jueves, 30 de septiembre de 2010

¿VOLVEMOS A LA IGLESIA DE LOS PRIMEROS TIEMPOS?


(de la página 113 a la 128)
En su crónica, desde Roma, el Director de "ECCLESIA", después de explicarnos el sentido y la virtualidad que tendría la diversificación de ministerios, propuesta como solución viable a la escasez de sacerdotes, que se agrava de día en día, en todo el mundo, plantea el siguiente análisis de esta grave y sintomática situación: "¿Volvemos -pregunta— a la Iglesia de los primeros tiempos?" He aquí su respuesta, que trata de exponernos el pensamiento de los padres sinodales:
"Es significativo que el Concilio Vaticano II no haya siquiera enumerado las órdenes menores ni menos las haya considerado jerárquicas. De donde puede muy bien colegirse que quiso dejar la puerta abierta para posibles o necesarios desarrollos o cambios disciplinares ulteriores, de conformidad con las nuevas exigencias pastorales. Y es aquí donde cabe pensar, con serio fundamento, que una más amplia diversificación de ministerios puede acudir en remedio de las situaciones destacadas en el Sínodo. Pues, así como el Vaticano II restableció el diaconado permanente, tanto en forma celibataria como matrimonial, y revalorizó el sacerdocio común de los seglares, es incuestionable que cabe proseguir e ir más allá, en la diversificación e incluso en la creación de ministerios nuevos, sin merma alguna del sacerdocio ministerial, sin detrimento de la ley del celibato y sin necesidad de recurrir a hombres casados. Lo que, de otra parte, sería volver, de algún modo, a los orígenes, cuando los apóstoles, entregados plenamente a la evangelización, tenían necesidad de contar y contaron, además de los presbíteros y diáconos, con laicos colaboradores directos, a los que confiaban funciones que aquéllos no podían abarcar, pero que sin formar parte de la jerarquía, ni gozar de poderes sacramentales o de gobierno, trabajaban eficacísimamente en la extensión de la Iglesia, contando con los abundantes y multiformes carismas de que nos habla San Pablo.
"Por otra parte, habría que preguntarse si, en cierto modo, la situación de la Iglesia de los primeros tiempos no va a ser o no está siendo semejante a la de nuestros días. El paganismo de entonces quizá tenga un paralelismo con la incredulidad de nuestros tiempos en el mundo secularizado, progresivamente descristianizado y ateo, que va surgiendo a impulsos de un arrollador materialismo y de una corrupción creciente que están pidiendo a voces y con urgencia un empeño apostólico de todos, tan serio y decidido como en los primeros pasos del cristianismo.
Reconocen los padres sinodales que la actual situación religiosa en el mundo es semejante, si no peor, a la que prevalecía en el mundo pagano, al nacer el cristianismo: "mundo secularizado, progresivamente descristianizado y ateo, que va surgiendo a impulsos de un arrollador materialismo y de una corrupción creciente, que están pidiendo a voces y con urgencia un empeño apostólico de todos, tan serio y decidido, como en los primeros pasos de la cristiandad". Pero, por desgracia, la situación que estamos viendo y viviendo, como ya lo indiqué anteriormente, ha sido, en gran parte, provocada, acelerada y mantenida, por culpa de la Jerarquía, por las innovaciones de la Nueva Teología, porque el clero progresista, al introducir la "desacralización", la "desmitización", la "secularización" de la Iglesia, han creado este estado epidémico de crisis en la fe. El primer paso a dar es el de detener esa epidemia, el combatir esas doctrinas, el reafirmar en la conciencia de obispos y sacerdotes la realidad inmutable de nuestra fe católica. Ya basta de cambios; ya no queremos más reformas; ya no queremos más sínodos, ni tantas conferencias, que aumentan tan sólo la confusión reinante.
¿Cómo podemos contener ese avance de la apostasía (más grave ciertamente que la herejía y que el cisma, porque es la negación de Dios y de toda religión), cuando el Obispo "charro" de Cuernavaca, en sus declaraciones y en sus conferencias, nos habla de una hermenéutica desmitificadora de la Sagrada Escritura, de una reformulación de nuestros dogmas, de una negación implícita, según las circunstancias y el auditorio al cual habla, de la existencia del infierno? Para él, "el infierno es Vietnam, es Lecumberri. . . un matrimonio mal avenido, un explotador, la Bolsa de Valores. . . la falta de amor (que para él es sexo). . . ¿Cómo vamos a defender la fe, especialmente entre los jóvenes, cuando ese falso pastor, delante de numerosos grupos de universitarios —es la especialidad de Su Excelencia, el quitar la fe a los ignorantes, a los niños, a los jóvenes— al hablar de Dios se expresa así: "Yo no tengo concepto de Dios; digo, porque decir "un concepto de Dios" es decir filosofía, y Dios no vino a enseñar filosofía. . . Dios es un ser que me habla. . . Dios dijo de Sí mismo: 'Yo seré el que seré. . y, por tanto, yo no voy a conceptualizar a Dios. . . Muchos jóvenes se dicen ateos y dicen que Dios no existe; y ¿qué les digo yo? —Que yo también soy ateo; que yo también estoy contra los ídolos, esos dioses, que nos formamos, por ejemplo"? ¿Cómo atajar ese "arrollador materialismo", cuando, por otra parte, Obispos y sacerdotes, y Cardenales, y el mismo Paulo VI, aceptan la colaboración y la misma doctrina del materialismo histórico, del marxismo-leninismo, del comunismo que es el nihilismo pulverizador?
Reconocer el mal gravísimo que nos invade y no poner, cuando se puede, el urgente, el inaplazable remedio, para mí es criminal, porque son las almas inmortales, redimidas por la Sangre de Cristo, las que están en peligro de una eterna condenación; aunque, ni Méndez Arceo ni Saldaña crean en el infierno, ni en el fuego material que ha de castigar por toda una eternidad a los réprobos, que se burlaron de la justicia de Dios.

VAMOS AL COMUNISMO
En la visita, que, al escribir este libro, todavía está haciendo Fidel Castro a la República de Chile, la prensa nos ha dado noticias reveladoras y sintomáticas, que nos están diciendo un estado irreversible, en un comunismo, que prometiendo la liberación del pueblo, la supresión de la pobreza, la igualdad social. . . está, en realidad, esclavizando a los mismos inconscientes que ciegamente cola boraron en levantar el cadalso de su desgracia irremediable.
El sanguinario jefe del comunismo cubano, que ha sembrado de llanto, de sangre, de dolor y de miseria a esa hermana República de Cuba, fue clamorosamente recibido por Allende y todos los integrantes del comunismo chileno. Allí estaba también Su Eminencia Raúl Cardenal Silva Henríquez, Primado de la comprometida Iglesia chilena. Ya la prensa nos había dicho que el dicho Arzobispo de Santiago, cuya ideología y peligrosidad son muy conocidas, desde los días turbulentos del Vaticano II, había celebrado con un "TE DEUM" ecuménico el triunfo electoral del comunismo en su país; triunfo que se debió a la traición de la Democracia Cristiana, a la actividad subversiva del Centro Belarmino de los jesuítas en Santiago, al numeroso clero revolucionario por ellos encabezado, indoctrinado y económicamente corrompido, y, sobre todo, gracias a los programas elaborados por los dirigentes dei CELAM y del mismo Vaticano.
Hay un fenómeno curioso que es conveniente tener presente: que esos curas redentores de las clases humildes, esos curas que se meten en política, esos curas que predican el evangelio de la justicia social, son los curas de automóvil propio, de viajes turísticos, de "humanos desahogos" en los "centros nocturnos"; son los curas que defienden y predican las ideas más avanzadas de las izquierdas, en los periódicos y revistas confesionalmente anticatólicas, como el periódico "EL DIA", las Revistas "SIEMPRE" y "EL Y ELLA", plagadas de desnudos provocativos, de sugerencias sexuales, de doctrinas demoledoras. Más pintoresco es todavía el fenómeno palpable de que esos curas son los que ponen en entredicho el celibato sacerdotal, los que discuten u oscurecen los privilegios y la excelsa dignidad de la Virgen Santísima, los que niegan el pecado original y, para ser exactos, "todos los pecados", excepción hecha del pecado comunitario de la "injusticia interhumana" o el pecado imperdonable del así llamado "antisemitismo"; son los curas que dejan poco claras, cuando no abiertamente heréticas las cosas relacionadas con la Divina Eucaristía, con la penitencia, con el sexto y nono mandamientos, etc., etc.
Desgraciadamente —y me duele en el alma decirlo, porque, al hablar de los malos hijos, parece que injurio a la que todavía considero mi madre— en América Latina, como en otras partes, son los jesuítas (no los genuinos hijos de San Ignacio, sino los arrupianos, los de la nueva ola) los que en Chile, como en Bolivía, como en México, son los instigadores, los que traen y llevan las consignas, los que están comprometidos, los que con culpa o sin culpa —¡Dios lo sabe!— tienen quizá la mayor responsabilidad en este drama de la Iglesia. Como ejemplo, voy a citar aquí una carta del P. Provincial de Chile a todos sus subditos, con motivo del triunfo de Allende:
1. Para nosotros debe ser un motivo de profunda alegría el hecho de que el grupo que ha obtenido la mayoría en las urnas prometa trabajar por el pueblo y por los pobres.
2. Seguramente, las nuevas estructuras económicas nos obligarán a una mayor austeridad y pobreza, lo cual debe ser para nosotros motivo cristiano de alegría. Si antes, tal vez por pereza, no fuimos capaces de llegar a esa austeridad evangélica, debemos alegrarnos de que ahora el Señor, por medio de las circunstancias, nos apremie a ello.
3. Nuestra actitud sincera debe ser de colaboración leal en todo lo que redunde en bien de los pobres y en la creación de una sociedad más justa. De ningún modo debemos aparecer como aliados con los que se opongan a estas transformaciones, muchas veces en defensa de sus intereses personales. Todo aumento de solidaridad humana es un avance cristiano hacia Cristo, así como todo egoísmo individualista es un retroceso hacia estructuras primitivas.
4. Por otra parte, no debemos caer en la ingenuidad adolescente de intentar subirnos al carro de la victoria, llegando a un compromiso con el nuevo poder, que limitará nuestra libertad de crítica. Es esencial que podamos sentirnos libres para estar en la "oposición' cuando el poder se haga injusto o clasista; es esencial que siempre podamos criticar a los que no cumplen sus promesas de trabajar por los más pobres, y defraudan así las esperanzas del pueblo. No es sólo en las dictaduras de derecha donde se necesita esa actitud de crítica cristiana.
5. En ese sentido, nuestra actitud, frente a un posible adoctrinamiento materialista, impuesto por el Estado, deberá ser de firme resistencia. Nos corresponde, a costa de cualquier peligro, defender los valores fundamentales del hombre y sus derechos. Hasta ahora, el grupo vencedor afirma que se respetarán esos valores y esos derechos.
6. Como temas muy concretos, quiero recordar lo siguiente respecto a los colegios y a la militancia política. Colegios: no pensamos defender ningún privilegio nuestro, ni mucho menos oponernos a reformas que nosotros mismos deseábamos. Defenderemos la libertad de enseñanza como derecho de los padres y procuraremos que todos nuestros colegios sean gratuitos, en la línea ya señalada antes por los documentos de la Compañía y que todavía no habíamos realizado plenamente. Militancia política: núestra responsabilidad como ministros consagrados de la Palabra, es hacia todos los hombres y todos los grupos. Ni colaboración con los romanos, ni cabecillas del pueblo contra Pilotos. Servicio a todos, especialmente a los más pobres. Abanderarse políticamente en un partido, en vez de manifestar nuestra libertad de ciudadanos, limitaría nuestra libertad de sacerdotes. Comprometernos con todos, no abanderarnos con nadie.
7. Cuando hablemos con nuestros familiares y amigos, debemos devolverles la paz, exhortarles a la generosidad. Debemos animarles a que continúen en el país para ayudar a construir un nuevo Chile, más justo y más popular, dentro de una inspiración cristiana y verdadera" (De la Revista española ECCLESIA, 2 de enero 1971).
Si no tuviera yo seguridad de la autenticidad de esta carta, pensaría que un nuevo Pascal estaba conspirando contra el prestigio de la Orden Ignaciana; que las gravísimas acusaciones de Clemente XIV, en su famoso Breve "Dominus ac Redemtor", contra los jesuitas, por el cual la Compañía de Jesús fue suprimida, habían sido nuevamente formulados y que el documento, que literalmente cité antes, había salido, como LAS PROVINCIALES, como el Breve clementino, según lo que tantas veces escuché y leí, de los antros impenetrables de las logias masónicas.
Pero, no; desgraciadamente, no podemos dudar de la autenticidad de este documento, publicado en una Revista Oficial de la Acción Católica, poco tiempo después de la elección de Allende, el nuevo tiranuelo rojo, que en América Latina quiere establecer irreversiblemente la dictadura esclavizante y sangrienta del comunismo internacional. Es una carta ofiical del R.P. Provincial de la Provincia Chilena de la Compañía de Jesús, dirigida a todos los Reverendos Padres y Carísimos Hermanos de su Provincia, para congratularse con ellos con "profunda alegría", por el hecho, ya histórico, del triunfo electoral del partido comunista. ¿No había acaso motivo de íntima y especial alegría para los jesuitas, que con su Centro Belarmino y con su ejemplar activismo habían secundado las consegnas del CELAM, los acuerdos del P. Arrupe y de todos los Provinciales latinoamericanos y las sugerencias vaticanas?
La Quinta Congregación General de la Compañía de Jesús había establecido literalmente lo siguiente: "Dado que nuestra Compañía, que ha sido suscitada por Dios para la propagación de la fe y ganancia de las almas, asi como puede alcanzar felizmente el fin que se propone, bajo el estandarte de la Cruz, por medio del ministerio propio del Instituto, que son las armas espirituales, para beneficio de la Iglesia y edificación del prójimo, así también podría malograr todos estos bienes, y se expondría a los mayores peligros, si se ocupase de aquellas cosas, que son del mundo y que se relacionan con las actividades políticas y el gobierno de los Estados, por eso mismo, con mucha sabiduría, establecieron nuestros predecesores que, como milicia de Dios, no debemos mezclarnos en otras cosas ajenas a nuestra vocación religiosa. Ocurriendo empero que, precisamente en estos tiempos sobremanera peligrosos, en varias regiones y ante muchos soberanos (cuya estima y afecto es menester cuidar, según nuestro Padre San Ignacio, como testimonio de un vínculo divino) nuestra orden religiosa no goza de buena fama, quizá por culpa de algunos, o por ambición, o por celo indiscreto; y que, por otra parte, es menester el buen olor de Cristo para los frutos espirituales, esta Congregación ha estimado que es preciso abstenerse de toda clase de mal y evitar, en cuanto sea posible, todos los motivos de queja, incluso los que proceden de sospechas sin fundamento. Por cuya razón, por el presente decreto, nos está prohibido a todos nosotros, severa y rigurosamente, mezclarnos por ningún concepto en semejantes asuntos políticos, aunque seamos invitados o incitados a ello, sin que podamos apartarnos de este mandato, por ninguna clase de ruego o persuasión. Además, la Congregación ha encomendado a los Padres definidores que establecieran y definieran, con el mayor cuidado, aquellos remedios más eficaces, cuya aplicación, donde fuera necesario, curase por ejemplo esta enfermedad".
Después de leer y meditar este decreto de esa Quinta Congregación General, me quedo confundido, dada la conocida obediencia de la Orden, al volver a leer esa carta del P. Provincial de Chile, que se me antoja más una proclama política y revolucionaria, que una norma directiva, para salvar el espíritu ignaciano, en medio de los peligros inminentes, que el triunfo de Allende y la implantación del comunismo, tiene que traer, tarde o temprano, no sólo contra la Compañía, sino contra la misma Iglesia Católica.
"Para nosotros —dice el P. Provincial— debe ser un motivo de profunda alegría el hecho de que el grupo, que ha obtenido la mayoría en las urnas, prometa trabajar por el pueblo y por los pobres". La mera promesa debe ser para los jesuítas motivo de profunda alegría. ¿Qué no conoce el R.P. Provincial el dolo y la perfidia con que los jefes comunistas engañan a los pueblos? ¿No recuerdan el caso terriblemente doloroso de España, cuando, dominada por el comunismo, murieron, sacrificados por los rojos, 125 jesuítas? Alegrarse profundamente por el terrorismo que cada día se desata más amenazador en los pueblos de América Latina? ¿Alegrarse por ver un nuevo país de nuestro continente subyugado por el más cruel y terrible de los regímenes que la humanidad pueda concebir?
Esclavitud sin posibilidad alguna, humanamente hablando, de una liberación. Un levantamiento interno haría de Chile y de Cuba y de cualquier otro país, esclavizado por las garras del comunismo, otra Hungría, otra Checoeslovaquia, ya que la tiranía soviética o china jamás permitiría una reforma a una doctrina ya implantada. Chile, como Cuba, son conquistas del comunismo soviético y chino, y esta victoria jamás el imperialismo rojo permitirá le sea arrebatada. Es el segundo eslabón en el hemisferio occidental. Un bastión, que espera, que proyecta, que conspira, para abrir las puertas de los otros países latinoamericanos. ¡Padre Provincial, tiene Ud. razón para festejar cristianamente el triunfo de los enemigos mortales de la Iglesia de Cristo!
¡Trabajar por el pueblo y por los pobres! ¡Mentira, P. Provincial, mentira! Eso significará para ese pueblo hermano la necesidad de rebajarse hasta el más vil servilismo, para granjearse un mendrugo de pan; eso se traducirá en ver a las esposas, a las madres, a las hijas de Chile convertidas en prostitutas para llevar a su hogar un poco de comida, a los famélicos hijos de un pueblo esclavizado, sin esperanza alguna de recobrar su libertad.
El Provincial chileno anuncia a sus súbditos "las nuevas estructuras económicas", que va a obligar a los jesuítas chilenos "a una mayor austeridad y pobreza". "La vida es común en lo exterior, por justos respectos", dice San Ignacio en las Constituciones. En la auténtica Compañía, esto significaba no una falta de espíritu de pobreza, sino un auténtico desprendimiento de cada jesuíta, fiel a su vocación, de todo aquello que no fuera estrictamente necesario, para cumplir fielmente sus compromisos con Dios en la vida religiosa. El verdadero jesuíta, aunque tuviese lo necesario y más de lo necesario, procuraba sin alarde ni ostentación alguna, despojarse y sentir en carne propia los efectos saludables de la Santa Pobreza. Es pura demagogia lo que dice después el P. Provincial: "Si antes, tal vez por pereza (?), no fuimos capaces de llegar a esa autenticidad evangélica, debemos alegrarnos de que ahora el Señor, por medio de las circunstancias, nos apremie a ello". No es el Señor, sino Allende y el comunismo triunfante, auspiciado por los jesuítas de la nueva ola, el que va a obligar, en el nuevo cambio de estructuras, a los mismos, a vivir, en lo exterior, una vida más conforme a la pobreza evangélica. Pero eso no significará seguramente que los jesuítas, abandonando sus colegios, residencias, o renunciando al capital de la Provincia, vayan a morirse de hambre, ni a carecer de las cosas convenientes y aun superfluas, para vivir en apartamientos alquilados, esa nueva vida de más autenticidad evangélica, sin las restricciones, ni la vigilancia que la antigua observancia regular les imponía.
Los jesuítas chilenos, después del triunfo electoral del comunismo, deben, dice su Provincial, tomar una actitud de "colaboración leal" con Allende, para hacer que ese triunfo electoral no vaya a ser defraudado, por la odiosa "reacción" de los "gusanos" antirevolucionarios, anticomunistas. "De ningún modo debemos aparecer —escribe el Provincial— como aliados con los que se opongan a estas transformaciones". ¿Qué mejor colaboración puede tener Allende que este cardenal judeo-masónico-comunista, que esos nuevos jesuítas de vanguardia, que si colaboraron en el triunfo electoral, deberán colaborar, con mayor devoción, sinceridad y entrega total, en la consolidación del nuevo régimen, en la destrucción total de las "antiguas estructuras", en la edificación rápida del nuevo gobierno dictatorial? En virtud de "santa obediencia", los jesuítas chilenos se opondrán ahora a toda reacción saludable, a todo intento de liberación de los que quieran resistir a llevar el yugo de su esclavitud.
Pero, la astucia del P. Provincial no quiere tener "la ingenuidad adolescente de intentar subirse al carro de la victoria". Los jesuítas, así lo da a entender su superior, deben conservar su autonomía, para mantenerse siempre "en la oposición", cuando el poder vuelva a corromperse haciéndose injusto y clasista. Hay que evitar que la antigua oligarquía, representada por los odiosos ricos no venga a ser sustituida por otra nueva oligarquía, la de los que ahora detentan el poder. Los jesuítas se convierten así en los censores permanentes, que denunciarán a los antirevolucionarios, a los traidores, a los que quietan hacer resurgir un nuevo capitalismo, el capitalismo absorvente del imperialismo rojo.
Hay que pensar aquí —y la sabiduría y astucia de los superiores de la Compañía no pueden desconocerlo— que, después de poco tiempo, el gobierno de Chile, como el de Cuba, se convertirá en un nuevo satélite de Moscú o de Pekín. Pero, esta circunstancia tan insignificante no atemoriza al P. Provincial, porque sabe muy bien que el imperialismo jesuítico está respaldado, dirigido y financiado por el Vaticano de Paulo VI y de sus aliados judíos y masones y comunistas de todo el mundo. Lo que significa que las palabras del número quinto de la proclama del Provincial es una clara advertencia al presidente Allende y a su gobierno, para no retroceder en su camino, para llevar hasta sus últimas consecuencias el programa integral del comunismo.
Como una prueba fehaciente de la sinceridad de su activismo, los jesuítas de la nueva ola, van a cumplir, al fin, lo que las Constituciones habían hace ya cuatro siglos decretado: van a dar gratis lo que gratis recibieron y sus colegios no percibirán más las cuantiosas entradas, que aquí en México —país todavía subdesarrollado— siguen cobrando por su valiosa instrucción antropológica.
Pero, la frase más comprometedora y comprometida del Provincial es la siguinte: "Militancia política: nuestra responsabilidad, como ministros consagrados de la Palabra, es hacia todos los hombres y todos los grupos". Los jesuítas harán política, aunque sea contra la prohibición de su Quinta Congregación General; pero, su política es o debe ser una superpolítica, guardando siempre su libertad de acción para hacer y decir lo que fuere más conducente para el servicio de Dios y ayuda de las ánimas ¿Todavía negarán algunos la existencia de un clero político? ¿Todavía pensarán que la participación de los estudiantes de Río Hondo de la Provincia Mexicana, en los sangrientos conflictos estudiantiles de 1968, fue accidental, fue apostólica y pastoral?
Pero, volvamos a Santiago de Chile, en donde dejamos a Su Eminencia Raúl Cardenal Silva y Henríquez, al lado de Allende, recibiendo con un abrazo efusivo a Fidel Castro, el exterminador de un pueblo libre. La presencia de Su Eminencia en esa recepción no puede tener otro significado que ser un gesto de adhesión y simpatía al programa del comunismo en la América Latina. Nos quedamos sorprendidos con la noticia, porque, si la excomunión pronunciada por Pío XII y las razones intrínsecas que la motivan no han sido revocadas, ni han perdido su valor, si las condenaciones de tantos y tan preclaros Papas no han perdido su vigencia; si la doctrina católica no ha cambiado, ese gesto diplomático no puede tener otro sentido que una formal y pública apostasía, una negación manifiesta de todos los valores cristianos y una traición descarada no sólo a su patria y a toda la América Latina, sino a todos los pueblos libres del mundo de Su Eminencia Raúl Cardenal Silva y Henríquez.
Nadie puede negar que el "Te Deum" ecuménico y el mensaje papal de felicitación a Allende por su triunfo electoral y la asistencia de Su Eminencia en la recepción de Fidel Castro, cabeza de playa de la subversión comunista en todos los pueblos de América Latina, son hechos históricos, que tienen sí un sentido político, de transacción, de componenda, de entreguismo; pero tiene también —y esto lo más grave— un sentido evidentemente antireligioso. No estamos ya en los tiempos de los Estados Pontificios, cuando los Papas, además de su investidura sacra, eran, al mismo tiempo, señores temporales de unos estados internacionalmente reconocidos. Esta circunstancia explicaba, si no justificaba, los pactos, las alianzas, los gestos diplomáticos de algunos de esos Pontífices, en los que la ortodoxia estuvo o pareció estar supeditada a las conveniencias políticas y humanas. Ahora un Papa no tiene ya, ni puede tener otra representación que la de ser el sucesor de Pedro, el Vicario de Cristo en la tierra, la cabeza visible de la verdadera y única Iglesia, fundada por el mismo Hijo de Dios; y, por lo mismo, todos sus actos, aun dentro de la humana diplomacia, tienen que ser una nln, ría confesión de la fe tradicional y una explícita condenen ¡ón de todas las doctrinas intrínsecamente perversas, opuestas antagónicamente a la doctrina inmutable de la Iglesia. Y lo que digo del Papa, con más razón debe decirse de los obispos, aunque hayan alcanzado la púrpura cardenalicia.
No podía quedar sin respuesta el gesto ecuménico del Primado de Chile de ir personalmente a recibir al aeropuerto al tirano de Cuba. "EXCELSIOR" del miércoles 24 de noviembre del presente mes y año, nos relata la visita personal de Fidel Castro a Su Eminencia:
"SANTIAGO DE CHILE, 23 de noviembre (AP, LATIN y AFP): 'Cristianos y Marxistas pueden y deben trabajar juntos por la liberación de los pueblos, proclamó hoy el primer ministro cubano Fidel Castro luego de entrevistarse con el cardenal Raúl Silva Henríquez, arzobispo de Santiago y jefe de la Iglesia Católica chilena.
Durante la entrevista, que se prolongó por media hora y se efectuó a petición de Castro, el cardenal regaló a éste un ejemplar lujoso de la Biblia. El lider cubano manifestó que "se sentía muy honrado" por el obsequio, pero aseguró: 'Ya lo he leído y mucho'. Silva Enríquez reconoció posteriormente que recibió muchas llamadas telefónicas de protesta, mediante las cuales se le reprochó el haber concedido la entrevista'.
¿Qué debemos pensar de esta entrevista? Que el cardenal Silva y Enríquez, después de haber traicionado su conciencia, traicionó también a su patria y a su pueblo; que esa entrevista fue un nuevo bofetón al pueblo de Cuba, que está sufriendo un prolongado martirio en manos del tirano, recibido por el cardenal y premiado por él con un "ejemplar lujoso" de la Biblia. ¿Qué mejor regalo podía hacer Su Eminencia al representante número uno de la subversión comunista en nuestra América Latina? ¿No ha ya demostrado nuestro José Porfirio Miranda y de la Parra que entre Marx y la Biblia hay una identidad de pensamiento? Por eso Fidel aseguró a Su Eminencia y ti la prensa mundial, que se sentía muy honrado con el obsequio cardenalicio y que él ya había leído y mucho ese libro sagrado. Por lo visto los exégetas de la nueva ola, nos van a demostrar que el marxismo y su expresión política, el comunismo, son la única auténtica interpretación que pueden tener los Libros Sagrados. Si hay una teología de la muerte de Dios y hay una teología de la violencia, también hay teología del paredón, de los secuestros, de las guerrillas, del terrorismo, de la traición. . .
¡Con cuánta razón protestaron por teléfono los católicos chilenos al ver a su pastor abrazando el enemigo número uno de su patria! Pero, la Iglesia postconciliar, la Iglesia montiniana, cree que es necesario ganarse la confianza, la amistad y el apoyo de los dirigentes del comunismo, para sobrevivir, en medio de la esclavitud inevitable.

Pbro. Joaquín Sáenz y Arriaga
¿CISMA O FE?
1972

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