lunes, 6 de septiembre de 2010

LOS TRAICIONADOS (I)

MANOS SACERDOTALES
Los sacerdotes polacos en los campos rusos de con­centración se han visto obligados a realizar los trabajos más duros y humillantes; más aún, movidos por un des­precio supremo, los oficiales, revólver en mano, los obli­gan a limpiar las peores inmundicias con sus propias ma­nos consagradas.
Los comunistas quieren sobre todo vengarse de esas manos inermes y terribles, amorosas y taumaturgos.
¡Manos amorosas que todas las mañanas se trans­forman en la cuna de Jesús!
¡Manos trémulas por la emoción, como las de Ma­ría; manos pródigas y tiernas como las de José, que ca­da día tocan, acarician y levantan al Niño Jesús en ac­titud íntima de bendición!
¡Manos reverentes y amistosas como las de Juan y las de los otros Apóstoles que "tocaron al Verbo de la vida".
¡Manos reparadoras, ardientes y animosas, como los de Magdalena, que lavan todos los días los pies de Cris­to, cubiertos de polvo por el largo caminar tras de la oveja perdida!
¡Manos misericordiosas y amantes como las de Nicodemo y José de Arimatea, que diariamente ungen con aromas y oraciones el Cuerpo del Señor, lo encierran en la urna del Copón y lo sepultan en el Sagrario!
¡Manos taumaturgos como las de Moisés, que sobre la tierra árida de nuestra naturaleza caída, hacen correr las aguas vivificantes del bautismo.
¡Manos libertadoras que arrancan la espina del pe­cado, desatan los lazos de la tentación y rompen las ca­denas del vicio!
¡Manos angelicales que derrumban la piedra se­pulcral de la desesperación!
¡Manos fecundas y generosas que multiplican el Pan del cielo para distribuirlo a los pequeños que mueren de hambre!
¡Manos que orientan y señalan el camino, sostienen al viandante, que le abren las puertas de la Patria an­helada!

A las veces sellan un amor con rúbrica de eterni­dad; pero jamás bendecirán un odio.
A las veces se extienden acogedoras como las del padre del hijo pródigo; o se vuelven diligentes y activas como las del buen samaritano; y son las manos de un Cura de Ars, de un Vicente de Paúl, de un Juan Bosco.
A las veces se levantan imperiosas e irresistibles pa­ra domeñar la tempestad y el huracán de las pasiones, y sobreviene la calma en el Tiberíades del corazón; como las manos de Felipe Neri o de Francisco de Sales.
Otras veces, enhiestas, formidables, con la actitud acusadora del profeta Natán, dicen al rey lujurioso y ho­micida: ¡Tú eres ese hombre! Tu es ille vir!; o se alzan con el gesto profético del Padre Cristóbal que excla­maba: ¡Vendrá un día. ..!
Unas veces hacen descender el maná en el desierto; otras, los castigos y las plagas de Egipto.
A las veces devuelven la vida a la hija de Jairo y al joven de Naím; pero otras, llaman a la muerte como so­bre Ananías y Safira.
A las veces se posan sobre las blondas cabecitas de los niños para bendecirlos; otras, empuñan el látigo para lanzar a los que profanan el templo.
Manos blancas y aristócratas de los Prelados, de los escritores, de los diplomáticos; o manos arrugadas y tos­cas de los párrocos; manos finas y enguantadas del Papa, de los Obispos, de los Nuncios, o manos desnudas y ás­peras de los misioneros, de los educadores... todas son idénticas, porque son las manos de Cristo, manos que dan la vida o la muerte.

Y estas manos identificadas con las de Cristo, y como las suyas omnipotentes, son las que los comunistas han querido ultrajar, ofender, profanar, enlodar, con las inmundicias de la calle.
Mas si todos los perfumes de la Arabia no lograron quitar de las manos de Lady Macbeth el olor de la san­gre; todo el hedor de todas las inmundicias del mundo no pueden desvanecer la fragancia del crisma balsámico que el día de la ordenación consagraron las manos del sacerdote por toda la eternidad.
El lodo de las casas de lenocinio no pudieron man­char la blancura espléndida de Santa Agueda; ni tampoco los miasmas de todos los pantanos lograrán ve­lar el fulgor radiante de las manos sacerdotales.
Ni nada las mancha ni fuerza alguna las paraliza.

A los obreros comunistas de España se les ordenó con intuición diabólica, que destruyeran los sagrarios, por­que en ellos habían escondido los sacerdotes sus tesoros; que cortaran las manos sacerdotales para que ya no pu­dieran bendecir.
Ejecutaron la orden con una violencia salvaje; y los Sacerdotes a quienes no lograron matar se quedaron con los muñones trágicos de sus brazos mutilados.
Así y todo, los sacerdotes con sus manos cortadas no dejan de ser sacerdotes, y siguen intactas y activas, con­solando y haciendo el bien.
La estatua más hermosa de San Juan Bosco la hizo un escultor manco, un pobre indio de un lazareto de Matto Grosso. La lepra había destrozado sus manos; pero hizo que le ataran a los muñones el cincel y el martillo y así surgió la amable figura de Don Bosco.
Pueden faltar las manos, pero el alma va más allá y guía el cincel.
Pueden faltar las manos, pero la fe suple a la carne martirizada y a los dedos deshechos; el amor transfigura el mismo mármol, insensible y duro, y el amor lo ablanda y lo suaviza.
Porque, como dice San Pablo, el amor todo lo su­fre, todo lo espera, todo lo soporta; el amor, según "La Imitación", se atreve a todo y todo lo puede.
Si tales prodigios pueden hacer las manos truncas, pero a las que el amor completa, ¿qué no podrán reali­zar los muñones de las manos sacerdotales, divinamente consagradas, en las que persiste el poder de consagrar, de absolver, de bendecir, porque no pueden arrebatarles su poder taumaturgo?
De manera que cuando estos muñones se levanten para bendecir, brotará una bendición más copiosa de esas heridas sangrantes y un estremecimiento de ternura hará palpitar el corazón de los fieles.
Cuando esta carne martirizada se levante para ab­solver, con la Sangre de Jesús se derramará sobre el pe­nitente la sangre sacerdotal, y al perdón de las manos heridas de Cristo se unirá el perdón de las manos mutila­das del "Alter Christus", del Otro Cristo.
Cuando se elevan al cielo para implorar misericor­dia, la impetración será más irresistible y la gracia más cierta, no la de las manos intactas y hermosas, sino la de los muñones sangrientos y desfigurados.
Cuando el Moisés de la Nueva Ley eleve a Dios sus brazos mutilados, alcanzará a la Iglesia una victoria más completa y un triunfo más decisivo.

El día de Pentecostés San Felipe Neri oraba ante el Sagrario; nueve días de ayuno y de ardientes oraciones lo habían preparado para recibir el incendio del Divino Paráclito.
Cuando, he aquí que siente descender a su corazón una oleada dolorosa y dulcísima; y su corazón, aquel po­bre corazón humano, pequeño pero ávido de amor, se dilata para hacerse más amplio y llenarse más de aquel fuego divino.
Ante ese ímpetu, las costillas se arquean, de modo que casi se le rompen; y Felipe Neri de ahí en adelante queda con aquella prominencia en el pecho y con el corazón agrandado.
Ciertamente que ese milagro era el más conveniente para el santo de la alegría y que respondía mejor a las necesidades de la Iglesia en aquellos tiempos turbios y borrascosos.
Estaba reciente aún la rebelión del Protestantismo; Lutero había arrancado naciones enteras al rebaño de Pedro; Calvino sofocaba los corazones con una doctrina dura y desesperante. En el pesimismo y en el desaliento se había empequeñecido, como una hoja marchita y seca, el corazón de muchos católicos, de muchos sacerdotes, que asistían, paralizados por el terror, a la terrible san­gría protestante, pasivos, anonadados, como ante un fa­talismo aplastante.
Por eso sucedió este milagro DILATADOR.
Se necesitaba un santo con el corazón agrandado, que supiera oponer, a la magnitud del mal, la magnitud del amor; con un corazón dilatado para la generosidad, que pudiera comprender y santificar las nuevas exigen­cias de las almas.

La potencia conquistadora de una idea está siempre en proporción de la potencia de amor que puede susci­tar; el que pueda amar más, podrá conquistar más.
Todo cisma surge de un corazón estrecho que no sa­be abarcar y comprender toda la verdad y a todos sus hermanos, sino sólo una parte de verdad y a una parte de sus hermanos; toda herejía es una partición, una divi­sión, un empequeñecimiento; el protestantismo fue una estrechez.
El Espíritu Santo, a fin de reconquistar a las almas, perdidas por la mezquindad, lanza a la Iglesia el cora­zón dilatado de Felipe Neri; como ya antes, para santi­ficar a las almas empobrecidas por la dureza, había lan­zado el corazón herido de Francisco de Asís.
El renacimiento ha surgido siempre del corazón. Felipe Neri, con su magnífico corazón dilatado, co­mo de una fuente inagotable, difundió en la Iglesia aque­lla su incontenible alegría, su piedad sonriente, su purí­sima ternura que atraía a los niños, a los pobres, al pue­blo; y la marcha de la Iglesia volvió a empezar triunfal y victoriosa.

No queremos forzar los parecidos, pero los días lle­nos de niebla en que vivimos son semejantes a los de San Felipe, porque han sido engendrados por ellos.
Entonces se rompió la unidad católica, ahora se de­rrumba la civilización cristiana; entonces se rasgó la uni­dad de las ideas, ahora se desgarra la fraternidad de los corazones; fue aquélla una lucha de fe y ésta, de in­tereses; aquélla, una lucha de religión y la de hoy, una lucha de clases; cruenta la una y la otra, pero la presen­te es más espantosamente amplia y furiosa.
La vida es lógica: la desunión no puede engendrar sino la división.
Pues bien, como entonces, la salvación de hoy no puede venir sino de un gran corazón de santo; DE UN CORAZON SACERDOTAL DILATADO.
Se necesitan corazones sacerdotales dilatados, que en su amplitud sepan ¡untar a los que se han perdido, que con la llama del amor no dejen que se vea la llama de los incendios fratricidas, que con su alegría hagan ter­sas las frentes arrugadas por el odio.
Se necesitan, sobre todo, corazones dilatados que sepan comprender las exigencias de las almas, siempre nuevas; que den una solución de amor, no una solución de odio; una lucha contra el mal, no una lucha de clases.
Después de una ruda batalla, que había sembrado de cadáveres la llanura inmensa, Napoleón le pregunta­ba al Zar vencido: SEÑOR, ¿POR QUE NOS HEMOS HECHO LA GUERRA?
¡Se lo preguntaba ante veinte mil muertos!
¿Por qué no se lo preguntaron antes?
¿Por qué se desgarraba toda Europa?
¿Por qué no nos comprendemos mejor?
Una monstruosa Babel no deja que nos entendamos; hablan los intereses, y los intereses hablan siempre len­guas bárbaras, que no se comprenden; si hablaran los corazones, se entendería al punto.
Mas, los corazones callan; y es urgente que un gran corazón hable por todos y a todos. Es urgente que el Espíritu Santo lance de nuevo entre los cristianos un sacer­dote de corazón dilatado y comprensivo. Es urgente que se renueve el milagro de Felipe Neri.

¡HEMOS CREIDO EN EL AMOR!
San Juan, con la mirada sintética del águila, com­pendia todo el origen, la historia y la psicología del apos­tolado en esta visión deslumbrante como sus visiones apocalípticas: ¡Hemos creído en el Amor!
El estrujante deseo que Dios tiene respecto de los hombres ha sido siempre el de que crean en su amor. Los hombres han creído en la omnipotencia, en la sabi­duría, en la grandeza de Dios, para postrarse en adora­ción llenos de temor; pero rara vez han creído en su amor.
Y, sin embargo, era casi lo único que le importaba a Dios que se creyera, para que los hombres se abisma­ran en El con el abandono arrobador de la confianza.
El Verbo fue enviado únicamente para hacernos esta revelación, ha venido para dar a los hombres, tímidos y aterrorizados, la fe en el amor.
Y cuando un hombre llega a creer en el amor se con­vierte al punto en un apóstol.
Ya no puede quedarse quieto, ni callar, ni dormir. Apenas Francisco de Asís cree en el amor, y vaga per­dido y loco por el valle de Espoleta, gritando al cielo, a la tierra, a los hombres, a los pájaros: "¡El amor no es conocido! ¡el amor no es amado!"

Siguiendo las huellas de los Apóstoles, el sacerdote es un hombre que ha creído en el amor.
A veces no es fácil: las promesas del amor le pare­cen exageradas y utópicas a la fría razón, porque ésta só­lo puede disponer de la fuerza y de las posibilidades nor­males; el amor, en cambio, cuenta con el heroísmo, que hace surgir del abismo de las almas energías misteriosas, insospechadas, que parece que no tienen límites, como las energías del núcleo incandescente de la tierra, que aflo­ran sólo cuando las arranca la furia de un volcán.
¿Qué fría inteligencia humana, genial, angélica, hu­biera podido creer jamás en las promesas que el amor de Dios les ha hecho a los hombres?
La Encarnación, la Cruz, la gracia, la Eucaristía, son increíbles para la sola inteligencia.
El sacerdote es el que ha creído en estas promesas; y también en las otras, íntimas e inefables, que el amor de un Dios hace a sus amigos...
Más increíbles aún que las promesas son las clarivi­dencias y las profecías del amor.
El corazón, entre los densos velos de los sentidos, se ciega; pero, en la llama diáfana de la caridad, adquiere una mirada traslúcida e infalible.
El ojo ve, la inteligencia juzga, la razón deduce, el amor adivina.
¡Feliz el que se fía de estas intuiciones, contrarias quizá a las previsiones y cálculos de la razón!

Pero lo que se le pide sobre todo a un apóstol y a un sacerdote es que crea en el poder del amor, en su fuerza conquistadora y victoriosa.
Es preciso creer que la caridad, inerme, desnuda, pobre; sin luchar, sin ofender, sin dominar, sin herir; al contrario, ultrajada, aherrojada, martirizada, puede con­quistar a todos los hombres.
Es la paradoja del apostolado y del sacerdocio cris­tiano; es la suprema gloria del cristianismo: vencer aman­do.
El comunismo, antítesis del cristianismo, ha creído por el contrario en el odio y se ha propuesto abierta­mente conquistar al mundo con el odio y con la lucha de clases.
A primera vista, parecería que el odio fuera más adecuado para la conquista, porque es luchador, polé­mico, excita al combate, desencadena las fuerzas más bestiales del hombre y hace sentir el ardor salvaje de la venganza.
El odio puede pasearse por los campos ilimitados del mal, puede usar todos los medios lícitos e ilícitos; todas las armas, las permitidas y las prohibidas; y se burla —puesto que es el mal— de cualquiera ley divina y hu­mana; mientras que el amor no puede conquistar, sino por los caminos estrechos de la ley, con sólo los medios del espíritu y sin armas.
Por eso hay muchos que al presente creen más en el odio que en el amor.

Pero las enseñanzas de la Historia nos dicen que ha triunfado y triunfará siempre el amor.
El odio conquista por medio del terror; y para ven­cer en definitiva, sería preciso suponer que todos los hombres han nacido con almas de esclavos y de siervos.
El amor conquista con alegría, que es el anhelo su­premo del género humano.
Una tragedia reciente comprueba la actualidad y la verdad de estas afirmaciones.
España fue el campo de batalla del odio que ame­trallaba a los sacerdotes y del amor con que ellos sa­bían morir, perdonando y amando a sus mismos verdugos.
Creían los milicianos rojos que habían triunfado cuando degollaban a un sacerdote; y no se daban cuen­ta que, por lo contrario, éste obtenía el triunfo y se lle­naba de gloria, porque daba la suprema prueba de amor muriendo; porque demostraba que su amor era vi­goroso y vivo, puesto que le daba fuerza para morir, como el primer mártir, San Esteban.
La muerte, que el odio causa y el amor acepta son­riendo, es el esfuerzo supremo de uno y otro; pero mien­tras que para el odio aquella muerte que se inflige es la extremada, fácil y brutal bellaquería, para el amor es un heroísmo que se eleva a las alturas de la gloria.
El odio, sin darse cuenta, ha obligado al clero es­pañol al más grande amor; con el tormento ha desper­tado ocultas energías de caridad, quizá adormecidas; y ese amor tan grande ha purificado a España, ha lavado sus manchas y la ha elevado a las alturas de Teresa de Ávila, Juan de la Cruz e Ignacio de Loyola.

El odio ha sido derrotado, porque al dar tormento a los cuerpos, ha suscitado el incendio del amor, que entre las ruinas de las catedrales ha devorado y destruido el mismísimo odio para fundir los corazones en una fraternidad jamás vista.
Esta victoria del sacerdocio no es, por otra parte, sino la repetición de la victoria de Cristo, que en­ clavado y vencido en la Cruz por el odio, atrajo a sí to­dos los corazones, porque se dejó vencer por amor.
El Crucifijo y el Corazón de Jesús no parecerían sím­bolos de conquista, porque el Crucifijo es un vencido y el Sagrado Corazón es un amor inerme que se lamenta; sin embargo, son los más formidables medios de atracción y de conquista.
"¡Hemos creído en el amor!" gritan los Apóstoles, y con esta confianza en el amor han dominado al mundo.
"¡Hemos creído en el amor!" dijeron frente a los fu­siles los sacerdotes de España y México, y salvaron a su patria.
"¡Hemos creído en el amor!" dicen todos los sacer­dotes del mundo.
¿Por qué han escogido un estado tan difícil y excep­cional? Porque han creído en la caridad.
Cada sacerdote es un soldado: el uniforme, el jura­mento, la vida, hacen de él un soldado; no es ni puede ser un burgués neutral, desde el momento en que esco­gió ese camino; ¿por qué entonces no tiene ni las armas, ni la fuerza del soldado?
¡Porque ha creído en el amor! Mientras más crea, más confianza tendrá, más se abandonará al amor, más amará, será más sacerdote, más apóstol, más conquistador.

BIENAVENTURADOS LOS MISERICORDIOSOS
Maurois narra este episodio de guerra, histórico y genial.
Un soldado inglés, en un momento de locura, mata a un oficial suyo.
En la confusión de la guerra, el delito pasa casi in­advertido; y después de una investigación superficial, se da carpetazo al asunto.
Ya los hombres olvidaron el hecho, pero lo recuerda aún la conciencia, que muerde como bestia herida.
El infeliz siente por ello la necesidad imperiosa de confesar a alguien su culpa, de buscar un corazón en quien volcar la amargura de su alma que lo envenena.
Es protestante anglicano y se dirige a un pastor que lo acoge con gran amabilidad; pero, cuando escucha la amistosa confesión, el pastor de un salto se pone de pie, temblando y lleno de horror.
— ¿Cómo? ¿Has cometido un asesinato? ¿Y vienes a mí? ¿Qué quieres que haga? Ve a entregarte. ¡Para estos delitos se necesita un policía, no un pastor; para estos crímenes se va al juzgado, no a la Iglesia!...

Aquel desgraciado huye despavorido y más deses­perado que antes. Una segunda tentativa con otro pastor no tiene me­jor éxito. Entonces, la idea del suicidio, semejante a un tumor, le va creciendo en la mente, como única libera­ción.
A sus compañeros católicos les ha oído hablar de la confesión sacramental; y un día, en medio de su simpli­cidad y presa de gran emoción, se arroja a los pies de un sacerdote católico.
Es un anciano, encorvado y de cabellos blancos, que está sentado en el tribunal de la penitencia. El soldado se arrodilla y con voz temblorosa confiesa su tremendo secreto.
—¡Padre he asesinado!
Cierra los ojos y aguarda la explosión de una cólera tremenda.
Cuando, he aquí con voz tranquila, serena, apaci­ble y casi diría, indiferente, oye que el sacerdote le hace esta sencilla y sublime pregunta:
—¿Cuántas veces, hijo mío?
Aturdido como por un mazazo, abre desmesurada­mente los ojos y mira al sacerdote. Lo contempla con sus manos juntas, los ojos entrecerrados, los labios sonrien­tes. No comprende absolutamente nada, siente en su co­razón un agudo dolor, como de una incisión hecha en carne viva; el temor del remordimiento se abre y fluye en lágrimas ardientes, dolorosísimas, libertadoras: ¡ha encontrado la misericordia, ha vuelto a la casa paterna, ha visto el rostro de su padre!

—¿Cuántas veces hijo mío? En esta pregunta sen­cilla y casi banal ¡se encierra toda la psicología sublime del sacerdote católico!
El sacerdote vive entre las cimas y los abismos; no se maravilla por tanto, si Teresa de Ávila o Ángela de Foligno le hablan de sus éxtasis, ni si Judas le confía su traición.
En el corazón humano hay de lo uno y de lo otro. El mismo corazón puede, en un ímpetu de amor, lanzarse desde el homicidio hasta la profesión de fe en la cruz, como el buen ladrón; puede también, en la locura de la pasión, precipitarse desde la predilección y el celo del apostolado hasta el infierno de la traición de Judas.
El corazón humano, impulsado por el soplo de la gracia, tiene alas para llegar hasta las visiones deslum­bradoras, y, apremiado por el torbellino de las pasiones, tiene el peso suficiente para hundirse hasta el abismo de Lucifer.
El sacerdote lo sabe y no se maravilla: lo experi­menta cada día, y tiembla ante la pureza de Luis Gonzaga, y por la esperanza goza ante los desvíos de Agus­tín.
Esta soberana calma no es indiferencia o insensibi­lidad en el corazón; sino participación de la suprema paz de la misericordia divina, que hace descender la sonrisa de un rayo de esperanza hasta el antro del ladrón; es una participación de la serenidad de Dios, que no se tur­ba cuando una gota de mal cae en el océano infinito del amor.

¡Bienaventurados los misericordiosos!, dijo Jesús, y el sacerdote vive sumergido en el piélago sin límites de la misericordia; y él es instrumento, ángel, embajador de gracia y de misericordia.
Cada día asiste conmovido y aniquilado al espec­táculo de la prodigalidad amorosa e infinita de la mi­sericordia divina.
Cada día saborea la dulzura inefable de las lágri­mas del pródigo y siente el abrazo inenarrable del Pa­dre Celestial.
Todos los hombres han saboreado o saborearán la dulzura de algunas gotas de la gracia y del perdón; pe­ro sólo el sacerdote acerca sus labios, cada día, al río de la misericordia y sacia su sed.
Para todos los hombres Jesús proclamó esta bien­aventuranza; pero de un modo muy particular para el sacerdote; porque aunque él se embriaga con todas las bienaventuranzas, de manera especial y todos los días lo hace con la bienaventuranza de la misericordia.
Juez feliz se sienta en el tribunal, pero sabe que su sentencia ha de ser, casi totalmente, una sentencia abso­lutoria, de gracia, de perdón, de liberación, de paz.
Él sabe de memoria y por anticipado la sentencia de misericordia: EGO TE ABSOLVO A PECCATIS TUIS. Yo te absuelvo de tus pecados; pero desconoce alguna fórmula de condenación. La Iglesia le impone la obliga­ción de conocer la fórmula para absolver, no le sugiere ninguna para condenar.
Perdonar, dice Hello, es más que dar, es dar más allá, hacer gracia con privilegios de rey; lo que eleva la justicia al cielo del amor y la conduce hacia una jus­ticia muy diversa, y mucho más alta y divina, que es la misericordia.
Por eso, el sacerdote se siente rey, porque tiene ese privilegio; se siente riquísimo, porque puede siempre dar mucho más allá, con la prodigalidad de la misericordia.
Apenas descubre una lágrima, escucha un suspiro, presiente un arrepentimiento, y da la gracia, la vida di­vina, la esperanza, la paz, el paraíso.
Poder que lo embriaga de alegría, que lo hace ben­decir su vocación, que lo hace besar sus propias manos misericordiosas y benéficas, que lo hace cantar: MISERI­CORDIAS DOMINI IN AETERNUM CANTABO. Eterna­mente cantaré las misericordias del Señor.
Es ésta una bienaventuranza tan embriagadora, que el sacerdote, para sentirla, sube con José Cafasso hasta el tablado de la guillotina; baja con Juan Bosco a las cárceles, tétricas y húmedas; sabe permanecer con el Pa­dre Lino entre los galeotes.
Es ésta una margarita tan preciosa que para com­prarla, el sacerdote vende la libertad y se encadena a los remos con Vicente de Paúl; da la vida y corre tras los apestados y los que tienen el mal del cólera, pone en peligro hasta su propia alma, cuando ha de descen­der a los pantanos fangosos del mal para recoger entre el lodo las lágrimas de una Magdalena.
Sabe que en esa hora su pobre rostro humano se transfigura ante su hermano, que ve en el sacerdote una cabeza que se inclina para dar el abrazo del Redentor Crucificado; se transfigura ante el pródigo, que ve en él un rostro marchito por las lágrimas y los ojos amorosos de su Padre.
Sabe que en esa hora es el Arcángel Miguel, que mata el mal con la gracia, que sofoca la desesperación con el perdón y destruye la muerte con la vida.
Sabe, sobre todo, que el divino Padre tendrá mi­sericordia con él, puesto que ha sido el ministro que dis­pensa la misericordia.
Por ventura, ¿no tendrá Dios misericordia con el án­gel de la misericordia?
¿No cantará las misericordias del cielo aquél que ha sido en la tierra el himno perenne de la misericordia?
¡Mucho se le ha de perdonar, porque ha perdonado mucho!

PRESBITERO
A un joven de veinticuatro años la Iglesia lo llama PRESBITERO: ANCIANO.
Apenas consagrado, le confía una misión, una res­ponsabilidad, una libertad y una confianza, que serían excesivas y audaces, aunque fueran confiadas a los hom­bros de un adulto y a la experiencia de un anciano.
Debe hablar de los misterios sin errar, debe juzgar a los hermanos sin pasión, debe dar a las almas la vida y la muerte sin debilidad, debe obrar sin ligereza.
Cada error en él es una herejía, cada sentencia fal­sa es su condenación, cada debilidad es una traición, cada ligereza es un escándalo.
Así piensa la Iglesia y así también piensa el pueblo; se olvida de que es un ¡oven ingenuo, puesto que ha vi­vido fuera de la experiencia del mundo; y le da el nom­bre de padre, y recurre a él para tener consejo, ayuda, dirección.
Presentan a la Iglesia Católica como excesivamen­te cautelosa, tímida, miedosa; demasiado conservadora y desconfiada de la juventud: y ¡no atienden a esta pas­mosa audacia de confiar una doctrina, una misión y una vida divina a los jóvenes!

Pero esta audacia no es una aventura y mucho me­nos una ligereza; la Iglesia llama ANCIANOS a estos jó­venes, porque así los quiere y así son.
"Porque la vejez honorable no es la que ha durado mucho tiempo ni se mide tampoco por el número de años; las canas que merecen la veneración de los hombres es la sabiduría, y la ancianidad es una vida sin mancha".
En estas palabras del libro de la Sabiduría se en­cuentra revelado el fondo del misterio.
La frente de los jóvenes levitas está circundada por el fulgor de la juventud, sus cabellos están negros por el vigor de los años; pero el pensamiento es adulto, el alma está madura.
Porque el pensamiento no se madura con las esta­ciones, sino con la meditación y el silencio: el alma no se hace sabia con las arrugas, sino con la vigilancia y el examen de las propias acciones y del propio corazón; y durante doce años los seminaristas viven en silencio, meditando, vigilando y examinándose el corazón.
Con estos años, con este trabajo, bajo el sol ardien­te de los sueños, con el frío helado de las tentaciones y entre las tempestades del corazón, madura una vejez sin senilidad, una sabiduría sin pesares, una experiencia sin remordimientos.

El viejo raras veces se equivoca, porque ha ateso­rado mucha experiencia; pero es más sabio el joven sacer­dote cuya doctrina viene de una antigüedad sin princi­pio, de la eternidad del Dios de la Revelación; proviene de la primitiva predicación de Jesús y de los Apóstoles.
Toda la experiencia y la sabiduría de la Iglesia es­tán en él: habla con la experiencia de San Pablo, con la intuición de San Agustín, con la cultura de San Jerónimo, con la doctrina de Santo Tomás, con la gravedad de dos mil años de experiencia, de vida, de luchas y de victo­rias.
Quedaron estupefactos los escribas cuando vieron que de los labios juveniles de Jesús adolescente brotaba, limpia y fresca, el agua de la verdad, que parecía sur­gir de una fuente con profundidad de milenios, más aún, con la profundidad de lo eterno.
El mismo estupor sobrecoge a los fieles cuando de los labios candorosos del ¡oven sacerdote escuchan las palabras y la doctrina de una sabiduría consumada.

Los ancianos son serenos, esperan el ocaso, sin ren­cores y sin angustias; han conocido la vida, y la vida ya no les atrae; han gustado las alegrías, y éstas ya no los engañan; han sabido lo que es el amor, y ya no los se­duce; han sufrido el dolor, y ya no le temen.
Una serenidad más elevada torna plácida el alma y límpido el pensamiento del sacerdote.
Se ha despedido del mundo desde el subdiaconado, quizá desde antes, cuando en una hora de éxtasis le dijo SI, al Maestro que lo invitaba.
Tiene la indiferencia soberana y el desprecio austero del que ha muerto, del que ha renunciado a la vida te­rrena y exclama con San Pablo: "Quiero disolverme para estar con Cristo": "Mi vivir es Cristo y para mí la muer­te es ganancia".
No mira las alegrías de aquí abajo, porque ha gus­tado otras alegrías, y ha humedecido sus labios en una fuente infinita.
Ha olvidado el amor de la tierra al abrazar a Je­sús; se ha unido al dolor al unirse al Crucificado.
¡Que venga el ocaso! comenzará entonces para él el alba de un nuevo día, verá entonces cómo el Sol eter­no dora las cúpulas de Jerusalén: la Patria.

Pero la sabiduría y la serenidad del viejo nacen, an­te todo, de que las pasiones se van debilitando; la sen­sualidad no enturbia el entendimiento, el orgullo no en­ciende la fantasía, la ira no destroza el corazón. Es un reposo crepuscular, un silencio de cansancio, una paz melancólica, el armisticio de la derrota.
Una quietud así es. . . inquieta; tienen momentá­neos ímpetus de reacción, recrudescencias de rebelión.
El sacerdote joven tiene otra paz: las pasiones no ca­llan por cansancio, sino porque han sido domeñadas; la carne ya no aguijonea, no porque no sienta fiebre, sino porque siente en su flancos las espuelas punzantes de una voluntad que la ha sometido por medio de la mortifica­ción; la soberbia no humea ya, no porque se haya secado la fantasía, sino porque un renunciamiento total hace que la imaginación vuele hacia otras regiones más luminosas y bellas, hacia los sueños de la conquista de las almas, a costa del aniquilamiento de sí mismo.

Dicen que el hombre perfecto sería el que tuviese la mente de un anciano y el corazón de un joven.
Tal tipo de hombre es imposible, es un ideal absurdo.
Y, sin embargo, tal es el sacerdote según la idea de la Iglesia, y también lo es en realidad, cuando es un santo.
Tiene la mente lúcida, prudente y sabia, porque tie­ne la luz de la Revelación, la prudencia de la Tradición, la sabiduría de la humildad y del dominio de las pasio­nes; tiene el corazón cálido, porque es joven, porque es puro, porque es soñador, porque es conquistador, por­que se ha entregado al amor.
Como el Etna que tiene la cima blanca y fría por la nieve inmaculada y en sus profundidades está el fuego del volcán.
La fusión de la sabiduría y de la juventud es tal, que la Iglesia llama Presbítero al joven sacerdote; y al sacer­dote venerable, anciano por los años, le manda que ha­ble de juventud: "SUBIRE AL ALTAR DE DIOS, DEL DIOS QUE ES LA ALEGRIA DE MI JUVENTUD".
Quizá porque su sacerdocio se asemeja al de Cristo —que según San Pablo es idéntico— y que es DE AYER, DE HOY y DE TODOS LOS SIGLOS.
Jesús, con dos milenios de antigüedad, es joven con la juventud de una actualidad vibrante, y se proyecta hacia el futuro, que será suyo.
Quizá porque el sacerdocio es eterno y la eternidad es idéntica en el pasado, en el presente y en el futuro; antigua y ¡oven, que renace cada día, invariable en el tiempo, toda en cada instante.

EL SACERDOTE Y LO EXCEPCIONAL
Sucede con frecuencia que, para excusar una falla, o por un error de táctica en la seductora tentación de adherirse a la vida, se trata de abajar al Sacerdote al plano normal y común.
Dicen: es un hombre, debe vivir la vida de los hom­bres, deben hablar la lengua de los hombres. —No, es Cristo; debe vivir la vida de los ángeles entre los hombres, debe hablar a los hombres el lengua­je de Dios.
La pintura del Sacerdote rebajado al común y hecho al nivel de los hombres en su alegrías, en sus intereses, en sus fiestas, en su negocios, es frecuente entre los litera­tos que tratan de hacer, por esta vía, más simpática la figura del sacerdote, poniéndole más al alcance y ha­ciéndola más humana.
Todo esto es romántico, pero es falso, injurioso y lleno de peligros. Todo el esfuerzo de Dios y de la Igle­sia va dirigido, por el contrario, a arrancar al sacerdote de lo humano, para impulsarlo, aun durante esta vida terrena, a las regiones de lo sobrehumano.
Ex hominibus assumptus, dice San Pablo, arrancado de entre los hombres y orientado hacia lo alto, hacia una vida superior.

Lo sé, el Verbo se hizo hombre para estar cerca de los hombres: pero esta cercanía no lo puso al nivel de los hombres, no lo redujo a las proporciones normales, comunes, humanas; Jesucristo permanece excepcional, por encima de los hombres, por encima de los ángeles, tanto cuanto puede estarlo Dios.
Tan cercano, que se hace solidario con los hombres, y llora con sus lágrimas, y sufre con sus agonías, y pa­dece su muerte; tan distinto, cuanto es el abismo infinito que separa la criatura del Creador.
El, humilde de corazón, sin embargo no permite ja­más que se le considere como uno de los demás hombres, como un individuo de la multitud; celosa y constantemente se distingue a Sí mismo y a los hombres, y distingue su fi­liación divina natural y la adoptiva de los hombres. La humildad no puede hacerse cómplice de la falsedad.
Y aquí se encuentra el inigualable equilibrio de Je­sucristo, que sabe mostrarse cercano, amigo, hermano; sin confundirse ni ponerse al mismo nivel; próximo y dis­tante a la vez.
Vive entre los hombres, pero no vive la vida de los hombres; comprende el corazón humano y se deja com­prender; pero con palabras humanas revela misterios di­vinos.
Llamado para hacer de juez en un litigio humano, Jesús rehúsa intervenir, porque Él no está en ese plano.
La Unión Hipostática de la Divinidad y la humanidad da la solución del misterio.

Como el Sumo y Eterno Sacerdote, así debe vivir to­do sacerdote, copia de Cristo y Alter Christus.
No hay Unión Hipostática y por eso no puede al­canzar el equilibrio de las cimas a donde llegó Jesús; y por consiguiente la vida le resulta más difícil. Pero, la gracia, participación y consorcio de la vida divina; el sacerdocio, participación del de Cristo; de algún modo —con proporción analógica— reproducen el milagro y el misterio.
Debe vivir una vida excepcional.
Todas las prescripciones, los cánones, las prohibicio­nes de la Iglesia respecto de los sacerdotes, nacen de esta preocupación urgente, deben mirarse bajo esta luz.
El voto de castidad perfecta y perpetua, con sus exi­gencias y su severidad, es un arrancón definitivo para desarraigar al sacerdote de lo común, es una clarinada austera y continua hacia lo excepcional.
Una vida solitaria para una extraordinaria misión, para una dignidad única.
Se le prohíben al sacerdote las alegrías más inofen­sivas, los pasatiempos más ingenuos, no sólo para que se mortifique, sino sobre todo para que tenga presente y vivo el sentido de la diferencia, de la distinción, de lo sobrenatural.

No parece, pero el hombre tiene una vehemente in­clinación a hacerse común, a nivelarse, a sumergir la propia individualidad en el mar de la multitud, en la tiniebla cómoda del anonimato indefinido.
Será por una desviación del instinto social; será por­que el hecho de que una culpa sea universal se siente como una justificación, (es fácil el paso de lo universal a lo normal y de lo normal a lo lícito); será porque la ma­sa multiplica y da fuerza; lo cierto es que la multitud y el ambiente ejercen una formidable fascinación sobre el corazón humano, que no resiste y que se abandona fá­cilmente a la corriente; como si también eso estuviera so­metido a la ley férrea de la atracción universal de las masas.
Sólo el genio y la santidad resisten y elevan al hom­bre sobre la vulgaridad.

La soberbia, no; ya sea porque no es una excepción; ya sea porque es fácil (y la excepción no es fácil); ya sea porque no hace excepcional la vida, sino sólo el senti­miento.
La soberbia es un falso sentimiento de excepcionalidad con una vida común; es una falsedad.
La sujeción a la multitud aparece sobre todo en la supervaloración de los juicios de los hombres; el temor a la opinión pública, el hambre de la estimación de los demás, son signos extremos de inclinación ante la mul­titud, y nadie como el soberbio tiene tal temor y tal ham­bre.
Dios quiere que en el sacerdote sea excepcional el sentir, pero sobre todo el ser.

Por eso lo hace vivir siempre entre misterios, mila­gros y gracia, que habitan en las regiones de lo excep­cional.
El misterio está sobre y al margen de la inteligencia común, el milagro sobre y fuera de las leyes naturales, la gracia sobre y fuera de las exigencias de la criatura.
¡Ay del sacerdote, si no vive en esta atmósfera extra­ordinaria! ¡Ay de él, si se mide y se considera como uno de los demás hombres, con los gustos, las alegrías, los dolores y las leyes de los demás hombres! ¡Ay de él, si acepta como normas de vida la universalidad y la norma­lidad del nivel moral del vulgo!
A cuántos tranquiliza el pensamiento de que una ac­ción o una costumbre no impresiona mal a los demás y ya no produce escándalo; y, sin embargo, la alarma debe estar precisamente en eso, en el hecho de que no impre­siona y es común. El criterio no debe ser si produce es­cándalo o no; sino si es digno del Alter Christus o no.
"Si vuestra justicia no supera la de los étnicos y pu­blícanos, no seréis dignos del reino de los cielos", dijo Jesús a todos los cristianos. ¿Qué decir de los sacerdotes, si lo sobrehumano se le exige a los simples fieles?
Es una vida dificilísima; violenta como algo forzado, posible sólo con la gracia y con el alimento de la Euca­ristía; pero es necesaria.
Sólo es posible la síntesis panorámica de los proble­mas humanos, cuando se vive fuera y sobre el tumulto de la vida humana. Sólo podemos impulsar hacia lo al­to a nuestros hermanos, cuando estamos en un nivel di­verso, en un plano más elevado de aquel en que viven ellos.
Dios se hizo hombre para hacer dioses a los hom­bres; pero ¡ay!, si Dios no hubiera permanecido distinto, no hubiera sido posible la elevación hacia Él.
Así el sacerdote debe permanecer superhombre pa­ra elevar a los hombres; el verdadero superhombre, ya que un elemento sobrehumano se ha injertado en él.
El superhombre de Nietzsche es un hombre inflado, pero un hombre al fin y al cabo.
El sacerdote debe pensar, sentir, gozar, sufrir, de una manera distinta y por razones más elevadas que las que rigen a los demás hombres.
Es una vida dificilísima, he dicho; por eso los fieles deben orar mucho por los sacerdotes; porque están obli­gados a lo excepcional, aunque en la sangre tengan el instinto de vivir como los demás.
Oración y aprecio; porque ya es un heroísmo el sólo hecho de haber elegido semejante cima.

DIVINA INQUIETUD
Ningún sacerdote, si es consciente, puede tener tran­quilidad; ninguno la ha tenido jamás, ni la tiene, ni la tendrá; ni siquiera los santos.
Porque se siente dislocado entre la necesidad de la perfección y la imposibilidad de alcanzarla.
Debe ser perfecto; la perfección para él, a diferen­cia de los demás hombres, es de estricta obligación; pero jamás alcanzará a serlo, porque es hombre, como los de­más, mortalmente herido por el pecado.
Debe alcanzar el cielo altísimo de Dios con las alas truncas por la caída y con el lastre de esta carne de muer­te.
Es el "alter Christus" y por lo mismo debe lanzarse hacia la altura, moral y sobrenatural, de Jesús, con la rigurosa y precisa necesidad de la copia que, si no coin­cide con el modelo, es caricatura blasfema, parodia im­pía, falsificación despreciable; mientras siente eh el co­razón la tristeza amarguísima de la lejanía inabordable del modelo, de la meta infinitamente inasequible.
Aun los santos, aun Francisco de Asís, fueron bos­quejos miserables de Jesús.

Encarna el sacerdote una idea con la desesperada certidumbre de no poder prácticamente encarnarla ja­más, porque la idea es divina y la arcilla es terrena; mien­tras sabe, por otra parte, que si no la encarna, la traiciona; si no la vive, no la transmitirá a los demás cora­zones; trasmitirá más bien a los hombres la desesperación ante una idea utópica, el desprecio por una idea que no puede ser predicada ni vivida, sino hipócrita y mendaz­mente.
Todo sacerdote vive cada día sobre el filo de la hi­pocresía y de la mentira, ante la necesidad de predicar la idea pura y la imposibilidad de practicarla pura.
A veces, las palabras se le mueren en la garganta, la predicación se convierte en un tormento para él, el sollozo sofoca sus afirmaciones y le quedan sólo las lá­grimas.
Las lágrimas de los santos, que son los más consientes, que han lanzado al cielo los gritos más desesperados y han lavado la tierra con el llanto más desolado.
Las lágrimas del abismo que se quiere convertir en cielo: "¡Desde lo más profundo clamo hasta Ti, Señor!".
Las lágrimas de la carne que quiere convertirse en espíritu: "Oh infeliz hombre, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?".
Las lágrimas del desierto que quieren convertirse en mies; de la muerte que quiere ser vida, del hombre que quiere ser ángel, del sacerdote que debe convertirse en Cristo.

La gracia hace mucho, pero no colma el abismo, no destruye la carne, no quema la materia; deja el vien­to del desierto, el hálito de la muerte, la debilidad del hombre abatido en el fango con las alas destrozadas.
Todo sacerdote vive bajo el peso del desaliento de sentir en su cabeza muchas ideas irrealizadas, que lo aplastan como un delito de alta traición, como un repro­che de mentira; del que habla con la inanidad de una idea vacía.
Vive con el escozor de sentir dentro de sí mismo tanto mal que hay que destruir, que lo atormenta como la amenaza de un ciclón.
Vive entre la faz divina de Jesús a quien debe ase­mejarse y la sombría mueca de Judas, a quien debe odiar; mientras siente en su carne, con horror, la atrac­ción vertiginosa del traidor; mientras con terror le parece que el rostro de su sacerdocio es tan lejano del de Jesús, que se parece al del primer apóstata.
La misericordia, sólo la infinita misericordia y la bon­dad del Señor Crucificado, colma estos abismos, borra estas distancias, esconde estas deficiencias y da un poco de tranquilidad al corazón sacerdotal, que se congela de miedo y se pierde en el vacío.

El sacerdote puede no ser humilde; si no lo es, es un idiota.
Dios debe tener misericordia de él, y los hombres deben tenerle compasión.
Compasión que muchas veces no encontrará, por­que no sólo es inquieto, sino inquietante.
Hace que los hombres conciban esperanzas porque es una idea, los desilusiona porque no la encarna; no les deja el descanso de ser carne solamente, porque vive la idea; no da la paz confiada para seguirla, porque no la vive plenamente.
Los despierta de los sueños hermosos y falaces y no sabe darles una realidad bella como los sueños.
Pablo señala una meta y sin embargo se queda le­jos de ella; flecha que apunta al cielo, pero clavada en la tierra; al mismo tiempo que da la certidumbre de que existen la meta y el cielo, da la incertidumbre de que se pueden alcanzar.

Aquí está el secreto del rencor persistente e instinti­vo contra el sacerdote y el deleite que se encuentra en condenarlo.
Turba y no sacia, martiriza a la bestia porque es caballero del espíritu, entristece al espíritu porque, con frecuencia, vuelve atrás y deserta.
Como dice Sertillanges, "arruina con su valor per­sistente el oficio del pobre hombre, y con sus culpas, el del héroe".
Se le tiene rencor, porque señala la santidad y por­que no es tan santo como Jesús.
Se tiene placer en condenarlo, porque tiene una sola culpa, como dice el mismo Sertillanges; tiene una culpa, luego la perfección es imposible; tiene una sola, enton­ces el vicio no se impone necesariamente.
Pero aun así, los hombres deben, no sólo compade­cer al sacerdote por su dolor e impotencia que no se pue­den suprimir, sino estarle agradecidos.
Si no es una actualidad de perfección, es por lo me­nos una trepidante y ansiosa esperanza, pero esperanza al fin.
Es, al menos, un deseo, un ansia de lo divino, un tor­mento profundo, digno de respeto.
Aquí en la tierra, no puede más que esto; pero basta esto sólo para elevar a los hombres de la tierra y para distinguirlos de la materia miserable.
Mons. Francesco Pennisi
Obispo de Ragusa
LA TRAICIÓN AL SACERDOCIO

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