martes, 14 de septiembre de 2010

¿Por qué permite Dios el mal?


¿Por qué Dios, siendo bueno, deja que los malos prosperen en este mundo, mientras que los buenos viven afligidos y sujetos a mil miserias?
—En primer lugar, ¡ni los malos triunfan siempre, ni los buenos viven siempre afligidos. Todos conocemos a personas cristianísimas que nadan en la abundancia, disfrutan de una salud envidiable y por doquiera se les tributa honor y admiración, y también conocemos a bribones que viven miserablemente, siempre jurando y maldiciendo y con un fin trágico, ya en la cárcel, ya en la horca. La felicidad en este mundo es muy relativa. Un pobre virtuoso que se contenta con poco y pone su dicha en ser buen cristiano y vivir en gracia de Dios, es mil veces más feliz que el millonario avariento y malo, inquieto siempre y renegando porque los negocios no van como quisiera, y siempre a punto de desesperar y dar un mal paso. Pero demos que son los malos los que prosperan. Bien, ¿y qué? Eso a lo sumo probaría que tiene que haber otra vida, donde a cada uno se le dará conforme a sus méritos. Mientras vivimos estamos en un período de prueba. A los dignos, premio eterno; a los indignos, pena eterna. Los buenos que se ven vilipendiados y devoran amarguras hasta las heces..., alégrense: están purgando en este mundo sus pecados y les brilla en lontananza una eternidad de paz y descanso. Los malos que acá ríen porque triunfan y todo les sale bien..., teman: están recibiendo en este mundo la recompensa. «Ay de vosotros los ricos, porque tenéis acá vuestro consuelo» (Luc 6, 24). Y San Pablo: «Creo que no se pueden comparar los sufrimientos de esta vida con la gloria que nos espera en la otra» (Rom 8, 18).

¿Por qué hizo Dios el mundo? ¿Es cierto que se acuerda de sus criaturas y se preocupa de ellas? Siendo Dios omnipotente y todo amor, ¿por qué permite el mal en el mundo?
—Los católicos creemos que el mundo fue hecho para la gloria de Dios, y la Biblia está llena de textos a este propósito (Sal 18, 1; Filip 1, 11; 1 Cor 15, 24-28). Dios es, además de creador, conservador de todas las cosas. Si El no la sustentase, la máquina del Universo se haría añicos y volvería a la nada, de donde la sacó Dios. «En El nos movemos y vivimos y somos» (Hech 17, 27). Todo lo abarca su providencia; sin ella, ni un pájaro cae al suelo (Mat 10, 29). En sus obras, Dios es infalible, sin que criatura alguna le pueda impedir sus designios. Una vez persuadidos de su providencia sapientísima, no debemos inmutarnos ante el problema del mal, pues sabemos que el gobierno acertadísimo de Dios «abarca fuertemente de un cabo a otro todas las cosas y las ordena todas con suavidad» (Sab 7, 1).
No nos jactamos los católicos de resolver satisfactoriamente el problema del mal. «Porque ¿quién de los hombres podrá saber los consejos de Dios? O ¿quién podrá averiguar qué es lo que Dios quiere? (Sab 9, 13). Estamos ante un misterio, y los misterios son manjar escogido, del que sólo gustan los bienaventurados. Sin embargo, con la luz de la razón iluminada por la fe, no nos quedamos del todo a oscuras. Condenamos desde luego como absurdas un sinnúmero de soluciones inventadas por religiones y filosofías extrañas. No resuelve el problema aquel dualismo de Persia, que enseñó la existencia de dos principios iguales, uno bueno y otro malo, siempre en lucha continua; ni el pesimismo fundamental de Schopenhauer, que declaró ser el mundo demasiado malo para que saliese de las manos de Dios; ni el optimismo metafísico de Leibniz, según el cual este mundo, manchado y todo con tanta maldad, es el mejor de los mundos posibles; ni la pagana ciencia cristiana de la señora Eddy, que consideró al mundo como una ilusión de la «mente mortal»; ni la explicación fútil del inglés Wells, cuyo dios «finito» nos aligera la carga del mal llevando El parte del mal que ino puede aniquilar.
El Dios a quien nosotros adoramos es infinito en todas perfecciones. Es un Dios que «vela y gobierna con su providencia todas las cosas que creó», como nos dice el Concilio Vaticano. Mal no es solamente la ausencia del bien, sino la ausencia del bien debido. «Es la falta de algún bien que debiera estar presente", como dice Santo Tomás. El mal es una privación, pero al mismo tiempo es algo muy real. Los males físicos son defectos que afectan no poco a la integridad de la persona, como la ceguera y otros. El mal moral—el pecado—es un pensamiento, una palabra o una obra que va contra la recta razón y contra la ley de Dios, como el homicidio, el adulterio, el robo. Decimos, pues, que Dios no puede ser la causa del mal, porque siendo éste una carencia, no puede ser el término de un acto positivo creador. Aclaremos esto con aquella hermosa comparación de Downey: «Así como el sol, desde los cielos, no derrama sino luz y claridad, y la sombra—ausencia de luz—la causa siempre un obstáculo, un árbol o un muro que intercepta los rayos solares, así Dios, infinitamente bueno, no causa más que bondad, de suerte que donde hay un mal—ausencia de bondad—allí tiene que haber un obstáculo: frecuentemente el abuso del libre albedrío por parte del hombre
Dios no procura directamente los males físicos, porque, siendo inteligentísimo, no los puede confundir con los bienes, y siendo infinitamente bueno, no se puede Él gozar con nuestras miserias y sufrimientos. Lo que hace Él es permitirlos y obrar de manera que hasta de esos males nos vengan bienes, pues como dijo San Agustín, «la bondad y el poder de Dios son tales que hasta de los males sacan bienes». Y San Pablo: «A los que aman a Dios, todo se les convierte en bien» (Rom 8, 28). Examinemos estos conceptos.
¿Son los sufrimientos un mal? Los santos responden que no. Ellos los deseaban. ¡Cuántos pecadores que vivían apartados de Dios, al verse confinados a una cama o a un hospital, han abierto los ojos, se han desengañado de la caducidad de las cosas terrenas y han extendido los brazos a su Dios y Señor! Aquella enfermedad es para ellos llave que les abre la puerta del cielo. La sangre de los mártires es semilla de cristianos, y la Pasión de Jesucristo trajo como consecuencia la redención del género humano. Dígase lo mismo de tantos otros males que son fuente de bienes. Es que Dios escribe derecho con renglones torcidos.
¿Y qué decir del mal moral, el pecado? Dios, claro está, no puede menos de odiarlo. El pecado es un acto de la voluntad, y está siempre libre en sus actos. Si yo peco es porque quiero. Es cierto que mi inclinación a pecar es grandísima y que los objetos en mi derredor me incitan poderosamente al pecado; pero, en último término, si peco es porque quiero. Insistirán algunos diciendo que hay hombres que no pueden menos de pecar, o por nacer y vivir entre desalmados, o por un temperamento ruin, o por las dos cosas juntas. Esto es falso, Dios se da perfecta cuenta de nuestras necesidades y nos da su gracia en proporción a ellas, ni nos pedirá cuenta de lo que ino pudimos evitar. El impulso que sentimos a pecar es irresistible. Siempre queda a salvo la voluntad.
El dogma del pecado original arroja mucha luz sobre el problema del mal. «Adán—dice el Concilio de Trento—perdió para sí y para nosotros la santidad y justicia que había recibido de Dios, y manchado con el pecado de desobediencia, nos transmitió a todos la muerte, los dolores del cuerpo, el pecado y la muerte del alma.» (Véanse también Gén 3, 16-24; Rom 5, 12-19.) Pero como dijo Saín Pablo, «donde abundó el delito, sobreabundó la gracia» (Rom 5, 20), Jesucristo, con su Pasión y muerte, nos redimió de la esclavitud del pecado y nos restituyó al orden sobrenatural de la gracia; pero aquellas prerrogativas de que gozó Adán antes de su pecado se perdieron para siempre. Gracias a aquellas prerrogativas estaríamos ahora libres de dolores, ignorancia, concupiscencia, y, sobre todo, libres de la muerte. En el pecado de Adán, pues, hay que buscar la raíz de muchos de los males presentes. Para consuelo nuestro, sabemos que Jesucristo convierte nuestros dolores y sufrimientos, bien llevados, en fuente de méritos y satisfacciones sin cuento. Los males de esta vida son enemigos que nos salen al paso en nuestro camino hasta el cielo. Dios nos da gracia abundante para que le demos batalla y los venzamos, reservándonos en premio de nuestro triunfo coronas y laureles de gloria.

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