domingo, 30 de enero de 2011

La Iglesia católica es «santa». Eso no quita que haya católicos malos.

¿Qué quiere decir que la Iglesia es santa? ¿No son santas también las otras Iglesias? ¿No vemos en otras sectas y religiones almas devotas?
Santidad implica cercanía a Dios, que es el autor y fuente de toda santidad. Por eso, la Biblia llama santos a ciertos lugares que han sido especialmente bendecidos por Dios (Exod 3, 5; Mat 4, 5); llama santas a ciertas cosas que han sido especialmente consagradas al culto divino (Exod 29, 29; Hebr 9, 2), y asimismo llama santas a las personas que están íntimamente unidas con Dios por la caridad (Tob 2, 12; Rom 1, 7). La Iglesia católica es santa porque su divino Fundador, Jesucristo, es Dios, fuente infinita de toda santidad. Sólo El pudo preguntar sin miedo a sus enemigos: «¿Quién de vosotros me puede argüir de pecado?» (Juan 8, 46). Los fundadores de las demás Iglesias, llámense Lutero, Calvino, Zwinglio, Welsley, y los fundadores de otras religiones, como Buda y Mahoma, no fueron más que hombres, y, por cierto, hombres en quienes la virtud y el heroísmo brillaron por su ausencia.
La Iglesia católica es santa porque es la Esposa de Jesucristo (Efes 5, 23-32) y su cuerpo místico (I Cor 12, 27; Efes 1, 22). «Nosotros somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos.» Los católicos son «el pueblo escogido» y un «pueblo santo», porque son sarmientos de la verdadera Vid, Jesucristo (Juan 15, 5). Aunque los que están fuera de la Iglesia, por ignorancia invencible, participan de su vida divina, si sinceramente desean pertenecer a la verdadera Iglesia; sin embargo, sus Iglesias son «sarmientos secos separados de la Vid» (Juan 15, 1-6). La Iglesia católica es santa, no porque no haya pecadores en su seno (Mat 13, 24-30; 47-48), sino porque aspira a producir santidad. «Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla..., para que sea santa sin mancha ni arruga» (Efes 5, 25-27). Ella nos dice a todos lo que dijo Jesucristo: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mat 5. 48). Siempre ha predicado con infalibilidad todo el Evangelio, lo mismo los mandamientos que los consejos: «Si quieres entrar en la vida eterna, guarda los mandamientos» (Mat 19, 17). «No todos son capaces de entender esto, sino aquellos a quienes se les ha concedido entenderlo... El que sea capaz de entenderlo, que lo entienda» (Mat 19, 11-12), «Si quieres ser perfecto, anda y vende todo lo que tienes, dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; ven y sigúeme» (Mat 19, 21). La Iglesia católica pone en manos de sus hijos los sacramentos, medios para obtener la gracia, instituidos por Jesucristo. Gracias a ellos se nos aplican los méritos que Jesucristo nos ganó en la cruz con su pasión y muerte. Las virtudes, pues, de los católicos serán tanto más excelsas cuanto mayor sea su fidelidad en aceptar esta doctrina salvadora, cuanto mejor observen sus preceptos y mandamientos, cuanto más fieles sean en oír misa y en recibir con frecuencia los sacramentos. Los pecadores, los católicos malos—que, por desgracia, no faltan—son malos precisamente porque desobedecen las leyes de la Iglesia y descuidan o menosprecian los sacramentos. Nadie nos eche en cara a los católicos que también entre nosotros se encuentran hombres desalmados; la Iglesia es la primera en amonestar a sus hijos extraviados. Si éstos se obstinan en seguir por la senda del mal, la Iglesia los considera como étnicos y publícanos, que rehusan ajustar su vida con la doctrina salvadora que se les predica.
Pero afortunadamente, abundan los que se aprovechan de la doctrina de la Iglesia. Esta es santa en sus santos. En los Hechos de los apóstoles y en las epístolas de San Pablo, los «cristianos» son llamados «santos», prueba evidente de que todo cristiano debe aspirar a la santidad (Hech 11, 16; Rom 8, 27). Pero la Iglesia hoy entiende por santos algo más que cristianos. Sólo aquellos hombres y mujeres que practican las virtudes cristianas en grado heroico y son propuestos para ser canonizados y venerados por el resto de los fieles. La santidad es a la bondad ordinaria lo que el genio es al talento, o lo que la bravura y heroísmo de un capitán que se lanza a lo que parece imposible es al valor ordinario del soldado raso. Los primeros santos venerados por la Iglesia fueron los mártires de los primeros siglos, que sufrieron toda clase de tormentos por la fe. Ellos fueron los verdaderos armadores de Jesucristo, que dijo: «La mayor prueba de que uno ama a su amigo es dar la vida por él» (Juan 15, 13). Todo el que esté en estado de gracia es amigo de Dios; pero al santo se le exige ese amor en grado heroico. Este amor es sinónimo de santidad, la cual—en frase de Santo Tomás—dirige y ordena a Dios los actos de todas las virtudes. ¿Quién podrá contar los santos que han florecido en el jardín de la Iglesia desde San Esteban, el primer mártir, hasta San Juan Bosco? Pasan de sesenta los volúmenes, por demás corpulentos, que vienen publicando los bolandistas. Ahí pueden verse críticamente analizadas las vidas y martirios de tantos hijos ilustres de la Iglesia. Unos murieron por Cristo, como San Pedro, San Pablo, San Policarpo, Santa Inés y Santa Cecilia; otros ganaron, naciones enteras para Cristo, como los santos Patricio, Bonifacio, Anscario, Metodio y Francisco Javier. No han faltado fundadores ilustres de Ordenes religiosas en las que se practican por regla los preceptos evangélicos, como los santos Benito, Bernardo, Francisco, Domingo, Ignacio de Loyola, y santas no menos ilustres, como Santa Magdalena Barat y Santa Teresa de Jesús. Unos lo dejaron todo para dedicarse al cuidado de los enfermos, como San Camilo; o al de los pobres, como San Vicente de Paúl; o al rescate de prisioneros y cautivos, como San Juan de Mata; mientras que otros se han distinguido por su valiente defensa de la fe católica, como los Santos Atanasio, Agustín, Jerónimo, Ambrosio, Tomás de Aquino y Pedro Canisio. Ha habido consejeros de Papas, como Santa Catalina de Sena; guerreros valentísimos, como Santa Juana de Arco, y almas unidas íntimamente con Dios, que nos han revelado sus secretos, como Santa Teresa de Avila y San Juan de la Cruz.
La Iglesia católica es santa, porque, como su divino Fundador, obra milagros sin cuenta en confirmación de la veracidad de su doctrina, y los seguirá obrando hasta la consumación de los siglos. Se lo dejó Jesús en, testamento: «Y en los que crean en Mí se obrarán estas señales: arrojarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas desconocidas..., impondrán sus manos sobre los enfermos y los sanarán...» (Marc 16, 18). Lourdes, por ejemplo, es una confirmación de lo que decimos. Y nótese que hay allí establecido un tribunal de pruebas, integrado por médicos, que saben bien distinguir entre cura milagrosa y cura por sugestión.
Hablando de la santidad de la Iglesia, dice San Cipriano: «La Esposa de Jesucristo no puede cometer adulterio; es casta y no tiene mancha. No posee más que una casa, y guarda la santidad de un recinto. Nos educa en la ley de Dios y cría hijos para el cielo. El que se aparte de ella, sepa que se arrima a una adúltera, y que las promesas de la Iglesia ya no tendrán que ver con él. No espere ese tal que Cristo le premie; es extranjero, reprobo, enemigo. El que no tenga a la Iglesia por Madre, tampoco tendrá a Dios por Padre (De la unidad de la Iglesia, 5). No hay que negar que no faltan almas piadosas fuera de la Iglesia católica. Yo he bautizado luteranos que habían cumplido fielmente los mandamientos durante muchos años, así como episcopalianos que se confesaban y recibían la comunión en sus iglesias, creyendo de buena fe que recibían realmente esos sacramentos. La buena vida que llevaban no la recibían, ciertamente, de su cisma o herejía, sino de la gracia de Dios, «que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2, 4). Hablando con ellos descubrí que habían, estado creyendo y practicando no pocas doctrinas católicas. Estaban «fuera» por ignorancia, como San Pablo antes de su conversión. Una vez convertidos, cayeron en la cuenta de que la Iglesia católica es la única que, con razón, puede gloriarse de ser santa.
Al negar Lutero el libre albedrío y la eficacia de las buenas obras, arrancó de raíz el árbol de la santidad; y al sustituir el sentimiento por la razón, sembró la semilla de la anarquía e indiferentismo en materias religiosas. La doctrina de Calvino sobre la predestinación, que hace a Dios autor del mal, destruye toda santidad. Lutero cegó los cauces por los que nos viene la santidad cuando condenó la misa como «abominación» y falsificó a su capricho la doctrina sobre los sacramentos. Hoy sus descendientes niegan a la Biblia todo carácter sobrenatural y sostienen que nuestros sacramentos son reminiscencia de los cultos paganos, y los mandamientos, leyes privadas de una tribu semítica ignorante. La descomposición en que se encuentran las Iglesias protestantes tiene origen en la rebelión de Lutero contra el Papa; y la avaricia y egoísmo que afligen al mundo financiero se deben al individualismo protestante. En vano se buscaría fuera de la Iglesia católica la santidad heroica que en ella brilla tan esplendente. Léanse si no, para confirmación de esto, las vidas de algunos de nuestros santos. Un oficial de ejército inglés que leyó varias se convirtió, y me decía después que le bauticé: «La Iglesia católica es madre de héroes. El dedo de Dios está aquí.»

Si la Iglesia católica es santa, ¿por qué hay en ella adúlteros, borrachos y políticos sin concienciad ¿No convendría insistir en que aquellos de mejor fama y posición más elevada serán mejor recibidos en la Iglesia? ¿Por qué hay tanta gente pobre e ignorante en la Iglesia católica?
Por la sencilla razón de que la Iglesia es el reino universal de Dios, que le confió la predicación del Evangelio a todos los hombres, pecadores y santos, ricos y pobres, letrados e ignorantes, sin distinción de personas. «Ya no hay judío, ni griego, esclavo o libre, hombre o mujer, porque todos sois uno en Jesus» (Gal 3, 28). La Iglesia católica no es Iglesia de solos los escogidos, como falsamente creyeron Wikley y Calvino, ni es una organización integrada por miembros ricos y nobles. Los pecadores encuentran en ella una madre que los recibe amorosamente en sus brazos siempre que den señales de arrepentimiento y enmienda; pero si se obstinan en seguir pecando, y sus pecadores son de notoriedad escandalosa, entonces la Iglesia los excomulga; ni más ni menos que lo que hace el Estado con los convictos de crímenes. A los borrachos, adúlteros y políticos sin conciencia que pertenecen a la Iglesia católica, aunque sean millonarios o desciendan de la más rancia nobleza no se les da la sagrada comunión sino después de haber confesado con dolor y arrepentimiento sus pecados. La Iglesia en esto es muy democrática, y nos mide a todos con el mismo rasero.
Nótese que Jesucristo vino a salvar a los pecadores. «Le llamarás Jesús, porque El salvará al pueblo de sus pecados», dijo el ángel Gabriel a la Santísima Virgen (Mat 1, 21). Y el mismo Jesucristo dijo de Sí: «No he venido a atraer a los justos, sino a los pecadores»; «El Hijo del Hombre vino a salvar lo que se había perdido» (Mat 9, 13; 18, 11). Sus enemigos le acusaban de conversar con pecadores y publícanos; y una de las señales por la que se le había de reconocer como Mesías era ésta: «Los pobres son evangelizados» (Mat 11, 5). En la Iglesia tiene que haber siempre justos y pecadores. Jesucristo lo previo; por eso comparó su Iglesia a un sembrado donde crecen, juntos el trigo y la cizaña; a una red de pescador, en la que caen peces de todas las clases; a vírgenes necias y prudentes, etcétera (Mat 13, 24-30; 47; 25, 1). También San Pablo nos habla de «una gran casa, en cuya vajilla se ven vasos de oro, plata, madera y barro» (2 Tim 2, 20). Y si alguno no se reputa a sí mismo por pecador, oiga a San Juan: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos y mentimos» (I Juan 1, 8). Hablando una vez con un pastor protestante, me dijo que estaba a punto de renunciar a su cargo por la oposición que le hicieron los feligreses ricos cuando intentó atraer a su Iglesia unas familias pobres desatendidas. La Iglesia católica nos dice siempre lo que nos dijo Jesucristo, hablando de caridad: «Lo que hiciereis con uno de mis hermanos pobres, conmigo lo hacéis» (Mat 25, 41). Los pecadores durarán en la Iglesia hasta el Juicio final, en que tendrá lugar la separación definitiva. Allí serán separados los cabritos de las ovejas (Mat 25, 32).

¿Se puede negar que muchas cabezas de la Iglesia católica—Papas, obispos y sacerdotes—han sido hombres malvados ? Y cómo tal Iglesia puede ser santa?
La Iglesia, como tal, es y será siempre santa, aunque algunos de sus hijos sean malos y perversos. Ahí están su doctrina y su Evangelio. Si algunos o muchos se apartan de esas normas de vida eterna y viven en pecado, ¿qué culpa tiene la Iglesia? ¿Quién va a llamar malo a un manzano porque debajo de él se encuentren podridas unas cuantas manzanas caídas? No son las caídas, sino las que cuelgan en las ramas, las que me dicen a mí si el árbol es bueno o malo. Los clérigos y autoridades eclesiásticas que vivan en pecado y den escándalo, tendrán que dar a Dios cuenta estrechísima, conforme a aquella sentencia del Salvador: «A quien mucho se le da, mucha cuenta se le pedirá» (Luc 12, 16). De los doscientos sesenta y dos Papas que ha habido, setenta y seis están canonizados, y sólo tres desempeñaron indignamente su oficio: Juan XII (995-964), Benedicto XI (1O24-1032) y Alejandro VI (1492-1503). Nótese que en el Colegio Apostólico hubo un apóstata entre doce. Ni ha habido dinastía en el mundo con una serie tan ilustre de reyes como la que ha regido los destinos de la Iglesia por espacio de diecinueve siglos. En cuanto a los obispos y sacerdotes, admitimos que no han faltado casos lamentables; pero de ordinario, o se arrepienten antes de morir, o apostatan cuando arrecia la persecución, o se pasan a la herejía o al cisma. Desde luego, se echa de ver la malicia refinada de que están poseídos los que son ciegos para ver las virtudes del clero católico en general, y aguzan sus ojos de lince para descubrir el menor desliz de un caso particular. El historiador Maitland, que no es católico, dice que «la Historia da testimonio de que los monjes y clérigos han sido siempre mejores que la masa del pueblo». Lo mismo tuvo que confesar el impío Voltaire.

¿No tuvo razón Harnack cuando dijo que los jesuítas, con su casuística y su probabilismo, estaban minando la moral de los Evangelios? ¿No demostró Pascal en sus Provinciales que la moral de la Iglesia católica era baja y laxa?
No, señor; el Evangelio no padece ningún detrimento con la doctrina que sostienen nuestros moralistas. La Iglesia ha enseñado siempre los diez mandamientos y las virtudes cristianas tal y como se han venido enseñando desde el principio, y jamás la conciencia católica ha quedado a merced de opiniones peregrinas o subversivas. Nótese que hay dos planos en la vida espiritual. Unos van por el camino de la perfección, y para ésos se escriben libros de ascética y mística. Otros van por los diez mandamientos, cayendo y levantándose, y para la dirección de estas almas se escriben tratados de Moral que determinan lo que es de estricta obligación. Por casuística se entienden la aplicación en un caso particular de los principios generales de la ética católica. No es invención de los jesuítas, pues ha existido siempre en la Iglesia. Los jesuítas la sistematizaron, o, por lo menos, han contribuido mucho a sistematizarla. San Pablo, por ejemplo, fue casuista. En sus epístolas resolvió no pocas cuestiones morales, como el que se cubriesen las mujeres en la iglesia, lo que se había de hacer con la carne sacrificada a los ídolos, la prohibición del divorcio, el derecho a separarse, etcétera. También los Padres de la Iglesia, los Papas, los obispos y los Concilios de la Iglesia han discutido muchas cuestiones morales. En cuanto a la controversia entre Pascal y los jesuítas, ya no hay duda de que Pascal se equivocó y llevó la peor parte. La doctrina sobre el probabilismo no puede ser más clara y convincente. Supongamos, por ejemplo, que yo dudo seriamente si existe o no una ley que me obliga a esto o aquello en un caso particular. Supongamos que me consta que, de hecho, existe tal ley; pero no acabo de ver si mi caso presente está comprendido en ella. Estudio, pienso, lo consulto, pero no salgo de la duda; tengo en mi favor razones poderosas y testimonios de personas graves que me dicen que la ley no me obliga en este caso. Entonces tengo lo que se llama opinión probable de que esa ley en este caso particular no me obliga. ¿Qué se puede objetar contra este procedimiento?
Las diecinueve Cartas de Pascal escritas a un provincial son, a no dudarlo, una pieza literaria; pero al mismo tiempo nos revelan la pobreza de conocimientos teológicos de su autor y el cúmulo de prejuicios de que estaba poseído. De los muchos miles de casos que han discutido los jesuítas en sus tratados de Moral, escoge Pascal ciento treinta y dos, entre los que hallamos repetidos cuarenta y tres. He aquí el juicio que da el polígrafo inglés Belloc sobre esos casos elegidos por Pascal: «Tres casos están alterados, diecisiete son sencillamente frivolos, siete no son más que protestas contra decisiones de sentido común, con las que todo el mundo está hoy de acuerdo; dos están puestos con tal destreza, que se les hace decir lo que no dicen en el original; once son puro juego de palabras, suprimiendo en ellos algún hecho de importancia en el curso de la disputa, con el fin de engañar al lector, y treinta y cinco tratan de asuntos católicos que no interesan a los que no lo son. Quedan, pues, catorce que merecen alguna mayor consideración. De éstos, ocho fueron condenados por Roma; de los restantes, tres han sufrido tales cambios y alteraciones, que realmente merecen ser condenados. Sólo tres casos, uno sobre simonía, otro sobre el proceder de los jueces que forman el tribunal para llenar una vacante, y el tercero sobre usura, son, ciertamente, dudosos. Así, se desvanece y pierde sus filos esta arma tan manejada por los que odian a los jesuítas. Esta conclusión—termina Belloc—es amarga e inesperada, pero exacta.»

BIBLIOGRAFÍA.
Aguilar, Historia eclesiástica general.
A. Ceciaga, La vida misional en la era de los mártires.
Bougardt, Jesucristo y la Iglesia.
Peradalta, Dimes y diretes contra Cristo y su Iglesia.
P. de Urbel, Año cristiano.

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