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jueves, 21 de octubre de 2010

LA DOCTRINA CATOLICA Y LA CUESTION OBRERA

Es un documento maravilloso, la Carta Apostólica de nuestro Santísimo Padre el Papa Pío XI, al V. Episcopado Mexicano sobre la situación religiosa. No sólo habla el Maestro de la Cristiandad, el Vicario de Jesucristo, sino también el Padre amoroso y el Médico sabio; puede decirse que cupo a México el honor de recibir un documento excepcional; y lo es, tanto por el tono en que está redactado, tan afectuoso y dulce, como por la amplitud de materias en él tratadas, con tanta mesura, prudencia, tino y profundidad; así como por el interés tan peculiar con que mira nuestras cosas, nuestras desgracias, y nuestras esperanzas, nuestros esfuerzos y nuestros hondos y gravísimos problemas. No es cosa fácil desentrañar las enseñanzas contenidas en esta bondadosísima Carta; sin embargo, es necesario intentarlo.
En este artículo deberíamos decir algo acerca de la intervención de la Iglesia en los problemas sociales, o más 11 secas de "La Cuestión Social"; sin embargo, nos ha parecido más adecuado a la índole de estos comentarios y en obsequio a la brevedad, reducirnos a exponer los principales capítulos de la doctrina de la Iglesia en relación con los problemas que atañen al capital y al trabajo, sin tocar la cuestión agraria que merece y tiene especial artículo; doctrina que, aunque no la trata extensamente el Padre Santo en este Documento, a ella se refiere, y a ella nos remite y sobre ella nos impele a clamar y laborar, hebiéndola en las purísimas fuentes de las Encíclicas Pontificias.
Oigamos su augusta voz: "En oposición a las frecuentes acusaciones que se hacen a la Iglesia de descuidar los problemas sociales, o ser incapaz de resolverlos, no ceséis de proclamar que solamente la doctrina y la obra de la Iglesia, a la que asiste su Divino Fundador, pueden dar el remedio para los gravísimos males que afligen a la humanidad". Es pues un acto de obediencia al Supremo Jerarca de la Iglesia, explicar, siquiera someramente los principios y doctrina con la que esta misma Esposa Inmaculada de Jesucristo, desea que se resuelva asunto tan transcendental, como es el de que nos ocupamos. Queremos que se conozca esta doctrina salvadora; queremos que los entendimientos de los hombres cultos se ocupen de ella, la estudien y comparen con los errores opuestos; queremos que se divulgue entre los obreros y gente ruda, para que todos se convenzan de que sólo en ella se encontrará la salvación que todos anhelamos. Es necesario, principalmente, que el Venerable Clero y los seglares afiliados a la Acción Católica, conozcan y profundicen esta Doctrina, para que puedan ser vehículos de la misma, y focos orientadores en medio de las multitudes ansiosas de verdad y de justicia. En la Encíclica "Divini Redemptoris" del 19 de marzo de este año, ya lo había dicho el Padre Santo, de un modo terminante. Sin embargo, no basta hablar y predicar; dice el Romano Pontífice: "A Vosotros por consiguiente, compete emplear (como os esforzáis ya en hacerlo) estos principios fecundos, para resolver las graves cuestiones sociales que hoy perturban a vuestra Patria, como por ejemplo, el problema agrario, la reducción de los latifundios, el mejoramiento de las condiciones de vida de los trabajadores y de sus familias". La Iglesia aporta toda su generosa contribución: doctrina y trabajo de apostolado.

ASUNTO MUY GRAVE ES LA CUESTION SOCIAL.
Todavía resuenan con toda su actualidad, las siguientes palabras de León XIII en su monumental Encíclica "Rerum Novarum"; "Efectivamente, los aumentos recientes de la industria y los nuevos caminos por donde van las artes, el cambio obrado en las relaciones mutuas de amos y jornaleros, el haberse acumulado las riquezas en unos pocos, y empobrecido la multitud; y en los obreros, la mayor opinión que de su propio valor y poder han concebido, y la unión más estrecha con que unos y otros se han juntado; y finalmente, la corrupción de las costumbres, han hecho estallar la guerra. Cuánta gravedad entrañe esta guerra, se colige de la viva expectación que tiene los ánimos suspensos y de lo que ejercita los ingenios de los doctos, las juntas de los prudentes, las asambleas populares, el juicio de los legisladores y los consejos de los príncipes; de tal manera que no se halla ya cuestión alguna, por grande que sea, que con más fuerza que ésta, preocupe los ánimos de los hombres . ." Nos advierte prudentemente que es, sin embargo, cuestión "difícil de resolver y no carece de peligro; porque difícil es dar la medida justa de los derechos y deberes en que ricos y proletarios, capitalistas y operarios, deben encerrarse". Para no errar, procuraremos seguir con toda fidelidad las enseñanzas de la Iglesia y hemos de procurar profundizar, en cuanto sea posible, los problemas sociales, a la luz de esa misma doctrina salvadora, cuidando de sacar conclusiones que se deriven directamente de ella; para esto iremos en pos de los ilustres maestros católicos sociales que han explanado este venero tan rico y provechoso para la humanidad.

LA CUESTION SOCIAL Y EL EPISCOPADO MEXICANO.
"Esta intervención en la Cuestión Social, dice el Santo Padre en la Carta Apostólica que comentamos, dirigiéndose a los Obispos Mexicanos, os dará oportunidad (antes había dicho que debemos intervenir en ella, porque el fin último de nuestro ministerio lo reclama), de ocuparos con celo particular en la suerte de tantos pobres obreros, que tan fácilmente caen presa de la propaganda descristianizadora, engañados por el espejismo de las ventajas económicas que se les presentan ante los ojos como precio de su apostasía de Dios y de la Santa Iglesia. — Si amais verdaderamente al obrero, debéis amarlo porque su condición se asemeja más que ninguna otra a la del divino Maestro, debéis prestarle asistencia material religiosa. Asistencia material, procurando que se cumpla en su favor, no sólo la justicia conmutativa, sino también la justicia social, es decir, todas aquellas providencias que miran a mejorar la condición del proletario; y asistencia religiosa, prestándole los auxilios de la Religión, sin los cuales viviría hundido en el materialismo que lo embrutece y lo degrada". En pocas palabras, un espléndido programa de acción social católica.
En la Carta Pastoral del Episcopado Mexicano sobre la doctrina Social de la Iglesia, del 30 de agosto de 1935 se hace un resumen de los esfuerzos realizados por el Episcopado en nuestra Patria, para solucionar nuestros proplemas sociales, a ella nos remitimos. En pocas palabras podemos afirmar que: a pesar de la falta de libertad, cada vez más apremiante, no han cesado el Episcopado, los sacerdotes y buen número de fieles, de pedir y promover las reformas e instituciones que aconsejaban las circunstancias para obtener la paz social y el mejoramiento de las clases trabajadoras.

EL MAL SOCIAL
La sociedad actual sufre males muy graves que la amenazan de muerte; la raíz de estos males, es muy honda; para intentar curarlos, es menester, en consecuencia, ahondar mucho hasta encontrar su origen. Pero no es posible dar una solución simple y sencilla; a un mal, que, más que ser uno, es un conjunto de males, hay que dar tantos remedios cuantos sean necesarios; donde muchas y muy diversas han sido las causas del desastre, hay que buscar otros tantos elementos de salvación. Mas aún, en la aplicación de todos estos remedios, han de intervenir todos los elementos sociales capacitados para ello: la Iglesia, el Estado, los capitalistas y los operarios. El esfuerzo ha de ser colectivo.
Podrían enumerarse, entre otros, los siguientes males sociales, que han acarreado consecuencias funestas.
1) De orden religioso: apartamiento de la religión por parte de las Instituciones y de las leyes; apostasía individual de Dios nuestro Señor.
2) De orden moral: degradación de las costumbres, hasta llegar a un paganismo muy semejante al de hace siglos; egoísmo exagerado.
3) De orden social: lucha de clases, que tiende al exterminio de una de las dos; multiplicación desmedida de proletarios.
4) De orden económico: usura; acumulación de riquezas en manos de pocos; ambición de dinero; condición desastrosa de muchos proletarios, parecida a la de los esclavos; mala distribución de la riqueza.
5) De orden político: revoluciones injustificadas; desconocimiento práctico del principio de autoridad; anarquía; abuso del poder.

LOS REMEDIOS A ESTOS MALES DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA,
A LA LUZ DE LA DOCTRINA CATOLICA
Ante todo, recordemos lo que es el hombre. Por su naturaleza, es una abreviación del mundo creado, como decían los antiguos; una participación de las cualidades y perfecciones de todos los demás seres; por eso, con justa razón se le llama, el rey de la creación. Todas las demás criaturas, son para el hombre; así los seres inorgánicos, como las plantas y los animales, existen para el bien del hombre; el hombre es para sí mismo; es decir, tiene un fin personal, propio, que conseguir, tanto en el mundo, como en la eternidad; los otros seres, no tienen inteligencia, ni pueden prever algo para el futuro; sólo el hombre. Con su inteligencia tiene el poder de conocer y, en cuanto es posible entender el universo; puede formar dentro de sí un mundo entero; con su libre voluntad se determina a producir los actos que necesita para su fin. El hombre, compuesto de alma y cuerpo, alma espiritual y cuerpo substancialmente unido al principio vital, es esencialmente superior a todos los otros seres; no puede ser considerado como simple animal; porque además es racional; es decir, tiene alma racional, que es, por eso mismo, espiritual. Por todo esto, el hombre es sujeto de derechos y obligaciones. Pero si consideramos el orden sobrenatural, al cual fué elevado el hombre, resalta mucho más su dignidad. Cristo Nuestro Señor lo restableció en el pedestal sobre el cual el Creador lo había colocado, devolviéndole la gracia santificante y demás dones que se le siguen, como las virtudes infusas, etc. De este modo el hombre queda incorporado al cuerpo místico del Salvador, se hace participante de la naturaleza divina, como dice el Apóstol San Pedro; por la gracia santificante, que le hace vivir la vida de Dios, queda adoptado por el Señor, como hijo; tiene derecho a la vida eternamente feliz del Cielo; hemos sido elevados a la categoría de hermanos de Jesucristo, y somos con El coherederos del Cielo.
Así nos explicamos por qué el hombre es capaz de sentimientos nobles y delicados, de ideas sublimes y cómo puede ser tan semejante a su mismo Creador, emulando, dentro de su pequenez, ayudado del mismo Dios, sus perfecciones infinitas.
Si consideramos al hombre según su naturaleza, encontramos que todos somos iguales; nos diferenciamos unos de otros solamente por nuestras cualidades accidentales; pero estas, en amplísima diversidad, dan fundamento racional y suficiente, para establecer como natural, en la sociedad civil, la diversidad de clases sociales. Esta diversidad, en consecuencia, no es opuesta a la dignidad del hombre.

EL TRABAJO HUMANO
Dada la dignidad de la persona humana, salta a la vista que el trabajo del hombre, tiene que participar de su dignidad; es decir, no puede ser considerado nunca, ni en ningún caso, como el trabajo del animal o de la máquina, tanto más cuanto que es el medio providencial que tiene para allegarse todos los medios materiales necesarios para la vida y contribuye cada individuo con su trabajo personal, al bien general de la sociedad. El trabajo, pues, no es una mercancía como cualquiera otra que esté sujeta a las leyes generales con que éstas se compran y se venden en los mercados; es algo del hombre, un esfuerzo de sus músculos, de su inteligencia, de su libre voluntad, y algo lleva también de los afectos de su corazón: es algo humano. Además de su función personal tiene, como queda insinuado, una función social, es decir, no solo es un medio para procurarse lo necesario para la propia sustentación y demás necesidades humanas, sino que proporciona a la sociedad el cúmulo de bienes que le es indispensable; cada hombre participa en la vida social del fruto del trabajo de innumerables hermanos suyos; contribuye a realizar la ley de la solidaridad humana, o sea, aquel sistema de compensación que hace dependientes entre sí, a los hombres, en los diferentes ramos de su actividad y en las diferentes condiciones de la vida.

EL TRABAJO HUMANO Y EL CRISTIANISMO
Según el paganismo, el trabajo envilecía al hombre; el trabajo manual era solamente propio de los esclavos. Al Cristianismo se debe la rehabilitación del trabajo humano. Ante todo por haberse dignado el Verbo Divino hacerse precisamente hombre, hijo adoptivo de un obrero, El mismo, dedicarse a las tareas de un obrero en humilde taller. En seguida, porque los Apóstoles, fueron elegidos por Jesucristo Nuestro Señor, entre gente humilde y de trabajo. San Pablo se gloriaba de ocupar los tiempos que le dejaba libres su predicación, en trabajar tejiendo cestos. Además el Cristianismo fué el primero en considerar como hijos del mismo Padre Celestial a ricos y pobres, a encumbrados personajes y a humildes esclavos, a rudos y a ignorantes; por eso en las Catacumbas y en las Iglesias primitivas, no había distinción de judío y griego, libre y esclavo, como enseñó San Pablo. Si Jesucristo tuvo predilección por alguien; precisamente fué, por los pobres y por los pecadores. Oigamos a Su Santidad León XIII en la "Graves de Communi": "Por lo que al presente se refiere, grato es recordar aquella frase salida de su corazón paternal "Compasión tengo de estas gentes" 1 (San Mateo. XXV, 35-6) y la voluntad de socorrer aquella necesidad hasta de modo milagroso: de cuya grande misericordia queda este encomio: "pasó haciendo bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo" (Mc. VIII, 2). Semejante escuela de caridad siguieron desde el principio los Apóstoles con suma diligencia y los que después abrazaron el Cristianismo, fueron autores de varias instituciones con las que procuraron remediar todo género de miserias humanas; instituciones que, favorecidas con incesantes incrementos, son, en verdad, preclaro ornato del Cristianismo y de la civilización". Como la historia lo atestigua, a esta incesante labor de la Iglesia se debe principalmente la abolición de la esclavitud. Los monjes en la Edad Media se dedicaban a los trabajos manuales, aún a arar la tierra, después del estudio y de la oración. En plena Edad Media a la sombra de la Iglesia, se organizaron las famosas corporaciones de artes y oficios, que tantos beneficios trajeron a la humanidad.

JUSTA REMUNERACION DEL TRABAJO
De lo que vamos diciendo, ya claramente se desprende que lo primero que debe hacerse para respetar la dignidad del trabajador es retribuir justamente su trabajo. Pero antes de ocuparnos de este asunto tan importante, cabe preguntar: ¿el sistema mismo del salariado es justo? La Sociología Católica no duda en responder afirmativamente, sin pretender por eso, ni sostener, que sea el mejor sistema remunerativo del trabajo, ni mucho menos queno haya manera de mejorarlo y suavizarlo. La razón es sencilla. El trabajador, dueño de sus energías las pone al servicio de otra persona, de la cual recibe, en compensación, el salario que libremente pactan. Cada uno da, lo que al otro falta y recibe lo que no tiene. El obrero necesita dinero para sustentar su vida y la de los suyos; el patrono necesita a su vez, de la laboriosidad del trabajador para transformar su materia prima; ambos, seres inteligentes, libres, con fines sustanciales que alcanzar, se ponen de acuerdo en el mutuo convenio que hacen, y que se llama contrato de trabajo, para que uno y otro llenen la necesidad que tienen y obtengan el provecho que necesitan. Este sistema, pues, de remuneración del trabajo, no es en sí mismo injusto; por eso dice León XIII en la "Rerum Novarum": ' Que si se tiene en cuenta la razón natural y la filosofía Cristiana, no es vergonzoso para el hombre ni le rebaja ejercer un oficio por salario, pues le habilita el tal oficio para poder honradamente sustentar su vida; que lo verdaderamente vergonzoso e inhumano es abusar de los hombres como si no fueran más que cosas, para sacar provecho de ellos y no estimarlos en más de lo que dan de sí sus músculos y sus fuerzas".

SALARIO FAMILIAR
En cuanto a la justa remuneración del trabajo, son bien conocidas de todos las opiniones de los católicos-sociales y moralistas, aún antes de la aparición de la Encíclica "Rerum Novarum". La mayoría se inclinaba al "Salario Familiar" debido al trabajador en virtud de la justicia conmutativa; se refieren al salario familiar absoluto, no relativo, es decir, a aquel salario que basta para el sustento de un obrero y de su familia, comprendiendo a la mujer y a cuatro o cinco hijos aproximadamente, tipo general de una familia obrera. Se argüía después, que ya la "Rerum Novarum" sustentaba esta doctrina, si bien no de un modo explícito, sí implícito, puesto que así se expresa: "en cuanto al género de vida, no hay duda que pueda cada uno a su arbitrio escoger una de las dos cosas: o seguir el consejo de Jesucristo, guardando virginidad, o ligarse con los vínculos del matrimonio. Ninguna ley humana puede privar al hombre del derecho natural y primario que tiene a contraer matrimonio." "Ley es santísima de la naturaleza que deba el padre de familia defender, alimentar, y, con todo género de cuidados, atender a los hijos". Y más adelante: "El salario no debe ser insuficiente para la sustentación de un obrero frugal y de buenas costumbres". Y, por último: ". . ni le rebaja el ejercer un oficio por salario, pues le habilita el tal oficio para poder honradamente sustentar su vida". En suma: a) el obrero tiene derecho al matrimonio; b) obligación de sostener a su familia; e) único medio para lograrlo, su salario; luego éste, según la doctrina de León XIII debe ser tipo "familiar", y éste es el salario mínimo, si ha de ser justo.
Esta doctrina ha quedado mucho más confirmada, después de las Encíclicas "Casti Connubii" y "Quadragesimo Anno" del actual Romano Pontífice, en las cuales de un modo explícito y terminante se declara que al trabajador se le debe un salario que baste para el sustento suyo y de su familia. Aunque todavía cabe la discusión sobre el título por el cual se deba este salario, a saber, por justicia conmutativa o simplemente social; como no permite la índole de éste artículo entrar en esta materia; dejemos su solución a los moralistas.

EL SALARIO FAMILIAR EN LA PRACTICA
Para la fijación en la práctica de esta clase de salario el Soberano Pontífice enseña que hay que atender a tres cosas: lo.) ya queda dicho, que a la honesta sustentación del obrero y de su familia; 2o.) a las condiciones de la empresa y del empresario, "Sería injusto, dice el Papa, pedir salarios desmedidos que la empresa sin grave ruina propia y, consiguientemente de los obreros, no pudiera soportar". Sin embargo, advierte el Papa que no sería causa legítima para disminuir los salarios, la negligencia, pereza o descuido en la dirección de la empresa que, por caso, hubiesen hecho descender notablemente las ganancias del negocio; 3o.) el bien público. Generalmente no se atiende en los conflictos obreros, al bien público, sino exclusivamente al del grupo que forman el gremio obrero de una negociación; es un grave error; los intereses económicos de la sociedad están de tal manera ligados entre si, que unos afectan fácilmente a los otros, y es necesario que, al defender los unos no se perjudiquen, por lo menos notablemente, los otros. De modo que, conforme a esta regla, no deben aumentarse o disminuirse inmoderadamente los salarios en ninguna empresa, de tal modo, que el bien general sufra detrimento; y lo sufriría seguramente si esta alza o rebaja de salarios, o bien dejara sin trabajo a otros obreros que ya no podrían colocarse porque la empresa no podría tener más trabajadores; o también, porque se introduce el pauperismo y la clase trabajadora queda en condiciones sociales lamentables. En uno y otro caso, el bien general sufre graves perjuicios porque la resultante última es "el paro". Por tanto la fijación de los salarios debe hacerse, como amonesta el Papa, "en cuanto es posible, con un sentir y querer común de manera que los más puedan emplearse, y obtener por su trabajo, los bienes convenientes, para el sostenimiento de su vida".

EL SALARIO Y LOS PRECIOS DE VENTA
Con esta cuestión está intimamente ligada la otra, que se relaciona con la proporción que debe existir entre los salarios y los precios de venta de los productos obtenidos por las diversas artes. De nada serviría mejorar aisladamente uno o varios gremios de operarios, sin tener en cuenta a los demás; de nada serviría tampoco elevar los salarios si se elevan simultáneamente y sin medida, los precios de venta de los artículos necesarios para la vida. Esto acarrearía una especie de anarquía en la economía social, tan perjudicial como la que introdujo el liberalismo con sus famosas leyes de la oferta y la demanda, como norma reguladora de los salarios; y de la concurrencia sin freno, en la producción. Es necesario poner remedio, organizando un centro regulador de toda la economía nacional, que, sin convertirse en tiranía, armonice los intereses, defienda y promueva el bien común.

CAJAS DE COMPENSACION
Muchas veces, aun introducido el salario familiar absoluto, quedarán muchas necesidades en pie, en la familia obrera. Para remediarlas, han ideado las católico-sociales, diversos métodos y obras, a los cuales alude el Papa cuando dice: "No será aquí inoportuno dar la merecida alabanza a cuantos con sapientísimo y útilísimo consejo han experimentado e intentado diversos medios para acomodar la remuneración del trabajo a las cargas de la familia, de manera que, al aumento de las cargas, corresponda el aumento de salario, y, aun si fuere menester, corresponda también a las necesidades extraordinarias". Una de estas instituciones es la llamada: "Cajas de Compensación" que tienen muy diversas formas pero que esencialmente coinciden en esto: las empresas depositan en la Caja, un cierto porcentaje proporcional al número de obreros que tienen y a la importancia del negocio. Con ello se forma un fondo común, del cual se toma lo necesario para irlo repartiendo entre aquellos obreros a quienes no basta el salario familiar absoluto; esta ayuda va aumentando a medida que aumentan las cargas de familia. Para los patronos que se asocian a estas Cajas de Compensación, es indiferente que haya en su negociación, más o menos padres de familia entre sus obreros, puesto que la totalidad de los subsidios que las dichas Cajas van dando a los padres de familia, son satisfechas entre todos los patronos asociados; ninguno excluirá a obreros que tienen más hijos; tampoco los patronos se colocan en peligrosa competencia unos enfrente de otros, puesto que todos gravan el importe de la producción proporcionalmente.
Con este modo ingenioso de completar el salario familiar absoluto en cada caso, para convertirlo en familiar relativo, se logra que el salario de un obrero, conste: a) de la cantidad fija para todos, que se llama "salario familiar absoluto"; b) del subsidio suplementario correspondiente a las cargas de familia que sobrevengan a los padres de familia más numerosa.
A todo esto podría añadirse con justicia otro tercer elemento que no puede faltar; los seguros, para casos de infortunio en el trabajo. El Código Social de Malinas, dice: "El régimen legal de seguros sociales tiende así mismo a implantarse. Es necesario que se generalice y muy conveniente instituir de preferencia Cajas Profesionales de seguros, es decir, Cajas alimentadas y dirigidas conjuntamente por los patronos y obreros de cada profesión, bajo el control y con el apoyo de los Poderes Públicos". Que deba procurarse, por todos estos medios, ajustarse el salario a las necesidades del obrero, lo dice el Papa actual: "Ha de ponerse, pues, todo empeño en que los padres de familia reciban una remuneración suficientemente amplia, para que puedan atender convenientemente a las necesidades domésticas ordinarias. Si las circunstancias presentes de la vida, no siempre permiten hacerlo así, pide la justicia social que cuanto antes se introduzcan tales reformas, que a cualquier obrero adulto se le asegure ese salario".

OTROS METODOS PARA MEJORAR Y COMPLETAR EL SALARIO
Hay otros métodos para mejorar la retribución del obrero; además de su salario se le concede parte de lo que su cuidado y habilidad economice en los gastos del negocio; también se le da un suplemento adicional por una producción mayor, más rápida o más esmerada; o bien se proporciona un tanto por ciento proporcional al alza del precio de venta en la mercancía elaborada.
El Código Social de Malinas, así resume este punto: "por encima del salario mínimo, diversas causas principales deben producir, ya en justicia, ya en equidad, un aumento; y son: a) una producción más abundante, más perfecta o más económica que la normal; b) la prosperidad mayor o menor de la empresa en que el obrero trabaje.
El Sumo Pontífice León XIII, se expresa admirablemente, en su "Rerum Novarum" a este respecto, compendiando y completando toda esta doctrina: "Si el obrero recibe un jornal suficiente para sustentarse a sí, a su mujer y a sus hijos, será fácil, si tiene juicio, que procure ahorrar y hacer, como la misma naturaleza parece que aconseja, que después de gastar lo necesario, sobre algo con que poco a poco pueda irse formando un pequeño capital. Porque ya hemos visto que no hay solución capaz de dirimir esta contienda de que tratamos, si no se acepta y establece este principio: que hay que respetar la propiedad privada. Por lo cual, a la propiedad privada deben las leyes favorecer y, en cuanto fuere posible, procurar que sean muchísimos en el pueblo los propietarios. De esto, si se hace, resultarán notables provechos y en primer lugar será más conforme a la equidad la distribución de bienes. Porque la violencia de las revoluciones ha dividido los pueblos en dos clases de ciudadanos, poniendo entre ellos una distancia inmensa: una poderosísima, que es riquísima; que, teniendo en sus manos ella sola todas las empresas productoras y todo el comercio, atrae a sí, para su propia utilidad y provecho, todos los manantiales de riqueza y tiene no escaso poder aún en la misma administración de la cosa pública. La otra es la muchedumbre pobre y débil, con el ánimo llagado y dispuesto siempre a turbulencias. Ahora bien, si se fomenta la industria de esta muchedumbre con la esperanza de poseer algo estable, poco a poco se acercará una clase a otra y desaparecerá el vacío que hay entre los que ahora son riquísimos y los que son pobrísimos".

EN RESUMEN
El salario, pues, debe bastar para el sustento del obrero y de su familia; la justicia social pide, además, que se mejore, para que el mismo obrero pueda atender a las nuevas cargas de la familia que sobrevengan; siendo frugal y morigerado, debe alcanzarle para hacer algunos ahorros, no solo en previsión de posibles futuros infortunios, sino también para llegar a ser propietario; ha de bastarle para los pagos de sus Seguros sociales, en la parte que a él corresponda; para su subsistencia en tiempo de vacaciones, y para proveer a una habitación higiénica.

NUEVOS DERROTEROS
Pero el Sumo Pontífice Pío XI abre nuevas rutas. En su "Quadragesimo anno" se expresa así: "pero juzgamos que, atendidas las condiciones modernas de la asociación humana, sería más oportuno que el contrato de trabajo algún tanto se suavizara, en cuanto fuese posible, por medio del contrato de sociedad, como ya se ha comenzado a hacer en diversas formas con provecho no escaso de los mismos obreros y aún patronos. De esta suerte los obreros y los empleados participan en cierta manera, ya en el dominio, ya en la dirección del negocio, ya en las ganancias obtenidas".
Con suma cautela, en asunto tan espinoso y difícil, acerca del cual tanto se ha discutido por los entendidos en la materia, el Padre Santo, recomienda que se continúe estudiando, que no se proceda con precipitación y que se tienda a suavizar, en cuanto se pueda, el contrato por salario; una de las maneras sería, además de lo dicho arriba, crear una situación en la que las dos clases sociales, patronos y obreros, se consideraran unidos con un mismo vínculo, con un interés común, sobre la negociación, a la cual viesen como propia, y por la cual igualmente se interesaran; de este modo la empresa progresaría y se obtendrían los mejores rendimientos, para utilidad común; éste es el contrato de sociedad en la cual participan los diversos factores de la producción: capital y trabajo, en la proporción y condiciones en que ambas partes convengan después de un estudio técnico profundo y de acuerdo con las experiencias que se vayan haciendo, bajo la alta dirección y tutela del Estado. Con este procedimiento ¿no se daría un impulso serio y firme a la armonía social? ¿No se contribuiría positivamente a la cesación de las huelgas, odios y luchas de clases?

PARTICIPACION DE LOS BENEFICIOS
El Padre Santo, prescinde, como de costumbre, de aquellas cuestiones y de aquellos aspectos de las mismas que son meramente económicos y técnicos, en los cuales no interviene, ni quiere que la Iglesia tenga la dirección o responsabilidad. A los técnicos y peritos en ésta materia toca ver de qué modo puede en la práctica conseguirse este ideal de la Sociología Católica, ideal tan ligado con la moral, con el bien de las almas y de la sociedad. Este ideal, lo ha indicado ya el Papa, consiste en que patronos y obreros de una misma negociación, considerándose dueños, directores y beneficiarios, en común abrazo y esfuerzo, mejoren la produción y contribuyan a la paz social.
Es muy interesante lo que el Código Social de Malinas enseña a este respecto: "la cuota de salario que corresponda a una mayor o menor prosperidad puede ser fijada y liquidada al fin del ejercicio económico en proporción a la suma de beneficios. En vez de pagarse en dinero contante, puede transformarse en accciones de la empresa en la que el trabajador colabora. A medida que se crean las acciones de trabajo, puede irse reembolsando, por sorteo las acciones de capital en igualdad de número. Es lícito al patrono, no pagar la dicha cuantía del salario, de la manera arriba indicada, y no transformarla en acciones de la empresa, pero también es lícito a los trabajadores de las empresas no firmar un contrato de trabajo sino exigiendo esta doble condición. El cambio de las acciones de capital por las de trabajo, no puede hacerse prudentemente sino por una progresiva evolución que permita a la masa adquirir las necesarias dotes para la gestión de las empresas". Este último concepto es sumamente importante y sobre él volveremos a decir algo.
La solución que propone el Código Social de Malinas, no pretende ser la única. La experiencia enseña que, de los ensayos que han ido practicándose en diversos países, acerca de la participación integral en los beneficios o utilidades de las empresas, han ido surgiendo diversos métodos que conducen al mismo ideal: la paz social y el mejoramiento firme y seguro de las clases trabajadoras, con el reconocimiento de los derechos legítimos de la propiedad que atañe a los patronos.
Investíguense también en nuestro México, estos aspectos de la solución a nuestros problemas sociales; dediqúense los entendimientos de nuestros hombres de ciencia a estudiar desapasionadamente este programa social católico y estamos seguros de que a él acudirán como única tabla de salvación.

OBJECIONES A LA DISTRIBUCION DE LOS BENEFICIOS
No debe disimularse la fuerza de estas dos objeciones: a) las masas trabajadoras no están en condiciones tales de preparación técnica, moral y social, que puedan asumir las responsabilidades de la gestión directora, ni siquiera administrar en provecho propio emolumentos mayores a los ordinarios, b) mientras la empresa está en condiciones bonancibles y arrojen utilidades los balances, no se ve dificultad mayor, pero cuando haya déficit ¿cómo podrán los obreros resistir y hacer frente a la situación? En cuanto a la primera dificul tad, debe responderse que la Sociología Católica precisamente quiere la elevación integral de la clase trabajadora, y, por consiguiente, su educación y formación, para que, transcurriendo el tiempo, pueda darse un paso más en pro de su mejoramiento social y lleguen a ser los obreros propietarios, o copropietarios, con participación en la dirección y en las utilidades de la empresa.
En cuanto a la segunda dificultad, hay que reconocer que es la más grave, pero no parece que no tenga solución, si se procede gradualmente y, sobre todo, a base de preparación del obrero para que algún día pueda llegar a ser propietario. El Padre Santo pide que de algún modo se procure en lo posible, suavizar el contrato por salario. Se suaviza este contrato, elevando el salario, de familiar absoluto, a familiar relativo, facilitándole el ahorro, los seguros sociales, las vacaciones y descanso dominical etc., como queda insinuado más arriba. Después, deben venir todas las demás instituciones que en seguida anotaremos, y así, poco a poco, se irá estableciendo el orden social cristiano fuera del cual no parece que haya salvación. Así preparado el campo, podrá hacerse ensayos del contrato de asociación, y si este está respaldado por un conjunto dt leyes sabias, de organizaciones obreras y patronales en íntima colaboración; si hay un principio moderador o director, sin ser absorbente y tiránico, de todo el orden económico de la Nación; si se promueve el cooperatismo social, con espíritu desinteresado y apolítico, no dudamos que las empresas en déficit, tendrán sostén suficiente, y los obreros que participan en ellas, estarán ampliamente resguardados del desastre y podrán ser ayudados para salir victoriosos en la prueba.

AVISOS SOBRE LOS REMEDIOS SOCIALES
Por lo que hace a esta evolución gradual necesaria, del sistema capitalista liberal, tan hondamente arraigada, téngase en cuenta estas amonestaciones sapientísimas del Papa en su Carta Apostólica al Episcopado Mexicano, del 28 de marzo de 1937. " pero al mismo tiempo será necesario evitar tanto el legitimar la violencia que se escuda con poner remedio a los males de las masas, como el admitir y favorecer cambios de maneras de ser seculares en la economía social, hechos sin tener en cuenta la equidad y la moderación de manera que vengan a causar resultados más funestos que el mal mismo al que se quería poner remedio".
Parece que vienen aquí muy a propósito las siguientes palabras de León XIII en la "Rerum Novarum" que son como fundamentales en esta materia: "Hay en la cuestión que tratamos un mal capital, y es figurarse y pensar que son unas clases de la sociedad por naturaleza enemigas de las otras, como si a los ricos y a los proletarios los hubiera hecho la Naturaleza para estar peleando los unos contra los otros, en perpetua guerra. Lo cual, es tan opuesto a la razón, y a la verdad, que por el contrario, es ciertísimo que, así como en el cuerpo se unen miembros entre sí diversos, y de su unión resulta esa disposición de todo el ser, que, bien podríamos llamar simetría, así en la sociedad civil, ha ordenado la Naturaleza que aquellas dos clases se junten concordes entre sí y se adapten la una a la otra de modo que se equilibren. Necesita la una de la otra enteramente, porque sin trabajo no puede haber capital, ni sin capital trabajo".

LA DOCTRINA CATOLICA Y EL TRABAJO
También son importantísimas las siguientes palabras del Santo Padre Pío XI en la "Quadragesimo Anno" "El trabajo que el hombre ejecuta en nombre propio y produce en los objetos nueva forma o aumenta el valor de los mismos, es también lo que adjudica estos frutos al que trabaja. . . Muy de distinta manera es la condición del trabajo cuando se ocupa en cosa ajena mediante un contrato. A él se aplica principalmente lo que León XIII dijo ser cosa certísima, a saber: "que la riqueza de los pueblos no la hace sino el trabajo de los obreros" (Rer. Nov. No. 37). ¿No vemos acaso con nuestros propios ojos cómo los inmensos bienes que forman la riqueza de los hombres salen y brotan de las manos de los obreros, ya directamente, ya por medio de instrumentos o máquinas que aumentan su eficacia de manera tan admirable? No hay nadie que desconozca que los pueblos no han labrado su fortuna ni han subido desde la pobreza y carencia a la cumbre de la riqueza, sino por medio del inmenso trabajo acumulado por todos los ciudadanos, trabajo de los directores y de los ejecutores, Pero es más claro todavía que todos esos esfuerzos hubieran sido vanos e inútiles, más aún, ni se hubiera podido comenzar, si la bondad del Creador de todas las cosas, Dios, no hubiera antes otorgado las riquezas y los instrumentos naturales, el poder y las fuerzas de la Naturaleza. Porque, ¿qué es el trabajo sino el empleo y el ejercicio de las fuerzas del alma y del cuerpo en los bienes naturales o por medio de ellos? Ahora bien, "no puede existir capital sin trabajo, ni trabajo sin capital" (Rer, nov. No. 15) Por consiguiente, es completamente falso atribuir solo al capital, o solo al trabajo, lo que ha resultado de la colaboración de ambos, y es totalmente injusto que el uno y el otro, desconociendo la eficacia de la otra parte, se alce con todo el fruto".

¿A QUIEN CORRESPONDE EL MEJORAMIENTO INTEGRAL DEL TRABAJADOR?
Así es que, se ha de procurar la elevación integral del trabajador, ante todo, por el trabajador mismo; no que se desconozcan los deberes de los otros, a saber, del Estado y de los patronos, hacia ellos; sino que, ante todo, ha de ser obra propia y personal del trabajador mismo. Por tanto, siendo éste persona humana, no ha de prescindirse de su esfuerzo propio para ser y vivir mejor. Nos parece, pues, injusto, por ejemplo, que todas las mejoras de orden material, que se intenten en favor de los obreros, pesen sobre el patrono. Hacerlo así, por sistema, prescindiendo de otras razones de justicia que en muchos casos pueda haber, parece indicar claramente que lo que se intenta, es la implantación del comunismo; pues solamente puede justificar este procedimiento el principio comunista de que, cuanto se produce con intervención del obrero, es del obrero en su totalidad. Muchas cosas las deberá hacer y dar el patrono, pero evidentemente, no todo. Hay que inculcar al obrero el cuidado de ahorrar, el empeño de ser morigerado, el amor a su casa y a su familia, el deseo de mejorar, etc., etc.

ALGUNOS OTROS DERECHOS DE LOS TRABAJADORES
De la dignidad humana del trabajador, tal y como la entiende la doctrina católica, se deducen otros muchos derechos que reconocemos al trabajador.
1.—Ante todo, tiene derecho no solo a formar familia, sino también a vivir la vida de familia.
2.—Como hombre, tiene el trabajador, un corazón y una mente que le exigen dedicarse a su mujer, por quien tiene que velar, y a sus hijos, a quienes tiene que educar.
3.—Necesita las horas indispensables para cumplir estos deberes.
4.—Es urgente reconocerle derecho a un suficiente descanso, primero, diario, para reparar las fuerzas perdidas, y luego, semanario, dominical, para cumplir con sus deberes hacia Dios y para holgar honestamente; por último unas vacaciones en el año, más o menos largas, que no excedan los límites de la equidad.
La salud física y moral de toda la familia, piden a gritos mejorar la habitación del trabajador, hasta hacerla higiénica, alegre, atractiva y barata.
6.—Las horas de trabajo no pueden exceder a aquel máximo que, sobrepasado, aniquila al trabajador. Han de compensarse de un modo especial las otras condiciones agravantes del trabajo, como clima, peligros especiales, grave incomodidad de lugar, etc.
7.—Higiene en la fábrica, moralidad en la misma, facilidad para cumplir los deberes religiosos, etc. son cosas de las que no es posible prescindir.
8.—Debe tenerse en cuenta también la edad, sexo y condición del trabajador, para imponerle cargas que estén sobre sus fuerzas.
Todo esto, y más, que podríamos añadir, ¿no es consecuencia del principio asentado arriba, de la dignidad humana y cristiana del trabajador?

El Santo Padre León XIII, en la Rerum Novarum decía así: "A los ricos y a los amos toca: que no deben tener a los obreros por esclavos, que deben en ellos respetar la dignidad de la persona y la nobleza que a esa persona añade lo que se llama carácter cristiano; que si se tiene en cuenta la razón natural y la filosofía cristiana, no es vergonzoso al hombre ni le rebaja, el ejercer un oficio por salario, pues le habilita el tal oficio para poder honradamente sustentar su vida; que lo que verdaderamente es deshonroso e inhumano es abusar de los hombres como si no fueran más que cosas para sacar provecho de ellos y no estimarlos en más de lo que dan de sí sus músculos y sus fuerzas; ordénase así mismo que en los proletarios se tenga en cuenta la religión y el bien de sus almas. Por esto, es deber de los amos: hacer que a sus tiempos se dedique el obrero a la piedad; no exponerlo a los atractivos de la corrupción, ni a los peligros de pecar; ni en manera alguna estorbarle el que atienda a su familia y el cuidado de ahorrar. Así mismo no imponerle más trabajo del que sus fuerzas puedan soportar, ni tal clase de trabajo que no lo sufran su sexo y edad. Pero entre los principales deberes de los amos, el principal es dar a cada uno lo que es justo. En general deben acordarse los ricos y los amos de que oprimir, en provecho propio, a los indigentes y menesterosos y explotar la pobreza ajena para mayores lucros, es contra todo derecho divino y humano, y el defraudar a uno el salario que se le debe, es un gran crimen que clama al cielo venganza... Finalmente, con extremo cuidado deben guardarse los amos de perjudicar en lo más mínimo los ahorros de los proletarias"
El en Congreso Católico de Tulancingo se tomaron las siguientes conclusiones el año de 1904: a) "que el gran propietario en sus dominios, no debe ser ni el propietario avaro, de otros tiempos, ni el explotador moderno que transforma a sus trabajadores en el engranaje de la gran maquinaria productora que él ha puesto", b) "los humlides, los desheredados de la fortuna, y los ignorantes no deben ser considerados como factores despreciables del problema económico; sino que deben ser tomados en consideración por los que ocupan una posición privilegiada en el seno de la sociedad".

COLABORACION ARMONICA DE LAS CLASES SOCIALES
El hombre, por su naturaleza, no difiere de sus semejantes en cuanto a su esencia, a su destino eterno y a sus cualidades substanciales; pero en sus cualidades accidentales puede decirse que no hay dos hombres exactamente iguales. El ingenio, el carácter, las aptitudes e inclinaciones, etc., varían indefinidamente. Y precisamente este y no otro, es el fundamento enteramente natural para que se formen las diversas clases sociales. A mayor talento, actividad y ahorro, corresponde mayor trabajo acumulado, o sea, mayor capital. Una nivelación económica y social de los hombres, tiene que ser artificial, antinatural, y, por tanto, efímera; irremisiblemente poco a poco volverán a formarse diversas clases sociales.
Por eso la filosofía católica, reconoce como natural en la sociedad civil, la diversidad de clases, y ya hemos visto cómo los Papas en sus documentos solemnes, lo reconocen.

LA LUCHA DE CLASES
Ahora bien, si esto es así, necesariamente hay que reconocer que no es natural el estado de lucha y guerra entre las diversas clases que forman la sociedad; ni menos será conforme a la naturaleza, la dictadura de una de las dos clases con el aniquilamiento de la otra. Tampoco es conforme a la naturaleza, la explotación de una de las dos clases por la otra.
Lo natural y debido, es la paz, la armonía, la colaboración organizada de las mismas. Una no puede subsistir sin la otra, mutuamente se sostienen. Es necesario, por tanto, buscar la manera de establecer este orden social, esta paz, esta armonía.
Para llegar a esta meta tan ambicionada por todos, hay que pasar antes por la organización social de esas mismas clases sociales, luego armonizar estas organizaciones y, por fin, llegar a la corporación, u organización corporativa de la sociedad; con esto se prepara la mejor repartición de la riqueza.

EL SINDICATO
Las fuerzas aisladas nada valen; ¿qué puede el trabajador desvalido, solo, ante un amo voraz y egoísta? tiene que sucumbir, como sucumbió, por obra del viejo y fracasado sistema liberal, sobre el cual recae la responsabilidad de la desaparición de los gremios; hay que organizarlo. La organización social del obrero se hace por sindicatos.
El sindicato, como todos saben, es una sociedad de personas que ejercen la misma profesión o profesiones similares, para estudiar, promover y defender en toda su integridad los intereses de clase.
Por su naturaleza, es ajeno a las cuestiones políticas de partido, o a la política de partido; por definición, es organización social. En el seno de la misma, el obrero organizado, con sus compañeros, se preocupa por sus problemas, los estudia, toma los acuerdos que le convienen, se esmera por mejorar las condiciones de vida de todos los agremiados, y celebra su contrato de trabajo, puesto que sólo en la organización el obrero es fuerte y sólo por medio de ella puede concebirse cierta igualdad jurídica y moral entre las partes contratantes, igualdad que es garantía de libertad, de esa libertad sustancial para todo contrato. El gremio o el sindicato promueven todas aquellas mejoras en la vida obrera, que necesitan los socios, para vivir mejor.

LA VIDA SINDICAL
La vida sindical, como la concibe la Sociología Católica, puede compendiarse así: a) función de formación de los socios; esta formación ha de ser intelectual, moral, social y profesional o técnica; se lleva a cabo por medio de círculos de estudio, escuela nocturna, biblioteca, conferencias, periódico sindical, etc., etc., b) en segundo lugar, debe crear la conciencia de clase o solidaridad social y promover el mejoramiento integral de los socios: higiene en los locales de trabajo, salario justo, habitación higiénica y barata, día de descanso, vacaciones, ahorro y crédito, legislación social, celebración del contrato colectivo de trabajo, formación de obras económico-sociales, etc., etc. c) la tercera función del sindicato es defender los intereses de la clase por medios legales y justos, cuando se han agotado todos los recursos legales y pacíficos, cuando la causa es justa, cuando no se hace uso de medios violentos, como sabotaje, etc., puede llegarse hasta la huelga.
Entre todas las obras económico-sociales más útiles, suelen recomendarse, por los buenos resultados que han dado, además de las cooperativas propiamente dichas, de las cuales algo se dice más adelante, éstas: a) los huertos y jardines obreros, en los cuales se entretiene la familia obrera con grandes ventajas para la salud del alma y del cuerpo; b) las oficinas de colocación o "Bolsas de Trabajo" para buscar colocación a los socios del sindicato; c) las Cajas Dótales, especialmente para los obreros jóvenes que se preparan para contraer matrimonio.

ORGANIZACION SINDICAL PATRONAL
La organización sindical debe comprender también la clase patronal, porque la sociedad civil es un todo orgánico, y porque solamente puede haber relaciones cordiales entre las dos clases, de trabajadores y dadores del trabajo, cuando se entiendan entre sí, cosa que no puede lograrse fuera de las organizaciones. Para obtener este mutuo entendimiento y armónica colaboración, ha de tenderse un puente, éste es comúnmente llamado "junta de conciliación y arbitraje". Según la Sociología Católica, es más propio de las mismas organizaciones, formar, con representantes de ambas, dichas juntas; al Estado tocaría solamente prestarles todo el apoyo de su fuerza, Y esto, tanto porque conviene que el Estado esté desligado de asuntos de menos importancia que han de resolver los interesados, como porque sería muy difícil alejar de estas juntas el carácter político que toman, cuando las constituye el Estado.
Estas juntas fueron pedidas en el Congreso Católico de Oaxaca en 1909 y en la Dieta de Zamora en 1931. Al primero pertenece la conclusión No. 663 que dice: "foméntense las sociedades profesionales, los sindicatos de obreros, los sindicatos mixtos de patronos y obreros estableciendo consejos permanentes de arbitraje y cámaras de trabajo". A la segunda pertenece la No. 3 de las "Principales reivindicaciones": "consejos permanentes de arbitraje obligatorio para resolver pacíficamente los conflictos entre el capital y el trabajo".
Con cuánto empeño y energía haya León XIII defendido la sindicalización tanto de obreros, como de patrones, no hay quien lo ignore. Basta leer, siquiera someramente, la "Rerum Novarum" para convencerse. Con no menor energía ha hablado Pío XI, sobre todo en la "Quadragésimo Anno". En cuanto a las juntas de conciliación así se expresa León XIII: "para el caso en que alguno de la una o de la otra clase (de amos o de obreros) creyera que se le había faltado en algo, lo que sería más de desear, es que hubiese en la misma corporación, varones prudentes e íntegros, a cuyo arbitrio tocase, por virtud de las mismas leyes sociales, dirimir la cuestión". El Congreso Católico de Oaxaca, citado antes, aprobó la conclusión No. 601 "únanse los obreros entre sí por medio del restablecimiento de los gremios desembarazados de los abusos de otros tiempos y acomodados a las condiciones económicas de nuestro siglo. Estas asociaciones conviene que sean libres, autónomas, reconocidas y protegidas por el Estado, profesionales y animadas por el espíritu cristiano".
Nótese de paso, cómo el Papa desea la VERDADERA CORPORACION y que dentro de ella existan estos cuerpos mixtos que juzguen y resuelvan autoritativamente las cuestiones que se susciten en el seno de la misma corporación y que dichos cuerpos de conciliación gocen de toda la autoridad necesaria para cumplir adecuadamente con su alta y noble misión.
Por su parte el Santo Padre Pío XI dice lo siguiente: "conviene que la autoridad pública suprema deje a las asociaciones inferiores tratar por sí mismas los cuidados y negocios de menor importancia, que de otro modo les serían de grandísimo impedimento para cumplir con mayor libertad, firmeza y eficacia, lo que a ella sola corresponde, ya que ella sola puede realizarlo, a saber, dirigir, vigilar, urgir, castigar, según los casos y la necesidad lo requiera. Por tanto, tengan bien entendido esto los que gobiernan: cuánto más vigorosamente reine el orden jerárquico entre las diversas asociaciones, quedando en pie este princiipo, de la función supletiva del Estado, tanto más firme será la autoridad y el poder social, y tanto más próspera y feliz la condición del Estado".

ORGANIZACION CORPORATIVA DE LA SOCIEDAD
Continúa el mismo Santo Padre felizmente reinante: "La política social, tiene, pues, que dedicarse a reconstruir las profesiones . En nuestros días, según están las cosas, sobre el mercado de trabajo, la oferta y la demanda separan a los hombres en dos clases, como en dos ejércitos, y la disputa de ambos transforma tal mercado como en un campo de batalla, donde uno enfrente de otro luchan cruelmente. . . Pues bien, perfecta curación no se obtendrá, sino cuando, quitada de enmedio esa lucha se formen miembros del cuerpo social, bien organizados, es decir, órdenes o profesiones en que se unan los hombres, no según el cargo que tienen en el mercado de trabajo, sino según las diversas funciones sociales que cada uno ejercita. Como siguiendo el impulso natural, los que están juntos en un lugar, forman una ciudad; así los que se ocupan en una arte o profesión, sea económica, sea de otra especie, forman asociaciones o cuerpos, hasta el punto que muchos consideran que estas asociaciones, gozan de su propio derecho, si no esenciales a la sociedad, al menos connaturales a ella".
He aquí, lo que podríamos llamar el coronamiento y meta de toda la doctrina social católica; la organización corporativa de la sociedad.
Conviene, sin embargo, notar y decirlo claramente, que esta organización corporativa de la sociedad es totalmente ajena a cualquier régimen político, es decir, que no está ligada con alguno de ellos; más aún: que cualquiera que sea el que adopte una Nación, debe reconocerla y protegerla en las leyes e instituciones.
Ni es una novedad; es la doctrina tradicional y gloriosa de la Iglesia. En los mejores años de la Edad Media la Iglesia bendijo y apoyó los famosos "Gremios" "Guildas" "Corporaciones" (que de muchos modos se llaman) confiriéndoles muchos privilegios y gracias; puede decirse que al calor de las virtudes cristianas de la justicia y de la caridad, surgieron y se desarrollaron. Eran como la expresión de una gran necesidad social, una organización general de las profesiones, en que participaban los tres grados de cada una de ellas: obreros, aprendices y maestros o patronos; en ella había facilidad de tránsito de una a otra superior; allí se armonizaban, defendían, promovían los intereses de todos, de acuerdo y en consonancia con el bien común. No puede negarse que tuvieron sus defectos, quizá graves, no supieron evolucionar y adaptarse a las nuevas condiciones de la vida. La revolución francesa, y después los gobiernos liberales que se propagaron en todo el mundo, acabaron con estas organizaciones sin sustituirlas por otras mejores; se estableció en cambio, el individualismo, del cual se siguieron todos los abusos y espantosos resultados que sabemos, hasta que estalló la gran crisis.
Los católicos-sociales han propugnado, desde La Tour du Pin hasta Toniolo, por una reorganización general y completa de las profesiones, para que las clases sociales no sólo no se combatan, sino armonicen sus intereses en bien propio y de la sociedad en general.
Por eso, desde el sabio Obispo de Maguncia, Mons. Ketteler, se ha propugnado por la sindicación de todas las clases sociales; después se ha procurado unir estas organizaciones por medio de las Comisiones Mixtas, o Juntas de Conciliación y Arbitraje; ahora es necesario dar un paso más adelante: formar las Corporaciones. A éstas se refiere Pío XI en las palabras antes citadas, palabras que deben ponderarse y meditarse muy seriamente, si se quiere evitar la catástrofe final, que puede ser irreparable.

ENSEÑANZAS PONTIFICIAS ACERCA DE LA CORPORACION
Según las enseñanzas Pontificias, la Corporación puede definirse así: "Un cuerpo oficial y público, intermediario entre las empresas particulares y el Estado, encargado de promover el bien común, en el seno de una profesión determinada". Debe ser oficial, y el público, provisto de un poder y jurisdicción enteramente propios y suficientes para ordenar cuanto se refiera a los intereses de la profesión; en relación, además, con el bien común, aunque con la debida subordinación al poder del Estado; sus reglamentos y disposiciones tendrán valor jurídico dentro del Estado. Las empresas particulares subsisten con libertad e iniciativa propias; pero éstas serán restringidas por la corporación para armonizar los intereses de todos; y las dichas empresas quedarán sujetas entre sí con lazos jurídicos ante el Estado por medio de la Corporación; pero ésta, como ente jurídico y de derecho público, destinada a regular la vida de las profesiones organizadas, se interpone, como es claro, entre las empresas particulares y el Estado. Si la Asociación profesional es salvaguardia contra el egoísmo individual, la corporación lo es, contra el egoísmo colectivo de clase; debe reglamentarse la concurrencia desenfrenada que es tan perjudicial para obreros y patronos; debe tenerse en cuenta a los vendedores y compradores para que los productos estén en relación con el consumo; pero no se han de olvidar los intereses generales del bien común de la sociedad. El Estado debe proteger y defender la Corporación, pero nunca absorberla.
Así como en el cuerpo humano los miembros no pueden vivir una vida aislada, desentendiéndose los unos de los otros, así también en la sociedad, las Corporaciones deben unirse unas con otras y formar un todo compacto, para velar en Común por el bien general de la sociedad.
Pío XI, solamente dá las líneas generales de la organización corporativa de la sociedad, de acuerdo con la justicia y caridad. La forma y estructura concretas, deben en cada país, darlas las partes interesadas.

PRINCIPIO DIRECTIVO DE LA ECONOMIA Y
MEJOR DISTRIBUCION DE LA RIQUEZA

No es posible, poner remedio adecuado a las males actuales de la sociedad, sin llegar, por medio de la organización corporativa de todas las profesiones, a obtener un principio directivo de toda la Economía, para el bien común. Oigamos estas sabias amonestaciones del Soberano Pontífice: en la "Quadragesimo Anno": "Como la unidad del cuerpo social no puede basarse en la lucha de clases, tampoco la recta organización del mundo económico puede entregarse al libre juego de la concurrencia. De este punto, como de fuente emponzoñada, nacieron todos los errores de la ciencia económica individualista; la cual, suprimido por olvido o ignorancia, el carácter social y mora! del mundo económico, sostuvo que éste debía ser tratado como totalmente independiente de la autoridad pública, por razón de que, su principio directivo, se hallaba en el mercado libre o concurrencia, y con este principio había de regirse mejor que con cualquier entendimiento creado. Pero la libre concurrencia, aun cuando encerrada dentro de ciertos límites es justa y, sin duda, útil, no puede ser, en modo alguno, norma reguladora de la vida económica; y lo probó demasiado la experiencia, cuando se llevó a la práctica la orientación del viciado espíritu individualista. Es, pues, completamente necesario que se reduzca y sujete de nuevo la economía a un verdadero y eficaz principio directivo. La prepotencia económica que ha sustituido recientemente a la libre concurrencia, mucho menos puede servir para ese fin; ya que inmoderada y violenta por naturaleza, para ser útil a los hombres, necesita de un freno enérgico y una dirección sabia, pues por sí misma no puede enfrenarse ni regirse".

PRINCIPIOS CIERTOS DE LA ECONOMIA
"Así que, de algo superior y más noble, hay que echar mano para regir con severa integridad ese poder económico; el de la justicia y caridad social. Por tanto, las instituciones públicas y toda la vida social de los pueblos han de ser informadas por esta justicia, es muy necesario que ésta sea verdaderamente eficaz, o sea, que dé vida a todo el orden jurídico y social y la economía quede como empapada en ella. La caridad social debe ser como el alma de ese orden". Tan ajustada y puesta en razón está toda la argumentación del Padre Santo, que huelga todo comentario y no vemos cómo pueda objetarse algo.

LA DOCTRINA CATOLICA Y LA DISTRIBUCION DE LAS RIQUEZAS
La nueva organización que debe darse al mundo económico según la doctrina católica, ha de producir una mejor, más justa y equitativa repartición de la riqueza, que venga a resarcir, siquiera en parte, los daños causados por el individualismo liberal. Sobre este punto, debemos oír siempre con respeto las enseñanzas de la Iglesia acudiendo directamente a la fuente; ésta es, en este caso, también la "Quadragesimo Anno", en la cual entre otras importantísimas cosas leemos las siguientes: "ahora bien, para obtener enteramente, o al menos con la posible perfección el fin señalado por Dios, no sirve cualquier distbribución de biense y riquezas entre los hombres. Por lo mismo, las riquezas necesariamente aumentadas, por el incremento económico-social, deben distribuirse entre las personas y clases de manera que quede a salvo lo que León XIII llama la utilidad común de todos, o con otras palabras, de suerte que no padezca el bien común de la sociedad. Esta ley de justicia social prohibe que una clase excluya a otra de la participación de los beneficios . . Dése pues, a cada cual, la parte que le corresponde de bienes y hágase que la distribución de los bienes creados vuelva a conformarse con las normas del bien común o de la justicia social; porque cualquiera persona sensata ve cuán grave daño trae consigo la actual distribución de bienes por el enorme contraste entre unos pocos riquísimos y los innumerables pobres. Tal es el fin que nuestro Predecesor proclamó haberse de lograr: la redención del proletariado. Debemos afirmarlo con más empeño y repetirlo con más instancia. Por lo cual, con todo empeñe y todo esfuerzo se ha de procurar que al menos en el futuro, las riquezas adquiridas se acumulen con medida equitativa en manos de los ricos, y se distribuyan con bastante profusión entre los obreros. . para que aumenten, con el ahorro, su patrimonio, y administrando con prudencia su patrimonio aumentado, puedan, más fácil y seguramente, sostener las cargas de su familia..."

EL COOPERATISMO
Para llegar a esta meta, es preciso ir subiendo gradualmente difícil cuesta. No queremos dejar en olvido todo aquel hermoso conjunto de obras económico-sociales, promovido por los católicos y por la Iglesia Jerárquica en aquellos lugares en donde han contado con la suficiente libertad para hacerlo, y que se denominan: Cooperativas, en su variadísima aplicación y formas. Estas instituciones preparan, promueven y facilitan las hondas reformas que hemos enunciado y tienden como es bien sabido, mas bien a evitar un daño en las diversas funciones económicas de los individuos, suprimiendo a los intermediarios, antes que a proporcionar algún lucro, y esto principalmente en la producción y en el trabajo, en el consumo, en el ahorro y en el crédito; y pueden añadirse también las funciones de previsión y seguro.
De este modo tenemos: a) Cooperativas de trabajo y producción; b) de consumo; c) de ahorro y Crédito; d) de previsión y seguro, que comunmente se llaman "Mutualidades" y "Sociedades de socorros mutuos".
Dentro de esta división general, caben multitud de asociaciones de muy diversas formas que benefician grandemen te a los proletarios. Pero hay que sentar muy claro el principio que por ningún motivo deben revestir, ni encubrir el carácter de lucro comercial; se desvirtúa completamente su función social, cuando se les confunde con las sociedades comerciales. Las Cooperativas se basan en el principio general de que las fuerzas unidas son invencibles; y que deben unirse precisamente para evitar todos aquellos daños que ¿ufren los proletarios, en sus operaciones económicas, cuando están desunidos y disgregados.
Las Cooperativas deben federarse y confederarse, para yudarse y sostenerse; debe formarse con ellas amplísima red, con una sola mira; la de formar un solo cuerpo que ampare los proletarios todos, sin distinción.
Muy hermosa es, por ejemplo, la misión de los Bancos populares: éstos refaccionan a las instituciones de menor capital; facilitan la pequeña propiedad y especialmente la construcción de casas baratas e higiénicas para obreros; conceden réditos pequeños en buenas condiciones; ahuyentan la plaga social de la usura, etc.
Es claro que las Cooperativas, suscitadas dentro de las organizaciones sindicales y corporativas, y en todo caso, deben ser ajenas a la política de partido y nunca debe permitirse que los políticos profesionales, hagan instrumento de ellas ara sus maquinaciones, y planes de conquista de puestos públicos.
Estas sociedades, facilitan la mejor repartición de la riqueza; acercan las clases sociales entre sí; crean una solidaridad y conciencia de clase, con un espíritu social, que difícilmente se lograría por otros medios, robustecen las organizaciones sindicales y preparan el advenimiento de las corporaciones.
Como hemos indicado, el sindicato y con más razón las corporaciones, son organizaciones de carácter integral, propiamente dentro de ellas y promovidas por ellas, es donde deben surgir las diversas clases de cooperativas que las necesidades reclaman, pero esto no quita, que, aun fuera de ellas, en donde convenga, se puedan promover y establecer.

LA REFORMA CRISTIANA DE LA VIDA
Pero cuanto hemos indicado, sería inútil, si se prescindiera de la reforma cristiana de las costumbres y de toda la vida. Así nos lo enseña el Papa en la "Quadragesimo Anno", para no citar también a León XIII que lo precedió, con las mismas enseñanzas, conforme lo pedían los tiempos. "Pero si consideramos este asunto más diligente e íntimamente, con toda claridad descubriremos que a esta restauración social tan deseada, debe preceder la renovación profunda del espíritu cristiano, del cual se han apartado desgraciadamente tantos hombres dedicados a la economía; de lo contrario, todos los esfuerzos serían estériles, y el edificio se asentará, no sobre roca, sino sobre arena movediza. En realidad, el examen que hemos hecho de la economía moderna, Venerables Hermanos y amados Hijos, nos la ha mostrado cargada de gravísimos defectos. Hemos llamado de nuevo a juicio al Comunismo y al Socialismo y hemos encontrado que todas sus formas, aun las más suaves, están muy lejos de los preceptos evangélicos. "Por lo tanto, usamos palabras de Nuestro Predecesor, si se quiere sanar la sociedad humana, la sanará tan sólo el retorno a la vida de las instituciones cristianas". Ya que sólo esto puede traer el remedio eficaz a la solicitud excesiva por las cosas caducas, que es el origen de todos los vicios, sólo esto puede hacer que la vista fascinada de los hombres, fija en las cosas mudables de la tierra, se separe de ella y se eleve a los cielos. Y ¿quién negará que este es el remedio que más necesita el género humano?"
De nada sirve elevar los salarios, expropiar a los poderosos, crear ejidos, refaccionar a los trabajadores, etc. si éstos corrompidos, gastan su dinero en vicios, tienen el corazón lleno de odio y arrastran la vida en el fango de los pecados. Acerquémos a la humanidad a Cristo si realmente queremos salvarla.

A LOS SACERDOTES
El Santo Padre en la "Divini Redemptoris" dice: "Para la obra mundial de salvación que hemos venido describiendo y para la aplicación de los remedios que quedan brevemente apuntados, los Sacerdotes son los que ocupan el primer puesto entre los miembros y obreros evangélicos designados por el Divino Rey Jesucristo... id al obrero, especialmente al obrero pobre y en general, id a los pobres. Así como cuando la Patria está en peligro, todo lo que no es estrictamente necesario o no está directamente ordenado a la urgente necesidad de la defensa común, pasa a segunda línea; así también en nuestro caso toda otra obra debe ceder el puesto a la vital necesidad de salvar las bases mismas de la fé y de la civilización cristiana.

J. Ignacio Márquez
Arz. tit. de Bosforo.
1937

sábado, 16 de octubre de 2010

LA SALVACION DE LOS NIÑOS

Por iniciativa del Comité Episcopal, escribí este capítulo dedicado a los niños, con motivo de la importantísima "Carta Apostólica" que dirigió nuestro Santísimo Padre Pío XI, a los Prelados mexicanos, con fecha 28 de marzo del año en curso, la que versa sobre la situación religiosa.
Este capítulo está dividido en tres partes:
Primera parte.—El aprecio, que debemos tener de los niños.
Segunda parte.—Lo que exigen de nosotros, los niños, para su formación.
Tercera parte.—Los males que debemos evitar, para que los niños tengan perfecta formación.

PRIMERA PARTE
EL APRECIO QUE DEBEMOS TENER DE LOS NIÑOS
Cuando Dios Nuestro Señor creó al hombre en el Paraíso terrenal, quiso que, en aquellos momentos solemnísimos, repercutieran en todos los ámbitos del mundo, los sentimientos de infinita alegría que desde le eternidad concibió, al determinar traer a la existencia, a un ser tan privilegiado; y dejando el Señor el laconismo de que se valiera para hacer el mundo sensible, exclamó: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza", ser de indescriptible grandeza, al que le dio una alma espiritual, capaz de desarrollar en él los tres grados de la vida, para que vegetara y creciera como vegetan y crecen las flores de los campos, sintiera como sienten las aves del cielo, y volando en alas del pensamiento pudiera penetrar en los grandes arcanos de la verdad, ideales que, fecundando en lo íntimo del corazón, habrían de impulsarle hacia el amor, hacia la caridad ardiente que da la vida espiritual al individuo, a los hogares, a la sociedad y a todas las naciones.
Con cuánta razón dijo el Santo Concilio de Trento: "El hombre es un compendio del universo'. Allí se incuba desde el grado más insignificante de la vida, como es la que disfrutan las pequeñitas plantas al ser sustentadas por la madre tierra, hasta aquella asombrosa vitalidad engendrada en el alma, mediante la luz de la verdad, la que descorriendo el velo de la ignorancia que cubre la inteligencia del hombre, le coloca en el anchuroso campo de la ciencia y la sabiduría, sublimes alas que han de transportarle hasta lo infinito.
Estos elementos tan perfectos traídos a la existencia, mediante el poder infinito de Dios, y que publican su gloria, en el universo todo, son los que constituyen a los niños, porción escogida de Nuestro Redentor Divino.
Se ve, con toda claridad, que el valor del niño es inestimable, por encontrarse colocado muy por encima del mundo sensible, de tal manera que la tierra al ostentar sus enormes riquezas, el oro, los diamantes contenidos en su seno, sus plantas, flores y frutos, sus inmensos mares donde se albergan millones de peces, la suave atmósfera que le rodea, donde extienden sus alas tan innumerables como variadas aves, unida toda ella, con tan preciosos elementos, a los voluminosos astros que, en número casi infinito, giran en el firmamento, apenas forman un pequeño destello, una insignificante sombra de lo que es el alma que informa a un pequeñuelo, aunque esté su cuerpo cubierto con pobres y sucios harapos, y sea objeto del desprecio de los hombres.
Mas si el niño es tan apreciable por los elementos físicos y naturales que le constituyen, ¿quién será capaz de concebir lo que es la grandeza de su espíritu, cuando Dios infinitamente misericordioso, movido por su ardiente caridad, le toma entre sus brazos para inundarlo con los dones sobrenaturales de la gracia?
Penetremos, con todas las fuerzas de nuestra inteligencia, dentro de la perfección cristiana que ha informado a los Santos, durante el tiempo que vivieron en este mundo, y así podremos estimar lo que son los dones sobrenaturales que, como copiosa lluvia, vienen del cielo para engrandecer al hombre desde su más tierna infancia.
De ello dan testimonio los millones de mártires, quienes fortalecidos por tan extraordinarios tesoros, sintieron, enmedio de los más crueles sufrimientos, inefables alegrías, al sacrificar su vida, con la sonrisa en los labios por amor al que muriera clavado en la Cruz para salvarnos.
Confirman igualmente esta verdad, los innumerables Santos que han pasado por el mundo, enriquecidos por tan heroicas virtudes.
¿Quién no se asombra al estudiar las vidas de San Luis Gonzaga, San Juan Berchmans, San Estanislao de Kotzka, quienes llevando su alma dentro del saco de corrupción que llamamos cuerpo, brillaron, de un modo extraordinario, por su pureza angelical?
¿Podremos estimar, como es debido, las heroicas virtudes que adornaron a Santa Teresita del Niño Jesús, desde que era pequeñita, haciéndola aparecer como un astro de grande magnitud, en el inmenso campo del espíritu?
¿Quién será capaz de apreciar los innumerables bienes que han adornado el alma de aquellos santos misioneros que, en número casi infinito, miraron con desprecio las ilusiones medidas por el tiempo, y dejando a sus padres, a su patria y los bienes de este mundo, se lanzaron a lugares lejanos y desconocidos, para sacrificar su vida, en bien de las ovejas descarriadas?
Si son tan hermosas las estrellas que brillan en el firmamento, más hermosas son aún las virtudes sobrenaturales que se forman en el alma, mediante la ardiente caridad de Dios.
Todas estas obras de extraordinaria grandeza, se incubaron en la época de la niñez y muchas de ellas se perfeccionaron, cuando el niño aun no había salido de aquella dichosa edad de la santa inocencia. De donde se desprende que la edad de la niñez, es el fundamento de las demás edades del hombre, por lo que todos los bienes del orden sobrenatural que adornan a los santos, enaltecen y demuestran la gran importancia del niño.
Como el árbol corpulento que aparece en lo alto de la montaña, tuvo su base en una pequeñita planta acabada de brotar de la tierra, así el hombre con todas sus perfecciones, aun las sobrenaturales, halla su fundamento en la niñez, porción escogida y predilecta del Corazón de Jesucristo.
Es, pues, el niño un arsenal de preciosísimas virtudes, las que nacen cuando aparecen en él los primeros rayos de la luz de la razón, y van creciendo a medida que pasan los días de su existencia.
Entre todos los dones que forman el más ameno jardín en el alma del niño, hay una flor que, cuando llega a su pleno desarrollo, toca con sus pétalos las bóvedas del cielo y embriaga con su perfume al mismo Dios. Esta flor es la virtud santa de la caridad, la que al informar al niño, hizo exclamar a Dios, diciendo: "Dioses sois".
¡Caridad! dulce nombre que abre ante los ojos de mi alma un horizonte de infinita grandeza, de tal manera que mientras más lo estudio, más se aleja de mí, por la debilidad de mi pobre inteligencia.
¿Pudiera acaso mi alma, brotada del abismo de la nada, asimilar con toda perfección el ideal de lo infinito?, pues infinito es el Hacedor Supremo y El fue quien dijo: "Dios es caridad". Por lo que el mismo lenguaje con todas sus riquezas e importantes recursos, aparece impotente para descifrar lo que es aquella colosal virtud, la que se derrama sobre el alma del niño, como un torrente, de la misma manera que las nubes envían su copiosa lluvia para vivificar a las plantas y florecitas que cubren nuestros campos. Y así como el sol, al aparecer en el Oriente, alegra con su luz y su calor a los millones de seres sensibles que buscan con ansiedad la conservación de su vida, la caridad penetra en los corazones de los niños, para convertirlos en volcanes de amor ardiente, vida inapreciable que les prepara la entrada triunfal a las mansiones eternales de la gloria, donde serán envueltos en el oleaje de las infinitas perfecciones y gozos de Dios, como son envueltos los peces en las tibias aguas del inmenso océano.
Niños: Cuán grandes sois en las apreciaciones que Dios hace de vosotros, allá en los arcanos de su infinita sabiduría. Lleváis en vuestro ser una alma espiritual capaz de conocer y amar; vuestros pensamientos pasan más allá de los espacios interplanetarios, para penetrar en los abismos de lo infinito vuestros amores forman el fundamento, la férrea base, donde descansa la heroica perfección de los grandes santos; esa misma caridad es la que os llevará hasta lo más alto de los cielos para uniros, de la manera más íntima, con Dios Nuestro Señor.
Por todas estas consideraciones, los que tenemos en nuestras manos vuestra formación, por disposición de Dios, seremos cuidadosísimos en atenderos, con todas las fuerzas del alma, aunque para ello fuere necesario sacrificar nuestra vida por tan augusta causa.

SEGUNDA PARTE
LO QUE EXIGEN DE NOSOTROS LOS NIÑOS, PARA SU FORMACIÓN
Bien pudiera Dios Nuestro Señor, haberse constituido, desde la eternidad, en una suprema fuente, para que de ella se originaran, en el curso del tiempo, todos los dones necesarios que las admirables obras de sus manos habrían de exigir para llegar a su plena y perfecta formación, sin que mediara, en lo más mínimo, la intervención de las criaturas; como acontece tratándose de la prolongación de nuestra existencia, hecho extraordinario, que, por exigir una potencialidad infinita, ya que es infinita la distancia que media entre la nada y el ser, de un modo exclusivo compete a Dios, porque sólo El tiene un poder ilimitado.
Mas quiso Dios, de acuerdo con los altos designios de su infinita sabiduría, no hacer por Sí mismo lo que puede hacer mediante las causas segundas; por lo que determinó que sus criaturas cooperasen con El, en aquellas obras que permiten la intervención de un poder limitado; y así, aunque el Supremo Hacedor, quien hizo todas las cosas de la nada, está capacitado, del modo más perfecto, para alimentar a las plantas y flores del campo, a las aves del cielo y a todos los demás seres que disfrutan de la vida sensible, dispuso que la tierra, convertida en madre, les proporcionara los elementos que los vivifican, en una forma tan necesaria, que si la tierra se negara a alimentar a tantos millones de seres que de ella se sustentan, quedarían desiertos los campos al desaparecer sus hermosas flores deshechas por la muerte. Perecerían los corpulentos árboles que cubren las montañas. Ya no cruzarían las aves el anchuroso espacio, ni se escucharían sus melodiosos cantos, porque habrían perdido su existencia, y la misma humanidad tendría que declinar a la tumba.
Este cuadro pavoroso que haría de la tierra un vasto cementerio, nos esclarece, con vivísimos colores, lo que acontecerá a la humanidad si nos descuidamos en procurar la formación de los niños, ya que Dios Nuestro Señor, de la misma manera que hizo de la tierra una gran fuente para dar la vida a innumerables seres vegetales y sensibles, dispuso que la sociedad humana tomara a su cargo la formación de los niños, sus hijos predilectos, en una forma tan firme y decisiva, que ellos dependen de nosotros, como la flor del campo depende de la planta que le da la vida.
Se ve, por lo tanto, con toda claridad, cuan grande y sagrado es el derecho que tienen los niños, de exigir a la sociedad humana los elementos necesarios para su formación material, intelectual y moral; sobre todo si tomamos en cuenta el principio antes citado: "Dios no hará por Sí mismo lo que puede hacer mediante las cosas creadas".

COOPERACIÓN NUESTRA PARA FORMAR A LOS NIÑOS EN EL ORDEN MATERIAL
La clase elevada de la sociedad, y lo mismo pudiéramos decir de la clase media, disponen, con facilidad, de todos los medios que son indispensables para el sustento de sus niños, así como el vestido y las habitaciones más o menos confortables. Mas tratándose de las familias que pudiéramos llamar de ínfima clase, las que forman una gran parte de la humanidad, en no pocas ocasiones carecen aun de lo más necesario, para remediar las necesidades de sus pequeñuelos.
Nunca olvidaré un cuadro macabro que apareció ante mis ojos, cuando, a las altas horas de la noche, fui llamado para suministrar los Santos Sacramentos a un moribundo.
Penetré en una desvencijada alcoba sin poder encontrar al enfermo, porque no había luz para deshacer las tinieblas que reinaban en la mísera mazmorra.
Entre tanto que la persona que me acompañaba salió a buscar una luz, para que yo pudiera cumplir con mis deberes sacerdotales, se escuchaban las voces de pequeños niños, que decían entre sollozos: Mamá, danos pan, tenemos hambre. Cuando la luz iluminó aquella pobre habitación, mis ojos descubrieron el cadáver de una mujer que había muerto hacía pocos instantes; pues el cuerpo aún no estaba rígido, teniendo a su lado tres hijos que continuaban gimiendo bajo el peso de la miseria, y sobre su pecho a un pequeñito que en vano pretendía sacar el alimento de la mujer quien poco antes había sido su madre.
Y cuántas veces, a las altas horas de la noche, contemplamos en las avenidas de nuestra gran Metrópoli, los montones de infelices niños, encimados unos sobre otros, para defenderse, en lo posible, del crudo frío producido por la escarcha, después de haber carecido, durante el día, de un mendrugo de pan para saciar el hambre, entre tanto que los perros se encuentran albergados en magníficas casetas construidas en las azoteas de los suntuosos palacios, teniendo a su disposición los alimentos en abundancia.
No sabemos amar, si nuestros corazones no se estremecen al palpar que tantos infelices niños, hermanos nuestros e hijos predilectos de nuestro Divino Redentor, se encuentran subyugados por el peso de las más grandes amarguras, aconteciendo, no pocas veces, que mientras se multiplican casi hasta lo infinito tan enormes penas que pesan sobre ellos, los que poseen las riquezas del mundo, derrochan cuantiosas sumas en las casas malditas de la prostitución y en halagar sus torcidas pasiones, contemplando, en los cines y teatros, aquellas escenas asquerosas que destruyen la paz de la conciencia.
Todos estos vergonzosos y deplorables acontecimientos, forman las pruebas más claras que la luz, para demostrarnos, que si nosotros no atendemos a los niños en sus necesidades materiales, muchos de ellos serán víctimas de la muerte y no pocos quedarán indispuestos para su formación intelectual y moral, preparándose así la ruina de la futura sociedad humana.
He aquí por qué nuestro Redentor Divino, quien ha tenido siempre sus delicias en estar con nosotros y, sobre todo, con los niños, dirigiendo una mirada tierna y cariñosa hacia sus amados sacerdotes, dejó escritas estas significativas palabras: no llevéis con vosotros, sino una túnica y un calzado, palabras que revelan hasta donde llega su deseo ferviente de que seamos como El, tesoros de inmensa caridad, para que el banco de nuestros ahorros materiales, se constituya, de un modo especial, en pro de los niños desvalidos.
¡Oh bendito desprendimiento sacerdotal de las cosas terrenas; cómo engendras los hechos heroicos de la férrea caridad cristiana; cómo transportas al sacerdote caritativo hasta lo más alto de los cielos!
Tengan muy presente los depositarios de las riquezas materiales, que Dios las puso en sus manos, para que, conforme a la Ley santísima, hagan de ellas el uso que les corresponde; y que están obligados, no sólo por caridad, sino por estricta justicia, a remediar las necesidades extremas de los pobres, muy especialmente de los niños; por lo que si no cumplen con este deber tan sagrado, dominados por la avaricia y el egoísmo, su dinero y todos sus grandes tesoros materiales, tan sólo les servirán para provocar la ira tremenda de Dios, quien, en el último día de los tiempos, en el momento de pronunciar su solemne juicio, les dirá: "Id, malditos, al fuego eterno, porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; estuve desnudo y no m vestisteis.

NECESIDAD DE LA FORMULACIÓN INTELECTUAL Y MORAL DEL NIÑO
Tomando en cuenta la doctrina que acabo de exponer, se ve, de un modo claro, cuan grande es la obra de caridad que practica el hombre ayudando a los niños pobres, en relación con sus necesidades materiales, dándoles los alimentos, vestidos, facilitándoles los medios necesarios para curarse de sus enfermedades y albergue honesto, y en lo posible, confortable, cuando carezcan de él.
Esta obra de extraordinaria caridad, es de un valor inestimable, y atrae innumerables bendiciones del cielo sobre aquellos que la ponen en práctica; pero aparece pequeña e insignificante, comparada con la importancia que lleva consigo la educación del alma humana, cuyo valor se eleva casi hasta lo infinito, pues entre tanto que el cuerpo del hombre fue formado de la vil materia, la que recibe tantas transformaciones medidas por el tiempo, el alma del hombre, al salir de las manos de Dios, apareció en el cielo del pensamiento, como un astro de grande magnitud, constituida por una naturaleza espiritual que busca la verdad inmutable y eterna y engendra el amor que tanto la enaltece, hasta unirla íntimamente con su Dios en el orden sobrenatural, como lo demostramos ya en la primera parte de este estudio.
Bien pudo Dios Nuestro Señor, desde el principio del mundo, educar el alma del niño por Sí mismo, de la misma manera que le dio la existencia, o haberla encomendado a los ángeles del cielo; pero su voluntad santísima dispuso que fuéramos nosotros los encargados de dar cumplimiento a tan altísima misión, por lo que si debemos atender a los niños en su vida corporal con verdadero esmero, por un motivo casi infinitamente mayor estamos obligados a hacerlo, tratándose de su formación espiritual; conclusión que aparece con mayor firmeza ante nosotros, si fijamos nuestras miradas en la imposibilidad que lleva consigo el niño para educarse a sí mismo; pues como necesitó del alimento de la madre cuando ésta le dió a luz, con mayor razón exige nuestra ayuda tenaz y constante para conseguir el pan espiritual del alma.

IMPERIOSA NECESIDAD DE LA LUZ DEL EVANGELIO EN EL NIÑO
La luz del Evangelio es la copiosa lluvia que debe caer sobre las almas de los niños, para que se produzcan en ellas los tesoros abundantes de la gracia sobrenatural, obra extraordinaria que encomendó nuestro Redentor Divino a los sacerdotes que habían de venir al mundo en el curso de los tiempos.
El centro de las actividades de la Iglesia, de un modo especialísimo, está formado por el Vicario de Jesucristo, los Obispos y los sacerdotes. A nosotros dirigió Nuestro Señor Jesucristo aquellas expresiones llenas de inmenso amor y de ardiente celo: "Vosotros sois la luz del mundo"; por lo que así como el sol alumbra a la tierra y da luz a nuestros ojos para que podamos disfrutar de las bellezas que encierra dentro de sí, nosotros, los eclesiásticos, somos los designados por Dios para llevar la luz del Evangelio a la inteligencia de todos los hombres; pero especialmente de los niños, sin la cual el alma queda envuelta en las horribles sombras de la ignorancia, o lo que peor es, de los funestos errores que tan grandes males han producido durante todos los tiempos, en las generaciones humanas.
Por lo tanto, el buen sacerdote debe tener cuidado muy especial en dar, periódicamente a los niños, conferencias y misiones sobre los temas más importantes del Santo Evangelio, para que a medida que se desarrolle su naturaleza corpórea, crezcan más y más en sus almas aquellas luces celestiales venidas de los labios de Jesucristo Nuestro Redentor, que han delineado el camino que conduce al hombre hacia la perfección cristiana.
Esta conferencias y misiones deben darse en una forma sencilla y adaptadas a la inteligencia del niño, de lo cual se desprende que esta imperiosa necesidad no se remedia con la explicación del Evangelio que el sacerdote hace en favor del pueblo. Los niños colocados en condiciones especiales reclaman sus derechos de predilección, fundados en aquellas dulces expresiones de Nuestro Señor Jesucristo: "El que acogiere a un niño en nombre mío, a mí me acoge".
Uno de los secretos más importantes para evangelizar a los niños, es que el sacerdote se caracterice por la constancia tenaz en aplicar los medios que conducen a tan importante fin, pues basta que aquella misión santa se interrumpa, aunque sea por poco tiempo, para que el príncipe de las tinieblas, aprovechando la inexperiencia de los niños, siembre la cizaña en aquellos inocentes corazones, para alejarlos de la palabra de Dios y de la práctica de los santos sacramentos, preparando de este modo su ruina espiritual.
Como el sol, con una constancia que asombra, no deja pasar un día sin bañar con su luz y su calor a las plantas y flores que son sustentadas por la tierra, cumpliendo así con la misión que Dios le encomendara, desde que lo puso en lo alto del firmamento; el sacerdote, sol de la verdad, debe esforzarse en no interrumpir su acción evangélica en favor de los niños.
Tengamos muy presente que en la época de la niñez se incuba la futura sociedad humana. Como es el niño, es el joven; como es el joven, es el anciano; como son las causas, son los efectos: "un abismo llama a otro mismo". ¿Queréis, pues, destruir el ateísmo, la blasfemia, la multitud de errores que pululan por todas partes? ¿queréis acabar con el crimen y con los depravados vicios? evangelizad al niño con tenacidad y constancia, y así la humanidad estará siempre en paz e irá por el camino de la verdad que nos conduce al cielo.
Sacerdotes: si nosotros no trabajamos con todo empeño, con verdadero heroísmo por evangelizar al niño, podremos llegar a ser muy ilustrados y conocedores de los más profundos principios de la ciencia, grandes artistas, la admiración de los intelectuales, con motivo de nuestras dotes oratorias; pero estaremos lejos, muy lejos de ser verdaderos discípulos de Jesucristo. El campesino que no labra la tierra, no es agricultor; el sacerdote que no evangeliza a los niños, no merece llevar tan honroso título y me atrevo a decirlo: de hecho, no es sacerdote.

ENSEÑANZA DE LA DOCTRINA CRISTIANA A LOS NIÑOS.
Por la infinita misericordia de Dios, con ligeras interrupciones, las misiones han sido mi ocupación favorita, durante los treinta y siete años que llevo de ejercer mi ministerio eclesiástico; y en todas ellas he dado la preferencia a enseñar la Doctrina Cristiana a los niños, encontrando, mediante una experiencia tan larga, que la Catequesis debe llenar tres necesidades substanciales: grabar en la inteligencia literalmente la fórmula del catecismo, que contenga respuestas breves, muy claras; explicarlas hasta ponerlas al alcance de los niños, e infiltrar en sus corazones aquellos santos principios pura que los practiquen.
Sin el aprendizaje de la fórmula, aunque los niños entiendan de pronto el contenido de las explicaciones que escuchan de los labios del catequista, se hacen víctimas de peligrosas confusiones que destruyen la fijeza de las ideas religiosas, lo que no acontece teniendo el niño arraigada en la memoria la fórmula donde se contienen los temas explicados.
Si prescindimos de la explicación, el niño no entiende aquella doctrina santa.
Si conoce la fórmula y la entiende, pero el catequista no consiguió que la doctrina penetrara en el corazón del niño, éste no la estimará ni la pondrá en práctica.
El lugar por excelencia para la enseñanza del Catecismo, es la Iglesia; aquel lugar santo donde Nuestro Señor Jesucristo está tan cerca de nosotros; por lo que es un error de grande trascendencia suplir aquél recinto sagrado, con otros lugares, bajo, el pretexto de que los niños son inquietos y no guardan, a Jesucristo Sacramentado, las atenciones que le prodigan los demás fieles.
Obrar de esta manera, es contrariar a nuestro Divino Salvador, quien siempre manifestó, acá en el mundo, su especial predilección por los niños. Recordemos aquel pasaje del Evangelio cuando los Apóstoles pretendieron retirar a los niños, del Templo; Jesucristo les dijo: "Dejad a los niños que se acerquen a mí, porque de ellos es el reino de los cielos".
La enseñanza de la Doctrina Cristiana en la Iglesia, debe ser atendida directamente por el Párroco, y cuando éste esté imposibilitado para ello, en lo posible procurará ser sustituido por un sacerdote. Los Catequistas prestan una ayuda importantísima al Párroco; pero éste no debe declinar la dirección inmediata de tan importante obra en favor de los legos. El Párroco que no atiende personalmente la enseñanza de la Doctrina Cristiana en la Iglesia, no es buen discípulo de nuestro Divino Redentor.
Aprovechando el Párroco la cooperación de los Catequistas que él está obligado a formar con grande esmero, procurará que no haya en su Parroquia un poblado, por pequeño que sea, sin un Centro Catequístico; y en las poblaciones grandes establecerá un Centro para cada cuadra, a donde acudirán los niños de la comarca, convocados por los catequistas, una vez por semana; teniendo cuidado de no elegir los días dedicados a la enseñanza en las Iglesias.
En cada cuadra tendrá el Párroco un Celador fervoroso quien le rendirá el informe mensual sobre el progreso catequístico. El Párroco se esforzará por visitar aquellos Centros, siquiera dos veces al año, para impulsarlos y darles mayor vitalidad cristiana.
Finalmente, se esforzará el Párroco en fomentar LA ASOCIACION DEL CATECISMO PRIVADO, la que se formará por los padres de familia y sus hijos, teniendo como obligación funjir como Superior en cada casa, convocar a todos los miembros de la familia, incluyendo a los sirvientes si los hay, para que en el día y hora más oportuna, estudien el Catecismo una vez por semana, durante diez o quince minutos como máximum. Para este estudio, es del todo necesario que el Catecismo sea muy breve.
Cada socio rezará una vez al día el Ave María por la prosperidad de la Catequesis y hará con este mismo fin, dos comuniones al año.
Como el fin principal de LA ASOCIACION DEL CATECISMO PRIVADO tiene por objeto que se estudie el catecismo de la Doctrina Cristiana en cada casa, los frutos son extraordinarios, si el Párroco la atiende con verdadero celo apostólico, porque cada hogar se convierte en un Centro Catequístico.
Los padres y madres de familia que no secundan los esfuerzos de su Párroco para que los niños se instruyan en la doctrina cristiana, son criminales delante de Dios, porque con tan punible omisión hacen la ruina más completa de sus hijos, conduciéndolos poco a poco a la muerte que les priva de la vida sobrenatural del alma y predisponiéndolos así para la condenación eterna.

NECESIDAD DE FORMAR LA PIEDAD CRISTIANA EN EL ALMA DEL NIÑO.
Cuan dichosos son los hogares, cuando reina en ellos la piedad cristiana. Entonces es cuando la felicidad verdadera inunda a sus moradores unidos por el vínculo de la caridad que es difundida en nuestros corazones por el Espíritu Santo; y al arrullo suave de aquellas santas oraciones tantas veces repetidas por la buena madre con sus hijos, se prolongan los días de paz y de consuelo, en medio de las penalidades que agobian al hombre en este mundo.
Muchas veces encontré, con motivo de las misiones, a pecadores apartados por completo de Dios Nuestro Señor, de tal manera que después de haber predicado durante largos días la palabra de Dios, no lograba traerlos al camino del cielo; y cuando me parecía que todos mis esfuerzos habían fracasado, traía a su memoria el recuerdo de su infancia, cuando la madre cariñosa infiltrada de la caridad cristiana, les repetía una y mil veces los dulces nombre de Jesús y de María, signándoles con la señal de la cruz, entre tanto que rezaba con ellos aquellas santas y expresivas oraciones, las que aun después de pasados muchos años, dejan sus ecos en el interior del alma, y no pudiendo contener sus lágrimas, impresionados con aquellos preciosísimos recuerdos, caían de rodillas, acogiéndose a la misericordia de Dios, entre sollozos y profundos suspiros.
¡Oh padres y madres de familia; mirad todo lo que podéis hacer en favor de vuestros hijos, si en lugar de llevarles el paganismo con los modernos sistemas calcados en los caminos del placer mundano procuráis formar en ellos un espíritu piadoso, haciendo que en vuestros hogares se respire el suave perfume de las virtudes cristianas que engendran la verdadera paz en las familias las que después de endulzar nuestros sufrimientos en esta vida, nos preparan el camino para reunimos en el cielo con aquellos seres queridos que nos arrebató la muerte.
Si, por lo tanto, los padres de familia en verdad aman a sus hijos, deben despertar en ellos, desde sus más tiernos años, un espíritu piadoso, acostumbrándoles a encomendarse a Dios, a su Santísima Madre, a los Angeles y Santos del cielo, al Angel de la Guarda y al Santo de su nombre, tanto al despertar por la mañana, como al disponerse por la noche para entregarse al sueño.
Esta práctica tan laudable se hará en una forma muy breve para que nunca la abandonen los niños.
En aquellos buenos tiempos las Mamás cifraban sus delicias en estar con sus niños al despertar por la mañana; y por la noche poco antes de que se entregaran al sueño, para rezar con ellos sus oraciones acostumbradas, y jamás dejaban ni solo día de rezar el Santo Rosario con todos los miembros de la familia.
En los tiempos presentes no son pocos los padres de familia que abandonan, por la mañana, a sus hijos al cuidado de los sirvientes; y por la noche se ocupan tan sólo de disfrutar de los placeres y entretenimientos mundanos, en los cines, teatros, salones de baile, y en otros lugares que no me atrevo a nombrar, entre tanto que sus hijos se van desarrollando en un ambiente pagano, en medio de la abundancia de los elementos materiales; pero con sus almas hambrientas y cubiertas de asquerosos harapos, porque carecen en lo absoluto del pan espiritual que suministra la piedad cristiana.

LA SAGRADA EUCARISTIA ES LA FORTALEZA DEL NIÑO
Todas las fuentes de la gracia sobrenatural aparecen como obras gigantescas venidas de la bondad infinita de Dios, de tal manera que los dones sobrenaturales que de ellas se desprenden, sólo podremos apreciarlos en el cielo.
Mas hay una que supera a todas las demás, porque no sólo procede de Dios como autor sobrenatural, sino que encierra dentro de sí al Verbo Divino hecho hombre. Esta extraordinaria fuente es la Sagrada Eucaristía instituida por Nuestro Señor Jesucristo, cuando estaba ya próximo el momento en que había de morir clavado en una cruz, para partir, después de su Resurreción, lleno de gloria, hacia lo más alto de los cielos.
Aquel Padre amoroso no pudo consentir en dejarnos solos en este mundo; nos amaba con un amor infinito y conocía con toda perfección el áspero sendero de esta vida que habíamos de recorrer, regándolo con nuestras lágrimas, en medio de las más grandes penalidades y crueles amarguras. Y como el que ama tiende a identificarse con el ser amado, sobre todo en el campo del dolor, dispuesto a cumplir su palabra divina, quiso permanecer con nosotros hasta la consumación de los siglos.
La efervescencia de su amor al instituir la Sagrada Eucaristía, dice San Alfonso María de Ligorio, se convirtió en una verdadera locura, e impulsado por su infinita caridad, no contento con vivir en medio de nosotros, resolvió ser el alimento sobrenatural del alma.
La madre cariñosa se contenta con dar a su hijo el alimento que lleva dentro de sus pechos y estrecharle entre sus brazos; nuestro Divino Redentor al instituir la Sagrada Eucaristía, quiso ser nuestra vida sobrenatural y albergarnos en lo íntimo de su corazón, lo que le hizo exclamar diciendo:
"Mi carne es verdadera comida, y mi sangre verdadera bebida", "Este es el pan que descendió del cielo", "Yo soy el i nmino, la verdad y la vida".
Mas si la institución de la Sagrada Eucaristía fue obra del amor divino en favor de todos los hombres, de un modo especialísimo Jesucristo se quedó sacramentado, para nutrir con su cuerpo, con su preciosa sangre, su alma y su divinidad, a los inocentes niños quienes sienten la imperiosa necesidad de una gran fortaleza, la que está formada por la infinita vida que encierra dentro de sí el sacramento del Amor.
Este es el gran secreto para que el niño, en medio de las borrascas tremendas de la vida, pueda sostenerse firme en su fe y continuar luchando hasta llegar al cielo.
Sin este pan divino, los ejércitos infernales abrirán brecha en aquellas inocentes almas; apoderándose de su inteligencia y de su voluntad, producirán en ellas el mayor de los desastres.
Pretender, pues, formar buenos niños que hagan las delicias del hogar, piadosos y santos, robustecidos por las hermosas virtudes que forman la belleza del jardín del alma, sin hacerles participantes del banquete eucarístico, es tanto como querer que las flores cortadas de la planta que les da la vida conserven su frescura y su agradable aroma.
Por lo tanto, si Jesucristo Sacramentado pertenece de un modo especial a los niños, está fuera de toda duda que nosotros, los eclesiásticos, estamos obligados a procurar con verdadero empeño, que hagan su primera comunión cuando sean capaces de distinguir el pan del cielo del pan de la tierra, como dice el Santo Concilio de Trento, y que continúen comulgando todos los días o siquiera con frecuencia.
Las potestades del infierno, deseando a todo trance preparar la perdición de las futuras generaciones humanas, se aprovecharon de la soberbia de Jansenio quien revestido de aparente santidad y de una grande hipocresía, logró engañar no poco a los sacerdotes, para que retiraran a los niños de la frecuente comunión. Cuánto sufrió Santa Teresita del Niño Jesús, cuando después de haberse alimentado, por primera vez, con el Pan Eucarístico, al siguiente día no tuvo permiso de su confesor ni de sus Superiores, para comulgar.
Si los niños son irreflexivos, menos reverentes en las Iglesias, que las personas mayores y adolecen de los defectos propios de su edad, no son éstos, motivos justificados para que se les conduzca al cadalso alejándoles de la fuente de la vida sobrenatural. Mayores han sido nuestras miserias en el curso de nuestra existencia, y sin embargo, a medida que hemos palpado sus funestos efectos, con mayor ansiedad, acudimos a la fuente divina que sacia la sed que nos devora, para remediar nuestras necesidades espirituales.
Entre tanto, pues, que tengamos conciencia moral de que los niños están revestidos con la gracia santificante, alimentémosles con el Pan que sostuvo a millones de mártires, en medio de los más crueles suplicios, y que después de hacer tántos santos en la tierra, ha llenado el cielo de bienaventurados.

COMO DEBEN SER ORGANIZADAS LAS ESCUELAS PARA EL NIÑO
Otro de los medios, por cierto de suma importancia para educar al niño, es la enseñanza que se le suministra en las escuelas bien organizadas.
Allí es donde el niño nutre su inteligencia con los principios de la verdad, espléndida luz que dirige sus actos hacia el campo amplísimo de la voluntad, para que con tan importante estímulo brote de ella la caridad cristiana que forma las delicias del hogar y la paz de las naciones.
Es, por lo tanto, el alma del niño en las escuelas, un vastísimo campo espiritual, donde el maestro siembra y cultiva aquellas bellas plantas que con sus frutos forman el sostén de mil y mil generaciones humanas. En ese campo se forman los hombres de ciencia, los grandes artistas, los buenos hijos, los verdaderos patriotas y, sobre todo, los hombres de gran corazón quienes siempre están dispuestos, si fuere necesario, a sacrificar su vida, antes que volver sus espaldas al Dios de infinito amor, quien después de darnos la existencia nos ha colmado de innumerables beneficios.
Como los buenos ingenieros, al construir los suntuosos palacios de las grandes capitales se preocupan, en primer lugar, por establecer los sólidos cimientos donde han de basarse aquellos magníficos muros que los constituyen, los maestros que obran con cordura y apegados a la más estricta justicia, han de cimentar, del modo más perfecto, la obra colosal de la educación del niño, lo que se consigue grabando en el alma la idea de Dios, fuente que lleva consigo la luz suprema, la verdad, de donde se desprenden todos los principios que constituyen el verdadero progreso humano.
Estudiemos, aunque sea en una forma muy breve, el fundamento de este importantísimo ideal.
Si damos una mirada penetrante sobre las aves que vuelan en el cielo y estudiamos su origen de un modo concienzudo, llegaremos a la conclusión cierta de que unas proceden de las otras; y aunque nos remontemos a los tiempos más antiguos, jamás encontraremos el ave que por sí misma haya venido a la existencia; porque así nos lo enseña la Historia de todos los tiempos, y porque es imposible que brote de la nada, un ser sin que medie otra causa que venza la distancia Infinita que hay entre la nada y las cosas existentes; de lo que se desprende que en el conjunto de todas las aves no hay una sola que explique su existencia; y sin embargo, las aves cruzan el espacio en número casi infinito; por lo tanto, hay un Ser, principio de la primera ave, y del mismo modo podremos argumentar tratándose de los peces de la mar así como de las innumerables especies de animales que están poblando la tierra y de todos los vegetales, desde la pequeña florecita del campo, hasta los frondosos y corpulentos árboles que cubren las elevadas montañas.
Si después aplicamos toda la vitalidad de nuestra inteligencia para contemplar el número casi infinito de astros, muchos de ellos tan voluminosos, que la tierra aparece pequeñita con sus nueve mil leguas de circunferencia. Unos se mueven, otros están fijos; pero todos ellos durante largos siglos, han formado parte de la gran máquina del universo, reinando en este admirable conjunto, el orden más perfecto, y sin embargo, aunque el sol envía sus torrenciales rayos de luz, sobre innumerables astros, no puede concebir el más ligero pensamiento, porque está formado de la vil materia, la que se encuentra muy por abajo de la naturaleza espiritual, principio del pensamiento; y lo mismo podemos asegurar de todos los demás astros.
¿Cómo podremos, pues, concebir esa perfecta organización de millones y millones de estrellas y de soles, sin palpar la existencia de un Dios que los gobierna?
Hablan con un lenguaje mudo, pero elocuentísimo, el sol, la luna y las estrellas, y aquellos ecos repercuten en todo el firmamento para decirnos; existe Dios. Cantan las aves en el cielo y sus melodiosos cantos nos dicen; existe Dios. Y las florecitas de los campos con sus vivísimos colores y su suave perfume, de nuevo repiten lo mismo: "existe un Dios Creador del cielo y de la tierra y de todas las cosas que en ellos se contienen"; "Los cielos cantan la gloria del Señor".
Y como la plenitud de los efectos se contiene, del modo más perfecto, dentro de las causas que los producen, se ve con toda claridad, que siendo Dios el principio de todas las cosas, por lo que no es limitado por nadie, Dios es la perfección infinita, la sabiduría sin límites, el Omnipotente, la fuente de la verdad que alimenta la ciencia de los ángeles y vence la ignorancia del hombre, cuando éste da cabida a los rayos luminosos que se desprenden de aquel sol divino.
Por tanto; si los maestros desean con toda sinceridad infiltrar en los niños la verdadera educación, están obligados a grabar en la inteligencia de sus discípulos ,como base fundamental de su formación, el ideal de un Dios Creador de todas las cosas y Supremo Principio del progreso humano.
¿Qué sería de la madre tierra si los inmensos mares ocultaran sus aguas, no dando su valioso contingente para que se formaran las nubes en el cielo? Ya no vendría sobre ella aquella copiosa lluvia que le da la fecundidad; morirían las flores del campo y con ellas las plantas a las que da vida, quedando el planeta que habitamos envuelto en la más horrible aridez. No se escucharía ya el suave murmullo de las aguas que antes corrían por los arrollos y los ríos alimentando a su paso las artísticas instalaciones establecidas por el hombre para producir el movimiento, fuente copiosa de la prosperidad material.
De la misma manera quedará reducida a despreciables cenizas, la enseñanza en las escuelas cuando sea despreciada la copiosa lluvia que se desprende del inmenso océano de la bondad infinita de Dios, sin la cual se secan las flores del alma al huir de ella la verdad, para ser sustituida por los funestos errores que alejan al niño de la verdadera ciencia, más lejos que el Oriente del Occidente y lo arrojan en el caos de la maldita soberbia humana y la más completa obscuridad.
Quitad a la tierra la luz del sol y sus bellezas quedarán envueltas en una obscura y tenebrosa noche. Quitad del niño la luz que se desprende de la Sabiduría infinita de Dios, y solo ostentará las horribles sombras que a su paso dejan las torcidas pasiones y los funestos vicios. La luz jamás será engendrada en las tinieblas, la vida nunca podrá sacarse de la muerte.
O se desarrolla la educación del niño, bajo la benéfica protección del Supremo Padre de la humanidad, o ésta se pierde en el abismo de la más enorme desgracia.
¡Benditos sean una y mil veces los eclesiásticos que de un modo especial y constante, dedican sus esfuerzos y sus recursos pecuniarios a fomentar las escuelas protegidas por la luz del Evangelio; que la protección infinita de Dios esté siempre sobre los maestros que secundan tan sublimes ideales.

DEBEMOS ESTABLECER LUGARES DE RECREO Y CENTROS CULTURALES PARA LOS NINOS
Es indudable que, mientras permanezcamos en este mundo, seremos combatidos en todos los momentos de nuestra vida, por los furiosos enemigos que a todo trance pretenden nuestra desgracia temporal y eterna.
Como nos acompaña la sombra producida por nuestro cuerpo adonde quiera que vayamos, así van con nosotros los enemigos del alma, dispuestos a combatirnos, en las plazas, en las calles, dentro de nuestra casa y donde quiera que nos encontremos.
Estas batallas las preparan nuestros enemigos, con mayor esmero, para combatir al niño, porque conocen perfectamente que el hombre, en esa edad, es más inexperto y presenta mayor facilidad para ser seducido; pero sobre todo, reconocen, Satán y sus satélites, que si logran establecer la perversidad en el alma, durante la época de la niñez, tienen ya los cimientos preparados para continuar su obra funesta y destructora, mientras el hombre viva en este mundo.
Es, pues, para el demonio, de grande interés, pervertir al hombre en su primera edad; por lo que nosotros, que somos discípulos de nuestro Redentor Divino, debemos dedicarnos, sin omitir esfuerzo alguno, a salvar a los niños de tan horrible naufragio.
He aquí por qué los párrocos y sacerdotes que están informados de una ardiente caridad, establecen en cada poblado; pero de un modo especial, en las grandes ciudades, lugares de recreo y centros culturales, donde el niño pueda tener distracciones honestas que le alejen de la ociosidad, madre de todos los vicios.
Por lo tanto, la misión santa del Párroco en favor del niño, no debe concretarse a las benéficas obras que se desarrollan dentro de la Iglesia, sino que ha de seguir cada uno de sus pasos, para prestarle su valiosa ayuda, en los supremos momentos de angustia, cuando se desarrollan en el alma las más enconadas luchas.
Cuán consolador es contemplar aquel cuadro preciosísimo, donde figura el demonio derrotado, entre tanto que una enorme multitud formada por innumerables niños, dan la más grande expansión a sus honestas alegrías, en aquellos centros de recreo preparados por el fervoroso Párroco para consolidar los triunfos de la gracia y las enormes derrotas infligidas al Demonio.
Baños, cines, teatros, juegos de pelota, cultivo del arte musical, pintura, literatura y otros tantos buenos elementos debemos explotar en favor de los niños, para contrarrestar el armamento de la sociedad pervertida y de los demás enemigos del alma, los que de mil maneras procuran corromper a los niños, hundiéndolos en los abismos del error y la inmoralidad.
Para lograr tan laudables fines, Dios Nuestro Señor exige de nosotros, que hagamos reinar en nuestros lugares de recreo y centros culturales, la honestidad más perfecta, adaptando todas estas obras, en la forma más estricta, a la ley santísima de Dios; pues si por descuido nuestro la libertad en el uso de tan importantes medios educativos, se extiende más allá de los límites fijados por la moralidad cristiana, se convertirán entonces en elementos perniciosos, haciendo causa común con los enemigos de Dios, conforme aquel sabio principio: La corrupción del mejor es la peor; por lo que siempre, pero sobre todo al tratarse de estas organizaciones, debemos tener muy presentes aquellos importantes axiomas de la vida cristiana: "El que guarda sus ojos, guarda su alma" "El que ama el peligro, en él perece".

TERCERA PARTE
LOS MALES QUE DEBEMOS EVITAR PARA QUE LOS NIÑOS TENGAN PERFECTA FORMACIÓN
Con cuánto acierto supo Dios Nuestro Señor delinear desde su eternidad, hasta los más insignificantes detalles de las cosas que en el tiempo había de traer a la existencia; y fijando sus miradas, de un modo especial, en el hombre, quien debería tener una alma espiritual, quiso hacer en aquella privilegiada criatura extraordinaria ostentación de su infinita bondad, organizando los elementos que le constituyen, de tal manera que las pasiones estuvieran siempre subordinadas a la naturaleza espiritual.
Mas habiendo pecado nuestros primeros padres contra Dios, se rebeló la carne en contra del espíritu, siendo desde entonces desastrosas las tremendas luchas que se desarrollan en el interior del alma.
A medida que se desarrolla la naturaleza del niño, van creciendo en él las torcidas pasiones, las que reforzadas por el enemigo que llamamos mundo, quien tiene a su disposición innumerables elementos corruptores y los esfuerzos del príncipe de las tinieblas, convierten la vida del niño en un borrascoso mar agitado constantemente por las furiosas y gigantescas olas que en él se levantan al influjo de tan fieros enemigos.
Es, pues, la vida del niño, un vasto campo de continuas batallas, un mar embravecido que la amenaza sin cesar.
De aquí se desprende la imperiosa necesidad, de que los sacerdotes, los padres de familia y los maestros de escuela, trabajen con verdadera heroicidad por debilitar los infernales esfuerzos de tan formidables enemigos, alejando a los niños, de todos los caminos que conducen a al perversidad.
Estos peligros son innumerables; pero los más ponzoñosos en los actuales tiempos, son, las lecturas y demás espectáculos públicos, cuando con sus elementos perniciosos tuercen y corrompen las pasiones del niño; los centros de reunión cuando en ellos se fomentan las acciones repugnantes que están en desacuerdo con la honestidad cristiana, como acontece en los baños públicos y las albercas, donde se bañan personas de distinto sexo en no pocas ocasiones semidesnudas; las malas amistades, campo de maldición, donde el niño bueno se corrompe con los perversos ejemplos; y las escuelas donde se alimenta el alma con el error y la corrupción del corazón.
Acontece con frecuencia que el mundo seductor lanza sus gases asfixiantes sobre los padres de familia, para producir en ellos la ceguera espiritual, y es entonces cuando impulsados por las necesidades que ellos llaman sociales, atraen a los niños hacia los caminos de la perdición, sembrando en ellos la cizaña que impide la prosperidad de los ideales de la verdad cristiana y la formación perfecta del corazón; por lo que, aunque abunden las buenas habitaciones para albergar a sus hijos, los magníficos vestidos que han de cubrir sus cuerpos y los mejores elementos para alimentarles, sus almas se encuentran cubiertas de sucios harapos, y ellos pobres y desvalidos, dados a los vergonzosos vicios que sus mismos padres les inyectaron, con sus perniciosos ejemplos y sus punibles descuidos.
Infelices padres que así hunden aquellas perlas preciosas en el inmundo lodazal de las más corrompidas pasiones, no obstante que Dios se las encomendó para que las cuidaran como a las pupilas de sus ojos. Cuan significativas son aquellas palabras venidas del cielo "¿De qué sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?" "Busca primero el reino de Dios y sujusticia, y los demás cosas te serán dadas como una añadiduda".
Padres de familia: evitad a vuestros hijos los perniciosos elementos que han de corromper sus almas. No paguéis vuestro dinero en los cines y teatros mundanos para que perviertan aquellos tiernos corazones. Evitadles las malas lecturas que envenenan el alma. Educadles en las escuelas donde impera la luz de la verdad que viene del astro divino, de aquél sol resplandeciente que es Dios, fuente infinita de la ciencia, de la sabiduría y de donde se derivan todos los caminos de la verdadera prosperidad.
Para terminar este estudio, con el nobilísimo fin de que la santa doctrina escrita en este capítulo, haga eco en los corazones de los sacerdotes, así como de los padres de familia y maestros de escuela, les recuerdo las dulces expresiones venidas de los labios de nuestro Divino Redentor en favor de los niños: "En verdad os digo que si no os volvéis y hacéis semejantes a los niños, no entraréis en el reino de los cielos" 'Cualquiera, pues, que se humillare como este niño, ese será el mayor en mi reino" "Y el que acogiere a un niño en nombre mío, a mí me acoge" "Mas quien escandalizare a uno de mis pequeñuelos, mejor le sería atarse al cuello una piedra de molino y arrojarse al mar" "Mirad que no despreciéis a alguno de estos pequeñuelos".
Oh Divino Maestro: cuánto apreciaste a los niños cuando estuviste en este mundo; cuánto les has amado y cómo sigues amándoles desde el cielo y de todos los Sagrarios donde estás Sacramentado. Si nosotros les apreciáramos y amáramos como Tú lo haces, y en esa proporción, siguiendo tus ejemplos, desarrolláramos nuestros trabajos en favor de tus hilos predilectos, ¿hubiera en la historia de la humanidad páginas tan tristes y desoladoras? ¿Se hubieran extendido tanto los funestos errores que han desquiciado por completo a la pobre humanidad? ¿Acaso se habría propagado, en una forma tan alarmante, durante todos los tiempos, la corrupción del corazón humano, de donde se han originado tantos crímenes y desaciertos?
Redentor Divino: no hemos sabido imitar el amor y predilección que has tenido siempre en favor de los niños, y por ello, en los tiempos actuales, las masas humanas que habitan en una gran parte de la tierra, ni siquiera te conocen y en no pocas naciones donde se dice que prevalece la prosperidad y la cultura, cifran su orgullo en desconocer tu autoridad y aun en negar tu existencia, repercutiendo tan funestos errores en lo íntimo del alma, para sembrar el camino que la humanidad recorre, de crímenes, de odios y de las más grandes injusticias contra Ti.
Señor: derrama con abundancia tus dones celestiales sobre nosotros, los Obispos, a quienes has puesto, en este mundo, para regir tu Iglesia; cubre con tu manto a nuestros sacerdotes, a los padres de familia y a los maestros, para que bajo el imperio de tus santos preceptos y de la luz que tú envías sobre nosotros, cuidemos de tus niños como tú lo deseas, preparando así una nueva generación que viva de tu preciosa vida y disfrute de la verdadera paz.

Rafael, Obispo de Veracruz.