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viernes, 22 de marzo de 2013

INFALIBILIDAD DE LA “ROCA” DE LA IGLESIA


Tomado del sitio Amor de la Verdad
     En conexión con el post  Dejamos las cosas claras, traemos un comentario que nos ilumina sobre el asunto: ¿Es el papa infalible? ¿Puede enseñar el error contra la Fe? Y lo que es más ¿Podría enseñar la herejía? ¿Podría él mismo caer en la herejía aún sin enseñarla a los fieles? Un magnífico libro ha dado respuesta a estos interrogantes: “Misterio de iniquidad”. Puede descargarse en nuestra barra lateral. De él hemos tomado el texto de algunos posts que pueden verse bajo la categoría “Infalibilidad” e ” Infalibilidad pontificia”. Es mi convicción que el extravío patente del catolicismo conciliar tiene esta raíz oculta: No se cree en la infalibilidad de los papas. Además se aceptan como tales los que claramente han fallado en la Fe. Se diseccionan los documentos pontificios hasta dar con los que creemos que son infalibles. Incluso en éstos se busca la manera de reducirlos a nuestra propia concepción del dogma católico. Pero la oración infalible de Nuestro Señor ha pedido que la Fe de Pedro no falle nunca y así confirme a sus hermanos. Si somos “realistas” ” cuando se trata de las palabras de Cristo en el misterio eucarístico, me pregunto ¿por qué no lo somos cuando Él mismo creó el primado de Pedro?. Hasta en el campo sedevacantista que en mi opinión guarda mejor que otros las esencias católicas en su prístina pureza, observamos que algunos se extravían enmendando la plana al magisterio pontificio, v.gr. Limbo, bautismo de deseo, interpretación correcta del dogma de la salvación. Sus antecesores son muchísimos herejes del pasado, particularmente los Jansenistas y galicanos. El católico fiel a los 260 papas legítimos anteriores a Pío XII (inclusive) es imposible que se extravíe porque aceptan lo que ellos enseñaron en su magisterio ordinario y extraordinario que no es más que lo que la cristiandad siempre creyó. Otras posturas son novedades en la Iglesia y llegan a arruinar la Fe sobrenatural que Cristo nos legó y la Iglesia, como depositaria, siempre enseñó.
    Last but not least, esta postura proporciona al alma la seguridad  y paz que da la infalibilidad discente de todo fiel, la cual se necesita enteramente para resistir el asedio del mundo y dentro de la iglesia oficial, los desvaríos de ésta con sus falsos pastores y papas a la cabeza. ¡Pruebe y compare!
     Un lector ha hecho el siguiente comentario que agradecemos y hemos leído con unción:      Por James Stuart
     Es posible que no pocos se pregunten el por qué de tanta insistencia en los temas de la indefectibilidad e infalibilidad de la Iglesia, que fluyen ambas desde la Cabeza Visible de la Iglesia, gracias a la todopoderosa Oración y Promesa de su Fundador y Señor nuestro.
     Podría empezar a desgranar una vez más las razones por las que la suma e indefectible solidez de la Roca de Pedro es el articulus stantis et cadentis ecclesiae, en palabras de Lutero…
     Podría seguir explicando cómo el poner en duda esta verdad conduce a hacer imposible un verdadero acto de Fe sobrenatural, poniendo en gravísimos peligro la salvación de muchos fieles.
     O cómo esta cuestión constituye precisamente la línea divisoria que separa a los que aún pertenecen a la Iglesia Visible, y se ven en la obligación de reconocer lo evidente, que la iglesia conciliar no es la Iglesia Católica, y que “pontífices” como el Sr. Bergoglio no pueden en modo alguno ser Papas verdaderos, mientras los demás simili-tradis se entregan a unas contorsiones intelectuales, doctrinales, espirituales y morales verdaderamente bizarras en su intento de reconocer en Bergoglio al Buen Pastor, mientras los demás se hunden definitivamente en las tinieblas de la desesperanza.
     Para acabar señalando cómo la culpa de que esta “crisis” siga durando desde hace 60 años sin que tenga visos de remitir, la tienen principalmente, no los conciliares, que cumplen su papel, sino esos presuntos católicos que desobedecen la monición del Pontifical llamando al bien mal, y al mal bien, a la oscuridad luz, y a la luz oscuridad, extravagante a Pablo IV y san Pío V, Santo Padre a Ratzinger y Bergoglio.
     Pero prefiero llamar brevemente la atención sobre un aspecto más general de esta verdad fundamental:
     Imaginen que por un acto milagroso de la bondad de Dios, nos viéramos antes del final de éste año libres del mamotreto conciliar, y acaudillados por un Papa indudablemente legítimo, mezcla afortunada de los mejores pontífices habidos en casi 2000 años de historia…
     Pero al mismo tiempo, que siguiera viva entre los católicos esa condenada doctrina según la cual un Papa puede caer en el error en la Fe, enseñarlo a la Iglesia Universal, grabarlo en el mármol de la liturgia, fundirlo en el bronce de las leyes, sin que quede aniquilada la misma Iglesia, y correspondiendo a los súbditos la tarea de identificar el error del Soberano, e incluso declararlo depuesto…
     ¿Qué ocurriría? Que volveríamos infaliblemente (nunca mejor dicho) a las andadas, porque siempre se encontrarían descontentos, rebeldes o subversivos que pretenderían que, pudiéndose equivocar el Papa, todo sigue sujeto a eterna discusión, hasta los fundamentos más evidentes del Orden natural.
     ¿No fue acaso ésto lo que pasó a principios del S. XIV, por ejemplo, cuando los legistas franceses empezaron a sostener que el Papa podía equivocarse, y lo llegaron a acusar de herejía, porque Bonifacio VIII había enseñado con la máxima autoridad la adecuada jerarquización de los dos poderes o espadas, que los presuntos católicos de nuestros días siguen sin querer tomar en cuenta?
     ¿O no fueron los “pobres” “santos” sencillos” y “espirituales” antecesores de Bergoglio-Francisco los que llegaron a acusar al papa Juan XXII de herejía, por condenar la de los fraticellos y otros dulcinianos del montón?
     Así como en el Orden político, todo pende de un poder soberano uno, indivisible, inalienable e imprescriptible, que no puede cuestionarse sin que todo el resto del edificio se cuartee y caiga, así ocurre también con el Orden del que éste poder político depende, el Orden sobrenatural y metafísico, cuya llave se encuentra directamente en la mano de Pedro.
     Si las leyes físicas y biológicas que rigen la creación inferior fallasen aunque sólo fuera un momento, ello significaría la instantánea anarquía y muerte del mundo, sin posibilidad de recuperación alguna.
     Mucho más todavía en el orden metafísico y espiritual. Si la Iglesia, soberana en su Cabeza visible, pudiera fallar en proponer la ley, es decir, las verdades de las que depende todo el orden humano, éste se derrumbaría irremediablemente, y sin esperanza alguna de restauración.
     “Dadme un punto de apoyo, y moveré el mundo”, decía Arquímedes.
     Ese punto de apoyo no es otro que la verdad indeficiente propuesta por la no menos indeficiente autoridad de Pedro.
Quitad ese punto de apoyo, y volveremos todos a la nada.
Stat Crux, dum volvitur orbis.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

EL PECADO DE APOSTASIA ES UN PECADO DE MALICIA

"EL TIEMPO DE LA SEMENTERA 
DE LA PALABRA EVANGELICA 
ENTRE LOS GENTILES, 
SE HA TERMINADO"
Mons. José F. Urbina Aznar
 Mayo 2012

     El pecado contra la honestidad, cualquiera que sea, tiene deplorables consecuencias para toda la vida religiosa y moral, sobre todo si es repetido y defendido. Este pecado tiene el poder especial para esclavizar permanentemente a los hombres y a la sociedad quitándole todo interés por las cosas de Dios. Los pecados de malicia son los pecados del espíritu que tienen su raíz en la soberbia. Son muchísimo más graves y de más difícil arrepentimiento que los pecados de flaqueza que tienen su fuente en la sensualidad que no incluyen el grado de premeditación y libertad que los pecados del espíritu.
     La más profunda raíz de todo pecado, es la voluntad de no obedecer; la voluntad de ser dueño de sí mismo desconociéndose toda otra autoridad. Claro que esto es siempre ilusorio, pues aquel que cree que ha obrado por propia voluntad, se encuentra de pronto en las regiones oscuras que habitan las almas reprobadas al servicio del Diablo. El pecado de apostasía no tiene su fuente en la sensualidad, es un pecado del espíritu, cuya raíz es la soberbia. Es un pecado premeditado que esclaviza permanentemente. San Juan en el Apocalipsis previene contra el que llama "la bestia" o "la fiera" porque se le ha dado el poder por un tiempo de arrastrar a los hombres a la apostasía. De engañar a los hombres, que aun engañados van a militar en las fuerzas apostáticas.
     El pecado de apostasía creo que es el peor de los pecados del intelecto. La sociedad o los individuos que apostatan de la Fe, son irrecuperables si un milagro de Dios no interviene. Por eso el Señor dice que el único remedio es el exterminio.
     San Juan en su primera Epístola habla (V, 16) de un pecado "que es de muerte". ¡No se refiere al pecado mortal, sino a algo que es peor!: se refiere a la apostasía. El dice: "Si alguno ve que su hermano comete un pecado que no es muerte pida y le dará la vida; a los que cometen pecados que no son de muerte, pues hay un pecado que es de muerte POR EL CUAL NO DIGO QUE PIDA". ¿Qué puede haber tan terrible para que San Juan se exprese de esta manera?.
     Indudablemente está señalando el pecado de apostasía. Todos esos gobiernos masónicos que han descristianizado a sus pueblos desde la más tierna edad los han arrastrado a regiones de las que no se regresa nunca; todos esos enjambres de avispas que caen sobre las poblaciones protestantizando almas, las arrastran a un terreno del que ya no regresarán nunca. Santo Tomás dice que los prosélitos de la herejía, no regresan. Todos esos millones de fieles católicos arrastrados a una suave pendiente hacia la apostasía, en la que para, ya no regresarán nunca. Caminan poco a poco a una religión que se parece a la Religión de Cristo, pero que no es la Religión de Cristo. Esta es la apostasía, porque ya sea que se abandóne la Religión de Dios en forma total; o se supla toda la Religión por otra cosa similar, aunque se conserven partes iguales, esa es la apostasía
     El tiempo de la sementera de las naciones y de los individuos es el tiempo de la decisión de la separación definitiva del reino de la oscuridad. Este tiempo media entre el primer advenimiento y el segundo de Cristo. Es el tiempo de la gracia y de la paciencia, después del cual viene el Juicio, en el que serán juzgados con mayor rigor los que no lo hayan aprovechado. El que haya rehusado a convertirse o el que haya apostatado será juzgado con más rigor que Sodoma y Gomorra (Luc. X, 11 y sigs.). Porque ese tiempo fue de salvación, fue "la última hora". Por eso, la humanidad apóstata del fin del mundo, va a experimentar "la cólera del Cordero".
     La apostasía está cimentada en el pecado diabólico de la soberbia. El hombre busca dignidad sin referencia a Dios. Al soberbio le tiene sin cuidado un acrecentamiento de sus valores espirituales o sociales ante Dios. Busca sólo, aparecer grande entre los hombres. Y por eso lo guía la vanagloria, el figurado y la ambición. Dios es un ser que ya no importa y así surge la religión del Estado laico o ateo que cree poder cimentar a una humanidad en las nuevas leyes y moral del Estado omnipotente.
     Pero de este estado de miseria no se regresa a menos que intervenga la mano de Dios. En la apostasía de los hombres interviene una falsa conciencia y un profundo sentimiento de haber obrado bien según la propia infalible voluntad. Esto sucede también con los aleccionados de un Estado laico, y así sucede, pero en forma peor con el apóstata que cambia su Religión con la religión del Anticristo. A ninguno de estos hombres se puede reconquistar. Sería necesaria una nueva evangelizacion, la cual no va a suceder. Los hombres que han estado en la oscuridad que ven luminosa nunca aceptarán haberse equivocado.
     Desde los tiempos de los santos Padres de la Iglesia, se ha sabido y comprobado que precisamente son los mayores pecadores los que menos reconocen el estado miserable en que se encuentran y los que menos reconocen la necesidad de un cambio y de penitencia. Si esto es así entre los hombres alejados de los Sacramentos, entre los cuales todavía puede existir un suave murmullo de la conciencia, ¿no resulta imposible la conversión de los hombres que han abandonado la Religión, entre los ateizados, entre los entibiados?, ¿no todos ellos defienden su nueva religión hasta con furia?.
     Por eso el texto de San Juan es aplicable aunque parezca duro. Por eso el exterminio. Por eso se hace referencia a la extrema depravación de Sodoma y Gomorra las cuales dos ciudades si fueran comparadas con la situación final serían sólo juego de niños.
Por eso hay que analizar la profecía de Cristo N. S. cuando describe la destrucción de Jerusalén que no hay que tomarla como una imagen de la Parusía, sino al contrario: el fin del mundo es prefigurado en la desolación de Jerusalén.
     Jesús Montánchez, dice en su TEOLOGIA MORAL que la apostasía es el "total apartamiento de la Fe cristiana por parte de quien la recibió en el Bautismo. Para ser apóstata basta apartarse de la Fe, no es necesario ni dar el nombre, ni adherirse a determinada secta. Su malicia, por razón del desprecio formal a la autoridad divina que consigo lleva, es siempre, de suyo y sin posible parvedad de materia, pecado grave".
     Si analizamos este texto, fácilmente comprenderemos que la apostasía es algo que se va incubando en el alma o en la sociedad sin que se pueda decir a ciencia cierta en qué momento comienza a existir. Es un contagio que va creciendo; una lepra que va destruyendo el alma. Es una corrupción que comienza en la periferia, sin tocar órganos vitales. El contagio social, el "que dirán", la propia conveniencia, son un magnífico vehículo que va penetrando insensiblemente, hasta que se llega al punto de no retorno. Entonces es irremediable. Ese punto de no retorno es variable en los individuos y en la sociedad. Aquí las palabras de San Juan. Dios, entonces extermina el mal que no ha de prevalecer. El reino de la oscuridad no ha de vencer al reino de la luz y del Cordero desechado poco a poco en la sociedad y en el alma de los hombres.
     Por eso Cristo N. S. no mintió el decirle a los Apóstoles que la fecha del fin del mundo no la sabía "el Hijo", sino sólo el Padre. Pues esta depende de acontecimientos degenerativos basados en la voluntad humana. Pero ciertamente, las señales fueron predichas y hoy las vemos cumplidas a cabalidad. Los hombres han proclamado una nueva era fabricada por ellos mismos sin Dios.
     Uno de los efectos más naturales del pecado, escribía Scheler, "es esconderse a medida que crece y embotar el sentimiento de manera que se desconozca su presencia". Pero estamos hablando de la apostasía cimentada en la soberbia. El castigo de la soberbia, dice Háring en LA LEY DE CRISTO, "es la inhabilidad para alcanzar una verdadera conversión". La verdadera conversión consiste en "buscar primero el reino de Dios" (Mat. VI, 33). El reino de Dios implica un combate contra el reino de este mundo. Por eso, no puede entrar en el reino de Dios el que acepta una paz vergonzosa con el mundo, con el espíritu de este mundo (Mat. X, 35). La apostasía de hoy, cimentada en la soberbia, no solamente implica el gradual abandono de la Doctrina camino a la desaparición del Cristianismo, como dijo San Pío X, sino una mezcla camino al dominio absoluto del reino de este mundo, del espíritu de este mundo. El espíritu de la Apostasía -que hay que poner con mayúscula-, la de hoy, que fue soplada con fuerza en el Concilio Vaticano II, afecta lo mismo a la sociedad como a los individuos aisladamente considerados. Esta es incorregible absolutamente. Se forma, entonces, un masacote espeso y hediondo que hay que tirar al sumidero. Es el rechazo más radical del reino de la luz. Por eso el exterminio. Por eso el castigo.
Contra el pecado terrible de apostasía, los hombres no están prevenidos como lo están, por ejemplo, contra los pecados de lujuria. La apostasía puede comenzar a infectar a una sociedad o al alma de un hombre, por regiones periféricas alejadas de los órganos vitales, como dije, pero se extiende poco a poco y va pudriendo el organismo, pero insensibilizándolo al mismo tiempo como lo hace la lepra. Los terrenos ganados por este contagio son justificados por un falso razonamiento, por una falsa lógica que es producto de un alma tibia. Contra este extraño pecado, los hombres y las sociedades no están prevenidos. Hay contagio en la intimidad familiar, hay contagio de los maestros y de toda persona a las que les concedemos ascendiente, como pueden ser los mismos sacerdotes. Y es muy difícil o casi imposible detener el proceso que llega al final. Una sociedad entibiada, un alma entibiada, son fácil presa de este mal irremediable. Cristo N. S. prevenía contra los pecados de los últimos tiempos que afectarían incluso a los elegidos. Por amor a ellos, los tiempos finales serían acortados porque de prolongarse, también caerían. ¿De qué estamos hablando tan maligno?, de un vaho negro que todo lo toca, que todo lo invade contagiando con su pestilencia. Hablamos de la apostasía. Cuando nuestro Señor habla de la sal -Su Iglesia- que es la sal de la Tierra, dice que si perdiera su sabor, no habría nada que la salara de nuevo. Indudablemente estaba hablando de la apostasía final. 
     "Roma perderá la Fe" dijo la Virgen en La Salette en 1846. El alma convertida a la gracia, siempre debe temer que luego de una caída, no le quede ya medio para convertirse fuera de un inesperado milagro de Dios (Hebr. VI, 4 y sigs; I Juan V, 16 y sigs.), pero en la apostasía el mismo hombre hace imposible esa perfecta oposición al pecado que es exigida necesariamente en toda conversión. La conversión es un acto de la libre determinación del hombre, pero también es obra de Dios. En la apostasía no existe la voluntad humana. Por eso es irremediable. Por eso el castigo. Por eso el exterminio. Por eso el fin de la humanidad cuando el número de elegidos se ha completado. En la destrucción de Jerusalén se nos da una figura.

ALGUNOS TEXTOS DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS QUE SON COINCIDENTES

     Quienes analizan los tiempos del fin del mundo, a la luz de las sagradas Escrituras, no podrán menos que extrañarse del estado irremisible de los hombres y de los castigos tremendos que acarrearán sobre sus cabezas. Hay un texto en el Apocalipsis XVI, 8 y sigs. que dice que el cuarto ángel -de las últimas plagas-, derramo su copa en el sol y diósele fuerza para afligir a los hombres con ardor y con fuego; y los hombres abrasándose con el calor excesivo, blasfemaron del nombre de Dios que tiene en su mano estas plagas, en vez de hacer penitencia para darle gloria. Sólo quiero comentar ahora las palabras subrayadas. Se trata de los sucesos del fin. De una humanidad caída en la apostasía. Dios todopoderoso respeta la libertad de los hombres, pues no exige por la fuerza el amor de sus hijos, pero derramará sobre los hombres el cáliz de su cólera porque estos preferirán seguir siendo "hijos de la ira" como cuando eran paganos sin redención (Efesios II, 3 y sigs; V, 6). Dice la Biblia comentada de Torres Amat: "La venganza del amor ofendido contra las naciones será terrible". Los hombres por propio gusto y voluntad se han de poner en el lugar en el que descargan los rayos de la ira. Antesala del Infierno.
     Hay un texto en el Profeta Daniel (XII, 10 y sigs.) en el que leemos: "Muchos serán lavados, blanqueados y purgados; los impíos seguirán haciendo el mal; ningún impío comprenderá nada".
     Son los de la apostasía final. Los ofuzcados por su extremada soberbia y estupidez. Porque todas las señales estarán a la vista de todos pero ellos no serán capaces de ver a su derredor un mundo que se desencuaderna por su culpa. Esa sopa confusa del final, les parecerá un cambio normal a otra etapa del hombre muy prometedora. Los apóstatas del fin revolcándose en un caldo apostático pestilente, no son capaces de ninguna manera ver lo que han provocado en constante agravamiento y corren todos en tropel como burros ciegos al abismo; como los cerdos endemoniados al despeñadero.
     San Pablo en su segunda Carta a los Corintios dice algo que les cae como anillo al dedo a estas gentes malvadas que infectarán a la Iglesia principalmente al final de los tiempos: "Ciertamente, dice, no osamos igualarnos ni compararnos a algunos que se dan importancia a sí mismos. Midiéndose a sí mismos según su opinión y comparándose consigo mismos, obran estúpidamente". Esos son los salvadores del mundo; el ejemplo a seguir de los hombres; el modelo, el paradigma; los que pueden modernizar la palabra de Dios; los maestros. Los de la distinción; los de la prestancia; del dinero y el poder. Los del elevado caminar que balancean a izquierda y derecha la cabeza con displicencia. Estas son las garrapatas pegadas a los hábitos de la Iglesia y de la sociedad buscando a quien succionar. Son hombres que tienen un baño de pegamento que se adhiere fuertemente a otro como él para hacer equipo o secta o pandilla. Capaces de llevar al incauto a toda clase de desórdenes y atrocidades, y al fin a la apostasía irremisible. El pecado del fin del mundo. La úlcera escatológica: la lujuria. El pecado: la apostasía.
     El Profeta Daniel dice claro: "Los impíos seguirán haciendo el mal". Su estupidez y su soberbia serán tan grandes que no podrán ver las claras y enormes señales que los rodean que atribuirán a causas muy lejanas a su desgraciada actuación.
     Hay un texto en las sagradas Escrituras que se relaciona con el anterior. En la segunda Carta de San Pablo a Timoteo, éste le dice en el IV, 3: "Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la sana doctrina, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas".
     San Pablo habla claramente del Modernismo-progresismo, herejía final que las reúne a todas (Papa San Pío X), que es la herejía de la Fiera, llena a reventar de fábulas, de errores que expresa a veces con palabras ortodoxas que esconden un significado contrario.
     San Pablo dice que "no soportarán la sana doctrina". Soportar un peso, sufrir un peso. Las palabras de la Doctrina serán insufribles. Ofensivas. Así las tomarán los hombres de la apostasía, pero no dejarán de creerse cristianos. En estas condiciones, ¿será posible una nueva evangelización que pueda convencer a los hombres que no soportan la sana Doctrina?, ¿no está hablando de una humanidad irremisible?, ¿de una humanidad del fin del mundo?.
     San Juan en su primera Carta dice: "Hijitos míos, esta es la última hora. Habéis oído que iba a venir un Anticristo; pues bien, muchos anticristos han aparecido, por lo cual nos damos cuenta que es ya la ult ima hora".
     En el Apocalipsis (XV, 8 y sigs.) nos dice San Juan que el Santuario se llenó de humo, y que nadie podía entrar hasta que se consumaran las siete plagas de los siete ángeles, que son las siete copas del fin del mundo, cuyo contenido van a ser vertidos como castigo a una humanidad apóstata. El texto dice así: "Luego uno de los cuatro Seres entregó a los siete Angeles siete copas de oro llenas del furor de Dios que vive por los siglos de los siglos. Y el Santuario se llenó de humo procedente de la gloria de Dios y de su poder, y nadie podía entrar en el Santuario hasta que se consumaran las siete plagas de lo s síete Angeles".
     ¿Qué terrible oráculo anuncia aquí el Apocalipsis?. Ese humo que sale del Santuario deja ciego a todo mundo. No pueden ver para celebrar la gloria del Sacrificio. Este se les ha retirado. Ha terminado. Pero ni ven, ni pueden entrar. Nadie puede entrar. Han rechazado el Sacrificio propiciatorio y vagan por regiones en las que habitan los demonios y los renegados. En las regiones en las que no esta Dios.
     Por eso no hay convertidos a la verdad y a la sana Doctrina. Es inútil tratar de convencer a nadie. Son palabras que no enraizan como las semillas que caen en el camino o en un terreno lleno de piedras.
     Hay fieles que se han conservado más apegados a la verdad, pero habría que ver si el error no se les ha introducido por otra puerta y si están en peligro de sumarse a la masa apostática hodierna.
     No es solamente la renuncia a alguna acción mala ni a una costumbre pecaminosa la que debe ser renunciada por los hombres o la sociedad de hoy; es el centro de la existencia la que debe cambiar, son los sentimientos del cozarón, la actitud interior. Esto no lo puede hacer el hombre por sí solo. Unicamente Dios haciéndose presente puede suprimir la distancia que Lo separa del pecador. El retorno de aquella región de perdición donde habita el pecador, donde no está Dios, sólo puede obrarse mediante la aceptación incondicional del dominio de Dios. Pero esto esta vedado completamente en una sociedad que ha rechazado al Señor: se ha rechazado Su Doctrina adaptándola en todo aquello que no parezca; se ha abandonado a Su Iglesia y la lucha por la Fe, porque los hombres creándose necesidades urgentes hasta el tope, las atienden con amor y ahinco antes que ver primero por las más graves necesidades del entorno -los hombres de hoy, cínicamente, se aprovechan de todos los dones de Dios que consideran insuficientes, por lo cual para Dios no les queda nada, ni siquiera el tiempo que no les cuesta-; pero lo que es peor: se burlan de El e incluso lo insultan soezmente comparándolo con una rata. ¿Qué merece esta generación perversa y rokanrolera, tan técnica y avanzada, tan lujuriosa y liberada sino el castigo y el exterminio?, ¿se puede aquí invocar la misericordia? ¿se puede reprobar que ésta se haya ocultado y que sólo se pueda dintinguir un Rostro airado?, ¿el hombre va a seguir por siempre aprovechándose del tiempo de la tolerancia y la paciencia hasta que le dé la regalada gana?, ¿el hombre se siguirá aprovechando de todos los dones que recibe, exclusivamente en su propio provecho y beneficio?.

lunes, 21 de febrero de 2011

LA ULTIMA CRUZADA


UNAS PALABRAS AL LECTOR.
He publicado en distintas fechas, los cuatro artículos que ahora reúno en este opúsculo, por tratar en todos ellos sobre el mismo tema: la urgente necesidad de la elección del papa.
La crisis eclesiástica que estamos viendo hoy con ojos asombrados, que es propiamente la muerte mística de la Iglesia, no comenzó realmente con la apostasía del Concilio Vaticano II, que introduce en la Iglesia oficialmente la herejía modernista, es decir, la Revolución total, sino que se remonta a tiempos anteriores. Estrictamente hablando, aunque San Pablo advierte sobre el "misterio de iniquidad" que ya estaba actuando dentro de la Iglesia, este "misterio" arranca desde Caín y sus descendientes. No se trata, pues, de un enemigo exterior, que no ha dejado de haberlo nunca, sino de la semilla de Satanás sembrada en el alma de los mismos fieles. Es un peligroso enemigo interior. San Agustín, el más insigne de los Padres latinos, ciertamente (+430), en su apologética obra LA CIUDAD DE DIOS que tanto nombre le ha dado hasta nuestros días, dice que ese "misterio de iniquidad", un día formaría un poderoso cuerpo al Anticristo dentro de la misma Iglesia.
Resulta inexplicable que conforme fueron pasando los siglos de gloria y esplendor que tantos y reconocidos beneficios trajeron a toda la humanidad, beneficios ahora totalmente ignorados o silenciados, los mismos jerarcas de la Iglesia incluso, hayan ido abandonando paulatinamente aquella admirable concordia entre el poder temporal y el poder de la Iglesia, que el mundo conoció como la "Cristiandad", para llegar a decirse, incluso ellos mismos, que aquello fue una "odiosa Teocracia", al mismo tiempo que observaban con mirada estólida que las fuerzas mancomunadas del mundo enemigo de Cristo, trabajara incansablemente para la edificación de la Teocracia de Satanás, tomando los puestos que los hijos de la Iglesia muchas veces dejaban voluntariamente. No, a esa "Teocracia" de la Iglesia; ¿sí, a la de Satanás?.
No podían ser otros los resultados de tanta traición, de tanta indiferencia, de tanta defección, de tanta soberbia, de tanto particularismo, de tanto interés ajeno a los de la Iglesia de Dios. Lo que ahora estamos viendo en su etapa terminal de consolidación, y con buen éxito, es la luciferización del mundo.
Esta antigua conjuración, esta gradual apostasía, esta gran desgracia fue denunciada por los papas, que desafortunadamente no fueron oídos, sino que más bien, la sociedad en masa como si fueran animales sin razón, se entregó a toda clase de vicios, de licencias, y la Ciudad Católica fue minada en sus estructuras desde sus mismos cimientos. Los más conscientes del mal que hacían, no consideraron su acción muy trascendente.
No podemos culpar de esta situación completamente a los enemigos de Cristo, cuyo título antonomásticamente corresponde al Judaismo, sino que gran parte de la culpa la tienen los mismos cristianos que se dejaron influir y abandonaron la lucha para comer el alimento putrefacto que se les ofrecía.
Es muy fácil cargar la culpa al que subvierte para no aceptar la propia culpabilidad. Así quiso justificarse Adán, y fue condenado. El judío judaiza, pero el cristiano se deja judaizar. "La cobardía de los buenos, fomenta la audacia de los malos", decía el papa León XIII.
Pudo entonces durante el siglo pasado, estructurarse férreamente la base de la organización que serviría para construir el gobierno mundial anticristiano. El presidente Grant de los Estados Unidos en 1872, cuando inicia su segundo período presidencial, puede ya anunciar confiado en su discurso, que "...se prepara el mundo para que en tiempo oportuno, se convierta en una gran nación que no hablará más que una sola lengua...".
Otros acontecimientos importantes apuntalan el plan, como la fundación en 1843 de la sociedad masónica secreta B'nai Brith exclusivamente para judíos, cuyo jefe mundial ha visitado y mantenido cordialísima entrevista con Juan Pablo II en 1997; la instalación en Nueva York en 1867 de la Alianza Democrática Universal de Mazzini el ascenso vertiginoso de los grupos de banqueros de Schiff, Kuhn y Loeb y otros, posteriores financieros de la Revolución Comunista de 1917; y el traslado en 1872 también a Nueva York del Consejo General de la Internacional de Carlos Marx.
Todos estos acontecimientos, entre otros que no mencionamos ni tratamos para no abandonar nuestro tema, fortalecieron grandemente al organismo que buscaba, ya firmemente, un gobierno mundial anticristiano, mientras las estructuras de la Iglesia entraban en una anemia, en un franco debilitamiento, no solamente social sino interno en las mismas estructuras de la Iglesia. Es cierto, se infiltraba, se corrompía, se subvertía, pero al mismo tiempo los cristianos abandonaban la lucha poco a poco y se daba oídos a las novedades y a lo que San Pablo llama las "fábulas judaicas". No hay ninguna justificación posible porque no existe el poder que pueda contra el Poder de la Iglesia que es la Iglesia de Dios. Siempre las derrotas hay que atribuirlas a fallas en los hijos de la Iglesia que no supieron aprovechar los medios que ella les proporciona.
San Pío X, en su famosa Encíclica PASCENDI DOMINICI GREGIS ya a comienzo de nuestro siglo, denuncia ese mismo "misterio de iniquidad", que antes de haber desaparecido, como era natural invade a toda la Iglesia y llega a sus venas y vasos capilares más pequeños. El mal se había extendido increíblemente. Se había fortalecido principalmente por la corrupción que afectaba a jerarcas y fieles. Los papas de nuestro siglo, prácticamente solos, luchaban "cuerpo a cuerpo" contra esta situación que no solamente amenazaba a la Iglesia, sino a cualquier principio religioso en el corazón de los hombres. Los iluminados del siglos pasado, habían anunciado ya la división de la Iglesia en "dos anillos": el de los progresistas y el de los tradicionalistas que serían odiados; la celebración de un concilio; las reformas a la Liturgia; el nuevo sacerdocio...pero, lo más grave, la llegada al Trono de San Pedro de un individuo al que llaman "el convertido del Vaticano" que acordemente con los lineamientos del Poder Mundial, adaptaría a la Iglesia al espíritu moderno, y sería recibido con aprobación y júbilo por todos, grandes y pequeños, por jerarcas y pueblo prostituidos. Y que gracias a su prerrogativa de infalibilidad y de obediencia que se le debe, declararía el advenimiento del "nuevo orden social" de Cristo. Y así, todos marcharían pensando que lo hacen bajo la bandera de las Llaves de San Pedro.
Demasiado conocida es la historia, desde que el antipapa Roncalli fue coronado con la triple corona de los papas. Por la "ventana" que abriera entraron en la Iglesia todos los males, en tal cantidad, como no se había visto jamás, con la aprobación y aplauso de las mismas jerarquías y de los fieles corrompidos, unas y otros por la acción de Satanás y sus corifeos, penetrando todas las áreas y niveles no solamente de la Iglesia, sino de todo el mundo cristiano. No puede descartarse de ninguna manera una vasta infiltración que llegaba a ocupar muy altos puestos, contra la cual los verdaderos católicos no se levantaron, escudándose en la obediencia y en la unidad de la Iglesia, lo que propició que el error y la infiltración llegaran al grado de no poder ser ya humanamente controlados. Se sucedieron entonces antipapas que actuaron en asombrosa acordidad y como animados del mismo espíritu, que formaban indudablemente una misma entidad moral, lo cual estaba perfectamente anunciado en la profecía de Daniel que habla de las cuatro bestias y en la de San Juan en el Apocalipsis, en la que reúne en una sola, o primera bestia, y en estricta forma inversa, todos los atributos de las bestias del profeta Daniel. Se identificaba así, QUIEN ocupaba el Vaticano.
Como era natural, llegado el enemigo a la cumbre de la Iglesia, la Alianza (Is. 24; Luc. 22) fue rota. El Sacrificio perpetuo (Dan. 12), fue eliminado. Vimos la abominación de la desolación en el lugar santo (Mat. 24; Marc. 13). La Misa fue cambiada tiránica y fraudulentamente por un rito, si bien, parecido a los ojos del pueblo en un principio, era inválido y blasfemo, copiado de las liturgias protestantes. Se afirmaba así el cumplimiento de la profecía de II de tesalonicenses, sobre la Apostasía al ser quitado el "impedimento", es decir el Sacrificio.
La Iglesia no esperaba la eliminación total de todo rito, o prohibición o persecución sangrienta que lo impidiera, una clausura de los templos, aunque algunos así interpretaron o imaginaron. No habría entonces engaño y seducción necesarios al Anticristo para aparecer como santo.
Se trataba, pues, del engaño y de la seducción la cual lleva a hacer algo malo, como bueno. Había que presentar otra cosa similar, pero inválida. El Anticristo no puede reinar con el Sacrificio, y el pueblo debía aceptar bajo el signo de la obediencia, un fruto "bueno para comerse, hermoso a la vista y deseable para alcanzar por él sabiduría" (Gen. 3), pero que ciertamente, matara.
Así es cómo se dio el fraude, y se aceptó el fraude, y así fue cómo, el mundo fue no solamente privado del pararrayos que detiene a la Justicia divina, sino de la fuente de la Gracia, de las virtudes y dones del Espíritu Santo en forma eminente. Claro está que desde esto, el camino estaba expedito para los enemigos del nombre cristiano, pero también, para todos los acontecimientos del fin. La anemia cristiana dejó entrar a los derechos humanos, al humanismo, a la filantropía, a la democracia cuyo poder viene de las masas estúpidas y a tantas doctrinas que han convertido ya este mundo en una horrenda pepitoria.
El resto fiel fue arrojado fuera, y en un principio, sufrió una extrema desorientación. Tardó algunos años en comprender no solamente la usurpación del Trono pontificio, sino la necesidad de reestructurar la jerarquía eclesiástica. La sucesión apostólica estaba gravísimamente comprometida. De esta situación confusa se valieron grupos como el de Mons. Lefebvre para captar la militancia de quienes se levantaban contra la impiedad, para impedirles al mismo tiempo, llegar a las últimas consecuencias: declarar la Sede vacante y elegir al papa.
El impacto desconcertante del inexplicable cambio de rito junto con la gravedad del mismo hecho, evidente anuncio de lapsos místicos escatológicos, nubló la vista a la inmensa mayoría para quienes pasó inadvertido que las "formas" de otros Sacramentos habían sido alteradas e invalidadas. La Iglesia no tendría más sacerdotes y obispos válidos después del año 1970. Todo se cambiaba, todo se alteraba, a veces en la forma más estúpida, y bajo el concertado esfuerzo de los poderes exteriores e interiores (primera y segunda bestias, Ap. 13), el pueblo y los jerarcas iban aceptando sin apenas percibir nada. Es decir, los que no eran invasores. La corrupción de las costumbres, la descomposición familiar, la inquietud general, la crisis económica galopante, el descontrol y la rebeldía generales, la alteración de la naturaleza que va en aumento y tantas otras desgracias, iban paulatinamente provocando un reumatismo diabólico y un entumecimiento cerebral que impedía reaccionar y descubrir el engaño.
Pero, a unos pocos, esto sí fue revelado y conocieron en diversas formas y grados la situación. Ese "resto fiel" o pequeño remanente, aún desorientado en un principio, en el fondo del corazón, sabía que las cosas no estaban bien, que algo muy grave estaba sucediendo, y que era necesario resistir, conservando toda la Doctrina que siempre se había predicado.
Ellos eran los responsables al ser de Dios favorecidos. A ellos estaba reservado el rescate y el triunfo de la Iglesia. Ellos tenían todos los elementos que humanamente Dios necesita para que, no solamente los traidores del Vaticano fueran expulsados, sino que el mundo volviera a Dios los ojos y así, fueran desenmascarados los enemigos de Jesucristo. A muchos parecerá asombroso, pero así lo dice claramente el Cap. 12 del Apocalipsis. Porque aunque eran muy pocos, por sabido se calla que el número nunca ha importado para hacer triunfar la causa de Dios cuando hay verdadera Fe y verdadera Caridad.
Pero sucedió completamente lo contrario. Los fieles de las nuevas catacumbas, se dividieron, hablaron unos contra otros, destruyeron intencionalmente la Caridad, se enemistaron, provocaban muchas veces lo que condenaban, se dejaron manipular por intereses ajenos a la Iglesia. Encontraron un modo de vivir sin problemas y se escudaron en la promesa de Cristo que debe salvar a Su Iglesia aún contra una Iglesia dividida y decapitada. Y en el momento que con consciencia negaron la urgencia de la unidad bajo el Pastor común, contra la Doctrina clara, sostenida e incuestionable, y no solamente negaron, sino que impidieron con todos los medios al alcance, o se burlaron y condenaron cualquier intento, se desligaron voluntariamente de esa cabeza, y la Iglesia fue decapitada. La muerte de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, que bajaba al sepulcro como el Cuerpo del Redentor, por obra de Su pueblo traidor y soberbio.
Quisiera yo pensar de otra manera, pero los hechos de los que he sido testigo, que mis ojos han visto, no me engañan ni han engañado a los pocos que han experimentado con dolor estas experiencias amargas, que no pueden ser imputadas a una totalidad mucho menos si desconocen muchas cosas.
No puede negarse que hubo infiltraciones y hubo también quienes intencionalmente provocaron esta situación, pero ¿esto es motivo para exculpar a los demás?. Es innegable que algunos trepadores no solamente con intenciones adversas, sino por soberbia, por avidez de poder y reconocimientos arribaron al episcopado, pero, el ver ahora, cómo ha sido posible paralizar a todos, cómo ha sido posible engañarlos, cómo ha sido posible desviar sus ojos a otra parte, cómo ha sido posible aislarlos y ocultarles, es la clase de pensamiento que recuerda la profecía de Daniel sobre el quebrantamiento completo del pueblo de los santos. Y ese es el momento, dice Daniel, en que han de acontecer todas las cosas del fin. Santo Tomás de Aquino les llama "preámbulos", que no deben suceder al mismo tiempo.
En honor a la verdad, esta es una situación dolorosa que nunca he comprendido cabalmente. Es el "influjo" de Satanás, es el misterio de iniquidad llegado al colmo, por el que sabemos, ciertamente que la Iglesia ha de resucitar para asumir el triunfo definitivo, la Palabra de nuestro Señor está comprometida, pero el mundo ha de ser destruido. "La Iglesia será quitada", decía San Victorino mártir, y este momento nos anuncia la proximidad inminente. Pero previamente, tendremos que sufrir una terrible purificación, para que sea posible salvar a los más posibles. Porque si el hombre ya se niega a actuar, si hace prevalecer su opinión, su prudencia o conveniencia, su soberana voluntad, su civilización, entonces ya no tiene Dios que mantenerlo en este mundo. De Dios nadie se burla.
Bien entonces, que no se haya revelado a todos, todas las cosas para que las manipulen, y para que no se actuara por la urgencia de ese conocimiento, sino por amor a la Iglesia y a la Palabra; bien que no se haya revelado la presencia del Anticristo, sino sólo a unos pocos; bien que no haya la persecución material que tanto nos afecta a los humanos que vemos las cosas de la materia antes que las del espíritu, para que se descubriera con los ojos de la Fe y de la Caridad, una mucho peor; bien que todas las señales que estamos viendo pasen inadvertidas para no actuar en razón de ellas; bien que aparentemente no urgiera la unidad y la elección del papa, para probar la fidelidad a la Doctrina de aquellos que habían sido escogidos para revelarles la supresión del Sacrificio, que debía indicar otra serie de profecías que no pueden ser separadas; bien que todo así sucediera, para ver con claridad si todavía había diez justos en Sodoma.
¿Cuál es el futuro ahora, ante una "Iglesia" oficial, la del Vaticano de las cuatro bestias, sin esperanza de retorno, humanamente considerado, y una "Iglesia" de las catacumbas dislocada, decapitada, llena de opinadores que quieren hacer oír su voz como unas matracas, de directores, de juzgadores y fichadores de obispos, de pseudo-canonistas que embrollan todo lo que tocan, de pseudo-teólogos más papistas que el papa, de salvadores de la Iglesia pugnando todos en direcciones diametralmente opuestas, de prudentes, de suficientes, de quienes "todo lo envuelven en los pliegues de la bandera política", y un mundo horriblemente podrido, escandaloso, rebelde, de mentes cauterizadas, confuso y soberbio?.
¿Será ya el momento de callar, para escuchar la tormenta embravecida que se acerca, o es el de pugnar aún por la unidad, por la elección del papa, para que el resto fiel soporte los días de purificación y terror que vienen sobre este mundo apóstata de Dios?, ¿será que sea el momento todavía, porque todavía a alguien le importa, de denunciar las misas negras que se han efectuado sobre la tumba de San Pedro, las cruces negras invertidas en los ornamentos de Juan Pablo II que claramente vimos por las fotografías que transmitió la prensa en ocasión de su visita a nuestra Señora de París?, ¿será que todavía haya algunos pocos que se levanten por el honor de Jesucristo, desechando las palabras extrañas y seductoras de los demás?.
Quien haya leído el Cap. 24 del profeta Isaías que llamamos EL APOCALIPSIS DE ISAÍAS, porque habla de las cosas del fin del mundo, sabe que todos los acontecimientos de espanto que describe, tienen dos detonantes: la supresión del Sacrificio que él llama propiamente "Alianza", como lo llama nuestro Señor Jesucristo en los Evangelios (Luc. Cap. 22, v. 20), y la violación de la Ley de Dios. Ubicaba yo perfectamente el primero, porque todos sabemos que la reforma de Paulo VI es cabalmente la supresión de la Misa al alterar el entorno litúrgico que implica una intención (Apostolicae Curae del Papa León XIII), y al variar la esencia de las "formas" sacramentales tradicionales (Catecismo Romano. B.A.C. La Eucaristía. Pags. 456 a 460; Tratado de la Santísima Eucaristía. B.A.C. Gregorio Alestruey. Pags. 60 a 65; Sum. Theo. Forma de los Sacramentos, q. 3; Denz. 414, 415, 715; etc.). Pero, en cuanto al segundo, es decir, la violación de la Ley, todo me parecía confuso, insuficiente, lejos de la extrema claridad de una profecía bíblica cumplida. Así, buscaba yo en el cambio del Derecho Canónico, en el viaje de Juan Pablo II al Sinaí, y en otros hechos. Al fin, cosa increíble, a principios del mes de diciembre de 1997, la escritora Lucrecia Roper nos informa que desde 1992, existe un proyecto que se pretende implantar cuando mucho en el año 2,000, que elimina los Diez Mandamientos de la Ley de Dios, para que la humanidad toda, tenga otro código de moral: "Necesitamos un nuevo paradigma que cambie todo el sistema de ideas y de moral. El mecanismo que usaremos será el reemplazo de los Diez Mandamientos por los principios contenidos en la Carta de la Tierra". Así aseguró, dice la Roper, Mijail Gorvachev, quien trabaja activamente en el proyecto,que coadyuvan diversos gobiernos, millonarios judíos y la O.N.U. Y evidentemente el mismo Vaticano, porque quien calla, otorga, y en ningún momento hemos oído que levante su voz, contra esto.
Bien decía Leonardo Castellani, en una afirmación que parece profética, (El Apokalipsis), que San Juan menciona en su primera bestia, los atributos de las cuatro bestias de Daniel estrictamente a la inversa, porque el Anticristo ha de comenzar destruyendo al Cristianismo para llevar a los fieles al Paganismo. Y aunada a toda la obra de destrucción hecha hasta el día de hoy, la eliminación del Decálogo es el Paganismo.
Todo lo cual dá por resultado: apostasía de la Fe católica desde el Concilio Vaticano II; supresión del Sacrificio o Nueva Alianza, desde el fraudulento cambio de 1969; adulteración de otras formas sacramentales que priva a la Iglesia de sacerdotes y obispos válidos desde 1969-70; prostitución de todos los niveles de la sociedad y disolución total; apostasía de Dios de toda la humanidad que si bien ya sucede de hecho, de derecho se introducirá antes del año 2,000 con la implantación de la Carta de la Tierra que es una sustitución del Decálogo.
Rechazada la dependencia del derecho humano al derecho de Dios, negada toda sumisión a toda autoridad lo que sucede donde no está Jesucristo, alejada la sociedad y los gobiernos de Dios, aparece la indigencia moral, producto de la apostasía, aparece la lucha desesperada por el poder ilimitado que no reconoce ni respeta nada y que pretende dilatarse a costa de lo que sea y se vuelve al Paganismo. Se oscurece en los ánimos la luz de todo principio moral y se rechaza toda estabilidad y tranquilidad del orden cristiano interno y externo, privado y público que salvaguardan la prosperidad de las familias y de los Estados, ahogándose así la voz de la naturaleza, que aún a los ignorantes y a las tribus no civilizadas enseña lo lícito o ilícito, lo que es bueno o es malo, haciendo sentir la responsabilidad de las propias acciones ante Dios. Arrancados los mismos fundamentos de la autoridad que dá a unos el derecho de mandar y a otros la obligación de ser obedientes surgen las violentísimas agitaciones que están hundiendo todo en un profundo abismo de caos y desesperación.
Inmensos recursos emplean los enemigos del hombre y del catolicismo, jefaturados por las fuerzas del Infierno, en una acción perfectamente estructurada, largamente planeada, profundamente conocidas las columnas claves que sostienen todo el edificio, contra las cuales todos los recursos reunidos y en una sola dirección de todos los cristianos, son absolutamente impotentes e inútiles si no se tiene la ayuda divina. Ayuda divina que incuestionablemente se tiene, pero por los caminos marcados por Dios mismo y no por los que el mismo hombre desea.
Qué extraño resulta ahora ver que sabido perfectamente que la salvación de la Iglesia es la salvación del mundo, y que no estando Pedro, no existe la Iglesia, la Iglesia remanente reconociendo la usurpación del Trono pontificio mediante una vasta labor de siglos, mediante el empleo de poderosos recursos y agentes incondicionales, se niegue sistemáticamente a la elección papal, mientras se trabaja de muchas otras maneras, todas infructuosas para vencer a las fuerzas que se tienen al frente, confiando en promesas inexistentes y en ilusiones, antes que obrar con la urgencia que el caso requiere. Esto es lo que completa el cuadro trágico y pavoroso que estamos viendo. Y si a tiempo no se rectifica, sucederá aquello que el profeta Isaías decía: "Los desertores del Señor serán aniquilados" (1, 28).
Moisés y todos los profetas, enseñaron con claridad, que el pecado es una oposición no solamente a Dios, sino a una sola norma. Es un quebrantamiento a la fidelidad (Is. 1, 2-4), es un adulterio (Jer. 3, 20), es una actitud hostil, frente a la soberanía y a los requerimientos de Dios y de la Iglesia. Es una fuga hacia el engaño (Hebr. 3, 13), hacia la mentira (Sant. 3, 14; Juan 8, 44 y sigs.; Rom. 1, 25), hacia las tinieblas y confusión enemigas de la luz (Juan 1, 5 y sigs.). El pecado definitivo contra el Espíritu Santo es el separarse de Cristo, y el no querer actuar actualmente para tener al papa en la Iglesia, prefigura este pecado, aunque las apariencias sean otras, porque Cristo y el papa son una misma cabeza, y porque no solamente nos llamamos cristianos por Cristo, sino por la Piedra de la que no nos podemos separar. Cristo a través del papa, habla, gobierna y edifica Su Cuerpo místico. El pecado se caracteriza por ser una anarquía o insumisión de la ley, y no solamente en cuanto quebrantamiento exterior de una prescripción legal. Cuando el cristiano peca, pisotea al Hijo de Dios y reputa por inmunda la Sangre de Su Alianza (Hebr. 10, 26 y sigs.). Pero, ¿es absolutamente consciente el hombre, del tremendo significado y consecuencias de su acto?. Bien sabido es que ordinariamente, el pecador, aunque su pecado sea muy grave, no quiere primariamente la separación de Dios. Es llevado sin embargo por el amor engañoso hacia los bienes creados, y más exactamente, es llevado por el amor propio y por la apetencia a un bien aparente que su propia soberbia le presenta, su conveniencia o su sensualidad. La consciencia sin embargo, no deja de advertir que esa CONVERSIO AD CREATURAM implica la incompatibilidad con la amistad de Dios. Internamente se sabe que se renuncia al seguimiento de Cristo. La rebelión directa contra Dios, solamente constituye por la intención, una agravación del rechazo indirecto .
Se puede aplicar esto, con toda propiedad, al estado actual de cosas, pues quienes se niegan a veces a la elección del papa, quienes oponen contingencias, prudencias, conveniencias, no están directamente negando la necesidad del papa, y las doctrinas enseñadas por la Iglesia, pero indirectamente, lo mismo que el hombre que peca sin querer apartarse primariamente de Dios, y de hecho, se están revelando contra Dios y contra los dictados de la Iglesia, y están cerrando sus ojos a toda la devastación que ven por todas partes que viene de la falta de una cabeza. Pues saben perfectamente bien, sobre todo los obispos y los sacerdotes, que sin la cabeza, los fieles se dispersan, que sin la cabeza, los obispos se convierten en una masa confusa y perturbada, como decía León XIII, que sin la cabeza, la herejía surge tarde o temprano, y más bien temprano que tarde, y que sin la cabeza no hay Iglesia, porque donde no está Pedro, no está la Iglesia.
Sienten con esta actitud indirecta salvar su ortodoxia, salvar su jurisdicción, ofrecer al pueblo una seguridad doctrinal y llegan a sentir que su actitud aunada con su trabajo apostólico está salvando y conservando a la Iglesia por lo que Dios debe actuar no solamente en razón de su entrega, de su trabajo y de su doctrina, sino principalmente por la Palabra comprometida de Jesucristo. Pero no es así, porque engañados, no están haciendo lo necesario en este momento de extremísima necesidad. Por esto, San Agustín decía que el pecado es "pensamiento, palabra y obra", y la acción o la omisión pecaminosa, es la denegación a Dios del honor que le es debido (Rom. 1, 21). Hay también en muchos, una evidente confusión. La confusión es falta de luz, es decir, oscuridad. Y la oscuridad es enemiga de la luz (Juan 1, 5 y sigs.). La confusión es enemiga de la salvación. San Pablo habla de los confusos como hombres que "siempre están aprendiendo, sin lograr jamás llegar al conocimiento de la verdad" (II de Tim. 7, 3). Estos no tienen Fe porque la Fe suple lo que no se entiende o lo que no se conoce, ni tienen humildad, porque han de averiguarlo todo, saberlo todo, no confían en nadie, más que en su parecer soberano. "Para los contaminados y los que no tienen Fe, nada es puro, porque tienen contaminada su mente y su conciencia" (Tito 1, 15). Estos, están descuidando el celo ardiente por el Reino de Dios y por el establecimiento del orden cristiano en todo el mundo, conforme a los deseos de Dios, para limitarse, lo cual les resulta peligroso, a la mera purificación, a la salvación personal, o al beneficio de la parcela que se atiende, cuando el momento obliga a acciones más universales y trascendentes. Los santos contemplativos y de grandes penitencias, dejaron sus claustros y sus prácticas, para sumarse a la lucha exterior, cuando la Iglesia estaba en peligro. Y fueron al mundo y vencieron.
¿No es un verdadero contrasentido predicar, y al mismo tiempo ser infiel a lo que se predica?, ¿predicar la ocupación del Trono sagrado de San Pedro por antipapas, al mismo tiempo que se niega con las palabras o con las obras la necesidad del papa?. ¿Cómo se explica en los seminarios a los espíritus jóvenes en formación, la doctrina de la necesidad constante del magisterio papal, condicionándola al mismo tiempo a contingencias, a conveniencias o a pareceres humanos?, ¿cómo se evita que los fieles se acostumbren y aprendan que no siempre es necesario Pedro?. O se calla la doctrina, o se condiciona, y así se enseña herejía. Se olvida que la ley de la oración determina la ley de lo que se cree. Entonces, ¿es necesario siempre el papa, según el dogma, en todo tiempo, sin interrupción, o no es necesario?, ¿se debe elegir a Pedro inmediatamente en situación de sede vacante, o se puede por diversas circunstancias dilatar la elección?, ¿y quién dirá cuáles son esas circunstancias?, ¿hasta cuánto?, ¿quién dará esa norma?, ¿se puede negar o condicionar el Dogma del Concilio Vaticano I sobre la perpetuidad del pontificado que Dios no opera como por arte mágica sino que el hombre es el que está obligado a conservarla?, ¿no es el momento de obrar para demostrar que se cree lo que se confiesa con la palabra?, ¿se negarán las innúmeras doctrinas sobre la unidad absoluta, que solamente se logra estando Pedro, y sabido esto, se continuará manteniendo la división en la Iglesia con verdadera protervia herética?, ¿si en ciertos momentos sobre todo en los de crisis, es necesario esperar para elegir, cuándo es necesario Pedro entonces?, ¿no se puede pensar y con toda razón que esta actitud casi completamente general, entraña una terrible herejía?. Actualmente la inacción implica una actitud cismática y herética evidente. ¿Cuánto formal, y cuánto material después de expuesta la Doctrina?.
Muchos esperan un milagro, ¿sucederá?. Muchos esperan ya a Elias y a Enoc para que les diga cuándo elegir, y hasta para elegir ellos mismos, ¿no saben que las Escrituras dicen que no solamente no serán por todos conocidos, sino que se burlarán de sus doctrinas y serán considerados fastidiosos?. Otros quieren una mayor cantidad de obispos y sacerdotes, ¿cuántos?, ¿cómo se pondrán de acuerdo en ese número?, ¿en cuanto tiempo tendremos una supuesta cantidad que nadie conoce, si en cuarenta años apenas existen como cuarenta obispos aproximadamente?, ¿estaremos sin papa doscientos años?. Se esperan también otras circunstancias, otras situaciones, otros momentos más adecuados, ¿están ciegos que no ven que las cosas cada vez están peor y más complicadas, que la herejía por todas partes se está introduciendo en las filas tradicionalistas?, ¿no es evidente, doctrina de la Iglesia, que el tiempo que transcurra esperando esas cosas destruirá la Doctrina ortodoxa que queda y entonces tampoco sera posible la unidad y la elección de Pedro?. Pero tampoco dicen qué es lo que hay que esperar para esperarlo, ni aseguran que todos estarán de acuerdo en haber reconocido el tiempo adecuado. Otros quieren que en el mismo Vaticano surja la solución, y que por arte de magia, los apóstatas que allí pululan se vuelvan ortodoxos y que desaparezcan todos los infiltrados que por años fueron llegando a las cumbres de los mandos eclesiásticos. Y creo que estos son los más ilusos. Esperan entonces acontecimientos en Roma y hacen depender a la Iglesia remanente de la influencia del Anticristo.
Todo esto, es pura ilusión, todo esto es soslayar, todo es dejarse manipular. Todo soberbia, todo cobardía, todo interés personal. ¡Que cosa más insulsa y que argumentos más inválidos hemos llegado a oír, insulsos e increíbles!. Lo más seguro, sigue siendo, sin embargo, lo que la voz de la Iglesia dice y que nadie quiere atender: en sede vacante, lo más importante y sagrado es elegir inmediatamente.
En cierta ocasión, alguien me dijo: "Si elijen pocos, nadie lo va a reconocer", y le contesté: "¡Hombre, y qué nos importa!. El número no legitima. Dios no necesita la aprobación de todos los obispos y sacerdotes tradicionalistas que existen, y mucho menos la aprobación o reconocimiento de uno o de cien líderes firuletes".
¿Qué se puede esperar ahora ante esta situación pavorosa?, afuera no hay Fe, y los que creen tenerla, aunque sin culpa porque han sido engañados, no nos sirven absolutamente para nada. Y dentro no hay Caridad. No hay unión. ¿Qué sucederá ante el abandono de la Iglesia remanente, de la tremenda responsabilidad?, ¿será posible que haya todavía quien dé oídos a las primordiales necesidades de la Iglesia y de las almas que se están perdiendo?.
Los verdaderos pastores, obispos y sacerdotes, y los verdaderos laicos cristianos, todos aquellos que sólo buscan el honor de Jesucristo, abandonarán su actitud cismática, y aún contra su conveniencia o seguridad personal, se unirán a los pocos que ahora desean que Pedro los gobierne, que el santo padre esté de nuevo en el mundo para hablar la Palabra de Jesucristo que ahora enmudece, y para ser llevados infaliblemente al puerto de la salvación. Porque saben que no hay nada más importante que la salvación de la Iglesia y la lucha por el honor de Jesucristo. Y saben también que aunque pequeños ante el inmenso poder de los enemigos, han de pelear con la fuerza de Dios, que extenderá Su Brazo poderoso para llevarlos al triunfo. Dejarán entonces que los muertos entierren a sus muertos, pero no dejarán de orar por todos.
Y estarán conscientes, que al abandonar los quistes vergonzosos que el Gobierno Mundial les ha permitido para subsistir un poco de tiempo para luego diluirse y desaparecer, caerá sobre sus cabezas todo aquello que las sagradas Escrituras anuncia para los verdaderos seguidores de Jesucristo.
Porque vivir píamente en Cristo y hacer Su santísima Voluntad, indudablemente es ser perseguido (II Tim. 3, 12), porque es quedar expuesto a la ira de Satanás y sus corifeos; no debe ser cosa ignorada lo que Cristo dice: "Bienaventurados seréis, cuando os aborrecieren los hombres, y os aparten de sí, y os ultrajen, y desechen vuestro nombre como malo, por el Hijo del Hombre" (Luc. 6, 22); "seréis aborrecidos de todos por mi nombre" (Marc. 13, 13), (ABORRECER, según el diccionario de la lengua: tener horror, odio y aversión a una persona o cosa. Detestar, aburrir, fastidiar o molestar); "bienaventurados sois cuando os maldijeren, y os persiguieren, y dijeren todo mal contra vosotros mintiendo, por mi causa" (Mat. 5, 11); "seréis aborrecidos de todos, por mi nombre" (Mat. 10, 22); "el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo" (Juan, 17, 14); "si el mundo os aborrece, sabed que a mí me aborreció primero que a vosotros" (Juan, 15, 18); "viene la hora en que cualquiera que os mate, pensará que hace un servicio a Dios" (Juan, 16 , 2 ).

Entenderán aquello que el Dr. Homero Johas dice en su artículo LA IGLESIA Y "EL PAPA MATERIALITER": "La consagración de Obispos puede ser un remedio pasajero hasta la elección de un verdadero papa y no un remedio ligado a la vacancia perenne, a la doctrina de la perenne acefalia de la Iglesia", porque si la salvación y la reestructuración de la jerarquía que incluye al papa no se pugna, no se justifica en lo absoluto la aplicación de la Epiqueya en este caso de extrema necesidad y se es reo de violar la ley canónica. Porque en la Iglesia, "nada se confirió independientemente de Pedro" (Satis Cognitum, 36. León XIII). Y así, no tiene razón de ser nada de lo que se está haciendo aisladamente y fuera de lo que la Iglesia misma manda.
Que "el poder de elegir la Cabeza suprema de la Iglesia, (Johas), existe siempre en la Iglesia, JURE DIVINO, por la misma Constitución divina de la Iglesia. Este poder puede ser regulado en su ejercicio por el Derecho humano papal, pero no puede ser eliminado o impugnado por el Derecho humano, so pena de ser norma nula. Faltando el Colegio de Cardenales, los electores designados humanamente "non est dubitandum quin Ecclesia possit sibi provideri de Summo Pontífice" (no se puede dudar que la Iglesia puede proveerse de Sumo Pontífice) escribe Vitoria, porque "de otro modo existiría la vacancia perpetua en aquella Sede que debe durar perpetuamente". "Illa potestas est communis et a tota Ecclesia debet provideri" (dicha potestad es común y debe ser provista por toda la Iglesia) (Recol. 18). "En caso de necesidad el poder superior desciende al poder inmediatamente inferior" porque "esto es indispensable para la sobrevivencia de la Sociedad y para evitar las tribulaciones de la extrema necesidad" (Billot, De Ecclesia Christi). Lo que es de necesidad de medio para el fin para el cual existe la Sociedad está por encima de lo que es de necesidad de precepto para el ordenamiento de los actos sociales". Porque, "El medio CANÓNICO en cuanto Derecho meramente humano, no es el ÚNICO MEDIO jurídico en casos de necesidad. La intención del legislador humano en la Iglesia, no intenta impedir lo que es de necesidad por Derecho Divino. La designación humana de electores papales, no intenta impedir la necesidad de elecciones papales, sino solamente ordenar el modo de elegir ya que Cristo no dejó leyes electorales".
"El objeto de la Fe, enseña Pío XI, no puede tornarse oscuro e incierto, también dice Johas, al punto de que sea necesario tolerar opiniones opuestas" (Mort. ánimos). Pero los que apartan la Cabeza visible de la Iglesia, IPSO FACTO obscurecen para sí, la Iglesia visible y terminan como una "jerarquía de comparsas" y "obispos sin jurisdicción, acéfalos".
"Ante los males presentes, termina el Dr. Johas, recordemos: Dios no quiere que acontezca el mal porque es Santo; tampoco quiere que no acontezca, porque en ese caso no ocurriría; pero quiere permitir que acontezca, para prueba de unos y libre condenación de otros. Por lo tanto, haciendo lo que se debe hacer, adoremos la Voluntad divina y digamos el FIAT VOLUNTAS TUA ante tal prueba en la cual vemos caer a unos a la izquierda y a otros a la derecha".
Quiera Dios clemente, que los sentimientos no se hayan atrofiado por una voluntad árida y sin emociones por el cumplimiento del deber, y que por lo menos algunos abran los ojos, para que sin respetos humanos y desnudos de cualquier interés mundano, con Fe y con Caridad, en esta hora dramática, revivan a la que ha muerto habiendo sido decapitada. Si mis escritos han de contribuir para esto, he de darle gracias a nuestro Señor y a Su gran Madre, nuestra santísima Virgen María.
+ MONS. JOSÉ F. URBINA AZNAR.
LAUS ET GLORIA

domingo, 7 de noviembre de 2010

LA ABOMINACIÓN DE LA DESOLACIÓN

"Y de él surgirán fuerzas que profanarán el santuario y abolirán el Sacrificio perpetuo y establecerán la Abominación de la Desolación" (Dan. 11,31).
Fue para mí una revelación sorprendente, dada la presente situación eclesial, cuando leí, por primera vez, el comentario del Card. Billot, s.j., a los versículos de Daniel, que hacen referencia a la supresión del Sacrificio perpetuo. Era citado en la obrita de Gabrielle Rochon "L'INFAME TRAHISON" (Montréal, 1980, págs. 22-25). Posteriormente, lo volví a leer en su contexto de la Obra completa del Card. Billot "LA PARUSIA", publicada en EINSICHT, en noviembre de 1987.
A partir de aquel momento quedó perfectamente claro, con un golpe de luz deslumbradora, aquel versículo de San Mateo (24,15): "Cuando veáis puesta en el lugar santo la Abominación de la Desolación, la anunciada por el profeta Daniel (el que lea entienda)". O el paralelo de San Marcos: "Cuando veáis la Abominación desoladora, puesta donde no debiera estar (el que lea entienda)" (13,14).
Los comentarios que conozco las aplican a la destrucción de Jerusalén y a la profanación del templo.
Debido a la impresión que me causó el Comentario del Card. Billot, por encajar tan bien en las presentes circunstancias, intenté remontar la corriente de la Tradición, para ver lo que la misma nos dice sobre el tema, ya que el Card. Billot no aporta citas, ni hace alusión alguna a la Tradición.
Cristo nos dice que el que lea entienda; esto es, que debemos esforzarnos en penetrar su sentido. Con esto se nos avisa que, contra todas las apariencias, el sentido no debe ser tan somero, ni tan obvio, como el que nos ofrecen comúnmente los comentaristas. Cristo nos remite al profeta Daniel. Se impone el deber de consultarlo. Cuando Cristo lo cita, es porque indudablemente nos dará la clave para su comprensión. Esto es lo que hace el Card. Billot, en su Comentario.
En efecto, Daniel pone en íntima conexión, en varios pasajes, la Supresión del Sacrificio perpetuo con la instalación de la Abominación de la Desolación. Véase, además de la cita introductoria, Dan. IX,27 y XII,11. Sólo en el cap. VIII se habla de la supresión del Sacrificio cotidiano, sin hacer mención expresa de la Abominación de la Desolación: "Y creció hasta el mismo Jefe del Ejército y fue por él suprimido el Sacrificio cotidiano y derribado el lugar del Santuario" (Dan. VIII,11). Aquí tenemos los datos del profeta Daniel, al que Cristo nos remite.
Los comentaristas que he leído, refieren esto exclusivamente a la persecución de Antíoco y a la colocación de la estatua de Júpiter Olímpico en el Santuario, o a la profanación de Jerusalén por las tropas romanas, sin referirse a su significado profundo, pero los sucesos del Antiguo Testamento eran sólo "Umbra futurotum", como nos dice San Pablo; o sea, imagen, figura o símbolo de una realidad mesiánica futura.
Según se puede deducir de los lugares del Antiguo Testamento, donde se habla de la Abominación de la Desolación (por ejemplo, I Mac. 1,47; 50, 57 y II Mac. c. 6), la Abominación de la Desolación no es otra cosa que la sustitución del verdadero culto de Dios por un culto falso, ofrecido a los ídolos, o la profanación del lugar sagrado. De ahí, la íntima relación entre la supresión del Sacrificio perpetuo y la Abominación de la Desolación.
Esto quiere decir que, al aplicar Cristo a una profecía suya, la profecía de Daniel, la supresión del Sacrificio perpetuo (o lo que es igual la supresión del Santo Sacrificio de la Misa) estaba ya evidentemente profetizada en el Antiguo Testamento; pues, el único Sacrificio Perpetuo, a partir del Sacrificio del Calvario, cuando quedó abolida la antigua alianza y establecida la nueva y eterna, es el SACRIFICIO DE LA MISA. No hay otro. Todo esto lo explica y aplica muy acertada y exactamente el Card. Billot, en su citada obra.
Conclusión. Abominación de la Desolación es igual a la supresión del verdadero culto de Dios, a la supresión del Sacrificio perpetuo. Es así que el único Sacrificio perpetuo, cuando Jerusalén fue tomada por las tropas romanas y fue destruido el templo, era el Sacrificio de la MISA, luego lo que se profetizó es que la MISA, la OBLATIO MUNDA, que le sería ofrecida a Dios, desde la salida del sol hasta el ocaso, habría de ser abolida. Esto es lo que sucedió con la promulgación del Novus Ordo Missae (N. O. M.). Esto es lo que consta en la Sagrada Escritura. Pero es preciso bucear en la Tradición para ver como interpreta esta profecía.
Es una lástima que el Card. Billot no cite la Tradición. Gabrielle Rochon apostilla así a las conclusiones del Card. Billot: "Explicaciones enteramente de acuerdo con los Santos Padres de la Iglesia y toda la tradición apostólica de la Santa Iglesia Romana" (p. 22). Pero no aduce ningún testimonio de la misma. Estaba persuadido de que la exégesis del Card. Billot se tendría que basar en la Tradición; pero, ¿en qué grado?
Procuré rellenar la laguna dejada por el Card. Billot. Era consciente de las dificultades que la empresa entrañaba para mí, por no ser especialista en la materia, por mis ocupaciones profesionales y por no tener cómodo acceso a las fuentes desde el medio en que se desenvuelve mi vida. Sin embargo, esta idea obsesiva me hacía no cejar en el empeño. El primer material testimonial al respecto, me llegó a través de la Revista EINSICHT. Era una cita de San Alfonso María de Ligorio, cuyo tenor es: "Satanás suprimirá el Sacrificio de la Misa, y eso se llevará a cabo a causa de la falta de fe de los hombres" ("Zerstörung der Hl. Messe in N. O. M.", de Visser, Einsicht, febrero 1985).
Posteriormente, leí otro testimonio, citado por el abate Zins, de San Jerónimo: "El Anticristo abolirá el ejercicio público del único verdadero Sacrificio del altar" (V. S. Jer. "in Danielem 12,11. SUB TUUM PRAESIDIUM, n° 3, 2° Trim. 1986, p. 34). Esto era ya sumergirse en las fuentes de la Tradición, en la Patrística. Pero... tenían que existir más. La expectativa quedó satisfecha, al adquirir la obra del Padre Antonio Orbe, s.j., "La Teología de San Ireneo" (B. A. C, Madrid, 1988).
Por otra obra, me he podido enterar que San Ireneo, testigo casi de primera mano de la Tradición Apostólica, afirma que el Santo Sacrificio de la Nueva Alianza será desterrado por obra del Anticristo. "Deinde et tempus tyrannidis ejus significat, in quo tempore fugabuntur sancti qui purum sacrificium offerunt Deo." O sea: "Más tarde indica el tiempo de su tiranía, cuando serán perseguidos los santos que ofrecen a Dios el sacrificio puro" (1. V, 25,4). Oigamos los comentarios del p. ORBE. "En ese tiempo los santos serán perseguidos y desterrado el sacrificio puro a Dios". "Está claro —dice— lo que Ireneo entiende por la persecución y fuga de los santos «qui purum sacrificium offerunt Deo». Cesará con el Anticristo el Sacrificio Puro, la Eucaristía dilatada por todo el mundo entre las gentes para glorificar el nombre del Dios Creador. ...La Eucaristía será, según Daniel (9,27), eliminada durante los tres años y medio de tiranía. Contra ella se cebará singularmente el odio del Anticristo por ser el sacrificio más fructuoso para el hombre..." (O.c. III, p. 45-48).
El mismo autor apoya su interpretación, citando a otros Padres. San Hipólito: "Sobrevenido él, desaparecerá el sacrificio y la libación que, ahora, en todas partes es ofrecida a Dios por las gentes." ("De Antichristo", 64 initio; y, sobre todo, "In Danielem", IV, 49,3). Citado en la pág. 49.
Y del Pseudo-Hipólito dice que, en su obra "De consummatione mundi" (c. 34), se hace eco, de manera ingenua, de la Eucaristía ausente en los días del Anticristo (p. 48).
Riquísima información que confirma la exactitud de la exégesis del Card. Billot. No obstante, seguí indagando, por si encontraba algo más y efectivamente, leyendo el Comentario "In Danielem" de Teodoreto de Ciro, encontré este elocuente e inequívoco testimonio de la Tradición: "Abominationem autem desolationis vocat Antichristum, mutationem continuitatis ecclesiastici cultus, ordinem ab illius infamia et rabie dissipatum et ABOLITUM." (Theodoretus de Cyro, "In Danielem", Oratio X, circa finem.) "Llama Abominación de la Desolación al Anticristo, al cambio o alteración de la continuidad del culto eclesiástico, y al orden interrumpido y ABOLIDO por su perversidad y furor". Según lo interpreta Teodoreto se puede aplicar a la ruina de toda la estructura eclesial, llevada a cabo por Pablo VI, haciendo auténticas mutaciones en la Misa y en la Liturgia sacramental.
Vemos, pues, que la Tradición autoriza plenamente la exacta y clarividente exégesis del Card. Billot. "El culto de Dios —dice— dejará de ser celebrado, al menos públicamente... En una palabra: El Sacrificio de nuestros altares será proscrito, en esos terribles días; en
todas partes será prohibido, salvo lo que se pueda hacer en la sombra subterránea de las catacumbas..." O sea, algo similar a lo que les sucedía a los primeros cristianos en tiempo de persecuciones, o a lo que ha estado sucediendo tras el telón de acero, por ejemplo, en la Iglesia clandestina en Checoslovaquia. Discrepo en cuanto al modo concreto como concibe el Card. Billot en que se llevaría a cabo la supresión del Sacrificio perpetuo. Está visto que las profecías, antes de su cumplimiento, son todas equívocas, según proclamó Pascal.
En cambio, hay testigos de la Tradición que sorprenden por hacer uso, para expresar el hecho de la desaparición del Sacrificio perpetuo, de un verbo de valor estrictamente jurídico: ABOLIR. Así San Jerónimo y Teodoreto. Ese es el verbo que ofrecen en su traducción española, Bover-Cantera y Ediciones Paulinas, en los versículos de Dan. 11,31 y 12,11; así como la Biblia de Jerusalén, en el versículo 11,31: "Abolirán el Sacrificio cotidiano..." He aquí, como se expresa la versión de los Setenta, en el versículo 31, del capítulo 11: "Kai metasté-sousin ton endelejismon". El verbo "methistemi" significa, entre otras cosas, cambiar, sustituir, mudar, transformar; los cuales, más que un simple abolir, derogar o abrogar, connotan algo más, se trata más bien de OBROGARE, en latín, que significa derogar o anular una ley, sustituyéndola por otra. Obrogare, según la definición de los juristas romanos, "est legis prioris infirmandae causa, legem aliam ferré", o sea, consiste en promulgar una ley para anular otra anterior. Esto es, en realidad, lo que se ha conseguido con la promulgación del N. O. M.
De todos modos, una palabra clave, para entender el modo de llevarse a cabo la supresión del SACRIFICIO PERPETUO, es un verbo que tenga sentido jurídico, ya que abolir, derogar, abrogar u Obrogar, o sea suprimir legalmente, sólo lo puede hacer el Legislador. Otro procedimiento sería obrar contra Derecho y no dejaría de tener sus oponentes encarnizados que, pública o clandestinamente, se alzarían en contra de la intromisión injusta del tirano, como sucedió durante la dura época de las persecuciones primitivas y en todas las demás que ha habido a lo largo de la historia. De este modo no cesaría la celebración del Sacrificio Perpetuo; en tanto que la profecía de Daniel da por suprimido el Sacrificio Perpetuo.
Veamos. Resulta que la supresión del Santo Sacrificio Perpetuo —el Rito canonizado por un Concilio y un Papa, que lo fijó a perpetuidad bajo terribles anatemas— quedó oficialmente decretada el día en que se promulgó la CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA "MISSALE ROMANUM" por Pablo VI, el día del Jueves Santo —justamente— 3 de abril de 1969.
Sí, así de una manera tan simple y tan poco estridente, logró Satanás que quedara suprimido "LEGALMENTE" el Santo Sacrificio Perpetuo. A esta supresión se plegaron, de momento, más del 90 % de los sacerdotes. En la actualidad, no quedará ya ni siquiera el 1 % que celebre el auténtico Sacrificio Perpetuo de la Nueva Alianza.
Para comprender la eficacia absoluta de esta abolición hay que fijarse en el caso de los 6.000 sacerdotes españoles —un 25 % aproximadamente de los sacerdotes de entonces— de la Hermandad Sacerdotal Española de San Antonio María Claret, que en carta, dirigida a BUGNINI, se negaban a celebrar según el nuevo rito del N. O. M., con estas palabras: "Nosotros sacerdotes católicos no podemos celebrar una misa, de la cual M. Thurian de Taizé ha declarado que podía celebrarla sin dejar de ser protestante. LA HEREJÍA NO PUEDE SER JAMAS MATERIA DE OBEDIENCIA (subrayado mío). Pero esta brava actitud se quedó en agua de borrajas. Bastó que alguien les insinuara que se trataba de una ley proclamada por el Papa, y que si no celebraban según el nuevo rito, desobedecerían al Santo Padre, para que la fortaleza de los santos quedara quebrantada (Dan. 12,7), para que toda su enérgica voluntad de oposición a la herejía se enervara y quedara deshecha cual terrón de azúcar en agua hirviente.
¡Qué fácil lo sabe hacer Satanás y cómo cumplió perfectamente la profecía de Daniel! Se alzaron los sacerdotes españoles contra Bugnini, pero se plegaron ante la ley del presunto legislador. Eficacia suma.
Aquí, en la destrucción de las estructuras multiseculares de la Iglesia, llevada a cabo por el Vaticano II y por los "papas", a partir de Juan XXIII, manifestó el Anticristo su vigorosa potencia, realizando destrucciones prodigiosas, con toda prosperidad, exterminando a los fuertes y al pueblo de los Santos, verificando la aniquilación con tal suavidad que no se advierte (Conf. Dan. 3, 25-26; Ap. 13,7).
Si bien la supresión o derogación del Sacrificio Perpetuo y de todo el Orden eclesiástico carece de legitimidad, sin embargo, tiene visos de legalidad y cubre todas las apariencias. Es la jugada maestra de Satanás, que no realiza por sí, directamente, como creía San Alfonso María de Ligorio, ni tampoco el Anticristo, como pensaba San Jerónimo. Satanás se valió para ello de la segunda Bestia, que con aspecto de cordero habla el lenguaje del Dragón (Ap. c. 13).
Repito que es la obra maestra de Satanás, astucia insuperable, capaz de engañar —si ello fuera posible— incluso a los mismos elegidos (Mat. 24,24).
Parece ser que Daniel y San Juan se quedaron cortos en la expresión de la trágica realidad que intentaban pintarnos y no por otro motivo, sino por las deficiencias del lenguaje humano. Por eso, tuvieron que echar mano de esas macabras visiones, con el fin de impresionar nuestra imaginación. Son imágenes espantosas, terroríficas, en su expresión lingüística; pero quedan sobrepujadas por la profunda realidad. La realidad es mucho más desgarradora; sólo que al ser de orden espiritual, la humanidad no se percata de la misma. Eso es lo malo; lo verdaderamente terrorífico, que tenía que provocar lamentos más desgarradores, que los que le inspiraron a Jeremías la ruina de Jerusalén.
¿Es posible que esto no lo vea el 99 % de la Humanidad? Por eso, pudo interrogarse, con razón, el divino Maestro: "¿Cuando venga el Hijo del Hombre, acaso encontrará la Fe en la tierra?" Subrayo el artículo, pues —no sé por qué— las versiones en lengua vulgar suprimen dicho artículo, que consta en el original griego. Se trata de la Fe objetiva, la cual quedaría como eclipsada ("La Iglesia quedará en tinieblas", se nos anuncia en el mensaje de la Salette), aun en aquellos que subjetivamente no la hayan perdido, sin saber en muchos puntos a qué atenerse, llenos de confusión y turbación, como se puede observar en los diversos grupos "tradicionalistas". Sucede como durante la Pasión de Cristo, en que se produjo la desbandada.
¿Qué explicación se podría dar a esta ceguera espiritual? Indudablemente, una de orden sobrenatural, de castigo por nuestros pecados, por falta de amor a la Verdad, que nos podría salvar (Tes. II, 2, 10).
Esta ceguera, tiene, además, una base psicológica, en combinación con los misteriosos y adorables designios divinos, que sería interesante investigar.
Ya dijo Pascal que, en las cosas de Dios, hay luz suficiente para los que no desean sino ver; así como también la suficiente oscuridad para los que tienen la disposición contraria. De este modo, no se pierde el mérito de ver, ni la responsabilidad del rechazo.
Ese lado oscuro lo es mucho más, cuando se trata de profecías antes de cumplirse. "Las profecías son equívocas; sólo después de su cumplimiento desaparece la ambigüedad" (Pascal). Pero sólo hasta cierto punto —añado yo—. El lado oscuro permanece, según el principio de Pascal, enunciado más arriba.
Pero, al intentar dilucidar esto, tengo que terminar aquí el presente artículo, ya que ello ofrece materia para otro.
Tomás Tello Corraliza