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jueves, 7 de abril de 2011

LA INMORALIDAD

No solamente los cristianos, aun las personas dotadas simplemente de honradez y de buen sentido natural, se sorprenden y se aterran a la vista de la creciente marea de inmoralidad, que en estos tiempos extraordinariamente graves, amenaza sumergir a la sociedad.
Nadie titubea en reconocer en particular, la causa de las publicaciones licenciosas y de los espectáculos deshonestos, que se presentan a los ojos y a los oídos de los adolecentes, de los hombres maduros, de los jóvenes y viejos, de las madres y de las muchachas. ¿Y qué decir del arte, de la moda, de las costumbres públicas y privadas masculinas y femeninas? Es increíble a qué grado de corrupción moral han descendido algunos autores, editores, artistas, impresores divulgadores de semejantes obras literarias o dramáticas, artísticas o escénicas, convirtiendo el uso de la pluma y del arte del progreso industrial, y de las admirables invenciones modernas en medios y armas de inmoralidad. Escritos y obras, indignos del honor de las letras y de las artes, encuentran suficientes lectores y espectadores, que se podrían contar por miles. Vosotros veis a adolescentes echarse sobre este forraje de la mente y de la vista, con todo el ímpetu del bullir de las pasiones que se despiertan, veis a padres llevar y conducir a tales escenas, a muchachos y muchachas, en cuyos corazones tiernos y en cuyas pupilas, se imprimen en lugar de visiones inocentes y piadosas, imágenes fatales y ansias y deseos, que muy a menudo nunca desaparecerán.
¿Qué se debe pues pensar? ¿Que la naturaleza humana se halle universalmente depravada y que su avidez de escándalo, no tenga remedio? Ciertamente que no: en el corazón humano Dios ha puesto como fundamentos la bondad, la cual Satanás y la concupiscencia refrenada, asedian. Salvo una pequeña minoría, el pueblo no pediría diversiones malsanas, si no les fueran abiertamente presentadas o tal vez casi impuestas sorpresivamente. Por eso "contra la buena voluntad, la mala voluntad pugna", es de suma importancia entrar de frente en el campo, para defender la moral pública y social. No es una batalla de armas materiales y de sangre esparcida, sino un conflicto de pensamientos y de sentimientos, entre el bien y el mal. Es conveniente que todos aquellos, los cuales son muchos, unan todos sus esfuerzos y pongan todo su talento, para crear, promover una literatura, un teatro, un cinematógrafo, que sean educativos y sanos de conceptos y costumbres y al mismo tiempo, interesantes, verdaderas obras de arte. Los meritorios intelectuales que a esta empresa se dedican, Nosotros nunca los podremos alabar y animar suficientemente, como dignos apóstoles del bien. Es sin embargo evidente que la carga de este apostolado, no es para todas las espaldas.
¿Pero para los demás, no hay algo que les pueda convenir? ¿Pueden ellos permanecer sólo con la esperanza de que las atractivas, buenas y bellas obras, podrán universalmente hacer nacer y difundir invencible, el disgusto y el rechazo de todas estas torpezas? Sobre este punto, nadie debe ser tan ingenuo para hacerse ilusiones. ¿Entonces, ante los malvados que se aprovechan de las estampas, de las escenas, del chiste, del humorismo, se encuentran las personas de bien, desarmadas? Esto sería injusto y lo parecerá a cualquiera, que conozca y considere la laudable legislación que honra al país. A los ciudadanos respetables, a los padres de familia, a los educadores, queda abierto el camino para asegurar la aplicación y la sanción eficaz, que la ley provee con sólo delatar ante la autoridad civil y en el debido modo, denuncias basadas sobre el hecho, exactas en detalle, en personas, cosas y palabras, a fin de que lo que es presentado al público, sea impedido y reprimido.
El trabajo, no lo disimulamos, es inmenso, y variado; como inmenso, ofrece un gran campo para todas las buenas voluntades; como variado, se presta a todas las aptitudes. Pero su amplitud, que tiene que desanimar a los pusilánimes, sirve para inflamar mucho más, el ardor de las almas generosas (1).

Ahora examinemos más de cerca nuestro argumento, porque aún queda mucho que hacer y mucho que la Iglesia espera.
Siempre en aumento y más penetrantes, resuenan en el suelo europeo, aquí y allá, los gritos de socorro por las condiciones infelices de la familia y de la joven generación. Que la guerra haya tenido una gran parte de la culpa, es notorio. Ella es culpable sobre todo, de la violenta y funesta separación de millones de esposos y de familias, y de la destrucción de innumerables habitaciones.
Pero es igualmente cierto que la verdadera y propia causa de tan grandes males es aún más profunda. Ella debe ser buscada, en eso que con un término complaciente se llama materialismo, en la negación o al menos en el descuido y en el desprecio, de todo aquello que es religión, cristianismo, su misión a Dios y a su ley, vida futura y eternidad. Como un aliento pestilente, el materialismo pervierte todo el ser, y produce sus frutos más maléficos en el matrimonio, en la familia y en los jóvenes.
Se puede decir que el juicio unánime es que la moralidad de la juventud está en continuo descaimiento. Y no solamente de la juventud de la ciudad. También en la del campo, donde en un tiempo floreció una sana y robusta manera de vivir, la degradación moral es poco inferior y todo lo que en las ciudades empuja hacia el lujo y el placer, ha tenido entrada libre en las poblaciones pequeñas.
Es superfluo recordar cómo el radio y el cine, han sido usados y abusados para la difusión de ese materialismo y como los malos libros, la revista ilustrada licenciosa, el espectáculo irreverente, el baile inmoral, la inmodestia en las playas, han contribuido a aumentar la superficialidad, la mundanidad, la sensualidad de la juventud. Las noticias que llegan de las más diversas regiones, señalan estas ocasiones como centros de abandono moral y religioso, de parte de los jóvenes. Pero en primer lugar es responsable la disolución de los matrimonios, del cual el hundimiento moral de la juventud, puede ser marcado como indicio y funesta consecuencia. (2)

Nosotros nos preguntamos si los dirigentes de la industria cinematográfica, aprecian completamente el vasto poder que poseen, para influenciar la vida social en el interior de la familia o en más amplios grupos civiles.
Los ojos y los oídos, son como amplias avenidas que llegan directamente al alma del hombre, y las cuales quedan completamente abiertas, la mayoría de las veces sin obstáculo, en los espectadores de vuestras películas. ¿Qué es lo que hay en la pantalla, que pasa a los rincones de la mente donde se desarrolla el fondo del conocimiento y se plasman y afinan las normas y los motivos de conducta, que formarán el carácter definitivo de los jóvenes?
¿Y qué cosa hay que contribuya a darnos un ciudadano mejor, industrioso, observante de la ley, temeroso de Dios, y que sólo encuentra su gozo y recreación en el chiste y en la diversión?
San Pablo citó a Menandro, antiguo poeta griego, cuando escribió a sus fieles de la Iglesia de Corinto que "las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres". Lo que fue cierto en aquel entonces, no es menos verdadero hay, ya que la naturaleza humana cambia poco con los siglos. Y si es verdad como lo es, que la mala conversación corrompe la moral, ésta es más eficazmente corrompida, cuando dichas palabras van acompañadas por la acción representada vivamente, que contraviene a la ley de Dios y de la decencia civil. ¡Ah. la cantidad inmensa de bien que el cinematógrafo puede hacer! Es por esto que los espíritus maléficos, tan activos en este mundo, desean pervertir este instrumento para sus fines impíos; anima el saber que vuestro comité está consciente del peligro y más consciente aún, de sus graves responsabilidades ante la sociedad y ante Dios.
Corresponde a la opinión, sostener con todo corazón y efectivamente, todo esfuerzo legítimo dedicado por hombres de integridad y honor, para purificar las películas y mantenerlas limpias, para mejorarlas y aumentar su utilidad (3).

La moda y la modestia deberían siempre caminar juntas como dos hermanas, porque aun ambos vocablos tienen la misma etimología, vienen del latín modus, es decir, la medida correcta, más allá de la cual no puede encontrarse lo justo. ¡Pero la modestia ya no es nada! Semejante a esos pobres locos que habiendo perdido el instinto de la conservación y la noción del peligro, se arrojan al fuego o a los ríos, las almas femeninas olvidadizas, por ambiciosa vanidad de la modestia cristiana, van miserablemente al encuentro de los peligros, donde la pureza puede encontrar la muerte. Ellas están sujetas a la tiranía de la moda, aun inmodesta; ellas han perdido el concepto mismo del peligro y el instinto de la modestia. (4)

S.S, Pío XII

(1) Discurso a la Mujer Católica, 24 de febrero de 1942
(2) Discurso a las Mujeres de la Acción Católica, 24 de julio de 1949
(3) Discurso a los cineastas de Estados Unidos de America 14 de julio de 1945 (Traducido del ingles)
(4) Discurso a la Juventud de Acción Católica, 6 de octubre de 1940.

martes, 22 de marzo de 2011

LA FUERZA Y LA DEBILIDAD

Discurso a los Esposos, 14 de julio de 1940.
La palabra enfermo —del latín in-firmus, no firme, no estable— indica un ser sin fuerza, sin firmeza. En cada familia hay generalmente dos categorías de seres débiles, por lo cual tienen mayor necesidad de atenciones y de afecto: los niños y los ancianos.
El instinto da a los animales irracionales, la ternura hacia sus pequeños. ¿Cómo podría pues ser necesario inculcarla a vosotros? ¡Oh nuevos esposos y futuros generadores de cristianos! Puede sin embargo suceder que un exceso de rigor, una falta de comprensión levante como una barrera entre el corazón de los hijos y el de los progenitores. San Pablo decía: "me he hecho débil con los débiles. . . me he hecho todo para todos, para salvarlos a todos". Es una gran cualidad la de saberse hacer pequeño con los pequeños, niño con los niños, sin comprometer con esto la autoridad paterna o materna. Luego, convendrá siempre en el círculo de la familia asegurar a los ancianos el respeto, la tranquilidad, digamos, las atenciones delicadas de las cuales necesitan. ¡Los ancianos! Se es algunas veces, tal vez inconscientemente, duro ante sus pequeñas exigencias, ante sus inocentes manías; arrugas que el tiempo ha escarbado en sus almas, como las que surcan sobre su cara, pero que deberían hacerlos más venerados a los ojos de los demás.
Se está fácilmente inclinado a reclamarles porque no hacen nada, en vez de hacerles ver la importancia de lo que ya han hecho. Se sonríe uno tal vez por la pérdida de su memoria y no siempre se reconoce la sabiduría de sus juicios. En sus ojos ofuscados por las lágrimas, se busca en vano la llama del entusiasmo, pero se puede ver la luz de la resignación, en la cual se enciende el deseo de los esplendores eternos. Por fortuna, estos ancianos cuyo paso vacilante titubea sobre la escalera o cuya blanca cabeza temblorosa, se mueve lentamente en un rincón del cuarto, muy a menudo son el abuelo o la abuela, o bien el padre y la madre.
Sin embargo, cuando se habla de compasión hacia los enfermos se piensa ordinariamente en personas de cualquier edad, debilitadas por un mal físico, pasajero o crónico.
En el jardín de la humanidad, ya que esto no se puede llamar paraíso terrestre, madura y madurará siempre, uno de los frutos amargos del pecado original: el dolor.
Instintivamente el hombre lo aborrece y lo esquiva, quisiera perderlo de vista y olvidarlo. Pero después que Cristo se aniquiló con la encarnación, tomando la forma de siervo; después de que le plugo "elegir las cosas débiles del mundo, para confundir a los fuertes"; después que "Jesús pospuso el gozo, sostuvo la cruz, no haciendo caso de la ignominia"; después que Él reveló a los hombres, el sentido del dolor y el goce íntimo del don de sí mismo, a aquellos que sufren, el corazón humano ha descubierto en sí, abismos insospechados de ternura y piedad. La fuerza, es verdad, permanece como la dominadora invencible de la naturaleza irracional en las almas paganas de hoy, semejantes a aquellas que en su tiempo el Apóstol Pablo llamaba "sine affectione", sin corazón, y "sine misericordia", sin piedad hacia los pobres y los débiles. Pero para los verdaderos cristianos la debilidad se ha convertido en un título al respeto, y la enfermedad en un título al amor. Ya que la caridad, al contrario del interés y del egoísmo, no busca a sí misma, sino que se da; cuan más débil es un ser, miserable, necesitado o deseoso de recibir, tanto más aparece en su mirada como un objeto de predilección.
Pío XII

sábado, 26 de febrero de 2011

LA FECUNDACIÓN ARTIFICIAL

Desde hace muchos siglos —pero sobre todo en nuestra época— se manifiesta el continuo progreso de la medicina. Progreso en verdad muy complejo; cuyo objeto concierne las ramas más variadas de la teoría y de la práctica; progreso en el estudio del cuerpo y del organismo, en todas las ciencias físicas, químicas, naturales; en el conocimiento de los remedios y su propiedad y los modos de utilizarlos; progreso en la aplicación de la terapéutica no solamente de la fisiología, sino de la psicología, de las acciones y reacciones recíprocas de lo físico y de lo moral.
Solícito para no descuidar nada de las ventajas de tal progreso, el médico está siempre a la caza de todos los medios capaces de curar, o al menos, de aliviar los males y los sufrimientos humanos. El cirujano, estudia para hacer menos dolorosas las operaciones necesarias; el ginecólogo, trata de atenuar el dolor del parto, sin poner en peligro la salud de la madre y del niño, sin correr el peligro de ofender los tiernos sentimientos maternales hacia el neonato. Si el espíritu de humanidad elemental, el amor innato por los semejantes, estimula y guía a todo médico consciente en las investigaciones, ¿qué cosa no hará el médico cristiano, empujado por la divina caridad a prodigarse sin reparo al cuidado y al bien de aquellos que con justa razón y a la luz de la fe, considera sus hermanos? Indudablemente él goza de los inmensos progresos alcanzados, de los resultados obtenidos por sus predecesores, y continuados actualmente por sus colegas a los cuales se siente ligado por la continuidad de una magnífica tradición, y a la cual se siente legítimamente orgulloso de poder contribuir. Sin embargo, nunca se considera satisfecho: siempre ve adelante las nuevas etapas que hay que recorrer, nuevas conquistas que hay que obtener. Y por esto se aplica en ello con pasión, como médico dedicado al alivio de la humanidad y de cada uno de los individuos. Como científico al cual los descubrimientos que se siguen los unos a los otros, le hacen adoptar con entusiasmo (el gusto de conocer); como creyente y cristiano que en las maravillas que descubre, en los nuevos horizontes que se aperciben en lontananza, sabe ver la grandeza y la potencia del Creador, la bondad inagotable del padre que después de haber dado al organismo viviente tantos medios para desarrollarse, defenderse, curar espontáneamente en la mayoría de los casos, le hace encontrar en la inerte naturaleza o en la viviente, mineral, vegetal, animal, los remedios a los males del cuerpo.
El médico no correspondería completamente al ideal de su vocación, si aprovechando los más recientes progresos de la ciencia y del arte médico, en el ejercicio de su profesión, siguiese solamente su propia inteligencia y habilidad, sin poner también —diremos sobre todo— su corazón de hombre, y su solicitud de cristiano. Él no actúa, "in anima vili". Sin duda obra directamente sobre los cuerpos, pero sobre cuerpos vivificados por un alma inmortal, espiritual, y en virtud del vínculo misterioso pero indisoluble entre lo físico y lo moral, no obra con eficacia sobre el cuerpo si a la vez no actúa sobre el espíritu.
Y ya sea que se ocupe del cuerpo o del compuesto humano en su unidad, el médico cristiano deberá siempre defenderse de la atracción de la técnica, de las tentaciones para obrar con su propia ciencia y pericia, con fines diferentes al cuidado de los pacientes que le son confiados. Gracias a Dios que no tenga que defenderse de otra tentación —criminales decir, de servirse de los dones por Dios escondidos en la naturaleza para fines innobles, para presiones inconfesables y para atentados inhumanos. Sin embargo, no es necesario ir muy lejos o salir mucho del camino, para encontrar testimonios concretos de estos deplorables abusos. Una cosa es por ejemplo la desintegración del átomo y la producción de la energía atómica: otra cosa es su uso destructor que huye de cualquier control. Una cosa es el progreso técnico de la aviación moderna y otra cosa el ataque en masa de escuadrones de bombarderos, cuando hay la posibilidad de limitar la acción a objetivos militares y estratégicos. Una cosa, sobre todo, la búsqueda respetuosa que revela la belleza de Dios en el espejo de sus obras; su poder en las fuerzas de la naturaleza; otra cosa la deificación de esta naturaleza y de estas fuerzas materiales, con la negación de su autor.
¿Qué hace, por el contrario, el médico con su vocación? Se ampara de esta fuerza misma, de estas propiedades de la naturaleza para procurar con ellas la curación, la salud, el vigor, y aun, cosa mucho más preciosa, para preservar de las enfermedades, del contagio o la epidemia. En sus manos la fuerza alarmante de la radiactividad se halla aprisionada, pronta a curar males rebeldes; las propiedades de los venenos más virulentos, sirven para preparar remedios eficaces; aun mejor, los gérmenes de las infecciones más peligrosas, son usados de diferentes maneras en la sueroterapia, en las vacunas.
La moral natural y cristiana, por último, conserva en dondequiera sus propios derechos imprescindibles, y de ellos, no por consideraciones de sensibilidad, de filosofía materialística, naturalística, se derivan los principios esenciales de la deontología médica: dignidad del cuerpo humano, preferencia del alma sobre el cuerpo, fraternidad entre todos los hombres, soberano dominio de Dios, sobre la vida y sobre el destino. Un importante problema que requiere no menos urgentemente que los otros, la luz de la doctrina moral católica, es aquel relativo a la fecundación artificial. No podemos dejar pasar esta ocasión sin indicar brevemente, a grandes rasgos el juicio moral que se impone en tal materia.
1) La práctica de esta fecundación artificial, cuando se trata del hombre, no puede ser considerada, ni exclusiva ni principalmente desde el punto de vista biológico y médico, descuidando el punto de vista moral y de derecho.
2) La fecundación artificial, fuera del matrimonio, debe condenarse como esencialmente inmoral.
La ley natural y la ley divina positiva, establecen que la procreación de una nueva vida no puede ser fruto más que del matrimonio. Sólo el matrimonio salvaguarda la dignidad de los esposos (principalmente de la mujer en este caso), y su bien personal. Esto sólo en cuanto se refiere al bien y a la educación del niño.
Se deduce de la condenación de una fecundación artificial fuera de la unión conyugal, que no se admite ninguna divergencia de opinión entre católicos. El niño concebido en tales condiciones, sería de hecho ilegítimo.
3) La fecundación artificial producida en el matrimonio con un elemento activo de un tercero, es igualmente inmoral y por consiguiente debe condenarse sin apelación.
Sólo los esposos tienen un derecho recíproco sobre su cuerpo para generar una nueva vida; derecho exclusivo, no cedible, inalienable. Y esto debe ser en consideración al niño. A cualquiera que da la vida a un pequeño ser, la naturaleza le impone, por la misma fuerza del vínculo, el deber de conservarlo y educarlo. Pero, entre el esposo legítimo y el niño fruto del elemento activo de un tercero (aun con el consentimiento del esposo), no existe ningún vínculo de origen, ningún vínculo moral y jurídico de procreación conyugal.
4) En cuanto a la validez de la fecundación artificial en el matrimonio basta, por el momento, recordar estos principios del derecho natural; el simple hecho que el resultado que se desea es alcanzado con este medio, no justifica el uso del medio; ni el deseo de los esposos en sí completamente legítimo, de tener un niño, basta para probar la legitimidad de recurrir a la fecundación artificial, que satisfaría este deseo.
Sería pues erróneo pensar que la posibilidad de recurrir a este medio, pudiese hacer válido el matrimonio entre personas incapaces de contraerlo a causa del 'impedimentum impotentiae".
Por otra parte, es superfluo observar que el elemento activo, no puede ser nunca procurado legítimamente, con actos contra la naturaleza.
Aunque no se puede excluir a priori, métodos nuevos por la sola razón de su novedad, sin embargo, por lo que concierne a la fecundación artificial, no solamente es necesario ser cauto, sino excluirla absolutamente. Al decir esto, no se proscribe necesariamente el uso de algunos medios artificiales, destinados solamente ya sea para facilitar el acto natural, o sea para procurar la obtención del fin del acto natural, cumplido debidamente.
No se olvide nunca, que solamente la procreación de una nueva vida según la voluntad y el designio del Creador, lleva consigo, en un grado admirable de perfección, la obtención de los fines propuestos. Esta procreación, está al mismo tiempo conforme con la naturaleza corporal y espiritual, con la dignidad de los esposos, con el desarrollo sano y normal del niño. (1)
S.S. Pío XII

1 Discurso a los Médicos, 29 de septiembre de 1949. (Traducido del francés).

sábado, 19 de febrero de 2011

LA FAMILIA

En el orden de la naturaleza, entre las instituciones sociales, no hay ninguna que esté tan cerca del corazón de la Iglesia, como la familia. Cristo ha elevado a la dignidad de sacramento al matrimonio, que es como su raíz. La familia misma, siempre ha encontrado y encontrará en la Iglesia defensa, protección, apoyo, en todo lo que se refiera a sus inviolables derechos, su libertad y al ejercicio de su más alta función.
A menudo en variadas ocasiones, Nosotros hemos hablado en favor de la familia cristiana, en la mayoría de los casos, para ayudar o pedir ayuda para salvarla de las más graves angustias. Ante todo, para socorrerla en las calamidades de la guerra. Los daños ocasionados por el primer conflicto mundial estaban muy lejos de ser completamente reparados, cuando la segunda y más terrible conflagración, ha venido a llevarlos al colmo. Pasará mucho tiempo y muchas fatigas por parte de los hombres, y mucha mayor asistencia divina, antes de que comiencen a cicatrizarse convenientemente, las heridas profundas que estas dos guerras han infringido a la familia. Otro mal, debido en parte también a las guerras devastadoras, pero consecuencia también de la superpoblación o de tendencias particulares inherentes o interesadas, es la crisis de la habitación. Todos aquellos legisladores, hombres de Estado, miembros de obras sociales que se dedican a poner remedio, cumplen aunque sea indirectamente, un apostolado de valor eminente. Lo mismo podemos decir, del flagelo de la desocupación, de la regulación de un suficiente salario familiar a fin de que la madre no se vea obligada, como a menudo sucede, a buscar un trabajo fuera de casa, sino que pueda dedicarse el marido y a los hijos. Laborar en favor de la escuela y de la educación religiosa; he aquí entre otras una preciosa contribución al bien de la familia, pues favorece en ella una sana naturaleza y simplicidad de costumbres, refuerza las convicciones religiosas, desarrolla alrededor de ella, una aureola de pureza cristiana y trata de liberarla de los influjos exteriores y de todas aquellas morbosas excitaciones, que desatan pasiones desordenadas en el espíritu del adolescente.
Pero hay una miseria aún más profunda, de la cual es necesario preservar a la familia, como es, el humillante servilismo al cual, la reduce una mentalidad que tiende a hacer de ella un organismo al servicio de la comunidad social, para procrear una masa suficiente de "material humano".
Hay otro peligro que amenaza a la familia, no de ayer sino de hace mucho tiempo y el cual actualmente creciendo a ojos vistos, puede convertirse en funesto porque la ataca desde su germen; queremos decir el torbellino de la moral conyugal, en toda su extensión.
Nosotros hemos, durante el curso de los últimos años, aprovechando todas las ocasiones, para exponer los puntos esenciales de esta moral y más recientemente para indicarla en su conjunto, no solamente refutando los errores que la corrompen sino también demostrando positivamente el sentido, el oficio, la importancia, el valor para la felicidad de los esposos, de los hijos y de toda la familia, para la estabilidad y mayor bien social del hogar doméstico, hasta el Estado y la Iglesia misma.
Al centro de esta doctrina, el matrimonio aparece como un instituto al servicio de la vida. Ligados estrechamente con este principio, Nosotros, según la enseñanza constante de la Iglesia, hemos ilustrado una tesis que es uno de los fundamentos esenciales no sólo de la moral conyugal, sino también de la moral social en general; es decir que el atentado directo a la vida humana inocente, como medio al fin —en el caso presente al fin de salvar otra vida—, es ilícito.
La vida humana inocente, en cualquier condición que se encuentre, queda sustraída, desde el primer instante de su existencia, a cualquier ataque directo voluntario. Este es un fundamental derecho de la persona humana, con valor general en la concepción cristiana de la vida; válido también para la vida aun oculta en el seno de la madre, así como para la vida ya esbozada fuera de ella. Así, estamos contra el aborto directo, como contra la muerte directa del niño, antes, durante y después del parto. Por mucho que pueda estar fundada la distinción entre estos momentos diversos, del desarrollo de la vida nata o aún no nata, para el derecho profano y eclesiástico y para algunas consecuencias civiles y penales, según la ley moral, se trata en todos estos casos, de un grave e ilícito atentado contra la inviolable vida humana.
Este principio es válido tanto para la vida del niño, como para la vida de la madre. Pero en ningún caso la Iglesia ha enseñado que la vida del niño debe ser preferida a la de la madre. Es erróneo exponer la pregunta con esta altrenativa: o la vida del niño o la vida de la madre. No; ni la vida de la madre ni la del niño pueden estar dirigidas a un acto de directa supresión. Por una parte y por la otra, la exigencia no puede ser más que una sola; hacer todos los esfuerzos para salvar la vida de ambos, de la madre y del niño.
Una de las más bellas aspiraciones de la medicina, es el buscar siempre nuevos caminos para asegurar la vida de ambos; si, no obstante todos los progresos de la ciencia existen casos y existirán en el futuro, en los cuales se deba contar con la muerte de la madre, cuando ésta quiere conducir hasta el nacimiento la vida que lleva en si, y no destruirla con violaciones del mandamiento de Dios: "No Matar", no queda al hombre, sino esforzarse por ayudar y por salvar hasta el último momento, e inclinarse con respeto ante las leyes de la naturaleza y las disposiciones de la Divina Providencia.
Pero —se objeta— la vida de la madre, principalmente de una madre de numerosa familia, tiene un precio incomparablemente superior a la de un niño aún no nacido. La aplicación de la teoría de la balanza de los valores en el caso que ahora nos ocupa, ha encontrado acogida en las discusiones jurídicas. La contestación a esta tormentosa objeción no es difícil.
La inviolabilidad de la vida de un inocente no depende de su mayor o menor valor. Desde hace diez años la Iglesia ha condenado formalmente la supresión de la vida llamada "sin valor"; quien conoce los tristes antecedentes que provocaron esta condenación, quien sabe ponderar las consecuencias funestas a las cuales se llegaría, si se quisiese medir la intangibilidad de la vida inocente según su valor, sabrá apreciar los motivos que han conducido a esta disposición.
Por otra parte, ¿quién puede juzgar con certeza cuál de las dos vidas es en realidad preciosa? ¿Quién puede saber qué senderos seguirá ese niño y a qué grandeza de obras y de perfección podrá llegar? Se comparan aquí dos grandezas, de una de las cuales nada conocemos.
A este propósito quisiéramos Nosotros citar un ejemplo, tal vez conocido pero que no pierde por eso su valor sugestivo. En 1905 vivía una joven mujer de noble familia y de sentimientos aún más nobles; pero delicada de salud. Adolescente, había estado enferma de una pequeña pleuresía que parecía curada; pero, después de haber contraído un feliz matrimonio, sintió una nueva vida moverse en su seno, muy pronto se dio cuenta de un malestar físico especial, que consternó a los médicos, los cuales velaron con amorosa solicitud sobre ella. Aquella vieja enfermedad, aquella herida ya cicatrizada se había renovado; según su juicio no había tiempo que perder; si se quería salvar a la joven señora era necesario provocar sin perder un minuto, el aborto terapéutico. Aun el esposo, comprendió la gravedad del caso y dio su consentimiento para el acto doloroso, pero cuando el tocólogo de cabecera le anunció con todo cuidado la deliberación de los médicos, aconsejándola a aceptar su parecer, ella con acento firme respondió: "le agradezco sus consejos piadosos, pero yo no puedo cortar la vida de mi criatura ¡no puedo! ¡no puedo! yo la siento palpitar ya en mi seno, tiene derecho de vivir; ella viene de Dios y debe conocer a Dios para amarlo y gozarlo". El marido rogó, suplicó, imploró; ella permaneció inflexible y esperó serenamente el acontecimiento. Una niña nació normalmente, pero después la salud de la madre empeoró. El mal pulmonar aumentó, su decaimiento se hizo progresivo; dos meses después estaba ya al extremo; vio a su pequeña que crecía sana, gracias a una nodriza robusta; sus labios se adornaron con una dulce sonrisa y plácidamente expiró.
Transcurrieron varios años. En un instituto religioso se hacía notar particularmente una joven hermana, dedicada completamente al cuidado y a la educación de la infancia abandonada, que con ojos inspirados por amor materno, se inclinaba sobre los pequeños enfermos, como si quisiera darles su vida. Era ella, la hija del sacrificio que, ahora con su gran corazón, difundía tanto bien entre los niños desgraciados. El heroísmo de la madre intrépida no había sido en vano. Pero nosotros preguntamos: ¿Es tal vez el sentido cristiano, y puramente humano, llevado a tal punto hasta no poder comprender el holocausto de la madre y la acción visible de la Providencia Divina, que de ese holocausto hizo nacer tan espléndido fruto?
A propósito, Nosotros hemos usado siempre la expresión "atentado directo contra la vida del inocente", "asesinato directo", porque si por ejemplo la salvación de la vida de la futura madre, independientemente de su estado de gravidez, requiriese urgentemente un acto quirúrgico u otra aplicación terapéutica que tuviese como consecuencia accesoria, en ningún modo querida en sí misma, pero inevitable, la muerte del feto, tal acto no podría ser en sí un atentado directo a la vida del inocente. En estas condiciones la operación puede ser lícita, así como otras intervenciones médicas semejantes, siempre que se trate de un bien de alto valor, como es la vida, y no es posible posponerla al nacimiento del niño, ni recurrir a otro remedio eficaz.
Siendo el oficio primordial del matrimonio el servicio de la vida, nuestra principal complacencia y paterna gratitud, van a esos esposos generosos, que por amor de Dios, y confiando en Él, tienen valerosamente una familia numerosa.
Por otra parte, la Iglesia considera con simpatía y comprensión, las dificultades reales de la vida matrimonial en nuestros días. Por esto, hemos afirmado la legitimidad y al mismo tiempo los límites —en verdad bastante largos— de una regulación de la prole, la cual, contrariamente al llamado "control de natalidad", es compatible con la ley de Dios. Se puede pues esperar (en tal materia la Iglesia lo deja todo al juicio de la ciencia médica) que se pueda dar a ese método licito, una base suficientemente segura, la cual parece confirmada por las informaciones más recientes.
Por último, para vencer las múltiples pruebas de la vida conyugal son necesarios sobre todo, la fe viva y la frecuencia de los sacramentos, con sus torrentes de fuerza, de cuya eficacia aquellos que viven fuera de la Iglesia difícilmente podrán tener una idea. Y con este llamado a los auxilios superiores concluimos nuestras palabras. (1)
S.S. Pío XII

1 Discurso al Congreso "Frente de la Familia", 27 de noviembre de 1951.

viernes, 11 de febrero de 2011

EL HEROÍSMO

Cuántas veces habéis oído decir "que la vida del hombre sobre la tierra es una milicia". La vida sobre la tierra es una milicia, porque el hombre está compuesto de espíritu y de cuerpo y tiene dos campos de lucha y de combate: el uno de combate corporal sobre terreno material; el otro de combate espiritual, en el interior de su espíritu. Cada combate y cada campo tiene sus peligros, sus cimentaciones, sus virtudes, sus héroes y actos heroicos, sus triunfos heroicos y coronas.
Las luchas corporales son abiertas y evidentes; en el campo interior por el contrario, todo está oculto; batallas, victorias y coronas ocultas, sólo notadas por Dios y por El premiadas. El sólo nota los méritos que exaltan y ensalzan sobre los altares, a los héroes de la virtud.
Sobre los campos de batalla, en el cielo y en los mares, cuántos heroísmos resplandecen de esa fortaleza de ánimo que afronta peligros mortales. Manifiestos heroísmos de jóvenes soldados y de intrépidos capitanes, de legiones y cohortes, de sacerdotes que en medio del furor de la batalla confortan a los heridos y moribundos, de enfermeros y enfermeras que les atienden las enfermedades y las llagas, porque si toda guerra que se desencadena entre los pueblos, causa dolor e inunda a cualquier corazón amable en el cual la caridad de Cristo que abarca amigos y adversarios, vive y todo enciende e inflama, tampoco se puede negar, que estos fieros y cruentos torbellinos, con sus austeras obligaciones impuestas a los combatientes y a los no combatientes, suscitan horas y momentos de pruebas luminosas, en los cuales se revelan la grandeza, a veces insospechada, de tantas almas heroicas, que sacrifican todo, aun la vida, por el cumplimiento de esos deberes que les dicta su conciencia cristiana.
Pero estaría completamente equivocado, quien creyese que la grandeza de ánimo y el heroísmo, son virtudes reservadas, como flores extraordinarias, sólo a los campos cruentos, a los tiempos de guerra, de catástrofes, de persecuciones crueles, de revoluciones sociales y políticas. Al lado de estos heroísmos abiertos y visibles, a esta magnanimidad y a estos atrevimientos fúlgidos, brotan y crecen en el remanso, receso de valles y campos, en las calles y en las sombras de las ciudades, ocultos por la triste conformación de la vida cotidiana, muchos actos tan heroicos y silenciosos, procedentes de almas no menos grandes y fuertes, emuladores secretos de las más bellas aecciones expuestas a la admiración común.
¿No es heroico el hombre de negocios, el jefe de una gran industria, el cual viéndose reducido a la estrechez y casi en la ruina por adversidades imprevistas, siendo para él su única salvación, el recurrir a uno de esos expedientes que el mundo fácil excusa y absuelve, cuando lo corona el éxito, pero que la moral cristiana no admite, se concentra en sí mismo e interrogando a la propia conciencia no recibe una contestación de ella, sino de la fe del cristiano y rehusa un medio que le da la justicia, prefiriendo la ruina y la miseria a una ofensa a Dios y a su prójimo?
¿No es heroica la joven pobre, que se sacrifica para dar un pedazo de pan a la madre anciana y a sus hermanos huérfanos, con el escaso salario que recibe y rechaza cualquier condescendencia fácil, custodiando con fuerza su honor y su corazón, intrépida al rehusar el favor de un patrón inmoral, desdeñosa de las abundantes y mal adquiridas ganancias, que la sacarían sin embargo de la estrechez?
¿No es heroica la jovencita, mártir de su candor, la cual ofrece a Dios empurpurado con su propia sangre, el holocausto de su virtud virginal?
Estos son heroísmos de justicia, heroísmos de dignidad femenina cristiana, heroísmos dignos de los ángeles: heroísmos secretos que se adornan con los heroísmos de la fe. de la confianza en Dios, de la paciencia, de la caridad en los hospitales civiles y del campo, a lo largo de los senderos de los heraldos de Cristo, en las tierras de los infieles, en cualquier lugar donde la fortaleza de ánimo, se acopla con el amor de Dios y del prójimo.
Nada hay pues de sorprendente, que aun a la sombra de las paredes domésticas se oculte el heroísmo de la familia, y que la vida de los esposos cristianos tenga sus heroísmos escondidos; heroísmos extraordinarios en situaciones trágicamente duras e ignoradas del mundo; heroísmo diarios en la confusa sucesión de sacrificios que a cada hora se renuevan, heroísmos del padre, heroísmos de la madre, heroísmos de ambos (1).
* * *
Como en los primeros siglos del Cristianismo, igual en los tiempos modernos, en los países del mundo donde las persecuciones religiosas, abiertas o disfrazadas pero no menos duras, los más humildes fieles pueden de un momento a otro, encontrarse ante la dramática necesidad de escoger entre su fe, que tienen el deber de conservar intacta y su libertad con los medios para sostener la vida. Pero también en las épocas normales en las condiciones ordinarias de la familia cristiana, sucede a veces que las almas se vean bruscamente puestas en la alternativa de violar un deber imprescindible o de exponer a sacrificios y riesgos dolorosos la salud, los bienes, la posición familiar y social, puestos ante la necesidad de ser y de mostrarse heroicos, si quieren permanecer fieles a sus obligaciones y conservar la gracia de Dios.
Cuando nuestros predecesores de venerada memoria, particularmente el Sumo Pontífice Pío XI en la carta Encíclica "Casti connubii", han reclamado y recordado las santas e ineludibles leyes de la vida matrimonial, ponderaban y se daban perfectamente cuenta, que en no pocos casos a los esposos cristianos se exige un verdadero heroísmo para observarlas inviolablemente. Ya se trate de respetar los fines del matrimonio querido por Dios, o de resistir a los incentivos ardientes de las pasiones y de las asechanzas que insinúan al corazón inquieto, que busque en otro lado lo que en su unión legítima no ha encontrado o que cree no haber encontrado tan completamente como lo había esperado; o que para no romper o relajar el vínculo de los espíritus y del amor sobrevenga la hora de saber perdonar, de olvidar un engaño, una ofensa, un robo, tal vez graves; ¡cuántos dramas íntimos se esconden, ocultando sus amarguras dentro de los velos de la vida diaria! ¡Cuántos heroicos sacrificios ocultos, cuántas embajadas del espíritu para convivir y mantenerse cristianamente constantes, en el puesto y en le deber!
Esta misma vida diaria cuánta fuerza de ánimo pide a veces: cuando cada mañana se ha de ir al mismo trabajo, tal vez rudo y fastidioso en su monotonía; cuántas veces hay que
el papa dijo soportar con una sonrisa en los labios, amablemente, alegremente, los defectos recíprocos, los nunca vencidos contrastes, las pequeñas divergencias de gustos, de costumbre, de ideas, no raras en la vida común, cuando, en medio de dificultades y de incidentes, a menudo inevitables no se debe turbar y aparentar calma y buen humor; cuando en un recibimiento frío tiene que saber callar, detener a tiempo un lamento, cambiar y dulcificar la palabra que al pronunciarla desahogaría los nervios irritados, pero que difundiría una nube opaca en la atmósfera de las paredes domésticas. Mil particularidades íntimas, mil momentos fugaces de la vida cotidiana, cada uno de los cuales es poca cosa, casi nada, pero cuya continuidad y cantidad acaban por hacerlos gravosos, y a los cuales están encadenados con el intercambio de sufrimientos, la paz y la alegría de un hogar.
No busquéis en otro lado la fuente de estos heroísmos. En las vicisitudes de la vida familiar, como en todas las circunstancias del vivir humano, el heroísmo tiene su raíz esencial en el sentimiento profundo y dominante del deber, con ese deber, con el cual es imposible transigir, que prevalece sobre todo. Sentimiento del deber, que para el cristiano es conciencia y reconocimiento del dominio soberano de Dios sobre nosotros, de su soberana autoridad, de su soberana bondad; sentimiento que enseña, cómo la voluntad de Dios claramente manifestada, no debe sufrir discusiones, sino aceptación y sumisión; sentimiento que nos hace comprender que esta voluntad divina es la voz de un infinito amor hacia nosotros; sentimiento, en una palabra, no de un deber abstracto, o de una ley prepotente e inexorable, hostil a la libertad humana del querer y del actuar, sino que responde y se inclina ante las exigencias de un amor, de una amistad infinitamente generosa, trascendente y dirigente, de las multiformes vicisitudes de la vida terrenal (2).
Pío XII

NOTAS:
1.- Discurso a los esposos, 13 de agosto de 1941.
2.- Discurso a los Esposos, 2 de agosto de 1941.

viernes, 28 de enero de 2011

LA EDUCACIÓN DEL NIÑO

Discurso de Pío XII a la Acción Católica,
4 de septiembre de 1949.

Nuestro espíritu ve las filas innumerables de adolescentes, que como capullos se abren a las primeras luces del alba. Prodigioso y encantador, es este pulular de juventud, de una generación que parece sin embargo condenada a extinguirse; juventud nueva y temblorosa en su frescura y en su vigor, con los ojos fijos en el porvenir, con el impulso hacia unas metas más altas, resuelta a mejorar el pasado y a asegurar conquistas más sólidas y de mayor precio, en el camino del hombre sobre la tierra. De esta irrefrenable y perenne corriente hacia la perfección humana, avivada y guiada por la Providencia Divina, los educadores son los modeladores y los responsables más directos, asociados a la misma Prividencia, para realizar sus designios. De ellos depende en gran parte si la corriente de la civilización avanza o retrocede, si su ímpetu se refuerza o languidece de inercia, si se dirige directamente hacia la desembocadura, o si al contrario se detiene al menos momentáneamente en rodeos o peor, en meandros palúdicos y malsanos.
Nosotros mismos, Vicario por Divina disposición y por consiguiente, investido con los mismos oficios de Aquel que sobre la tierra gustó de ser llamado "Maestro", Nosotros mismos, Nos incluímos en el número de aquellos que representan con diferente medida la mano de la Providencia para conducir al hombre a su término.
¿No es tal vez esta Nuestra Sede una cátedra? ¿Nuestro oficio principal no es el magisterio? El Divino Maestro y fundador de la Iglesia ¿no dio a Pedro y a sus Apóstoles el principio fundamental: enseñad, haced discípulos?
Nosotros Nos sentimos y somos educadores de almas; escuela sublime es en lugar no secundario, la Iglesia, así como gran parte del oficio sacerdotal que consiste en enseñar y en educar. No podía ser de otra manera en el nuevo orden instituido por Cristo, fundado sobre las relaciones de la paternidad de Dios, del cual deriva toda otra paternidad en el cielo y en la tierra y de la cual, en Cristo y por Cristo, emana Nuestra paternidad hacia todas las almas. Ahora bien, quien es padre, es por eso mismo educador, como lo explica luminosamente el Doctor Angélico, tal derecho pedagógico primordial, no se apoya sobre otro título sino, sobre el de la paternidad.
La responsabilidad de la que participamos juntos, es inmensa, aunque en diverso grado, pero en campos no alejados: la responsabilidad de las almas, de la civilización, del mejoramiento y de la felicidad del hombre, sobre la tierra y en los cielos.
Si en este momento, hemos llevado el discurso a un terreno más extenso como es el de la educación, lo hemos hecho con el pensamiento de superar, al menos en teoría, la doctrina errónea que separaba la formación del intelecto, de la formación del corazón. Debemos deplorar que en los últimos años se han sobrepasado las normas y los límites de la justa interpretación, de la norma que identifica al didáctico y al educador, a la escuela y a la vida. A la escuela se le reconoce el poderoso valor formativo de las conciencias; en algunos Estados, regímenes y movimientos políticos, han escogido uno de los medios más eficaces para ganar a su causa una multitud de adeptos de los cuales tienen necesidad para triunfar en determinados aspectos de la vida. Con una táctica tan astuta como desleal y con fines contrarios a los fines naturales de la educación, algunos de estos movimientos de los siglos pasado y presente, han pretendido substraer a la escuela de la égida de las instituciones que tenían sobre el Estado, un derecho primordial —la familia y la Iglesia— y han pretendido o pretenden posesionarse exclusivamente de ella, imponiendo un monopolio que ofende gravemente una de las libertades fundamentales humanas.
Pero esta Sede de Pedro, vigilante del bien de las almas y del verdadero progreso, así como no abdicó nunca en el pasado de este derecho por otra parte admirablemente y en todo tiempo ejercitado por medio de sus instituciones, que en alguna época fueron las únicas en dedicarse a la educación, tampoco abdicará en el futuro, ni por esperanzas de ventajas terrenales, ni por temor a persecuciones. La Sede de San Pedro, no consentirá jamás que sean destituidas del ejército efectivo de su derecho nato, ni la Iglesia que lo tiene por mandato Divino, ni la familia que lo reinvindica por ley natural.
Los fieles de todo el mundo son testigos de la firmeza de esta Sede Apostólica, que propugna la libertad de la escuela en la variedad de países, circuntancias y hombres. Para la escuela al mismo tiempo que para el culto y para la santidad del matrimonio, ella no ha dudado nunca en afrontar cualquier dificultad y peligro, con la tranquila conciencia de quien sirve a una causa justa, santa, querida por Dios, y con la certeza de hacer un servicio inestimable a la misma sociedad civil.
En los países, en los cuales la libertad de enseñanza, está garantizada por leyes justas, corresponde a los maestros saberse valer efectivamente, exigiendo la aplicación concreta.
Si es una buena regla atesorar los sistemas y los métodos adquiridos por la experiencia, es necesario sin embargo examinarlos con cuidado antes de aceptarlos, sobre todo las teorías y los usos de las escuelas pedagógicas modernas.
No siempre los éxitos, tal vez conseguidos en países que por índole de población y grado de instrucción son diferentes al vuestro, dan suficiente garantía de que las doctrinas se puedan aplicar con carácter general.
La escuela no puede compararse con un laboratorio químico, en el cual el riesgo de echar a perder substancias más o menos costosas, está compensado con la probabilidad de un descubrimiento; en la escuela para cada alma está en juego la salvación o la ruina. Por tanto, las innovaciones que se juzguen oportunas, referentes a la selección de medios y direcciones pedagógicas secundarias, debe quedar supeditada al fin y a los medios substanciales, los cuales siempre serán los mismos, como siempre es idéntico al fin último de la educación, su sujeto, su autor principal e inspirador, que es Dios Nuestro Señor.
Los educadores tienen su inspiración de la paternidad, cuyo término es generar seres semejantes a sí y con estos preceptos formará a sus alumnos también, con el ejemplo de su vida. En el caso contrario, su obra será como dice San Agustín, "vendedora de palabras" en lugar de modeladora de almas. Las mismas enseñanzas morales, rozarán solamente los espíritus si no van acompañadas de actos. La exposición de la disciplina meramente escolástica, no será completamente asimilada por los jóvenes, si no brota de los labios del Maestro como una viva expresión personal: ni el latín, ni el griego, ni la historia, ni la filosofía, serán escuchados por los alumnos con verdadero provecho, cuando son presentados sin entusiasmo, como cosas extrañas a la vida y al interés de quien lo enseña.
Educadores de hoy, que del pasado traéis normas seguras, ¿qué ideal de hombre debéis preparar para el futuro? Lo encontraréis fundamentalmente delineado en el perfecto cristiano. Al decir perfecto cristiano, aludimos al cristiano de hoy, hombre de su tiempo, conocedor de todos los progresos soportados por la ciencia y por la técnica, ciudadano que no es extraño a la vida que se desarrolla actualmente, sobre esta su tierra. El mundo no podrá arrepentirse cuando un número siempre mayor de tales cristianos, se introduzca en todos los órdenes de la vida pública y privada.
Corresponde en gran parte a los Maestros preparar esta benéfica misión, dirigiendo los espíritus de sus discípulos hacia el descubrimiento de las energías inagotables del cristianismo en la obra del mejoramiento y de la renovación de los pueblos.
Nuestros tiempos requieren que las mentes de los alumnos, se vuelvan hacia un sentido de justicia más efectiva, sacudiendo la tendencia innata de considerarse una casta privilegiada, y el temor de la vida de trabajo.
Se deben sentir y ser trabajadores hoy mismo, en el cumplimiento constante de sus deberes escolares, como deberán sentirse mañana en los puestos directivos de la sociedad. Es muy cierto que en los pueblos atormentados por el flagelo de los sin-trabajo, las dificultades surgen no tanto por falta de buena voluntad, sino por falta de trabajo; es por consiguiente indispensable, que los maestros inculquen a sus discípulos la laboriosidad, y que se acostumbren, al severo trabajo del intelecto y de labor manual, para soportar la dureza y la necesidad, a fin de gozar de los derechos de la vida asociada, con el mismo título que los trabajadores obreros. Es tiempo de ampliar sus miras sobre un mundo menos lleno de partidos recíprocamente envidiosos, de nacionalismos exagerados, y de ansias de hegemonía, por las cuales han sufrido tanto las generaciones presentes. Que se abra la nueva juventud a la respiración de la catolicidad y sienta la atracción de aquella caridad universal, que abarca todos los pueblos en un único Señor. La conciencia de la propia personalidad y por consiguiente el mayor tesoro de la libertad; la crítica sana, pero al mismo tiempo el sentido de la humildad cristiana, de la sujeción justa a las leyes y al deber de solidaridad; religiosos, honestos, cultos, abiertos y laboriosos: así quisiéramos que salieran de las escuelas los jóvenes.

miércoles, 19 de enero de 2011

LOS DEBERES DEL MEDICO

Totalmente diferente de sus colegas que con sus elegantes batas, en la famosa "Lección de Anatomía" de Rembrandt parecen solícitos para transmitir sus siluetas a la prosperidad, uno de aquellos personajes, llama la atención de quien lo contempla, por la viveza y profundidad de su expresión.
Con la cara tensa, reteniendo la respiración, sumerge la mirada en la carne abierta, ansioso de leer el secreto de aquellas vísceras, ávido de arrancar a la muerte los misterios de la vida. Ciencia admirable en su propio campo por todo lo que revela, la anatomía tiene la virtud de introducir la mente en estensas y elevadas regiones. Bien lo sabía, y bien lo sentia el gran Morgagni, cuando durante una disección, dejando caer de sus manos el bisturí, exclamó: "¡Ah, si yo pudiese a amar a Dios como lo conozco!" Si la anatomía manifiesta la potencia del Creador al estudiar la materia, la fisiología penetra en las funciones del maravilloso organismo mientras la biologia descubre las leyes de la vida, sus condiciones, sus exigencias y su generosa libertad.
De un modo providencial, la medicina y la cirugía, aplican estas ciencias para defender al cuerpo humano tan perfecto pero tan frágil, para reparar sus pérdidas y curar sus enfermedades. Además, el médico, más que nadie interviene tanto con su corazón, como con su inteligencia; él no trata sobre una materia inerte, sino sobre una materia preciosa: entre sus manos sufre un hombre como él, un semejante, un herman suyo. Además, este paciente, no es una criatura aislada; es una persona que tiene una posición un oficio en la familia, y una misión en la sociedad, por humilde que sea. Aún más, el médico cristiano nunca pierde de vista que su enfermo, gracias a sus cuidados podrá continuar viviendo, por un tiempo más o menos largo o morirá no obstante su premura e ira hacia una vida inmortal, de la cual depende su desgracia o su gloria eterna.

Compuesto de materia y de espíritu, elemento según el orden universal de los seres, el hombre es dirigido en su carrera hacia un fin más allá del tiempo, hacia un fin, superior a la naturaleza. De esta compenetración de la materia y del espíritu en la perfecta unidad que compone el ser humano, en esta participación al movimiento de toda la creación visible, hace que el médico sea especialmente llamado para dar consejos, para tomar determinaciones, para formular principios, los cuales mirando directamente a la curación del cuerpo, de sus miembros y de sus órganos, interesan al alma, a sus facultades y al destino sobrenatural del hombre y su misión social.
Ahora bien, sin tener siempre presente el pensamiento de esta composición del hombre, su posición y su oficio en el orden universal de los seres, su destino espiritual y sobrenatural, el médico correrá fácilmente peligros de comprometerse con prejuicios más o menos materiales y de seguir las consecuencias fatales del utilitarismo, del edonismo y de autonomía absoluta de la ley moral.
Un capitán, puede saber muy bien dar instrucciones precisas, sobre el modo de manejar una máquina o de disponer la vela para una navegación; pero si no conoce la meta y no sabe pedir a sus instrumentos y a las estrellas que brillan sobre su cabeza, la posición y la ruta de su nave, ¿a dónde lo conducirá esta navegación loca?
Este concepto de ser y de fin, abre la puerta a otras consideraciones.
La complejidad de ese compuesto de materia y de espíritu, como también ese orden universal es tal, que el hombre no puede dirigirse hacia el fin total y único de su ser y de su personalidad, sino por medio de la acción armoniosa de sus múltiples facultades corporales y espirituales y no púede mantener su posición aislándose del resto del mundo, ni perdiendose como se pierde e una aglomeración amorfa, los millones de identicas moléculas. Esta complejidad real, esta armonia aunque ofreciendo dificultad, dictan el deber al médico.
Formando al hombre, Dios reguló cada una de sus funciones; las distribuyó entre los diversos órganos; determinó con esto la distinción entre los que son esenciales a la vida y aquellos que no interesan sino sólo a la integridad del cuerpo, por preciosa que sea, su actividad, su bienestar, su belleza: al mismo tiempo El fijó, prescribió y limitó el uso de cada uno; por consiguiente el hombre no puede ordenar su vida y las funciones de sus órganos a su gusto, sino al contrario, debe ordenarlos según los fines internos e inmanentes que les han sido asignados. El hombre realmente no es el propietario, el señor absoluto de su cuerpo, sino solamente un usufructuario. De esto se deriva toda una serie de principios y de normas, que regulan el uso y el derecho de disponer de los organos y de los miembros del cuerpo, que obligan igualmente al interesado como al médico llamado para aconsejarlo.

Las mismas reglas deben regir la solución de los conflictos entre intereses divergentes, según la escala de valores, aparte de los mandamientos de Dios.
Por esto nunca estará permitido sacrificar los intereses eternos a los bienes temporales, aun entre los más apreciados, como tampoco será licito posponer éstos últimos a los vulgares caprichos y exigencias de las pasiones. En tales crisis, a veces trágicas, el médico se encuentra como consejero y casi como un arbitro calificado.
Aunque circunscritos y restringidos a la persona en sí, tan compleja en su unidad, los conflictos inevitables entre intereses divergentes, hacen surgir problemas bastante delicados, ¡Que arduos son esos problemas que provoca la sociedad, cuando hace valer derechos sobre el cuerpo, sobre su integridad, sobre la vida misma del hombre! Tal vez es difícil determinar en teoría los límites; en la práctica, el médico, así como el individuo directamente interesado, pueden verse en la necesidad de examinar y analizar esas exigencias y pretensiones, de medir y valorizar la moralidad de ellas y su fuerza ética obligatoria.

Aquí la razón y la fe por igual, trazan los confines entre los derechos de la sociedad y del individuo. Sin duda el hombre está por su naturaleza destinado a vivir en sociedad; pero como enseña la razón, la sociedad está hecha para el hombre y no el hombre para la sociedad. No de ella, sino del Creador mismo, tiene el derecho sobre su propio cuerpo y sobre su vida, y el Creador es responsable del uso que haga. De esto se deduce que la sociedad no puede privarlo directamente de ese derecho, mientras él no se haga responsable de tal privación, con algún grave delito cometido por su parte.
Referente al cuerpo, a la vida y a la integridad corporal del individuo, la posición jurídica de la sociedad es esencialmente diferente de la de los individuos mismos. Aunque limitado, el poder del hombre sobre sus miembros y sobre sus órganos, es un poder directo, porque ellos son partes constitutivas de su ser físico. Está claro que no teniendo en sus diferencias de una perfecta unidad, otro fin que el bien del organismo físico total, cada uno de estos miembros y de estos órganos, puede ser sacrificado si pone en peligro al conjunto y no hay otro medio de evitarlo. Diferente es el caso de la sociedad, la cual no es un ser físico y cuyas partes serían hombres individuales, con una simple comunidad de fin y de acción; a este título puede ella exigir a aquellos que la componen y que son llamados sus miembros, todos los servicios necesariamente requeridos para el verdadero bien común.
Estas son las bases sobre las cuales puede fundarse todo juicio acerca del valor moral de los actos y de las intervenciones, permitidas o impuestas por los poderes públicos, sobre el cuerpo humano, la vida, y la integridad de la persona.

Las verdades que acabamos de exponer, pueden ser conocidas sólo con la luz de la razón. Pero hay una ley fundamental, y la cual ofrece a la mirada del médico más que a cualquier otro, y cuyo sentido y fin solamente con la luz de la revelación, puede ser manifestado; nos referimos al dolor y a la muerte.
Sin duda el dolor físico tiene una función saludable y natural; es una señal de alarma que revela el nacimiento o el desarrollo a veces insidioso, del mal oculto e induce y obliga a buscar el remedio. Pero el médico encuentra inevitablemente el dolor y la muerte, en el curso de sus investigaciones cientificas, como un problema del cual su espíritu no posee la clave y en el ejercicio de su profesión, como una ley ineludible y misteriosa frente a la cual su arte, queda impotente y su compasion estéril. El puede establecer bien su diagnóstico de acuerdo con los elementos del laboratorio y de la clínica, formular su pronóstico, según las exigencias de la ciencia; pero en el fondo de su conciencia, de su corazón de hombre y de sabio siente que la explicación de aquel enigma, se obstina en huir. El sufre por esto: la angustia lo acosará inexorablemente hasta que no pida a la fe, una respuesta sobre los misterios de los designios de Dios, que se harán patentes en la eternidad. Sólo entonces podrá tranquilizar su espíritu.
He aquí la respuesta. Dios, creando al hombre, lo había eximido por un don de gracia de esa ley natural de todo viviente corpóreo y sensible, y no había querido poner en su destino, el dolor y la muerte. El pecado los ha introducido. Pero El, el Padre de las Misericordias lo tomó en sus manos e hizo pasar por su cuerpo, por las venas el corazón de su Hijo Predilecto, Dios como El, hecho hombre para ser el Salvador del mundo. De esta manera el dolor y la muerte, se han convertido para el hombre que no rechaza a Cristo, en medios de redención y de santificación. De esta manera el camino del género humano que se desarrolla en toda su longitud, bajo el signo de la Cruz y bajo la ley del dolor y de la muerte, mientras madura y purifica el alma aquí, la conduce a la felicidad sin límites de una vida sin fin.
Sufrir, morir; pues bien, sí. Adoptando la expresión del Apóstol de las gentes, la "tontería de Dios"; tontería más sabia que toda la sabiduría de los hombres. Al pálido reflejo de su fe débil, el pobre poeta pudo cantar: "L'homme est un aprenti, la douleur est son maitre, —et nul ne se connait tant qu'il n'a pas souffert". A la luz de la revelación, el piadoso autor de la Imitación de Cristo, pudo escribir el sublime capítulo décimo segundo, de su segundo libro "De regia via sanctae Crucis", refugente con la más admirable comprensión y la más alta sabiduría cristiana de la vida.
Frente al imperioso problema del dolor, ¿qué contestación podrá el médico darse a sí mismo?, ¿qué contestación al infeliz, que la enfermedad abate en oscuro sopor o que produce una rebelión contra el sufrimiento y la muerte? Solamente uun corazón penetrado de una viva y profunda fe podrá encontrar acentos de íntima sinceridad y convicción, capaces de hacer aceptar la respuesta del Maestro Divino: para entrar en la Gloria, es necesario morir y partir. Luchará con todos los medios y los expedientes de su ciencia y de su habilidad, contra la enfermedad y la muerte, no con la resignación de un pesimismo sin esperanza, ni con la resolución exasperada, que una moderna filosofía cree deber exaltar, sino con la calmada serenidad, de quien ve y sabe lo que el dolor y la muerte representan en los designios salvadores del omnisapiente e infinitamente bueno y misericordioso Señor.

Está pues de manifiesto, que la persona del médico como toda su actividad se mueven constantemente dentro del orden moral y bajo el imperio de sus leyes. En ninguna declaración, en ningún consejo, en ninguna intervención, el médico puede encontrarse fuera del terreno de la moral, sin vínculos e independiente de los principios fundamentales de la ética y de la religión: no hay ningún acto ni palabra, del cual no sea responsable ante Dios y ante su propia conciencia.
Es cierto que algunos rechazan como un absurdo y como una quimera, en teoría y en la práctica, el concepto de una "ciencia cristiana". Según ellos, no puede existir una medicina cristiana del mismo modo que no hay una física o una química cristiana, teórica o aplicada: el dominio de las ciencias exactas o experimentales, dicen ellos, se extiende fuera del terreno religioso y ético y por eso no se conocen, ni reconocen más que las propias leyes inmanentes. ¡Restricción extraña e injustificada del campo del problema! ¿No ven ellos que los objetos de esas ciencias no están aislados en el vacío, sino que forman parte del mundo universal de los seres; tienen en el orden de los bienes y de los valores, un grado y posición determinadas, están en permanente contacto con los objetos de las otras ciencias y en modo particular, están bajo la ley de la trascendente finalidad que la liga formando un todo ordenado? Admitamos sin embargo que, cuando se habla de la orientación cristiana de la ciencia, se tiene en cuenta no tanto la ciencia en sí misma, sino sus representantes, en los cuales vive, se desarrolla y se manifiesta.
También la física y la quimica, que los cientificos y los profesionistas conscientes, hacen servir para ventaja y beneficios de los individuos y de la sociedad, pueden también convertirse, en manos de hombres perversos, en agentes e intrumentos de corrupción y de ruina. Esto es mucho más claro, ya que en la medicina el interés supremo de la verdad y del bien se opone a una pretendida liberación objetiva y subjetiva de sus vínculos y relaciones múltiples, que la mantienen en el orden general.

Tuvimos ya ocasión de exponer una serie de consideraciones sobre el decálogo, de las cuales creemos que el médico, podrá extraer algunas enseñanzas útiles para el ejercicio de su profesión.

El mayor de todos los mandamientos es el amor: de Dios, y de esa fuente, el amor al prójimo. El verdadero amor, iluminado por la razón y por la fe, vuelve a los hombres más clarividentes. Nunca el médico católico podrá encontrar otro mejor consejero que este verdadero amor, para dictar sus pareceres o asumir y conducir a un término, el cuidado de un enfermo. "Dilige, et quod vis fac": axioma incisivo de San Agustín, a menudo citado fuera de caso, encuentra aquí su aplicacion plena y legítima. Qué recompensa será para el médico, el escuchar el día de la retribución eterna el agradecimiento del Señor: "Estaba enfermo y me visitaste". Un tal amor no es débil, y no se presta a diagnósticos complacientes; esta sordo a todas las voces de las pasiones que quisieran ganarse su complicidad; está lleno de bondad, sin envidia, sin egoismo, sin ira; no se goza en injusticias, cree todo, espera todo; soporta todo; así describe el Apóstol de las gentes la
caridad cristiana, con su admirable himno al amor.

El quinto mandamiento —Non occides— forma la síntesis de los deberes referentes a la vida y a la integridad del cuerpo humano, y está lleno de enseñanzas, tanto para el docente sobre la cátedra universitaria, como para el médico que ejerce. Mientras un hombre no es culpable, su vida es intocable y es por consiguiente ílicito, cualquier acto que tienda directamente a destruirla, ya se trate de una vida embrionaria o en pleno desarrollo, o cuando esté cerca de su término. De la vida de un hombre, que no sea reo de un delito castigado con la pena de muerte, el único Señor, es Dios, El médico no tiene derecho a disponer ni de la vida del niño, ni de la vida de la madre, y nadie en el mundo, ninguna persona privada, ninguna potestad humana, puede autorizar su destrucción directa. Su oficio no es destruir las vidas, sino salvarlas. Principios fundamentales e inmutables que la Iglesia durante los últimos decenios, se ha visto en la necesidad de proclamar repetidamente y con toda claridad, contra opiniones y métodos opuestos. En las resoluciones y en los decretos del magisterio eclesiástico, el médico católico encuentra una guía segura para su juicio teórico y su conducta práctica.

Hay en el orden moral un vasto campo, que requiere en el médico particular claridad de principios y seguridad de acción. En este campo fermentan las misteriosas energías colocadas por Dios en el organismo del hombre y de la mujer, para el surgimiento de una nueva vida. Es una potencia natural, de la cual el mismo Creador ha determinado la estructura y las formas esenciales de actividad, con un fin preciso y con deberes correspondientes, a los cuales el hombre está sujeto al hacer uso de esta facultad. El fin primordial (al cual los fines secundarios están subordinados esencialmente), querido por la naturaleza es la propagación de la vida y la educación de la prole. Solamente el matrimonio regulado por Dios en su esencia y en su propiedad, asegura ambas cosas según él bien y la dignidad tanto de la prole, como de los progenitores. Esta es la única norma que ilumina y rige esta delicada materia; la norma a la cual en todos los casos concretos, en todos los problemas especiales conviene apegarse: la norma cuya fiel observancia, garantiza en este punto la salud moral y física de los individuos y de la sociedad.

No debería ser difícil para el médico, esta finalidad inmanente arraigada en la naturaleza, para afirmarla y aplicarla con intima convicción en su actividad científica y practica. A él, más que al mismo teólogo se dará credito, cuando amoneste y advierta, que cualquiera que ofende y tergiverse las leyes de la naturaleza, tendrá tarde o temprano, que sufrir las concecuencias funestas en su valor personal y en su integridad física y psíquica.
He aquí el joven, que bajo el impulso de las nacientes pasiones recurre al médico; he aquí a los novios, los cuales en vista de sus próximas nupcias le piden consejo que muchas veces desean ser en sentido contrario a la naturaleza y a la honestidad; he aquí a los cónyuges que buscan en él luz y asistencia o también convivencia, porque pretenden no poder encontrar otra solución a los conflictos de la vida, sino fuera de la infracción voluntaria de los vínculos y de los deberes inherentes al uso de las relaciones matrimoniales.
Entonces ellos, tratarán de hacer valer todos los argumentos posibles o pretextos (médicos, eugenésicos, sociales, morales) para inducir al médico a dar un consejo o prestar una ayuda que permita la satisfacción del instinto natural, privandolo de la posibilidad de alcanzar el fin de la fuerza generadora de la vida. ¿Cómo podrá él permanecer firme ante todos estos asaltos, si a él mismo le hace falta el conocimiento claro la convicción personal de que el Creador por el bien del genero humano, ha dado al uso voluntario de esas energias naturales un fin inmanente con un vínculo indisoluble, que no admite ningún relajamiento, ni ruptura?

El octavo mandamiento, tiene también un puesto en la deontologia médica. La mentira, según la ley moral, no está permitida a nadie; hay todavía casos en los cuales el médico aunque interrogado, no puede manifestar crudamente toda la verdad a condición de no decir una cosa positivamente falsa, cuando sabe que el enfermo no tendría la fuerza de soportarla. Pero hay otros casos en los cuales, él tiene la obligación de hablar claramente; deber ante el cual debe ceder cualquier otra consideración médica o humanitaria. No es lícito mantener al enfermo o a los parientes con una seguridad ilusoria, en peligro de comprometer aun su salvación eterna o el cumplimiento de sus obligaciones, de justicia y de caridad. Estaria errado quien quisiese justificar o excusar tal conducta, con el pretexto de que el médico se expresa siempre del modo que él estima más oportuno, en el interés personal del enfermo y que es culpa de los demás, si toman sus palabras demasiado a la letra.

Entre los deberes derivados del octavo mandamiento, está también entre otros la observancia del secreto profesional, el cual debe servir y sirve no sólo en el interés privado, sino aun a la ventaja común. También en este campo pueden surgir conflictos entre el bien privado y el público o entre los diversos elementos y aspectos del mismo bien público; conflictos en los cuales pueda ser extramadamente difícil, medir o pesar justamente el pro y el contra, entre la razón de hablar o de callar. En tal perplejidad el médico responsable pide a los principios fundamentales de la ética cristiana, las normas que le ayudarán a encaminarse por la vía recta. Estos principios mientras afirman claramente, sobre todo en el interés del bien común, la obligación del médico de mantener el secreto profesional, no le reconocen sin embargo valor absoluto; no sería en efecto conveniente al mismo bien común, si este secreto debiese estar al servicio del delito o del fraude.

Por último, no quisiéramos omitir decir unas palabras, sobre la obligación del médico de poseer una sólida cultura científica y de continuar el desarrollo de sus conocimientos y de sus aptitudes profesionales. Este es un deber moral en sentido estricto. Se trata de un vínculo que lo liga en conciencia ante Dios, porque se refiere a una actividad que toca de cerca los bienes del individuo y de la comunidad.
Esto requiere para el estudiante de medicina, durante su formación universitaria, la obligación de aplicarse seriamente al estudio, para obtener los conocimientos teóricos requeridos y la habilidad práctica necesaria para su aplicación.
Para el profesor universtitario, el deber de enseñar y comunicar a los alumnos de la mejor manera y de no dar certificados de competencia profesional, sin haberse asegurado previamente con un concienzudo y profundo examen. Obrar de otra manera, sería cometer una grave falta moral, porque pondría en peligro a seres y expondría a incontables daños, la salud privada publica.
Para el médico en ejercicio de su profesión, la obligación de mantenerse informado del desarrollo y de los progresos de la ciencia médica, mediante la lectura de obras y de revistas científicas, participaciones a congresos, y cursos académicos, las conversaciones con los colegas y las consultas a los profesores de la facultad de medicina. Este constante estudio de perfeccionamiento, obliga al médico en activo, en cuanto que este sea prácticamente posible, y es requerido por el bien de los enfermos y de la comunidad.

Pío XII

Discurso. Unión Micro-Biológica San Lucas, 12 de noviembre de 1943.

miércoles, 12 de enero de 2011

LOS DEBERES DEL MARIDO Y DE LA ESPOSA


La responsabilidad del hombre frente a la mujer y a los hijos, nace en primer lugar de los deberes hacia sus vidas, las cuales son para él, lo más significativo de su profesión, de su arte o de su oficio. Con el trabajo profesional él debe procurar a los suyos las necesidades cotidianas y los medios necesarios para sostenerse y vestirse convenientemente. Su familia debe sentirse feliz y tranquila, bajo la protección que le ofrece la laboriosa actividad de la mano del hombre.
En condiciones bien diferentes, se halla el hombre que no tiene familia a la cual sostener. Probablemente se encuentra ante sí, con empresas arriesgadas, que lo alientan con esperanzas de elevadas ganancias, pero que fácilmente pueden conducir a la ruina por senderos insospechados. Los sueños de fortuna ilusionan el pensamiento, más que satisfacen las ambiciones; la moderación del corazón y de sus sueños, es virtud que nunca perjudica, porque es hija de la prudencia. Por esto, el hombre casado, aunque no hayan otras dificultades de orden moral, no debe pasar los límites debidos, límites impuestos por la obligación que tiene, de no exponer sin motivos gravísimos la tranquila subsistencia necesaria de la mujer y de los hijos, venidos al mundo o todavía por venir. Otra cosa sería, si, sin su culpa o cooperación por circunstancias independientes de su voluntad o de su poder, se pusiese en peligro la felicidad de la familia, como suele suceder en las épocas de grandes disturbios políticos y sociales, que derraman por el mundo la miseria y la muerte.
Pero siempre es conveniente que él al hacer o dejar de hacer, al emprender u osar, se pregunte a sí mismo: ¿Puedo asumir esta responsabilidad, frente a la familia?
El hombre casado está sujeto por vínculos morales, no sólo con la familia, sino también con la sociedad. Para él son vínculos la fidelidad en el ejercicio de SU profesión, de su arte o de su oficio. La eficacia sobre la cual sus superiores pueden apoyarse incondicionalmente; la corrección y la integridad de su conducta y acciones, que le conceden la confianza de cuantos tratan con él: tales vínculos, ¿no son tal vez eminentes virtudes sociales? ¿Y no constituyen estas virtudes tan bellas, el mural de la defensa de la felicidad doméstica, de la existencia pacífica de la familia, cuya seguridad según la ley de Dios, es el deber primordial de un padre cristiano?
Podernos agregar, porque el honor y el decoro de la mujer es la estima y la virtud pública del marido, que el hombre por diferencia a ella, tiene que aplicarse a sobresalir entre sus iguales de profesión. Toda mujer desea poder estar orgullosa del compañero de su vida, ¿No es pues alabable, el marido que por sentimiento noble y afecto hacia la mujer, se esfuerza por hacer lo mejor de lo mejor en sus actividades, y de cumplir y obtener todo lo que sea notable y de más agrado?
El elevarse digna y honestamente en la sociedad por medio de la profesión y el trabajo, es un honor y un consuelo para la mujer y para los hijos, ya que el orgullo de los hijos es el padre; el hombre tampoco ha de olvidar cuánto debe a la felicidad de la convivencia doméstica, si él demuestra en toda circunstancia, tanto en su ánimo como en el trato externo y en las palabras, diferencia y estima hacia la mujer, madre de sus hijos. La mujer no es solamente el sol, sino también el santuario de la familia, el refugio de los pequeños, la que guía los pasos a los mayorcitos, el consuelo de sus afanes, la aclaración de sus dudas, la fe de su futuro.
Patrona de la dulzura, ella es la patrona de la casa. Que no suceda nunca, como suele decirse que las parejas de personas casadas se distingan de las no casadas, por los modos indiferentes, menos considerados, y el modo descortés con el cual el hombre trata a la mujer. No; el comportamiento entero del marido hacia la mujer, debe estar acompañado de aquel carácter natural, noble y digna cordialidad, como conviene a los hombres de temperamento íntegro y de espíritu temeroso de Dios; a los hombres que con su intelecto saben ponderar el precio inestimable que una conducta virtuosa y amable entre los cónyuges, tiene para la educación de la prole. Poned el ejemplo del padre ante los hijos: será para ellos un vigoroso estímulo para mirar a la madre, y al padre mismo, con respeto, veneración y amor.
Pero la cooperación del hombre para la felicidad del hogar doméstico, no puede ser restringida a la deferencia y consideración hacia la compañera de su vida; debe avanzarse a ver, apreciar, reconocer la obra y los esfuerzos de aquélla, que silenciosa y asidua, se dedica a hacer la morada común, más confortable, más agradable y más alegre. ¡Con cuan amorosa dedicación, aquella joven mujer ha dispuesto todo para festejar, tan alegremente como se lo permiten las circunstancias, el aniversario del día en el cual ante el altar ella se unió a aquél que debía ser el compañero de su vida y de su felicidad y que de un momento a otro entrará en la casa al llegar de la oficina! Mirad aquella mesa; delicadas flores la embellecen y la alegran. La cena ha sido preparada por ella con todo cuidado; ha escogido lo que tenía mejor, y lo que más le agrada a él. Pero, he aqui que el hombre, encadenado por largas horas de trabajo, más cansado tal vez que de ordinario, nervioso por contrariedades imprevistas, regresa más tarde de lo acostumbrado, preocupado por otros pensamientos: las afectuosas palabras que lo reciben, caen en el vacío y lo dejan mudo: con la mesa arreglada con tanto amor, parece no acordarse de nada: sólo mira y observa que aquel plato, también arreglado para darle gusto, ha estado demasiado tiempo en el fuego, y se queja, sin pensar que la causa ha sido su propio retardo. Come con premura ya que debe como él dice, salir inmediatamente después de la comida. Apenas terminada, la pobre mujercita que había soñado con el goce de una dulce tarde transcurrida en su compañía, llena de recuerdos renovados, se encuentra sola en la sala desierta: son necesarias toda su fe y su valor, para reprimir las lágrimas que brotan a sus ojos.
Una escena semejante es raro que falte en el curso de la vida. Un principio proclamado por el gran filósofo Aristóteles, es que lo que uno es en sí mismo, tal le parece el fin que tiene que cumplir; en otros términos, que las cosas aparecen al hombre convenientes o no, según sus disposiciones naturales o las pasiones por las cuales se haya movido. Y vosotros veis, como las pasiones aún inocentes, los negocios y los acontecimientos, igual que los defectos hacen cambiar las ideas y las tendencias, olvidar las conveniencias, rehusar y no cuidarse de amabilidades y placeres. Sin duda, el marido podrá hacer valer como excusa el cansancio de una jornada de trabajo intenso, el cual lo fatiga más que los disgustos y las contrariedades. ¿Pero cree él o piensa que su mujer, no siente nunca cansancio ni sufre molestias? El amor verdadero y profundo, en uno y en otra, deberá hacer que se muestren más fuertes que el cansancio y el aburrimiento, más fuertes que los acontecimientos y la adversidad cotidiana, más fuertes que los cambios del tiempo y de las estaciones, más fuertes que la variación de los humores personales y la sorpresa de desgracias imprevistas. Conviene dominarse a sí mismos, no menos que a los eventos exteriores, sin ceder ni dejarse dominar por ellos. Conviene saber obtener de la fuente del amor recíproco, el sonreír, el agradecer, el expresar afecciones y cortesías; devolver gozos, a quienes os dan penas.
¡Oh hombres! cuando regresáis a casa, donde la conversación y el descanso restaurarán vuestras fuerzas, no estéis inclinados a ver y a buscar los pequeños defectos, inevitables en toda obra humana; mirad más bien a todo ese bien, por poco que sea, el cual os ha sido ofrecido como fruto de vuestros esfuerzos penosos, de vigilias, por la afectuosa acogida femenina para hacer de vuestra morada familiar, aunque modesta, un pequeño paraíso de felicidad y de alegría. No os concretéis a considerar tanto bien y a amarlo, no solamente en el fondo de vuestro pensamiento y de vuestro corazón, no: hacedlo aparecer y sentir abiertamente, a aquella que no ha evitado ningún trabajo para procurarlo y para quien la mejor y más dulce recompensa, será esa sonrisa amable, esa palabra agradable, esa mirada atenta y complaciente, en la cual ella comprenderá todo vuestro gradecimiento. (1)
A la mujer le ha sido dada por Dios la misión sagrada y dolorosa, pero también productora de gozo purísimo, de la maternidad, y a la madre está sobre cualquier otro, confiada la educación primera del pequeño en el comenzar de su vida.
Es cierto e indudable, que para la felicidad de un hogar doméstico la mujer puede más que el hombre. Al marido corresponden las primeras partes para asegurar la subsistencia y el futuro de las personas y de la casa; para las determinaciones que se refieren a él y a sus hijos para el futuro. A la mujer corresponden mil particulares diligencias, imponderables, cotidianas atenciones y cuidados, que son los elementos de la atmósfera interna de una familia y, según que actúen correctamente, o por el contrario se alteren o falten, la hacen sana, fresca, confortable, o pesada, viciada, irrespirable.
Entre las paredes domésticas la acción de la esposa, debe ser siempre la obra de la mujer fuerte, exaltada tanto en la Divina Escritura: de la mujer a quien se une el corazón de su esposo y que le devolverá un bien y no un mal para todos los días de su vida.
¿No es tal vez una verdad antigua y siempre nueva —verdad que radica en las mismas condiciones físicas de la vida de la mujer, verdad inexorablemente proclamada no sólo por las experiencias de los siglos más remotos, sino también por las épocas más recientes de industrias devoradoras, de reivindicaciones de igualdad, de desvíos "deportivos"— que la mujer hace el hogar y lo tiene a su cuidado, y que el hombre no podrá nunca suplirla? Es la misión que la naturaleza y la unión con el hombre, le han impuesto para el bien de la sociedad misma. Desviadla, atraedla fuera de los lugares de la familia con el aliciente de una de las muchas causas que se aducen para vencerla; veréis a la mujer descuidar su hogar; sin este fuego, el aire de la casa se enfriará, el hogar cesará prácticamente de existir, se convertirá en un precario refugio de algunas horas; el centro de la vida diaria desaparecerá, para el marido, para ella misma, para los hijos.
Se quiera o no, para quienes, hombre o mujer, están casados y resueltos juntamente a permanecer fieles a los deberes de su condición, el hermoso edificio de la felicidad, no puede alzarse sino sobre el fundamente estable de la vida de familia. Pero ¿dónde encontrar la verdadera vida de familia sin un hogar, sin un centro visible, que una esta vida, que la recoja, que la arraigue, que la mantenga, que la profundice, que la desarrolle y la embellezca? No digáis que materialmente el hogar existe desde el día en que las dos manos se unieron y los dos recién casados hicieron vida común bajo un mismo techo, en su morada, en su habitación, amplia o estrecha, rica o pobre. No; no basta el hogar material para el edificio espiritual, y hacer surgir del fuego terrenal, la llama viva y vivificante de la nueva familia. No será la obra de un día, especialmente si se mora no en un hogar preparado por las generaciones presentes, sino —como sucede hoy frecuentemente al menos en la ciudad— en un domicilio transitorio simplemente alquilado. ¿Quién creará entonces, poco a poco, de día en día el verdadero hogar espiritual, si no la obra de aquella que se ha convertido en una "ama de casa", de aquella a la cual se apega el corazón del esposo? Que el marido es obrero, agricultor, profesionista, hombre de letras o de ciencias, artista, empleado o funcionario, es inevitable que la acción sea por él ejercida durante la mayor parte del tiempo fuera de casa, o que en la casa se confine largas horas en el silencio de su estudio huyendo a la vida de familia. Para él el hogar domestico será el lugar, donde, al terminar el trabajo cotidiano restaurará sus fuerzas físicas y morales con el reposo, en la calma, en el gozo íntimo. Para la mujer, al contrario, este hogar será el reducto regular y el nido de su obra principal, de aquella obra que, de mano en mano hará de aquel retiro, por pobre que sea, una casa quieta y una convivencia tranquila, que se embellecerá no con muebles o con objetos de casa, sin estilo ni marca personal, sin expresión propia, sino sólo con los recuerdos que han dejado sus trazos sobre los muebles o que cuelgan de las paredes, como marcos de la vida vivida juntos en los gustos, en los pensamientos, en los goces, en las penas comunes, huellas y signos tal vez visibles, tal vez imperceptibles, pero de los cuales con el paso del tiempo el hogar material, tendrá un alma.
Pero el alma de todo será la mano y el arte femenino, con que la esposa hará atrayente cualquier rincón de la casa, aunque sólo fuese con su vigilancia, con el orden y la limpieza, con tener listas todas las cosas en el momento requerido. Alimento, para consuelo de la fatiga, cama para el reposo. A la mujer, más que al hombre, Dios le ha concedido el don, con el sentido de la gracia y de la amabilidad, de hacer ligeras y agradables las cosas más simples, precisamente porque ella, formada a semejanza del hombre, y como ayuda para constituir con él la familia, nació para infundir la amabilidad y la dulzura en el hogar de su marido, y hace que la vida en común se afirme fecunda y florezca en su desarrollo real.
Y cuando el Señor, en su bondad, haya dado a la esposa la dignidad de madre, el llanto del recién nacido no turbará ni destruirá la felicidad del hogar; sino por el contrario lo aumentará y lo sublimará con aquella aureola divina, donde resplandecen los ángeles celestes y de donde desciende un rayo de vida, que vence a la naturaleza y regenera a los hijos de Dios, e hijos de los hombres. ¡He aquí la santidad del tálamo conyugal! ¡He aquí la elevación de la maternidad cristiana! He aquí la salvación de la mujer casada! Ya que la mujer, proclama el gran apóstol San Pablo, se salvará en su misión de madre, es necesario que permanezca con modestia en la fe y en la caridad y en la santidad. Ahora bien, vosotros comprenderéis como "la piedad es útil a todo, teniendo promesa de vida presente y futura", y siendo, como explica San Ambrosio, el fundamento de todas las virtudes. Una cuna consagra a la madre de familia; y más cunas la santifican y glorifican ante el marido y los hijos, así como ante la Iglesia y a la patria. ¡Tontas, ignorantes de sí e infelices, aquellas madres que se lamentan cuando un nuevo hijo se aprieta contra su pecho y pide alimento de la fuente de su seno! ¡Enemigo de la felicidad del hogar doméstico el lamento causado por la bendición de Dios, que lo circunda y acrecenta! El heroísmo de la maternidad es la gloria de la esposa cristiana: en a desolación de su casa, si está sin el gozo de un angelito, su soledad se convierte en oración e invocación al cielo, sus lágrimas se unen con el llanto de Ana, que a la puerta del tembló suplicaba al Señor el don de su Samuel (2).
Sí; la esposa y madre es el sol de la familia. Es el sol con su generosidad y su dedicación, con su constante prontitud, con su delicada vigilancia, para proveer todo lo que es necesario para el marido y los hijos. En torno de sí, ella difunde luz y calor; y se suele decir que un matrimonio es bienaventurado, cuando cada uno de los cónyuges trata de hacer feliz no a sí mismo, sino a la otra parte. Éste noble sentimiento e intención aunque concerniendo a los dos, es sin embargo virtud primordial de la mujer, la cual nace con palpitaciones de madre, y con un corazón en el seno. Ese seno que recibe amarguras, y que no quiere dar sino gozos; que recibe humillaciones y que no devuelve sino dignidad y respeto; al igual gue el sol que alegra la mañana nublada o adorna con sus rayos, las nubes en su ocaso.
La esposa es el sol de la familia, con la claridad de su mirada y con la ternura de su palabra; mirada y palabra que penetran dulcemente en el alma, que doblegan y enternecen, transportándola fuera del tumulto de las pasiones y que llaman al hombre, a la alegría del bien y de la conversación familiar, al terminar una larga jornada de continuo y tal vez penoso trabajo, profesional o campestre, o después de negocios imperiosos del comercio o de la industria. Sus ojos y sus labios arrojan una luz y un acento, que tienen los mil fulgores de una lámpara, los mil efectos de un sonido. Son lámparas y sonidos que salen del corazón de la madre, que crean y vivifican el paraíso de la niñez e irradian siempre bondad y suavidad, aun cuando amonesta y reprende porque son los espíritus juveniles, que más fuerte sienten, más íntima y profundamente acogen los dictámenes del amor.
La esposa es el sol de la familia, con su naturaleza candida, con su digna simplicidad, y con su decoro honesto y cristiano. Tanto en el recogimiento y en la rectitud del espíritu como en la sutil armonía de su compostura y de su vestido, de su acogida reservada y afectuosa. Sentimientos tenues, elegantes gestos de cara, silencios ingenuos, un movimiento condescendiente de la cabeza, le dan la gracia de una flor, que abre su corola para recibir y reflejar los colores del sol. ¡Si vosotros supieseis qué profundos sentimientos de afecto y agradecimiento suscita tal imagen de esposa y de madre, en el corazón del padre de familia y de los hijos! ¡Oh ángeles que custodiáis su casa y escucháis su oración, esparcid perfumes celestes en ese hogar de cristiana felicidad!
¿Pero qué sucede si la familia queda privada de este sol? ¿Sí la esposa de continuo y en cada circunstancia, aún en las relaciones más íntimas no duda en hacer sentir cuántos sacrificios le cuesta la vida conyugal? ¿Dónde está su dulzura amorosa, cuando una excesiva dureza en la educación, una no dominada excitabilidad y una frialdad, irradia de su mirada y de su palabra, sofocando en los hijos el sentimiento de encontrar alegría y feliz consuelo cerca de la madre, cuando ella no hace más que turbar tristemente y amargar con voz áspera, con lamentos y reproches, la convivencia en el círculo de la familia? ¿Dónde está la generosa delicadeza y el amor tierno, cuando ella, en vez de crear con natural simplicidad una atmósfera de agradable tranquilidad en la morada doméstica, toma aires inquietos, nerviosos y exigentes de señora a la moda? ¿Es tal vez esto difundir los rayos solares vivificantes y benévolos, o más bien helar con glacial viento de tramontana el jardincito de la familia? ¿Quién se maravillará entonces si el hombre no encontrando en ese hogar lo que le atrae, lo retiene y lo conforta, se aleje de él lo más que pueda, provocando también un alejamiento de la mujer, de la madre, cuando la desaparición de la mujer no haya preparado la del marido; el uno y el otro yéndose asi a buscar a otro lado— con gran peligro espiritual y con daño de la unión familiar— la quietud, el reposo, el placer, que no les concede la propia casa? En tal estado de cosas, los que sufren más son más desventurados, son sin duda alguna los hijos.
He aquí, ¡oh esposas! a dónde puede llegar vuestra parte de responsabilidad en la concordia de la felicidad doméstica. Si vuestro marido con su trabajo espera procurar y establecer la vida de vuestro hogar, toca a vosotras y a vuestra acogida, el procurar el bienestar conveniente y asegurar la pacífica serenidad común a vuestras dos vidas. Esto es para vosotros no sólo un oficio de naturaleza, sino también un deber religioso, una obligación de virtud cristiana, por cuyo vigor y actos, creceréis en el amor y en la gracia de Dios.
"Pero —tal vez dirá alguna de vosotras: de este modo se nos pide una vida de sacrificio" Sí; vuestra vida es una vida de sacrificio, pero no solamente de sacrificio. ¿Creéis vosotras pues que en cualquier lado se puede gozar de una verdadera y sólida felicidad, sin tener que conquistarla con algunas privaciones y renuncias? ¿Que en algún rincón del mundo se encuentre la plena y perfecta beatitud del paraíso terrenal? ¿Y pensáis que vuestro marido no tiene que hacer también sacrificios, y tal vez mucho más graves, para procurar un pan honrado y seguro a la familia? Precisamente, estos mutuos sacrificios soportados juntos y con ventajas comunes, dan al amor conyugal y a la felicidad de la familia, su cordialidad y estabilidad, su profundidad santa, y su nobleza exquisita, que imprime el respeto mutuo de los cónyuges y exalta él afecto y el agradecimiento de los hijos. Si el sacrificio materno es más agudo y doloroso, la virtud de lo Alto lo amortigua. De su sacrificio, la mujer aprende a compadecer los dolores de los demás. El amor por la felicidad de su casa, no la restringe en sí; el amor de Dios, que la levanta con su sacrificio por encima de sí misma, le abre el corazón a la piedad y la santifica.
"Pero —se objetará aún—la estructura moderna social, obrera, industrial y profesional, obliga a un gran número de mujeres aún casadas, a salir fuera de la familia y a entrar en el campo de trabajo y de la vida pública". Nosotros no lo ignoramos, amadas hijas. Que tal condición de cosas, para una joven casada, constituya un ideal social, es muy dudoso. Sin embargo, hay que tener en cuenta un hecho: la Providencia siempre vigilante en el gobierno de la humanidad, ha insertado en el espíritu de la familia cristiana, fuerzas superiores que sirvan para mitigar y vencer la dureza de un estado social semejante, y para evitar los peligros que indudablemente se esconden. ¿No habéis observado cómo el sacrificio de una madre, la cual por motivos especiales, debe además de sus deberes domésticos afanarse para proveer con duro trabajo cotidiano a la nutrición de la familia, no sólo conserva sino que alimenta y acrecenta en los hijos la veneración y el amor hacia ella, y obtiene un agradecimiento más fuerte por sus angustias y fatigas, si el sentimiento religioso y la fe en Dios constituyen el fundamento de la vida familiar? Si tal es el caso de vuestro matrimonio, a la confianza en Dios, el cual ayuda a quien le teme y sirve, agregad en las horas y en los días que podréis dar enteramente a vuestros amados, con redoblado amor, el cuidado, no sólo de asegurar a la vida de familia el mínimo indispensable, sino haced que procedan de vosotras en el corazón del marido y de los hijos, rayos luminosos de sol, que confortan, fomentan y fecundan, aún en las horas de separación exterior, la coordinación espiritual del hogar (3).
Pío XII


1 Discurso a los Esposos, 8 de abril de 1942.
2 Discurso a las Mujeres de Acción Católica. 2.3 de octubre de 1941.
3 Discurso a los Esposos, 25 de febrero de 1944.