miércoles, 5 de enero de 2011

Lutero y la iglesia católica


Cuando Lutero se rebeló contra la Iglesia católica, ¿qué otra cosa hizo sino salir por los fueros de la razón?
Al contrario, ninguno ha estimado la razón en tan poco como Lutero, que creyó que, por el pecado original, la naturaleza humana había quedado del todo corrompida e imposibilitada para lo bueno. A sus seguidores de Wittenberg les aconsejaba que odiasen a la razón como a su mayor enemigo. El la llamaba, entre otros nombres, "prostituta del demonio", «archienemiga de la fe», «bruja loca», a la que se acogen los paganos cuando se creen más sabios. Según él, la razón y la filosofía se oponen a Dios necesariamente.
Los católicos, por el contrario, creemos que, aunque la naturaleza humana se debilitó mucho por el pecado original, sin embargo, ni la razón ni el libre albedrío se destruyeron. Pío IX, en una carta a los obispos de Austria, llama a la razón «el don más preciado que nos concedió el cielo». La razón es el camino para la fe. Después de demostrar fría y lógicamente la existencia de Dios, la inmortalidad del alma, la libertad de la voluntad y otras verdades por el estilo, no es difícil humillarse y creer lo que Dios ha revelado. La razón, pues, no se opone a la fe, como creyó Lutero.

Parece que la Iglesia católica impide la unión directa entre Dios y el alma. Prueba de ello son el culto a los santos y otros obstáculos por el estilo.
Si de algo se puede preciar la Iglesia católica es de llevar directamente las almas a Dios y predisponerlas para que lleguen a la mayor intimidad con El. Ahí están la misa y los sacramentos. La Iglesia católica, cuerpo místico de Cristo, ofrece diariamente a Dios en sus altares la santa misa, que es una renovación del sacrificio de Jesucristo en la cruz. Es la misa un «sacrificio propiciatorio» con el cual Dios se aplaca y nos concede graciosamente dolor y arrepentimiento por nuestros pecados para que los confesemos, y pasemos, de hijos de ira, a hijos adoptivos con derecho a heredar la corona de la gloria: Por el bautismo se une el cristiano con Cristo como el sarmiento está unido con la vid, y en su alma se infunden la fe, la esperanza y la caridad. En el sacramento de la Eucaristía, la unión entre Cristo y el alma no puede ser más íntima. «El que come mi carne y bebe mi sangre, mora en Mí y Yo en él» (Juan VI, 57). La devoción a los santos no es obstáculo para ir a Dios, sino ayuda, y muy eficaz. Admiramos sus virtudes y procuramos imitarlas. San Pablo pudo decir a sus cristianos: «Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo» (1 Cor IX, 2). Los santos nos dicen lo que dijo la Santísima Virgen en Cana de Galilea: «Haced todo lo que El (Jesús) os diga» (Juan II, 5).

¿No es cierto que ia Iglesia católica insiste en una obediencia a sus leyes externa y uniforme, más bien que en seguir la voz de la conciencia? ¿No fue Lutero el que salió por los fueros de la conciencia?
Respondemos negativamente a las dos preguntas. Conciencia es nuestro entendimiento en cuanto juzga prácticamente de la moralidad de nuestros pensamientos, palabras y obras. La conciencia es la voz de Dios, el embajador divino que nos promulga la ley eterna y nos dice cómo debemos aplicarla a los problemas de la vida, hasta en las acciones más insignificantes. Obrar contra lo que dice la conciencia es pecaminoso. La Iglesia católica cree y enseña que la conciencia nos pide a veces que sometamos nuestro juicio y obedezcamos a la autoridad debidamente constituida, especialmente a la autoridad divina de la Iglesia de Jesucristo. Lutero, en cambio, al sustituir por el juicio privado el infalible de la Iglesia en materias de fe y costumbres, dejó la conciencia a merced de sí misma, es decir, a merced del subjetivismo más erróneo: si a uno le conviene mentir, que mienta; si los frailes, monjas y caballeros teutónicos encuentran dura la vida con los tres votos canónicos, que salgan y se casen; si el landgrave Felipe de Hesse quiere ser bigamo, que se case con una segunda mujer en secreto; todo, claro está, en nombre de la conciencia.
La Iglesia católica no hace más que formular debidamente la conciencia para que no se extravíe, manteniendo la armonía de la ley eterna: ni laxismo, ni escrúpulos, ni ignorancia o error. Tampoco se contenta la Iglesia con una mera formalidad externa y ceremoniosa, sino que insiste en la práctica de las virtudes: fe, esperanza en gozar un día del supremo bien que es Dios, amor a Dios y al prójimo por El, vida interior, etc. ¿Dónde han florecido con tanto esplendor las virtudes y los santos como en la Iglesia católica?

Si la Iglesia católica tiene en su favor argumentos tan contundentes, ¿por qué hay tantos sabios no católicos que no ven la fuerza de esos argumentos?
Por razones. O porque no examinaban los argumentos con seriedad y calma que pide el asunto, o porque los examinan con la mente llena de prejuicios y con el alma manchada con el pecado. En los últimos treinta y tres años de mi sacerdocio he aconsejado a no pocos católicos que dediquen media hora diaria a estudiar la doctrina de los católicos. Los que lo han. cumplido fielmente y han añadido la oración al estudio, se han convertido infaliblemente, aunque a algunos les ha costado tres y aun cinco años de estudio y oración. La mayor parte de los que rehusan hacerse católicos, se mueven por prejuicios, no por dificultades intelectuales. Los judíos, como esperaban un Mesías guerrero y político, se llevaron un chasco ante la humildad y mansedumbre de Jesús, que no cesaba de predecir su muerte en una cruz. Admitían a más no poder sus milagros, pero los achacaban a tretas del demonio (Mat XII, 24; XVI, 21). El racionalista, que niega de antemano la posibilidad del milagro, atribuye los obrados en Lourdes a fuerzas ocultas de la Naturaleza, sugestión, etc. El que tenga la desgracia de tener padres anticatólicos y no oiga en casa más que diatribas contra la Iglesia católica: que es intolerante, irracional, anticientífica, supersticiosa, cruel, de importación extranjera, etc., etc., ese tal tendrá que ganar más batallas que Napoleón para despejar el campo y convencerse serenamente de que las acusaciones de su padre, a quien tanto quiere, son puras calumnias. Jesucristo y sus apóstoles nos aseguran que la mundanidad y la sensualidad ciegan con frecuencia el entendimiento para que no vea la verdad. «Padre justo —dijo Cristo— el mundo no te ha conocido» (Juan XVII, 25). Y San Pablo: «El hombre sensual no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, pues las tiene por necedad y no puede entenderlas» (1 Cor II, 14). Aun personas buenas y honradas no ven a veces la obligación que tienen de hacerse católicas si por ello tienen que decir adiós a los amigos, a los parientes o a la herencia paterna. Sin embargo de todas estas dificultades, el número de conversiones al catolicismo crece de día en día en progresión alentadora.

BIBLIOGRAFÍA.
Apostolado de la Prensa, La farsa protestante.
Franco, Los errores del protestantismo.
Gentilini, La sinrazón del protestantismo.
Gibier, La Iglesia y su obra.
Gual, Los derechos de la Iglesia, vindicados.
Lacordaire, Conferencias de Nancy.
S. Projet, Apología científica de la fe cristiana.
Guitton, La Iglesia y el Evangelio.
Damboriena, Fe católica e Iglesia y sectas de la Reforma.

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