viernes, 17 de septiembre de 2010

La conveniencia de tener un Santo particular.


La devoción a un Santo, para recurrir á él en sus tribulaciones y trabajos.
En prueba de esta verdad nos ofrecen las historias eclesiásticas muchas maravillas sucedidas en los tiempos pasados, que Dios las hizo para enseñanza y erudición cristiana de los que habían de vivir en los futuros siglos. Y el Señor en su sagrada Escritura nos dice, atendamos para nuestra prudente dirección á los que con sus santas obras nos dejaron ejemplo glorioso (Isai., LI, 1).
En el libro primero de los Anales de la corona de Aragón, que con aplauso y aprobación universal de todos los historiadores escribió el insigne don Jerónimo Zurita, se refiere la milagrosa libertad, que consiguió de su penoso cautiverio el noble almirante de Aragón don Galcerán de Pinos, por auxilio y asistencia soberana de su especial patrón y abogado el protomártir de Cristo san Esteban. El caso fue como se sigue:

Por los años del Señor de 1147 se hallaba preso y cautivo de los moros en Granada el almirante don Galcerán de Pinos, de la primera nobleza del principado de Cataluña. Tratando de su rescate y redención el conde de Barcelona, con asistencia de los parientes y vasallos de dicho caballero, valiéndose el rey tirano de la ocasión oportuna para recobrarse del saqueo militar que le habían hecho los catalanes en su ciudad y puerto de Almería, pidió por el rescate del almirante, no menos que a cien doncellas vírgenes, cien mil doblas, cien hacaneas blancas, cien vacas bragadas, y cien paños de seda y oro de Tauris.
Considerándose el rescate por imposible, dice el historiador Beuter, acaeció un caso extraño, que imagina dicho autor fue único en el mundo, disponiéndose los vasallos del almirante para juntar las cien doncellas, echando suertes en sus mismas hijas, y entregándolas a la fiereza de unos bárbaros, solo por libertar á su señor, y sacarle de la mazmorra tirana en que estaba padeciendo.
En este conflicto se acordó el almirante de su especial abogado y patrón san Esteban, y llamándole con íntimos afectos de su alma, se le apareció el santo protomártir lleno de luces y resplandores, y vestido de diácono, y asiéndole de la mano, le sacó del calabozo.
Estaba preso y cautivo en compañía del almirante otro caballero llamado Sancerni, el cual, viendo este asombroso prodigio, imploró también con humildad el amparo poderoso de san Esteban; y el santo le respondió, que pues tenia santo patrón, le invocase en aquella necesidad.
El caballero Sancerni con esta respuesta del santo, se valió de la intercesión de san Dionisio, obispo y mártir, que era su protector y especial abogado ; y fue tan dichosa su oracion, que también se dejó luego ver el glorioso santo, bañado en divino resplandor, y le dio instantánea libertad.
Hallábanse a hora de amanecer los dos dichosos caballeros en la vía de Tarragona, por donde venían llorando, y dando gemidos al cielo las pobres cien doncellas, que ya caminaban al embarco para el rescate de su señor. Pero con tan feliz encuentro, se convirtieron los llantos y lágrimas en alegrías y gozos; y el almirante fue tan liberal con ellas, y con las casas de sus padres, que el importe de su rescate le empleó en dote competente para ellas, y a sus padres los llenó de favores.
En este caso tan admirable, reparo solo en la respuesta del insigne protomártir, cuando dijo al caballero Sancerni, que llamase á su santo: de lo cual se infiere ser voluntad de Dios y de sus santos, que cada persona tenga su especial abogado, y a él recurra fervorosa, para que le valga en sus tribulaciones y trabajos.
El asunto presente se confirma con la divina providencia que el Altísimo tiene con sus criaturas humanas; pues siendo bastante un ángel del cielo para la asistencia de muchas, no obstante quiere su divina Majestad, que cada una tenga su ángel de guarda distinto de los demás; y los prelados tienen dos, uno por el oficio, y otro por la persona, como se dice en la divina historia.
Aun en lo humano juzgamos por hombre prudente al que procura tener un valedor poderoso y bien admitido en el palacio de su rey. Así lo hizo el prudentísimo José, patriarca en Egipto ; pues hallándose preso en las cárceles públicas por un execrable falso testimonio de una torpe mujer, y viendo que volvía al palacio del rey Faraón con honra y valimiento un favorecido suyo, le encargó el remedio de su penoso trabajo ; pero se olvidó el ingrato de su bienhechor; por lo cual dice el profeta David, que es maldito el hombre que confía en los hombres, en los cuales no hay salud, ni verdadero consuelo.
No sucedió así a los felices españoles, que deseando ver y hablar á Cristo Señor nuestro, se valieron de un santo discípulo suyo, y luego fueron consolados, como se dice en el sagrado Evangelio. (Vide exposit.)
Esta es la notable diferencia que se halla entre los santos y las criaturas terrenas; que los allegados a Dios abogan y piden por nosotros, y nos consiguen todos los favores espirituales, y aun las prosperidades temporales que nos convienen para nuestra salvación eterna; pero los hombres mundanos son falaces y mentirosos, como se nos dice en el sagrado texto (Psalm. LXI, 10).
Estando en grande tribulación y batalla militar el pueblo escogido de Dios, si el santo Moisés oraba por el pueblo puesto en cruz, vencía el pueblo dichoso; pero si el santo cesaba de la oración, y bajaba las manos, vencía el contrario (Exod. XVII, 11). Esto hace en favor de los hombres la oración fervorosa de los santos.
Por diez justos que se hallasen en toda una ciudad, dijo Dios, perdonaría a millares de hombres que habitaban en ella; y según era de populosa, a cada uno de los diez justos tal vez corresponderían diez mil ingratos: considérese cuánta mayor felicidad tendrá un fiel católico a la sombra de un santo glorificado y abogado suyo.
Los ciegos y obstinados herejes, que niegan la intercesión poderosa de los santos, vean y consideren de cuántos bienes espirituales y temporales se privan; y si aun viviendo los justos en este mundo, son de tanto provecho con sus oraciones fervorosas a los mortales, discurran cuánto mas podrán en el cielo, donde ya viven y reinan con su Dios y Señor Omnipotente. Lean para su confusión y convencimiento la dogmática doctrina del santo concilio Tridentino. Verdad es, que todo lo que los santos nos alcanzan con su poderosa intercesión en el cielo, se nos concede por los infinitos merecimientos de nuestro Señor Jesucristo; como lo explica el mismo santo concilio, y nos lo enseña la Iglesia católica.
Aquel insigne amigo de Dios Moisés hablaba con su divina Majestad, como suele hablar un amigo con otro, como se contiene en la sagrada Escritura; y llegó a decir al Altísimo, que una de dos, ó perdonase al pueblo, ó a él le borrase del libro de la vida (Exod., XXXIII, 2). Si esto dijo, y fué de tanto provecho su intercesión para los mortales, siendo viador, ¿qué será siendo ya comprensor, y estando en la gloria con el mismo Dios, a quien sirvió en la tierra?
El mundo está lleno de lazos y peligros, como dice san Pablo : Ubique sunt angustia. Hay peligros en el mar, peligros en los ríos, peligros en la tierra, peligros en los parientes, peligros en los extraños, peligros en el pueblo, peligros en la soledad, peligros en los amigos, y peligros en los falsos humanos. Mas peligros y tropiezos hay en todos nuestros pasos, que tienen piedras las calles; y parece un continuo milagro de Dios la conservación espiritual y temporal de nuestra vida. Para este favor divino es muy conveniente, que cada uno tenga un santo por su especial abogado.
Bien conoció esta grande importancia aquel amigo del paciente Job, cuando considerándole anegado en un mar amarguísimo de trabajos, cubierto de lepra de pies a cabeza, y que con un fragmento duro de una teja rompida se quitaba la postema y podredumbre de sus llagas, le dijo que clamase al cielo, y encaminase sus voces a alguno de los santos para su remedio: Voca ergo, si est tibí respondeat, et ad aliquem sanctorum eonvertere [Job, V, 1).
Este sano consejo es el que deseo dar á todo cristiano en este capítulo, que escoja para sí mismo un especial abogado, a quien recurra en todas sus tribulaciones, trabajos y peligros, así de alma colmo de cuerpo; porque según nos enseña el apóstol san Pablo, no somos suficientes para nuestro bien, y nuestra suficiencia ha de venir de Dios; y los favores de Dios los conseguimos con la invocación é intercesión poderosa de los santos, por los méritos de Cristo Señor nuestro, como está dicho.

R.P. Fray Antonio Arbiol
LA FAMILIA REGULADA
1866

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