viernes, 1 de octubre de 2010

LA ACCION CATOLICA

La divina misión de Cristo, pasada a las manos de San Pedro y de los Apóstoles, producía en los discípulos y en los fieles, ese fermento de sinceridad y de verdad, de gracia y de virtud, que era la conservación y la renovación de las almas y que al lado de los obispos y del clero, precedía a la aurora de la Acción Católica.
La Acción Católica es tan antigua como el cristianismo, y si su nombre suena elevado y conmueve en nuestros tiempos, su espíritu inmortal se ha reforzado en la lucha que contra la Iglesia, la doctrina de Cristo y la práctica de la fe, el mundo actual combate con la indiferencia moral, con la ciencia de nombre falso, con las pasiones de la concupiscencia, huella del demonio

"Acción Católica", esta palabra "Acción", al mismo tiempo precisa y comprensiva, indica el carácter propio de la organización y la distingue de otras asociaciones católicas. No quiere decir que éstas no realicen también una acción, pero su acción tiende generalmente a un fin peculiar y determinado, el cual se quiere obtener mediante un trabajo organizado y permanente, sea que desarrolle su actividad en el campo religioso o caritativo, sea en cualquier otro social y económico, o en otros campos de la cultura. Es por esto que las asociaciones toman el nombre de los fines que se proponen.
Se llama simplemente "Acción Católica", porque teniendo un fin general, no particular o específico, no es un eje fijo alrededor del cual gravita el mecanismo de una asociación cualquiera, sino un lugar de asamblea, donde convergen y se organizan los católicos de acción.
De esto se deduce que se puede ser —como sucede en otras asociaciones, legítima y útilmente—, al lado de los miembros activos, miembro por decir así, "honorario", el cual simplemente se adhiere al fin objetivo de la asociación renovando regularmente su inscripción, pagando una cuota monetaria, y tal vez aun recibiendo publicaciones periódicas y tomando en algunos casos, parte en las asambleas. Por el contrario, no es concebible un grupo de Acción Católica, en el que se alistaran miembros que no fuesen plenamente activos. Recibir la credencial de socio, escuchar conferencias, suscribirse a los periódicos, tal vez sin leerlos ¿puede bastar esto para llamarse miembro de la Acción Católica? ¿No habría que hacer diferencia entre el nombre y la cosa? ¿Merecería el nombre de Acción Católica un pequeño grupo de miembros activos, al que una multitud amorfa, hiciese escolta y coro en las grandes manifestaciones públicas?
La Acción Católica está —a título especial— subordinada directamente a la autoridad de la jerarquía eclesiástica, de la cual es la colaboradora en el apostolado. En la Acción Católica Italiana, la presidencia general, y la de varios grupos diocesanos y parroquiales, se halla en manos de seglares los cuales, sin embargo, están asesorados y guiados por eclesiásticos; en tanto que en las asociaciones marianas que ejercen también acción, el Párroco es el presidente nato; pero a fin de que la asistencia a las asociaciones femeninas sea verdaderamente santa y fructuosa, los sacerdotes con fe, y delicada reserva, dejan las asociaciones en manos y al cuidado de mujeres piadosas y buenas, quienes suplen al sacerdote, ya que no se ven restringidas por deberes del ministerio sacerdotal.
Estas consideraciones sobre la organización de la Acción Católica, nos inducen a agregar algunos consejos generales, para corregir algunas de las tendencias no muy rectas de nuestros tiempos actuales.
Ante todo una palabra sobre el concepto del apostolado. Este no consiste solamente en anunciar la buena nueva, sino conducir a los hombres hacia la fuente de la salvación, con un completo respeto de su libertad, convertirlos y educar a los bautizados para que hagan un esfuerzo para ser perfectos cristianos.
Seria además erróneo ver en la Acción Católica —como ha sido afirmado recientemente por algunos— algo esencialmente nuevo, un cambio en la estructura de la Iglesia, un nuevo apostolado de los seglares, que no le está subordinado. Siempre ha habido en la Iglesia una colaboración de los seglares en el apostolado jerárquico subordinada al obispo y a aquéllos a quienes el obispo ha confiado la responsabilidad del cuidado de las almas, bajo su propia autoridad. La Acción Católica ha querido dar a esta colaboración, solamente una forma nueva y una organización accidental para su mejor y más eficaz ejercicio.
Si bien la Acción Católica en sus orígenes, como la misma Iglesia, fue organizada de acuerdo con diócesis y parroquias, no impide que tenga un desarrollo posterior y una acción fuera de los límites restringidos de la parroquia. Se debe pues, reconocer que no obstante la importancia de los valores y de las energías fundamentales e insubstituibles de la parroquia, la complejidad, rápidamente creciente, técnica y espiritualmente, de la vida moderna, puede exigir una mayor capacidad de la Acción Católica.
Sin embargo, siempre permanecerá como un apostolado seglar sumiso al obispo o a sus delegados.
La actividad de la Acción Católica, se extiende a todos los campos religiosos y sociales, por lo cual une la misión y la obra de la Iglesia. Ahora bien, se sabe que el normal crecimiento y robustecimiento de la vida religiosa, supone una determinada medida de condiciones sociales y económicas.
¿Quién no siente oprimírsele el corazón, al ver cómo la miseria económica y los males sociales hacen más difícil la vida cristiana según los mandamientos de Dios y que muy a menudo exigen sacrificios heroicos? Pero de esto no se puede deducir que la Iglesia deba hacer a un lado su misión religiosa y procurar antes que todo el saneamiento de la miseria social.
Sí; la Iglesia ha estado siempre pronta a defender y a promover la justicia desde el tiempo de los Apóstoles; aun ante los más grandes abusos sociales ha cumplido su misión y con la santificación de las almas y la conversión de los sentimientos internos, ha tratado de iniciar el saneamiento de los males y daños sociales, persuadida de que la fuerza religiosa y los principios cristianos, son mejor que cualquier otro medio para obtener el éxito.
La externa y bien disciplinada organización de la Acción Católica no excluye, sino promueve, la perspicacia personal y el espíritu de iniciativa de los particulares —cada uno según su propia cualidad y capacidad— en contacto permanente con los miembros de la Acción Católica del mismo lugar y del mismo circuito. Todos se tienen a la disposición cada vez que hay necesidad de cualquier actividad o campaña católica. Con su entusiasmo y con su decisión, cada uno da una ayuda desinteresada a otras uniones e instituciones, que pueden solicitar su cooperación para obtener con mayor seguridad y perfección, el logro de sus propios fines.
En otros términos, no sería compatible con el verdadero concepto de la Acción Católica, la mentalidad de los asociados que se consideran como ruedas inertes de una máquina gigantesca, incapaces de moverse por sí mismas, mientras la fuerza central no las haga girar. Tampoco sería admisible, ver a los jefes de la Acción Católica, como si fueran operadores de una central eléctrica ante un tablero de mando, atentos solamente a conectar o interrumpir, a regular o dirigir la corriente de la vasta red.
Sobre todo, ellos deberán ejercer una personal influencia moral, que será el efecto normal de la estima y de la simpatía que sepan ganarse y que dará crédito a sus sugerencias, a sus consejos, a la autoridad de su experiencia, cada vez que traten de poner en acción las fuerzas de la asociación.
Nosotros no tenemos necesidad de enseñar que la Acción Católica no ha sido llamada a ser una fuerza en el campo de la política de partido. Los ciudadanos católicos, como tales, pueden unirse a un partido de actividad política; están en su derecho, pero no tanto como cristianos que como ciudadanos. La presencia en sus filas y la participación de miembros de la Acción Católica en el sentido y en los límites mencionados es legítima y aun puede ser recomendable. Al contrario, no podría admitirse que la Acción Católica se convirtiese en un partido político.
La Acción Católica no tiene, y menos por su naturaleza, la misión de estar al frente de otras organizaciones y de ejercer un oficio de casi autorizado patronato. El hecho que se haya colocado bajo la dirección directa de la jerarquía eclesiástica, no trae consigo una consecuencia parecida. En efecto, el fin propio de cada organización, es aquel que determina su dirección. Puede darse el caso, que el fin no exija y por consiguiente no haga oportuna tal dirección. Pero no por esto, esas organizaciones cesan de ser católicas y sujetas a la jerarquía.
El sentido específico de la Acción Católica consiste, como habiamos dicho, en el hecho de que ella es como el punto de reunión de los católicos activos siempre prontos a colaborar con el apostolado de la Iglesia, apostolado jerárquico, por divina institución, y que encuentra entre los bautizados y confirmados sus colaboradores unidos a ella de manera sobrenatural.
De esto se deduce una consecuencia que es al mismo tiempo un aviso, no para la Acción Católica de un determinado país, sino para la Acción Católica de todos los países y de todos los tiempos. Su estructura se deberá adaptar a las diversas regiones y particulares circunstancias del lugar; pero en un punto todos los miembros deberán ser iguales; en el "sentirse con Ecclesia", en las decisiones para la causa de la Iglesia, en la obediencia hacia aquellos que el Espíritu Santo ha instituido obispos para dirigir la Iglesia de Dios, en la sumisión filial hacia el Pastor Supremo, al cual Dios ha confiado su iglesia.

¿Cuáles son actualmente para los hombres de Acción Católica los puntos más importantes que constituyen sus cimientos, y los campos principales de su actividad? Nosotros creemos deber señalar principalmente cinco:
1) Cultura religiosa. Profundo, sólido conocimiento de la fe católica, de sus verdades, de sus misterios y de su fuerza divina. La expresión "anemia de la vida religiosa", suena como un grito de alarma. Esta anemia debe hacerse desaparecer -en primer término y en todas las clases sociales, tanto en los instruidos como en los obreros— lo mismo que la casi absoluta ignorancia de las cosas religiosas. Esta ignorancia debe ser combatida, extirpada, vencida.
2) La santificación de las fiestas. El domingo deberá volver a ser el día del Señor, de la adoración y glorificación de Dios, del Santo Sacrificio, de la oración, del recogimiento y de la reflexión, del alegre retorno a la intimidad de la familia. Una dolorosa experiencia ha demostrado que para no pocos y aun para aquéllos que durante la semana trabajan honrada y asiduamente, el domingo se ha convertido en el día del pecado.
En verdad, el éxito de la lucha entre la fe y la incredulidad, dependerá en buena parte de lo que ambos bandos hagan los domingos: ¿Se llevará en alto, esculpido sobre la frente, claro y brillante el nombre del Señor, o permanecerá obscuro y abandonado?
3) Salvación de la familia cristiana. La madre cristiana debe ser conservada. Debe ser conservada la educación cristiana. Debe ser conservado el hogar cristiano, roca del temor de Dios, de la inviolable fidelidad, de la sobriedad, del amor y de la paz, donde domine aquel espíritu que llenaba la casa de José de Nazaret.
Salvar la familia cristiana es precisamente la misión principal del hombre católico. No olvidéis: de lo que él sea, y también de la misma mujer, depende el destino de la madre y de la familia.
4) Justicia social. Para los católicos, el camino a seguir para la solución de la cuestión social, está claramente señalado por la doctrina de la Iglesia.
Una distribución de la riqueza un poco más justa, es y será un punto del programa de la doctrina social católica.
Sin duda el natural curso de las cosas trae consigo —y no es ni social ni económicamente anormal— que los bienes de la tierra sean dentro de ciertos límites desigualmente divididos; pero la Iglesia se opone a la acumulación de los bienes en manos de relativamente pocos extraricos, mientras que muchas clases del pueblo están condenados a una pobreza y a una condición económica indigna de los seres humanos.
5) En el mismo espíritu debe encontrar la renovación de otro sentimiento moral: la lealtad y la veracidad en la convivencia humana, la conciencia de la responsabilidad por el bien común. Es inquietante ver hasta que punto, como consecuencia de las increíbles agitaciones de la guerra y de la postguerra, se han relegado la fidelidad y la honestidad de la vida económica y social. Cuando esto se manifiesta no es un defecto exterior de carácter, sino que demuestra una grave enfermedad interna, una intoxicación espiritual, que es en gran parte la causa de la anemia religiosa.
El caos económico y financiero, producto de estos cataclismos, ha estimulado y acrecentado la avidez de las ganancias, que empuja a las almas a locas especulaciones y maniobras en perjuicio de la población entera. Nosotros hemos siempre condenado y reprendido tales manejos de cualquier parte que vengan, así como cualquier comercio ilícito, cualquier falsificación, cualquier transgresión a las justas leyes emanadas del Estado para el bien de la comunidad civil.
A los hombres de Acción Católica corresponde cooperar a la curación de este mal, por medio de la palabra y del ejemplo, ante todo con el propio ejemplo y con una eficaz influencia sobre la opinión pública.
Pío XII

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