viernes, 15 de marzo de 2013

EL SACRIFICIO DE LA MISA (3)

TRATADO I 
VISION GENERAL
 PARTE I 
LA MISA A TRAVES DE LOS SIGLOS

2. De San Justino a San Hipólito de Roma

Primera descripción de la Eucaristía
     19. A San Justino, filósofo y mártir, que escribió su primera apologia en Roma hacia el año 150, debemos el primer cuadro completo de la celebración eucaristica. El relato se refiere en primer lugar a Roma, pero los datos que nos da se pueden aplicar ciertamente a todo el mundo cristiano, que San Justino habia recorrido de oriente a occidente (Si A. Baumstark (Vom Werden der Liturgie. 29ss) pone de relieve las diferencias locales en la liturgia más antigua, lo único que significa es que, a falta de una legislación unificadora, variaban los pormenores: el mismo San Justino desconoce un texto fijo de la oración eucaristica). Después de hablarnos del bautismo cristiano, sigue:
     (65). Pero nosotros, después de haber bautizado al que confesó su fe y la aceptación de nuestra doctrina, lo llevamos a aquellos que se llaman hermanos, donde ellos están reunidos, con el fin de hacer muy de propósito comunes oraciones por nosotros mismos, por aquel que acaba de ser iluminado (por el bautismo) y por todos los demás que se encuentran en todas partes, para que, habiendo logrado el conocimiento de la verdad, seamos también enriquecidos con la gracia de que, llevando por nuestras obras una vida recta, vengamos a ser cumplidores de los (divinos) preceptos y mediante esto consigamos la eterna salvación. Mutuamente nos saludamos con el beso (fraternal) cuando hemos terminado de orar. Después se presenta el pan a aquel que preside a los hermanos y, al mismo tiempo, el cáliz del agua y del vino. Recibidas por él estas cosas, da alabanza y gloria al Padre de todos por el nombre del Hijo y del Espíritu Santo y realiza largamente la eucaristía o acción de gracias por aquellos dones que ha recibido. Después que termina las preces y la acción de gracias, todo el pueblo aclama: Amen. Amen, en lengua hebrea, significa lo mismo que hágase. Mas después que el que preside ha terminado las preces y todo el pueblo ha aclamado, los que entre nosotros se llaman diáconos distribuyen entre los presentes, para que todos y cada uno participen de ellos, el pan, el vino y el agua, y los llevan a los ausentes.
     20. (c. 66). Y este alimento es llamado entre nosotros Eucaristía, y a nadie es licito participar del mismo sino al que crea que son verdaderas las cosas que enseñamos, haya sido lavado con el bautismo ya dicho, para el perdón de los pecados y la regeneración, y viva de la manera que Cristo mandó. Porque no tomamos estas cosas como pan común ni como vino común, sino que asi como Jesucristo, nuestro Salvador, hecho carne por el Verbo de Dios, tuvo carne y sangre para salvarnos, así también hemos recibido por tradición que aquel alimento sobre el cual se ha hecho la acción de gracias por la oración que contiene las palabras del mismo, y con el cual se nutren por conversión nuestra sangre y nuestras carnes, es la carne y la sangre de aquel Jesús ensarnado...
     (c. 67). ... Y en el día que se llama del Sol se reúnen en un mismo lugar los que habitan tanto las ciudades como los campos y saben los comentarios de los apóstoles o los escritos de los profetas, por el tiempo que se puede. Después, cuando ha terminado el lector, el que preside toma la palabra para amonestar y exhortar a la imitación de cosas tan insignes. Después nos levantamos todos a la vez y elevamos (nuestras) preces; y. como ya hemos dicho, en cuanto dejamos de orar, se traen el pan, el vino y el agua, y el que preside hace con todas sus fuerzas las preces y las acciones de gracias, y el pueblo aclama Amen, y la comunicación de los (dones) sobre los cuales han recaído las acciones de gracias se hace por los diáconos a cada uno de los presentes y a los ausentes. Los que abundan (en bienes) y quieren, dan a su arbitrio lo que cada uno quiere, y lo que se recoge se deposita en manos del que preside, y él socorre a los huérfanos y a las viudas...(
Véase el texto griego con notas en Quasten, Mon., 13-21. La traducción española está tomada de Hilario Yaben, San Justino, Apologias: «Colección Excelsa», 3 (Madrid, s. a.) pp. 174-178)

«Eucaristía»
     21. Gracias a esta doble narración sacamos como evidente que la liturgia de la misa en este tiempo lleva el sello característico. En ella llama la atención el empeño de San Justino por poner de relieve por dos veces una cosa al parecer tan insignificante como el Amen de la comunidad. La acción de gracias que recita el que preside, ha de salir del corazón de toda la comunidad y ha de ser refrendada por ella. San Justino, que es un seglar, atestigua con esta doble observación que los fieles tenían mucho interés en pronunciar esta palabra de aprobación. El sentido comunitario, que había encontrado una expresión tan directa en la forma primitiva de convite de la función eucarística, sigue imprimiendo su sello al culto divino. Esto se manifiesta aún más en la comunión, que, naturalmente, une a toda la comunidad.
     Lo que se recibe en la comunión, se califica de objeto de agradecimiento, y el Amen refrenda también la acción de gracias. De este modo, el segundo rasgo característico en la misa de San Justino es el ambiente de agradecimiento, la idea de gratitud.

Actitud básica del cristiano
     22. El que aquí se trate de un sentimiento actuante y vivo entre la comunidad, que se cultiva conscientemente, lo demuestra no sólo el hecho de que la palabra en adelante va a ser empleada como término técnico de la misa sino que lo deducimos también de la interpretación que se da a esta palabra. El mismo San Justino observa en otro sitio (San Justino, Dial. c. Tryphone, 41, 1 (Quasten, Mon., 337)) que Cristo nos dió el pan de la Eucaristía en recuerdo de su pasión y, a la vez, «para que con él demos gracias a Dios por haber creado para el hombre el mundo con todo lo que en él hay, y por habernos libertado del pecado en que hemos sido engendrados, después de haber reducido a la impotencia a los poderes del mal por medio de aquel que por su mandato se entregó a la pasión». San Ireneo indica como fin de la institución el que los discípulos «no fuesen vanos y desagradecidos» (San Ireneo, Adversus haer., IV, 17, 5 (Quasten, ilion., 346)). Orígenes insiste: «No somos hombres de corazón desagradecido. Es verdad que nosotros no hacemos sacrificios ni damos culto a aquellos seres que, lejos de hacernos beneficios, son más bien nuestros enemigos. En cambio, tememos mostrarnos desagradecidos a Dios, que nos ha colmado de tantos beneficios, y la expresión de este agradecimiento para con Dios es el pan, llamado Eucaristía» (Orígenes, Contra Celsum, VIII, 57: PG 11, 1601s.). Además, hay que tener en cuenta el entusiasmo con que los escritores de esta época describen los beneficios de Dios, ya de orden natural, pero sobre todo aquellos con que los hijos de la Iglesia han sido agraciados, y la insistencia con que inculcan el sentimiento interior de entrega y de obediencia sumisa, disposición la más natural para que brote la acción de gracias. Según Clemente de Alejandría, es un deber del cristiano tributar a Dios una acción de gracias por toda su vida. Esta es la expresión de la auténtica veneración de Dios (Clemente de Alejandría, Stromata, 7, 7: PG 9, 449 C.). «El sacrificio de la Iglesia—continúa Clemente— consiste en las oraciones que como incienso se elevan de las almas santas, y este sacrificio encierra todos los sentimientos de devota entrega a Dios» (L. c. (PG 9, 444 C). Cf. la exposición del concepto de piedad que se esconde detrás de la doctrina sobre la Eucaristía del siglo II en Elfers, Die Kirchenordnung Hyppolyts, 263-275. Cf. San Cirilo de Jerusalén (Catech. myst.., V, 5 [Quasten, Mon., 1001) para la concepción de la gratitud como disposición de alma entre los cristianos de los tiempos posteriores. Y también San Crisóstomo (In Matth., hom. 25, 3: PG 57, 331; In l Cor., hom. 24, 1: PG 61, 199)). 

Sacrificio Espiritual
     23. Las fuentes cristianas de esta época acentúan con tal viveza (Cf. el capítulo «Das Opfer im Geiste» del libro Die Liturgie als Mysterienfeier, ó.1 ed.: «Ecclesia Orans», 9 (Friburgo 1923) 105-134, de O. Casel, y los trabajos del mismo autor, citados en la página 105) la interioridad y espiritualidad del culto de Dios y la entrega del corazón, que algunos han llegado a creer que se debía interpretar esto como la completa exclusión del sacrificio exterior, afirmando que antes de San Ireneo no se conocía ni la Iglesia ningún otro sacrificio que el de la acción de gracias. Efectivamente, más de una afirmación de entonces nos suena hoy demasiado atrevida. Dios «no quiere sacrificios cruentos, ni libaciones, ni ningún objeto material» (Arístides, Apología, c. 1. 5: BKV 12, p. 2Gs.); no necesita «sacrificios cruentos, ni libaciones, ni el perfume de flores ni de incienso, porque El es el aroma perfecto, sin tener necesidad ni penuria»; para El el sacrificio máximo es que le reconozcamos y le dediquemos el servicio espiritual (Atenágoras. Legatio. c. 13: TU 4. 2, p. 14). Este es el único homenaje digno de El: «no consumir con el fuego las cosas que por El han sido creadas para alimentarnos, sino ofrecerlas para cubrir nuestras necesidades y las de los pobres» (San Justino, Apol., I, 13: PL 6, 345; Hilario Yaben, San Justino: Apologías, p. 89, que por cierto omite parte de la frase) y que se las agradezcamos y que nuestro espíritu le tribute alabanzas e himnos por nuestra creación, y por todos los medios con que procura nuestro bienestar, por la variedad de sus criaturas y por la sucesión de las estaciones del año (Cf. Clemente de Alejandría, Stromata. 7. 3 6 y más veces). De ahí que los apologetas afirman que para los cristianos no hay altar ni templo (Minucio Félix, Octavius, c. 32, 1: CSEL 2, 45; cf. c. 10, 2: 1 c„ 14; Tertuliano, De spect., c. 13: CSEL 20, 15).

     24. Seria prematuro deducir de estas palabras que en la mente de los cristianos primeros existia, si, una eucaristía, pero no un sacrificio eucarístico en el sentido propio de la palabra. Junto a las expresiones de esta clase que tratan de acentuar el contraste con el paganismo, aparecen desde el principio otras que no sólo afirman que la eucaristía se recita sobre el pan y el vino, sino que hablan también con toda claridad de dones que se ofrecen a Dios en la Eucaristía o que califican la Eucaristía sencillamente de sacrificio o suponen su carácter sacrifical. Son expresiones que, sin forzarlas en nada, se pueden interpretar en un sentido más amplio, como la repetida alusión a la profecía de Malaquias que tiene su cumplimiento en la celebración eucarística (Did., 14, 3; San Justino, Dial. c. Tryphone. 41; cf. 1. c., 28 117).

Sin excluir la ofrenda material
     25. Desde el principio se tiene plena conciencia de que en la Eucaristía no sólo se elevan a Dios por parte de la comunidad acciones de gracias, sino que a la vez se le ofrecen dones. Otra cosa es de qué manera se expresó la oblación de los dones en el rito de aquel tiempo. Es natural que no todos los pormenores de la teología eucarística se manifiesten necesariamente en el culto. Ni en las liturgias actuales, tan maduras de desarrollo, se pueden encontrar expresadas todas las proposiciones dogmáticas concernientes a la Eucaristía. Así se explica bien que en un primer estadio de la misa, cuando se cultivaba ante todo el recuerdo del Señor (Se puede pensar en una forma semejante a la que conocemos por las actas de Santo Tomás, del siglo II o III, procedentes de círculos gnósticos, c. 158 (Hennecke, Neutestamentliche Apokryphen, 287s; Quasten. Mon., 345). También se ha llamado la atención sobre la probabilidad de que la Eucaristía tomara sus ideas del sermón de despedida de Cristo y de la oración sacerdotal, véase Ruch, La messe: DThC 10, 855s.) y la acción de gracias, no se hablase mucho de ofrecimiento ni de sacrificio. Por cierto, ocurre lo mismo cuando se entrega con cualquier ocasión un don honorífico: apenas se habla del mismo don que se entrega; pero, en cambio, mucho de los méritos y servicios que han motivado el homenaje.
     Con todo, encontramos, efectivamente, aun en el texto más antiguo, de San Hipólito de Roma, por lo menos una breve expresión del ofrecimiento, y precisamente en conexión inmediata eon la anamnesis, en el mismo sitio en que todas las liturgias católicas posteriores tienen una frase parecida: Memores igitur mortis et resurrectionis eius offerimus tibi panem et calicem (Hauler, 107; Dix, 8s.). Es, pues, muy posible que la acción de gracias ya en tiempos anteriores, incluso desde el principio, encerrase tales o parecidas frases de ofrecimiento.     Así opina también Lietzmann, Messe und Herrenmahl, 181: «Estas palabras podrían pronunciarse, asi como las encontramos en este lugar, en el corintio o efesio de la época de San Pablo». Lietzmann quisiera suponer que San Pablo fuera el autor no sólo de la liturgia de San Hipólito, sino también de la doctrina eucaristica fundada sobre el pan y el cáliz y el modo de celebrar la Eucaristía que en esta liturgia se contiene. Siguiendo su método crítico, pone al lado del uso paulino otra costumbre primitiva de la Iglesia de Jerusalén en que faltaba el cáliz, y que existió durante algún tiempo en Egipto. La verdad es que tal costumbre de consagrar sin el cáliz nunca se dió. Cf. a propósito de estas teorías de Lietzmann, Arnold, 11-53; Goossens, 86-96, 353-359. 

Primeras expresiones oblativas
     26. En cambio, hubieron de vencerse serias dificultades hasta que el ofrecimiento hecho a Dios, y con ello al carácter de sacrificio de la Eucaristía, encontrase no sólo una expresión verbal, sino también litúrgica dentro de la celebración eucaristica, y, en consecuencia, desbordase por esta razón los limites de una acción de gracias inscrita en el marco de un convite sagrado. Acabamos de escuchar las voces de los apologetas del siglo II, que a las costumbres groseras de los sacrificios paganos, con su culto suntuoso y sus orgías, oponen el sencillo culto espiritual de la Iglesia, que no pretende otra cosa que manifestar a Dios la entrega del corazón agradecido de toda la comunidad unida en Cristo. El único signo exterior de esta entrega que se añadía a las palabras de la oración era infinitamente superior a todos los sacrificios paganos e incluso judíos, toda vez que consistía en el cuerpo del Señor, entregado en un acto de obediencia hasta la muerte, y en su sangre derramada, que aparecían al exterior como uno trocito de pan y una copa de vino. La nueva ley no conoce ninguna «ofrenda que sea solamente obra de los hombres» (Carta de San Bernabé, c. 2, 6). De este modo quedaba excluida la posibilidad de considerar como verdadera ofrenda hecha a Dios los dones de pan y vino que como materia de la Eucaristía se colocaban sobre la mesa, y menos aún aquellos que los fieles habían traído para el ágape u otros fines benéficos. Todavía San Justino conserva este punto de vista (San Justino. Dial. c. Tryphone, c. 117. En Apol.. I, 67 (Hilario Yaben, p. 178), se menciona la colecta, aunque después de la celebración eucaristica, pero no se califica como sacrificio ni como oblación hecha a Dios. Ruch. La messe d'aprés les Peres: DThC 10. 90oss. Cf. Elfers, Die Kirchenordnung Hippolyts, 236ss.) que en Tertuliano ya está suavizado (Tertuliano, De or., c. 28: CSEL 20, 198 f; De exhort. cast.. c. 11: CSEL 70, I46s. Véase la explicación de ambos pasajes en Elfers, 294s.). En San Ireneo se perfila claramente una nueva postura. Al explicar la Eucaristía, pone de relieve que en ella ofrecemos las primicias de la creación (San Ireneo, Adversus haer., IV, 18, 1: PG 7, 1024; al. IV, 31. 1: Harvey. II, 201). El Señor tomó «el pan proveniente de la creación» y «el cáliz tomado de esta nuestra creación», pronunció sobre ellos la fórmula y asi enseñó a sus discípulos la oblación de la Nueva Alianza. Con esto recomendó a sus discípulos que ofreciesen a Dios las primicias de sus criaturas, no como si Dios tuviese necesidad de ellas, sino para que no quedasen Infructuosas y sin agradecer (L. c . IV. 17, 5: PG 7, 1023; al. IV, 29 5; Harvey, II 197ss. Cf. Tertuliano, Adv. Marcionem, I, 14: CSEL 47, 308). Con todo, San Ireneo no insiste menos que sus predecesores en que lo importante para Dios es el sentimiento interior de la entrega del corazón (L. c., IV, 18, 3: «No son los sacrificios los que santifican a los nombres, pues Dios no necesita del sacrificio; sino oue la conciencia del que hace el sacrificio, si la tiene limpia, santifica al sacrificio y consigue que Dios lo reciba como de un amigo». Confróntese 1. c„ IV, 18, 4: PG 7, 1026s; al. IV, 31, 2 f; Harvey, II, 203s. Sobre el concepto de piedad que se esconde en esta doctrina sobre la Eucaristía de San Ireneo, consúltese Elfers, 263-274), y que únicamente la Eucaristía del cuerpo y sangre de Cristo representa el sacrificio sin mancha de que habla Malaquías (L. c., IV, 17. 5; cf. V, 2. 3); pues solamente en Cristo se sintetiza y se ofrece a Dios toda la creación, como San Ireneo no se cansa de repetir (L. c., III, 18, 1; 19, 3; 21, 10 y passim).

 Rechazando un falso espiritualismo
     27. Pero en las nuevas luchas contra el esplritualismo exagerado de los gnósticos, San Ireneo se ve forzado a defender el valor de la creación material. Esto le abre los ojos para ver el significado simbólico de que, en la Institución de Cristo, objetos materiales son elevados a tanta altura que llegan a ser capaces de convertirse por la palabra de Dios en cuerpo y sangre de Cristo y así formar parte del sacrificio sin mancha de la Nueva Alianza.
     28. Una vez que los dones materiales de pan y vino fueron reconocidos como símbolos de la entrega interior del corazón, no había ya inconveniente en transformar el acto material de la aportación de tales dones en ceremonia de sacrificio, dando así expresión no solamente con palabras, sino también con ceremonias al carácter sacrifical de la Eucaristía, que es su verdadera esencia. Del principio del siglo ni datan las primeras noticias que tenemos sobre una ofrenda de los fieles que precede a la oración eucarística, y que luego en las distintas liturgias va evolucionando de diversos modos y en algunas se convierte en una verdadera procesión de ofrendas. Sin embargo, tal expresión litúrgica se refiere solamente al concepto más amplio del ofrecimiento, pero no al de la inmutación consecratoria o destrucción del don (Por cierto, en Oriente, dentro de la proscomidia, por medio del rito de la «inmolación del cordero» (división del pan con la «sagrada lanza»), se creó más tarde una expresión simbólica que viene a realizar el mencionado sentido más estricto; véase Brightman. 356s. La encontramos ya en la redacción primitiva de la explicación litúrgica del Pseudo-Germán, que data del siglo IX (Hanssens, III. 22). La Edad Media latina interpreta a veces la fracción de la sagrada forma en un sentido parecido). Los primeros principios de este rito aparecen ya con toda claridad en la ordenación eclesiástica de San Hipólito de Roma. Con este documento hemos de ocuparnos algo más detenidamente, porque es el primer texto litúrgico concreto que nos ofrece la oración eucarística entera.
P. Jungmann, S.I.
EL SACRIFICIO DE LA MISA

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