lunes, 18 de marzo de 2013

La suplica de la madre.

     María, la preclara Madre del Verbo Eterno, era una sonrisa del cielo en forma de mujer.
     Su belleza era tan perfecta como su candidez; su ternura tan grande como la majestad de su porte y de sus ademanes.
     Llevaba en sí un quid divinum, que la presentaba irresistible ya a la primera mirada, empero cuando a la primera y seductora impresión sucedia la intimidad del trato, era cosa de no poder vivir léjos de ella.
     Su existencia preciosa era tan necesaria al corazón de los que por su gran fortuna la contemplaran siquiera por una vez, como la felicidad es el constante afan, la indispensable necesidad de los que la han soñado.
     Jesucristo era lo más grande que ha podido existir sobre la tierra; María era lo más tierno que ha existido jamás.
     La miel de sus palabras producía en el alma el éxtasis de la gloria: la suavidad de su mirada arrebataba el corazon a los espacios brillantes del empíreo: sintiendo su mágico y divinal influjo, se adivinaba algo de la ventura eterna.
     Sus ojos eran grandes, azules, y producian la mirada incomparable de los ángeles; su rostro oval y trigueño, estaba tan modelado y era tan perfecto, que parecía haberse complacido el Señor en hacerle hermoso, y el capullo del granado había florecido en sus labios, tan sutiles y pequeños, como rojos y expresivos.
     Tenia unos cabellos tan finos y tan rubios, que mejor que cabellos parecian rayos del sol naciente por lo dorados, lo sútiles y copiosos, y todas estas gracias llevadas al extremo de una perfección inimitable, coronaban un cuerpo arrogante; perfectamente modelado, y que parecía encerrar en sí la esencia de la hermosura, de la majestad y de la modestia.
     Frisaba en la edad de los cuarenta y nueve años, y su angelical belleza no menguó con ella, y bien se puede decir que fué tomando más creces, toda vez que el encanto principal se lo presentaba la virtud, que era la vida de su espíritu inmaculado, y esta, a ser ello posible, fue creciendo con los años en la escuela divina de su Hijo.
     Por los momentos aquellos en que en escena la hemos introducido, la incomparable expresión de su belleza peregrina aumentó, si cabo, con la intensidad del dolor que la afligia, porque si aquel rostro era tan bello, tenia la hermosura particular de las emociones violentas y de los intensos sufrimientos.
     En una palabra, así como el ajenjo nace para producir amargos perfumes, a ella se le dió la belleza irresistible del dolor y nunca estaba su dulcísima fisonomía más elocuente y expresiva, y nunca tuviera encanto más inefable, que durante aquellos momentos de angustia suprema y de grande turbación para su alma inmaculada.
     Jesucristo habia nacido para sufrir y ella para llorar. María, pues, si la locusion se nos permite, era el complemento de su divino Hijo.
     La paleta del pintor no tiene colores, ni la mente ideas, cuanto menos palabras nuestra pluma, para ponderar la afligida situación de su alma que rebosaba por su rostro, en los momentos por los cuales la triste Magdalena le acabara de comunicar la terrible noticia del arresto de Jesús
     Muda, cavilosa, con los ojos arrasados en lágrimas y fijos con atomismo en el pavimento, exhalaba suspiros de vez en cuando, suspiros que contenían más cantidad de angustia, que aromas no contiene la corola perfumada de una magnólia. Y así sus tristes compañeras silenciosas la miraban compadeciendo su dolor, sin ánimo de aumentarlo con una palabra vana de esperanza, que les pareciera un crimen.
     En esta circunstancia penetró en la sala la divina figura de Jesús, el que poniendo en su inmaculada Madre una mirada de ternura indescriptible, contuvo un suspiro, y plagando las mano las dejó caer, a la vez que elevando los ojos al cielo dijo entro dientes:    
     —¡Pobre Madre mia!
     Luego con paso majestuoso y ademan resignado, acercóse a ella, y tomando una de sus manos, púsola blandamente en sus divinos labios, para dejar en ella un beso filial.
     Al calor de aquel beso María tornó en sí como de un parasismo, y mirando a Jesús a su lado, en el delirio del amor, le dijo:
     —¡Ah! ¡Tú estás aquí, Hijo mio, y la pobre Madre aún te logra ver incólume! ¡Si lo supieras! ¡Mi corazon angustiado se anegaba en un mar de amarguras! Me figuraba verte arrebatado de mis brazos por seres impíos que meditan tu perdición; me parecia que te maltrataban dura y cruelmente. Yo, llena de amargura y entre agonías, gritábales que eras inocente, que eras la vida de mi alma, que eras el Hijo del Altísimo, y que cesasen de maltratarte, siquiera porque se lo rogaba por los besos de sus madres-moribundas; mas hay! ¡mi clamor era vano, vanos mis suspiros, y aquellos hombres crueles no daban oídos a la voz angustiada de tu pobre Madre, que imploraba su piedad!...
     "¡Y tú, divina luz de mis ojos, tú eras conducido con escarnio y befa de todos, por entre una multitud que te llenaba de burlas y de improperios. Tu mirada benigna y humilde se ponia en ellos como para preguntarles el por qué te maltrataban de aquella, manera, y ellos respondían con sarcasmos, imprimiendo en tus mejillas adoradas tremendos bofetones, que bañaban tu rostro hermoso en sangre!...
     "Despues parecíame verte con un pesado madero en los hombros, subir la cuesta del Gólgota con una soga al cuello y una cadena al cinto, peso que a duras penas podia arrastrar tu escuálida naturaleza; y luego... luego... ¡Ay! yo desfallezco, y una amargura indescriptible desgarra, al recordarlo tan sólo, el corazon de tu pobre Madre.
     "¡Ah, Hijo mió! Por estas lágrimas que miras derramar a mis escaldados ojos; por estos suspiros que tan hondamente conturban mi pobre corazon; por la mortal agonía de mi espíritu, te suplico en mi desconsuelo horrendo, que me digas que todo ello fue una ilusión, una pesadilla, un sueño que pasó despues de haberme mortificado un instante!"
     Calló la inmaculada Vírgen dichas estas palabras, y poniendo con verdadero frenesí su mirada en el rostro de Jesús, aguardó la respuesta que le pedia con tanto interés y con tanta ternura.
     El Cristo compadecido de su tormento la miraba también con inaudita dulzura y compasión, hasta que al poco rato dijo tomando tiernamente una mano de su Madre entre las suyas:
     —Madre mia, valor. La hora del sacrificio se acerca, y si vos desmayais, quien de los que me aman quedará junto a mí en el hora triste de mi última agonía? Voy a morir; el Gólgota me espera, y la cruz amada, aquella cruz de la cual tantas veces os he hablado con entusiasimo amoroso, aquella esposa querida de mi ardiente corazón, me tiendo ya sus brazos cariñosos, y yo voy a abrazarla con infinita ternura, porque por ella he suspirado todos los instantes de mi vida.
     "¡Ea; ánimo pues, Madre mia, porque el Hijo del hombre necesita de toda vuestra ternura para endulzar un poco las horribles angustias de su muerte!...
     Y luego haciendo una pausa, con voz conmovida prosiguió:  
—Todos me abandonarán; todos espantados han de huir de mí, y al dolor de mis martirios se juntará el dolor de ver a los seres que amo tanto, alejados de Cristo moribundo. Si vos desmayais, cuando mis labios exhalen el postrer suspiro, ¿quién estará junto a mí, para endulzar con una mirada compasiva tanta y tan dolorosa agonía?
     —¡Oh! calla por piedad, Luz de mia ojos;—exclamó María con desgarrado acento; —calla, porque oyéndote siento que me va faltando el sentido, y mucho temo que si prosigues caeré exánime en tus brazos! ¡Hah! presencia necesitas para endulzar el amargor de tu cruel agonía; si el Hijo espirante de Dios, necesita cuando todos le abandonen la mirada compasiva de su Madre, para que el Señor del universo no se vea solo en la hora más amarga de su vida, no temas, yo tu indigna Madre, estaré con el corazon desmayado al pié de la cruz, y mis lágrimas, y mi compasion, dueño mió, te dirán la intensidad de mi ofrecimiento y de mi angustia.
     "¡Ojalá,—continuó muy luego;—ojalá cuando el Dios mártir rinda a la muerte el tributo de su vida humana, vuele con su divinidad a las mansiones felices de mi alma lacerada! ¡Oh! ¡si al ménos pudiera esperar este desenlace, mis penas no serian tan dignas de compasion! 
     "¡Pobre Madre! ¡pobre Madre!... —balbuceó con acento desmayado;—tener toda su gloria, todo su contento, toda su dicha en el Hijo adorado de sus entrañas; vivir de la dulzura que destilan sus labios; ser la mujer más feliz y afortunada de la creación; contemplar como ese Ilijo adorado, que lo es de Dios, siembra el bien por la tierra, y luego considerar esa vida tan amada amenazada por los hombres crueles, refractarios a su palabra divina, y después contemplarle apostrofado por aquellos que tantos bienes le deben, y después mirarle dar su último suspiro en el ignominioso y horrible tormento de la cruz, sin que nadie de cuantos él quiso tanto esté a su lado, sin que tenga la triste satisfacción de ver llorar en compañía de su Madre a una persona, a un ser de aquellos a quienes ha colmado de beneficios! ¡Oh situación horrenda! Mi pecho estalla de dolor al considerarlo, y ¡ay! si tú, Hijo mió, no me infundes el necesario valor, mucho tomo perecer ántes que mis ojos lo contemplen.
     —No temáis, dulce Madre mia; el Eterno o infundirá valor, y yo tendré por lo menos el consuelo de miraros al pie de mi cruz, fiel al amor que me profesáis.
     Magdalena y las demás santas mujeres, que a esta conmovedora escena habian asistido, no podían contener las lágrimas de ternura, que en presencia de lo que miraban arrojaba a sus ojos el conmovido corazón, y así levantándose la primera, con los ojos nublados por las lágrimas, y el semblante descompuesto por la intensidad del dolor, dejóse caer con abandono a las plantas de la más dulce de las Madres, y plegando las manos, con voz entrecortada por los sollozos, dijo:
     —Bastante tiempo, Señora, bastante tiempo he permanecido alejada de mi adorado Jesús, y yo, aunque pecadora, yo, aunque sea una mujer tan despreciable, quiero permanecer constantemente en vuestra compañía, y si los brazos da la indigna Magdalena merecen sosteneros en las horas de vuestra más intensa aflixion, y si el dolor de mi pecho, y las lágrimas de mis ojos, pueden serviros de algún lenitivo en vuestra amargura, permitid que os acompañe siempre, permitid que me haga partícipe de vuestras agonías. Si los hombres no sólo os abandonan, sino que os maltratan, una miserable pecadora, sin temor a los hombres, ni a la rudeza del trato, estará a vuestro lado al pie de la cruz, y allí lloraremos juntas, y si viene la muerte nos cogerá abrazadas.
     —¡Gracias, alma noble y compasiva;—díjole tristemente María tendiéndole una mano;—gracias, Magdalena! Acepto tu generoso ofrecimiento, y tú me sostendrás durante aquellos instantes en que las fuerzas me abandonen.
     Magdalena puso un beso en aquella preciosa mano; beso comparable tan solo a la erupción más intensa de la gratitud, ó a la ternura con que una madre lo estampa en los carrillos del tierno infante que llorara muerto.
     Las demás mujeres acercáronse también a la Madre de Dios para hacerle el mismo ofrecimiento, que como el de Magdalena, fue con gratitud aceptado.
     Luego la inmaculada Virgen dirigiéndose a su divino Hijo, y señalándole sus compañeras, que desde entónces debian formar el cortejo de sus angustias, le dijo:
     — Al menos no lloraré sola; al ménos tendrás al pié de la cruz otras almas que conmigo se compadecerán de tu pobre suerte. Hijo mio, dales valor para que no desmayen en el generoso propósito que les anima, si no es que el Padre Eterno haya dispuesto que, con la copa de la amargura, aspire tambien la última gota de ella, en el abandono absoluto de las almas compasivas.
     Maria reclinó entónces con abandono la fatigada cabeza sobre el pecho divino de su Hijo, y mindole con un encanto indefinible, y con una espresion particular, llena de sobresalto exhaló un suspiro.

     Y asi trascurrieron algunos momentos. La mirada del divino Nazareno fija en la pupila de su Madre, parecía hacerle en un lenguaje mudo, solo de sus almas excelsas comprendido, no se que revelaciones, no sé qué misteriosas confidencias.
     Por fin, María levantó la cabeza abatida como la corola marchita de una flor, y con tono lastimero dijo:
     ¿Pero es posible, luz de mis ojos, es posible que esto haya de pasar por ti? ¿Es posible que abandones a tu desolada Madre, para morir en un afrentoso suplicio?
     —¡Es necesario, Madre mia, es necesario! —respondióle Jesucristo con acento blando y dulce como el amor divino, irrevocable como el decreto de la Redención.
     —¡Ah!— exclamó la preciosa Doncella; — y siendo Dios poderoso y omnipotente, has de pasar por una situación tan desgarradora!
     —Si no fuera asi, dulce Madre mia; si no fuera así, decidme: ¿qué objeto tuviera mi venida a este suelo?
     —Sin embargo, tu todo lo puedes, y el que con una palabra sacó los mundos de la nada, ¿no ha de poder redimir a los hombres de otra manera que muriendo entre crueles y angustiosos tormentos? Si la voz de tu Madre fuese atendida hoy como lo ha sido siempre, hubiera de suplicarte, por ese mismo amor que a los ingratos hombres profesas, que pidieras al Eterno padre se dignara salvar el mundo a un precio menos infinito.
     —¡Oh madre! ¡Tierna Madre mia! Bien os complacería a estar en mi mano, empero ello es imposible. Lo que decretado está, en el libro de la eternidad por el Altísimo, el Verbo humano no puede excusarse de cumplirlo con toda exactitud. Iré ensangrentado al sacrificio, y desde el árbol de la cruz conquistaré para el cielo las futuras generaciones.
     "El amor me condujo al mundo, y para dar de él pruebas palmarías a los hombres, hace treinta y tres años que mis pies pisan esto suelo de miserias: empero esto es poco, y todo un Dios ha de ofrecer en sacrificio su vida por amor a los hombres. Si no fuera así, la prueba de cariño que he querido dar al mundo no estuviera a la altura de la divinidad.
     "¿No lo recordáis, Madre mia? Dejad que vuelva los ojos a los primeros dias de mi infancia; a aquellos dias en que tenia por regalada cuna vuestros brazos queridos, y en los cuales vuestra sagrada leche y los besos de esos labios purísimos, eran el alimento constante de vuestro Hijo: ¿lo recordáis?
     "Cumplían los cuarenta dias de mi venida a la tierra, vos pura como el lirio de las selvas no necesitabais la purificación; yo Señor y dueño del mundo, estaba excluido de la ley de la presentación, y sin embargo como todas las mujeres comparecisteis al templo, puesto quo os lo inspiraba mi Espíritu divino.
     "Un anciano poco menos viejo que algunos olivos del monte cercano desplegó sus labios para vaticinaros el triste a la par que infinito destino de vuestro Hijo, y aunque con el alma desgarrada por una daga cruel, me ofrecisteis resignada al Eterno para la salud de los hombres.
     "¿No lo recordáis Madre mia? Yo temblaba en vuestros brazos, que blandamente me oprimian sobre el casto pecho, y de esos ojos de paloma salia la espresion de la amargura de vuestro espíritu en forma de lagrimas; como sale del corazón del árbol la amarga resina conocida con el nombre de mirra.
     "Entonces, y por espresa voluntad de mi amado Padre, descolló ante los ojos de vuestra alma querida, como en un panorama detallado con todos los colores, con toda la intensidad de afectos y de amarguras, la síntesis de mi futura vida. Vuestro amor que debia sacrificar espontáneamente, y por tanto necesitábais conocer la grandeza del sacrificio que se demandaba a vuestro corazón de Madre, para salvar a los hombres.
     "Las contradicciones que durante mi vida he sufrido, las persecuciones de que me abéis mirado el blanco, y las muchas más en que me veréis; las angustias, los tormentos, el vilipendio y hasta la misma muerte de suplicio que me aguarda, con todos sus detalles, con toda su verdad, y hasta con el general abandono en que me voy a encontrar, pasó bañado en Lagrimas, y tinto en sangre ante vuestros ojos queridos, y entonces aceptasteis resignada mi destino, me ofrecisteis a la justicia eterna para la muerte que os anuncio, toda vez que este era el precio de la redención.
     "¿Por qué, pues, ahora que ha llegado el momento supremo, me suplicáis, Madre mia, que evite esa muerte y esas afrentas tan queridas, ya que voluntariamente hélas aceptado?
     "Dejad que el Hijo de Dios muera para dar un testimonio irrefragable de amor a los hombres: dejad que un latido de mi corazón enamorado abra de par en par las puedas de mi pecho ú los mortales; dejad que el Verbo Eterno satisfaga la inmensa sed de tormentos que le devora, inspirado por un amor humanamente incomprensible; dejad a Dios que dé al mundo con su afrentosa muerte la prueba del fuego que arde en su divino Espíritu y que con esa llama abrase y purifique las edades futuras y los hombres qne vendrán.
     "¿Qué hay que pueda hacerme retrocer en la enamorada empresa que me anima? ¿Qué hay que pueda hacerme desistir del violento anhelo que me inspira, de abrazar cariñosamente a esos ciegos mortales que me van a crucificar? Yo descendí del cielo, y todo un Dios se hizo hombre para subir a una cruz y desde allí, con los brazos abiertos y en mitad de la violencia del tormento, llamar un mundo a su presencia divina y decirle en la voz de la postrera agonía:
     —"¡Tú crucificas Dios, y El te redime y perdona! ¡Ven a mis brazos, pobre extraviado; ven a mis brazos, y te prometo por las lágrimas de mi madre darte la felicidad eterna!
     "Ah, Madre mia! ¿Y os opondréis vos al constante deseo de vuestro Hijo tan amado? ¿Me negaréis ahora el triste permiso de ir a la muerte que me preparan? Cuando el Esposo, después de haber ansiado por espacio de treinta y tres años a la elegida de su alma, ve llegado el momento tan apetecido de abrazarla, pondrá obstáculos vuestra ternura incomparable a que esta unión afortunada se realice?...
     -¡Oh! no ¡nunca!— esclamó María con horror. —Hijo Único del Eterno Padre, —dijo luego con voz solemne y mejestuosa; —camina la muerte, ya que ella para tantos debe abrir las puertas de la vida. Yo indigna mujer, yo tu pobre Madre, renuncio de nuevo a tu adorable vida, y a cuantos derechos sobre ella el materno carácter me dá, y todo lo pongo en manos del Altísimo, para que obre en tí según sus adorables providencias.
     Y luego cambiando el majestuoso tono en ternísima y afligida voz, continuó rompiendo en un llanto inconsolable, como quien conoce la grandeza del sacrificio que acababa de hacer
     —¡Hijo mió, Hijo mió! ¿Si tú para la salud y la redención de los hombres pones la vida; si vas por ello a sufrir los mas atroces dolores y tormentos, no podrá contribuir en algo tu desconsolada Madre a esa obra de salvación? Yo también estoy dispuesta a imitar tu generoso ejemplo, y ofrezco mi vida, mis afectos, mis sentimientos para que el mundo renazca a la gracia y tornen los mortales a tu divino amor. Mis lágrimas, mis agonías, los tormentos que mi corazón va a experimentar, y el inmenso sacrificio que acabo de hacer, Eterna vida mia, si es posible, dígnate unirlo a tus méritos y a tu muerte, para la consumación de tu obra de amor, y el mundo que mañana insultará tal vez a la triste Madre, acaso la compadezca en los tiempos que vendrán.
     Y dicho esto dejó caer sus brazos trémulos, como la hoja del bosque azotada por la brisa, sobre el cuello del divino Nazareno, que, abrazándola con inaudita ternera le dijo con voz enternecida:
     —Yo redimiré a los mortales con mi vida, y vos, tierna Madre mia, vos sereis por vuestro dolor y por vuestro sacrificio su corredentora. El Eterno acepta complacido vuestro generoso ofrecimiento, y cual El os bendice por mi mano, os bendecirán también las futuras generaciones.
     Pocos momentos despues, ya más confortada, pero con pena mayor si cabe, preguntó a Jesús:
     —¿Y cuándo partes a esa muerte a la cual te conduce el amor?
     —Mañana a estas horas habrá empezado ya mi sacrificio;—contestóle con una expresión tan resignada como indefinible el divino Jesús.
     !Mañana¡ —exclamaron a coro y con horror las mujeres, que en la estancia tan afligidas estaban.
     La pobres no pudieron ahogar dentro de su pecho este grito de angustia y de espanto.
     —¡Mañana! —repitió la Virgen inmaculada con voz apenas perceptible, —¡Bien pronto por cierto! ¡Mañana mis ojos no podran contemplar ya por más tiempo esa hermosura encanto de los cielos, y vida del corazón de la triste Madre! ¡Mañana le vea tal vez ensangrentado caminar entre tormentos inuaditos por la senda que conduce al Gólgota! ¡Oh Dios mió! ¡dadme valor para que no desmaye mi corazon!
     —Empero el dia del sacrificio será, tierna Madre, la Vigilia de la Pascua. Entonces vos apuraréis la última gota que reste en la copa de vuestra amargura, y yo cediendo a la intensidad y a 1a violencia de los tormentos, exalaré el último suspiro.
     Y dicho esto, María le suplicó que siendo aquella la última noche de su adorable vida que pasaba en su compañía, se dignase dedicarla toda a ella, para robustecer así las débiles fuerzas de su templar con sus sagradas palabras el alma acongojada por la tristeza, a fin de que pudiese resistir sin desmayar, a la infinita violencia del golpe con que la amenazaba el dolor.
    ¿Quién en vigilias de la muerte se puede denegar a una súplica como aquella? ¿Quién no concede a su madre los instantes que le restan de vida, y los cuales parece que para las dulces ternuras se reservan?
     Jesucristo accedió a ello con gusto, porque también lo necesitaba su conturbado corazon. Por otra parte, la suplicante era su madre inmaculada; aquella generosa Mujer, que para la salud de todos, ofrecia a1 Eterno en sacrificio la inestimable vida de su Hijo adorado.
     ¿Cómo podía negarle este tristísimo consuelo Aquel que manda para las flores agostadas por el sol una gota de rocio todas las mañanas?

J. Palles
LA PASION DEL REDENTOR 

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