y sangre derramada de nuestro Señor Jesucristo, y será castigado como si en la verdad hubiese vuelto a crucificar al mismo Señor (I Cor., XI, 27).

De los obstinados príncipes de los sacerdotes que conde­naron a Cristo Señor nuestro, dice san Pablo, que si hu­biesen conocido al Señor no le hubieran crucificado. Y de los mismos príncipes dijo Cristo, que cometieron en su muerte mayor pecado que Pilatos. De estos dos católicos principios has de inferir, que el pecado del que comulga in­dignamente es mayor pecado que el de los judíos que cru­cificaron a Cristo.

La razón es manifiesta; porque el que comulga indigna­mente se hace reo de la muerte de Cristo, como dice el apóstol; por otra parte no tiene la disculpa de no conocer a Cristo, como de los judíos dice san Pablo: luego la culpa de los cristianos que comulgan en pecado mortal, es mayor que la de los judíos deicidas, que crucificaron a Cristo.

De los prolapsos que reinciden en sus pecados, dice tam­bién el apóstol, que otra vez vuelven a crucificar a Cristo; pero aun parece más terrible aquella expresión de decir, que el que comulga indignamente se hace reo del cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo; porque en exposi­ción común, es lo mismo que decir, que será castigado, como si no renovase en el sagrado cuerpo del Señor todos los horrorosos tormentos de su santísima pasión; y de nue­vo volviese a derramar aquella preciosa sangre de infinito valor : luego así ofende a nuestro Señor Jesucristo el que indignamente le recibe sacramentado, como si de nuevo le volviese a azotar, le coronase de espinas, le escupiese en el rostro, le clavase en la cruz, y le quitase la vida.

En la muerte de Cristo todos los elementos dieron seña­les de intenso dolor; se oscurecieron el sol y la luna; se vistió de luto con las tinieblas universales toda la tierra; se quebrantaron los más duros peñascos, y las piedras se hicieron pedazos, dándose unas con otras, como impacien­tes de que las detenía la infinita paciencia y misericordia de Dios, para que no acabasen con aquellos deicidas infa­mes, ingratos y rebeldes, que habían quitado la vida a su Criador.

Esto mismo debes considerar para que no te llegue la imponderable desgracia de comulgar en mala conciencia; porque si el que comulga indignamente se hace reo de toda pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo, debe a proporción contemplar, que todos los elementos y todas las criaturas sensibles e insensibles del cielo y de la tierra se conmueven con sagrada impaciencia para quitarle la vida; y se la quitarían sin remedio, si Dios con su poder omni­potente, y con su infinita misericordia no las detuviese, es­perándole á verdadera penitencia.

De la hora en que Cristo Señor nuestro murió, dijo el mismo Señor: Ahora es el juicio del mundo {Joan., XII, 3). Y de la hora fatal en que se repite su muerte por la comu­nión indigna, se puede decir: ahora es el juicio terrible de este infeliz pecador: él se ha buscado el juez, y se ha be­bido el juicio.

La garganta del goloso es el sepulcro manifiesto de su confusión (Psalm. XIII, 3), y la garganta del sacrílego, que comulga indignamente, es la puerta de la cárcel, y el atrio del tribunal formidable donde es juzgado.

De muchos es su dios su mismo vientre; y el vientre del que comulga en mala conciencia es el teatro de su conde­nación. Adán huyó de la cara de Dios después de su peca­do; ¿y tú, atrevido sacrílego, sin rubor ni temor recibes a tu Dios y Señor, y le buscas sin dolerte de tu grave culpa?

El diablo puso a Cristo sobre el pináculo del templo; ¿y , peor que el demonio, le pones cerca de tu corazón, donde tienes el veneno de tu pecado? Del Señor está es­crito, que no habitará cerca de su Majestad el maligno (Psalm. V, 6); ¿y tú introduces al Señor en tu pecho, te­niendo en tu corazón al demonio? ¿Acaso quieres poner a la diestra de Satanás al que tiene su asiento a la diestra del Eterno Padre? ¡Atiende cuán prevaricado tienes el juicio!

Los betsamitas no se atrevían a estar en la presencia de un Dios tan terrible como el de Israel; ¿y tú, dementado, no solo no temes, ni te avergüenzas de ponerte en presen­cia de ese mismo Dios gravemente ofendido, sino que le buscas, y le introduces dentro de tu pecho?

Si es cosa horrenda el caer en manos de Dios vivo; ¿qué será el que tú le busques, y le traigas a tu pecho, siendo su mortal enemigo? Si el contravenir a la ley antigua ine­vitablemente traía la muerte, como dice san Pablo; ¿cuánto mayor castigo merecerá el que desprecia al Hijo de Dios, renueva su pasión, derrama su preciosa sangre, y le hace grave contumelia a la ley de gracia? [Heb., X, 28).

Todo lo que toca el que está manchado, queda contami­nado, como dice Ageo profeta; ¿y tú, miserable criatura, teniendo manchada tu alma con la fea inmundicia de tus graves culpas, te atreves temerario a tocar y recibir al San­to de los santos? ¿Recibes el pan de los ángeles, con que debías quedar como un ángel, y te quedas como un maldito Lucifer? lista envenenado tu corazón, y así todo cuanto recibes te se convierte en mortífero veneno (Ps. LXXVIII,25).

Recibes la dulzura de los cielos, y es para ti como si co­mieses amarguísimos ajenjos y hieles horrendas, y como si bebieses aguas corrompidas y pestíferas. El vino celestial, que alegra el corazón del hombre, a ti te convierte en hiel de dragones, y en bebida de condenados; verificándose en ti lo que dijo Dios por Amos profeta, que los malos bebe­rán el vino de condenados en la casa de su Dios y Señor (Am., II, 8).

La luz de la gloria entra en tu pecho, y siempre se queda tu alma tan negra, fea y abominable como un carbón de los infiernos. Todos los que tocaban la fimbria de la vesti­dura de Cristo quedaban sanos; ¿y tú, desventurado, apes­tado con tus graves culpas, le recibes, le tocas, le tratas, le pones dentro de ti mismo, y no sanas? El temor de Dios no está contigo. Buena semilla es la que se derrama en el cam­po de tu pecho; pero se sofoca por la maldita cizaña de tu malicia (Matth., XIII, 25).

Considera que no es justo recibir el pan de los hijos, y arrojarles a los perros (Matth., XV, 26). ¿Pues cómo siendo tú como un perro rabioso, enemigo de Dios, confederado con el diablo, te atreves a recibir la hostia santa, pura, in­maculada, y el cáliz de la perpetua salud? Ciertamente te se convertirá en juicio y condenación de tu alma, y no en poderosa defensa de tu vida, ni en remedio y medicina de tu dolencia mortal.

Un remedio tienes eficaz, y este es retractar tu pecado, confesarte bien, apartarte de las malas ocasiones que te precipitan, purificar tu conciencia, dolerte de tu culpa, pro­poner la enmienda, hacerlo que te manda el confesor para el bien de tu alma, y darle gracias a tu Dios y Señor, que con inmensa benignidad te ha esperado, y espera que ha­gas verdadera penitencia.

De ti se queja con razón el Altísimo por Jeremías profeta, y te dice : ¿qué cosa es que una criatura mia, en mi misma casa, que es mi Iglesia, ha hecho tantas maldades? ¿Acaso la carne santa quitará tus malicias? Y en otra parte dice: ¿para qué me ofreces incienso, si tienes tu corazón lleno de veneno? Tus holocaustos no son de mi gusto, porque no tienes sana tu conciencia (Jerem., XI et VI, 20).

No queráis confiar en palabra de mentira, diciendo: el templo de Dios nos defenderá, porque vosotros habéis hecho a mi templo santo espelunca de ladrones. Á vosotros, ¡oh sacerdotes! se encaminan mis palabras, dice Dios, que des­preciáis mi santo nombre, y os parece no habéis hecho cosa mala: mancháis mis altares, y siendo corregidos, respon­déis, que no habéis hecho cosa irreverente (Malac., I, 6).

El oficio de sacerdotes es oficio de ángeles, dice san Ber­nardo; pero se ha de notar, que los ángeles fueron más rigurosamente castigados que los hombres.

Los sacerdotes, dice David, invocaban al Señor, y su Majestad los oía: en la columna de una misteriosa nube les ha­blaba; pero también era terrible vengador de sus ocultas y públicas ofensas. Ya se llegará el dia cuando examinará el Señor tus intenciones y tus obras a muchas luces; y cuando se tomó el tiempo para sí, entonces .juzgará tus justicias, y acabarás de conocer que tú te has sido tu más grave y mayor contràrio. Estás ciego, y tu perdición se toma de ti mismo (Psalm. LXXII, 3).

En las divinas relaciones de santa Brígida se dice que Dios a sus malos sacerdotes los llena de maldiciones, y dice: maldito sea cuanto produce la tierra para indignos minis­tros míos, que sacrílegamente me consagran, y me reciben. Maldito sea el pan que comen, y la bebida que beben, con que regalan su cuerpo, que ha de ser comido de gusanos, y su alma será sepultada en el infierno. Maldito sea su cuer­po, que resucitará para arder después eternamente en el abismo.

Malditos sean los años que viven inútilmente en esta vida temporal y caduca. Maldita sea la hora con que acabarán esta vida mortal, y se continuará en las penas eternas para siempre jamás. Malditos sean sus ojos carnales con que vie­ron la luz del cielo sin provecho, sino para su eterna per­dición. Malditos sean sus oídos con que oían la palabra di­vina, y no cuidaban de ponerla por obra. Maldito sea su gusto, que solo les ha servido para su condenación eterna. Maldito sea el tacto con que me trataban en mi Sacramento. Maldito sea el olfato con que solo buscaron sus delicias, y a mí despreciaron, que soy más dulce, suave y deleitable que todas las cosas del mundo.

Malditos sean otra vez sus ojos, que ya no verán mi es­timable visión, sino las tinieblas y penas del infierno. Mal­ditos sean sus oídos, que ya no oirán mis amorosas voces; sino el clamor del infierno, y los horrorosos lamentos de los condenados. Maldito sea su gusto, que ya no percibirá el gozo de mis bienes eternos, sino la amargura perdurable. Maldito sea su tacto, que ya no me tratarán a mí, sino al fuego perpetuo inextinguible. Maldito sea su olfato, que ya no percibirán el olor suavísimo de mi reino celestial, que excede a todos los preciosos aromas, sino el hedor del infier­no, más amargo que la hiel de dragones, y peor que el azu­fre más activo. Malditos sean del cielo y de la tierra, y de todas las criaturas insensibles; porque estas obedecen a su Dios, y ellos le han despreciado: por lo cual les juro en mi Deidad, que soy la misma verdad, que si no se enmiendan sus vidas, y así les llega la muerte en su mala disposición y perversas obras, serán condenados sin remedio, y priva­dos de los dones sobrenaturales, que para su eterna salva­ción recibieron. Otras muchas cosas horribilísimas se po­drán ver en las citadas revelaciones de santa Brígida.

No solo se deben temer las fatales desventuras con que Dios amenaza castigar las comuniones indignas; sí también deben ponderarse los bienes estimables de que se privan las almas, que en mala conciencia llegan a recibir sacrílegamente á Cristo sacramentado.

Este soberano Sacramento, si se recibe en gracia de Dios, no teniendo culpa mortal en la conciencia, sustenta el alma y aun á veces el cuerpo; aumenta la gracia, da nuevas fuer­zas para resistir las tentaciones, satisface los santos deseos, quita el hambre de cosas temporales, une con Cristo, que­branta el poder de Satanás, da fuerza para recibir el mar­tirio, perdona los pecados veniales, preserva de los morta­les, aumenta los auxilios de la divina gracia, libra de mal, conserva en el bien, aumenta todas las virtudes, comunica el fruto de todas las gracias, restituye lo perdido, aumenta lo restaurado, da vida, modera el incentivo del pecado, causa alegría espiritual, da facilidad para la virtud, hace olvidar los deleites de la carne, excita la memoria de la pasión de Cristo, da dulzura en el entendimiento, aviva la luz de la fe, destierra las tinieblas de la ignorancia, causa cla­ridad para acertar en lo que se ha de hacer, ilustra para conocer mejor las cosas divinas, inflama la voluntad en el amor de Dios, mitiga la concupiscencia, detiene a los de­monios que no alteren nuestras pasiones, corrige los afec­to- desordenados, santifica el alma, y aun el cuerpo (Conc. Trid., sess. XIII, c. 2).

Cuando comulgas en gracia de Dios viene Cristo á hon­rarte con su presencia, á ungirte con su gracia, a curarte con su misericordia, a sanarte con su preciosa sangre, á re­sucitarte con su muerte, a alumbrarte con su divina luz, á inflamarte con su amor, a consolarte con su infinita suavi­dad, á desposarse con tu alma, a hacerte participante de su divino espíritu, y de todos los inmensos bienes que te me­reció en el árbol de la cruz.

En este Santísimo Sacramento está la fuente de todos los bienes, la causa de todas las delicias, y en él se gusta la ce­lestial dulzura del Señor. Este divino Sacramento es me­dicina a los enfermos, camino seguro a los peregrinos, for­taleza a los flacos, robustez a los sanos, y sanidad a los en­fermos. Nos libra del furor de la ira, y nos hacemos con este altísimo Señor un cuerpo y una carne, convirtiéndonos místicamente en Cristo, y Cristo en nosotros.

Por este soberano medio comunica Dios a su santa Igle­sia los tesoros de sus bienes, virtudes de patriarcas, ilus­traciones de profetas, alabanzas de predicadores, dignidad de apóstoles, victorias de mártires, santidad de confesores, religiosidad de monjes, doctrina de prelados, pureza de vírgenes, resplandor de inocentes, y mérito de los santos. A los de este mundo da nueva gracia, a las benditas almas del purgatorio alivia las penas, y en el cielo aumenta la doria accidental a los ángeles y santos. (AIb. Mag. lib., II de Of. Miss.)

De toda esta inmensidad de bienes espirituales queda pri­vado el que por su grave culpa se llega a recibir la comu­nión sagrada en mala conciencia; y en lugar de innume­rables ángeles, que acompañan a quien dignamente comul­ga, a él le acompañan innumerables demonios, que le si­guen y le rodean, y a cualquiera parte donde va le acom­pañan, en la Iglesia y fuera de ella, en la calle, en su casa, en su mesa y en su cama; siempre está rodeado de demo­nios que le miran como cosa suya.

Con esto dejamos probado que la sagrada comunión en gracia de Dios llena á la criatura racional de felicidades y bendiciones del cielo ; pero con la comunión indigna y sacrílega se pierde del todo, de tal manera, que el Señor le quita la salud ; y sin salud, se arruina su casa y su familia, le alcanzan las maldiciones y castigos de Dios; debe temer alguna muerte repentina y desastrada; y si no se enmienda, pierde su alma para toda una eternidad, y con esta fatal desventura no hay otra que se pueda igualar ; porque no hay conmutación equivalente por el alma condenada, como dice el Señor en su santo evangelio (Matth., XXVIII, 26).


R. P. Fray Antonio Arbiol

LA FAMILIA REGULADA

1866

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