sábado, 18 de septiembre de 2010

El deber de cada hora

MEDIOS PARA FORTALECER EL CARÁCTER
AGENTES INTERNOS

La vida es el ejercicio del deber


La perfección de la persona humana se manifiesta por las acciones exteriores, y tiene su origen en una convicción interior.
La convicción interior, recibe a su vez una ayuda recíproca y valiosísima de las acciones exteriores. Son una sociedad de socorros mutuos. La convicción interna hace aflorar las acciones, y las acciones afirman la convicción interior. La semilla produce la planta, pero la planta produce también las semillas. El cultivo externo desarrolla la fuerza de la semilla.
La virtud produce el cumplimiento del deber, pero el ejercicio del cumplimiento del deber, termina por hacer fácil y robusta la virtud.
El árbol produce las hojas, pero las hojas abonan también al árbol.
Llena la inteligencia del cumplimiento del deber, y la práctica te lo hará cada vez más expedito.
Deber «es la exigencia a la obligación del momento».
Es el objetivo de una voluntad fortalecida: es la arcilla endurecida que no se resquebraja al chocar con la dureza, o el acero bien templado que resiste el choque con el pedernal.
De saber cumplir con tu deber, depende la suerte de tu vida.
Porque el porvenir no es del que busca el placer, sino del que sabe sufrir y sacrificarse.
«El que pierde su vida la salvará», dice el Señor. Es como decir: el que desprecia su felicidad temporal conseguirá la eterna.
En la tumba de un conquistador se lee: «Se esforzó en cumplir con su deber
«Dormí y soñé que la vida es una belleza, desperté y advertí que era un deber
Un deber que cumplir, y que si se emprende con ánimo resuelto, no es difícil de superar.
Alberto de Inglaterra decía a sus condiscípulos: «Todo lo que debemos hacer, es digno que lo hagamos con exactitud, sea que cultivemos nuestra inteligencia, sea que lustremos nuestros zapatos; hagámoslo acabadamente bien.»
Decía Goethe: «Procura cumplir con tu deber, y no tardarás en saber lo que hay en ti
Sabrás lo que vales, incluso ante Dios, en la medida que cumplas con tu deber. El deber es la deuda que tenemos con Dios. El es quien únicamente nos puede obligar. Su voluntad se manifiesta en el deber que nos prescribe. Cumplir con el deber es acoplarse con su voluntad en cada momento. Nuestro deber es su consigna en cada instante. Es la fuente única del mérito supremo.
El que hace sólo aquello que debe hacer, paga su deuda con Dios.
La obligación de cada momento produce héroes en todas las profesiones.
La gesta de Guzmán el Bueno o del General Moscardó al consentir en el sacrificio de sus hijos, no pasó del cumplimiento del deber en circustancias excepcionales.
Don Juan de Austria ante la batalla de Lepanto corría ante las naves y les decía: «Hijos, a vencer hemos venido o a morir, si así Dios lo dispone para su gloria y su nombre

El deber es nuestra justicia

La moral cristiana no es un catálogo de prohibiciones o limitaciones, sino de prescripciones positivas ordenadas a la adquisición de cualidades que nos hagan semejantes a Dios. Por eso las virtudes nos hacen grandes, y sin ellas los santos hubieran sido muy pequeños.
Ir contra nuestros gustos no es injusticia. Lo injusto es ir contra nuestros deberes.
Es doctrina difícil de comprender, porque es difícil de cumplir.
La verdad no siempre se acopla a nuestros gustos.
La ley del deber no es «esto me gusta» o «aquello no me gusta», sino «esto es bueno», o «aquello no es bueno».
Y cuanto en la edad juvenil más hondos echen sus cimientos estas convicciones, más sólidas serán las columnas de tu carácter. De los niños caprichosos salen los hombres volubles.
Esto es lo digno y modo viril de proceder. Ha pasado el tiempo de los infantil. El hombre incipiente ha de tener cabeza para elegir dejando a un lado los sentimientos. Ya es tiempo de que no duden los demás que en vosotros hay uso de razón.
La ley no es un capricho, sino la forma de conquistar el bien ordenado por Dios.
Cumplir con la ley supone poner el alma en ebullición. Te sucederá entonces como al acero: entra en el agua gimiendo y resoplando, y sale con un temple duro y flexible.
Dijo un canciller alemán: «Si no fuera cristiano no serviría al rey ni un momento más. Los títulos y decoraciones no tienen para mí valor ninguno. Quitadme la fe en Dios, y haría la maleta para escaparme a Varzin, para atender a mis labranzas.»
Le mantenía en el deber la convicción de ser impuesto por Dios.
Esta es también nuestra razón. No es ganarte un premio, porque cuando te falte el aliciente de la paga, te faltarán también los bríos. Cumplir con el deber atraído sólo por el premio, desarrolla el egoísmo, y en aras de tu egoísmo, mañana venderás tu conciencia.
Sobre la ayuda circustancial de los premios, coloca la obligación que nace de la expresa voluntad de Dios. Esto irá produciendo en ti el sentimiento cristiano de cumplir con tus obligaciones.
El convencimiento para llegar hasta el cumplimiento del deber, ha de salir de uno mismo, al ver la ventaja de ser bueno.
No cumplamos con el deber por los halagos de quienes nos mandan, o por las alabanzas que se nos prodigan.
Estos alicientes serán legítimos, pero a la larga no son educativos.
Dice el Señor: «Estas cosas se deben hacer, pero las otras no se deben omitir.»
Cumplir con el deber no siempre es sinónimo de privarse; esto aun en esta vida tiene sus ventajas: la satisfacción que trae siempre el deber cumplido.
Estar en paz con Dios reporta más satisfacciones que ningún otro bien. Rothschlid con todos sus millones, no estaba contento, porque era odiado, y amenazado de muerte. Ahora con su dinero sus nietos coleccionan escarabajos, y subvencionan divorcios.

El deber realza la personalidad

Gentes de menor valor intelectual se colocan por encima de hombres de mayor inteligencia, porque supieron cumplir con sus obligaciones.
El que se esfuerza en llenar su puesto, se hace indispensable y dueño de la situación.
El único fracaso de la vida, es no ser fiel a su deber.
Greely fue el primer explorador del Polo Artico. Su nave fue aprisionada y destrozada por los hielos. Salvado después de largos padecimientos, le preguntaron: ¿Cómo había podido resistir? Y respondió: Con el sentimiento del deber. Sentía que debería morir, pero tenía que salvar un objetivo y a mis hombres. Hubiera preferido morir a sufrir tantos dolores.
La prosperidad del hombre no está en el éxito deslumbrador, aunque así lo crea la mayoría, sobre todo si estos éxitos se consiguieron con medios turbios. El valor de la persona está en hacer bien lo que se ha de hacer, aunque los resultados no tengan apariencias.
Esta fue la práctica de Jesucristo. Unas veces las gentes le admiran, otras le odian, y El ni por una cosa ni por otra, se sale del camino del deber. Con frecuencia las gentes no se enteran de sus esfuerzos, ni de sus obras, y sin embargo éstas nunca fueron estériles.
Servirse del prójimo para encaramarse sobre él, como sobre un pedestal para sus fines egoístas, no constituye el verdadero éxito, no es lo que Dios quiere. No es suyo lo que luce, y tarde o temprano llegará a una caída ruidosa, aun humanamente hablando.

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