lunes, 4 de marzo de 2013

Anomeos ó desemejantes. Antiadiaforistas. Antidicomarianitas; Antiluteranos o Sacramentarios; Antinomianos ó Anomianos

Anomeos ó desemejantes. 
     Se dió este nombre en el IV siglo a los puros arrianos, porque enseñaban que Dios hijo era desemejante anomoyon a su Padre en esencia y en lodo lo demás. Se les dió además diferentes nombres, como aecianos y eunomianos, etc. a causa de sus jefes Aecio y Eunomio. Se oponían a los semiarríanos, quienes en verdad negaban la consubstancialidad del Verbo con el Padre, mas le atribuían una semejanza en todo con el Padre.
Estas variaciones contribuyeron a que se impugnasen estos herejes entre sí con no menos furor que lo habian verificado contra los católicos; pues los semiarríanos condenaron a los anomeos en el concilio de Seleucia, y los anomeos condenaron también a su vez a los semiarríanos en los concilios de Constantinopla y de Antioquía, y borrraron la voz omoyousyos de la fórmula de Rimini y la de Antioquía, protestando que el Verbo tenia no solo una substancia diferente, sino también uua voluntad diferente de la del Padre. Sócrates, lib. 2;Sozomeno, lib. 4; Teodoreto lib. 4. 

Antiadiaforistas. 
     Esto es, opuestos a los adiaforistas o indiferentes.
     En el siglo XVI se dió este nombre a una secta de luteranos rígidos, que rehusaban reconocer la jurisdicción de los obispos, y desaprobaban muchas ceremonias de la Iglesia, observadas por los luteranos moderados.

Antidicomarianitas
    Antiguos herejes que pretendieron que la santa Virgen no continuó viviendo en el estado de virginidad.
     Se les llama también antidicomarítas, y algunas veces, antimarianitas y antimarianos. Su opinion se fundaba sobre unos pasajes de la Escritura, en donde Jesús hace mención de sus hermanos y de sus hermanas, y sobre otro de San Mateo, en el que se dice, que José no conoció á María hasta que dió a luz a nuestro Salvador. Mas se sabe que entre los hebréos los hermanos y las hermanas significaban frecuentemente los primos y primas.
     Los antidicomarianitas eran unos secuaces de Helvidio y de Joviniano, que aparecieron en Roma a fines del siglo IV. Fueron refutados por San Jerónimo.

Antiluteranos o Sacramentarios 
     Herejes del siglo XVI, los cuales habiéndose separado de la comunion de la Iglesia, a imitación de Lutero, no siguieron sin embargo sus opiniones, y formaron otras sectas, tales como los calvinistas, los zuinglianos, etc.

Antinomianos ó Anomianos
     Enemigos de la ley. También se llamó del mismo modo a muchas sectas de herejes.
     A los anabaptistas que sostuvieron desdo luego que la libertad evangélica los dispensaba de someterse a las leyes civiles, y que tomaron las armas para sacudir el yugo de los príncipes y de la nobleza. En esto pretendieron seguir los principios, que habia establecido Lutero en su libro titulado de la libertad evangélica.
     A los secuaces de Juan Agrícola, discípulo de Lutero, nacido como él en Islebe, o Aisleben, en la baja Sajonia, de donde estos sectarios fueron llamados islebianos. Como dijo San Pablo que el hombro se justifica por la fe, sin necesidad de las obras de la ley; que cuando vino la ley se aumentó el pecado; que si se puede ser justo por la ley, en vano murió Jesucristo, etc., Lutero y sus discípulos tomaron de aquí ocasion para sostener que la obediencia a la ley y las buenas obras de nada servían, respecto a la justificación ni salvación. No querían conocer que en todos estos pasajes habla San Pablo de la ley ceremonial, y no de la ley moral, contenida en el decálogo, puesto que al hablar de esta dice que los que cumpliesen la ley serán justificados, Rom. II, 13.
     Mosheim ha hecho todo lo posible para paliar la doctrina indecorosa de Lutero, y las perniciosas consecuencias que de la misma se seguian. En tanto que Lutero, dice, inculcaba a los pueblos la doctrina del Evangelio, que nos representa los méritos de Jesucristo como el origen de la salvación de los hombres: mientras que refutaba a los papistas que confunden la ley con el Evangelio, y nos presentan la felicidad eterna como una recompensa de la obediencia legal, se levantó un fanático llamado Agrícola, que abusó de su doctrina, y abrió la puerta d los errores mas perniciosos. Se puso a declamar contra la ley diciendo que no convenía proponérsela al pueblo como una regla de costumbres, y que únicamente debían limitarse a enseñar y explicar el Evangelio; sus secuaces se llamaron antinomianos. Los que los han combatido pretenden que su moral era muy disoluta: que según su doctrina un hombre podia entregarse a sus pasiones, y quebrantar sin remordimientos la ley divina, con tal que estuviera adherido siempre a Jesucristo, y que abrazase sus méritos con una fe viva.
     Pero, continúa Mosheim, es preciso no creer ciegamente todas esas imputaciones; el principal crimen de Agrícola consistía en algunas expresiones malsonantes, inexactas e impropias, que es preciso no tomar en un sentido rigoroso. Su doctrina consistía en sostener que los diez mandamientos dados a Moisés no hablaban mas que con los judíos; que los cristianos podían despreciarlos sin pecar, que bastaba el explicar con claridad e inculcar lo que Jesucristo y sus apóstoles habían enseñado en el nuevo Testamento, ya relativamente a la gracia y a la salvación, ya con respecto a las obligaciones del arrepentimiento y de la virtud. La mayor parte de los doctores de aquel siglo tienen el defecto de no explicar sus opiniones de una manera clara y seguida; de aquí proviene que se les imputan ideas que jamás tuvieron, Hist. eccles. siglo XVI, sect. 3a, c. i, § 25 y 26.
     Esta apología de un sectario fanático es un tipo de pertinacia y de mala fe. En primer lugar desafiamos a Mosheim y a todos los protestantes a que citen un solo teólogo católico, que no haya considerado los méritos de los hombres; que haya atribuido a las buenas obras un mérito independiente de los de Jesucristo; que haya representado la felicidad eterna como la recompensa de una obediencia a la ley, y no el efecto de la gracia de Jesucristo. Los desafiamos a que citen uno solo que haya confundido la ley con el Evangelio, que haya dicho que la felicidad eterna es la recompensa de la obediencia legal, si por esto se entiende la obediencia a la ley ceremonial de los judíos. A la verdad, Lutero achacaba todos estos errores a los teólogos católicos, disfrazando maliciosamente su doctrina; pero después de las decisiones tan formales del concilio de Trento, seguidas universalmente por todos los teólogos de la Iglesia romana, hay muy mala fe en confirmar todavía la calumnia de Lutero, e imputarles una doctrina que tienen como herética. Aun cuando fuera verdad que los teólogos católicos del siglo XVI tuvieran el mismo defecto que los demás doctores de aquel tiempo, y que no explicaran sus opiniones de una manera bastante precisa, seria una injusticia el tomar en todo su rigor las expresiones inexactas de que se sirven para imputarles ideas que nunca tuvieron; al paso que se vitupera este proceder, respecto de los doctores protestantes. Mosheim, al reprochar a los detractores de Agrícola y de los antinomianos; forma evidentemente un proceso a Lutero, y se condena a sí mismo.
     En segundo lugar, aun cuando la doctrina de estos sectarios hubiera sido tal como pretende, seria también falsa y formalmente contraria al Evangelio. Jesucristo, Mat. V, 17, empieza por declarar que no ha venido a destruir la ley ni los profetas, sino a cumplirla; que cualquiera que destruya el menor mandamiento de la ley y enseñe a hacerlo, será el último en el reino de los cielos; y en seguida explica muchos de estos mandamientos. Á un joven que le preguntaba qué era preciso hacer para conseguir la vida eterna, le responde: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos, que son no cometer ni homicidio, ni adulterio, ni robo, ni decir falsos testimonios, honrar a vuestro padre y a vuestra madre, y amar al prójimo como a vos mismo", XIX, 16. Este es el decálogo. Es pues una falsedad el que estos diez mandamientos no atañen propiamente mas que a los judíos, y que los cristianos puedan abandonarlos sin pecar. Es un absurdo el oponer el Evangelio a la ley del Decalogo, porque el Evangelio la renueva; lo es también el decir que es preciso inculcar lo que Jesucristo y los apóstoles han enseñado sin hacer mención del decálogo, porque este forma una parte esencial de su doctrina. Pero Mosheim, como todos los protestantes, no ve errores mas que en la Iglesia romana; y los mas monstruosos y repugnantes no le parecen nada en su secta.
     En el siglo décimo séptimo hubo otros antinomianos entre los puritanos de Inglaterra, que dedujeron de la doctrina de Calvino las mismas consecuencias que Agrícola habia sacado de la de Lutero. Unos trataron de la predestinación: enseñaron que era inútil el exhortar a los cristianos a la virtud y obediencia a la ley de Dios, porque aquellos que ha elegido para salvarlos, por medio de un decreto inmutable y eterno, son movidos a la práctica de la piedad y de la virtud por un impulso de la gracia divina, al cual no pueden resistir; al paso que los que tiene destinados a una condenación eterna no pueden ser virtuosos, a pesar de las exhortaciones y amonestaciones que se les hagan, ni obedecer a la ley divina, porque Dios les rehusa su gracia y auxilios necesarios. Por último concluyen diciendo, que es preciso limitarse a predicar la fe en Jesucristo y las ventajas de la nueva alianza. Mas ¿cuáles son estas ventajas para los que están destinados a una condenación eterna?
     Otros raciocinaron acerca del dogma de la inamisibilidad de la justicia. Dijeron que los elegidos no podían decaer de la gracia, ni perder el favor divino: de lo que se deduce, que no son pecados reales las malas acciones que cometan, no pudiendo tampoco ser consideradas como un abandono de la ley que por consiguiente no tienen necesidad de confesar sus pecados, ni de arrepentirse de ellos; que por ejemplo, el adulterio de un elegido, aunque aparezca a la vista de los hombres como un gran pecado, no lo es tal a los ojos de Dios, porque uno de los caractéres esenciales y distintivos de los elegidos es el no hacer nada que sea desagradable a Dios y contrario a su ley. Mosheim, siglo XVII, sec. 2, 2a part. c. 2, $ 23.
     Mosheim detesta con razón todas estas consecuencias; pero ¿acuso está él en estado de demostrar que no se deducen directa y evidentemente del dogma de la predestinación y del de la inamisibilidad de la justicia, tal como Calvino lo ha enseriado? El Doctor Arnaldo ha probado la conexion de estas consecuencias en la obra titulada: El transtorno de la moral de Jesucristo por los errores de los Calvinistas, respecto de la justificación; y nosotros sostenemos que no se deducen menos de la opinion de la gracia irresistible, opinion común a los luteranos y calvinistas. En esta hipótesis, es tan absurdo el predicar la necesidad de creer en Jesucristo y las ventajas de la nueva alianza, como el exhortar a los hombres a la virtud y obediencia ú la ley de Dios. Aquellos a quienes Dios no da la gracia irresistible de la fe en Jesucristo no pueden jamás tener esta fe, así como tampoco obedecer a la ley cuando Dios les niega la gracia irresistible de la obediencia. En esta misma hipótesis, también es muy cierto que el hombre privado de la gracia no peca desobedeciendo a la ley; porque seria un absurdo que el hombre que peca fuese condenable y digno de castigo, no haciendo lo que le es imposible hacer. Luego es imposible que el hombre crea en Jesucristo y obedezca a la ley sin la gracia.
     Es igualmente cierto que los errores de estas diversas sectas de antinomianos no podian menos de ser hijos de la doctrina de los pretendidos reformadores.
    Algunos pretenden que se ha dado también el nombre de antinomianos a los que decían que, en la práctica de las buenas obras no es necesario considerar para nada los motivos naturales, porque las obras inspiradas por ellos de nada sirven para la salvación. Pero estos motivos no son incompatibles con los que la fe nos propone. Cuando Jesucristo dice: «Dad, y se os dará.... seréis medidos como hayais medido á los demás.» Luc. VI, 36: "Poneos de acuerdo pronto con vuestro adversario, por temor de que no os entregue al juez, y seáis encarcelados» Mat. V, 23. Cuando San Pablo dice: «Gloria, honor y paz al que hace bien, etc."; Nos lo aconsejan por nuestro propio interés, motivo muy natural. Una cosa es decir que es preciso no obrar por solo los motivos naturales, y otra el sostener que es necesario no obrar jamás por ninguna de estas causas. Aunque una buena obra hecha por estos solos motivos no sea meritoria para la salvación, es, sin embargo, laudable; el hábito de obrar así, dispone, al menos indirectamente, a practicarlo por motivos mas perfectos. Un pagano virtuoso por naturaleza está, sin duda alguna, mejor dispuesto que uno vicioso, para ser cristiano, y practicar la virtud cuando deje de serlo. La Iglesia ha condenado con razón a los teólogos que enseñaron que todas las buenas obras de los infieles son pecados, y que todas las virtudes de los filósofos eran vicios.


*** El suponer que los privilegios del cristianismo pueden separarse de las buenas obras, que la práctica de los deberes no se requieren como prueba de nuestra fe, es debilitar las obligaciones de la moral y hacer una herida profunda a la sociedad. Las máximas antinomianas, de las cuales resulta, que es inutil enseñar el Decalogo, el proponer ninguna ley, ninguna regla de conducta, abriendo de esta manera la puerta a todos los vicios y crímenes, no solo encontraron partidiarios en el siglo XVIII entre los sectarios de Whithfield. Una nueva secta, que cuenta entre sus miembros hombres destinguidos por su saber, riquezas y la posición que ocupan en la sociedad, nació en el condado de Exeter, y se esparció por el Devonshire, y por los condados de Kent, de Sussex, y aun por Londres: tuvo por fundador a un doctor de la universidad de Oxford, predicador elocuente y teólogo sutil, pero sistemático.
     Su sistema es la elección arbitraria, la predestinación absoluta, el don gratuito de la salvación eterna, concedido a un pequeño número do creyentes, cualquiera que haya sido su conducta en el mundo. Dios decretó eternamente, por lo tanto antes de la caida del hombre, el salvar un cierto número de los hijos de Adán, y envolver a los otros en una condenación general. Por lo que toca a los primeros, ejerce su misericordia; y por su severidad, respecto á los segundos, manifiesta su justicia y aversión para con el pecado. A los primeros les basta creer firmemente que serán salvos; están dispensados de observar los mandamientos de Dios y practicar la virtud: la rectitud moral no es relativa mas que a nuestra corta mansión aquí abajo. Viviendo según los preceptos de la templanza y de la caridad, llenando los deberes que nos impone la sociedad, puede uno eximirse de los dolores, acrecentar su fortuna, y conciliarse la estimación y la amistad. Si por el contrario, un hombre es intemperante, las enfermedades precoces vindican a la naturaleza; si atenta a la vida, al honor y a las propiedades de su prójimo, sufre las penas señaladas por las leyes contra estos desórdenes. Mas las virtudes y los vicios no obtienen mas que recompensas o castigos terrenales: la felicidad eterna no puede ser el resultado de nuestra conducta en este mundo. Los secuaces de esta doctrina tratan de fundarla sobre una interpretación arbitraria de los once primeros capítulos de la Epístola de San Pablo a los Romanos.
     El fundador reunió en juntas secretas algunos miembros del clero anglicano, sobre los cuales habia adquirido cierta influencia por su predicación y escritos. Se apresuraron a adoptar sus ideas, abandonaron sus ricas prebendas, y predicaron gratuitamente la doctrina de su maestro. Los mas opulentos construyeron templos adonde concurría un pueblo ignorante, que se lisonjeaba de tener por oradores a personajes independientes por su fortuna, que gozaban de un gran crédito, y no exigían de sus adictos, ni la obediencia al decálogo, ni la práctica de ninguna virtud, sino únicamente la inalterable persuasión de que estaban predestinados para salvarse.
     La necesidad de las buenas obras y la de la fe son dos puntos de doctrina paralelos o inseparables: por todas partes resalta esta verdad en el antiguo, y sobre todo en el nuevo Testamento. San Pablo mortificaba su cuerpo, por temor do que aun habiendo predicado a los demás, se encontrara en el número de los réprobos. Es preciso padecer una ceguedad moral, para no ver que el antinomianismo choca directamente contra la Sagrada Escritura, el buen sentido y la enseñanza perpetua, no solo de la Iglesia católica, sino también de todas las sociedades cristianas.
     El fundador de la secta de que hablamos reconoció su error, y escribió a sus adictos una carta, en la cual les exhortaba a que volvieran a entrar en el seno de la Iglesia anglicana.

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