domingo, 30 de enero de 2011

DOMINICA CUARTA DESPUÉS DE LA EPIFANÍA

LAS PRUEBAS DE LA VIDA Y LA CONFIANZA EN DIOS
"Cuando hubo subido Jesús a una barca, le siguieron sus discípulos. Se produjo en el mar una agitación grande, tal que las olas cubrían la embarcación; pero El, entretanto, dormía, y, acercándose, le despertaron, diciéndole:
"—¡Señor, sálvanos, que perecemos!
"El les dijo:
"—¿Por qué teméis, hombres de poca fe?
"Entonces se levantó, increpó a los vientos y al mar, y sobrevino una gran calma. Los hombres se maravillaban y decían:
"—¿Quién es Este, que hasta los vientos y el mar le obede-cen?"(Mt., VIII, 23-28).
* * *
La barca acometida por los vientos y zarandeada por las olas, de que nos habla el Evangelio de este domingo, es figura de la vida humana. Nuestra vida se ve agitada con frecuencia por tempestades que ponen en peligro tanto el cuerpo como el alma. Estas tempestades son las penas, las enfermedades, las debilidades, las tentaciones, las pasiones. ¿Debemos desesperarnos ante tales borrascas? Hay quienes se desalientan, tiemblan o lloran en las desgracias que les sobrevienen, y hacen mal. Tenemos que considerar: 1.°, que las penas y aflicciones de la vida son generales, alcanzan a todos los mortales, sean de la condición que fueren, y no exclusivas de unos cuantos; por lo que no resulta difícil resignarse; 2.°, que nos las envía Dios para nuestro bien; 3.°, que siempre debemos confiar en el Señor.

I.- Todos tienen tribulaciones.
1. Hay algunos, sobre todo entre los jóvenes, que por no tener experiencia se figuran que su vida va a estar exenta de sufrimientos y contrariedades. Todo les sonríe, todo es bello para ellos y creen que podrán seguir así, no conociendo más que años felices, hasta el momento de morir. Pero esas ilusiones se desvanecerán pronto de por sí y se convencerán de que este mundo es un verdadero valle de lágrimas y en él no cabe dicha completa. "La vida del hombre —nos ha dicho Jobes corta y está llena de miserias." Aunque se disfrute por algún tiempo de relativa dicha, en seguida vienen los sufrimientos y desengaños, cumpliéndose en todos lo que tan bellamente cantó un poeta:
En el árbol de mi vida las ilusiones cantaron. Tiró el dolor una piedra; ¡ay de mí!, ¡todas volaron!
* El erizo de castaña.—Una tarde de jueves salieron unos chicos de paseo con su maestro. Pasaron por un castañar y cogieron del suelo algunas castañas caídas de los árboles. El maestro aprovechó la oportunidad para dar a sus alumnos una lección moral, y les dijo:
—Ya veis cómo todas las castañas están envueltas en sus correspondientes erizos y que no se pueden gustar sin sufrir antes sus pinchazos. Lo mismo ocurre en la vida, que es una sucesión de penas y alegrías; más de las primeras que de las segundas. Lo que importa —lo mismo que hacemos con las castañas— es quitar el erizo pinchoso con el menor daño posible.

2. Hay algunos que pasan por contrariedades y desventuras y se creen que sólo son ellos los desdichados. Se comparan con otros, y dicen:
—Fulano es dichoso y yo no. Mengano es rico, nada en la abundancia y yo no puedo ser más pobre. Zutano rebosa salud y yo estoy enfermo. Esos van en coche y yo a pie...
¿Son acaso más felices los que poseen mayores riquezas? ¿Hay por ventura alguien en el mundo que se considere feliz? La verdadera felicidad no es de este mundo...
* El filósofo griego Demócrito (+ 361 a. C), que se burlaba continuamente de las locuras humanas, fue a la corte del rey persa Darío, para consolarlo por la muerte de su esposa, y dijo al monarca:
—Tengo un medio para volver a la vida a la reina. —¿Cuál? —inquirió el rey.
—Buscad tres personas que no hayan sufrido ningún mal en este mundo y se consideren realmente felices, y grabad sus nombres en la tumba de vuestra esposa; en cuanto se haga esto volverá a vivir más joven y hermosa que antes.
Por más que buscaron por todas partes los emisarios del rey persa, no pudieron hallar a nadie que se tuviese por completamente dichoso, y entonces dijo Demócrito a Darío:
—¿Os habéis percatado, majestad, de que en esta vida no cabe la dicha perfecta? Consolaos, pues, en vuestra desgracia, porque todos los humanos tienen algo que sufrir.

3. Por otra parte, no siempre debemos mirar hacia adelante, sino también hacia atrás de tiempo en tiempo, y entonces veremos a muchos con padecimientos muy superiores a los nuestros. Recordemos a este propósito los siguientes versos del poeta español Calderón de la Barca:
Cuentan de un sabio que un día
tan pobre y mísero estaba,
que sólo se sustentaba
de unas hierbas que cogía.
"¿Habrá otro —entre sí decía—
más pobre y triste que yo?"
Y cuando el rostro volvió
halló la respuesta, viendo
que otro sabio iba cogiendo
las hierbas que él despreció (1) (2).

II.—Dios conoce nuestras desventuras.
1. Todo lo que sucede en el mundo es porque Dios lo quiere o lo permite. Hay un refrán que dice: "No se mueve la hoja del árbol sin la voluntad de Dios." Así, pues, todas nuestras desventuras las conoce el Señor, y si nos las envía o consiente es, sin lugar a dudas, para nuestro bien espiritual.
a) Si somos malos, Dios, que es infinitamente misericordioso, nos castiga para que salgamos del camino del mal y entremos por el del bien, a fin de podernos salvar. Esto hizo con los israelitas, con David y Manases.
b) Si somos buenos, Dios, que es infinitamente sabio, puede enviarnos sufrimientos para darnos ocasión de expiar nuestras imperfecciones y ejercitar nuestra fe y paciencia. Haciendo actos virtuosos aumentamos el capital de nuestros merecimientos.

2. El filósofo hispano-romano Séneca decía : "No hay en el mundo hombre más desdichado que aquel a quien no sucede nada adverso, pues éste desagradará, ciertamente, a los dioses." Esto decía Séneca a pesar de no conocer al verdadero Dios ni saber que tras esta vida vendrá otra de premio eterno para la virtud.
Cuando os sintáis tristes y afligidos porque Dios os manda tribulaciones, pensad que éstas pueden servir para vuestro bien. ¿No habéis visto lo que hace el viñador con las vides? Las poda sin contemplaciones con el fin de que echen más uva. Cosa análoga hace Dios con nosotros: nos castiga y atribula para que demos buenos frutos, sin los cuales no entraríamos en el reino de los cielos, siendo, por tanto, en resumen, una muestra de su bondad (3).

III.—Debemos confiar en Dios.
1. A los discípulos del Señor que estaban con El en la barca cuando se produjo la tempestad, les faltó confianza. ¡Qué pusilánimes! ¡Estando con Jesús temían a los elementos, de los que es dueño y señor! ¡Se hallaban en contacto con el Creador de la vida y les amedrentaba la muerte! Por eso les dijo el Salvador : "¿Por qué teméis, hombres de poca fe?" Y al punto mandó a los vientos y al mar que se calmaran.
También a nosotros nos manda el Señor que confiemos en El cuando nos vemos probados por las tempestades de la vida, que son las desventuras, las enfermedades, las tentaciones, las pasiones...

2. Dios es sapientísimo, conoce todas nuestras necesidades y sabe qué es lo que más nos conviene en todo momento.
* El ciego extraviado.—El historiador italiano Cesare Cantú refiere esta parábola :
"Un hombre compasivo guiaba a su casa a un ciego que se había extraviado, por un camino que bordeaba grandes precipicios, llevándole por el centro del camino, por donde había muchas piedras y baches para mayor seguridad. Pero el ciego se quejaba porque hubiese querido ir por la orilla, libre de tanto tropiezo. El infeliz no podía comprender que su bienhechor le llevaba por el centro para impedir que se despeñara y muriera..."
El compasivo guía es figura de Dios, y el ciego es nuestra representación. Los baches y piedras del camino son como los males de este mundo, y la casa adonde el acompañante dirigía al ciego significa la felicidad eterna, a la que el Señor quiere llevarnos. En las desventuras debemos bendecir a Dios, que conoce y desea lo que más nos conviene, y confiar en su bondad y providencia (4).

3. Dios es omnipotente; por tanto, puede ayudarnos en todas nuestras necesidades (5) (6). Es la misma misericordia y no puede por menos que amarnos y querer nuestro bien.
* Las lamentaciones de una viuda.—Una pobre viuda, que se hallaba enferma, sufría mucho pensando en la suerte que iban a correr sus hijitos, todavía de corta edad, al quedarse huérfanos del todo. Un buen hombre le dijo: "Mire usted, yo vi un día un nido de pajaritos recién salidos del cascarón, y, al lado, la madre muerta. ¡Animalitos—me dije—, pronto morirán de hambre y de frío! Pero al día siguiente volví a pasar por el mismo sitio y vi que un pájaro hembra volaba por los alrededores, les llevaba comida en su pico y luego se posaba sobre ellos para darles su calor. Si Dios ha puesto en los animales esos caritativos instintos, ¿va a permitir que sus hijitos se queden completamente abandonados?"
La viuda comprendió el alcance de tales palabras, confió en Dios y se consoló (7).

Conclusión.-—En nuestras desgracias, en los peligros y tentaciones, debemos confiar en Dios, abrirle nuestro corazón y decirle: "¡Ayudadme, Señor!" A quien confía en El, le dice: "Porque ha esperado en Mí lo libraré y protegeré" (Ps. XC, 14). "Elevará la voz hasta Mí y yo le escucharé; estoy con él en la tribulación: le libraré de ella y lo glorificaré" (Ib., 15).
* Un buen ejemplo de confianza en Dios.—Cierto párroco asistía a un feligrés suyo moribundo y le preguntó si sentía mucho morir. El enfermo contestó al sacerdote:
—¿Por qué lo voy a sentir, padre? ¿Es acaso pecado la muerte? Ya sabía yo que era mortal. Como pensaba que tenía que morir, he procurado hacer todo el hien posible mientras era tiempo oportuno para ello, y siempre he tenido buen cuidado de sufrir resignadamente las adversidades, confiando en el Señor. Ahora siento algo de temor de comparecer en su presencia; pero como sé que el Señor es muy bueno, tengo también confianza de que me ha de recibir con afecto de padre."
Queridos míos: si el Señor os favorece en todo, no por ello os ensoberbezcáis; y si os prueba con adversidades, soportadlas con paciencia y buen ánimo, pensando que vienen de Dios y son para vuestro bien. Si así lo hacéis sentiréis mucha alegría en el momento de la muerte, por la seguridad de tener en la otra vida un premio eterno.

EJEMPLOS
(1) Ilusiones. — Iban los chicos de una escuela de paseo con su maestro, hablando animadamente de lo que cada cual pensaba o desearía ser en la vida.
Yo —decía uno— quisiera ser general y mandar un ejército entero.
Pues yo —añadía otro— quiero ser dueño de una gran fábrica, ganar muchos cuartos y tener un automóvil para mí solo.
—A mí me gustaría ser como don Juan —aseguraba un tercero—: tener muchas fincas y no hacer nada más que pasearme fumando buenos puros...
El maestro los oía y al final les dijo:
—¿Creéis que seríais felices si consiguieseis lo que deseáis? Mirad aquella montaña azulada que se ve al fondo. Cuando yo era como vosotros creía que desde su cima me sería posible tocar el cielo con mis manos. Cierto día subí allá con mi padre y me encontré tan lejos del cielo como desde el llano, y más allá vi otras montañas más altas que la que divisamos desde aquí. Así ocurriría si satisficiereis vuestros deseos: os encontraríais tan lejos de la felicidad como antes; y es que la felicidad no se halla en las cosas de este mundo, puesto que al corazón humano sólo puede satisfacerle por completo Dios. En el cielo es donde podremos sentirnos del todo felices; pero antes, no.
(2) En qué consiste la verdadera felicidad.— Dícese que cierto día preguntaron a Alfonso V el Magnánimo, rey de Aragón y de Napóles, a quién consideraba más dichoso: si a un gran rey, a un gran sabio o a un gran guerrero. El monarca respondió:
—Muchas son las veces que he pensado dónde y en qué podría hallar la felicidad, porque también la deseo yo mismo, y he llegado a la conclusión de que sólo es feliz en este mundo quien se deja llevar por la providencia de Dios, confía en El y a El se abandona.
(3) El abecedario de un sanio varón.—Cuéntase que un santo varón nombraba todas las letras del abecedario cuando rezaba. Rara era, ciertamente, tal manera de orar; pero, según él mismo dijo, con las letras del abecedario se pueden formar todas las palabras que se quieran, y al nombrarlas pedía al Señor que formase a su voluntad las palabras pobreza, riqueza, infamia, gloria, salud, enfermedades, vida y muerte, y que le enviara lo que más le pluguiese, estando dispuesto a aceptarlo con la mejor buena voluntad.
¡Qué dicha llegar a tan admirable resignación!
(4) Una confidencia de San Wenceslao. — Derrotado San Wenceslao (+ 936), rey de Bohemia, en una batalla, cayó prisionero de sus enemigos, y en tal situación tuvo que sufrir toda clase de vejámenes y penalidades. Habiéndosele preguntado cómo se encontraba, respondió:
—Nunca he estado mejor que ahora. Antes, cuando disfrutaba de tantas comodidades y bienes de la tierra, me sentía poco estimulado a recurrir a Dios. En cambio, ahora, que soy prisionero y me veo despojado de todo, recurro instintivamente mucho más al Señor, confío en El y me abandono por entero a su beneplácito, en la seguridad de que ha de proveer a todas mis necesidades.
(5) La confianza en Dios todo lo puede.El paso del Mar Rojo — El pueblo hebreo, guiado por Moisés, salió de Egipto con todos sus carros, útiles y demás impedimenta, cuando así se lo consintieron, aunque de mala gana, el Faraón y sus ministros. Pero, arrepentido el monarca egipcio, cambió de parecer y salió al frente de un poderoso ejército en persecución de los fugitivos para reducirlos nuevamente a la esclavitud.
Los egipcios alcanzaron a los israelitas a orillas del Mar Rojo, cundiendo entonces el pánico entre estos últimos, que no sabían cómo podrían librarse de sus perseguidores. Todos gritaban desesperadamente, imprecando a Moisés a voz en grito por haberlos sacado de Egipto para llevarlos a una muerte segura. Pero Moisés, que confiaba en el Señor, les decía: "¡Callad, rezad y confiad en el Señor!" Efectivamente, el gran caudillo israelita extendió la mano sobre el mar, por mandato de Dios, y las aguas se dividieron, formando como dos murallas a los lados de un amplio camino seco y duro que se formó sobre el lecho del mar. Por él pasó el pueblo escogido de Dios, cómodamente, a la otra orilla del Mar Rojo. El Faraón y todo su ejército también entraron en dicho camino; pero al llegar el último hebreo o israelita a la parte opuesta, volviéronse a juntar las aguas, pereciendo ahogados el Faraón y todos sus guerreros (Cfr. Exod., XIV-XV).
"¡Confiad en Dios!", había dicho Moisés a los suyos; y, habiéndole obedecido el pueblo elegido, experimentó cómo ayuda Dios a los que confían en El.
(6) David y Goliat.—En una de las guerras sostenidas por los hebreos con los filisteos había en el campo de éstos un gigante llamado Goliat, bien armado, que desafiaba al hebreo que quisiera batirse con él. Todos temían enfrentarse con el gigante. David, que era un joven y sencillo pastor, se presentó al rey Saúl y le dijo:
"Cuando tu siervo apacentaba las ovejas de su padre y venía un león o un oso y se llevaba una oveja del rebaño, yo le perseguía, le golpeaba y le arrancaba de la boca la oveja; y si se volvía contra mí, le agarraba por la mandíbula, le hería y le mataba. Tu siervo ha matado leones y osos; y ese filisteo, ese incircunciso, será como uno de ellos, pues ha insultado al ejército de Dios vivo." Y añadió: "Yavé, que me libró del león y del oso, me librará también de la mano de ese fiilisteo." Saúl, entonces, le dijo: "Ve y que Yavé sea contigo."
David tomó una honda y piedras y se acercó a Goliat. El gigante lo miró con desprecio; pero David le dijo: "Yo confío en Yavé, Dios de los ejércitos de Israel, a quien tú has insultado." Puso luego una piedra en su honda de pastor, la disparó y dio al gigantón en la frente. Goliat vaciló y cayó al suelo. David corrió entonces para caer sobre su enemigo, le quitó la espada y con ella le corló la cabeza (Cfr. 1, Samuel, XVII).
Dios protegió a David porque habia confiado en El.
(7) La vaca perdida y Fenelón.—Pasando el célebre literato y arzobispo francés Fenelón (+ 1715) por una aldea, se encontró con un campesino que se lamentaba amargamente, y le preguntó:
—¿Qué le pasa, buen hombre, que tan compungido está?
¡Ah, monseñor! —respondió el cuitado—. Tenía una vaca que era todo mi patrimonio, que pacía por estos lugares, y me ha desaparecido. ¡Pobre de mí! ¡Qué desesperación! ¡ Estoy en la ruina!
— ¡Calma, calma! —replicó el prelado—. Un hombre no debe desesperarse nunca, puesto que con ello nada consigue. Confíe en Dios, que es infinitamente bueno, y vamos en busca del animal.
Así habló el ilustre Fenelón, y él mismo participó personalmente en la búsqueda de la vaca perdida. Tras no mucho tiempo, el amable arzobispo llegó a casa del labriego llevando del ronzal la res extraviada.

G. Montarino
MANNA PARVULORUM

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