miércoles, 19 de enero de 2011

LOS DEBERES DEL MEDICO

Totalmente diferente de sus colegas que con sus elegantes batas, en la famosa "Lección de Anatomía" de Rembrandt parecen solícitos para transmitir sus siluetas a la prosperidad, uno de aquellos personajes, llama la atención de quien lo contempla, por la viveza y profundidad de su expresión.
Con la cara tensa, reteniendo la respiración, sumerge la mirada en la carne abierta, ansioso de leer el secreto de aquellas vísceras, ávido de arrancar a la muerte los misterios de la vida. Ciencia admirable en su propio campo por todo lo que revela, la anatomía tiene la virtud de introducir la mente en estensas y elevadas regiones. Bien lo sabía, y bien lo sentia el gran Morgagni, cuando durante una disección, dejando caer de sus manos el bisturí, exclamó: "¡Ah, si yo pudiese a amar a Dios como lo conozco!" Si la anatomía manifiesta la potencia del Creador al estudiar la materia, la fisiología penetra en las funciones del maravilloso organismo mientras la biologia descubre las leyes de la vida, sus condiciones, sus exigencias y su generosa libertad.
De un modo providencial, la medicina y la cirugía, aplican estas ciencias para defender al cuerpo humano tan perfecto pero tan frágil, para reparar sus pérdidas y curar sus enfermedades. Además, el médico, más que nadie interviene tanto con su corazón, como con su inteligencia; él no trata sobre una materia inerte, sino sobre una materia preciosa: entre sus manos sufre un hombre como él, un semejante, un herman suyo. Además, este paciente, no es una criatura aislada; es una persona que tiene una posición un oficio en la familia, y una misión en la sociedad, por humilde que sea. Aún más, el médico cristiano nunca pierde de vista que su enfermo, gracias a sus cuidados podrá continuar viviendo, por un tiempo más o menos largo o morirá no obstante su premura e ira hacia una vida inmortal, de la cual depende su desgracia o su gloria eterna.

Compuesto de materia y de espíritu, elemento según el orden universal de los seres, el hombre es dirigido en su carrera hacia un fin más allá del tiempo, hacia un fin, superior a la naturaleza. De esta compenetración de la materia y del espíritu en la perfecta unidad que compone el ser humano, en esta participación al movimiento de toda la creación visible, hace que el médico sea especialmente llamado para dar consejos, para tomar determinaciones, para formular principios, los cuales mirando directamente a la curación del cuerpo, de sus miembros y de sus órganos, interesan al alma, a sus facultades y al destino sobrenatural del hombre y su misión social.
Ahora bien, sin tener siempre presente el pensamiento de esta composición del hombre, su posición y su oficio en el orden universal de los seres, su destino espiritual y sobrenatural, el médico correrá fácilmente peligros de comprometerse con prejuicios más o menos materiales y de seguir las consecuencias fatales del utilitarismo, del edonismo y de autonomía absoluta de la ley moral.
Un capitán, puede saber muy bien dar instrucciones precisas, sobre el modo de manejar una máquina o de disponer la vela para una navegación; pero si no conoce la meta y no sabe pedir a sus instrumentos y a las estrellas que brillan sobre su cabeza, la posición y la ruta de su nave, ¿a dónde lo conducirá esta navegación loca?
Este concepto de ser y de fin, abre la puerta a otras consideraciones.
La complejidad de ese compuesto de materia y de espíritu, como también ese orden universal es tal, que el hombre no puede dirigirse hacia el fin total y único de su ser y de su personalidad, sino por medio de la acción armoniosa de sus múltiples facultades corporales y espirituales y no púede mantener su posición aislándose del resto del mundo, ni perdiendose como se pierde e una aglomeración amorfa, los millones de identicas moléculas. Esta complejidad real, esta armonia aunque ofreciendo dificultad, dictan el deber al médico.
Formando al hombre, Dios reguló cada una de sus funciones; las distribuyó entre los diversos órganos; determinó con esto la distinción entre los que son esenciales a la vida y aquellos que no interesan sino sólo a la integridad del cuerpo, por preciosa que sea, su actividad, su bienestar, su belleza: al mismo tiempo El fijó, prescribió y limitó el uso de cada uno; por consiguiente el hombre no puede ordenar su vida y las funciones de sus órganos a su gusto, sino al contrario, debe ordenarlos según los fines internos e inmanentes que les han sido asignados. El hombre realmente no es el propietario, el señor absoluto de su cuerpo, sino solamente un usufructuario. De esto se deriva toda una serie de principios y de normas, que regulan el uso y el derecho de disponer de los organos y de los miembros del cuerpo, que obligan igualmente al interesado como al médico llamado para aconsejarlo.

Las mismas reglas deben regir la solución de los conflictos entre intereses divergentes, según la escala de valores, aparte de los mandamientos de Dios.
Por esto nunca estará permitido sacrificar los intereses eternos a los bienes temporales, aun entre los más apreciados, como tampoco será licito posponer éstos últimos a los vulgares caprichos y exigencias de las pasiones. En tales crisis, a veces trágicas, el médico se encuentra como consejero y casi como un arbitro calificado.
Aunque circunscritos y restringidos a la persona en sí, tan compleja en su unidad, los conflictos inevitables entre intereses divergentes, hacen surgir problemas bastante delicados, ¡Que arduos son esos problemas que provoca la sociedad, cuando hace valer derechos sobre el cuerpo, sobre su integridad, sobre la vida misma del hombre! Tal vez es difícil determinar en teoría los límites; en la práctica, el médico, así como el individuo directamente interesado, pueden verse en la necesidad de examinar y analizar esas exigencias y pretensiones, de medir y valorizar la moralidad de ellas y su fuerza ética obligatoria.

Aquí la razón y la fe por igual, trazan los confines entre los derechos de la sociedad y del individuo. Sin duda el hombre está por su naturaleza destinado a vivir en sociedad; pero como enseña la razón, la sociedad está hecha para el hombre y no el hombre para la sociedad. No de ella, sino del Creador mismo, tiene el derecho sobre su propio cuerpo y sobre su vida, y el Creador es responsable del uso que haga. De esto se deduce que la sociedad no puede privarlo directamente de ese derecho, mientras él no se haga responsable de tal privación, con algún grave delito cometido por su parte.
Referente al cuerpo, a la vida y a la integridad corporal del individuo, la posición jurídica de la sociedad es esencialmente diferente de la de los individuos mismos. Aunque limitado, el poder del hombre sobre sus miembros y sobre sus órganos, es un poder directo, porque ellos son partes constitutivas de su ser físico. Está claro que no teniendo en sus diferencias de una perfecta unidad, otro fin que el bien del organismo físico total, cada uno de estos miembros y de estos órganos, puede ser sacrificado si pone en peligro al conjunto y no hay otro medio de evitarlo. Diferente es el caso de la sociedad, la cual no es un ser físico y cuyas partes serían hombres individuales, con una simple comunidad de fin y de acción; a este título puede ella exigir a aquellos que la componen y que son llamados sus miembros, todos los servicios necesariamente requeridos para el verdadero bien común.
Estas son las bases sobre las cuales puede fundarse todo juicio acerca del valor moral de los actos y de las intervenciones, permitidas o impuestas por los poderes públicos, sobre el cuerpo humano, la vida, y la integridad de la persona.

Las verdades que acabamos de exponer, pueden ser conocidas sólo con la luz de la razón. Pero hay una ley fundamental, y la cual ofrece a la mirada del médico más que a cualquier otro, y cuyo sentido y fin solamente con la luz de la revelación, puede ser manifestado; nos referimos al dolor y a la muerte.
Sin duda el dolor físico tiene una función saludable y natural; es una señal de alarma que revela el nacimiento o el desarrollo a veces insidioso, del mal oculto e induce y obliga a buscar el remedio. Pero el médico encuentra inevitablemente el dolor y la muerte, en el curso de sus investigaciones cientificas, como un problema del cual su espíritu no posee la clave y en el ejercicio de su profesión, como una ley ineludible y misteriosa frente a la cual su arte, queda impotente y su compasion estéril. El puede establecer bien su diagnóstico de acuerdo con los elementos del laboratorio y de la clínica, formular su pronóstico, según las exigencias de la ciencia; pero en el fondo de su conciencia, de su corazón de hombre y de sabio siente que la explicación de aquel enigma, se obstina en huir. El sufre por esto: la angustia lo acosará inexorablemente hasta que no pida a la fe, una respuesta sobre los misterios de los designios de Dios, que se harán patentes en la eternidad. Sólo entonces podrá tranquilizar su espíritu.
He aquí la respuesta. Dios, creando al hombre, lo había eximido por un don de gracia de esa ley natural de todo viviente corpóreo y sensible, y no había querido poner en su destino, el dolor y la muerte. El pecado los ha introducido. Pero El, el Padre de las Misericordias lo tomó en sus manos e hizo pasar por su cuerpo, por las venas el corazón de su Hijo Predilecto, Dios como El, hecho hombre para ser el Salvador del mundo. De esta manera el dolor y la muerte, se han convertido para el hombre que no rechaza a Cristo, en medios de redención y de santificación. De esta manera el camino del género humano que se desarrolla en toda su longitud, bajo el signo de la Cruz y bajo la ley del dolor y de la muerte, mientras madura y purifica el alma aquí, la conduce a la felicidad sin límites de una vida sin fin.
Sufrir, morir; pues bien, sí. Adoptando la expresión del Apóstol de las gentes, la "tontería de Dios"; tontería más sabia que toda la sabiduría de los hombres. Al pálido reflejo de su fe débil, el pobre poeta pudo cantar: "L'homme est un aprenti, la douleur est son maitre, —et nul ne se connait tant qu'il n'a pas souffert". A la luz de la revelación, el piadoso autor de la Imitación de Cristo, pudo escribir el sublime capítulo décimo segundo, de su segundo libro "De regia via sanctae Crucis", refugente con la más admirable comprensión y la más alta sabiduría cristiana de la vida.
Frente al imperioso problema del dolor, ¿qué contestación podrá el médico darse a sí mismo?, ¿qué contestación al infeliz, que la enfermedad abate en oscuro sopor o que produce una rebelión contra el sufrimiento y la muerte? Solamente uun corazón penetrado de una viva y profunda fe podrá encontrar acentos de íntima sinceridad y convicción, capaces de hacer aceptar la respuesta del Maestro Divino: para entrar en la Gloria, es necesario morir y partir. Luchará con todos los medios y los expedientes de su ciencia y de su habilidad, contra la enfermedad y la muerte, no con la resignación de un pesimismo sin esperanza, ni con la resolución exasperada, que una moderna filosofía cree deber exaltar, sino con la calmada serenidad, de quien ve y sabe lo que el dolor y la muerte representan en los designios salvadores del omnisapiente e infinitamente bueno y misericordioso Señor.

Está pues de manifiesto, que la persona del médico como toda su actividad se mueven constantemente dentro del orden moral y bajo el imperio de sus leyes. En ninguna declaración, en ningún consejo, en ninguna intervención, el médico puede encontrarse fuera del terreno de la moral, sin vínculos e independiente de los principios fundamentales de la ética y de la religión: no hay ningún acto ni palabra, del cual no sea responsable ante Dios y ante su propia conciencia.
Es cierto que algunos rechazan como un absurdo y como una quimera, en teoría y en la práctica, el concepto de una "ciencia cristiana". Según ellos, no puede existir una medicina cristiana del mismo modo que no hay una física o una química cristiana, teórica o aplicada: el dominio de las ciencias exactas o experimentales, dicen ellos, se extiende fuera del terreno religioso y ético y por eso no se conocen, ni reconocen más que las propias leyes inmanentes. ¡Restricción extraña e injustificada del campo del problema! ¿No ven ellos que los objetos de esas ciencias no están aislados en el vacío, sino que forman parte del mundo universal de los seres; tienen en el orden de los bienes y de los valores, un grado y posición determinadas, están en permanente contacto con los objetos de las otras ciencias y en modo particular, están bajo la ley de la trascendente finalidad que la liga formando un todo ordenado? Admitamos sin embargo que, cuando se habla de la orientación cristiana de la ciencia, se tiene en cuenta no tanto la ciencia en sí misma, sino sus representantes, en los cuales vive, se desarrolla y se manifiesta.
También la física y la quimica, que los cientificos y los profesionistas conscientes, hacen servir para ventaja y beneficios de los individuos y de la sociedad, pueden también convertirse, en manos de hombres perversos, en agentes e intrumentos de corrupción y de ruina. Esto es mucho más claro, ya que en la medicina el interés supremo de la verdad y del bien se opone a una pretendida liberación objetiva y subjetiva de sus vínculos y relaciones múltiples, que la mantienen en el orden general.

Tuvimos ya ocasión de exponer una serie de consideraciones sobre el decálogo, de las cuales creemos que el médico, podrá extraer algunas enseñanzas útiles para el ejercicio de su profesión.

El mayor de todos los mandamientos es el amor: de Dios, y de esa fuente, el amor al prójimo. El verdadero amor, iluminado por la razón y por la fe, vuelve a los hombres más clarividentes. Nunca el médico católico podrá encontrar otro mejor consejero que este verdadero amor, para dictar sus pareceres o asumir y conducir a un término, el cuidado de un enfermo. "Dilige, et quod vis fac": axioma incisivo de San Agustín, a menudo citado fuera de caso, encuentra aquí su aplicacion plena y legítima. Qué recompensa será para el médico, el escuchar el día de la retribución eterna el agradecimiento del Señor: "Estaba enfermo y me visitaste". Un tal amor no es débil, y no se presta a diagnósticos complacientes; esta sordo a todas las voces de las pasiones que quisieran ganarse su complicidad; está lleno de bondad, sin envidia, sin egoismo, sin ira; no se goza en injusticias, cree todo, espera todo; soporta todo; así describe el Apóstol de las gentes la
caridad cristiana, con su admirable himno al amor.

El quinto mandamiento —Non occides— forma la síntesis de los deberes referentes a la vida y a la integridad del cuerpo humano, y está lleno de enseñanzas, tanto para el docente sobre la cátedra universitaria, como para el médico que ejerce. Mientras un hombre no es culpable, su vida es intocable y es por consiguiente ílicito, cualquier acto que tienda directamente a destruirla, ya se trate de una vida embrionaria o en pleno desarrollo, o cuando esté cerca de su término. De la vida de un hombre, que no sea reo de un delito castigado con la pena de muerte, el único Señor, es Dios, El médico no tiene derecho a disponer ni de la vida del niño, ni de la vida de la madre, y nadie en el mundo, ninguna persona privada, ninguna potestad humana, puede autorizar su destrucción directa. Su oficio no es destruir las vidas, sino salvarlas. Principios fundamentales e inmutables que la Iglesia durante los últimos decenios, se ha visto en la necesidad de proclamar repetidamente y con toda claridad, contra opiniones y métodos opuestos. En las resoluciones y en los decretos del magisterio eclesiástico, el médico católico encuentra una guía segura para su juicio teórico y su conducta práctica.

Hay en el orden moral un vasto campo, que requiere en el médico particular claridad de principios y seguridad de acción. En este campo fermentan las misteriosas energías colocadas por Dios en el organismo del hombre y de la mujer, para el surgimiento de una nueva vida. Es una potencia natural, de la cual el mismo Creador ha determinado la estructura y las formas esenciales de actividad, con un fin preciso y con deberes correspondientes, a los cuales el hombre está sujeto al hacer uso de esta facultad. El fin primordial (al cual los fines secundarios están subordinados esencialmente), querido por la naturaleza es la propagación de la vida y la educación de la prole. Solamente el matrimonio regulado por Dios en su esencia y en su propiedad, asegura ambas cosas según él bien y la dignidad tanto de la prole, como de los progenitores. Esta es la única norma que ilumina y rige esta delicada materia; la norma a la cual en todos los casos concretos, en todos los problemas especiales conviene apegarse: la norma cuya fiel observancia, garantiza en este punto la salud moral y física de los individuos y de la sociedad.

No debería ser difícil para el médico, esta finalidad inmanente arraigada en la naturaleza, para afirmarla y aplicarla con intima convicción en su actividad científica y practica. A él, más que al mismo teólogo se dará credito, cuando amoneste y advierta, que cualquiera que ofende y tergiverse las leyes de la naturaleza, tendrá tarde o temprano, que sufrir las concecuencias funestas en su valor personal y en su integridad física y psíquica.
He aquí el joven, que bajo el impulso de las nacientes pasiones recurre al médico; he aquí a los novios, los cuales en vista de sus próximas nupcias le piden consejo que muchas veces desean ser en sentido contrario a la naturaleza y a la honestidad; he aquí a los cónyuges que buscan en él luz y asistencia o también convivencia, porque pretenden no poder encontrar otra solución a los conflictos de la vida, sino fuera de la infracción voluntaria de los vínculos y de los deberes inherentes al uso de las relaciones matrimoniales.
Entonces ellos, tratarán de hacer valer todos los argumentos posibles o pretextos (médicos, eugenésicos, sociales, morales) para inducir al médico a dar un consejo o prestar una ayuda que permita la satisfacción del instinto natural, privandolo de la posibilidad de alcanzar el fin de la fuerza generadora de la vida. ¿Cómo podrá él permanecer firme ante todos estos asaltos, si a él mismo le hace falta el conocimiento claro la convicción personal de que el Creador por el bien del genero humano, ha dado al uso voluntario de esas energias naturales un fin inmanente con un vínculo indisoluble, que no admite ningún relajamiento, ni ruptura?

El octavo mandamiento, tiene también un puesto en la deontologia médica. La mentira, según la ley moral, no está permitida a nadie; hay todavía casos en los cuales el médico aunque interrogado, no puede manifestar crudamente toda la verdad a condición de no decir una cosa positivamente falsa, cuando sabe que el enfermo no tendría la fuerza de soportarla. Pero hay otros casos en los cuales, él tiene la obligación de hablar claramente; deber ante el cual debe ceder cualquier otra consideración médica o humanitaria. No es lícito mantener al enfermo o a los parientes con una seguridad ilusoria, en peligro de comprometer aun su salvación eterna o el cumplimiento de sus obligaciones, de justicia y de caridad. Estaria errado quien quisiese justificar o excusar tal conducta, con el pretexto de que el médico se expresa siempre del modo que él estima más oportuno, en el interés personal del enfermo y que es culpa de los demás, si toman sus palabras demasiado a la letra.

Entre los deberes derivados del octavo mandamiento, está también entre otros la observancia del secreto profesional, el cual debe servir y sirve no sólo en el interés privado, sino aun a la ventaja común. También en este campo pueden surgir conflictos entre el bien privado y el público o entre los diversos elementos y aspectos del mismo bien público; conflictos en los cuales pueda ser extramadamente difícil, medir o pesar justamente el pro y el contra, entre la razón de hablar o de callar. En tal perplejidad el médico responsable pide a los principios fundamentales de la ética cristiana, las normas que le ayudarán a encaminarse por la vía recta. Estos principios mientras afirman claramente, sobre todo en el interés del bien común, la obligación del médico de mantener el secreto profesional, no le reconocen sin embargo valor absoluto; no sería en efecto conveniente al mismo bien común, si este secreto debiese estar al servicio del delito o del fraude.

Por último, no quisiéramos omitir decir unas palabras, sobre la obligación del médico de poseer una sólida cultura científica y de continuar el desarrollo de sus conocimientos y de sus aptitudes profesionales. Este es un deber moral en sentido estricto. Se trata de un vínculo que lo liga en conciencia ante Dios, porque se refiere a una actividad que toca de cerca los bienes del individuo y de la comunidad.
Esto requiere para el estudiante de medicina, durante su formación universitaria, la obligación de aplicarse seriamente al estudio, para obtener los conocimientos teóricos requeridos y la habilidad práctica necesaria para su aplicación.
Para el profesor universtitario, el deber de enseñar y comunicar a los alumnos de la mejor manera y de no dar certificados de competencia profesional, sin haberse asegurado previamente con un concienzudo y profundo examen. Obrar de otra manera, sería cometer una grave falta moral, porque pondría en peligro a seres y expondría a incontables daños, la salud privada publica.
Para el médico en ejercicio de su profesión, la obligación de mantenerse informado del desarrollo y de los progresos de la ciencia médica, mediante la lectura de obras y de revistas científicas, participaciones a congresos, y cursos académicos, las conversaciones con los colegas y las consultas a los profesores de la facultad de medicina. Este constante estudio de perfeccionamiento, obliga al médico en activo, en cuanto que este sea prácticamente posible, y es requerido por el bien de los enfermos y de la comunidad.

Pío XII

Discurso. Unión Micro-Biológica San Lucas, 12 de noviembre de 1943.

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