viernes, 29 de octubre de 2010

Andar limpio sobre el barro


MEDIOS PARA FORTALECER EL CARÁCTER
Agentes internos
Somos hijos de Dios
La pureza es la limpieza del cuerpo y del alma, a pesar de la influencia de la carne corrompida.
Cervantes dijo de ella por boca de la Gitanilla: «Una sola joya tengo, que estimo más que la vida, que es la endereza y la virginidad.»
Para nosotros los cristianos, no es cuestión de honor; el motivo es más profundo. Su razón de ser nos la da San Pablo: el cristiano es miembro de Cristo, y el cuerpo de Cristo no se puede profanar con el contacto impuro. ¿No sabéis que sois templo del Espíritu Santo? Todo cuanto existe en el templo está consagrado al servicio de Dios.
La ética de San Pablo no es otra que volver al hombre al ser, tal y como Dios lo concibió.
En la mitología germana los hijos de los dioses eran conocidos por el brillo de sus ojos, relucientes como el acero bruñido.
Eres hijo de Dios, y tu pensar, querer y obrar, han de ser dignos de la obra de Dios, Una obra santa que goza de libertad, durante un período de prueba.
En el Cristianismo no es un mito, sino una realidad. De los primeros cristianos se decía: «Sus hijos son puros y vírgenes, y huyen del mal.» Esto se afirmaba en aquel ambiente en el que todo era «concupiscencia de la carne, y soberbia de la vida».
Dios nos hizo reyes de la Creación, pero en este concepto de caudillaje, el rey responde al mejor y primer luchador.

No corrompamos al hombre
La pureza es una virtud que nos hace «un familiar» de la casa de Dios. «Los que coméis de mi pan», que canta el romance. La virtud que más nos aproxima a nuestro origen divino.
Dios busca la fruta sobre la que brille el rocío del amanecer. No le agrada la fruta manoseada del mercado.
El hombre con esta tendencia es como el agua: lo mismo puede esmaltar de flores una pradera, que formar una charca palúdica.
Esa inquietud interior es el mosto que fermenta y se hace vino. Hay que tener firme la cabeza para no perderla con los vapores de la fermentación, y evitar la ruina definitiva.
Es el árbol que renueva toda su savia, y en la primavera reviste sus varales de flores blancas de ilusión.
La voluntad se ha de imponer para no dejarse llevar vanamente de esas ilusiones cortando las flores antes de tiempo, e impidiendo así la esperanza de un fruto cierto. El rosal que fue podado en la primavera no dará flores.
Si la savia llena los vasos del árbol, este árbol llevará fruto; pero si se quiebra de un hachazo, se desangra y pierde su vigor.
El pino sangrado es débil para la construcción.
El cuerpo del hombre es un sistema cerrado y limitado de fuerzas síquicas y biológicas, y no se puede derrochar.
Napoleón fracasó en la campaña de Rusia porque estaba absorbido por el amor de una mujer.
Por la misma razón Parnell, abandona Irlanda, su patria, en vísperas de la victoria contra los ingleses.
La impureza llega a oscurecer las verdades más claras de la fe: si Dios te preceptuara la castidad con la evidencia de una igualdad matemática, bajo la influencia de esa pasión, dudarías de la exactitud metafísica de los números.
No es, pues, una virtud negativa, sino de un positivismo restaurador, al pretender asemejarnos al hombre ejemplar que Dios puso en el Paraíso y Jesucristo respuso con sus méritos.

El vicio más egoísta
Dios Padre ha puesto en el hombre una fuente de vida, con prohibición absoluta de derrochar la más mínima parte de ella.
Porque la vida de un ser posible, es tan sagrada que Jesús para restaurarla no dudó en dar su propia vida temporal. La vida del hombre, no es sólo la de un sér fisiológicamente animal, tiene también una proyección eterna. Tu egoísmo te hace olvidar esta verdad.
Abusar de esta energía a espaldas de Dios, es oponerse directamente a la más sagrada de sus obras: el hombre. Por él creó Dios las restantes maravillas del universo. Sin el hombre todas quedan en el vacío. El joven con su pureza contribuye a completar la obra de Dios.

Virtud que eleva
Vencer el atractivo desordenado, además de ser de un mérito extraordinario, te dotará de una voluntad fuerte y perseverante.
En esta vida sentirás también los efectos de una naturaleza equilibrada. «¿Quieres tener un entendimiento de ángel?, pide al cielo un corazón de ángel. Cuando el corazón es puro como el cristal, los ojos se vuelven más transparentes. Nada despeja tanto el entendimiento como el olor de las azucenas».
Pasa un vendaval por las eras, y levanta un torbellino de polvo; pasa por unos huertos floridos, y se lleva una nube de perfumes. No esperes por lo tanto dar buena cuenta de ti si tu corazón está corrompido.
La pureza es una gran joya, porque nos comunica un sentir superior, y forma dentro de nosotros un mundo más elevado, mientras el vicio nos hace sentir bajamente aún de las cosas más nobles y elevadas.
La Virgen, modelo de pureza, fue por ello capaz de quebrantar la cabeza de la serpiente.
Godofredo de Bouillon, cuando le felicitaban por la victoria, respondía: Si mis manos han sido fuertes, fue porque no estaban manchadas con la impureza.
«Su fuerza era como diez, porque era puro su corazón» (Tennyson).
Sin ella, aunque tengas las fuerzas de un bisonte, tu voluntad será débil.
En los años invernales brillará el sol si la juventud fue pura.
En la juventud se planta y nacen las flores, si éstas se respetan, ancianos os sentaréis a la sombra de frondosos árboles.

Es posible
Es una lucha con una victoria al alcance de tu mano.
Si sólo existiera como único motivo para luchar por la pureza ser la voluntad de Dios, seria razón suficiente para creer en su posibilidad.
Los hechos son hechos:
«Se encuentran entre ellos hombres y mujeres, que permanecen vírgenes toda la vida» (Albufeda).
«Encontrarás alrededor de ti centenares de ejemplos, que te dirán que la castidad es posible» (Tolstoi).
Los que la creen imposible, es fácil que ni siquiera hayan probado a luchar por ella. Nunca creas en el poder fatal de la pasión.
Un águila encadenada tenía ansias de volar. Un día se rompió un eslabón de su cadena, y no pretendió levantar el vuelo, porque no cayó en la cuenta de su libertad.
Las primeras dificultades la persuadió de la imposibilidad de su vuelo.
Las flores brotan sólo bajo el sol de la victoria, y la victoria llega sólo cuando se lucha por verla venir.
Donde no penetra un rayo de sol, la humedad lo pudre todo, anidan las cucarachas y los hongos se apelotonan y chupan la vida.
Para la victoria Dios nos da fuerzas más que necesarias.
El hombre no puede con el hombre, pero el hombre con la fuerza de Dios, encadena al hombre y al diablo.
Si Dios te ayuda, pasarás el Océano en una canastilla.
Si en esta lucha no llegases a conseguir lo mejor, la observancia de los preceptos evangélicos, es porque no a todos les ha sido concedido los mismos privilegios; pero si no se te ha concedido lo mejor, siempre estará a tu alcance lo que es bueno en absoluto: los mandamientos.
El que se ha acostumbrado a vivir en la suciedad, no siente la necesidad de la limpieza.

Cohibe a los principios
La posibilidad hay que facilitarla tomando la lucha con tiempo.
Resiste a los principios. La voluntad pronta por los ejercicios, reacciona con la rapidez de un resorte de acero.
Cuando un ladrón al primer intento, encuentra una firme resistencia en la puerta o en hombre, pierde la esperanza del espolio.
La juventud es el tiempo de la salud y de la victoria.
El mimbre verde y tierno fácilmente se adapta a la forma del canastillo donde se tejió, y adaptado permanece sin la menor violencia.
Comienzas a hacer tu vida. No mezcles en la masa veneno, porque una vez cocida la masa, no podrás librarte de él.
La pasión que a los principios llega a dominarse, no pasa de ser una inclinación más o menos activa, como lo es la atracción a una golosina de la que fácilmente prescindimos, pero si cultivada llega a convertirse en necesidad, no habrá más remedio que beber el agua cenagosa para apagar la sed.
Si un incendio adquiere grandes proporciones, las mismas llamas forman tiro de aire para arder con más voracidad.
La pasión llama a la pasión: la depresión producida por el coñac, se levanta con más coñac, llegándose a crear una atracción insuperable.
Vendrá pecado tras pecado sin conseguir la quietud, como el hidrópico que hinchándose y reventando de agua no consigue aplacar su sed.
Aquello que en un tiempo estuvo en nuestras manos, ha pasado al campo de lo imposible.
La diferencia de potencia que existe entre una voluntad gastada por las derrotas, y la que sabe luchar desde los principios, es igual a la diferencia de fuerza de un brazo roto y escayolado y uno con todos sus huesos sanos.
La fuente de tus derrotas es tu poco interés por vencer.
No es lo mismo estar dispuestos a defender con pasión los colores de un club de fútbol, por encima de todo: lesiones, cansancio, desventajas, que luchar con la apatía de quien le da lo mismo ganar que perder.
Si las imágenes reaparecen continuamente en tu fantasía, es porque vive en ti un aliado continuamente, y no un juez enérgico que diga «no hay lugar».
No se resuelve el problema sensual con el desbordamiento, sino con la poda. En este campo Jesucristo no vino a traer la tranquilidad, sino la espada.
El golpe de buril desbasta el mármol, y al mismo tiempo que va demoliendo la tosquedad del bloque, va apareciendo la belleza de una escultura. La belleza de nuestra alma va apareciendo a medida que va desapareciendo las protuberancias por la lucha de la virtud.
Si Jesucristo quiere sacar de nosotros el hombre nuevo, elevándonos de nuestra baja naturaleza, tendrá que conseguirlo desgajando los brotes perniciosos, y todo desgarramiento es violencia.
Nosotros hemos de ser los primeros que busquemos el aire puro para nuestra alma, como buscamos la sierra y el mar para nuestro cuerpo.

Todos los peligros son grandes
Prestemos oído a ese timbre de alarma que Dios ha puesto en nosotros y que llamamos pudor. Es como el párpado para el ojo: se cierra al menor peligro. Es un muro eficaz para la defensa de la virtud agredida.
Por eso somos responsables de pecado si insensiblemente destruímos esa salvaguardia, dando cada día un paso hacia el abismo. No nos guardamos de los peligros, sino que vivimos y nos metemos voluntariamente en ellos. El demonio buscará una grieta para meter una cuña, y con unos golpes hará saltar el tronco en pedazos. Este resquicio es tu atrevimiento, mayor cada día. Es como un cuchillo de aire frío, que se nos mete por las rendijas, terminando por enfriar toda la habitación.
Enrique II de Francia toma parte en un torneo amistoso. Todo él va cubierto de hierro: sólo los ojos a la luz. Una hastillita salta de su lanza que hiriéndole le hace perder la vista.
Cuanto más herméticamente cerrados estemos a la influencia del ambiente, mejor nos preservaremos de los gérmenes de corrupción.

Prohibido coger flores
Si observamos nuestra conducta, la encontraremos muy lejos de poner a este huerto codiciado, toda la custodia que necesita.
¿Quién echa estos combustibles? ¿Quién destruye las defensas del pudor que Dios ha puesto para preservarnos?
San Pablo encarece a los jóvenes, que en el trato con las muchachas no sea diferente del de sus hermanas.
El jazmín dijo en cierta ocasión a la abeja:
—No te lleves la miel de mi cáliz.
Y la abeja respondió:
—No pierdes ni tu blancura ni tu perfume, porque yo me lleve tu miel.
Cuando tu corazón se posa buscando la dulzura de otro corazón humano, ¿sabe dejar el alma blanca?... ¿El jazmín deja de ser jazmín, blancura nivea, perfume penetrante y delicado bajo tus pretensiones?
«No porque arranques las hojas de la flor, cogerás su hermosura.»
Piensa que «Dios ama la luz de las lamparillas de los hombres, más que la luz de las estrellas». No ciegues a Dios quitándole esa luz.
La abeja es más humana que los hombres: no marchita las flores y les saca provecho.
Toda satisfacción, para que verdaderamente lo sea, ha de ir delimitada por la ley de Dios.
Mariposear de flor en flor, es posible que sea una reacción, de ese complejo de «donjuanismo» de mostrar unas cualidades viriles que no se poseen.
Hasta que no seas hombre, el varón se hace con los de su casta.

Con Dios delante
Hay jóvenes que ante las flores no saben ser sino abejorros. La flor queda herida y marchita. Su cerebro achatado por la pasión, es inepto para penetrar la delicada y sublime escena de la primera tarde del género humano, en la que Dios creó la primera pareja en el jardín del Paraíso: grandeza y delicadeza humana con origen divino.
Olvidamos que en ésta, como en otras cosas, podemos encontrar la fecilidad, con tal de tener a Dios por testigo.
Y no obstante, el pensamiento de Dios es objeto de chistes impuros y conversaciones obscenas, por gentes que todo lo sienten con un corazón sucio, y lo palpan con manos de cieno.
Cuando nos ajustamos a la ley de Dios por el sacrificio de los instintos, aun en la presente vida, no dejaremos de sentir las ventajas.
Mira a la azucena incandescente de la Madre de Dios.
San Edmundo de Cantorbery gravó dos anillos con esta inscripción: «Consérvame puro como tú.» Uno era para él y el otro para Nuestra Señora.
Cuando mucho tiempo después de su muerte, se exhumó su cuerpo, el dedo que ceñía el anillo, había resistido a la corrupción.

El vicio rebaja
La ausencia de esta virtud hace a los hombres débiles. La belleza humana creada por Dios, y el carácter entero de la persona, merman como el líquido de una vasija rota.
Medio inservible para la vida se busca un lenitivo en el pecado, refugio de los desertores. Es posible que de haber triunfado en la vida, no habrías abandonado la virtud, buscando un desquite en los placeres.
Cuando la mala costumbre es inveterada, las consecuencias, al principio pasajeras, arraigan tomando carta de ciudadanía en la propia naturaleza. Dejan de ser huéspedes del camino, para ser tus propios y rebeldes hijos, de los que no pueden prescindir ni dominar.
El carácter se altera y se hace irritable, en los trabajos físicos y mentales prende en ellos la fatiga con facilidad, se hacen egoístas y exigentes perdiendo el espíritu de iniciación, y mostrando en todo indecisión y timidez.
Ni cuando el hombre se reveló por primera vez en el Paraíso, ni cuando se cometió el primer asesinato, y la sangre de Abel enrojeció el suelo reseco de una tierra quemada por el fuego del sacrificio, sino cuando el hombre dejó de ser hombre, sumergiéndose en la lascivia, fue cuando dijo Dios: «Me pesa de haber creado al hombre», enviando un castigo colectivo. Para lavar la tierra la cubrió de una vorágine de agua sobre los más altos montes.
Entonces es cuando el hombre destruye su naturaleza de hijo de Dios, como se marchita y destruye una flor herida en el tallo, o la seca la baba del caracol. Su corazón se convierte en ceniza, y su sangre deja de ser ardiente, sus ideales se diluyen como el humo ante el vendaval, su voluntad se acobarda y su inteligencia, como el impuro Herodes, busca ante la doctrina de Cristo salidas irracionales. Alguna sordina hay que buscar a los clarinazos de la conciencia.
Lo sensual llega a ser el centro del hombre, produciéndole un estravismo intelectual agudo. Queda prisionera de lo carnal y lo imposibilita para mirar a lo lejos. El vicio le hace pesadas sus alas, envolviéndola en una atonía general de cuerpo y alma.
El águila que echándose sobre su presa se ha saciado de carne, está tentada de olvidar su nido en las alturas. Sus alas no pueden levantar su cuerpo.
Cuando veas esta ruina, pretenderás atajar lo imposible, y un frío penetrante se adentrará en tu alma gastada y sin cobijo.

La virtud fortalece
Dice Alexis Carrel: «Los fuertes se vuelven más fuertes practicando la castidad.»
Niñas como Inés, no temieron los más rudos tormentos, ni al tirano con prerrogativas de vida y muerte.
Pío XII, en la homilía de canonización de María Goretti, dijo: «Aprenda la alegre niñez, aprenda la animosa juventud, a no ceder fácilmente ante los goces volanderos y vacíos de la voluptuosidad, ante los deleites fascinadores de los vicios, que agotan la serena inocencia, que acarrean tétricas tristezas —que debilitan tarde o temprano las fuerzas del cuerpo y del alma—, sino más bien, ir con denuedo, aunque sea por caminos ásperos y duros tras aquella perfección cristiana de costumbres, que todos podemos un día lograr, teniendo una voluntad resuelta, y ayudada de los celestiales auxilios, esforzándonos, trabajando y orando.»
Mas la virtud exige fuerza, la cual, aunque no llegue a la cúspide de la fortaleza de esta niña angelical, pide no obstante de nosotros un trabajo prolongado, diligentísimo, que nunca hasta la muerte hemos de interrumpir.»
«Por eso puede llamarse como un lento y prolongado martirio, para el que nos sirve de amonestación las palabras de Cristo: El Reino de los Cielos padece violencia, y sólo los esforzados lo arrebatan.»
La consecución de esta virtud presupone otras muchas. Por eso prosigue el Papa: «En la pureza estaba la afirmación más elemental y significativa del dominio perfecto del alma sobre la materia; en el heroísmo supremo que no se improvisará, estaba el amor tierno y dócil a los padres, el sacrificio en el duro trabajo diario.»

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