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miércoles, 27 de marzo de 2013

LA SANGRE DEL REDENTOR

Per propium sanguinem
(Hoebr. IX).

     Cristo nos redimió con su sangre.
     Murió en un cruento patíbulo para que nosotros, los pecadores, tuviésemos vida inmortal y dicha eterna.
     San Pablo hace la apología de los méritos infinitos de la Victima Divina, comparándolos a los sacrificios que el pueblo israelita ofrecía en los altares de Jehová.
     Meditemos brevemente en la sangre de Jesús.
     A).—Sangre inocente, no inoculada por el veneno del pecado; sangre Divina que, aunque corría por las venas del hombre, tenía en su oblación y en su derramamiento méritos infinitos que el Señor nos aplicó al morir.
     Sangre que corrió una vez sobre el Calvario y que continúa derramándose en la Eucaristía cuando se celebra el santo sacrificio de la Misa.
     Sangre Inmaculada que el Niño recibió de su Madre Virgen y que tiene encantos de belleza incomparable.
     Sangre de la cual brotó la Iglesia Católica al morir su Divino Fundador.
    Sangre que dió y dará a los mártires de todos los siglos valentía y heroísmo para la inmolación.
     Sangre que ha hecho santos a las almas escogidas que viven y mueren por Dios.
     Sangre fecunda que fertiliza el corazón de los buenos, les infunde heroicidad y abnegaciones admirables.
     Sangre que convierte al pecador, lo lleva hasta el redil del Pastor sacrosanto y le predica el amor divino de Jesús.
     Sangre que es pureza de las vírgenes, candor de los inocentes, sabiduría de los doctores, inspiración de los genios, fortaleza de los luchadores, consuelo de los infortunados.
     Sangre que reconcilió el cielo con la tierra, que nos trajo la santidad y que nos llevará a los alcázares de la Dicha Eterna.

     B).—Sangre    Redentora.—La Sangre de Cristo fue sangre divina por la unión hipostática de la naturaleza humana a la persona divina del Verbo.
     Sangre que era del cuerpo humano, pero que pertenecía a la Persona Divina.
     Por eso nos reconcilió con Dios.
     Por eso satisfizo a la justicia infinita.
     Por eso nos lavó, nos regeneró, nos hizo capaces de llegar a la Bienaventuranza Eterna.
     Redención significa volver a comprar. Pues eso se verificó en el orden religioso y sobrenatural con nuestras almas: fueron compradas por la sangre preciosísima de Jesucristo. (I Pet. I, 18 - I Cor. VI, 20).

     C).—Sangre    Santificadora.—La Sangre de Cristo corre por sus venas a impulsos de su corazón. Corazón y sangre viven actualmente, no sólo en el cielo, sino en la Eucaristía.
     Allí palpita la sangre adorable y santísima de Jesucristo. Pero no es sólo sangre santa, sino santificadora. Quiso Cristo hacer de su Cuerpo y de su Sangre un Sacramento, el más santo de todos. Por esto lo llamamos el Santísimo Sacramento. Al recibirlo nos aumenta la gracia, nos santífica más y más y nos perfecciona.

martes, 26 de marzo de 2013

LA EUCARISTÍA

    "Mientras comían, Jesús tomó 
el pan, lo bendijo, lo partió y,
 dándoselo a los discípulos, dijo:
Tomad y comed, éste es mi cuerpo. 
Y tomando una copa y dando gracias,
se la dio diciendo: 
Bebed todos de ella, 
que ésta es mi sangre..."
Mat. XXVI, 26-28 

     ¡Horas solemnes estas de la noche del Jueves Santo! ¡Horas llenas de Pasión y Eucaristía! Porque la Redención en su desenlace supremo y último, empezó en el Cenáculo y se consumió en el Calvario; y por eso si el Cenáculo es ininteligible sin el Calvario, el Calvario carece de sentido sin el prólogo del Cenáculo. Y... ¡todo el Cenáculo es Eucaristía! Eucaristía y Cruz son eternamente inseparables. La mesa de la última cena y el teso pelado del Gólgota, son los puntos de apoyo de la locura divina de la redención del hombre...; ¡la Eucaristía participa de la locura de la Cruz!
     La Eucaristía condensa toda la pasión de Cristo, está empapada de Pasión; y a su vez, por la Eucaristía se extiende la Pasión por el mundo. Porque, eso es Eucaristía: crucifixión permanente de Cristo sobre millones de Calvarios sobre el ara de millones de altares. Por eso el Cristianismo es ante todo y sobre todo cima eterna de Calvario y mesa inagotable de Cenáculo.
     ¡Horas solemnes y misteriosas, sangrientas y redentoras, éstas de la noche del Jueves Santo! ¡Horas de incomprensibles contrastes de divinas contradicciones; horas de cegadora luz y horas de impenetrable noche!
     Los Evangelistas y San Pablo narran lo sucedido, a la vez conmovidos y desconcertados por los contrastes; precisamente en la noche en que iba a ser traicionado, cogió el pan y, dando gracias, dijo: tomad y comed; éste es mi cuerpo que por vosotros va a ser traicionado y entregado...; bebed, ésta es mi sangre que por vosotros va a ser derramada.
     La noche de la traición suprema es la noche de la suprema entrega; la noche aquella, insondablemente oscura con aquella misteriosa oscuridad que tanto impresionó a San Juan, fue la noche en la que Judas comulgó a Satanás y los demás Apóstoles comulgaron a Cristo. San Juan nos dice estremecido: después del bocado, en el mismo instante, entró en él, en Judas, Satanás. (XIII, 27). Discuten los exegetas si Judas comulgó a Cristo eucarísticamente la noche del Jueves Santo. Lo que no puede discutirse es que de una manera realísima y misteriosa comulgó a Satanás. ¡Dos comuniones, dos destinos, dos misterios! ¡Satanás como contrapunto fúnebre de la blancura eucarística!
     En estas horas luminosas y tristes, apartemos unos momentos la mirada de la siniestra oscuridad de Judas, y centrémonos en los fulgores de la Eucaristía, el misterio reciente y novísimo del cristianismo.
     El hecho fué muy sencillo; en la narración evangélica palpita la sencillez de lo divino: la misma sencillez con que se dijo: ¡hágase la luz! ¡brote la vida! Es la divina sencillez de Dios, que es la pura verdad, y ¡la verdad es sencilla, diáfana, transparente!.
     Cristo cogió en sus manos el pan, y dijo sencillamente, pero con poder omnipotente: éste es mi cuerpo. Después tomó en sus manos una copa, y dijo con la misma sencilla omnipotencia: ésta es mi sangre. Y... ¡nada más! Era la efectividad realizadora de la palabra divina: aquello era su carne; aquello era su sangre.
     Fué la misma palabra omnipotente que creó la luz; la misma palabra poderosa y viviente que hizo brotar la vida del caos; la misma palabra que creó al hombre racional y libre; la misma palabra creadora que arrancó al universo de los senos de la nada. No os perdáis en estas horas íntimas y dolorosas en los cómos y en los porqués; no tropecéis en la dialéctica estéril de querer averiguar los misterios de Dios; son éstas horas de amor, de entrega, de Pasión.
     Cristianos; el Dios que de una cepa reseca y retorcida hace brotar el racimo maravilloso de uvas de oro, y de ellas el vino como oro fundido; el Dios que de un grano de trigo, podrido entre el estiércol, saca la espiga de cien gramos de oro, y de ellos la harina inmaculada del pan con que nos alimentamos; el Dios que de un árbol pequeño y retorcido, hace brotar la pera rebosante de jugo y de dulzura; ese mismo Dios, con ese mismo poder se encierra sustancialmente y para siempre en un pedazo de pan y en un poco de vino... No nos queda más que el asombro ante lo divino, lo incomprensible para la pobre razón humana, apoyada en un cerebro de pobre barro; no nos queda más que el asombro ante lo divino, lo incomprensible para la pobre razón humana, apoyada en un cerebro de pobre barro; no nos queda más que inclinar nuestra pobre frente de lodo, hincar nuestras rodillas, y exclamar como los mejores genios que cruzaron por la tierra: ¡Yo creo! ¡Yo adoro! 
     El Hijo del Hombre se iba, pero también... se quedaba; con verdaderas ansias había esperado celebrar aquella cena de despedida con sus íntimos, la última cena, porque ya no volvería a repetirse. Pero sus íntimos iban a comerle a El y a beberle a El... ¡perpetuamente! Su cuerpo iba a ser triturado y en la cruz derramaría hasta la última gota de su sangre; pero sus íntimos habíamos de encontrar cuerpo y sangre, todo él y toda ella, sobre el ara de nuestros altares.
     San Pablo nos dice que en la cima del Calvario no hay más que locura, la Cruz. Mas esa locura empezó en la mesa del Cenáculo. La locura de la Redención se plasma en madera; la de la Cruz y la de la mesa en que cenó Cristo.
     Cuando se ama, cuando verdaderamente se ama, se camina hacia la locura; cuando verdaderamente se ama, se rompen los moldes y los esquemas de lo normal, porque el amor siempre es sublime, y en lo normal no hay esquemas para lo sublime. En el amor hay que recurrir a la locura para hallar las expresiones más exactas y precisas; locura de amor es la expresión suprema de un amor sublime. Y cuando la madre se extasía ante el hijo que nació prodigiosamente de ella, llevándole carne, sangre y vida; la madre va cayendo progresivamente en esa locura misteriosa y divina, y ya no le basta ahogar en ternuras irrefrenables al hijo, ya no le basta sellarlo con amor a fuerza de besos; llega un momento que me atrevo a llamar de locura eucarística, cuando en el éxtasis de la maternidad exaltada a la locura, aquella madre exclama: ¡hijo mío, te comería!
     ¡He ahí la palabra misteriosa: el comerse como señal de amor! ¡Como señal única de la fusión total y vital!
     Cristo en la noche eucarística del Jueves Santo, cedió a una profunda realidad humana por una redentora necesidad divina: no podía comernos, pero quiso que le comiéramos a El.
     La vida de la Iglesia iba a ser su vida, y su vida iba a ser la vida del cristiano; una vida no literaria o metafórica, sino una vida real, ardiente, palpitante. El grito de San Pablo: ¡no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí! deja de ser la expresión de un exaltado fervor religioso, para convertirse en la expresión suprema y única del misterio más vital y entrañable del cristianismo.
     No se trata solamente, Cristianos, de la vida de la gracia. Cristo como Dios, nos la podía dar sin necesidad del misterio eucarístico, y de hecho nos la da en otros sacramentos.
     Se trata de la vida misma de Cristo, como Dios y como Hombre, una vida hirviente y real, algo así como la vida que transmite la madre al hijo, cuando ambas vidas se compenetran y son misteriosamente una en el seno materno. Si Cristo nos absorve en Sí, y nosotros comemos materialmente a Cristo, sin equívocos de ninguna clase, nosotros nos llenamos de Cristo vivo, física y vitalmente.
     Los Santos Padres han expresado esta asombrosa verdad en audacísimas expresiones que nuestra debilidad mental y espiritual casi no tolera. Baste recordar la gallarda frase de Tertuliano: por la Eucaristía, los cristianos estamos ¡Christo saginati! que literalmente quiere decir: cebados con Cristo. Ya sé que nuestra delicadeza, nuestra debilidad cristiana y mental, se resiste a la dura expresión del africano Tertuliano; pero la verdad es esa: caro Corpore et Sanguine Christi vescitur ut anima Deo saginetur! El cristiano tiene que nutrirse de Cristo. No se trata de una frase de violento relieve; se trata de una realidad vital del cristianismo. La nutrición eucarística será la señal de nuestra robustez, de nuestra salud, de nuestra vitalidad cristianas; sólo por la Eucaristía, y no por otras cosas de farándula y comparsa. La Eucaristía es la medida de nuestra densidad vital cristiana; sólo la Eucaristía.

     Cristo se nos dió, pero corriendo infinitos riesgos y peligros; si se nos da en la noche que precede a su muerte, lo hace amándonos con locura, pero a la vez previendo todas las frialdades e insensateces del pobre ser humano, por muy cristiano que sea.
     Allí mismo, en la noche del Jueves Santo, cuando El, el Cristo Redentor, iniciaba la epopeya de amor más conmovedora y grandiosa del cielo y de la tierra; cuando El, Cristo, se había arrojado a los pies de sus Apóstoles para lavarlos; uno de los suyos lo traiciona, otros no acaban de comprenderle, dentro de unas horas todos le abandonarían.
     Cristo se nos entregaba en el pan y en el vino eucarísticos, pero sabía muy bien de los sagrarios pobres y abandonados; sabía muy bien de los cristianos fríos y apáticos; sabía muy bien de los sacrilegios, de las violaciones, de las indignidades que en el decurso de los siglos habían de cometerse contra el Sacramento. Cristo sabía mucho de las comuniones-farsa, de las comuniones-compromiso, de las comuniones-rutina, de las comuniones-ceremonia, de las comuniones-comparsa, de las comuniones-egoísmo...
     Sabía perfectamente Cristo, al quedarse con nosotros como secreto vital de nuestra vida real y auténticamente cristiana, que perpetuaba mientras existiera el mundo, su estado de víctima, el estado doloroso redentor del Cenáculo y del Calvario: sabia y veia claramente que se condenaba al abandono, a la soledad, a las horas de angustia de Getsemaní, el huerto del dolor que enlaza indisolublemente la mesa del Cenáculo y la Cruz del Calvario. Sabía Cristo que se condenaba para siempre al insulto, al ultraje y a la blasfemia; y a lo que es más horroroso aún para el amor; a ser ignorado, desconocido, incomprendido.
     Y... ¡se queda! ¡como pan y vino, para que le... comamos! ¡como vida, como vigor, como energía de nuestra realidad vital de cristianos! ¡como razón de ser de nuestro cristianismo, que es ante todo y sobre todo, vida, sólo vida, vida ardiente, creadora, palpitante!
     Y... ¡se queda! No como un recuerdo lejano y desvanecido, aunque sea el recuerdo de nuestros seres más entrañablemente queridos. Cristo se queda como palpitación de nuestro corazón, como aliento de nuestra alma, como sacudida de nuestro pulso, como dinamismo pleno de nuestras ansias de vivir; y... ¡se queda! pero realmente, físicamente, presencialmente, personalmente. No es un recuerdo, no es un símbolo, no es un emisario: es El mismo.
     A veces pienso, Cristianos, si nuestro frío, protocolario, rutinario, estéril e inoperante cristianismo, obedece a la poca fe, a la falta de verdadera fe en el misterio asombroso del Jueves Santo; a veces pienso en los "cristianos herejes" que comulgan, pero comulgan como si comiesen el inútil "pan bendito" de cualquier santo; comulgan, pero comulgan un símbolo, un signo externo por rutina puramente formalística, por fuerza ritual de la tradición y de la costumbre; a veces pienso en los cristianos inconscientes y cristianamente anémicos que repugnan recibir el Sacramento del vigor y la energía vitales; a veces pienso en los cristianos ahitos de manjares gruesos y podridos que se acercan temerariamente a las delicadezas de la mesa eucarística, sin paladar espiritual para degustar a Cristo; también pienso muchas veces en los cristianos "abusones", en los que coleccionan y clasifican comuniones y más comuniones como si coleccionaran sellos, pero que no tienen capacidad espiritual para digerir sobrenaturalmente a Cristo.
     Y... ¡Cristo puede ser indigesto! No os escandalicéis. San Pablo se preocupó de esta indigestión terrible al ver que en vez de comulgar a Cristo podíamos tragarnos nuestra sentencia.
     Cristo puede ser indigesto, cuando no se le recibe con las disposiciones indispensables, cuando no se le recibe con la conciencia y discreción espirituales que el Sacramento exige. Hemos de comulgar, ha de comulgar el cristiano diiudicans Corpus Domini, y compulsando su propia conciencia: probet autem seipsum homo. Ni tragar, ni engullir, sino comulgar, el comer amoroso y creador de energía y vida; de lo contrario tragaremos y beberemos, dice San Pablo, nuestro propio juicio: iudicíum sibi manducat et bibit!
     Pero también es verdad que Cristo tenía presentes en aquellas horas solemnísimas y transcendentales para la historia del mundo, a millones de almas enamoradas; a millones de cristianos que habían de comprender el misterio de los altares; a muchos héroes y heroínas, ocultos y silenciosos, que habían de pasar sus vidas quemándose en un amor de correspondencia a los pies de un sagrario. Tenía presentes en la noche augustísima y tristísima del Jueves Santo, los ríos de blancura, de pureza, de transparencia luminosa, que iban a cruzar el mundo en todas las direcciones, y que habían de nacer en la tersura inmaculada de Cristo Eucaristía.
     Y, sobre todo, tenía presente a su Iglesia, la que estaba ya naciendo en los ardores del Cenáculo y los dolores redentores del Calvario.
     Suprimid la Eucaristía y se disolverá la glesia en el mundo, agotada y sin vida; sin la Eucaristía no podría subsistir la Iglesia, y con la Eucaristía es indestructible. La permanencia de la Eucaristía, es la garantía divina de la pervivencia de la Iglesia: ¡Yo estaré con vosotros hasta el fin!
     Nutridos en la abundancia de Cristo, Deo saginati! no nos damos cuenta de que los cristianos seríamos un rebaño de idólatras, hambrientos de pan como perros, famen patientur ut canes!, con el corazón calcinado y yermo: aruit cor meum quia oblitus sum comedere panen meum! La Iglesia por la Eucaristía es hogar y vida, es amor y es familia, es mesa y es alegría; sin la Eucaristía sería la Iglesia, en el mejor de los casos, un mausoleo sepulcral y frío, una de esas magníficas catedrales sin sagrario y sin Cristo, convertidas en museos, en almacenes o, simplemente, en ruinas.
     Cristianos; Cristo a dos pasos de la muerte instituye el Sacramento de la vida; a dos pasos del sepulcro instituye el Sacramento de la resurrección; a dos pasos de la traición odiosa instituye el Sacramento de la entrega por amor. La sombra siniestra de la Cruz se aplasta sobre la mesa de la cena; el Calvario se perfila fúnebre y sangriento; la muerte ronda exigente e implacable. Pero Cristo, con el pan misterioso y vital de la Eucaristía, reta a la misma muerte: ¡quién me come no morirá jamás!
     Es verdad; Cristo admitió el reto en Cafarnaún: ¡Nuestros padres comieron el maná en el desierto! ¡Haz tú algo parecido!
     Cristo, repito, acepta el reto: Yo no os doy el maná, sino que me doy a mí mismo como pan vivo; el que me come, come la vida, y no morirá jamás; patres vestri mortui sunt! Vuestros padres murieron, porque el maná no era pan de vida.
     ¡La vida! El Padre viviente envió al Hijo al mundo: misin me viven Pater; el Hijo vive la vida del Padre: Ego vivo propter Patrem; el que comulga vive la vida del Hijo: qui manducat me vivet propter me!... ¡Una cadena de vida inmortal! ¡Cristo hizo su carne fuente inextinguible de vida: carnem suam vivificam fecit!
     Cristianos; quien no sienta el mareo del ciclón de vida divina en torno; quien no sienta el escalofrío de lo asombrosamente misterioso en el alma, es que carece de la emoción básica del cristianismo; verá el cristianismo como fórmula, como rutina, como tradición, como costumbre; pero jamás comprenderá el cristianismo como llamarada de vida como huracán de amor.
     Cristianos; estamos en horas de sinceridad; nada más impropio en las horas en que empieza la tragedia del Calvario, que la farsa y el disimulo.
     Preguntémonos con descarnada crudeza: ¿tenemos hambre de Cristo vivo? ¿de su carne? ¿de su sangre?
     ¿Tenemos sinceridad y energías sobrenaturales para gritarle a Cristo y decirle: fame pereo?
     Reconozcamos que muchos, muchos cristianos no sienten el hambre divina de Cristo; ese pan misterioso y ese cáliz de oro no les dice absolutamente nada. Si la Iglesia somos los cristianos ¿porqué nos extrañamos del retroceso de la glesia en muchos frentes? Cristianos anémicos, desnutridos, sin energía, sin ilusiones cristianas, retroceden, buscan ídolos y diosecillos extraños, se adormecen con las drogas del mito, de las sombras, de la nada. Quizá se contentan con un cristianismo a base de organizaciones y economatos.
     Reconozcamos también, que muchos, muchos cristianos, no se nutren de Cristo; simplemente lo comen, lo degluten, lo tragan.
     No; no me fijo ahora en las comuniones indignas, porque no me agrada pensar en estos momentos en un Judas presente en la primera comunión de los Apóstoles; prefiero admitir que ya se había ido antes de coger Jesús en sus manos divinas el pan y el vino.
     Me fijo en muchos que comulgan bien, pero... equivocadamente, desviados, quizás devocioneramente, de los fines específicos de la Eucaristía.
     ¿Comulgamos por necesidad vital? ¿Comulgamos a Cristo por los imperativos y auténticas exigencias de nuestra fisiología espiritual y sobrenatural? ¿Comulgamos por las exigencias dogmáticas de la teología sacramental eucarística? ¿comulgamos por necesidad de nuestra vida de cristianos?
     O ¿comulgamos como condición para conseguir... otra cosa? La realidad eucarística y sacramentaría no puede reducirse a una simple condición, no puede medirse como un simple medio protocolario; la reduciríamos a la categoría de una vela que ponemos a una imagen, o al nivel de los "responsorios" de cualquier santo milagrero. No son éstos los momentos más oportunos para hacer la crítica de muchas cosas que se están haciendo por los cristianos y que esterilizan gravemente, en parte, nuestro cristianismo; son los momentos de pensar íntimamente en nuestra verdadera actitud ante el Sacramento de lu última Cena.
 * * *
     Momentos antes de su muerte, Cristo se encierra transustancialmente en el Pan de la vida, Pan de resurrección : ¡quien me come no morirá!
     Es la doctrina consoladora de nuestra fe: la Eucaristía sella con la inmortalidad nuestra misma carne; nuestros mismos cuerpos quedan transformados con la raíz de la inmortalidad en la esperanza de la resurrección: spem resurrectionis habentia! ¿Cómo ha de morir para siempre un cuerpo en el que se ha inoculado el germen de una vida divina e inmortal: quomodo morietur si cibus vita est? exclama San Ambrosio.
     No entendemos que la Eucaristía sea la causa física de la resurrección de los cuerpos. Jesús en cuanto Dios, es verdaderamente la causa física de la resurrección, en cuanto hombre es solamente la causa moral; pero teológicamente la Eucaristía encierra una modalidad propia y específica, un argumento especial y único, en el hecho de la resurrección. El cristiano, por serlo, tiene un título especial y nuevo para la resurrección.
     Pero no es sólo esto. La Eucaristía es fuerza, es vigor, es energía; es la fuerza de la libertad, de esta libertad nuestra tan carcomida, tan débil, tan miserable; de esta libertad nuestra tan débil por naturaleza y tan reducida y limitada por el pecado. La razón secretísima de tantos heroísmos invencibles, de tantos martirios cruentos e incruentos, de tantas colosales santidades, la encontraremos en la Eucaristía, manjar de fuertes: los mártires y las vírgenes salían decididos a morir, después de haber comulgado secretamente a Cristo en los fosos y las mazmorras del Coliseo.
     Somos débiles, cada vez más débiles, más pobres, más ridículos... ¡lo que no quita que seamos cada vez más fanfarrones! Hacemos teorías de nuestras debilidades para encubrir un poco nuestra vergüenza; pero, en realidad somos el "sonajero del demonio", hace de nosotros lo que quiere...; ¡carecemos de voluntad!
     La Eucaristía, instituida por Cristo a dos pasos del patíbulo, es la fuerza de Dios, es el Pan de la libertad; la Eucaristía es la fuerza de Cristo en cruz, es la continuación de la Pasión, es la fuente vigorosa en la que bebieron todos los héroes y heroínas que cruzarán por la tierra.
     Necesitamos la Eucaristía; quizás no necesitemos otras muchas cosas intrancendentes con las que vamos arrastrando un cristianismo enteco y ridículo que nos pone en vergüenza; pero la Eucaristía la necesitamos absolutamente, como medicina de nuestra libertad y como medicina del mundo: mundi modela!; es el alimento físico-sobrenatural, fuente de santidad, la única obra digna del ser humano.
     No consideréis la Eucaristía como una "devoción", ni la comunión como una "obligación de cofradía":
     En la noche del Jueves Santo, en la primera comunión de los Apóstoles y del universo entero, quedaba sembrada la Iglesia; la mesa de la Cena fue el primer altar cristiano; la institución del Sacramento la primera misa.

     Hoc facite in meam commemorationem! Jesús iba a dar inmediatamente el paso al paroxismo del dolor en Getsemaní; pero inmediatamente antes se abandona al paroxismo del amor en el Cenáculo. Estamos los cristianos tan acostumbrados a lo sublime, que ya no nos impresiona.
     Si aquellos doce hombres que se sentaron con Cristo a la mesa le hubiesen ellos solos comulgado, hubiese sido asombroso, inconcebible, pero... nada más. Hubiesen sido los doce privilegiados humanos que se comieron a Dios, pero todo hubiese quedado reducido a un abrumador recuerdo, a una sublime admiración, quizás a una santa y desesperanzada envidia. No hubiese pasado de ahí.
     Mas la realidad es completamente distinta; la realidad es que los doce hombres que comulgaron a Cristo, es verdad que fueron los primeros, pero no fueron los únicos. Pero para eso, puesto que Cristo en cuanto hombre se iba, era necesario un nuevo prodigio, un prodigio sublime: el prodigio no solo de transustancializarse en el pan y en el vino, sino de personalizarse en sus poderes, en las personas de sus Apóstoles.
     ¡He ahí el nuevo misterio de la noche del Jueves Santo! Cristo, al pronunciar aquellas palabras: ¡haced esto en mi memoria! ordenó a los primeros sacerdotes, consagró a los primeros obispos de la ley nueva, multiplicándose a Sí mismo por todos los rincones del mundo, por todos los momentos de la historia, no sólo como Sacramento, sino como Sacerdote. Cristo al ordenar en la noche del Jueves Santo a los primeros sacerdotes, quedaba presencialmente presente en medio de la humanidad: la presencia permanente del Hijo de Dios en sus sacerdotes, por los que enseña, por los que juzga, por los que perdona, por los que consagra.
     Cristo como Eucaristía no podía realizar estas divinas operaciones; por eso el sacerdocio es el complemento de la Eucaristía, y la Eucaristía la razón primordial del sacerdocio.
     Cristo queda en sus sacerdotes que tiene el poder asombroso de convertir el pan y el vino en Cristo, de crear a Cristo, de sembrar realmente a Cristo por el mundo. Ya en la historia, Cristo escapará de sus perseguidores a través de las manos de sus sacerdotes, manos inmortales e insuprimibles.
     El sacerdocio fué el regalo exquisito y supremo del Dios redentor en el momento de ir a morir. Y con el sacerdocio, la seguridad del triunfo de la Iglesia, la perpetuidad y la realidad del Reino de Dios en el mundo; la perennidad de Cristo entre nosotros hasta el fin de los tiempos. En la economía actual de la gracia, sin el sacerdocio no habría Eucaristía, sin sacerdocio no habría Iglesia, sin sacerdocio los méritos de la Redención quedarían valdíos e inaplicables. No confundamos en el sacerdote al hombre con sus miserias, sus limitaciones y sus pecados, con el sacerdote mismo con los desconcertantes e incomprensibles poderes que le dió Cristo. El sacerdote más perverso bautiza, y crea un cristiano; absuelve, y crea un justo; pronuncia las palabras sacramentales sobre el pan y el vino, y Cristo-Dios bajará del cielo, sin excepción posible, a encerrarse en las especies sacramentales.
     Cristo no nos dió sólo el sacerdocio, sino que El mismo se quedó para siempre en las manos y en poder de los sacerdotes. Es cierto que Cristo corre un riesgo; pero es un riesgo necesario para la vida íntima y sustancial de la Iglesia.
     Quizá la abundancia de misterios es esta noche del Jueves Santo, quizá el sentimiento profundo de ver al Hijo de Dios acercarse al patíbulo y a la muerte; hace que nos pase desapercibido el misterio profundísimo de la creación del sacerdocio. Quizá el resplandor de la primera comunión de los Apóstoles, en realidad su primera misa concelebrada con Cristo, no nos deja ver la trascendencia y profundidad de la primera ordenación sacerdotal.
     Y... no puede ser así, si queremos meditar con verdad profunda los misterios del Viernes Santo, en la cima del Calvario. Eucaristía y sacerdocio están en el centro vital de la Pasión Redentora de Cristo; sin sacerdocio y sin Eucaristía, la Pasión de Cristo y su mismo Evangelio, no hubiesen pasado de ser una bella y emotiva página de la literatura universal; serían el brillante recuerdo de una acción sublime de un hombre que se decía Dios, y que había muerto ilusionado de salvar con su muerte a los demás hombres. Una página bellísima de la literatura, pero sin fuerza mayor, y sobre todo, sin vida. Páginas parecidas van jalonando la historia humana, pero ya no tienen vigor para nosotros: la muerte de algunos filósofos, el gesto de algunos héroes... Simplemente fósiles literarios y estéticos, sólo conocidos por algunos curiosos, que ya no se conmueven por el contenido humano que tales páginas encierran, sino que admiran la forma bella en que están escritas.
     Mas con el sacerdocio, todo cambia. El Evangelio y la Pasión ya no son ni un puro recuerdo, ni una bella y patética página de la literatura y de la historia.
     Por el sacerdocio la Pasión Redentora de Cristo y su Evangelio son vida, son realidad palpitante, son la actualidad de un Dios hecho carne y hecho sangre en la realidad de una Redención permanente y continua. Gracias al Sacerdocio no es la Iglesia una realidad momificada sin movilidad, sin capacidad creadora y engendradora; por el sacerdocio la Iglesia es la maternidad perpetua y fecundísima en perpetuo trance de creación y vida. Al instituir el sacerdocio Cristo se perpetuaba a sí mismo en la tierra, perpetuaba la Eucaristía, el Calvario, la Redención, la Iglesia.
     Hoc facite in meam commemorationem! Ya no es el iris de paz deslumbrante en el cielo, concedido a Noé como señal de reconciliación de Dios con el mundo; es Dios mismo quien se cuida en la tierra como señal de amistad eterna. Mientras una Hostia inmaculada se levante temblorosa en las manos humildes del último sacerdote; mientras en el más pobre y escondido de los altares se sacrifique el Cuerpo y la Sangre de Cristo; mientras en el rincón más escondido de la iglesia más pobre, una mano sacerdotal se apoye perdonando sobre la fuente de un ser humano; Dios ama al mundo, Dios está en el mundo, el mundo sentirá en torno a sí el frescor divino de la presencia real del Cristo-Dios, que si la noche del primer Jueves Santo se despidió para irse, fué con la garantía absoluta de a la vez quedarse; mientras exista un sacerdote, la Iglesia será una realidad viviente en el mundo como Dios mismo, y tan indestructible como Dios mismo.
     Cristo, que dentro de pocos momentos va a entrar en los espasmos del asco a morir por los hombres, se compadece de ellos, ve que padecen hambres esenciales y caninas: famen patientur ut canes!, ve el ahogarse de la humanidad en un puro alarido de hambre: fame pereo!, y... ¡se compadece! misereor! Y les da pan y vino, sacerdocio e Iglesia, redención y gracia, para socorrer a esa humanidad hambrienta, que padece hambre y sed de verdad, hambre y sed de perdón, hambre y sed de justicia, hambre y sed de paz, de amor, de felicidad.
     No bastaban los sacrificios de animales, no calmaban el hambre insaciable de ese quid divinum que devora a todos los hombres; las filosofías más elevadas y los puritanismos naturalistas más exquisitos, dejaban al alma vacía y sedienta, pues no pasaban de la frialdad congeladora de la mente; la fuerza, los ejércitos, la belleza, los imperios dejaban intacto lo sustancial del hombre... Había que hallar algo que calmase esa hambre infinita, pero algo nuevo, algo inaudito, ya que todo se había ensayado en vano, ese algo infinitamente nuevo había de ser Dios mismo, endiosando a la humanidad, humanamente perdida. Y... ¡Dios se nos dió, y... para siempre! Deo saginati! repitamos audazmente con Tertuliano.
     Si por la Encarnación Cristo quedó integrado en la historia humana dándole contenido y finalidad visibles, haciéndose Dios en persona ciudadano del mundo; por la Eucaristía y el sacerdocio continúa esa integración, pero dándole al mundo y a la historia, un dinamismo divino. Por el sacerdocio y la Eucaristía Cristo queda solidarizado con el hombre. Dios se hace socio de la humanidad, y queda realmente comprometido con la historia hasta obtener la victoria final; es una tarea divina que no se suspendió con la Ascensión sino que continúa en el mundo hasta el fin de los tiempos: ¡Yo me quedo con vosotros hasta el fin de los siglos!
     Cristo es todo El redención, y al encarnarse y limitarse al tiempo y al espacio, se convertía en redención por presencia divina. Cristo en su vida y en su Eucaristía se inscribe en la historia humana, se empadrona entre los hombres, y los hombres y la historia humana quedan indefectiblemente polarizados en Cristo. En la Eucaristía y en el sacerdocio. Cristo hace permanente acto de presencia en el mundo.
     El hombre sepultado en Cristo y a la vez nutriéndose de Cristo, reproduciendo al vivo el misterio de la Redención, pone en marcha a toda la humanidad hacia la actualización total de Cristo en el mundo, que será necesariamente la realización suprema en el mundo del Cuerpo Místico, de la Iglesia total, en cuyo centro, como factor dinámico, está el Cristo vivo en la tierra, el Cristo eucarístico, el Cristo revelado Eucaristía en la noche luminosa y triste del Jueves Santo.
     No podemos reducir a Cristo en la Eucaristía a las dimensiones de un sagrario, al rito piadoso de unos cofrades, a las emotivas escenas de las primeras comuniones. Su verdadero ámbito es la historia humana, la Iglesia con sus derechos universales sobre la humanidad, que ha de girar inevitablemente en torno a Cristo, centrada en Cristo, viviendo en Cristo, nutriéndose de Cristo.
     Cristo, el Cristo que está a dos pasos de la muerte, nació en un tiempo concreto, en una cultura concreta, en una civilización concreta; pero Cristo no se agotó, no podía agotarse en esa civilización en ese tiempo y en esa cultura. Las trascendió unlversalizándose como Hijo del Hombre: ¡predicadme a todos los pueblos! Y así ha de encarnarse en cada centuria, en cada pueblo, en cada civilización, en cada cultura, por medio de sus cristianos, por medio de sus sacerdotes; pero además ha de reencarnarse El mismo, realmente, vitalmente, dinámicamente en la Eucaristía eterna.
     No puedo menos de dolerme en esta noche de sinceridades dolorosas, de que se haya reducido la inmensidad eucarística, el Sacramento-fuerza del cristianismo y la teología sacramentaria-eucarística, a cosa de devotos y devotas, a protocolos estatutarios de asociaciones a... ¡nada! cuando la Eucaristía es el Sacramento sustancial de la Iglesia en el mundo y en la historia.
     Por la Eucaristía Cristo no puede ser considerado como una figura del pasado; eso sería reducir a Cristo a la nada, a un simple recuerdo.
     No; Cristo no está en la historia como una semilla sembrada hace mucho tiempo. No. Cristo está insistentemente presente; Cristo está viviendo entre nosotros y en nuestro momento histórico; Cristo está resucitado y en su condición corporal, como verdaderamente hombre, en cuerpo y alma, en medio de nuestra sociedad y nuestro mundo, viviendo nuestro momento histórico, participando de nuestra coyuntura histórica... ¡por la Eucaristía! La Cabeza del Cuerpo Místico ha entrado ya victoriosamente en el cielo; pero arrastra vitalmente tras sí a todos los miembros que componen la realidad de la humanidad hasta el día que alcancemos la perfecta virilidad, aquella madurez que es proporcionada al desarrollo completo de Cristo en nosotros. (Eph. IV, 13).
     ¡Horas solemnes estas de la noche del Jueves Santo! ¡Horas en las que el testimonio de Cristo se desvela en abismos de profundidad insospechada, y en las que comienza la catarata sangrienta de riquezas infinitas para el hombre por la muerte del Hijo de Dios!
     ¡Horas de intimidad profunda, de meditación en los misterios insondables de la Redención, de la Eucaristía y del Sacerdocio; horas de asombro y de agradecimiento infinitos, horas conmovedoras del comienzo de la Pasión!
     Noche oscurísima como dice Juan, el apóstol querido, en la que junto a la blancura del pan eucarístico estalla el fulgor siniestro de la traición de Judas, la decisión de Pedro de defender a su Maestro, la bondad de Cristo en ocultar al traidor, y... tantas cosas y tantos misterios y tantos abismos: abismos de Dios y abismos del hombre...
     ¡Jamás agotaremos la riqueza divina de los misterios de la noche del Jueves Santo!
SERMONES DE SEMANA SANTA

lunes, 25 de marzo de 2013

EL MANDATO

Mandatum novum do vobis: ut diligatis invicem sicut dilexi vos». 
Juan XIII, 34.

     Es en las proximidades de la muerte donde los grandes hombres encuentran las palabras más profundas y sinceras de la vida; esas palabras que, arrancadas ya de todos los compromisos y ligaduras del tiempo, encierran la verdad serena e inmutable de lo eterno.
     En esta sinceridad y verdad; Cristo ha pronunciado una palabra nueva, una palabra vida, una palabra ardiente, una palabra incendiariamente exigente y esencial; una palabra auténticamente suya que condensaba obligatoriamente a Cristo y al Cristianismo, al Evangelio y la Cruz, a la Redención y la Iglesia. Una palabra que Cristo llama nueva, y además de nueva, única, necesaria, imprescindible: la palabra amor.
     Y así, a pocas horas del patíbulo; pocos momentos antes del asalto de Getsemaní; poco antes de recibir en su rostro una bofetada y los esputos de unas gargantas blasfemas; horas antes de sentir desgarrada su carne por los trallazos de una soldadesca brutal; Cristo dijo: Os doy un
nuevo mandamiento: que os améis mutuamente como yo oh he amado.
     Es nececesario preguntarnos si el mandamiento nuevo de Cristo es realmente, después de XXI siglos de Cristianismo. Me refiero especificamente a la repercusión humana del mandamiento.
     La pregunta es gravísima. Porque... si al oir el mandamiento de Cristo en este siglo sentimos la extrañeza de la novedad, sin tener conciencia de la madurez dos veces milenaria del mandamiento; si desconociendo la densidad teológica de ese mandamiento nuevo, caemos en la sorpresa de su para nosotros novedad humana; sin más transcendencia que cualquier otra frase dicha en la antigüedad por cualquier filósofo; si el mandamiento nuevo fuese para nosotros nuevo, con la novedad de lo desconocido; entonces hemos de preguntarnos si los cristianos hemos fracasado; si veinte siglos de cristianismo no habrán quedado reducidos a una soñada ilusión; si hemos falsificado a Cristo, si hemos adulterado su mensaje, si hemos hecho imposible su redención.
     Porque si Dios es amor, si Cristo nos ha sido dado por amor, si la Cruz fué obra del amor, y el mandamiento del amor se nos hace nuevo, hoy, se nos hace cosa nueva, hoy; es señal de que nuestro cristianismo es señal de un cristianismo-farsa, un cristianismo de maquillaje y de bambalina teatrera. Es la hora de aplicarnos cruda y fríamente como cristianos, lo que el ardiente y por sus hermanos abrasado Pablo, decía de los que no fundamentaban su fe en la resurrección de Cristo: sois los más desgraciados de todos los hombres.
     Todo era nuevo con Cristo, y el Cristianismo se presentaba en el mundo como una novedad absoluta.
     Cristo traía una restauración y total y radical de algo que, por parte del hombre, se había perdido de una manera absoluta; Cristo traía la posibilidad de superación del pecado, por un perdón nuevo y a la vez escandaloso para el corazón duro y frío del judaismo; Cristo traía la renovación del hombre, por la nueva creación de un reino específica e integralmente montado sobre la gracia, que había de dar la maravilla de la nueva creatura, del hombre nuevo o, hablando más precisamente, había de abrir la nueva tierra y el nuevo cielo, cerrados hasta la redención de Cristo. Esta novedad de Cristo, hirió vivamente la mente de los trasmisores de la revelación: todo ha sido hecho nuevo, nos dice San Pablo (Gal. VI,5); San Lucas nos habla de la nueva alianza (XXII, 20) y San Marcos nos habla de la doctrina nueva (I, 27). Y el mismo Cristo, expresando con una vigorosa imagen su obra y su doctrina nos habla del vino nuevo, que no debe meterse en odres viejos.
     Todo era novedad en Cristo, y esa novedad no podia encuadrarse en estructuras viejas.
     Pues bien. En medio de esta catarata de realidades nuevas, en las que Cristo quería anegar al mundo; nos hallamos con una realidad nueva y un mandamiento nuevo: nos hallamos con un amor absolutamente nuevo.
     Y al hablar de este amor nuevo, de este mandamiento nuevo, no se trata de una nueva doctrina o una nueva elucubración filosófica sobre el amor. Se trata rigurosamente de un mandato exigente, imperativo, inaplazable.
     Cuando Cristo impone su mandamiento nuevo, lo que nos impone es un modo de vida. Al hablar Cristo de un amor nuevo, no habla de la luminosidad fría de un pensamiento inútil e ingenioso; sino de una pulsación vital al contacto de algo que era desconocido en los tiempos de la vida temporal de Cristo, y que, repetida e inútilmente, tuvo que explicar, cuando sus desconcertados oyentes le preguntaban: ¿y quién es mi prójimo?
     Se trata de un amor que además de imponérsenos como mandato absoluto: ¡amaros!; se da como distintivo único del Cristianismo: ¡y así conocerán que sois mis discípulos!
     Un amor concreto, vital, imperativo, exigente; un amor que descubre la novedad cristiana de un ser que se llama prójimo; un amor necesario y absoluto, para la realización total del reino de Cristo, tanto en el tiempo como en la eternidad.
     Cristo, que sabía amar y que sabía llorar porque amaba, se refería a esa fuerza emotiva en la que radica la efectividad dinámica de la vida, y que emocionado recordaba Juan, el discípulo amado, en aquella inagotable y humanísima expresión: con mis manos toqué y apreté al Verbo.
     Pero nos hallamos con la dolorosa realidad de que la palabra más bella y la más exquisita del lenguaje divino, es la más prostituida del lenguaje. Y por eso... ¡es difícil hablar del amor!
     Y es difícil hablar del amor porque un real materialismo circundante; un concepto de la vida vacío, insensato y libertino; una exaltación múltiple y obsesiva de todas las posibilidades de la carne, desde la simple belleza hasta la complejidad del sexo; el desbordamiento Inundante de un feminismo oscuro y equívoco, que exalta lo menos femenino de la mujer hasta el aburrimiento y el fastidio; la monstruosidad de la degradación masculina que está hirviendo en la gusanera infecta de una aterradora equivocidad sexual; un mercantilismo obsceno que ha convertido el amor en la ciénaga de todos los guangueos sordos e inconfesables...; todo esto, repito, ha prostituido y arrastrado por todos los lodazales la palabra más bella, más limpia, más creadora y más divina del lenguaje humano.
     Es difícil hablar del amor y más difícil aún comprender el mandamiento nuevo, porque hemos perdido la noción de prójimo, el gran descubrimiento del Evangelio; hemos helado en nuestro corazón, o como se llame ya eso que antes llamábamos corazón, el calor vital del amor, convirtiéndole en nido de víboras.
     No comprendemos el mandamiento del amor mutuo, del amor al prójimo, porque criminalmente no pensamos más que en la destrucción; hemos polarizado nuestro avance técnico hacia el aniquilamiento y la muerte; medimos la paz no por las posibilidades de una creadora y fecunda convivencia humana, sino por el número de bombas terroríficamente aniquiladoras que poseemos.
     No comprendemos el mandamiento del amor, porque los horrores pasados, la desolación presente y el terror a un futuro siniestro y sombrío, que además se nos presenta fatalmente inevitable; nos ha hundido en un cerrado y cruel egoísmo, enemigo radical de todo amor. Llevamos dentro de nosotros un corazón angustiado y pavorosamente temeroso, que se ha convertido en un yermo calcinado y estéril, al que es imposible pedir la flor jugosa y fresca del amor.
     No comprendemos el mandamiento del amor, porque nosotros que odiamos tan maravillosamente bien; ni sabemos lo que es el perdón, ni sabemos perdonar. Cristianos rijosos y egoístas, destilamos a lo más una "caridad" biliosa y mercantilizada, que no es sino una de las formas más diabólicas del odio; no comprendemos las ciegas generosidades del amor, porque nos hemos encenagado en una "justicia" dura y fría, que sería mejor llamarla lo que es: venganza. Y... no sabemos perdonar, porque no sabemos amar: mercantilizamos el perdón, cobramos el perdón, condicionamos el perdón por un egoísmo sucio y asqueroso que nos corroe las entrañas, e incluso sentimos el placer sádico de no querer perdonar, como sentimos el monstruoso placer de odiar, de matarnos... Algunas veces, ¡vergüenza y condena de nuestro cristianismo!, usamos el perdón como una de las maneras más finas de humillar a nuestro prójimo...
     No comprendemos el mandamiento total y sin excepciones del amor al prójimo, porque por ciertos convencionalismos oscuros no fáciles de comprender y difíciles de explicar, y de los que casi siempre no somos plenamente conscientes; hemos corregido la plana a Dios, arrancando de la base de la fe el amor, desmontando el orden establecido por el mismo Dios, olvidando gravemente lo que El mismo inequívocamente dijo: el primer mandamiento de la Ley es amar a Dios; pero el segundo muy parecido al primero, es amar al prójimo; y en esto están condensados la Ley y los Profetas. Este es un punto doloroso pero realísimo, que plantea la crisis... de nuestra ascética, de nuestra fe, de la autenticidad de nuestro Cristianismo.
     Estamos en la solemne sinceridad de un Jueves Santo, en la que no caben ni equívocos ni subterfugios; pero que nos obliga a comparar seriamente el sencillo y absoluto esquemalismo del amor mandado por Cristo, con la complejidad oscura e indirecta de nuestra caridad tecnificada.
     La técnica ha invadido la caridad, y dudo que una caridad arrancada a fuerza de incentivos egoístas, sea la caridad cristiana, la imperada por Cristo, la que es la señal de un verdadero cristianismo.
     Se ha dicho, y muy certeramente, que Cristo al ver que los cristianos no se mueven por las virtudes puras, que cada vez pesan menos en la motivación de sus actos; se sirve de medios divinamente diabólicos, es decir, les pone delante el señuelo de un egoísmo, para que por egoísmo hagan lo que de otra manera no harían.
     Sospecho vehementemente que la caridad tecnificada no brota de un corazón enamorado, sino que es uno de los medios divinamente diabólicos, que son un sucedáneo de la virtud, pero no son la virtud misma.
     Yo no vitupero las llamadas tómbolas de caridad, pero no puedo llamar verdadera caridad la que se hace con la esperanza de un premio. El amor no se cobra nunca. Y si se cobra será cualquier cosa, la mas de las veces será una cosa inconfesable; pero jamás será amor.
     Bien están las rifas benéficas... Todo eso está muy bien, pero todo eso constituye un sucedáneo del amor; todo ello es un sistema tecnificado de medios divinamente diabólicos...
     El cristianismo ha ido cambiando la caridad y el amor, por una fría filantropía. Quien no sabe acudir y socorrer al prójimo con amor, y sólo sabe dejar el óbolo gélido y anónimo en la fría mano desconocida que ofrece una papeleta de tómbola o rifa benéfica, ¿cumple exactamente con el precepto del amor, del amor, del amor predicado por Cristo en las ardientes horas previas a su muerte? Una caridad que espera un premio, ¿será la caridad que se abate hasta besar unos piés sucios y polvorientos?
     No; no digo que esos medios, estén mal, aunque sean un mal menor y necesario. Pero, aun admitiendo que en la vida moderna es imprescindible encauzar la caridad y facilitarla; mucho me temo que la caridad tiznada de egoísmo, no sea la caridad auténticamente cristiana; mucho me temo incluso, que no exista la caridad, y sí el placer del simple juego aleatorio...
     En cualquier hipótesis es doloroso pensar que el cristiano en estas horas terribles del mundo, no piensa en el amor como redención del hombre; no reflexiona en lo exencial de un Cristianismo, sostén de un mundo en crisis... por falta de amor. Y el cristianismo, por una ley misteriosa pero realísima, cuando no siente la caridad y el amor en el sentido verdadero de Cristo, cae en el más monstruoso de los egoísmos. El cristiano no tiene capacidad humana para mantenerse en la frialdad opaca e inexpresiva de una pura filantropía naturalista y pagana: el cristiano jamás puede ser ya un pagano, porque o es superior al pagano, si es buen cristiano, o es inferior al pagano, si es mal cristiano. El pagano puede ser un no degradado; pero un mal cristiano siempre será un ser desgraciado... ¡Terrible consecuencia de nuestra realidad cristiana!

* * *
     Mas... en estas horas emotivas y profundas, meditemos entrañablemente toda la colosal novedad del amor exigido por Cristo a los cristianos.
     Cristo nos habló de su paz, contraponiéndola a la paz del mundo; se trataba de una paz suya, tan original y tan nueva, que era absolutamente ajena a todas las posibilidades de la tierra: ¡esta paz no puede dárosla el mundo!
     Paralelamente al imponernos el imperativo del amor, habla Cristo de su amor, pero a la vez asimilable y copiable por el hombre, ya que nuestro amor ha de ser esencialmente como el suyo, aunque no tan perfecto: ¡amaros como Yo os he amado!
     Por eso; si se nos impone un amor como el de Cristo, y por lo tanto ajeno a todas las posibilidades del mundo; podemos asegurar que se trata de un amor exquisitamente nuevo; un amor base radical e insustituible del Cristianismo; un amor en el que se fragua la renovación universal de todas las cosas: ¡todo lo hago nuevo!
     Ya adivináis que este nuevo amor no es un elemental y sensiblero sentimentalismo. Es verdad, y una emocionante verdad, que Cristo y el Cristianismo consuelan al hombre en sus horas dolorosas. Pero ni el Cristianismo ni Cristo están hechos para las crisis de salón; sería blasfemo confundirlos con unas sales aromáticas, sedantes de un sistema nervioso llorón y emotivo. No puede consistir el nuevo amor predicado por Cristo a pocas horas y a pocos metros del patíbulo, en un remedio sentimentalista.
     No. En el mandamiento divino del amor se encerraban dos novedades estrictas: una profudamente humana; otra sublimemente divina. Ambas novedades abarcaban al hombre en su totalidad, para hacerlo totalitariamente cristiano.
     En el aspecto humano, el amor que imponía Cristo a sus discípulos y en ellos a todos los hombres, no puede confundirse simplemente con el sentimiento de humanidad, ese sentimiento que anida en el fondo de todo corazón honrado y de toda conciencia sana. Ese sentimiento era conocido ya por el paganismo.
     El amor impuesto por Cristo tenía otras dimensiones, tenía otras leyes, tenía otra finalidad, tenía otro origen.
     Humana y socialmente plantaba en medio del mundo novísimo concepto de prójimo, creando por medio de ese amor y por encima de todas las diferencias humanas, la conciencia de una hermandad universal.
     Si el concepto de Dios-Padre era una de las grandes novedades del Evangelio, otra de las grandes novedades del Evangelio fue la revelación del hombre-hermano, y en esta gran novedad se fundaba el mandamiento nuevo. Pero, ¿quién es mi hermano? le preguntaron atónicos a Cristo...
     La pregunta trascendental acusaba un doloroso estado de conciencia. No solo para el paganismo, sino para el mismo judaismo, el sentimiento de humanidad, el amor, estaba limitado y restringido a la raza y al culto. El prójimo no existía fuera de la religión, del culto, de la nación. Cristo venía a romper estas limitaciones, nacidas de la pequeñez y dureza del corazón humano, imponiendo un amor que impregnado del espíritu viviente de la ejemplaridad de Cristo, nos hiciese ver en el hombre al prójimo, sin distinciones de raza, de virtud, de vicio, de cultura; sin distinción de clases y niveles sociales; sin distinción de sexo, de inteligencia o de libertad. Un amor que nos hiciese ver en todo ser humano un real o posible hijo adoptivo de Dios; un amor que nos polarizase a todos en Dios, como fin supremo, infinito, inevitable...
     Cristo nos imponía un amor que llevaba en la entraña viva la ley insobornable del desinterés, del sufrimiento y hasta de la muerte si fuese necesaria por el prójimo: ¡amaros como Yo os amo¡... Y a las pocas horas daba su vida por nosotros en un patíbulo. Cristo nos pedía un amor universalista y sin quiebras, en el que habían de caber aun aquellos que no habían de profesar la misma fe en Cristo, como vigorosamente parafraseó San Pablo: "Jesús, el Maestro, nos amó antes de que fuésemos dignos de ser amados, estando aún sumidos en las tinieblas de las sombras de la muerte" (Ef. II, 4, 5).
     Quizá nuestro minúsculo corazón humano, no entiende este amor de Cristo; este pequeño corazón que se sacia en cicaterías y que se ahoga con una simple emoción volatinera; está muy lejos de comprender un amor tan total, que lleva en su entraña viva el sacrificio y aun la muerte. Y, vuelvo a repetir mientras este amor no sea la vértebra esencial del Cristianismo; mientras este amor no se convierta en la razón esencial y total de nuestra fe; mientras este amor no sea una realidad palpitante y angustiosamente exigente en nuestra vida y nuestra sociedad cristianas; nuestro Cristianismo no será el auténtico, nuestro Cristianismo será una farsa triste y trágica, que desaparecerá barrido por cualquier otra fuerza que se presente con la máscara de cualquier filantropía. ¿Es por esto por lo que estamos dando pruebas de esterilidad, de impotencia, de incapacidad casi total? ¿Esgrimimos un Cristianismo vital y cordial, obsesivo y apasionado, contra los frentes poderosos que nos acosan, o nos contentamos con la admiración fría e inútil de una bella doctrina que fué, pero que ya no nos dice nada en el mundo de hoy? ¿Estamos convencidos de que el Cristianismo no es una doctrina sino una vida, y como vida ha de tener, como centro motor, un corazón poderoso y poderoso y ardiente?
     El amor, si no es una realidad concreta y palpable, no es amor ; como no son amor las teorías, las poesías y las bellas concepciones sobre el amor.
     Cristo se propuso a sí mismo como modelo concreto y viviente, y todo el Evangelio chorrea este amor apasionado, ardiente, incondicionado, en todas las circunstancias y en todos los ejemplos posibles. Magdalena, Zaqueo, la adúltera, la samaritana, Pedro... ¡Un amor que todo lo funde desde el adulterio hasta el perjurio, desde la prostitución hasta la mancebía y el concubinato! ¡Un amor que sabe llamar amigo a Judas, que defiende a una prostituta, que acaricia a un niño y llora conmovido por las lágrimas de una pobre viuda! ¡Un amor que sabe llorar por su patria y por la muerte de un amigo, que se compadece ante el hambre de las masas que le siguen, que se mezcla con los pobres y los leprosos, que dialoga con los ladrones, que defienden a los pecadores y que come con ellos aunque le cueste la amargura de la murmuración viperina! ¡Un amor que sabe arrodillarse a los piés de sus discípulos, para lavárselos y besárselos! ¡Un amor sin empeños, ni conveniencias sociales, ni ridiculas exigencias del buen nombre...!
     Cristianos, aquí no hay ni filosofías, ni doctrinas, ni exquisiteces conceptuales, ni poesía sobre el amor. Aquí hay un amor-vida, concreto, real, humanísimo. Si a Cristo le preguntasen qué cosa es el amor, como dentro de pocas horas le preguntarán qué cosa es la verdad, Cristo respondería: ¡el amor soy yo en mis obras!
     San Juan, el apóstol que más vivencialmente sintió el amor vivido y predicado por Cristo, y que nos ha transmitido su mandamiento de amor, hace este comentario del texto del Maestro: 

     "Quien no ama permanece en la muerte. Quien odia a su hermano es un homicida y no tiene en sí la vida eterna. En esto hemos conocido el amor que El dió su vida por nosotros, y nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos. El que tuviere bienes en este mundo y viendo a su hermano en necesidad le cierra sus entrañas, ¿como mora en él el amor de Dios? Hijos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de obra y de verdad..." (1, 3, 13-18).
     "Amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y a Dios conoce. El que no ama no conoce a Dios porque Dios es amor. El amor de Dios hacia nosotros se manifestó en que Dios envió al mundo a su Hijo unigénito para que nosotros vivamos... Si de esa manera nos amó Dios, también debemos amarnos unos a otros..." (id. 4, 7-12).
     Las palabras del Apóstol sugieren incidentalmente el problema que me atrevo a apellidar filantropía pauperista, que va resultando una monstruosa caricatura del verdadero amor cristiano; caricatura nacida del influjo de las corrientes socialistas y marxistas, o dicho más claramente y sin atenuaciones vergonzantes: nacida del miedo a futuras revoluciones.
     No puedo ver un verdadero amor cristiano que se funda en un miedo material y concreto, casi animal; no puedo ver el amor cristiano en una actitud que con rara frecuencia parte del insulto, más o menos velado, a las clases directoras; no puedo ver el amor cristiano, al menos el predicado por Cristo, en una actitud no raras veces sorda y peligrosamente equivoca.
     Con frecuencia en la historia han sido los pobres el parapeto, tras el cual se escondieron fines oscuros e inconfesables. Judas fué el primero en echar mano del método pauperista ante el derroche de un frasco de colonia, derramado, como él decía, inútilmente sobre la cabeza de Cristo; y el frenazo de Cristo fue claro y contundente. Es un pasaje del Evangelio que, como también otros, ocultamos cuidadosamente, sobre todo en estos tiempos de caridades no fáciles de comprender, al menos desde un punto de vista limpiamente cristiano. El amor cristiano es un amor al hombre, al prójimo, sin políticas, sin partidismos, sin redentismos, sin sociologías baratas y equívocas. Es un amor entrañable al hombre por Cristo y en Cristo. Dejo pendiente en vuestras almas un doloroso problema; y lo llamo doloroso, porque estamos a pique de crear con una sociología imprecisa y naturalista, un corrosivo sucedáneo del Evangelio.

 * * *
     Pero el mandamiento nuevo de Cristo, el mandamiento de que nos amásemos mutuamente como El nos amó, encierra una novedad más esencial y profunda.
     Por la revelación sabemos que el hombre ha sido creado a imagen de Dios. Dentro de la creación visible ningún otro ser lleva en sí esta imagen divina. Por lo tanto si el hombre como individuo es una reproducción imperfecta, pero verdadera, en su procesión del Hijo por parte del Padre en el Espíritu Santo; ese individuo como miembro de la comunidad humana es a la vez un reflejo de la comunidad trinitaria de Dios, dentro de la esfera del mundo creado. Y por eso el ser humano ha de hacer verdadero su necesario encuentro con Dios, reflejándole en su necesario encuentro con los hombres, con el prójimo. Según la teología, la vida trinitaria de Dios es el prototipo, solo imperfectamente imitable, de todas las relaciones personales, tanto de las del hombre con Dios, como de las del hombre con sus semejantes. El concepto de prójimo, como objeto del amor nuevo, se revela como una realísima novedad, al descubrirnos la revelación su raíz divina; pues nace de una raíz divina y no de una raíz filantrópica, sentimentalista, sociológica.
     El pecado al irrumpir violentamente en el individuo y en la comunidad humana, ha perturbado este sistema de relaciones, haciendo imposible su realización plena. Por eso el pecado va intrínsecamente contra el amor.
     El pecado irrumpe de manera primordial en el terreno donde el hombre, imagen de Dios, ha de representar plásticamente el misterio central de la revelación cristiana, es decir, en la vida comunitaria de los hombres, vida que siendo en sí misma pluripersonal, une a todos los individuos con el único y exclusivo vínculo del amor. Esta es la gran novedad del nuevo amor mandado por Cristo, creador de una comunidad humana en la que todos los miembros han de tener... cor unum et anima una! Pero..., ¿verdad que ante este sublime ideal humano-divino de convivencia humana y cristiana, siente uno el escalofriante temor de hallarnos a sorprendente lejanía de un Cristianismo real, concreto, auténtico?
     Más aún: el Evangelio es terminante y claro al afirmar que el amor que el hombre debe a Dios, ha de dárselo por medio del amor del hombre a su prójimo. El mandato de Cristo no dice ¡amadme!, sino ¡amaros!. Y cuando en el Evangelio se habla separadamente del amor a Dios, se añade immediatamente: ¡y amarás al prójimo como a tí mismo! ¡ No existe separación en esta expresión dual del mismo esencial amor!.
     El amor a Dios ni es verdadero ni merece crédito si no está representado al mismo tiempo en la dimensión intrahumana del hombre con el hombre, del individuo con su prójimo, como elementos de la comunidad humana, la imagen comunitaria de la Trinidad.
     No; no es lo mismo amar a Dios y amar al prójimo; es verdad. Pero el mismo Dios nos dijo que estos dos amores se parecían mucho, y además nos aseguró que eran inseparables: ¡lo que hicisteis con el más pequeño de mis hermanos a mí me lo hicisteis! (Mt. XXV, 46); si alguno dijere: amo a Dios, pero aborrece a su hermano, miente. Pues el que no ama a su hermano a quien ve, no es posible que ame a Dios a quien no ve (I J. IV , 26).     La intuición arcangélica de San Juan, nos revela una novedad esencial del mandamiento nuevo, y que dejo en los horizontes luminosos de vuestra alma cristiana, pues rebasan los límites específicos y psicológicos de una tarde de Jueves Santo: el amor como vía de cognoscibilidad de Dios; el amor supliendo la ceguedad humana con relación a lo divino, pero por la ingerencia misteriosa de una vida divina que acusa vivencialmente la presencia vital de Dios en nosotros: A Dios jamás le vió nadie; si nosotros nos amamos mutuamente, Dios permanece en nosotros y su amor es en nosotros perfecto. Conocemos que permanecemos en El y El en nosotros en que nos dió su Espíritu. Y añade estas asombrosas palabras: por el amor como es El, así somos nosotros en este mundo (I J. IV, 12-17); el amor nos diosifica.
     Y... ¡qué necesidad tenemos de esa diosificación, nosotros hijos de la ira y del odio! ¡nosotros los que destilamos angustia, indigencia y desesperanza! ¡nosotros los devorados por un amor bestial de cada hombre a sí mismo, de cada pueblo a sí mismo, de cada raza a sí misma! ¡nosotros los hijos de las furias, que hemos llenado la tierra de fuego, de humo, de sangre, de sepulcros, de osamentas!
     ¡Qué triste tener que recluirse en un templo en una desolada tarde de un Jueves Santo, para oir hablar del amor, algo así como si fuera una poesía lejana, un ideal soñado e irrealizable, uno de los temas obligados e intranscendentes de una corriente Semana Santa!
     ¿A qué nos suenan las palabras de Cristo a nosotros que a fuerza de negros egoísmos hemos centuplicado los odios, las codicias, las esclavitudes? ¿A qué suenan las palabras de un Cristo que exije que nos amemos, a nosotros que nos roemos mutuamente en odios irreprimibles de los pequeños contra los grandes, de los pobres contra los ricos, de los grupos ambiciosos contra los grupos decadentes, de los pueblos poderosos contra los pueblos subyugados, de los descontentos contra los contentos ?
     ¿A qué suenan esas palabras ¡amaros mutuamente, en eso conocerán que sois mis discípulos!, en estos años en que el linaje humano, corroído por todas las ambiciones, ha llegado al delirio de todas las fiebres y a la locura de todos los rencores? ¿Qué significa esa hermandad universal exigida por Cristo en estos fúnebres momentos de la raza humana, convertida en un rebaño de fieras malamente contenidas por el látigo y la fuerza? ¿Qué significa el divino y generoso descubrimiento del prójimo, ese reflejo de Dios en el mundo, en una tristísima circunstancia espiritual en la que el hombre, como ser social, es definido por nuestros filósofos como lobo, como zorro, como animal de presa?
     En este momento de la raza humana, en que todo resuena a derrumbamientos colosales ¿qué significa una palabra que además de divina, es profundísimamente humana, que nos pide amor, comprensión, ternura, que quiere convertir en vergel este desolado y árido desierto, por el que corren enloquecidas almas de acero y corazones de hierro?
     ¡Pobre Cristo, que te empeñas en pedir amor al hombre, y tienes que arrancar solitario hacia el patíbulo, casi sin posibilidad de que tu mensaje sea comprendido!
     ¡Pobre Cristo, que te empeñas en pedir amor a unos seres adormecidos en la borrachera siniestra de todos los venenos, dominados por el repugnante sadismo de saciarse en la muerte de sus hermanos!
     ¡Pobre Cristo, que te empeñas en encender un amor generoso y limpio como tu corazón divino, en unos corazones carcomidos por las drogas adormecedoras y afrodisíacas de una edad voluptuosa y fúnebre, que sepulta a sus hombres en los lupanares y las trincheras, que los anega en cataratas de alcohol, que los diezma con todos los vicios!
     ¿Qué significa, cristianos, en un triste Jueves Santo, la llamada angustiosa de Cristo, en un mundo que después de veinte siglos de Cristianismo, desconoce el misterio de la Cruz, desconoce el misterio del amor; que está encenagado en la idolatría de la fuerza, en la ambición del dinero, en el regodeo de la carne?
     ¿Qué significa el amor generoso y creador de Cristo para un mundo monstruoso burdel de todas las vergüenzas inconfesables, de todas las aberraciones más monstruosas; para un mundo montado sobre el adulterio, la bigamia y toda la gama de obscenidades, de las que solo es capaz, desgraciadamente, el hombre?
     ¡Pobre Cristo! ¡Temo que la suicida sordera a tu llamada redentora de amor, sea el último paso para la hora de todas las justicias! ¡Te hemos abandonado como un día tus discípulos; y tus dolores, tus azotes, los salivazos inmundos que cayeron sobre tu rostro, tu cruz... todo supimos convertirlo en comercio y en negocio, en turismo y en comparsa, en atracción folklórica y en tipismo regionalista! ¡Como ya no nos duele el corazón con tu dolor, es imposible que nos lo conmuevas con tu amor! ¡Si tu dolor lo hemos puesto al servicio de nuestro turismo y en definitiva de nuestras bolsas; el amor que nos pides no pasa de ser un bello episodio, emotivo y sentimental, de la tragedia de tu pasión, que hoy nos conmueve tanto como... cualquier tragedia de la antigüedad griega!

* * *
     Y, por encima de todo Cristo está inevitablemente ahí; su mandato exigente e imperativo, está en pie; su cruz, austera e insuprimible, está enhiesta sobre la tierra.
     No; no. No se trata de unas simples consideraciones, más o menos sentimentales, muy propias para ser predicadas en el embarullado silencio de un templo la tarde de un Jueves Santo. No; no se trata de la reclusión de una página del Evangelio, en un acto simplemente conmemorativo, entre las cuatro paredes de una iglesia.
     Se trata, ni más ni menos, de la salvación de la sociedad, de la salvación del mundo; se trata de estrellarse o no estrellarse contra Cristo, según la escalofriante profecía de Simeón; se trata de ser o no ser, y no solamente en la eternidad, sino en el tiempo, en la vida temporal, en el mundo. Se trata del dilema tremendo plantado en medio del mundo, e inexorablemente, por Cristo: ¡o conmigo o contra mí! Se trata de volver a Dios desde todos los abismos y todos los envilecimientos, de encontrar la senda del amor después de haber gustado las desolaciones de la muerte; o se trata de hacer nuestro, al borde de la desesperación más satánica que haya existido, el grito infernal del corazón más oscuro que haya alentado sobre la tierra: ¡somos los asesinos de Dios!
     ¿Creéis que es pura escenografía teatral ver a Cristo sobre el fondo sinistro del patíbulo, rodeado de todos los odios y todas las traiciones, gritar al mundo y a los hombres: ¡amaros!? ¿No recordáis que en la esencia de su Evangelio está la abolición del odio, la abolición del concepto de enemigo? "Habéis oído que fué dicho: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os odian, rogad por los que os ultrajan... A fin de que seáis imitadores de vuestro Padre que está en los cielos, que hace que su sol se levante sobre los malvados y sobre los buenos, y hace llover sobre los justos y sobre los injustos. Porque si amáis a los que os quieren, ¿qué mérito hay en ello? ¿No hacen eso también los gentiles? Y si acogéis únicamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de singular? ¿no hacen los paganos otro tanto?".
     ¡Palabras llanas, sencillas, desnudas, sin filosofía... que no acabamos de comprender! ¡Palabras con las que Cristo quería fundar su reino, su nuevo Reino, cimentado por encima de la Ley y la Guerra, en el Amor! ¡Palabras por que quiso transformarnos de bestias en santos por medio del amor! ¡Palabras por las que a todos los hombres, hermanos en la miseria, nos quiso transhumanizarnos, divinizarnos, y así, con nosotros, crear el nuevo Reino! ¡Amor de Dios al hombre; amor del hombre a Dios, al amigo, al enemigo!
     Pero fijaros bien, cristianos. Si este amor fuese imposible, sería imposible también nuestra salvación; si este amor fuese absurdo, Cristo sería la más monstruosa de las contradiciones y su Cruz el más insoluble de todos los problemas. Si ese amor fuese irrealizable entre los hombres, sería irrealizable el ideal de la sociedad cristiana; la historia humana se reduciría a una serie de milenios de probar y volver a probar el modo, de que una jauría de perros pudiesen convivir por algún tiempo unidos, aunque fuesen dominados por la fusta y el látigo. Si este amor fuese la vana ilusión de unas palabras vacías, el corazón humano sería el desierto más estéril, más triste y más calcinado de todos los desiertos, y nuestra alma la oquedad más gélida y tenebrosa de las imaginables.
     ¡Qué mal comprendemos en estos años de odios irrefrenables, el amor a los enemigos, a los que nos odian! Les odiamos porque nos amamos a nosotros mismos en demasía; les odiamos porque somos egoístas; les odiamos porque casi siempre nos olvidamos que en nosotros, y no en ellos, está la causa de su odio. Les odiamos porque son perversos, olvidándonos que también nosotros lo somos; los odiamos porque nos roban aquello mismo que nosotros habíamos robado... ¡Amando a nuestros enemigos es como podremos imitar el amor de Dios a nosotros, sus enemigos!
     Cristo al predicar el mandamiento nuevo, al imponer sin excepciones el amor integral a los hombres, descubriendo al prójimo, y haciendo desaparecer al enemigo; ha invertido todos los valores de la historia humana, ha vuelto del revés todas las relaciones entre los hombres: cuando el hombre odie lo que hoy ama y ame lo que hoy odia; entonces el hombre será otro la sociedad humana será otra; será la real, la verdadera sociedad, posible familia y hogar de todos los hombres. Entonces será posible pensar en una felicidad humana y temporal, previa a la felicidad eterna; entonces será verdad que el Reino de los Cielos empezará en la tierra.
     Cristianos, dejo este llamamiento temblando en vuestras almas. Que estos momentos solemnes, no se reduzcan a un simple protocolo religioso, más o menos profundamente sentido; sino una llamada seria y sincera a la conciencia: a la conciencia individual y a la conciencia colectiva, porque somos no solo cristianos, sino sociedad cristiana en el mundo.
     Cristianos, demos una respuesta pública y explictamente al mundo, que sin saberlo busca desoladamente a Cristo. Este mundo febril y materializado, busca desesperadamente una oleada de amor, para salir de tanta podredumbre, de tana sedición, de tanto odio. Cristo mismo anda buscando un punto de apoyo para su nueva aparición, y es triste que su pueblo, el pueblo cristiano, no se lo dé. Hemos llegado a una segunda plenitud de los tiempos que, o se corona con el amor de una hermandad humana y de una realización total del amor pedido por Cristo, o nos hundimos para siempre en la más horrible y trágica de las hecatombes...
     "Hoy los más de los hombres no saben, no quieren hallarte, oh Cristo. Si no haces sentir tu mano sobre su cabeza y tu voz sobre sus corazones, seguirán buscándose tan solo a sí mismos, sin hallarse, porque nadie se posee si no te posee.
     Nosotros te rogamos, pues, oh Cristo; nosotros los renegados, nosotros los culpables; nosotros, los que aún nos acordamos de tí y nos esforzamos en vivir contigo, aunque siempre demasiado lejos de tí; nosotros, los últimos, los que fatigados, rendidos, regresamos de los periplos y los precipicios, te rogamos que vuelvas una vez más entre los hombres que te mataron, entre los hombres que siguen matándote, para darnos de nuevos a todos nosotros, asesinos en la oscuridad, la luz de la verdadera vida...
     ...¿Por qué no has de acudir al llamamiento de los miserables? ¿No dijiste haber venido para los enfermos más que para los sanos, por el que se perdió más que por los que quedaron? Pues ya ves que todos los hombres están apestados y febriles, y que cada uno de nosotros, buscándose a sí mismo, se ha extraviado y se ha perdido. Nunca como hoy ha sido tan necesario tu Mensaje, y nunca fué como hoy olvidado y menospreciado. El Reino de Satanás ha desplegado todo su poder, y la salvación que todos buscan a tientas no puede estar más que en tu Reino.
     El gran experimento se aproxima al fin. Los hombres, alejándose del Evangelio, han encontrado la desolación y la muerte... Ya no tenemos nosotros, los desesperados, sino la esperanza de que vuelvas. Si no vienes a despertar a los durmientes que yacen en la charca hedionda de nuestro infierno es señal de que el castigo te parece aún harto corto y ligero para nuestra traición y no quieres derogar el orden de tus leyes...
     Pero nosotros, los últimos, te esperamos todos los días, a pesar de nuestra indignidad y de todo imposible. Y todo el amor que podamos obtener de nuestros corazones desvastados será para tí, ¡oh Crucificado!, que fuiste atormentado por amor nuestro y ahora nos atormentas con el poderío de tu implacable amor..."
(Papini).


José Maria de Alejandro, S.J.
SERMONES DE SEMANA SANTA

lunes, 18 de marzo de 2013

La suplica de la madre.

     María, la preclara Madre del Verbo Eterno, era una sonrisa del cielo en forma de mujer.
     Su belleza era tan perfecta como su candidez; su ternura tan grande como la majestad de su porte y de sus ademanes.
     Llevaba en sí un quid divinum, que la presentaba irresistible ya a la primera mirada, empero cuando a la primera y seductora impresión sucedia la intimidad del trato, era cosa de no poder vivir léjos de ella.
     Su existencia preciosa era tan necesaria al corazón de los que por su gran fortuna la contemplaran siquiera por una vez, como la felicidad es el constante afan, la indispensable necesidad de los que la han soñado.
     Jesucristo era lo más grande que ha podido existir sobre la tierra; María era lo más tierno que ha existido jamás.
     La miel de sus palabras producía en el alma el éxtasis de la gloria: la suavidad de su mirada arrebataba el corazon a los espacios brillantes del empíreo: sintiendo su mágico y divinal influjo, se adivinaba algo de la ventura eterna.
     Sus ojos eran grandes, azules, y producian la mirada incomparable de los ángeles; su rostro oval y trigueño, estaba tan modelado y era tan perfecto, que parecía haberse complacido el Señor en hacerle hermoso, y el capullo del granado había florecido en sus labios, tan sutiles y pequeños, como rojos y expresivos.
     Tenia unos cabellos tan finos y tan rubios, que mejor que cabellos parecian rayos del sol naciente por lo dorados, lo sútiles y copiosos, y todas estas gracias llevadas al extremo de una perfección inimitable, coronaban un cuerpo arrogante; perfectamente modelado, y que parecía encerrar en sí la esencia de la hermosura, de la majestad y de la modestia.
     Frisaba en la edad de los cuarenta y nueve años, y su angelical belleza no menguó con ella, y bien se puede decir que fué tomando más creces, toda vez que el encanto principal se lo presentaba la virtud, que era la vida de su espíritu inmaculado, y esta, a ser ello posible, fue creciendo con los años en la escuela divina de su Hijo.
     Por los momentos aquellos en que en escena la hemos introducido, la incomparable expresión de su belleza peregrina aumentó, si cabo, con la intensidad del dolor que la afligia, porque si aquel rostro era tan bello, tenia la hermosura particular de las emociones violentas y de los intensos sufrimientos.
     En una palabra, así como el ajenjo nace para producir amargos perfumes, a ella se le dió la belleza irresistible del dolor y nunca estaba su dulcísima fisonomía más elocuente y expresiva, y nunca tuviera encanto más inefable, que durante aquellos momentos de angustia suprema y de grande turbación para su alma inmaculada.
     Jesucristo habia nacido para sufrir y ella para llorar. María, pues, si la locusion se nos permite, era el complemento de su divino Hijo.
     La paleta del pintor no tiene colores, ni la mente ideas, cuanto menos palabras nuestra pluma, para ponderar la afligida situación de su alma que rebosaba por su rostro, en los momentos por los cuales la triste Magdalena le acabara de comunicar la terrible noticia del arresto de Jesús
     Muda, cavilosa, con los ojos arrasados en lágrimas y fijos con atomismo en el pavimento, exhalaba suspiros de vez en cuando, suspiros que contenían más cantidad de angustia, que aromas no contiene la corola perfumada de una magnólia. Y así sus tristes compañeras silenciosas la miraban compadeciendo su dolor, sin ánimo de aumentarlo con una palabra vana de esperanza, que les pareciera un crimen.
     En esta circunstancia penetró en la sala la divina figura de Jesús, el que poniendo en su inmaculada Madre una mirada de ternura indescriptible, contuvo un suspiro, y plagando las mano las dejó caer, a la vez que elevando los ojos al cielo dijo entro dientes:    
     —¡Pobre Madre mia!
     Luego con paso majestuoso y ademan resignado, acercóse a ella, y tomando una de sus manos, púsola blandamente en sus divinos labios, para dejar en ella un beso filial.
     Al calor de aquel beso María tornó en sí como de un parasismo, y mirando a Jesús a su lado, en el delirio del amor, le dijo:
     —¡Ah! ¡Tú estás aquí, Hijo mio, y la pobre Madre aún te logra ver incólume! ¡Si lo supieras! ¡Mi corazon angustiado se anegaba en un mar de amarguras! Me figuraba verte arrebatado de mis brazos por seres impíos que meditan tu perdición; me parecia que te maltrataban dura y cruelmente. Yo, llena de amargura y entre agonías, gritábales que eras inocente, que eras la vida de mi alma, que eras el Hijo del Altísimo, y que cesasen de maltratarte, siquiera porque se lo rogaba por los besos de sus madres-moribundas; mas hay! ¡mi clamor era vano, vanos mis suspiros, y aquellos hombres crueles no daban oídos a la voz angustiada de tu pobre Madre, que imploraba su piedad!...
     "¡Y tú, divina luz de mis ojos, tú eras conducido con escarnio y befa de todos, por entre una multitud que te llenaba de burlas y de improperios. Tu mirada benigna y humilde se ponia en ellos como para preguntarles el por qué te maltrataban de aquella, manera, y ellos respondían con sarcasmos, imprimiendo en tus mejillas adoradas tremendos bofetones, que bañaban tu rostro hermoso en sangre!...
     "Despues parecíame verte con un pesado madero en los hombros, subir la cuesta del Gólgota con una soga al cuello y una cadena al cinto, peso que a duras penas podia arrastrar tu escuálida naturaleza; y luego... luego... ¡Ay! yo desfallezco, y una amargura indescriptible desgarra, al recordarlo tan sólo, el corazon de tu pobre Madre.
     "¡Ah, Hijo mió! Por estas lágrimas que miras derramar a mis escaldados ojos; por estos suspiros que tan hondamente conturban mi pobre corazon; por la mortal agonía de mi espíritu, te suplico en mi desconsuelo horrendo, que me digas que todo ello fue una ilusión, una pesadilla, un sueño que pasó despues de haberme mortificado un instante!"
     Calló la inmaculada Vírgen dichas estas palabras, y poniendo con verdadero frenesí su mirada en el rostro de Jesús, aguardó la respuesta que le pedia con tanto interés y con tanta ternura.
     El Cristo compadecido de su tormento la miraba también con inaudita dulzura y compasión, hasta que al poco rato dijo tomando tiernamente una mano de su Madre entre las suyas:
     —Madre mia, valor. La hora del sacrificio se acerca, y si vos desmayais, quien de los que me aman quedará junto a mí en el hora triste de mi última agonía? Voy a morir; el Gólgota me espera, y la cruz amada, aquella cruz de la cual tantas veces os he hablado con entusiasimo amoroso, aquella esposa querida de mi ardiente corazón, me tiendo ya sus brazos cariñosos, y yo voy a abrazarla con infinita ternura, porque por ella he suspirado todos los instantes de mi vida.
     "¡Ea; ánimo pues, Madre mia, porque el Hijo del hombre necesita de toda vuestra ternura para endulzar un poco las horribles angustias de su muerte!...
     Y luego haciendo una pausa, con voz conmovida prosiguió:  
—Todos me abandonarán; todos espantados han de huir de mí, y al dolor de mis martirios se juntará el dolor de ver a los seres que amo tanto, alejados de Cristo moribundo. Si vos desmayais, cuando mis labios exhalen el postrer suspiro, ¿quién estará junto a mí, para endulzar con una mirada compasiva tanta y tan dolorosa agonía?
     —¡Oh! calla por piedad, Luz de mia ojos;—exclamó María con desgarrado acento; —calla, porque oyéndote siento que me va faltando el sentido, y mucho temo que si prosigues caeré exánime en tus brazos! ¡Hah! presencia necesitas para endulzar el amargor de tu cruel agonía; si el Hijo espirante de Dios, necesita cuando todos le abandonen la mirada compasiva de su Madre, para que el Señor del universo no se vea solo en la hora más amarga de su vida, no temas, yo tu indigna Madre, estaré con el corazon desmayado al pié de la cruz, y mis lágrimas, y mi compasion, dueño mió, te dirán la intensidad de mi ofrecimiento y de mi angustia.
     "¡Ojalá,—continuó muy luego;—ojalá cuando el Dios mártir rinda a la muerte el tributo de su vida humana, vuele con su divinidad a las mansiones felices de mi alma lacerada! ¡Oh! ¡si al ménos pudiera esperar este desenlace, mis penas no serian tan dignas de compasion! 
     "¡Pobre Madre! ¡pobre Madre!... —balbuceó con acento desmayado;—tener toda su gloria, todo su contento, toda su dicha en el Hijo adorado de sus entrañas; vivir de la dulzura que destilan sus labios; ser la mujer más feliz y afortunada de la creación; contemplar como ese Ilijo adorado, que lo es de Dios, siembra el bien por la tierra, y luego considerar esa vida tan amada amenazada por los hombres crueles, refractarios a su palabra divina, y después contemplarle apostrofado por aquellos que tantos bienes le deben, y después mirarle dar su último suspiro en el ignominioso y horrible tormento de la cruz, sin que nadie de cuantos él quiso tanto esté a su lado, sin que tenga la triste satisfacción de ver llorar en compañía de su Madre a una persona, a un ser de aquellos a quienes ha colmado de beneficios! ¡Oh situación horrenda! Mi pecho estalla de dolor al considerarlo, y ¡ay! si tú, Hijo mió, no me infundes el necesario valor, mucho tomo perecer ántes que mis ojos lo contemplen.
     —No temáis, dulce Madre mia; el Eterno o infundirá valor, y yo tendré por lo menos el consuelo de miraros al pie de mi cruz, fiel al amor que me profesáis.
     Magdalena y las demás santas mujeres, que a esta conmovedora escena habian asistido, no podían contener las lágrimas de ternura, que en presencia de lo que miraban arrojaba a sus ojos el conmovido corazón, y así levantándose la primera, con los ojos nublados por las lágrimas, y el semblante descompuesto por la intensidad del dolor, dejóse caer con abandono a las plantas de la más dulce de las Madres, y plegando las manos, con voz entrecortada por los sollozos, dijo:
     —Bastante tiempo, Señora, bastante tiempo he permanecido alejada de mi adorado Jesús, y yo, aunque pecadora, yo, aunque sea una mujer tan despreciable, quiero permanecer constantemente en vuestra compañía, y si los brazos da la indigna Magdalena merecen sosteneros en las horas de vuestra más intensa aflixion, y si el dolor de mi pecho, y las lágrimas de mis ojos, pueden serviros de algún lenitivo en vuestra amargura, permitid que os acompañe siempre, permitid que me haga partícipe de vuestras agonías. Si los hombres no sólo os abandonan, sino que os maltratan, una miserable pecadora, sin temor a los hombres, ni a la rudeza del trato, estará a vuestro lado al pie de la cruz, y allí lloraremos juntas, y si viene la muerte nos cogerá abrazadas.
     —¡Gracias, alma noble y compasiva;—díjole tristemente María tendiéndole una mano;—gracias, Magdalena! Acepto tu generoso ofrecimiento, y tú me sostendrás durante aquellos instantes en que las fuerzas me abandonen.
     Magdalena puso un beso en aquella preciosa mano; beso comparable tan solo a la erupción más intensa de la gratitud, ó a la ternura con que una madre lo estampa en los carrillos del tierno infante que llorara muerto.
     Las demás mujeres acercáronse también a la Madre de Dios para hacerle el mismo ofrecimiento, que como el de Magdalena, fue con gratitud aceptado.
     Luego la inmaculada Virgen dirigiéndose a su divino Hijo, y señalándole sus compañeras, que desde entónces debian formar el cortejo de sus angustias, le dijo:
     — Al menos no lloraré sola; al ménos tendrás al pié de la cruz otras almas que conmigo se compadecerán de tu pobre suerte. Hijo mio, dales valor para que no desmayen en el generoso propósito que les anima, si no es que el Padre Eterno haya dispuesto que, con la copa de la amargura, aspire tambien la última gota de ella, en el abandono absoluto de las almas compasivas.
     Maria reclinó entónces con abandono la fatigada cabeza sobre el pecho divino de su Hijo, y mindole con un encanto indefinible, y con una espresion particular, llena de sobresalto exhaló un suspiro.

     Y asi trascurrieron algunos momentos. La mirada del divino Nazareno fija en la pupila de su Madre, parecía hacerle en un lenguaje mudo, solo de sus almas excelsas comprendido, no se que revelaciones, no sé qué misteriosas confidencias.
     Por fin, María levantó la cabeza abatida como la corola marchita de una flor, y con tono lastimero dijo:
     ¿Pero es posible, luz de mis ojos, es posible que esto haya de pasar por ti? ¿Es posible que abandones a tu desolada Madre, para morir en un afrentoso suplicio?
     —¡Es necesario, Madre mia, es necesario! —respondióle Jesucristo con acento blando y dulce como el amor divino, irrevocable como el decreto de la Redención.
     —¡Ah!— exclamó la preciosa Doncella; — y siendo Dios poderoso y omnipotente, has de pasar por una situación tan desgarradora!
     —Si no fuera asi, dulce Madre mia; si no fuera así, decidme: ¿qué objeto tuviera mi venida a este suelo?
     —Sin embargo, tu todo lo puedes, y el que con una palabra sacó los mundos de la nada, ¿no ha de poder redimir a los hombres de otra manera que muriendo entre crueles y angustiosos tormentos? Si la voz de tu Madre fuese atendida hoy como lo ha sido siempre, hubiera de suplicarte, por ese mismo amor que a los ingratos hombres profesas, que pidieras al Eterno padre se dignara salvar el mundo a un precio menos infinito.
     —¡Oh madre! ¡Tierna Madre mia! Bien os complacería a estar en mi mano, empero ello es imposible. Lo que decretado está, en el libro de la eternidad por el Altísimo, el Verbo humano no puede excusarse de cumplirlo con toda exactitud. Iré ensangrentado al sacrificio, y desde el árbol de la cruz conquistaré para el cielo las futuras generaciones.
     "El amor me condujo al mundo, y para dar de él pruebas palmarías a los hombres, hace treinta y tres años que mis pies pisan esto suelo de miserias: empero esto es poco, y todo un Dios ha de ofrecer en sacrificio su vida por amor a los hombres. Si no fuera así, la prueba de cariño que he querido dar al mundo no estuviera a la altura de la divinidad.
     "¿No lo recordáis, Madre mia? Dejad que vuelva los ojos a los primeros dias de mi infancia; a aquellos dias en que tenia por regalada cuna vuestros brazos queridos, y en los cuales vuestra sagrada leche y los besos de esos labios purísimos, eran el alimento constante de vuestro Hijo: ¿lo recordáis?
     "Cumplían los cuarenta dias de mi venida a la tierra, vos pura como el lirio de las selvas no necesitabais la purificación; yo Señor y dueño del mundo, estaba excluido de la ley de la presentación, y sin embargo como todas las mujeres comparecisteis al templo, puesto quo os lo inspiraba mi Espíritu divino.
     "Un anciano poco menos viejo que algunos olivos del monte cercano desplegó sus labios para vaticinaros el triste a la par que infinito destino de vuestro Hijo, y aunque con el alma desgarrada por una daga cruel, me ofrecisteis resignada al Eterno para la salud de los hombres.
     "¿No lo recordáis Madre mia? Yo temblaba en vuestros brazos, que blandamente me oprimian sobre el casto pecho, y de esos ojos de paloma salia la espresion de la amargura de vuestro espíritu en forma de lagrimas; como sale del corazón del árbol la amarga resina conocida con el nombre de mirra.
     "Entonces, y por espresa voluntad de mi amado Padre, descolló ante los ojos de vuestra alma querida, como en un panorama detallado con todos los colores, con toda la intensidad de afectos y de amarguras, la síntesis de mi futura vida. Vuestro amor que debia sacrificar espontáneamente, y por tanto necesitábais conocer la grandeza del sacrificio que se demandaba a vuestro corazón de Madre, para salvar a los hombres.
     "Las contradicciones que durante mi vida he sufrido, las persecuciones de que me abéis mirado el blanco, y las muchas más en que me veréis; las angustias, los tormentos, el vilipendio y hasta la misma muerte de suplicio que me aguarda, con todos sus detalles, con toda su verdad, y hasta con el general abandono en que me voy a encontrar, pasó bañado en Lagrimas, y tinto en sangre ante vuestros ojos queridos, y entonces aceptasteis resignada mi destino, me ofrecisteis a la justicia eterna para la muerte que os anuncio, toda vez que este era el precio de la redención.
     "¿Por qué, pues, ahora que ha llegado el momento supremo, me suplicáis, Madre mia, que evite esa muerte y esas afrentas tan queridas, ya que voluntariamente hélas aceptado?
     "Dejad que el Hijo de Dios muera para dar un testimonio irrefragable de amor a los hombres: dejad que un latido de mi corazón enamorado abra de par en par las puedas de mi pecho ú los mortales; dejad que el Verbo Eterno satisfaga la inmensa sed de tormentos que le devora, inspirado por un amor humanamente incomprensible; dejad a Dios que dé al mundo con su afrentosa muerte la prueba del fuego que arde en su divino Espíritu y que con esa llama abrase y purifique las edades futuras y los hombres qne vendrán.
     "¿Qué hay que pueda hacerme retrocer en la enamorada empresa que me anima? ¿Qué hay que pueda hacerme desistir del violento anhelo que me inspira, de abrazar cariñosamente a esos ciegos mortales que me van a crucificar? Yo descendí del cielo, y todo un Dios se hizo hombre para subir a una cruz y desde allí, con los brazos abiertos y en mitad de la violencia del tormento, llamar un mundo a su presencia divina y decirle en la voz de la postrera agonía:
     —"¡Tú crucificas Dios, y El te redime y perdona! ¡Ven a mis brazos, pobre extraviado; ven a mis brazos, y te prometo por las lágrimas de mi madre darte la felicidad eterna!
     "Ah, Madre mia! ¿Y os opondréis vos al constante deseo de vuestro Hijo tan amado? ¿Me negaréis ahora el triste permiso de ir a la muerte que me preparan? Cuando el Esposo, después de haber ansiado por espacio de treinta y tres años a la elegida de su alma, ve llegado el momento tan apetecido de abrazarla, pondrá obstáculos vuestra ternura incomparable a que esta unión afortunada se realice?...
     -¡Oh! no ¡nunca!— esclamó María con horror. —Hijo Único del Eterno Padre, —dijo luego con voz solemne y mejestuosa; —camina la muerte, ya que ella para tantos debe abrir las puertas de la vida. Yo indigna mujer, yo tu pobre Madre, renuncio de nuevo a tu adorable vida, y a cuantos derechos sobre ella el materno carácter me dá, y todo lo pongo en manos del Altísimo, para que obre en tí según sus adorables providencias.
     Y luego cambiando el majestuoso tono en ternísima y afligida voz, continuó rompiendo en un llanto inconsolable, como quien conoce la grandeza del sacrificio que acababa de hacer
     —¡Hijo mió, Hijo mió! ¿Si tú para la salud y la redención de los hombres pones la vida; si vas por ello a sufrir los mas atroces dolores y tormentos, no podrá contribuir en algo tu desconsolada Madre a esa obra de salvación? Yo también estoy dispuesta a imitar tu generoso ejemplo, y ofrezco mi vida, mis afectos, mis sentimientos para que el mundo renazca a la gracia y tornen los mortales a tu divino amor. Mis lágrimas, mis agonías, los tormentos que mi corazón va a experimentar, y el inmenso sacrificio que acabo de hacer, Eterna vida mia, si es posible, dígnate unirlo a tus méritos y a tu muerte, para la consumación de tu obra de amor, y el mundo que mañana insultará tal vez a la triste Madre, acaso la compadezca en los tiempos que vendrán.
     Y dicho esto dejó caer sus brazos trémulos, como la hoja del bosque azotada por la brisa, sobre el cuello del divino Nazareno, que, abrazándola con inaudita ternera le dijo con voz enternecida:
     —Yo redimiré a los mortales con mi vida, y vos, tierna Madre mia, vos sereis por vuestro dolor y por vuestro sacrificio su corredentora. El Eterno acepta complacido vuestro generoso ofrecimiento, y cual El os bendice por mi mano, os bendecirán también las futuras generaciones.
     Pocos momentos despues, ya más confortada, pero con pena mayor si cabe, preguntó a Jesús:
     —¿Y cuándo partes a esa muerte a la cual te conduce el amor?
     —Mañana a estas horas habrá empezado ya mi sacrificio;—contestóle con una expresión tan resignada como indefinible el divino Jesús.
     !Mañana¡ —exclamaron a coro y con horror las mujeres, que en la estancia tan afligidas estaban.
     La pobres no pudieron ahogar dentro de su pecho este grito de angustia y de espanto.
     —¡Mañana! —repitió la Virgen inmaculada con voz apenas perceptible, —¡Bien pronto por cierto! ¡Mañana mis ojos no podran contemplar ya por más tiempo esa hermosura encanto de los cielos, y vida del corazón de la triste Madre! ¡Mañana le vea tal vez ensangrentado caminar entre tormentos inuaditos por la senda que conduce al Gólgota! ¡Oh Dios mió! ¡dadme valor para que no desmaye mi corazon!
     —Empero el dia del sacrificio será, tierna Madre, la Vigilia de la Pascua. Entonces vos apuraréis la última gota que reste en la copa de vuestra amargura, y yo cediendo a la intensidad y a 1a violencia de los tormentos, exalaré el último suspiro.
     Y dicho esto, María le suplicó que siendo aquella la última noche de su adorable vida que pasaba en su compañía, se dignase dedicarla toda a ella, para robustecer así las débiles fuerzas de su templar con sus sagradas palabras el alma acongojada por la tristeza, a fin de que pudiese resistir sin desmayar, a la infinita violencia del golpe con que la amenazaba el dolor.
    ¿Quién en vigilias de la muerte se puede denegar a una súplica como aquella? ¿Quién no concede a su madre los instantes que le restan de vida, y los cuales parece que para las dulces ternuras se reservan?
     Jesucristo accedió a ello con gusto, porque también lo necesitaba su conturbado corazon. Por otra parte, la suplicante era su madre inmaculada; aquella generosa Mujer, que para la salud de todos, ofrecia a1 Eterno en sacrificio la inestimable vida de su Hijo adorado.
     ¿Cómo podía negarle este tristísimo consuelo Aquel que manda para las flores agostadas por el sol una gota de rocio todas las mañanas?

J. Palles
LA PASION DEL REDENTOR