miércoles, 27 de marzo de 2013

LA SANGRE DEL REDENTOR

Per propium sanguinem
(Hoebr. IX).

     Cristo nos redimió con su sangre.
     Murió en un cruento patíbulo para que nosotros, los pecadores, tuviésemos vida inmortal y dicha eterna.
     San Pablo hace la apología de los méritos infinitos de la Victima Divina, comparándolos a los sacrificios que el pueblo israelita ofrecía en los altares de Jehová.
     Meditemos brevemente en la sangre de Jesús.
     A).—Sangre inocente, no inoculada por el veneno del pecado; sangre Divina que, aunque corría por las venas del hombre, tenía en su oblación y en su derramamiento méritos infinitos que el Señor nos aplicó al morir.
     Sangre que corrió una vez sobre el Calvario y que continúa derramándose en la Eucaristía cuando se celebra el santo sacrificio de la Misa.
     Sangre Inmaculada que el Niño recibió de su Madre Virgen y que tiene encantos de belleza incomparable.
     Sangre de la cual brotó la Iglesia Católica al morir su Divino Fundador.
    Sangre que dió y dará a los mártires de todos los siglos valentía y heroísmo para la inmolación.
     Sangre que ha hecho santos a las almas escogidas que viven y mueren por Dios.
     Sangre fecunda que fertiliza el corazón de los buenos, les infunde heroicidad y abnegaciones admirables.
     Sangre que convierte al pecador, lo lleva hasta el redil del Pastor sacrosanto y le predica el amor divino de Jesús.
     Sangre que es pureza de las vírgenes, candor de los inocentes, sabiduría de los doctores, inspiración de los genios, fortaleza de los luchadores, consuelo de los infortunados.
     Sangre que reconcilió el cielo con la tierra, que nos trajo la santidad y que nos llevará a los alcázares de la Dicha Eterna.

     B).—Sangre    Redentora.—La Sangre de Cristo fue sangre divina por la unión hipostática de la naturaleza humana a la persona divina del Verbo.
     Sangre que era del cuerpo humano, pero que pertenecía a la Persona Divina.
     Por eso nos reconcilió con Dios.
     Por eso satisfizo a la justicia infinita.
     Por eso nos lavó, nos regeneró, nos hizo capaces de llegar a la Bienaventuranza Eterna.
     Redención significa volver a comprar. Pues eso se verificó en el orden religioso y sobrenatural con nuestras almas: fueron compradas por la sangre preciosísima de Jesucristo. (I Pet. I, 18 - I Cor. VI, 20).

     C).—Sangre    Santificadora.—La Sangre de Cristo corre por sus venas a impulsos de su corazón. Corazón y sangre viven actualmente, no sólo en el cielo, sino en la Eucaristía.
     Allí palpita la sangre adorable y santísima de Jesucristo. Pero no es sólo sangre santa, sino santificadora. Quiso Cristo hacer de su Cuerpo y de su Sangre un Sacramento, el más santo de todos. Por esto lo llamamos el Santísimo Sacramento. Al recibirlo nos aumenta la gracia, nos santífica más y más y nos perfecciona.

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