domingo, 10 de marzo de 2013

TRATADO DE LA VIDA ESPIRITUAL (2)

CAPITULO IV 
De la mortificación del amor propio

     De más de lo dicho, apercíbete para sufrir con paciencia cualesquier palabras ásperas o afrentosas y toda contradicción o adversidad que sobrevenirte puede, padeciéndolo todo por amor de Dios. Asimismo, todo aquel pensamiento o deseo que te persuadiere o despertare en ti un apetito de propia presunción y soberbia, aunque vaya disfrazado con apariencia de caridad, al punto lo debes apartar de ti, atajándole los pasos. Y al asomar la cabeza el dragón infernal, se la quebranta con el palo de la cruz, y con un cauterio la amortigua. Poniéndote delante los ojos la humildad de Cristo nuestro bien, y trayendo a tu memoria su acerbísima pasión y muerte. El cual huyó la honra y dió de mano al Reino de que le hacían plato y no quiso sino abrazarse voluntariamente con la cruz, sin reparar en su afrenta. Cualquier humana alabanza y honra huye como si huyeras de un mortífero veneno. Antes bien, te has de gozar que los demás te menosprecien y tengan en poco, teniéndote por tal a ti mismo muy de corazón, conociendo que mereces ser hollado con mucha razón y menospreciado de todo el mundo.
     Lleva perpetuamente delante tus ojos tus defectos y pecados, agravándolos cuanto pudieres. Mas los ajenos, a tus espaldas los echa y procura no verlos ni notarlos. Y si necesariamente los hubieres de ver, los debes excusar, compadeciéndote de ellos y aligerando las faltas de tus hermanos cuanto pudieres. Aparta no sólo los ojos de tu consideración, sino también los corporales, de los defectos de tus prójimos, para que más cabalmente te puedas mirar a ti mismo; y asi, alumbrado con la luz de tu propio conocimiento y desengaño, te contemples continuamente, y desapasionadamente te juzgues.
     Reprende y riñe a ti mismo en todas tus acciones, palabras y pensamientos y en la lección de algún libro bueno que leyeres. Y procura siempre, de una u otra manera, hallar en ti ocasión de dolor y compunción de tus pecados, imaginando que lo bueno que haces no está tan perfectamente hecho, o a lo menos con tanta devoción y fervor de espíritu como sería razón; antes anda acompañado con tantas negligencias y descuidos tuyos, que con razón la justicia que en ello puedes tener se parece a un paño manchado, sucio y asqueroso. De manera que siempre te has de reprender, y no permitas pasen tus faltas sin grave reprensión. Y no sólo de éstas, las que fueren negligencias y descuidos que en el hablar hicieres, o en tus obras te descuidares, sino también en los pensamientos, y de éstos no solamente en los claramente malos, sino en los que fueren no más de inútiles a los ojos de tu Dios.
     Asimismo, reprende en ti ásperamente cada hora los pecados pasados cometidos contra su Divina Majestad, considerándote por ellos delante de Dios el más vil, ingrato y miserable que ninguno de los pecadores de pecados muy más enormes que los tuyos. Y que así con razón merecerías muy grande castigo, y ser excluido de los celestiales gozos, si tu Dios te castigase según su rigurosa justicia y no llevase cuenta con su misericordia, por la cual te ha aventajado a todos los nacidos en gracias y mercedes, a las cuales te has mostrado ingrato y desconocido. Anda con vigilancia considerando y con santo temor rumiando muy a menudo que todo el aparejo para lo bueno que en ti vieres, toda la gracia y cualquier solicitud y cuidado en la virtud que en ti conocieres, no lo tienes de tu cosecha, ni sale de tus propias fuerzas, antes todo te viene de la inmensa misericordia de Dios; que, si quisiera, en su mano estaba hacer esas propias mercedes al más desechado y perdido hombre de la tierra, dejándote a ti en las heces de tus imperfecciones y en el abismo de tu miseria.
     Vuelve los ojos a ti mismo y procura persuadirte que no hay hombre en el mundo tan abatido, malo y pecador, que no sirviera mejor a su Dios que tú, y que no reconociera mucho más sus beneficios, si hubiera recibido esas gracias tan a colmo, que tú, sin merecimientos propios sino solamente de la franca bondad suya, has alcanzado. Por lo cual te puedes juzgar por el más vil y abatido de todos los hombres de la tierra, sin que en ello te engañes; y temer con mucha razón por tu ingratitud no te destierre Cristo de su gloriosa vista y eche de su divina-presencia.
     No por eso quiero decir creas de ti que no estás en gracia de Dios o que estás en pecado mortal, aunque los demás pecadores (a quien tú te comparas) tengan infinitos pecados mortales. Lo cual es muy encubierto a nuestros ojos, asi porque el juicio humano se puede engañar, como también porque puede sobrevenir una súbita contrición y previa infusion de gracia divina. Empero has de advertir que, cuando por humillarte y abatirte te comparas a los malos y pecadores, no te conviene descender a contar por menudo cada uno de sus pecados, sino a montón y en general cotejar con ellos tu muy grande ingratitud. Cuanto más, que si en particular quisieres echar de ver sus pecados, podrás haciendo comparación, cargándote aquellos mismos de esta manera, que es riñéndote a ti propio en tu conciencia y diciendo: He allí aquél si es homicida; yo, miserable de mí, ¿cuántas veces he quitado la vida a mi alma? Si aquél es adúltero y deshonesto, yo todos los días hago traición a mi Dios, y ando apartando de su Majestad mis ojos y mi corazón v sujetándome a los engaños del demonio. De esta suerte discurrirás en las demás faltas y pecados.
     Mas si hallares por tu buena cuenta que el demonio con semejantes comparaciones quiere por este camino traerte en alguna manera a desesperación, en tal caso, dando de mano a tales reprensiones, esfuerza tu esperanza en Dios, considerando su infinita misericordia y bondad, de la cual movido te ha prevenido con tantos beneficios para que le sirvieses. Y así, sin duda, habiendo empezado en ti esa obra de tu salvación, la llevará hasta el fin, dándotele bueno y dichoso.
     Cuanto más, que el varón espiritual que ya tiene ganado algún conocimiento de Dios, no tiene que temer semejantes tentaciones de desconfianza cuando se ejercita en las dichas reprensiones; lo cual sólo podría acontecer (antes de ordinario acontece) en el que empieza a servir a Dios, y más en particular al que el Señor ha librado de muchos lazos de pecados con que estaba enlazado, y sacado de grandes peligros.


San Vicente Ferrer
TRATADO DE LA VIDA ESPIRITUAL 

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