domingo, 5 de septiembre de 2010

EL CELIBATO SACERDOTAL


(Páginas 31 a 47)
Este era uno de los temas principales, que debía tra­tarse en el último Sínodo de Roma. Parecería que la en­cíclica de Paulo VI, sobre tan importante materia, había puesto ya el punto final a la polémica de curas y prelados, que, olvidados de su prístina vocación, suspiran ahora por los deleites del tálamo, dentro de las normas jurídicas de la Iglesia de Cristo. Sin embargo, una fuerte corriente, en la que había también algunos obispos, como nuestro ya tan conocido Sergio VII (Sergio Mendez Arceo, obispo de Cuernavaca), seguía pugnando por hacer com­patible el matrimonio con el sacerdocio, tal vez para le­gitimar a algunos hijos de "riego", que Dios les dio. Unos querían el celibato opcional; otros —y esta parece ser la tesis que al fin dejó la puerta abierta— opinaban que, dada la creciente escasez de los presbíteros, se pudiese ordenar, con permiso del Papa, a los casados y con hijos. Veamos lo que nos dice el Primado de España:
"La multiplicidad y complejidad de las ideas ex­puestas (por los padres sinodales) hace difícil e in­completa esta síntesis, debiendo limitarse necesaria­mente a los puntos más sobresalientes y a los enun­ciados en los que ha habido mayor convergencia.
Sacerdocio y celibato, 1) Mutua comprensión. Aun admitiendo que se trata de realidades divi­nas y separables, se reconoce que el celibato es la mejor condición para el ejercicio del ministerio apostólico. Los padres (sinodales) quieren que se conser­ve como ley universal para la Iglesia latina.
Es muy muy consolador que la mayoría de los padres sinodales hayan pensado así. Lo que no es tanto es que hayan ni admitido discutir una vez más lo que estaba ya definido, por la suprema autoridad. Lo que nos hace temer es que en uno de los próximos sínodos, vuelva a proponerse, corno materia de discusión parlamentaria, este tema escabroso, que parece inaceptable para el hombre moderno de hecho los interesados por el celibato opcional no han doblado las manos y siguen demostrando que la castidad es un mito imposible.
Al admitir la discusión sobre el celibato, después de la encíclica de Paulo VI, los padres sinodales parecían de­clarar que sobre la autoridad del Pontífice estaba la auto­ridad de la mayoría. Y Paulo VI, con su aceptación, pare­ce que apoya a sus venerables Hermanos, en sus preten­siones insostenibles. Nada hay ya estable; todo puede cam­biar. Los sínodos o concilios venideros pondrán a la Igle­sia en un cambio constante. Prosigue el Cardenal Tarancón:
2) Significado. Además de los motivos históri­cos, que están en el origen de esta ley y de las moti­vaciones filosóficas adoptadas para explicarla, e! celibato está hoy en vigor y confirmado en la Igle­sia, ya por su valor actual y por su significado de plena disponibilidad para la evangelización, y como expresión eficacísima de los valores cristianos fun­damentales, ya porque responde a los más profundos ideales de la vida, como expresión de entrega total al servicio de Dios y de los hombres, de liberación de las alineaciones de la actual sociedad de consumo, de amor personal y de fe en las últimas realidades de la historia humana.
Estas son, aunque tal vez no debidamente jerarqui­zadas ni expresadas, las razones principales de orden hu­mano, que justifican y defienden esta ley de la Iglesia. Adaptando las palabras de la Constitución "Lumen Gentium" del Vaticano II, al hablar de la vida religiosa, podríamos decir que el celibato sacerdotal nació de "los con­sejos evangélicos, fundados en las palabras y ejemplos del Señor y recomendados por los Apóstoles, por los Pa­dres, doctores y pastores de la Iglesia"; que estos consejos son "un don divino, que la Iglesia recibió del Señor. . . La autoridad de la Iglesia, bajo la guía del Espíritu Santo, se preocupó de interpretar esos consejos, de regular su práctica y de determinar también las formas estables de vivirlos".
En la misma Constitución "Lumen Gentium" leemos:
"La santidad de la Iglesia se fomenta también de una manera especial en los múltiples consejos, que el Señor propone en el Evangelio, para que los observen sus discípulos, entre los que descuella el precioso don de la gracia divina, que el Padre da a algunos, de entregarse más fácilmente sólo a Dios en la virginidad o en el celibato, sin dividir con otro su corazón. Esta perfecta continencia por el reino de los cielos siempre ha sido considerada por la Iglesia en grandísima estima, como señal y estímulo de la caridad y como un manantial extraordinario de es­piritual fecundidad en el mundo". No es exigida, cier­tamente, por la naturaleza misma del sacerdocio, co­mo aparece por la práctica de la Iglesia primitiva, y por la tradición de las Iglesias Orientales, en donde, además de aquéllos que, con todos los obispos, eligen el celibato como un don de la gracia, hay tam­bién presbíteros beneméritos casados"...
En estas palabras, el Vaticano II, dejó la inquietud que, desde el Concilio ha ido ocasionando tantas deserciones entre los sacerdotes. Según ese documento conciliar el celibato "no es exigido por la misma naturaleza del sacerdocio"; luego, piensa el progresismo con razón aparente, no hay motivo para imponer tan grave yugo a los sacerdotes de la Iglesia latina, sobre todo cuando la práctica de la Iglesia primitiva y la tradición de las Iglesias Orientales demuestran de hecho la posibilidad de unir la vida conyugal con la vida sacerdotal.
Pero, contra estas razones, tenemos, en primer lugar, la tradición milenaria de la Iglesia latina; tenemos el tes­timonio de los Padres y Doctores de la Iglesia; tenemos el ejemplo viviente de tantísimos santos; tenemos el sentir común de eclesiásticos y de fieles católicos, que han considerado el celibato no sólo como un esplendor, un adorno del sacerdocio, sino como algo indispensable para la en­trega total a Dios, que pide la santificación personal y la salvación y santificación de las almas del prójimo. Si es verdad que, entre los Apóstoles, algunos eran casados, también debemos recordar las palabras de San Pedro a Cristo: "Tú lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te he­mos seguido". Jesús le contestó y dijo: "En verdad os digo, nadie habrá dejado casa, o hermanos, o hermanas, o ma­dre, o padre, o hijos, o campos, a causa de Mí y a causa del Evangelio, que no reciba centuplicado ahora, en este tiempo, casas, hermanos, madre, hijos y campos —a una con persecuciones— y, en el siglo venidero, la vida eter­na". (Mc. X, 28-30).
Pero, los padres conciliares, al menos algunos, según nos dice el Arzobispo de Toledo no pensaban así. Citemos sus palabras:
B) ORDENACION DE HOMBRES CASADOS. El problema de su posibilidad o conveniencia ha sido examinado en un doble aspecto:
1) Necesidad, valor y significado actual de tales ordenaciones: a) La han pedido como solución válida algunos padres (sinoda­les), al menos para los países donde escasean sacer­dotes que puedan predicar y administrar los sacra­mentos; además de remediar la escasez de vocacio­nes, la unión de matrimonio y sacerdocio mostrará al mundo valores nuevos, una nueva forma de presencia de Cristo en el mundo, y la expresión de aquella con­sagración con que el cristiano eleva todas las cosas mundanas y temporales. Así mismo el sacerdocio célibe, voluntariamente preferido, adquiriría un más alto valor de signo; b) Frente a tales motivos, un gru­po más numeroso de padres mantiene que, por exi­gencias de la predicación y de la administración de sacramentos, puede concederse (sin derogar por ello la ley general del celibato obligatorio) la ordenación de hombres casados a las Iglesias locales que lo pi­dan, con algunas condiciones, a título de excepción y a juicio de la Santa Sede, c) Otros padres también, aun admitiendo la validez de los motivos, no creen oportuno conceder, por el momento, tales facultades.
2) En la discusión ha salido a relucir también que —especialmente por motivos históricos y psicológicos y teniendo presente el modo con que se trata tal pro­blema hay dentro y fuera de la Iglesia, a través de los instrumentos de la opinión pública— de hecho la concesión sería recibida como un primer paso que inevitablemente abriría el camino a otras concesiones, hasta la abolición de la misma ley.
3) La mayor parte de los padres sostienen que la ordenación de hom­bres casados no solamente no resolvería los proble­mas fundamentales, sino que surgirían otros más gra­ves, particularmente por la menor movilidad de este tipo de presbíteros y por su menor libertad y capaci­dad misionera a causa de la complejidad de la vida familiar en el aspecto psicológico, sociológico y eco­nómico. Se crearían, además un clero de primera categoría y otro do segunda. Pero, el motivo más serio para rechazar la propuesta es por las graves consecuencias en Ion sacerdotes de hoy, en los seminaristas e incluso en las futuras vocaciones que —sin un alto ideal de entrega total acabarían por disminuir considerablemente. La Iglesia vería menguada su propia movilidad y el ímpetu misionero perdería su fuerza de fiel resistencia, especialmente en los países donde es perseguida la fe, como atestiguan las importantes declaraciones de los padres venidos de aquellas regiones. Según otros, también motivos de orden económico deberían aconsejar no la abolición, sino el mantenimiento de este valor que falta en otras Iglesias. La penuria de vocaciones, además de que se reciente, también demuestra que el celibato no es la causa principal; la historia, asimismo, confirma que el celibato es posible sólo en un contexto social y comunitario que lo favorezca.
4) La mayoría de los padres no desea que se conceda a las Iglesias locales la posibilidad de admitir para el sacerdocio a hombres casados, porque —por la vecindad geográ­fica, o por la semejanza de problemas— esta con­cesión sería como una forma de coacción moral ha­cia las otras Iglesias y conduciría a la abolición del celibato. No pocas de las otras funciones por las que se pide la ordenación de tales sacerdotes podrían confiarse a los seglares, a los religiosos y a las re­ligiosas, integrándolos más plenamente en la acción misionera de la Iglesia, creando también, ojalá, nue­vos ministerios, sin hablar de la ordenación de diá­conos casados, según la ley vigente".
C) Circunstancias históricas del celibato.
1) Al­gunos padres afirman que el celibato se ha hecho hoy más difícil por las transformaciones actuales del mundo, especialmente en el plano antropológico y sociológico (importancia de la sexualidad, el cambio de relaciones entre los sexos, la tarea creadora, el culto exagerado de la libertad, etc.). Otros cambios en el seno de la Iglesia y la revalorización de otras formas auténticas de vida cristiana hacen que se presente más complicado el problema, obligando a con­siderarlo con ojos nuevos. En este nuevo contexto cul­tural y religioso, sin embargo, el celibato puede apa­recer también bajo una luz nueva y bajo un esplen­dor renovado como expresión legítima y actual de una vocación personal al amor de Dios, de libertad absoluta al servicio de Dios y del prójimo, de renuncia a toda esclavitud, de radical contestación contra la so­ciedad actual de consumo y su atmósfera asfixiante de hedonismo y de sexualidad.
2) Para que el celibato pueda hacer y desarrollarse como señal válida ante la Iglesia y ante el mundo son indispensables algunas condiciones humanas, eclesiales y espirituales: pobre­za evangélica, hermandad, espíritu de servicio, ale­gría, esperanza, desprecio de los honores, vigilancia constante, esfuerzo ascético continuado.
Otros problemas relacionados con el celibato. 1) Readmisión al ministerio. Todos los padres que han tratado este punto se han manifestado contrarios a que aquéllos que, por cualquier motivo, han sido re­ducidos al estado laical sean readmitidos a las fun­ciones sacerdotales. 2) Conducta hacia los sacerdotes secularizados. Algunos proponen que el problema se estudie más a fondo, insistiendo en que tales sacer­dotes sean tratados con mayor justicia y caridad, re­conociéndoles aquellos deberes y aquellos cometidos comunes a los demás fieles. Algunos piden que el proceso de secularización se simplifique y se haga más humano; unos pocos, finalmente, desean que tal proceso sea completado por medio de las curias episcopales. 3) Relaciones entre las Iglesias locales y la Santa Sede. Frecuentemente se ha oído hablar de subsidiariedad y colegialidad pero con conclusiones diversas o contrarias; sin embargo, respecto al celibato, casi todos los padres opinan que la decisión no debe ser dejada únicamente a las Conferencias Episcopales. 4) Iglesias Católicas de rito oriental. Tienen sus tradiciones que pueden enseñar algo a la Iglesia latina.
“E) Previsiones para el futuro.
La discusión sobre celibato ha hecho surgir también otros problemas.
1) La posibilidad de una exigencia renovada de integrar a los laicos en la misión total de la Iglesia, atribuyéndoles funciones también acaso de naturaleza ministerial.
2) Posibilidad y necesidad de versificar los ministerios y de introducir algunos nuevos, teniendo, sin embargo, presente la necesaria unidad de todos los ministerios en la Iglesia y la necesaria relación en el mismo ministerio, de las diversas funcionan (Por ejemplo, la función profética, cultural y pastoral en el ministerio sacerdotal).
3) Una nueva forma de presencia en el mundo exige que el ministerio apostólico esté caracterizado en mayor escala por el espíritu misionero, por una mayor sensibilidad, disponibilidad, libertad. En tal contexto se entiende el celibato, cuya observancia debe ser facilitada por ciertas condiciones de vida eclesial e individual (for­ma evangélica de ejercicio de autoridad de la Igle­sia, relaciones fraternales con el obispo, corresponsa­bilidad efectiva, inserción real de todo sacerdote en los trabajos del presbiterio, vida ascética y espiritual!).
4) Relaciones entre la dimensión profético-misionera y cultural-sacramental en el sacerdote, es decir, en­tre la proclamación de la palabra de Dios en todas sus formas y la celebración de los sacramentos. Mien­tras se afirma que la crisis de identidad del sacer­docio es debida a haberlo reducido exclusivamente al culto, sería contradictorio exponer una nueva forma de vida sacerdotal que, con motivo de los compro­misos profesionales o familiares, lo redujese de nue­vo solamente a la celebración de la Eucaristía y a la administración de los sacramentos. Esto no corres­pondería a las exigencias actuales.
5) Es necesario estudiar la adaptación de las estructuras eclesiales (parroquias, comunidades de base, etc.) para mejor insertar la Iglesia en el mundo de hoy. La historia enseña, y a todo nuevo tipo de sociedad y de co­munidad ha sido necesario adaptar una nueva for­ma de ministerio, con una nueva matización de las funciones del mismo".
Al plantear el problema sacerdotal, era evidente que los padres sinodales tratasen del fenómeno gravísimo, que en todos los países estamos presenciando, de la disminu­ción progresiva de las vocaciones, así a la vida religiosa, como al sacerdocio secular. Antes de buscar el urgente remedio, parece que hubiera sido conveniente y necesario el investigar las causas verdaderas de este fenómeno, que a no dudarlo tiene que afectar a la salvación de las al­mas y al cumplimiento de la misión primordial que Cristo dio a su Iglesia. Hasta la muerte de Pío XII, a pesar de los horrores de las dos guerras mundiales, a pesar de la perse­cución religiosa en México, a pesar de la guerra civil en España y de los miles de sacerdotes y religiosos sacrifica­dos por el comunismo, el problema, que estamos estudian­do, no se había presentado en el mundo. En todos los paí­ses, aun en aquéllos que no pueden considerarse como ca­tólicos, las vocaciones abundaban así para el sacerdocio, como para la vida religiosa. Y, no sólo había numerosas vocaciones, sino que, los llamados iban buscando en los seminarios o en los noviciados la propia santificación y la santificación de los demás, con un espíritu innegable de absoluta entrega.
La vida religiosa y la vida sacerdotal, por más que di­gan, no era entonces un paraíso. La disciplina era austera, el estudio pesado, la vida interior sincera. Todo, en esas casas de formación, contribuía a hacer sentir a los jóvenes el sentido, la trascendencia y el valor meritorio de su com­pleto sacrificio. Los Superiores, entregados de lleno al cum­plimiento de sus altísimos deberes, vigilaban, aconseja­ban, corregían, castigaban, consolaban y procuraban ser, en sí, vivos ejemplos a los llamados a tan sublime vocación. Había selección; no montón numérico. Y, sin embargo -todos los recordamos con tristeza— había tantas vocaciones, que, en algunos seminarios, no se aceptaban a todos los candidatos, por falta de cupo y de recursos para poder atender debidamente a los que ingresaban.
En pocos años; como si una helada inclemente hubiera marchitado todos esos vergeles los noviciados y los seminarios vieron vacíos. Ejemplos, que confirman, lo dicho abundan, en todas partes. En España, la cuna de la Compañía de Jesús, se han cerrado varios noviciados y casas de estudio, por falta de vocaciones. En Navarra, que era un semillero inagotable de vocaciones, éstas han terminado. Aquí tenemos el caso elocuente de la Diócesis de Zamora, en donde cada año se ordenaban más de veinte sacerdotes, y ahora, después de dos años do progresismo, ve sus seminarios vacíos, sin vocaciones, sin tradición alguna del pasado.
Bastaría este fenómeno, para que nuestros prelados, si quisieran abrir los ojos, comprendiesen que este camino no nos lleva a ninguna nueva primavera, a ningún espe­rado y prometido "Pentecostés", sino a una tragedia es­piritual de incalculables consecuencias.
No vamos a enmendarle la plana a Cristo; ni vamos a entregar en manos de los laicos la administración de los sacramentos, ni el manejo de las cosas sagradas; no va­mos a suplir las vocaciones sacerdotales con niñas de minifaldas, ni con niños a go-gó. Faltan vocaciones, por­que se ha perdido el espíritu, porque estamos en una cri­sis de fe, porque en los seminarios y noviciados "aggiornados" los aspirantes —ellos y ellas— ya no encuentran lo que buscaban, para seguir a Cristo en la renuncia, en la entrega total. Hasta en la manera de vestir, esos jóve­nes encuentran más aceptables las modas del mundo, que la indumentaria poco escrupulosa de algunos de los mora dores de esas casas de "formación". Ahora en esos sitios, en otro tiempo sagrados, los jóvenes seminaristas o novi­cios no sólo se encuentran con el mundo, que habían de­jado, sino, con gran escándalo y sorpresa, se encuentran con profesores, compañeros, libros, revistas, conferencias y clases, que ponen en peligro su fe y con ella su eterna salvación. ¡Mejor que no entren a esos seminarios, a esos noviciados, si ha de ser para perder el alma!
Hablar del celibato a estos nuevos doctores de la Gregoriana, a estos teólogos progresistas, que enseñan las herejías de Teilhard de Chardin, que admiran y tal vez practican el psicoanálisis de Lemercier (que, en el fondo no es sino "amor sin barreras" y "liberación del sexo"); hablar de celibato a los que no admiten otro pecado, que ti de la injusticia interhumana (como ellos la interpretan), hablar de celibato a los que, predicando la Iglesia de los pobres, tienen sus automóviles, frecuentan los centros noc­turnos y las diversiones mundanas, en las que se explotan las pasiones más bajas y groseras; hablar del celibato a los que han abandonado las prácticas de la oración, de la mortificación, del recogimiento y de las necesarias caute­las para huir los peligros, es hablar de un imposible, de un mito, de algo que es incompatible con la vida moderna.
Algunos de los padres sinodales dieron como "solu­ción válida" al problema de la escasez de los sacerdotes la ordenación de hombres casados. Como si los hombres casados, por el hecho de ser casados, tuvieran ya otra na­turaleza distinta de los solteros y no estuviesen en los mismos peligros de perder su fe y su alma, en esos mo­dernos seminarios, donde la disciplina es la indisciplina y la ciencia que se enseña es el progresismo con todos sus errores. "Esto mostraría al mundo -—dijeron esos sapien­tísimos prelados escudriñando los "Signos de los tiempos", ' valores nuevos"— "la (edificante) unión de matrimonio y sacerdocio", "una nueva forma de presencia de Cristo en el mundo".
Para los "progresistas" todo es "presencia de Cristo en el mundo". Al paso que vamos, dentro de poco, esos nuevos teólogos van a considerar como "presencia de Cris­to en el mundo" los mismos pecados. Si hemos de ser sinceros, la ordenación de casados, además de los gravísimos inconvenientes, que ya apun­taron los padres sinodales, haría perder a nuestra gente la le en el sacerdocio. Muy pronto nos confundirían con los ministros protestantes y, al asemejarnos a ellos, se apar­tarían de los sacramentos, de la Misa, de las prácticas to­das de su religión. ¡Señores Obispos, con vuestras innovaciones estáis poniendo en peligro la fe de nuestros pue­blos!
Yo estuve en una Iglesia católica de los Estados Unidos celebrando Santa Misa y, al repartir la Sagrada Comunión, se acercó un laico para ayudarme a distribuir el sacramento; pero me di cuenta que la gente no quería recibir la comunión de aquel seglar, sino que esperó unos minutos más para recibirla de mis manos. La orden de los superiores ha introducido también esta práctica en esta ciudad y en otras de la República. La gente se queja, se escandaliza, protesta, y prefiere muchas veces retirarse de los sacramentos.
La mayoría de los padres no desearon, por ahora, que se concediese a las Iglesias locales la posibilidad de admitir para el sacerdocio a hombres casados. "Esta con­cesión sería como una forma de coacción moral hacia las otras Iglesias y conduciría a la abolición del celibato". El mal ejemplo cunde; si la sola discusión de la posibilidad y conveniencia de mantener en su vigor la ley del celibato ha sido ya tan escandalosa y ha dado ocasión a que mu­chísimos sacerdotes, con permiso o sin permiso, se casen, ¿qué será el día, cuando la Jerarquía acepte ese "nuevo valor", la unión de matrimonio y sacerdocio, aunque sea en pocos casos? Todos los inconformes exigirían la exten­sión del privilegio a su propio caso. Y, a decir verdad, tendrían razón para exigirlo. ¿Por qué en un caso la unión matrimonio sacerdocio es nuevo valor, una nueva forma de presencia de Cristo en el mundo, y en los otros casos, no?
El hacer opcional el celibato, el conceder la ordena­ción a los casados, sería —ya lo dijeron los padres sinoda­les— establecer dos clases de cleros: el clero de primera y el clero de segunda. Para unos, el clero de primera sería el clero casto, el clero totalmente dedicado al servicio de Dios, a la salvación y santificación de su alma y de las al­mas de su prójimo; pero, para otros, el clero de primera sería el clero "normal", el que tiene mujer e hijos; mien­tras que el de segunda sería el clero "anormal", el que no tiene pasiones o las tiene desviadas. El celibato no tiene sentido para los que no conocen los tesoros del mundo sobrenatural.
"No pocas de las funciones por las que se pide la ordenación (de hombres casados) podrían confiarse a los seglares, a los religiosos y a las religiosas, integrándo­las más plenamente en la acción misionera de la Iglesia, creando también, ojalá, nuevos ministerios, sin hablar de la orientación de diáconos casados, según la ley vigente".
Cuando, en el Concilio, se discutió la conveniencia de ordenar estos diáconos casados, hubo algunos padres con­ciliares que objetaron enérgicamente esta innovación, por­que, a su juicio, era abrir brecha en la severa, pero salu­dable ley del celibato. Así es verdad. La nueva ley fue aprobada, pero la brecha quedó también abierta, para impugnar la ley, para discutirla, aunque el Papa promul­gue otra nueva encíclica para reafirmarla. Aceptados los principios, las consecuencias fluyen. ¿Por qué si un casado puede administrar los sacramentos, aunque no todos, co­mo ministro autorizado y ordenado por la Iglesia, no ha de poder también decir la Misa y, si las exigencias lo pi­den, llegar también a ser obispo? No lo prohíbe la ley di­vina; la historia de la Iglesia primitiva así parece autori­zarlo, y el ejemplo de las Iglesias Orientales lo sigue con­firmando.
Ahora, los padres sinodales, ante la reacción elocuente de la mayoría del clero en todas partes —hablo del cle­ro consciente, no del que sólo tiene ya las garras de sus antiguas sotanas— tuvieron que mantener, por lo menos en principio, la ley del Celibato, y para dar alguna respuesta a sus pragmáticas preguntas, acudieron de nuevo a la amplificación de esos "diaconados" de hombres ca­bidos, estableciendo un principio peligroso, para nuevas reformas: "las funciones sacerdotales podrían confiarse -por lo menos algunas— a los seglares, a los religiosos (los Hermanitos) y a las religiosas (las monjitas) creando también nuevos ministerios, porque esto los "integraría más plenamente en la acción misionera de la Iglesia".
Con esta integración, con estos nuevos ministerios que los padres sinodales proponen, con los diáconos casados (con mujer y con hijos), ¿qué quedaría de trabajo para los presbíteros, aunque sean pocos? Decir la Misa, mientras la nueva misa no se imponga completamente, mientras sigan algunos luchando por la Misa tridentina, la de San Pío V, la de siempre. Los operarios de tiempo completo, como diría Iván lllich, salen sobrando en la Iglesia de Dios. En el sínodo parece que había la consigna de acabar con el sacerdocio jerárquico.
Hay otro punto muy grave que se trató en el sínodo. ¿Cuál ha de ser la conducta de la Jerarquía con relación a los sacerdotes secularizados? El Cardenal Seper, según información de la prensa, dio facultad a los obispos para secularizar a cualquier sacerdote. ¿Qué debemos pensar de esta facultad? Desde luego, debemos afirmar que la así llamada secularización de un sacerdote, no quita a éste el carácter indeleble de su sacerdocio adquirido en su or­denación sacramental. Tu es sacerdos in aeternum, dice Cristo y dice la Iglesia al ordenado. En el tálamo, en el infierno, el sacerdote es sacerdote. La Iglesia puede san­cionar a un sacerdote, cuando éste, según derecho, no a juicio de cualquier autoridad, ha dado grave motivo, para incurrir en esta sanción, presupuesto el necesario y debido proceso. Pero, aun en estas circunstancias, la Iglesia no puede borrar el carácter indeleble del sacerdocio, que se­gregó para siempre a los ordenados, según la institución divina. El sacerdote, con mujer o sin mujer, con hijos o sin hijos, si ha sido debidamente ordenado, es siempre, in aeternum, sacerdote. Si la sanción del obispo, la así llama­da reducción al estado laical, que no es sino una perma­nente suspensión en el ejercicio de su ministerio sagrado, no está justificada, no corresponde a una falta gravísima, según derecho, cometida, y probada, por el sacerdote cul­pable, la reducción al estado laical no tiene valor alguno.
La reducción al estado laical es lo que, en el antiguo derecho, se llamaba "una degradación". Era una pena canónica, perpetua y peculiar, de los clérigos, que consiste en privarlos solemnemente a éstos por el obispo, tanto del orden, oficio y beneficio, como, en cuanto es posible humanamente, del mismo estado clerical. En los tiempos primitivos sólo existió la deposición, que en su fórmula real y solemne se asemejaba a la degradación; pero, como la deposición no privaba al depuesto de sus privile­gios clericales, uno de los cuales era el de fuero, se origi­naban a veces graves inconvenientes, pues podía suceder que un clérigo cometiese crímenes por los cuales mereciese la muerte, que sólo podían imponer los tribunales civiles. Esto se remedió con la deposición solemne, que pasó a ser una pena distinta. La distinción se halla ya en las decre­tales. La palabra degradación se emplea por vez primera en una decretal de Inocencio III.
Sin embargo, en derecho antiguo, había varias dife­rencias entre la simple deposición y la degradación: 1º, por el ministro, porque la deposición podía imponerla el vicario general y la degradación sólo el obispo. 2-, por la forma la degradación exigía ministros asistentes; la deposición, no. 3- por su extensión, la deposición puede ser parcial; la degradación siempre es total. 4- Por la revocación: al depuesto se le podía rehabilitar por el obispo; al degra­dado sólo por el Papa, y aún éste sólo cuando el peni­tente estaba sinceramente arrepentido.
Esta degradación sólo se imponía por crímenes atroces. En cuanto a otros delitos enormes, en opinión de los doctores, sólo podía imponerse si el reo permanecía en la contumacia, después de haberle impuesto sucesiva y gradualmente otras penas canónicas. Este es el Derecho; sin embargo, en la práctica sólo se imponía la degradación, al menos la real y solemne, a los condenados a pena ca­pital.
El degradado, en cuanto es posible, vuelve a la condición de laico, quedando perpetuamente privado de todo ejercicio del orden, del oficio y del benéfico, y del fuero eclesiástico. Pero, es necesario tener presente: 1º Que (según Benedicto XIV) el clérigo conserva el privilegio del canon, aun después de la sentencia de degradación, mientras no verifique la degradación real, actual y solemne; y 2º Que, aun después de ésta, conserva el carácter de la ordenación sacerdotal (por lo que, siendo presbítero, puede decir la Misa válida, aunque ilícitamente. Así como también le quedan las obligaciones del celibato y del rezo del oficio divino).
La reducción al estilo laical, como ahora se estila en la Iglesia postconciliar, para autorizar a los sacerdotes le­gítimos a casarse, no es propiamente una pena canónica, sino una dispensa, antes inaudita, para que los sacerdo­tes voluntariamente se despojen de sus hábitos, renuncien al ejercicio de su sagrado ministerio y puedan así, como cualquier seglar, contraer matrimonio, sin incurrir en culpa alguna, sino renunciando voluntariamente a su ministerio sacerdotal. Sin embargo, por ahora, los efectos de esta voluntaria renuncia y de esta reducción al estado laico im­plica todos los efectos que anteriormente llevaba consigo la degradación, la suprema pena que la Iglesia podía imponer a un sacerdote.
Los padres sinodales del Sínodo de 1971 se mostraron contrarios a que aquéllos que, por cualquier motivo, han sido reducidos al estado laical, sean readmitidos a las funciones sacerdotales. Así tenía que ser, dada la postura que el pasado Sínodo tomó, al fin, respecto al celibato. Pero, si en un sínodo próximo, al discutir de nuevo este te­ma candente, los padres sinodales cambiasen de opinión y abriesen la puerta para que los casados pudiesen orde­narse, no veo cómo podrían impedir el que los "reducidos al estado laical" no por delito, sino con dispensa, para con­traer matrimonio, no pudiesen también exigir el ser readmi­tidos a las funciones sacerdotales.
El mal está en conceder esas licencias, a las que antes la Santa Sede se negaba decididamente; porque el ejem­plo cunde, porque las deserciones aumentan y porque, en realidad, los dispensados, supuesta la dispensa de Roma, no han cometido jurídicamente culpa alguna, para impo­nerles todo el rigor de una ley, que es un castigo, una san­ción. Ante Dios, es evidente que son culpables; pero ante la ley, supuesta la dispensa, no hay culpa alguna.
Se me hace incomprensible la proposición de algunos de los padres sinodales que pidieron que "el proceso de secularización, de reducción de los sacerdotes al estado laical, se simplifique y se haga más humano y que sean las curias episcopales las que lleven a cabo estos expedien­tes". Como si fuese más humano el facilitar a un pobre sacerdote, que pasa tal vez por un momento de tentación y de locura, el rápido abandono de su seminario, de su sacerdocio, para entregarse sin impedimento alguno a los placeres de la carne. Como si esos padres sinodales tuvie­sen prisa por diezmar con prontitud las filas de los sacer dotes. Dan la impresión que ellos no tienen necesidad de sus sacerdotes, contando como cuentan con tantos laicos, que aspiran a ser los pontífices mínimos de la Iglesia de Dios.
Pbro. Joaquín Sáenz y Arriaga
¿CISMA O FE? 1972

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